Brienne, ese era su nombre, aunque él ya lo sabía. A pesar de que había aceptado su invitación, se la veía avergonzada e incómoda, mientras la mesera tomaba su pedido.

Su cara estaba llena de pecas y sus ojos ahora estaban más apagados que durante su pelea. Miraban inseguros hacia todos lados, o abajo, hacia la mesa.

Tyrion había visto a una chica morena que estaba sola en la barra y los dejó para ir a hablar con ella.

—Y bien…Brienne—dijo Jaime, iniciando la conversación.

La muchacha levantó la vista.

—¿Cómo es que participaste en este torneo, conociendo la regla? ¿Sabías que eso es trampa? —le sonrió ampliamente.

Ella se ruborizó.

—Mi maestro me dijo que me serviría de entrenamiento—contestó— Los mejores luchadores compiten aquí.

—Loras y Garlan Tyrell, los Redwyne, Renly Baratheon…—enumeró él—Todos derrotados, la fama no lo es todo.

—Tú también eres famoso—le dijo ella mirándolo, con los ojos entornados.

"Matarreyes" eso decía su mirada, pensó. Porque estaba claro que no se refería a sus logros en torneos.

—Por la forma en que miras, supongo que hablas de Aerys ¿no? —le preguntó casi desafiante.

La mirada de Brienne seguía entornada

—Yo tenía siete años pero lo recuerdo…

"Tiene diecisiete, es sólo una chiquilla" pensó "La misma edad que tenía yo cuando maté a ese hijo de puta de Aerys"

—Las noticias dicen muchas cosas—respondió él—Viven de historias y leyendas. Hablando de ello, cuando te fuiste muchos competidores se referían a ti como Brienne, la bella. Me estoy preguntando porqué…

Le dedicó una mirada evaluadora. Los ojos de Brienne relampaguearon.

—Ahí también debe haber una interesante historia de la que hablar—repuso.

No había sido su intención ser cruel, pero el asunto de Aerys siempre lo ponía de mal humor. Brienne no respondió, pero siguió mirándolo sin expresión hasta que la mesera, oportunamente, llegó con las cervezas. Jaime tomó su jarra y la levantó. Brienne hizo lo mismo con su enorme mano.

—Por Brienne, la bella—dijo él.

Y ella golpeó fuertemente el jarro contra la mesa, acercándose a él, le dijo:

—No me llames así.

Jaime rió y la chica se estaba levantando para irse, pero él tomó el brazo.

—Disculpa, Brienne…brindemos por nuestra final, fue muy interesante ¿para ti no?

Brienne, aún enfadada se sentó de nuevo y brindó con él casi a regañadientes.

El resto de la hora, hablaron de la pelea, ella parecía un poco más relajada y él decidió ser amable y no burlarse. Le contó que vivía en Tarth, una isla que estaba ubicada en el Mar Angosto y que su maestro era un tal Goodwyn.

—Deberías mejorar tus patadas—le dijo, bebiendo de su cerveza—Son muy predecibles.

—Y tú deberías ser menos confiado—le respondió ella, haciendo lo propio—Te lanzas a atacar y descuidas tu guardia.

—Deberías venir a entrenar a Baelor—otra vez las palabras salieron de su boca sin poderlo evitar. —No te quedarás en esa roca árida toda la vida ¿verdad?

Ella frunció el ceño.

—Tarth, es hermoso, lo llaman la Isla Zafiro.

—Como sea—respondió—En la Academia Baelor tendrás muchas oportunidades y allá están todos esos luchadores excepcionales de los que hablabas.

Ella murmuró algo de su padre, que no pudo escuchar bien, tomó lo que quedaba de su cerveza y se levantó.

—Debo irme—le dijo—mi maestro me espera.

Jaime se puso de pie.

—Tal vez, nos veremos pronto, Brienne la Bella.

Brienne lo miró nuevamente enojada y se fue, haciéndole apenas un gesto de despedida con la mano. Jaime rió fuerte, era divertido hacerla enfadar.

Pagó la cuenta y miró alrededor, Tyrion todavía estaba entretenido con la chica que había conocido, ambos hablaban animadamente y se reían. Gritó para que les llevaran más vino.

Jaime suspiró y decidió subir a su habitación.

Ingresó a internet y lo primero que hizo, antes de revisar su correo, fue entrar a google y se encontró escribiendo "Brienne Tarth".

Le salieron noticias de diversos años, la mujer había ganado su primer torneo a los siete. A la edad de 16 ganó el torneo juvenil de Puenteamargo. Salían también otras victorias en campeonatos menores.

Jaime se desconectó y se fue a acostar, durmiéndose al instante. En la mañana, al despertar, se le había ocurrido una idea.