El avión de Brienne partió a las ocho de la noche, iba sentada junto a su maestro Goodwin. Aunque la sucesión de combates la había dejado agotada, no lograba conciliar el sueño. Además tenía dolor de cabeza, debido al jarro de cerveza que había bebido. No acostumbraba a consumir alcohol. Por lo que se reclinó en la ventana, recordando el rato pasado con Jaime Lannister.

"Un tipo extraño" pensó.

Todavía no sabía por qué había aceptado su invitación. Hace unas horas, nunca habría pasado por su mente conversar y menos compartir una cerveza con alguien como él. Porque Brienne conocía su oscuro pasado y el crimen que había cometido.

"Mató a su propio maestro" recordó.

Siempre le había parecido un acto aberrante y lo había detestado por eso. Cuando lo vio en el recinto del torneo, rogó a los dioses que le tocara enfrentarse a él. Ansiaba derrotarlo y acabar con su sonrisa de suficiencia. El mundo era injusto, según su opinión, una suspensión no era castigo suficiente para el crimen que había cometido. Pero, sin duda, el tener una familia rica y poderosa, lo había salvado.

Sin embargo, el sentimiento que le había provocado la pelea había sido muy distinto, pues él era un excelente luchador, eso no se podía negar y ella había disfrutado el combate, a su pesar.

Su personalidad le parecía extraña y su pasado, misterioso. No le cabía duda de que albergaba más oscuros secretos. Era altanero, burlesco y parecía mirar con desdén a todo el mundo. Y sin embargo esa tarde no la había delatado al árbitro, cuando se dio cuenta de la verdad.

"Parecía sincero cuando me dijo que había disfrutado nuestro combate" pensó.

Brienne recordó sus ojos verdes mirándola durante la pelea y sus odiosas sonrisitas, hasta que su mente decidió concentrarse en los cúmulos de nubes que se apreciaban desde las pequeñas ventanas del avión.

Una semana después, Brienne estaba en su casa celebrando su décimo octavo día del nombre. Sólo la acompañaba su padre, su maestro y unos pocos amigos de la isla. No tenía madre ni hermanos, pues habían muerto cuando era pequeña.

Cuando la celebración estaba por terminar, su maestro Goodwin se acercó a ella, llevaba un sobre en sus manos.

—Brienne, estaba esperando el último momento para entregarte esto —se lo tendió.

Brienne extendió la mano y lo primero que vio, fueron unas letras grandes doradas que decían claramente "Baelor". Sintió un vuelco en el estómago y miró a su maestro con sus ojos azules abiertos como platos.

—Ábrelo, hija—le dijo con una sonrisa.

Lo que ella hizo, con las manos temblorosas y mirada de desconcierto. La carta decía:

Brienne Tarth:

Luego de su excepcional participación en el torneo de Artes Marciales de las Islas del Verano, está cordialmente invitada a unirse a nuestra academia. La esperamos a inicios del mes próximo para que empiece su entrenamiento lo antes posible.

Atentamente

Archimaestro Kevan Lannister

Brienne no podía creer lo que leía, alzó la vista hacia su padre, quien la miraba con una amplia sonrisa.

—Pero…pero me descalificaron del torneo…¿Cómo es posible que ahora me hagan una invitación así?—preguntaba.

—Brienne, sólo algunos maestros están de acuerdo con esa regla obsoleta—le dijo—Y todavía hay muchos que valoran el espíritu en los luchadores, tú lo demostraste y ahora tienes la recompensa.

Sin embargo, ella seguía anonadada.

—¿Cuándo partiremos? —le preguntó ansiosa a su maestro.

Él arqueó las cejas.

—Partirás sola, Brienne—le dijo—Este viejo maestro te ha enseñado todo lo que sabe.

Ella asintió lentamente y miró a su padre.

—Papá..tú…—empezó a preguntar

—Por supuesto que te autorizo, hija mía—le dijo— Vi la carta esta mañana y le di la idea a Goodwyn de que esperáramos hasta este momento para entregártela.

Brienne abrazó a ambos con lágrimas en los ojos, y la fiesta terminó con un brindis con el mejor vino dorniense.

Más tarde, ya acostada en su habitación, miraba por la ventana abierta al cielo estrellado. Aunque le apenaba dejar su isla, pensaba en los excelentes maestros que había en Baelor, la cantidad de luchadores con los que se enfrentaría y en los torneos en los que podría participar. Pero extrañaría a su padre y a su maestro, y por otro lado temía que la experiencia fuera dolorosa a la par que provechosa, como le había pasado en Altojardín.

"Renly también entrena allá" recordó, aunque la idea de verlo no le causaba la misma ilusión de antes.

En el torneo lo había visto, pero no la reconoció. Cuando a ella se le rompió el casco y bajó de la plataforma, él le dirigió una mirada anonadada pero Brienne no se detuvo a hablarle.

"Deberías venir a Baelor" Jaime Lannister le había dicho eso.

—Me toparé todos los días con él, de ahora en adelante.

Dudando aún de lo agradable que sería la experiencia, cerró los ojos y se quedó dormida al instante.

Durante las dos semanas que siguieron, se dedicó a hacer los preparativos para su viaje, a despedirse de su isla y por las mañanas entrenaba duro, en especial las patadas.

Hasta que llegó el momento de partir. Y en una tarde muy soleada, su avión aterrizó en el aeropuerto de Desembarco del Rey.