Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Bueno, aquí acaba esta historia. Esperamos que os haya gustado. Muchas gracias por todos los geniales comentarios que nos habéis dedicado.


EPÍLOGO: SANSA

Fueron varios días de viaje los que transcurrieron hasta que lograron llegar a la Fortaleza Clegane, situada al sureste de Roca Carterly. Sansa tuvo que guardar todas sus prendas en baúles para que los criados pudieran cargarlos en un carromato. Su esposo llevaba mucho menos equipaje que ella y montaba en su propio corcel, mientras que la joven loba viajó sentada dentro del carro.

El Perro se mantuvo en cabeza durante todo el trayecto, entretanto sus hombres y algunas criadas le seguían en silencio. Sansa estuvo temblando de arriba abajo, todavía sin poder creerse que por fin hubiera logrado librarse de Joffrey gracias a su marido y a la intervención de lady Margaery.

Los días siguientes fueron confusos para ella. La Fortaleza Clegane no era el ideal que tenía por "hogar", pero el Perro se esmeró en adecentarla con ayuda de los criados para hacerla más confortable para la joven. Tardó un tiempo en acostumbrarse, pero pronto descubrió la vida allí era mucho más tranquila que en Desembarco. Nadie la humillaba, pues los criados y los guardias de Sandor la trataban con verdadero respeto. Tampoco se sentía vigilada. Su esposo se ausentaba de vez en cuando para ir de caza, o pasaba las mañanas en el patio de entrenamiento, por lo que Sansa tenía tiempo libre para investigar la pequeña Fortaleza, leer libros o bordar y confeccionar prendas. Sin embargo, su marido siempre le dedicaba tiempo todos los días. Se esforzó en mejorar aún más la relación que existía entre ambos, siendo más paciente con ella y no sacando a relucir su mal genio.

La joven sonrió levemente mientras confeccionaba las pequeñas prendas que tenía entre manos, sentada en un sillón del dormitorio junto a la ventana. Desde allí podía escuchar a los hombres conversar en el patio. Sandor no tardaría en volver junto a ella.

Tragó saliva, recordando las quemaduras de su brazo. Sansa había insistido en que el maestre Pycelle tenía que curarle y no se movieron de Desembarco hasta que el anciano no examinó sus heridas. La muchacha estuvo a punto de desmayarse cuando retiró sus vendajes y dejó al descubierto la carne ensangrentada que había debajo, derretida por las llamas. El Perro nunca entró en detalles de su lucha contra Dondarion, pero a Sansa tampoco le hicieron falta. El maestre les recomendó quedarse en la capital hasta que su brazo estuviera recuperado, pero su esposo se negó taxativamente. Al parecer, no quería que la joven permaneciera más tiempo en Desembarco por si el rey Joffrey cambiaba de opinión acerca de su destino. De este modo, Sansa tuvo que hacerle las curas y aplicarle los ungüentos que el maestre Pycelle les dio para su viaje. El Perro no se mostró conforme y siempre puso pegas para que la joven loba no se le acercase con esos potingues. No obstante, Sansa insistía una y otra vez hasta que lograba hacerle ceder y descubrirse las quemaduras vendadas.

Volvió a sonreír. Tras varias semanas, sus heridas habían cicatrizado correctamente sin causarle ningún tipo de infección. Sin embargo, la piel de su antebrazo había quedado igual de deformada que la de su rostro, pero a ella no le importaba. Había sido capaz de ver más allá de su físico y logró amarle por todo lo que había hecho por ella y no por una u otra apariencia.

Escuchó que la puerta se abría a sus espaldas y se volvió para ver quién entraba, sin levantarse del sillón. Se ruborizó casi de inmediato, notando cómo su corazón aleteaba con su mera presencia.

Permaneció inmóvil en su sitio mientras avanzaba hasta ella, con su característico semblante serio. El color de sus mejillas se hizo más intenso cuando su marido le acarició el pómulo con el dorso de la mano, depositándola después detrás de su cuello. Sus dedos ásperos le provocaron un escalofrío que torturó su espina dorsal de forma placentera, haciendo que cierta calidez se apoderase de su bajo vientre. El Perro se acuclilló junto a ella y ambos por fin quedaron a la misma altura. Aproximó su rostro al de la joven y descansó la frente contra su sien. Sansa sonrió cuando su otra mano le palpó el abdomen abultado, examinando al niño que llevaba dentro.

–¿Te ha dado mucha guerra, pajarito? –preguntó sin apartar la mano de su vientre, acariciándolo lentamente.

Negó con la cabeza, sin borrar la sonrisa de sus labios.

–Se porta muy bien –confesó, mirándole de reojo.

El Perro sujetó su barbilla y la obligó a girar el rostro hacia él, con una delicadeza poco frecuente. La joven parpadeó varias veces seguidas cuando se topó con unos ojos grises que la escrutaban en silencio, llenos de algo que sólo podía tratarse de amor. El rubor de sus mejillas alcanzó la punta de su nariz y fue entonces cuando Sandor Clegane sonrió de medio lado, atrayéndola hacia él para unir sus labios en un beso lento. Su joven esposa le correspondió con los ojos cerrados, disfrutando de él mientras le acariciaba la línea de su fuerte mandíbula con las yemas de los dedos.

Habían recorrido un largo camino, pero ahora tenían una vida entera que vivir juntos.