Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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24. SANSA
Sansa se abrazó a él cuando se tumbó a su lado, escondiendo la cara en su cuello. El corazón le latía desbocado dentro del pecho, sin saber muy bien qué era lo que le había pasado. Notaba los músculos lánguidos bajo las sábanas y sus zonas íntimas más sensibles de lo normal. Inspiró hondo para intentar calmarse, pero el momento que acababan de vivir era demasiado reciente. Meditó rápidamente lo que había sentido y pronto descubrió que lo que en su noche de bodas fue un suceso traumático, en esta ocasión lo había llegado a disfrutar más de lo que habría podido imaginar.
Su esposo permanecía muy quieto junto a ella, sin decir nada. Sansa se abrazó más a él en un acto reflejo, buscando su protección. Se iba a ir. En cuanto las luces del alba traspasasen la ventana, Sandor Clegane la dejaría sola en la Fortaleza Roja. La joven tragó saliva, intentando deshacer el nudo que estrangulaba su garganta. No había podido reneterle junto a ella, pero al menos lo había intentado.
–Tenéis que volver junto a mí –insistió por enésima vez, con voz trémula–. Por favor. No podéis dejarme aquí sola para siempre.
Antes de que su marido tuviera tiempo de replicar, Sansa besó las cicatrices de su rostro con extremada delicadeza. Esperaba que el hecho de haberse entregado voluntariamente a él fuera suficiente para que tuviera ganas de regresar junto a ella, pero algo en su interior le decía que tenía que aprovechar todo el tiempo que le quedase con Sandor.
–Tenéis que volver junto a mí –repitió una vez más, sin cesar sus besos–. Tenéis que volver el primero.
Tragó saliva, recordando las palabras que le había dedicado Joffrey: "¿Te gustaría ser la esposa de otro perro? Una loba necesita un perro que la monte. Y si Clegane fracasa, su hermano le sustituirá." Fue testigo de cómo había cercenado la cabeza de su caballo en el Torneo de la Mano y lo último que quería la joven era caer en las garras de Gregor. Antes preferiría estar muerta. Por fin había logrado valorar y apreciar a Sandor, por lo que la idea de ser la posible futura esposa de su hermano hacía que se le revolvieran las tripas. Su esposo apretó más su abrazo antes de hablar de forma aparentemente calmada.
–Voy a volver, pajarito. Te lo he jurado y sabes que yo no hago esa clase de cosas. –le acarició la mejilla con una de sus ásperas manos–. Volveré. El primero. Y después nos marcharemos de aquí.
Sintió cierto alivio cuando le repitió su promesa, aunque eso no disolvió la angustia que la embargaba. ¿Y si no lo lograba? Tenía muy claro que Gregor no iba a ser tan considerado como lo había sido él.
Ninguno de los dos añadió nada más. Tampoco pudieron dormir. Aunque la joven no podía ver el rostro de su esposo debido a la penumbra de la habitación, sabía que el Perro resoplaba cuando dormía y esa noche no lo hizo. Además, sus manos varoniles se entretuvieron acariciando la fina piel de sus brazos, que seguían rodeándole el cuerpo de forma un tanto posesiva.
Sansa tuvo que contener el aliento cuando los primeros rayos del sol empezaron a iluminar los aposentos. Sabía lo que eso significaba: el momento había llegado. Escondió el rostro en su cuello para que su marido no pudiera ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. No quería que se marchara, pero tampoco podía reneterle junto a ella. Ya le había asegurado que volvería sano y salvo para rescatarla de las fauces de los leones, ¿qué más podía pedir? Debía conformarse con eso. Por ese mismo motivo, Sansa Stark no le detuvo cuando se levantó de la cama y comenzó a vestirse en silencio. A plena luz del alba pudo ver la cantidad de cicatrices que marcaban su cuerpo, por lo que dedujo que podría sobrevivir de nuevo en esta ocasión si había logrado hacerlo de todas esas heridas del pasado.
Le observó en silencio guardar sus ropas y mudas limpias en un saco de tela, de forma desordenada. Sansa aprovechó que estaba de espaldas a ella para levantarse y ponerse una bata de seda que ocultase su desnudez. Empezó a rebuscar en los cajones de su tocador mientras su esposo terminaba de empacar sus cosas. Sonrió levemente al encontrar lo que andaba buscando. Cuando se dio la vuelta, el Perro se estaba ajustando la espada al cinto. Sansa avanzó hacia él con la vista clavada en sus pies, pues después de la noche que habían pasado juntos se sentía más vergonzosa de lo habitual.
Inspiró hondo y tragó saliva antes de estirar su brazo hacia él para tenderle su favor: un delicado pañuelo de color malva con sus iniciales bordadas en él. Su esposo lo miró unos instantes antes de aceptarlo con cierta torpeza.
–¿Así que el pajarito me ofrece su favor? –sonrió un poco aunque su emoción estaba clara en sus ojos–. Lo guardaré, Sansa y te lo devolveré a mi vuelta –La miró fijamente mientras se metía el pañuelo por la camisa, cerca de su corazón.
La joven se ruborizó al escuchar sus palabras.
–N-No hace falta que me lo devolváis –dijo, sin mirarle directamente a los ojos–. Lo único que quiero es que regreséis a por mí el primero.
Su esposo asintió levemente antes de continuar:
–Ahora sólo me hace falta el beso de despedida, pajarito.
Sansa permaneció unos instantes inmóvil, con el corazón latiéndole violentamente dentro del pecho. Inspiró hondo y se puso de puntillas para besar sus labios con dulzura. Antes de que Sandor pudiera decir algo más, Sansa dio media vuelta y avanzó hasta la ventana. Se sentó junto a ella, dándole la espalda. No quería que viera sus ojos anegados en lágrimas. Tras unos instantes de silencio absoluto, escuchó como la puerta se cerraba despacio.
La vista pronto se le nubló y varias lágrimas silenciosas descendieron lentamente por sus mejillas. Se las retiró con las yemas de los dedos, pero pronto volvieron a aflorar unas nuevas para sustituir a las viejas. Sansa permaneció junto a la ventana hasta que le vio partir montado en su corcel negro, ya con la desgastada armadura acoplada en su musculoso cuerpo. Sólo cuando su silueta se perdió en el horizonte fue capaz de levantarse de allí y regresar a la cama, haciéndose un ovillo entre las sábanas y cubriéndose con ellas hasta la cabeza. Olían a él. Y a lo que había sucedido esa misma noche entre ambos.
Se mordió el labio para ahogar un sollozo, pero no fue capaz de controlarse por más tiempo y su cuerpo se convulsionó en un ligero llanto.
