34. Una visita a Fuerte Terror

—Veo que recapacitaste—Cersei estaba apoyada en su escritorio, con una copa de vino en la mano. Tomó un sorbo.

—Me di cuenta que mis lealtades están con nuestro padre y contigo…—respondió.

—Debo decir que me sorprendió que me llamaras diciéndome que quieres hacerte cargo del trabajo.

—Ya te dije que no confío enteramente ellos.

Ella asintió, evaluándolo.

—¿Y tu bestia te apoya? —preguntó—¿O no lo sabe?

No respondió, sólo la miró. Cersei rió.

—Bueno…Brienne…

—Ella está afuera de estos asuntos…

—Obviamente—repuso su melliza—, ella no pertenece aquí, sólo la harás sufrir tratando de integrarla a nosotros.

Jaime se quedó en silencio nuevamente. Cersei suspiró, tomó un sobre que estaba en el escritorio y se lo tendió.

—Pasaje de avión de ida y vuelta—le dijo—Roose Bolton te recibirá mañana a las diez en Fuerte Terror.

Jaime se lo recibió con un asentamiento de cabeza. Dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

—Buena suerte—le dijo ella.

El avión de Jaime llegó a las nueve de la mañana siguiente, al salir del aeropuerto una ráfaga fría proveniente del Muro, lo envolvió. Se subió el cierre de la chaqueta. Sacó su celular, pero al instante se arrepintió y se lo volvió a guardar en el bolsillo.

Cuando salió del aeropuerto, advirtió que un tipo joven, que estaba de pie al lado de un auto negro, le hacía señas. Se dirigió hacia allá.

—Mi señor Lannister—señaló la puerta del auto—, puede subirse.

—Qué amables…

—El señor Bolton me dio la expresa orden de recibirlo.

Jaime observó el paisaje desde la ventanilla, nunca había estado interesado en conocer el Norte. Fuerte Terror no era la gran cosa, incluso la encontró algo lúgubre. La mayoría de las casas estaban construidas en piedra gris y había pocas áreas verdes. Tampoco era muy grande, cuando menos lo quiso ver, estaban cruzando un puente y allí, a la rivera del Río de las Lágrimas, estaba la mansión de Roose Bolton.

Cuando bajó, advirtió que Walda lo estaba esperando en la puerta.

—Buenos días—lo saludó con una cordial sonrisa.

Lucía un vestido rosa, al igual que durante el torneo.

—Mi más sentido pésame—le dijo ella, mientras caminaban por el interior de la gran mansión.

—Gracias—respondió él en un susurro. Walda le sonrió.

Jaime miraba interesado el lugar: el techo abovedado, las columnas, habían oscuros lienzos que retrataban a antepasados Bolton, todos tenían los mismos ojos grises y fríos. Las altas estanterías lucían diferentes tipos de adornos, a él le pareció ver unos muñecos que asemejaban a hombres desollados. Lo único que le daba iluminación al lugar eran los ventanales abiertos.

—Lúgubre ¿verdad? —él se sobresaltó, pero Walda le sonreía—.Y era peor, pero logré convencer a Roose de que la casa lucía mucho mejor con las cortinas abiertas en el día ¿te parece?

Él asintió.

En un momento, ella lo condujo por unas escaleras, luego pasaron por un pasillo, hasta que llegaron a una gran puerta de roble. Walda abrió.

—Jaime ya está aquí—le dijo a su esposo, quién estaba sentado en una silla fabricada del mismo material que la puerta, frente a un escritorio.

—Perfecto—respondió Roose Bolton y le señaló la silla que estaba al lado opuesto. Jaime se sentó.

Daré la orden de que les traigan unos bocadillos—les dijo ella.

—Gracias, querida.

—Buenos días Señor Lannister, estuve hablando con tu hermana y me dijo que está dispuesto a ayudarnos.

—Así es—respondió—¿Dónde está Walder?

—Se negó a venir, pero le enviaré un reporte con lo que hablamos.

Jaime pensó qué diría su padre y dijo.

—Me estoy preguntando si podemos confiar completamente en él.

—De eso no se preocupe, él juega al mismo bando que nosotros y eso es lo que importa.

En ese momento, un sirviente trajo dos copas de vino con unos panecillos. Jaime asintió con un movimiento de cabeza y tomó la copa con su mano derecha, tomó un sorbo y la volvió a dejar en la mesa.

—Veo que su mano se ha curado.

Jaime le dedicó una fría mirada, que quería decir: "No lo he olvidado".

El gobernador de Fuerte Terror pareció entender y cambió de tema.

—La muerte de vuestro padre fue un hecho lamentable…

—No estoy aquí para escuchar palabras amables—le dijo en su mejor imitación de la voz de su Tywin Lannister—, centrémonos en el tema que nos concierne.

Bolton carraspeó.

—Como bien sabrá, vuestra hermana se comunicó con nosotros. Ella quiere que los Stark paguen por el asesinato a vuestro padre.

—Me gustaría saber que piden a cambio por ayudarnos—repuso—no estoy seguro de que se lo hayan dicho a mi hermana.

Roose tomó un sorbo de vino y dijo:

—Cuando Tywin Lannister me pidió que colaboráramos con su causa, nos hizo unos ofrecimientos.

—Poder sobre Catelyn Tully, supongo, tierras para producir….

Bolton sacó un tablet del cajón de su escritorio, tecleó algo y luego se lo pasó.

Jaime leyó. Eran unos planos de instalación de una fábrica de gas. Él sabía de esto, Tyrion se lo había contado tiempo atrás. Abarcaría una gran extensión de tierra y ya no tendrían que estar dependiendo de las gasolineras dornienses. Un negocio millorario.

—¿Usted iba a obtener una buena tajada de esto, no?

—Estábamos negociando, hasta que ocurrió lo de vuestro padre…

—Ya veo…

Jaime se preguntó hasta que punto Tywin estaría dispuesto repartir la ganancia. Le devolvió el aparato.

—De acuerdo—dijo—, primero que todo, concretemos los planes.

—Mi hijo Ramsay está dispuesto a encargarse.

—Me gustaría verlo.

—Por supuesto—respondió Bolton—, usualmente él está en Harrenhal a cargo del gimnasio, pero me pareció oportuno que estuviera presente este día—, tomó su teléfono y presionó un botón—Que venga mi hijo, por favor.

Pasaron al menos diez minutos hasta que éste llegó a la oficina, se sentó al lado de su padre. Jaime lo evaluó.

—Tú disparaste a Robb Stark ¿verdad?

—Así es—respondió, su mirada era entre siniestra y burlona.

—Deseo un trabajo limpio y silencioso ¿podrás hacerlo?—le preguntó Jaime fríamente.

—Soy experto en ese tiempo de tareas—susurró.

—Me temo que mi hijo es un poco insolente—dijo Roose, mirando al joven severamente.—Pero está demostrando que puede redimirse. Cuéntale los planes, al señor Lannister.

Ramsay habló durante veinte minutos.

—Ya veo…—respondió Jaime—Y de nosotros esperan encubrimiento ¿verdad?

—La policía y la prensa siguen a nuestro favor—repuso Roose—, pero en Invernalia es distinto, me temo que son incorruptibles.

Él pensó un momento.

—Me encargaré.

Jaime se puso de pie y despidiéndose con un movimiento de cabeza partió. Ramsay lo siguió.

—¿Quieres algo más? —le preguntó, dándose la vuelta.

—En realidad sí—dijo el muchacho, mirándolo desde las sombras de un pilar—, quiero una recompensa.

—Eso lo veré según como hagas el trabajo.

Pero este se adelantó.

—Quiero a la hija, la mayor—susurró.

Él no le contestó. Justo apareció Walda para llevarlo a la entrada. Ramsay se escabulló.

Después de que el chofer lo dejara en el aeropuerto y el auto se hubo alejado, Jaime suspiró. Pero no fue hasta cuando estuvo de vuelta en el avión, que sacó su celular y llamó a Brienne.

—Hecho—susurró.

—¿Todo bien?

—Seeh