Capítulo 9 –Perdón

El viento era gélido, más en la noche, pero no lo suficiente como para no permitirle un momento a solas entre los árboles. Su vista se teñía de blanco, y el sonido daba a entender que había algunos animales en los alrededores; a veces se fijaba en eso y pensaba que los bosques parecían más vivos que las ciudades, las cuales aparte de estar en ruinas eran nidos de depredadores, o de presas.

Necesitaba ese momento a solas, al menos justo después de la discusión que había tenido con John.

Habían pasado meses desde que su encuentro con Anna, desde que quiso integrarla a su grupo, y desde que enterró su cadáver. Sin que nadie lo supiera, excepto el Luciérnaga, el grupo le debía mucho a ella, pero quien más supuso merecía saberlo era Liz; a lo largo de esos meses en muchas ocasiones había querido decirle, pero algo lo detenía; la emboscada en Jackson County le facilitó el esquivar completamente el asunto, pues la foto en que aparecía ella y Anna se había perdido junto con el auto; si no se había quemado hasta no dejar rastro, habría sido tirada al suelo por aquel grupo, luego de haber saqueado todo lo que habían encontrado, para perderse entre la tierra. Lo mismo había ocurrido con la carta que John había leído, y que en realidad, Ethan jamás había leído completa.

No quedaba registro de que Anna había estado con él, excepto él mismo, y John, pero éste último sabía que no era su responsabilidad hacerse cargo del error que Ethan había cometido. Ethan no podía sino querer juntar las fuerzas para decirlo, pero había pasado tanto tiempo, y había caído tanta tierra sobre el recuerdo, que ya no sabía siquiera cómo decirlo, al menos no sin perder toda la confianza con Liz.

La forma en que se habían conocido, quizá eso era lo que le dificultaba tomar la decisión. A diferencia de John, Dom o Julie, o incluso Nathaniel, Henry o Rick; Liz requería encontrar a alguien, al menos en el estado en el que estaba en esa ocasión; si no hubiera sido alguien como Ethan ella habría muerto asesinada, no sin antes ser violada y torturada, ni hablar del posible canibalismo; sabía que ciertos grupos habían caído en eso para sobrevivir. Incluso John pudo haber dado su última lucha en el estado en que lo encontraron, pero Liz apenas se había dado cuenta de que estaba sola luego de una vida siendo protegida por su padre. No lo podía culpar, y eso era lo otro que lo aquejaba: las palabras de John. Odiaba admitirlo, e incluso una parte en su cabeza aun no lo admitía, evadiéndolo a todo lugar, como una niebla que no deja ver, pero había sobreprotegido a Diane.

Y eso en ese mundo no servía.

Pero cuál era la alternativa; se había preguntado eso mientras le enseñaba a Liz a disparar con precisión, a defenderse, pero no se conseguía convencer de lo que hacía. Lo único cierto era que en medio de la nieve estaba considerando eso con más concentración que nunca; le había tomado meses poder hacerlo, poder enfrentarse a sí mismo.

Sabía que en el fondo tenía una razón por lo que hizo con Diane, pero eso le dolía; eso no la regresaba, no cambiaba nada: no cambió nada jamás.

Se tomó un breve receso de sus propios pensamientos, y notó con curiosidad cómo eso lo desconectó momentáneamente del mundo: en un mundo en donde debes pensar en todo momento qué hacer para poder despertar al otro día. Quizá eso lo hacía sentir vivo; saber que había algo que, por lo menos por momentos, era más importante que aquel mundo.

Entonces sintió un golpe en una roca detrás de él; era Dom.

-¿Necesitas ayuda?

Dom no sabía nada de Anna, ni del origen de todo, pero encontró el espacio común.

-Déjame hacerte una pregunta… Cuando hay algo pendiente, y ha pasado… demasiado tiempo, ¿vale la pena acabarlo? Dicen que el tiempo pudre todo…

-Sea lo que sea, hazlo –respondió Dom, causando cierta incomodidad en Ethan, entiendo a qué llevaba eso -… aunque te juegues tu propio perdón por ello

Por un instante esas últimas palabras lo sacaron de su trance; el tono daba a entender un aire retrospectivo. Vio a Dom y le dio las gracias, pensando a la vez en que todos en el grupo quizá tomaban ese viaje como una terapia; con excepción de John, eran vagabundos dejados por la vida.

El dolor podía todo, y Liz había pasado dolor, y probablemente lo pasaría, por él.

Pero era su culpa. Por tener ese sentimiento de tener alguien querido a quien proteger; había cometido un doble error. Uno contra él y el otro contra ella.

Debía hablarle.

Regresó donde estaban los caballos, y vio a su grupo alrededor de una fogata, con unas improvisadas tiendas para dormir, comiendo lo que quedaba de lo que habían conseguido de la última caza de Julie. Liz comía junto a Julie; se llevaban bien. Quizá Julie la veía como una hermana menor; dada la edad bien podían ser amigas, pero la mentalidad de Liz era distinta, por lo cual aún era como una adolescente, aprendiendo a combatir con el mundo en el que le había tocado vivir. Lo que era seguro era que Julie no tenía los mismos problemas que él.

Le hizo una seña a Liz para que fuera con él, y al verla ponerse de pie de inmediato recordó que no por nada era la persona con la que tenía más cercanía; habían tenido que sobrevivir sólo contando con el otro, al menos hasta que fueron encontrando a los otros. Recordó esos días, en donde en unas pocas ocasiones ella también había tenido que disparar, muchas veces con la pistola de Ethan, dado que no tenían otra. Era con quien llevaba más tiempo, al menos la persona aún viva que cumpliera con esa condición.

-¿Qué pasa? ¿Y qué te tomó tanto tiempo allá afuera? –Preguntó Liz, cuando ya estuvieron un tanto lejos de la fogata –espera, si es lo que creo que es, no me digas…

-No… no es eso… -respondió Ethan, soltando una pequeña sonrisa –quiero decirte algo…

Notó que Liz lo vio intrigada, pero que en ningún momento se mostró desconfiada. Pensó en que no se merecía tal confianza.

-¿Vas a decírmelo? ¿O esperarás a que te ruegue?

Pensó en que un buen comienzo habría sido entregarle la fotografía de ella y Anna, pero ya no la tenía. Durante un tiempo pensó bien en eso, pues le evitó pensar en el tema; ahora odiaba haber hecho eso.

-… Te debo una disculpa

El decirle que había conocido a Anna sólo para verla morir no arreglaba nada; perdieron el auto, las armas, y no cambiaba en nada la situación, porque ella seguiría muerta. Pero debía hacerlo.

-¿Recuerdas el auto?

-Por supuesto que sí –respondió Liz, para luego expresar leve confusión -¿qué tenía?

-El día en que lo lleve… conocí a alguien… su nombre era Anna

Notó cierta expresión en Liz, y con eso se aseguró de que ella había entendido, o al menos estaba entendiendo. Ethan se había delatado solo al hacer tal preámbulo a tal afirmación. Probablemente Liz estaba dudando de si lo que pasaba era lo que creía, o una coincidencia.

No lo era, nada lo era en ese momento.

El silencio que entonces se sostuvo entre los dos no hizo sino reforzar las creencias de Liz, quien ya con los ojos un tanto humedecidos, dio un paso hacia adelante.

-Sí, la conocí –confirmó Ethan, entendiendo la pregunta que ella había hecho con aquel paso

Liz se detuvo, sin dejar de mirarlo, pero en el fondo Ethan sabía que ella no lo estaba viendo, pese a que sus ojos le apuntaban directamente a la cara. Estaba viendo recuerdos, memorias, momentos felices que él no conocía.

-¡¿Y qué paso?! –demandó ella; no se veía enojada, pero sin duda el tono de su voz denotaba que estaba alterada

Era un desembarco de pensamientos, de recuerdos. De sentimientos.

-No supe quién era realmente sino hasta después de…

-¿Está muerta? –lo interrumpió ella, inclinando su cabeza; no era interrogación, sino que se preparaba para algo que presentía

-… Sí –respondió, mientras veía que los ojos de Liz se abrían sin mover la dirección en la que veía

-… ¿La mataste?

Si bien sabía qué responder a eso, casi se detuvo un instante, probablemente poniendo en duda su confiabilidad, al notar que no sabía cómo respondería ella. Y había razones para ambas respuestas, después de todo él era su compañero, él se había ganado su confianza a través de hambre, fatiga y tiroteos. Se avergonzó de lo que había hecho.

-No… éramos… aliados, pero un grupo de cazadores la tomó por sorpresa… intenté salvarla

No supo si Liz le creyó o no, pero supo que era porque no era lo que ocupaba su mente en ese momento, pues ella sólo atinó a caer sentada sobre una roca, mirando hacia el suelo. Pese a tener los ojos húmedos, no estaba llorando, al menos no por fuera.

-Antes de eso… intenté convencerla de que nos acompañara… pero no quiso… ella no sabía que estabas con nosotros, y yo no sabía lo importante que eso era

Liz no respondió, pero respiraba fuertemente, sentada, cruzando los brazos para tomarse los hombros. No decía nada.

-Ella creyó que tú habías muerto cuando los chasqueadores los atacaron… pero escúchame: ella nunca te olvidó. Incluso en su lecho de muerte, en sus últimas palabras, estabas tú

Las últimas palabras eran un último llamado de Anna, a proteger lo que querías, a cuidarlo, y al destrozo que causaba el no poder hacerlo.

-El auto era de ella, las armas que traje… y el chaleco que te salvó la vida en Jackson es el que ella usaba… Y había una fotografía, en la que aparecías con ella, y tu padre; ahí supe recién quién era

-Quiero ver la fotografía –respondió Liz, severamente, levantando la cara y mirándolo nuevamente directo a los ojos

-… La perdí cuando atacaron el auto… estaba en mi mochila

-¿Por qué no me la diste antes? ¿Por qué no me dijiste esto antes? –era la primera vez que veía a Liz enojada, pero no se podía quejar, ni excusar; era su culpa, y de nadie más

Fue el silencio de Ethan el que respondió por él, y ciertamente Liz entendió el mensaje, quizá no sabiendo el motivo.

Liz lo miró en silencio, con sus ojos todavía humedecidos, pero con una expresión de ira. Ethan no lograba verla a los ojos continuamente por mucho tiempo y miraba hacia otros lados, pero el saber que él se había llevado a eso lo castigaba de peor forma.

Sin interrumpir su silencio, se puso de pie, lo miró nuevamente, y tras dar media vuelta volvió camino a la fogata. Ethan pensó en detenerla, pero no halló palabras para hacerlo; sólo la vio alejarse de a poco. Sabía que seguiría en el grupo, pero aun así sentía que la había perdido, que nada sería como antes.

Y que era su culpa.

El único consuelo de hacer lo correcto era saber que uno finalmente lo había hecho.

Pero no había nada más esperándolo en esa meta.

Se sentó en el suelo, en la fría nieve, sintiendo el peso de lo que merecía.

Cerró los ojos.

Quería que lo perdonara, pero no sabía si eso era posible, no sabía siquiera si era debido. Quizá era imposible esperar eso.

Ni siquiera podía saberlo.

Se preguntó si merecía perdón. Y lo peor es que esa pregunta se podía aplicar al resto de su vida.

Recordó las palabras de John sobre ser un Luciérnaga, pero no se pudo convencer de merecer ser uno, al menos no en ese momento.