Capítulo 4. Parte 2
¡Un Hiten saltó sobre mí y voló un auto con su rayo láser!
Tokinjin era una buena espada, poderosa, pero también muy…sucia. Antes de que pudiera darse cuenta, había partido en dos un edificio, junto con todos los Gatos-leopardo. Había tenido que huir de allí convertido en una esfera de luz antes de que el techo se le cayera encima, aunque no pudo evitar que su chaqueta quedara cubierta de polvo. Aterrizó algunos kilómetros más lejos de lo necesario, simplemente porque no quería escuchar a la gente escandalizada ni las molestas sirenas de los bomberos y patrullas que seguro se amontonarían cerca de los escombros.
Antes de que pudiera desactivar su daiyoukai un aroma dulzón inundó la calle vacía. Por la calle perpendicular frente a él, pasó corriendo una niña. Era pequeña, de no más de nueve años, sucia y descalza, que apestaba a desarmada. Sesshomaru nunca había acabado de comprender el criterio de los youkai al elegir a sus dueños; algunos elegían personas jóvenes y fuertes como él, otros preferían viejos, enfermos o niños, como si estos tuvieran alguna oportunidad de alimentar a sus armas.Y para colmo, unos pocos tardaban demasiado en aparecerse ante sus nuevos dueños, lo que terminaba llenando la ciudad de presas fáciles para los portadores mediocres sedientos de sangre, que los hacían sentir más poderosos sin mucho esfuerzo. Le resultaba repugnante, pero no era como si fuera a hacer algo al respecto.
La niña se detuvo, de repente consciente de que alguien la observaba, y lo miró con los ojos abiertos como platos. Abrió la boca en un gran "O" que dejaba ver que se le habían caído dos dientes de leche.
-¿Señor?- Preguntó tímidamente. -¿Es un ángel?-
Sesshomaru frunció el ceño, extrañado. Aún tenía la chaqueta llena de polvo, y a Tokinjin desenfundada y cubierta de sangre fresca. La manga izquierda, colgando, inútil, las marcas moradas en sus pómulos, las garras en su mano, ¿cómo alguien podía confundirlos con rasgos angelicales? Al parecer la niña esperaba una respuesta, así que se la dio
-No, no soy un ángel.-
La niña se limitó a parpadear, estupefacta. Sus ojos pasaron de Tokinjin al rostro del hombre para volver a Tokinjin
-Pero usted es fuerte y bueno como un ángel, ¿no?- Sesshomaru no respondió. La niña miró nerviosamente en la dirección de la que había venido y añadió, atropellando sus palabras-¡Señor, un monstruo feo me persigue! ¡Ayúdeme, por favor!-
Sesshomaru lo había notado desde que la niña apareció ante sus ojos; olía un youkai a un par de cuadras. Debía ser muy lento y débil como para dejar que una niña se le escapara y ganara tanta ventaja como para ponerse a pedirle ayuda a extraños.
Para desgracia de la pequeña, Sesshomaru no era un ángel ni un hombre bueno y poco le importaba el destino de los pobres y desamparados. No se dignó siquiera a negar con la cabeza, simplemente enfundó a Tokinjin y apenas rozó la empuñadura de Tenseiga para volver a la normalidad. Su cabello se volvió negro, las marcas en sus pómulos se borraron y sus ojos pasaron de dorado a azul. Antes de dar la vuelta y marcharse, decidió darle aunque sea una recomendación a la niña, que aún lo miraba con la decepción reflejada en el rostro.
-Corre más rápido.-
Sesshomaru no era el salvador de nadie.
Pero si no era el salvador de nadie, ¿por qué, tres días después, se había detenido frente a ese callejón? ¿Por qué se había parado a observar el cadáver reciente? ¿Por qué en su cabeza resonaron las palabras de la niña? ¿Por qué, si no se sentía culpable? ¿Por qué había desenvainado a Tenseiga después de tanto tiempo? ¿Por qué se había metido en el callejón?
Si no era un salvador, ¿por qué había salvado a Rin?
A Inuyasha le fue fácil entender la situación: el tipo volador quería bañar su bonita lanza con la sangre de la chica del boomerang y gato gigante, éste último también volador. Inuyasha se había enfrentado a jugadores que en lugar de armas poseían la capacidad de transformarse en monstruos. Incluso existían casos como el suyo, en los que con solo desenvainar su arma obtenía habilidades extra y un aspecto poco humano, pero esa pantera, tigre o lo que sea no olía a youkai.
Era difícil mantener el ritmo del cazador y su presa, los estaba siguiendo saltando de tejado a tejado, pero la mujer se estaba dirigiendo a una zona con menos edificios departamentales y más negocios y plazas de estacionamiento, lo que lo obligaría a tener que seguirlos desde el piso. No estaba dispuesto a permitirle eso.
En un segundo, eligió a su objetivo. Los dos olían como si hubieran alimentado bien a su youkai, pero el que creaba relámpagos con una sonrisa desencajada y un brillo demente en los ojos era el tipo volador. A juzgar por algunas miradas sobre su hombro, el chico era consciente de que lo vigilaban, pero eso no le sirvió de mucho. Aprovechando un edificio cuya altura lo dejaba casi a la par de ellos, Inuyasha, quien no era fanático de atacar por la espalda, gritó:
-¡EH, TÚ, CHICO-RAYO!- Y con un movimiento de su katana, le lanzó un viento cortante. El tipo trató de esquivar el ataque, pero su pie izquierdo quedó en la línea de fuego y su roller saltó en pedazos y gotitas de sangre. El impulso lo empujó en una línea diagonal descendente, estrellándolo en el techo del edificio al otro lado de la calle, más bajo que el de enfrente.
La mujer y su gato, que permanecían flotando en el aire, se habían dado vuelta y los observaban desde arriba. La expresión de la chica le sugirió a Inuyasha que estaba en partes iguales sorprendida y frustrada. Miró primero al chico herido, que apenas se debatía para levantarse, y luego al espadachín, quien permanecía en guardia.
-¡De nada!- Le gritó Inuyasha para que lo escuchara a pesar de la distancia. La mujer, sin decir palabra, le arrojó el boomerang, que él esquivó a duras penas. Eso era lo que ganaba por tratar de ser amable. La curiosa arma revotó a pocos centímetros de él, describió un arco en el aire y el gato volador arrimó a la chica lo suficiente para que lo atajara.
-¡Aléjate de mí!- Le gritó ella antes de volver a arrojarle el boomerang. Inuyasha saltó a un costado, y el arma pasó rozándole la mejilla. De inmediato, se agachó para esquivar el boomerang que regresaba girando sobre sí mismo a los brazos de su dueña.- ¡Ya con uno de ustedes me basta!¡Si no sabes nada de mi hermano, entonces vete!-
-¿¡De qué hablas!?-
-Arggh…mi pie…- Gimoteó el chico-rayo desde el otro techo. Inuyasha y el gato mutante lo oyeron, pero los oídos de la chica no eran tan agudos. El tipo tenía heridas profundas en el pecho que manaban sangre, tenía una expresión aturdida y parecía faltarle medio pie izquierdo. Su lanza se encontraba al borde de la terraza. Clavó su vista desenfocada en Inuyasha, como si no pudiera entender lo que veía. Él decidió ignorarlo; sabía lo que el demente había estado haciendo toda la mañana, llenando el cielo de rayos que podrían haber herido a alguien, causado incendios y esas cosas, pero aún no estaba del todo convencido si matarlo o solo inhabilitarlo. Si se queda ahí bien quietecito, lo dejaría en paz. Tampoco sabía qué hacer con la chica, que estaba tan empecinada en gritarle cosas sin sentido y atacarlo.
-¡Quieres matarme como todos en esta maldita ciudad!- Ella le arrojó con más fuerza el boomerang, y esta vez él no lo esquivó, sino que lo hizo rebotar contra su espada, como si estuviera jugando beisbol.
-¡TE SALVÉ LA VIDA!-
-¡Lo estaba haciendo muy bien sola, gracias! -Dijo ella mientras se movía en el aire para recuperar su arma-¡Ahora, si no viste a mi hermano, ALÉJATE DE MÍ!-
-¡SERÁ UN PLACER!- Le contestó, pero antes de que pudiese largarse de allí, el olor a ozono que impregnaba el aire se concentro en un punto justo frente a él. Un resplandor azul lo cegó al tiempo que saltaba a un lado. Sintió que algo tiraba de su brazo y solo le bastó reconocer el aroma a felino para dejarse alzar.
Donde había estado hacía unas milésimas de segundo había un cráter humeante. Ahora se encontraba sentado a lomos del gato volador, detrás de la loca. El chico-rayo se había arrastrado hasta su lanza y ahora se incorporaba tambaleante, usándola de bastón. Con una mueca feroz y enloquecida en el rostro,los señaló con la punta, que brillaba, azulada.
-Me las pagarás.- Gruñó.
El gato se movía más lentamente ahora que tenía peso extra, y el rayo les pasó tan cerca que los oídos de Inuyasha pitaron
-Eso fue lo más estúpido que podrías haber hecho- Le informó. Ahora tenía motivos para matarlo. Si el rayo hubiera ido dirigido unos centímetros más abajo, hubiera volado todo el último piso del edificio y matado a varias personas.
-No, ha hecho cosas más estúpidas.- Murmuró la chica, que al parecer se había olvidado de sus propios gritos histéricos.
-Acércame a él, yo me encargo.-
-Es problema mío.-
-Me apuntó a mí, creo que se convirtió en mi problema también-
Las nubes sobre ellos se arremolinaron sospechosamente, así que optaron por rodear al chico-rayo, quien les lanzó otro ataque en vano. Inuyasha saltó al mismo tiempo que la chica tiraba su boomerang. Al parecer, el lunático había prestado atención a su pequeño pleito y con su lanza imitó el movimiento del espadachín para rechazar el ataque.
Inuyasha aterrizó de pie en la terraza y rodó para esquivar otro rayo. El tipo se acerco a zancadas, harto de errar los ataques y dispuesto a una batalla cuerpo a cuerpo. Antes de que Inuyasha lo recibiera, el hombre esquivó una vez más el boomerang, pero este le rozó el pie sano y quedó en el suelo. Inuyasha aprovechó para pisarle la muñeca que sostenía la lanza y apoyar la punta de Tessaiga en el cuello.
-¡Espera!- Dijo la chica, bajando de su bestia, que había aterrizado a unos metros. Atajó el boomerang, que volvía perezoso, y se acercó a ellos.-Tengo que preguntarle algo.- Se dirigió al hombre tendido, que se limitaba a respirar agitado y no sacar los ojos de la espada afilada.- Tú… ¿viste a mi hermano? – Inuyasha frunció el ceño. Aquí vamos otra vez con eso del hermano. ¿Es que ella creía que, de saber alfo, el lunático se lo iba a decir?- Es un niño de once años, un metro y medio, pecoso, delgado, pelo castaño largo. Tiene un arma mágica como las nuestras, una kusarigama, una especie de hoz con una cadena…-
-¡Sí que lo ví! ¡Y le reventé la puta cara!- La interrumpió chico-rayo y lanzó una carcajada aterradora. La chica miró a Inuyasha y otra vez al demente, como sin saber si creerle.- ¡Y también reventaré las suyas!
-Mientes.- Dijo ella, con la voz trémula
-Solo a medias.- Sonrió, y antes de que Inuyasha pueda acabar con el trabajo, sus sentidos le avisaron para que se moviera, pero esta vez no fue lo suficientemente rápido. Al parecer, no hacía falta al tipo apuntar su lanza hacia el cielo para crear relámpagos desde las nubes. Su caída solo le había hecho ganar tiempo para conjurar uno robusto y potente, que cayó sobre él mismo, el impacto empujando a Inuyasha, la chica, su boomerang y su gato. Éste último, que estaba muy al borde del techo del edificio, se mantuvo flotando. La chica cayó, se le escapó el boomerang de las manos, rodó, resbaló y se quiso aferrar del borde, pero su mano resbaló. Cayó al mismo tiempo que su arma, gritando una grosería . En un segundo, tanto chica como monstruo desaparecieron de su campo de visión.
Inuyasha había caído sobre sus costillas, del lado izquierdo. Su otro costado ardía, como si se hubiera zambullido en una hoguera. En el segundo del impacto, lo único que había visto era una luz blanca titilante y sus oídos se habían llenado con el castañear de sus propios dientes. Su brazo derecho, con el que sostenía la espalda, se había entumecido en un calambre y dolía como los mil infiernos, pero aún así no había soltado la espada. Cuando quiso incorporarse, descubrió que a pesar de que llevaba su eterno buzo a prueba de fuego, el calor del rayo le había provocado serias quemaduras en el brazo. Tessaiga, gracias a dios, parecía intacta, un poco humeante. Se levantó tambaleante, apagando el fuego con unas palmadas y sintiéndose de repente muy débil.
El gato apareció volando tras él, con la chica ilesa en su lomo. Qué animalito de lo más útil.
El rayo había dado de lleno al, quien al parecer recibido todo el impacto, de manera que el techo del edificio estaba casi intacto. Y para su desgracia, él también. Hasta podría decirse que estaba mejor que antes. Se estaba poniendo de pie, sin apoyarse en el lado mutilado, ayudándose con la lanza. La sonrisa continuaba en su rostro, inalterable, lo que contribuyó a aumentar la frustración del espadachín, que se puso en guardia.
-¿No quieres hacerle ninguna otra pregunta?-Preguntó Inuyasha, dirigiéndose a la chica, que había recuperado su arma y la tenía en posición.
-Eso era todo.- Dijo, lúgubre.
-Genial.-
A Inuyasha le pareció que cuando Hiten se dio cuenta de que se enfrentaba a dos contrincantes bastante insistentes en simultáneo, su sonrisa flaqueó.
De pronto, se oyó un estruendo amortiguado y a unas diez cuadras se vio un destello dorado. Los tres miraron sorprendidos en esa dirección y antes de que pudieran hacer nada, el tipo corrió hasta el borde opuesto de la terraza y se alejó volando, inestable, con un solo roller llameante. Se dirigía hacia el origen de esa pequeña explosión.
Kagome miró sobre su hombro cómo Miroku le lanzaba un pergamino a Maten en medio de su narizota y cómo éste se llevaba, desesperado, las manos a la boca, como si no la pudiera abrir. "Buena idea" pensó
Ella había logrado correr una cuadra, viendo al niñito doblando la esquina, pero cuando llegó, se encontró con que el pequeño se había detenido y miraba al cielo, muy oscuro y gris, con un gesto de preocupación.
-¿No lo hueles?- Dijo, preocupado, sin despegarlos ojos del cielo y sin mirarla.
Kagome no olía nada más que la repugnante agua estancada de la zanja a su lado, pero al detenerse se percató de cuánto le dolía la cabeza, justo detrás de los ojos. Los gritos de las personas que corrían, alejándose del peligro no la ayudaban. Se llevó la mano a la frente, como si eso hiciera algo al respecto.
-No- dijo ésta.- Pero puedo sentirlo.
Él asintió.
-Me llamo Shippo, ¿y tú?
-Kagome. Gracias por salvarme, fuiste muy valiente.-
- No sirvió para nada. Estamos muertos, Kagome. –La miró y ella observó que tenía los ojos llenos de lágrimas y la voz infantil se le quebraba.- Bien muertos.-
La pequeñísima fracción de su instinto maternal pudo más que su miedo, y en vez de seguir corriendo, se arrodilló al lado del niño diminuto.
-No digas eso. Tal vez lo que huelas no es…-
-Ese era Maten.- La interrumpió el niño señalando la dirección desde la que venían.- Y el que viene es Hiten.- Añadió señalando hacia el oeste.- No debí haberlos molestado.- La naricita se le fue poniendo roja y sus labios se torcieron en un puchero, llenándole el mentón de pocitos.
Kagome le puso una mano en el hombro diminuto
-No llores, Shippo. Miroku está peleando…-"Solo, porque no sirvo más que como carnada" . Sin embargo, no se permitía perder la esperanza. Algo en su migraña, en su vello erizado, en esa sensación extraña en el estómago le resultaba familiar.
Shippo negó con la cabeza.
-Ya viene, ya viene-
-Corramos entonces, Shippo. ¡No se la hagamos tan fácil!- Kagome tironeó de él hasta auparlo, descubriendo que Boyo, su gato obeso le resultaba más pesado. Echó a correr pero la cabeza le dolía tanto que la sentía a punto de estallar. Shippo se llevó las manitas a la cabeza y dijo
-No debía haberme quedado parado. ¡Ya está aquí!-
Kagome miró al cielo sobre su hombro, esperando ver una versión alada de Maten, o un impresionante dragón eléctrico, pero para su sorpresa, en su lugar vio a un chico poco más grande que ella. Estaba muy lejos para poder verle el rostro, pero Kagome notó que llevaba el pelo negro, corto, dejando a la vista su amplia frente. Llevaba una remera naranja con la parte del pecho empapada en sangre. Tenía un roller en el pie derecho, envuelto en llamas azules, y se apoyaba en él para volar, dándole un aspecto chueco y poco imponente. El otro pie era una protuberancia sangrante que a Kagome le hizo recordar a cómo la mano de Yura había estallado por el zarpazo de Inuyasha. Lo único realmente temible de ese chico era la lanza extraña que llevaba en la mano, cuya punta tenía un resplandor azul, y a su alrededor refulgía un aura dorada. El hombre miró en su dirección y pareció debatirse un segundo antes de avanzar rápidamente hacia donde estaba Maten y Miroku. Y detrás de él aparecieron, montando un tigre encendido fuego, Inuyasha y una chica con un boomerang gigante. Kagome hubiera sentido alivio de no haber estado tan confundida. Hasta Shippo detuvo por un momento su llanto.
-¿Lo están persiguiendo?- Murmuró. La mujer lanzó su boomerang hacia adelante, donde supuestamente se desarrollaba la batalla, sin hacerle caso a los dos espectadores que la miraban boquiabiertos. Pero Inuyasha olisqueó el aire y los vio. A pesar de la distancia, Kagome pudo ver su expresión de "¿otra vez tú?" en su rostro indignado.
Otra explosión dorada iluminó la calle, bastante cerca de la esquina, obligando a retroceder al tigre. Eso pareció hartar a Inuyasha, que saltó del animal para caer agachado, siempre con Tessaiga bien preparada. La mujer desde el gato le gritó algo, pero el chico la ignoró.
"Podríamos escapar" pensó Kagome. "La chica parece querer ayudar. Con Miroku, serían tres contra dos." Miró a Inuyasha, que avanzaba hasta perderse de vista. Se veía cansado. Tal vez debería ayudar, pero ¿cómo?. Shippo le estaba diciendo algo
-¡Aprovechemos, Kagome! Ellos se encargarán….- Fue interrumpido por el estruendo de un rayo azul que cayó donde hacia unos segundos flotaba la chica del boomerang, que estuvo obligada a avanzar y salir del campo de visión de Kagome. Se oyeron gritos aterrados. El supermercado, los negocios de alrededor, las calles. Estaba lleno de gente que no tenía nada que ver con lo que sucedía.
Ella se acuclilló y dejó al niño en el piso
-Perdóname, Shippo, pero no te acompañaré. Corre, encuentra un lugar seguro. –
-¿Qué…qué vas a hacer? Esos tipos que vinieron también pueden ser malos. Y no tienes armas, no…-
-Estoy segura de que son buenos. Voy a hacer lo que pueda-dijo ella. Shippo hizo un puchero pero no dijo nada cuando Kagome lo abandonó
Al volver por la esquina, lo que vio fue el caos. La calle estaba completamente ennegrecida, había un auto prendido fuego y otros volcados y aplastados como si se trataran de los juguetes de un niño caprichoso. El supermercado seguía igual de destrozado, pero ahora el edificio inmediatamente adelante, una heladería, tampoco contaba con un frente. Un poste de luz estaba inclinado en una posición bastante peligrosa y bastante cerca de los cables eléctricos. Algunas personas se alejaban corriendo por la esquina opuesta, y otras corrían hacia ella, pasándole por al lado. Había una mujer acurrucada detrás de un auto tumbado contra un edificio. Kagome estaba segura de que a algunos imprudentes se le había ocurrido refugiarse dentro de la heladería y el supermercado, algunos tal vez se encontraran escondidos en la playa de estacionamiento lateral a éste.
Miroku estaba tirado sobre su costado en la zanja, inconsciente. Le sangraba la cabeza, y su báculo se encontraba en medio de la calle. La chica obligaba a su gato a descender para recuperar su boomerang, que había quedado del otro lado de la calle, posiblemente desviado por las sucesivas explosiones. Hiten la señaló con su lanza, pero antes de que pudiera lanzarle un ataque, Inuyasha acometió con su espada y él se vio obligado a ponerse en guardia y detenerlo. Maten se levantaba del piso, su barriga sangrando a chorros. Ya no tenía el papel pegado en el hocico.
Kagome corrió en dirección a la mujer tras el auto, a unos cuantos metros a su derecha. Deseando no llamar la atención de ninguno de los combatientes, se agachó para verla de cerca. Tendría unos pocos años más que ella, llevaba un jean gastado y una remera de alguna banda de metal de las que le gustaban a su mamá. A pesar de que tenía los párpados firmemente cerrados y de que se tapaba los oídos con las manos, notó la cercanía de Kagome. Abrió sus ojos marrones, húmedos y gimoteó. Kagome notó que el pantalón se le había roto a la altura de la rodilla, dejando ver un raspón bastante feo
-¿Qué está pasando?- Balbució. Apenas se le entendía una palabra. ¿Qué podría contestarle?
-No lo sé.- Dijo al fin- Pero tienes que salir de aquí, rápido.-
La chica negó con la cabeza.
-Quise correr pero un auto salió rodando. Solo tuve tiempo de agacharme y…y…- El auto gris, o lo que quedaba de él, había quedado apoyado contra el edificio de al lado, una lavandería, creando un refugio triangular de lo más inestable. Kagome comprendió que la chica había estado a punto de quedar aplastada contra las paredes blancas con dibujos de burbujitas.
-Si te quedas aquí, puede ocurrir otra explosión y las cosas se pondrían más feas.- Le tendió la mano, haciendo caso omiso a los sonidos metálicos, los estruendos y las groserías ocasionales de los combatientes.- Tienes que ponerte a salvo.-
-Un monstruo amarillo…-Comenzó la chica. Kagome la agarró del brazo y tiró.
-Eso ahora no importa. ¡Vámonos!-
La mujer cedió y salió gateando de abajo del auto. Una luz azul cubrió el panorama, seguida de un estruendo y un grito femenino, pero Kagome obligó a la mujer a no mirar. Se la llevó hasta la esquina, sin mirar atrás, y le gritó que se fuera, que corriera a su casa o a cualquier lado lejos de allí. La chica la miró un momento, aún asustada, antes de voltearse y alejarse como si la persiguieran mil demonios.
Kagome no se quedó a mirarla. Volvió corriendo al campo de batalla, donde descubrió que el poste de luz había caído en medio de la calle, cerca de la chica del boomerang , que se había bajado del tigre y entre los dos acosaban a Maten. Inuyasha y Hiten luchaban mitad cuerpo a cuerpo, mitad a través de rayos y vientos cortantes.
Esta vez, y luego de comprobar que no quedaran más civiles, Kagome se armó de valor y se dirigió donde Miroku estaba recobrando poco a poco la consciencia, no sin antes recuperar el báculo. Se arrodilló a su lado y lo volteó del todo. A juzgar por la mancha de sangre en el piso, había rebotado contra el pavimento, golpeándose la coronilla. Auch.
-Kag…me- dijo, removiéndose.-¿Qué…haces aquí?-Parpadeó hasta que por fin pudo fijar la vista en ella- ¿No te dije que te fueras?- ¿En serio? ¿Aún grogui, estaba dispuesto a regañarla?
Kagome lo ignoró y lo ayudó a incorporarse agarrándolo por el codo, pero luego él la alejo, más espabilado.
-Corre, sal de aquí-
-Solo si tú también te vas. No puedes pelear así.-
Miroku le sacó el báculo de las manos.
-No es momento para discu…-Sus palabras fueron ahogadas por el vozarrón de Maten
-¡MI UNGÜENTO! ¡AHÍ, HERMANO!-
-¡KAGOME, CUIDADO!-Gritó Inuyasha.
Miroku estiró la mano como para apartarla pero fue demasiado tarde. Kagome sintió un tirón hacia atrás y luego como un metal casi hirviendo se apoyaba contra su cuello. Sus pies se elevaban poco a poco del suelo y se le escapó un grito de sorpresa. Tardó un poco en comprender lo que sucedía; Hiten la había atrapado, dejándola apresada entre su pecho y el mango de la lanza en forma horizontal. A medida que él volaba cada vez más alto, la gravedad tiraba más de ella, ahorcándola. Pataleó y se agarró de la lanza, que estaba al rojo vivo. Le dolían las manos pero si se dejaba sostener solo por el cuello sería su fin. Forcejeó pero Hiten era fuerte y la presionaba cada vez más contra su pecho hasta que Kagome pudo sentir la sangre de sus heridas pegada a la espalda. "Voy a tener que lavar el uniforme" pensó la parte más tonta y distraída de su mente.
Las imágenes a su alrededor se iban tornando cada vez más oscuras y confusas. La chica del boomerang la observaba sorprendida. Miroku e Inuyasha intercambiaban una mirada nerviosa. Y Maten…Maten también volaba. Se encontraba frente a Hiten, sentado en una nubecilla digna de Goku, aún con la sangre manándole del estómago y una sonrisa larga y aterradora.
-¡Mira, Maten! ¡La chica también sirve de escudo!- Rió Hiten, y luego se dirigió a Inuyasha, que lo miraba impotente desde la calle.-¿Qué pasa? ¿Ya no te atreves a atacarme? Vamos, soy un blanco fácil-
Kagome se removió, pero se le acababan las fuerzas. Creyó oír a Inuyasha murmurar "Eres una idiota", pero pudo haber sido su imaginación. Dios, como le dolía el cuello.
Con el rabillo del ojo, vio que Miroku hacia un movimiento extraño…y de repente, Hiten se estremeció y su agarre se aflojó un poco. Kagome, sin pensar, soltó el mango con la mano derecha y la estiró hacia atrás, buscando la cara de Hiten. Al parecer, logró clavarle las uñas en la mejilla y parte del cuello, mas solo sirvió para empeorar las cosas. El hombre se enfureció, apretó aún más a Kagome, e inclinó la punta de la lanza en dirección a Miroku. Kagome lloró de dolor y se soltó también con la mano izquierda cuando la lanza se calentó aún más, y sintió un horrible espasmo cuando un rayo salió de la punta. No sabía si Miroku había logrado esquivarlo, tampoco estaba segura si ella estaba gritando o no. Solo podía ver lucecitas rojas bailando frente a sus ojos. Se obligó a volver a agarrarse, prefería el dolor antes de morir estrangulada.
-Es un buen escudo, pero bastante incómodo.- Gruñó Hiten.-Te lo regalo, Maten.- Hizo un movimiento brusco, alguien gritó "¡NO!" y de repente, Kagome se encontró volando. Fue un segundo de aterradora libertad en el que el viento refrescó sus nuevas heridas, pero tan solo un segundo. Cayó en una superficie esponjosa y liviana, que se sentía como si fuera algodón de azúcar pero menos pegajoso y más húmedo. Un brazo gordo y amarillo la rodeó y la tomó por el hombro, estrechándola con fuerza contra un cuerpo, también gordo y amarillo.
-Hola de nuevo.- Murmuró Maten, alegre.
Kagome empezó a procesar las imágenes y sonidos sueltos en su mente. ¡Maldición! No podía ser más estúpida, no solo los hermanos la habían atrapado como rehén y se la pasaban entre sí como si fuera una pelota, sino que además había acabado igual que el principio, prisionera del monstruo calvo.
Hiten se arrancaba un papel pegado a su hombro izquierdo, el pergamino que Miroku le había lanzado y le había creado ese segundo de vulnerabilidad. La frustración de Kagome tuvo un pequeño alivio al ver las marcas rojas que le había dejado en su bonito rostro. Inuyasha, sin darle tiempo a nada, lanzó un viento cortante que Hiten esquivó muy mal. Una línea de sangre quedó dibujada en el aire antes de caer pesadamente. El lancero se llevó la mano izquierda a su costado, sosteniendo aún el arma con la derecha.
En algún momento, Miroku se las había ingeniado para subirse a lomos del tigre, y, sin contar su posible contusión, parecía ileso. La chica desde el piso lanzó el boomerang a Hiten, quien lo golpeó con su lanza. La mujer parecía contar con ello, ya que sonrío cuando el boomerang rebotó y se dirigió girando directo hacia la cara de Maten. Este movió la cabeza, apoyando parte de su enorme peso en Kagome. Escuchó un ruido hueco seguido de un "Ay". Maten se acomodó y se llevó la mano a la cabeza. Su ojo izquierdo estaba oculto en una fea mancha de su propia sangre provocada por el roce del boomerang. Uno de sus pirinchos cayó, triste y solitario.
-¡Mi cabello! Iba a hacerme otro ungüento contigo, ¿pero sabes qué? ¡ no lo mereces!- Gritó a la chica al tiempo que abría su bocota y de ella nacía un potente resplandor dorado. De forma automática, Kagome se estiró y le pegó con el puño en el mentón, obligándolo a cerrar la mandíbula justo a tiempo. Hizo un movimiento como si hubiera contenido un hipido y de sus fosas nasales salieron dos delgadas volutas de humo. Antes de que reaccionara, Kagome le dio otro golpe y otro. Le golpeaba los brazos, el estómago herido, lo rasguñaba, lo cacheteaba, lo empujaba. Estaba desesperada por hacerle algún daño, no importaba si le dolían las manos como los mil infiernos. Pero Maten no tenía piel como los humanos, la suya era áspera como la de un elefante y nada de lo que hiciera Kagome le afectaba más que un piquete de mosquito. El monstruo le puso la mano en la cabeza, alejándola.
-Ey, ¿pero qué haces, Karate Kid?- Dijo, divertido.-Te vas a caer de mi nube, y no me sirves hecha papilla.- No estaban tan alto como para hacerse papilla, pero si habían unos considerables ocho metros entre ellos y la calle. Kagome le pegó otro puñetazo en el pecho, pero fue en vano.- Quédate quieta, ¿quieres?-
Kagome quería gritar. Se sentía impotente, aún más impotente que en su casa tres días atrás, más impotente que hacía unos instantes, dentro del supermercado. Tal vez debía alegrarse de su actual posición; podía acabar siendo útil para alguien, aunque sea como ungüento capilar.
-Permiso.- Dijo una voz a su espalda y las cosas pasaron muy, muy rápido. Primero, vio como el boomerang volvía a arremeter, girando y golpeando a Maten en el cuello, quien, sobresaltado, soltó a Kagome, empujándola hacia el borde de la nube tras ella. Antes siquiera de darse cuenta de lo que ocurría, sintió otro caño de metal en horizontal sobre ella, pero esta vez a la altura del estómago, dorado, más fino y frío. Hasta el tirón era más delicado y gentil comparado con los de Hiten. Para cuando quiso enterarse, ella se vio sentada delante de Miroku a lomos del tigre, el báculo dorado sosteniéndola. Maten había caído de su propia nube y yacía en el suelo, malherido. Tenía el pecho cubierto de sangre y ésta se le resbalaba por la bocaza. A pesar de todo lo ocurrido, a Kagome le dio pena.
-¡MATEN!- Gritó Hiten del otro lado, empujando a Inuyasha. Además de las heridas de su rostro, y torso, al chico le sangraba el brazo y parecía más inseguro con la lanza en sus manos. Ni siquiera estaba parado, sino que volaba al ras del suelo para no apoyar el muñón que tenía por pie izquierdo. Inuyasha tampoco estaba ileso; Kagome notó que su brazo estaba enrojecido y lleno de ampollas. Respiraba agitado y tenía un corte en el pecho que lo cruzaba en diagonal, pero aún así, estaba mejor que su contrincante. En ese instante, Kagome comprendió por qué ni la chica ni el portador de Kazaana estaban ayudando a Inuyasha: Hiten estaba perdido.
Éste se dirigía donde su hermano, dándole la espalda al espadachín. Llegó a su lado, se arrodilló e intentó levantarle un poco la cabeza, pero parecía muy pesada. El ojo sano del monstruo se abrió, temblando, y miró al lancero.
El tigre sobre el que estaban Kagome y Miroku aterrizó silenciosamente al lado de la mujer del boomerang, que miraba la escena solemne y con el arma asesina sucia en las manos. Mientras Kagome se bajaba del animal, notó que ni Inuyasha se atrevía a continuar la pelea en esas circunstancias.
Maten parecía decir algo y más sangre salió a borbotones por su boca. Kagome comprendió que el boomerang, esa arma de aspecto tan absurdo, casi había seccionado el cuerpo de Maten de la clavícula hacia arriba. Cualquier persona hubiera muerto al instante, pero la resistencia de aquel ser se había convertido en su agonía. Hiten aún trataba de levantarle la cabeza. Hasta había dejado la lanza a un lado. Finalmente, el monstruo cerró los ojos una vez más y su cabeza se ladeó, pesada.
Por un instante, reinó el silencio. Kagome notó como Miroku se pasaba el báculo a la mano izquierda, dejando la enguantada lista para su uso. También vio como Inuyasha sujetaba su espada con fuerza, nervioso. Algo se movió a su derecha pero antes de que pudiera fijarse, Hiten rompió el silencio con un murmullo inteligible, sin dejar de mirar a su hermano.
-Sí, no te preocupes.- Le dijo al cadáver.- Todos morirán.- En un movimiento veloz, tomó su lanza y apuntó al cielo.-¡LOS MATARÉ A TODOS!- rugió. Sobre ellos, se formó un remolino de nubes negras y comenzó el caos.
El primer rayo cayó donde estaba la chica del boomerang, es decir, justo al lado de Miroku y hombre la empujó hasta que quedaron sobre la vereda, mientras la otra chica y el tigre salieron volando y chocaron contra la pared de una mueblería. Casi al mismo tiempo, cayo el segundo, esta vez dirigido a Inuyasha, quien saltó y rodó por el suelo para aterrizar de pie, lejos del impacto. Pero el tercero cayó tan cerca de él que se le escapó un grito de sorpresa.
La dueña del tigre se estaba incorporando cuando el cuarto rayo cayó sobre la mueblería, haciendo estallar la vidriera. La mujer y su particular mascota se encogieron y usaron el boomerang como escudo contra los malignos trozos de cristal.
Inuyasha embistió a Hiten, tumbándolo en el suelo, pero eso no detuvo la terrible lluvia. Miroku le dijo algo a Kagome, mas ella no pudo escuchar sus palabras por el estruendo de un quinto rayo que casi freía al tigre. El hombre la tomó del brazo y le señaló la esquina . "VETE" leyó Kagome en sus labios. Luego la soltó y fue en auxilio de la otra chica, a la que le sangraba la pierna. Un rayo estuvo a punto de alcanzarla, pero Miroku llegó a su lado justo a tiempo y creó una de esas burbujas azules alrededor de ellos que apenas resistió el impacto y desapareció con un "plop"
Kagome estaba muy asustada. Ningún lugar era seguro. No podía quedarse quieta, pero cualquier lado al que se dirigiera podría acabar siendo su tumba. No quería dejarlos a todos atrás en esa situación. Ellos la habían salvado una y otra vez, incluso la mujer que no conocía, no podía abandonarlos, no…
-¡Por favor, detente!- Le gritó a Hiten, quien luchaba con Inuyasha al lado del inmenso cuerpo amarillo.
-¡Cállate!-Le advirtió Inuyasha, defendiéndose de un golpe bajo-¡Es inútil!-
-¡Nadie más tiene que morir! ¡Por favor, Hiten!- Continúo ella, ignorando al otro.-¡Hazlo por tu…!- La mirada que le lanzó el susodicho la acobardó. Comprendió comprendió lo que quería decir Inuyasha. El tipo con el que se enfrentaban ahora era más bestia enfurecida que hombre. A Hiten no le importaba si sobrevivía o no. Lo único que quería era bañar aquella calle con la sangre de los responsables de la muerte de su hermano.
El demente bajó la guardia un segundo para señalar a Kagome con su lanza y un destello azul la cegó. Puso las manos frente a ella para cubrirse, aunque sabía que no iba a servir para nada. Se le taparon los oídos, al tiempo que escuchaba un amortiguado "¡NO!" de Inuyasha. Todo a su alrededor se volvió azul, brillante y cálido. ¿Así que eso era morir? No estaba tan mal. No sentía dolor, ni miedo. Un momento, había alguien frente a ella...alguien muy, muy bajito.
El azul se disipó y Kagome se encontró a sí misma parada, aún cubriéndose con las manos. Frente a ella Shippo se sentaba en el piso, jadeando. La lluvia de rayos había cesado y las nubes negras rápidamente volvían a la normalidad.
La enorme Tessaiga atravesaba de lado a lado a Hiten. Inuyasha tiró para desensartarla y dejar que el hombre cayera de rodillas. Éste llevaba aún en sus manos temblorosas el asta partida de su lanza. La otra mitad yacía en el piso, la punta inútil apuntando a Kagome. Hiten boqueó, tratando de respirar o decir algo, pero todo lo que salió de su boca fue sangre. Cayó por fin hacia adelante, a pies del espadachín.
Jadeando, Inuyasha miró en dirección a Kagome, quién notó un brillo de desesperación en los ojos. Al verla allí, sana y salva, su aparente desolación fue reemplazada por sorpresa. Caminó hacia ella, con una expresión casi cómica en el rostro
-¿Estás viva? Pero…yo vi …el rayo…- Miró a Shippo, quien se acostaba en el piso agarrándose el pecho, como si se hubiese pegado un buen susto- ¿Qué es eso?-
Kagome no contestó porque realmente no sabía qué contestar ante ninguna de aquellas preguntas.
-Fue el Fuego Mágico.- Explicó Miroku, que ayudaba a caminar a la chica de boomerang, que también tenía una expresión asombrada. El tigre los seguía arrastrando los pies perezosamente.-¿No es así?- preguntó mirando al niño.
Shippo tardó en darse cuenta de que le estaban hablando a él. Levantó la cabecita del piso y dijo
-Sísísí, no estaba seguro de que si iba a funcionar, si no resistía el rayo…-
-¿Tú me salvaste?- Lo interrumpió Kagome
-¿Tú la salvaste?- Dijo Inuyasha, incrédulo .
Shippo asintió tímidamente. Kagome cayó de rodillas y lo estrujó en un prieto abrazo. Trató de darle las gracias, de decirle que había sido muy valiente, que le debía la vida, quiso preguntarle cómo había aparecido así frente a ella, pero las palabras se le ahogaron en la garganta. Aún seguía oyendo en su mente el ruido del cuerpo de Maten estrellándose en el pavimento, el sonido de los rayos a su alrededor, ese brillo azul. Durante el abrazo, no se dio cuenta de que no sacaba los ojos de encima a la Tessaiga cubierta de sangre hasta que Inuyasha la enfundó y la miró con un gesto culpable. Su pelo blanco se volvió negro, sus ojos se oscurecieron, sus orejas tomaron una forma más humanoide y pasó de ser un demonio guerrero a ser simplemente un joven herido y cansado, como todos allí.
Kagome soltó a Shippo y este la miró con sus enormes ojos verdes, sorprendido por la silenciosa muestra de afecto.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? Llovían rayos y…-Logró por fin pronunciar
-Puedo hacerme invisible por muy poco tiempo. Supongo que habían tantos youkai en un mismo lugar que ni Hiten ni Maten me detectaron. Aunque cuando Maten se cayó me distraje y me hice visible durante un momento.- Kagome recordó lo que había visto con el rabillo del ojo antes de que Hiten enloqueciera más de lo que estaba.
-¿Qué es el Fuego Mágico?- Susurró Inuyasha a Miroku, aunque todos lo oyeron.
-Es un youkai oni. Deberías saberlo.- Repuso éste mientras ayudaba a Sango a sentarse en el cordón de la vereda, al lado de Kagome.
-No esperas que me aprenda los nombres y las habilidades de todos los youkai que existen, ¿no?-
-Yo me los aprendí- Inuyasha bufó al tiempo que Miroku añadía:-La principal función del Fuego Mágico es la de crear barreras protectoras, aunque confiere muchas otras habilidades al portador.-
-¿Youkai? ¿Se refieren a las armas?- Dijo la chica del boomerang. Miroku la miró y asintió.
-Parece que usas muy bien la tuya.-
-Si no la uso bien, me muero-
-Buen punto, eeeh…-
-Sango.- Se presentó ella. Señaló con la cabeza y añadió- Y ella es Kirara.- Kagome esperó ver al tigre blanco pero en su remplazo vio a una pequeña gatita lamiéndose la pata y pasándosela por la cabeza.
-Bonitos nombres.-Comentó Miroku, sin sorprenderse demasiado por el cambio.-Yo soy Miroku, la chica es Kagome y el roñoso es Inuyasha.-
-¡Y yo soy Shippo!- Añadió el niñito sentándose al lado de Kagome. A ésta, la escena le parecía muy surreal. Las nubes se movían dando paso al sol y bajo su luz la calle destrozada se vio más absurdamente alegre. Los otros empezaron a hablar de lo que debían hacer ahora, debatiendo si Miroku debía usar su Kazaana, explicándole a Sango lo qué era Kazaana y por qué Inuyasha ahora tenía el pelo negro. Kagome no los escuchaba, solo observaba distraída su alrededor. Se extrañó al no encontrar el boomerang por ninguna parte y se preguntó si se habría destrozado por los rayos, hasta que notó que Sango tenía una correa negra cruzándole el pecho. Al parecer, se trataba de un boomerang plegable. También el báculo había desaparecido, pero no halló ninguna explicación reconfortante al respecto. Luego divisó una pila de metal quemado y supuso que se trataba de la pobre bici con la que había llegado Miroku.
Sin que pudiera evitarlo, sus ojos encontraron el cadáver de Maten. Dio un respingo de la impresión. El resplandor dorado había abandonado su cuerpo y ahora el monstruo volvía a ser un joven grande, feo y calvo. Lo más terrible eran sus heridas. Parecían diez veces más graves, como si lo hubiera atacado una bestia hambrienta. En cambio, Hiten se veía igual que antes, pero las dos mitades de la lanza habían desaparecido y su roller sano ya no llameaba.
-Miroku.- Interrumpió y señaló en dirección a Maten. Miroku parecía saber muchas cosas, tal vez tuviera una respuesta convincente.
-¿Qué? Ah, eso.- Miró a Kagome, como apenado de que esta vez no pudiera protegerla de la visión de los cuerpos.- Bueno, el youkai de Maten era la Magia del Trueno, si no me equivoco. Es un youkai del tipo oni, o sea, un tipo parasitario que al activarse transforma tu cuerpo y te confiere poderes. Y como todos los youkais, desaparece al morir el portador, y regresará cuando comience la siguiente "partida".-
Le resultaba extraño pensar que Shippo y Maten tenían el mismo tipo de youkai. De repente, recordó la charla con Miroku en su cocina.
-¿Tu youkai no sería del tipo oni?-
-Nop, no transforma mi cuerpo. Simplemente es parasitario.-
Sango miraba el interrogatorio como si fuera un desconcertante partido de tenis. Kagome se alegró de que hubiera alguien que entendiera menos que ella…pero pronto recordó que por lo menos Sango podía defenderse, y bastante duda afloró en su mente.
-¿Kirara es un youkai?-
Miroku miró al gato.
-Mmm, no estoy seguro.-
-Basta de charla.- Dijo Inuyasha.- ¿Vas a usar a Kazaana o no? Hubiera sido de mucha ayuda si la hubieras usado contra estos dos tipos, ahora que lo pienso-
-Podría haber absorbido a alguien.
-Es la idea.-
-Alguien inocente, Firuláis-
-Pero si en la casa de Kagome lo usaste dos veces sin problema-
-Sí, y también lo usé hoy para sacar a Kagome en medio de una explosión, pero ni siquiera terminé de sacarme el guante. Lo uso en casos desesperados o cuando no hay nadie. No puedo controlar qué absorbo y qué no-Se dirigió a Kagome.- Ah,por cierto, el otro día me olvidé de decirte, eh, cuando limpié tu casa…bueno, se podría decir que a algunas fotos familiares que estaban en el pasillo no las volverás a ver. Lo siento.-
Ella se encogió de hombros y forzó una sonrisa. Después de todo lo que había pasado hacia tres días y esa mañana, no le importaba perder unas feas fotos de las vacaciones de hace cuatro años. No entendía como Miroku e Inuyasha podían mostrarse con tanta energía y hablar de esos temas como si fueran rutinarios. Bueno, el primero parecía adormilado y el segundo tenía las gruesas cejas unidas en una expresión malhumorada, pero no estaban ni por asomo tan agotados mental y físicamente como ella, Shippo o Kirara. Sango estaba muy pensativa, su mirada pasando del niño zorro a Miroku y de Miroku a Inuyasha, así que era difícil saber su estado actual.
-En fin, para poder usar a Kazaana y limpiar un poco este lugar antes de que llegue la policía, tenemos que revisar que no haya quedado nadie escondido por ahí.- Continúo Miroku. – Inuyasha, ayúdame.-
-¿Yo? ¿Por qué?-
-Parecías entusiasmado de que yo use mi youkai. En cuanto más rápido acabemos con esto, más pronto podrás ver en acción la bonita maldición que atenta con mi vida.- La sonrisa de Miroku era tan amable que parecía creíble. Shippo sonrió, divertido.
-¿Por qué no le pides a Kagome? La gente parece hacerle caso. La chica de debajo del auto la siguió sin decir nada. Yo no le gusto a la gente y el sentimiento es mutuo.- Se excusó el espadachín. Kagome se sorprendió. ¿En qué momento de su larga lucha contra Hiten Inuyasha había tenido tiempo en fijarse en lo que ella estaba haciendo?
-No sé de qué chica hablas. –contestó Miroku, confundido. - Tienes razón en eso de que Kagome es más dulce y amable y tu simple imagen genera desconfianza en la gente, pero la señorita está cansada y un poco alterada, así que como buenos caballeros nos vamos a hacer cargo nosotros. ¿De acuerdo?-
Inuyasha frunció más el ceño, miró de reojo a Kagome y antes de que ésta pudiera dar su opinión, dijo, desganado
-Está bien.
-Genial, tú revisa el estacionamiento, yo me fijo si quedó alguien en la mueblería de allá.-
Cuando se alejaron lo suficiente como para que no las escucharan, Sango sorprendió a Kagome rompiendo el silencio.
-Estás asustada.-No era una pregunta, era una afirmación.-Les tienes miedo a ellos, que hicieron este desastre-Señaló con las cabeza a los cuerpos tendidos en la calle.- Les tienes miedo a Miroku e Inuyasha por bromear luego de haber colaborado en matar a dos personas. Me tienes miedo a mí por matar a una de ellas. Hasta podría apostar que le tienes miedo a Kirara. ¿No es verdad?-La mujer se inclinó para ver mejor a Shippo, sentado al otro lado de Kagome.-Tú también nos temes.-
No los estaba acusando. Tanto su voz como su mirada eran dulces, nada que ver a su mueca feroz o su aspecto serio durante la batalla. Kagome la miró mejor. Era un poco mayor que ella, pero no mucho. Tenía el pelo castaño oscuro muy despeinado, recogido en lo que en algún momento había sido una coleta pero ahora se había convertido en una maraña enredada que salía de la mitad de su nuca, con varios mechones sueltos. Sus ojos eran bonitos y oscuros, con unas pestañas largas y coquetas, que contrastaban con sus profundas ojeras moradas. Tenía un corte en el labio y un moretón en la mejilla, pero no dejaba de ser bonita. "Por eso Miroku se mostró tan servicial" pensó Kagome. Por eso y por cómo se ceñía la musculosa rosada y las calzas negras a su cuerpo, bello y atlético. Uno casi podía pasar por alto la piel enrojecida en sus brazos desnudos, los musculosos que eran éstos, la calza rasgada y sucia de sangre y las amplias manchas de sudor bajo sus axilas y en su pecho.
-Yo no te tengo miedo. Maten era tonto pero casi tan malo como Hiten. Decía que tenía que comerse a la gente para hacer su youkai más fuerte, aunque sabía que no era necesario. –La despertó de su ensimismamiento Shippo- Merecía que lo vencieras en combate.- Añadió, mirando a Sango.
Ella le sonrió. A Kagome le sorprendieron sus palabras, le parecía tétrico ver a un niño hablando de quién merecía morir y quién no. Además, la visión de los cuerpos parecía impresionarle mucho menos que a ella. Notó que tanto él como la muchacha la miraban, como esperando que se sincerara.
Realmente, no podía temerle a Sango. Tal vez, con el boomerang manchado de sangre, montando a aquel tigre, bella y mortal, la había intimidado. Pero ahora, sus palabras y sobre todo sus ojeras le indicaban que ella también tenía problemas para dormir desde que se había enfrentado por primera vez a un portador.
-No les tengo miedo.-Le dijo Kagome.- Creo que Shippo tiene razón. La muerte es algo horrible, pero ¿cuántos más hubieran muerto si los hermanos seguían en el juego? Le pedí a Hiten que se detuviera y…-decidió cambiar de tema.- Bueno, a Miroku e Inuyasha ya los había visto luchando una vez. Los conozco desde hace muy poco tiempo, y ya me salvaron tantas veces y me explicaron tantas cosas que me dieron motivos de sobra para confiar en ellos. A Inuyasha lo vi matar a dos personas y no creo que lo disfrute. Yo creo que lo hace para evitar que mueran personas inocentes. Y en cuanto a ti…En fin, lo único que podría temer es que nos atacaras por la espalda , pero ya conociste el youkai de Inuyasha y te explicaron cómo es el de Miroku, bastantes peligrosos ambos. Y ellos te vieron en acción y saben cómo te mueves. Miroku probablemente sabe más de tu youkai que tú misma. No creo que te atrevas a enfrentarlos con tanto en tu contra.-
Sango sonrió.
-Eres inteligente, Kagome. Y no tengo intenciones de atacar a ninguno de ustedes. No me interesa hacer más fuerte a Hiraikotsu. Así que puedes confiar en mí.-
Kagome asintió.
-Gracias por salvarme cuando estaba en la nube de Maten.-Bufó.- Me salvaron tantas veces que perdí la cuenta. Detesto ser tan inútil. Dejé que me usaran como escudo humano, no me fui ninguna de las cientos de veces que me dijeron que lo haga, no…-
-Si yo me hubiera ido cuando me dijiste que lo hiciera…-Murmuró Shippo, sin atreverse a continuar. No hizo falta, Kagome entendió el resto: "me hubieran cocinado viva".
-Y a mí también me salvaron varias veces. No debes lamentarte por lo que pasó, si no estar agradecida de cómo resultó todo. Estamos vivos, y al parecer nadie ajeno a nosotros salió lastimado.- La animó Sango.
-¿Cuándo te salvaron?- Preguntó Kagome. Apenas conocía a la chica, pero ya se le hacía raro situarla en una posición de damisela en aprietos.
-Para empezar, Inuyasha, antes de que llegáramos aquí. Y la verdad es que no fui muy amable con él.- Y Sango comenzó a relatar la anécdota. Luego la siguió Shippo, contándoles cómo en un principio se burlaba de los hermanos Raijin y cómo éstos se fueron tornando más y más amenazadores. Llegó el turno de Kagome, que rememoró lo que le había ocurrido hacía tres días, cómo había conocido a los chicos y la charla que le había dado Miroku.
Mientras hablaban, observó a los chicos y cómo ingeniosamente llevaban a las pocas personas que habían encontrado hasta la salida trasera del supermercado o el otro lado del estacionamiento, evitando que vieran los destrozos y los cadáveres. Inuyasha revisó la heladería destrozada en la cuadra de enfrente por si las moscas, pero al parecer la gente que estuvo allí había huido despavorida antes de que el verdadero caos llegara a la calle.
En cierto momento de la conversación y tras una pregunta de Sango acerca de su aspecto, Shippo recordó que aún mantenía activado su youkai, y con un brillo azul tomó la forma de un niño más normal. Seguía teniendo el pelo largo y anaranjado, pero de un tono más natural. No quedaban rastros de su cola ni de sus patitas de zorro. Su ropa se había agrandado con él, aunque Kagome notó que a su buzo con dibujos de Finn y Jake le sobraban algunos talles. Aún en su forma humana, Shippo era demasiado chaparrito para los diez años que decía tener; cualquiera se lo habría confundido con un niño de unos siete.
Luego de esa transformación, Sango no hizo más comentarios y Kagome la notó un poco triste, pero no se atrevió a preguntarle qué le ocurría.
Al rato volvieron Miroku e Inuyasha, al parecer muy satisfechos consigo mismos.
-¿No se desmayó nadie? Perfecto. En mi casa tengo vendas, medicinas y algún que otro truquito para que nadie se desmaye en un futuro cercano. Pueden venir conmigo y descansar un poco y luego hablaremos de lo que tengamos que hablar.¿Kagome?-
Ella apenas rozó la herida de su cuello con la punta de los dedos. Dolía horrible y se debía ver aún peor. Si se veía obligada a ver a su madre o a su abuelo, harían preguntas. Ya la habían mirado con una expresión rara al notar las vendas en sus muñ quemadura en el cuello sería suficiente como para que el anciano la inscribiera en un programa de ayuda al suicida. Además, no tenía donde caer muerta y ya le importaba muy poco eso del departamento de un hombre cinco años mayor. Acabó por asentir.
Shippo también aceptó, por razones similares: resultaba que era huérfano y desde hacía meses que no regresaba al hogar de niños donde vivía por miedo a un ataque de otro portador que pusiera en riesgo a sus compañeros. Agradecía un techo, aunque sea solo por una tarde.
Sango acabó por aceptar porque ella vivía al otro lado de la ciudad y Kirara no estaba en condiciones para llevarla, y ella tampoco estaba en condiciones para forzar su pierna. Podía apoyar el pie, soportando el dolor, pero tenía por lo menos dos trozos de vidrio grandes clavados en el gemelo y cualquier uso excesivo de ese músculo podía agravar la herida. Además, hacía días que no volvía a su casa para otra cosa que no fuera recoger dinero, pues la habían atacado dos veces allí y ya no lo consideraba un lugar seguro.
Inuyasha era el único que no encontraba motivos para ir.
-Mis heridas se curan solas. No tengo por qué ir-
-Sí tienes. Puedes ayudarme con los primeros auxilios y además tengo que hablarte de algo.-
-¿Y por qué crees que voy a escuchar lo que tengas para decir?-
Miroku simuló una tos
-Te daré ramen.-
-Mientes.- Se mostraba escéptico pero en sus ojos había un brillo infantil .
-Dicen que puedes oler las mentiras. Anda, dime si miento.-
Inuyasha olisqueó el aire y la expresión de sus cejas se suavizó por primera vez en el día.
-Hecho.-
Cuando Kagome se estaba incorporando, Inuyasha le tiró a sus pies su mochila. Ante la expresión de la chica, él se explicó.
-La encontré en el súper. ¿Es tuya, no?- Kagome recordó que su mochila estaba en la cocina de su casa cuando hablaron el otro día, y si bien admitía que se trataba de un objeto bastante llamativo y reconocible, con su aspecto viejo y su vivo color amarillo, le sorprendió que Inuyasha la recordara.
-Gracias.- Dijo, sincera, a lo Inuyasha respondió encogiéndose de hombros. Luego Miroku lo obligó a que ayudara a caminar a Sango, les indicó dónde vivía y les pidió a todos que se adelantaran mientras él se encargaba del desastre.
En la lejanía, debajo del aterrador estruendo de Kazaana, se oían unas sirenas. "Siempre tarde" pensó Kagome.
Si entendiste la referencia a Monster Inc te convertiste automáticamente en mi nuevo mejor amigo
Larguísimo y extremadamente confuso, lo sé, pero no se me dio por dividirlo en tres partes. Era como...demasiado.
Se me pegó Shape of you de Ed Sheeran. Escúchenla y compartan mi agonía agridulce (?
OA OA OA I'M IN LOVE WITH YOUR BODY
Gracias por leer!
