Ya estamos aquí.

Nenas, como cada semana, mi absoluto agradecimiento por vuestra compañía en esta locura. Gracias por tomarse el tiempo de leer, de comentar y de recomendar.

A quienes recién me están conociendo a través de esta historia, pues bienvenidas y espero no defraudarlas.

Gracias al mejor equipo que me ayuda con cada capítulo: Gaby Madriz, Maritza Maddox, Manu de Marte, que se han robado mi corazón.

En fin, gracias a todas!

Ahora a leer.

Nos leemos la otra semana.


Capítulo 6.

El aroma a lavanda nunca le había parecido tan delicioso y excitante como en ese momento, sobre todo cuando se entremezclaba con el aroma a mujer que expelía el cuerpo de Isabella, que tendida sobre una cama de dosel y sabana blancas, se retorcía de placer a la espera de que el hombre ansioso frente a ella, dejara fluir su pasión hasta entonces contenida, porque decidió que no había suficientes obstáculos tan poderosos como para seguir refrenando sus sentimientos.

Desnudo y excitado, con movimientos lentos y sensuales, él se fue acercando hasta ella lo necesario para pasar los dedos de sus manos a lo largo de su cuerpo menudo y blanco para recorrerlo de hito a hito, complaciéndose por lo sedoso al tacto de esa piel que en breve recorrería pero esta vez con su boca.

Sonrió y se encontró con la mirada excitada de Isabella cuando esta gimió al contacto del leve roce de los dedos de Edward por la cara interna de su muslo. Le guiñó el ojo antes de reemplazar sus dedos por sus labios justo en ese lugar, ascendiendo hasta el mismísimo centro de placer, allí donde se unían sus piernas, inhalando profundo el aroma potente de su sexo antes de succionar sediento de ella.

—Edward… Edward… —la forma quejumbrosa en que ella lo nombraba, presa de su placer, hizo que su propia pasión aumentara exponencialmente, no bastándole con su boca, necesitando de una buena vez hundirse en ella. Lo hizo de forma rápida y sin mayores preámbulos, pues todo el juego previo ya estaba cubierto y no necesitaban decir más.

Hundió su miembro erecto tan profundo como le fue posible, sujetando el peso de su cuerpo con un antebrazo, mientras que con el otro sujetó a Isabella por su estrecha cintura, guiándole en los movimientos acompasados que a medida que pasaban los minutos, aumentaba en intensidad, a la vez que sus bocas se reclamaban con premura, ahogando los gemidos y las palabras sin sentido que brotaban fruto del momentos.

El fulgor del encuentro entre ambos cuerpos ansiosos los hizo llegar rápido hasta la cima misma del placer, desde donde cayeron con un grito potente al unísono, sintiendo como sus cuerpos estallaban en millones de partículas que atestiguaban aquella unión que era más que sexual. Iba más allá de una entrega meramente placentera solo para el cuerpo, aquello era el juramento de que nunca más se separarían y que nadie ocuparía el lugar del otro, pues simplemente, no habría otro en su lugar, más que ellos.

Edward levantó su cara que estuvo escondida en el hueco del cuello de la enfermera mientras alcanzaba su orgasmo, sonriendo cuando vio el rostro satisfecho y apacible de Isabella, que lentamente, abrió los ojos y le regaló aquella sonrisa con la que él sería capaz de vivir por la eternidad. Con la punta de su nariz acarició la pequeña y perfecta nariz de Isabella, quien alzó una mano y dejó su palma tibia sobre su mejilla, acariciándola ligeramente.

—Yo también te amo, Edward —susurró Isabella con genuino amor.

Fue entonces cuando Edward despertó.

Lo onírico, a veces podía ser cruel. Eso pensó Edward aquella mañana, después de salir de la ducha matutina. Envuelto apenas en una toalla blanca atada por las caderas, su cuerpo aún debelaba algunas gotas de agua adheridas a la piel, agua que logró sacudir el letargo de su cuerpo, más no el de su corazón. El sueño que tuvo la noche anterior lo tuvo en vela gran parte de ésta, sueño que probablemente fue provocado por la conversación que tuvo con Isabella a última hora de la noche, antes de irse del hospital.

Acercándose a la barra de la cocina, vertió sobre su tazón una buena ración de humeante café recién hecho y lo tomó entre sus dos manos, acercándose hacia la ventana, mirando el ir y venir de los transeúntes en la calle, mientras él le daba vueltas a lo que había pasado la noche anterior.

El anhelo en los ojos y en la voz de Isabella era tan palpable como el suyo propio, eso al menos fue lo que confirmó cuando la encontró en el cuartito aquel y se atrevió a develar parte importante de sus sentimientos. Después de aquel sueño, no dejó de pensar en los ojos de Isabella, los que parecían estar revelando su sufrimiento así como el suyo por haber hecho converger sus caminos en ese momento tan complejo de su vida. Vio en su mirada la necesidad de sentirse querida, vio su deseo de hacer desaparecer el mundo que los rodeaba y centrarse en ellos, pero vio también como se agarraba con uñas y dientes a la cordura que le decía, tanto a ella como a él, que no podían dejarse llevar como en su sueño. No aún... Porque de una cosa él estaba seguro: su vida había cambiado cuando se cruzó con esa presencia angelical dueña de aquellos ojos verde agua, tan luminosos y transparentes, que le atravesaron el alma con tan solo la primera mirada. Y tal fue el remezón que significó para su vida, que no podría vivir lejos de ellos, sin que le pertenecieran.

No puedo… —había susurrado ella con su voz ronca y temblorosa, mientras le acariciaba el dorso de la mano que mantenía sobre la suya que cubría su mejilla— no podemos. Por favor, no lo hagas más difícil…

Dime al menos si tengo una esperanza… si tenemos una esperanza —rogó él con su voz llena de angustia.

No lo sé, Edward.

Sabía que ella lo decía porque estaba confundida, pero él tuvo clara una cosa en ese momento: él sería el hacedor de que esa oportunidad tuviera cabida para ambos, porque simplemente ya no se podía imaginar el resto de su vida sin esa mujer a su lado, sin Isabella. Además, era la circunstancia en la que él vivía lo que los retenía, de lo contrario ambos ya estarían disfrutando y dejándose llevar por esos sentimientos tan intensos, como nunca antes los sintió por nadie

Tendría que hacerle frente a un sinfín de situaciones y personas, pero no le importaba, lo haría con tan de estar junto a ella. Aunque el solo hecho de pensar que debía enfrentarse a Rose y hablarle con la verdad, era algo que le removía las entrañas, pero quería ser honesta con ella, no quería seguir engañándose ni mucho menos engañándola a ella.

Dio un sorbo al café, recordando la sonrisa llena de ternura que Isabella esbozó cuando él le dijo que llegaría el momento para ambos, entendiendo Edward que ella prefería callar y mantener su esperanza a raya.

Suspiró profundo cuando recordó además sobre la cena esa, a la que la propia Isabella dijo no podía faltar, pese a no hacerle ilusión como él temía. Ya su amiga Alice había reclamado que se hubiera desaparecido tan pronto de la fiesta, que le había exigido ir a la dichosa cena que el doctor había propuesto para ella como regalo de cumpleaños, invitando a Isabella de paso e incluso a su amigo Jasper, que le envió un mensaje cuando estuvo de regreso en su apartamento luego de la comida aquella.

Yo preferiría una café, música ligera y conversación distendida contigo, como la tuvimos anoche —le había confesado ella, con aquel sonrojo sobre sus pómulos, que hizo que por primera vez en aquella tarde, él sonriera genuinamente. Entonces simplemente no pudo con su emoción, y la abrazó fuertemente, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, cerrando los ojos con fuerza, lleno de emoción cuando Isabella también lo abrazó, durando aquel encuentro secreto.

"Hay esperanza, Edward, tiene que haberla…" pensó para sí, poniendo una mano sobre su pecho, justo donde latía su corazón con fuerza cuando recordaba a su Isabella.

"Sí, mí Isabella".

El sonido de dos golpes en la puerta del apartamento lo hicieron desviar su atención de sus recuerdos y sus esperanzas, acercándose a la mesa de centro para tomar su teléfono móvil y mirar la hora, arrugando la frente cuando pensó que era demasiado temprano para que Jasper apareciera por allí, pensando que era su amigo quien golpeaba.

Dejó el tazón de café a medio servir sobre la mesita junto a su teléfono y se dirigió a abrir la puerta, con la intención de someter a interrogatorio a su amigo sobre la cena. Al abrir, su sonrisa se esfumó de su rostro y fue reemplazada por una mueca que no disimuló por el disgusto que siempre provocaba en él la presencia de Esme.

Automáticamente ella dio un rápido vistazo el torso desnudo de su "hijo" y llevó una mano hasta su cuello, jugueteando nerviosamente con un collar de oro blanco que lo rodeaba, quedándose en la puerta aun cuando Edward ya le había dado la espalda y caminaba hasta el centro de la sala. Tuvo que auto reprenderse y ordenarle a sus pies a que se pusieran en marcha, aunque no pudo evitar sentir una suerte de excitación que se situó en su estómago, comenzando a bajar peligrosamente.

—Vine… ejem… —carraspeó para aclararse la garganta—. Vine porque estaba preocupada.

— ¿Preocupada por qué? —preguntó Edward con ironía, mirando su celular, ignorándola.

—Porque desde hace unos días te noto extraño, y me gustaría saber qué te está ocurriendo.

— ¿No te parece poco que mi esposa esté tendida en la cama de un hospital? —otra vez aquella pregunta retórica salió cargada de indignación.

Esme arrugó su perfecta frente y se cruzó de brazos en señal de defensa. No la había amedrentado nunca la postura combativa de Edward, ni mucho menos sus reproches ni sus ataques para ella sin sentido. Entonces, hizo acopio de una vieja característica de esta mujer, a simple vista cariñosa y afable, que dejaba entrever solo en algunas ocasiones: su complejo dominante.

Sus ojos se tornaron duros y su postura se irguió frente a Edward, alzando la cabeza, mientras sus brazos se situaban sobre sus caderas en formas de jarras, incluso las notas de su voz se volvieron más graves cuando demandó:

—Te exijo que me lo digas, en este momento.

Edward se la quedó mirando extrañado, haciendo que esa voz dura lo llevara hasta episodios de su pasado que él quería olvidar. Pero la realidad, el ahora, lo ayudó a mantenerse firme y a recordarle que ella no tenía derecho a exigir nada. Ahora no.

—Tú no me exiges nada —rebatió con voz dura— pensé que eso, ya te había quedado claro.

—A ti te pasa algo más que no se trata de tu mujer, es… otra cosa —movió la cabeza, pasando por alto la postura segura de Edward—. Ese día… cuando te vi con esa enfermera…

— ¡Estás paranoica! —exclamó, dispuesto a defender la relación que lo ataba con Isabella, cualquiera que esta fuera—. Deja de decir estupideces.

—No son estupideces, y más te vale que realmente no pase nada de lo que me estoy imaginando, o...

— ¡¿O qué?! —La desafió él, interrumpiéndola con violencia—. ¿Vas a hacer conmigo lo que me hacías de niño? ¿Persuadirme para satisfacer tus peculiares gustos?

Esme abrió muchos sus ojos, pasmada, y dio un paso atrás, temerosa ante la postura furiosa de Edward, que le enrostraba el pasado como pocas veces se atrevía a hacerlo tan abiertamente como en ese momento.

—Edward, por favor… —suplicó, pero él ni caso.

—Ya no puedes hacerme nada, Esmerald. No puedes exigirme nada, no lo olvides. Ya no soy el chiquillo de entonces que no entiende de las cosas o que no puede defenderse.

—Tus recuerdos son confusos, se mezclan con pesadillas… —trató de justificarse como siempre lo hacía, pero también como siempre ocurría, él no caía en ello. Los recuerdos de Edward eran vívidos, reales… y muy crueles. Eso hacía que su rabia llameara con más fuerza.

—¡No me trates por estúpido! ¿O quieres que nos tomemos el tiempo para recordar esos años?

—Yo he cambiado —susurró Esme, torciendo la cabeza, como si repentinamente sintiera vergüenza por lo que Edward le reprochaba, pese a nunca haber sido así.

Edward estrechó sus ojos hacia ella, manteniendo a raya su ira, mientras le daba una mirada de advertencia.

—Más te vale, o Carlisle va a saber con el tipo de mujer que se casó. Recuerda que tengo un ojo sobre ti con lo que respecta a Jane, cualquier cosa, cualquier mal movimiento y las autoridades y yo estaremos sobre ti.

— ¡Basta! ¡Basta ya, Edward! —exclamó ella finalmente, como pidiendo piedad. Edward entonces claudicó y dejó el tema hasta ahí.

—Me alegro que lo hayas entendido. Ahora vete, por favor. No me obligues a ser mal educado.

A Esme no le quedó de otra, que dejar hasta allí su visita. Tras soltar un suspiro y frenando su intención de acercarse a su hijo adoptivo y darle un beso de despedida como cualquier madre lo haría, caminó hasta la puerta por donde salió, dejando a su hijo solo y con la rabia rasgando su pecho desde adentro. Cada vez que su mente retornaba a esos años de su niñez y adolescencia, cuando fue alejado del lado de su abuelo por aquella mujer que pretendía la quisiera como a su única y verdadera madre, a la fuerza, develando tiempo más tarde su verdadera naturaleza cuando estuvieron lejos…

Apretó sus parpados y se restregó la cara con las manos, con la intención de esfumar aquellos recuerdos que por mucho tiempo lo hicieron despertar a mitad de la noche, en medio de una pesadilla, bañado de sudor y muerto de miedo. No volvería ahí, ni siquiera con sus recuerdos, ni mucho menos permitiría que ella dominara otra vez su vida, no esta vez. Y por sobre todo, la mantendría alejada de todo lo que tenía que ver con Isabella y sus sentimientos hacia ella. Era capaz de protegerla, aunque tuviera que recurrir a ese pasado doloroso para aplacarla y hacerla retroceder.

Una hora más tarde, el músico se encontró con su mejor amigo en la cafetería del edificio de la sinfónica, que era todo un lujo para los alumnos y maestros que transitaban por allí. Sentado en una mesa redonda cerca de los ventanales que daban al gran jardín cubierto por las espesas nubes, se lo encontró Jasper que se unió a él, preguntándole cuántos cafés se había bebido antes de esa taza, que ahora el director musical degustaba.

—No sé, perdí la cuenta —respondió Edward con tono monocorde. Jasper torció la boca y se rascó la nuca, contemplando a su amigo.

— ¿De qué se trata esta vez, mi amigo? ¿Isabella?

—Sería un hombre completamente feliz si se tratara solo de ella —se sinceró Edward, suspirando— si las cosas para ambos se hubieran dado perfectamente, como tendría que haber sido, yo sería el hombre más feliz sobre la tierra. Pero me siento miserable, Jasper…

—Lo siento —se lamentó el caricaturista, muy honestamente—. Dime cómo puedo ayudarte.

—Dime que es lo que tengo que hacer —miró a Jasper, exponiendo sus ojeras que eran más oscuras que de costumbre. Esperaba que él tuviera alguna otra respuesta a su pesar, pero resultó que Jasper pensaba igual que él o que Isabella.

—Esperar —puso sus brazos sobre la mesa y miró a su amigo para hablarle desde su punto de vista—. Sabes, y aunque suene cruel admitirlo, que tarde o temprano tendrás noción del desenlace con lo que respecta a Rosalie, cualquiera que fuera este. No es algo que sea propio de ti, olvidarte ahora de ella y dejarte llevar por la pasión que sientes por la chica…

—Esto —interrumpió, poniendo la mano sobre su pecho— es más que simple pasión, Jasper.

—Entiendo mi amigo.

Edward se quedó un rato en silencio, mirando el líquido casi negro que contenía su taza blanca sobre la mesa. Enseguida, volviendo sus ojos hacia el exterior, preguntó en voz alta:

— ¿Cómo algo que debe ser hermoso y acarrear felicidad, llega en un momento como este, tan…?

—Inoportuna.

Otra vez el silencio se cernió sobre los amigos, Edward pensando en su pesar y Jasper buscando dentro de su cabeza la manera de poder ayudarlo de verdad.

—Como te dije antes, creo que estás a punto de ceder a lo que respecta a Isabella, y espero con mi corazón que lo evites, porque después te lamentarás por no estar haciendo las cosas como corresponden. Espera un poco, vuelve a poner en perspectiva tus prioridades no olvidando que la recuperación de Rosalie debe ser la más importante. Después ya podrás tomar decisiones con respecto a tus sentimientos por ella, que de ser así de fuerte como dices y si son correspondidos con la misma fuerza por ella, pues sabrán esperar. Es por un bien superior, Edward.

—Lo sé… —recordó las palabras de Isabella y rectificó—. Lo sabemos. Ella y yo lo sabemos, pero va a ser duro, sobre todo cuando los sentimientos de ella podrían cambiar…

—Es el riesgo, Edward —Tras decir aquello, vio el rostro descompuesto de su amigo a la idea de que ella pasara de él, de esperarlo en lo que su "situación" se regularizaba. Entonces y para aligerar el ánimo de Edward, agregó—. Pueden irse conociendo, como buenos amigos mientras tanto, ¿no es así como se hace? A la forma tradicional, quiero decir.

—Claro, como tú y Alice lo hicieron.

—Ah, pues… qué puedo decir en mi defensa… —se alzó de hombros y jugueteó con el porta servilletas de metal que había al centro de la mesa—. Fue explosivo… y definitivo. Ya no habrá nadie más después de ella. Es más, la llevaré a conocer a mi madre este fin de semana.

— ¡Dios mío, no puedo creerlo! —Exclamó con mesura Edward, bebiendo de su café y agradeciendo que su amigo Jasper estuviera allí para aconsejarlo y subirle el ánimo—. Si la vas a llevar donde tu santa madre, es porque te pondrás el smoking de novio…

— ¡Ey, maestro, detente un poco! —levantó las manos, frenando a Edward, que se reía burlándose del miedo que desplegaba Jasper a través de sus ojos y su postura y ano tan relajada cuando él sacó a relucir la palabra "matrimonio"… o matricidio, como Jasper le decía—. Vámonos con calma, sabes que estoy a favor de vivir en el pecado y para mi suerte, Alice también lo está.

—Muy bien.

—Hoy tiene una cita en casa de Isabella, me dijo —explicó, llamando la atención de Edward, por supuesto—. Algo de un pastel de manzana que la señora preparaba, un verdadero placer al paladar, por lo que me contó.

— ¿Y… no estás invitado?

—Pues no —Se levantó y alejó la taza a medio tomar del alcance del músico, que lo miró arrugando su entrecejo—. Ahora, deja de ingerir tanta cafeína y levántate de ahí. Debemos ir al hospital.

— ¿Iras, también?

—Por supuesto, mi chica tiene turno de mañana y quiero aprovechar de verla ¿acaso Isabella no te lo dijo la otra noche que compartieron sanamente en tu apartamento?

—Pues no —respondió incómodo, levantándose y abrochándose su americana gris oscura. Jasper torció la boca y le dio una palmadita en el hombro, indicándole la salida.

—Ande, muévase maestro.

Llegar al hospital y hablar con el doctor sin tener novedades, era algo que desanimaba a Edward de muchas maneras diferentes. Le hablaron de una sesión de medicina alternativa que podía cuidar a estimular a Rosalie, algo a lo que los doctores no daban mucho crédito, pero que siempre ofrecían a los familiares de los pacientes que como Rosalie, llevaba postrada en inconsciencia durante tanto tiempo.

—Podemos estimularla con música, lectura, masajes, en fin —explicó el doctor, entregándole un documento informativo —por supuesto, seguiremos monitoreándola y realizándole exámenes semanales, pero puedes autorizar o no este tipo de terapias que no está de más probar. Quien sabe y la ayude…

—Intentaré lo que sea.

Una enfermera de planta acompañó a las mujeres que trabajaban en un área experimental del hospital, encargada de estos tratamientos paliativos de medicina alternativa, que consistía en masajes musculares con aceites de extractos naturales con características curativas milenarias, además de un masaje craneal con cuarzo rosa y música Hindú, cuyas presencia dentro de la habitación no dificultaba en nada ni alteraba negativamente el proceso de Rosalie o el de ningún paciente.

Mientras Edward esperaba afuera, revisaba unos documentos que por política del hospital le habían hecho llegar. Según lo que le indicó el doctor Patrick, se le hacían llegar a todos los familiares de pacientes en estado terminal o comatoso, y que tenían que ver con la opción de la donación de órganos. A Edward se le revolvió el estómago al pensar en eso, que ni siquiera se atrevió a leer completo el documento meramente informativo, regresándolo al sobre y jugueteando con este entre sus manos.

— ¿Qué es eso?

La voz demandante de Emmett que sin siquiera saludar, demandó a Edward le indicara de qué se trataba el sobre entre las manos del músico. Edward suspiró y levantó su mirada hacia su cuñado, enseguida miró el sobre, y de regreso a Emmett.

—Nada importante.

— ¿Tiene que ver con Rose?

Si le decía que sí, Emmett demandaría que se los mostrara y aunque Edward no lo quisiera, su cuñado lo averiguaría, y cuando eso pasara, ese hombre de metro noventa y musculatura como la de un matón de gimnasio, iría detrás de las personas responsables de ese documento, haciendo un escándalo. Por eso tomó el camino de la mentira, y negó con la cabeza.

Emmett miró la puerta del cuarto de su hermana, con la intención de entrar, entonces Edward lo detuvo, llevándose para variar, una mirada de odio del hermano mayor de Rose.

—No puedes entrar. Le están realizando un tratamiento

— ¿Qué tipo de tratamiento? —preguntó, juntando justo al centro de su ceño sus espesas cejas negras.

—Alternativo —simplemente respondió Edward, provocando el enojo de Emmett.

— ¡¿Qué mierda significa eso?!

Edward suspiró y masajeó sus sienes mientras contestó con toda la calma que le fue posible reunir:

—Significa que estoy agotando las malditas posibilidades para que Rose se recupere.

— ¡Pero eso es una mierda! No dejaré que le hagan quizás qué cosa a Rosalie y empeoren su estado… —y justo cuando iba a entrar a sacar de las greñas a quien estuviera experimentando con su hermana, Edward lo detuvo, poniéndose de pie y hablando con tono alto, grave y categórico.

—No vas a entrar allí, Emmett. Soy el responsable, di la autorización, por lo tanto dejarás que hagan su trabajo, ¿me oyes?

— ¿Y quién te crees que eres para prohibirme…?

—No es que me crea, es que soy el esposo de Rosalie —interrumpió tajante—. Soy el responsable de todo, incluso de hacer una lista sobre las personas que pueden y no entrar a verla. ¿Quieres estar en la lista que no puede visitar a Rosalie? Si no es así, no me provoques, no estoy para tus arranques.

Nunca Edward se dejaba amedrentar por la antipatía que sin disimular, Emmett sentía hacia él, pero generalmente prefería ignorarlo, aunque esta vez no estaba para seguir tragando mierda verbal de nadie, mucho menos de su cuñado, que cada día llegaba con ínfulas de patrón de fundo a demandar y procurar que todo se hiciera según sus designios. Pero eso no era así, y eso debía tenerlo muy presente Emmett, que titubeó por unos momentos después de esa respuesta tan tajante de su cuñado, que se levantó y se alejó por el pasillo, dejándolo solo.

Edward, dispuesto a alejarse de las malas vibras de Emmett, se acercó al ventanal más cercano a contemplar el jardín trasero del hospital, ahora vacío y con sus suelos mojados por la copiosa lluvia que caía en ese momento. Esperaba que ese tratamiento con minerales y aceites alcanzara para aplacar su estado de ánimo también.

"Una sobredosis de melisa es lo que yo necesito" meditó, recordando que su abuelo solía tomar infusiones de esa planta para los nervios, siendo el recuerdo de su querido viejo lo que lo llevó a aceptar el tratamiento alternativo.

—Hola…

Una milésima de segundo demoró Edward en girarse hacia la voz que cantaba para él como sirena, sintiendo cómo la presencia de aquella mujer vestida de enfermera lograba aplacar su ansiedad, mucho más rápido y más eficientemente que el agua que tomaba su abuelo.

—Hola —respondió Edward, mirando sus ojos brillantes—. Pensé que no trabajabas hoy.

—Ayer fue mi día libre, pero como sabes, lo usé para cubrir el turno de una colega.

—Es cierto.

— ¿Está todo bien? ¿Por qué estás aquí?

—Emmett, mi cuñado acaba de llegar y no me siento tolerante esta mañana. Además, están aplicándole unos procedimientos no convencionales…

—Me alegro que hayas accedido a autorizarlos —comentó ella, animadamente— he visto como el semblante de las personas mejora después de los procedimientos, y aunque los doctores no lo reconozcan abiertamente, el proceso curativo es más efectivo, incluso ayuda a posteriori cuando los pacientes dejan el hospital.

—Qué bueno que me lo digas. Si ella hubiera podido elegir, no hubiera titubeado en aceptar esos masajes.

—Ejem… por cierto, ese sobre… —preguntó curiosa, mirando el sobre blanco con el logotipo de un sector del hospital que ella reconoció. Edward volvió a mirar el dichoso sobre y miró de regreso a Isabella, alzando sus hombros.

—Así como hay quienes insisten en tratamientos alternativos, otros quieren que piense en la opción de donar sus órganos si… si las cosas no salen bien.

—Los buitres —dijo ella, mirando el sobre con una mueca en sus labios. Edward arrugó su frente, extrañado.

— ¿Perdón?

—A ellos, se les conoce así… —explicó nerviosamente, moviendo sus manos—. Bueno, no se les dice abiertamente de esa forma, pero siempre están rondando a los familiares, persuadiéndolos. No es algo sobre lo que yo esté de acuerdo, pero… Me refiero al hecho de estar sobre las familias de los enfermos, no sobre el hecho de donar los órganos, cuestión que me parece loable. Pero esas personas se toman como un desafío captar donantes… pero el hospital no hace mucho por apartarlos.

—Políticas del hospital. Sobre la petición de donación de órganos y todo eso. Estoy al tanto.

—Así es.

Edward bajó la cabeza por un instante, dirigiendo su mirada hacia el ingrato sobre entre sus manos, antes de volver a levantar la vista hacia Isabella y hablar.

—Yo no quiero que se muera… —reconoció casi en un susurro sin saber por qué, mirando la reacción de Isabella, cuyo rostro ni se contrajo ni se sorprendió por los dichos del músico—. No es la forma en que quiero se solucione todo… nosotros podemos…

—No, por favor —lo detuvo ella, poniendo una de sus pequeñas manos sobre su antebrazo. Él enseguida levantó la mano contraria y cubrió la de Isabella con la suya en un acto reflejo—. No vamos a hablar ahora de eso, por favor.

—No, claro que no…—apretó levemente su mano sobre la de ella—. Espérame, te lo suplico.

Isabella se mordió el labio inferior y asintió apenas con un leve y casi imperceptible movimiento de cabeza. Entonces ella apartó la mano y desvió sus ojos de los de Edward hasta la punta de sus suecos de goma azules. Inspiró aire y volvió a alzar su rostro, esta vez compuesto y con una leve sonrisa en sus labios.

—Jasper anda tratando de hacerse el invitado para ir esta tarde a mi casa.

—No puedo creerlo —respondió Edward, rodando los ojos, sin poder evitar reírse, contagiando a la enfermera.

—Es cosa de chicas, pero tuvimos que prometer que le dejaríamos un trozo de pastel, quizás quiera compartirlo contigo…

—Más le vale —advirtió Edward con tono divertido—. Alice le habló de ese famoso pastel, y Jasper me lo comentó esta mañana. No puedo negar que se me hizo agua la boca.

—Bueno, procuraré que sea un buen trozo, que alcance para ambos.

Edward sonrió en agradecimiento, dispuesto a ofrecerle a Isabella compartir ese trozo de pastel pero con ella, en compañía de una taza de café en grano y buena música, en su apartamento como la otra vez, pero antes de pedírselo, de reojo percibió la presencia de una mujer conocida que salía desde el ascensor y se acercaba directamente a él. P

— ¡Edward! —exclamó la chica justo antes de llegar. Tanto Edward como Isabella miraron a la rubia amiga y editora de Rosalie, que con su abrigo rojo sangre a juego con la boina que aun llevaba sobre la cabeza, se acercó a saludar al esposo de su amiga con un beso en la mejilla.

Isabella dio un paso atrás y miró a Edward y la mujer recién llegada Tanya, siempre con su sonrisa amable en el rostro.

—Los dejo. Estaré cerca por si me necesita —dijo antes de girarse y alejarse por el pasillo hacia el sector de ingreso restringido.

— ¿La chica es una de las enfermeras de Rose?

—Sí —respondió guardándose el dichoso sobre en el bolsillo interno de su chaqueta —Estábamos hablando de un tratamiento que le están haciendo ahora, uno alternativo.

— ¡No me digas! —exclamó entusiasta, juntando las manos enfundadas en guantes negros, como si fuera a aplaudir —Son lo mejor. No hay como lo natural para hacerla regresar, ¿no crees?

—Espero que funcione.

—Y dime, ¿has descansado? —preguntó, tomándolo del brazo y caminando con el de regreso a los asientos del área de espera afuera del cuarto de Rose, donde Emmett esperaba sentado, de brazos y piernas cruzadas, y amurrado como un niño de quince. Se sentaron a un costado, y continuaron hablando e ignorando al gruñón que los observaba refunfuñando.

—No sé tú, pero yo la noto con un aire más… pacífico —comentó Tanya rato después cuando entraron a ver a Rose, posterior a su tratamiento alternativo, pasando sus manos tibias sobre la frente de Rose, que seguía sin reaccionar, tendida sobre su cama de hospital.

Edward soltó un sonoro suspiro y divagó sus ojos sobre las facciones hermosas de Rose, a ver si sus ojos eran tan sensibles a los cambios que Tanya notaba. Pudo ver que había una tensión que antes dominaba su rostro y que ahora no lo tenía, poniendo un poco de fe en esas alternativas naturales en lo que respecta a tratamientos.

—Tienes razón —susurró, tomándole la mano derecha a su mujer, dándole un leve apretón.

— ¿Y si traes algún instrumento y tocas alguna pieza que a ella le gustara? —propuso Tanya.

—No sé si un instrumento, quizás una grabación…

—Es una buena idea. Yo la noche que me quedé con ella le leí los bocetos de su última novela y las correcciones que le hice. Quizás ella pude oír… no sé.

Ningún médico daba fe sobre eso, pero por las experiencias de otros pacientes que salían del coma, podían decir que ellos sí absorbían algunas cosas del exterior, como frases e incluso música, pero que no se podía aplicar a todos los enfermos.

—Quizás, Tanya… quizás eso pueda ayudar —comentó Edward con sincera esperanza, sosteniendo con fuerza la mano de Rosalie. Porque si ella era capaz de percibir algo de lo que sucedía a su alrededor, Edward esperaba que fuera capaz de darse cuenta de su deseo de verla recuperada antes que todo, pasara lo que pasara después de ello.

**oo**

Con Kal-El en su regazo, Isabella contemplaba la forma tan poco decorosa con que Alice metía a su boca uno tras otro los trozos de pastel a su boca, exclamando de placer a medida que lo hacía. Renée, sentada con ellas a la mesa sonreía, imaginándose el rostro de la chica amiga de su hija que había llegado esa tarde a comer su regalo de cumpleaños.

— ¿Estás comiendo, mi niña? —le preguntó Renée a su hija, extendiendo sus manos hacia el lugar donde sabía que Isabella estaba sentada, alcanzándole el hombro.

—Sí ma', pero ya comí suficiente.

—Está entretenida con el monstruo ese que tiene por mascota —comentó Alice, refiriéndose a la higuana que se mantenía tranquila en el regazo de su dueña, la que salió en su defensa.

—Oye, no le digas así que hieres sus sentimientos —la regañó Isabella, que desplazó su mano sobre el lomo del animalito que se hallaba quieto en su regazo, ignorando los comentarios mal habidos de la invitada.

— ¡Ja! No me hagas reír —Alice comentó burlona, bebiendo un poco de café.

— ¿Entonces, Alice, ya tienes novio? —preguntó Renée, después de que Isabella le comentara algo de aquello. La aludida miró a Renée y sonrió con amor, limpiándose con la servilleta los restos de pastel que pudieran haber quedado en la comisura de sus labios antes de hablar.

—Pues sí. Su nombre es Jasper y estoy completamente enamorada de ese hombre. Incluso iremos este fin de semana iremos a visitar a sus padres.

—Oh, bueno, eso es algo serio, ¿no? —exclamó Renée muy sorprendida.

—Muy serio —acotó la amiga de Isabella, llevándose otro trozo de pastel a la boca— es el definitivo, Renée.

—Me alegro que hayas encontrado a tu media naranja. Yo estoy ansiosa que mi niña llegue cualquiera de estos días con una noticia como esa aquí. Me haría muy feliz.

Alice miró a Isabella, que no se dignó a levantar su rostro y exponer sus pómulos enrojecidos tras los dichos de su madre. Porque lo que Renée no sabía, era que Isabella ya había encontrado a alguien que con facilidad había cautivado sus sentimientos, pero que lamentablemente no se hallaba libre para ella. No iba a reconocer ante su madre que el hombre de quien al parecer estaba enamorada, era un hombre prohibido para ella.

"Espérame" recordó que él le dijo esa misma mañana cuando se lo encontró a solas en el pasillo. Recordó también el encuentro en el cuarto de insumos hospitalarios y la velada que pasaron juntos en su apartamento hace un par de días. Después de eso y de los sentimientos que parecen iban entretejiéndose entre ambos que ignoraban los impedimentos que los rodeaban, ella estaba segura que como su amiga Alice, ella difícilmente encontraría a alguien que la hiciera sentir de esa manera, que no fuera Edward.

—Ya llegará, Renée, ya lo verás —respondió Alice, guiándole el ojo a su amiga, que se atrevió a mirarla cuando respondió por ella.

—Pero cuéntame más de tu galán y dime cuándo es que vas a traerlo aquí para que lo conozca.

—Bueno, como dije se llama Jasper, es un connotado dibujante de comics, muy famoso en su área y muy talentoso —se llevó la mano al pecho y suspiró teatralmente, haciendo reír a Renée y provocando que Isabella rodara los ojos—. ¡Es tan guapo! Tan atento, protector… ¡Es el hombre ideal!

— ¡Entonces ya quiero conocerlo! —exclamó Renée encantada de la vida, palmeando sus manos con entusiasmo, el que Alice agradeció de corazón.

—Quería venir esta tarde a comer pastel también —intervino Isabella— pero le dijimos que era cosa de chicas.

— ¡Pues muy mal! Tendrías que haberlo traído para dar mi veredicto como corresponde.

—Pero podemos invitarlo cualquier otro día —dijo Alice como una buena idea.

— ¿Y cómo lo conociste?

—En el hospital. Va allí a acompañar a su mejor amigo que tiene… tiene a alguien en estado de coma —respondió, pasando por alto a la esposa de Edward. Isabella la miró con semblante triste y volvió a refugiar su mirada en los colores tan hermosos de su higuana Kal-El.

Renée a su vez torció la boca, sintiendo repentina pena por ese amigo.

—Nunca se separan, son como hermanos —añadió Alice.

—Como tú y mi niña. Quizás él también pueda venir, si son tan inseparables, ¿no crees?

Isabella levantó automáticamente su vista primero hacia su madre quien acababa de proponer aquello, y luego hacia su amiga a la que miró con ojos muy abiertos. Su madre era ciega, pero no tonta, y como desarrollando un sexto sentido que compensaba su falta de visión, percibía mejor que nadie cuando el ambiente se tornaba diferente a su alrededor, como si pudiera olerlo. Seguro percibiría cuan cargado era el ambiente cuando Edward y ella estaban juntos. Se percataría y tendría que someterse a sus cuestionarios, sabiendo que iba a tener que mentirle para esconder… la situación.

—Se los comentaré. No te preocupes —se apresuró en responder Alice, mirando fijamente a su amiga y como esta se iba encogiendo en su asiento.

Después de un rato y cuando Renée se retiró a su recamara a escuchar su telenovela con Kal-El como acompañante, las dos amigas se instalaron en la habitación de Isabella, recostándose de espaldas, ambas contemplando el cielo o los adornos que colgaban de este.

—Dijiste que el día que te escapaste de mi fiesta, estuviste acompañada. Ayer durante la cena no pudimos hablar nada, pero ahora…

—Ejem… Edward llegó ese día al antro —explicó, tratando de sonar casual—. Yo estaba afuera, tomando un poco de aire y me encontró allí. Me dijo que había llegado a saludarte y a disculparse por no quedarse a la fiesta.

—Jasper me dijo que no era un hombre que frecuentara esos lugares, mucho menos ahora.

—Sí… y bueno… me vio afuera y me ofreció ir a su apartamento.

Alice se levantó de un tiró y miró a su amiga con ojos desorbitados.

— ¿Fuiste a su casa? ¡Dios! ¿Y qué pasó…?

—Nada de lo que te estás imaginando, ¿quién crees que soy Alice? —preguntó, dolida, cruzando las manos sobre su pecho, enfundando en un grueso chaleco de lana de vívidos colores. Alice suspiró y retomó su lugar sobre la cama junto a su amiga.

—Entonces dime qué pasó, de qué hablaron.

—Caminamos hasta su apartamento de soltero queda cerca de la universidad —explicó, repasando en su cabeza con lujo de detalle cada momento vivido con él—. Me contó que se alojaba allí mientras tanto, y bueno, tomamos café, hablamos un montón de cosas cotidianas, incluso tocó su piano… es muy buen músico. Fue muy agradable… y muy caballero.

—Vaya…

Entonces Isabella cubrió su rostro con ambas manos, como si sintiera vergüenza. Nada malo había hecho hasta el momento como para avergonzarse, pero de sus sentimientos y de sus deseos sí que debía de hacerlo, porque en muchas ocasiones durante el transcurso de esa noche y de las otras veces en las que coincidió con él, ella simplemente quiso cerrar los ojos y abrazarse a Edward, dejándose llevar sin importarle el resto.

Alice desvió su vista hacia ella y torció la boca con pena. Más que nadie, ella siempre deseó que su amiga conociera a alguien que realmente la amara y por supuesto a quien ella amara sin avergonzarse de ello, como sentía que ella lo estaba, pero no en esas circunstancias. Aunque claro, ella era más práctica y sabía que los divorcios eran ahora fáciles de celebrarse, cuestión que sería la solución para Edward, pero cuando en esa escena se ponía la imagen de una esposa tendida en una cama en estado de coma, era algo… chocante, por decirlo de alguna manera.

Pasó la mano por su cabello y pensativa recordó lo que Jasper le había dicho la noche anterior, cuando irremediablemente salió el tema entre ambos:

—No sé si está bien que te lo diga, pero Jasper me dijo que nunca, ni siquiera por su mujer, vio a Edward tan afectado como lo está por ti. Está temeroso de que puedan hacer algo… de lo que después se arrepientan.

—Me pidió que lo esperara… —susurró Isabella con sus ojos cubiertos aun con las manos, recordando la forma atormentada en que él la miró cuando se lo dijo—. ¡Dios, no pensé que esto fuera a ocurrirme a mí!

— ¿Esto de enamorarte, dices? —preguntó Alice con cautela.

—Crees que… ¿crees que lo estoy?

Alice arrugó su frente y giró su cabeza hacia Isabella, que había descubiertos sus ojos y miraba otra vez fijo hacia el techo. Entendía que Isabella pusiera en duda sus sentimientos, pero le molestaba que tuviera que hacerlo, que n fuera libre de demostrarlo, de admitirlo.

— ¿De verdad me lo estás preguntando? —Preguntó con incredulidad—. ¡Es más que obvio, Isa! Ese día que los vi uno frente al otro en la puerta del hospital, las chispas entre ustedes saltaban. Él te miraba con adoración francamente y pues tú te derrites por él.

— ¡Dios, no! —y otra vez las manos de Isabella fueron a parar a su rostro para cubrirlo. Alice se pegó a ella se inclinó su cabeza hasta el hombro de su amiga, susurrando una pregunta.

— ¿Qué va a pasar?

—No lo sé, Alice. Ni siquiera me atrevo a pensarlo… como no me atrevo a pensar en lo que voy a hacer si tengo que… si tengo que vivir sin él… —sonrió con amargura— y no es que haya vivido tanto a su lado… ni siquiera he tenido la oportunidad…

—Bueno, recuerda que aquí me tienes, ¿sí? Y ya sabes, cualquier cosa que pase, estaré ahí para ayudarte y apoyarte. Siempre.

Las dos amigas se quedaron en silencio, dejando que el tiempo pasara, cada una se perdiéndose en sus pensamientos, mientras las plumas que colgaban sujetas al atrapasueños giraban al compás de sus reflexiones.

Más tarde, cuando se quedó a solas, sentada en la cama y mirando entre penumbras hacia la ventana desde donde se colaba la luz amarillenta de las farolas de la calle, se atrevió a echar a correr su imaginación y recrear ahí cómo hubiera sido su encuentro con Edward, si en mejores circunstancias se hubieran conocido: él quizás se hubiese acercado tentativamente con cualquier excusa para sonsacarle su nombre y la conexión hubiese sido la misma que tuvieron desde el primer momento. Hubieran ido a pasear por el parque, quizás él la hubiese invitado a alguna de sus presentaciones, a cenar tal vez y finalmente cuando la hubiese dejado en la puerta del edificio donde vivía, no se hubieran aguantado y finalmente se hubieran besado a la luz de la luna… o quizás bajo la lluvia. Las cosas hubiesen fluido naturalmente y sus sentimientos mutuos se hubieran aferrado tan fuertemente que de forma inevitable acabarían juntos para pasar así el resto de sus vidas.

Pero la realidad era otra e Isabella lo sabía. Con aquel dolor en el corazón finalmente se acurrucó bajo sus mantas, evocando buenos sueños que la llevaran a descansar apaciblemente y olvidarse de todo, al menos por esa noche.

A la mañana siguiente y cuando entraba al hospital por la puerta de servicio, se encontró con el doctor Ananías, su nuevo amigo, a quien vio iba saliendo tomado de la mano de un pequeño niño de cabello oscuro y ojos claros. Sin duda y por las facciones tan similares del pequeño con el doctor, era lógico que el pequeño fuera su hijo.

—Mi querida Isabella —la saludó el doctor, deteniendo su marcha cuando la vio en su camino. El niño, que iba vestido con una gruesa parca azul marino y una gorra de lana roja, miró a la enfermera y luego a su padre, dando un paso atrás para esconderse tras él. Ella le regaló una sonrisa al pequeño que él retribuyó apenas con algo de vergüenza.

—Hola, doctor —lo saludó ella, volviendo a mirar al pequeño— ¿y este galán?

—Es mi pequeño campeón —respondió Eleazar, mirando a su hijo animándolo a salir de su escondite—. Saluda a Isabella, campeón.

—Hola… —dijo el niño con voz dulce que hizo a Isabella se le derritiera el corazón de ternura. Se atrevió a alzar su mano y acariciar apenas con el dorso de los dedos el rostro redondo del pequeño que no puso oposición a la caricia de la enfermera.

— ¿Cómo te llamas? —quiso saber ella.

—Soy Dylan.

—Es el más pequeño de mis retoños que anoche tuvimos que traer por un malestar en el estómago.

— ¿Algo de cuidado?

—No, falsa alarma —advirtió el doctor, acercando al pequeño hasta sí, rodeándolo por los hombros para pegarlo a su costado—. Pensamos que era apendicitis, pero nada de eso. Para descartar cualquier cosa, lo tuvimos en observación toda la noche y ahora nos vamos a casa de su madre para que repose.

—Me alegro.

—Esto... —Eleazar se rascó la nuca y torció su cabeza con algo de nerviosismo—. La otra noche la pasé muy bien contigo… con ustedes en la cena…

—Yo también…

— ¿Crees que podamos repetirla entonces? Pero esta vez los dos solos, quiero decir… ¡Sin ningún compromiso, solo en plan de amigos! ¿Qué te parece?

—Yo… uhm… no sé, tendría que ver mis turnos y ver qué día…

— ¡Ah, pues, hazlo! Yo regreso a mediodía para vigilar un post operatorio y nos ponemos de acuerdo, ¿te parece?

—Está bien… —susurró la enfermera, un poco incómoda que el doctor la haya invitado a salir justo en frente de su hijo que probablemente aun no entendía por qué sus papá la estaba invitando a salir cuando su madre estaba en casa. Aunque claro, le pareció extraño que su madre no estuviera con el pequeño saliendo del hospital después de haber pasado toda la noche allí, pero se mordió la lengua para no preguntarlo, no era de su incumbencia.

Después de despedirse del doctor y su pequeño hijo —que le agitó la manito ya más relajado con su presencia— se encaminó hasta el piso cuatro para comenzar su jornada laboral. Cuando lo hizo, vio en su bitácora que la primera paciente que debía atender era ni más ni menos Rosalie Hale, tragando grueso y buscando en su cabeza alguna excusa para pasar de esa labor, pero eso sería algo poca profesional. Así que hizo de tripas corazón y tomó lo necesario para ir hacia la habitación 506, caminando por los pasillos y pasando por la sala de espera donde para su sorpresa no vio a nadie de la familia de la señora. Quizás, pensó para sí, era muy temprano para que llegasen a verla, imaginándose ella que se encontraría con Edward en el proceso. Pasó por alto la decepción que sintió y llegó a la habitación, en donde entró encontrándose a la paciente tendida sobre la cama como lo había estado por ya casi tres semanas.

Las manos le temblaban y la respiración le parecía más agitaba en presencia de esa mujer a quien Isabella sintió le debía una disculpa.

"¡Cálmate Isabella, estás aquí para trabajar!" se reprendió, poniéndose manos a la obra con la paciente, comenzando a monitorear sus signos vitales y administrarle los medicamentos correspondientes. Estaba en eso, muy concentrada, cuando otra de sus colegas, Leah, llegó al dormitorio para atender otros cuidados de la señora Hale.

—El doctor Ananías estuvo revisando tus horarios de trabajo esta semana —comentó con picardía la morena enfermera colega de Isabella.

Isabella la miró y Leah alzó las cejas sinuosamente, ahogando una carcajada por el rostro sonrojado de Isa, que siguió como nada con su labor.

— ¿Ah, sí?

—Dijo algo de una cena… —comentó Leah, mordiéndose el labio.

—Me lo encontré cuando venía llegando. Él iba saliendo con su hijo. Se llama Dylan y es muy lindo. Y pues… algo me comentó sobre la idea de salir a cenar, pero…

— ¡Oh, Dios! ¿Sabes que ahora mismo eres la envidia de todas las chicas del piso? ¡Incluso ya conoces a su hijo que seguro también cayó rendido a tus pies! —exclamó Leah un poco más alto, lo suficiente para que ninguna se percatara que la puerta de la habitación se abría y por esta entraba el esposo de Rosalie, que alcanzó a oír el diálogo de las señoritas.

— ¿Envidia, dices? ¿Y eso por qué?

—Porque el doctor Ananías se muere por ti y está en todo su proceso de conquista —dijo, como si resultara obvio—. Y el hecho que hayas aceptado a salir a cenar con él ya es un buen comienzo… ¿te hace ilusión, Isa?

—Yo no…

—Buenos días.

Las dos enfermeras se sobresaltaron, girándose al unísono hacia la puerta, donde vieron al señor Masen de pie allí, aferrando el pomo con algo más de fuerza requerida. Leah sonrió con incomodidad, asintiendo la cabeza en señal de saludo, un poco avergonzada porque él pudiera haber oído el cotorreo de dos mujeres, mientras que Isabella no podía quitar sus ojos de la ardiente mirada del músico, quien parecía estar apretando sus dientes, conteniéndose de decir o hacer algo.

—Ya estamos acabando aquí —comentó Leah como si nada, dándole un codazo a su amiga para que se pusiera en marcha, pues había quedado helada con la presencia de Edward, quien carraspeó y apartó sus ojos de Isabella, prefiriendo mirar el suelo de linóleo blanco.

—No hay problema. Esperaré afuera —dijo en tono monocorde, saliendo enseguida de la habitación.

— ¡Guao…! —Leah soltó un bufido, acomodándole la almohada a Rose—. ¿Crees que se haya molestado por habernos encontrado cotorreando encima de su esposa?

—Espero que no —susurró Isabella, deseando honestamente que no lo estuviera.

Salieron juntas del dormitorio, enfilando hacia el área de trabajo, adelantándosele Leah pues estaba retrasada para un procedimiento. Entonces y cuando quedó varios pasos más atrás, sintió sobre su brazo desnudo una mano fuertemente aferrársele y sobresaltándola. Se giró y encontró a Edward, que parecía estarla esperando escondido detrás de una viga junto a una ventana del pasillo.

Ella tragó grueso y contempló la mirada del músico, que parecía entremezclarse con sentimientos de rabia y desazón. Se quedaron mirando en silencio por un par de segundos antes que Edward no aguantara más.

—Sé que no tengo derecho —dijo con voz contendida, sin soltar a Isabella de su agarre— y me está matando saber que cualquier otro como el doctor ese, puede llegar y…

Cerró los ojos con fuerza, como si le doliera el hecho de solo decirlo, mientras que ella lo miraba, percibiendo su angustia y deseando darle el consuelo que él anhelaba. Pestañeó rápido y tragó grueso obligando a las lágrimas y los quejidos que amenazaban a retroceder.

—Pero entiendo que eres libre y no voy a coartar esa libertad. Ya lo he entendido, así que sigue adelante como lo hacías cuando no me conocías. Yo estaré… yo estaré bien.

Después de eso y sin darle oportunidad de decir nada, Edward la soltó y con la espalda encorvada y su cara mirando al suelo, se alejó de ella para refugiarse en el cuarto de su esposa, mientras Isabella se quedaba allí de pie, percibiendo una sensación helada que recorría sus venas y que se alojaba en el centro de su pecho.

Corrió hasta el sector donde dejó sus adminículos de trabajo y enseguida se enfiló hasta los baños, encerrándose en un cubículo en donde se sentó a llorar. Se cubrió el rostro y dejó que las lágrimas bañaran su rostro, lamentándose el hecho de no poder amar con libertad, de sentir que el amor se le estaba escurriendo cuando apenas estaba comenzando a asentarse en ella. ¿Qué iba a hacer? ¿Eso era todo para ella y para Edward? Porque Isabella sabía que su vida en adelante no sería la misma después de haberlo conocido, pues podía asegurar que amor como el que sentía por ese músico no iba a sentirlo por nadie más, pese al poco tiempo que llevaba experimentándolo pero que tan rápidamente se apoderó de sus sentimientos de forma tajante e irrevocable.

Estuvo encerrada hasta que pudo tranquilizarse, saliendo para enfrentarse a su reflejo cabizbajo frente al espejo sobre los lavados. Abrió el grifo y metió sus manos bajo el chorro de agua helada, juntando un buen poco entre sus manos para vertérselo en el rostro y alejar cualquier rastro de llanto de su cara, si es que eso era posible.

— ¿Amiga?

Alice, que llegó allí de casualidad, la encontró mojándose la cara y con tan solo mirarla supo que algo no marchaba bien. La sobresaltó cuando Isabella se abrazó a ella y escondió el rostro en su hombro, preocupándola.

—Isabella, qué sucede…

—Yo no… no puedo… no puedo…

—De qué hablas —insistió Alice, obligándola a apartarse para mirarla y oír el porqué de su tan lamentoso semblante, intuyendo ella hacia donde iba el asunto—. Dime, nena.

Como pudo, Isabella relató para su amiga lo sucedido desde su llegada al hospital con el encuentro entre ella y el doctor Ananías, contándole enseguida lo ocurrido en el dormitorio de la señora Hale, volviendo a estallar en llanto cuando replicó para ella lo que Edward le dijo.

Alice torció la boca y volvió a abrazarla fuertemente, antes de tomar el rostro de su amiga entre las manos.

—Lo que tienes que hacer es darle la esperanza que él y tú necesitan, porque es algo que ocurrirá irremediablemente.

—Pero… pero no podemos, no está bien… —dijo entre llanto. Alice torció la boca y acarició el cabello de su amiga con ternura mientras le hablaba.

—Amiga, a veces al corazón le vale un cuerno lo que la razón o las circunstancias digan —puso una mano sobre el pecho de Isabella—. El músculo este se está manifestando y es el rey y señor de nuestros actos, lo sabes, por ello negarlo o ignorar lo que él te impulsa a hacer, es casi dañino.

— ¡Pero es que no puede ser!

— ¡Por qué no, si se quieren! —Exclamó frustrada por que su amiga se estuviera dando tan fácilmente por vencida—. ¡Dios, Isa! Hay un montón de matrimonios que separan sus caminos y se vuelven a rehacer sus vidas por separado.

—¡Pero no puedo pensar en eso, cuando su esposa está ahí…! —exclamó con vehemencia Isabella, alzando sus manos. Alice asintió en señal de que entendía su punto.

—Vale, lo sé, y quizás soy una malparida por estarte animando a que sigas a tu corazón, pero si no lo haces, serás desdichada y no quiero que lo seas.

—¡Pero significa que a costa del sufrimiento de otro voy a buscar mi felicidad! —Se jaló el cabello con frustración—. ¿Qué debo hacer?

Alice inspiró profundo antes de formular su consejo.

—Ir y decirle que esperarás hasta que las cosas puedan darse entre ustedes. Darle una lucecita de esperanza, ¿no es lo que deseas acaso? Mientras tanto, digo…

Isabella se quedó mirando a su amiga y no pudo hacer oídos sordos a al golpeteo rápido de su corazón que parecía estar en acuerdo con lo que Alice proponía. ¿Serían capaces de soportar el tiempo necesario Hasta que las cosas se dieran para ambos? ¿Estaría Edward dispuesto?

"Espérame" le había prácticamente suplicando el músico entendiendo Isabella perfectamente a lo que él se refería, pero aun así no podía darlo por seguro, no después de lo que había ocurrido.

—¡Dios, esto es tan confuso! —Dijo Isabella finalmente, alzando su vista al cielo del lugar. Alice torció su boca en una sonrisa y apretó levemente los hombros de su mejor amiga.

—Lo sé Isa, y yo más que nadie hubiera deseado que las cosas fueran diferentes para él y para ti, pero por algún motivo no están siendo fáciles. Quizás Dios o el destino conocen más que nadie la fuerza de los sentimientos que los están atando el uno al otro, incluso más que ustedes mismos. Quizás es la prueba previa…

—Quizás... —murmuró Isabella volviendo a abrazar a su amiga esta vez un poco más tranquila y segura de lo que debía hacer.

El resto del día fue una verdadera locura para las enfermeras, después que tuvieran que correr a un cuarto y a otro, pues a varios de los pacientes del piso se les había ocurrido agravarse o alterar su estado, no siendo ninguno de ellos la esposa del músico, quien no tuvo variación a alguna en su estado.

Dentro de su ir y venir, Isabella busco el momento de poder acercarse a hablar con él, pero simplemente las cosas no se dieron, porque o estaba rodeado de más gente y la ignoraba, o simplemente se esfumaba de los lugares por donde ella transitaba, como auto imponiéndose aquella decisión de no cruzarse más en su camino, cuestión que entristeció mucho a la enfermera, quien acabo su turno rendida y triste.

—Entonces Isa, ¿A dónde vas? —preguntó Alice una vez afuera del hospital, encontrándose con Jasper que la esperaba allí.

—A mi casa, a donde más voy a ir…

—¿Y sobre lo que conversamos? —le recordó Alice, cruzándose de brazos.

Isabella miró a Jasper de reojo, sintiéndose un poco incómoda y luego a su amiga, a ver si entendía lo que le quería decir coña la mirada. Pero Jasper sabía lo que estaba ocurriendo, pues su amigo había entregado para él, su versión de los hechos sobre lo ocurrido con Isabella esa mañana, por eso el apuesto dibujante se atrevió a intervenir.

—Ejem,… quizás este sea un buen momento para que te des una vuelta por el barrio universitario, Isabella… —comentó, abrazando a su chica por los hombros, haciendo clara mención del lugar donde se encontraba el departamento del músico.

—¿Por qué lo dices? —Preguntó Isabella de regreso. Él se alzó de hombros y beso la sien de Alice antes de responder.

—Porque ahí hay cierto hombre que necesitaría una visita. Podría ir yo, pero eso no remediar a nada…

Isabella bajo el rostro, con algo de vergüenza, jugueteando con los dedos de sus blancas manos.

—No creo que yo pueda resolver nada…

— ¡Ay Isa, ya lo habíamos hablado y Jasper te está diciendo que el pobre hombre necesita de ti ahora mismo!

—Ni siquiera sé si está ahí…. o si voy a ser bien recibida…

—Hay solo una forma de averiguarlo, así que movamos —dictaminó Alice, agarrando a Isabella de un brazo y arrastrándola hasta el coche de Jasper quien ya prácticamente estaba sentado tras el volante, poniendo en marcha el vehículo.

Él y su chica se dieron una miradita cómplice pues ya habían acordado apoyar a la pareja de amigos, aunque parecieran estar coludiéndose para provocar la traición y posterior divorcio de un matrimonio, pero ellos sabían que tanto Isabella como Edward iban a necesitar de apoyo, pues irremediablemente ambos no podrían vivir en adelante sin la compañía del otro, así que preferían apoyarlos en vez de recriminarlos.

Además, nada malo iban a hacer salvo hablar del futuro y hacer promesas, ¿verdad?

Isabella se quedó mucho rato frente a la puerta de acceso al apartamento de Edward, antes de atreverse finalmente a golpear. Jasper aseguró a pies juntos que el "maestro" estaba en ese lugar recluyéndose y que su ánimo mejoraría considerablemente cuando la viera a ella, cuestión de lo que Isabella no estaba muy segura.

Inspiró profundo y levantó una mano con la cual golpeó sobre la puerta de madera oscura un par de veces a la espera de ser atendida. Puso atención en los ruidos que pudieran venir desde el otro lado, pero parecía que nadie estaba allí, pensando ella que Jasper se había equivocado y que sería mejor irse y hablar con Edward otro día. Pero antes de poner en marcha su plan, la puerta milagrosamente se abrió y tras está apareció la figura de Edward Masen, vestido de negro, con su cabello desordenado y sus ojos rojos.

Sin duda para el músico fue toda una sorpresa encontrarse a Isabella en su puerta, enfundada en su abrigo rojo y mirándole con aquellos ojazos de un verdor tan transparente y penetrante, que eran capaces de desarmarlo por completo, viendo como la ansiedad se desbordaba por cada poro de su piel expuesta, tal y como le pasaba a él.

Edward entonces abrió la boca para hablar y preguntar qué hacía ella allí, cuando vio uno de sus sueños hacerse realidad, pues ella espontáneamente y presa de sus sentimientos por Edward, dio un paso adelante entrando al apartamento y pegando su menudo cuerpo al del músico, tomándole el rostro entre las manos y uniendo su boca a la suya.

El músico inspiró y reaccionó al instante, rodeando con un brazo la cintura menuda de la mujer para con la otra mano abarcar su cuello por detrás, después de empujar la puerta y cerrarla para darles intimidad.

Ese fue el momento en que la delgada línea que sujetaba la fuerza de voluntad de esta pareja se cortaba y se apartaba de lo que era correcto, aunque para ellos no había nada más correcto que dejar fluir el amor que ambos por primera vez estaban sintiendo.