Capítulo 3. Parte 1

Descalzo como Jesús

-Gracias.- "¿Gracias?" ¿ "Gracias" y no un "qué haces en mi casa", "voy a llamar a la policía" o un "fuera de aquí, loca"? No, no. Kagome le agradeció el cumplido a la intrusa que hacía dos segundos estaba jugando con un maldito cráneo.

La chica ensanchó su sonrisa, como dándose cuenta de sus pensamientos, y se levantó.

-Lo quiero- Dijo.

Recién en ese momento, Kagome reaccionó.

-¿Qué…qué cosa? ¿¡Qué haces aquí!? ¡Sal de mi casa ahora mismo o llamo a la policía!-Kagome llevaría la mano a su celular, si no lo hubiera dejado en la cocina. Genial.

-Tu cabello. Lo quiero.- La chica avanzó unos pasos y la luz de las ventanas se reflejó en la cuchilla en su cintura. A Kagome le dolió aún más la cabeza y recordó súbitamente que se suponía que no estaban solas en la casa.

-¡Abuelo!¡Souta!¡ALGUIEN!-

-Ellos no vendrán. Solo lo harán cuándo yo se los pida, si intentas algo raro. –Yura torció la cabeza y sonrió- Pero no creo que lo hagas. ¿Cómo alguien como tú podría enfrentarme?-

Levantó las manos y movió los dedos como si jugara con elásticos. De repente, y antes de que pudiera preguntarse de qué diablos hablaba, algunos de los cabellos casi imperceptibles que cruzaban la habitación se movieron y atraparon las muñecas y tobillos de Kagome, separándoselos y elevándola del suelo. Ella gritó cuando aquellas finas cadenas se apretaron, hundiéndose en su piel y cortándola como si fueran de alambre.

Yura caminó, ligera, hasta estar frente a frente con Kagome y tocar dulcemente un mechón de su (grasoso por la falta de baño) pelo oscuro.

-Lo maltratas-Comentó risueña.-Yo lo cuidaré mucho mejor-

Kagome se removió, tratando de luchas, solo consiguiendo que la mujer soltara su cabello y que las heridas en las muñecas y tobillos se profundizaron..

-¡Suéltame! ¿Quieres mi pelo? ¡Te lo regalo! ¡Loca, deja a mi familia en paz!-

La mujer puso las manos en jarra, frunciendo los labios en un mohín malhumorado.

-Me llamo Yura Sakasagami, para tu información. Y no es divertido cuando te regalan las cosas, es más interesante- puso la mano sobre su cuchilla en su cintura y continúo con la voz más suave que el terciopelo.- tomarlo por ti mismo.-

Kagome presintió que no iba a usar el arma para cortarle las puntas.

-¡No!¡Abuelo, Souta, Buyo!¿Qué hiciste con ellos? ¡SEÑORA RUMIKO!¡POLICÍA!¡ALGUIEN! – Kagome estaba tan desesperada que hasta pedía ayuda a su vecina, aunque sabía que se pasaba la mayor parte del tiempo demasiado fumada como para hacer caso a algo que no fueran sus retorcidas ideas.

Esa chica iba a matarla, ok, entendido, pero, ¿qué había de su abuelo y de su hermano? No había entendido nada de lo que había dicho esa tal Yura sobre ellos, así que volvió a preguntar. Quería por lo menos saberlo antes de que la loca terminara su trabajo.

-¿Qué hiciste con ellos? ¿Los…los mataste?- Se le quebró la voz, pero no dejó de removerse

-Sus cabellos eran cortos y horribles. Y ya te dije qué hice con ellos. ¿Es que no escuchas cuando te hablan?- Murmuró algo de "que gente maleducada que hay".

No podía ser real. Era un sueño, una pesadilla. ¿Cómo una mujer como Yura podía estar en su casa, usando cabellos de quién sabe quiénes para amarrarla y atacarla? Pero no, su dolor de cabeza no era para nada onírico, si no cien por ciento real. Por cierto, quizás por el pico de estrés que estaba sufriendo, su cabeza de repente llegó al punto en el que se sentía a punto de estallar.

-Quédate quieta- dijo suavemente Yura, pasando una mano por su nuca, enredando con gentileza sus dedos entre sus mechones y tirando para que Kagome inclinara su cabeza hacia atrás, dejando la parte delantera de su cuello expuesta.- En serio, en cuanto más rápido lo hagamos, mejor será para ti.- Sí, claro, como si a esa demente le importara lo que era mejor para ella.

-¿Por qué?- Sollozó Kagome, mientras dejaba de moverse y una lágrima resbalaba por su mejilla. Sin esperar que la mujer respondiera, se tragó sus sollozos, pues sabía lo que la futura asesina iba a hacer, y no fuera cosa que por un movimiento brusco, como un hipido, terminara con la cara rajada y su sufrimiento se prolongara aún más.

-Digamos que porque me gusta tu pelo.- Yura sacó esa espada corta de su funda- El resto de la historia es un poco tediosa y en serio no necesitas saberla-

Kagome apenas la escuchaba. Pensaba en que su madre volvería dentro de una hora y vería el cadáver de su hija colgando, inútil y degollado en el living, a Souta y el Abuelo quizás en una situación similar. Y tal vez, a una mujer loca esperándola. Apretó los labios, llorando en silencio.

Los segundos se convirtieron en horas en la espera de su final, acompasadas con el latido de su desesperado corazón.

TUM

Yura levantaba la cuchilla, su hoja brillante.

TUM

Entre lágrimas, Kagome notaba un extraño resplandor en el cráneo sobre el sillón. Qué curioso.

TUM

Yura estaba tan cerca que podía sentir su aliento en el rostro. Al parecer, era de las que tomaban frappés aún cuando hacía frío.

TUM

Daría cualquier cosa por estar tomando un frappé con sus amigas en lugar de estar en esa situación. ¡Aunque le congelara el cerebro!

TUM

El dolor de Kagome aumentó de manera que su terror fue reemplazado por molestia. Apúrate, Yura Sakademente, que se me parte la cabeza.

TUM

La hoja presionaba sobre su cuello. Yura se relamía los labios.

TUM

Una de las paredes y parte del techo del living reventaron. El impacto mandó a volar a Yura, su cuchilla rozándo la clavícula de Kagome, rasgándole su uniforme y dejándole una delgada línea roja. La mitad de los pelos de la habitación se soltaron de donde sea que estuvieran amarrados, dejando a Kagome rebotar hasta quedar colgada solo de la muñeca y el tobillo derechos, medio sentada en el piso, medio en el aire, sus piernas abiertas de una forma muy poco glamurosa. Ay, encima estaba en pollera.

-¡Maldito seas!- Oyó gritar a Yura entre el polvo y los escombros.-¡Yo llegué primero! ¡Es mía!-

-¡No la quiero! No me importan los débiles. –Contestó una voz masculina desde cerca del agujero de la pared que comunicaba con el exterior (y que seguro había alertado a todo el barrio del desastre que estaba ocurriendo en la casa Higurashi, menos por su puesto a la yonki de la señora Rumiko).-¡Vine por ti!¡Prepárate!-

El polvo se dispersó un poco y Kagome vislumbró una figura alta, roja y plateada. Llevaba en las manos un objeto grande y brillante, y un suave resplandor lo rodeaba por completo La figura se abalanzó hacia el lado opuesto de la habitación, donde supuestamente se hallaba Yura.

Kagome, tosiendo, se removió para incorporarse. No le salió muy bien; su mano seguía estirada hacia arriba y los pelos se habían enredado de forma que su pierna derecha colgaba doblada hacia atrás, inclinada, como si estuviera a punto de patear una pelota imaginaria. Su mano derecha estaba del todo estirada hacia arriba, y su otro pie apenas rozaba el suelo. Para colmo, se balanceaba.

El polvo se dispersó casi del todo y pudo ver la escena que se desarrollaba frente a ella. Si Yura era rarita, ese tipo podía provenir de otro planeta o algo así. Era alto, el cabello largo y plateado, coronado por dos orejas triangulares blancas, como las de un gato o un perro. Estaba descalzo, usaba un jean raído y un buzo rojo con la pinta de ser muy viejo. En sus manos, llevaba una enorme espada con parte de la empuñadura forrada en un pelo blanco en apariencia muy suavecito y sucio. La hoja, que debía pesar tanto como su dueño a pesar del poco esfuerzo de éste para blandirla, era la que brillaba con un resplandor extraño, igual de extraño que el que provenía de la calavera de Yura. Por cierto, ésta había ido en rescate de su perturbador juguete y ahora colgaba, atado por su cabellera, de su cinturón, justo del lado opuesto a donde estaba la funda de la cuchilla.

El chico de canas super chic hubiera parecido un salvador heroico si no estuviera gruñendo y luchando contra los cabellos de Yura; uno lo agarraba del tobillo izquierdo, otros cuatro estaban en su espada (Kagome no entendía cómo no se cortaban con el filo de ésta), impidiéndole moverla. Estaba atascado, y a juzgar por sus insultos y su cara de enfadada estupefacción, no tenía ni idea de cómo.

Kagome, aún balanceándose un poco, trató de acomodarse para alcanzar con su mano izquierda el cabello que sujetaba su muñeca, que tiraba más, bañando la manga blanca de su uniforme con sangre. Oh, ¿así no era como se suicidaba la gente? Rápido, tenía que zafarse antes de que aquellas cadenas capilares las suicidaran. Entre sus esfuerzos, observó sorprendida cómo unos cabellos se acercaban al cuello del chico. Adivinando las intenciones de Yura, Kagome gritó

-¡CUIDADO!- En otra situación, le hubiera entrado la risa tonta cuando una de las orejitas blancas se movió en su dirección, captando su advertencia.

El chico se removió, parecía perdido, no muy seguro de qué debía cuidarse.

-Es inútil, chiquita- Un movimiento de los dedos de Yura hicieron que varios cabellos acabaran por enredarse en el cuello de su contrincante y tiró. El chico, amarrado como …bueno, como un perro, no detuvo su sarta de insultos ni sus movimientos, reacio a soltar su espada para utilizar sus manos para librarse de sus ataduras. El cabello se tensó y una gota de sangre se deslizó por su cuello.- Él no puede verlos.-

-¡¿VER QUÉ?!- Dijo el chico, aún removiéndose y dirigiendo la vista por primera vez a Kagome- ¿Qué está haciendo?-

-¡Son cabellos! ¡Los usa como cadenas!-

Yura asintió y atravesó a Kagome con la mirada.

-Tienes buena vista, niña. Sabía que valía la pena venir hasta aquí y esperarte. Y además, nuestros olores atrajeron a tan jugoso premio. –Dirigió la mirada a su segundo prisionero.- Tú si tienes un pelo asombroso. Espero que no cambie de color cuando lo arranque de tu cráneo.-

-¿Buena vista?- Jadeó el chico, ignorando el resto de los comentarios de su rival. Yura tensó el cabello con un movimiento de manos.- Arrggh.- La gota de sangre se convirtió en algunos finos ríos rojos cayendo por su cuello. De inmediato, el chico soltó la espada.

-Muy bien, corazón.- Los cabellos que rodeaban la espada y la mantenían en el aire se la llevaron hacia la puerta. Por un momento, Kagome creyó que la iba a usar para empalarla, pero el arma voló cuidadosamente a varios centímetros sobre su cabeza y fue directo a la cocina.

Yura miró al chico, sonriendo, solo para encontrarse que éste le devolvía el gesto. -¿Y tú por qué estás tan fe…?-

-¡GARRAS DE ACERO!-

Yura esquivó el ataque por poco, apenas rozándole un brazo y el torso. De todas formas, no parecía dirigido directamente hacia ella; varios de los cabellos que estaban en el camino, entre los cuales estaban los que mantenían al chico atado, se cortaron, liberándolo.

Aprovechando el escándalo, Kagome alcanzó el cabello amarrado a su muñeca y tiró de él, cortándose un poco la palma de la mano, hasta lograr romperlo. Tropezó ante el cambio repentino en su equilibrio, quedando panza abajo en el piso con el pie derecho aún doblado mirando al techo. Perfecto.

Desde su incómoda posición, observó cómo el chico se abalanzaba hacia la mujer, quién corría hacia un costado, la espada corta en una mano, moviendo frenéticamente los dedos de la otra para volver a apresar a su adversario. Pero el chico adivinó al instante sus intenciones y lanzó otra vez esos zarpazos extraños hacia la mano de Yura, que desapareció en una explosión de sangre. Aturdida y jadeando, la chica miró al hombre de orejas de perro y murmuró:

-Tú eres más impresionante aún. Mira todo lo que aguantas.- A pesar del dolor que seguro sentía, sonrió.- Te mataré primero.-

Kagome apenas podía creer lo que estaba pasando, era una escena tan extraña que parecía sacada de una película. De las malas.

Ante el ataque del chico, algunos de los cabellos que cruzaban la habitación se aflojaron y cayeron, incluyendo el que sostenía el tobillo de Kagome. Libre, se incorporó justo a tiempo para salir del camino y huir al pasillo para cuando un ataque frustrado del chico se dirigía hacia el umbral de la puerta. Se dispuso a ir a la cocina, buscar su celular, llamar a la policía, los bomberos, el psiquiátrico, la ambulancia, hasta protección animal, cualquiera que quisiera ayudarla, pero se detuvo al ver que detrás de ella, Yura Sakasagami salía del living, agitada, el cráneo rebotando contra su pierna. Su mano y su muñeca eran un muñón sangrante y su vestido estaba rasgado en el torso. Ya ignoraba a Kagome por completo. Enfundó su cuchilla solo para tener su única mano libre, cerró el puño e hizo un violento movimiento como tirando de una soga en diagonal. La curiosa luz salía de las cuencas vacías del cráneo se intensificó

-¡Diviértete, maldito!-

De las escaleras descendieron dos cuerpos flotantes. Kagome contuvo la respiración, aterrada. Inconscientes, con una expresión pacífica en sus rostros , sostenidos por centenares de pelos amarrados en cada una de sus extremidades, Souta y el Abuelo volaron hacia el pasillo, armados con un cuchillo de cocina el primero, un matafuegos el segundo. El joven de cabello plateado salió del living para encontrarse con esa bizarra escena. Kagome notó que de hecho, su pelo no parecía tan plateado si no más bien gris, y sus orejas eran un poco más redondas y pequeñas, como las de un osito.

-Keh. ¿Un niño y un viejo? ¿Crees que eso me detendrá, bruja?-

El anciano flotante se le tiró encima, blandiendo el matafuegos con aire experto, pero el chico lo despachó con un zarpazo que rajó el recipiente de metal. El viejo salió despedido por la presión de la espuma blanca que salía de la abertura y chocó contra una pared del pasillo, sin soltar el matafuegos que rebotó en su pecho. Se recompuso como una tétrica marioneta y volvió a la carga, Souta siguiéndolo.

-¡TESSAIGA!- Gritó el joven y desde la cocina, una katana vieja y maltratada vino volando hasta ser aterrizar en sus manos, donde se convirtió en la enorme espada de antes. Su dueño gastó un segundo en mirar sorprendido el arma, mientras su pelo volvía a brillar para el deleite de Yura, murmuró para sí mismo.- Mmh, no creí que fuera a funcionar.- Una sonrisa se dibujo en sus labios y se puso en guardia, dispuesto a recibir el ataque de los rehenes.

-¡No!¡No los lastimes!- Gritó Kagome. Quizás solo fueran cadáveres colgantes, pero era su familia y no iba a permitir que aquél los rebanara con su espada brillante.

-¡Tú cállate!- Dijo Yura, pálida por la pérdida de sangre. Tomó de nuevo su cuchilla y se la lanzó tan rápido que Kagome no tuvo tiempo de ni pensar en esquivarla.

De la nada, según la chica, un tipo apareció a su lado y se interpuso tranquilamente entre la cuchilla y Kagome, levantando su mano derecha como si estuviera saludando y la izquierda sosteniendo su muñeca. Se oyó por un momento un estruendo similar al que haría un huracán y Kagome vio como la trayectoria de la espada corta se modificaba e iba directo a su mano. En vez de atravesar su palma de lado a lado, como esperaba Kagome, el arma simplemente despareció y con un movimiento, el segundo hombre más oportuno del mundo envolvió su mano derecha en una especie de guante.

-Ups. Era un buen tiro, Yura- Dijo.- Qué lástima.-

-¡No!¡Tú otra vez!- Contestó la aludida con una mueca exasperada.- ¿Qué no ves que estoy ocupada, imbécil?-

-¿Sabes? No reconocí tu presencia. Te volviste más poderosa. Me alegro por ti, pero no voy a permitir que ataques a señoritas indefensas.-

Kagome apenas prestó atención a la plática entre el extraño y la demente, ya tendría tiempo para asimilar toda la situación más tarde. Ahora tenía que encargarse de salvar a su familia. Salió de detrás del hombre, que se interrumpió a sí mismo con un "¡Espera!¡es peligroso!", y mientras una nueva oleada de dolor la golpeaba desde detrás de los ojos, corrió hacia donde estaba el joven con orejas de perro. Llegó justo a tiempo para ponerse en medio de Souta y la espada. El joven detuvo su mandoble a medio centímetro del hombro de la chica y abrió mucho los ojos en una expresión exasperada y Kagome notó que relucían como oro líquido.

-¿¡Qué …!?- Y de repente, la empujó de un manotazo. Kagome cayó al suelo y vio cómo Souta bajaba el cuchillo de cocina en una apuñalada fallida gracias a la maniobra del loco de la espada.

Teniéndolo tan cerca, no le era necesario para el chico usar su arma, solo bastaba con un zarpazo.

-¡No!¡NononoPORFAVOR!- Kagome se paró de un salto a pesar del dolor de sus tobillos y se lanzó sobre el que atentaba contra la vida de su hermano.

-¿Qué carajo te pasa, loca de mierda? ¿Quieres morir o qué?-

-¡No dejaré que los lastimes!-

-¡Por si no te diste cuenta, la bruja esa los está controlando!- El chico se libró de su agarre y se puso en guardia cuando vio que el abuelo se acercaba con el tanque del matafuegos vacío.

-¡Entonces corta los cabellos!- Gritó Kagome en un agudo del que no se enorgullecía.

El chico bufó. Miroku iba a terminar quedándose con su presa mientras él se encargaba de salvar vidas que le importaban un bledo. Perfecto.

-No los veo.-

-Te diré dónde tienes que cortar, pero nos los lastimes, por favor- Kagome lo tomó del brazo y los ojos del espadachín se posaron en ella un momento. Se removió para que lo soltara y cuando la marioneta flotante estuvo a punto de golpearlos, le preguntó

- De acuerdo. ¿Dónde?-

Con las direcciones de Kagome, esquivando golpes y puñaladas, lograron cortar los cabellos amarrados a los brazos del Abuelo, haciendo que soltara el extintor, sus brazos colgando torpemente en sus costados. De repente, nuevos cabellos –rubios, oscuros, castaños- salieron de la nada, completaron aquel juguete roto y cerraron su mano derecha en un puño que golpeó el rostro del chico. Todo sucedió tan rápidamente que el pobre ni tuvo oportunidad de esquivarlo.

Souta se arrojó sobre ellos como un bólido mientras el joven de ojos dorados forcejeaba con Kagome para no tomar venganza del osado anciano. La tiró contra una pared al tiempo que lanzaba un mandoble a ciegas que dejó a Souta en el piso, con todos los pelos que lo sostenían desde arriba cortados, solo unos cuantos que provenían de los extremos del pasillo se mantenían intactos. El viejo aprovechó su distracción para darle una patada ninja en la nuca. Kagome hizo una mueca de dolor al ver que bajo el impacto del golpe, el cuello herido del joven volvía a sangrar.

El espadachín murmuró una maldición cortada por sus propios dientes apretados. Souta volvió a erguirse y elevarse del nivel del suelo como un fantasma escapando de una tumba.

-¿¡Por qué vuelven a aparecer!?-

Kagome se preguntaba lo mismo y de repente recordó que la calavera de Yura había aumentado considerablemente su brillo antes de hacer aparecer a Souta y el Abuelo. La misma calavera que su dueña se había ocupado rescatar de su vulnerable posición en el sillón durante la entrada épica del de rojo. La misma calavera desde cuyo interior salía un resplandor similar al que la espada al parecer llamada Tessaiga. Tal vez…

Se permitió apartar la vista un momento, confiando en que el desconocido no iba a decapitar a su familia en los dos segundos que no lo vigilaba. El otro tipo (más bajo que el primero pero de aspecto más adulto y menos salvaje, el pelo negro un poco largo y domado en una pequeña coleta en su nuca, vestido con camiseta, camisa y chaqueta, jeans oscuros, misteriosa mano derecha no-mutilada bajo un guante, resplandeciendo igual que el cráneo, igual que la espada) luchaba contra Yura. Con movimientos de un báculo dorado coronado por un aro muy afilado, cortaba los cabellos que se estiraban hacia él como delgadísimos dedos codiciosos. Mientras luchaba, no dejaba de hablar con una voz serena con la mujer que movía los dedos de su única mano con una expresión de furia

-Señorita Yura, ¿qué hablamos de irrumpir en propiedad ajena?- Dijo lanzando un pergamino similar a los que guardaba el Abuelo de Kagome a la dirección donde por un segundo Yura fijó la vista. Los pelos que se habían empezado a remover en esa esquina del pasillo se quemaron en un destello azul.

-¡Literalmente no hablamos de eso!- Respondió la aludida con un tono frustrado.

-¿Ah, no? Pues deberíamos hacerlo. Para empezar, es ilegal. No creo que te importe, pero siempre es bueno saberlo- El tipo unió las manos en un rezo, con los pulgares y los dedo índice extendidos y a su alrededor apareció una esfera de luz azul contra la que se estrellaron los cabellos que se le acercaban por todos los frentes. Siguió hablando como si estuviera teniendo una plácida conversación en un café con una hermosa acompañante. Bueno, estaba acompañado de una mujer que en otras circunstancias se vería hermosa, pero no parecía ser el momento para una charla entretenida.- En segundo lugar, mucha gente lo consideraría un gesto de mala educación y hasta rudo. Aunque tampoco creo que te importe.-

-¡Cállate de una vez, imbécil!-

-Iré al grano, entonces.- Contestó el hombre sin separar las manos y borrando su sonrisa, adoptando una expresión más severa.- Será mejor que te vayas. La señorita está desarmada, y lo sabes. Vete de aquí, no me obligues a hacer algo que no quiero.-

Yura lanzó una carcajada, pero Kagome pudo advertir un poco de nerviosismo que no pudo entender. Tal vez el tipo del báculo podía hacer todos esos trucos extraños, pero aún parecía el más inofensivo dentro de esa casa. Después de ella misma, claro.

-¿Hacerme algo? ¿Tú? ¿A mí?- La expresión de la mujer pasó de falsamente divertida a feroz y sudorosa.- No tienes idea a cuántos maté, Hoshi.-

-¡Ah, recuerdas mi nombre! Yo sabía que había hecho efecto en ti. – Respondió el tipo, separando las manos, deshaciendo aquel escudo esférico, para volver a tomar el báculo que había descansado en la cara interna de su codo durante su maniobra de defensa.

Ese último comentario en especial llevó a Yura al límite de su paciencia. El cráneo resplandeció como un sol en miniatura y para los ojos de Kagome, sus dedos de Yura quedaron cubiertos de cabellos enroscados, el pasillo oscureciéndose por su súbita abundancia. Oyó una maldición y volvió la vista al joven de la espada y sus dos extraños adversarios para ver que el primero al parecer se había tropezado con los nuevos cabellos que se habían interpuesto en su camino. La ocasión había sido aprovechada por el niño, que lo había apuñalado en el costado. El chico le dio un codazo en la frente, haciéndolo retroceder.

Esa última ofensiva de Yura había confirmado todas sus sospechas. Es tu momento de ser útil, Kagome. Se levantó del piso y gritó al tipo del báculo, que estaba teniendo más problemas capilares que antes:

-¡Hay algo dentro del cráneo! ¡Algo como lo que tienes en la mano, como la espada!- El hombre la miró un momento con una expresión sorprendida. Yura también la miró, escandalizada. Se había cuidado de no ser muy obvia, a pesar de tener a la calavera colgando del cinto. Quizás esos dos hombres idiotas nunca se hubieran dado cuenta, pero no había contado con la chica. En serio tenía una buena vista.

Las cosas se le estaban yendo de las manos. Mierda, quería decir de la mano

Movió los dedos y los cabellos alrededor de Kagome le rodearon los brazos, el torso, el cuello, la cabeza. La inmovilizaría, la cegaría. La silenciaría.

Kagome lanzó un grito ahogado, desesperado, al sentir como se aplastaba su pecho, los cabellos tiraban de sus brazos, la asfixiaban. De repente, gran parte del agarre se aflojó y cayó (por décima de vez en el día) sobre sus rodillas, jadeando y quitándose restos de cabello de encima. Se volteó para ver al chico de la espada muy cerca de ella, la hoja del arma cortando a ciegas y forcejeando tanto con el viejo como con el niño. La había salvado.

-¡Inuyasha, cambiemos! –Gritó el hombre del báculo. -¡No puedo acercarme a ella!-

El supuesto Inuyasha pareció entender al instante lo que quería hacer el otro y dejó quieta su espada, cuya hoja se cubrió de una capa de …¿cristal? Acaso ¿diamante? A esta altura, nada podía sorprender a Kagome.

El hombre del báculo, aún concentrado en cortar, quemar y esquivar los cabellos que apenas podía percibir, captó el cambio en Tessaiga con el rabillo del ojo. Sincronizados, el chico dio un mandoble al aire, creando y lanzando decenas de dagas de diamante con su movimiento mientras el hombre del báculo se quitaba del medio. Los cabellos detuvieron sus movimientos bajo la lluvia de cuchillas, dándole tiempo al segundo tipo de correr hacia Kagome, que estaba siendo asediada por sus parientes. Antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que pasaba, un pergamino quedó pegado en el pecho de su abuelo y una luz azul lo libró de los hilos que lo manejaban. Solo fue un momento, pero cuando la marioneta se recompuso, el hombre se había interpuesto entre ella y Kagome.

-Mantente detrás de mí, …- Dijo, juntando otra vez sus manos y formando otra vez la esfera azul. Kagome se levantó tambaleante, ya realmente cansada de la secuencia de ataques y situaciones extrañas.

-Kagome-

El hombre, sin mirarla, concentrado, siguió hablando.

–Señorita Kagome, ¿puedes ver los cabellos de Yura?-

-Sí-

-Genial. Esto es lo que vamos a hacer, tú ayudarás al chico de allá a esquivar los ataques mientras yo me quedaré aquí haciéndote de escudo y encargándome de ésta situación.- Señaló con la cabeza a Souta y el Abuelo, ambos, con cuchillo y recuperado matafuegos, golpeaban las paredes de luz de la esfera , tratando de deshacerla. Antes de que Kagome pudiera decir algo, agregó.-Prometo que no les haré daño, solo me encargaré de los cabellos. ¿De acuerdo, señorita Kagome?-

Kagome apretó los puños y buscó con la vista a espadachín. Su arma había vuelto a la normalidad y cortaba en el aire los cabellos que le lanzaba Yura, quien retrocedía hacia la cocina. No parecía notar los que se le acercaban por un lateral.

-De acuerdo.- Dijo firmemente y al instante, recordando ese particular nombre, gritó-¡Inuyasha, a tu izquierda!- Otra vez, una de las orejitas se movió para captar su voz, y de un mandoble, el sujeto cortó los cabellos que habían estado a punto de amarrarlo como lo habían hecho con Kagome.

Así la pelea continuó por unos angustiosos minutos, el extraño campo azul alrededor de ella y del otro hombre desapareciendo por momentos para que su creador pudiera lanzar un pergamino al anciano, a Souta o a los cabellos, volviendo a aparecer cada vez más traslúcido. Mientras, Kagome gritando direcciones al luchador ("derecha, a la altura de tu rodilla", "arrgh", "¡no! Tu otra rodilla", "¡entonces no es la derecha, tonta!") quien impedía que Yura se escabullera hacia la cocina, lejos de la vista de la otra joven. Finalmente, Inuyasha se había acercado lo suficiente a su presa: levantó la espada, dispuesto a rebanarle ese molesto brazo que la mujer utilizaba para controlar los poderes de su arma. Sin embargo, los cabellos, invisibles para él, enredados en sus dedos rodearon la hoja de su fiel Tessaiga como lo habían hecho a un inicio, dejándola estática en su posición.

-¿Me matarás sin usar tu youkai?- Sonrió la mujer, una mirada enloquecida en sus ojos rojos. Inuyasha frunció el ceño. Se suponía que él era el tonto que caía dos veces en la misma trampa. Soltó la empuñadora y con un zarpazo, rasgó el cinto de la mujer y destruyó el viejo cráneo que colgaba de éste. Un pequeño peine rojo de dientes muy finos cayó al piso, rebotando.

Yura miró con los ojos como platos el objeto y en un acto reflejo olvidó todo lo que sucedía a su alrededor y se estiró para recogerlo. El siguiente zarpazo se deshizo, por segunda vez, de su mano y todos los cabellos de la habitación cayeron, suaves e inútiles. El Abuelo y Souta también cayeron, su libertad recobrada al fin, pero no su consciencia. Inuyasha tomó su espada al vuelo, su movimiento ambientado por el grito de dolor de Yura, quién estaba de rodillas, mirando ahora sus dos muñones y el peine inútil frente a ella.

Kagome sintió la mano del otro hombre sobre su hombro y su voz, suave, casi un susurro.

-Será mejor que no veas esto, Kagome.-

Entendiendo a la perfección el significado de sus palabras y lo que estaba a punto de ocurrir, la chica se volteó.

El llanto de Yura Sakasagami cesó.


Un cap largo pero entretenido de escribir. No tan entretenido de corregir. Puede resultar confuso, así que si no entendiste alguna parte por mis nulas capacidades gramaticales, REVIEW! si querés dar tu opinión, REVIEW! Si te agarró hambre, TAMBIÉN REVIEW!

Gracias por leer!