Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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25. SANDOR
Los días cada vez se hacían más largos y la paciencia de Sandor estaba llegando a su fin. Sabía que no podía volver hasta haber encontrado a Dondarrion, pero llevaba semanas en el bosque y estaba empezando a desesperarse. Además, había prometido a su pajarito que no la dejaría sola durante demasiado tiempo y ya estaba faltando a su palabra.
Pensaba en ella constantemente. Le gustaría saber si estaba bien, si Joffrey no había abusado de ella de nuevo. La había dejado con buenos hombres pero, aunque le prometió que estaría a salvo, ahora las dudas le asaltaban. ¿Y si sus hombres no eran tan leales como parecían? ¿Y si temían que Sandor no volviera y cambiaban de bando? Entonces ella estaría perdida. Todo lo que habían avanzado juntos no serviría de nada porque habría vuelto a fallarla y ni él mismo podría perdonarse una cosa así.
Sacó el pañuelo que su esposa le había dado como favor e intentó buscar su aroma en él. Hacía mucho tiempo que se había perdido, pero con esa prenda cerca, le era más fácil recordarlo. Intentaba no olvidarse de su rostro, pero cada vez se le hacía más difícil dibujarlo al completo. A veces rememoraba su sonrisa, otras sus ojos, pero le costaba ponerlo todo junto. Lo que tenía grabado a fuego en su mente, fue su última noche juntos.
Aún no podía creerse que ella se hubiera entregado a él de forma voluntaria. Había intentado apartarla pero Sansa se había negado a ello. Al parecer quería darle un bonito recuerdo para su campaña y quizás también dejarle entrever lo que le esperaba a la vuelta si cumplía con su promesa y era el primero en volver. Después de tanto tiempo, Sandor estaba empezando a preocuparse por eso último. Quizás Gregor se hubiera encontrado con él y en vez de buscar a Dondarrion, lo que debería estar haciendo era buscar al enviado por el rey que le dijera que la misión había terminado.
Sin embargo, la memoria de su pajarito le ayudaba a seguir buscando. No podía estar demasiado lejos. Tendría que aparecer tarde o temprano. Igual no Lord Beric, pero sí algún miembro de la Hermandad. Estaba seguro de que si no habían sido capaces de encontrarles era porque tenían exploradores por todo el bosque. No podían ser tan sigilosos como para no haber visto ninguno.
La moral de sus hombres también estaba menguando. Cada vez quedaban menos reservas y un soldado con el estómago vacío era un soldado infeliz. Nadie lo decía, claro. Nadie se atrevía a plantarle cara al Perro y menos cuando éste también estaba de malos humos. Sandor quería volver. Volver para coger a su pajarito y marcharse de allí de una vez. Pero, irónicamente, para volver, tenía que quedarse.
Fue entonces cuando tomó una decisión. Se había cansado de vagar por su zona del bosque. Podía estar perdiendo el tiempo otros cuatro meses allí y no dar con nada. Muchos de sus hombres habían marcado los árboles y por algunos habían pasado ya dos veces. Estaban dando vueltas en círculos y ninguna Hermandad podría haberles dado esquinazo por tanto tiempo. No estaban en la zona Norte.
–Estoy harto de vagar como mendigos por este bosque. Vayamos hacia el sur –sin esperar respuesta, hizo que Extraño cambiara el rumbo y acelerase su ritmo.
Sabía perfectamente que si su hermano le encontraba en la zona del terreno que le correspondía por orden real, iba a enfadarse y mucho. Pero a Sandor eso no le importaba ahora mismo. Quizás era mejor eso. Encontrarse con su hermano, matarle y después buscar a Dondarrion tranquilamente. Siempre podrían decir que había sido obra de los hombres de Beric… Ese pensamiento le hizo sonreír.
Volvieron a pasar varios días sin ningún tipo de resultado hasta que uno de sus hombres dio con un rastro. Eran huellas de caballo y eran profundas. Seguramente de su hermano. Con lo grande que era, tenía que llevar un animal igual de enorme y se veía claramente que no eran huellas de un animal normal.
Eso les devolvió algo de esperanza aunque Sandor se ensombreció un poco. Gregor había ganado. Y no porque él lo hubiera hecho mejor, no. Simplemente estaba en la zona indicada. Habían pasado casi un mes en el Norte sin encontrar nada porque allí no había nadie. Como siempre, la suerte jugaba a favor de su hermano.
Las huellas se volvían más frescas a medida que avanzaban. Quizás no era demasiado tarde. Sus hombres y él mismo seguían su rastro a buen ritmo. Pronto sus soldados empezaron a ver huellas por todas partes y se lo informaban a voces. Estaban cerca. El corazón de Sandor empezó a acelerarse al sentir que quizás pronto su espada volvería a probar la sangre. Hizo que Extraño fuera todavía más deprisa.
Sus pensamientos estaban divididos. Quería que Gregor perdiera, pero tampoco quería que Beric lo matara, eso era algo que debía hacer él. Desde que se quedó sin la mitad de su rostro había ansiado venganza. Ahora era un buen momento para cumplir con su venganza, tenía pensada la coartada. Tan solo tenía que ir un poco más deprisa.
Extraño notaba la urgencia de su amo y galopaba entre los árboles como un caballo desbocado. Sandor sabía que podía confiar totalmente en su bestia. Era su único amigo, el único que le había acompañado durante sus batallas. No iba a defraudarle y Clegane sabía que haría todo lo posible por tener contento a su amo.
Sin embargo, de pronto, algo le dijo a Sandor que debía detener el caballo. Tiró de las riendas con fuerza y alzó la mano para que sus hombres también se detuvieran. Escuchó en silencio. Algo se oía por encima del resuello de los caballos y las respiraciones agitadas de los hombres.
A lo lejos, se escuchaban voces. Voces entremezcladas, pues eran muchos los que estaban gritando. Llegaban hasta allí como un eco lejano, pero Sandor las oía. Y por encima de eso, escuchó el entrechocar de dos espadas. Tardó apenas unos segundos en poner de nuevo al caballo al galope, persiguiendo ese ruido que a medida que se iba acercando se oía más y más alto. El resto de sus hombres también comenzaron a oirlo y hablaban sobre cuál debería ser el plan de ataque, pero Sandor no les prestaba atención.
El Perro quería llegar allí y llegar cuanto antes. No tardaron mucho en descubrir por qué habían oído esos ruidos. Provenían de una cueva y las paredes de roca habían amplificado el sonido que venía de dentro. Sin pensárselo dos veces, Sandor desenvainó su espada y se adentró en la gruta, seguido por el resto de sus hombres.
