James Sirius.
Tu nombre es gracias a mi padre y mi padrino, dos hombres increíbles... Eso era lo que decía siempre Harry, su padre. James Sirius sonreía, orgulloso, y se quedaba satisfecho. Pero escuchar todo aquello, todo lo que su abuelo y el mejor amigo de éste hicieron por Harry fue demasiado.
Ser mejores amigos, compartir los siete años de Hogwarts. Sabía lo importante que era aquello y todo lo que significaba. Él lo había vivido con Avani Zabini, la mejor persona en el mundo para él. Pero enfrentarse a una guerra juntos, pelear juntos, nombrar a Sirius padrino del hijo de James, que Lily aceptara a Sirius como parte imprescindible de su familia, que Harry fuera lo único que le quedaba a Sirius después de la muerte de su novia... Y la muerte de James. La muerte de su mejor amigo. Pero no solo eso. Que otro de sus mejores amigos fuera un traidor, su otro amigo -al que él creía un traidor- desaparecido, ser mandado a Azkaban, saber que su ahijado fue mandado a una familia muggle que no lo iba a querer... James Sirius no quería imaginarse lo que su tocayo, Sirius Black, tuvo que pasar. Él no hubiera sobre vivido a aquello.
Vio como Victorie se levantó y él se levantó, pero no fue tras su prima favorita -sí, la rubia era su favorita, pero que ninguna otra se enterara-. Salió al jardín y se sentó en una de las butacas donde sus abuelos solían pasar las tardes juntos. Miró al frente y siguió pensando en sus dos tocayos. Hasta que Arthur Weasley se sentó a su lado. James lo miró y vio la sonrisa triste de su abuelo.
-Estoy bien, abuelo. -le dijo James. Pero Arthur no se lo creía.
-¿Sabes? No tuve la oportunidad de conocer a James Potter, tu otro abuelo, en persona. Pero siento como si lo conociera. -dijo Arthur, llamando la antención de James que lo volvió a mirar.- A través de Sirius Black y Remus Lupin, el padre de Teddy. Ellos hablaban mucho de James. Debieron de tener esa relación de amistad tan fuerte de la que todos los que los conocieron hablan. Minerva McGonagall los conocía muy bien, deberías ir a hablar con ella.
-¿Tú crees? No sé si quiero saber más de ellos...
-¿No? ¿No quieres saber de los hombres que te dieron tu nombre, que sacrificaron su vida por tu padre y por lo tanto te dieron la oportunidad de existir? ¿Estás seguro? -dijo Arthur Weasley. James lo miró fijamente y vio una sonrisa verdadera en el rostro del anciano.- Demuéstrale a Minerva que has aprobado tu examen de aparición por algo. Y mándale saludos.
James Sirius Potter se apareció en las cercanías del castillo de Hogwarts y caminó al menos media hora hasta tocar la puerta del despacho de Minerva McGonagall que lo recibió tan elegante y seria como siempre.
-Potter, creía que se había graduado el año pasado. -le dijo la profesora al verlo, escondiendo cada gota de alegría al ver al hijo mayor de Harry Potter.
-Hoy me han contado todo sobre las dos Guerras Mágicas. Todo lo que no está escrito en el libro de Historia de la Magia. Toda la verdad. -dijo James, tan serio como Minerva tan solo lo había escuchado un par de veces en los siete años en los que Potter estuvo en Gryffindor con ella.
-Pase, hijo. -le dijo Minerva, dejándolo entrar en su despacho, aquel en el que pasó más horas castigado que cualquier alumno normal.- Cuánto tiempo pasó usted aquí, ¿no? Hay dos alumnos... Había, había dos hombres que le hacían una gran competencia. ¿Sabe quiénes eran?
-Mi padre y mi padrino.
-Se equivoca. El padre y el padrino de Harry Potter. -dijo Minerva McGonagall. Al ver la sonrisa nostálgica que se dibujó en la cara de la profesora James supo que había acudido a la persona correcta.- ¿Viene a hablar de ellos?
-¿Cómo lo sabe?
-Sé muchas cosas, Potter. -dijo Minerva McGonagall.
James siempre fue el tipo duro, quien no llora, el valiente defensor de a quien quería. Pero aquella tarde con la directora del colegio, James lloró. Escuchó todo lo que su James Potter y Sirius Black hicieron juntos, lo que hicieron el uno por el otro, lo que hicieron por Remus Lupin, lo que hicieron por Peter Pettigrew y luego él los traicionó. Pero también escuchó todo lo que hicieron por su padre, por Harry.
La cara de bobo que tenía James Potter al mirar a su único hijo -aunque él pensaba que solo iba a ser el primero del equipo de quidditch Potter-, las veces que fantaseaba con su hijo creciendo a su lado y al lado de Lily Evans. La alegría que embargó a Sirius al reencontrarse con su ahijado y que éste le salvara la vida. Lo mucho que lo cuidó y lo que arriesgó su vida por él, una y otra vez. Como ambos jugaban con él. Imaginaban un futuro en el que Harry entraba en Gryffindor, enloquecía a McGonagall y enamoraba a una pelirroja, menos mal que Harry cumplió al menos esos deseos de los hombres. Y como ambos dieron su vida desinteresadamente por él.
-James, -dijo McGonagall- James Potter y Sirius Black fueron dos de mis mejores alumnos y sin duda unos de los que no me olvidaré jamás. Fueron grandes hombres, valientes y fieles. Cuando tu padre entró en el colegio me recordaba muchísimo a Lily, a tu abuela, pero cuando se juntaba con Ronald Weasley, ahí sí que veía a James y a Sirius. Aprovecha, como tu padre, tienes un padre y un padrino maravillosos, tú puedes aprovecharlos. Y ahora no me diga que Zabini es para usted lo que Sirius era para James, no me lo creo y usted tampoco se lo creee. Hágale caso a su madre y pídale una cita a la chica de una maldita vez.
Y, como siempre, la directora dejó a James Sirius Potter con algo en lo que pensar. Volvió a su casa, abrazó fuerte a su padre, a su madre y a sus padrinos. Esa noche le mandó una carta a Avani, tenían que hablar.
