Capítulo 8 –Animales

La noche había caído, cada vez con temperaturas más bajas; no sabía si era por la estación, o era cierta su teoría sobre que, de alguna forma, a partir de los incidentes con el Cordyceps, las temperaturas habían ido bajando gradualmente; como si la tierra nos estuviera echando como raza dominante, una vez hasta había pensado que el virus era un castigo por parte de la tierra.

Habría estado tiritando de frío, en una ventana en un cuarto piso, si no hubiese sido por el tambor encendido que había a su lado. Era extraño, pero últimamente había necesitado más que nunca esos momentos a solas; algo no estaba bien en su cabeza. Pensó que estaba cayendo en la locura, pero miraba al cielo, y se intentaba explicar qué había hecho mal; qué mal camino había tomado a lo largo de su vida.

La verdad, no quería responder, no quería saber la respuesta: su cabeza era un gran pueblo lleno de niebla, y no quería que ésta se fuera, no quería ver qué quedaba de su cabeza.

-¿Qué pasa, Ethan? –escuchó detrás de él

Se volteó, para ver a Mike con una expresión de curiosidad. Hacía bastante tiempo desde la última vez que habían estado a solas para una conversación casual, de hecho no la recordaba, como varias otras cosas.

La pregunta no era qué decirle, sino si hablar o no, se quedó mirando el suelo, pero notó que si seguía haciendo eso se delataría solo. Pero si hablaba tampoco sería mucho mejor.

Pero al menos era Mike quien estaba ahí.

-Mike, no sé qué hacer

-¿A qué te refieres? –su expresión pasó a mostrar confusión, bajando las cejas; una parte dentro de él presentía algo, o tenía al menos una idea

Ethan entonces hizo una pausa, como un preámbulo para algo que tenía guardado desde hacía tiempo pero había querido evitar, quizá siendo lo que estaba tras la niebla.

-¿Por qué te uniste a Francis?

Entonces sintió un sonido que lo sacó de sus recuerdos, abriendo inmediatamente los ojos y mirando hacia los lados. Todos lo habían escuchado; todos estaban alerta.

Habían decidido descansar en un rancho que habían encontrado, tapado ahora por la nieve; no habían encontrado personas en los alrededores y se veía abandonado. Aun no se acostumbraba a cómo ver de blanco el paisaje le daba una sensación aun peor respecto al mundo; era como si de a poco se estuviera acabando. Los únicos capaces de reconstruir el mundo que él había alcanzado a conocer eran los mismos humanos. Sentía su misión el tener que ayudar a eso, su misión para las futuras generaciones: elegir no ser parte del error.

Estaban en el segundo piso, y alguien estaba abajo, ya que había escuchado un jarrón caer al suelo y romperse. Estaba oscuro, pero sus vistas ya se habían adaptado a ese nivel de luz: Ethan vio a los demás y con una señal con su mano derecha, les hizo saber que él bajaría, mientras que John decidió esperar en la escalera, por si algo pasaba.

Era peligroso, y finalmente decidió ir con su escopeta lista, mientras los demás estaban arriba listos en las ventanas para recibir posibles refuerzos, John estaba esperando en las escaleras al más mínimo ruido para salir. Empezó a examinar la sala de estar y no halló nada, sin embargo al entrar a la cocina escuchó unos pasos rápidos; alguien estaba ahí, y se estaba escondiendo. Se puso tenso, ante la idea de que en cualquier momento alguien lo apuñalaría por detrás, pero levantó la escopeta y continuó; pensó en llamar a John, pero a esas alturas aquella persona, o personas, sabían que él estaba ahí, y llamarlo, probablemente sólo haría que saltaran sobre él.

Fue en ese instante en el cual lanzó un vaso que había tomado en la cocina hacia un lado, a la vez que se movió al otro; pudo ver una cabeza moverse agitadamente y finalmente se halló frente a aquella persona, tapada por la oscuridad, mientras le apuntaba fijamente, a solo centímetros. Pero su alivio pronto se difuminó al ver que le apuntaba a un chico de no más de quince años, asustado y temblando de miedo.

-No le dispares –escuchó, con una voz tan baja que probablemente John no habría podido oírla ni estando en la base de las escaleras

Vio a su lado, y notó a un hombre de unos cuarenta años, apuntándole con un revólver directo a la cabeza, pero entonces notó en su mirada que no era alguien decidido; probablemente tenía sólo un par de balas.

Se fijó más en esa mirada, pese a que todo esto ocurría en cosa de segundos.

Aquel hombre no quería disparar, y la verdad él tampoco.

Conocía esa mirada, y le dolía ello: ésa había sido la mirada de unos turistas que le habían apuntado. Él los había encontrado, intentando escapar de la ciudad, y los había acorralado, pero en el momento final, tanto él como aquellos dos supervivientes se terminaron apuntando de la misma forma.

Ethan no les disparó, y tras bajar el arma, les indicó que fueran por un edificio por el que podían pasar desapercibidos, con lo cual podrían escapar. No supo qué sentir cuando los vio irse, después de agradecerle el haberles dejado ir, pero sí supo lo que sintió cuando vio a uno siendo atravesado por una flecha, sólo para que el otro corriera el mismo destino: tristeza. Se quedó viendo los cuerpos de las dos personas, para luego ver en la ventana de un edificio colindante al suyo, unido por unas tablas que hacían un puente, a Francis, quien recargaba su ballesta. Eso había ocurrido dos meses antes de que saliera del grupo, y de cierta forma, a esas alturas la niebla ya estaba más clara.

Levantó su pistola, quedando completamente indefenso, pero tampoco procuró no botarla al suelo, sólo la levantó lentamente.

-Tranquilo, no te dispararé, no te preocupes

Pero notó lo ingenuo de su gesto cuando aquel hombre sólo le respondió agitado; estaba nervioso.

-¿Crees que soy un idiota? ¿Cuántas veces crees que he oído eso? Aléjate o te dispararé directo a la cabeza

Probablemente eran un padre y su hijo, que buscaban sobrevivir; no podía exigir confianza después de lo que había hecho, dado que tenía la de su grupo porque ellos habían elegido dársela. Se alejó lentamente, porque esa mirada era distinta a la que alguna vez había visto; la desesperación nos podía llevar a cualquier cosa, y ese hombre estaba dispuesto a dispararle.

Dejó el arma en el suelo, y de a poco se fue alejando, con las manos en alto.

Pero entonces empezó a hablar.

-Somos varios, si me disparas no saldrán vivos de acá… aun así les dejaré comida en la puerta de salida; pueden tomarla e irse, y no bromeo, ¡John!

El Luciérnaga escuchó el último grito, sólo para ser detenido por Ethan justo antes de dispararle al desconocido. Por su parte los demás arriba escucharon el grito y se sintieron pisadas en el segundo piso; el plan de Ethan había funcionado.

-¿Ves que no miento? Pero tampoco mentía sobre la comida… John, ¿podrías traer un poco de comida?

Ethan notó que el hombre se mostró sumamente suspicaz respecto a aquel gesto, mientras que John por su lado, entendiendo sus intenciones, fue a buscar unas latas a su mochila. Ethan no lo sabía, pero por lo general para ser un Luciérnaga se tenía que ver más allá de uno, y en la mayoría de los casos, era porque uno ya no tenía nada que ver dentro de sí, si no era hacia afuera, hacia los demás. Eso había mantenido a John con Marlene, aun con todos los años que había pasado sin progreso alguno.

El desconocido finalmente se empezó a dirigir hacia la puerta, apuntándole en todo momento a Ethan, para tomar las latas de comida, y ordenarle al joven a irse; se veía duro con él, pero en el fondo se notaba que lo quería proteger: era su padre sin lugar a dudas.

-Supongo intentaste convencerlo de quedarse –le preguntó John, cuando por la ventana vieron que los desconocidos habían desaparecido tras una colina, entre la nieve –después de todo eres tú

Ethan lo miró, y con los ojos le hizo un gesto indicando que así había sido, aunque era extraño; en casos similares probablemente habría intentado todo lo posible para convencerlos de quedarse así fuera por un momento. Por alguna razón tenía algo que le decía cuándo alguien lo iba a atacar o no, y eso era lo que lo había salvado de morir baleado al encontrarse con Henry y Sam, o con Dom y Julie. Quizá tenía que ver con el breve recuerdo que había tenido antes de verse en esa situación. Quizá había tenido que ver con el motivo por el que se había hecho cazador.

¿Venganza? Venganza hacia quién, o hacia qué. Algo motivaba todo, algo motivaba el odio que sintió luego de ver a Diane morir, el odio que sintió después al ser expulsado por los militares, pero no sabía qué era. La pérdida quizá, el dolor, pero algo tenía que conjugarse con éstos para haberle hecho tomar esa decisión.

Había sido un cazador, y aunque ya no lo era eso seguía en su pasado; lo había dejado atrás, pero eso no quitaba el que existiera esa parte de su vida. Quería respuestas, pero no las hallaba.

-Es curioso –dijo al aire, pero con John presente –un cazador y un Luciérnaga juntos

-¿De qué hablas? Dejaste eso atrás, tú mismo lo has dejado claro… has sufrido, has llorado, y has sentido odio, pero has elegido usar eso para algo constructivo, lo has usado de inspiración para mejorar todo esto, y eso te hace un Luciérnaga… quizá no tengas el colgante aun –le dijo, sacando su colgante, en el cual se podía apreciar el nombre: John King –pero en el fondo eres un Luciérnaga, y lo eres desde que dejaste esa vida; nunca olvides eso

Quizá eso podía servir bien para describir a un Luciérnaga, pero eso no respondía a su otra pregunta, aunque tampoco la había hecho así que no tenía nada que esperar.

Sólo recordó pensar en aquel padre, su historia, y quizá en qué bando estaba. Quizá el mundo era solo un gran conglomerado de cazadores y Luciérnagas esperando a ser descubiertos, porque algo era claro para él: el mundo se había llenado de dolor.

Sin embargo al otro día, mientras desayunaban para partir a Boulder, notaron que golpeaban la puerta; un gesto tan raro en esos días en las zonas libres, que no hizo sino extrañarlos al punto de prepararse para lo peor, pero al ver por la ventana Ethan pudo apreciar que eran justamente las dos personas de la noche anterior. Habían vuelto.

Les abrió la puerta, y con una sonrisa casi recta los invitó a pasar. Se veían sucios y cansados; no supo si habían cambiado de opinión o simplemente la comida los había traído de vuelta contra su voluntad: recordó los días previos a encontrarse con Henry, y luego Liz. Definitivamente mientras menor era el grupo, más difícil era la vida. No se dio el tiempo de responderse la pregunta sobre el regreso de aquel desconocido, pues los invitó de inmediato a comer algo.

-Cumpliste con tu palabra –le dijo el desconocido, mientras veía al joven comer –es… difícil encontrarse con gente como la tuya hoy en día

Y era difícil serlo, y continuaría siendo así, más cuando no siempre había sido así; intentó excusarse pensando en que prácticamente nadie tenía las manos limpias, pero sabía que eso no lo libraría de ninguna culpa. Él había elegido ese camino, y había elegido dejarlo; eso era todo lo que podía concluir en su alborotada cabeza.

-Mi nombre es Ethan… éste es mi grupo… John, Dom, Julie… y Liz –dijo, indicando a las personas que se habían ganado un lugar en su consciencia, a pesar de las discusiones, de las noches en vela, de los tiroteos

-Mi nombre es Rick… y este es mi hijo Joshua –indicó el padre, cuidando de no atorarse comiendo, mientras su hijo comía sin parar; ambos estaban extremadamente delgados

-¿Hacia dónde se dirigen? Esta zona es lo bastante rural como para sólo pasar por ella por un rato

-Vamos… al este, en lo posible a Boston, pero si encontramos una buena parada en el camino, no nos vendrá mal quedarnos ahí

-¿Boston? ¿Qué los lleva allá? –pensó que unirse a los Luciérnagas y asegurarse de llevar la cura a todo era un buen motivo para cruzar el país, pero al intentar hacerse otra idea para viajar con tu propio hijo por un mundo así no pudo hallar una respuesta

-Lo que nos motiva a todos los que aún tenemos algo por lo cual vivir… paz y cierto grado de seguridad… al parecer un alto grado del ejército empezó a barrer con el desastre que hay… están encerrando a todos los cazadores en los alrededores… ya sabes, les declaró la guerra, y según oí la está ganando

Inmediatamente una imagen llegó a la cabeza de Ethan; de su grupo sólo le importaba Mike, por todas las décadas que llevaban conociéndose, pero aun así tenía cierto aire para con los demás, quizá siendo Pat la única otra persona por la cual sintiera lástima. Si lo que Rick decía era verdad, ver a su grupo muerto o entre rejas sinceramente no lo dejaba tranquilo, sobre todo por Mike.

Mike no quería que los dejara, pero tampoco quería irse también; sin embargo había dudado. Ethan recordó que antes no podía evitar pasar noches pensando en que pudo haber hecho algo más por quien había sido su mejor amigo.

-¿Y ustedes? –preguntó Rick, curioso también

-Vamos a… encontrarnos con los Luciérnagas, planeamos unirnos a ellos

Inmediatamente notó que Joshua giró la cabeza, dándole la espalda a su padre; algo significaba eso, pero no podía identificarlo con tan pocos gestos corporales. Probablemente era malo.

Pensó en preguntar, pero una mirada fría de Rick le hizo saber que no sería bienvenida la pregunta; quizá estaba cruzando la raya que ambos habían delimitado con la confianza minúscula pero válida que habían establecido en tan corto tiempo.

Planeaba contarle del viaje que habían llevado, planeaba ocultar la existencia de Ellie, al menos hasta un tiempo prudente de Rick en el grupo, había planeado muchas cosas, pero por primera vez, ante una posibilidad sintió que algo le decía que debía guardar silencio y otorgar. Y el motivo había sido esa mirada; no había sido rabia, no había sido enojo ni odio: había sido decisión, una decisión movida por razones más allá de su conocimiento. La situación que se daba era tan ajena a ese mundo que le pareció extraterrestre y hasta anti natural: respeto.

Ethan no tardó en darse cuenta que Rick tenía ganas de retirarse; habían vuelto sólo por la comida, pero pese a que no tenían de sobra, se sintió bien compartiendo unas cuantas latas más con dos desconocidos que tenían su propia agenda. Si había un militar que se había dado cuenta de lo que podía hacer con el poder que tenía, no podía ser distinto quizá de los Luciérnagas; todos intentaban ayudar como podían, desde sus respectivos bandos.

De cualquier forma sintió cierta nostalgia al ver a los dos desconocidos retirarse. No los conocía, no sabía nada de ellos, ni pasado, ni presente, ni futuro, sólo eran dos viajeros que se habían encontrado y afortunadamente no habían tenido que disparar.

Pero entonces vio a Rick llamarlo en privado, dejando a Joshua a unos metros de él. Vio a sus amigos por unos momentos y decidió ir a su encuentro, probablemente el último.

-¿Qué pasa? –preguntó al alcanzarlo, en medio de un pastizal tapado por la nieve

-Siento que te debo una… -intentaba poner un gesto dócil, pero notaba que lo estaba forzando, notaba que la razón tenía otra emoción detrás –por favor, si tienen una solución a esto, no nos hagan esperar otros quince años… ya he hablado lo suficiente para toda una vida

Esas fueron las últimas palabras que oyó antes de ver a Rick y Joshua perderse entre los árboles. Pensó en darles un caballo, pero no tenían ninguno de más; pensó en darles armas, pero tampoco tenían como para poder compartir mucho más que un par de balas.

Pero mientras volvía con su grupo su rostro se arrugó un poco por el pesar; dedujo algo: Joshua tenía quince años. Miró a John, y se preguntó hasta dónde la esperanza moría; hasta dónde el tiempo era capaz de pudrir todo. Era difícil, sin lugar a dudas, mantenerse constante.

No pudo sino recordar una frase: "el mundo es el que te cambia".

Se preguntó cómo le estaría yendo a Nathaniel, o a su hermano Harry, o a la pequeña Laura.

Pero entonces no pudo evitar volver a Rick y darse cuenta de cuánta pena y dolor había habido en esas últimas palabras que habían intercambiado; la negación, la lucha, la aceptación, la admisión.

Cada superviviente era una historia sufrida.

Quizá contra eso luchaba Nathaniel, quizá eso era lo que se expresaba en Laura y los otros niños de la granja.

Por un instante pudo ver la decisión y convicción que lo había llevado a establecer su pequeño mundo tras unos muros.

Y los cazadores no habían sido jamás sino todo lo malo de ese mundo. No eran personas, no aceptaban emociones, no aceptaban excusas. Eran depredadores, en una cadena alimenticia. Eran animales sin respeto por la vida.

Y por primera vez vio el punto de Nathaniel; qué era realmente peor: el Cordyceps, o las mismas personas.

Pero no podía dudar, no después de todo por lo que había pasado. No cuando faltaba tan poco.

La razón por la que había dejado a Francis era porque justamente confiaba en la humanidad, confiaba en que aún quedaban personas ahí afuera a ser rescatadas de sus pesadillas cotidianas.

Y se preguntó si el cazador nato pensaba lo contrario, o simplemente no le importaba.

Por suerte era una mente en la cual no estaba.

No pudo sino recordar sus memorias.

El motivo de ser cazador cuando no lo eres, ¿bastaba perder todo en lo que creías?

Y lo peor es que para Mike habían dos opciones: o seguir en la misma situación, o estar muerto o encerrado.

Se preguntó qué era peor.

Sacó una fotografía tan antigua como ese mundo, una que nunca abandonaba, una que siempre había llevado consigo todo ese tiempo, y la volvió a mirar como antes; ahí aparecían ambos, con una sonrisa que entonces encontraba hasta exagerada.

Recordaba ese día tan cercano como lejano: su cumpleaños número trece.