¡Mis nenas, ya estamos aquí con el capítulo dos!
Muchas gracias a quienes comenzaron a seguir la historia, a las que comentaron el primer capítulo, muchas gracias de verdad.
Al mejor equipo que ha sido mi apoyo en todo este tiempo: Gaby Madriz en la edición de los capítulos, a doña Maritza Maddox que me ayuda cuando la musa inspiradora se pone dura conmigo, y a la loca Manu de Marte por los adelantos, banners y promoción de la historia. GRACIAS MIS CHICAS.
A las chicas del grupo de facebook ( groups/Subversivas) a las del grupo de whatsapp, y en fin, a todas las que me acompañan de una manera u otra en este viaje que recién estamos empezando. No se diga más y a leer entonces
Capítulo 2
― ¡Una enfermera, que ahora es mi amiga, me curó la rodilla! ―explicaba Jane a su hermano, después de enseñarle la bandita que la noche anterior no alcanzó a mostrarle; bandita que su madre tuvo que persuadir de cambiársela después de la ducha.
Había llegado esa mañana al hospital con sus padres después de que la noche anterior no pudieran verlo, pues él mantenía una reunión con los doctores de Rose. Y ahí estaba la niña, tratando de que su hermano pusiera toda la atención en su historia, que contó con gran brío y a toda velocidad, mientras él trataba de llevarle el ritmo a la pequeña.
―Te caíste y alguien de aquí te curó la herida ―concluyó él, pero Jane rebatía que no había sido tan solo eso, sino que la enfermera que a ella se le hizo como un hada, la sano y que ella se comportó con mucha valentía, pidiéndole a sus padres que sirvieran de testigo para lo que ella decía.
―Hijita, tu hermano está cansado, no lo atosigues con tus historias ―le pidió Esme a su hija, quitándosela de los brazos a Edward, quien la tenía sentada sobre sus piernas. Cuando ella lo hizo, Edward aprovechó de ponerse de pie y estirar un poco las piernas que sentía agarrotadas. Las noches durmiendo incómodamente en un sillón junto a la cama de su esposa, estaban comenzando a pasarle la cuenta.
― ¡Mami, yo creo que ella puede hacer despertar a Rose! ―exclamó Jane, pensando en que su nueva amiga enfermera podía curar a Rose como lo hizo con ella― ¿Por qué tú ya la besaste, Edward? Hay un cuento que el príncipe besa a la princesa y ella de despierta…
Edward torció su boca y extendió su mano hasta el rostro de su hermanita, deseando poder tener la misma fe ciega de ella.
―Me temo que mis besos no son curativos como los de los príncipes.
―Edward, creo que deberías aprovechar de ir a descansar a casa ahora que tus suegros están aquí ―intervino Carlisle, poniendo la mano sobre el hombro del músico a quien amaba como su hijo y por quien se le rompía el corazón: se veía cansado, desesperanzado y abatido, como si con cada día que pasaba en ese hospital a la espera de una señal de mejoría para su esposa, los años vinieran y se le posaran encima, aplastándolo.
―Si se presenta algo, yo…
―Si se presenta algo, te avisarán enseguida. Ya Antonieta y Germán dijeron que estarían todo el día con Rose ―intervino Esme, refiriéndose a los padres de Rose. Ella, al igual que su esposo, estaba preocupada por Edward, angustiada a decir verdad, por eso insistía que descansara un poco o que al menos se alejara de ese hospital por unas horas para tomar otro aire y recargarse de otras energías, lejanas a las que fluían en un sitio como ese―. Por favor cariño…
Esme extendió una de sus manos y apretó el brazo de su hijo, toque que él rechazó sutilmente, podía estar exhausto y triste, pero había cosas que nunca cambiarían.
― ¿Irás a descansar, Edward? ―insistió Carlisle. Edward sabía que si llegaba a su casa, a la que compartía con su esposa, se iba a ver desesperado y no podría descansar, porque los recuerdos de su vida junto a su mujer lo abrazarían sin dejarlo dormir, molestándolo y burlándose de él. Apenas iba a su casa, para darse una ducha rápida y cambiarse, pero no demoraba más de media hora en esas labores. Además, como les dijo a sus padres, podría presentarse algún problema, o Rosalie podría reaccionar de un momento a otro, y cuando eso sucediera, él quería estar allí junto a ella. Pero como todos acertadamente insistieron, él necesitaba un descanso o un respiro, por lo que claudicó de su palabra de no moverse de allí, decidiendo refugiarse en la soledad de su apartamento de soltero, el que no visitaba desde hacía mucho tiempo.
Esme, Carlisle y Jane se fueron más tranquilos cuando Edward les comentó que se retiraría a descansar. Enseguida fue hasta el cuarto de su mujer y le comentó a sus suegros que se retiraría por unas horas a revisar algunas cosas y descansar, estando ellos de acuerdo, habiendo ellos mismos insistido mucho en ello pues sabían que lo necesitaba.
Luego de despedirse de sus suegros junto con prometerles que regresaría en unas horas y de dejar un beso sobre la frente blanca de su dormida esposa, Edward salió del hospital y tras montar su coche, recorrió las avenidas de la ciudad más allá de lo necesario, simplemente para relajarse, mientras que por los altoparlantes del automóvil sonaba uno de los discos favoritos de Rosalie, "The dark side of the moon" de Pink Floyd, y recordó una álgida conversación que el doctor tuvo con él y la familia de Rosalie a primera hora de aquella mañana:
―Edward, debemos ser sinceros ―dijo el médico con su tono como siempre profesional ―llegará un momento en que si el estado de tu mujer no tiene avances, quedará relegado a tus manos la decisión de los pasos a seguir con respecto a ella…
― ¡¿Qué quiere decir?! ―como energúmeno había gritado Emmett, cuñado suyo, cuando el doctor dio a entender que así como había una posibilidad de que Rosalie despertara, también había una de que ella no lo hiciera―. ¡Sobre mi cadáver van a matar a mi hermana!
―Emmett, cálmate, por favor… ―pidió Antonieta a su hijo con voz resquebrajada, pero Emmett estaba cegado por la rabia, rabia que estaba siendo dirigida hacia Edward, a quien miró con odio sin disimular cuando lo encaró
― ¿Eso es lo que quieres, verdad, que maten a mi hermana?
―Emmett, de qué hablas… ―Edward estaba a punto de ser superado por las acusaciones de fundamento de su cuñado, quien desde siempre, mostró animadversión hacia él. Con frustración pasaba las manos por su cara y por su cabello, deseando sentirse en libertad de hacer callar al hermano de su mujer con un eficiente puñetazo.
―Señores, por favor ―intermedió el doctor, alzando sus manos hacia ambos lados en los que se encontraban los caballeros, mirándolo a uno y a otro a la vez ―Tengo que plantear todas las opciones, ni por un momento queremos dar a entender lo que el señor Hale plantea, no sería ético.
Emmett, o el señor Hale como lo llamó el médico, bufaba con sus brazos cruzados sobre su pecho, lanzándole dagas de fuego con la mirada a su cuñado a quien culpaba no sabe Edward bien de qué, el que en ese momento miraba por la ventana con su ánimo más cabizbajo de lo habitual en esas dos últimas semanas.
De alguna manera, pensaba ahora que estaba solo, la reacción de Emmett era normal, pues le parecía completamente descabellado pensar en "la otra opción", la que sabía él se trataba de desconectar de las máquinas que finalmente sustentaban la vida de los pacientes en estado de coma cuando sus funciones vitales no estaban respondiendo. ¿A caso no había esperanzas más que aguardar a que el organismo de su mujer reaccionara? ¿Qué sería si tuviera efectivamente que tomar esa decisión? ¿Después de cuánto tiempo tendría que hacerlo, meses… años?
―No puede ser... ―gimió frustrado luego de aparcar el coche frente a la playa, a donde Rose, siempre le pedía que fueran juntos.
Salió y caminó hasta el frente del coche, sentándose sobre el capó, quedando de frente al mar, cerrando los ojos y dejando que el viento fresco que corría chocara en su cara, y entrara por su nariz hasta sus pulmones, preguntándose si regresaría la normalidad a su vida.
Rose adoraba absorber la vitamina D y cuando era la época, o más bien cuando el inclemente tiempo de la ciudad daba un respiro a los habitantes y permitía que las nubes se disiparan y el frío remitiera para que los amantes del sol tuvieran un encuentro justo en ese lugar que se llenaba de personas anhelantes de baños de sol. Él nunca fue un fanático de aquellos lugares, mucho menos cuando estaban llenos de personas y ni pensar en la idea de tirarse sobre la arena y padecer de calor innecesariamente, como sí disfrutaba hacerlo su esposa, la que tantas veces intentó convencerlo de acompañarla, jamás consiguiéndolo. Pero ahí estaba él ahora, frente a esa playa que parecía también triste, como compadeciéndose de Edward, con sus olas oscuras moviéndose al ritmo del viento, bajo las amenazantes nubes negras que dominaban el cielo ese día.
Suspiró un montón de veces e intentó ponerse en todos los escenarios posibles, pero fue en vano, ya que su única esperanza, el único anhelo que él tenía era que ella despertara y le sonriera como solía hacerlo.
No aguantó estar mucho tiempo en ese lugar, veinte minutos quizás, pues ya suficiente frío se sentía dentro de su pecho como para soportar ahora el helado viento que golpeaba su rostro y no le daba el confort que él buscaba.
Se metió dentro del coche con la idea de ir a su casa y tomar una ducha larga y caliente, cambiarse de ropa y distraerse con la televisión un rato o quizás golpear las teclas de su abandonado piano, pero declinó casi enseguida ya que esa casa estaba tan llena de Rose, que prefirió dirigirse hacia su viejo departamento de soltero: justo en el ático de un viejo edificio de seis pisos, como la mayoría de los que se encontraban en el barrio universitario, se hallaba su viejo piso donde vivió al cumplir los dieciocho años y logró independizarse.
En aquella época, cuando hacía trabajos esporádicos siempre relacionados con la música y muy bien pagados, logró ahorrar un buen colchón de dinero para entregarlo como pie para la compra de ese apartamento, el que terminó de pagar muchos años después, con mucho esfuerzo pero también con mucha satisfacción por la adquisición de algo que era completamente suyo, impregnando cada parte de ese pequeño espacio con detalles propios que lo hicieron sentirse en casa, como si llevara viviendo allí toda la vida, lugar al que extrañamente muy pocas veces llevó a Rosalie, pues a ella le parecía pequeño y viejo.
―Me gusta por el hecho que vives tú en él, pero… podrías tener algo mucho mejor, ¿no? ―había dicho ella la primera vez que fue allí, criticando el lugar y advirtiéndole que él podía acceder a algo quizás de lujo. Ella disfrutaba de las comodidades que la vida y el dinero le brindaban, explicando que no era una criatura que se aventurara a los sacrificios como vivir en situaciones que para ella, rozaban en lo precario, pudiendo acceder a más.
Rosalie no era una mujer avariciosa ni altiva con ínfulas de grandeza, simplemente le gusta vivir cómodamente, conforme al nivel de vida que siempre había llevado, de otra manera Edward simplemente no le hubiese encontrado atractivo, aunque era increíble ver a esta pareja que tenía tanto de diferente, quererse como lo hacían. Aunque él, a veces, pensaba que el amor de esa relación estaba sustentado sobre el amor que su esposa sentía hacia él, que era mucho más explosivo y poderoso del que él demostraba sentir por ella, pero simplemente su temperamento, su forma de ser, hacían que sus demostraciones de afecto fueran más reservadas. Simplemente eso, lo que no significaba que no la quisiera, pues la quería, de lo contrario no estaría sufriendo como lo lleva haciendo por ella desde ya hace más de dos semanas.
Concreto blanco y vigas de madera oscura eran el sello característico en todo el lugar, aprovechando los amplios tragaluces que dejaban entrar la claridad del día de forma precisa y directa. Los espacios eran amplios, apenas divididos por muebles o medios muros que servían para diferenciar un espacio del otro, aunque no era necesario.
Nada había allí de mucho valor, ya que la mayoría de los muebles eran viejos y de segunda mano, pero que él con el tiempo había mandado a restaurar, aunque sí había algo para él invaluable que cuidaba como un valioso tesoro: era el viejo piano de pared, el primero que tuvo, regalo de su abuelo materno cuando cumplió los ocho años, único familiar que lo unía entonces con su madre biológica que perdió la vida cuando era él muy pequeño.
La historia cuenta que Richard, su abuelo, para adquirir ese piano que ya antes seguro había tenido uno o dos dueños, tuvo que cortar grandes cantidades de madera con su hacha, la que se convirtió en leña que ayudaba a templar los hogares de esa ciudad tan fría. Es así como reunió el dinero y se hizo de ese regalo, única herencia que le dejaría al nieto del que no pudo encargarse, permitiéndole a Esme, la mejor amiga de su hija Elizabeth, se lo llevara cuando el niño tenía diez años .
Pera más que el instrumento en sí, Richard inculcó en el entonces pequeño Edward el amor a la música, que descubrió precisamente gracias a los tintineantes sonidos de las teclas de ese hermoso instrumento, sabiendo desde ese preciso momento que a partir de allí, esa sería su vida: en medio de notas musicales y partituras.
El viejo Richard murió de edad avanzada, con la satisfacción de ver a su nieto en su primer concierto de cámara, hecho un hombre de bien con la ayuda de mujer que se comprometió a encargarse del pequeño. Aunque claro, muchas veces Edward hubiera deseado vivir en la precariedad junto a su abuelo para haber así omitido otras cosas de su vida… de la vida que vivió junto a esa mujer que se lo llevó lejos para encargarse "a su manera" de él.
Por eso, al llegar a su antiguo departamento de soltero, lo primero que hizo fue sentarse frente al viejo instrumento y deslizar sus dedos por las teclas amarillentas y empolvadas, haciendo estallar una sonata triste de algún autor alemán que le cantaba a su amor imposible.
―No me gusta que toques melodías tristes. ―Le pareció volver a oír la voz de Rose, como cuando tiempo atrás le había dicho cuando lo oyó tocar una pieza similar a esa, mientras masajeaba sus hombros. Él había sonreído con ternura y sin dejar de tocar, había respondido que debía tocar de todo.
Mucho tiempo estuvo inmerso entre las notas de la pieza musical y en los recuerdos, cuando el ruido de su teléfono lo sacó de su transe violentamente. Se rascó la cabeza y se giró sobre el asiento redondo hasta quedar frente a la mesa de centro, desde donde agarró el teléfono, viendo el nombre de su cuñado menor en la pantalla.
― ¿Sucede algo, Alec? ―preguntó Edward, preocupado. Alec era el hermano menor de Rosalie, su regalón, como le decía, amante de las matemáticas y de los deportes extremos, un chico alegre, amistoso y despreocupado, tan igual a Rose, y tan diferente al mayor de sus hermanos, Emmett.
―No, solo te llamo para avisar que mis padres y yo nos iremos dentro de un rato. El doctor pasará por el cuarto de Rose dentro de una hora, pensé que querías saber.
―Entiendo…
―Puedo quedarme si estás cansado o…
―No, tranquilo ―se levantó del sillín y caminó hacia la ventana que daba a su pequeña terraza―. Me doy una ducha, me cambio y salgo para allá. Estaré allí antes que el doctor pase.
―Vale… mi madre no se ha sentido bien ―susurró el joven a Edward―. Ya sabes, no hace más que llorar junto a mi hermana y… su salud no es la mejor desde que le ocurrió esto a Rose, por eso decidimos que debíamos irnos para que ella descansara. Emmett se fue hace algunos momentos, dijo que regresaría por la mañana, estaba muy enojado.
―Ya lo creo…
―Pero no le hagas caso, ya sabes como es.
―La verdad es que no tengo cabeza para preocuparme de él ―reconoció―. Pero tranquilo, llévate a tus padres que yo estaré allí cuando pase el doctor.
―Vale pues. Nos vemos mañana.
―Nos vemos, y gracias por llamar.
Colgó la llamada y dejando el teléfono otra vez sobre la mesa de centro, caminó hasta su viejo cuarto, abriendo el closet empotrado en la pared, desde donde sacó unos viejos jeans, una camiseta que le calzaban precisas pues la contextura de su cuerpo poco había cambiado.
Después de treinta minutos, salió del ático con su pelo húmedo tras la ducha y se dirigió hasta la planta baja desde hasta la calle donde dejó estacionado su auto, dirigiéndose hasta el hospital donde llegó al cabo de veinte minutos.
Al llegar a la puerta principal del hospital, se encontró con su amigo Jasper quien lo había llamado de camino hasta allí para avisarle que como cada día al anochecer, iría para hacerle compañía. Su locuaz amigo alzó una mano mientras que con la otra llevaba el cigarro hasta su boca para darle una calada profunda, antes de tirarlo al tacho de basura.
Jasper, un hombre de vestir formal, muy diferente a su estilo de vida, que según Edward, era un verdadero caos. Desordenado en todo el sentido de la palabra, este caricaturista que cargaba sobre sus hombros un sinfín de logros profesionales, tiras cómicas que arrasaban con el sector entendido de la poblaciones a quienes gustaba leer aquellas tiras cómicas que él creaba, en conjunto con un grupo de creativos, con quienes montaba historias de gran alcance.
―Me alegro que hayas decidido salir de aquí un rato, más del que acostumbras. ―Comentó el dibujante a modo de saludo. Edward se alzó de hombros, metiendo las manos a su chaqueta, mirando a su alrededor.
―Sabes que no me gusta ausentarme mucho tiempo.
— ¿Pero aprovechaste de atender tus pendientes, las clases, o esas cosas?
―Estuve conduciendo el auto un buen rato, llegué a la playa y luego me fui hasta el ático, no quise ir a casa. Toqué el piano para relajarme un poco, no hice mucho de provecho en realidad… ―Jasper bufó frustrado, arreglándose la bufanda negra de cachemira que rodeaba su cuello.
―Algo es algo… ¿comiste al menos?
―Apenas…
―Edward, no queremos que te tengan que internar a ti también por inanición, ¿verdad? Además, Rosalie patearía tu trasero si supiera que tienes todo descuidado por estar aquí…
―No tengo cabeza para nada, Jasper ―pasó frustrado su mano por su cabello cobre oscuro, que había crecido y que llevaba algo más largo de lo habitual. Jasper torció la boca sintiéndose mal por Edward, imitando a su amigo al pasar también nerviosamente su mano por entre su cabello rubio y ondulado.
― ¿Alguna novedad? ―preguntó el amigo del músico, entrando al recinto y caminando hasta el sector de los elevadores en compañía de su Edward, quien negó con la cabeza, bajándose la cremallera de su chaqueta de cuero negra.
―Tuvimos una junta médica con el doctor y otros especialistas, que nos estaba planteando todas las posibilidades que debíamos tener presentes ―dijo, esperando que las puertas del elevador se abrieran. Cuando aquello ocurrió, esperaron a que salieran los ocupantes para luego entrar en él y dirigirse hasta el piso donde se encontraba Rosalie. Una vez adentro, continuó explicando―. No hay claridad del tiempo que debamos esperar…
―He oído que hay personas que están en coma por años ―comentó Jasper, metiéndose las manos dentro de su pantalón de vestir gris, a juego con la americana que cubría el abrigo negro que llevaba puesto.
―Por eso mismo. Me pregunto qué hubiera deseado Rosalie…
― ¿Nunca lo hablaron?
― ¿Y quién habla de eso? ―respondió a su amigo con otra pregunta ―Además, no puedo ni pensar en plantearme en otra situación que no sea verla despertar pronto… aunque claro, Emmett saltó sobre mi cuando el doctor habló de la posibilidad de… desconectarla.
―Por supuesto, tu cuñado que no deja pasar una oportunidad para lanzarse sobre tu yugular ―comentó Jasper, soltando una risotada que en verdad era de disgusto―. ¿Por qué te odia tanto, eh?
―No tengo ni idea, y la verdad ahora mismo no me interesa. Lo que me aterra es verme ante esa situación, no sé si voy a ser capaz de…
―No pienses en eso, mi amigo ―Jasper palmeó el hombro de Edward―. Debes pensar en positivo. Si piensas cosas positivas, suceden cosas positivas, eso al menos dice mi madre.
―Tu madre es una mujer sabia, no sé por qué no heredaste eso de ella ―Edward bromeó sin gracia cuando las puertas del elevador se abrieron, caminando por ese pasillo que ya se le hacía tan familiar.
―Eso me dolió, para que lo sepas ―respondió Jasper como ofendido, acercándose ambos hasta el mesón donde Edward solía pedir información cuando se ausentaba.
―Voy a llamar a Carlisle… ―comentó minutos más tarde Edward, mientras miraba su teléfono el que tenía una serie de mensajes sin responder, extrañándose que Jasper estuviera tan silencioso. Levantó la vista con algo de curiosidad cuando lo vio lanzarle miraditas coquetas a una enfermera que se encontraba en una esquina de la sala común, mirándolo a su vez con descaro, provocativamente―. ¡Jasper!
― ¿Uhm?
―Maldita sea, estamos en un hospital, ¿podrías controlarte?
―Estoy controlado, amigo, estoy controlado… ¿pero ves cómo me mira esa cosita? ―le preguntó el rubio amigo a Edward, guiñándole el ojo a la enfermera que vestía de azul.
―De verdad, Jasper… ―lo reprendió, meneando la cabeza.
― ¿Oí que te decían que adentro está la enfermera checando a Rose, justo en este momento, no? Es nueva, deberías entrar para conocerla… ―propuso Jasper, que con dificultad lograba despegar sus codiciosos ojos de la enfermera descarada que desde la esquina del piso lo miraba sin vergüenza―. Has tomado suficiente aire hoy día y te felicito hermano, ahora ve y acompaña a tu mujer. Yo me quedaré aquí, cuando salgas te daré de comer.
―Entraré ahora y luego llamaré a mi padre, y tú por favor, mantén los pantalones en su lugar mientras te encuentres aquí ―solicitó a modo de favor, mirando también a la enfermera que mordía sui labio sin despegar sus ojos de Jasper.
―Voy a intentarlo ―empujó a Edward hacia el pasillo de las habitaciones, mirando a la enfermera que se reía divertida― vete, vete…
Edward rodó los ojos y negando con la cabeza, se encaminó por los pasillos hacia el dormitorio donde su mujer se encontraba. Con cautela y silenciosamente abrió la puerta y se encontró con la espalda de una mujer de camisa y pantalón azul marino, el uniforme habitual de las enfermeras del hospital. Llamo su atención su corto y brillante cabello marrón oscuro, que entonces estaba siendo iluminado por la blanca luz artificial que destellaba desde la pared. De estatura baja y complexión menuda, esta enfermera ajena a la llegada de Edward, seguía absorta en su trabajo mientras él, con una fascinación extraña, dejaba caer su espalda sobre la puerta ahora cerrada y la miraba. Fue entonces que la mujer se giró lento hacia la cama y quedó de perfil a él, mientras administraba algún medicamento a través de la sonda que Rose llevaba sujeta a su brazo.
Entonces ella presintió la presencia de alguien y levantó su vista hacia la puerta… y entonces el mundo alrededor de Edward se detuvo de súbito.
Su respiración quedó atascada en algún lugar de su esófago y por segundos su vista fue encandilada por la luminosidad de esos ojos verde agua que parecían estarlo atravesando y develando hasta su mismísimo corazón como nunca antes nadie lo hizo. Su boca se secó cuando fijó su vista en sus labios pequeños y carentes de maquillaje y las puntas de sus dedos picaron cuando recorrió con la mirada el perfil de su cuello blanco.
La sublimidad íntegra de esta especie de presencia angelical vestida de enfermera, le provocó vértigo irremediable y sus rodillas estuvieron a punto de ceder cuando oyó la voz melodiosa que le saludaba con un "Buenas tardes". Una frase, dos palabras y fue como una magistral pieza musical como nunca antes la oyó, colándosele cadenciosa por sus oídos hasta su pecho y filtrándose hasta las venas, que le recorrieron cada terminación del cuerpo.
Así se sintió, y supo en ese momento que estaba perdido, y que durante los últimos años de su vida, había caminado por el sendero erróneo, por un camino que no le pertenecía, que no era el que había sido trazado para él.
Alguna vez antes le preguntaron por el amor a primera vista, y él con toda la perorata explicó que era imposible, aunque en aquel momento él podía decir a pie junto que sus anteriores aseveraciones estaban equivocadas y que el amor a primer vista sí que existía y que era más demoledor que el que se construía día a día.
Tragó grueso, con temor, cuando fue consciente de esos pensamientos, porque ya estaba ligándolos al amor cuando apenas llevaba dos minutos frente a esa mujer de quien ni siquiera sabía el nombre.
― ¿Se sien… se siente bien? ―preguntó el hada vestida de enfermera, esta vez con su voz insegura, pero que aun así no perdió melodiosidad para Edward, que la observaba como si estuviera tratando de descubrir sus misterios mientras que ella ahora reaccionaba con nerviosismo probablemente frente a la reacción tan extraña de este hombre, que se sentía torpe como chiquillo de quince.
― ¿Quién eres? ―se atrevió a preguntar Edward después de unos segundos y cuando su organismo regresaba medianamente a la normalidad, si es que eso era posible. Él no quería la respuesta lógica, de la cual, él conocía la respuesta: era la enfermera. Quería una respuesta más profunda que explicara todas las sensaciones y sentimientos que se arremolinaron en su interior, descompensándolo.
―Soy… yo soy una de las enfermeras que atiende a su esposa. Mi nombre es Isabella y…
―Isabella… ―susurró profundo, dando dos pasos hacia ella que ahora era un manojo de nervios, mientras él otra vez se dejaba llevar por la melodía que manaba de su voz, repitiendo el nombre de aquella mujer una y otra vez en su cabeza, pensando que nunca un nombre de mujer le había parecido tan sublime.
Ella sonrió tensa y nerviosa, mirando al hombre extraño que no le quitaba los ojos de encima.
―Sí, esa soy yo ―se giró rápido hacia la mesa y recogió una bandeja de utensilios, apresándolos entre sus manos―. Ahora me retiro. El doctor vendrá en unos momentos.
Edward no pudo decir nada, ni siquiera pudo reaccionar para retenerla por un momento más y descubrirla. Podría haberla tomado del brazo cuando la enfermera pasó junto a él con paso raudo, y pedirle más información sobre cualquier cosa como pretexto para seguir oyéndola hablar o mirando sus ojos claros. Pero no lo hizo, simplemente cerró sus párpados cuando oyó el golpe de la puerta al cerrarse e inspiró preguntando qué demonios había ocurrido. Cuando los abrió, fue consciente de donde estaba y de lo fuera de lugar que había sido todo aquello.
El sonido de las máquinas conectadas a su mujer lo hicieron recordar precisamente eso, que la mujer que dormía sobre esa cama era su esposa y que la escena tan extraña se había dado frente a sus narices.
Fue entonces que supo lo que significaba el sentimiento de infidelidad, de traición, y no desde quien la absorbe como víctima, sino el ejecutor, el traidor, y no le gustó la amargura que cubrió su alma ahora confundida…
"Isabella".
Caminó hasta el baño del dormitorio y se encerró allí, con sus manos fuertemente agarradas al lavado, con su cabeza hundida entre sus hombros, tratando de poner orden al caos que lo invadía, frenando los deseos que lo asaltaron de querer salir de ahí y correr tras los pasos de esa enfermera, que dejó estragos en él como lo haría un demoledor tsunami.
**oo**
Aquel día no había peligro de lluvia, pero sí una neblina baja que hacía ver aquellas calles de la ciudad como una postal onírica y hermosa para ella. Eso le parecía a Isabella, que aprovechó ese día en que su turno en el hospital cambiaba al horario nocturno, para ocupar la mañana en visitar a su tío Marcus. Caminó tranquilamente por el total de cuadras que separaban su casa de la Iglesia frente a la plaza, donde él trabajaba, aunque decir que él trabajaba allí no era exacto, pues lo que Marcus hacía en aquella iglesia era mucho más que un simple trabajo para él: era su vida, su vocación.
Atravesó la plaza de Los Álamos, mirando al centro de esta a mujeres que lanzaban monedas a la pileta de los deseos, el gran mito popular de la ciudad que decía cumplía los ambiciones de sus fieles, titubeando ella para detenerse y arrojar también una, pidiendo un solo deseo: claridad para sus sentimientos que desde el día anterior no eran más que un caos.
Entró por la puerta de madera brillante doble e imponente de la iglesia, tallada con motivos eclesiásticos del siglo pasado, enfrentándose al majestuoso pero pacífico entorno lleno de imágenes sagradas que estaban allí para recordarles a los fieles que alguien cerca de Dios estaba pendiente de sus ruegos para llevárselos a los oídos del Altísimo e interceder por ellos. ¿Intercederían los Santos por los suyos? No estaba segura, más bien sentía que la recriminarían y le harían pagar penitencia.
Caminó por el pasillo que se formaba entre las dos filas de bancas de madera oscura, divisando a un grupo de mujeres que rezaba en silencio sentadas en las bancas a un costado del confesionario, desde donde vio salir al Padre Marcus y quien le guiñó un ojo a la vez que movía su cabeza hacia las fieles que esperaban por confesarse con él, decidiendo Isabella esperarlo en el jardín trasero como siempre lo hacía, prefiriendo ese lugar abierto de aquellos ojos santos que la miraban como juzgándola, como develando sus pensamientos y sentimientos.
Por una pequeña puerta lateral salió y caminó por un sendero de piedra hecho por los mismos fieles de la congregación, en dirección hacia las bancas de concreto que se encontraban en torno al jardín, sentándose frente a una escultura de María y su hijo Jesús.
Soltó el aire tibio de sus pulmones y mirando sus dedos entrelazados sobre su regazo, devolvió sus recuerdos por enésima vez a la noche anterior, durante la última visita a la paciente justo antes de terminar su turno. No podía quitar de su memoria aquellos ojos verde pardos de una intensidad intimidadora, y sin duda no podía olvidar la reacción tan extraña de ese hombre cuando la vio, y la forma en que dijo su nombre, como si se tratara de una reverencia verbal…
―Dios, qué fue eso… ―susurró para sí, apretando sus dedos, cerrando los ojos a continuación para volver a ver el rostro de ese hombre que causó estragos en ella, pues el simple hecho de recordarlo causaba que su piel se erizara, que su respiración se alterara y que su corazón batiera tan rápido como las alitas de un colibrí.
Finalmente, pensó con pesar, se encontró con un hombre que le removió el piso a primera vista como tantas veces lo había leído en sus libros de romances, aunque no de la manera que ella esperara. No pensó que el encontrarlo fuera a causarle tanta desazón, pues hubiese deseado que quedara solo en sus anhelos nocturnos aquella mirada que ahora tendría que olvidar. Porque era eso lo que debía de hacer, olvidarla, porque esa mirada, el portador de esos intensos ojos le pertenecían a otra.
Se levantó de un salto, intentando deshacerse del frío que la invadía y que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente, caminando alrededor del jardín entre los arbustos verdes que se mantenían vivos pese al frío predominante de la ciudad, y que estaban siendo cubiertos por la niebla por la que ella caminaba, literalmente hablando.
Echó mano a su teléfono móvil que había metido en su artesanal morral de cuero, el que conectó a sus auriculares para oír música que la distrajera mientras esperaba a su tío, pero la distracción sirvió de poco cuando comenzó cantar la sedosa voz masculina cantó el estribillo de la suave melodía, diciéndole al oído:
"Yo solo quiero, que recuerdes eso, que fui un pasajero, allá entre tus sueños…"*
No quiso seguir torturándose, pues sentía que cualquier canción que pusiera, la llevaría de regreso al lugar… a los ojos que no quería recordar, por lo que quitó los auriculares de sus oídos y guardó el teléfono en el bolsillo de su chaquetón rojo.
― ¡Sabía que estabas aquí!
La exclamación de su tío Marcus a sus espaldas la sobresaltó, girándose hacia él y regalándole una sonrisa a medida que salía a su encuentro para recibir el abrazo del cura, que más que eso para ella era su imagen paterna, el que besó su frente y la rodeó por los hombros, siguiendo con ella el sendero de piedra que rodeaba en círculo al jardín.
―Pensé que demorarías más ―comentó ella, rodeando a su tío por la cintura, sobre el abrigo negro y largo que cubría casi por completo su hábito religioso.
―La verdad es que yo también, pero esas mujeres son más santas que yo. Se la pasan aquí rezando o visitando a los enfermos, o dando comida a los pobres…
―Es una buena manera de compartir el evangelio, ¿no crees?
―Es lo que Jesús haría: menos palabrería y más acción.
―Pero tú has sido un buen discípulo de Dios, haces todo eso que describes, no tienes que preocuparte.
Marcus miró a su sobrina y sonrió con agradecimiento sin hacer comentarios. Su trabajo no era algo de lo que él se jactara, pues no debía de hacerlo, ni siquiera llamarlo trabajo porque era una vocación de vida de la que estuvo seguro cuando era un chiquillo de quince. Su hermana Renée, madre de Isabella, decía que incluso podría haber sido un actor de cine con lo guapo que era, con ese metro noventa de estatura llena de garbo y aquellos ojos color avellana, como su cabello, el que peinaba engominado hacia atrás.
―Pero cuéntame, como es esto que has venido a visitarme, ¿no tienes que trabajar hoy?
—Sí, tengo turno de noche, por eso aproveché de venir a visitarte y recordarte que el sábado mamá preparará tu tarta de manzanas…
―Ah… esa tarta ―gimió con gusto, pasando su lengua por sus labios, como saboreando ese pastel que su hermana preparaba―. ¡Me la voy a comer enterita!
—Tendrás que compartirla con Alice ―advirtió, sonriéndole a su tío.
―Esa jovencita, ¿se ha portado bien?
―Uhm… se ha portado como siempre, hace lo que puede, ya sabes ―comentó, riéndose con su tío a continuación. Caminaron hacia una pequeña pérgola de madera desde la que colgaban enredaderas, y allí se sentaron a conversar.
―Y tú, mi niña, cómo has estado.
― ¿Yo? Bien, como siempre…
Marcus estrechó sus ojos hacia los de su sobrina, tomándole por el mentón a la vez que se lo acariciaba, tratando ella de esconderse de los escrutadores ojos de su tío, que tan bien la conocía.
―La mirada es la ventana del alma, sobrina querida, ¿lo has oído? ―ella asintió en respuesta, nerviosa―. Bueno pues, tus ojos no son tan transparentes como suelen serlo, ¿pasa algo? Háblame, sabes que puedes confiar en mí.
Isabella suspiró, bajando su cara hasta las manos que Marcus mantuvo entrelazadas a las suyas, tan blancas como las de su sobrina.
―No sé lo que pasa ―reconoció con pesar, soltando un largo y trémulo suspiro. Cerró los ojos y automáticamente su memoria viajó hasta el momento que se encontró frente a frente con el hombre dueño de la mirada con la que se cruzó el día anterior, y que la tuvo en desvelo toda la noche, la que la tenía con los nervios a flor de piel.
Marcus hizo una mueca con los labios y deseó poder tener la habilidad de poder leer la mente de las personas, como aquel personaje literario, el joven vampiro, por quien una de las más jovencitas fieles de la iglesia suspiraba.
―Veamos, ¿pasó algo en casa, en el trabajo, con algún amigo? ―tanteó el cura las posibilidades, estando atento al rostro de su sobrina para ver si su rictus cambiaba según las alternativas, pero ella se limitó a negar con la cabeza y hundir sus hombros, volviendo sus ojos hasta la punta de sus pies. Marcus se preocupó y alzó sus ojos al cielo pidiendo orientación divina―. ¿Se trata de algún chico, o algo como eso?
La vista de Isabella se levantó hacia Marcus automáticamente y sus ojos grandes y asustados develaron que el cura había dado en el clavo. Entonces él asintió, dando por aludida la situación, relajándose un poco y volviendo a rodear a su sobrina querida por los hombros para retomar el paseo por el jardín. El cura rogaba para sí que la situación que traía tan cabizbaja a su sobrina no tuviera nada que ver con lo vivido hace tiempo atrás precisamente con un hombre y que ella le reveló en secreto de confesión. Solo esperaba que esta vez fuera un hombre merecedor del amor puro que su sobrina era capaz de dar y que aquello que la afligía no fuera más que la duda del primer momento.
―Bueno, tú pensarás que no tengo experiencia en esas cosas de la vida, pero mi buen Dios me ha dado directrices para… ―estaba explicándose, pero ella lo interrumpió.
―Creo que es más complejo de lo que piensas.
― ¿Más complejo que un amor no correspondido? ―preguntó él, volviendo a detener su andar para mirar a su rubia sobrina, explicando su punto―. Porque eso es lo que estoy pensando, es la única forma que el amor te tenga suspirando con pesar… ¿o se trata de… ese hombre del pasado…?
― ¡No! ―exclamó vehemente, antes que su tía siquiera nombrara al susodicho. Aunque pensándolo bien, Isabella no sabe qué sería peor de explicar, si el regreso del "innombrable" o esta especie de caos sentimental que no sabía cómo explicar, a pesar de que esos sentimientos en conflicto no tenían denotación concreta, pero sin duda fueron para ella arrolladores cuando estuvo frente al hombre aquel, de quien ni siquiera sabía su nombre. Entonces sintió que debía desahogarse:
―Anoche… anoche yo estaba tendiendo a una de las pacientes y… pasó algo… algo extraño ―comenzó a explicarle a su tío con voz más baja que de costumbre, como si sintiera cohibida de verbalizar lo ocurrido ―Un hombre… que me miró con el anhelo que pocas veces he visto en los ojos de alguien. Sus ojos verdes no me dejaron conciliar el sueño y la forma en cómo dijo mi nombre, como si fuera un poema….
Tragó grueso y puso una mano sobre su pecho, tanteando el tamborileo de su corazón y viendo en su mente la intensidad quemante de esa mirada verde.
― ¿Pero… pasó algo, te dijo algo? ―preguntó Marcus, con rostro preocupado― presumo que él es pariente de tu paciente o algo…
―Apenas estuvimos cinco minutos, a lo mucho.
―Ya veo ―comentó él, pensativo―. Y veo que para ti fue una impresión muy fuerte. He oído sobre el amor a primera vista, pero no creo en eso. Puede ser atracción o… un flechazo, ya sabes… sé de relaciones que han nacido así y…
―La mujer, la paciente a la que estaba atendiendo, es su esposa. Está en coma.
La interrupción de Isabella dejó en silencio a Marcus durante un par de segundos en donde la preocupación del cura se elevó al máximo digiriendo lo que su sobrina le contaba y atando cabos, luego de lo cual soltó una rotunda exclamación.
― ¡Ay, no, Isabella! ¡No, no, no! ―negó él furiosamente con la cabeza y las manos aleteando en el aire. Ella tragó grueso el nudo que se formó en su garganta y se abrazó a si misma por el frio que se intensificó en su interior―. Un hombre casado es un hombre prohibido, ¿lo sabes, verdad, cariño? ¡No está bien, linda!
—Sí, tío, lo sé ―susurró con pesar, mientras oía como su tío le advertía de todos los males que acarreaba el meterse en un matrimonio, guardándose ella la imagen de la reacción de ese hombre, para quien ella no resultó indiferente. Porque Isabella vio su poco disimulada respuesta, vio que él se sobresaltaba cuando estuvieron frente a frente, o la manera en que sus labios acariciaron su nombre cuando lo dijo. Para ambos ese encuentro había significado algo.
― ¿Me oíste lo que te dije, Isabella?
― ¿Tío? ―preguntó ella, confundida, saliendo de su introspección.
―Ay niña, si estás en la luna ―suspiró disgustado, tomando a la joven por los delgados hombros, asegurándose de que ésta vez le prestara atención―. Hija, no te zambullas en esos ojos, todavía estas a tiempo. El amor está hecho para disfrutar de él, ser feliz con él, y no sufrir con él, como estás condenada a hacerlo si te dejas llevar.
―Apenas lo conozco ―rebatió ella, arrugando su frente e intentando recomponerse― no va a pasar nada, solo estoy… impresionada.
―Bueno, la confusión da lugar para errar el camino, cosa que no quiero que hagas ―acaricio sus rosados pómulos con sus pulgares, a la vez que hablaba suavemente―Llegará el hombre digno de este corazón hermoso que tienes, un muchacho exclusivo para ti, con quien serás feliz, solo debes esperar.
―Esperaré, tío, esperaré.
―El pasado te ha enseñado cosas en este ámbito. Sabes que no es bueno dejarse llevar así como así, ¡¿Lo sabes, verdad?! Prométeme que no harás nada de lo que te arrepentirás más tarde―insistió Marcus, tomando la cara de su sobrina entre sus manos frías y obligando a que ella le respondiese mirándole a los ojos.
―Te lo prometo, tío.
Marcus sonrió tranquilo, besando la frente de su sobrina, antes de volver a retomar el paseo alrededor de aquel jardín de ensueño.
Isabella llegó a su turno nocturno con sus terminaciones nerviosas completamente tensas. Tan nerviosa estaba que ni siquiera quitó de su cabeza la capucha de su abrigo que la protegía de las firmes gotas de lluvia que caían sin piedad aquella noche. De camino al elevador, saludó a un par de colegas suyas quienes mantenían su trabajo en el sector de urgencias, y mientras subía, ejercitaba su respiración tratando de tranquilizarse, rogando no encontrarse con ese hombre que la ponía tan nerviosa, porque si un encuentro había servido para hacerla…padecer todo aquello que estaba sintiendo, no quería imaginarse lo que significaría más contacto para ella con él. Pero enseguida pensó que quizás eso sería imposible, porque si su esposa estaba allí, él seguiría rondando, por lo que un recuentro sería inevitable.
Para su suerte, salió del elevador rumbo a la sala donde guardaba sus pertenencias sin encontrarse con él, aunque sí con cierto doctor que sonrió con malicia cuando se la topó en el mesón de información del piso, mientras hablaba con las muchachas tras el mostrador.
―Isabella mía… ―la saludó con un susurro sexi, tomándola por el codo, haciendo ella un movimiento brusco para soltarse.
―No soy suya, doctor, para que se ande tomando esas libertades conmigo ―dijo Isabella entre sus dientes apretados. Eleazar Ananías no quitó su sonrisa lobuna del rostro, ni con la animadversión tan evidente que ella demostraba hacia él.
Las dos secretarias tras el mostrador, sofocaron una carcajada por la reacción de la enfermera, tachándola de loca, pues si fuera de ambas el caso, no dejaban escapar la oportunidad de saltarle encima al moreno y sexi doctor.
―Sigo esperando por ti, Isabella… esperando que seas parte de mi equipo ―reconoció este atractivo cardiólogo de cuarenta años― y no me voy a dar por vencido.
El doble discurso que sonó tras esas palabras asquearon a la enfermera, quien estaba preparándose para advertirle al doctor que se apartara, cuando un escalofrío la dejó paralizada y respirando pesado como si el aire se hubiese esfumado por arte de magia, incluso tambaleándose, como perdiendo el equilibrio. El doctor Ananías, fiel a su instinto de servicio, se apresuró en tomarla por el brazo esta vez en serio preocupado por el repentino mareo de la enfermera, a la que se le había esfumado el rubor de sus mejillas, quedando completamente pálida, como una hoja de papel, más de lo que normalmente estaba.
―Isabella, por Dios, ¿te encuentras bien?
―Yo… ―tragó grueso e instintivamente sus ojos vagaron alrededor, hasta que se encontró con la fuente de su repentina reacción. La misma mirada que desde la noche anterior invadió sus sentidos, la misma que ahora estaba confundiéndola y dejando ver abiertamente su deseo asesino mientras miraba al cardiólogo y a ella alternadamente, capaz de lanzar dagas de fuego por sus ojos.
―Dime algo, Isabella… ―insistió el doctor.
―Déjeme en paz ―fue lo que finalmente dijo casi inaudiblemente antes de soltarse y caminar presurosa por los corredores hasta su refugio, que de momento sería el sector de los casilleros.
Respirando fuerte por la boca intentando que hacia sus pulmones se colara la mayor cantidad de aire, iba dispuesta a llegar hasta su objetivo, cuando la puerta de una de las piezas de servicio se abrió, y desde ella salió su amiga Alice, carcajeándose, mientras se arreglaba su camisa de trabajo y ordenaba su cabello oscuro.
Al mirar a Isabella, se mordió el labio, alzó sus hombros y miró de reojo al alto y delgado hombre que apareció detrás de ella, quien le guiñó el ojo antes de desaparecer.
― ¡Ay amiga, no sabes lo que…! ―el entusiasmo de Alice por contarle lo sucedido quedó suspendido cuando la preocupación por Isabella la alertó. La perturbada enfermera tuvo que sostenerse en la muralla para no caerse y cerrar los ojos para intentar mantener la estabilidad que estaba sintiendo perder―. ¡¿Isabella?!
La aludida tragó grueso y comenzó a abanicarse la cara con la mano, socorriéndola rápidamente Alice y ayudándola a llegar hasta la salita privada de los funcionarios en ese piso, el mismo donde guardaban sus adminículos personales. La sentó sobre un banco de madera apegado a la pared y tocó su frente húmeda y helada, tomando su mano para buscar las pulsaciones en su muñeca, las que encontró muy aceleradas.
― ¡Isabella, por Dios, qué te pasa!
―No sé…
La ansiedad estaba haciendo estragos en su cuerpo de forma contundente, no entendiendo ella de qué se trataba. ¿Cómo era posible que la sola imagen de ese hombre la alterara de tal modo?
Alice había corrido hacia un dispensador de agua, donde vertió un poco en un vaso de plástico blanco, entregándoselo a Isabella para que bebiera un poco, obligándola a respirar por la nariz con calma. Se sentó junto a su amiga, tomándole las manos que parecían témpanos de hielo, frotándolas para darle calor, observando fijamente su rostro hasta que minutos después la normalidad regresó a la turbada enfermera.
― ¿Me dices lo que sucede, Isabella? ¿Estás enferma?
―No, no… un mareo… comí poco y me vine caminando rápido, quizás eso…
― ¡Huevadas! ―exclamó sin creerse la excusa de Isabella―. A ti te ocurrió algo más, ¡cuéntamelo!
―Dios, Alice, ahora no, por favor… ―suplicó, pasándose los dedos por su frente―. Ahora debo comenzar mi turno…
―Si no te sientes bien…
―Me siento bien ―sonrió débilmente intentando convencer a su amiga― Ya me siento bien, de verdad. Mejor dime tú qué hacías saliendo de ese cuarto con ese hombre.
Sería mejor que oyera las aventuras de su amiga Alice para distraerse de sus propias preocupaciones, por ello insistió en cambiar el tema, y quizás más adelante, se animaría a contarle lo ocurrido. ¡Cristo! Pero esa mirada tan… ardiente que el hombre le dio fue tan devastadora para ella, que juró haber sentido el fulgor de sus ojos verdes sobre ella, como criticándola o culpándola de algo… ¿pero por qué?
―Me estás preocupando, Isabella…
―Cuéntame lo que ocurrió contigo será mejor. No creas que no me di cuenta…
Alice, tan ladina como era, no pudo evitar sonreír con picardía, seguramente recordando lo que la llevó a encerrarse en ese lugar con ese guapo hombre. Carraspeó y se acomodó en la banca, mientras Isabella se levantaba con movimientos lentos hasta su locker para guardar allí su chaquetón y su bolso, dejando su móvil en silencio dentro del bolsillo de su pantalón azul marino.
―Su nombre es Jasper, tiene treinta años y acabo de conocerlo ayer. Lo encontré en la entrada del hospital y pues… me invitó a tomar un trago.
― ¡¿Recién lo conociste ayer, y ya hoy te encierras con él en una habitación?! ―la regañó Isabella ―No está bien, Alice.
―Ay amiga, es que no pude evitarlo, las chispas saltaban a nuestro alrededor… ¡Diablos, fue increíble, de otro planeta! ―se rio, cubriéndose la cara con algo de pudor. Isabella suspiró, negando con la cabeza, pensando en que su amiga nunca cambiaría.
―Bueno, al menos sabes su nombre ―comentó con tirantez, poniéndole clave a la puerta de su casillero. Alice la miró, torciendo su cabeza como acto de disculpa.
―Es… más de lo que había sentido por ningún hombre antes, queremos volver a vernos, incluso lo invité a mi cumpleaños.
―Tu cumpleaños… ―suspiró, recordando que era una de las escasas veces en el año que ella se dejaba ver en un antro, porque Alice no escatimaba en gastos para tirar el club de turno por la ventana cuando celebraba su aniversario de nacimiento, lo que este año sucedería la semana próxima.
―Espero que me tengas un lindo regalo ―se levantó de un salto y caminó hacia su amiga, a la que quería como hermana, abrazándola fuertemente ―Por cierto, ¿ya te sientes bien, de verdad?
―Sí, de verdad ―respondió Isabella, todavía abrazada a su coqueta amiga. ―Ahora pongámonos en marcha, no quiero retrasarme más.
―Bueno pues, movámonos.
Alice fue la primera en salir, seguida de Isabella, quien se concentró y se predispuso a que si volvía a encontrarse con esos ojos, no dejaría que la perturbaran de la forma que lo hicieron hace un rato. Es más, esperaba no encontrárselo, lo evitaría si era necesario… aunque no tuvo esa suerte, pues al llegar al mesón, el doctor jefe del área, Patrick Gerandy, conversaba precisamente con ese hombre, que la miró con una mezcla de sensaciones que a ella volvieron a turbarla.
"No Isabella, no dejes que te altere" se animó, caminando hacia el doctor, que la esperaba.
― ¿Está todo bien, enfermera? ―le preguntó el doctor con tono amable pero profesional. Ella lo miró y le sonrió débilmente, asintiendo, y evitando como pudo la presencia de ese hombre a menos de un metro de ella.
―Todo bien, doctor.
―Bueno, vámonos a hacer nuestra primera ronda, comenzaremos con la habitación de la señora Rosalie, la esposa de Edward.
Ella apenas lo miró y volvió a asentir en silencio, girándose hacia el mesón para tomar una carpeta de anotaciones médicas, repitiéndose el nombre del hombre aquel, que su doctor en jefe había debelado para ella.
"Edward"
Caminó detrás de ellos, siempre mirando la punta de sus zapatos, entrando a la habitación donde se encontraba la mujer a quien envidió por la suerte que tenía de contar con ese hombre a su lado, mientras comenzaba a tomar las muestras y a administrar los medicamentos, en tanto el doctor hablaba con Edward, al que sentía con sus ojos sobre ella.
Bueno, ya tuvimos el primer encuentro que ustedes tanto anhelan, no? Edward e Isabella ya se encontraron... ahora a rezar porque las cosas salgan bien... o como sea...
Espero me cuenten qué les pareció el capítulo.
Un beso y nos leemos la otra semana.
Cata!
