Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : ) Tan solo quedan un par de capítulos para el final así que aprovecharlos :D


28. SANSA

La joven no volvió a salir de sus aposentos durante los siguientes días a la audiencia que hizo el rey. Se pasaba las horas sentada al lado de la ventana, rezando a los Dioses por el regreso de su marido. Sano y salvo. Todavía le inquietaba el hecho de que Beric Dondarion hubiera logrado matar a la Montaña. Había visto la crueldad y las habilidades en el manejo de la espada de este último y no comprendía cómo alguien tan monstruoso había sido derrotado por un forajido.

Por eso, la idea de que su esposo estuviera enfrentándose a él hacía que su corazón se volviera diminuto. Se estaba retrasando demasiado. Sansa había dejado de contar los días, pero intuía que pronto harían dos lunas desde que se marchó de su lado. ¿Y si no volvía? ¿Y si regresaba en las mismas condiciones que su hermano mayor? Negó con la cabeza, sin dejar de otear el horizonte. Me prometió que regresaría y que me sacaría de aquí. Me lo prometió. Contuvo el aliento, consciente de que con cada día que transcurría, la espera se hacía más insoportable. Los Lannister estaban ocupados con la organización de la boda real, así que ninguno de ellos mostraba el más mínimo interés por la joven. Sin embargo, Sansa era muy consciente de que las humillaciones volverían si la boda se celebraba y el Perro aún no había regresado a su lado.

Se levantó de su asiento y se alejó de la ventana, angustiada. Se había vuelto a convertir en una prisionera. ¿Y si su marido no regresaba y Joffrey volvía a casarla con otro, con alguien peor? Ya la había amenazado con convertirla en la esposa de Gregor si éste llegaba el primero, pero por fortuna, había regresado muerto.

Sansa se escondió en el aseo y empezó a desvestirse. Las criadas le habían preparado un baño hacía un rato, pero cuando se introdujo el agua ya estaba fría. Inclinó la cabeza hacia atrás, descansándola en el borde de la bañera. La piel se le había erizado por el frío, pero no le importaba. El recuerdo funesto de la audiencia del rey no dejaba de atormentarla. Sin quererlo ni beberlo, había hecho un espectáculo para toda la corte. Todos se quedaron tan sorprendidos por su reacción que ni siquiera Joffrey fue capaz de detenerla. El único que puso punto y final al asunto fue lord Tywin cuando la sacó del carromato y se la llevó a la habitación. La joven era muy consciente de que lo había hecho porque detestaba las habladurías; cada instante que pasó dentro del carruaje hizo que los murmullos y exclamaciones aumentaran.

No tenía muy claro qué había sucedido después, pero por lo que le habían contado sus doncellas, la audiencia se había disuelto en cuanto lord Tywin se marchó con ella por la puerta. Sin embargo, su propósito de no generar rumores no había dado resultado. Según le informaban las criadas, toda la corte comentaba su reacción en cuanto tenía oportunidad, a pesar de que ya habían transcurrido varios días desde aquél incidente. La joven no volvió a hablar de eso para no generar más cotilleos. ¿Qué diría su esposo si algún día llegaba a enterarse? Se había abalanzado sobre su supuesto cadáver para comprobar si de verdad era él, llorando desconsolada. ¿Qué pensaría él de su reacción? Sansa ni siquiera comprendía cómo había sido capaz de perder las riendas de esa manera tan poco correcta. Lo único que tenía claro era que se había asustado mucho.

El corazón aleteó dentro de su pecho. Tenía ganas de que volviera. Las pulsaciones se le aceleraron. Quería que volviera junto a ella. Le necesitaba. Ya no le veía como una estatua impertérrita, sino que había logrado sentirse a salvo junto a él. ¿Era eso amor? Inspiró hondo, notando ciertos nervios en su estómago. Sansa nunca se había sentido así con ningún otro hombre. Ni con Joffrey, ni con Loras. Ni siquiera con ser Moss.

Salió del agua a toda prisa, incómoda. Era demasiado orgullosa como para plantearse eso. El Perro no se parecía en nada a sus caballeros de las historias, salvo por el hecho de que siempre había velado por ella. Se secó con rapidez y se vistió de igual forma, apretándose bien las lazadas de la espalda. Cuando salió del aseo caminó hasta su tocador para peinarse de manera un tanto brusca. Le echas de menos, niña. La voz de su septa opinó sin su consentimiento. Sansa soltó un suspiro, notando cierta angustia en los aposentos. Llevaba demasiado tiempo encerrada. Sólo veía la luz del sol a través de la ventana y echaba de menos salir a pasear por los jardines o ir a rezar al bosque de dioses.

Cuando su pelo estuvo desenredado y brillante, se echó un par de gotas de perfume tras las orejas. Se estaba arreglando sin saber por qué. Tal vez fuera para distraerse. O por el mero hecho de encontrarse aburrida. El tedio de su dormitorio incrementaba con cada día transcurrido. Necesitaba distraerse, pensar en otra cosa que no fuera en su regreso.

Antes de que fuera consciente de lo que hacía, ya había salido de su habitación. Los dos guardias que tenía apostados en la puerta la siguieron inmediatamente. La joven sabía que estaban al servicio de su marido, pero no confiaba en ellos. Caminó en silencio por los pasillos de la Fortaleza buscando la salida que llevaba a los inmensos jardines. Necesitaba estar al aire libre y distraerse un poco. Se topó con ser Boros Blount en uno de los corredores, pero no se molestó en saludarle. Sabía que era mejor no dirigirse a la Guardia Real si quería pasar inadvertida y que no la llevasen ante Joffrey.

Consiguió llegar a los jardines sin más encontronazos. Los guardias del Perro la seguían de cerca, pero dejándole cierto espacio para que pudiera estar tranquila. La joven caminó por los senderos de tierra, admirando los arbustos y setos que habían a su alrededor. Había infinidad de jardineros cuidando las plantas, así como también doncellas y criadas que atendían a las damas de la corte que paseaban por allí.

Sansa sonrió levemente, sintiéndose más tranquila estando en presencia de tantos testigos. Además, la mayor parte de las personas que disfrutaban de los jardines pertenecían a la casa Tyrell o estaban a su servicio, por lo que no había ningún Lannister cerca. La joven avanzó con calma hasta llegar a una de las fuentes, situadas en la intersección de cuatro caminos de tierra. Varias damas paseaban por allí, pero Sansa no les prestó atención. Se sentó en el borde de la fuente y contempló su propio reflejo distorsionado sobre las aguas oscuras. Diversos pececillos anaranjados se acercaron a la superficie, nadando cerca de ella por si Sansa les había llevado algo de pan para comer.

La joven se distrajo mirándolos, disfrutando de la tranquilidad y la paz del lugar. Se escuchaban las voces tenues de los criados, cada uno absorto en sus propios asuntos. No muy lejos de allí, sus dos guardias la observaban inmóviles desde sus puestos. Sansa volvió a observar a los peces, soltó un suspiro y ocultó su rostro entre las manos, agotada. A pesar de que pretendía hacer la espera menos angustiosa, lo cierto era que no lograba pensar en otra cosa que no fuera en él.

Sin embargo, cuando destapó su rostro descubrió algo que la dejó paralizada. Las aguas turbias mostraban otro reflejo a parte del suyo. Uno mucho más grande, serio y austero. A Sansa le dio un vuelco el corazón. El nado de los peces provocaba ondas en la superficie, pero la joven le reconoció de inmediato. ¿Acaso se estaba volviendo loca? Cerró los ojos con fuerza, pensando que era otro producto de su imaginación. No obstante, su reflejo seguía allí cuando despegó los párpados de nuevo.

–¿El pajarito había olvidado la fea cara de su marido? Seguro que ya no la recordabas con tantos detalles –dijo, de forma amarga y con cierta tristeza.

Sansa se volvió rápidamente hacia él, mirándole con los ojos muy abiertos. No era ninguna alucinación. Estaba allí de verdad. Se puso en pie para no sentirse tan diminuta, pero estaba hecha un manojo de nervios. No supo qué decir. Le observó de arriba abajo; parecía que se había aseado, pues iba limpio. Sin embargo, una venda vieja y desgastada apretaba todo su antebrazo izquierdo. El corazón le palpitaba descontrolado dentro del pecho, todavía sin poder creerse que fuera real. En un impulso impropio en ella, acortó la distancia que les separaba y se abrazó a su cintura, descansando la cabeza sobre su pecho. Había estado tan preocupada...

–No llegasteis el primero –murmuró, con ojos llorosos–. Habéis tardado mucho en regresar.

Su marido también la rodeó con sus brazos antes de contestarle.

–He hecho lo que he podido, pajarito. No era una tarea fácil y me ha costado medio brazo. Llegué el primero vivo. ¿Acaso preferías que volviera como mi hermano? ¿Es eso?

La joven se separó un poco de él, temblando ligeramente. No parecía haberse enterado de la reacción que tuvo cuando confundió el cadáver de Gregor con el suyo.

–¿Q-Qué os ha sucedido en el brazo? –examinó los vendajes, preocupada. No tenían buena pinta.

–Dondarrion me hizo un favor y ahora va a juego con mi cara –dijo sin querer darle más explicaciones–. No te preocupes, ahora ya está mejor.

Sansa se quedó paralizada, notando un ligero escalofrío recorrer su espina dorsal. ¿Qué quería decir eso? Las cicatrices de su cara habían sido provocadas por unas terribles quemaduras. ¿Era eso a lo que se refería? ¿El brazo había corrido su misma suerte?

–P-Pero… P-Pero os tiene que ver el maestre –parpadeó varias veces seguidas, cada vez más angustiada–. S-Se os podría infectar. Os tienen que curar. D-Debéis ir a verle.

Su marido negó varias veces antes de contestar.

–Ahora no, pajarito. El rey nos espera y no es bueno impacientarle. Vamos. –le hizo un gesto con la cabeza antes de darse la vuelta y echar a andar de vuelta a la Fortaleza.

Los músculos de la joven Stark no respondieron, sino que se mantuvieron completamente rígidos. Tragó saliva, pensando que algo malo estaba por llegar.

–N-No –pidió, con voz trémula–. N-No. No quiero ir. N-No quiero ver a Joffrey.

Se sentó en el borde de la fuente, sintiendo que le fallaban las piernas. Sin embargo, su esposo se volvió hacia ella con el ceño fruncido y antes de pudiera decir nada ya la había sujetado por el brazo y levantado del asiento, con cierta brusquedad.

–¿Quieres pasar la noche en esta Fortaleza o prefieres hacerlo en nuestro nuevo hogar? Vamos a solicitárselo al rey. Sé una buena esposa y acompaña a tu marido.

Sansa se quedó sin aliento. ¿Había escuchado bien? Le miró con los ojos muy abiertos; el corazón le latía desbocado.

–¿M-Me vais a sacar de aquí? –preguntó en un hilo de voz, todavía sin creérselo.

–¿Acaso has olvidado mi promesa? Te dije que llegaría el primero, y por mucho que tú digas, así ha sido. También te dije que te sacaría de aquí y si me acompañas de una vez, verás cómo lo hago. No voy a repetirlo, pajarito. Vamos.

La joven volvió a tragar saliva, escuchando sus palabras atentamente. Tenía miedo de que su esposo se lo pensase mejor y se arrepintiera de su propuesta, así que asintió levemente con la cabeza. El Perro por fin liberó su brazo para después comenzar a caminar en dirección al interior de la Fortaleza. Sansa le siguió con pasos apresurados. No tenía por qué suceder nada. Su esposo ya estaba con ella, sano y salvo. El Perro la protegería si Joffrey intentaba hacerle algo, de eso estaba segura.

Esbozó una tímida sonrisa. ¿Quieres pasar la noche en esta Fortaleza o prefieres hacerlo en nuestro nuevo hogar? Nuestro nuevo hogar. "Nuestro". Sansa no tenía ni idea de dónde tenía pensado llevársela, pero su esposo lo había llamado "hogar" y eso era suficiente para ella.