22. Es tiempo de acción

Jaime estaba recostado en el sillón del living de Brienne. Ella se había negado rotundamente a que él se fuera a su casa, luego del ataque. "El tercero que ocurre" pensó.

Antes de irse a dormir, Brienne y él le habían contado a Selwyn lo que había ocurrido. Ella afirmaba que sólo se trataba de una broma de alguien, pero Jaime se daba cuenta que éste no había quedado nada convencido y lo miraba a él, como comprendiendo. Era un hombre bastante inteligente para darse cuenta que tenía que ver con el Torneo Rojo y su familia, por supuesto. Y él la estaba metiendo a su hija en ello, lo que a él no le gustaba nada. Y tenía razón, el mensaje había confirmado esto.

Y ahora ya había decidido que era su deber ir a hablar con su padre. Él lo había iniciado y lo tendría que detener de alguna forma. Se acomodó en el sillón y se tapó con la manta que le había pasado Brienne.

Cerró los ojos. Pero en ese momento, escuchó unos pasos y se dio cuenta que era ella quien se aproximaba a vestida en pijama. Le hizo un hueco para que se sentara a su lado.

—¿Cuándo ocurrió? —le susurró rápidamente.

—Anoche.

—¿Por qué no me dijiste?

—No quería preocuparte—le explicó—, pero lo iba a hacer, lo juro.

Aunque no le veía el rostro, sabía que tenía el ceño fruncido.

—Igual es imposible engañarte.

Ella negó con la cabeza.

—Adiviné que me ocultabas algo.

—Mierda, chiquilla—le acarició la mejilla—, nos conocemos demasiado bien.

Advirtió que su rostro se entibiaba, por lo que adivinó que se había ruborizado.

—Ven aquí—le tomó el brazo para que se recostara encima de él.

—No me ocultes cosas.

—Nunca más.

La besó y ella pareció ceder, él la acercó más él mientras saboreaba su lengua, la cual tenía aún la esencia del vino dorniense, lo que hacía más gratificante la sensación. Era el primer momento íntimo que compartían desde que su padre había llegado, y él sentía que quería más. Una mano de Brienne acariciaba su barba mientras la otra estaba entrelazada a la suya.

Se separaron.

—¿Ya no estás enojada conmigo? —le preguntó.

Brienne negó lentamente con la cabeza.

Se quedó un momento en silencio.

—Iré a hacerle una visita a mi padre, mañana—dijo de pronto.

Ella no respondió nada, al parecer sorprendida.

—Iré a pedirle explicaciones, él comenzó todo esto ¿verdad? Ahora lo sabemos…

—Yo te acompañaré, si quieres.

Él titubeó por un segundo "¿Juntarla con ellos?"

—Sólo si quieres…—balbuceó ella.

—No es eso—le dijo rápidamente—, no quiero que te mezcles con ellos…

—Te iré a dejar…aunque sea.

—De acuerdo, necesitaré de tu apoyo moral…

La volvió a acercar a él. Cuando Brienne se fue a su cama un rato más tarde, deseó que no lo hubiera hecho.

Al otro día, despertó al sentir en sol en la cara, se tapó los ojos y tanteó el suelo buscando su celular. Miró la hora: las 09:15. Se sentó en el sillón y se desperezó, estirando los brazos. De pronto sintió un pinchazo y se acordó de la herida.

Cuando pasó por fuera de la cocina, la puerta estaba cerrada y se escuchaban las voces de Brienne y Selwyn hablando en rápidos susurros. Parecía que estaban discutiendo.

Fue al baño. Se sacó la camiseta para observarse la herida, la venda estaba limpia.

Cuando volvió a la cocina, la puerta estaba abierta y Brienne ponía la mesa para el desayuno. Ninguno de los dos habló mientras comían, ambos tenían la misma expresión de testarudez. Le habría causado gracia en otras circunstancias.

Se subieron al auto para ir al aeropuerto, Jaime se dirigió a la parte de atrás para que su padre se sentara en el asiento del copiloto. Pero Selwyn negó con la cabeza y le cedió el asiento. El silencio perduró durante el viaje, él sólo se fue mirando el paisaje. Sabía cuál había sido el motivo de discusión. ¿Pero qué podía decir para tranquilizarlo?

Llegaron al aeropuerto y caminaron por el estacionamiento aún sin hablar, Jaime acercó un carro para cargar la maleta de Selwyn. Brienne caminaba entre ambos, se veía algo triste pero a la vez, determinada.

Pero antes de que Selwyn se dirigiera a la zona de embarque, se volteó y los miró a ambos con resignación. Abrazó a su hija.

—Cuídate—le dijo—.

Ella asintió. Se volvió hacia él y le tendió la mano.

—¿Solucionarás esto?

Jaime asintió y Selwyn también, expresando conformidad.

Se despidieron y partieron. Sin decir mucho, se fueron a su departamento.

—Papá quería que me fuera a Tarth—le dijo.

—Él se dio cuenta de que por mí estás metida en esto…

—Yo le dije que no me importa…—dijo ella testarudamente.

Cuando llegaron, se dio cuenta que su hermano aún no estaba en la casa. Se asomó a su habitación y vio que su cama estaba pulcramente estirada. No llegaba desde la noche que los atacaron. Marcó su número.

—¡Hermano! —le contestó al instante.

—¿Dónde estás?

—Con Tysha, obvio.

—¿Todavía? Vaya.

—No querrás saber los detalles sórdidos.

—Prefiero que no…—del otro lado de la línea se escuchaba la risa de ella.

—Vamos a tomar desayuno ahora, estoy bien así que si me disculpas…

—Espera, necesito saber a qué hora puedo ubicar a Tywin…

Hubo un silencio.

—¿Quieres ir a hablar con nuestro padre? ¿Por qué? ¿Pasó algo?

—Adivina.

—¿Otro ataque?

—Así es.

—Lo más seguro es que esté en su mansión—le respondió—, los domingos generalmente almuerza en casa, tú sabes…reunión familiar…

—De acuerdo…

—Bueno, me cuentas. Que los Siete te amparen.

Jaime rió torvamente y cortó.

Brienne lo esperaba expectante.

—Iremos hoy—le dijo.