Capítulo estreno mis nenas!

Gracias a todas por leer... a las de siempre y a las que se han incorporado de a poquito. Bienvenidas a todas.

Gracias a doña Gaby Madriz, a Maritza Maddox, Yenny Arias y a Manu de Marte por el apoyo.

Nos encontramos la próxima semana.

Besos a todas!


Capítulo 8

No era raro ver a Isabella poner una intravenosa con una sonrisa en los labios pues amaba su trabajo, pero esta vez era diferente, en eso al menos reparó Leah cuando recorrió con Isabella algunos pacientes y la vio con aquel brillo diferente en sus ojos, una luz brillante que resplandecía, además de su sonrisa y los suspiros que soltaba de tanto en tanto mientras su vista se perdía en algún buen recuerdo. Leah pensó entonces que finalmente su colega Isabella había conocido a alguien, un hombre que la hacía suspirar así. Y los pronósticos de la enfermera no eran errados, ya que era precisamente la figura de un hombre que hacía suspirar a Isabella.

Y es que para ella, haber compartido con Edward la noche anterior había sido algo más que revelador. Él se había abierto a ella con uno de sus secretos más delicados, cuestión que ella agradecía. Después de eso vino una sesión de besos y abrazos a la que ninguno de los dos pudo resistirse para finalmente recordar la cena que yacía olvidada en el horno, la que el músico tuvo que recalentar para servir y compartirla con ella sobre la mesita de centro bajo el tragaluz, en compañía de dos copas de vino.

Había hablado mucho sobre ellos, aunque ella no pudo hacer acopio de la misma valentía que el músico tuvo al revelarle su pasado, un pasado del que no estaba orgullosa y el cual quería olvidar. "Pero quizás algún día…" pensó, soltando por enésima vez un suspiro, cubriendo con las sábanas al joven que atendía junto a Leah en ese momento, el que acababa de llegar aquella mañana al piso de cuidados intensivos.

—Me voy a adelantar con el chico de la 501 —dijo Leah, tomando su bandeja de utensilios—. ¿Puedes creer que sobrevivió a su tercer infarto cerebral?

—Es increíble.

—Un milagro. Allá te espero —dijo antes de abrir la puerta y desaparecer tras esta. Isabella sonrió y con el mismo buen ánimo siguió haciendo su trabajo, tarareando una animada canción que oyó esa mañana mientras desayunaba.

Al salir, varios minutos más tarde con una carpeta de antecedentes del paciente al que acababa de ver, giró por la esquina del pasillo dispuesta a llegar a la mesón para alcanzar a Leah más tarde, pero una mano sobre su antebrazo la detuvo. Se sobresaltó y se giró, relajándose y sonriendo cuando vio el rostro de quien la retuvo, el mismo rostro que la había hecho suspirar durante toda la mañana con los buenos recuerdos de la noche anterior.

Sin decir nada, fue arrastrada por él hacia un rinconcito escondido, lejos de ojos curiosos, donde la acorraló entre el muro y su cuerpo, escondidos ambos por una máquina expendedora de dulces que nadie solía usar.

—¿Qué haces? —preguntó, divertida. Él se mordió el labio y se alzó de hombros, inocentemente, metiendo las manos a su grueso chaquetón gris.

—No pude contenerme. Iba entrando al pasillo cuando te vi salir de ese cuarto —sin aguantar mucho con sus manos quietas, retiró una del bolsillo y la alargó para pasar sus dedos sobre el cabello que caía en la frente de Isabella—. ¿Descansaste bien? ¿Tuviste problemas con tu madre por tu horario de llegada?

—Dormí muy bien y no tuve problemas con mi mamá… ni que fuera una niña, Edward.

—Me alegro —sonrió divertido, no pudiendo reprimir la tentación de acariciar su rostro y su cuello al descubierto. Ella cerró los ojos e inclinó su rostro hacia la caricia, disfrutándola por unos segundos antes de recordarse donde estaba.

—Oye, no hagas eso… —le pidió ella, empujándolo levemente hacia atrás, casi en contra de su voluntad. Él se rindió y se apartó, haciendo acopio de su poca fuerza de voluntad que le quedaba cuando se trataba de Isabella—. ¿Te quedarás todo el día aquí?

—No. Antonieta y Emmett están con Rosalie, y honestamente no estoy de ánimo para aguantar a mi cuñado. Regresaré a mediodía y por la tarde para hablar con el doctor —la vio asentir, mientras se mordía el labio, no pudiendo aguantarse las ganas de hacer planes con ella—. ¿Podré verte aunque sea un rato esta tarde? Por favor…

—Salgo a las cuatro y…

—¿Tienes planes?

—Uhm… no… ¿tienes algo en mente? —Dijo Isabella. Edward sonrió como un niño ilusionado antes de contarle lo que tenía en mente para ella.

—Hay un ensayo en la sinfónica y soy el director de la orquesta, ¿te gustaría acompañarme?

—¡¿De verdad?! —Preguntó ilusionada, abriendo sus ojos verde agua ampliamente—. ¡Me encantaría!

—A las seis estaré estacionado en el Parque Japonés, esperándote, ¿está bien?

—Sí.

Edward sonrió al entusiasmo de Isabella, y mirando hacia todos lados para cerciorarse de que nadie viniera, se acercó a ella y le robó un rápido beso antes de dejarla allí, flotando sobre una nube de felicidad.

El día pasó raudo para Isabella entre un paciente y otro, pero siempre su ánimo estuvo por las nubes. Y es que Edward le provocaba eso, la clase de felicidad de la que nunca antes había experimentado, y aunque la felicidad esa era ilícita por decirlo de alguna manera, trataba de no pensar en ello, concentrándose mejor en el futuro.

Llegó feliz a su casa, contándole a su madre que la habían invitado a ver un concierto a la sinfónica, cuestión que era cierta, aunque modificara los detalles de con quién iría acompañada, diciendo que lo haría con un grupo de colegas del trabajo. Odiaba mentirle pero esperaba que pronto eso se acabara, no quería defraudarla y provocarle una pena. Sabía que estaba actuando mal, tanto en mentirle a su madre como el hecho de estar llevando esa "relación" con Edward, pero no podía ser de otra manera, porque ellos se querían, ella le creía cuando Edward se lo decía y le creía también cuando le decía que con ella armaría su futuro, cuando las cosas con Rosalie se resolvieran.

Sacudió esos pensamientos y se alistó para salir de la casa unos pocos minutos antes de las seis, caminando hacia donde acordaron con Edward reunirse y donde él ya estaba aparcado esperándola. Cuando ella entró el en coche de tapicería de cuero negro, se besaron con un casto beso en la mejilla y se pusieron en marcha rumbo a la Corporación Sinfónica de Leonilde, en cuyas dependencias se desarrollaría el ensayo general.

—Cuéntame de qué se trata. Se supone que has estado lejos de tu trabajo y no has tenido momento para ensayar…

—Se trata del "Concierto para dos guitarras" que se estrenó el año pasado en el auditorio de la universidad —le contó, mientras conducía por la autopista principal—. Son obras escritas por uno de los maestros que dictaba cátedras y que falleció a inicios de este año, y en su aniversario de natalicio se harán dos presentaciones que son a finales de este mes. Por eso no necesitamos de muchos ensayos, los chicos de la orquesta son los mismo de entonces, igual que los solistas en guitarra. Esta mañana le dimos una vuelta a la presentación y está bastante bien.

—¿Tú dirigiste cuando se estrenó?

—Sí. El autor de la obra fue mi maestro y me pidió que dirigiera porque él ya no estaba en edad de pararse sobre el tablón a dirigir —comentó, recordando lo que fue ese momento—. Fue un gusto, presentamos a tablero vuelto y la gente lo recibió muy bien.

—¿Crees que podré ir al estreno? —preguntó ella tentativamente, pensando que a su madre le encantaría ir con ella.

—No es que lo crea —la miró por un segundo— será una demanda del director de orquesta tenerte en primera fila. De lo contrario, me niego a tomar la batuta.

—¡Oh, no serías capaz de hacer eso!

—Tiéntame… —otra vez volvió a mirarla para guiñarle el ojo, enfilando rumbo hacia donde los demás músicos lo esperaban.

Entraron por los ascensores del estacionamiento subterráneo donde Edward aparcó su coche, y subieron hasta la planta dos, en donde se encontraba la sala de ensayos que estaba apenas iluminada salvo en el escenario donde se desplegaba la orquesta.

Caminaron por uno de los pasillos laterales del pequeño auditorio, deteniéndose en la tercera fila, donde Edward le pidió a su invitada que se instalara mientras comenzara el ensayo. De camino al escenario, Edward se quitó la chaqueta gris y la dejó en uno de los asientos de la primera fila, quedando solo con una camiseta de manga larga negra, antes de subir y saludar a los músicos agitando su mano. Después de dar lo que parecieron indicaciones, cada músico se ubicó en su sitio: justo a un costado de la tarima donde se situaba Edward tras un pedestal sobre el que extendió lo que Isabella pensó eran las partituras, se ubicaron dos jovencitos con guitarras y tras ellos los instrumentos de cuerda, viento y percusión que acompañarían a este dueto.

Isabella inspiró y se acomodó cuando uno de los músicos, el primer violín, salió al frente y tras hacer un movimiento con el arco, todos los ejecutantes tocaron sus instrumentos en nota Do por unos segundos. La invitada, que no sabía mucho de esas cosas, le pareció armónico incluso aquella introducción, aunque no sabía muy bien de lo que se trataba. Cuando acabó aquello, oyó a Edward elevar la voz hacia el grupo que dirigía, a la vez que alzaba sus manos. Esa imagen a Isabella le pareció como la de un ave a punto de despegar, viéndose totalmente imponente.

Los instrumentos cobraron vida cuando Edward comenzó a hacer movimientos con ambas manos, a veces bajando una de ellas para voltear las hojas sobre su pedestal y volver a alzarlas, guiando al grupo de virtuosos músicos por tonadas sobrecogedoras, pareciéndole a Isabella que las cuerdas de las guitarras de los solistas eran como voces femeninas que destacaban dentro del conjunto.

Durante la hora y media que duró el ensayo, Isabella tuvo que apretar las manos contra su pecho para no romper a llorar, pues una mezcla de emociones le provocó aquella presentación y el ver a Edward en pleno éxtasis artístico que fue lo que le conmovió más que todo, pensando que si aquello le provocaba un simple ensayo, no sabía qué podía esperar de la presentación oficial.

Acabaron con un final redondo, oyendo a lo lejos a Edward alzar la voz para hacer algunos comentarios a los músicos, quienes asintieron antes de dar por terminado el ensayo. Él se giró con la intención de ver a su invitada y hacerle alguna seña, pero aquello quedó en nada cuando vio caminar hacia el escenario a su amigo James, acercándose primero para saludar a los solistas y a Edward por supuesto.

El pianista miró nervioso a Isabella, que seguía sentada en medio de la penumbra, esperando que no notara su nerviosismo.

—Me dijeron que estabas aquí —le palmeó el hombro a Edward— ¿cómo no me pediste que viniera? ¡Estaba ansioso por ver este ensayo!

—Volveremos a repetirlo dentro de un par de días —dijo Edward, ordenando los papeles sobre el podio, rogando en silencio que su amigo tuviera otros planes y desapareciera de allí, pero al parecer los planes que James tenía lo incumbían a él.

—Oye, vamos a cenar por ahí, todavía hay un montón de cosas que tenemos que hablar.

—Yo…

Mientras, Isabella miraba a Edward hablar con ese hombre, denotando sus hombros que habían tomado una rigidez que durante la hora y media que estuvo dirigiendo la orquesta había desaparecido. Se estaba comenzando a poner nerviosa, preguntándose qué era lo que pasaba, cuando un hombre mayor vestido de uniforme le tocó el hombro, sobresaltándola.

—Perdone, pero debemos asear la sala y los invitados debes abandonar el lugar, así que si me hace el favor… —dijo educadamente el hombre, viendo los nervios en los ojos de la muchacha. Arrugó el entrecejo y miró hacia el escenario, donde aún quedaba uno que otro músico, salvo el maestro que hablaba con otro hombre—. ¿Viene con alguno de ellos? Porque si es así, puede subir hasta allí, no hay problema…

—No…no, yo… yo me voy. Gracias.

Carraspeó y rápidamente se levantó de su sitio, siguiendo al guardia hacia el final de la sala, esforzándose por no devolver su vista atrás. No quería meter en problemas a Edward.

Quizás, había sido una mala idea acompañarlo, pensó mientras salía por la puerta principal, pasando por el hermoso lobby del teatro, lleno de espejos que parecían iluminar aún más aquel lugar tan lujoso, de muros blancos y tonos dorados donde se desplegaban anuncios de las próximas presentaciones.

Agradeció al portero que abrió la puerta de vidrio para ella poder salir, pensando en dejarle un mensaje de texto a Edward agradeciéndole sinceramente la invitación. Antes de eso, buscaría un taxi que la llevara a su casa, decidiéndose a caminar hacia la esquina por las calles ya cubiertas por la noche mientras abotonaba su abrigo rojo, cuando otra vez una mano férrea la atrapó y la hizo sobresaltarse.

Ahogó un grito cuando giró y vio el rostro ansioso de Edward, que respiraba rápido como si acaba de correr una maratón.

—¿A dónde ibas, por qué no me esperaste?

—Esto… yo te vi hablar con ese hombre y pensé… —carraspeó nerviosa, con la mano de Edward aun sosteniéndola por el antebrazo— pensé que te quedarías con él. No quería causarte más molestias. Además me pidieron salir de la sala, y bueno…

—Dios, no hubiera pospuesto pasar tiempo contigo por salir con James —explicó, como si se tratara de algo obvio—. Ya tendré tiempo para él.

—Pero yo puedo irme, tomar un taxi y…

—No, por favor, no permitas que nuestra velada termine así —sonrió con tristeza y alzó una mano para acariciar su frío rostro—.Por favor.

Ella lo miró por un momento y finalmente asintió, dejando que él la guiara hacia la entrada posterior del teatro para ir hasta el estacionamiento por el coche de Edward.

Desde lejos, un par de ojos curiosos había visto la escena, después que saliera tras el escurridizo Edward a quien notó nervioso, el que se disculpó con demasiada rapidez y pasó de su invitación, saliendo de la sala de ensayo como si el diablo le estuviera pisando los talones. Eso hizo que James agudizara sus sentidos y lo siguiera, no sorprendiéndole lo que vio.

—Eureka —murmuró James, dando con el motivo del por qué su amigo andaba tan nervioso, como Esme lo había notado ya, y como él pudo corroborarlo esa tarde.

Inspiró y se abrochó la cremallera de su chaqueta de cuero, caminando en dirección contrario a la pareja, cuyo hombre rodeó a la mujer por la cintura, apegándola a él lo más que pudo, ni importándole si aquello daba lugar para habladurías ni malos entendidos.

Esa misma noche, el padre Marcus, visitó el departamento de su hermana Renée. Se llevó una sorpresa cuando la encontró sola, preguntando él dónde se había metido Isabella. Renée con mucha soltura le comentó que había salido a un concierto con unos colegas del hospital y que prometió no regresar tarde, antes que su hermano Marcus se preocupara. Le sirvió un café con leche caliente y pan de queso que el casero italiano del negocio del abajo había ido a dejar para ella.

Marcus, preocupado después de cómo se dieron las cosas con su sobrina la última vez que lo visitó en la parroquia para ayudarlo, llegó ese día con la intención también de hablar con ella. Por nada quería que sufriera, por eso le interesaba hacerla entrar en razón antes que fuese demasiado tarde; además quería cerciorarse de que nada raro estaba sucediendo entre su sobrina y el hombre ese que era prohibido para ella. No quería que viviera la experiencia amarga de ser la amante, conformándose con las sobras y siempre a escondidas. Ella no se merecía eso, ninguna mujer se lo merecía.

—Estás preocupado, hermano —dijo Renée, no como una pregunta, sino como una aseveración. Marcus miró a su hermana y sonrió sin dejar de sorprenderle la perspicacia de esta mujer que parecía oler en el ambiente cuando las cosas andaban raras.

—No es nada grave, hermana. Ya sabes… algunos feligreses requieren más atención que otros.

—Hermano, por más sotana que vistas, no te puedes encargar de los problemas de todo mundo. Tienes que dejar que cada uno se haga cargo de las decisiones que ha tomado y de sus consecuencias

—¿Por qué dices eso? —preguntó el cura ansioso, después que su hermana le dijera eso, como si supiera cual era el motivo de su preocupación real, como si supiera que se trataba de Isabella. Renée torció su cabeza y sonrió como siempre, estirando su mano para encontrar su rostro cubierto por una barba de un par de días, la que acarició con aire maternal. Ella intuía todo el peso que caía sobre los hombros de su hermano por el hecho de ser cura.

—Porque me imagino que eso es lo que te preocupa. Las personas llegan a ti para confesarse de hechos de los que la mayoría se arrepiente y me imagino que hay almas más rebeldes que otras, que son más duras de seso y no acatan los consejos que les das, o que incurren en sus pecados una y otra vez…

—Sí, es algo así —reconoció, cubriendo con una de sus manos la de su hermana que mantenía sobre su mejilla—. Pero no te preocupes, ya pasará.

—Verás que sí.

Cerca de las diez, Marcus se levantó de la mesa con su estómago lleno de cosas ricas que su hermana Renée había puesto en la mesa para él. Se lamentó de no haber encontrado a su sobrina para hablar con ella, pero ya tendría otras oportunidades. De ser necesario iría hasta el hospital y la encontraría allí, y de pasadas visitaría a un par de enfermos.

Se despidió de su hermana con un gran beso en la mejilla y salió del apartamento, subiendo las solapas de su abrigo negro, pensando en lo mala idea que había sido no llevar su boina pues el frío estaba calando fuerte sobre todo a esa hora. Caminó un par de cuadras hasta llegar al paradero de autobús que lo dejaría en la plaza frente a su parroquia, pasando por el Parque Japonés donde algo llamó su atención; se detuvo detrás de un poste de luz y agudizando su mirada, se concentró en la joven chica de abrigo rojo que bajaba de un coche negro dispuesta a atravesar el camino que él acababa de pasar rumbo al edificio, pero antes de hacerlo, un joven alto de chaquetón gris descendió del lugar del piloto corriendo hasta ella. La tomó del antebrazo y la giró, tomando el rostro de la chica entre sus manos para dejar un beso de aquellos que los enamorados se daban, donde no importaba el lugar, la hora ni las personas que pululaban alrededor, aunque en ese momento el parque estaba desierto y solo él pasaba por allí.

Negó con la cabeza, lamentándose de la escena que estaba viendo, no porque no estuviera a favor del amor ni de las muestras de cariño en público. Lo que le complicaba era que esa chica era su sobrina y seguro aquel joven, de quien ella le había hablado, el hombre casado.

Esperó, en la sombra que le proporcionaba su escondite, que la pareja se separara, esto después de varios minutos en los que él pudo ver a Isabella empujando al hombre hacia el coche, obedeciéndole él con mucha dificultad, como si le costara apartarse de ella.

La chica esperó bajo la luz de una farola que el vehículo que conducía su acompañante se pusiera en marcha y desapareciera para ella retomar su camino, aprovechando ese momento para que Marcus saliera de su escondite y se enfrentara a su sobrina, que en cuanto lo vio se quedó estática y abrió sus ojos verde agua desmesuradamente.

—¿Tío?

—Dime que no vi lo que acabo de ver —le pidió él con decepción en su voz. Isabella bajó la cabeza y jugueteó con sus dedos, sintiendo vergüenza.

Él se molestó por el silencio de la chica y se le acercó, agarrándola por los hombros y moviéndola para hacerla reaccionar. Ella alzó su rostro y develó sus ojos llenos de lágrimas, no de arrepentimiento porque no estaba arrepentida ya de los sentimientos que la movían a hacer lo que estaba haciendo con Edward, que sabía ella que era más que cuestionable, era deshonesto. ¿Cómo era posible que el amor la llevara a sentirse en momentos, absolutamente feliz, y en otros, tan despreciable? ¿Era eso normal?

—¿Por qué estás haciendo esto, Isabella? —Preguntó Marcus con rabia, apretando mucho sus dientes y el agarre de sus dedos sobre los hombros de su sobrina—. Pensé que después de lo que te sucedió en el pasado, actuarías con más sensatez respecto a tus relaciones de pareja…

—¡No compares mi pasado con lo que siento ahora por Edward! —levantó la voz para defender sus sentimientos que no tenían nada que ver con el pasado.

—¡Eres la amante de un hombre casado! —dijo en voz alta, haciendo que ella desviara su cara de la furia de su tío, que no estaba haciendo otra cosa que intentar hacerla entrar en razón. Por eso su enojo. No quería avergonzarla restregándole sus errores en la cara, todo lo contrario, quería que fuera consciente de ellos para que los dejara a un lado.

Tragó grueso y se relajó un poco cuando la vio apretar sus ojos y ver caer entre sus párpados cerrados gotas de lágrimas que desfilaron por sus mejillas. Vio su dolor por lo contradictorios sentimientos que la estaban confundiendo, porque no ponía en duda que ella se hubiera enamorado, ni siquiera podía hablar de lo que ese hombre sentía. Solo hacía mención del hecho inmoral en el que estaban incurriendo y que la iba a hacer sufrir más aún si no lo paraba.

—No te mereces ser la segunda de nadie —susurró el cura con ternura lo mismo que le había dicho la vez anterior, ahora acariciando con una de sus manos el cabello de su sobrina.

—Él me quiere, lo sé —susurró, usando el amor que estaba naciendo entre ambos como única expiación— no me está usando, no está jugando conmigo… solo que…

—¿Las cosas entre él y su mujer estaban mal antes de que ella cayera al hospital? —preguntó Marcus, tratando de encontrar una explicación que lo dejara más tranquilo—. ¿Estaba separado acaso?

—N… no

—¡Ay, hija! —la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza, sintiendo como los hombros de la chica a quien quería como hija se sacudían por el llanto ahogado—. Mi única preocupación es evitar tu sufrimiento. No estoy en contra de que ames a alguien o de que alguien te ame, pero debes tener en cuenta que el amor no es puro cuando provoca el sufrimiento de otros indiscriminadamente, y esa esposa ya está sufriendo, ¿qué va a ser de ella cuando despierte?

—¡¿Y si no lo hace?! —preguntó ella sin poder evitarlo, arrepintiéndose enseguida porque no era algo que ella deseara. Se apartó alarmada por no haber podido frenar su lengua y en medio de sus ojos acuosos vio la rabia de su tío, crepitar otra vez en su rostro.

—¡¿Y tú vas a valerte de esa excusa para mantener esta relación con ese hombre?! —Preguntó, cuestionando la actitud de su sobrina—. ¿Estás esperando que muera o que no despierte nunca para tomar su lugar?

Ella pestañeó y con la manga del abrigo se limpió el rostro, devolviéndole la mirada enojada a su tío. Una cosa es que él cuestionara su actuar respecto a eso y otra diferente era que la creyera tan vil como para desear la muerte de alguien para salirse con la suya.

—Me estás hiriendo, sabes que no haría algo como eso

—Hace un tiempo sabía que no haría algo como lo que estás haciendo ahora, pero ya ves que uno puede equivocarse… —respondió Marcus con frialdad.

—Pues deja que me equivoque, deja que tome mis propias decisiones —se acomodó el tirante del bolso que iba cruzado sobre su torso y enderezó su espalda lista para dar por concluida la conversación—. Ya veré yo como le hago frente al juicio que me caerá encima.

Pasó por el lado de su tío para retomar su camino, obligándose a seguir adelante sin que lo que él le había dicho la sintiera más culpable ya de lo que estaba.

—¡Isabella! —gritó Marcus a la espalda de Isabella. Esta apenas se giró para advertirle una última cosa:

—¡Y te prohíbo que te metas en esto!

—¡Isabella, hija! —insistió él, pero ella ya iba a paso raudo rumbo a su casa. Suspiró con frustración, levantando su rostro al cielo para pedir al Altísimo de su paciencia.

La discusión había terminado igual que la vez anterior en su parroquia. Él no pretendía ofenderla ni nada por el estilo, Dios era testigo de ello, pero su sobrina estaba tan a la defensiva que la frustración había hecho decirle eso.

Quizás, pensaba el cura mientras caminaba al paradero de autobús, lo mejor sería dejar pasar uno o dos días antes de volver a intentar hablar con ella, esta vez en un lugar más privado y menos frío, donde pudieran estar cómodos. Pero no dejaría de insistir, no hasta que ella cambiara de actitud y se diera cuenta de que estaba errando en su actuar.

Lo que sí haría, sería darle una visita al hombre ese, del que sabía se llamaba Edward. En el mismo hospital averiguaría algo más respecto a él hasta dar con su paradero y aclarar algunas cosas con ese hombre, y lo haría a primera hora del día siguiente. No dejaría pasar más tiempo, y lo haría aunque si sobrina le haya advertido que no se metiera en sus cosas.

—Pues bueno, tendrá que saber disculparme —susurró después de planeadas sus actividades para el día siguiente, levantando su mano para detener al autobús que iba a pasar de largo.

Isabella entró a su casa arrastrando los pies, y dirigiéndose hasta la cocina donde encontró a su madre limpiando la mesa.

Apenas alzó la voz para saludarla, no pudiendo esconder su pena, su dolor y su vergüenza, encendiendo las alarmas en Renée, que se detuvo de sus quehaceres para centrar su atención en su hija.

—¿Hijita, estás bien? —preguntó Renée cuando la sintió dejarse caer en una de las sillas de la cocina, después de haber saludado apenas a su llegada. Agudizó sus sentidos y se le acercó, tanteando el rostro de su hija con las manos, preocupándose cuando notó sus mejillas cubiertas por lo que supo enseguida eran lágrimas.

—¿Hija? —volvió a preguntar con preocupación, y entonces Isabella no pudo aguantar más, abrazándose a la cintura de su madre, que estaba de pie junto a ella, hundiendo su rostro en su pecho mientras su llanto brotaba sin remedio.

Se sentía una mujer de malos sentimientos por estar disfrutando de un amor prohibido mientras otra mujer que luchaba por su vida. ¿Cómo fue a olvidar tan rápido el entorno que rodeaba esa relación que estaba comenzando a constituirse?

—Mi niña, ¿puedes decirme lo que ocurre? Me estás preocupando…

—Soy… soy una mala persona, mamá… —lloriqueó con el rostro escondido.

—Eso no es cierto; lo sabes. Quizás hayas cometido algún error, pero el hecho que estés ahora en este estado, demuestra que no eres una mala persona como dices —Renée se inclinó y besó el tope de la cabeza de su hija antes de continuar insistiendo que le contara qué la tenía así—. Anda mi niña, dime qué pasa…

Se apartó del refugio que brindaba su madre y se restregó el rostro con las manos, inspirando profundo una vez para soltar el aire lentamente usando ese tiempo en darse valor para enfrentar su vergüenza ante su madre.

—Me enamoré de un hombre casado, mamá.

Renée retuvo su aliento por una fracción de segundos antes de soltar el aire ruidosamente y exclamar un lamento en voz alta —Ay, mi niña…

—Y lo peor es que él siente lo mismo por mí, lo sé.

—Bien, ahora puedo entender por qué tu pesar —abrió la silla junto a su hija y buscó a tienta las manos frías y húmedas de ella, apretándolas entre las suyas—. Cuéntame la historia, cómo es que se conocieron, y hasta donde han llegado.

Isabella comenzó a relatar para su madre desde el primer momento, la manera en que él había reaccionado cuando la vio y lo que ella había sentido ese mismo día. Le dijo el por qué Edward rondaba el hospital, costándole mucho explicar que la esposa del músico era una paciente en estado de coma que estaba hospitalizada y que en precisamente en el cuarto de ella se habían conocido. Recordó en voz alta cómo en lo consecutivo los encuentros se habían gestado, sin ella buscarlos, reconociendo incluso que ella había dado el primer paso, dándole esperanza. También le contó sobre las citas que habían tenido, aclarando que no había llegado más allá de abrazos y besos robados, recordando la candidez de los labios de Edward, recuerdo que nunca podría apartar de ella.

Le dijo que él, era músico y que precisamente con él había salido esa tarde, pidiéndole disculpas por haberle mentido diciéndole que saldría con amigos del trabajo. Con ese reconocimiento, su vergüenza ante su madre no hacía más que crecer y hundirla aún más en la desazón.

—Me dices que le diste esperanzas, ¿a qué te refieres con eso?

—Él prometió que arreglaría la situación con su esposa. No podía dejarla en ese momento, no cuando ella... ya sabes. Pero que esperaría hasta que ella se recuperara para hablarle con la verdad y finalmente… poder ser libre de poder estar conmigo.

—Es lo que siempre se promete en relaciones como estas, ¿no crees?

—Sé que no me estaba mintiendo —dijo en defensa de Edward—. Si hubiese sido otro, hubiera dejado a su esposa, o su comportamiento siempre hubiese sido de un hombre que engañaba a su mujer, pero no era así.

—O sea que la relación entre él y su mujer era buena antes que ella tuviera el accidente ese…

—Pues sí. Pero nunca se había sentido enamorado de ella… la quiere, pero no como para seguir adelante con ese matrimonio. Se casó porque sintió que era lo correcto, dice que simplemente se conformó pensando que sería todo para él respecto al amor.

—¿Y le crees? Digo… una mujer enamorada se enceguece cuando su amado le hace promesas, pero en el fondo sabe si es cierto o no.

—La forma en cómo me mira cuando lo dice no miente.

Renée suspiró, sopesando qué era lo mejor para aconsejar a su hija en ese momento, y por muy duro que fuera, necesitaba hacerla entender y rectificar su comportamiento, porque como ella y su hija sabían, las cosas no las estaban haciendo bien, por mucho amor que hubiera de por medio entre ambos, por muy sinceros que fueran los sentimientos de ese hombre por su hija y viceversa.

—¿Has oído que el amor sabe esperar? —preguntó Renée, respondiendo Isabella con un sutil asentimiento verbal—. Bueno, no estoy a favor de los matrimonios que se destruyen por terceras personas, pero si lo que él dice es cierto, debes poner a prueba lo de esperar. El amor va en contra del dolor indiscriminado hacia los demás, por lo que deben procurar que nadie salga lastimado de esto, y sin duda su esposa saldrá lastimada. Si es cierto lo que él dice sobre lo que lo une a su esposa no es tan fuerte como lo que siente por ti, pues deben esperar. No es justo para nadie, ni para él que debe amar a escondidas, ni para ti que te hace ser la segunda porque te denigra, ni para su esposa que está siendo traicionada. No es justo, mi niña.

—Va a ser difícil… siempre voy a estar viéndolo y… no sé si podré ser tan fuerte.

—Por sobre todo, él te debe respeto, respeto a tus decisiones que por cierto, las estás tomando por el bien de ambos. Si él te ama como dices, te entenderá y esperará hasta que las cosas a su alrededor se aclaren.

—Temo perderlo…

—Si lo pierdes como dices, es porque no te ama como pregona. Entonces debes ser libre para esperar por el amor verdadero, ese amor que es libre de restricciones y que no se construye a escondidas, el tipo de amor que te hace feliz.

—Soy feliz mientras estoy con él…

—¿Pero cuando llegas aquí y te encierras en tu cuarto? ¿Cuándo la conciencia te recuerda que no es bueno lo que hacen? Quizás a otras personas les dé lo mismo engañar y traicionar, pero tú no eres así. No dejes que nadie cambie tus principios, mi niña.

—¿Debo apartarme entonces?

—Sabes la respuesta a eso. Y debes hacerlo antes de causar daño a terceros. Deja que el tiempo de su veredicto y durante ese tiempo, no pienses en lo que podría haber sido, sino en lo que podrá ser de ti en adelante, en el futuro.

—Será lo más doloroso que haga en mucho tiempo.

—El dolor nos enseña y nos hace más fuertes, así que no te preocupes. Además, tú eres lo suficientemente valiente para hacerle frente al dolor y absorberlo como enseñanza —sonrió y alzó las manos hasta dar con el rostro de su hija, que en su ceguera lo imaginó compungido de dolor—. Y no pierdas las esperanzas, mi niña, y no solo me refiero a este amor que sientes por Edward. Hablo de todo el amor que puedes recibir en el presente y en el futuro. No lo olvides.

A la mañana siguiente, Edward subió por los ascensores del hospital como llevaba haciéndolo ya hace más de tres semanas, esta vez recordando el entusiasmo de Isabella cuando la llevó a la pizzería poco concurrida que él conocía y donde preparaban pizzas caseras, las más deliciosas que haya probado.

Ella le decía la de cosas que le habían pasado mientras había presenciado el ensayo, emocionándola cada nota musical. Quizás estaba exagerando, le dijo a Edward, pero de verdad para ella fue algo poderoso. Su corazón estuvo trabajando a toda velocidad y al ritmo del tambor durante todo lo que duró el ensayo, que muy por el contrario a lo que había temido, le había parecido corto, como si el tiempo en el que las armonías dominaron el auditorio hubiera pasado volando.

—Y tú parecías… una especie de halcón cuando abrías tus brazos y los movías en el aire… —le había dicho ella. Nunca nadie le había dicho algo así, solo Isabella podría haber comparado su postura de director con la de un ave. Halagado, había sonreído y en agradecimiento se había inclinado y le había robado un casto beso en los labios.

Suspiró cuando la campanilla del ascensor le indicó que había llegado a destino, saliendo a los pasillos y vagando sus ojos por el sector para ver si podía verla siquiera de lejos. Pero hizo a un lado esos deseos cuando se enfrentó a la puerta del cuarto de su esposa, abriéndola y encontrándose con Antonieta y Esme, que no se encontraban solas acompañando a Rose. Le pareció sorpresiva la visita de aquel cura que se giró hacia él cuando su suegra advirtió de su llegada.

—Finalmente, Edward —se acercó Antonieta al músico y lo saludó con un beso en la mejilla, concentrándose en el cura que dejó la mano de su esposa reposar sobre la cama. Arrugó la frente por la forma en que este hombre de cuello clerical lo observaba, como si estuviera evaluándolo—. Él es el padre Marcus, que nos contó, visita a menudo el hospital… ¿no te molesta, verdad?

—No, no, por supuesto que no —Edward dio un paso adelante y tendió su mano hacia el cura, el que devolvió el saludo apretándole la mano, elevando apenas la comisura de sus labios—. Soy Edward.

—Ya lo sabía. Su suegra y su madre me han hablado mucho de usted.

—Te esperábamos más temprano, hijo —dijo ahora Esme, acercándose a los caballeros que estaban uno frente al otro. A ella no le iban bien las visitas eclesiásticas por lo que se sentía incómoda en presencia de aquel hombre que entró al cuarto como si nada.

Edward ni siquiera reparó en el comentario de Esme, pasándolo por alto cuando decidió entablar una conversación con el cura.

—¿Y cómo llegó aquí? Me refiero a cómo dio con Rose…

—Una de mis sobrinas trabaja aquí como enfermera, Isabella, ¿la conoce? —advirtió Marcus en tono serio, haciendo entrever algo más que Edward advirtió. Antes de responderle, Esme lo hizo por él para hacerse notar.

—Son muchas las enfermeras que entran y salen de aquí, difícilmente mi hijo la conozca…

—Por supuesto que la conozco —interrumpió Edward finalmente—. Y me alegra que haya venido a visitar a mi esposa.

—Mi labor cuando voy de visita a los hospitales, no es solo rezar por los enfermos, sino también ofrecer la sabiduría de Dios para los familiares. A veces en bueno hablar con alguien extraño pero en quien pueden confiar, aunque parezca eso imposible.

—He estado hablando con el padre Marcus y me ha dejado muy tranquila, Edward. Podrías ir a tomar un café con él —sugirió Antonieta con la mejor intención. Edward la miró y sonrió tensamente, mirando al cura y aceptando la invitación entre líneas del padre. Él no era un tipo religioso para nada, siempre estuvo lejos de la vida eclesiástica, pero entendía la labor del cura en ese lugar y no quería ser grosero con él, mucho menos cuando se trataba de un familiar de Isabella.

Esme en tanto, le molestaba que la suegra y ese desconocido llamaran más la atención de Edward que ella. Había llegado allí con la intención de hablar con él, aunque claro, probablemente él, la hubiera parado en seco. Esperaba al menos que James le sacara información que a ella le pudiera ayudar.

El padre Marcus se despidió de Antonieta, prometiendo regresar para hablar con ella otra vez, y lo hizo también de Esme quien apenas le dedicó un asentimiento de cabeza antes que él saliera del cuarto.

—¿Le parece bien la cafetería? —preguntó Edward, caminando hacia los ascensores. El padre meditó unos segundos, pensando que sería una buena idea estar en un lugar público para no perder los estribos.

—Me parece buena idea —respondió, y encomendándose a Dios, se montó en el ascensor junto a Edward, quien como primera impresión le pareció un hombre… contenido. Otro juicio no podía hacer hasta no hablar con él, cuestión que haría en breve.

—¿Desea comer algo con el café? —preguntó Edward cuando al llegar a la cafetería y caminar hacia el mesón de pedidos, vio al cura mirar los pastelitos dulces de la vitrina con hambre. El cura sacudió la cabeza y sonrió al ofrecimiento del hombre, desestimándola.

—No, con un café bastará.

Edward hizo el pedido y con el padre Marcus se retiraron hasta una mesa para dos en una ventana que daba hacia un jardín interior, cubierto por un césped verde, árboles y algunos asientos ahora cubiertos por la llovizna que caía en ese momento sobre Leonilde.

—Su suegra me comentaba que ella no ha perdido la fe de que su hija despierte —comentó el cura, mientras jugueteaba con el servilletero de metal que había al centro de la mesa. Edward lo miró y asintió.

—Ni yo tampoco. Los médicos dicen que… en casos como los de Rose, se debe esperar a que el organismo reaccione cuando esté listo para hacerlo.

—¿Y usted espera que eso suceda pronto? —preguntó el sagaz gura, levantando lentamente sus ojos del objeto sobre la mesa. Quería ver el rostro de Edward, sus reacciones a cada palabra que le dirigiera en adelante.

—Por supuesto —respondió rápido y sin lugar a dudas.

—Y… ¿puedo preguntar cómo iba su relación con su esposa antes que esto sucediera?

Entonces una de las mujeres que trabajaba en la cafetería interrumpió a los caballeros para dejar las tazas de café sobre la mesa, preguntando si necesitaban algo más, diciendo ambos que no antes que esta se retirara.

Edward arrugó el ceño y revolvió con la cuchara de metal su humeante taza de café sin azúcar, pensando cómo tenía que responder a aquella pregunta.

—¿Puedo saber por qué quiere saberlo?

—Claro… me apetece ser sincero con usted —carraspeó y se llevó a la boca la taza para darle un sorbo a su café antes de sincerarse con Edward—. Me preocupa mi sobrina Isabella. Usted sabe a lo que me refiero.

—¿Puede ser más explícito, por favor? —solicitó Edward, tratando de no verse sorprendido, pues no creía que Isabella hubiera comentado con su tío cura lo que había entre ambos, pero al parecer, sí lo había hecho.

—Usted y mi sobrina están sosteniendo una relación… cuestionable, teniendo en cuenta que usted es casado y que su esposa está hospitalizada en este lugar.

Los surcos en la frente de Edward se volvieron más notorios conforme su confusión iba en aumento. ¿Estaba oyendo eso en verdad?

—¿Cómo…?

—Ayer los vi en el Parque Japonés y ella no pudo negarlo —aclaró el cura con mucha tranquilidad—. Y lo que me preocupa son los sentimientos de ella cuando esto acabe, cuando usted retome su vida con su esposa, o cuando entienda que esto con ella no fue una buena idea ¿o pretende tenerla como su amante, indefinidamente? ¿Cree que ella se lo merece?

Edward negó rápidamente con la cabeza. No podía creerlo, pues aquello era algo que no se esperaba.

—Discúlpeme, pero creo que no estoy en la obligación de hablar de esto con usted…

—Me temo —lo interrumpió el padre Marcus con voz tajante— me temo que estoy en todo mi derecho de preguntar e incluso de exigir que deje en paz a mi sobrina, a quien quiero como mi propia hija. No voy a permitir que se degrade en una relación que finalmente terminará dañándola.

—Por nada dejaría que nada la dañara, ni mucho menos yo lo haría —respondió en un susurro lastimero, poniendo una mano sobre su pecho.

—Entonces no lo haga. Termine con esta relación indecorosa ahora que está a tiempo, ahora que los sentimientos no están tan arraigados…

—Usted no sabe lo que dice.

—Sí lo sé, y tengo la experiencia de haber visto muchos casos como estos, en donde ninguno ha terminado de buena forma. Le insisto, no quiero ver a mi sobrina sufrir y esto le causará sufrimiento, lo veo venir. Ella es muy frágil y en el pasado no ha tenido… suerte…

—¿A qué se refiere con eso?

—No voy a hablar con usted de ese tema privado de mi sobrina —apartó la taza de café y volvió a mirar seriamente a Edward—. Apártese de ella, concentre sus energías y su fe en la recuperación de su esposa y no haga nada que en el futuro lo haga arrepentirse.

—Si me aparto de ella será algo de lo que me arrepienta en el futuro.

—No le prometa cosas que a futuro no podrá cumplir, no la haga sufrir. Eso era todo lo que tenía que hablar con usted —se levantó de la silla y abotonó su abrigo negro con lentitud, mientras Edward lo miraba con restos de confusión y ansiedad en la mirada—. Deseo que su esposa se recupere pronto y que retome con ella la esplendorosa vida de casados que llevaban hasta entonces.

Después de eso, y sin dejar que Edward respondiera, se dio la media vuelta y salió de la cafetería suspirando por haberse quitado ese peso de encima. Esperaba que Edward tomara conciencia o que al menos sus palabras lo hicieran meditar y rectificar sus actos, esperando apelar a su buen juicio. Quizás el padecimiento de su mujer lo había hecho actuar de esa forma errada, pues un hombre en su desesperación hace muchas cosas de las que después se arrepiente, y honestamente esperaba que ese no fuera el caso de Edward, no deseaba el mal para él, muy por el contrario. Deseara que fuera un hombre feliz en el camino que él había decidido seguir.

En tanto, Edward se había quedado allí, mudo después de ese extraño diálogo con el cura. ¿Qué sabía él de sus sentimientos, o de su vida de casado antes de conocer a Isabella?

Dios, ni siquiera podía pensar en que el padre Marcus haya hablado la noche anterior con Isabella y la haya hecho cambiar de parecer respecto a ellos. Se le helaba la sangre de solo pensarlo, por eso con premura sacó su teléfono del bolsillo y se fue a la aplicación de mensajes para dejarle uno a ella, pidiéndole que se reunieran a hablar por unos minutos.

Se tomó la cabeza y cerró los ojos, pensando y pensando en todo lo que ese cura le había dicho, ¿cómo podía poner como ejemplo y excusarse en otras relaciones de ese mismo tipo según él, para decir que lo que Isabella y él tenían, no tenía futuro? ¿Cómo se atrevía además a decir que la dejara, ahora que sus sentimientos no estaban del todo arraigados? ¿Será que Isabella le mintió y le quitó importancia a lo que sucedía entre ambos para no alterarlo?

Miró el móvil esperando tener respuesta al mensaje, pero nada, sumiéndolo en una ansiedad que no sabía cómo manejar. Por eso fue que se levantó y dejó su taza de café a medio beber para salir tras ella. necesitaba hablar con ella, mirarla a los ojos cuando le preguntara si estaba dispuesta a seguir adelante, si en verdad le creía cuando él le decía que al final iban a estar juntos, a como diera lugar… necesitaba que ella le confirmara que le creía, que creía en sus promesas y en sus sentimientos. Necesitaba que no le quitara la esperanza que le había dado.

Subió hasta el piso tres donde trabajaba, el mismo donde se encontraba su mujer hospitalizada, donde recorrió los pasillos buscándola con la mirada, decepcionándolo al no dar con ella. Finalmente se atrevió a ir hasta el mesón y preguntar por ella.

—Señor Masen, precisamente Isabella y Leah están en el cuarto de su mujer. Hace un par de minutos fueron hasta allí…

—Muchas gracias.

Caminó con paso ágil hasta el cuarto de Rosalie, abriendo la puerta y encontrándose de frente con la mujer a la que había estado buscando, que apenas desvió su vista de sus quehaceres para mirarlo, pero no le bastó más que ese segundo para darse cuenta que las cosas no andaban bien.

Cerró la puerta y miró a su suegra que hablaba animadamente con Leah, la otra enfermera, mientras Esme con cara de pocos amigos, estaba sentada en el sofá del cuarto, con sus brazos cruzados, como si no le pareciera nada lo que su Antonieta y la enfermera estuvieran conversando.

—Hola, Edward.

Lo sobresaltó la voz de Tanya a quien no había visto junto a la cama de su mujer, como si quisiera colaborar con lo que Isabella estuviera haciendo en ese momento.

—Hola Tanya… —caminó a los pies de la cama para situarse junto a su suegra, mirando de reojo a Isabella que seguía concentrada en su trabajo con la intravenosa de Rose—. ¿No sería bueno que saliéramos para dejar trabajar a las enfermeras?

—Oh, no es necesario, señor Masen —aseguró Leah— Isabella y yo ya estamos acabando aquí. Además, me parece una muy buena idea que su esposa sienta que hay movimiento a su alrededor, que oiga conversaciones animadas y cosas así.

—¿Cree que ella pueda oírnos? —quiso saber Antonieta con ilusión en la voz. Leah miró a la enferma y luego a su madre, alzándose de hombros, pues no había una respuesta concreta para la pregunta de la señora Hale.

—Hay casos en que personas que han despertado del coma, aseguran haber oído conversaciones, y aseguran que eso las empuja a querer salir de ese estado.

—¡Ay, amiga, mejórate pronto! —dijo Tanya al oído de Rose, peinando su cabello rubio con los dedos, después de oír a la joven enfermera—. Aquí todos estamos esperando que te despiertes. ¿A caso no nos extrañas, no extrañas a tu esposo?

Tanya miró a Edward y le guiñó un ojo antes de seguir hablando.

—Tienes una carrera profesional que debes retomar, y un matrimonio maravilloso. Tu hombre te ama y quiere que regreses ya, ¿verdad, Edward?

Edward sonrió con tirantez pero no dijo nada, aunque a nadie de las presentes que lo conocían le pareció extraño que no lo hiciera e incluso que se pusiera incómodo con los dichos de Tanya, pues él era muy reservado. Aunque había una de las mujeres de ese lugar que hubiera preferido no oír nada de eso, deseando desaparecer para evitar su sufrimiento.

—¡Sí hija! —Exclamó Antonieta, poniendo una de sus manos sobre las piernas de su hija—. ¡Edward y tú deben darme nietos! ¡Me lo prometiste!

Isabella dejó caer un utensilio sin querer sobre el recipiente de metal, susurrando una débil disculpa enseguida que Antonieta exclamara aquello.

—Hemos… —carraspeó Isabella para que le saliera la voz— Ejem… hemos terminado aquí. Volveremos dentro de un par de horas para el monitoreo.

—Muchas gracias, chicas —agradeció sinceramente Antonieta a las enfermeras, antes que estas se dirigieran a la puerta, una deseando salir de ese lugar con más rapidez que la otra.

Cuando ambas ya habían salido, Esme tras bufar se levantó y se acercó a Antonieta. Edward aprovechó de caminar hacia la puerta para ir tras Isabella, pero la mujer que se decía su madre lo detuvo.

—¿Edward, a dónde vas? Acabas de volver...

—Tengo que hablar con una de las enfermeras. Regreso enseguida —dijo a nadie en particular antes de salir detrás de Isabella, encontrándola en el mesón con su frente apoyada en la palma de su mano, mientras su compañera anotaba algo en una carpeta y se la entregaba a la secretaria de allí.

Se acercó sigilosamente y la sobresaltó cuando puso una mano sobre su hombro.

—¡Hola otra vez, señor Masen! —lo saludó Leah con su siempre buen humor.

Edward miró a la chica y sonrió levemente, antes de volver a mirar a Isabella, que lo miraba con sus ojos claros abiertos ampliamente.

—Yo… necesito hablar con usted, Isabella… por favor…

—Ve y habla con el señor Masen, Isa. Ya me alcanzas luego con el señor Kloss.

Edward la tomó el brazo de Isabella y agradecido con la colega de esta, se la llevó a la sala de espera que estaba desocupada en ese momento. Se paró frente a ella y la miró a los ojos, preocupado por la tristeza que se desprendía de ellos que daban cuenta de su llanto nocturno por la hinchazón que los delataba.

Y Edward estaba en lo cierto.

La ilusión la había enceguecido pues aunque ella se repitiera una y otra vez que nada malo estaban haciendo Edward y ella, eso era una mentira. Como le había dicho su tío Marcus, habían incurrido en algo deshonesto lo que debería avergonzarla. Y lo hacía. Se había dejado llevar por el amor que estaba comenzando a sentir por Edward olvidándose de todo lo demás, y eso no estaba bien. Nada de lo que ella estaba haciendo con el músico que en ese momento la miraba con preocupación, nada estaba bien. Además, su madre había coincidido en muchos puntos respecto a lo que Marcus le dijo, llevándola a aferrase aún más en su decisión. Por mucho que a ella le doliera el corazón hacerlo.

Isabella enderezó su espalda y se abrazó, mirando disimuladamente a un lado y a otro. No quería ojos curiosos pendientes de ellos, además esa actitud vigilante era un buen pretexto para apartar su mirada de los ansiosos ojos del músico.

—Cuando llegué esta mañana me encontré con el padre Marcus en la habitación de Rosalie. Me dijo que era tu tío. Y por supuesto me pidió un momento para hablar conmigo. No esperaba que su tío llegara a ese extremo —en tanto Edward siguió hablando, carraspeando y bajando el volumen de voz cuando agregó—. Me dijo… me dijo que ayer nos había visto, y que tú no se lo habías podido negar.

—Yo… —tragó grueso y pasó su dedo índice por el espacio entre sus cejas para concentrarse, en no ponerse a llorar. No podía hacerlo en medio de la sala de espera de su trabajo —Perdóname Edward.

—No fue tu culpa —susurró para tranquilizarla, medio sonriéndole—. Pero no te preocupes, seremos más cuidadosos…

—No.

Edward arrugó la frente y torció su cabeza, extrañado por la respuesta tan tajante de Isabella. No entendía a qué venía esa negativa, que pese a todo parecía haber necesitado de todo el arrojo posible para expresarlo.

—¿Por qué dices no? ¿A qué te refieres?

—Lo siento, pero no puedo seguir con esto. No así… —apretó el puente de su nariz por dos segundos, aferrándose a su sensatez y olvidándose de sus sentimientos—. Lo que dijeron allá adentro…

—Ellas no saben —interrumpió Edward rápidamente. Pero ella no se dejó convencer por los deseos de él. Por eso continuó y siguió adelante, firme con la decisión que había tomado.

—Ellas tienen razón —sonrió con tristeza, tratando de convencerse ella misma ya Edward—. Tienes una vida hecha con tu esposa, un montón de planes… tu mente y tu corazón se aclararán cuando ella despierte, ya verás que sí… yo solo seré un momento de confusión en tu vida.

—No por Dios… —sacudió su cabeza y despeinó su cabello, mientras la incredulidad de lo que estaba oyendo lo torturaba y amenazaba con volverlo loco, porque así se sentía. Aun así, ella continuó explicando su decisión.

—Ella no se merece lo que estamos haciendo. Lo siento, pero no puedo seguir con esto…

—Me prometiste que me esperarías —recordó él en tono acusatorio, a punto de perder la compostura—. No me puedes quitar la esperanza ahora… ¿crees que podré seguir adelante con mi vida después de conocerte, después de saber lo que siento por ti?

—Yo creo que sí podrás.

—¡Pues no, no lo haré! —Edward apretó los dientes y dio un paso más hacia ella, tomándola por el brazo la acercó quedando su rostro muy cerca del de ella, sin importarle si podían verlo o no. Sentía que el mundo dentro de su pecho estaba cayéndosele a pedazos, por lo tanto no le importaba más nada que no fuera salvarlo—. Ya viví suficiente tiempo conformándome. Ahora quiero vivir mi vida con alguien a quien en verdad amo, y voy a luchar por esa vida, no me voy a seguir conformando. Ya no más.

—Pues lo siento, pero ahora daré un paso al costado… con todo el dolor que esto pueda provocarme.

Edward bufó como toro a punto de perder la paciencia, o la cordura. No podía creer que ella se estuviera rindiendo tan pronto. ¿A caso para ella no significó lo mismo?

—¿Y qué voy a hacer yo con esto que siento? —Preguntó, poniendo el dedo índice sobre su pecho—. ¡Dímelo!

Isabella parpadeó rápido, dolida por el tono acusatorio que Edward estaba usando con ella. Estaba a punto de quebrarse y a punto de echar atrás la determinación a la que había llegado, y no podía. Se lo había prometido a su madre y a ella misma. Era por el bien de todos.

—Basta, por favor, aquí no…

—¡Ya no me importa! —Alzó un poco más la voz porque de verdad ya no le importaba—. ¡Que se enteren de una vez!

—Edward, te lo suplico —rogó ella, mirando a todos lados— no lo hagas más difícil.

—¿Difícil? ¡Dios, no tienes idea! Nunca, nunca supe que algo me faltaba hasta que te encontré, pero me sigues faltando porque no puedo tenerte y eso me está volviendo loco. Te estoy perdiendo…

—Este no es el minuto de hablar —Isabella susurró con voz quebrada—. Cuando todo esto pase y cuando tengas tu vida resuelta, búscame. Prometí esperarte y lo haré, pero mientras tanto, es mejor poner distancia.

Edward tragó el nudo que se había formado en su garganta. Hacía mucho tiempo que los deseos de llorar de frustración no lo invadían como en aquel momento, donde sentía estaba perdiendo algo importante.

—Isabella, por favor… —rogó por última vez. Antes que ella cerrara los ojos, inhalara profundo y enderezara su espalda, como revistiéndose de una cortina de frialdad para poner distancia entre ambos.

—Con permiso —dijo ella rápida y duramente, cuando vio pasar por allí a Esme y quedárselos mirando con extrañeza.

Agradeció la presencia la mujer que cortó el diálogo incómodo y la animó para salir de la sala de espera a recluirse en algún lugar donde poder calmarse. No podía derrumbarse en ese momento… lo haría, pero en la soledad de su casa, cuando a nadie tuviera que explicar el motivo de su llanto.

"Perdóname, perdóname Edward" susurró para sí, con la mano sobre su pecho, mientras se alejaba por el corredor.

Edward en tanto se quedó en el centro del pequeño espacio, asimilando lo que acababa de ocurrir, así como comenzaba a asimilar el dolor que empezaba a extenderse desde el centro de su pecho al resto de su cuerpo.

—¿Qué hacías hablando con esa muchacha?

—Déjame en paz de una buena vez —escupió aireado la respuesta y se alejó por el lado contrario por donde se había alejado Isabella y de donde estaba el cuarto de su esposa. Necesitaba un rato a solas y el único lugar que conocía era la terraza donde a veces se apartaba con Jasper. Le daba lo mismo la llovizna o el frío usual de esa mañana… honestamente en ese momento, todo le daba lo mismo.