Es miércoles y estamos actualizando!

Gracias a todas las que siguen la historia y se dan un tiempito de leerla. Va todo mi cariño y agradecimiento por acompañarme.

Gracias como siempre a mis fieles Maritza Maddox, Manu de Marte y en especial a mi Gaby Madriz a quien va dedicado este capítulo. (Recuperarte pronto nena, que se te extraña mucho)

A leer entonces damas.

Besotes a todas!


Capítulo 11.

Cuando entró a la recamara de su esposa, se encontró con Antonieta y Esme junto a Rose, acompañándola después que le hicieran los chequeos habituales, antes que el kinesiólogo llegara a su terapia semanal con ella. Sonrió con tirantez, y evitando pasar por alto esa sensación de incomodidad, se acercó a Rose cuando ella extendió su mano para que se le acercase.

Las manos delgadas de Rose se aferraron a su marido, mientras lo miraba con ansiedad de quien ha extrañado a su amado y vuelve a verlo después de un buen tiempo como es su caso, deseando no perderse nada de las facciones de su esposo a quien parece amar más que antes. Deseaba tenerlo todo el tiempo junto a ella, que le hablara, que la mirara y que se mostrara cariñoso con ella, pero parece que el músico tenía miedo pues se acercaba y la tocaba como si ella se fuera a quebrar, y Rose por su parte no podía protestar, pues antes él nunca fue un hombre que demostrara sus sentimientos apasionadamente frente al resto, pero ahora ella necesitaba del calor de su amor para recuperar el tiempo que había estado en silencio.

― ¿Dónde has estado? ―preguntó la esposa, apretando tan fuerte como pudo la mano de Edward.

―Hablando con Jasper y atendiendo una llamada ―respondió, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar. Ella se acomodó de costado, centrando la atención en su marido y olvidando a su madre y a su suegra que la acompañaban.

― ¿Pasa algo?

Edward se preparó para hablar, carraspeando y sonriéndole sin dejar de rozar el dorso de su mano.

―Se acerca el ciclo de conciertos y he estado un poco ausente, tengo que cubrir los últimos ensayos ―se encogió de hombros. ―Requieren mi presencia ahora y más tarde en una reunión. ¿No te importa quedarte con tu madre el resto de la tarde?

―Edward durante todo este tiempo no se movió de tu lado, Rose ―comentó Antonieta, mirando a la joven pareja ―ahora que estas recuperándote es tiempo de que él retome con sus actividades normales, ¿no crees?

La enferma no dejó de mirar a su marido mientras su madre salía en su defensa, e intentó no alterarse.

―Ya sé que estar aquí te ha pasado la cuenta en muchos sentidos ―comentó Rose de forma lastimera. Edward torció la boca y acarició con la mano desocupada el rostro pálido de su mujer.

―No lo digas en ese tono. Tu salud es más importante que mi trabajo.

―Gracias ―respondió con una sonrisa. ― ¿A qué hora regresarás?

―Bueno, no lo sé con exactitud. Los ensayos pueden ser largos y la reunión…

―Ve tranquilo, Edward ―volvió a interferir Antonieta ―me quedaré con ella el resto de la tarde, hasta que llegues. Germán y Emmett vendrán, así que mi Rose no estará sola.

―Carlisle también vendrá ―intervino Esme, que no le sacaba los ojos de encima a su hijo, que la ignoraba con la naturalidad de siempre.

― ¡Ya ves! No estarás sola, mi Rose.

― ¿Mañana estarás todo el día conmigo? ―preguntó Rose, ignorando a su madre ―Vendrá la psicóloga y no quiero estar sola…

―Aquí estaré.

Le dejó un beso sobre la frente, deseando Rose que se olvidara de su siempre contención al momento de demostrar sus sentimientos, deseando que le rodeara el rostro con sus manos firmes y la besara en los labios. Pero su deseo quedó en eso, cuando vio la espalda de su marido al salir de la habitación después de despedirse de Antonieta y Esme.

―No atosigues a tu marido ―aconsejó suavemente Antonieta, acariciándole el pelo a su hija al hablar ―Nunca has sido así.

―Ojalá no tuviera que ir a trabajar y se quedara todo el tiempo conmigo ―respondió refunfuñando y reacomodándose en la cama. ―Pero cuando salga de aquí le diré que nos vayamos a un lugar con sol, seguro a los doctores les parecerá una buena idea para mi recuperación.

―Pero Edward tiene mucho trabajo pendiente ―dijo ahora Esme, que tras decir eso se puso de pie ―dudo que vaya a tomarse vacaciones.

―Soy más importante que todo lo demás —terció Rosalie, que últimamente parecía no le gustaba que le llevaran la contraria.

―Hijita, ya hablarás con tu esposo sobre eso. Mientras tanto descansa y no te sobre exijas, ¿entendido?

― ¿Ya he tenido suficiente descanso, no crees? ―respondió con tono osco.

Esme y Antonieta se miraron y se apartaron un poco para hablar de cualquier cosa, mientras Rose miraba hacia la ventana, recordando momentos de su pasado con Edward, que deseaba retomar pronto.

En tanto el músico cerca del mediodía, salió rumbo a la sinfónica en donde estuvo con los muchachos viendo los últimos detalles de la presentación que ya se les venía encima, almorzando comida chatarra que llevaron a la sala para él y el resto del grupo. Casi tres horas más tarde dio por acabado el ensayo y se dirigió hasta su viejo apartamento en donde esperaría a Isabella, quien había prometido ir después de su turno en el trabajo para hablar con él de aquello que la tuvo tan alterada. No le quiso adelantar nada pero Edward sabía que era algo feo. Pero no le importaba, él no sería quien la juzgaría, simplemente quería saberlo para que nada lo pillara desprevenido; no quería secretos con ella, ni que ella se viera forzada a esconderle algo de su vida por temor. Él ya le había revelado una fea parte de su pasado como no lo hizo nunca antes con nadie, y ella no hizo otra cosa sino ponerse en su lugar, entenderlo y apoyarlo, por lo que ella tendría la misma respuesta de su parte.

Mientras la esperaba, aprovechó de revisar unas partituras y marcar algunas notas para modificarlas con el grupo en el próximo ensayo. Así se le pasó la hora entre partituras y dos tazas de café, cuando dos leves golpes sonaron en la puerta, adivinando él que era Isabella quien había llegado.

Con su abrigo rojo y una gruesa bufanda color marfil rodeándole el cuello apareció la enfermera en la puerta del apartamento donde Edward la recibió, tomándole el rostro con sus manos y besándola tiernamente, infundiéndole la confianza necesaria sin mediar palabras.

― ¿No te viniste caminando, verdad? ―preguntó él ayudándola a quitarse el abrigo.

―No, aunque no me hubiera venido mal un paseo. ―torció la boca y Edward imitó el gesto, masajeando sus hombros.

― ¿Dónde quieres sentarte? Preparé café hace un momento.

― ¿Estás trabajando? ―preguntó ella, acercándose a la barra de la cocina donde vio las hojas regadas sobre la base de esta. Las miró arrugando la frente, como si se tratara de papeles escritos en algún idioma ilegible para ella. Edward sonrió y dejó un beso en su sien antes de dirigirse hacia los estantes para sacar un tazón donde serviría café para su invitada.

―Repasaba las partituras, nada de importancia ―anunció vertiendo el líquido oscuro y humeante en el tazón blanco que llevó hasta el mesón frente a Isabella. Ella lo tomó entre sus manos y disfrutó del calorcito del tazón antes de llevárselo a la boca y beber el primer sorbo.

―Está rico.

―Me alegro, es mi especialidad ―le guiñó el ojo y se sentó en un banco alto al otro lado del mesón justo frente a ella, aprovechando de tomar una de sus manos entre las suyas ― ¿Le avisaste a tu madre que demorarías en llegar a casa? ¿Qué le dijiste?

―Tuve que mentirle… ―admitió con vergüenza, bajando la cabeza ―le dije que cubriría el turno de una colega por un par de horas.

―Lamento que por mi culpa tengas que mentirle a ella y al resto…

―Ya no me importa, Edward. Decidí estar contigo, aunque eso nos crucifique a ambos frente al resto, ya no me importa.

―Te recompensaré con mi amor clandestino por ahora, pero no será así para siempre.

Ella volvió a bajar la cabeza esta vez sonrojada por el romanticismo del músico, volviendo su mente un par de noches atrás cuando lo recibió en su casa, en su dormitorio y en su cuerpo, no pudiendo olvidar lo vigoroso que Edward era como amante y el aroma del músico que siguió impregnando en sus sábanas y el su piel. ¿Y cómo iba a olvidarlo si parece que aun sentía sus manos sobre todo su cuerpo?

― ¡Ey! Sal de esos recuerdos o no respondo… ―Isabella sacudió la cabeza y miró asombrada a Edward, que la observaba fijamente sobre el borde al tazón de café que sostenía en sus manos.

― ¿Cómo sabes lo que estoy pensando?

Él no dijo nada, simplemente sonrió con picardía y ella negó con la cabeza. Seguro su sonrojo mientras se perdió en sus recuerdos la delató.

Edward, para relajarla, le contó cómo había ido su ensayo en la sinfónica, pues veía en la enfermera un genuino interés en saberlo. Aquella vez cuando la invitó al ensayo y cuando posteriormente lo comentaron, vio que a ella le apasionaba el tema y le hacía preguntas con tal de aprender sobre aquello que para Edward era su pasión.

―Me conformo con un sitio en la última fila el día del estreno. Si el concierto será mejor a lo que oí en el ensayo, pues quiero estar ahí.

―No es necesario que sea en la última fila del auditorio.

―Yo lo digo… porque como ahora Rosalie despertó, quizás para entonces ella… o alguien de tu familia quiera ir… y si me ve ahí puede resultar raro ―comentó con nervio, jugueteando con la cucharita. Edward arrugó la frente y meneó la cabeza.

― ¿Por qué tendría que resultar raro? ¿A caso no estás en libertad de ir a ver un concierto? Nadie va a decir nada, porque el único que va a los conciertos es Carlisle. Rose casi nunca me acompañaba y a Jasper no lo invito desde la última vez que me hizo pasar una gran vergüenza…

― ¿Qué hizo?

―Se durmió en medio de un concierto y cuando hicieron un silencio, se oyeron sus ronquidos. Era un auditorio pequeño… ―rodó los ojos y negó con la cabeza al recordarlo ―Maldito cretino… y cuando alguien lo movió para despertarlo, el muy tonto se puso a aplaudir.

Isabella se carcajeaba ante la imagen del novio de su mejor amiga en esa situación y se ponía en el lugar de Edward, que seguro deseó salir de su puesto, directamente hasta donde su amigo y ahorcarlo como poco.

―Voy a cuidar esto, Isabella ―agregó ahora en tono muy serio, tomando las manos de la chica entre las suyas ―voy a cuidarte del reproche de quienes critiquen lo nuestro, así que no tengas miedo.

―Gracias Edward… ―susurró ella, apretando las manos del músico. ―y hablando de miedos… es mejor que no demore más y te cuente de una vez eso que… quieres saber.

No podía darle más vueltas. Tenía que decirlo, quizás así sus miedos se esfumaran de una vez, quizás Edward se ocuparía de defenderla si era necesario…

―Solo si quieres hacerlo, no voy a presionarte a que lo hagas. Si es muy doloroso para ti recordarlo, puedes guardarlo hasta que estés segura de decírmelo.

―Quiero hacerlo.

―Está bien, hermosa ―acariciándole las manos ―Aquí estoy. Puedes contármelo.

Isabella suspiró y no se soltó de las manos de Edward mientras se zambullía a esos momentos que eran tan vergonzosos para ella y que en el presente le causaban tanto miedo que temblaba. Pero debía ser valiente y hablarlo con Edward. Así que volvió a coger aire, dándose ánimo antes de partir con su relato.

―Ángela es el nombre de la chica a la que Alice vio cuando se puso del modo en que la viste. ―Edward asintió y le dio un leve apretón de manos animándola a seguir. El rictus de él estaba tranquilo pese a que en su interior ardía la expectación. No estaba seguro de lo que iba a escuchar. ―Bueno… ella es enfermera como Alice y como yo. Fuimos compañeras en la universidad y nos hicimos muy buenas amigas desde el primer año. Bueno… solíamos ir a su casa a estudiar; ella gozaba de una propiedad que más bien parecía un castillo y que estaba entero a su disposición, por lo que no nos molestaban cuando hacíamos nuestros grupos de estudio…

Ángela es, o era hasta la última vez que la vi, una chica muy alegre que siempre andaba con una sonrisa en su rostro, y no era para menos: hermosa, simpática y heredera de una fortuna que ni alcanzaba a dimensionar. Su… su padre es un italiano dueño de una empresa que cubre un montón de rubros y… y siempre estaba de viaje, nosotros no lo conocíamos, al menos yo no lo conocía hasta que… un día que nos reunimos a estudiar en su casa, y entré por error a un estudio…

Isabella cerró los ojos y recordó con nitidez la impresión que significó para ella esa habitación de techos altos, ventanales amplios y estantes de libros que cubrían las murallas de suelo a techo, y aquel amplio escritorio de madera brillante donde lo vio sentado, concentrado mirando unos papeles. Recuerda el escalofrío que le recorrió la espina dorsal y como automáticamente su boca se secó cuando el hombre, sorprendido, alzó sus ojos al sonido de la puerta abrirse y la sorprendió mirándole fijamente.

Recordó la forma en que sus manos sudaron cuando vio la sonrisa formarse lentamente en el rostro de aquel hombre que por la edad podría haber sido su padre, y la manera en que su voz ronca sonó cuando la saludó con un sencillo "Hola".

― ¿Isabella? —volvió a apretar Edward las manos de ella cuando la vio que estaba adentrándose silenciosa en sus recuerdos. La chica sacudió la cabeza y murmuró una disculpa.

―Sí, bueno… ejem… ―cerró los ojos con fuerza ― ¡Dios! No pensé que sería así de difícil hablar de esto…

―Sabes que puedes guardártelo hasta que no estés segura de hacerlo.

―Quiero hacerlo ahora, pero me cuesta tanto…

―Déjame ayudarte entonces… ―acordó él, acomodándose en la banca de madera, sin soltarle las manos a Isabella ―supongo que lo que ocurrió no tiene que ver directamente con Ángela, sino con ese hombre, su padre, ¿o me equivoco?

―No… ―susurró lastimeramente. ―Aro Vulturi es su nombre, y sí… para mi vergüenza, yo me involucré con ese hombre. Desde ese primer momento él causó algo que nunca antes había sentido por nadie.

― ¿Lo amaste? ―preguntó Edward con temor. Ella se quedó pensando un momento, comparando los sentimientos que entonces Aro le provocó, con los que actualmente sentía por Edward, que no tenían punto de comparación.

―Quizás lo hice, pero entonces era una chiquilla que estaba descubriendo… cosas… de la mano de un hombre que podía dominarla a su antojo por la experiencia que le antecedía. Me deslumbró, no puedo decir lo contrario, pero no sé si fue amor lo que sentí por él.

La pregunta de que si habían sido amantes estaba de más, ella lo había admitido entre líneas. Lo que se moría Edward por preguntar era sobre aquello a lo que ese hombre empujó a Isabella y que a ella le avergonzaba tanto.

―Para tener en aquel entonces cerca de cincuenta años, era un hombre que se preocupaba de su estado físico. Además, con el aire italiano de su familia y ese espectro interesante que lo envolvía, sencillamente hacía que cualquier mujer, de cualquier edad, cayera rendida a sus pies.

Cada vez me era más difícil apartarme de esa casa. Siempre, después que conocí a Aro, era yo la que proponía la casa de Ángela como centro de estudios o fiestas, con tal de tener una excusa para verlo. Siempre me las arreglaba para escabullirme hasta su estudio, donde siempre lo encontraba concentrado en sus negocios, oyendo música…

Ya después de la tercera vez que entré a su despacho diciendo que había sido un error, pues simplemente no me lo creyó y me invitó a entrar y mirar de cerca lo que yo quisiera ver allí adentro. Quizás él pensaba que me parecían novedosos su completa biblioteca o las colecciones de piedras preciosas que exponía en ese estudio de forma privada, dentro de una caja de vidrio. Me acerqué hacía esa vitrina iluminada y contemplé las rocas que para mí no eran más que eso… cuando sentí el cuerpo de Aro por detrás, apresándome. En ese momento me giré, lo rodeé por el cuello y lo besé.

Edward suspiró y pensó con tristeza que Isabella era una chica de iniciativa. Le dolía un poco saber que no solo con él se había dejado llevar, pero no quería seguir sacando conclusiones, simplemente quería oír de una vez la maldita historia.

―Sí… ―asintió ella, como si hubiera oído alguna pregunta en la mente de Edward. Se soltó de las manos del músico y las escondió bajo el mesón ―Yo me le ofrecí desde el primer momento, cosa que para alguien como Aro no era nada de otro mundo.

― ¿Cuánto… cuánto tiempo fuiste su amante? ―la incomodidad de Edward se dejaba ver entre sus palabras, aun así Isabella respondió.

―Por iniciativa propia, cerca de un año… pero fue algo más que eso.

― ¿A qué te refieres? ¿Él te obligó…?

―Cuando me di cuenta de dónde era que me estaba metiendo y lo que estaba haciendo con mi vida, quise apartarme… pero Aro Vulturi no es una persona que se conforme con un "no" por respuesta. Además, él es quien deja a sus amantes, no al revés.

― ¿Qué quieres decir con eso?

―Al principio me ofrecí a él con todo lo que tenía para darle. Hasta aquel entonces, no había tenido novios, nada serio al menos. Siempre me concentré en mis estudios y en mi vida junto a mi madre, y él se vio encantado de enseñarme algunas… cosas.

Tienes derecho a saberlo aunque no te daría los detalles, pero… perdí la virginidad sobre la mesa del escritorio de aquel despacho, cuando me entregué a él. Así de desesperada y ciega por ese hombre me encontraba. Siempre, por supuesto, a escondidas de Ángela. Ella nunca lo supo. Alice, que era más cercana a mí, comenzó a verme diferente, en mi comportamiento, en mi rendimiento académico, hasta que un día nos encontró en pleno… acto sexual. Él me estaba follando contra la pared de un baño.

―Joder… ―murmuró Edward, peinándose el cabello.

No podía esconder su descontento; sabía que escucharía algo como eso, pero jamás pensó que sentiría los sentimientos que dicha revelación le provocaron, el fuego de los celos, el odio por ese hombre que estaba seguro, había mancillado a Isabella con algo más.

―Lo siento, Edward. Si quieres… ―carraspeó, poniendo la punta de los pies sobre el suelo, con la intención de levantarse del banco ―si quieres lo dejamos hasta aquí, no tienes por qué seguir escuchando esto.

―Háblalo conmigo, Isabella ―insistió vehementemente, poniendo sus manos hechas puños sobre la base del mesón. ―Hasta ahora me has relatado hechos de una chica que consentía esos hechos con un hombre mayor, pero sé que algo más ocurrió. No te deberías sentir avergonzada si solo se tratara de eso, pero sé que hay algo más, ¿verdad?

Isabella asintió y volvió a acomodarse sobre su sitio antes de continuar. Se mojó los labios y bebió del café que quedaba en su tazón, que ya no estaba caliente. Al menos refrescaría su garganta seca.

―Me dejé llevar… respecto a todo lo que él me proponía.

― ¿A qué tipo de propuestas te refieres?

―Los gustos de Aro no eran peculiares para alguien con su poder. Él siempre tenía el control, él siempre decía lo que había que hacer, cómo lo quería, cuándo lo quería, de qué forma…

― ¿Estás tratando de decirme que… estuviste involucrada con el sadomasoquismo cuando estuviste con él?

Isabella tragó grueso y escondiendo su rostro de los escrutadores ojos de Edward, asintió con vergüenza. Él soltó el aire despacio y movió sus hombros, como si quisiera soltar la tensión que de momento a otro cayó sobre él, porque honestamente, jamás se imaginó que alguien como Isabella hubiese estado involucrada en algo como eso.

― ¡Dios! Yo… lo siento.

Y diciendo eso se levantó rápidamente hasta el sofá de la sala contigua, donde recogió su abrigo y su cartera que había dejado ahí, con la intención de salir con rapidez, pero antes que eso ocurriera, Edward la interceptó tomándola por el brazo y la abrazó a él con fuerza, sujetándola por la cintura y por la nuca.

―No te vayas… al menos, no lo hagas así ―habló con el rostro de Isabella escondido en su hombro ―Si no quieres seguir hablando de esto, está bien, lo entiendo. No estás en la obligación de contarme nada. Tu pasado es eso, pasado, y no interferirá con lo que siento.

Isabella se apartó un poco y miró con tristeza el rostro preocupado de Edward. Sabía que estaba haciendo un gran esfuerzo oyéndola y sabía que lo había tomado por sorpresa, porque seguro que él no se esperaba esas cosas de ella.

―Tienes derecho a saber con qué tipo de mujer te estás involucrando.

―Una mujer que en el pasado tomó decisiones empujadas por la inmadurez, por la curiosidad de descubrir, porque se vio empujada a hacerlo por el hombre que la encandiló ―le tomó el rostro con ambas manos. ―Una mujer que ahora está arrepentida y que tiene miedo por algo que aún no logro comprender.

―Si él regresa, me buscará y no me dejará tranquila hasta que consiga lo que quiere y hasta que sea él mismo quien me deseche ―dijo entre sollozos, dejando entrever su miedo. Él meneó la cabeza.

―No lo hará.

― ¡No lo conoces!

― ¿Tienes miedo a no poder negarte si él te encuentra? ―ella negó vehementemente con la cabeza.

―Tengo miedo de que él… me obligue como las últimas veces que lo hizo antes de que yo desapareciera. Me amenazaba…

― ¿Cómo te obligaba? ¿Con qué te extorsionaba?

―Fotografías, videos… testigos y… y otros documentos. ―tragó grueso e inspiró una buena cantidad de aire antes de volver a hablar ―Me llevaba a una especie de club de sexo, que estaba implementado con todo… lo necesario para… ya sabes. A veces nos encerrábamos a solas y otras veces había… más personas… hombres y mujeres. Les gustaba gravar los encuentros…

― ¿Tuviste sexo con más hombres, fuera de ese Aro? Al mismo tiempo, me refiero…

Se tapó los ojos con la mano y asintió despacio. Edward suspiró y se apretó el puente dela nariz. Le costaba digerir lo que estaba oyendo.

―Vale… pero…. ―no estaba seguro si quería seguir ahondado, porque él ya se estaba haciendo una idea de lo que escucharía ―No entiendo, ¿por qué dices que ahora él te buscará? Has estado en este mismo lugar toda la vida, y él podría haber vuelto por ti...

―No insistió conmigo porque se fue. Sus negocios estaban antes que cualquier cosa, incluso que su hija ―dejó escapar el aire de sus pulmones y relajó un poco los hombros mientras Edward le acariciaba el rostro para relajarla, sin quitarle los ojos de encima ―La sacó de la universidad pese a sus protestas y se fueron. Pero antes de irse, me dejó claro que no era el final para nosotros… me recordó que habíamos tenido algo que nos uniría para siempre.

―El sexo no une a las personas.

―Un hijo, sí…

Las caricias sobre su rostro cesaron, apartando sus manos y dando un paso atrás. Isabella pestañeaba y al hacerlo, las lágrimas espesas resbalaban por sus mejillas cuando vio el rostro estupefacto de Edward.

― ¿Un hijo? ―susurró incrédulo ― ¿Tienes un hijo… con él…?

―No alcanzó a nacer ―susurró, bajando la cabeza con vergüenza y por instinto poniendo sus manos sobre su vientre plano que alguna vez se vio abultado. Le dolió aquel entonces y le seguía doliendo ahora.

―Joder… ―susurró, pasándose la mano por el cabello, despeinándoselo, jalándoselo, mientras los pensamientos en su cabeza corrían a toda velocidad de un lado a otro y chocaban entre sí.

Jamás se hubiera imaginado que una chica como ella hubiese estado involucrada en ese mundo tan oscuro y degradante, al menos para él, pues le costaba entender por qué una mujer aceptaría ser tratada con semejante crueldad y maltrato con tal de recibir placer sexual a cambio. Eso era algo que nunca entendería.

¿A caso se había hecho una idea diferente a lo que pensó que Isabella era? Una chica normal, sencilla, con sentimientos nobles y gustos… normales. Quizás a ella le iban esas cosas… quizás ella esperaba encontrar un dominador en él…

"Dios, no"

Cuando reaccionó, Isabella ya se había puesto el abrigo y se había cruzado la cartera. Secaba sus lágrimas discretamente y mordía su labio furiosamente.

―Será mejor que me vaya ―susurró, caminando hacia la puerta. Edward solo la seguía con los ojos, no podía moverse.

Isabella soltó un suspiro y sin decir nada más, salió del departamento de soltero de Edward, sin que él protestara o la detuviera. Así mismo se quedó cuando la puerta se cerró, mirando el lugar por donde la enfermera había desaparecido.

Para ser honestos, necesitaba un momento a solas, para ordenar sus pensamientos y calmar a su corazón desbocado que como él, no entendía nada de lo que le estaba ocurriendo.

**oo**

Emmett sonrió como pocas veces se le veía hacerlo, cuando sus padres finalmente salieron de la recamara de su hermana y la dejaron a solas con ella. Le sonrió y sin miramientos se instaló en la cama junto a ella, abrazándola por el hombro y pegándola a él. No había tenido un tiempo para estar a solas con su hermana después que hubo despertado del coma y necesitaba que ella lo mirara con los ojos tiernos de siempre para asegurarse que todo estaba bien con Rose.

― ¿Sabes que está prohibido que te subas a mi cama, verdad?

―No me importa ―besó la sien de Rose y hundió su nariz en su cabello ―Sabes que cuando respecta a ti no me importa…

Rosalie se removió un poco tratando de apartarse, pero el agarre de su hermano era férreo, no dejando que ella lo hiciera. La actitud de Emmett sobre ella siempre a veces la incomodaba un poco, por un lado sus arranques de ternura sobre ella y en otras esa vena posesiva y celosa que dejaba a Rose sin explicaciones más que el gran amor de hermano que Emmett sentía por ella.

Aunque hubo ocasiones en que ese amor dejó entrever otro tipo de cosas que en su momento la confundieron, por ejemplo cuando siendo ella una adolecente llevó a su primer novio formal a la casa, Thomas. Recuerda bien que Emmett se puso rojo de rabia y sin saludar al chico salió de la casa como alma que lleva el diablo. Cuando regresó, impregnado por humo de cigarro, lo primero que le preguntó es que si estaba enamorada de ese chiquillo y que si ya se había acostado con él. Por supuesto que no le contestó, ni a lo uno ni a lo otro y mandándolo al demonio se alejó. Al día siguiente Emmett la buscó en su recamara antes de irse a la universidad y se recostó junto a su cama tal y como lo había hecho en ese momento. Aquella vez le tomó el rostro entre las manos y prácticamente pegó su rostro al de ella, lanzándole el aliento fresco cada vez que suspiraba al divagar sus ojos por su rostro.

―Te has convertido en una mujer tan rápidamente, que no me he dado cuenta cómo ha ocurrido… ―le había dicho con tono conciliador ―y eres tan hermosa que es normal que tengas una hilera de chicos detrás de ti y… ¡Dios! Yo los quiero lejos de ti… quiero partirle la cara a cada uno de los que haya osado siquiera soñar contigo.

―Estás… estás exagerando, Emmett ―susurró nerviosa, aun con el rostro de su hermano muy cerca del suyo. Demasiado cerca.

―Sabes que no lo hago… ―rebatió, bajando su rostro hasta el cuello de su hermana, donde inhaló profundo antes de esconder allí su rostro por un buen rato, mientras que ella sin saber cómo ni por qué, levantaba sus manos y hundía sus dedos en medio de la espesa cabellera negra y gruesa, acariciándole allí en la nuca. La tensión se esfumó de ella, los nervios se convirtieron en alivio y la presencia de su hermano que al principio le pareció invasiva, ahora le resultaba reconfortante: su aliento sobre su cuello, sus manos en su espalda bajo su camiseta… Seguro esa cercanía entre hermanos era una cuestión habitual.

―Ahora —interrumpió Emmett el silencio de aquel momento y sin salir del escondite de su cuello ―respóndeme lo que te pregunté ayer.

―Es algo privado… ―respondió ella sin sobresaltar la voz. Estaba tranquila, pero aun así no quería responder algo que para las chicas de dieciséis años como ella, guardaban al menos de los oídos de sus hermanos. Lo oyó inspirar hondo y apretarla aun con más fuerza.

―Ayúdame, Rose. Ayúdame a no perder la cordura y respóndeme, por favor…

―No, Emmett, no amo a Thomas y no me he acostado con él.

―Vale…

Cuando Emmett la dejó a solas, ella se preguntó si podría ella acaso indagar en esas cosas tan íntimas de su hermano, preguntarle a cuantas mujeres se había follado o de cuantas se había enamorado. Se preguntó también si las respuestas le darían lo mismo o si reaccionaría del mismo modo que él. Le dio miedo responderse.

― ¿Te sientes bien? ¿Por qué estás tan callada?

Rosalie se sobresaltó cuando su hermano la sacó de sus recuerdos. Él la estaba mirando con las cejas enarcadas, esperando una respuesta, como siempre.

―No pasa nada, simplemente me preguntaba cuándo voy a poder volver a casa.

―Cuando el doctor lo diga, ni un día antes ni un día después.

―Ya me siento bien y puedo terminar la convalecencia en casa. Puedo pedirle al kinesiólogo que vaya a casa, igual que a la psicóloga. Edward dijo que hablaría con el doctor para ver la posibilidad…

― ¡Edward! La flor de marido que tienes ―se levantó de golpe de la cama y caminó de un lado a otro mientras despotricaba en contra de su cuñado ―por cierto, ¿dónde está? Si yo fuera él no me movería de tu lado.

―No es mi esclavo, Emmett. Además, él ha estado todo este tiempo a mi lado y ha dejado de lado sus cosas. También necesita distraerse y volver a retomar su trabajo.

―Pero tú estás aquí saliendo del coma. Deberías estar antes que todo, ser su prioridad

― ¡Y lo soy!

―No me hagas reír…

― ¿Sabes? ¿Por qué no te vas de una buena vez y me dejas descansar? Edward está por llegar…

Rápidamente se acercó a ella y le tomó las manos apretándolas levemente. Se sentó en la cama y la miró con ojos de disculpas.

―No, no por favor, no me pidas que me vaya, déjame aprovechar este tiempo a solas contigo ―besó las manos de Rose y siguió hablando ―cada día rogué que despertaras, estaba desesperado, ¿me crees?

―Sí que te creo, Emmett, simplemente te estoy pidiendo que no hables así de mi marido, ¿está bien? Él ha estado tan preocupado como tú por mi salud.

―Vale, vale, está bien, dejemos en paz al "buen Edward".

―Gracias ―ella fue quien esta vez apretó las manos de su hermano en agradecimiento, sonriéndole. ―Ahora dime, ¿encontraste alguna buena mujer en el tiempo que estuve "durmiendo"?

Emmett bajó el rostro, arrugando el entrecejo. Se alzó de hombros y negó con la cabeza.

―No, la verdad es que no. Van y vienen como siempre, nada serio.

― ¿Y por qué es eso? ¿Cómo es que no hay nadie que te saque suspiros?

―Sí que la hay ―y lentamente alzó su rostro para mirar con ojos solemnes a Rose, que seguía sonriendo mientras esperaba su respuesta. ―Solo que… la mujer que quiero para mí, me es imposible de alcanzar.

La sonrisa en los labios de Rose titubeó cuando Emmett respondió aquello, quizás porque sentía un poco de pena saber a su hermano amando a alguien en silencio sin poder ser correspondido, o quizás la punzada que sintió en su estómago fue porque no esperaba que él amara a alguien, simplemente.

En ese momento la puerta de la recamara se abrió y Edward apareció por esta, esforzándose mucho en sonreírle a su mujer, a quien vio sentada frente a su hermano Emmett que le sostenía. Por supuesto su cuñado gruñó a modo de saludo cuando él se ganó del otro lado y se inclinó para besar en la sien a Rose, mientras acariciaba su cabello.

― ¿Estás bien, cariño? ―le preguntó Rose, centrando ahora su total preocupación en su marido, que no podía disimular su estado de ánimo. Otra vez Emmett gruñó, ahora cuando ella le soltó las manos y se preocupó por pasarlas sobre el rostro de Edward.

―Estoy cansado, resolviendo algunas cosas, pero es todo —trató de sonreír, mientras seguía pasando la mano por el pelo de su esposa. Rose suspiraba porque adoraba esas demostraciones de ternura que Edward le regalaba. ― ¿Tú te has comportado? ¿Has hecho lo que las enfermeras y el kinesiólogo te han dicho?

―Absolutamente todo.

― ¿Hablaste ya con el médico? ―la pregunta salió de los labios de Emmett con más potencia de lo normal, esto para hacerse notar pues se habían olvidado que él estaba presente. ―Rose me dice que quiere que le den el alta.

―No hasta que precisamente el doctor lo autorice.

―No quiero que lo permita solo porque Rose puede ser insistente. Se quedará aquí el tiempo necesario.

Aquello sonó como una orden, pero Edward ignoró el tono así como había ignorado a Emmett. Suspiró y miró a su mujer, que acababa de darle una mirada aprensiva y furiosa a su hermano.

―Mañana por la mañana me reuniré con él y…

―Vendré a esa reunión ―volvió a interrumpir Emmett, levantándose del filo de la cama. Se colocó el abrigo gris que había dejado sobre el sofá y la bufanda del mismo color. No soportaba estar frente a la pareja, mucho menos soportaba que lo ignoraran de ese modo. ―Ahora me voy. Regreso mañana, Rosalie. Y Edward, no dejes sola a tu esposa por tanto tiempo.

Y sin decir más, ni despedirse ni esperar ningún saludo, salió de la habitación. Ya era de noche y sería un buen momento para ir a un bar y tomar unas cuentas copas de vodka y quizás encontrar a alguna mujer que sacara su frustración sexual de encima.

Edward y Rose se quedaron mirando y al unísono se alzaron de hombros por el arranque de Emmett, no aguantándose ella la risa.

―Veo que algunas cosas no han cambiado ―comentó, sentándose en la cama y atrayendo a su marido para abrazarlo. Lo había echado de menos. Edward la abrazó por los hombros y besó su cabeza, dejando su vista fija en la muralla.

―No tienes idea, Rose ―murmuró, sin entender Rose por qué.

**oo**

Isabella había llegado a su casa, había saludado a su madre que horneaba un pastel para llevárselo como regalo de cumpleaños a don Nicola Anconetani, el dueño del negocio de abarrotes que había justo junto al edificio y que siempre le recordaba a Renée lo mucho que le gustaban sus postres. Por eso, por el entusiasmo que estaba poniendo en su trabajo en la cocina, y aludiendo a cansancio fue que no se preocupó cuando su hija apenas se tomó media taza de té caliente y se fue derecho a su habitación.

Allí estaba Isabella, llorando en silencio hecha un ovillo sobre su cama cuando su teléfono dio aviso de un mensaje entrante. Ella se apresuró en revisarlo con la esperanza que fuese Edward quien lo enviaba, pero no era así. Era su amiga Alice que le preguntaba por qué le había dicho a su madre que cubriría medio turno y siempre fiel a su estilo le exigía que le dijera qué estaba pasando, aunque Alice se lo temía, sabía que el músico tenía que ver con esa desaparición de su amiga.

Cuando la llamó para tranquilizarla, Alice iba rumbo al hospital a trabajar su turno doble cuando oyó el resumen que Isabella hizo para ella:

―Hablé con Edward sobre Aro ―comentó, jugueteando con una pelusa de su cobertor. ―Al parecer se decepcionó porque cuando me vine de su apartamento le vi la cara, además no me detuvo. Quizás… quizás sea mejor así, ¿no crees?

― ¿Le contaste todo?

―Los grandes hitos, sí.

― ¡¿Y él te echó de su apartamento?!

―Dios, Alice, no me echó ―suspiró fuertemente y agregó ―Yo le vi el rostro después que le conté todo… estaba como aturdido, así que preferí dejarlo hasta ahí y venirme.

―¿Y él no te dijo nada? ¡¿No se supone que te ama, joder?!

―Basta Alice, es mejor así. Ahora voy a dormir.

Descansa y hablamos mañana.

―Gracias amiga.

Alice colgó el llamado justo cuando el taxi la dejó frente al hospital. Pagó y entró echando humo, refunfuñando y maldiciendo al músico ese que no tuvo compasión por la historia de su amiga, que no comprendió su historia. Estaba realmente molesta porque pensó que en Edward, Isabella encontraría a alguien para ella, que la amara de forma incondicional, pero parece que se equivocó.

Mientras subía por el elevador, retorciéndose los dedos, pensaba que quizás sí era una historia que podría amedrentar un poco. Finalmente el sadomasoquismo es un gusto que pocas personas comparten, y que seguramente es totalmente incomprensible asociarlo a alguien con el carácter de Isabella. Pero ella había actuado por coacción, por amenaza, no era justo que nadie la juzgara, ni aunque lo hubiese hecho por gusto propio.

―Averigüé lo que me pediste ―le dijo Leah, cuando ambas estaban cambiándose en el sector de los casilleros. ―La tal Ángela fue ubicada en la UCI neonatal, en el piso de arriba. Ayer le estaba dando un vistazo al sector, pues su padre es no sé qué del director del hospital…

― ¡Mierda!

― ¿Qué pasa? ¿Vas a contarme? ―pinchó para satisfacer su curiosidad. Pero Alice negó con la cabeza, haciendo un movimiento en el aire, quitándole importancia.

―No pasa nada. Ángela es una vieja compañera de la universidad… no nos llevábamos bien, es todo.

―Ah…. ―asintió y se sentó Leah sobre la banca de madera para abrochar sus zapatillas ―Por cierto, ¿dónde dejaste al galán ese que tienes de novio?

―Durmiendo ―suspiró con pesar, habiendo deseado quedarse con él en esa cama tibia que tuvo que abandonar para llegar a su trabajo.

―Maldita suerte la tuya ―bromeó Leah, pegándole con el codo en el brazo, guiñándole el ojo y desapareciendo por la puerta. Alice suspiró y estuvo de acuerdo con su colega, saliendo tras ella para comenzar con su trabajo.

Para su pesar, la primera paciente que tuvo que cubrir era Rosalie Hale. Gruñó cuando tomó la bandeja con los suministros y rogó para no encontrarse con el músico en la habitación de la escritora, pero su mala suerte estaba pisándole los talones, pues al abrir la puerta a quien primero vio fue a Edward sentado junto a su mujer mientras le sujetaba la mano.

―Buenas noches ―saludó a Rosalie. Enseguida le dirigió una venenosa mirada al músico, quien arrugó la frente con aquella reacción. ― ¿Ha estado todo bien con usted, señora Hale?

―Deja de llamarme señora Hale, Alice, por Dios ―protestó Rosalie, rodando los ojos y sonriéndole ―Eres la novia de Jasper que es casi hermano de mi Edward. Seguro nos haremos buenas amigas…

―Claro… ―murmuró Alice, mirando de reojo a Edward que se encontraba de pie junto a la ventana, de brazos cruzados, observándola.

Le suministró los medicamentos con un poco de agua, le tomó la temperatura y enseguida la anotó en la bitácora de la paciente. Le preguntó si había algo nuevo que quisiera comentar, y Rose le habló del entumecimiento de sus manos, diciéndole Alice que era algo normal después de tenerlas sin actividad. Pero aseguró que con los ejercicios del kinesiólogo pronto desaparecería. Rosalie quiso saber también si ella sabía cuándo el médico pensaba darle el alta. Entonces Alice la miró y sonrió tensa, mirando otra vez a Edward por escasos segundos, antes de volverse a la enferma.

―Espero que pronto… ―"para que no tengamos que seguir viéndole la cara al cretino esposo tuyo" agregó para sí. Enseguida la acomodó y se despidió de ella, volviendo a darle una mirada de esas que daban miedo a Edward y sin ofrecerle una manta para que se cubriera al dormir.

Salió y agradeció haber acabado en esa habitación, una por eso de que Rosalie ya estaba deseando que ambas fueran amigas y otra por la presencia del músico que no se merecía el amor ni de su mujer engañada ni de su amiga.

― ¿Alice?

Cerró los ojos y apretó las manos cuando oyó precisamente la voz de Edward a sus espaldas, llamándola. Se había aguantado para no decirle un par de cosas delante de su mujer convaleciente, pero él la estaba buscando… y la iba a oír.

Se giró y puso las manos como jarras sobre sus caderas, alzando mucho el mentón. Edward carraspeó y se detuvo frente a ella, metiendo las manos dentro de sus bolsillos, pues la chica de metro sesenta de estatura sí que daba miedo cuando se lo proponía.

― ¿Estás bien? ¿Pasa algo contigo, con Jasper? Pareces enojada…

―Oh, es usted muy observador, señor Masen ―contestó furiosa e irónica. Mala combinación. Edward alzó las cejas e insistió en saber qué le pasaba a la chica.

―Esto… ¿Puedo ayudarte?

― ¿Usted, a mí? No, claro que no… ―apretó los dientes y los soltó para hablar ―Y aprovechando la instancia, espero que ahora deje en paz a Isa de una buena vez. Deje de buscarla.

Y sin más, volvió a girarse con la idea de apartarse, pero el músico al nombre de Isabella se puso alerta e impidió que Alice se marcharla, dando dos zancadas para alcanzarla y tomarla por el brazo.

―Por qué dices eso… ¿hablaste con ella?

― ¡Y a usted qué le importa!

―Por favor… yo…

―Pensé que era diferente ―alzó la voz y se obligó a controlarse cuando vio donde estaba. Por eso agarró por la manga al músico y lo alejó a un pasillo poco transitado, porque iba a decirle unas cuantas cosas. Él se lo buscó. Levantó su dedo índice y lo apuntó acusatoriamente ― ¡Tú! No tuviste corazón cuando dejaste que mi amiga se fuera de tu apartamento después que… te contara todo lo que te contó, ¿verdad? ¡Le rompiste el corazón!

― ¡¿Yo?!

― ¡No, yo! ― le dio un golpe en el pecho ―No eres quién para juzgarla, ni tú ni nadie. Además, no sabes lo que ella tuvo que pasar. Aro, ese tipo era un demente y no la dejaba tranquila, no lo hizo cuando supo que estaba embarazada ni cuando Isabella quiso alejarse. Ella estaba perdiendo su carrera y su dignidad, pero a ese imbécil le importaba un comino. La quería para satisfacer sus fetiches… ¡Mierda! Ella aceptó en un principio porque estaba encandilada, ese tipo era un adonis, es verdad, pero estaba realmente loco.

La azotó, la quemó, la hirió y la hizo sangrar; se la folló de todas las formas que te puedes imaginar, con y sin su consentimiento. Además dejó que otros lo hicieran e inmortalizó esos encuentros con grabaciones y fotografías… ¿Y sabe lo que hizo cuando ella se apartó la primera vez? Ese desquiciado, no sé cómo, entró al apartamento de Isa y empapeló el lugar con fotos comprometedoras de ella. ¡Gracias a Dios y Renée es ciega, pues se hubiera muerto! Pero el cura las vio y mi amiga tuvo que explicárselo… Aro la amenazó con dar a conocer esa "vida escondida" de Isabella si ella no cedía.

¡Dos veces trató de suicidarse, una cuando abortó y otra cuando el tipo insistía y no la dejaba! ¿Cree que esa era vida para ella? Y ahora ese imbécil está a punto de aparecer y ella tiene miedo que quiera "retomar donde lo dejaron" y que si ella no cede, él vuelva a obligarla. Entonces ella confía en ti, esperando encontrar apoyo, pero ¿qué haces? ¡Le das la espalda!

― ¡Basta Alice! ¡Basta, te lo suplico! ―rogó Edward, cubriéndose el rostro con las manos. Mientras la chica hablaba defendiendo a Isabella, él se imaginaba todo aquello y la ira profunda comenzaba a burbujear en su pecho, no contra Isabella como Alice pensaba, sino contra ese mal nacido.

―Bueno… ―dijo ella más tranquila, después de haber echado afuera todo ―al menos en adelante no te verás vinculado con ella… Menos mal que tus sentimientos por ella se esfumaron ahora que tu esposa…

―Yo amo a Isabella, la amo ―intervino con furia Edward, rectificando los dichos de Alice ―La amo pese a su pasado y jamás se me ocurriría dejarla ni mucho menos juzgarla. ¡Cómo piensas eso de mí!

― ¡Apenas y te conozco! Además, después que ella te lo contó, tú no le dijiste nada, dejaste que se fuera…

― ¡Dios, ponte en mi lugar! ―exclamó, sacudiendo por los hombros a la enfermera ―No pude quedarme indiferente… y asumo que me sorprendió que ella estuviera involucrada en… ese tipo de cosas, pero ni siquiera puedo pensar en lo que ella sufrió. Fue muy fuerte escucharlo Alice, pero eso no significa que vaya a darle la espalda o que la deje de amar, por supuesto que no. Simplemente… necesitaba un tiempo para digerirlo y calmarme…

―Bueno, pues, en lo que demoras en tomarte tu tiempo, mi amiga está como alma en pena.

―Su teléfono está apagado, intenté llamarla. Te lo juro, Alice.

Alice estrechó sus verdes ojos hacia Edward, que parecía dolido con todo. Inspiró y se quedó un par de segundos mirando al músico compungido.

― ¿Vas a ayudarla?

―Como esté en mis manos hacerlo… y si no está en mis manos, encontraré el modo de que se encuentre segura…

―Más te vale, Edward. Isa es como mi hermana, prácticamente la rescaté de la muerte y voy a cuidarla con uñas y dientes. Si me las tengo que ver con ese viejo desquiciado otra vez para defenderla, voy a hacerlo, sin miramientos. Espero que hagas lo mismo.

―Lo haré, Alice, cualquier cosa.

Después de eso, Alice asintió y se despidió de Edward para retomar sus labores, dejándolo a solas, sentado en una solitaria silla de la sala de espera, pensando en todo lo que Isabella y Alice le había contado, sintiendo pena y rabia por todo lo que su Isabella había tenido que pasar. deseaba acudir en ese momento hasta ella y abrazarla mientras le decía que todo estaba bien, que todo estaría bien y que él incondicionalmente estaría con ella y la protegería, tal y como se lo dijo a Alice.

Sacó su teléfono del bolsillo y pulsó el número del teléfono de Isabella, volviendo a sonar este como apagado, ahondando su frustración. Miró la ahora en el móvil y pensó en ir hasta su apartamento como hace un par de días lo hizo, ¿pero con qué excusa? Esta vez no estaría sola y a su madre le parecería raro su tardía visita. Cabizbajo guardó su teléfono en el bolsillo y se levantó pues recordó que su esposa estaba en el cuarto esperándolo y que él había salido con la excusa de ir a la cafetería. Si se iba y desaparecía por más tiempo ella se angustiaría.

Suspiró y se puso de pie, caminando hacia la recamara de Rose, con la idea de esperar hasta el día siguiente y hacerle la guardia a Isabella cuando llegara al trabajo. Era su única opción, por el momento.