Tarde de actualización damas.

Gracias a todas por estar aquí, por seguir la historia, por leer y comentar.

Gracias a doña Maritza Maddox, Gaby Madriz y Manu de Marte por ser el mejor equipo.

Gracias, gracias totales!

Ahora a leer!

Besos a todas


Capítulo 12

Edward suspiraba mientras miraba de un lado a otro a la espera del arribo de Isabella. Ya casi eran las ocho de la mañana, hora en que ella debería entrar a su turno de aquel día por lo que había decidido quedarse allí en la entrada del hospital a esperarla, preocupándose de que quizás ella haya optado por otra entrada para esquivarlo.

La noche anterior, cuando su esposa ya dormía, él había insistido por última vez llamándola a su teléfono móvil sonando este apagado como las últimas veces que lo hizo, pero aquella mañana cuando lo volvió a intentar, sintió un tremendo alivio cuando ella aceptó el llamado, mas no hablar con él.

―Te estaré esperando cuando llegues al trabajo… ―había propuesto él, pero ella no le pareció buena idea.

Es mejor que no, Edward. En otro momento, cuando…

―Te esperaré aquí y hablaremos, Isabella ―concluyó él sin dar pie a que ella protestara. Por eso Edward pensó que quizás ella había usado otra entrada con tal de no encontrárselo.

Volvió a mirar la hora en su teléfono, preocupándose porque no la veía aparecer, hasta que volvió a alzar los ojos y la vio bajar de un taxi, abriendo un paraguas verde al salir del vehículo. Corrió hasta la entrada, subió las escalinatas y se detuvo de súbito cuando vio al músico, ansioso, esperándola.

Intentó pasar a su lado pero él se lo impidió tapándole la pasada y sujetándola por el brazo. Mantuvo la sujeción hasta que ella lo miró a los ojos y Edward tuvo que aguantarse el deseo de abrazarla allí delante de quienes iban saliendo y entrando al lugar. Porque contrario a lo que Isabella pensaba, sus sentimientos por ella no habían cambiado en nada, aunque probablemente ahora la amara mucho más que antes.

―Necesito que hablemos.

―En otro momento ―negó Isabella con la cabeza ―estoy atrasada.

Trató de apartarse para seguir su camino, pero Edward no la dejó, insistiendo en que le diera una cita.

―Dime cuando. Iré a mi apartamento a darme una ducha y cambiarme de ropa, regresaré para una reunión con el médico. ¿Podrás darme un momento después de esa reunión?

―No… no sé…

―Isabella ―apretó su agarre con un poco más de fuerza ―Tienes que escucharme… ¡Dios! ¡Yo también tengo cosas que decir!

― ¡Pero este no es un buen lugar! ―exclamó, apretando el bastón del paraguas que aún mantenía abierto sobre su cabeza, pese a estar bajo el alero de la entrada del hospital.

―Está bien. Te esperaré a que salgas de tu trabajo. Iremos a mi apartamento y…

―No, en otro lugar ―rebatió Isabella, enervando el ánimo de Edward, a quien le molestó que ella no quisiera estar a solas con él, cuando eso era lo único que él quería.

― ¡Necesito estar a solas contigo! Por favor…

Isabella miró los ojos cansados del músico y el ruego que se dejaba entrever en estos, sabiendo ella que no podría negarle esa oportunidad. Después de todo lo que le dijo, era probable que él, como bien dijo, también tenía cosas que decir, aunque no sabía bien si estas le dolerían o asentarían su esperanza.

Suspiró y aprovechó de soltarse cuando un grupo de doctores pasó junto a ellos, aprovechando de cerrar el paraguas.

―Está bien ―concedió finalmente ―Iré cuando acabe mi turno aquí.

―Gracias ―sin importarle nada, extendió la mano hasta cubrir la de ella, que sostenía el paraguas ahora cerrado, dándole exactamente lo mismo si alguien los veía ―Todo está bien, Isabella, no tienes que tener miedo ya. Estoy contigo.

Ella no dijo nada, simplemente lo miró conteniendo la emoción por el alivio de saber que sus palabras eran ciertas porque la forma como la miraba daba fe de eso.

El músico antes de dejarla entrar le dio un apretón y le guiñó el ojo, prometiéndole llamarla durante la mañana si es que no se encontraban por ahí. Mordiéndole el carrillo para esconder su sonrisita fue que Isabella ingresó, olvidando que iba un poco atrasada. La sensación de seguridad que Edward provocaba en ella era algo nuevo. Antes, cuando ocurrió lo de Aro, su tío y su mejor amiga estuvieron con ella, pero siempre tuvo miedo. Ahora que miraba desde la distancia y pese a que la presencia de ese hombre le pisaba los talones, sentía que podía estar tranquila. Ahora alguien la amaba, pese a cómo estuvieran las cosas alrededor de ese amor.

Seguía habiendo una esperanza para ella.

Al entrar, pasa a marcar su tarjeta de ingreso y corre a los vestidores para quitarse el abrigo gris, agradeciendo haber decidido llegar con su uniforme puesto. Saludó a varias de sus colegas que entraban y salían del vestidor, comentando una cosa y otra del trabajo. Recibió un mensaje de Alice una hora antes, cuando iba saliendo de su turno, avisándole que dormiría hasta las tres de la tarde, pues su novio almorzaría con cierto músico con quien cruzó algunas palabritas la noche anterior. Isabella rodó los ojos y se imaginó todo lo que su defensora le dijo a Edward, al menos había ayudado en algo.

Dispuesta a empezar con ánimos renovados su turno, salió de los camarines dirigiéndose hasta el mesón central del piso, cuando una especie de hielo la recorrió de arriba abajo al ver a la chica de lentes de marco grueso hablando con algunas de sus compañeras, desviando la vista y fijándose en su arribo, esbozando una sonrisa amplia y real.

― ¡Bella! ―exclamó Ángela, retorciéndosele el estómago a Isabella cuando Ángela usó ese nombre con el que solían llamarla hace muchos años atrás y que por cierto ahora detestaba. No alcanzó a reaccionar cuando ya la chica estaba abrazándola, rodeándole el cuello.

Estaba comenzando a ponerse tensa pero se recuerda que no debe ponerse en evidencia frente a Ángela que parecía realmente feliz de volver a verla.

― ¡Jamás pensé que te encontraría trabajando aquí! ―se apartó y le apretó los hombros, visiblemente emocionada, mientras Isabella no sabía bien cómo reaccionar ―Creí que estarías curando enfermos en el frente de Gaza.

―Ganas no me faltaron, la verdad ―se obligó a responder Isabella, intentando sonreír ―Pero qué haces aquí, por qué no te quedaste en Italia…

―La gente ahí es muy estirada, decidí volver.

"¿Volviste sola? ¡Dime que sí, por favor!

Pero la pregunta no alcanzó a salir de los labios de Isabella pues la enfermera jefa apareció y le pidió la acompañara a ver al paciente que había llegado en estado grave durante la madrugada. Ángela propuso almorzar juntas aquel día, no pudiendo ni siquiera Isabella negarse, aunque era mejor afrontar de una buena vez el encuentro con quien años atrás fuera una de sus grandes amigas.

Mientras caminaba por el pasillo, pasó por fuera de la habitación 506, no pudiendo evitar fijarse en la puerta y preguntándose hasta cuando tendría la suerte de esquivar entrar a esa recamara y enfrentarse con Rosalie Hale. Esperaba no tener que verla a la cara, no por una cuestión de orgullo, sino de vergüenza, porque cómo iba a esconder delante de esa mujer el hecho que se había enamorado de su marido y que para su suerte, ese amor había sido correspondido y que lo defenderían y se aferrarían a él, pesara a quien le pesara, y que obviamente sería ella, Rosalie, la principal afectada.

"Espero que alguna vez me perdone. Si yo estuviera en su lugar, si a mí me hubiesen quitado el amor de mi vida, estaría devastada."

Cuando la enfermera jefa e Isabella entraron a la recamara del nuevo paciente del piso, se encontraron con el doctor Patrick Gerandy y con el doctor Eleazar Ananías, quienes miraron a las dos damas y sonrieron, uno más que otro.

Isabella puso atención al diagnóstico del doctor Gerandy y a las especificaciones sobre el cuidado que entregó el doctor Ananías, que había cubierto la cirugía a corazón abierto del señor de cuarenta años de edad. Después que todo estuvo claro, Isabella hizo los honores de checar al hombre, quedando allí a solas con el doctor Ananías, mientras sus jefes salían de allí.

―No hemos podido hablar desde que regresaste de tu misión ―dijo Eleazar con voz normal, mientras revisaba el monitor. Ella levantó los ojos de su trabajo sobre la herida del hombre y enseguida volvió a concentrarse en aquello.

―Es verdad. Llegué el viernes pasado y… me encerré en mi apartamento a descansar…―"y a hacer el amor con Edward en mi cama" quiso agregar ―y este lunes retomé aquí y ya sabe cómo es la cosa cuando hay que ponerse al día con el trabajo.

―Es cierto. No dejan de llegarnos pasajeros a este hotel. ―Isabella sonrió a la broma del doctor sin dejar de curar al paciente ― ¿Y cuándo es que tendrás tiempo para este buen amigo? ¿Crees que hoy después de tu turno?

―Hoy no puedo. Tengo que hacer algo importante al salir de aquí, pero quizás mañana…

―Mañana será entonces ―el doctor Ananías se ganó junto a la enfermera y puso la mano sobre su espalda ―De verdad se te extrañó por aquí, querida Isabella.

Ella levantó la vista hacia el doctor y sonrió agradecida. Después de la última conversación que ambos tuvieron, le daba la impresión que podía confiar en aquel doctor de ojos color avellana, pues desde entonces Isabella no sentía que él la estuviera tratando de persuadirla con otras intenciones. Eso la relajaba, por eso no tenía problema en aceptar una invitación de él.

―Hay una tarta de arándanos… ―el doctor unió los dedos y se los llevó a la boca, en gesto de delicia ―que es la novedad del café. Tienes que probarla.

― ¿Mejor que la que hace mi mamá?

―Uhm… podría decirlo si te dignaras a compartir las delicias que tu madre prepara.

―Lo recordaré para la próxima vez.

La enfermera y el doctor salieron de la habitación del enfermo, hablando de pasteles y tortas, mientras iniciaban el recorrido de aquella mañana.

**oo**

En una mesa ovalada, el doctor Gerandy encabezaba una reunión con Edward Masen y Emmett Hale sobre los pasos a seguir en la recuperación de Rosalie.

―Debo admitir que Rose ha puesto mucho de su parte para mejorarse ―admitió el doctor con mucha seriedad ―pero ella no está saliendo de un simple resfrío. Debemos ser cuidadosos, y yo me quedaré tranquilo si la tengo en observación al menos una semana más. A simple vista todo está en orden, pero hay que dejar pasar unos días, la ventana de tiempo suficiente por si algo se presenta.

― ¿Pero si no está conectada a ninguna máquina vital, y si va a comenzar a dejar las sondas para alimentarse, por qué no puede seguir la recuperación en casa? ―preguntó Edward por pura curiosidad. Antes que el doctor contestara, Emmett golpeó la mesa y miró a su cuñado con rabia.

―Se hará lo que el doctor diga. Si hay que amarrar a Rose a la pata de la cama para obligarla a quedarse aquí el tiempo necesario, eso es lo que se hará. Si te preocupa el gasto de los días de tu esposa aquí, no te preocupes, yo me hago cargo…

―No digas estupideces, Emmett —rebatió Edward, no amilanándose ni un poco ante el arranque de Emmett. ―No voy a hacer nada que sea contraproducente para la recuperación de Rose. Simplemente es una pregunta.

―Claro ―intervino el doctor, poniendo paños fríos a la discusión ―podríamos disponer de todo lo necesario para que Rosalie termine su convalecencia en casa, y lo haremos cuando estemos cien por ciento seguros que no hay peligro de que cualquier cosa ocurra, o algún efecto tardío que debiera cubrirse urgentemente.

Pero no hay nada que preocuparse ―agregó el buen doctor cuando vio la cara de preocupación de los dos caballeros ―simplemente estoy tomando providencias. Así que no hay que preocuparse, caballeros.

Emmett después de la reunión se adelantó a Edward y aprovechó la ventaja para visitar a su hermana a solas, mientras el músico se quedaba atrás con el doctor, pues tenía ciertas preguntas que hacerle, aunque creía que quizás sería más adecuado hablar con su psicólogo.

―Emocionalmente, Rose se ve normal ―no sabía cómo exponer sus dudas sin revelarse ―Digo, no habrá ningún tipo de cuidado especial respecto a su parte psicológica… usted sabe a lo que me refiero.

―Eso intento ―admitió el doctor Gerandy, sonriendo después de oír la complicada forma que Edward usó para exponer su duda. ―Pero no olvides lo que te dije al principio, cuando ella despertó: ella experimentará cierto grado de dependencia sobre quienes la rodean, sus más cercanos, sobre todo de ti. Además, es precisamente su evolución psíquica lo que quiero evaluar. Según las enfermeras, a veces que tiene lapsus y se queda ensimismada, como si le costara reaccionar. No olvides que ella trabaja precisamente en una profesión que requiere tu concentración además de la inspiración. Quiero ver si será capaz de retomar su vida normal al cien por cien.

― ¿Quiere decir que existen posibilidades de que sufra secuelas que le impidan ser independiente, como antes, o realizarse en su vida laboral?

―Podría pasar, y no voy a asegurar que es el caso de Rose. Simplemente quiero medir esas habilidades, observarla ―puso una mano sobre la mano del músico, que inspiraba profundo. Realmente, él se imaginaba que la recuperación de Rose iba viento en popa, muy rápido, pero según lo que estaba diciendo el doctor, las cosas podrían revertirse… no quería ni pensar en eso. ―Edward, no estoy diciendo que vaya a pasar, pero como desde el primer día desde que tu esposa está aquí, no podemos asegurar nada respecto a este caso. Debemos ponernos en todos los casos

―Lo entiendo doctor, y gracias.

Se despidió del doctor y caminó hacia el ascensor para ir al primer piso y sentarse en la cafetería de allí a tomar un café y pensar. Lo primero que debería haber hecho era ir al cuarto de Rose, pero entre las razones estaban que no quería reencontrarse con Emmett y la más importante, necesitaba pensar.

Cualquier buen marido hubiese corrido hasta el cuarto de su mujer, pero él no era un buen marido, y necesitaba que Rose lo entendiera.

"Ojalá y fuese ella quien me abandonara… sería todo más fácil. ¡Dios, soy un maldito cobarde!"

Ahora más que nunca estaba seguro de sus sentimientos y de sus pasos a seguir. Necesitaba que su mujer se recuperar rápido para hablar con ella y sincerarse de una buena vez, no quería seguir engañándola. Y aunque pareciese ser y un hijo de puta por pensarlo de ese modo tan práctico y frívolo, la verdad es que estaba pensando en ella y en ese estado de dependencia del que el doctor advirtió. No quería que lo viera a él como su incondicional, porque no lo era ni lo sería. No cuando su corazón tenía otra dueña que no era ella.

Se miró en el reflejo de las puertas del elevador y suspiró, fijándose en su bufanda rojo bermellón, que se la puso esa mañana antes de salir, pues le recordaba al abrigo que Isabella solía usar. Si hasta para vestirse pensaba en ella… y solo Dios sabía lo mucho que anhelaba dormirse envolviendo su cuerpo menudo entre sus brazos, ahora que sabía lo que se sentía.

Cada vez que cerraba los ojos, la veía desnuda bajo su cuerpo, presa de la lujuria que él provocaba en ella, y sentía frio porque recordó lo mucho que extrañaba esa conexión, y no estaba hablando puntualmente de lo sexual, que honestamente había sido de otro mundo para él, sino de algo más, algo que los conectó en cuerpo y alma, como si hacer el amor hubiese sido el sello de la esperanza en un futuro juntos, sin la necesidad de esconderse.

Salió del elevador y caminó por los pasillos ya muchas veces recorridos, pensando en eso, en el montón de sueños que se había atrevido a montar en su cabeza respecto a ambos después de pasar esa noche con ella. ¿Pero cuánto tendría que esperar?

Saludó a la mujer detrás de la caja registradora y enseguida pidió un café mocca, extendiendo un billete para pagar su pedido. La mujer le entregó el cambio y le dijo que le llevarían el pedido a la mesa, agradeciendo Edward el gesto.

Se sentó como solía hacerlo, en una mesa junto a uno de los ventanales que daba a una especie de patio interior del hospital, donde algunas veces vio que paseaban a enfermos por los caminos de piedra cuando el tiempo se los permitía. Volvió a suspirar por enésima vez quizás, y cruzó sus piernas por los tobillos bajo la mesa, acomodándose contra el respaldo de la incómoda silla de metal, metiendo sus manos en los bolsillos mientras veía la lluvia caer.

Sintió la necesidad de oír a Isabella y confirmar la cita de esa tarde, por lo que sacó el teléfono de su bolsillo que había dejado en silencio mientras duraba la reunión con el doctor, cuando vio una llamada perdida de Jasper. Decidió marcarle a él primero.

―Qué hay de nuevo, Jasper ―lo saludó Edward, mientras le sonreía a la chica que dejó su café humeante sobre la mesa.

― ¿Estás en el hospital?

―Sí, ahora mismo en la cafetería.

En cinco minutos estoy allá. Espérame allí.

―Vale.

Y colgó la llamada, marcándole inmediatamente a Isabella, aunque esta vez el teléfono no logró comunicarla, seguro estaba ocupada. Suspiró y dejó el teléfono sobre la mesa para tomar la taza entre sus manos y darle el primer sorbo a su café. La pantalla del celular se iluminó con una llamada entrante, pensando Edward que Isabella le estaba devolviendo la llamada, pero para su frustración no era ella, sino Esme, por lo que desechó la idea de contestar.

Perdido en sus pensamientos, el palmoteo en su hombro lo sobresaltó cuando vio Jasper apareció, haciéndose notar. Se sentó en la silla frente al músico y se deshizo de la bufanda de cachemira negra que rodeaba su cuello, sacudiendo su cabello y desabrochándose los botones de su abrigo negro, todo su atuendo demasiado formal y contrastante a la personalidad tan desordenada de ese dibujante de comics, famoso en su área.

― ¿Y cómo fue la reunión con el galeno? ¿Ya le dio el esperado alta a Rose?

―No ―contestó Edward, apretándose el puente de la nariz ―tiene que seguir bajo observación al menos una semana más.

―Aha… ¿y eso es malo?

―No, solo quiere cerciorarse de que todo marcha bien con ella. Es todo. Seguro ella protestará porque dice que se siente bien, pero podría tener algún tipo de recaída si se fuerza su recuperación. En casa no estará atendida como aquí si es que algo llega a pasar.

―O sea que no era despertar y llevarla a casa.

―Me temo que no.

― ¿Y eso te tiene así? ¿Pensaste que su recuperación sería más rápida?

―No… no sé.

―Uhm…. ―Jasper miró por la ventana, pasando su dedo por la barbilla, pensativamente. Enseguida volvió a mirar a su amigo, estrechándole con ojos acusadores ―Eres un mal amigo.

Edward arrugó el entrecejo y miró a su amigo como si este se hubiera vuelto loco, cuestión que era de lo más probable.

― ¿Por qué me dices eso?

―Pensé que éramos amigos, que confiabas en mí… ―dijo con aire dolido, sacando del bolsillo de su abrigo la cajetilla de Lucky Strike, con la intención de sacar un cigarro y llevárselo a la boca. Edward lo miró con el mismo gesto de extrañeza.

―De qué demonios estás hablando, Jasper.

―Mi Alice me llamó anoche y se oía enojada ―Edward rodó los ojos y sabía lo que se le venía encima ―me dijo que había tenido una aclaratoria conversación contigo, sobre Isabella. Me dio a entender que tú y ella… seguían juntos y me preguntó si tú y yo habíamos hablado sobre algo de ello.

En tanto lo decía, Jasper ya había sacado un cigarro y lo había puesto en su boca y lo mantuvo allí, mirando a Edward con ojos acusatorios.

― ¿Recuerdas dónde estás? ―preguntó el músico, pasando por alto la acusación de su amigo ― ¡Quítate ese cigarro de la boca, maldición!

―No lo voy a encender, aquí adentro no al menos ―se puso de pie, moviendo la cabeza hacia Edward para que lo siguiera. Sin protestar, Edward siguió a su amigo fuera del casino hasta la entrada del hospital, bajo el alero de concreto que cubría el ingreso. Allí, resguardado de la lluvia, Jasper encendió su cigarrillo, y luego de darle una profunda calada, se giró hacia Edward y continuó:

― ¿Pasó algo después que ella regresara del viaje?

―Uhm… ―miró el suelo y arrugó el entrecejo ―puede ser.

Jasper se quedó en silencio en tanto encendía el cigarro y le daba una profunda primera calada. Asintió enseguida y miró a su amigo, que seguía con su vista fija en la punta de sus zapatos negros.

―Eso es un sí. Bien. Entonces…

Edward suspiró y no le quedó de otra que hacer un resumen de aquel reencuentro entre Isabella y él, momento que para ambos había significado tanto, más allá de haberla tenido desnuda bajo su cuerpo, entregada y satisfecha. No iba a decirle al insensible de su amigo lo que había significado para él aquella entrega, algo que iba mucho más allá de una mera gratificación sexual. La conexión había sido poderosa como nunca antes la sintió, acompañándolo aquella sensación hasta ese momento, sintiendo las protestas de su cuerpo y su corazón por volver a sentirla entre sus brazos.

―Fui a su casa el sábado por la noche después que oí una conversación que Alice y tú tuvieron. Hablamos y… ya sabes.

Jasper volvió a asentir y se giró de costado para vez a su amigo, que seguía concentrado en la punta de sus zapatos de cuero.

― ¿No pudiste tener quieto tu animal allí bajo tus pantalones?

Edward levantó el rostro y lo giró hacia él, disgustado, por cómo se había expresado, mientras el muy cretino alzaba sus cejas en confirmación a su conclusión.

― ¡Maldita sea, Jasper, cierra la boca! Confórmate con saber que no voy a dar marcha atrás con lo que respecta a ella. Esperaré a que Rose se recupere y hablaré con ella, mientras tanto, Isabella y yo tendremos que andar con cuidado. Ahora menos que nunca puedo dejarla sola

― ¿Por qué lo dices? ―preguntó el dibujante de comic, poniéndose serio ― ¿Alguien la anda rondando?

Edward suspiró, deseando que solo se tratara de alguien más rondando a Isabella.

―Lo siento mi amigo, pero eso no puedo decírtelo. Es algo privado de ella… y delicado.

― ¿Tiene que ver con lo que sucedió con Alice y la chica nueva esa?

Edward inspiró y desvió sus ojos hasta el otro lado de la calle, tratando de no hacerse una imagen de toda la información que había recibido por parte de Alice y de la propia Isabella, pues pensar en las manos de otro hombre sobre ella de la forma en que ese Aro Vulturi lo hizo, le hacía sentir que quemaban sus entrañas y volverse violento.

―Sí, algo de eso hay.

―Bien ―el dibujante se quedó tranquilo con esa respuesta, no queriendo indagar más pues sabía que su amigo era un fiel guardador de secretos. ―Presumo entonces que seguirán con el idilio a escondidas. Solo te pido que se vayan con cuidado. Si alguien los descubre, se lanzarán contra ella y no tendrán piedad. Sabes a lo que me refiero.

Edward suspiró y miró a su amigo, agradecido que pese a su locura pudiera contar con él en todo lo que estaba viviendo.

―Lo sé.

Al subir hasta el piso de Cuidados Intensivos, los dos amigos se encontraron con que James había llegado y se encontraba en la sala de espera conversando con Antonieta, quien también había llegado mientras Edward estaba reunido con el doctor. Se acercaron a ellos y los saludaron, mientras comenzaban a hablar sobre la recuperación casi milagrosa de Rosalie, quien en ese momento estaba siendo atendida por el doctor y una enfermera. Edward intentó no ponerse en evidencia cuando comentó que la enfermera de pelo marrón corto estaba acompañando al doctor en su ronda y que llevaban adentro unos diez minutos.

― ¿Te molesta que entre a verla, Edward? ―preguntó James a Edward, y antes de responder, aparece precisamente por el pasillo el doctor Gerandy con Isabella, que sostenía una carpeta entre sus manos. Ella evitó mirar a Edward cuando el doctor se acercó a ellos para comentarles cómo había encontrado a Rose esa mañana y las protestas de la mujer cuando él le indicó que se tendría que quedar al menos una semana más en observación. Isabella se mantuvo apartada del grupo, a espaldas del doctor mientras él hablaba.

―Creo que quiere retomar su vida cotidiana, ya está algo aburrida en este lugar.

Mientras el doctor hacía los comentarios a la familia, Isabella hojeaba la carpeta que llevaba entre las manos, cuando sintió a alguien ganarse junto a ella. Alzó la vista y se encontró con un rostro varonil y sonriente al que reconoció como el colega de Edward que llegó aquel día cuando acompañó al músico al ensayo en la sinfónica.

― ¿Y cómo viste tú a Rose? ―preguntó James con voz baja, acercándose más de lo normal a la muchacha, poniéndola nerviosa. Isabella carraspeó y dio un paso al costado para apartarse, cerró la carpeta y la apretó contra su pecho, como si quisiera que ese elemento le sirviera como escudo. Tenía una corazonada sobre ese hombre que la hizo ponerse a la defensiva.

―Ejem… lo que dijo el doctor. Su recuperación va siendo progresiva, pero debe tomárselo con calma. Hay que hacer otra serie de evaluaciones y…

― ¿Cómo te llamas? ―preguntó él, interrumpiéndola. La enfermera volvió a carraspear incómoda.

―Isabella ―respondió en un susurro.

―Es un hermoso nombre, Isabella ―ronroneó James, torciendo su boca a la vez que su mano se levantaba y se posaba sobre el codo de la chica. ―Creo que te he visto más de una vez ir y venir por estos lados, y debo admitir que me moría de ganas por buscar una excusa para hablar contigo.

―No necesita excusas ―dijo Isabella, tomando aire para recomponer actitud, respondiéndole al músico con tono serio, mientras volvía apartarse del agarre de ese hombre ―Si necesitaba saber por el estado de la señora Hale, podría ir directamente al mesón de informaciones o preguntarle a cualquiera de sus familiares.

―Podría haberlo hecho ―afirmó con la cabeza, sonriendo con diversión por la forma tan sutil con que la enfermera sacaba sus garritas ―y quizás hubiera ganado un poco de tiempo. ¿Sales con alguien?

― ¿Perdone? ―preguntó ella, sobresaltada por el atrevimiento del músico.

― ¡James! ¿No querías entrar a ver a Rose?

Antes que Isabella pudiera responder, el aludido y la enfermera desviaron su rostro hacia el hombre molesto que había interrumpido la conversación.

―Oh, claro Edward.

Por supuesto, pensó James, Edward no pudo controlarse para salir en defensa de su amante, pues lo miraba como si quisiera saltarle encima por osar entablar una conversación con la enfermera, y aunque el enojo de su colega no lo detendría de insistir con esa chica, prefirió apartarse, sonriéndole en respuesta a su celoso amigo que no dijo nada más, aunque claro, con la mirada ya se lo había dicho todo.

Antes de irse y frente a Edward, James le guiñó un ojo a Isabella y prometió volver a buscarla en cualquier momento. Entonces ella no respondió y se giró sobre sus talones para desaparecer de ahí.

Edward caminó por el pasillo hasta la habitación de su esposa con James a su lado, quien no escondió su "sorpresa" por el gesto molesto de su colega.

― ¿Estás enfadado conmigo por mi acercamiento a esa enfermera?

Edward se detuvo y miró a James, que lo observaba con las cejas alzadas. No hubiese pasado nada si James se hubiera acercado a Isabella sin las segundas intenciones que claramente hizo notar, y que levantaron las alarmas en la cabeza de Edward. Conocía el prontuario de ese hombre y no quería que involucrara a la mujer que amaba y por la que sería capaz de abandonarlo todo.

― ¿Por qué lo dices? ―respondió, haciéndose el desentendido.

―Pues no lo sé, pareces enojado.

Edward bufó e hizo un gesto en el aire con la mano, tratando de no ponerse en evidencia, aunque no sabía que James ya tenía sus ojos sobre él y la enfermera.

―Solo… solo intenta no coquetear con las enfermeras…

―Oye, Jasper hizo lo mismo con una enfermera, ¿lo regañaste como lo estás haciendo conmigo acaso?

―Sí, sí lo hice, pero no sirvió de nada.

―Entonces si Jasper encontró a su media naranja aquí, pues déjame a mí buscarla también. Esa chica, Isabella, me hace desear suspirar cada vez que la veo… quien sabe si ella es mi media naranja…

Dejó la frase en el aire, adelantándose a entrar a la habitación de Rose, mientras Edward hacía acopio de su fuerza de voluntad para no agarrar de la solapas a su supuesto "amigo" y estamparlo contra el muro mientras le advertía que mantuviera sus manos lejos de esa mujer, que era suya.

Cuando Edward entró a la recamara, su esposa y James hablaban animadamente, este último diciéndole lo feliz que estaba de verla así de recuperada, bromeando sobre Edward y su carácter.

―Espero que ahora que has despertado, se ponga más dócil, pues ha estado con un carácter de los mil demonio… ―dijo James, mirando a Rose, la que sonreía con ternura, mirando a su marido que se hallaba de pie al final de la cama, con sus manos cruzadas, mirando con gesto serio a James.

―Por eso estoy ansiosa de salir de aquí, para nadie es un alivio estar en el hospital durante tanto tiempo, menos cuando no eres el enfermo ―explicó Rose, sentada sobre la cama con su bata verde agua y su cabello tomado en un moño bajo, mientras su rostro iba tomando colores naturales de una persona sana.

―Eso es verdad…

― ¿Y tú cómo has estado, James? ―preguntó Rose ― ¿Te has visto con Esme?

La sonrisa socarrona de los labios de James desapareció muy lentamente. ¿Qué había querido decir Rose con esa última pregunta? Parpadeó rápido y cambió el peso de sus pies una y otra vez, mirando a Edward de reojo, el que contemplaba a su esposa con extrañeza.

― ¿Con… Esme?... Uhm… ―sonrió con nerviosismo. Entonces Rose torció su cabeza y miró a su marido, el que se apuró en acercársele, tomándole las manos entre las suyas.

― ¿Pregunté por Esme? ―sacudió la cabeza, confundida y apenada ―Dios… no sé por qué lo hice…

―Ey, no pasa nada ―la tranquilizó Edward ―cualquier puede confundirse.

Y mientras el marido calmaba a Rose, que se había puesto nerviosa, James se preguntaba si los pacientes en coma podía oír y recordarlo más tarde, pues él había abordado a Esme un día cuando la esposa de Edward aún seguía en estado de inconsciencia.

―Sí, Rose, no pasa nada.

Rose, sujeta fieramente a las manos de su marido, se sentía extraña, como si no pudiera procesar algunas cosas antes que salieran por la boca. Porque ¿qué tenían que ver Esme y James, fuera de conocerse por Edward? Sentía como si algo más hubiera en ello, aunque parecía estar vetado incluso para ella.

Aquella mañana, Rose tuvo la sesión con el psicólogo y le comentó frente a Edward sobre esa pregunta que salió de su boca sin ella proponérselo, pero que a simple vista había sido sin sentido. El psicólogo le bajó la importancia, diciéndole que eso había sido una simple confusión y que no se debía a ningún efecto colateral de su estado, y enseguida le pidió a Edward que abandonara la habitación para comenzar con la sesión de su esposa. Rose protestó, agarrándole fuertemente la mano a su marido y meneando la cabeza.

―Él no se va ―protestó Rose, mirando al joven psicólogo de unos veintisiete años de edad, que se quitó los lentes de marco grueso con movimientos lentos, preparándose para responder a la tozudez de Rose, pero Edward habló antes que él.

―Son sesiones privadas, Rose ―insistió Edward, convenciendo a su enfadada esposa ―Entraré cuando terminen.

― ¡No! ―insistió ella, ahora mirando a su marido con rabia ― ¡Quiero que te quedes! ¡Siempre estás desapareciendo!

―Rose, por favor…

―Me temo que tendré que informarle al doctor Gerandy, que la señora Hale no está en condiciones de abandonar el hospital ―dijo el psicólogo con voz queda, poniéndose de pie ―Claramente esta no es una actitud de alguien que esté lista para volver a la normalidad de su vida.

― ¡Eso no es cierto!

―Demuéstrelo, y compórtese con la independencia de siempre, de la que todos sus familiares hablan ―con gesto serio el joven desafió a Rose ―Su esposo ni nadie puede estar presente en estas sesiones, fuera de usted y yo. Si no puede prescindir de él por media hora, me temo que no podemos seguir adelante, y yo tengo más cosas que hacer.

― ¡Está bien! ―concedió Rose antes que el psicólogo cumpliera su amenaza. No quería quedarse más tiempo del necesario en ese lugar, y si para eso tenía que estar a solas con ese loquero, pues lo haría. Miró otra vez a su marido que sonreía de lado, agradecido de que ella cediera ―Pero vuelves a entrar cuando él se vaya, ¿está bien?

―Aquí estaré.

Edward salió después de dejarle un beso en la frente a su mujer, haciéndole un asentimiento al joven con la cabeza, en señal de agradecimiento. Cuando estuvo afuera, vio a Jasper recostado sobre el muro del pasillo, esperándola. Movió la cabeza para que se apartaran del grupo que aguardaba ahí para entrar a ver a Rose, entre ellos Antonieta, Alec y German.

― ¿Todo bien allí adentro? Vi lo que ocurrió entre James e Isabella…

―Espero que no vuelva a pasar ―gruñó Edward ―porque no me voy a poder contener.

―O esperemos que cuando pase, tú ya estés libre para defender a tu chica…

―Por cierto, esta tarde quedé de verme con ella, pero se me están acabando las excusas para salir ―suspiró y se detuvo torciendo el gesto ―Ahora mismo Rose hizo una escena allá adentro porque salí mientras ella y el psicólogo tenían la sesión.

Jasper miró a su amigo y advirtió que cosas duras se le venían encima. No sabía por qué, pero presentía que las cosas no le resultarían tan fáciles, sobre todo con relación a Rose.

―Espero que esa dependencia no se le convierta en algo crónico, maestro ―detuvo el diálogo cuando dos enfermeras pasaron junto a ellos, sonriéndoles Jasper a las colegas de su chica. Cuando estuvieron lejos, continuó ―Puede parecer un consejo "hijo de puta" el que te voy a dar, pero creo que debes comenzar a poner distancia…

―Dios, Jasper, no puedo hacer eso ―se pasó la mano por el cabello por la frustración que todo aquello le causaba ―No voy a dejarla abandonada aquí cuando recién se está recuperando, no puedo hacer eso.

―No estoy diciendo que seas tan drástico, simplemente que ella empiece a verte menos, que ella misma vaya desencantándose contigo ―apretó el puente de su nariz ―No puedo creer que te esté aconsejando esto…

―No puedo despreocuparme de ella ahora… eso me haría sentir peor de lo que me siento en este momento.

―Bueno pues, entonces, ¿qué harás para desaparecer esta tarde? ¿Quieres que te ayude con la coartada?

―Tengo un par de reuniones de trabajo que son cortas y después de eso me reuniré con Isabella en mi apartamento.

― ¿No es peligroso que se junten allí? Esme o cualquiera podría aparecer…

―Seré cuidadoso, y si necesito tu ayuda para cubrirme, te lo haré saber.

―Entendido maestro.

Luego que saliera el psicólogo, la familia de Rosalie y Edward entraron a verla, habiendo deseado ella estar a solas con su marido, pero al parecer él tenía otros planes. Otra vez dijo que tendría que ausentarse durante la tarde para unas reuniones que no sabía bien hasta qué hora iban a tenerlo ocupado, prometiendo eso sí regresar cuando anocheciera.

―Soy tu esposa y estoy en un hospital, ¿no puedes prescindir de tus instrumentos por un segundo y preocuparte por mí? ―protestó Rosalie, indignada, allí delante de todos. Edward la miró apenada mientras Antonieta y German se miraban entre ellos, preocupados por la reacción de su hija, siendo Alec, el hermano menor de ella el único que se atrevió a hablar.

― ¿Quieres que Edward se aburra y te abandone? ¡Dios, Rosalie, ha estado todo este tiempo a tu lado! ¡Déjalo ser, por vida de Dios!

―Volveré en cuanto me desocupe ―prometió Edward con tono conciliador, llevándose una mirada inquisitiva de su esposa, que había pasado por alto el comentario de su hermano. Cuando Edward se marchó, Alec insistió en su punto:

― ¿Crees que tiene una amante? ―Rose lo miró como si su hermano se hubiera vuelto loco por decir semejante barbaridad ―Ya sé que es una estupidez decir eso, pero tienes que dejarlo o se va a aburrir de que lo retengas con un lazo alrededor de su cuello

―Estoy enferma… ―rebatió con los dientes apretados ―cuando me recupere él y yo podremos volver a la cotidianidad de nuestra vida, ahora lo necesito todo el tiempo conmigo.

―Hijita, ayer ya hablamos…

― ¡Déjenme sola! ―exigió, cruzándose de brazos, enfurruñada como una niña pequeña.

Alec suspiró y fue el primero en salir, seguido por su padre y por Antonieta, que dijo estaría afuera para lo que necesitara y que por favor descansara. Una vez afuera se abrazó a su marido, preocupada por esa actitud de Rosalie que era lógica después de lo que había pasado, y que había sido advertida por el doctor: estaría irritable y crearía lasos dependientes con sus personas más cercanas, en este caso Edward. Todos querían verla de regreso en su vida normal, feliz, sana e independiente, con una vida hecha junto a su marido.

**oo**

Isabella se encontraba en el sector de los casilleros guardando su uniforme dentro de la mochila que ese día llevaba después de haber terminado su turno, cuando su amiga Alice entró y se acercó a ella para abrazarla. Agradeció la cercanía y el abrazo de su amiga, a quien en verdad consideraba como su hermana y a la que echaba de menos. Con sus horarios de trabajo que no coincidían y con eso de que Alice estaba de novia, les quedaba muy poco tiempo para ambas. Aun así, siempre estaban la una para la otra.

― ¿Estás bien, amiga? ―preguntó Alice cuando se apartó. Isabella esbozó una pequeña sonrisa que no llegó hasta sus ojos cansados cuando respondió.

―Sí. Ha habido mucho trabajo por aquí.

― ¿Algo interesante que contar? ―quiso saber, dejando sus pertenencias dentro de su locker, mientras su amiga se sentaba en uno de los banquillos de madera para abrocharse las botas.

―Uf… ―claro que tenía cosas "interesantes" que contar. ―Me encontré con Ángela cuando llegué. No pude evitarlo y me pareció que era mejor enfrentarla de una vez.

Alice detuvo lo que estaba haciendo, mirando la reacción de Isabella mientras se lo contaba, reanudado sus quehaceres cuando la vio tranquila. Se quitó la chaqueta de agua y la sacudió antes de colgarla en el perchero, mientras Isabella parada frente a un espejo se rodeaba el cuello con una bufanda y pasaba sus dedos por el cabello.

―Ya veo… ¿Y estuvo todo bien con eso?

―Sí. No alcanzamos a hablar mucho, así que…

Colgándose la identificación en el bolsillo de la chaquetilla del uniforme, Alice se acercó hasta su amiga por detrás y le tomó por los hombros, apretándoselos levemente. Isabella la miró por el reflejo del espejo y sonrió, girándose hacia ella.

― ¿Sabes que seguirá insistiendo para que se reúnan a conversar, verdad? ―preguntó Alice, acomodando la bufanda en el cuello de su amiga y los botones de su abrigo. Isabella mordió su labio y asintió una vez.

―Lo intuyo, y cuando eso pase ya veré lo que haré.

―Claro…

―Además me encontré con Edward, estaba esperándome en la entrada del hospital. Me pidió que nos reuniéramos a hablar ahora, después de salir de aquí.

― ¿Irás a su apartamento? ―indagó la amiga de Isa, alzando sus cejas con sorpresa. Isabella se alzó de hombros como si nada, ocultando la emoción que le provocaba reencontrarse con su amado.

―De momento es el único lugar donde podemos hablar tranquilos.

Alice estrechó sus ojos, incrédula, y sonrió con picardía, pellizcándole la cadera. ― ¿Solo hablar…?

―Alice… ―protestó Isabella, cruzándose de brazos y agachando la cabeza, mientras sentía cómo sus pómulos comenzaban a encenderse. Recordar la vez que estuvo desnuda entre el también desnudo cuerpo de Edward la había acompañado durante todos esos días, sobre todo en la noche anterior durante la cual estuvo llorando por varias horas.

―Oye, perdona, no quise incomodarte ―admitió la enfermera de cabello negro y brillante cuando vio a su amiga deseando ser un avestruz para esconder su cabeza, como si sintiera vergüenza. Isabella le había contado lo que había pasado entre el músico y ella la noche de sábado, oyendo la ilusión en la voz de su amiga, y no era para menos que se sintiera a la deriva después de cómo había reaccionado él durante el último encuentro de ambos, cuando Isa develó la parte fea de su pasado, de la que evitaba hablar ―Pero aun así, confiarás en él, ¿verdad?

―La reacción que tuvo ayer fue normal, a cualquiera le espantaría saber lo que le dije sobre mi pasado… ―lo disculpó, poniéndose en el lugar del músico. No quería decirlo en voz alta, pero ella sentía que ningún hombre quería estar con una mujer tan "viciada" sexualmente, como ella lo estaba ―Aún así confío en él, por algo se lo conté todo. Sé que me quiere como yo a él, pero ahora mismo, con todo lo que está pasando con su esposa y con esto de… mi pasado.

―Nada malo ocurrirá, ya lo verás. Ese hombre te defenderá, sé que lo hará, me lo dijo y pues yo le creí.

― ¿Hablaste con él? ―preguntó ahora Isabella, después que su amiga comentara y la alentara con tanto ánimo.

Alice se balanceó sobre sus pies y torció la boca, como gesto de disculpa.

―Uhm… quizás le dije un par de cosas después que hablé contigo anoche por teléfono

―Dios, Alice…

―No podía quedarme como si nada después de cómo te oí, y pues ya te dije, creo que podemos confiar en él. Yo también sé que te ama y te protegerá de lo que sea.

―Eso espero… ―suspiró y se apartó para tomar su mochila y colgarla en su hombro ―Por cierto, me tocó acompañar al doctor Gerandy a hacerle la evaluación a la señora Hale.

Alice abrió los ojos como platos ― ¡No me digas! ¿Y? ¿Te dijo algo? ¿Te trató bien?

― ¿Y por qué iba a tratarme mal? ella no sabe… lo que pasa entre Edward y yo. Fue muy amable, y debo admitir que es una mujer muy hermosa, a pesar de que está en la cama de un hospital. Lo único que me carcomió el alma, fue oírla hablar de su marido. Lo ama, ¿sabes? Y dijo que quería recuperarse pronto para volver a casa con él…

―Oye, no te desanimes, ¿entendido? ―ordenó en tono dulce ―Deja que las cosas sigan su curso y confía en lo que Edward te ha dicho. La pobre Rosalie no sabe lo que le espera, y honestamente no me gustaría estar en su lugar.

Isabella miró la punta de sus botas marrones y hundió sus hombros, como si la culpa que últimamente ni dejaba de atormentarla se posara sobre estos, recordándole lo mala mujer que era.

―Ni a mi… quizás debería haber evitado que todo esto pasara, quizás deberías haberme apartado de Edward cuando aún estaba a tiempo para que él no se viera obligado a desear dejar a su esposa por mi culpa…

― ¡Ey, no lo estás presionando ni obligando a hacerlo! Él y tú se enamoraron y no es justo que ignoren esos sentimientos ―Alice se le acercó rápidamente y la abrazó, rodeándola por los hombros. ―No pierdas las esperanzas. Ese hombre te ama y no podemos culparlo de haber tomado una mala decisión casándose con esa mujer a quien no amaba.

―De haber sabido que yo anda por ahí, me hubiera esperado… eso fue lo que me dijo.

―Son el uno para el otro, mi amiga, eso nada podrá dudarlo.

Más tranquila, Isabella salió del hospital, mirando a un lado y a otro para no encontrarse con Ángela o con alguien más que pudiera importunarla. Tomó en las afueras del hospital un taxi y le dio la dirección del apartamento del músico hacia donde iba. Mientras tanto, llamó a su madre y volvió a mentirle para tortura suya, diciéndole que iría a visitar a una colega enferma y que esperaba no tardara en regresar. Su madre, feliz de que saliera, le dijo que se divirtiera y que no se preocupara por ella, que es tarde recibiría a unas buenas amigas para tomar el té. Enseguida le envió un mensaje de texto a Edward avisándole que estaba de camino, recibiendo casi instantáneamente una respuesta que decía "Estoy ansioso".

Cuando se bajó del taxi, levantó su rostro hacia el sexto y último piso de aquel edificio, donde sabía que Edward la estaba esperando. Agarró con fuerza las correas de su mochila hindú y caminó hasta el portón de fierro, el que empujó para abrir con la facilidad de siempre. Mientras subía por las escaleras, pensaba en algo que había comentado Edward sobre exigir que arreglaran esa puerta de entrada que no brindaba seguridad alguna, pues cualquier podía subir sin restricciones. Por ser un edificio antiguo carecía de instalaciones modernas de seguridad, fuera del ascensor, e incluso de un portero a tiempo completo que resguardara la entrada.

―Yo no sé cómo no me han desvalijado el departamento… ―comentó Edward una de las veces que se reunieron en ese lugar, justo al otro lado de la puerta donde en ese momento se encontraba de pie.

Inspirando profundo dio dos golpes suaves en la puerta, abriéndose ésta casi por defecto, apareciendo un ansioso Edward que la jaló por una mano hacia adentro y antes de decir nada, la envolvió entre sus brazos y la besó justo cuando cerraba la puerta de un puntapié.

La pegó a su cuerpo ansioso y a través de ese beso le dijo lo mucho que sentía la reacción del día anterior y lo deseoso que estaba de ese encuentro, porque con una de las cosas con que ambos soñaban a menudo era con el momento del día en que sería solo para ellos y que no tenía nada que ver con esconderse.

Pero en ese momento más que hablar, lo que anhelaban era sentir que no había nadie más fuera de ellos, olvidarse del drama que los rodeaba y aplazar por un momento las palabras que aún no habían sido dichas. Él quería amarla y rendirle honores al cuerpo de la mujer que amaba, el que apenas había sentido una sola vez entre sus manos, pero que ya extrañaba como si hubiera sido suyo de toda la vida.

Mudos, ocupándose de besarse y abrazarse después del tan complicado encuentro del día anterior, Edward los guio hasta su cuarto al final de un pasillo. Chocaron con el filo de la cama que fue cuando Isabella se percató que el escenario no era el mismo que el que ella conocía. Nunca había estado allí y le pareció un lugar acogedor, pese a ser de decoración austera y masculina: cortinas grises igual que el edredón que cubría el colchón. Dos mesitas de noche a cada lado de esta, una vieja repisa de madera gastada llena de libros y la luz amarillenta que colgaba desde el techo, además de un guardarropa empotrado a la pared y una ventana que daba a la calle trasera.

― ¿Qué? ―preguntó él, dejando su nariz pegada al cabello aromático de su enfermera amada mientras ella divagaba con sus rojos alrededor del cuarto.

―Es tu cuarto… ―replicó como una boba, fijándose en la cama ―Pensé que querías hablar…

―Lo que quiero es amarte ―dijo, tomándola por el rostro para obligarla a mirarle ―Es la manera más sincera que tengo de hablar, al menos contigo.

―Pero…

―Te amo y me vale lo que haya ocurrido en el pasado ―dijo, acallándola, y besando sus labios brevemente antes de continuar ―Me duele porque te hizo sufrir y porque sigue haciéndolo hasta hoy, provocándote miedo. Pero no estás sola, voy a defenderte.

―Pensé que… había cambiado de opinión después de oírme, y no te hubiera juzgado…

― ¿Cambiar de opinión? ¿Dejar de amarte, dices? ¿A eso te refieres? Dios, Isabella, me demoré tanto en encontrarte que ni siquiera mi estado civil es un obstáculo para amarte.

Ella mordió su labio tembloroso y dejó que una solitaria lágrima de emoción rodara por su mejilla, antes de abrazar a Edward y hundir su rostro en el hueco de su cuello, donde había descubierto, adoraba guarecerse.

―Te amo Edward y me enfrentaré a lo que sea por ti.

Eso fue lo último que la pareja dijo antes que él alzara el rostro de Isabella y dejara caer sus labios sobre los de ella. Lo que vino a continuación era el momento culmine de una pareja que se ama y que quiere demostrarlo más allá de las palabras.

Después que Edward le hubiera quitado el abrigo y la bufanda, tomó el suéter de lana y se lo sacó por sobre la cabeza, dejándola solo con una camiseta blanca sin mangas que se traslucía, dejando ver si sujetador de color negro. Enseguida se acuclilló y desabotonó los jeans desteñidos de la enfermera antes de volver a incorporarse e invitarla a tenderse sobre la cama de dos plazas. Cuando ella lo hizo, con su respiración pesada y sus ojos oscuros y deseosos, desató sus botas y se las quitó, al igual que lo hizo con sus calcetas de rombos, los que dejó sobre el suelo de madera antes de arrancarle con un solo movimiento los pantalones y dejarla solo en bragas del mismo color que el sujetador.

El músico se quitó la camisa azul que llevaba puesta y volvió a inclinarse, no sin antes cerciorarse del rostro enrojecido y los ojos excitados de su amada que estaba a la espera que él le rindiera honores sobre su cuerpo anhelante. Y fue lo que hizo.

Despacio desplazó sus bragas por las piernas y enseguida, para enseguida besar la cara interna de sus muslos. Ella se retorció y gimió profundo cuando sintió la barba del músico rascarle la piel de sus piernas, y luego su boca hundirse allí en lo profundo de su intimidad, la que mordió y succionó como si quisiera beber de ella, como si tuviera tanta sed como un hombre que hacía mucho tiempo no probaba del manjar de la vida.

Isabella solo atinaba a gemir y repetir el nombre de Edward una y otra vez, estirando su mano hasta dar con el cabello del músico y jalarlo de la pura desesperación por el fuego que se incrementaba y que amenazaba con explotar, como si se tratara de un volcán en erupción.

Los temblores de su primer éxtasis no habían desaparecido aun cuando Edward se apartó y terminó de desnudarla y desnudarse del todo, besando el vientre de la enfermera, ascendiendo hasta sus pechos, masajeándolos con sus manos y con su boca succionándolos mientras ella de forma espontánea rodeaba el cuerpo del músico con sus piernas y lo apretaba hacia sí.

―Dios mío, Edward…

―Eres increíble, cariño…

Edward la rodeó por la cintura y abarcó con una mano sus nalgas, empujándola hacia arriba mientras que con la otra sujetaba de su nuca para besarla con la pasión desatada que sentía por ella y que era recompensada del mismo modo.

El erecto miembro de Edward entró en el cuerpo ardiente de Isabella, sin dejar de besarse, gimiendo en la boca del otro, a la vez que él guiaba los cuerpos con acompasados movimientos, como si se tratase de una sublime creación musical.

―Dime que me amas… ―le pidió ella, hundiendo sus dedos en la ancha y sudorosa espalda de Edward, jalándole los labios.

―Sí que te amo... tanto que ahora todo me importa lo mismo… solo tú.

―Solo tú, Edward…

Gritaron sin miramientos cuando ambos acabaron y estallaron en medio del fuego de la pasión, no siendo capaces de separarse. Edward ni siquiera se quitó de sobre ella, e Isabella apenas soltó la presión de sus piernas alrededor de Edward, adorando sentirlo dentro suyo como si se tratara de una extensión de su propio cuerpo. Le acariciaba su cabello húmedo y con la punta de su nariz recorría el rostro y el cuello sudoroso de su hombre, besándolo en el proceso.

―Esto es todo cuanto quiero, todo con cuanto sueño…

― ¿Con el sexo conmigo?

―En parte sí, debo admitirlo ―bromeó el músico de buen humor, pellizcando la cadera de la muchacha que se sobresaltó carcajeándose, relajada. ―Pero me refiero al momento en que un hombre llega a su casa y encuentra a la mujer que ama. Dedicarle tiempo y no solo sobre una cama haciendo el amor, sino a lo cotidiano.

―Uhm… ¿acaso no lo tuviste con… ella?

―No quiero que hablemos de nadie más, no mientras aun esté dentro de ti…

―Pero tenemos que hablar.

Él suspiró y se apartó, quitándosele de encima. Ella sintió el frío instantáneo de la lejanía del cuerpo de Edward, y se asustó cuando este se levantó de la cama, pensando que se había enfadado por insistir en hablar, pero sonrió cuando lo vio abrir el armario y sacar desde lo alto de este una manta de cachemira que plegó sobre su cuerpo desnudo, regresando a la cama y abrazándola a su cuerpo.

Suspiró feliz, acomodándose al cuerpo relajado de Edward bajo la colcha, pasándole las manos por el pecho del hombre mientras él le acariciaba el cabello.

―No era igual ―dijo Edward, respondiendo a la pregunta que ella dejó en el aire, antes que él hiciera la pausa. ―No sentía la… ansiedad que siento cuando sé que voy a encontrarme contigo y no luchaba contra el deseo de quedarme a su lado por más tiempo.

―Yo nunca sentí este deseo de estar junto a alguien de esta manera.

― ¿Ni siquiera por… ese hombre? Ya sabes a quien me refiero ―acotó Edward, no queriendo siquiera usar su nombre. Ella movió la cabeza negándolo.

―Nunca me abrazó después de… ―carraspeó incómoda ―después de usarme como le gustaba hacerlo. Y la tonta de mí se conformaba… aun así, siempre quería vestirme y echarme a correr.

Se quedaron un momento en silencio, mientras ella recordaba algunos momentos de ese pasado que había sacado a la luz para sincerarse con Edward, mientras a este le costaba imaginarse a la escena de la que ella hablaba. Él jamás podría haber hecho eso.

― ¿Sabes que puedes denunciarlo, verdad?

―No creo…

― ¡Te obligó!

Isabella se apartó y se incorporó, cubriéndose con la manta sobre el pecho, mirando a Edward con disgusto.

―No quiero que nadie se entere. Sería inevitable que llegara todo a oídos de mi madre… y eso la mataría de pena.

―Lo entiendo ―dijo él, también incorporándose, tomándole las manos que ella mantenía aferradas a la frazada ―pero no puedes estar escapando siempre de ese hombre, que dices que puede volver a buscarte y volver a obligarte.

― ¡No lo hará! No dejaré que lo haga, soy más fuerte que entonces

― Y no me cabe duda, además estaré contigo, pero necesitaremos más ayuda…

―Edward, no, por favor…

―Oye, cálmate ―volvió a abrazarla fuerte ―Nada malo pasará, eso te lo prometo. Pero si aparece y vuelve a molestarte, debes decírmelo enseguida.

―No quiero causarte problemas. Si aparece y tú insistes en hacer algo, podrías ponerte en evidencia con tu familia y…

― ¡No me importa! Mira, el asunto con Rose comenzará a decantar y en cuanto me sea posible hablaré con ella. Además, solo estoy siendo previsor, quizás ni siquiera ese tipo regresa como tú crees que lo hará. De cualquier forma, si eso ocurre, debes decírmelo. Juntos veremos qué hacer para qué deje de molestarte, ¿está bien?

Isabella se mordió el labio y sin poder negarse a hacerlo, asintió no muy convencida, aunque agradecía que él se preocupara por ella de esa manera, sin importarle nada. Tembló y se abrazó aún más fuerte a Edward si es que eso era posible, alzando su cara para buscar con sus labios la boca de Edward que no demoró en responder. Entonces y sin demora, Edward volvió a inclinarse sobre la cama, esta vez con Isabella bajo su cuerpo, hizo a un lado la frazada y volvió a amarla con tal de disipar el miedo que vio en los ojos de su chica, a la que defendería tal y como dijo, sin que le importara nada.

Después de una hora, ella decidió que era momento de marcharse. Se vistieron el uno al otro entre caricias y besos, ya que a ambos les dolía apartarse e intentaban de cualquier manera extender su tiempo juntos, hasta que inevitablemente Isabella ya estuvo lista para marcharse, con la promesa de encontrarse al día siguiente.

―Te buscaré mañana, ¿está bien? ―le dijo él en la puerta de su casa ―Y llámame cuando estés lista para dormir, quiero darte las buenas noches.

―Así lo haré ―respondió ella con una sonrisa tierna, antes de empinarse sobre sus pies y besar los labios de Edward por última vez antes de abrir la puerta y marcharse sin mirar atrás.

Él suspiró cuando cerró la puerta detrás de ella, y afirmó su espalda sobre esta, pensando en volver a su cama que había quedado impregnada con el aroma a la mujer a quien acababa de hacerle el amor. Se sobresaltó cuando un minuto más tarde golpearon la puerta, sonriendo él, totalmente seguro que Isabella no había podido marcharse. Entonces muy entusiasmado y con una sonrisa atravesándole el rostro se giró y abrió la puerta, desvaneciéndosele la sonrisa en el rostro cuando vio a una mujer que no era Isabella, y que lo observaba con disgusto, fijándose en su cabello revuelto, la camisa fuera del pantalón y sus pies descalzos.

― ¿Qué hacía esa mujer saliendo de tu apartamento, Edward? ―inquirió Esme con tono demandante antes que él pudiera decir nada.

"¡Mierda!".