Capítulo 4. Parte 1

¡Detective Koga en el caso!

Koga se despertó sobresaltado por su propio ronquido. Tardó un poco en recordar dónde estaba; acostado despatarrado, panza abajo, en el banco de una plaza grande. Le dolían las costillas y el lado izquierdo de la cara por presionarlos contra las tablas de madera. Su cerebro se demoró aún un poco más en recordar cómo había llegado allí, y se removió con pereza y enfado para sentarse en el asiento. Bien, Koga, seguramente no pasa nada si te quedas dormido, indefenso, en un espacio público, en pleno aire libre. Sí, seguro nadie te podría encontrar y a aprovechar la ocasión para matarte. Otro hit de tu carrera de imbécil.

Sus auto-regaño fue interrumpido por una certeza que golpeó su cerebro una vez que se sentó en el banco y sus sentidos se desperezaron. No había despertado por su propio ronquido, si no por un súbito aroma que había llenado el aire. Frunció la nariz. Un aroma floral, como un perfume de mujer demasiado fuerte.

Lirio.

-Hola, Koga.-

El aludido dio un respingo al notar a la chica parada al lado del banco. Delgada, vestida con ropas de apariencias caras y abrigadoras, casi todas blancas, su larga cabellera pelirroja cayendo por su espalda, sus ojos celestes observándolo con una expresión serena, aunque con el ceño levente fruncido. Llevaba dos vasos de café para llevar en sus manos.

-Ayame.- Dijo Koga. Ayame Yoro. Esa chica siempre había olido así, él lo había notado incluso antes de que sus sentidos se amplificaran, dos meses atrás. Pero nunca había creído que ese aroma fuera en realidad tan asfixiante. - ¿Hace cuánto que estás aquí?-

-No te preocupes, no disfruto verte dormir. No soy de esas. – Bufó y se sentó a su lado. – Llegué hace un minuto, mas o menos, pero no quería despertarte. Pareces cansado.- Ya tenía asumido que era una chica linda, pero cuando ella le ofreció uno de esos vasos de café, a Koga le pareció ver una diosa frente a sus ojos. Lástima que esa diosa fuera Ayame.

Aceptó el café, agradecido, y antes de tomar un sorbo, preguntó.

-¿Cómo sabías que estaba aquí?-

Ella lo miró un momento, tomó un sorbo de su café y luego respondió, relamiéndose.

-No lo sabía, estaba caminando por aquí cuando te vi, y supuse que te vendría bien algo calentito para el estómago.-

Koga frunció el ceño aún más. Ayame era una buena chica, pero estaba un poco loca. Eran amigos desde pequeños, llevándose muy bien a pesar de tener vidas muy diferentes (ella era una niña ricachona y mimada, él un pequeño problemático de la tambaleante clase media- baja que se pasaba demasiado tiempo en la calle), pero hacia la adolescencia se fueron distanciando debido a la creciente obsesión de Ayame con él. Ella lo había empezado a acechar, primero sacando a relucir promesas que él nunca había hecho y luego asegurándole que no se iba a rendir. Y aún no lo había hecho, a pesar de que Koga la rechazara una y otra vez, no porque fuera una demente, una engreída o un orco, adjetivos que no pegaban con ella, sino porque simplemente la idea de salir con Ayame le parecía absurda. No la veía de esa manera. La apreciaba, y no podía entender como ella aún continuaba con sus infructuosos intentos. Supéralo de una vez, mujer.

Aún si venía acompañada de "algo caliente para el estómago", lo último que necesitaba ahora era a su pseudo-acosadora cerca. No cuando estaba metido en algo tan peligroso. Menos cuando ya habían muerto dos de sus amigos por su culpa. No sabía cómo lo había encontrado, pero estaba seguro de que no había sido por casualidad.

-Ayame, basta de tonterías. ¿Cómo me encontraste?-

-¿Qué? ¿No me crees?-

Koga hizo un gesto como diciendo "¿me culpas por eso?". Ayame volvió a bufar.

-No te seguí, si eso crees. ¿Me harías el favor de dejar de pensar que soy una stalker?-

-Solo si me dejas de dar razones para hacerlo.-

Ayame puso los ojos en blanco y decidió cambiar convenientemente de tema

-Bueno, ¿y qué hacías dormido en un banco?-

-Se veía cómodo.-

-Las marcas en tu cara no dicen lo mismo-

En un acto reflejo, Koga se frotó la mejilla izquierda.

-No es tu asunto.-

Ante esas palabras, Ayame estuvo a punto de contestar algo como "¡voy a ser tu esposa!, me lo dijeron las cinco adivinas a las que consulté, así que sí, los problemas en los que andes metido sí son mi asunto". Pero supuso que con eso iba a conseguir que Koga saliera huyendo, así que solo optó por ir directo al grano.

-¿Koga, qué te pasó?- Ayame señaló los pies descalzos de su futura pareja. Estaban cubiertos hasta las pantorrillas con unas vendas teñidas por la mugre y la sangre seca.

Koga también miró como los dedos de sus pies se movían nerviosamente, levantó los ojos para posarlos en el rostro preocupado de su amiga y luego fijó la vista al frente, llevándose el vaso a los labios y dándole un larguísimo trago.

"Lo que pasó, Ayame, es que corrí sin parar por tres días, buscando alguna pista que me llevara al asesino de mis amigos. Mi youkai aumenta mi resistencia y eso, pero creo que tantas horas casi sin bajar el ritmo, detenerme, comer o dormir me afectaron. Y aunque mi poder está alojado en mis piernas, mis patas siguen siendo tan blanditas como cualquiera y tanto roce contra el piso terminó por dejármelas peladas y eso que tengo las vendas deportivas. No importa, apenas lo sentí y mi youkai ya se encargó de regenerar la piel. No es nada, en serio. Deberías haber visto cuando maté a alguien a patadas por primera vez; terminé con cinco fracturas, además de los golpes que me dio ese bastardo, pero pocas horas después ya estaba como nuevo."

Separó el vaso de sus labios y miró a Ayame otra vez, una pequeña arruga se había formado entre las cejas de la muchacha . Hasta él sabía que no era buena idea contestarle con la verdad, pero tampoco tenía tanta imaginación como para inventar una excusa convincente.

Así que volvió a mirar al frente y dio otro trago largo.

Le gustaría pensar que todo ese esfuerzo no había sido en vano. Hacía unas, tal vez, doce o catorce horas, había captado un olor similar al de la escena del crimen. En el momento en que lo había sentido, detuvo su marcha y retrocedió hasta encontrar su fuente. Una escuela. El aroma estaba conformado por los olores de la tiza, la madera de los bancos, cuadernos y libros, tinta de fotocopias, los olores corporales combinados de niños, púberes y prepúberes. No muy agradable, pero muy parecido a la esencia que el asesino había dejado atrás. Eso quería decir que se trataba de un estudiante, o tal vez un profesor. Koga no sabía qué lo enfurecería más: que el culpable fuera un pendejito de quince o que fuera uno de los seres más molestos, asquerosos y detestable de la existencia como eran los maestros.

Tenía una pista, genial, pero ¿por dónde empezar a buscar?Había corrido de aquí para allá, pasando por diferentes escuelas para ver si detectaba aquél aroma exacto o el de un youkai, pero hasta el momento, no había tenido nuevos resultados.

Ya se había acabado todo el café, pero se mantuvo en la misma posición, con el vaso en alto, sumido en sus pensamientos.

-¿Ya terminaste de hacerte el tonto?-

La vocecita de la chica despertó a Koga de su trance, quién se incorporó violentamente. Sus pies ya no dolían y sus pantorrillas no estaban ni por asomo tan agarrotadas como antes de caer dormido. El café le había dado un poco de energía y lo había hecho entrar en calor. Tenía mucha hambre, pero ya se iba a encargar de eso (se le había ocurrido pedirle a Ayame que le consiguiera dos docenas de medialunas, pero ahora que ella estaba en modo interrogatorio ya no se le antojaban).

Aplastó el vaso de café para llevar en su mano y caminó por el sendero del parque, alejándose del banco.

-Koga, ¡Koga! ¿es que no tienes modales?-

Koga tiró el vaso en un cesto que había al costado del camino y siguió su marcha, mientras decía con su voz ronca, dándole la espalda.

-Ah, sí. Gracias por el café.-

-Espera, espera, espera ¡Koga!-

El sintió la blanca y delicada mano de Ayame sobre su hombro y volteó a verla. La voz de ella era increíblemente suave comparada con la suya, e increíblemente chillona. ¿Qué había desayunado? ¿Helio?

-Koga, por favor, dime. ¿Qué pasó?, ¿qué hacías aquí?, ¿estás herido?, ¿necesitas ayuda?¿Estás en problemas?- Ella, por supuesto, ya tenía una idea bastante aproximada de la situación de Koga,pero necesitaba escucharlo de él, no solo porque estaba preocupadísima, sino porque si él le contaba todo, si decidía confiar en ella, la haría tan feliz…

Pero Koga no le iba a contar. ¿Para qué? Era una locura, ella no le creería. Y si le creyera, lo único que iba a hacer era agobiarlo y seguirlo a todos lados para tratar de ayudarlo, arriesgar su cuello en vano. Si dejaba que por su culpa a Ayame le pasara algo, esa iba a ser la mayor estupidez de su repertorio, la peor, la imperdonable.

-¡Basta, pareces una loca!- ¿Solo lo parecía?.- Estoy bien, estoy bien, la sangre es vieja. Escúchame, Ayame, olvídalo, olvídate que me viste. No me sigas, no me busques. Estaré bien pero no-me-busques, ¿entendido? Es muy peligroso para alguien como tú.-

-¿Alguien como yo?- Ayame dejó pasar el comentario. – No me puedes pedir que no te ayude.-

-Sí que puedo, y lo estoy haciendo ahora mismo. Aléjate. Si no lo haces….- Koga titubeó. Lo que iba a decir sonaba muy estúpido, hasta para él. Por una vez, agradeció que Hakkaku y Ginta no estuvieran ahí porque de otra manera lo molestarían por los siguientes treinta y dos años.- Si no te alejas, no te volveré a dirigir la palabra. Eeeh, estarás muerta para mí. ¿Entendido?-

Ayame abrió los ojos grandes como platos. Había jugado muy sucio. Sin esperar una respuesta de su parte, Koga se volteó otra vez y salió corriendo, tan rápidamente que el polvo del sendero se elevó y formó un remolino que lo ocultó a medida que se iba alejando.

-¡Koga!¡Espera! ¡Tengo que decirte algo! ¡Yo…!-Ayame suspiró. Eso le pasaba por esperar tanta sensibilidad por parte de Koga. Ese no era precisamente su fuerte. Y tampoco lo era la prudencia ¿Cómo esperaba que no se asustara si se paseaba por ahí con las piernas ensangrentadas y hacía esas salidas dramáticas obviamente sobrenaturales? Y eso de dormir en una plaza, a la vista de todos. Era el amor de su vida, pero eso no dejaba de lado el hecho de que tuviera una toalla mojada en lugar de cerebro. Por eso tenía que asegurarse de que estuviera a salvo. Koga era fácil de encontrar, pero casi imposible de alcanzar. Para cualquiera menos para ella.

Se quitó el lirio que llevaba en el pelo, donde, por cierto, le quedaba precioso y, por cierto, Koga no había notado. No le convenía seguirlo. Si lo hacía, tal vez destruiría todo lo que habían avanzado en su relación. Porque habían avanzado, muchos tratarían de probarle lo contrario, pero si de algo estaba segura era de eso.

Ahora, él no la quería cerca. Miró los grandes pétalos de la flor en su mano. Entonces no lo seguiría tan de cerca.


Habían sido unos tres días muy agotadores. Para empezar, el martes había tenido aquel incidente con el encanto de Yura. Se había asustado, por supuesto, pero el terror que sintió no era nada comparado con el que la embargó al oír el grito de su madre cuando vio que el living no tenía pared. Kagome había salido a tranquilizarla y decirle que todos estaban bien. Y cuando su madre le preguntó qué demonios había pasado, dijo lo primero que se le vino a la mente. Allí fue cuando se dio cuenta de que su mente no era muy brillante, para decirlo de alguna manera: había dicho que el techo se había caído porque sí, y que el Abuelo y Souta se habían desmayado por el susto, pero que estaban bien. Su madre había puesto una cara que estaba a medio camino entre sorprendida y escéptica. Por suerte, Miroku llegó al rescate. Resulta que el tipo era experto en engaños y de su boca solo salían detalles y añadiduras que hacían que la tonta historia de Kagome pareciera un evento total y completamente lógico y verosímil. Dijo que él caminaba por allí cuando vio el techo caerse y acudió en ayuda de los habitantes de la casa, y también comentó que Kagome le había contado que hacia días que veía una grieta grande y fea pero nadie en su familia le hacía caso. Ese último comentario dio en el blanco y la madre de Kagome de repente se sintió demasiado culpable y responsable del accidente como detenerse a sospechar de algo. . Kagome sonrió al recordar cuándo, mientras ella suspiraba de alivio y veía a su madre entrar a la casa por el agujero de la pared a ver como estaba su familia y cuántos eran los destrozos, Miroku murmuró algo como "si ella fuera un poco más joven, tal vez…", provocándole que se le escapara una risita escandalizada.

Al rato llegaron algunos vecinos, y uno de ellos les dijo que había llamado a los bomberos, pero éstos estaban saturados por un edificio que al parecer se había derrumbado a unos pocos kilómetros de allí. Kagome lo tranquilizó, diciendo que por suerte no habían sido necesarios.

Al poco rato, el Abuelo y Souta despertaron, y para fortuna del corazón agitado de Kagome, parecían somnolientos y completamente ignorantes de lo que había pasado en esa casa. Al Abuelo le dolía un poco la espalda, pero además de ello, no estaban heridos.

En resumen, la operación "Aquí no se cometió ningún crimen" había sido un éxito. El nuevo problema era qué haría a partir de ahora.

Como que no podían vivir en una casa llena de escombros y a la que le faltaba una pared que comunicaba al exterior, había pasado con su familia las últimas tres noches en un hotel hasta acordar que vivirían con sus abuelos maternos durante lo que duraran las reparaciones. Kagome había dicho que ella iba a quedarse en lo de una amiga para no darle problemas extra a aquella pareja de ancianos. Para su sorpresa, su madre accedió, quizás impresionada por la calma que su hija había mantenido ante tan extraño accidente, o tal vez aún sintiéndose culpable por las advertencias que supuestamente había ignorado.

Solo le faltaba conseguir un lugar a donde quedarse. Había tenido una larga charla telefónica con Miroku Hoshi acerca de su vulnerable situación; no sabían cómo la había localizado Yura, pero de alguna forma descubrió dónde vivía y cuáles era sus horarios. Tampoco sabían si la chica era la única que poseía esos datos. Por otro lado, Miroku le había advertido que ella, desarmada como estaba, era como si tuviera un cartel de neón sobre su cabeza que dijera COMIDA PARA TU YOUKAI GRATIS AQUÍ. Muchos tipos malos como Yura podían ir tras ella y tal vez encontrarla muy fácilmente, por lo que debía alejarse lo más posible de su familia para que no volviera a suceder lo mismo que lo de las marionetas gigantes. Lo mismo aplicaba para sus amigas, por lo que tenía terminantemente prohibido ir a la escuela.

Tachando la casa de sus abuelos y la de cualquiera de sus amigas de la lista, y tomando en cuenta que no tenía suficiente dinero como para pagarse un hotel, estaba desamparada en ese sentido. No tenía intenciones de vivir en el apartamento de Miroku, no importaba cuánto insistiera él. Para empezar, no quería ser una molestia después de todo lo que él había hecho por ella, y en segundo lugar, le parecía una situación algo incómoda e incorrecta. Si su madre se enteraba de que estaba viviendo con un hombre como cinco años mayor…bueno, no haría mucho al respecto, pero se lo contaría al Abuelo, y si el Abuelo se enteraba….

Sea donde sea que viviera, el engaño se podría mantener siempre y cuando recordara llamar a su madre cada noche para contarle cómo estaba y cómo había ido su día. Le dolía un poco mentirle a su madre, pero los tres días en el hotel habían sido la mar de estresantes: a pesar de que Miroku le dijo que probablemente sería de capaz de sentir si un jugador andaba cerca, Kagome no podía evitar mirar nerviosa a cada desconocido que se le cruzara, ¡ y el hotel estaba repleto de ellos! No podía imaginarse vivir constantemente con el corazón en la boca, temiendo que las personas que amaba resultaran heridas por aquellas absurdas razones.

Kagome miró con pesar las puertas del supermercado y supuso que no le haría ningún daño entrar. Tenía algo de dinero en su mochila y tal vez dentro encontraría algo que le sirviera para sobrevivir en algún callejón o le diera una mejor idea.

Con cada hora que pasaba, los recuerdos del martes se iban haciendo cada vez más inciertos, como si su cerebro estuviera tratando de convencerla de que todo había sido parte de un retorcido sueño. Pero el contacto de su celular que tenía agendado como "Aamiroku" era cien por ciento real. Para ser sincera, su alianza con Miroku se reducía a tener su número siempre a mano para cualquier emergencia sobrenatural, y la promesa de él de venir volando para socorrerla. El tipo le había dicho que él no tenía interés en matar a otros jugadores, ya que eso solo serviría para hacer su Kazaana más poderosa, lo que se traducía en él siendo absorbido. Así que afortunadamente, esa alianza no iba a tener nada que ver con el homicidio…a menos que fuera en defensa propia.

Un escalofrío le recorrió la espalda mientras agarraba un canasto de compras y se aventuraba entre las góndolas, sus pies repiqueteando en el piso resbaloso.

Todo era tan extraño, complicado, horrendo. Ella le había preguntado a su nuevo amigo cuánto duraría aquella pesadilla, pero Miroku solo pudo decirle que hasta que al jugador más fuerte se le aparezca la Perla. Kagome se preguntó si todos estarían muertos a esa altura. No quería morir, ¿pero sería capaz de matar para evitarlo?

Esos planteos le daban dolor de cabeza. Mejor dejarlos para el momento que los necesitara. Era muy temprano para preocuparse. Aún no tenía su youkai. Podría toparse con él en cualquier momento, había dicho Miroku. Y cuando lo encontrara, ¿lo tendría que hacer más fuerte? No, no, no, no. Se iba a mantener al margen de esa estúpida carnicería sin sentido. Cuando encontrara un lugar donde quedarse, se encerraría allí con su celular, comida para un mes y un palo o algo para golpear, y no saldría hasta que le llegara el mensaje de Miroku dándole el visto bueno. Después de todo, a ella no le interesaba esa Perla de Shikon. Ni si quiera sabía para qué servía. Y nada que costara tan caro era de su interés.

Se sacudió con otro escalofrío. Solo quería dejar de oler tanto a presa y empezar a oler a cazador, aunque no lo fuera. Que no la volvieran a molestar.

Y hablando de cazadores y molestos, ¿qué habría sido de Inuyasha? Miroku le había comentado que no era tan sanguinario como parecía, y solo había matado a los portadores que causaban muchos problemas. Habían muchos de ese tipo. Los youkai, al parecer, tenían un extraño criterio para escoger a sus dueños, quienes no siempre recibían la aprobación del psiquiatra.

Tal vez resultara un poco infantil, pero Kagome tenía la costumbre de que siempre que iba al supermercado, pasaba por la sección de juguetes. Le gustaba ver a las muñecas, un poco diferentes a las que vendían cuando ella tenía edad de jugar con ellas. También le gustaba mirar los soldados, ninjas, policías de juguete que siempre había querido de niña y nunca se había animado a pedírselos a su madre porque eran muñecos "de niños". Ahora que lo pensaba, a su madre no le hubiera importado darle una caja de soldaditos armados hasta los dientes, así como no le importaba regalarle a Souta una muñeca. De todas formas, lo que más le había gustado siempre eran los peluches, en cuanto más grandes, peludos, tiernos y apachuchables, mejor. De pequeña tenía una colección de perritos de peluche: desde caniches blancos y peludos a enormes y arrugados sabuesos.

Así que, por inercia, siguió aquella costumbre y se metió en la sección infantil. Mientras, sin aflorar el paso, miraba lo zorras que se veían unas muñecas, otro escalofrío le subió por la columna. Paró en seco. ¿De dónde había salido ese? No estaba pensando en nada desagradable, los recuerdos de su infancia la mantenían alejada de sus problemas sobrenaturales.

De repente, sus palmas estaban tan resbalosas por el sudor que se le cayó el canasto. No, por favor. No con tanta gente.

Una ligera molestia que había atribuido al deslumbramiento de las luces de tubo del supermercado en comparación con la oscura y nublada mañana en el exterior creció acelerada hasta convertirse en una jaqueca. A pesar de que sus brazos estaban cubiertos por las mangas de su uniforme, que se había puesto para hacerle creer a su madre que iba a la escuela y luego a la casa de dicha amiga imaginaria, la piel se le puso de gallina como si los tuviera al descubierto. Su corazón se le aceleró mientras metía la mano en el bolsillo de su falda y sacaba su celular. Algo había entrado al local, y era algo muy malo.

Retrocedió para tener un mejor ángulo de la puerta del supermercado, pero la góndola era demasiado alta. Retrocedió un poco hasta que el estante de los peluches tocó su espalda. Otro escalofrío, más violento, la invadió, y Kagome notó que estaba temblando como un lavarropas descompuesto.

Un momento. Ella no estaba temblando. El estante estaba temblando.

Se volteó. Los peluches de tamaño mediano estaban apretados en el estante, vibrando. Hizo falta que un pequeño monito con camisa roja se cayera al suelo para que Kagome se percatara de que los temblores provenían del zorrito de felpa a su lado. Se alejó del estante. Los ojos del animalito eran enormes y sus pequeñas pupilas negras miraban a dos direcciones opuestas, en una expresión que, sumada a la pequeña lengua que se asomaba en su hocico, lo hacía ver entre tonto y loco. A decir verdad, era bastante diferente al resto de los peluches, aún dejando de lado el hecho de que temblaba.

Kagome se debatía entre salir corriendo o esconderse detrás de los Lego e ignorar el zorro-lavarropas hasta que la molestia hubiera desaparecido cuando sus pensamientos fueron interrumpidos por una vocecita.

-No…no ahora….-

Y con un "plop" en zorro se convirtió en un niño. En un niño de carne y hueso.

Kagome dio un saltito hacia atrás de la sorpresa. Era tan…pequeño. Como mucho, debía medir medio metro, y su cabeza era demasiado grande para su cuerpecito, y sus ojos demasiado grandes para su cara. Su pelo era del mismo color que el del peluche, naranja brillante, y estaba atado en su nuca. Llevaba un buzo de Adventure Time que le podría haber quedado bien a uno de los bebotes que estaban por ahí cerca, y unos shorts holgados que dejaban ver que sus pies no eran otra cosa sino unas blancas y delgaditas patas de zorro. El niño maldijo entre dientes, miró a Kagome nervioso y saltó del estante para desaparecer en una pequeña explosión de humo.

La muchacha se quedó donde estaba, de piedra, aún mirando el hueco entre los peluches y con algunas ganas de llorar de frustración.


Shippo tenía mucho miedo. Olía a Maten, era un aroma más sutil que de costumbre, por lo que podía asumir que aún no había activado su youkai. Pero era cuestión de tiempo para que lo hiciera.

Era un tonto. Debió haberse escondido mejor. Había creído que el olor de la comida, productos y personas mezcladas iba a marearlo, pero no había tomado en cuenta que Maten tenía el estómago tan lleno, que sus sentidos eran poderosos. Más poderosos que los suyos. Bueno, todos eran más poderosos que él, esa no era una novedad. Había podido arreglárselas hasta que se topó con los hermanos Raijiin y los subestimó. ¡Es que ellos se veían tan…tan…tontos, que no se los tomó en serio! Además, habían querido matarlo, se habían esforzado por ello. ¿Quién se esforzaría por matar a un portador tan insignificante? Solo uno más insignificante, por supuesto. Es que en ese entonces, Hiten y Maten apenas habían recibido sus youkais, Raigekijin y la Magia del Trueno, por lo que su olor no era lo suficientemente fuerte como para advertirle a Shippo que no le convenía divertirse a costa de ellos. Había escapado por los pelos aquella vez y ahora que Maten lo había encontrado, no lo iba a dejar ir.

Y tenía la suerte de que justo en el mismo supermercado donde había decidido esconderse entrara una portadora desarmada, un olor demasiado tentador para ese par. Si él no los atraía hacía allí, lo haría ella. Quedarse uno cerca del otro no era una opción.

Vamos, Shippo, usa tu enorme cabezota que para algo la tienes. La situación se tiene que inclinar a tu favor de alguna manera.

Aunque la Magia del Trueno destruiría el edificio en un segundo, no le convenía salir. Si Maten estaba allí era porque Hiten debía estar muy cerca y si le daban a elegir, Shippo escogía quedarse con el grandulón con problemas de calvicie. Así que nada de escabullirse fuera.

Corrió, zigzagueando entre las góndolas, de vez en cuando convirtiéndose en una pasta de dientes o en una lata de atún para pasar desapercibido a los compradores que pasaban, hasta llegar al fondo del supermercado. Si encontraba otra salida por la cual escabullirse…

PUM

Una góndola se cayó más adelante y el niño, con sus ojos camuflados, vio como se cernía aquél condenado gordo. ¿Lo había encontrado, después de todo?¿Se había frustrado y había decidido volar todo el supermercado, con o sin Shippo incluido?

Un par de salamines a su alrededor cayeron y rodaron por el temblor que invadió al niño y se expandió por la estantería en la que se encontraba escondido. Maten pareció dudar un momento , ladeando un poco la cabeza hacia la posición de Shippo, para luego correr hacia la entrada. Los demás clientes habían hecho silencio un momento hasta que una chica gritó y varios decidieron hacerle los a correr en todas direcciones, algunos se quedaron paralizados, algunos otros genios sacaban los celulares para grabar el próximo vídeo con más visitas en YouTube. El griterío aumentó cuando Maten se puso sobre el hombro a la chica de pelo ébano, que se resistía en vano.

Shippo se permitió suspirar aliviado; había escogido a la desarmada antes que a él. Casi ni se sentía mal por haber traído al monstruo hacia allí. Casi no se sentía mal por la horrible muerte de una chica inocente y sin poderes.

Hablando de poderes, él sí los tenía. Justamente los mismos que su padre había tenido hacía cinco años. Los que ahora, seis meses después de su muerte, lo habían elegido como portador. El Fuego Mágico, o como su padre solía llamarlo, los Trucos del Zorro. Por cierto, su padre los hubiera usado para enfrentar a Maten y jugar con su mente hasta el punto en el que enloquezca, deje en paz a la chica y tal vez se lastime a sí mismo.

Pero Shippo no podía hacer eso. Era débil, por lo que su youkai era dé lo había alimentado y a decir verdad, no se creía capaz de hacerlo.

Pero esa chica iba a morir. ¿Cuánto le hubiera costado a Shippo advertirle que huyera cuando la vio en la sección de juguetería? Nada, porque estaba muy apurado por largarse de allí, como el cobarde que era. Y la chica iba a morir. Papi no lo permitiría, papi estaría decepcionado. Pero Shippo estaba solo, tenía que pedir ayuda. ¿Pero a quién? No tenía nadie. No siempre había sido así, pero ahora la única persona que había tenido estaba muerta. Y probablemente muy triste porque su hijo era un cobarde


Kagome avanzó por la sección de juguetería para asomarse al pasillo por el que había desaparecido aquel niño zorro. Parecía muy asustado e indefenso. A decir verdad, ella también lo estaba, y a juzgar por su incapacidad de convertirse en Kagomes de peluche, incluso estaba más indefensa.

Una oleada de dolor le golpeó el cráneo, obligándola a apretar los dientes y apoyarse con un brazo en el estante de los juguetes para bebés, apretando el celular con la otra mano. El pelo erizado en su nuca fue suficiente señal como para que se volteara. Un tipo calvo y enorme le sonreía. Un suave resplandor dorado lo cubría por completo, de manera similar que cubría Inuyasha cuando desenfundaba su espada, salvo que el calvo en cuestión no parecía llevar ningún arma. Kagome no sabía qué significaba, pero suponía que no era nada bueno.

El hombre ladeó la cabeza, inspeccionándola, sin borrar la sonrisa de su rostro.

-Sí…creo que servirás.-

Kagome desbloqueó su celular sin siquiera mirarlo e instintivamente entró a la carpeta de contactos y escogió el primero, manteniendo la mirada sobre el hombre, tratando de que sus acciones no resultaran muy evidentes. Tocó la pantalla a ciegas, rogando haber acertado al botón verde.

-¿Servir?¿Para qué?- Contestacontestacontesta.

El hombre se pasó la mano por la cabeza.

-Como puedes ver, tengo un cierto problema estético y necesito a una linda señorita como tú para que me ayude.-

Kagome retrocedió

-¿Ayudarte?-

-Más bien solo necesito tu sangre y tu grasa, ¡pero no te preocupes! El resto me lo voy a comer, no me gusta desperdiciar.-

Kagome retrocedió aún más hasta quedar en medio del pasillo. No entendía muy bien cómo su sangre y su grasa iba a ayudar al tipo con su alopecia temprana, pero tampoco tenía ganas de averiguarlo.

-Aléjate de mí o gritaré. ¿O es que quieres llamarla atención de todos en el Cerrafour de la calle San Carlitos?- Mas te vale que hayas escuchado eso, Miroku.

El hombre rió.

-¿Llamar la atención, dices?- El resplandor aumentó, bañándolo en luz dorada hasta cubrirlo por completo. Su silueta se deformó y creció aún más hasta que el aura volvió a disminuir para revelar a un monstruo blanco amarilento, la ropa estirada y raída, el rostro similar al de un tiburón, con una enorme sonrisa y solo tres pirinchos. Una señora que pasaba detrás de Kagome arrastrando un carro repleto de comida para gato se detuvo, mirando a la criatura en silencio y con los ojos muy abiertos. A Kagome se le resbaló la mochila, que llevaba sujeta solo en un hombro- ¿Crees que eso me importa?- Agregó el monstruo- Vamos, no me hagas las cosas más difíciles.-

La chica corrió, tenía que largarse de allí, no podía estar rodeada de tanta gente mientras ese pelón amarillo se sometía a sus instintos asesinos. Recién cuando doblaba, enfilando hacia la entrada, oyó los gritos de la otra clientela y un ruido que sonó muy parecido a una estantería cayéndose. Se llevó el celular al oído y dijo en una exhalación.

-¡Miroku!¿Oíste? Youkai. Grande. Malo. Estoy saliendo del súper. Ven, por favor.-

No se oyó nada desde el otro lado de la línea. Kagome miró la pantalla de su celular para observar la imagen genérica de una silueta sobre la cuál decía en grandes letras blancas "Aamiroku" y una sucesión de números difícil de memorizar. Debajo del dibujo, en una fatalista tipografía roja, brillaban dos palabras que secaron la garganta de la pobre Kagome.

"Llamada finalizada"

Maten se hallaba en un dilema. ¿Qué presa elegir? ¿La chica que acaba de encontrar, la desarmada? La seguramente exquisita fuente de nutrientes excelentes para el crecimiento capilar se alejaba hacia las puertas automáticas. ¿O el niño mapache? Aquél que se había atrevido a intentar humillarlo a él y a su hermano, el mismo cuyo aroma lo guiaba a la dirección contraria, al fondo del supermercado, donde se perdía entre otros olores más deliciosos a embutidos y carne. Ninguno de los dos haría más poderoso su youkai, así que ese asunto no podía tomarla en cuenta. Venganza o pelo. Esa era la cuestión, a eso se reducía el problema.

De hecho, visto de esa forma, no existía problema alguno.

Maten persiguió a la joven, sus pisadas retumbando en el suelo blanco y resbaloso. La chica corría mirando su celular. ¿Será posible? Los adolescentes de hoy en día no se desprenden de su teléfono ni cuando huyen por su vida.

La alcanzó de una zancada, la tomó por la cintura y la puso sobre su hombro. Fácil, demasiado fácil.

-¡Suéltame!¡AAAAH!-Entre las súplicas de la muchacha, Maten escuchaba a la gente a su alrededor chillando y corriendo, dudando de si largarse por las puertas principales, tan cercanas a aquel individuo monstruoso, o encontrar otra salida.

- No grites, te dije que no te iba a servir para nada.-

Kagome pataleaba y golpeaba la espalda del bicho feo con su mano derecha mientras que con la izquierda volvía a llamar a Miroku. Vamos, contesta, contesta,

-¡Maten!- gritó una voz chillona y temblorosa. De repente, una enorme serpiente verde de aspecto feroz envolvió al ser blanco con sus anillos y lo tumbó de panza al suelo. Kagome salió volando y rebotó en las baldosas enceradas con un sonido pesado, sin tener tiempo de entender que había pasado.

-¡Corre, corre, correeeee!-Dijo el niño zorro que pasaba por su lado, corriendo tan rápido como lo permitían sus patitas. Kagome miró unos momentos sorprendida a la serpiente que se apresaba al tal Maten. En solo cinco minutos, el día le había arrebatado el puesto al episodio de Yura como "el día más loco de la vida de Kagome Higurashi".-¡Corre!- Insistió el aparente joven domador de serpientes gigantes mientras atravesaba las puertas automáticas. Kagome se levantó a los tropezones y lo siguió.

La serpiente empezó a encogerse, lo suficiente como para que el monstruo logre arrojarla lejos. En el aire, el animal fue adquiriendo su inofensiva e inanimada forma original de un anticuado juguete de madera.

Fuera, el día estaba horrible. El cielo era una pantalla gris sucio, iluminado constantemente por relámpagos violetas y azules, estruendosos y potentes. Sin embargo, no se sentía la humedad típica de las lluvias eléctricas, y a los pocos kilómetros se observaba cómo las nubes se despejaban para mostrar un hermoso cielo celeste. Lo gracioso era que esas enormes nubes se encontraban en el exacto mismo lugar que desde hacía varios minutos. Era una tormenta inmóvil.

Pero, por supuesto, Kagome no se fijó en el cielo, se fijó en que el niñito le gritaba que tuviera cuidado. Y antes de que pudiera entender qué ocurría, un sonido ensordecedor llenó sus oídos mientras una inmensa fuerza la empujaba hacia la izquierda. Todo se volvió confuso, frente a ella, un remolino violeta, a su espalda, una brillante luz dorada. Y luego, el áspero asfalto.

-¡Kagome!- La chica, desde el suelo, miró al dueño de la voz que la había llamado. Se trataba de Miroku, quien se encontraba a un metro frente a ella, poniéndose el guante y bajándose de una bicicleta rosa. -¿Estás bien?-

-Miroku…- Murmuró Kagome. Le dolía la cara y le ardía la espalda. Estaba un poco mareada y no podía pensar muy bien, así que lo primero que le dijo al hombre que al parecer la había salvado por segunda vez de algo que no entendía del todo fue:- ¿Viniste en esa bici?- Hasta la suya era más presentable

-¡A quién le importa en qué vine!- Se inclinó sobre ella y la ayudó a levantarse. Parecía alterado, algo que la alarmó. En las setenta horas que lo conocía, jamás lo había visto alterado. -¡Sal de aquí!-

Kagome se incorporó y por fin se volteó a ver qué había ocurrido. La pared delantera del supermercado había desaparecido, escombros y vidrios aplastaban los autos estacionados enfrente, el ulular de las alarmas, el crepitar de algún pequeño incendio sobre un vehículo y los murmullos y gritos de la gente dentro y fuera del supermercado musicalizaban la escena. De la ahora enorme entrada del edificio salía con un aire dramático Maten, una enorme sonrisa brillaba en su inmensa boca.

Oh, Dios. El monstruo había causado una explosión, una que le habría dado de lleno si Miroku no hubiera…hubiera hecho eso. Había usado a Kazaana para sacarla rápidamente del camino. Si se hubiera tardado un poco más en ponerse el guante, ella hubiera sido arrastrada al lugar donde yacían los restos de Yura Sakasagami. La nada.

¿Y el niño? ¿Dónde estaba el niño de la serpiente?

Miroku, harto de su inconveniente shock, la tomó por el brazo y la puso detrás suyo.

-Vete, Kagome. Y si puedes, escóndete en un sótano, la estación del subterráneo más cercana. Lo más lejos del cielo que puedas. –

-¡Lo sabía! ¡Lo sabía!- Dijo la voz chillona más adelante. Kagome se sintió aliviada al ver al niño corriendo calle arriba. Sería buena idea seguirlo pero….

-¡Miroku, ese tipo…!-

-No pasa nada. Mi youkai es más rápido que el suyo.- Sonrió Miroku levantando la mano derecha. A la chica le hubiera gustado que esas palabras la tranquilizaran, pero sospechaba de la confiabilidad de éstas.

-Ten cuidado, Miroku.- Dijo antes de seguir al ex-zorrito de peluche.

El portador de Kazaana observó a su contrincante, que recién se daba cuenta de que su ataque no había alcanzado al objetivo.

-¡Ey! ¡Mi ungüento para el cabello!- Exclamó indignado.

-¿Qué cabello?- Atacó Miroku. Suficiente para enfurecerlo más. Miroku no podía hacer uso de su "youkai-más-rápido-que-la-maldita-Magia-del-Trueno", no en plena calle, no rodeado de esas personas que se acercaban imprudentemente a ver qué estaba sucediendo. Ya se había arriesgado a utilizar su agujero negro para salvar Kagome porque no estaba dispuesto a ver como ella se hacía cenizas frente a sus ojos, demasiado lejos para siquiera taclearla. No se iba a arriesgar de nuevo. Podría distraerlo, guiarlo a un lugar más cerrado, más abandonado, pero algo le decía que iba a necesitar apoyo. Uno que no tenía. Y para mejorar el cuadro, tenía los pelos de punta. Habían muchos youkai cerca, uno enorme allí arriba, zigzagueando en el cielo, como acorralando a su presa.


Sango la estaba pasando muy mal. Pero también la estaba pasando increíble. Nunca se había imaginado que algún día iba a estar volando sobre un tigre de dos colas, esquivando relámpagos, pero allí estaba, divirtiéndose a lo grande y tratando de salvar su vida,. Y lo mejor era que los relámpagos no venían con lluvia, lo último que necesitaba en ese momento era salir de allí oliendo a gato mojado.

-¡No huyas! ¡Solo quiero hablar contigo un momento!-

La mujer alcanzó a mirar sobre su hombro solo un segundo antes de pegarse al lomo de Kirara y obligarla a esquivar un rayo azul que salió de la lanza del maniático volador. La estática le había dejado el pelo hecho un desastre, lo que, por alguna razón, la ofendió en sobremanera.

-¿Ah, sí? ¡Yo también tengo que preguntarte algo!-

Tomó el boomerang ya desplegado que colgaba de su espalda y con un movimiento rápido, se lo lanzó. El tipo esquivó el ataque con facilidad, pues los rollers envueltos en llamas que llevaba lo convertían en un blanco casi imposible. Para el primer golpe. Cuando Hiraikotsu volvió estuvo a solo unos milímetros de decapitarlo. Sango atajó el arma en el aire y se deleitó por un momento con la imagen del hombre, que había descendido bruscamente a causa del ataque y por un segundo en su rostro se reflejó la sorpresa de verse desprevenido. Se recompuso al instante y, con una sonrisa socarrona, dijo:

-¿Eso es todo?-

-En realidad, no- En realidad, Sango tenía que preguntarle una cosita, una vez que le hubiera arrancado esa estúpida lanza de sus estúpidas manos ensangrentadas.

-Qué pena, no creo que tengas otra oportunidad.- Avanzó hasta quedar bajo Sango y su nueva amiga, quienes, , aceleraron el paso, pero no lo vieron tras ellas. La muchacha estaba preocupada; si ese loco les lanzaba un relámpago desde abajo, partiría a Kirara en pedazos y a ella la rostizaría, todo en un solo golpe. Se asomó para verlo, metros más abajo, oculto bajo el resplandor azul que crecía en la punta de su lanza. Una vibración horrible llenó los oídos de Sango y sintió como su cabello se volvía a erizar. Y de repente, todo se tiñó de blanco.

Cuando despertó, le dolían el pecho, la espalda, las rodillas, la cabeza. Todo indicaba que había rebotado un buen tramo. Con dificultad, se volteó para permanecer boca arriba y ubicarse dónde demonios estaba. Un cielo negro, pesado, cercano. Un piso áspero con algunas cagadas de pájaro. Había logrado esquivar el rayo que le había lanzado el lunático desde abajo y el que había salido de la nube desde arriba, pero no había podido evadir la explosión generada por el choque entre ellos. Había volado y caído en la terraza de algún edificio departamental caro.

¿Hiraikotsu?

Se sentó y miró a su espalda, el boomerang estaba a varios metros, demasiado lejos para su gusto.

¿Kirara?

Frente a ella, tumbada.

Oh, no. Kirara.

Se incorporó y a pesar del intenso dolor que la invadió, avanzó hasta la bestia y le tocó el lomo. Respiraba, pero parecía herida. Tal vez la razón por la cuál Sango estaba consciente y en una sola pieza era porque el grande y peludo cuerpo de Kirara la había protegido del impacto.

Ese maldito se las iba a pagar. Kirara había entrado a su vida hacía poco más de veinticuatro horas, pero ya la sentía como si fuera su mejor amiga. Quizás luchar por su vida cada diez minutos y la infructuosa búsqueda de su hermanito la estaba trastornando, pero así era como se sentía. Después de todo, aquél tigre o pantera volador la había salvado. Y que nadie le pregunte cómo sabía que era hembra. Simplemente lo sabía.

Sango manejaba su moto por una calle desierta cuando había visto en una perfecta línea recta, a unos perfectos cincuenta metros, una caja de madera de aspecto antiguo. Ésta de repente se abrió para liberar una ola, no, es decir, un tsunami de ratas que corrieron justo hacia ella. Pronto escalaron por su moto, causando un frenazo forzoso y mandándola por los aires. Hubiera caído sobre un colchón de esos malvados seres grises si Kirara no la hubiera atajado en el aire, haciéndola aterrizar en su lomo. Montada en esa gata, logró encontrar al dueño de tan peculiar arma y acabar con él. ¿Cómo no tomarle cariño? Hasta la había bautizado como la única mascota que había tenido, una pequeña gatita tricolor que había muerto cuando Sango tenía unos diez años. Cuando el veterinario descubrió que se había atragantado con una de sus gomitas de pelo, el por entonces, pequeño Kohaku no le había hablado a su hermana en semanas. Hasta que luego la perdonó, admitiendo que ella no tenía la culpa, porque Kohaku era un buen niño, Kohaku era inteligente, dulce y amable. Y con la ayuda de Kirara II, Sango lo encontraría. Por eso necesitaba que su nueva amiga despertase y estuviese bien. Por favor.

-¡Ah, aquí estás!- dijo el lunático de los rollers voladores saliendo de entre las nubes.- Por un segundo, creí que te había mandado demasiado lejos. Qué bien que no caíste a la calle. Todavía no terminé contigo, preciosa.-

Sango apretó el pelo del pescuezo de Kirara y ésta movió una oreja en respuesta. Podría despertarse del todo y huir, volver a donde sea que hubiera salido y permanecer a salvo. Esa era una buena noticia. Ahora, a encargarse de la mala.

La chica se incorporó en un segundo y corrió hacia su boomerang. El hombre decía algo, pero era solo un zumbido de fondo dentro de la escena que se formaba en el cerebro de Sango. Tomó a Hiraikotsu por las cintas negras, y sin detenerse, se volteó y se lo arrojó a su rival, quien a pesar de moverse recibió el impacto en el costado. Aprovechando la distracción, Sango continúo en carrera hacia el borde del edificio y salto por encima de la baranda nera. En el aire, atrapó a Hiraikotsu que volvía, obediente. Aterrizó unos cuatro metros abajo, en la terraza del edificio adyacente.

Hiten se tomó el costado. Esa puta sí que le había hecho daño, si le hubiera dado de lleno, lo habría partido por la mitad. Por suerte, sanaba rápido. Avanzó en el aire, siguiéndola. Ella creía que podía escapar de él. Preparó a Raigekijin, cuya punta brillaba con un color azul. Qué tonta.

Sin previo aviso, unos doscientos kilos de músculo y pelo cayeron sobre su espalda, abrazándolo. Hiten trató de mantenerse en el aire, pero las garras de la pantera voladora se le clavaron fuertemente en su pecho. Y ¡mierda! ¿por qué estaban encendidas fuego? El hombre cayó hacia adelante a pesar de sus esfuerzos. A pocos metros del suelo, Kirara lo soltó para no verse ella también golpeada. La cara de Hiten conoció tal vez demasiado el suelo de la terraza del segundo edificio.

Sango vio maravillada como su compañera herida le había salvado la vida una vez más. Kirara voló hacia ella; se la veía cansada y tenía algunos pelos chamuscados, pero por supuesto podía volar, y a juzgar por cómo le ofrecía el lomo, también era capaz de llevar pasajeros.

-Kirara, eres la mejor.- Murmuró Sango conmovida mientras montaba a la bestia y se elevaban en el aire. El hombre se levantaba con dificultad, su remera manchada por su propia sangre. Apretaba la extraña lanza y parecía bastante enfadado. "Mejor", pensó Sango.

El hombre fijó su mirada roja en Sango desde la terraza y, esta vez sin decir nada, levantó su lanza. Las nubes sobre ellos se arremolinaron, oscurísimas, y un enorme rayo cayó. Kirara lo esquivó a duras penas, y Sango pudo oír como el impacto destruía todas las ventanas del edificio, y estaba bastante segura de que los habitantes se habían quedado sin luz. La terraza ahora estaba cruzada por una telaraña de grietas . En medio de ellas, el lunático se elevaba en el aire con esos rollers hechizados, todo su cuerpo parecía sacar chispas.

Sí, Sango quería patearle el culo a ese maldito, pero lo más lejos posible de la civilización.

-Vámonos de aquí.- Le dijo a su amiga, quien la obedeció. Un rayo horizontal que la bestia esquivó justo a tiempo les hizo saber que el hombre las seguía. Genial.


El olor a ozono fue como una bofetada tan repentina que lo obligó a saltar del árbol. No tuvo tiempo de acostumbrarse al desagradable cambio que otros tres aromas lo sacudieron por un segundo y pasaron como una ráfaga sobre él: youkai uno, youkai dos y…¿gato? Miró al cielo hasta hallar unas confusas siluetas que se alejaban a su derecha, entre las nubes.

Bufó. ¿Quiénes tenían la desfachatez de llenar toda la ciudad con ese hedor? Y peor aún, pensó mientras le llegaba la leve esencia a hierro, a sangre; se habían atrevido a no invitarlo a la fiesta.

Chasqueó la lengua al tiempo que corría en la misma dirección que el peculiar dúo. ¿No era que no se iba a meter más en dónde no lo llamaran? Ni él podía con su genio.


¿Por qué el título habla de Koga si solo aparece en los primeros párrafos? Pues, porque puedo ;D

Otra vez, si resulta confusa mi manera de escribir, REVIEW!

Gracias por leer!