Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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27. SANDOR
Su hermano había muerto. Lo había visto con sus propios ojos. Beric Dondarrion había acabado con la Montaña que Cabalga. Lo único que lamentaba Sandor era no haber podido matar a Gregor él mismo. Sus hombres se apresuraron a sacar el cuerpo de allí aprovechando la confusión que se generó cuando Sandor llegó con los suyos. Fueron necesarios seis soldados para llevarse a su hermano de la cueva que les servía de refugio.
Sandor hizo un gesto a sus hombres para que no atacaran. No quería perder a ninguno si no era necesario. Muchos de los forajidos de la Hermandad yacían muertos, al igual que parte del grupo de Gregor. El Perro miró a su alrededor, encontrando pocas caras amigas. Pese a que había bajas, seguía en inferioridad numérica.
–Vaya, vaya… –la voz de Dondarrion resonó por la cueva–. Parece que el otro hermano Clegane ha venido a por justicia. Si el Dios Rojo me ha ayudado a acabar con la Montaña, creo que podré con un simple perro. Los dos sois igual de culpables, de eso no hay duda.
Sandor no tenía muy claro a qué se refería, pero suponía que no era nada bueno. Si luchaban, perderían.
–Entrégate, Dondarrion. Sabes que si no somos nosotros, otro grupo os encontrará y acabará con todos vosotros. De momento sólo tengo órdenes de encontrarte a ti. El resto de tus hombres pueden llegar hasta los Siete Infiernos en algún otro momento. Ven con nosotros y nos marcharemos sin patearos el culo.
Había vuelto su parte amenazadora y cruel. Con ellos no podía ser como era con su pajarito. Con modales no se llegaba a ningún sitio fuera de las cuatro paredes que formaban su dormitorio. Siempre había intentado mostrarse más tranquilo y calmado con ella, para que viera que podía confiar en él. Pero ninguno de los hombres que se encontraban en esa pequeña cueva le importaba lo más mínimo. Lo único que quería es que esto fuera rápido para poder volver con ella.
Dondarrion soltó entonces una carcajada que le hizo salir de su ensimismamiento.
–¿Crees que voy a entregarme sin más? ¿Crees que mereces ser el héroe de todo esto? No eres más que un sucio asesino de inocentes –le dijo a Sandor mirándole fijamente y sin ningún tipo de temor–. Ese rey tuyo no es más que un niñato cruel que no sabe lo que hace. Lord Eddard Stark y mano del Rey me dijo que restaurara su paz, y eso es lo que estoy haciendo.
El Perro creía que estaba loco, sin duda. El padre del pajarito llevaba bastantes meses muerto, no tenía por qué seguir cumpliendo las órdenes de alguien que ya no estaba vivo, pero al parecer el líder de la Hermandad era uno de los hombres que seguían sus juramentos. Y como tantos hombres de honor, moriría por él. Nunca se daban cuenta de la idiotez que era hacer algo así.
–Estoy seguro de que el rey querrá escuchar esas palabras. ¿Por qué no te vienes con nosotros y se las dices a la cara?
Beric Dondarrion le sonrió con autosuficiencia y se acercó a él poco a poco.
–Te equivocas, Perro. Tengo una misión y voy a cumplirla. Eres un asesino y un mal para cualquiera de los Siete Reinos. Pagarás por tus fechorías y yo mismo voy a juzgarte. Un juicio por combate. Si ganas, tus hombres y tú podréis marcharos.
Sandor le miró como si estuviera loco. Dudaba que la Hermandad fuese a dejarles salir de allí tan tranquilos si él caía. ¿Qué garantías tenía de todo eso? Pero mirándolo por otro lado, quizás no fuera mala idea. Si acababa con su carismático líder, los forajidos perderían su cabecilla y probablemente lo único que quisieran sería huír al ver que la justicia del Rey siempre se imponía. Aun así, el hecho de saber que el enclenque que tenía en frente había acabado con el corpulento hombre que era su hermano, no le dejaba muy tranquilo. Gregor era uno de los mejores guerreros de Poniente y, aunque Beric luchaba bien, no era nada en comparación con la Montaña.
El sonido de un arma que se desenvainaba le hizo darse cuenta de que Beric no estaba proponiendo un trato. Simplemente había informado lo que iba a hacer. No tenía elección y debía ser rápido si no quería acabar como su hermano. Sandor también desenvainó su arma y le plantó cara en el centro de la cueva, justo antes de que Dondarrion se detuviera.
Su oponente bajó la mirada y empezó a murmurar unas palabras antes de darse un corte en la mano con su propia espada. Sandor nunca había creído en la magia, pero algo de eso debía haber en aquél lugar ya que el arma de Beric se envolvió en llamas. Una sonrisa de satisfacción apareció en el rostro de este cuando vio la cara de Sandor.
–He oído que el Perro chamuscado tiene miedo del fuego. Bueno, Sandor Clegane, mi Dios está hecho de él así que haces bien en temerlo. Pronto conocerás su justicia.
Sin decir nada más, le lanzó una estocada al hombro que Sandor paró con destreza. Sin embargo, las llamas estaban demasiado cerca de su piel y notó su ardor. Asestó una patada en el estómago de Dondarrion para que retrocediera y pensó qué podía hacer para luchar contra alguien que como arma portaba a su mayor enemigo.
Estaba asustado y quería rendirse. Quizás si lo hacía le dieran una muerte limpia, sin fuego de por medio, pero entonces recordó algo: "Tenéis que volver junto a mí. Tenéis que volver el primero." Tenía que hacerlo por Sansa. Le había jurado que iba a regresar a su lado. Y no sólo eso. Le había jurado que la sacaría de esa leonera. Tenía que luchar y tenía que ganar. Le gustaba imaginar que el pajarito estaría rezando por él a su Dios árbol. Al parecer Sandor iba a comprobar qué Dios era más fuerte.
Eso le hizo sonreír y lanzó una estocada a Dondarrion con algo más de decisión y fuerza. Beric pudo pararla, pero retrocedió y eso era una pequeña victoria en cualquier combate. Después de todo, Sandor era mucho más grande y corpulento que el caballero renegado, tenía más posibilidades de ganar. No estaba solo. Su esposa estaba con él. Acarició su pañuelo que andaba en uno de los pliegues de su camisa y volvió al ataque.
Intercambiaron estocadas durante lo que a Sandor le parecieron horas, aunque probablemente no habrían pasado más que unos minutos. A veces la balanza se decantaba en su favor, pero pronto el caballero del rayo morado volvía a la carga con fuerzas renovadas. Tanto la Hermandad como sus hombres, estaban muy pendientes del combate, animando a unos y otros, sabiendo que no tendrían un espectáculo mayor en mucho tiempo.
Al fin se derramó la primera gota de sangre. El Perro había conseguido abrir una pequeña herida en el costado de Dondarrion. No era muy grande, pero le hacía tener que cubrirse y eso era una ventaja. Sandor sonrió y lanzó una fuerte estocada hacia su brazo derecho, con el que manejaba la espada, fue en ese momento en el que perdió el control de la batalla.
Beric se tiró al suelo y rodó, colocándose a su espalda. Sandor se volteó deprisa, pero no lo suficiente para evitar que el arma de su contrincante se hundiera en su brazo izquierdo. Soltó un gran alarido de dolor, pero eso no era lo peor. La camisa se prendió y de repente su brazo estaba envuelto en llamas. Sandor lo golpeaba, intentando apagarlas, pero no servía de nada. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos y, cuando creía que todo estaba perdido, volvió a recordar por qué estaba luchando.
Esta vez no era por el Rey, ni siquiera por él mismo. Era por ella. Tenía que conseguirlo, no podía fallarla. Por un momento, el dolor que sentía fue bloqueado por su mente y embistió a Dondarrion con el brazo en llamas por delante. Esta vez, el que no tuvo tiempo para reaccionar fue Beric y cayó al suelo con un gran estrépito que resonó por toda la cueva. Ninguno de los dos llevaba armadura, por lo que estaban igualados en ese aspecto.
Sandor soltó su propia espada para agarrar la mano del caballero que portaba esa maldita arma que no podía haber salido de ningún sitio que no fuera uno de los Siete Infiernos. Empezó a golpear la mano contra el suelo de roca hasta que Beric tuvo que soltar la espada. Su brazo izquierdo, aún envuelto en llamas había quedado sobre las prendas de Dondarrion que también empezaron a arder. Al ver que su contrincante empezaba a intentar apagar sus llamas en vez de ocuparse de Sandor, el Perro rodó hasta que pudo apagar su propio brazo.
Tan sólo tuvo un instante para mirarlo, pero la visión de su piel quemada era horrible. Tal y como lo era su cara, sólo que ahora que estaba reciente era aún más grotesco. Estaba todo ensangrentado y la carne negra, debido a la quemadura. El brazo le palpitaba y el dolor era casi insoportable, pero aún tenía algo que hacer. Se levantó mientras Beric, envuelto en llamas gritaba de dolor, y cogió su espada.
–Al parecer tu Dios de fuego no está contigo hoy, Dondarrion.
Sin decir nada más, se acercó a él y rebanó su cuello con el filo de su espada. En cierto modo estaba siendo caritativo. Morir quemado era la peor de las muertes, Sandor estaba seguro de ello.
Cuando alzó la vista, todo el mundo les estaba mirando. Algunos de los miembros de la Hermandad lloraban, mientras que sus hombres le aclamaban. Uno de ellos, que parecía entender algo de heridas, se acercó y humedeció un paño con el agua de su cantimplora antes de envolvérselo en el brazo. Sandor volvió a quejarse en ese momento, pero al menos lo malo había pasado. Ya podía volver, y una vez que hubiera obtenido su recompensa, nada de esto importaría.
