Intermedio

Dos semanas antes

Le gustaba observarla, era inútil negarlo. Lo que le provocaba repugnancia era el hecho de que no solo se debía a la mera curiosidad. Ella le resultaba casi hipnótica. Inaceptable. La imagen de una humana, débil, insignificante, rota, lo tenía fascinado de aquella manera.

Descubrir los mecanismos necesarios le había llevado un tiempo, pero una vez con todo listo, reconstruirla había resultado muy fácil. Solo había que esperar, y él tenía paciencia de sobra. Después de todo, había esperado quinientos años.

Cuando consiguió el collar, sintió una enorme excitación; la tenía en sus manos, a su preciada, pura e impoluta alma. Ahora podría hacer lo que quisiera con ella, rasgarla, ensuciarla, romperla.

Pero antes, debía traerla de vuelta. De otra manera, no serviría de nada.

Tenía ciertas sospechas acerca de lo que iba a ocurrirle al verla otra vez, pero ninguna se había acercado a esa realidad humillante. Podía quedarse horas observando cómo, con lentitud pasmosa, los viejos huesos se alargaban y estiraban, se rodeaban de carne. La piel regresaba y la chica poco a poco volvía a convertirse en lo que alguna vez había sido.

Era hermosa. No había caso en negarlo. Pero él nunca antes se había dejado cautivar por la hermosura. Desde hacía cinco años que no era el mismo y eso lo perturbaba. A veces, en esos asquerosos momentos de vulnerabilidad, sentía el deseo de arrancarse la piel, partirse los huesos, quitar ese patético corazón de su pecho y estrujarlo hasta convertirlo en un amasijo de sangre y músculo. Nunca lo había intentado, no era estúpido. Él había decidido estar donde estaba, y por un buena razón. A decir verdad, la debilidad que sentía por esa chica era un precio bajo por el que pagar a cambio de su triunfo. Aún faltaba un poco para alcanzarla, pero él estaba seguro de que la victoria era suya. Nunca había conocido la derrota, incluso en esos momentos en los que el mundo se atrevía a creer que él había desaparecido. No. Él era eterno.

Y ella… Ella solo era una herramienta, un medio. Aunque parecía más bien una muñeca, allí tendida, medio sumergida en ese brebaje capaz de resucitar a los muertos. Su piel pálida, de porcelana, su cuerpo bello, joven, virginal. Lucía aquél ostentoso collar en el níveo cuello como única prenda. Si la piedra violeta en su centro no brillara con esa luz suave, el amuleto hubiera arruinado el aire angelical de la muchacha. El cabello negro flotaba con ella, alrededor de su cuerpo, de su rostro delicado, inexpresivo. Tenía los finos labios entreabiertos y desde hacía una semana, su pecho se hinchaba casi imperceptiblemente al ritmo de su respiración. Cuando él lo había notado, había sentido casi tanta impresión como cuando había comprobado que el mítico collar funcionaba.

Sí, todo en ella era hipnótico, adictivo, pero lo que más capturaba su atención era su mirada. Ella había renacido con los ojos abiertos, y aún no había recuperado el reflejo de parpadear. Él había visto cómo las oscuras cuencas vacías de su cráneo se rellenaban poco a poco, dando lugar a esos iris café, secos. Aunque ella respiraba, su mirada era la de una muerta, fija en un punto difuso sobre ella, sin reflejar conciencia ni emoción. Esa ausencia de vida le generaba una curiosa mezcla de maravilla y desesperación. Deseaba que brillaran, que se humedecieran, que vieran, que lo vieran.

De pronto esos ojos que observaba tan ávidamente, como respondiendo a sus pensamientos, recobraron la vida. Temblaron un momento, se movieron, deteniéndose en él. Las pupilas brillaron y se contrajeron. Naraku sonrió, complacido. Él sabía reconocer el miedo cuando lo veía.


Mi cap favorito c: y solo llevó una carilla. Se me ocurrieron detalles que agregarle, pero me pareció mejor dejarlos a la imaginación del lector.

Como siempre, dejen review! POR FAVOR no mentira, no estoy tan desespeSE LOS RUEGO

Gracias por leer, cuchurrumines!