Damas, paso super rapidito para dejarles el capítulo (El trabajo... algunas de ustedes sabe lo esclavizante que puede ser a veces...).

Gracias a todas por las lecturas, los comentarios y mensajes. No saben cuánto me alegran!

Un beso a mi super equipo como siempre.

A leer chicas!


Capítulo 5

Las enfermeras empezaron a cuchichear y a sonreír coquetas cuando el atractivo doctor Ananías pasó por su lado con su radiante y seductora sonrisa de siempre, y con aquel caminar seguro y arrasador entre las féminas que lo hacía merecedor del primer lugar en el listado de doctores sexis del hospital.

Con la seguridad que le da el puesto, se desplaza por los pasillos de la clínica, puntualmente por los corredores del piso cuatro, su sector favorito, en donde están las enfermeras más profesionales y más guapas del lugar, según lo que él mismo dice.

Bueno, todas las enfermeras al verlo llegar sonreían como bobas, intentando llamar su atención. Todas menos una, que concentrada, observa los exámenes que debe llevarle a su doctor en jefe, sobre el caso de un niño con hepatitis. Ignorando a las chicas que pululan cerca de él, el buen doctor Ananías se acercó directamente a Isabella y se recostó sobre el mesón, justo donde ella está mirando dichos exámenes.

―¿Te das cuenta lo injusta que es la vida?

Isabella aparta la mirada de los papeles y mira al doctor, alzando una ceja.

―Lo es, pero puntualmente ¿a qué se refiere?

―Al reventón en honor a tu amiga Alice ―suspiró con pesar, jugueteando con el estetoscopio que colgaba de su cuello―. Recibí una invitación que en mi vida hubiera rechazado, pero no puedo ir. Tengo dos cirugías que atender, ¿lo puedes creer?

―La vida no es justa ―reiteró, sonriendo y volviendo a poner su vista en los papeles, haciéndoles notas a pie de página.

―¿Tú irás, querida amiga?

―Si no lo hago, me haría la ley del hielo de por vida. Y lo hago por ella, no me gustan las salidas de noche y las fiestas… nada de eso.

Eleazar se quedó mirando el perfil angelical de Isabella y ahogó un suspiro, ya que hombres como él, no se daban el lujo de andar suspirando, muy por el contrario, iban por la vida rugiendo o ronroneando.

―¿Podré entender algún día cómo es que una chica como Alice es tu mejor amiga, cuando son diametralmente diferentes?

―Es una buena pregunta ―respondió ella, no pudiendo evitar reírse, porque eso era algo que todo el mundo que las conocía, se preguntaba. Pero para Isabella era suficiente el cariño que se tenían y la confianza que podía depositar en ella.

Mientras ella se reía con las bromas del doctor Ananías y sus comentarios divertidos, con quien ahora se sentía relajada pues habían dejado claros los límites entre ambos, desde una esquina un par de ojos verde pardo la observaban con un sentimiento que rozaba en los celos. El café que sostenía entre una de sus manos no quemaba tanto como aquella nueva emoción que recientemente estaba conociendo… por una mujer que no era su esposa, a la cual acompañaba cada día esperando que algo la hiciera reaccionar. Y él estaba aterrado de que eso ocurriera pues entonces dimensionaría la realidad sobre la que estaban pisando sus sentimientos.

―Edward.

El aludido se sobresaltó cuando el doctor Patrick Gerandy lo saludó, pillándolo desprevenido observando a la pareja de profesionales que seguía riendo, ignorándolo. Debiendo dejar de lado el espionaje, miró al doctor a quien saludó con un apretón de manos, acompañándolo hacia el cuarto de su mujer.

Isabella no había visto a Edward durante todo lo que llevaba de noche, pensando en que quizás había decidido quedarse en su casa, sintiendo una leve tristeza dentro de su pecho. Suspiró entonces e hizo una mueca con la boca, mientras miraba la punta del lápiz distraídamente.

―Veo que mi amiga Isabella no está prestándome atención...

―Oh, yo… —sacudió la cabeza y lo miró al doctor Ananías con arrepentimiento, habiendo olvidado por un segundo que él estaba allí―. Lo siento. ¿Me decía?

―Lo correcto es "me decías". Recuerda que somos amigos y los amigos se tutean.

―Es verdad.

―Bueno, decía que para resarcirme de no poder estar en el evento de Alice, las invitaré al mejor y más caro restaurante de esta ciudad.

― Es a Alice a la que tienes que invitar, no a mí.

―No querré hacer mal tercio. La he visto con su novio, y seguro tendré que extender la invitación para él, entonces para no desentonar, tú tendrías que ser mi pareja, ¿no te parece?

―Uhm… no sé…

Ella no quería que eso pareciera una cena de cita doble porque no lo era. Ella no era la cita del doctor Ananías, muy claro lo había dejado ella cuando le concedió un voto de confianza. Pero él simplemente quería que Isabella se relajara a su lado y quizás más adelante…

―Nada de "no sé". Está hecho. Simplemente haremos coincidir los horarios cualquier día de la semana, ¿te parece? ¡Anda, di que sí!

Ella lo miró y sonrió cuando lo vio expectante a la espera de su resolución, por lo que claudicó y aceptó la invitación

―Vale, será genial

―Claro que sí, Isabella. Ahora me voy que estamos listos para un nuevo trasplante ―le apretó el brazo y le guiñó un ojo al despedirse ―Nos vemos pronto.

Cuando el cirujano cardiovascular Bella inspiró y giró su cabeza por sobre su hombro a hacia el sector del pasillo hacia donde daban los cuartos, pensando en una excusa para ir a la habitación 506 y verlo… pero no podía hacer eso. Esa noche otra de las chicas cubriría ese sector y no tenía un pretexto para llegar allí con la idea de siquiera verlo dormir.

Suspiró, cerrando la carpeta de cartón donde había metido los exámenes y con la cabeza gacha se dirigió al privado, donde había una especia de cocina pequeña, en donde se preparó un café y se sentó a pensar y a suspirar, dejando que el rato pasara con lentitud.

Al llegar aquella mañana a su casa, después de su último día de turno nocturno, se encontró con su tío Marcus sentado a la mesa, degustando de un contundente desayuno que Renée había preparado para él. Isabella dejó un beso en la frente de su tío, quien no podía hablar porque tenía la boca llena, acercándose enseguida a su madre a quien le dio como siempre un sonoro beso en mejilla.

―¿Vas a desayunar, mi niña?

―Sí, ma' –respondió Isabella sentándose la mesa, justo frente a su tío, quien limpia su boca de los retos de dulce que pudieran quedar en su boca. Le sonrió cuando volvió a cortar otra rebanada de pastel y ponerla en su plato ―¿Has estado bien tío?

―Muy bien sobrina ―hizo una pausa para beber café antes de agregar ―anoche me comprometí con mi hermanita a venir y desayunar con ella y pues aquí estoy.

―Más bien lo tentó el hecho de que habría pastel –intervino Renée dejando el tazón frente a su hija para que lo llenara de chocolate caliente

―Es un buen aliciente, no pueden negarlo –se defendió el cura a lo que Isabella sonrió, encontrando le toda la razón –Y dime, ¿Es esta noche el cumpleaños de Alice? ¿Será que esa alma descarriada se comprometa a visitarme en la iglesia?

―Sí a tu primera pregunta y me temo que es un rotundo no para la segunda. Te quiere y te respeta, pero sabes que no tiene buenas experiencias –comentó Isabella, revolviendo el chocolate mientras su madre se sentaba a su lado y suspiraba, pasándose las manos sobre su delantal o floreado que usaba a diario para no estropearse la ropa.

―Hay hombres malvados que se escudan detrás de un cuello clerical para abusar y no ser acusados –comentó la hermana del cura con tristeza, recordando lo que a Alice le ocurrió cuando era una niña y no entendía el por qué de que un cura manoseara sus partes íntimas.

―Es verdad. Lamento que por hechos como esos, jóvenes como Alice le den la espalda a Dios –admitió Marcus con pesar, pero enseguida suspiró y encarriló el tema de conversación –Pero dime ¿irás al cumpleaños de tu amiga, supongo, no?

―¿Crees que me dejaría faltar? Además, mañana es mi día libre, no tengo excusas para no ir.

―Mereces salir a divertirte, mi niña –acotó Renée extendiendo la mano con la intención de dar con el rostro de su hija, que salió a su encuentro disfrutando de la caricia tierna de la mano materna ―Trabajas mucho y no tienes distracciones. Ni siquiera un novio me has traído para conocer. ¿Cuándo será el día que eso pase, eh?

―Mamá... –comentó avergonzada la enfermera, mirando nerviosamente a su tío, que a su vez la observaba sobre la taza de la que bebía su café.

―Por cierto, tu tío vino a invitarme un retiro espiritual para el próximo fin de semana. Es un lugar hacia las montañas, por lo que no es muy alejado.

―Genial ma´ –exclamó alegremente Isabella y agradecida de haber cambiado el tema ―Me alegra que salgas con tus amigas de la iglesia.

―Iré yo además de otros sacerdotes. –Indicó el cura ―Le hará bien a tu madre, además ya sabes todo lo que la quieren las muchachas de la iglesia

―Por cierto, Marcus, mi niña y yo llenamos una bolsa de ropa para que la llevaras al hogar de niñas. Voy por ella –anunció Renée y se levantó rápidamente y con una agilidad poco convencional para alguien con su discapacidad visual.

Cuando el tío y su sobrina se quedaron a solas, este aprovechó de tocar un tema que lo tenía preocupado, esto desde la última vez que Isabella lo visitó en la parroquia.

―¿Ha estado todo en orden contigo, sobrina? Ya sabes, sobre lo que conversamos la última vez…

―Todo bien –carraspeó nerviosa ―no tienes de que preocuparte tío. No ha pasado nada y nada pasará respecto a eso.

―Me alegro que estés tan segura, hija. Ya sabes que es mejor alejarse de ese camino que a nada bueno te conduce. Ya llegará el hombre que dios tiene para ti en tus designios, ya verás.

Isabella se quedó en silencio y no agregó nada al comentario en buena fe de su tío. Se sentía mal por estarle ocultando información, pero no quería preocuparle, además nada había pasado fuera de los encuentros con el músico, que a ella la hacían preguntarse un montón de cosas y soñar otras tantas, sueños que incluso le avergonzaba recordar. Pero no podía evitarlo, menos aún cuando antes de dormir, dedicaba un poco de tiempo a buscar en Google algunas fotografías de este maestro, director y pianista.

Después de compartir por un rato más con su madre y su tío, se retiró a su dormitorio acercándose primero a Kal–el y verificar que estuviera todo en orden dentro de su micro hábitat. Enseguida en el respaldo de la silla de su escritorio, vio el vestido negro que si amiga Alice la persuadió de comprar, lanzando ella un suspiro pues no está a acostumbrada a llevar atuendos como ese. Al menos, pensó para su consuelo, solo lo usaría una noche y quien sabe después pudiera hacerle algunos arreglos para usarlo con más regularidad y para que no quedará olvidado en el fondo de su closet.

Horas más tarde y después de una larga y relajante ducha, Isabella se secó el cabello y lo peinó como pudo, pues con lo corto que lo llevaba, no le dejaba muchas opciones, quedando al menos brillante y suave. En seguida se maquillo con colores ligeros y nada recargados, demorando se menos de cinco minutos en aplicar crema facial, una leve capa de sombra en sus párpados, máscara de pestañas y labial. Enseguida se quitó la bata y se visto con ropa interior de encaje negro, medias de seda de mismo color, para finalmente cubrirse con el infame vestido: ajustado por el torso, abriéndose como plato hasta diez centímetros sobre las rodillas. Dejaba sus brazos al descubierto y delicados detalles metálicos adornaban el cuello y la cintura; para terminar, se calzó unos botines bajos de taco no muy alto, para enseguida mirarse al espejo y soltar un suspiro. Se era bien, no podía negarlo, pensó mientras se esparcía perfume a la altura del cuello.

Tomando su chaqueta de cuero negra, una pequeña cartera del mismo color y una pañoleta gris, salió de su cuerpo dirigiéndose al de su madre frente al suyo, a quien encontró leyendo alguna novela de amor en sistema braille.

―Creo que estoy lista para irme –anuncio, dejando sus pertenencias a los pies de la cama. Renée dejó el libro de lado y extendió sus brazos para arropar a su niña antes que se fuera.

―Hueles muy bien.

―Lavanda…. Lo de siempre.

―Tu favorito. –Se apartó y paso sus manos sobre la tela de, vestido, sonriendo –Apuesto a que te ves hermosa. Además, por la textura del traje, seguro tiene una linda caída y buena adherencia al cuerpo, ¿no?

―Se ve muy bien.

Renée volvió a acercársele a su hija, cogiendo a su niña por la cara besando ambas mejillas y su frente antes de dejarla marchar.

―Ve con cuidado, disfruta mucho y dile a Alice que mañana aquí la espero para darle su regalo.

―Así lo haré ―se levantó de la cama para acomodarse la pañoleta y colocarse la chaqueta. ―Por cierto, regresaré temprano. Así que no te preocupes.

―Como quieras, tan solo disfruta mucho mi niña.

―Adiós ma´, te quiero ―dijo al despedirse, cerrando la puerta de la recamara, para dirigirse a la puerta de salida del apartamento y enfundar sus pasos al departamento de su amiga, tomando un taxi para llegar allí.

Cuando Alice la vio en el umbral de su puerta, soltó una exultante exclamación y se le abalanzó al cuello de su amiga y enseguida se apartó, para darse una vuelta y mostrarle a Isabella su atuendo: un vestido rojo carmesí, pegado al cuerpo, con un tirante sujeto a su hombro y la falda que caía ajustada hasta la mitad de sus muslos desnudos. Sus zapatos de tacón aguja negros hacían juego con el cinturón de charol que envolvía su cintura y un collar de plata desde el que colgaba una brillante piedra negra, regalo de su hermano que vivía en la otra punta del país.

―¡Te ves soberbia, Alice! ―exclamó Isabella ― Tú sí que sabes llevar esos atuendos.

―Y tú te ves maravillosa. Te dije que ese vestido te sentaría con los accesorios correctos ―cerró la puerta de entrada a su casa y la llevó hasta la sala donde Jasper, visita habitual en ese lugar revisaba un mensaje de texto en su celular.

Al levantar la vista hacia ellas, sonrió y se puso de pie, acercándose a Isabella, la que no sabía bien por qué, se puso roja de vergüenza. Él sonrió y con delicadeza y respeto sobre todo, puso una mano sobre el brazo de Isabella, regalándole una sincera sonrisa para que la chica se relajara.

―Te ves increíble, Isabella ―dijo, mirando enseguida a la cumpleañera que a su lado asentía y sonreía en concordancia con él. La allegó a su cuerpo rodeándola por la cintura y rectificó ―Las dos se ven increíbles. Voy a tener que estar atento esta noche. Pero ahora, antes de salir, nos tomaremos una copa de champaña, ¿les parece?

Ambas asintieron y caminaron hasta la barra de la cocina hablando entre ellas con entusiasmo, mientras Jasper hacía los honores. Estaba tentado en enviarle una foto a su amigo para animarlo a ir a la fiesta, sobre la que se retractó de asistir en último momento. Jasper no quería hacer caer a su amigo en la tentación, aunque le molestaba en sobre manera que este no pudiera cortejar con libertad a la mujer que había sobresaltado en un nivel superior.

―Pero Tanya se comprometió en venir a acompañarla, ¿qué vas a hacer entonces?

―Iré a mi apartamento y me relajaré ahí un poco. Trataré de dormir, no sé… ―explicó el músico, cuando le informó que no iría a la fiesta.

El novio de la cumpleañera fue el encargado de llevarlas en su carruaje hasta el local donde Alice había rentado un sector privado para su celebración. En todo el meollo del sector universitario de la ciudad, y donde se encontraban los mejores antros, estaba "La Clave", un bar-discoteque de tres ambientes donde habían decidido celebrar. Allí, en el sector privado, justo en el segundo piso, se hallaban los amigos de la enfermera, quien al llegar fue recibida por un sinfín de vítores e invitaciones a brindar, en medio del sonido estridente de la canción de moda del momento.

Cuando Alice, envuelta en la celebración, vio a su amiga a un costado de la barra, sujetando su baso de primavera sin alcohol fuertemente, mirando nerviosa hacia todos lados. Entonces se le acercó y puso sus manos sobre sus hombros y le habló firmemente.

―Quiero que te relajes y disfrutes, ¿entendido? No quiero verte retraída como conejillo asustado, ¿está bien? Aquí hay un montón de gente que conoces y otro montón por conocer, así que disfruta, ¿vale?

Isabela mordió su labio y tras suspirar pesadamente, asintió. Alice le dio un beso en la mejilla y guiada hasta la pista de baile con su galán, comenzó a moverse al ritmo de la música y las luces laser de todos los colores que estallaban en la repleta pista de baile.

Volvió a suspirar y se acercó a un grupo de colegas del hospital que hablaban de las ultimas copuchas del trabajo, mientras Isabella nerviosa miraba hacia un lado y hacia otro, asustada, pensando en que en cualquier momento una sombra del pasado reaparecería, como siempre lo hacía cuando ella aparecía por lugares como esos.

"Pero eso fue en el pasado, Isabella…" se autor reprendía, intentando volver a la conversación con su grupo de amigos y relajarse aunque fuera un poco.

Después de una media hora y cuando ellos se aburrieron de conversar, se fueron a la pista de baile a unirse con el resto, pasando Isabella de esa idea, volviendo hacia el sector de la barra, donde se quedó sola bebiendo lo último que quedaba de su bebida. Sacó de su cartera su teléfono y jugueteando con él se dio cuenta de un mensaje que el doctor Ananías le había hecho llegar hace unos minutos, preguntándole cómo estaba la fiesta sin él.

Isabella le respondió que estaba todo muy bien, pero que ella estaba sola en la barra bebiendo una primavera sin alcohol, recibiendo respuesta casi inmediata del doctor, quien refunfuñaba mediante texto sobre el hecho que estuviera sola y bebiendo algo sin alcohol, tentándose a dejar al paciente tirado sobre la mesa de operaciones e ir hasta ella para hacerle compañía.

Ella se rió frente a la respuesta y le reenvió un mensaje, pidiéndole que no lo hiciera, que desde ahora iba a divertirse con el resto de los chicos. Cuando leyó el "por favor, hazlo" que le envió Eleazar, guardó el teléfono y le pidió al barman que le sirviera uno igual, esta vez con dos dedos de pisco. Y mientras esperaba, un hombre rubio, muy alto y delgado se le acercó, esbozando una sonrisa coqueta, mientras hacía girar en el whisky y tintinar lo hielos en su vaso. Ella se apartó un paso y él acortó esa distancia, volviendo a acercársele.

―Apuesto que también eres enfermera…

―Por qué lo pregunta ―respondió insegura.

―Porque aquí hay pura gente que trabaja con enfermos… y sangre ―le guiñó el ojo e Isabella se puso blanca como papel comenzando a sentir el sudor frio en su espalda. No le gustaba el rostro perfecto de ese hombre ni esa sonrisa avasalladora, mucho menos la cercanía que estaba obligando a mantener con él.

Cuando el barman puso el trago que Isabella pidió sobre la barra, esta lo tomó y con la intención de irse rápido de allí dio un paso al costado, sintiendo el agarre fiero de ese hombre, que la miraba como si ella fuera algo comestible, incluso se dio el lujo de pasar la lengua por sus labios.

―Por ese sector hay baños… ―murmuró el hombre acercándose a su oído ―¿No te gustaría encerrarte allí conmigo?

Entonces ella en un impulso, empapó el rostro del hombre con su coctel de frutas y mientras este soltaba maldiciones contra ella, se echó a correr escalera abajo hasta dar con la salida, donde afuera, al aire frio de la noche y escondida de todo mundo, intentó tranquilizarse.

Afirmó su espalda contra la fría muralla de cemento y alzó el rostro, inhalando el aire frio una y otra vez antes de prepararse para entrar y despedirse de su amiga, a la cual inventaría alguna excusa para su pronta salida de allí. Estaba pensando en eso cuando otra vez, una mano aferró su antebrazo, sobresaltándola y haciendo abrir los ojos, para encontrarse esta vez con una mirada ansiosa y preocupada que ella no esperaba ver allí.

**oo**

"Estás loco, vas a perderte la mejor juega de tu vida" leyó Edward el último mensaje de su amigo Jasper, que intentaba persuadirlo de ir a la fiesta. Edward bufó y lanzó el teléfono al otro lado del sofá, acomodándose sobre este después de haber bebido una taza de café bien cargada mientras de fondo sonaba el demo que sus alumnos en la sinfónica habían gravado de una de sus composiciones y que habían hecho llegar para él, con una nota de apoyo por el momento que estaba viviendo.

Había aprovechado de ir a su casa y ver que las cosas allí estuvieran en orden. Se encontró con la asesora del hogar que a diario iba a hacer aseo y a cuidar la casa, conversando un rato con ella antes de tomar algunas cosas y salir rumbo a su apartamento.

Al pasar fuera del bar "La Clave", que era el lugar donde se haría la fiesta de la chica de su amigo y que coincidentemente quedaba a dos cuadras de donde se encontraba su apartamento de soltero, no pudo evitar mirar a la gente que iba ingresando para ver si se encontraba con la presencia de la mujer estaba intentando sacar de su sistema.

No había podido olvidar la rabia que lo carcomió cuando la noche anterior la vio hablando distendidamente con ese doctor, que a simple vista quería algo más que una simple amistado con ella.

"Maldito sea" fue lo que le deseó al doctor ese por tener la suerte que para él estaba vetada.

Mientras oía el solo de trompeta que destacaba sobre el piano y los instrumentos de cuerdas, pensó irremediablemente en ella y en el momento que compartieron dentro de su coche. Su rostro blanco, simétrico y femeninamente delicado, la manera en que abría sus ojos verde agua con desmesura cuando algo la impresionaba o cómo sus mejillas se sonrojaban ligero cuando algo la avergonzaba, cuestión que ocurría a menudo.

Amó responder a sus preguntas y que ella respondiera a las que él le hizo con tal de conocerla un poquito más. Pero así como amó esos pequeños detalles junto a ella, odió que el tiempo corriera tan rápido y que para ambos fuera casi imperdonable ese tipo de intimidad. Odió no tener la libertad de estar cerca de ella como él deseaba y odiaba no tener la certeza de lo que ella sentía, si era algo similar o parecido a lo que él padecía cuando estaba cerca suyo, o simplemente era un mal que lo corroía a él solamente. Algo le decía que no, que a ella la afectaba tanto como a él su cercanía y eso era lo que más odiaba, no poder cerrar sus ojos y dejarse llevar por esos sentimientos.

Un bocinazo a lo lejos hizo que sus ojos se abrieran, desviando sus ojos hacia la puerta de salida. Mordió el labio y pensó que ir a dar una vuelta, solo un vistazo al lugar no tendría nada de malo, por lo que no pensó más y se levantó, acercándose a la pecha y colándose un chaquetón negro sobre su sweater de alpaca gris, y cerciorándose que las llaves de la puerta estuvieran en el bolsillo, salió rumbo al bar aquel, con la intención de saber cómo lo estaba pasando su amigo.

Rio con tristeza cuando se vio mintiéndose a sí mismo, pues él sabía el por qué se dirigía a ese lugar. Su objetivo era uno y se trababa de Isabella. Nada tenía que ver su amigo ni mucho menos la cumpleañera.

Caminó tranquilo las dos cuadras de ese sector bohemio, donde los muchachos iban y venían con la intención de divertirse sin notar el viento helado que soplaba ligero. Edward había levantado la solapa de su abrigo y había escondido sus manos en los bolsillos mientras atravesaba las calles, hasta que quedó en frente de la puerta de acceso, inspirando profundamente con la intención de entrar, cuando una imagen lo dejó estático. Por la misma puerta de acceso, una chica de corto cabello castaño salía rápidamente, a simple vista sobresaltada por algo, girando hacia un costado del local, que daba a un callejón pequeño y oscuro, propensamente peligroso. Entonces él sin pensarlo caminó hasta allí y al girar a la esquina la vio, con sus espalda afirmada contra el frio concreto, con su rostro alzado y sus ojos cerrados, como si estuviera intentando calmarse por algo.

Sin darse cuenta caminó hasta ella y la tomó levemente por el brazo, sobresaltándola sin querer, pero viendo un destello de alivio en esos ojos abiertos que eran iluminados por la solitaria farola de luz amarillenta que apenas iluminaba el callejón.

―¿Se siente bien? ―susurró preocupado. Ella parpadeó rápidamente.

―Usted… vino… ―dijo Isabella sin pensarlo. Entonces Edward torció la boca y se acercó un poco más a ella.

―Venía… venía a saludar a la cumpleañera y para excusarme de no poder quedarme. Tenía que agradecerle la invitación.

―Bueno… arriba está muy entretenido, así que…

―¿Si está tan entretenido, qué hace aquí afuera? Parece estarse recuperando de un mal momento o algo… ¿se siente bien? ―reiteró entonces su primera pregunta.

Ella bajó el rostro hasta el suelo y arrugó su frente con disgusto, como recordando algo nada agradable.

―No me gusta venir a estos lugares, a fiestas como estas. Siempre que pasa algo, no sé cómo reaccionar.

―No sé muy bien a lo que se refiere, pero si no le gusta, pues simplemente no hubiera venido.

―Es el cumpleaños de Alice, que es como mi hermana ―explicó, sin atreverse a levantar sus ojos al ansioso músico, que deseaba saber si algo malo le había pasado ―Me hubiera hecho la ley del hielo de por vida si no venía.

―¿Y qué hará ahora, volverá a entrar? ―preguntó él, y ella se alzó de hombros, apenas levantando un poco los ojos para preguntarle:

―¿Usted entrará?

―No sé… depende. Tampoco soy cliente habitual de lugares como estos.

―No me puedo imaginar a un concertista en un antro como este ―murmuró divertida, relajando a Edward que no pudo evitar reírse con ella. ―Pero vino, puede entrar, no pierda el viaje.

―No he perdido ningún viaje, mi apartamento queda a dos cuadras de aquí, cerca de la universidad. ―Entonces él mordió su labio y la pregunta salió de su boca sin poder evitarlo ―¿Quiere acompañarme hasta allí? Hay café de grano recién hecho y música ligera con la que se puede conversar.

Obviamente que ella diría que no, pensó sintiéndose estúpido por no frenar sus impulsos. ¿Por qué ella iba a querer irse con él, que era un desconocido, a un lugar solitario donde iban a estar ellos solos? "Soy un estúpido, soy un…"

―Está bien.

La respuesta en susurro que Isabella dio, iluminó el rostro del músico e hizo que su sonrisa apareciera en su rostro. La ilusión de lo prohibido palpitó dentro de él al igual que su corazón, que martilleaba a gran velocidad.

Entonces le indicó el camino a seguir, caminando tranquilamente por las calles húmedas, mientras Isabella le hablaba de su amiga, que seguro no la extrañaba pues cuando iba a esos lugares, Alice caía en una especie de trance que la hacía olvidarse de todo a su alrededor. Edward comentó entonces de la buena dupla que harían con Jasper, pues le iban bien esos lugares alocados.

―¿Usted vive en este apartamento? ―preguntó Isabella mirando hacia el ático al final del viejo edificio cuando finalmente y al cabo de diez minutos llegaron allí.

―No. Mi casa está en el sector residencial de las lomas ―respondió incómodo. ―Este es mi apartamento de soltero donde prefiero venir ahora. Pero vamos, acompáñeme ―le dijo, tocándole levemente el hombro para invitarla a entrar por el portón de madera.

Subieron por el viejo ascensor hasta el último piso, abriendo ágilmente Edward la puerta para hacerla pasar. En el ambiente seguía sonando el demo de sus alumnos con acordes clásicos mezclados con algo de jazz y la tenue luz iluminaba parcialmente la estancia, dándole un entorno acogedor. Probablemente todo eso hizo que Isabella entrara al lugar y se pusiera a observar el inmueble con asombro, hasta que sus ojos dieron con el piano de pared, del que Edward le había hablado la última vez. Sobre este, una vieja fotografía en blanco y negro descansaba, alcanzándola ella entre sus manos para mirarla más de cerca.

―Es mi madre ―respondió Edward. Bella arrugó la frente y lo miró confundida.

―Pensaba que la señora que siempre iba al hospital lo era.

―Pues no lo es ―rectificó con tensión, acercándose a ella después de haberse quitado el abrigo. ―Esme se hizo cargo de mí cuando fui niño. Mi madre es ella, Elizabeth.

―Es muy hermosa ―comentó Isabella, dedicando atención a los detalles de la fotografía, donde la joven madre del músico posaba para la cámara, sentada sobre la hierba que se extendía sobre el campo.

―¿Le sirvo café? O prefiere algo más fuerte… creo que tengo vino…

―Café está bien ―respondió ella, dejando el retrato en su lugar para después recorrer ligeramente las teclas del piano desde la primera a la última, sonriendo emocionada. Enseguida miró hacia la cocina por sobre el mesón que hacía la división, esperando que su anfitrión no se molestara por estarle metiendo mano a su instrumento musical.

Pero contrario a molestarse, Isabella no podía imaginarse la tremenda emoción y la satisfacción que recorría las terminaciones nerviosas de Edward por tenerla pululando en su apartamento. Que toqueteara todo lo que quisiera, que preguntara todo lo que se le ocurriera, pero que por favor no le pidiera llevarla a su casa, no todavía. Necesitaba compartir con ella un poco más para soportar el martirio que lo rodeaba.

Llevó los dos tazones humeantes hacia la mesa de centro y la invitó a sentarse. Antes de eso, Isabella se quitó la pañoleta y la chaqueta de cuero, dejando ver su lindo vestido que casi no había podido lucir. No se dio cuenta que Edward tuvo que tragar grueso y obligarse a mantener el control cuando la vio con aquel vestido, pensando que nadie más que ella podía lucir algo tan sencillo con tanta espectacularidad.

―¿Puedo preguntar por qué se refugia en este lugar, teniendo seguro una linda y amplia casa en el mejor sector de la ciudad? ―quiso saber ella, sin medir su capacidad de filtro, cuestión que a Edward le encantó percibir, aunque había una cuestión que antes de responder a su pregunta quería zanjar.

―Responderé a eso si dejas de tratarme de usted. Tengo treinta y tres años, ni que fuera tan mayor. Yo prometo hacer lo mismo y responder a todas tus preguntas.

―Me parece ―acordó ella sonriendo y tomando el tazón de café entre sus manos, soplando sobre este para evitar quemarse. Se sentó de lado sobre sus piernas dobladas, mirando directo a Edward, que se había acomodado de costado también, para no perderse detalle alguno de su invitada.

―Bueno, estoy aquí porque en medio de todo lo que estoy viviendo, me parece que este lugar me acoge más que esa casa, que es muy grande y cómoda. Se siente muy vacía la verdad… ―murmuró con pena, mirando el líquido oscuro dentro de su humeante tazón.

Pensó por unos segundos en esa respuesta que traía algo de verdad, pero no era la única razón, ni la más poderosa, porque Isabella no podía imaginarse el martirio que para el músico significaba ahora esa casa, en donde todo le gritaba y le enrostraba la traición que estaba cometiendo, porque eso era lo que estaba haciendo, traicionaba a su esposa con sus sentimientos volcados hacia otra mujer que no era ella.

―¿Y no echa de menos su trabajo… tu trabajo, digo? ―preguntó en voz baja Isabella. Edward levantó la vista y sonrió, no alcanzando el gesto a iluminar sus ojos.

―Es más que un trabajo, Isabella, es mi vía de escape, y últimamente ando necesitando más que nunca de una salida alternativa

―Por qué lo dice ―susurró asustada.

―No estoy en condiciones de responder esa pregunta ahora.

―Lo siento… ―se inclinó hacia la mesa de centro para dejar la taza de café ―no quiero molestar con mis preguntas. Quizás sea mejor que me…

―No, por Dios —susurró suplicante antes que si quiera ella lo llegara a decir, tomándola de la mano antes que ella hiciera otro movimiento para apartarse de él. Siguiendo sus impulsos, acarició en círculos el dorso de la muñeca con el pulgar, viendo otra vez el rubor hermoso sobre las mejillas de Isabella, que lo miraba como queriendo deducir lo que significaban sus palabras y aquellas caricias que parecía estaba disfrutando.

Muy lentamente, vio como ella regresó a su lugar en el sofá, sin quitar su mano de la de Edward, que seguía trazando círculos con sus dedos. Relajándose, puso su cabeza sobre el respaldo y se quedó mirando por unos momentos el rostro sereno de Edward, hasta que sacudió la cabeza y un montón de preguntas cruzaron su mente.

―Siempre he sentido curiosidad sobre los movimientos que hacen los directores de orquestas con los brazos… ya sabes ―y alzando el brazo desocupado, hizo movimientos al aire que hicieron reír a Edward.

Le explicó con toda la sencillez que pudo: con la mano derecha, mano que por lo general solía tomarse la batuta, el directo marcaba lo que se denominaba "tempo", el rimo del compás y su velocidad, y con la izquierda se da la señal de la entrada a cada grupo de instrumentos o solistas, y principalmente con ambas manos, se indica la intensidad y el carácter de la obra. Si se abren mucho los brazos indica que intensifiquen el "forte" o la fuerza, o por el contrario, si se pide tocar más "piano" o despacio.

―Me gustaría verte alguna vez haciendo tu trabajo, frente a una orquesta. Ya he visto algunos videos de YouTube pero…

―¿Has buscado presentaciones mías en YouTube?

―Ejem… por curiosidad ―respondió y allí estaba otra vez el rubor brillante en su rostro, a lo que Edward no pudo sentirse sino halagado… y esperanzado.

―Bueno, lo que está sonando de fondo es una composición mía. Los chicos a quienes hago clases en la universidad gravaron este demo y me lo hicieron llegar para corregirlo.

―¿De verdad? ¡Dios, suena increíble!

―Sí, hicieron un buen trabajo. ―Admitió con orgullo y no por él, sino por el trabajo de sus jóvenes alumnos ―Hay que hacer unas correcciones, pero va muy bien encaminado.

―¿Crees que regresarás pronto a tu trabajo en la sinfónica y la universidad?

―Todo depende… de la evolución de Rose.

Y ahí estaba otra vez, el recordatorio de que de por medio había una mujer en estado de coma tendida en una cama de hospital. ¿Pero qué había de malo que ellos estuvieron allí hablando como lo estaban haciendo? Nada en absoluto, si los sentimientos de ambos no estuvieran peligrosamente arraigándose a algo que los llevaría a la imprudencia, aunque honestamente a Edward en ese momento no le importaba nada más que la presencia de Isabella allí junto a él, y se odiaba por eso.

―¿Alguna vez has tenido la impresión de haber errado el camino por donde transitas en esta vida? ―preguntó Edward de la nada, fijando sus ojos en la delicada y blanca mano que seguía presa de la suya. Necesitaba decir, necesitaba explicarse aunque fuese un poco sobre lo que le estaba ocurriendo con ella. ―Después de vivir una adolescencia espantosa, pensé que mi vida junto a Rosalie era todo a lo que podía aspirar respecto al… amor por alguien. Pero hasta hace poco supe que no, que debía de haber esperado…

―Por qué dices eso… ―otra vez Isabella susurró aquello, como con miedo de conocer la respuesta. Entonces él alzó sus ojos y miró a los de ella directamente, hablándole a través de ellos con todo aquello que no se atrevía a decir a vivía voz.

―Sabes por qué lo digo.

Entonces ella lo supo, en el fondo de su pecho y por como su corazón martillaba seguramente al unísono que el de Edward, que sostenía su mirada intensa hacia ella, sin perder de vista su reacción. Supo en ese momento que los sentimientos eran mutuos, que el desbarajuste en lo hondo de su pecho no lo había sobresaltado solo a él, sino que también a ella, lo sabía por la forma en que ella lo miraba. Y todas aquellas confirmaciones hacían la situación entre ambos mucho más peligrosa. Ahora Edward no sabría cuánto tiempo podría soportar mantener una distancia prudente de ella y lo peor era que sabía también que ella no lo rechazaría.

Bella se inclinó hacia la mesa de centro y con la mano desocupada tomó el tazón y bebió un poco del ahora tibio café para aclarar su garganta, todo ante la mirada cautelosa y atenta que Edward tenía frente a todos sus movimientos.

―Ejem… ―carraspeó y miró a Edward con ojos de disculpa, suplicando él en su interior que no le pidiera acercarla a su casa… no todavía. ―¿Crees que es una osadía pedirte que…toques algo? ya sabes, no es habitual tener el privilegio de estar con un maestro…

El rostro de Edward se iluminó en una sonrisa y agradeció que ella haya querido aligerar el ambiente y haya deseado quedarse allí a pasar más tiempo con él.

―Querrás decir que ejecute algo en el piano. Pues encantado ―dijo, y soltando la mano de Isabella tras un leve apretón, se puso de pie y caminó hasta el piano. La miró por sobre su hombro y la invitó con un movimiento de cabeza a sentarse junto a él en el banquillo.

Cuando ella lo hizo puso las manos sobre las teclas, sin llegar a presionarlas.

―Y ya que estoy atendiendo pedidos, ¿hay alguna pieza en especial que quisiera la dama escuchar?

―No sé…

―Mi repertorio va desde los Gun´s and Roses hasta Beethoven. Dudo que puedas pescarme desprevenido ―dijo en tono altivo, pero divertido.

Isabella puso una mano sobre su barbilla en actitud pensativa, hasta que se acordó de la música de unos dibujos animados que siempre vio de pequeña.

―Apuesto a que no te sabes la música característica de Snoopy… ―lo desafió y sonriendo Edward comenzó a aplastar las teclas correctas de manera que la melodía de Vince Guaraldi se hizo totalmente reconocible en el tema que ella pidió, "Linus and Lucy".

Pasaron un buen rato frente al piano, tanto que Edward no se daba cuenta cómo es que acababa con una canción para seguir con cualquier otra, desde piezas clásicas hasta temas con connotación rock o derechamente románticas, que Isabella oyó totalmente deslumbrada.

Parecía que el virtuosismo de este músico la tenía anonadada, pero era más que eso. Era ese sentimiento que se hacía más palpable dentro de ella, que como grandes manos iban aferrándose a su corazón que hasta hace un tiempo había dejado de creer por las circunstancias que la hicieron errar el camino en el pasado; mismos sentimientos que hacían mella en Edward, que no podía negar lo que sentía. Iba a ser imposible obviarlo a partir de esa noche.

De regreso al cómo sofá, entre risas y ambiente ligero, Isabella le agradeció a su anfitrión el concierto privado y tan variado que había brindado para ella. Él hizo una graciosa reverencia y ella no pudo esconder su risa.

La música del estéreo que hasta entonces había quedado relegada por los acordes del piano, llegó a su fin dejando el ambiente en silencio, solo con el sonido que se colaba a lo lejos desde la calle bohemia que parecía seguir en pleno apogeo, dejándolos a ellos en silencio. Parecía que había tanto que decir, pero era seguro que ninguno de los dos sabía cómo o qué decir.

Isabella entrelazó nerviosa los dedos de sus manos, observándoselos, absorbiendo la tensión que repentinamente se dejó caer en el ambiente.

―Hace tiempo que no lo pasaba tan bien en una noche de juerga ―comentó ella después de un rato, carraspeando para aclararse la garganta ―Así que gracias… por haberme rescatado del antro ese.

―¿No te estás despidiendo, verdad? ―preguntó ansioso Edward, acortando un poco la distancia entre ambos, volviendo a tomar las manos de Isabella entre las suyas, la que aceptó sin chistar el tacto de las manos firmes del músico. ―No estoy preparado aún para dejarte ir...

Lentamente ella alzó sus ojos del par de manos ahora entrelazadas y miró a Edward, tratando de dilucidar el significado entre líneas de esa última oración.

―No te entiendo… ―admitió ella, queriendo tener más claridad sobre algo de lo que ella podía estar ya segura.

Entonces Edward arrugó su frente y meneó ligero la cabeza. Un nuevo y atrevido impulso se dejó escapar de él, llevándolo a soltar una de las manos y alzarla hasta el rostro de Isabella, la que enseguida cerró los ojos justo cuando él hizo contacto con la piel de su mejilla, alzando la comisura de sus labio casi imperceptiblemente, como disfrutando del roce, inclinando la cara hacia la tibio caricia, mientras Edward divagaba sobre lo suave que se sentía la piel de Isabella, tanto o más de lo que él había imaginado, pudiendo incluso percibir la misma fragancia floral que la vez pasada quedó suspendida en su coche cuando la dejó en su casa.

―Yo creo que sí lo entiendes. Además, dar respuesta a todas tus preguntas, sería develar muy pronto mis… sentimientos, y en el contexto en que todo se ha ido desarrollando entre nosotros…

Isabella abrió los ojos y se apartó de improviso y rápidamente. No había estado bien dejarse llevar por el tacto de Edward sobre su rostro, porque estaba en peligro serio de perderse. Si las cosas hubieran sido de otro modo, si se hubieran dado en otro momento…

Apretó los dientes con fuerza, sintiendo amargura, sobre todo cuando vio los ojos de Edward, que dejando caer su mano, le suplicaba que no lo dejara, que no se alejara, pero ella no podía seguir. Estaba tentando su suerte y la de Edward.

―Lo siento, pero las cosas entre nosotros ahora deben ser así ―hizo su resolución antes de arrepentirse, viendo cómo el rostro de Edward se contraía, escondiendo sus ojos tristes de los de ella, asintiendo levemente.

Ella tenía razón, de momento no podía darse las cosas entre ellos de otra manera que no fuera como amigos… ¿Pero hasta cuándo? ¿Hasta dónde soportarían impostar esa relación que distaba mucho de los sentimientos que los empujaban uno contra el otro? Edward no estaba seguro, todo era incierto para él, sobre todo cuando sentía que sus fuerzas y su voluntad iban en caída libre con lo que a Isabella se refería.

**oo**

A la mañana siguiente, la pequeña Jane se echó a correr por los pasillos hasta que encontró a su hermano hablando con un doctor de bata blanca, el que le sonrió cuando Edward se percató de la presencia de su pequeña hermana, alzándola en sus brazos para dejar un beso en su mejilla.

Detrás de ella, aparecieron Carlisle y su esposa Esme, que como casi a diario, llegaban a hacerle compañía a su hijo.

―Me alegro que hayas podido descansar toda la noche, hijo ―le dijo Carlisle a Edward, cuando supo que Tanya, la amiga de Rose, se había quedado con ella la noche anterior para que él pudiera despejarse un poco. ―Tanya nos habló de una presentación a la que ibas a asistir…

―Sí… yo… uhm… —carraspeó nervioso, ante la atenta mirada de Esme que lo observaba con su mirada entornada, evaluándolo. ―Se trataba de un ensayo general en el auditorio de la universidad. Fue a puertas cerradas y me… me interesaba estar allí. Además me ayudó a despejarme, ya sabes…

―Hijo, poco a poco debes comenzar a retomar el ritmo de tu vida, no puedes quedarte las veinticuatro horas del día a los pies de la cama de tu mujer, esperando que despierte. Aquí hay gente monitoreándola que se comunicaran contigo cuando ocurra cualquier cosa.

―Lo sé ―admitió, bajando la vista, avergonzado, pues su padre no tenía como saber que esa no era la única razón por la que no quería moverse del hospital.

―Podrías haber ido a casa a pasar la noche allá.

―Mi apartamento está prácticamente frente a la universidad. No había razón para que fuera a otro lado…

―¡Podríamos haber visto una película de princesas, Edward! ―comentó su pequeña hermana, todavía entre sus brazos. Edward la miró y rodó los ojos, dejando un beso sobre su frente.

―En estos días iré para que veamos una de tus películas.

―¡Y podemos armar otro rompecabezas! ―exclamó ella, encantada de pasar tiempo haciendo sus cosas favoritas junto a su hermano.

―¿Y después del ensayo, qué hiciste? ―preguntó Esme, queriendo indagar sobre qué de raro estaba pasándole a Edward, qué era lo que estaba escondiendo.

―Me fui al apartamento, qué otra cosa iba a hacer ―respondió cortante, dándole a Esme una mirada reprobatoria, con la intención de que no siguiera metiéndose en sus asuntos. Esme le sostuvo la mirada, alzando su mentón, desafiándole y haciéndole ver que no claudicaría ante sus constantes intentos de hacerla sentir mal. Ella era su madre y estaba en todo el derecho de saber todo acerca de él.

Carlisle no era ignorante respecto a la forma tan tensa que solían relacionarse su esposa y su hijo mayor, habiéndole preguntado él a Esme el motivo de dicha tensión, explicándole ella que Edward había desarrollado una suerte de aversión por haberlo separado de su abuelo materno. Pero ese había sido el deseo de su amiga Elizabeth madre biológica de Edward, y el de Richard, su abuelo, que por su precaria condición económica que apenas le daba para vivir a él, no podría darle la educación que hubiese querido a su nieto, pues sus ganancias como leñador no eran muchas. Y por más que Carlisle había querido interceder en la relación de ambos, las cosas no cambiaban y Edward seguía manteniendo su muralla levantada frente a ella.

―Allí hay una máquina de dulces ―le dijo Jane a su hermano, tironeándole la chaqueta para llamar su atención, cuestión que Edward agradeció. ―¿Me llevas por dulces?

―¡Ey! ¿No te bastó con el postre? ―le preguntó Carlisle a su hija, jalándole juguetonamente el lóbulo de la oreja. Ella se estremeció y riéndose, escondió su rostro en el hueco del cuello de su hermano.

―Es que quiero de esos dulces.

―Anda, vamos por esos dulces. Me hará bien un poco de azúcar ―comentó él, llevándosela al otro pasillo, en donde se encontraba una máquina expendedora de dulces.

Cuando estuvieron frente a la máquina, Edward se hurgó los bolsillos por unas monedas, mientras la niña sobre el vidrio del aparador le indicaba cual era el que quería. Entonces desvió sus ojitos hasta el final del pasillo y lanzó una exclamación de dicha.

―¡Es ella, la que me curó la rodilla! ―le dijo al hermano, tironeándole otra vez la chaqueta, entonces él miró hacia donde la niña le advertía, quedándose sorprendido y sin darse cuenta cuando la pequeña salió corriendo al encuentro con la enfermera que la había curado.

―Isabella… ―susurró, caminando hacia ella, viendo a la mujer agacharse y abrazar a su hermanita, tan feliz como la pequeña de reencontrarla. Cuando se reincorporó y vio a Edward se sobresaltó, pestañeando rápido. Entonces ató cabos: la mujer que hace unos días los había encontrado a ella y a Edward hablando en la entrada del hospital, era la misma mujer que llevaba a la niña el día que se calló y que ella curó.

―Eres su hermano ―susurró su conclusión, ignorando de momento a la pequeñita, que a su lado daba saltitos para ser tomada en cuenta.

—¡Él es Edward, mi hermano! ―intervino Jane, explicando ―Estábamos comprando dulces.

—Eso mismo ―repitió Edward, torciendo su boca, tomándole la mano a Jane, para que se tranquilizara. ―Pensé que era tu día libre…

―Lo era, pero una de mis colegas pidió licencia y me pidieron reemplazarla. Llegué a cubrir el turno hace poco, así que no es para tanto. Además no llegué tan tarde a casa, pude descansar bien ―comentó, sabiendo Edward bien ese detalle, pues él mismo fue el encargado de dejarla en la puerta de su casa.

―¡Edward, los dulces! ―protestó la hermana, tironeándolo hacia la máquina. ―¿Quieres dulces, Isabella?

Isabella se sonrió a la niña y caminó tranquilamente junto a los hermano hacia la máquina de dulces.

―¿Y tu amiga Alice, se comunicó contigo? ―preguntó Edward, mientras metía una moneda en la ranura de la máquina y su hermana seguía dando saltitos a su lado, indicándole con la manito cual era el que ella quería, sin prestar atención al diálogo de los mayores.

―Le dejé un mensaje calmándola cuando no me vio por ningún lado ―comentó Isabella, mirando con diversión a la niña ―Seguro Jasper la aplacó, o en otro momento hubiera salido detrás mío y me hubiera hecho regresar a la fiesta con ella.

―Es probable que por culpa de Jasper no se diera cuenta cuando te marchaste.

—Es verdad… —sonrió ella con diversión.

Entonces a lo lejos, se oyó una voz masculina que llamaba a la enfermera por su nombre, haciendo que ambos giraran sus ojos hacia el hombre alto de rostro risueño y atractivo que iba caminando hacia ellos con los ojos clavados en la enfermera, que se puso roja cual tomate. Edward la miró, arrugando el entrecejo y de vuelta al doctor que llegó hasta ellos, tomándola por el brazo y dejando un beso en su mejilla, apartándola de él.

El calor corporal de Edward aumentó en cuestión de segundos, olvidándose de donde y con quien estaba, a punto de ponerse en evidencia frente al tipo ese, a quien tuvo deseos de increparlo con algo más que palabras, sobre todo cuando ignorándolo, apartó a Isabella de su lado.

―Tengo todo listo para nuestra cena de esta noche ―oyó Edward que le dijo el doctor a Isabella, guiñándole el ojo ―el mejor restaurante, ya sabes, y no tienes excusa. Vi tu horario de salida, que coincidía con el mío.

―Pero… ―iba a protestar ella, pero él la hizo callar.

―¡Nada de peros! Teníamos un trato, ¿lo olvidas?

―No lo olvido.

―Bueno, de salida nos da tiempo de pasar por tu casa para que te pongas algo lindo. Pasaremos un buen rato, ya verás…

―¡Edward! Vamos con papá… ―dijo Jane, agarrándolo de la mano para tironearlo al otro pasillo donde se encontraban sus padres. Entonces Isabella llevó sus ojos a los del músico cuando oyó a la niña llamarlo, llevándose una mirada decepcionada, dándosela la media vuelta para dejar a "la pareja" a solas, haciendo sus planes de esa noche.

Regresó casi mudo, decidiéndose sentarse en las sillas del pasillo afuera del cuarto de Rosalie, donde honestamente no se atrevía a entrar, mucho menos en ese momento que los celos lo quemaban por otra mujer que no era ella, su esposa.

Trató de entretenerse oyendo las historias de su hermana y conversando de una y otra cosas con su padre o sus suegros cuando estos llegaron, pero no podía sacarse de encima la imagen de Isabella con otro hombre que no fuera él, con otro tipo que sí tenía la suerte de ser libre de cortejarla y ganarse algo más que si confianza, y aquello lo enfurecía y lo asustaba en partes iguales.

―¿Te vas a ir a casa? ―le preguntó el menor de los hermanos de Rosalie, que había llegado allí aquella tarde de domingo ―Ya ves lo que dijo el doctor, no hay razón para quedarse aquí haciendo la guardia. Pero si te deja más tranquilo, puedes irte y yo puedo quedarme.

―Eres muy amable, Alec, pero confiaré en las personas que la cuidan aquí. Me iré a descansar y regresaré temprano mañana.

―Eso es bueno. Creo que debes retomar tus actividades también, no creo que a mi hermana le haga gracias cuando despierte, saber que has estado de vago este tiempo.

Edward apenas levantó la comisura de su labio, mirando a su cuñado que no hacía más que darle ánimo. Y en parte tenía razón, porque ciertamente cuando Rose despertara, no le iba a gustar nada enterarse de lo que había pasado con él en ese tiempo.

Alec a diferencia de Emmett, era quien más se le parecía a ella en todo sentido: era un chico alegre y distendido, que a sus veintitrés años gozaba de una energía envidiable, que alcanzaba para realizar todo tipo de actividades, deportes extremos, además de llevar una nutrida vida social y destacar en sus clases en la universidad. Intentó amigarse con algún instrumento cuando conoció a Edward, pero sus manos eran demasiado torpeas para la delicadeza que decía él, hacía que poner al ejecutar un instrumento. Desde el primer momento, este rubio de ojos azules hizo una buena amistad con Edward, a diferencia de Emmett, el mayor de ellos, que parecía odiarlo.

―Por cierto, ¿y dónde está Jasper? ¿Se le acabó su amor por ti?

―Algo así, tiene una nueva novia, algo serio esta vez.

―No me digas…

―La conoció aquí incluso. Es enfermera

―Ah, pues, no lo culpo, las nenas que andan rondando por aquí son una maravilla…

Edward inhaló y miró la punta de sus zapatos, masajeándose la sien cuando el recuerdo de la última vez que vio a Isabella esa tarde le retorció el pecho e hizo que apretara sus dientes con violencia. Ya habían pasado unas horas, por lo que oyó ella seguro estaba pronto a salir, y él no había tenido oportunidad de verla otra vez.

¡Dios! Saber que iba a salir con ese hombre hacía sentirlo como si estuviera cayendo en un agujero oscuro, desesperándolo. ¿De qué se trataba esa cita? ¿A caso ese hombre es su novio? ¡No podía ser, ella se lo habría dicho! Pero la mirada de ese hombre era esclarecedora al menos para él: quería seducirla, y él no podía hacer nada para impedirlo… ¿o sí podía? ¡No, no podía porque no tenía derecho alguno!

"¡Mierda, mierda!"

―Oye, ¿te sientes bien?

―¿Qué? ―le preguntó Edward, mirando con extrañeza a su cuñado.

—Estás dándole de puñetazos a tus rodillas y tienes cara como si quisieras golpear a alguien…

―Yo… no… si… sí, estoy bien, solo algo cansado. Es todo.

―Bueno, ya sabes cuál es la solución para eso. ―entonces el joven se puso de pie y abrochó la cremallera de su chaqueta. ―Voy adentro a dejarle un beso a mi hermana y me iré.

―Anda, ve con ella.

―Tú deberías hacer lo mismo ―lo aconsejó, antes de desaparecer tras la puerta del cuarto de Rosalie, que estaba en ese momento acompañada por sus padres. Edward suspiró y cerró los ojos, pensando que él le debía a Rosalie algo más que un beso… Alec no tenía ni idea.

Se quedó en el pasillo, sujetando la cabeza entre sus manos, hasta que Antonieta y German aparecieron después de haberse despedido de ella, haciendo lo mismo con él, dejándolo solo. Miró la puerta y tras darse valor, se atrevió a entrar, cerrando la puerta a su espalda, contemplando la imagen inmóvil de su mujer sobre la cama. Con paso sigiloso se acercó a ella y tomó una de sus manos, llevándoselas a continuación a los labios, encontrándolas más frías que de costumbre.

―Yo… ―susurró, aclarándose la garganta ―tengo tanto que decirte, tanto por lo que pedir perdón… no te mereces… no te mereces esto, estar aquí ni te mereces a alguien como yo a tu lado. Pero a pesar de todo, cada día ruego porque despiertes… quizás eso me haga... ver las cosas con perspectiva, no sé… regresar a la realidad, tocar tierra firme. ¿Despertarás pronto, Rose? Ya tengo suficiente incertidumbre justo ahora… ayúdame, nena, ¿sí?

Se quedó un rato con su frente afirmada contra el colchón, tomando entre sus manos las frías e inertes manos de su esposa, recordando algunos momentos compartidos con ella que le daban esperanza de que despertara de una vez por todas.

Estoy conforme con el tipo de amor que me das, Edward ―le había dicho una vez, sentados en la banca de un parque de una de las ciudades que visitaron fuera del país. Habían ido allí haciendo coincidir el viaje con una presentación que Edward tuvo con la sinfónica de esa ciudad y la presentación a la prensa de la última novela publicada de su esposa

La conversación surgió después de que uno de los amigos de su mujer, que vivía en aquella ciudad, hiciera un comentario sin restricción sobre lo frío que era el comportamiento de Edward frente a la pasión de su mujer.

Sabes como soy… yo solo… ―recuerda haber bajado la cabeza mientras jugueteaba con los dedos de sus manos, mientras la gente paseaba por el parque.

―Amor, no estoy poniendo en duda tu amor hacia mi ―puso su barbilla sobre el hombro de su marido, susurrándole al oído ―Sé lo que sientes por mí, por cómo me miras, o como me besas, o la forma que tienes de hacerme el amor. No necesito que lo grites frente a todo el mundo, porque sé que no es tu estilo.

Edward recuerda que era otoño y que habían decidido salir a caminar a los alrededores de esa ciudad para disfrutar de esa estación, que en ese lugar no era tan cruda como en Leonilde. Necesitaba pensar porque los dichos sin intención de molestar que el buen amigo de Rose hizo, lo dejaron cuestionándose sobre sus sentimientos, como si en ese momento algo lo hubiera estado preparando para lo que pasaría en el presente, pues diferente a lo que había ocurrido con sus sentimientos hacia Rose, sobre sus formas de quererla, no podía evitar pensar que si fueran las cosas de otra manera le gritaría a los cuatro vientos sin dudarlo, sobre los sentimientos que cierta enfermera despertó en él.

Dichos como los que ella advirtió aquella vez, eran algo habitual en sus conversaciones profundas, cuando él se disculpaba por no ser tan exultante con su pasión como ella lo esperaba o lo merecía, pero Rose no se hacía problema, era como si desde un principio ella supiera que la mesurada forma de amar de Edward sería la única manera de recibir su amor, bastándole a ella con eso.

Pero ahora, Edward sabía que eso no era así, que sus sentimientos si podían explotar y ser rebosantes. Lo que lamentaba y de lo que se avergonzaba, era que sus sentimientos no se manifestaran con fuerza con ella, que era quien lo había amado incondicionalmente.

―No te merezco, Rose… ―susurró, antes de dejar un beso sobre su frente y salir de la habitación justo antes de encontrarse con una de las enfermeras de su mujer, que venía a hacerle su aseo nocturno. Él le indicó que se retiraría esa noche y que regresaría a primera hora de la mañana, asegurándola la enfermera que estaría al pendiente si algo se ofrecía.

Entonces, caminando hacia el sector de los ascensores con la intención de salir, divisó a Isabella quien hablaba con una de sus colegas, alejándose luego a solas por los pasillos, y sin darse cuenta él que sin premeditarlo ni planteárselo, comenzó a seguirla, incluso pasando por alto los anuncios que advertían que solo se permitía el ingreso a personal autorizado. No se dio cuenta, simplemente siguió avanzando hasta que la vio meterse por una puerta de madera al final de un pasillo pequeño y apartado, donde en la puerta un cartel indicaba que se trataba de la bodega de insumos hospitalarios.

Abrió la puerta y se encontró con estantes repletos de cajas y un sinfín de artículos médicos, no dedicándole mucha atención a ello, sino más bien a la imagen frente a él, que dándole la espalda recogía un par de cajas pequeñas mientras hacía anotaciones en una hoja.

Cuando oyó el sonido de la puerta al cerrarse, Isabella giró su cabeza por sobre el hombro para percatarse de quien había entrado, sobresaltándose al ver a Edward con la espalda pegada a la puerta, mirándola con ojos ansiosos y cansados.

Muy lentamente se giró, dejando las pequeñas cajas sobre el mesón, guardándose el lápiz en el bolsillo de su chaquetilla azul. No sabía que decir, ni siquiera se atrevía a preguntar qué era lo que él hacía en ese lugar, ni mucho menos osó en decir algo cuando lo vio dar tres pasos hasta quedar muy cerca de ella. Vio su pecho subir y bajar rápido, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por respirar, y su corazón… ella estaba segura que si ponía atención, podía oírlo latir.

―Ese hombre… ―murmuró Edward con voz ronca ―qué es lo que pretende, por qué se acerca así hasta ti.

―Yo… ―tragó grueso, tironeándose el dobladillo de su chaquetilla azul con nerviosismo ―es un amigo.

Edward cerró los ojos e inhaló el aroma a lavanda, que últimamente se había convertido en su favorito, volviendo a abrirlos para ver a Isabella de pie frente a él, nerviosa, o más bien ansiosa como él, observándole el rostro. Entonces Edward hizo un movimiento de cabeza, pegando su frente a la de ella, con sus narices tocándose por la punta, absorbiendo ambos la respiración del otro mientras sus miradas se desafiaban. Él se atrevió a levantar una mano y ponerla en la mejilla de la nerviosa enfermera, mientras que dejó la otra descansar sobre su cintura, mordiéndose el labio cuando ella levanto esta vez una de sus manos par aponerla sobre la de Edward que descansaba sobre su mejilla, entibiándola.

―Estoy a punto… ―susurró Edward ―estoy a punto de soltarme de mi fuerza de voluntad y dejarme caer… Dime, Isabella, qué hago con esto…

―Yo… ―cerró los ojos, suspiró y la mano que quedaba libre subió hasta quedar sobre el pecho agitado del músico, a la espera de su resolución.