Ya estoy aquí, y como cada semana, agradezco con todo mi corazón a todas las que pasan por aquí y se toman el tiempo de leer esta locura que recién está partiendo. A las que lo hacen de forma silenciosa y a aquellas que dejan sus comentarios ya sea en esta página o en las otras plataformas donde podemos estar en contacto: facebook, twitter o whatsapp.
A mi súper equipo que siempre está acompañándome: Gaby Madriz, Maritza Maddox, Manu de Marte y Yenny Arias. Gracias mis nenas, las adoro.
No les quito más tiempo. A leer damas.
Nos reencontramos la próxima semana. Besos a todas.
Capítulo 4
Entró furibundo al hospital, con Esme pisándole los talones. Al llegar al elevador golpeó los botones para llamarlo y mientras esperaba cruzado de brazos, rememoraba como la enfermera se había subido al coche de aquel doctor con quien la vio la noche anterior. Y para colmo, Esme lo había visto con ella y la tenía detrás suyo seguro para exigirle saber qué era eso que ella había presenciado.
― ¿Por qué tanta confianza con esa muchacha? ¿Quién es, desde cuando la conoces? ―Edward la ignoraba con esfuerzo mientras esperaba el lento arribo del ascensor y mientras Esme seguía demandando respuestas―. ¡Contéstame, Edward!
—Ella es enfermera de Rosalie ―respondió con sus dientes apretados― le preguntaba sobre la reunión que tengo ahora con el doctor, es todo.
―No te creo, vi cómo se miraban… ―contradijo Esme, tocando el hombro de Edward, que lo sacudió para sacársela de encima. Dio unos pasos al costado para alejarse y la miró con gesto irritado.
―Deja de meterte…
―Soy tu madre
―No, no lo eres ―respondió con violencia, metiéndose al elevador que justo en ese momento había anunciado la llegada y abría las puertas, presionando él desde adentro los botones para cerrarlas e impedir que ella se subiera.
Una vez adentro, cerró los ojos y afirmó la palma de las manos sobre la fría base de metal, sintiendo la tensión en cada uno de los músculos de su cuerpo. Odiaba la cercanía de Esme y ese instinto protector propio de una madre, que se esforzaba por hacer parecer tan real.
Recordó entonces lo que un antiguo maestro le dijo, cuando le contó ese sentimiento de aversión contra la mujer que lo había adoptado: "Dios sabe bien a qué mujer le da la capacidad de engendrar algo tan valioso como un hijo. Si no le dio esa oportunidad a Esmerald, por algo es".
Tragó grueso, echando atrás el asco que recorrió su esófago cuando revivió por dos segundos algunas imágenes de niño. No tenía tiempo para flagelarse con aquellos recuerdos, no cuando su esposa estaba en coma con la incertidumbre de la recuperación, y no cuando su corazón estaba palpitando con fuerza por alguien que no era Rosalie, sino una desconocida.
Salió del elevador y caminó por los pasillos hacia el cuarto de su mujer, encontrándose a Emmett hablando con el doctor, quien le tendió una mano en señal de saludo.
―Está todo listo para la junta ―le infirmó el doctor a Edward, alzando la mano hacia el sector apartado a modo de invitación, le dijo―. ¿Nos vamos?
―Por supuesto
―Yo también voy ―avisó Emmett con aquel tono brusco que no daba a cuestionar sus decisiones. Honestamente Edward no tenía cabeza ni tiempo para discutir con él, por lo que no dijo nada y sin más, se puso a caminar en compañía del especialista seguido por las fuertes pisadas de Emmett.
Cuarenta minutos después, Edward salió con una carpeta llena de papeles entre las manos, con gesto serio y dubitativo. Le habían dado la opción de trasladar a su mujer a una clínica fuera del país para realizarle otro tipo de análisis y tratamientos, no teniendo ellos la certeza de que resultaría. Nada en el caso de Rosalie era seguro, por el contrario, todo era incierto.
― ¡Así de simple! ¿Verdad? ¡Te vas tranquilo, después de tomar la decisión de dejarla morir aquí! ―alegó Emmett siguiéndole los pasos, con voz furiosa después que Edward hubiera decidido no moverla de ahí y darle un par de semanas para ver si había o no evolución, antes de tomar una decisión sobre trasladarla o no, siendo esta, una elección sensata y apoyada por el cuerpo médico.
Emmett, sin importarle la mirada de los demás doctores en la reunión, que lo observaban con la impresión de quien ve a un oso furioso, le reclamó a viva voz y apuntándole acusatoriamente con el dedo índice que cómo era posible que le importara tan poco la vida de su mujer y que se conformara con dejarla morir en ese hospital, donde no estaban haciendo nada por ella. Los doctores intentaron convencerlo una vez más de que todo lo médicamente posible se estaba realizando en el centro hospitalario para la recuperación de su hermana Rosalie, pero que esos casos eran inciertos pues no había un patrón que advirtiera cuándo y en qué condiciones despertaría la paciente, si es que lo hacía. Tan distinto podía ser un caso de otro, que en algunas ocasiones un paciente podía despertar después de meses, así como en otros casos al cabo de un par de semanas podía despertar sin complicaciones.
Pero Emmett seguía ensordecido por sus ideas, cansando a Edward, que simplemente lo ignoró y agradeciéndole a los médicos, abandonó la reunión dispuesto a un minuto de paz, aunque parecía Emmett no querer darle de ese espacio.
― ¡Maldita sea, Edward, párate ahí! ―demandó, agarrándolo por el brazo y girándolo hacia él y sacudiéndose para liberarse del agarre.
Edward apretó los dientes y miró a su cuñado directo a los ojos sin un ápice de temor, como el resto de los observadores, gente que merodeaba por los pasillos del hospital.
―Óyeme bien una cosa, Emmett: me importa una mierda si estas o no de acuerdo con las decisiones que tomo respecto a Rosalie ―habló en susurro amenazante― cuando elijo algo, es por el bien de ella, y me preocupo de asesorarme de personas profesionales. No me voy a dejar llevar por tus demandas.
― ¡Soy su hermano! ―exclamó enfurecido―. ¡Merezco ser tomado en consideración cuando tomes una decisión respecto a ella!
―Confórmate con saber que lo que elija, va a ser por el bien de tu hermana, ¿o prefieres que la mueva al extranjero y que de camino se muera? ¿Estarías más conforme con eso, con ponerla en riesgo innecesario?
―Eso es lo que tú desearías…
―Estoy acabando con esta discusión estúpida, Emmett ―se dio media vuelta y caminó hasta el final del pasillo, para doblar y dirigirse hasta la recamara de su mujer donde se refugió.
Sonrió con tristeza al verla en la misma postura de hace días, acercándosele y sentándose junto a ella sobre aquella infame silla de metal. Dejó la carpeta a un lado y le tomó las manos con cuidado, acariciándolas despacio.
―Sabes que te quiero y que haré todo para que te recuperes y cuando despiertes voy a ser un hombre feliz porque has salido adelante, aunque yo… ―cerró los ojos y tragando grueso, afirmó su frente sobre el filo del colchón, con el remordimiento serpenteándole el cuerpo― aunque no sé lo que vaya a pasar conmigo.
Todo era incertidumbre en la vida de este músico que se lamentaba en silencio junto a su esposa postrada e inconsciente. Una parte de él deseaba haber seguido adelante con su vida sin los últimos acontecimientos que lo habían marcado en las últimas semanas… pero otras veces, sobre todo después de las últimas cuarenta y ocho horas, pensaba y se torturaba pensando en qué habría sido de él si no se hubiera cruzado con esos ojos verde claros y qué sería de su vida en adelante.
La discusión con Emmett y el lamento de su incierto futuro lo dejó mentalmente agotado. Necesitaba despejarse, soltar un poco las tensiones de todo lo acumulado hasta ahora, decidiendo ir y refugiarse en su viejo apartamento, hasta donde se le estaba haciendo habitual ir.
Luego de dejar a Antonieta —su suegra— el cuidado de Rosalie, se metió al coche y de camino recibió un mensaje de voz de Jasper, que le recordaba que a medio día se hiciera un tiempo para almorzar con él, respondiéndole el músico que estaría en su departamento de soltero y que ahí lo esperaba, y que se encargara de llevar comida, de lo contrario, lo único que comerían serían notas musicales.
Al entrar, abrió un poco las ventanas del apartamento, se quitó el abrigo negro y se sentó sobre el banquillo frente al viejo piano, inspirando profundo como solía hacerlo antes de partir.
Se dejó llevar primero, por alguna melodía que con regularidad ejecutaba hasta que sin darse cuenta, nuevas notas se interpusieron y fueron creando una pieza musical suave y delicada en la que se perdió por más de cuarenta minutos. Durante ese tiempo, por su cabeza pasaban imágenes nada claras de lugares nunca antes visitados, pero que le parecían hermosos, como si en sus sueños los hubiera estado vislumbrando antes. Se imaginó el viento soplar suave, meciendo las ramas de los árboles en flor al compás de la melodía que iba saliendo desde las cuerdas del instrumento. De improviso, vio un par de pies blancos y delicados correr sobre el pasto en medio de estos árboles que parecían estar celebrando la presencia de esa musa que sonreía mientras al pasar, sus manos acariciaban la corteza de estos macizos y sus ojos se alzaban hacia las copas frondosas contemplando el sol que se colaba entre las ramas, disfrutando de los rayos que se colaban y que iluminaban su claros ojos verde agua y hacían refulgir su corto cabello caoba tan oscuro como la cubierta de los arbustos.
"Dios, eres tan hermosa" se oyó una voz masculina susurrar, una voz que reconoció el músico como la suya propia y que se entremezclaba con los sonidos cadenciosos que emitían las teclas del piano que ornamentaban la ilusión que lo llevó a crear esas melodías en cuestión de minutos.
Hasta ese momento supo por qué había ocasiones que las melodías demoraban en fluir como en ese momento, y era porque nunca antes una musa había llegado con tal potencia, que lo hacía ponerse en las diferentes situaciones para animar a la inspiración.
Maldijo cuando golpes atronadores retumbaron en la puerta, desconcentrándolo. Maldijo por segunda vez por cómo el tiempo pasó tan rápido sin darse cuenta y por no haberse propuesto tomar nota de los acordes para volver a tocarlos e irlos puliendo hacia una nueva composición, aunque sabía que no era necesario que las notas quedaran escritas sobre partituras, pues resonaban aun en su cabeza, junto a las imágenes de la mujer que las habían inspirado.
― ¡Comida en la puerta de su hogar! ―exclamó Jasper, alzando las bolsas con comida cuando se hizo paso al viejo departamento de soltero. Dejó las bolsas de alimento aún tibio sobre la mesa de centro, se quitó su abrigo de invierno, su bufanda de cachemira y se instaló para desempacar la comida ― ¡Ey maestro, ponte en marcha! Necesito platos y cubiertos aquí…
―Ya voy, ya voy… ―suspiró y caminó hasta la cocina, abriendo los estantes para sacar dos platos negros, los que tuvo que enjuagar por el polvo acumulado, al igual que lo hizo con los cubiertos que Jasper demandó.
―Olvidé el vino, ¿tienes algo por allí que pueda ayudar, y que no sea agua, por favor?
―Veré qué encuentro.
Halló una botella cerrada de vino Carmener, que pensó serviría para acompañar el improvisado almuerzo que degustarían sobre la mesa de centro y sentados de piernas cruzadas cuales budistas sobre el piso del lugar.
―Entonces, definitivamente, nada se puede hacer ―comentó Jasper después de masticar el trozo de carne que había llevado a la boca, mientras Edward removía con el tenedor su plato de comida con desánimo.
―Nada más que esperar. Y Emmett me odia por eso.
―Emmett te odia por respirar cerca de su hermana. Cualquier cosa que hubieras decidido hacer, él la hubiese cuestionado ―comentó alzándose de hombros.
―Y no fue todo. Cuando entré al cuarto, lo vi como un energúmeno gritándole a Isabella… estaba zamarreándola, exigiéndole que le dijera quien era y qué hacía ahí…
― ¡Es enfermera, por vida de Dios! ¿Qué podría estar haciendo? ―exclamó con ironía―. La pobre criatura se debe haber asustado…
―Sí… ―dejó el tener de lado y afirmó su cabeza entre las manos y añadió mordaz― pero un amigo suyo la ayudó con el trauma del encuentro ese.
Jasper miró a su amigo y alzó las cejas. ¿No había sonado eso como un arranque de celos? Antes de hacer algún comentario irónico, agarró su copa y bebió vino.
―Ella puede tener amigos, novios, o lo que se le dé la gana, ¿no? ―comentó inocentemente, llevándose una mirada furibunda de Edward. Entonces y para salvar su pellejo del músico furioso, torció el tema―. Hablando de novias y amigas, Alice me ha dicho que este sábado celebrará con bombos y platillos su cumpleaños, y que estoy invitado. Puedes venir si quieres.
― ¿Es una broma? ―Preguntó Edward, incrédulo―. ¿Me estas invitando a una fiesta justo en este momento? Además, ni siquiera sé quién es esa tal Alice, por Dios…
―La enfermera, te hablé de ella… lo que me hace pensar sobre lo mucho que me prestas atención sobre lo que te cuento acerca de mi vida ―admitió como si estuviera dolido, llevándose una mano al corazón. Edward rodó los ojos y bufo, llevándose otra porción de comida a la boca.
―Lo siento. Ya sabes, mi cabeza ha estado en otro lado ―se alzó de hombros― y agradezco tu invitación, pero no estoy para fiestas, como podrás imaginar.
―Bueno, Isabella vendrá.
El tenedor con comida quedó suspendido frente a los labios abiertos de Edward, quien dejó en segundo lugar alimentarse para concentrarse en el comentario que Jasper acababa de hacerle y que causó gran interés en él. Jasper suspiró, pensando que quizás no había sido buena idea agregar eso para entusiasmarlo. Él solo quería que Edward se relajara, se distrajera y no llevarlo a cometer una locura… pero así como lo veía de interesado por aquella enfermera que apenas conocía, sabía en lo que desencadenaría… y él estaría allí para apoyarlo, aunque no estuviera de acuerdo con sus decisiones.
― ¿Cómo sabes… cómo sabes que ella…? ―preguntó, deseando saber todo cuanto su amigo pudiera informarle de Isabella. Cualquier cosa, cualquier migaja de su existencia bastaría para darle un poco de paz.
Jasper suspiró, y dejando de lado su plato vacío, le contó lo que sabía:
―Son amigas, hermanas prácticamente. Esta mañana que desayuné con ella, me contó sobre eso. Se quieren mucho…
― ¿Qué más te dijo?
―Simplemente eso, que Isabella era su mejor amiga y que por supuesto la arrastraría hasta su fiesta. Por lo que me dio a entender, no le gusta la bohemia…
Edward desearía que ella misma fuera la que le contara ese tipo de cosas, sobre sus gustos, preferencias, y sobre aquello que le disgustaba. Se quedó en silencio un buen rato, acariciando su barbilla y pensando en la mujer de ojos verde agua que absorbía sus pensamientos y sus deseos. Deseaba poder tener un momento fuera del hospital para acercársele, hablar con ella, pero estaba seguro que una fiesta no constituía una instancia adecuada, mucho menos cuando su esposa…
"Sí, Edward, eres casado y tu esposa está en la cama de un hospital luchando por su vida"
Cerró los ojos con dolor después de aquella frase que salió desde su conciencia, que no hacía más que recordarle lo mal esposo que era, por estar ocupando tiempo en pensar en otra mujer que no era su esposa.
Mientras, Jasper lo miraba sintiendo pena, pensando en que las cosas hubieran sido diferentes si tan solo Edward hubiera esperado. Siempre supo que su amigo no estaba enamorado de la loca escritora, porque siempre intuyó que cuando Edward lo hiciera se le notaría en los ojos con tan solo pensar en esa mujer, como le pasaba en ese momento.
― ¿Puedo hacerle una pregunta, maestro? ―preguntó Jasper, afirmando los brazos sobre la mesa por los codos. Edward abrió los ojos y asintió.
―Supongo.
― ¿Qué va a pasar, eh? Hablo de tu relación con Rose, sobre lo que te pasa con la enfermera.
―No tengo la jodida idea, Jasper ―respondió aturdido, peinándose el cabello nerviosamente hacia atrás. Aun así, Jasper continuó:
― ¿Sabes que tienes posibilidades con ella, verdad? ―Edward lo miró, arrugando su frente como si no entendiera, aunque la verdad sí que entendía muy bien―. En el estado que Rosalie se encuentra… ella podría nunca despertar y…
―Ni siquiera puedo pensar en eso Jasper ―lo interrumpió Edward, moviendo la cabeza de un lado para otro—. Pese a todo y aunque te resulte poco creíble, quiero que despierte, que se recupere.
―Vale, ¿y si lo hace, si sale de ese estado y se recupera? ¿Te olvidarás de Isabella para siempre, para retomar tu matrimonio con Rose?
―Te suplico no me hagas esas preguntas ahora ―suplicó el músico con agonía, cubriéndose los ojos con una mano, mientras la otra se mantenía hecha puño sobre la mesa.
Jasper torció la boca con lástima y estiró una mano hasta ponerla sobre el hombro de su amigo.
―Tengo que hacerlo mi amigo, porque estoy viendo que en cualquier momento vas a dar el salto hacia ella, hacia Isabella, y no habrá vuelta atrás. ¡Joder, Edward, si estás enamorado!
Sí, lo estaba, y eso lo supo desde el momento que vio a Isabella, pero que otra persona constatara el hecho era diferente, y lo era porque como Jasper, Edward sabía que dentro de poco no iba a poder controlarse, no iba a poder disimular. ¿Qué haría entonces? ¿Iba a dejar que ella se esfumara de su vida, cuando había sentido que para ella ese encuentro no había sido indiferente?
Después de ese revelador almuerzo con su amigo, Edward, como cada día, se dirigió hasta el hospital y conversó durante un momento con Germán su suegro, explicándole con detalles sobre la reunión de aquella mañana con el equipo médico. El padre de su esposa le brindó su apoyo en la decisión que había tomado y le rogó que no tomara en cuenta lo que Emmett le discutía. Aquel día, Rosalie recibió además la visita de Tanya, su editora y gran amiga que al menos tres veces por semana iba hasta allí para acompañarla.
Disimuladamente Tanya secaba las escurridizas lágrimas que caían por su pálido rostro que se enmarcaba rodeado de aquel cabello rubio rojizo que la destacaba. Una treintañera y nada sentimental profesora de letras, que sufría en silencio por Rose, a quien quería como hermana y deseaba con todo su corazón que su gran amiga despertara.
―Los colegas de Rosalie están completamente devastados con la noticia su estado de salud y entienden que no puede recibir visitas de otras personas que no sean sus familiares y más cercanos ―explicó la editora a Edward en susurros, mientras miraba a Rosalie―. Te envían su apoyo para lo que se te ofrezca.
―Agradéceles de mi parte, por favor, Tanya.
―Por cierto, puedo quedarme cualquier día con ella en el caso que quieras salir o tengas algo que cubrir. Solo debes de avisarme, ¿está bien?
Edward asintió, agradecido por el ofrecimiento… cuando recordó lo de la dichosa fiesta de cumpleaños de la que Jasper le había hablado. Entonces sin darse cuenta, empezó a decir:
―Este sábado ―carraspeó, rascándose la nuca― este sábado quisiera cubrir un evento de noche. Una presentación que algunos de mis alumnos darán y con la que se han estado preparando desde hace mucho. Ya sabes que los dejé de lado por todo esto y…
―No digas más Edward, yo estaré encantada de quedarme cuidando a Rosalie la noche de sábado. Tú, ve con tus chicos y si se ofrece cualquier cosa, te llamaré enseguida.
Edward sonrió tenso, pensando en lo fácil que había salido aquella mentira de su boca. "Soy un hijo de puta" pensó, volviendo a sonreírle a Tanya, con la que se excusó para salir del cuarto para tomar un poco de aire.
Caminó por los pasillos hasta dar con la escalera de emergencia que lo llevaría al balcón donde Jasper solía arrancarse a fumar, cuando una extraña sensación lo hizo girar su cabeza hacia atrás: allí estaba ella, vestida de azul, mirando atentamente a un médico el que parecía estarle dando instrucciones. Cuando este acabó de hablar, ella giró su cabeza y se encontró de frente con él, observándole. Se quedaron un par de segundos en ese estado, mirándose el uno al otro. Entonces ella agachó la cabeza y se miró la punta de los zapatos nerviosamente a la vez que Edward caminaba por instinto hacia ella con cualquier pretexto.
― ¿Cómo se encuentra? ―le preguntó en un susurro, buscándola con la mirada, hasta que ella lo hizo, chocando su mirada limpia sobre sus ojos. Le sonrió ella agradecida y asintió levemente.
―Muy bien. Mi mamá dice que dormí como un oso en plena hibernación ―comentó en broma, no supo bien por qué, haciendo sonreír a Edward.
―Creo que se lo merecía después de semejante noche, ¿no?
―Creo que sí ―coincidió ella, volviendo a escapar de la mirada intensa de Edward. Entonces recordó que estaba camino de algo importante, abriendo sus ojos con alarma―. Disculpe, pero debo dejarlo, tengo que atender un procedimiento y me están esperando.
―No la molesto más. Yo… estaré por aquí rondando, ya sabe, por si volvemos a encontrarnos…
―Seguro… seguro que sí ―asintió con nerviosismo, echándose a correr por uno de los pasillos. Edward se quedó mirando el lugar por donde desapareció, aun turbado por ese encuentro tan de adolescentes, pues así se sentía, como un inexperto adolecente.
Retomó entonces su camino al balcón y se quedó allí un buen tiempo, pensando en su esposa, en Isabella y en el incierto futuro que lo esperaba. Al menos, la única certeza que tenía era que irrevocablemente como le había dicho su amigo Jasper, caería en la luz de aquellos ojos en los que se perdería.
"Estoy viendo que en cualquier momento vas a dar el salto hacia ella, hacia Isabella, y no habrá vuelta atrás" había dicho Jasper aquella mañana, recordó Edward mientras el helado viento nocturno le golpeaba el rostro. Era tragicómico que su amigo se preocupara de lo que pudiera pasar, cuando apenas había cruzados un par de frases con Isabella. Pero de cualquier manera, el músico debía ser sincero consigo y admitir que tenía razón, porque frente a la mujer de ojos verde agua, la determinación de mantenerse lejos de ella se esfumaría y él caería rendido a sus pies, mendigando un poco de amor para su existencia.
**oo**
― ¿Ya sabes lo que te pondrás para mi fiesta de cumpleaños? ―preguntó Alice a su amiga, pegándole contra las costillas con su codo. Isabella, que ordenaba los resultados de unos exámenes sobre el mesón de atención, la miró de reojo y se alzó de hombros.
―Lo de siempre: jeans, una blusa o algo parecido…
― ¡Oye, es mi cumpleaños! Además te he visto antes mejor ataviada para ocasiones como estas… ―agregó animada, llevándose una mirada reprobatoria de su amiga. Enseguida Alice cayó en cuenta de su error y abrazando a su amiga, se disculpó honestamente―. Soy una estúpida, Isa, perdóname… lo dije sin querer…
―Ya se, ya sé, pero sabes que rehúyo de cualquier cosa que pueda traer a colación esa parte de mi pasado. No me gusta.
―Lo entiendo… ―se mordió Alice el labio un segundo antes de atreverse a preguntar― ¿pero no te cuestionas nunca sobre qué fue de él?... Digo, yo sé lo que tenían y cómo lo querías.
―Se fue, y es lo mejor que pudo haber hecho, ¿no crees? ― respondió con brusquedad, arrugado el entrecejo—. Mi vida casi se arruina por confiar ciegamente en un hombre como él. Solo deseo que no vuelva a cruzarse en mi camino. Jamás.
―Pero él sabe dónde vives y le será fácil averiguar en dónde trabajas. Tiene recursos –susurró despacio, con precaución. Entonces Isabella bajó la cabeza y puso las manos sobre su estómago anudado, como siempre pasaba cuando recordaba ese paraje de su vida, donde ese hombre estaba involucrado.
Probablemente la historia era la típica: una mujer enamorada completa y perdidamente de un hombre que le ofreció el cielo y la tierra, a cambio de su entrega total, tal como ella hizo, hasta que, sin darse cuenta, fue cayendo en terrenos peligrosos, pero que en aquel entonces ella no sopesaba pues estaba muy enamorada. O al menos eso creía. Hasta que la cruda realidad le abrió los ojos y le pegó de frente, animándola a echarse a correr, aunque si él hubiera insistido un poco más, si su persuasión hubiera sido más insistente, ella lo hubiera dejado todo por él, sin importarle nada.
"Mi Bella, para siempre, solo mía..." recordaba la voz ronca y oscura susurrándole al oído, mientras la penetraba con fuerza una y otra vez, mientras ella gemía sobre lo mucho que lo amaba.
Sacudió la cabeza espantando esos malos recuerdos y miró a su amiga, la que preocupada había puesto una mano sobre su hombro cuando la vio pérdida en sus recuerdos.
―Isa, me alegro que te hayas apartado de él, porque te estaba destruyendo, ¿lo sabes verdad? ―Isabella asintió con gesto dolido― pero me preocupa que si ese hombre vuelve a aparecer, vuelva a convencerte…
Entonces Isabella enderezó su espalda y ordenó su corto cabello con las manos y con gesto seguro y voz firme le respondió a Alice:
―Eso no pasará porque no soy la chiquilla estúpida de entonces.
― ¡Así se habla! —exclamó Alice celebrando la seguridad de Isabella, poniendo sus manos en el rostro de su amiga antes de darle un beso en su mejilla y un fugaz abrazo, zanjando aquel tema. Sonrió y cambio a un tema más alegre―. Ahora, necesito me acompañes de compras… ¡Y no me pongas esa cara, es un favor de cumpleaños! Además, querré verte linda ese día y seguro vas a necesitar algo nuevo para ponerte.
―Dios, Alice… ―protestó Bella.
―Tengo que verme increíble ese día. Mi nuevo galán estará ahí y quiero sorprenderlo…
― ¿El dibujante? ―preguntó, dejando los papeles correctamente clasificados sobre el escritorio de la secretaria de turno de allí, que se había ausentado por unos momentos para ir por un café.
―Sip ―asintió Alice con ese tono meloso y enamoradizo que a Isabella hacia sonreír ¿Será que su amiga había encontrado al definitivo….finalmente? No bromeó sobre ello en voz alta pues muchas veces ya, se había hecho la misma pregunta―. Le hablé mucho de ti. Espero luego presentártelo formalmente. Vendrá a buscarme para irnos a desayunar cuando salga de turno.
― ¿Va en serio? Lo digo por todas esas salidas y porque no dejas de hablar de él… creo que no te había visto tan entusiasmada por alguien como ahora por él…
―Es que yo siento que es el definitivo, por cómo me hace sentir cuando me habla, o cuando me besa… y qué decir cuando hace a un lado mis bragas…
― ¡Alice! ―protestó Isabella, mirando a un lado y a otro mientras su amiga se reía de su propia desfachatez, contagiándose con la risita chispeante de su amiga, quien volvió a envolverla entre sus delgados pero protectores brazos de hermana
―Isabella, vas a encontrar a ese hombre también para ti, lo sé.
Isabella se apartó y sonrió sin que el gesto llegara a sus ojos, sintiendo un poco de vergüenza porque cuando su amiga anunció esa especie de premonición hacia ella, inevitablemente sus pensamientos viajaron hasta la imagen de cierto músico que la tenía en las nubes gran parte del día.
"Edward" pensó en el nombre del hombre prohibido con tristeza, pensando muy a su pesar, que el dueño de ese nombre tan elegante, como lo de los protagonistas de los libros de época, nunca podría ser hombre para ella.
La noche de servicio para estas dos enfermeras estuvo más relajado que el día anterior, pudiendo tomarse un tiempecito para dormir al menos una hora, lujo que no se daban con regularidad. No hubo emergencias que cubrir y sus pacientes en su totalidad no dieron problemas esa noche, incluida la afamada escritora Rosalie Hale que seguía sin dar señales de avance en su estado de coma. A eso de las tres de la madrugada a Isabella le correspondió dar una vuelta por su recamara, encontrándose a Edward dormido sobre el sofá y cubierto hasta la barbilla por una cobija marrón. Pensó ella que el hombre no debía de estar nada cómodo allí, mucho menos después de llevar durmiendo en ese incomodo sitio más de dos semanas.
"Debe de quererla mucho" pensó, concentrándose mejor en monitorear los signos vitales de la señora Masen y anotarlos en su bitácora. Pero antes de salir, no pudo aguantarse las ganas de mirar el rostro aparentemente sereno de este músico, imaginándose a ella misma acercarse a él y con dedos ligeros acariciar el contorno de su rostro, pasar sus dedos por la barba crecida que cubría su barbilla, peinar su cabello y pasar la punta del dedo índice por sus labios antes de besarlo…
"¡Dios, Isabella, qué cosas estás pensando!" se reprendió, saliendo rápidamente del cuarto, esperando no haber despertado a Edward. Apoyó su espalda sobre la puerta cerrada, suspiró y se dirigió para seguir adelante con su trabajo.
Cuando el turno terminó, ambas amigas salieron cogidas por el brazo, hablando animadamente. Alice había logrado entusiasmar a Isabella con lo referente a los preparativos para su cumpleaños, e incluso la vio aceptar con gusto sincero una tarde en un centro comercial para dar con el mejora tu ando para ambas y deslumbrar la noche del sábado.
Atravesaron la puesta principal y en cuando pusieron un pie en la calle, Alice busco con su mirada al hombre que iría a recogerla aquella mañana encontrándoselo hablando con su amigo, esposo de la mujer que se mantenía en estado de coma, el mismo que provocaba en Isabella cosquillas en la piel y un leve candor en el centro del pecho.
― ¡Ahí está mi chico! —exclamó Alice tirando a Isabella consigo, para por fin poderle presentar a Jasper formalmente.
Antes de darse cuenta, Alice ya colgaba del cuello de Jasper y le daba la bienvenida con un apasionado beso, mientras Isabella y Edward se contemplaban en silencio hasta que los enamorados se rindieron y se apartaron―. Por cierto, ella es Isabella, mi mejor amiga de quien te hablé.
Jasper se apartó de su chica e hizo una graciosa reverencia hacia ella, quien se ruborizó pero sonrió aceptando la mano tendida que él, le ofreció en saludo.
― Mi Alice no hace más de hablar de ti, por lo que siento que ya nos conocíamos.
― Lo mismo digo ―respondió Isabella.
―Bueno, seguro ya se conocen –dijo Jasper, recordando a su amigo que se mantenía en silencio, a quien abrazó por los hombros, mirando a ambas enfermeras alternadamente, percatándose de la mirada inquieta de la amiga de Alice hacia Edward, pensando Jasper fugazmente que quizás los sentimientos de Edward no eran unilaterales―. Por cierto, él es Edward, mi amigo, el mejor músico que pisa los suelos de esta ciudad, maestro principal de la sinfónica, una verdadera eminencia de los pentagramas y las notas musicales…
― Basta, basta muchacho —Edward golpeó ligero el pecho de su amigo, mirando con disculpas a las dos damas que sonreían divertidas por la entusiasta presentación que les brindó, dirigiéndose hacia Alice, a quien le habló a continuación―. Honestamente no sé cómo estas dispuesta a soportarlo...
― Tú también lo haces —Rebatió Alice de buen humor. Edward se inclinó de hombros
―No me queda de otra. Lo conocí en la primaria y desde entonces no he podido sacar me lo de encima…
―Bueno, bueno —intervino el simpático y atractivo dibujante, haciendo a un lado a Edward― ¿están listas para irse? ¿Bella, nos acompañas a desayunar?
―Oh… yo… no, lo siento. Me esperan en casa ―se excusó rápidamente, abrazándose a sí misma. Jasper asintió, entendiendo.
―Como quieras. Podemos pasar a dejarte…
―No te preocupes, mi casa está cerca, además está del otro lado, no quisiera que se desviarán por mi culpa…
― ¡Ah, pero Edward va de ese lado y puede llevarte! ―se giró hacia su amigo y le guiñó el ojo— ¿verdad, maestro?
Jasper sabía que estaba mal estar creando instancias para que su amigo y la enfermera tuvieran tiempo de socializar, pero sentía que era lo correcto, aunque a simple vista pareciera que no. Él nada más quería que Edward fuera feliz, aunque para lograrlo necesitara atravesar un campo minado.
―No tendría ningún problema –asintió Edward rápidamente, mirando a Isabella, que había bajado sus ojos manteniendo su mirada fija en la punta de sus zapatos.
―No…no es necesario, me gusta caminar y… ―carraspeó, aclarándose la garganta, cuando la voz de Edward la sobresaltó.
—Por favor.
Aquel "Por favor" que brotó de los labios de Edward parecía una súplica desesperada, que tanto a Alice como a Jasper tomó por sorpresa, y qué decir de Isabella que rápidamente elevó su cabeza y lo miró directamente a los ojos, que seguían gritándole que aceptara el aventón, tan insistentemente como su corazón se lo pedía, limitándose a asentir con la cabeza.
Alice estrecho sus ojos e hizo una nota mental de obligar a su amiga a aclararle ese asunto del que está siendo testigo. ¿A caso era esa situación la que tenía tan rara a su amiga últimamente?
Así fue, que en pareja se dirigieron en direcciones opuestas. Jasper abrazando a su chica ya caminando entre risas ya besos robados, mientras Isabella y Edward lo hacían en un silencio espeso. Como el caballero que era, le abrió la puerta del lado del copiloto de su coche para invitarla a entrar, rodeándolo con agilidad para montarse en este y ponerse en marcha.
―Esto… ejem… ―Edward carraspeó y bajó el volumen del equipo de sonido de su carro, avanzando por las calles a la velocidad mínima límite de las calles, como queriendo extender el tiempo que pasaba junto a ella― ¿sigo derecho?
―En la siguiente cuadra puede detenerse y dejarme. Yo caminaré hasta…
―La dejaré en la puerta de su casa ―la interrumpió él, sin dejar lugar a dudas―. No me quite este privilegio, por favor.
―Está bien ―ella sonrió en agradecimiento y le dio las instrucciones―. En la siguiente cuadra hacia la derecha, la calle anterior al Parque Japonés.
―Lo tengo ―asintió, atravesando la cuadra tranquilamente, mientras el resto de los coches lo adelantaban doblando en velocidad―. ¿Le dijo a Jasper que la esperaban en casa?
―Sí, Kal-El.
―Ajá… ―sonrió, mirándola por un segundo― así que el hijo de Kriptón la espera con el desayuno servido…
―No sé si mi Kal-El sea capaz de preparar un desayuno, pero al menos deja que lo abrace cuando llego a casa.
― ¿Y qué se siente abrazar a Superman?
―No lo sé, solo sé cómo se siente abrazar a una iguana de nombre Kal-El y a mi madre, que son quienes me esperan.
Edward pudo sentir el alivio correr por las venas, mientras ella disfrutaba y no se cuestionaba la comodidad que la envolvía cuando estaba cerca de ese hombre, tanto así, que no le costaba bromear con él.
El ambiente del coche se volvió armónico y distendido, tanto, que ninguno de los dos reparó en el tiempo que transcurrió mientras el diálogo fluía entre ambos, pasando por temas triviales como la vida casera de Isabella y el trabajo de Edward. Por instinto el músico llegó hasta el parque al que Isabella hizo mención para ubicar su residencia, estacionándose en uno de los lugares, mientras ella hablaba de su trabajo en el hospital que amaba, y de regreso preguntándole a Edward sobre si trabajo en medio de instrumentos musicales.
―Mi abuelo materno me indujo a este mundo cuando me regaló un viejo piano de pared. Todavía lo tengo, aunque he debido refaccionarlo ―explicó, con su cuerpo girado hacia ella―. La música ha sido mi vía de escape en muchas situaciones.
―Claro… ¿pero también dirige la sinfónica, no? ¿Maestros, se les llama? ―preguntó ella con genuino interés. Él sonrió, un poco avergonzado, pues no era de los que le gustaban que lo anduviesen llamando maestro, como otros colegas suyos exigían ser llamados.
―Sí, es cierto, fui uno de los más jóvenes que comenzó a dirigir. Me gusta ese trabajo, tanto como ejecutar algún instrumento.
― ¿Y ha escrito canciones?
―Piezas musicales, sí, y algunas composiciones más cortas, pero nada como las canciones que se oyen en las radios populares ―explicó y sonrió con ternura cuando vio en ella los ojos verde agua abiertos de admiración, formando una O con sus labios.
―Dios, nunca he entrado a la sinfónica ―comentó con ensoñación, mirando hacia el jardín que estaba desierto, pues con la temperatura exterior, a nadie se le antojaba un paseo a la intemperie, por más lindo que pudiera ser ese parque― mucho menos cuando hay algún concierto de música clásica. Alguna vez me gustaría llevar a mi mamá y que pudiera disfrutar de un espectáculo así.
―Es cosa que me diga cuando quiere llevarla y yo le haré llegar entradas ―ofreció Edward animadamente. Ella entonces lo miró y desvió sus ojos, ahora avergonzados hacia otro lado.
―No quiero abusar… además, no hice el comentario para que usted me ofreciera…
―Dios, no diga eso. Ni siquiera me costaría hacerlo. Entenderá que no me cuesta nada conseguirlas.
―Bueno, de ese modo, gracias. Sería un buen regalo de cumpleaños para ella…
―Y hablando de cumpleaños, Jasper me comentó de una fiesta que dará su amiga Alice…
― ¿Usted irá? ―preguntó Isabella antes de poder morderse la lengua. ¿Qué le importaba a ella si él iría? Entonces él torció la cabeza, mientras la contemplaba detenidamente por un par de segundos antes de responderle con toda la honestidad que podía en ese momento:
―Por tener otro tiempo como este con usted, iría.
Se quedaron mirando sin poder evitarlo, mientras el ambiente dentro del coche iba haciéndose demasiado cómodo para la seguridad de ambos. Fácilmente podrían quedarse allí dentro en compañía del otro durante el día, con tal de compartir esa cercanía tan cálida. Él se moría por seguir haciéndole preguntas, incluso moría por estirar su mano y alcanzar a tocar su rostro que se veía tan suave y delicado, mientras que ella debía contener el mismo deseo, esta vez para recorrer con sus dedos su creciente barba, pero no podía.
Fue ella la que salió del sopor en la que ambos cayeron, sacudiendo la cabeza y reacomodándose la bufanda que se aflojó cuando él puso la calefacción, sujetando el tirante de su morral, alistándose también para despedirse.
―Yo… le agradezco que me haya traído, pero creo que es momento de entrar. Mi madre debe estarse preguntando por qué no llego y no me gusta preocuparla.
―Tiene razón, no me gustaría que enviara a Kal-El en su búsqueda y me viera a mí como el culpable, haciéndome pagar. Quien sabe y saca a relucir la fuerza de los hijos de Kriptón ―bromeó, escondiendo su desazón por el hecho de tener que dejarla marchar. Ella sonrió, otra vez y puso una mano sobre la manija para abrir la puerta.
―Ha sido muy amable, se lo agradezco. Y la conversación ha sido muy amena…
―Nos seguiremos viendo…
―Yo espero que en otras condiciones. Deseo que su esposa responda pronto a los tratamientos.
Y ahí estaba, la realidad dándole de cachetadas al músico y jalándole el pelo a la enfermera en castigo por haber puesto sus ojos y sus pensamientos en alguien que era prohibido para el otro.
Sin esperar respuesta de Edward, salió rápidamente del coche y se devolvió la cuadra y media que se habían pasado para aparcar frente al parque, mientras Edward se la quedaba mirando por el espejo retrovisor mientras se alejaba, con su última frase resonándole en los oídos.
Cubrió su rostro con sus manos y se maldijo por el caos que estaba formándose en su cabeza y en su corazón… porque su corazón estaba peligrosamente cerca de anclarse a ciertos ojos cuya dueña acababa de bajarse de su coche. Entonces inspiró profundo y reparó en el leve aroma a lavanda que quedó suspendido en el aire.
―Isabella… ―murmuró, imaginándosela en medio de una plantación de lavandas, corriendo en medio de estas flores. Incluso podía imaginarse la melodía de esas imágenes…
Maldiciendo en voz baja, y saliendo de su ensoñación, puso el motor del auto en marcha y se dirigió hasta su casa, desde donde recogió ropa para irse rumbo al departamento de soltero, donde últimamente se sentía más cómodo.
En tanto Isabella al entrar en su apartamento, encontró a su madre con la regadera en las manos, vertiendo agua sobre las plantas de interior que adornan la sala.
―Mi niña ha llegado ―comentó Renée, inclinando su cabeza hacia el lado de la puerta por donde ella acababa de entrar―. Ven a darme un beso, mi niña.
Isabella se deshizo del bolso, la bufanda y el abrigo antes de acercarse a su tierna madre y darle un fuerte y sonoro beso en la mejilla, que hizo reír a la mujer.
―Hola mamá. Demoré porque me entretuve… con el esposo de una paciente.
―Está bien, mi niña ¿Ha estado todo bien? ¿Vas a desayunar? ―preguntó Renée, acariciando el rostro de su hija. Ella la sostuvo sobre su mejilla y disfrutó del calor maternal, reparador y reconfortante.
―No mamá, me voy directo a la cama. Me levantaré para almorzar y después me reunirme con Alice. Quiere que la acompañe a comprarse algo de ropa para su fiesta de cumpleaños.
― ¡Es cierto! Debo ponerme a trabajar en su pastel de cumpleaños
―Sabes que los adora ―volvió a besar la mejilla de su adorada madre ahora en señal de despedida―. Nos vemos al rato.
―Ve a descansar mi niña.
Sonriendo y pensando en las compras que iba a tener que hacer para montar el pastel de cumpleaños de Alice, y sabiendo que tendría que hacer uno igual para su hermano Marcus, siguió en su tarea de hidratar sus verdes plantas que daban vida a la sala del apartamento, mientras Isabella se dejaba caer en su cama y recordaba lo que fue la última media hora dentro del coche de ese hombre… quería cerrar los ojos e imaginarse una realidad completamente diferente a la que pisaba en ese momento, donde ambos coincidían y eran perfectamente libres de dejar que las cosas fluyeran y ocurrieran, justo como debía de ser…
―Pero la vida no es justa ―murmuró con pena, quitándose el uniforme azul de trabajo antes de enfundarse en su pijama de franela con estampado de patitos amarillos. Al menos, pensó metiéndose bajo las colchas, en sus sueños podría montar un mundo totalmente ideal para ella, junto al guapo hombre que últimamente se estaba colando en todas sus fantasías, en su mente y lo más peligroso, estaba filtrándose en su corazón.
*oo*
―Bueno, ¿estás preparada para responder a mis preguntas?
― ¿Sobre qué? ―preguntó Isabella como si nada, mirando algunos vestidos de su estilo, que podían irle bien para la dichosa fiesta. Sabía sobre qué preguntas Alice estaba a punto de avasallarla.
La chica de melena negra se cruzó de brazos y estrechó sus ojazos pardos, esperando que su amiga Isabella se dignara a mirarla. Levantó el vestido color lavanda con escote el V para que la cumpleañera le diera su aprobación, pera esta increíblemente pasó de eso y apretó sus delgados labios pintados de color cereza.
― ¿Qué pasa con el amigo de Jasper, eh?
―A qué… a qué te refieres ―susurró, mirándola de reojo. Alice gruñó y golpeó el suelo con sus zapatos de tacón con frustración.
― ¡Me refiero a cómo se miraban! ¡Dios, Isa, eso fue tan potente! ―puso una mano sobre su pecho, como reanimando lo que ella sintió como mera espectadora cuando vio el contacto entre su amiga y el músico―. Nunca me había percatado de la atracción a ese nivel…
― ¡De qué hablas, por Dios! ―respondió Isabella, defendiéndose. Estaba nerviosa porque no había sido consciente de que fuera tan notorio lo que sea que estuviera sintiendo por Edward. Aun así siguió firme en su postura ―Él es el esposo de una de las pacientes, amigo de tu novio o lo que sea Jasper, nada más. Fue muy amable y…
―No soy tonta, Isabella, te conozco.
―Escúchame, Alice, no ha pasado nada de lo que te estás imaginando, ni… ni va a pasar… yo… ―sacudió la cabeza como ordenando sus ideas, aferrando sus manos al morral que llevaba cruzado al cuerpo― es casado, y yo estoy lejos de… de involucrarme con alguien así.
―Te miraba como un bobo, Isa ―terció Alice, manteniendo su punto― te miraba como si fueras una criatura de otro mundo, como de esas que te quitan el aliento. Además, Jasper me contó algunas cosas...
― ¿Algunas cosas?
―Como la relación que lleva o llevaba con su esposa. Él nunca creyó que ella era la mujer para su amigo, no porque ella fuera una bruja ni nada parecido, pero simplemente Edward no estaba ni está loco de amor por la escritora. Se casó porque... pensó que era lo que tenía que hacer entonces, pero…
― ¿Por qué me estás contando esto, eh? ―colgó el vestido lila en el perchero con más fuerza de lo necesario, mirando a Alice con enfado, rozando en el enojo―. ¡Dime! ¿Para ilusionarme? ¡Pues no lo haré! Además, apenas y hemos cruzado un par de palabras. Ha sido muy amable, sí, pero nada más. Así que no pienses más allá de lo que en realidad es.
―Pero estás sintiendo algo, Isa, te conozco… ―susurró y torció su boca. Isabella puso sus manos en jarra sobre sus estrechas caderas en señal de defensa.
― ¡¿Y?!
―Amiga… —Alice se le acercó y la abrazó, consiguiendo que Isabella dejara caer sus muros de protección, porque sencillamente frente a ella no los necesitaba. Alice era su hermana, aunque ni el apellido ni la sangre corroboraran ese hecho. Simplemente se querían con ese amor incondicional, mismo amor que llevaba a Alice a preocuparse por Isabella y su corazón tan expuesto. ¿A caso no podía tocarle un hombre apuesto, honesto y cien por ciento disponible para ella?
―No quiero pensar en… algo que es totalmente imposible ―Isabella se apartó agradecida del abrazo de Alice e inspiró hondo, dándose ánimo―. Además, es verdad lo que te dije, él no ha sido nada más que respetuoso y atento conmigo. No ha habido ninguna otra clase de acercamiento entre ambos que… pueda verse o interpretarse de otro modo, ¿me entiendes, verdad?
― ¿Y esta mañana, cuando te llevó a tu casa en su coche?
―Fue eso, nada más. Bueno, hablamos, me preguntó sobre mi trabajo y algunos detalles hogareños. Le hablé de Kal-El
―Por supuesto ―murmuró Alice, rodando los ojos, pero Isabella continuó sin prestarle atención.
―Le pregunté sobre su trabajo, que es muy interesante. Es todo, no hay más… ―se miró los dedos de las manos que jugueteaban con la correa de su morral― también le desee que su esposa pudiera recuperarse luego.
―La esposa, gran detalle…
―Basta Alice ―Pasó Isabella los dedos por su cabello―. Dejemos ese tema aquí, porque no va a ningún lado.
―Solo prométeme una cosa: si pasa algo, cualquier cosa, confiarás en mí.
― ¡¿Si pasa algo?! ¡¿De qué hablas…?!
― ¡Solo prométemelo! ¡Por favor, Alice! Antes ya me escondiste asuntos importantes que estaban ocurriéndote y casi te pierdo, no quiero que vuelva a ocurrir. ¡Prométemelo!
A la insistencia de su amiga y recordando sobre lo que Alice hacía referencia, asintió Isabella detenidamente y esta vez fue ella quien abrazó a su hermana del alma.
―Bien, nena, ahora vamos a buscar el atuendo perfecto para ti. Tienes que deslumbrar tanto como yo.
― ¿Es eso posible? ―preguntó con ironía, volviendo a sacar el vestido lila de donde lo había dejado―. ¿Entonces, qué te parece este?
―Estaría perfecto si se tratara de una fiesta de quince o el cumpleaños de mi abuela ―se lo quitó de las manos y lo dejó de regreso en el perchero, agarrándola de la mano para llevarla a otro sector de la tienda, donde estaban los vestidos más osados.
Cuando vio a su amiga tomar un vestido, nada acorde a su estilo, Isabella comenzó a negar vehementemente, mientras Alice sonreía maliciosa y asentía firmemente con la cabeza, dispuesta a meter a su amiga en ese vestido, que ya antes había visto en el aparador y que pensó sería perfecto para Isa.
―Quiero que disfrutes de mi fiesta, que te veas linda y que conozcas a alguien ―se le acercó y le habló en el oído―. Te apuesto que allí abajo ya está lleno de telarañas…
― ¿Allí abajo…? ―preguntó confundida. Dos segundos después abrió los ojos enormemente y se puso colorada como un tomate―. ¡Oh, Dios, Alice!
―Anda, llevémoslo al probador para que te lo pongas y veamos que tal… ―la arrastró otra vez de la mano hasta el sector de los probadores, donde ella se lamentó en un gemido, mientras arrastraba los pies hacia los privados.
― ¡Diablos!
**oo**
Un hombre de ojos oscuros y misteriosos, vestido completamente de negro, la observaba de brazos cruzados inclinado sobre el quicio de la puerta, recorriendo su cuerpo desnudo desde la cabeza hasta los pies, con hambre y lascivia. De vez en cuando pasaba su mano sobre su espesa barba negra donde se dejaban ver algunas canas, al igual que en su cabello ondulado y siempre en desorden.
Sonreía con malicia cuando ella se quejaba y tiraba de sus manos atadas con la intención de soltarse, pero para él es espectáculo estaba en todo su apogeo, cuando la veía presa, totalmente cautiva ante sus deseos.
Enderezándose, caminó lentamente hacia una mesa de madera oscura, sobre la cual un candelabro de plata sostenía tres velas rojas, encendidas, tomando él uno de esos cirios y acercándola hasta el cuerpo desnudo y sometido de la joven que se quejaba. Y mientras sonreía, inclinaba el objeto encendido para que la cera caliente derretida cayera sobre el cuerpo de la mujer, provocándole dolor.
―Suéltame… te lo suplico…
―Aguanta, mi Bella… concéntrate en la mezcla entre el dolor y el placer…
―No puedo más…
―Sí que puedes, Bella. Por mi lo harás ―se inclinó hasta que sus labios estuvieron pegados a los de ella―. ¿Verdad, Bella mía?
―Lo que sea por ti ―susurró ella, sometida, cerrando los ojos con fuerza cuando sintió el ardor de la llama que directamente quemaba su piel, gritando de dolor.
Cuando volvió a abrir los ojos para suplicar ser soltada, otro rostro diferente al de un principio la observaba con una mezcla de ruego, dolor y amor, que a ella le hizo olvidar la quemazón que ardía en un punto sensible de su piel. Esta vez los ojos oscuros eran sustituidos por unos ojos verdes pardos, luminosos y transparentes que hicieron calmar su ansiedad.
―Déjame ayudarte. Deja que te desate y seremos libres… ―susurró el músico, con esa voz suave y tranquilizadora que a ella la hizo sentir segura.
Ese fue el momento que Isabella despertó, sobresaltada, sentándose de un golpe sobre su cama, después de ese sueño tan confuso, donde se mezclaban un montón de cosas que ella quisiera olvidar. Aunque lo único rescatable de aquella pesadilla, era el último rostro que llegó a darle calma, dispuesto a salvarla. Pero aquello no era más que un sueño sobre el que no podía hacerse ilusiones pues era imposible…
―No eres libre… y quizás yo tampoco ―susurró, suspirando y mirando el atrapa sueños que colgada desde su techo, el que giraba discretamente.
