Capítulo 2

Soda para el vino

-¡No te atrevas a ignorarme, Sesshomaru!-

Sesshomaru no le hizo caso y siguió con su camino. Oyó el bufido de la mujer a su espalda y el repiqueteo de sus pies descalzos contra las sucias baldosas de la vereda. Ahora ella caminaba a su lado a zancadas, mirándolo con furia en sus grandes ojos.

-¿Me haces el favor de mirarme cuando te hablo? Me pones nerviosa-

El hombre cumplió su deseo; solo por un segundo, sus ojos celestes, brillantes, se posaron e ella con una mirada despectiva, aburrida. Levantó una ceja. Luego, volvió a mirar al frente, solo aumentando el enfado de Kagura, quien gruñó y apretó los puños.

Sesshomaru percibió casi divertido sus intentos de calmarse, de portarse cordial.

-Escucha- dijo la chica- necesito que me ayudes. Tengo la clave para ganar, para vencerlo, ¿entiendes? Te la daré si me ayudas.-

Debía estar desesperada para tragarse su ira de aquella manera y tratar de negociar. Kagura era más de tomar lo que quería y, si alguien se lo impedía, destruir todo para obtenerlo. Si no se aburría en el proceso. A Sesshomaru no le gustaba esa Kagura falsa con la que estaba hablando.

-No me metas en tus asuntos, Kagura. Usa tú la clave, si es que en verdad la tienes-

Ahora sí, la Kagura de siempre, la Kagura de hacía dos minutos regresó; se cruzó en su camino, obligándolo a detenerse.

-¿¡Es que no quieres ganar!? ¿o es que no me crees? ¿Temes que esté mintiendo, idiota?¿Por qué crees que necesito tu ayuda? ¡Van por mi cabeza, Sesshomaru! ¡Porque sé cosas que no debería saber! Solo necesito a un buen jugador, uno lo suficientemente fuerte…y que no sea tan idiota como para no aprovechar la oportunidad-

Ella intentaba provocarlo y al mismo tiempo descargar su frustración. Su desesperación hacía que Sesshomaru estuviera más reacio a creerle del todo. Y si en verdad tenía esa "clave", podría valerse de su ingenio para utilizarla, no era una mujer vulnerable o estúpida. No necesitaba un hombre que la protegiera. Y si lo necesitaba, no era su asunto.

Todos los insultos que salían de la boca de Kagura le resbalaban. Poco le importaba lo que ella pensara de él. El simple hecho de que viniera a pedirle ayuda de manera tan insistente ya denotaba que ella lo respetaba y admitía su fuerza y poder.

Siguió avanzando, dejándola a su espalda, boquiabierta por la muralla de hielo que era su interlocutor. Sesshomaru oyó cómo ella resoplaba y se iba, sus pasos enfurecidos alejándose.

"Ve a buscar ayuda de otro, o piensa en otra forma de salvar tu cuello" Sí, probablemente eso intentaría, pero al final terminaría volviendo, Sesshomaru podría apostarlo (si se rebajara a actividades tan vulgares como apostar). Pero sin importar cuánto ella le insistiera, él se iba a negar. Sesshomaru no era el salvador de nadie.

El olor de Kagura –un aroma fresco y ligeramente dulzón- fue desapareciendo para ser reemplazado por otro. Más fuerte, más desagradable. Apestaba a gato.

A Gato-leopardo.

Sesshomaru frunció el ceño ante la cercanía de esos sujetos, que probablemente también lo habían percibido e iban a desafiarlo. La temperatura estaba bajando, muy lentamente.

Posó su mano sobre la empuñadura de su nueva espada, obtenida al vencer a un tal Goshinki (había imaginado que un telépata que podía tomar la forma de un monstruo daría una pelea digna o por lo menos entretenida, pero había sido tan mediocre como el resto de los portadores)

Sesshomaru notó como la peste se dispersaba y la temperatura volvía a la normalidad. Ellos también tenían buen olfato; debieron haber notado como había aumentado su poder. Si ellos no se atrevían a enfrentarlo, él los iría a buscar. Sesshomaru conocía bien a Touran y los suyos.

Y era hora de presentarles a Tokijin.


Siete días, catorce horas, veintitrés minutos.

Hacía casi una semana que Kohaku había desaparecido. Y Sango no tenía ni una pista de su paradero. Estaría preocupadísima ya en circunstancias normales. Pero en estas circunstancias que tanto distaban de serlo, se estaba volviendo loca. Circunstancias en las que habían cientos de tipos con poderes matándose entre sí, y ansiosos por presas tan expuestas como su hermano.

De repente, fue consciente del enorme cuadrado rígido envuelto en cintas que colgaba de su espalda, chocándose con su cuerpo cada vez que modificaba su posición manejando la moto. Si tomaba ese cuadrado de la forma correcta, se iba desplegar e iba a adquirir su verdadera forma: la de un enorme boomerang de hueso. Sí, ella tenía a Hiraikotsu y Kohaku a Kusarigama, pero, por más armado que estuviera, y por más que fuera un niño inteligente, allí, solo no…no tenía muchas posibilidades de…

No, Sango, deja de torturarte. Kohaku es fuerte (pero solo tiene once años…), sabe luchar (pero a veces le da tanto miedo…oh, que asustado debe estar) y seguro había encontrado un lugar donde esconderse, estar a salvo (pero ellos podían olerlo, podían sentirlo…)

Apretó el acelerador, angustiada.

Sí, de hecho, la mayoría de ellos, de los otros podían percibir a los de su tipo. Sus armas les daban esa habilidad, la cual habría sido muy útil en su situación. Pero Hiraikotsu no era como las demás. Jamás le haría las cosas tan fáciles. A Sango le gustaría maldecirlo, pero le había salvado el cuello en tantas ocasiones que simplemente no podía.

Por esos motivos estaba en aquella deplorable situación; no podía revisar toda la ciudad puerta por puerta, ¿quién sabía cuánto tiempo podía esperar Kohaku? (si es que aún le queda algo de tiempo). No, tenía que convertirse en una carnada humana. Si alguien había capturado a su hermano, ese alguien debía tratarse de otro como ellos. Lo que significaba que se dedicaba a matar a los de su clase para hacer más poderosa a su arma. Y podría tener la habilidad de percibirla e ir a buscarla para cumplir con ese objetivo.

Así ella había continuado su búsqueda, paseándose de aquí a allá y enfrentándose a los otros (Hiraikotsu se había alimentado de sus enfrentamientos y ahora lo sentía más liviano y afilado y a veces podría jurar que resplandecía con una luz roja cuando lo arrojaba), verificando si sabían algo o tenían algo que ver con la desaparición de Kohaku. No había tenido buenos resultados, o era más correcto decir que no había tenido resultado en absoluto. Pero, ¿qué más podría hacer?

-Kohaku- Dejaron escapar sus labios- Por favor, aguanta. Voy por ti-


Mierda. Mierda. .Mierda.

Koga se detuvo, frustrado, y pateó un auto. Las puertas laterales se abollaron bajo su ataque y el auto salió despedido, estrellándose contra la vidriera de un negocio de ropa, aplastando los maniquíes y provocando los gritos de la gente dentro del local. Koga bufó antes de seguir su camino, con el ulular de la alarma del automóvil a su espalda. Bien hecho, Koga, seguro nadie te vio haciendo eso. Estabas en plena calle al mediodía de un día de semana, pero no, seguro que tu patada histérica pasó completamente desapercibida.

Bueno, le importaba una mierda si alguien lo había visto.

Hakkaku…Ginta…Había sido demasiado lento. ¡Lento, lento, lento! ¡Muy lento! Ni siquiera había llegado a tiempo para ver quien había sido su asesino. Apenas había captado un pequeño rastro de su olor pero se había disipado casi al instante. En vano, había corrido de acá para allá para volver a encontrarlo. A la mierda con el poder, él quería venganza. Si no la conseguía, nunca sería capaz de dormir tranquilo. Hakkaku y Ginta confiaban en él y él les había fallado.

A decir verdad, más poder no le vendría mal. Había avanzado poco y nada en los últimos dos meses, pero era realmente difícil matar a alguien a patadas. Y aún más si ese alguien podía defenderse con un arma más práctica.

Por suerte, Koga sabía pelear. No por nada había pasado de reformatorio a reformatorio, lo habían sometido a arresto domiciliario dos veces (y en las dos lo había ignorado) y había mandado a tantos al hospital a lo largo de su vida. Jamás había perdido una pelea cuerpo a cuerpo en su vida, así que le había parecido muy lógico que su youkai sea del tipo parásito. Pero por más cómodo que le resultara, si quería facilitar las cosas,tendría que hacerlo más poderoso.

Así podría demostrarle al hijo de puta que había matado a sus amigos lo que le había demostrado a cada idiota con el que se había cruzado en su vida: Nadie jode con Koga y vive para contarlo.


"-¿Qué? ¿No puedes decir nada? ¿Estás asustado? ¡Ah! ¿Sabes qué hago cuando estoy asustada?-"

-"¿Qué…qué haces?"-

-"Pienso en cosas que me gustan. ¡Como los gatos! O los perros. También me gustan mucho los perros"-

-"Umh…"-

-"O pienso en cosas felices. Momentos divertidos o gente a la que quiero mucho. ¡Intenta hacer eso!"-

-"Eh…sí, lo…lo intentaré-"

-"¡Inténtalo ahora!"-

-"…"-

-"¿Mejor?"-

-"Sí, mejor, gracias"-

Había mentido. No se sentía mejor. Pero ahora todo le resultaba más claro. Seguía estando aterrado, pero sabía lo que debía hacer.

Miró el pequeño gatito en su regazo.

"Pienso en cosas que me gustan ¡Como los gatos!"

Lo alzó y le susurró a su enorme oreja triangular.

-Ve con ella y protégela, por favor, no dejes que le pase nada malo-

Dejó el gatito en el suelo, mientras éste lo miraba con sus enormes ojos rojos.

-Ve, por favor- Le dijo él, incorporándose y alejándose, del lugar pero sin dejar de mirar al animal-Por favor, cuida a mi hermana.-


Se le puso la piel de gallina. Un jugador estaba cerca, uno poderoso. Miroku cerró los ojos y se dejó guiar por su instinto. Por allá. Abrió los ojos y corrió. No quería que se le escapara.

Solo atacaba a los medianamente poderosos, no iba a agrandar a Kazaana más de lo estrictamente necesario. Y además, los jugadores poderosos generalmente eran los que tenían las manos manchadas de sangre, las mentes retorcidas por la locura y ni rastro de arrepentimiento en sus corazones. Mientras que los jugadores débiles solían ser pobres diablos que poco sabían del infierno al que se habían mudado. Sería morboso e inútil atacar a los inocentes. Miroku solo quería acabar con ese ciclo de masacre de una buena vez.

La presencia aumentó y por un segundo embotó sus sentidos. Miró al frente. Las vibraciones provenían de un pequeño templo. Sintió algo extraño, que reconoció como la presencia de un jugador desarmado. Y con él se hallaba uno con un youkai grande y poderoso, más de lo que había captado en un principio. O tal vez se trataban de dos.

Pobre del desarmado. Miroku se sonrió y apretó el amuleto en su bolsillo. Con un poco de suerte, se trataba de una hermosa mujer dispuesta a agradecer muy efusivamente a cualquiera que la rescatara. Soñar no cuesta nada, dicen.


Recuerdan a los gatos leopardo? No, no se asusten. No van a ser importantes en este fic

Bueno, la idea de este capítulo era que fuera un collage de imágenes para que el lector se entere solo de lo que yo quiero que se entere acerca de la trama. MUAHAHAHA.

Como siempre, cualquier cosa que quieran decirme/putearme/preguntarme no duden en dejar review!

Por cierto, se llama Soda para el Vino porque en la Argentina se le suele poner soda a la primera copa de vino para que "pegue menos". Es decir que este capítulo tiene el mero propósito de bajar la tensión del primero. :p

Gracias por leer!

BB