¡Capítulo tres mis nenas!

Antes, quiero agradecerles como cada semana vuestra compañía en esta locura. a las que se han ido sumando, a las de siempre, a las que no dejan pasar la oportunidad de comentar, a las que leen en silencio, mil mil gracias. Cada capítulo va dedicado a ustedes mis niñas lindas!

Agradecer al mejor equipo que ha sido mi apoyo en todo este tiempo: Gaby Madriz en la edición de los capítulos, a doña Maritza Maddox que me ayuda cuando la musa inspiradora se pone dura conmigo, y a la loca Manu de Marte por los adelantos, banners y promoción de la historia, y Yenny Arias también por el apoyo y la promoción. GRACIAS MIS CHICAS.

A las nenas de facebook ( groups/Subversivas) a las del grupo de whatsapp (que son unas loquillas), y en fin, a todas las que me acompañan de una manera u otra en este viaje que recién estamos empezando.

No se diga más y a leer entonces


Capítulo 3

La rabia había quemado su pecho y había amenazado con rasgarlo cuando presenció la escena esa. Momentos antes que Isabella apareciera, había visto el descaro de aquel doctor a quien todas las mujeres miraban, como si se tratara de un adonis, y él sabía el efecto que causaba en ellas. Les coqueteaba abiertamente y con descaro, dándole lo mismo que fuera una u otra, pues para tipos como aquel, cualquiera estaba bien.

Desde hace un rato había estado sentado en la sala de espera, precisamente aguardando la llegada de Isabella, por quien preguntó en información, diciéndole que llegaba a cubrir ese día el turno de noche, preparándose él, para aguardar en vela toda la noche con tal de verla y quizás hablar con ella… hasta que la vio aparecer.

Llevaba puesto un abrigo gris, corto, que cubría su uniforme de enfermera, viéndola cómo quitaba la capucha de éste para dejar al descubierto su corto y brillante cabello marrón.

Quiso levantarse y llegar hasta ella automáticamente e interceptarla para preguntarle algo, cualquier cosa para oírla hablar y atrapar sus grandes ojos claros. Y fue eso, lo que hizo: se levantó y dio un par de pasos, deteniéndose en el proceso cuando vio al doctor aquel, quien ahora dejaba a un lado la coquetería con el resto del personal femenino para centrarse en ella. Lo vio sonreírle y acercársele con claras intenciones, y vio en ella la tensión y la reticencia, pero aun así, no pudo aguantar la ola de calor que emanó de él, deseando acercarse primero al doctor y empujarlo para que se apartara de su… de la enfermera. También quiso reclamarle a ella, reprocharle que cómo era posible que provocara eso en los hombres, ese deseo incontrolable de acercársele como lo había hecho con él.

Entonces, la vio ponerse tensa y mirar con nerviosismo hacia todos lados, hasta que su mirada se encontró con la suya, que era toda furia y despecho, saliendo a continuación de su vista casi corriendo con mucha dificultad. Tuvo la intención, otra vez, de salir detrás de ella, pero la aparición del doctor Gerandy lo detuvo.

―Edward ―lo llamó el doctor, interponiéndose en su visión. Se puso su estetoscopio alrededor de los hombros, teniendo él que prestarle atención, por mucho que le costara― entraremos a tomarle unas muestras a tu esposa para realizarle exámenes. Mañana se realiza un congreso en la ciudad, y hay un par de especialistas que me gustaría que vieran el caso de Rosalie, si a ti te parece.

―Sí, por supuesto ―asintió nervioso, pasándose la mano por su barba―. ¿Cree que ellos puedan ayudar en algo?

―Siempre es bueno tener segundas y terceras opiniones, nada se pierde. Ahora acompáñame hasta el mesón, vamos a pedir que una de las enfermera nos acompañe ―tocó su brazo, invitándolo hasta el lugar mencionado, donde el doctor a quien él quiso golpear hace momentos atrás, aun se encontraba allí cuchicheando con las mujeres detrás del sector de informaciones. Por supuesto, el doctor Gerandy lo conocía, estrechándole la mano cuando se encontraron allí.

―Eleazar, cómo va todo ―saludó el doctor a su colega, mientras que Edward seguía sintiendo la necesidad imperante de advertirle que dejara en paz a Isabella. Ni siquiera se estaba cuestionando esos deseos que lo carcomían, simplemente quería dejarse llevar como nunca antes.

―Preparándome ya para marcharme ―respondió el bronceado galeno, mirando a Edward a quien dedicó un asentimiento de cabeza, sin este responder a esa especie de saludo. Eleazar no le dio importancia, y simplemente siguió con su conversación―. ¿Y tú, por qué estás aquí todavía?

Siguieron hablando de trabajo sin Edward prestarle real atención, aprovechando de mirar a su alrededor, puntualmente hacia las puertas batientes por donde Isabella había desaparecido, esperando volver a verla aparecer.

Agradeció cuando pocos minutos después los doctores se despidieron, y el ya indeseable doctor desaparecía agitando su mano hacia las mujeres que se encontraban alrededor, viendo de paso aparecer por la misma puerta hacia donde miraba a su amigo Jasper, el que desapareciera con otra enfermera hace media hora atrás.

La forma que le sonrió y cómo alzaba sus cejas triunfantes, le dio a entender qué era lo que había estado haciendo con la chica a la que conoció el día anterior, la misma a quien esperó para invitarle un trago.

― ¡Doctor! —saludó Jasper con su siempre buen humor al doctor que hablaba con las mujeres tras el mostrador, antes de mirar a su amigo―. ¿Quieres que te espere?

―Seguro…

― ¿Y no vas a preguntarme por mi abducción? ―bromeó con Edward, arreglándose las solapas de su chaquetón negro. Edward lo fulminó con la mirada, negando con tirantez en sus palabras.

―Más tarde me contarás de tu aventurita…

―Bueno pues… ―se palmeó las manos y tocó su estómago― a mí se me abrió el apetito, así que iré por algo a la cafetería, ¿quieres que te traiga algo de allí?

―Un café bien cargado.

―Como diga, maestro ―hizo una reverencia que a Edward no le cayó en gracia como siempre, y desapareció. Y es que en ese momento pocas cosas podías hacerle gracia, cuando aún estaba sintiendo los restos de rabia de hace momentos.

Todavía se sentía tenso y ahora más que nada expectante, porque intuía que aquella noche podría cruzar más de una palabra con Isabella, la enfermera que apareció frente a él cuando el doctor le estaba enseñando los últimos resultados de una resonancia magnética que le habían practicado a su esposa hace un par de días atrás.

Apretó los puños, contrariado, cuando ella apenas le dedicó una mirada cuando fue presentado formalmente por el doctor Gerandy a ella.

Fue Isabella quien los acompañó hasta la habitación de Rosalie, apresurándose a acercarse hasta su durmiente mujer y checarla, a la vez que hacía anotaciones mientras el doctor le daba indicaciones. Él se mantuvo de pie al costado contrario de la cama, mirando la manera en que ella tomaba muestras de sangre de su esposa, la forma en que medía los niveles de oxígeno y suero, o como anotaba con manos temblorosas sobra la ficha que colgaba a los pies de la cama.

―Espero que mañana puedas acompañarnos en la reunión con los especialistas de quienes te hablé ―le dijo el doctor Gerandy, mientras él miraba la forma que Isabella se desenvolvía― podrás hacerles las preguntas que quieras, plantearles tus dudas, y…

El sonido de su bíper distrajo al doctor de su conversación con Edward, arrugando su frente y guardando el pequeño aparato otra vez en el bolsillo de su delantal.

―Debo retirarme. Hay una emergencia en pabellón y están demandando mi presencia. Cualquier cosa se la puedes preguntar a Isabella, que será una de las enfermeras que atenderá a tu mujer ―no esperó a que Edward respondiera, dirigiéndose ahora a la enfermera―. Termine con los análisis y por favor, llévalos a laboratorio para retirar los resultados por la mañana.

―Como diga, doctor.

El galeno salió rápidamente de la sala, mirando Edward hacia la puerta, y luego hacia la enfermera que al parecer, se había puesto aún más nerviosa de lo que evidentemente ya estaba.

"¿Por qué estás tan nerviosa, Isabella? ¿A caso padeciste la misma perturbación que yo? ¿Pasaste parte de la noche preguntándote de qué se tratan estas reacciones tan extrañas pero tan poderosas, que no me han dejado pensar en otra cosa que no sea en ti, repitiéndome una y otra vez tu nombre?" Todas esas preguntas habrían querido salir de su boca en ese momento, demandarle a que las respondiera, pero no podía… ¿Pero es que no era evidente?

―Ejem… ―la cantarina forma de carraspear sacó de sus preguntas mentales a Edward, llevando sus ojos hasta los de la enfermera, que le dedicó una media sonrisa mientras arropaba a su esposa… a su mujer, a quien desde el día anterior le estaba siendo infiel. El pensamiento momentáneamente lo atormentó, sacudiendo la cabeza―. Le recomiendo que vaya a su casa y descanse, nosotros nos ocuparemos de vigilar a su esposa durante la noche.

―Pocas veces voy a descansar… hace bastante ya que no puedo hacerlo, desde hace dos semanas, para ser exacto ― "pero la noche anterior fue un verdadero suplicio, Isabella… todo por tu culpa…". Esa fue otra cosa que quiso decir en voz alta, pero que se la guardó en su mente, no era el momento de decirlo… todavía―. Nunca antes la había visto por aquí, ¿es nueva?

―En este piso, sí ―respondió, sonriendo, mientras checaba el catéter que suministraba el suero de Rosalie―. Trabajé antes en urgencias, en el primer piso. Ayer fue mi segundo día aquí.

―Ya veo… ―susurró, sin poder quitarle los ojos de encima a esa mujer que más que humana, parecía un hada. Otra vez, como el día anterior, quiso rodear la cama y acercársele para pasar los dedos por la piel de su rostro, que parecía ser tan tersa, y quizás acerca su nariz hasta el hueco de su cuello e inhalar su aroma.

―Bueno, es todo, ahora me retiro… ―dijo, tomando las muestras de sangre que había tomado, junto a una bandeja con utensilios y la carpeta. Él abrió mucho los ojos y sin poder evitarlo, se negó a la idea de que ella se fuera.

― ¡No!

Tenía un montón de otras cosas que preguntarle, un cúmulo de dudas sobre su vida que no sabía cómo formularle, y ahora que habían formulado un diálogo, creía que podría servir de pie para hacerle esas preguntas. Pudo ver el nerviosismo de Isabella por medio de sus ojos verde agua que lo miraban con nerviosismo, abriendo levemente su boca, como si le costara respirar, pestañeando repetidas veces, para recobrar la compostura que vio perdida por la negación tan vehemente de Edward.

―Estaremos… estaremos monitoreando a su esposa ―dijo con voz temblorosa y suave―. No se preocupe…

―Pero…

Su diálogo se vio violentamente interrumpido por el sonido de la puerta al abrirse, apareciendo Jasper con una bolsa de papel blanca y dos vasos de café. Ignorando a la enfermera, dejó todo sobre la mesa auxiliar a un lado de la ventana, detrás de donde Edward se encontraba.

―Traje café muy cargado para ti, maestro…

―Con su permiso ―fue la oportunidad que Isabella usó para escabullirse casi corriendo de la habitación, mientras Edward daba dos pasos hacia ella, con la intención de detenerla, quedando de pie frente a la puerta que la enfermera acababa de cerrar tras ella.

Jasper, que había estado preocupado de desembalar el contenido de la bolsa, su alimento, no se dio cuenta de la presencia de la enfermera, pero sí se dio cuenta de la actitud tan extraña de su amigo, que seguía de pie frente a la puerta cerrada.

― ¿Qué pasa, muchacho…?

―Yo… ―cerró los ojos y cubrió su avergonzada cara con la palma de sus frías y sudorosas manos. Otra vez había estado a punto de perder toda compostura delante de su mujer, compostura que se veía alterada desde que Isabella hizo aparición en su vida. Pasó sus manos por su cabello y comenzó a caminar de un lado a otro dentro de la habitación, como si se tratara de un león enjaulado.

― ¿Edward? ―preguntó Jasper con tono preocupado.

―Esto es una mierda… ―murmuró con desasosiego― estoy perdido…

Jasper arrugó su frente y caminó hasta él dejando a un lado el vaso de café que tenía en la mano, mientras su contrariado amigo alzaba su vista al cielo y suspiraba pesadamente.

― ¿A qué te refieres?

―Tú… tú tenías razón ―advirtió mirando hacia la ventana cubierta por persianas, evitando dirigir su vista hacia su esposa por la vergüenza que sentía en ese momento.

Esa confesión dejó a Jasper aún más confundido, pensando este que quizás la falta de sueño y de descanso estaban pasándole la cuenta al músico.

―No te entiendo Edward…

―No puedo hablar contigo de esto… no en este lugar.

―Pues… ¿quieres salir para que conversemos?

Edward asintió y sin más caminó hasta la puerta para salir rápidamente de la habitación, pasando por la sala de espera, donde no perdió oportunidad para mirar alrededor con la intención de volver a verla. Caminó directo hacia el sector de los ascensores, sintiendo a Jasper que caminaba detrás suyo, llegando hasta el elevador y pulsando repetidas veces el botón para abrir las puertas, que no respondieron al instante, eligiendo salir por las escaleras, que irónicamente era lo que él necesitaba: una real salida de emergencia.

Subió de dos en dos los peldaños, hasta llegar a una pesada puerta azul que advertía una vía de escape hasta el sector de las escaleras exteriores, donde los funcionarios salían frecuentemente a fumar. Era un pequeño balcón de concreto al aire libre, apenas iluminado, donde pegaba el viento con fuerza y donde alguna vez durante esas dos semanas, él acompañó a Jasper para que fumara su cigarrillo.

Dejó caer su espalda sobre la muralla de cemento, pareciendo un hombre rendido, al menos a los ojos de Jasper, que lo miraba con creciente preocupación.

― ¿Me puedes decir qué mierda te pasa?

―Tenías razón, debía haber esperado ―susurró.

― ¡¿Esperado a qué, por vida de Dios, habla claro?!

― ¡A Rosalie, al matrimonio! ―abrió sus ojos y miró a Jaspe, negando con cabeza a la vez que hablaba con frenesí―. Ayer yo… conocí a alguien que…

― ¡Ay, mierda…! ―Jasper exclamó pasmado, sabiendo a lo que su amigo se refería.

― ¡La vi y lo supe, supe de lo que se trataba el amor pasional que un hombre como yo debía sentir! ―cerró los ojos dejando que el viento helado azotara su rostro, recordando la impresión que provocó en su ser la primera vez que vio a Isabella―. Fue como un golpe directo a mi pecho… el aire se escapó de mis pulmones y mis piernas se debilitaron tan solo con verla. Un ardor potente, lleno de anhelo recorrió cada terminación de mi cuerpo, hizo estragos en cada célula de mi ser, lo sé, lo sentí… ¡Y, Dios! Cuando vis sus ojos, tan grandes, limpios, brillantes, transparentes, parece como si me hubiera atravesado el alma…"

Jasper rascaba los rizos de su cabello, oyendo el relato de su amigo que no estaba seguro si se trataba de una novela de Corín Tellado o una historia de Hitchcock, por la forma tan desesperada y desconcertante con la que Edward hablaba. Entonces lo supo, o recordó; recordó cuando hace años, su amigo salió con el tema del matrimonio con Rose, preguntándole él, si estaba seguro del paso que iba a dar, porque Jasper intuía que Edward no amaba tan profundamente a Rosalie como para casarse y ahora estaba muy seguro de aquello porque nunca Edward relató un encuentro entre su esposa y él de la forma tan apasionada como acababa de relatar su fugaz pero certero encuentro con la mujer a quien se refería.

Suspiró entonces e imitó la postura de su amigo, registrando en los bolsillos de su abrigo hasta dar con la cajetilla de cigarros, desde donde extrajo uno que con movimientos lentos encendió calándolo profundo a continuación, mientras pensaba en su amigo y su padecimiento.

― ¿Por eso que hoy te he visto tan raro? ―preguntó con toda calma, mirando el cielo nocturno cubierto de espesas y amenazantes nubes.

―Raro… ―soltó una carcajada seca, carente de gracia― raro es nada comparado a como me siento.

― ¿Y de quien se trata?

―Una… una de las enfermeras

―Entiendo ―sonrió de lado, recordando su último encuentro del tercer tipo con una de ellas―. No sé si es por el fetichismo que tiene cualquier hombre con las enfermeras, pero sé de lo que hablas, maestro…

―Cierra la maldita boca ―gruñó entre dientes, lanzándole lengüetas de fuego a su amigo a través de sus ojos― el revolcón que tuviste con la chica esa nada tiene que ver con…

Inspiró y se restregó los ojos, carcajeándose mentalmente con ironía, deseando que lo que a él le pasaba con Isabella, fuera un simple revolcón.

―Óyeme, lo que tuve con la chica, que tiene nombre y se llama Alice para tu información, fue más que un simple revolcón ―Inhaló nicotina y botó el humo, mirando al cielo, hablando con tono de ensueño, olvidándose por un momento de las desventuras del músico junto a él―. Anoche, en el bar, fue como si no pudiéramos dejar de hablarnos… tantas cosas en común. ¡Dios! Ella es increíble… y cuando me arrastró hasta la sala… ¡Esa mujer es una fiera, y creo que es la definitiva!

Terminó carcajeando y giró sus ojos alegres hasta su amigo que lo miraba impasible y con la mirada entornada, recordándole que ya un par de veces antes, había oído ese discurso y sobre todo la última parte donde él juraba que la mujer de turno era la definitiva.

―Bueno… ejem… no estamos hablando de mí, ¿verdad, maestro? ―miró el cilindro de nicotina entre sus dedos, mordiéndose el labio para esconder su risita que aparecía cuando recordaba a la desfachatada enfermera―. Entonces, ¿cuál de todas ellas es? ¿La he visto antes?

―Estaba en el cuarto de Rose cuando entraste, justo antes de venir aquí…

―Ya veo… ¿y qué vas a hacer?

―No tengo jodida idea.

¿Apartarla y olvidarla? Se preguntó, mientras metía las manos a los bolsillos de sus pantalones mirando la oscura postal de la ciudad ante él. Bueno, eso tendría que hacer, concentrarse en lo que realmente importaba en ese momento, y eso era la salud de su esposa. Pero claro, muy fácil era decirlo pero hacerlo era otra cosa. Su fuerza de voluntad iba a ser puesta a prueba.

―Edward, no quiero ser el malo aquí, pero quiero recordarte que estás casado, y tu esposa está nada menos que tendida en una cama, en estado de coma…

― ¡¿Crees que no lo sé?! ―gritó―. ¡Maldita sea! ¿Crees que no me atormenta estarle fallando a Rosalie de esta forma?

―Pero no has hecho nada con la enfermera, ¿o sí? ¿Por qué dices que le fallaste…?

― ¡Porque no puede dejar de pensar en ella, desde ayer lo único que deseo es volver a verla, tenerla cerca…! ―se agarró su cabello que a esas alturas estaba más largo de lo habitual, y lo jaló con frustración―. No sé qué me pasa…

―Amigo, estás sintiendo la pasión como las personas sensibles como tú, la experimentarían, pasión que debiste haber sentido con Rosalie cuando decidiste unir tu vida a ella, porque en ese momento sentiste que era lo correcto ―se giró y se puso de frente a su amigo, tomándolo por ambos hombros hasta que el músico alzó su apesadumbrada cara, apenas iluminada por las farolas del edificio―. Ahora, maestro, es momento que sigas a tu corazón, porque ese musculo es un cabrón que no se da por vencido y que hace nos volvamos locos si no le hacemos caso, porque él es quien manda. Es cruel pensar en esto cuando tu mujer está enferma y su futuro es incierto, pero vas a hacerle y a hacerte más daño si no tomas las decisiones acertadas. Sinceridad ante todo, maestro, siempre.

― ¿Debería… debería pedir que la sacaran… que dejara de cuidar a Rose y apartarla…? ―preguntó, titubeante, buscando soluciones para su naciente demencia. Jasper se enderezó soltando los hombros de su amigo, volviendo a su postura inicial con su espalda sujeta al concreto del muro. Mirando hacia la ciudad, aclaró su punto.

―Edward, no nos pisemos la capa entre superhéroes ―toda aquella conversación detonó el mal hábito que tenia de los cigarrillos, volvió a sacar otro de su bolsillo, encendiéndolo rápidamente y mientras fumaba, otra vez habló desde su razón―. Puedes realmente llegar a pedir que la muevan o que no esté al cuidado de Rose, pero la seguirás, tú mismo irás tras ella, lo sé, ahora mismo lo estoy viendo en tus ojos. Así que es mejor que dejes las cosas como están, que sigan su curso, y pues, ya veremos. Pero entérate que aquí estoy, maestro, para lo que se te ofrezca.

Jasper, como sintiéndose mentalista de momento a otro, supo hacia donde iría la historia de su amigo. Ni aunque se lo propusiera, Edward no podría dejarla pasar, no después de todo lo que provocó en él, en sus sentimientos. Solo esperaba Jasper, que su buen amigo pudiera tomar control de las cosas cuando la tormenta en la que Rosalie estaba envuelta se acabara y él pudiera poner en orden su cabeza y su corazón.

Edward, en tanto, asintió e inspiró el aire helado mesclado con el aroma a tabaco quemado, pensando en que en adelante, cerraría los ojos y dejaría que las cosas pasaran. Por supuesto, la salud de Rose era la prioridad en ese momento… todo lo demás, podía esperar. Eso al menos deseaba.

Su móvil vibrando en el bolsillo lo distrajo de sus pensamientos y de las conclusiones que sacó tras el diálogo con su amigo. Lo sacó y miró el nombre de Esme en la pantalla del IPhone, dudando si responder o no, pero si no lo hacía, ella insistiría, incluso buscaría la manera de llegar ahí, y lo que menos necesitaba era que ella anduviera vagando alrededor, demandando saber, como siempre lo hacía con él.

―Hola.

―Edward, por qué no contestabas ―se quejó Esme con la sutileza con la que solo ella podía hacerlo, con tono de voz suave, pero que para él, no pasaba desapercibido―. ¿Está todo bien con Rosalie? ¿Te quedarás en el hospital hoy?

―Está todo sin novedad con Rose. El médico le tomó unos exámenes y mañana le entregará los resultados a un médico amigo suyo que viene del extranjero. Le expondrá el caso y veremos su opinión, y sí, me quedaré esta noche con ella, como siempre.

Yo desearía que vinieras a descansar aquí, cariño… ―Cuando susurró aquel último apelativo cariñoso, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Edward y sus peores recuerdos de su adolescencia salieron a flote, provocando que deseara vomitar.

―No lo haré, aquí me quedó. Tengo que colgar ―y fue que terminó la llamada abruptamente, dejando las protestas de su madre adoptiva en el aire. Guardó el teléfono en su bolsillo y pasó la mano por su pecho.

― ¿Qué?

―Nada, nada… Esme quería saber cómo iba todo.

Jasper asintió sin darle importancia, sintiendo un temblor por el frio de la noche que no estaba dando tregua, soportándolo solo por su amor al tabaco. Entonces le preguntó a su amigo:

―¿Qué hacemos ahora, maestro? Usted tiene la batuta.

―No haremos nada fuera de lo que he hecho hasta ahora. ―Suspiró y asintió, reafirmando lo que llevaba consigo aquella respuesta. Jasper sonrió y palmeó el hombro de su amigo concordando.

―Estupendo. Ahora iremos hasta la habitación de Rose, veremos como está y bajaremos a la infame cafetería por algo decente para comer, ¿me oyes?

―Eres la maldita voz de mi conciencia, Jasper, y me aterra la verdad…

―Muy gracioso ―botó la colilla del cigarro y le dio un codazo a Edward antes de girarse a la puerta que estaba a un costado de él―. Movamos Edward.

Entonces los dos amigos salieron del sitio para fumadores, reintegrándose al movimiento frenético del recinto, con Edward mirando disimuladamente a todos lados, para ver si se encontraba a cierta mujer de cabello corto y oscuro, surcando los pasillos. Pero nada que la vio, y tanto la frustración como la suerte se entremezclaron y lo confundieron… aún más de lo que estaba.

Después que Jasper se retirara, no sin antes ser él testigo de cómo "interactuaba" con la enfermera de cabello caoba de la que no recordaba el nombre, sintió un dejo de envidia porque él tenía la libertad de hacer aquello. Pero cuando pensó en eso, abatido se sentó en una de las solitarias sillas de la sala de espera cuando era cerca de la medianoche para maldecirse. ¿Cómo podía pensar siquiera en tener envidia de su amigo, que tenía plena libertad de coquetear con quien se le venía en gana y cuando sus instintos así se lo indicaban? Él era casado, maldita sea, y tenía que ser consciente en todo momento de ello, que no era libre y que tenía una responsabilidad con la mujer que estaba postrada e inconsciente en un cuarto de hospital. Por ella y por su sanación debía centrarse y dejar de lado… todo lo demás, por muy difícil que eso fuera para él.

No olvidó la promesa que se hizo sobre hacer a un lado esos sentimientos extraños de los que fue presa y de la convicción de la que se estaba auto convenciendo en ese momento… cuando estas se derrumbando al momento que Isabella dobló por la esquina de la sala aferrando carpetas y la que venía conversando con una colega, deteniéndose de súbito cuando sus ojos verde agua se cruzaron con la mirada apesadumbrada del músico. Él tragó grueso y aferró la silla de plástico azul donde se hallaba sentado cuando la vio acercársele como presa de su instinto bondadoso y servicial, más que propio de una mujer con su profesión, aunque Edward se permitió soñar que ella lo hacía movida por un sentimiento semejante al que a él lo ahogaba.

― ¿Se… se encuentra usted bien? ―susurró ella, preocupada. Él se torturó un momento contemplando el rostro aquella hada, ataviada de uniforme de enfermera, antes de contestarle como pudo.

―Los días aquí me están pasando la cuenta… y todo lo demás…

―Su esposa va a recuperarse, ya lo verá ―lo animó ella, torciendo su hermosa boca delgada de color rosa, provocándole a Edward caer en el vértigo que le provocaba inconscientemente―. Debe tener paciencia, cuando ella esté preparada despertará y… podrán retomar la vida que dejaron…

―Ya no será lo mismo que antes. Ya nada será como antes.

Las palabras de Edward salieron de su boca sin él poder controlarlo y dejó entrever el verdadero significado de sus dichos que tenían mucho que ver con la chica que se mantenía de pie frente a él, mirándolo como si entendiera la implicancia de su respuesta, y lo mucho que ella tenía que ver con ello.

**oo**

―Estoy molida… de verdad, rendida… ―se quejó Alice, sentada en una de las bancas de madera del área de casilleros donde ella y dos colegas más estaban tomando un descanso, entre ellas Isabella, quien estaba igual de rendida que su amiga.

Había sido una noche movida en el sector de cuidados intensivos, y el pasar de las horas estaba pasándoles la cuenta. Un accidente múltiple en la avenida principal de la ciudad había provocado que el hospital se moviera con todos sus refuerzos, llegando los pacientes de riesgo vital al sector donde estas enfermeras trabajaban. Por supuesto y además de los pacientes, habían tenido que lidiar también con los familiares que exigían información que ellas solo podían entregar con la orden del jefe de piso, haciendo que las personas cargaran con toda la ira contra ellas. Pero no los culpaban, ellas probablemente en los zapatos de esas familias, reaccionarían de la misma forma.

Isabella agradecía de cierta manera que su noche hubiese estado tan movida, pues eso le había servido para no "pensar" en otra cosa que no fuera su trabajo… como en ese momento lo estaba haciendo, pensando en unos ojos verde pardo y la intensidad de estos que llegaban a erizarle la piel. Pero debía parar con esas alucinaciones, no era correcto que pensara en él de esa forma, mucho menos cuando sus pensamientos corrían hacia lugares donde ella era libre de acercársele, tomarle la mano o besar sus labios. Y aunque esos ensueños no le habían daño a nadie, salvo a ella misma, debía despojarlos de su sistema, hallar una manera de bloquearlos y dejar que se convirtieran en ilusiona que más tarde la dañarían por su imposibilidad de ser cumplidas.

―Dios… si ya estoy deseando mi cama y mil horas de sueño… ―entre bostezos dijo la enfermera que acompañaba en el pequeño descanso a la dupla de amigas.

―Ya somos dos ―compartió Alice la idea, que estaba sentada en medio de ellas dos. Le dio un codazo en las costillas a Isabella, que estaba en silencio junto a ella, con los ojos cerrados y su nuca pegada a la muralla detrás de ella―. ¡Ey! ¿Te dormiste?

―Ya quisiera… ―murmuró Isabella, apenas moviendo sus labios― pero tengo que hacer una ronda más antes que mi turno acabe y retirar los resultados de unos exámenes para llevárselos al doctor Gerandy, que los necesita para una junta médica.

― ¿De la rubia del 506? ―preguntó Alice, haciendo que Isabella abriera los ojos y la mirara a la vez que asentía―. Jasper me habló de ella. Viene aquí para verla y hacerle compañía a su esposo que es amigo suyo… Edward es su nombre…

―Sí, la esposa del señor Masen―susurró ella, omitiendo la quemazón de su garganta cuando dijo en voz alta el apellido de Edward.

― ¡Dios! ¿La has visto bien? Si parece una modelo con ese rostro de muñeca y ese cabello rubio natural… no me la quiero ni imaginar con los ojos abiertos ni menos vestida con ropa cara que seguro usa.

―Y el esposo que tiene es un churro… ―murmuró Leah, la morena enfermera que soltó una risita cuando admitió que ella se había detenido a mirar a Edward. Alice también sonrió e Isabella quiso que la tierra la tragara―. Son la pareja perfecta. He sabido que él es de esos músicos que dirigen orquestas y todo eso, y ella es una escritora que tiene un par de Best Sellers publicados. Lo último que publicó es un romance medieval entre una plebeya y un duque, o algo así…

― ¡No me digas que ella es Rosalie Hale!

―Oh, sí, lo es. Mantiene su apellido de soltera para firmar sus libros, quizás por eso se te pasó desapercibida.

― ¡¿Crees que cuando despierte pueda firmar mis libros?! ¡Ella es genial!

Para Isabella eso fue suficiente. No fue capaz de seguir oyendo el dialogo de sus amigas que tenía mucho que ver con lo que ella quería olvidar, sacar de su sistema, menos cuando se enteró de muchas cosas más sobre el señor Masen y su perfecta vida de casado con aquella exitosa y hermosa mujer.

De improviso entonces se puso de pie, sobresaltando a sus amigas, que dejaron el chisme cuando la vieron peinarse el corto cabello con movimientos rápidos y nerviosos.

― ¿A dónde vas?

―Ya acabaron los cinco minutos, y si me quedo aquí por más tiempo, me dormiré irremediablemente.

―Ella tiene razón ―concordó Leah, levantándose con pesar―. Debemos regresar y acabar el turno de una buena vez.

―Vale, vale… ―reaccionó Alice, imitando a sus amigas, ahogando un bostezo con sus manos― regresemos de una vez.

Dejaron que Leah saliera primero, permitiendo a Alice sujetar a su amiga por el brazo y detenerla antes que saliera.

― ¿Está todo bien contigo?

―Por qué… por qué lo preguntas

―Porque te conozco ―le respondió estrechando sus ojos hacia ella―. Dímelo Bella…

― ¡Dios, Alice, no me llames así! ―escupió con rabia Isabella antes de darse cuenta. Odiaba de sobremanera aquel diminutivo de su nombre, que fue puesto para ella por alguien de su pasado que la había marcado, en muchos sentidos, generándole más que nada dolor y malos recuerdos.

Su amiga era conocedora de esa historia que a ella la avergonzaba, incluso fue espectadora y sabía lo que esos recuerdos significaban para su amiga, pero el que haya soltado el nombre que Isabella odiaba tanto fue inconscientemente.

―Yo… lo siento, lo dije sin pensar… ¿pero no tiene que ver con él, verdad? ―insistió Alice, pensando que el hombre quien le dio el mismo apodo a su amiga, podía tenerla así de… alterada. Isabella, consciente de la preocupación de su amiga, negó vehementemente con la cabeza para sacarla de su error.

La piel le ardía como si millones de mosquitos estuvieran picándola cuando alguien decía aquel pseudónimo que alguna vez adoró oír, sobre todo del mentor de dicho nombre, que se lo susurraba al oído mientras bailaban o en medio del éxtasis… "Bella… mi Bella…" decía con esa voz grave, profunda, rasposa, simple sonido que a ella en ese entonces, la hacía desvariar, tanto que llegó a perderse en ese ser a quien le dio todo lo más valioso que tenía y quien la llevó a conocer un mundo oscuro en el que se vio inmersa, dejándose llevar por el amor enceguecido que llegó a tenerle.

― ¡Ey, nena! ―exclamó Alice, cuando la vio con la vista fija en el horizonte, suponiendo que el apelativo que por error usó, la estaba llevando a lugares del pasado donde se juraron no regresar―. ¿Isa, amiga, estás bien?

―Sí, estoy bien… y…. ejem… no tiene que ver con eso que estás imaginando. Yo… ―tragó grueso y miró la punta de sus zapatos― es el cansancio y todo eso…

Pero Alice era más lista, percibía en el aire la inquietud rondando el espíritu de su amiga, por lo que tomándola por los hombros, la obligó a mirarla hacia sus ojos intensos ojos pardos. Isabella abrió mucho los ojos con la impresión de haber sido descubierta por su mejor amiga.

―Vas a desembuchar conmigo sobre lo que te tiene tan rara, porque te conozco ―la apuntó con el dedo índice en señal de amenaza―. Me lo dirás, no ahora, pero lo harás antes que yo lo descubra, como suelo hacerlo, ¿sí, nena?

Isabella, sin quedarle más remedio, afirmó con la cabeza. Si no se lo decía, Alice con sus "poderes extrasensoriales" que decía tener, lo averiguaría, y era mejor que ella se lo dijera, además le serviría como desahogo y quizás Alice podría aconsejarla... así como la aconsejó un día de apartarse de ese mal hombre, haciendo ella oído sordos a las palabras de su amiga. Ahora sería diferente.

Salieron ambas enfermeras rumbo a su trabajo, cada una hacia donde le correspondía cubrir cuando el turno se estaba terminando y cuando el alba asomaba detrás de los cristales del hospital, cuando ella se dirigió al cuarto de Rosalie Hale, no sin antes inspirar profundamente, repitiéndose una y otra vez mientras caminaba hacia allá, que debía mantener la calma. Para suerte suya, o quizás no tanta, la habitación de la escritora estaba sin visitas, suponiendo ella que su esposo quien a diario velaba sus sueños, se había levantado a la cafetería o algo por el estilo. Por lo que con mucha calma revisó a la paciente y atendió todo lo referente a su estadía, cuando un portazo la sobresaltó. Se giró esperando encontrarse con el señor Masen, pero erró en su predicción. Un hombre desconocido para ella se le acercaba con paso firme y cara de pocos amigos, y antes que ella pudiera preguntarle quien era y por qué entraba de esa manera, el recién llegado la tomó por el brazo y la sacudió.

― ¡¿Y tú, quién demonios eres, qué le haces a Rosalie?!

Ella podría haberle respondido que acaso no era lógico por su atuendo que era enfermera y que estaba allí para cuidar a la señora Hale, pero el temor que le provocó ese hombre era tal, que lo único que consiguió fue tartamudear y balbucear nada concreto. La apariencia de aquel hombre era como el de un bárbaro furioso, con esa altura y ese cuerpo grande cual muro, de rostro atractivo pero osco, de pocos amigos.

― ¡Contesta! —demandó, sin soltar el brazo, apretándole con más fuerza―. Nunca te había visto aquí, no eres de las enfermeras que siempre cuidan a Rosalie, ¡Dímelo! ¡Y sácale las manos de encima!

―Yo soy… yo soy…

La empujó hacia un lado y miró a su hermana, mientras Isabella intentaba hilar una respuesta, pero la impronta violenta de ese hombre la tenía temblando de miedo, pero aun cuando él volvió a enervarse al no recibir respuesta, volviendo a agarrarle del brazo, exigiendo una respuesta.

Y como ángel guardián entrando al rescate de un alma desvalida, Edward aparece y se enfrenta a esa escena que hace peligrar el café en el envase desechable, que se había retirado a comprar hacía solo un momento.

― ¡Suéltala, Emmett!

― ¡¿Quién demonios es ella?! ―le inquirió a Edward, aumentando así su rabia. El músico, fijando sus ojos en la mano que apretaba el brazo de la enfermera, gruñó profundo y de un golpe seco dejó el vaso sobre la mesa contigua.

―Maldita sea, suéltala Emmett. ¡Ahora! ―El fiero hermano de Rosalie soltó el brazo adolorido de Isabella, quien sintió un nudo pesado en su garganta y una intensa picazón ardía en sus ojos. ¿Por qué ese hombre la había tratado así?

― ¡Ella no es del jodido equipo que atiende a mi hermana, Edward! ¡Es una desconocida, y sabes que no me gusta que alguien quien no conozco venga a verla!

― ¿A caso no la ves vestida de enfermera?

Isabella, incapacitada de seguir presente en ese dialogo que irradiaba tensión, como si se tratara el choque de dos titanes, susurró un débil "Con su permiso" y salió lo más rápido que pudo a refugiarse en alguno de los pasillos pocos transitados.

Estaba cuestionándose por qué esa forma de reaccionar de Emmett, como supo ella que se llamaba el hombre que la maltrató, cuando otra aparición la sobresaltó. A su lado apareció el doctor Ananías, que venía sonriendo con su chaqueta de cuero negra colgando del hombro, rumbo a la salida después de una larga operación. La sonrisa del cardiólogo se congeló en su rostro cuando vio a Isabella tan alterada, apoyada en la pared.

―Qué te sucede, ¿te pasa algo malo?

― ¿A mí? N...no

―Dime qué ocurrió, por qué estás así ―insistió Eleazar.

―Yo… no pasa nada, por lo del accidente, los familiares de los heridos son poco pacientes ―mintió, alterando la historia― solo eso. Además estoy cansada…

Eleazar estrechó sus ojos y se negó a creer en esa historia, decidiendo dejar pasar la mentira de la enfermera.

―Ve por tus cosas, te llevaré a casa ―demandó él a lo que Isabella se negó, dando un paso al costado para dejar espacio entre ella y el doctor, que se le había acercado demasiado.

―Aun no acabo mi turno, ―carraspeó para poner fuerza en su tono de voz que salía quebrándose con cada palabra, sin conseguirlo― así que por favor, déjeme…

―Isabella, solo quiero ayudarte sin otra intención, de verdad.

―Y yo se lo agradezco, pero no quiero malos entendidos. Ahora si me disculpa, debo regresar ―y antes de poder escapar, el insistente cardiólogo la enfrentó, impidiendo que se moviera de donde estaba, atrapándola entre el muro y su cuerpo.

Isabella abrió sus ojos con asombro y contempló el rostro serio e incluso enojado del doctor Eleazar que la miraba mientras una de sus manos sujetaba la parte superior de su brazo derecho.

― ¿Por qué eres tan ruda conmigo, Isabella? Solo quiero ayudarte…

―Le dije… le dije que estoy bien. Ahora por favor…

―Solo quiero ser tu amigo…. ―cerró los ojos e inhaló aire antes de proseguir, mirando a Isabella ahora con ojos tiernos y como si con ellos estuviera rogándole algo―. Mira, entiendo que a veces mi forma de acercarme a ti es… invasiva si así lo crees, pero me atraes mucho, y si de verdad no quieres intentar nada conmigo, lo entiendo y lo respeto, pero al menos déjame estar cerca de ti como un amigo. No soy un tipo malvado, Isabella…

―Usted quiere que sea su amiga para que llegado el momento en que me relaje a su lado, usted pueda hacer de las suyas conmigo y…

― ¿Tan ruin me crees? ―la interrumpió con tono ofendido―. Nunca he obligado a nadie a hacer nada, siempre ha sido consentido. Jamás me aprovecharía de nadie, Isabella, y me molesta que me prejuzgues antes de darte el tiempo de conocerme. Jamás me he comportado mal contigo… ¡Jesús! No soy un mal hombre, solo quiero ser tu amigo.

Isabella arrugó la frente y bajó sus ojos de los del doctor, que en ese momento ardían de enojo. De cualquier forma, él tenía razón en parte, pues ella desde siempre fue esquiva a todos los acercamientos del médico por el título de conquistador con el que se le tachaba y de quien nunca oyó un mal comentario, todo lo contrario. Todos decían que era una estupenda persona y qué decir de su profesionalismo, que lo tenía entre los mejores médicos especialistas de la ciudad y sus alrededores.

¿Tendría que darle una oportunidad y dejar de ser tan esquiva y ruda como él le había reclamado? La verdad es que no era para tanto y ella creía que debía tener buenas relaciones con todos con quienes trabajaba. Entonces, decidió darle una oportunidad al coqueto doctor, una oportunidad como amigos. Así que levantando la cabeza, torció su boca y levantó sus hombros. Con ese simple gesto, el rostro del cardiólogo se relajó y una sonrisa comenzó a levantar la comisura de sus labios.

―Reconozco que he sido un poco tosca, pero no se me da bien hacer amistad con hombres galantes como usted…

― ¿Crees que soy un galán, Isabella? ―preguntó el coqueto doctor, alzando sus cejas. Ella rodó los ojos y continuó con su punto.

―Y bueno… si usted quiere que… seamos amigos y si promete respetar eso, yo prometo no ser tan álgida con usted…

La sonrisa del doctor partía su atractivo rostro en dos. Había dejado su postura agazapada cual depredador contra la pequeña presa de ojos verde agua y ahora estaba derecho en su metro ochenta de estatura, sacando pecho cual pavo real. Estaba encantado con la concesión de Isabella, sintiéndose dichoso de tenerla oficialmente como su amiga.

― ¡Ay, Isabella! Me das tu amistad y me haces sentir como si fuera un niño recibiendo un regalo de navidad, y eso que solo estamos en julio.

―No es para tanto, doctor ―contradijo ella, bastante más relajada y tranquila de cómo había llegado a refugiarse en ese lugar y tras haber firmado el tratado de paz con el cardiólogo y ahora su nuevo amigo.

―Entonces, amiga nueva, ¿crees que me puedes conceder el honor de acerarte hasta tus morada, para que finalmente puedas descansar en tus tranquilos aposentos? ―pidió con teatrales gestos de brazos, haciendo inevitablemente sonreír a Isabella, la que finalmente accedió sin chistar.

―Está bien. Pero debo pasar a retirar unos exámenes y dejárselos al doctor Gerandy en su oficina antes de ir por mis cosas.

―Te recojo en el frente del hospital en diez minutos ―le guiñó un ojo, acarició respetuosamente su hombros y salió rumbo a su oficina, mientras ellas lo miraba desaparecer y preguntarse si realmente era lo que quería o el doctor la había pillado en mal momento, acabando de convencerse de que quizás podía encontrar en el doctor a un buen amigo. Por lo que segura de eso último, se dirigió a los laboratorios por el examen que debía dejar en la oficina de su jefe antes de retirarse. Y fue lo que hizo.

Dejó el sobre blanco y sellado encima de la mesa del doctor, y con sus pacientes ya cubiertos, se dirigió hacia los casilleros para buscar sus cosas e irse de una vez. Se ajustó el abrigo gris claro, su bufanda roja, colgó sobre su hombro su morral artesanal de cuero y tras marcar su salida, se despidió de sus colegas y bajó por el elevador rumbo a la salida.

Inhalando el aire helado de la primera hora de la mañana y con la esperanza de llegar pronto a su hogar, caminó hasta el borde de la calzada para esperar a su recién designado chofer, cuando alguien la sujetó por el brazo, sobresaltándola. Se quedó de piedra cuando ―como fría agua de vertiente― un escalofrío le recorrió de la mollera hasta la punta de los pies. Ni siquiera hizo algún movimiento para ver quién era el que la retenía por su brazo cubierto por el grueso abrigo, pues no era necesario. Las señales de su cuerpo le advirtieron que el músico que venía quitándole el sueño era quien la sujetaba, el mismo que segundos después la hizo girar hacia él, pudiendo percatarse ella de sus ojos cansados y apesadumbrados, esto sin dejar de sostener su brazo, en un agarre sutil, nada comparado a la forma que Emmett la sostuvo.

Se dio el lujo de mirar sus ojos verde pardo y detenerse en su barba creciente que cubría su barbilla, y que ella pensó sería delicioso acariciar, y su pelo cobrizo oscuro revuelto por las innumerables veces en que su mano había pasado por allí y por el viento que ahora mismo movía algunos mechones rebeldes. Todo esto acabando de armonizar con su vestimenta sencilla, oscura y perfecta, como si acabara de salir de su armario en vez de haberla llevado toda la noche.

―La busqué arriba y no pude encontrarla. Me dijeron que se había retirado y salí detrás de usted. Le debo una explicación…

― ¿Usted a mí? ―susurró ella, arrugando su frente. Él torció su cabeza y sin darse cuenta, dejó caer la mano desde el antebrazo hasta la muñeca, sujetándola desde allí.

―Sí, a usted, por lo que ocurrió hace un momento con Emmett, mi cuñado. ―Isabella parpadeó y tragando grueso dio un paso atrás, fijando su vista en la punta de sus botas que se había puesto para atravesar el pavimento húmedo de las calles que la separaban de su hogar―. Él desconfía de cualquiera que se acerque a Rosalie y pues, a usted no la había visto, por eso su reacción. Suele ser aprehensivo en lo que se refiere a ella.

Aprehensivo… un buen eufemismo para referirse a ese hombre que era más bien violento. Pero no quiso sacar el tema, por lo que lo dejó pasar.

―No se preocupe, yo entiendo

―Claro que me preocupo ―terció él, levantando el mentón de la enfermera con sus dedos, chocando con esos ojos verde agua tan profundos y asustadizos con que Isabella lo miraba, a través de los cuales sentía, él llegar hasta su alma―. No se merece lidiar con la ira de Emmett… en realidad no se merece que nadie la trate así.

―Tuve que vérmelas toda la noche con familiares de pacientes que exigían respuestas, no es nada de otro mundo para mí.

―Pues para mí, sí lo es y no iba a permitir ni por asomo que él le faltara el respeto como lo hizo. Le dejé bien claro quién es usted y que la verá regularmente alrededor de Rosalie.

―De verdad, no debe preocuparse.

Se quedaron en silencio observándose, ambos perdidos en tiempo y en espacio, ambos cuestionándose qué demonios era eso que los envolvía y que había llegado tan fuera de tiempo a reunirlos, si es eso lo que el destino se proponía. Por qué, de momento a otro, todo parecía estar correctamente situado cuando estaban frente a frente, anhelando algo más, como en ese preciso instante.

Isabella pensaba en lo fácil que sería despojarse de su voluntad y dejarse caer para que él la tomara y la arropara en sus brazos, alejando el frío y cualquier otra amenaza… pero era imposible, al menos en esta vida. Por eso agradeció cuando una voz femenina procedente del costado interrumpió y rompió el hechizo, logrando ella soltarse de la mano de Edward, la que vio tensarse y volverse puño cuando oyó la voz que lo llamaba por su nombre.

Ambos se giraron hacia la mujer de pie a unos tres metros de ellos, a quien Isabella reconoció como la madre de la niña que hace unos días había atendido después de verla caer en la entrada del recinto. Probablemente ella no la reconoció, pues su entrecejo se arrugó cuando la vio apenas por dos segundos, para luego darle una mirada al señor Masen, la que ella percató era de recriminación.

―Deje que la acerque a su casa ―le susurró, ignorando a la mujer que se le acercaba. Ella enseguida movió la cabeza, declinando la invitación, aunque hubiese querido pasar más tiempo con él, más del que se le estaba permitido.

―No es necesario, vivo muy cerca, y usted tiene una reunión con el doctor y sus colegas. Espero que todo salga bien… además, alguien más me llevará―sonrió levemente a la vez que respondía, cuando un Aston Martin negro se estacionó , viendo en el asiento del conductor al doctor Ananías quien había bajado el vidrio y le hacía señales para que se subiera.

Isabella hizo un movimiento de cabeza en señal de despedida y caminó hasta el coche, rodeándolo para subirse al asiento del copiloto, para minutos después el chofer se incorporara al tráfico que la llevaría hasta su casa, ignorando el gesto molesto del músico cuando ella se retiró.

― ¿Aceptarías una taza de café? ―preguntó el doctor, tentando su suerte. Ella sacudió la cabeza y sus pensamientos que todavía estaban con el recuerdo del encuentro previo, despojándose del escalofrío que nada tenía que ver con el frio del ambiente la recorría cada vez que en su mente se fijaba ese rostro anguloso y atractivo, además de aquellos ojos tan intensos que habían fijado su atención en ella.

―En otra ocasión. Creo que ahora mismo me dormiría sobre la mesa y usted pasaría una gran vergüenza cuando los demás me oyeran roncar…

― ¡Ajá! ¡Así que tienes sentido del humor, eh?!

Ella bajó su cabeza y escondió su rubor y su sonrisa cuando oyó las carcajadas potentes del médico que no demoró en llegar hasta las afueras del edificio donde ella vivía, no muy segura de cómo él sabía el lugar exacto donde residía. Cuando se lo iba a preguntar, él se adelantó en responder:

―Dos de mis enfermeras que son muy amigas tuyas, me pidieron que las trajera aquí para tu pasado cumpleaños, donde no fui invitado…

―Ningún hombre fue invitado, así que… ―aclaró para no hacer sentir mal al doctor, aunque en aquella época no eran amigos y ella no tenía ningún deber para con él.

―Ah, bueno, por eso te perdono, amiga mía.

―Gracias por el aventón, doctor.

―Gracias a ti por aceptar que te trajera y por permitirme el lujo de tu compañía, amiga Isabella.

—Hasta mañana ―le sonrió al despedirse y descendió del coche para entrar al edificio.

Cuando llegó a su casa, saludó a su madre que estaba sentada en la mesa de la cocina, tomando desayuno.

―Cariño, percibo que estás cansada…

Isabella soltó un suspiro largo y fuerte y se desparramó en la silla, dándole razón a su madre tan solo con ese gesto.

―Fue una noche de locos. Hubo un accidente que llevó a todos los heridos hasta el hospital…

― ¡Oh Dios! Aún no he oído las noticias, no me había enterado…

―Toda una tragedia como podrás imaginarte. Así que tuvimos muy poco tiempo para descansar. ―bostezó cual oso y su mamá se rio y estiró sus brazos hasta encontrar las manos de su hija que salieron a su encuentro.

―Vete a descansar entonces, mi niña. Prometo no despertarte y tener algo rico para ti cuando despiertes.

―Gracias ma' ―se puso de pie y se acercó a ella para dejar un beso largo y lleno de amor sobre su frente―. Nos vemos en un par de horas.

―Que descanses mi niña.

Tras colgar el abrigo en la percha de pasillo, se encerró en su habitación, donde lo primero que hizo fui tomar su IPad y googlear el nombre de Edward Masen, accediendo a las fotografías que arrojaba ese nombre, la mayoría asociadas con su trabajo en la sinfónica, donde parecía ser destacado y muy importante profesional de esa área.

Pinchó una foto que llamó su atención en donde él estaba vestido con un traje de tres piezas, como suele imaginarse ella los famosos trajes de pingüinos negros, con un corbatín blanco atado al cuello, y una batuta en una de sus manos que estaban levantadas al aire, seguramente al ritmo de los acordes que sonaban y que él estaba guiando contingente de músico frente a él. Su cabeza estaba inclinada hacia atrás y sus ojos estaban cerrados, como si pudiera absorber todas las sensaciones que dicha pieza provocaba en él, apasionado por los acordes que sonaban, pensando Isabella en lo increíble que sería verlo en vivo y en directo, mientras la luz de un foco iluminaba su rostro, dándole un aura angelical.

Pegando la tableta a su pecho, cerró los ojos y se lo imaginó absorto en su trabajo, frente a un plató lleno de personas que disfrutaban de la sinfonía que salía armoniosa del grupo de músicos a los que él dirigía. El movimiento ligero de sus brazos en el aire, su rostro de satisfacción, su sonrisa de agradamiento… en fin, pensó que sería un regalo verlo en acción. Quizás, pensó, abriendo los ojos y bloqueando su IPad para dejarlo sobre su velador, tendría que conformarse con imaginárselo o verlo en videos o fotografías, o quizás debería sentirse satisfecha con asistir a un concierto sinfónico, ya que nunca lo había hecho.

¿Por qué no? Pensó. Con esa idea se quitó los zapatos y el resto de la ropa para calzarse su pijama blanco para meterse bajo las colchas de su cama, y soñar libremente con aquel director de orquesta de ojos verde pardo.


Bueno, quedó claro que a Isabella no le gusta que la llamen Bella. Más adelante tendremos claro la historia pasada que acarrea este asunto.

También vimos a Emmett fuera de sus cabales, pero menos mal que llegó Super Edward, ¿no creen?

¿Y qué me dicen del encuentro de la enfermera y el músico afuera del hospital? ¡Vaya conexión, no?

Abrazos a todas y nos leemos la otra semanita.

Besotes!