Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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26. SANSA
Un leve suspiro se escapó de entre sus labios mientras contemplaba el horizonte a través de la ventana. Hacía ya varias semanas que el Perro se había marchado de su lado, dejándole un recuerdo de lo más agridulce la noche anterior a su partida.
Pajarito. Se giró levemente hacia la puerta, pero ésta seguía cerrada con llave. A veces escuchaba su voz rasgada cuando pasaba demasiado tiempo sola, pero pronto comprendió que eran productos de su imaginación.
Los primeros días fueron los más duros. Tuvo que pedirle a una de sus doncellas que le preparase el té de la luna, pues su Septa ya le advirtió de lo que podía suceder cuando un hombre y una mujer se unían de la forma que lo habían hecho ellos. Siempre se había imaginado casada con un apuesto caballero y formando una familia con él y, aunque sus planes idealizados se habían torcido sobremanera, Sansa pronto descubrió que su matrimonio con el Perro había dejado de ser puramente por conveniencia.
No tenía muy claro qué era lo que sentía por él, pero su corazón aleteaba con fuerza cuando pensaba en que su relación pasó de ser cordial a convertirse en afectuosa. Sin embargo, tener un hijo en aquél nido de víboras era demasiado peligroso. No podía arriesgarse a traer a un niño a ese mundo, pues tenía muy claro que el bebé sería tan rehén como lo había sido ella. ¿Y si se lo quitaban los leones? Jamás se lo perdonaría. Por eso la solución más inteligente había sido beberse el té.
Ahora sólo me hace falta el beso de despedida, pajarito. Se mordió el labio inferior, notándose angustiada de nuevo. ¿Cuándo volvería junto a ella? Me prometió que vendría el primero y que me sacaría de aquí. No puede dejarme a merced de Joffrey. Me lo prometió. Pero Sansa no le había contado lo que sucedería si Gregor llegaba el primero. Tal vez debería haberlo hecho, pero tuvo miedo de su posible reacción. Era mejor así.
Volvió a suspirar, notándose los ojos llorosos. Durante las semanas que había estado sin él, Sansa apenas había salido de sus aposentos. Para su sorpresa, ninguno de los Lannister la había mandado llamar para volver a humillarla, pues todos estaban demasiado ocupados organizando la boda del rey Joffrey y lady Margaery. No obstante, la joven sufrió un pequeño sobresalto cuando escuchó que llamaban a la puerta. Al abrir descubrió a ser Meryn Trant al otro lado, junto con los dos guardias que había dejado Sandor apostados en su puerta para custodiarla durante su ausencia. Nunca les había visto, nunca les había hablado y aunque siempre estaban pendientes de ella, para Sansa no eran de confianza.
–Su alteza el rey Joffrey va a celebrar una audiencia en el salón del trono –Trant la miró con desprecio, de arriba abajo–. Arréglate y preséntate ante él.
Antes de que Sansa pudiera digerir sus palabras, el caballero ya se había marchado. Los dos soldados la miraron de reojo, pero la joven les ignoró. Se encerró en sus aposentos hecha un manojo de nervios, sin saber qué sucedía. Las audiencias del rey Joffrey nunca terminaban bien. ¿Volvería a maltratarla en público? Sandor no está aquí para cubrirme con su capa. Pensó, angustiada. Inspiró hondo y decidió actuar como se esperaba de ella: se aseó bien, se enjugó las lágrimas que amenazaban con traicionarla, se perfumó un poco, se recogió el pelo y se vistió de forma apropiada para la ocasión. Decidió ponerse el vestido de color musgo que le había regalado su esposo, aunque se arrepintió cuando ya era demasiado tarde: tal vez Joffrey decidiera que llevaba demasiada ropa encima, tal y como ocurrió la última vez. Sacudió la cabeza para deshacerse de esos pensamientos funestos y salió de los aposentos temblando como un cervatillo recién nacido.
Se dio cuenta de que los dos guardias la seguían de cerca, sin musitar palabra alguna. Inspiró hondo, notando un nudo atenazando la boca de su estómago.
La sala del trono estaba abarrotada de gente. Sansa fue de las últimas personas en reunirse allí, por lo que apenas vio a Joffrey presidiendo la audiencia. Tuvo que ponerse de puntillas para vislumbrarle entre tantos súbditos, sentado en ese cochambroso asiento con lord Tywin y la reina Cersei a su derecha y Mace Tyrell y lady Margaery a la izquierda, al lado de lord Varys y el maestre Pycelle. No vio a lord Tyrion por ninguna parte.
La joven contuvo el aliento, sin saber qué sucedía. Joffrey mostraba esa sonrisa de suficiencia tan característica en él. Había hecho acercarse a un mensajero, que se mostraba inseguro delante de tanta gente. Sansa tragó saliva, con el corazón encogido.
–¿Y bien?
Joffrey se puso en pie y se mantuvo altivo frente a toda su corte, esperando las noticias que le traía el hombre. La joven descubrió a Trant mirándola fijamente desde el otro lado de la sala con los demás caballeros de la Guardia Real, que permanecían atentos a su rey.
–Alteza, uno de los hermanos Clegane ha llegado a Desembarco.
Sansa tuvo que apoyarse en una de las gruesas columnas para no perder el equilibrio y caer al suelo. El corazón se le subió a la garganta, por lo que apretó los dientes para no expulsarlo por la boca. Se le revolvieron las tripas cuando vio a Joffrey aplaudir entre risas. Nadie más le siguió el juego. Todo el mundo permanecía serio, sin saber muy bien cómo iba a reaccionar el rey.
–¿Dónde está la hija del traidor? –Joffrey se volvió hacia todas partes, buscándola. La joven tardó unos instantes hasta que recordó cómo volver a respirar–. ¿Dónde está Sansa Stark?
Joffrey borró la sonrisa de su rostro. Miró fijamente a ser Meryn, de forma amenazadora. El caballero apretó los puños y observó a la chica desde la otra parte de la sala. La muchacha inspiró hondo y se abrió paso entre la gente, temblando violentamente mientras caminaba mirándose los pies. Cuando llegó hasta el centro del salón se situó cerca del mensajero, buscando un poco de apoyo emocional. Al parecer, el hombre estaba tan nervioso como ella.
Vio a Joffrey sonreír de nuevo cuando Sansa se atrevió a alzar la vista hacia él. Sin embargo, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no caerse al suelo en cuanto le vio bajar los escalones del trono y caminar hacia ella con paso decidido.
–¿Estáis emocionada, lady Stark? –empleó un tono burlón cuando se dirigió a ella–. Vuestro campeón ha llegado por fin. ¿No tenéis ganas de saber quién ha sido el hermano vencedor?
Sansa no pudo sostenerle la mirada por más tiempo, notando cómo su esófago se cerraba en un nudo apretado, dificultándole la respiración. ¿Y si era Gregor quién entraba por la puerta? ¿De verdad se convertiría en su nueva esposa?
–Sí, majestad –su voz sonó temblorosa cuando se atrevió a romper el silencio que se había formado en la sala–. Deseo saberlo con prontitud.
Joffrey la miró con repulsión y la joven tuvo que volver a clavar la vista en los pequeños zapatos que le sobresalían por debajo del vestido. Los temblores de su cuerpo se hicieron más intensos cuando el rey se aproximó más a ella, acortando las distancias y acercándose peligrosamente a su oído.
–Hoy estás muy hermosa –susurró, para que sólo pudiera oírla ella. Sansa vio de reojo a los plebeyos observando la escena atentamente. Incluso el mensajero parecía cada vez más incómodo. Sin embargo, la joven no tuvo valor para mirar a lady Margaery, que permanecía de pie junto a su padre–. ¿De dónde has sacado este vestido? –le acarició los pliegues de la cintura con las yemas de los dedos. Sansa tuvo ganas de vomitar. La visión se le nubló y pronto comprendió que era a causa de las lágrimas que almacenaban sus ojos.
Estaba a punto de responder cuando lord Tywin intervino.
–Estoy seguro de que podréis seguir con vuestra conversación en privado más tarde, alteza –su voz sonó hierática pero inflexible–. No es apropiado que hagáis esperar al… campeón –dijo esa última palabra no muy convencido de que pudiera considerarse como tal.
Joffrey se alejó un poco de ella cuando escuchó hablar a su abuelo, reflexionando sus palabras.
–Está bien –habló de nuevo con claridad para que todos pudieran escucharle–. ¡Haced pasar al campeón!
El rey volvió a sonreírle con sorna y Sansa entrelazó los dedos de las manos sobre su vientre, mirando fijamente hacia el enorme vano de la puerta. Estaba tan pendiente de quién entraba que no se dio cuenta de que todo el mundo estaba igual de expectante que ella.
Sin embargo, se sintió desfallecer cuando vio entrar un carromato tirado por dos caballos pardos. Varios hombres lo custodiaban a ambos lados, caminando junto a él hasta que se aproximaron un poco. Los murmullos se apoderaron de la sala cuando apareció ante todos un cuerpo enorme envuelto en infinidad de mantas, con el blasón amarillo de la casa Clegane.
Sansa dejó escapar el aliento entre los labios, notando como algo en su interior se rompía para siempre. Me prometió que sería el primero en llegar. Y así ha sido. Antes de que pudiera remediarlo se quebró en un sollozo. Se cubrió la boca con una mano temblorosa, pensando que nada tenía sentido para ella. Se había quedado completamente sola.
–¿Qué broma es esta? –Joffrey se volvió hacia el mensajero, que permanecía encogido sobre sí mismo. Al parecer, al rey no le había hecho ninguna gracia que no se le hubiera informado de la muerte de Clegane con antelación–. ¿Os estáis burlando de mí? ¿Acaso me tomáis por idiota?
–N-No, alteza –balbució el hombre–. Y-Yo… Y-Yo sólo… N-No pretendía…
Los murmullos se hicieron más intensos y Sansa sintió que el corsé del vestido le apretaba demasiado, dificultándole la respiración. Avanzó hacia el carromato con cierta prisa, sin dejar de llorar. La sala se había convertido en una enorme mancha borrosa, llena de motas de distintos colores pertenecientes a los trajes de cada uno de los súbitos. Sansa escuchó a Joffrey maldecir y al hombre suplicar mientras el rey insistía en que se lo llevaran por la fuerza de allí.
La joven consiguió llegar al carromato sin que nadie reparase en su presencia. Se aferró bien a los bordes de madera y empezó a retirar las mantas tras unos instantes de pausa, a toda prisa. Tenía que verle. Tenía que ver su rostro por última vez antes de que le enterrasen. Sus sollozos se hicieron más intensos cuando destapó una bota manchada de barro. Soltó un quejido de frustración, notando cómo el corazón se le hacía añicos dentro del pecho. Apoyó un pie en una de las ruedas y se dio impulso para subir y caer dentro del carro.
Los murmullos se convirtieron en gritos de exclamación y vio por el rabillo del ojo cómo la mancha que debía ser Joffrey se volvía hacia ella. Sin embargo, no hizo nada por detenerla. Sansa empezó a rebuscar de nuevo entre las mantas, cada vez más y más nerviosa. Se quedó sin aliento cuando logró descubrir su rostro y le vio inerte contra el suelo del carromato. Se enjugó las lágrimas, pues estas no le permitían verle bien. Los músculos de su cuerpo se tensaron y tuvo que mirarle fijamente para asegurarse de que era él y no su hermano.
Clegane mostraba rasguños en la cara. La barba espesa que cubría toda su mandíbula estaba manchada de sangre, pero eso era todo. Su rostro no presentaba cicatrices de ningún otro tipo y el pelo negro era más corto que el de Sandor. La Montaña que Cabalga. Le recordó cercenándole la cabeza a su corcel en el Torneo de la Mano y pronto sus lágrimas dejaron de aflorar. Sansa se secó las mejillas mientras miraba el cadáver de Gregor. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había hecho un ovillo al lado de ese monstruo.
La sala se quedó completamente en silencio y lo único que fue capaz de escuchar fueron los latidos de su corazón desbocado. También me prometió que llegaría sano y salvo para sacarme de aquí. Se dijo a sí misma. Intentó moverse de allí, consciente de que todo el mundo la estaba mirando, pero sus músculos no le respondieron. Se había convertido en el centro de atención. ¿Qué diría la gente después de dicha escena? La joven estaba tan conmocionada que ni siquiera pudo protestar cuando unos brazos seguros la rodearon y la sacaron del carromato.
–La audiencia ha terminado –la voz autoritaria de lord Tywin sonó demasiado cerca.
Sansa alzó la vista y descubrió que era él quien la estaba transportando en brazos. Estuvo tentada a pedirle que la dejase en el suelo, pero se sentía tan débil que ni siquiera podía hablar. Permaneció muy quieta mientras el león la sacaba de allí. Lo último que vio antes de perder la conciencia fueron los ojos amargos de Joffrey clavados en ella.
Dejó escapar un pequeño gemido cuando su cuerpo alcanzó el colchón. Notaba los músculos entumecidos debido a la tensión y a la angustia que acababa de vivir. Sus párpados aletearon un momento, lo suficiente como para ver a lord Tywin alejándose de ella. Escuchó que le decía algo a alguien, pero no logró diferenciar las palabras. Momentos más tarde, ya se había marchado de la habitación.
La joven se movió levemente, colocándose boca arriba. Una criada se aproximó a ella.
–No os preocupéis, lady Sansa –dijo con voz dulce–. Estáis en vuestros aposentos.
La joven Stark se cubrió los ojos con una mano temblorosa, desorientada. Recordó lo que acababa de ocurrir y sintió que las paredes y el techo daban vueltas a su alrededor.
–¿Dónde está mi marido? –preguntó, con la voz quebrada. Volvía a tener ganas de llorar.
La doncella permaneció de pie a su lado, sin decir nada durante unos instantes.
–He oído decir que está bien –respondió al fin–. Sus hombres y él se toparon con el grupo de ser Gregor. Al parecer, la Montaña se le adelantó y encontró a la Hermandad Sin Estandartes el primero. Cuando llegó vuestro esposo, su hermano se batía a vida o muerte contra el cabecilla del grupo. Eso es lo que dicen los hombres que han traído su cuerpo.
Sansa frunció el ceño, confundida.
–¿Dónde está mi marido? –volvió a preguntar, viendo que la criada había esquivado su pregunta.
La doncella desvió la vista hacia sus manos.
–Está batiéndose en duelo contra Beric Dondarion, mi señora.
La joven Stark sintió que le faltaba la respiración de nuevo. Si Gregor no había conseguido derrotar a ese forajido… ¿qué posibilidades tenía su hermano de lograrlo? Ha estado entrenando todos los días en el patio de entrenamiento. Ganó el Torneo de la Mano, es un gran luchador. Gregor era un monstruo, él no. Se cambió de posición, dándole la espalda a la criada para encogerse sobre sí misma. Me prometió que volvería a por mí. Está con sus hombres, tiene que estar bien. Le di mi pañuelo y un beso. Y también me entregué a él. Sus mejillas se sonrojaron al recordar esa noche tan lejana. Sin embargo, pronto se humedecieron de nuevo y su cuerpo se convulsionó debido a un pequeño sollozo. Voy a volver, pajarito. Te lo he jurado y sabes que yo no hago esa clase de cosas. Volveré. El primero. Y después nos marcharemos de aquí. No había regresado el primero, pero todavía estaba vivo. Sansa se cubrió con las sábanas y hundió el rostro en la almohada para poder seguir desahogándose en silencio, pensando cuánto tiempo más tendría que seguir esperándole.
