¡Ya estoy aquí, damas!

Mil gracias a todas, como siempre. Gracias a las que diempre me han acompañado y a las que han comenzado la historia hace poquito, muchas muchas gracias.

A doña Maritza Maddox, Gaby Madriz y Manu de Marte, mi super equípo a las que agradezco con todo mi corazón. ¡Gracias!

En fin... A leer... ¿En qué quedamos la semana pasada...? Ah, síp... Esme que aparecía en un mal momento. Veamos qué pasa.

Besos y espero les guste el capítulo.

Nos leemos la siguiente semana


Capítulo 13

"¡Mierda!"

Eso fue lo que Edward pensó cuando vio a Esme parada frente a la puerta abierta con la postura tensa y exigiendo una explicación de su parte, obligándose él a aparentar calma y pensar en algo rápido mientras ella hacía ingreso al apartamento sin pedir permiso ni mucho menos su autorización.

Tragó grueso y cerró la puerta, girándose sobre sus pies descalzos para volver a enfrentarse a la mujer que seguía esperando que le respondiera.

― ¿Edward? Te hice una pregunta

―No uses ese tono inquisidor conmigo, Esme ―dijo él con la mayor frialdad que le fue posible, caminando hacia la cocina e ignorándola. Ella por supuesto no se quedó tranquila y lo siguió para insistir.

― ¿Por qué recibes a esa mujer en tu apartamento y en esa facha…? ―preguntó, volviendo a mirar la camisa azul arrugada fuera del pantalón, sus pies descalzos y su pelo revuelto. El músico frunció la frente mirándola de reojo.

― ¿Cuál facha, Esmerald? ―mientras sacaba un vaso del estante y lo llenaba con agua, pensaba en cuál sería la respuesta que dejaría a Esme tranquila. No era que le debiera ninguna respuesta sobre sus actos, pero si no lo hacía, ella caería sobre Isabella y la molestaría hasta conseguir una respuesta que la dejara tranquila, y eso él no lo permitiría.

―Si no quieres que piense mal, debes darme una explicación. Que una mujer a la que no conoces de nada, te visite en tu apartamento y tú la recibas viéndote… de esa forma…

―No es que no la conozca de nada. Es una de las enfermeras de Rose, quiero recordarte ―argumentó con tono duro, mirando a la mujer que protagonizó sus pesadillas de adolecente, mientras aferraba con fuerza el vaso de agua en su mano ―Además, ella es la mejor amiga de Alice, la novia de Jasper, ¿por qué otra cosa crees que me visitaría?

― ¿Y le tienes tanta confianza como para recibirla en este lugar, vestido de esa forma?

― ¿¡Cuál es el maldito problema con mi vestimenta?! ¡¿Acaso me vez desnudo?! ―preguntó con tono osco, dejando el vaso con un golpe seco sobre la encimera de granito ―Había llegado hace poco de una reunión y pretendía meterme a la ducha cuando ella llegó. Esta mañana me pidió hablar conmigo fuera del hospital y le dije que viniera. Me dijo que lo haría hoy y yo lo olvidé, hasta que la vi en la puerta, ¿qué querías que hiciera?

Esme estrechó sus ojos claros, cubriéndose el cuello con una mano sobre su suéter blanco de cuello alto que llevaba bajo el chaquetón negro.

― ¿Y qué quería? ―preguntó, en sus ansias por recibir respuestas que la satisficieran. Edward por su parte, soltó un bufido y rodó los ojos, llevándose una mano hasta su cabello ya despeinado. Esa mujer no lo dejaría tranquilo hasta que se conformara con una respuesta coherente.

―Ya te dije, tiene que ver con Alice y Jasper…

―Pero sobre qué… ―insistió, llevándose de regreso una mirada furibunda de Edward, de aquellas que eran exclusivamente para ella.

―Confórmate con saber eso, Esme, no te debo más explicaciones.

El tono duro que Edward usó para responder la puso nerviosa y la hizo emplear un tono más conciliador. Dio un par de pasos con la intención de acercarse a Edward y quizás tocarle el pecho con su mano, pero el músico retrocedió expresando con esto que no quería contacto alguno con ella.

―Perdóname, pero es muy raro…

―No sé qué tiene de raro ―rebatió con el mismo tono que había empleado, volviendo a hacerse a un lado para salir de aquel espacio reducido, llegando hasta el centro de la sala, poniendo la mesa de centro como barrera entre esa mujer y él, quien lo siguió hasta el centro de la habitación. ―Por cierto, ¿qué haces tú aquí?

Esme había llegado al apartamento de Edward movida por una simple curiosidad, cuando al llamar a Antonieta para preguntar por Rose, esta le dijo que Edward al igual que el día anterior se había ausentado durante toda la tarde. Algo raro intuía ella en el comportamiento de su hijo desde hace ya varias semanas, fue por eso que cuando salió del ascensor y vio a la chica de cabello corto y marrón salir del apartamento de Edward, enfilando hacia el sector opuesto del elevador para utilizar las escaleras, una alarma sonó en su cabeza. ¿Sería que su hijo andaba en malos pasos? ¿Sería Edward incapaz de engañar a su mujer con alguien más? Honestamente Esme lo dudaba, o más bien esperaba con todo su corazón que eso no sucediera, no por el afecto que había aprendido a tenerle a Rose, sino por el hecho de saber a Edward queriendo a otra mujer que no fuera su esposa… o que no fuera ella.

―Yo… solo… quería verte. No quiero que el tiempo que has estado en el hospital te pase la cuenta… ―afirmó con tono preocupado ―Carlisle está también preocupado, dice que te nota tenso.

―Ya hablaré con él. Me relajaré cuando Rosalie vuelva a casa.

―Podrías ir mañana a almorzar con nosotros. Tu hermana quiere entregarte una invitación para su cumpleaños…

―Dios, el cumpleaños de Jane… ―murmuró con pesar, restregándose el rostro con las manos ―Vale, mañana iré. La llamaré esta noche de todas formas.

―Está bien. Esto… ¿ahora vas al hospital?

―Me daré una ducha y comeré algo antes de ir ―avisó con tono indiferente, mirando hacia cualquier lado, menos a Esme.

―Puedo esperarte y acompañarte.

―No es necesario.

―Bien… entonces me voy ―esbozó una sonrisa torcida y se acomodó el tirante de su cartera sobre el hombro ―Te esperamos mañana entonces.

―Ahí estaré.

Esme no esperó a que su hijo se despidiera de ella con un beso, no porque no lo deseara, sino porque nunca había tenido ese gesto con ella, por lo mismo y esbozando una sonrisa de agradecimiento, salió del apartamento, no olvidándose del asunto que la sobresaltó al llegar. Estaría pendiente de eso.

Cuando la puerta se cerró y quedó solo, Edward soltó el aire que sin querer había retenido en sus pulmones. Se dejó caer en el sofá y escondió su rostro entre las manos, disgustado consigo mismo por no ser más cuidadoso. Esme o cualquier otra persona podría haberlos visto en una actitud más comprometedora, y aunque lo tranquilizaba que eso no hubiera sido así, pensó que en lo consecutivo tendría que pensar en otro lugar para sus encuentros con Isabella. Además, cuando hablara con ella esa noche, la tendría que poner al tanto de lo ocurrido y de la excusa que él le dio a Esme para encubrirlos.

―Joder…

Se puso de pie y caminó hasta el cuarto de baño donde se desnudó y se metió bajo el chorro de agua caliente para relajarse, doliéndole tener que lavar los restos de sudor y el aroma a Isabella que se le había impregnado en la piel, pero le quedaban los recuerdos de la piel desnuda de ella, la conexión entre ambos, los gemidos y los "te amo" que habían compartido.

La tarde anterior al regresar al hospital había tenido que lidiar con el mal humor de su esposa, que comenzó a decir cosas como si no hubiera sido mejor que ella muriera para liberarlo de una vez y dejarlo en paz para que se ocupara de sus asuntos de trabajo que parecían ser más importantes que ella. Cuando él se levantó de la silla de metal con la intención de salir para dejar hasta ahí la discusión, ella cambió del tono su voz esbozando disculpas en tonos de súplica, rogándole que no se marchara, que no la dejara. Edward no pudo hacer otra cosa que acercarse hasta ella que se mantenía con sus brazos extendidos hacia él, y abrazarla dejando la barbilla sobre el tope de su cabeza, pensando que a ese ritmo a su mujer le iba a resultar aún más difícil dejarlo ir cuando llegara el momento.

―Cuando me ausento, lo hago con tranquilidad porque sé que estás bien ―dijo él con voz quedada, mientras ella lo abrazaba y escondía su rostro pálido en su pecho, cerrando los ojos con fuerza e inhalando el aroma de su perfume, el mismo que usaba desde que lo conoció ―Tengo cosas importantes que atender y ahora puedo hacerlo porque te veo bien. Que me ausente no significa que me esté olvidando de ti, todo lo contrario, así que deja de recriminarme por favor.

―Solo… ¿podrías intentar ausentarte por menos tiempo? ―pidió ella, saliendo de su escondite, mirándolo con adoración y con súplica a la vez ―Te quiero todo el tiempo conmigo, te echo de menos cuando no estás, ¿es tan difícil entender? Además… ya quiero salir de aquí. En casa estaría más relajada y no sé… evolucionaría mejor, aquí me siento como si estuviera en prisión…

―Saldrás dentro de poco, te lo aseguro ―torció su boca y besó su frente con ternura, masajeándole los hombros ―ahora reacomódate en esa cama y descansa, yo no me moveré de ese sofá.

―Está bien —asintió ella, acomodándose de costado para poder mirar a su marido que se acomodó a lo largo del sofá, sintiendo el cargo de conciencia pesarle en ese momento más que nunca mientras su esposa lo miraba con adoración a la vez que el sueño iba ganando terreno. La ternura de sus rasgos cuando lo tenía cerca, la forma en que le rogaba que se quedase a su lado no hacían más que aumentar el pesar dentro de su pecho por lo que le estaba haciendo, por lo que estaba por hacerle, pues a nadie en su sano juicio le agradaría romperle el corazón adrede a la mujer con quien ha compartido años de matrimonio y que pese a todo, sigue mirándolo con los mismos ojos enamorados de la primera vez.

―Soy un hijo de puta ―murmuró cuando su mujer finalmente se durmió y él decidió salir del cuarto para hacer una llamada telefónica precisamente a la mujer que le había robado el corazón. Se apartó hasta la ventana del pasillo que daba al pequeño patio trasero del recinto donde encontró un lugar privado.

Por supuesto, no puedo esconderle el encuentro con Esmerald, lamentándose de oírla tan temerosa sobre lo que podría ocurrir y lamentándose sobre todo no poder estar a su lado para abrazarla y decirle que todo iba a ir bien. Decidió cambiar el tema a alguno más ligero, obteniendo de ella su fecha de cumpleaños que hasta ese momento había sido del todo desconocida para él.

― ¿Así que septiembre, eh? No queda mucho, pero me da tiempo de preparar un buen regalo…

― ¿Y qué podría regalarme un músico de su categoría? ―susurró ella, al otro lado del teléfono. Él torció la boca y sonrió cuando oyó la forma tan coqueta con la que ella formulaba la pregunta.

―Mi corazón ya lo tienes, así que olvidémonos de eso ―respondió con cursilería ―pero puedo asegurarte que te regalaré la mejor serenata que hayas recibido nunca.

―Bueno, nunca me han dado serenata…

―Me alegra saber que voy a ser el primero…

Edward recibió el nuevo día con un dolor agudo en el cuello producto de la mala postura con la que durmió sobre el sofá junto a la cama de su esposa, a quien estaban llevando el desayuno cuando se decidió abrir los ojos. Al ver el uniforme azul de la enfermera, enseguida pensó que podría haberse tratado de Isabella, pues por la hora ella ya debía haber entrado a su turno hacía una hora atrás. Pero no era ella, sino otra de las chicas a las que solía ver entrando y saliendo de la recamara.

― ¿Dormiste bien?

―Muy bien ―respondió Rose, bebiendo té caliente con pan integral untado en mermelada de frambuesa. ―Lamento que no puedas decir lo mismo…

―Ya falta menos para que se acaben mis días pernoctando en ese sofá ―respondió acercándosele y besando su frente, antes de ir hasta el baño y asearse, llevándose consigo el pequeño bolso que siempre llevaba con ropa de cambio. Al salir, ve sobre la mesa auxiliar una bandeja con croissants junto a un vaso térmico lleno de humeante café esperándole.

―Le pedí a la enfermera que lo trajera para ti, para que no tengas que bajar a la cafetería.

―Pues te lo agradezco.

Sonrió al responder, dejando la bandeja junto a el sobre el sofá a la vez que sacaba su mac del bolso de mano. Pretendía enviar unos correos y responder algunos de los que esperaban su atención en la bandeja de entrada y revisar algunas partituras y otros prospectos musicales. Ahí estuvo concentrado por casi una hora y media, donde apenas un par de veces levantó los ojos del ordenador para dedicarle una sonrisa a su esposa, que se concentraba en leer el borrador de la novela que había dejado a la mitad y que Tania hace un par de días había llevado para ella, con la idea de que poco a poco volviera a familiarizarse con la historia, cuestión que al doctor le pareció una muy buena idea.

Lo desconcentró la vibración del teléfono que mantuvo el en brazo del sillón, viendo un mensaje de Carlisle, que decía alegrarse de saber que iba a almorzar con ellos en la casa, advirtiéndole que su hermana estaba muy entusiasmada y que incluso la habían dispensado de ir a la escuela con la excusa de que tenía que preparar el mousse de chocolate que a él tanto le gustaba.

― ¿Por qué sonríes? ―preguntó Rose cuando vio que el rostro de su marido se iluminaba al leer la pantalla de su móvil.

―Es un mensaje de Carlisle ―respondió mientras bloqueaba el aparato móvil y se lo metía al bolsillo ―Jane me espera a almorzar. Dice que preparó mi postre favorito y que…

― ¿No vas a quedarte conmigo? ―preguntó molesta, cerrando de un golpe seco el cuaderno. Edward torció la boca y negó con la cabeza.

―Antonieta vendrá al comer contigo, y Tania. No vas a quedarte sola.

―No quiero almorzar con ellas, quiero que tú lo hagas.

―Rose, por favor…

― ¡Nada de Rose! ―exclamó fuertemente, evidentemente disgustada ― ¡Te olvidas de que soy tu esposa y que te necesito en un cien por cien!

―He estado al pendiente de ti todo este tiempo ―respondió con tono cansado, cerrando su portátil y poniéndose de pie ―he dejado todo de lado precisamente por estar "al cien por cien" como me dices. Ahora que estás mejor, puedo comenzar a retomar de a poco mis actividades, pensé que lo entenderías…

― ¡Pues no lo entiendo! ¿Sabes lo que pienso? Que quizás te hubiera resultado más fácil que yo siguiera postrada sin ser consciente del mundo para que tú retomaras la normalidad de tu vida como deseas y no seguir siendo un estorbo para ti

― ¡Joder, Rose! ―exclamó incrédulo, alzando sus manos al aire ― ¿De qué me estás hablando? ¿Cómo se te ocurre decir eso?

― ¡Es lo que siento!

―Si es lo que sientes, quiere decir que no me conoces de nada, porque yo jamás desearía eso. Nunca.

―Tú no sabes…

― ¡Eres tú la que no sabe! ―rebatió, levantando la voz más de lo que normalmente lo hacía, no pasando por alto la mirada pasmada de su esposa ― ¡He dejado malditamente todo por estar cada día a tu lado! ¡He dormido cada noche en este jodido sofá para estar acompañándote! He pospuesto mi trabajo en la sinfónica, en la universidad y en la escuela por estar cada día aquí; el tiempo con mis amigos, con mi hermana, ¿y me sales con estas estupideces? ¡¿Qué pretendes?!

La puerta de la recamara se abrió de pronto y por esta apareció un furioso Emmett, quien desde afuera oyó los gritos de su maldito cuñado, burbujeándole la ira de oírlo gritarle a su Rose.

― ¡¿Por qué mierda le estás gritando a Rosalie?! ―exigió saber, cerrando la puerta con un golpe seco. Edward cerró los ojos e inspiró profundo, volviendo a abrirlos para ver a su cuñado acercársele con paso amenazante, aunque a él no le provocara temor alguno, sino fastidio.

―Además ―dijo, mirando a Rose, que estaba sentada sobre la cama, mirando a su hermano que parecía estar preparándose para lanzarle un derechazo directo a la mandíbula de su marido ―tengo que estar aguantando el carácter de tu hermano. Honestamente, también me canso.

― ¡Te prohíbo que le hables así a Rose! ―insistió Emmett, para ser tomado en cuenta. Edward no hizo amago de sentirse intimidado por la postura amenazante de su cuñado, mucho menos en ese momento.

―Mierda, Emmett, ¿no te enseñaron que no debes meterte en discusiones de matrimonio!

― ¡Me vale una mierda!

―Pues a mí también, así que me voy.

―Edward, por favor… ―rogó Rose con la barbilla temblándole cuando le vio ponerse su abrigo negro y guardar con un movimiento casi violento la laptop dentro de su bolso. ― ¿Edward?

―Regresaré en la tarde ―avisó con tono seco, apenas mirándola. ―Almorzaré con mi hermana y con Carlisle, luego atenderé unos asuntos en la sinfónica y en la universidad ―agregó antes de salir de la habitación, dejando a Rose al borde del llanto y a Emmett gruñendo como un ogro.

Apoyó su espalda en el muro frio junto a la puerta, controlándose después del altercado que había protagonizado con su esposa. Ella tenía todo el derecho a reclamarle y él había sido un canalla sacándole en cara lo que había hecho por ella en ese tiempo, cuando en realidad lo que debía hacer era arrodillarse ante ella y pedirle perdón por haberse enamorado de otra mujer, por haber comenzado una relación extramarital con ella y por tener planes futuros con ella.

"Isabella". Ella era lo que necesitaba en ese momento. En ese momento o en cualquier otro.

Volviendo a sacar el teléfono de su bolsillo, buscó el nombre de la enfermera y marcó, esperando tener la suerte de que ella le contestara. Suspiró aliviado cuando oyó su suave voz contestando al otro lado de la línea.

Hola…

―Hola hermosa ―dijo él, apartándose hacia los elevadores, mirando hacia un lado y otro ― ¿Tienes un momento?

― ¿Para hablar?

―No, para verme… por favor…

― ¿Está todo bien?

―Lo estará si me concedes cinco minutos… o diez.

―Uhm… ―la oyó carraspear y bajar el volumen de su voz ―ahora estoy en administración, así que puedo arrancarme. Sube al piso seis y al llegar camina por el pasillo hacia la derecha, donde verás grandes trozos de nylon colgando por unas reparaciones que estás haciendo. Yo subo enseguida

―Te espero allá.

Siguió las indicaciones de Isabella y no tuvo problema en encontrar el sector en remodelación del que ella le habló y que para suerte de ambos, estaba prácticamente vacío. Caminó despacio mirando por entre los plásticos que cubrían las puertas blancas cuando al cabo de unos pocos minutos sintió al extremo del pasillo la llegada del elevador, viendo a Isabella salir de este y caminar con paso raudo a su encuentro. Cuando lo alcanzó, no dijo nada simplemente lo tomó de la mano y lo hizo entrar a una de las habitaciones que había sido recientemente pintada de color celeste y que mantenía seguro aparatos médicos cubiertos por gruesos plásticos como los que colgaban en las entradas de las otras habitaciones que él vio.

Su ansiedad remitió cuando ella se colgó de su cuello y lo besó con ardor, respondiendo el músico con la misma ansia, envolviendo el cuerpo menudo de su amada por la cintura, aprisionándole entre su cuerpo y la pared de la habitación.

―Estuviste en mis sueños toda la noche ―susurró ella aún con sus labios pegados a los del músico, acariciándole el cabello, inhalando su aroma ―Me dormí pensando en ti y desperté pensando en ti.

―Dios, Isabella, solo Dios sabe lo mucho que deseo compartir mis noches y mis días contigo, despertarme contigo entre mis brazos… ―susurró, subiendo sus manos por los costados del cuerpo delgado de la enfermera, pasando por su cuello desnudo y suave hasta sujetar su rostro, acariciándole los labios con sus dedos pulgares. Adoraba que no tuviera que echarle mano a los productos cosméticos para embellecerse pues no era necesario, la naturalidad de sus facciones era algo que él adoraba.

Ella cerró los ojos por unos instantes, concentrándose en las suaves caricias de Edward sobre su piel y sus labios, disfrutando de aquel contacto.

―Ya llegará el momento, mi amor… ―susurró, abriendo los ojos y exponiendo el amor por él que se filtraba de ellos.

―Mi amor… ―sonrió él encantado por la forma tan espontanea con que aquellas palabras salieron de Isabella ―Qué bien se oyó eso, mi amor, mi amada Isabella…

La enfermera sonrió abiertamente y mordió su labio, apretando su cuerpo a Edward tanto como le fue posible.

― ¿Estás bien? Te oías raro al teléfono.

―Tuve una discusión con Rosalie… ―arrugó la frente y sacudió la cabeza. ―Pero no quiero hablar de eso. Mejor dime, ¿siguen en pie tus planes de almorzar con el cura?

―Sip. Traerá lasaña para comer…

―Ya veo… ¿Y tu cita con el amigo ese que tienes…? ―preguntó.

Recordó que ella misma le contó sobre el encuentro con su amigo médico, el mismo al que vio coquetearle cuando recién la conoció. Ya entonces sintió antipatía con ese doctor venido a galán de segunda, ahora que los sentimientos entre Isabella y él estaban claros, su hostilidad hacia el cardiólogo había aumentado, a pesar de que ella defendió su inofensiva amistad con el doctor. Aun así, él no podía dejar de sentir celos, cuestión que nunca antes había sentido por nadie.

―El doctor Ananías, sí ―asintió ella, mordiéndose el carrillo del labio para esconder su sonrisa. Le parecía muy tierno saber a Edward celoso ―Pero solo un rato, ya sabes que quedé con mi mamá para ir a un baby shower

―Pues no vayas con el doctor ese… ―concluyó el músico, haciendo un gesto de molestia con los labios y provocando que la enfermera no pudiera seguir escondiendo su risa, rodando él los ojos cuando la vio tan divertida con su reacción, y suspirando a continuación cuando ella se empinó sobre la punta de sus pies y lo besó.

―No tienes que estar celoso de él, es un buen amigo y antes que protestes, no tiene otro tipo de intenciones conmigo…

― ¿Por qué, acaso es gay? ―escondiendo sus celos detrás de esa broma. Ella igualmente sonrió complacida.

―No… simplemente somos amigos. Además, tu irás a almorzar con tu hermana y luego te pondrás al día con tu trabajo ―le recordó mientras le acariciaba la barba ―Y después de lo que me contaste que ocurrió con tu… con la señora Esme, es mejor que seamos más discretos y que evitemos vernos tan seguido…

―No, eso no. Ya he pensado en lo que haremos para encontrarnos, pero esta noche te lo diré.

― ¿Me llamarás?

―Claro que sí ―prometió el músico con su sonrisa ladeada.

―Estaré esperando entonces―murmuró, volviendo a besar a su amado Edward, rogando que en un milagro el tiempo se estancara y les permitiera un tiempo más largo para ellos, porque comenzaban a necesitarse irremediablemente, necesitaban tocarse, sentirse el uno al otro, tanto así que los escasos diez minutos no parecían ser suficientes.

**oo**

Era capaz de soportar la incesante mirada de Esme sobre él y esa casa que tan poco familiar le resultaba con tal de ver tan feliz a su pequeña hermana Jane, quien apenas lo vio cruzar el umbral de la puerta doble de aquella casa, salió disparada hacia él, colgándosele del cuello como si se tratara de un pequeño chimpancé vestido con delantal y gorra de chef.

― ¿Así que hoy te quedaste en casa cocinando, eh? ―le dijo Edward a su hermanita después de besar su mejilla. Esme que había llegado a recibirlo también se quedó a un costado viendo el diálogo de la niña y su hijo, sonriendo con nostalgia y pensando en lo dichosa que sería ella si Edward le brindara alguna de las sonrisas que sin problema le regalaba a Jane.

―Mi papi me dio permiso. Es que en el colegio harán unas evaluaciones, y pues yo y otros compañeros ya las hicimos.

―¡Qué alentada eres!

―Mami está ayudándome a preparar mousse de chocolate ―la niña desvió el rostro hacia donde se encontraba su madre ― ¿Verdad, mami?

―Sí, cariño. Y nos quedó muy rico ―respondió ella sonriendo, cruzando sus brazos a la altura de su pecho, sobre su elegante chaleco de tonos rosa con rombos en el frente.

Edward la miró por dos segundos, torciendo su boca en lo que parecía ser una sonrisa, pero regresó su atención a la pequeña que aun cargaba en sus brazos.

―Y también planearemos mi cumpleaños… ¿vendrás, verdad? ¿Con Rose?

―Vendré por supuesto, ni loco me pierdo una de tus fiestas, aunque no sé si Rose pueda acompañarme.

―Podemos pedirle permiso a su doctor…

―Ya lo hablaré con él.

Aún estaban en el recibidor cuando apareció Carlisle, sonriendo como siempre que veía a Edward, acercándosele para palmear su hombro y dedicarle un guiño a su hija que disfrutaba de las atenciones de su hermano, mientras Esme bajaba la cabeza y cruzaba sus piernas cuando su esposo le dedico una mirada serena.

― ¿Ya es hora de comer? ―preguntó Carlisle tomándose la panza y mirando a la pequeña chef, la que enseguida giró la cabeza y miró a su madre, la que se dio por aludida acercándose finalmente hacia sus hijos.

― ¿Por qué no se toman una copa en el despacho mientras preparamos la mesa? ―preguntó animada, estirándole los brazos a su hija a la que cargó cuando ella aceptó la idea.

Entonces la mujeres se apresuraron a ir hasta la cocina y terminar de preparar todo, mientras Carlisle con un movimiento de cabeza le indicó a su hijo que lo siguiera hacia el despacho que mantenía en esa casa de estilo minimalista, predominando el blanco que hacía ver los espacios aun más grande de lo que eran, en contraste con los muebles de madera oscura y el suelo de mármol blanco sobre los que destacaban alfombras gruesas grises.

Pero el despacho de Carlisle era un mundo aparte, pues predominaba el color y la calidez de la madera de aplicaciones y del mobiliario.

Los varones se acomodaron en un sillón frente al ventanal de suelo a techo que cubría una muralla completa del despacho, mirando hacia el jardín trasero de la casa donde se dejaban ver juegos infantiles entre varios árboles en ese momento cubiertos por la humedad que dejó la lluvia nocturna y que la fría temperatura de lo que iba de día no había logrado secar. Allí Edward bebió un vaso de bourbon que Carlisle le ofreció mientras el abogado comentaba de lo bien que había visto a Rose.

En general, Carlisle era un tipo alegre y muy animado, por lo que Edward intuyó que algo raro ocurría con él cuando desde que arribó él a la casa se percató de su estado ausente, el mismo estado que en ese momento lo dominaba mientras miraba el predominante verde de los arbustos al otro lado del ventanal. Suspiraba con frecuencia y se pasaba el dedo índice por la frente y la barbilla, sacudiendo de tanto en tanto la cabeza como quien quiere despejar la mente de pensamientos o recuerdos indeseados.

― ¿Estás bien? ―preguntó Edward finalmente a Carlisle, quien sonrió con tirantez mirando a quien quería como a su propio hijo.

El abogado vestía un chaleco negro sin mangas sobre una camisa blanca y un pantalón negro de lana, atuendo que con habitualidad usaba para trabajar, pese a que ese día se lo había tomado libre precisamente para pasar tiempo tanto con Jane como con Edward y lamentaba no poder tener mejor ánimo para hacerlo.

―Se hace lo que se puede ―respondió Carlisle alzándose de hombros como quitándole importancia, cosa que no le resultó ―A veces las cosas no resultan como uno quiere.

― ¿A qué te refieres?

Carlisle sonrió con tristeza y suspiró bajando el rostro, como si se le hiciera complicado decir en voz alta lo que le ocurría. Finalmente lo hizo y se sinceró con su hijo.

―Mi… mi matrimonio ya no es el paraíso que creí construir al principio. Esme y yo estamos discutiendo continuamente por nimiedades ―sonrió con tristeza, mirando sus dedos que jugueteaban con el borde del vaso que sostenía entre las manos ―estoy durmiendo en el cuarto de invitados.

Edward arrugó el entrecejo, preguntándose cuantas otras cosas habían salido de su atención mientras vivía todo aquel proceso con Rosalie. Nunca se imaginó que las cosas entre Carlisle y Esme estuvieran torciéndose de ese modo, preguntándose él en primera instancia si no se trataba de Esme la que había provocado ese quiebre con alguna de sus cosas raras, aunque Edward rogaba que jamás Carlisle tuviera que enterarse del pasado de su esposa.

―Tratamos de llevar una vida lo más normal posible por Jane, pero… honestamente no sé hasta cuándo vamos a poder sostener esto ―continuó explicándose Carlisle.

― ¿Hablas de divorcio? ¿Tan grave es?

―No sé si grave, pero… ―volvió a suspirar, reacomodándose de costado hacia Edward para seguir hablando ―ya no sentimos lo mismo. No pierdo las esperanzas de que venga un segundo aire o algo por el estilo que "reviva la llama". Soy de quienes piensa que no puedes seguir junto a alguien a quien ya no amas, creo que es más cruel sostener la mentira que cortar de una vez.

―Sé de lo que hablas…

Carlisle dejó de lado sus preocupaciones y se concentró en su hijo y en aquel tan extraño comentario.

― ¿Por qué lo dices?

Inspiró profundo y se tomó un poco de tiempo para meditar qué responderle a Carlisle, mientras dejaba el vaso vacío sobre la mesita auxiliar a un costado. Si hablaba con él sobre lo que estaba sintiendo, sobre lo que le estaba pasando, seguro que lo entendería y no lo juzgaría. Ahora más que nunca necesitaba apoyo cuando sabía estaba comportándose de forma poco honesta manteniendo una relación a escondidas con Isabella.

―Yo… ―entrelazó sus manos sujetando sus brazos sobre las rodillas, con tu vista fija en la alfombra persa del despacho. Carraspeó y se removió nervioso, no sabía cómo comenzar. ―Yo…

―Hijo, solo di lo que tengas que decir. Puedes confiar en mí.

Edward miró a Carlisle, inspiró aire y lo dijo: ―Estoy enamorado de otra mujer.

Lo soltó de una vez, sin buscar otras explicaciones que lo complicaran todo aún más. Y probablemente lo soltó muy rápido pues el rostro concentrado de Carlisle ahora era de pura consternación. Pestañeó rápido y afirmó la espada en el respaldo del sofá mirando a Edward aun sin poder creer lo que acababa de oír de su boca.

―Dios mío, Edward… ―murmuró aun sin poder creérselo. ―Nunca has sido un hombre muy efusivo como otros jóvenes que he visto, pero pensé que eso era algo normal con tu temperamento. Rosalie y tú se ven una pareja muy complementada. No pensé que tú…

―Sucedió durante el tiempo que ella ha estado en el hospital… ―dijo algo avergonzado. Carlisle abrió más los ojos, si es que eso era posible.

― ¡¿Cómo dices?!

―Sucedió rápido y… completamente determinante. No pude evitar sentir… incluso a mi me tomó desprevenido… Fue…―intentaba buscar las palabras que lo explicaran y solo dio con una: ―fulminante.

Carlisle soltó el aire despacio y miró la ilusión contenida en Edward, que seguro no podía disfrutar de ese amor que parecía ser tan determinante para él. ¿Cuál debía ser su postura?

― ¿Habías estado teniendo problemas con Rose? Me refiero a antes… ¿por qué te fuiste a enamorar de otra cuando amabas a tu mujer…?

―Nunca estuve enamorado de Rose ―respondió tajante, otra vez sorprendiendo a su padre que pestañeó rápido ―La quería y la quiero claro, pero lo que siento por ella no es ni por asomo comparable a lo que siento por Isabella…

― ¿Isabella? ―preguntó, repitiéndose el nombre en su cabeza, que le parecía haberlo escuchado antes, no sabe bien dónde ― ¿La conozco?

―Se puede decir que sí ―relajó su postura, echándose hacia atrás y cruzando su tobillo para afirmarlo sobre el muslo de la pierna contraria. ―Llevaste a Jane con una enfermera una vez que se calló en la entrada del hospital…

― ¿Esa enfermera?

―Sí.

―Dios, Edward… ―suspiró, pasando su mano por su rubia cabellera ―Y dime una cosa, ¿ella… ella siente lo mismo?

―Sí… ―asintió sonriendo, sin poder evitarlo ―ella me ama y está dispuesta a esperar que yo resuelva mi situación. Si no tuviera esa esperanza la verdad es que no estaría tan decidido a seguir adelante, seguiría conformándome con la vida que llevo.

La resolución en el rostro y en las palabras de Edward era clara. No valía la pena que el abogado insistiera en tratar de ver alguna forma de salvar su matrimonio antes que este se derrumbara cuando su hijo no pudiera seguir adelante. ¿Iba a permitir que Edward fuera infeliz en un matrimonio que ya no significaba para él? Iba a romperle el corazón a Rose, que sabía adoraba a Edward, fuera de todos los que se le irían encima cuando decidiera no seguir. Era sin duda una situación compleja.

―Hijo, lo único que te pido es que hagas bien las cosas, que seas prudente y que recuerdes el estado en el que se encuentra tu esposa.

―Estoy tratando todo lo que puedo, pero la decisión la tengo tomada: cuando esté del todo recuperada, hablaré con ella y le diré la verdad. Finalmente puedo decir que estoy enamorado y no creo ser capaz de esconder este sentimiento por mucho más tiempo… ya ahora mismo me resulta complicado.

Por supuesto, ahora Carlisle podía ver cierta luz que destellaba en los ojos claros de Edward y que nunca antes había visto brillar, al menos no de esa manera. Por tanto no podía negarlo, estaba enamorado. De cualquier forma, no dejó de aconsejarlo:

―Bien... te he visto seguir adelante junto a Rose en su proceso de recuperación y me parece que has actuado con tino, solo te pido que sigas haciéndolo hasta que tu esposa esté cien por ciento recuperada, de lo contrario podría ser contraproducente para su salud.

―Lo sé y me cuesta trabajo seguir dándole falsas esperanzas, sobre todo ahora que su carácter es tan dependiente y demandante, además de que se irrita con facilidad ―pasó la manos por su cabello, recordando el altercado en el cuarto de su esposa ―Precisamente hoy salí después de tener una discusión con ella, y para colmo Emmett apareció e intervino…

―Ponte en su lugar, no debe ser fácil para ella… ―abogó Carlisle por Rose, poniendo una mano en el hombro de su hijo. Él asintió y miró a su padre con un dejo de culpa en la mirada.

―Sé eso, por lo mismo preferí salir antes de salirme de mis casillas y decir algo de lo que después pudiera arrepentirme. Ya cuando regrese hablaré con ella y le pediré disculpas si es necesario.

―Sí, es lo mejor.

―Por cierto, te pido discreción con este asunto. No lo comentes con nadie, por favor, mucho menos con Esme. Y en lo posible, si te topas con Isabella, por favor, no la mires de forma extraña, en la que ella se pueda sentir mal…

―Ni que lo digas.

Entonces, como torbellino en su punto culminante, entró la pequeña Jane aun ataviada con su delantal y su sombrero de chef, corriendo para avisar que la mesa estaba servida y que era hora de pasar a acomodarse. Jaloneó a su hermano agarrándole la mano y lo obligó a correr a su ritmo hasta llegar al comedor principal donde Esme ya estaba esperándolos.

Era una mesa de vidrio oscuro ovalada de seis puestos, dispuesta para un almuerzo de lujo como los que solía Esme engalanar a los invitados, con vajilla fina y cubiertos de plata que ocupaba solo para ocasiones especiales.

Intentó relajarse después de sentarse donde su hermana pequeña le ordenó y esperó a que la mujer que siempre había trabajado en la cocina en esa casa pusiera el primer plato frente a él, mirándola el músico con agradecimiento.

―Su hermana fue la encargada de elegir las preparaciones, señor ―dijo la mujer de unos cuarenta años mientras seguía poniendo cada plato en su lugar. Edward miró a su hermana sentada junto a él, que se había negado a quitarse su traje de cocinera profesional.

― ¡Por supuesto que lo hizo! ―exclamó estirando una mano hacia ella para pellizcarle la mejilla ―Ahora dime, qué tienes pensado hacer para tu cumpleaños.

―Será una princesa ―dijeron Esme y Carlisle al unísono, pues la niña había sido un poco insistente con el tema, soltando todos una risa relajada a la vez que comenzaban a comer y hablar de temas triviales como ese, pasando Edward por alto las miradas que Esme le brindaba o por el contrario, la forma un tanto formal con la que ella se hablaba con Carlisle, que daba a entender por el mal momento que estaban pasando.

**oo**

La cafetería del hospital a esa hora estaba atestada en su mayoría por trabajadores que se disponía a aprovechar su hora de colación no solo para comer, sino también para conversar y distraerse un poco de la vorágine que significaba trabajar en un recinto hospitalario como ese. Así lo entendía el padre Marcus, que había llegado allí para almorzar con su sobrina una exquisita lasaña que su hermana Renée preparó y que él fue el encargado de llevar.

Cuando la vio aparecer, él ya tenía los platos aun calientes sobre la mesa, listos para ser devorados, lazando Isabella una exclamación alegre cuando inhaló el aroma de la deliciosa comida, antes de abrazar a su tío y sentarse frente a él para sin más preámbulos comerse su trozo de lasaña boloñesa.

Después de un rato que estuvieron comentando una y otra cosa, Marcus dejó los cubiertos y se concentró en ver el rostro iluminado de su sobrina.

―Se te ve muy contenta, ¿eh?

Isabella asintió, llevándose un trozo de la lasaña que su madre había enviado para ella y su tío. El rápido encuentro que tuvo con Edward hacía ya unas horas atrás la había dejado con el ánimo en las nubes, pese a todo, y simplemente no podía esconderlo.

―Me siento bien ―respondió, alzándose de hombros.

El padre Marcus asintió despacio, estrechando sus ojos hacia su sobrina mientras metía una porción de lasaña a su boca y masticaba lento, viendo aquel resplandor que él ya había visto antes en otras mujeres enamoradas.

― ¿Puedo preguntar si cierto músico tiene que ver con tu… resplandecencia?

Isabella mordió su labio inferior y miró su plato. Las veces que ambos habían tocado el tema de Edward, ella y su tío habían terminado discutiendo muy fuerte, a excepción de la última vez donde ella lloró en sus brazos antes de irse a Galvarino por unos días, prometiéndole que se haría a un lado más no prometiendo que lo olvidaría pues eso era imposible. Ciertamente no pudo mantener su promesa en pie, muy por el contrario, su relación con el músico que había afiatado sintiéndose irremediablemente atada a él en cuerpo y alma. Pero había prometido no develar esa relación salvo con Alice y Jasper que eran sus cómplices, pero fuera de ellos nadie más podía saberlo. Pero tampoco le mentiría descaradamente a su tío, así que solo le diría parte de la verdad.

―Uhm… se pude decir que sí…

―Ay, Isabella… ―murmuró el cura con preocupación.

―Lo esperaré y la esperanza de que estaré en un futuro cercano con él me tiene tranquila y feliz―explicó con rapidez antes el rostro preocupado de su tío. ―Estoy ilusionada, aunque eso me haga ver igual a la ilusa promedio que está en esta situación, pero no es lo mismo. Nos amamos…

―Hija, pueden pasar un montón de cosas entre medio. Él puede dar marcha atrás, tú puedes conocer a alguien más

―No habrá nadie más para mí, lo sé… ―carraspeó, tomando un poco de jugo de frambuesa ―y no me alegra saber que se romperá su matrimonio en parte por mi culpa, pero él no es feliz con ella, nunca la ha amado, ¿crees que alguien puede seguir junto a una persona a quien no ama? Eso no lo hará feliz.

―Mi buen Dios, ilumíname ―murmuró mirando al cielo y luego a su sobrina. ―No estoy a favor de los matrimonios que no se fundamenten a base de amor, pero tampoco lo estoy de las relaciones extramatrimoniales, se den por el hecho se sea. Estoy preocupada por ti y por lo que pueda pasar contigo si tú y él no logran contenerse, ¿comprendes lo que te digo, verdad?

―Lo esperaré ―volvió a anunciar simplemente, sin dar a entender que ella y Edward estaban envueltos en esa clase de relación clandestina.

—Ten cuidado… y para que lo sepas, me pones en un aprieto respecto a esto, pero me mantendré al margen porque sé que harás las cosas bien ―dijo dándole un voto de confianza a su sobrina, con tono serio, a lo que ella retribuyó con una débil sonrisa, pues le dolía hacer creer a su tío que estaba haciendo las cosas bien, cuando en realidad no era así.

―Gracias tío.

―Y por cierto, si por culpa de él andas llorando o te pasa algo, me olvidaré de mi condición de cura y le daré un buen escarmiento… practiqué box en mis tiempos de juventud y mis golpes de derecha siguen siendo certeros como entonces.

Ella ahora sonrió con diversión, imaginándose a su tío cura ataviado con su hábito sacerdotal y unos guantes de box.

―No será necesario… además, él ya conoce la parte más oscura de mi pasado y no salió corriendo. Si nos vamos a dar una oportunidad a futuro, él debía de conocer…

La diversión del rostro de Marcus desapareció de improviso cuando oyó aquel comentario de Isabella que él entendía perfectamente a qué se refería.

―Espera… espera un momento… ¿le contaste?

―Sí. Merecía saberlo. Es que Ángela reapareció…

― ¿Ángela? ―preguntó confundido.

―La hija de Aro Vulturi ―susurró aquello y el estómago le ardió cuando dijo el nombre del protagonista de sus pesadillas. Marcus entonces soltó el tenedor y se sujetó la cabeza con la preocupación burbujeándole en el pecho. De pronto en exquisito plato que su hermana había preparado para Isabella y para él ya no sabía tan bien.

― ¡Ay Dios! ¿Reapareció, dices? ¿Aquí? ¿Ese tipo está molestándote otra vez?

―No, no… ―negó ella y se apresuró a explicarle la situación ―Solo regresó ella y me llevé una fea impresión de verla aquí.

―Mi buen Jesús, si ese tipo vuelve a molestarte, no sé lo que soy capaz de hacer, pero no me quedaré de brazos cruzados como la vez anterior.

―Espero se haya olvidado de mí. Pienso que podría haber aparecido antes, y si no lo ha hecho es por algo… Además, ya no soy la misma chiquilla que entonces, sabré defenderme.

―Isabella, lo digo en serio, no tomaré asiento y me quedaré como espectador pasivo sin hacer nada si ese hombre regresa. Voy a recurrir a la justicia si es necesario y no lo dejaré pasar aunque me lo ruegues, ¿entendido?

Ella simplemente asintió y dejó su tenedor sobre el plato casi vacío. Entendía la preocupación de su tío, pero intentaría por todos los medios sacar a flote esa parte de su pasado que tanta vergüenza le causaba. Estaba segura que si Aro reaparecía, contratacaría al verse amenazado de la forma en que su tío y que el mismo Edward habían concordado, acusándolo con la justicia. Él era un hombre poderoso cuyas amistades se movían dentro de círculos de poder, por lo que una amenaza judicial probablemente sería fácil de esquivar, pero cobraría venganza y ella tendría que idear un plan si él aparecía con la intención de volver a buscarla. Esperaba con todo su corazón que fueran simples conjeturas y que Aro simplemente se hubiera olvidado de ella… aunque algo dentro de su pecho le decía que eso era algo improbable, que él tarde o temprano regresaría por lo que creía era suyo.

Isabella regresó a su trabajo con el estómago lleno y el sabor del delicioso almuerzo aun en los labios. Afirmando su espalda dentro de muro del ascensor, pulsó el número de su piso y cerró los ojos hasta que este llegara a su destino. De camino el elevador hizo una parada para que ingresara un ocupante más al espacio, el que sonrió cuando vio a la enfermera con sus ojos cerrados y con aquella leve sonrisa en sus labios. ¿Sonreiría por el hombre que la besaba en el último piso, en medio de una sala vacía en reparaciones?

Aquel sector que estaba reacondicionándose sería el lugar de recuperación de los pacientes trasplantados de corazón, área que él con mucho orgullo dirigiría. A primer ahora de esa mañana habían tenido una reunión y en compañía de otros médicos y administrativos, recorrieron el ala del piso para revisar los avances. Ahí por dejación dejó su teléfono, el que subió a buscar un par de horas después que fue el momento que vio aquella escena, donde una pareja de amantes se besaba intensamente con él envolviendo el cuerpo menudo de la muchacha contra una pared, muchacha que para sorpresa del cardiólogo se trataba de su amiga Isabella.

Lo sorprendió esa imagen, no pudo negarlo, y sin poder evitarlo se preguntó quién era ese hombre, ¿acaso el mismo que hacía unas semanas la traía con aire cabizbajo? ¿Sería ese hombre el amor casi imposible del que ella le habló? ¿Sería por eso que estaban allí escondiéndose?

― ¡Despierte, enfermera! ―exclamó en tono enérgico, sobresaltando a la chica que ahogó un grito a la vez que llevaba una mano a su pecho, mientras el ladino doctor se reía por su bromita.

― ¡¿Usted está loco o quiere matarme de un susto?!

―Lo siento, no pude evitarlo. Además, lo hice por ayudarte o te pasarías de largo al último piso… aunque no me parecería nada raro verte ir allí de forma habitual.

Ella se quedó pensando en las palabras del doctor, que las decía con tinte alegre incluso en broma, pero presintiendo ella que algo más había detrás de sus palabras. Mordió el carrillo de su labio y volvió a sobresaltarse cuando el sonido del timbre avisó que ya había llegado a destino.

―Hablamos esta tarde, ¿está bien? ―dijo el cardiólogo saliendo primero del elevador, no sin antes darle un guiño a la enfermera que no podía esconder su preocupación. Entonces el doctor suspiró y se recostó sobre las puertas abiertas del ascensor, impidiendo que estas se cerraran. ―Cualquier otra persona podría haberlos visto a ti y a tu amigo en el piso de arriba. Ten más cuidado para la próxima vez, ¿sí?

Isabella abrió los ojos al verse descubierta, no pudiendo decir ni explicar nada pues el doctor ya había desaparecido.

"Ay, Dios… lo que nos faltaba" pensó con desazón, pasándose la mano fría por la frente antes de salir de allí y volver a su trabajo.

**oo**

― ¡¿Qué tú qué cosa hiciste?! ¡¿Estás loco?! ―gritó el interlocutor al otro lado del teléfono. Edward se hizo a un lado el auricular del oído y rodo los ojos por la sobrerreacción de su amigo Jasper, que parece no estuvo de acuerdo con que Edward hablara con Carlisle sobre Isabella.

―Cálmate Jasper, no pasa nada…

―Yo trato de cuidarte la espalda y tú andas gritándole a los cuatro vientos tu amor por Isabella… ―interrumpió Jasper, alterado. Edward inspiró profundo y continuó hablando con calma.

―Se trata de Carlisle, no de un extraño, puedo confiar en él. La conversación salió sin darme cuenta. Además me prometió discreción…

― ¡A la primera que se lo dirá es a Esme, que por cierto ya sospecha algo raro entre Isabella y tú! ―gritó Jasper, debiendo el músico alejar el aparato de su oído otra vez. ― ¿Tú crees que la bruja se tragó el cuento que tu chica estaba en tu apartamento hablando de mi Alice? ¡Joder, Edward!

―Por vida de Dios, Jasper, ¿puedes calmarte? ―insistió el músico, masajeándose la sien con los dedos mientras miraba hacia la iglesia, al otro lado del parabrisas ―Te digo que Carlisle no le dirá nada a Esme porque se lo pedí y confío en él, además las cosas entre ellos no andan del todo bien. Parece que van a divorciarse…

― ¿A caso supo algo del pasado sucio de la bruja?

―No, y espero nunca lo sepa. Simplemente las cosas no se están dando bien entre ellos, no quise ahondar en detalles.

¿Entonces pensaste que ya que el hombre está pasando por lo mismo, podría entenderlo?

―Pude ser… y lo hizo.

Ese hombre es un santo. ¿Y hablaste con Rose? Digo, después del altercado de esta mañana.

―Llamé a Antonieta y me dijo que estaba tranquila, aunque sus estados de ánimo son variables ―dijo, pasando la mano distraídamente por el volante ―Al menos no estaba sola, Tania había llegado y Emmett que estuvo con ella después que yo me fuera.

― ¿Irás ahora con ella?

―No. Tengo asuntos en la sinfónica y en la universidad, pero antes voy a ir a… otro lado.

¿Puedo saber dónde, maestro?

―Uhm… estoy esperando que llegue el padre Marcus. Necesito hablar con él y…

― ¿Estás esperando a un cura? ¿Qué…? ―Jasper se quedó en silencio un instante, procesando la información, hasta que cayó en cuenta de qué cura estaba hablando Edward. Entonces volvió a estallar ― ¡Espera un momento, no me digas que se trata del tío cura de Isa!

―El mismo.

― ¡Joder Edward, en qué quedamos! ¿Vas a confesarte con él?

―Él sabe lo que siento por su sobrina. Además me urge hablar de otra cosa con él.

¿De qué? ¿A caso te enrolarás en el monasterio, después que ese hombre te castre por ponerle las manos encima a su sobrina?

―Escúchame, Picasso, sigue haciendo dibujitos y yo más tarde te llamo. Y por favor no te preocupes.

Vete a la mierda, Edward.

Edward colgó y rodó los ojos por la repentina preocupación de su amigo. No podía negar lo agradecido que estaba de él y lo valiosa que ahora más que nunca significaba para él su amistad, aunque a veces lo sacara de sus casillas. Metió el teléfono dentro de su abrigo y se dispuso a salir del auto cuando finalmente vio llegar al cura a la iglesia.

Había entrado hacía quince minutos atrás y al encontrar el interior de la iglesia vacía, atravesó esta por el pasillo hacia el altar y golpeó en una puerta escondida lateral por la que salió una mujer con una escoba en la mano.

― ¿Viene a confesarse? ―le preguntó la menuda y regordeta señora, mirando al músico de pies a cabeza, mientras sujetaba sus anteojos.

Edward sonrió tensó y cruzó sus manos a la altura del estómago mientras la dama lo observaba sin disimulo. Carraspeó dos veces antes de hablar.

―No, no… yo solo necesito hablar con el cura…

―Con el padrecito Marcus, querrá decir ―rectificó la mujer levantando su cabeza con disgusto. Edward asintió con la cabeza.

―El mismo.

― ¿Y qué quiere hablar con él? ―preguntó la dama, cruzándose de brazos. Edward metió las manos en los bolsillos de su abrigo y enderezó su espalda, mirando a la mujer muy seriamente, pese a que por dentro la situación esa, con la chismosa señora le parecía más bien graciosa.

―Es un asunto privado.

―Me lo temía ―suspiró ella, haciendo a un lado al músico para ir a barrer el pasillo de la iglesia. Edward le siguió los pasos a la espera de una respuesta. ―No ha regresado de su almuerzo con Isabella. Isabella es la…

―La sobrina del padre, lo sé. ―Se apresuró en responder sin poder evitarlo. La mujer volvió a mirarlo de pies a cabeza y se alzó de hombros, caminando hacia el centro del presbiterio, revisando las flores de los jarrones distraídamente, mientras Edward le seguía los pasos ― ¿Me puede decir por favor si sabe usted a qué hora regresará?

―No lo sé. Pero si gusta puede esperarlo aquí mientras reza.

Lo último que Edward rezó fue el "Ángel de la guarda" que su abuelo le enseñó y que recitaba justo antes de dormirse, esto hace más de veinticinco años, por lo que declinó del ofrecimiento de la señora.

―Se lo agradezco, pero mientras llega iré a hacer unas llamadas ―hizo un gesto con la cabeza dio media vuelta y apuró el paso para salir de ahí.

Desde atrás oyó la voz de la mujer que le preguntaba por su nombre, haciéndose Edward el sordo. Volvió a su coche e hizo llamadas, primero a Antonieta su suegra, luego a Tania y por ultimo a Jasper, con quien acababa de hablar. Ahora debía hablar un asunto importante con el padre que tenía que ver única y exclusivamente con la seguridad de Isabella.

Cuando entró por la puerta doble de madera por segunda vez durante esa tarde, el padre hablaba precisamente con la mujer que apenas verlo lo apuntó con el dedo. El padre Marcus se giró y vio al músico, lanzando un suspiro de resignación. Enseguida tocó el hombro de la dama y le dijo algo en voz baja a la mujer acercándose a continuación a Edward, con la solícita mujer pisándole los talones.

―Edward ―dijo el padre, extendiendo la mano hacia él. El músico devolvió el saludo y mientras lo hacía, abordó el tema rápidamente, no tenía mucho tiempo.

―Me gustaría hablar algo con usted, en privado.

El cura miró de reojo y vio a la servicial mujer muy concentrada en el diálogo entre el músico y él. Volvió a suspirar, hundiendo sus hombros.

―Hermana, puede seguir con su trabajo. El caballero y yo estaremos en mi oficina. Si alguien me necesita que me espera, a no ser de un asunto de vida o muerte.

―Clarito como el agua, padrecito ―obedeció ella, tomando una mano del cura para besarle el dorso. El padre Marcus la retiró rápidamente y le hizo un gesto al músico para que lo siguiera.

―Pensé que este era un lugar confiable ―comentó Edward, siguiendo al cura hacia el frontis para ingresas por una pequeña puerta lateral.

―Lo es cuando la hermana Flor no anda cerca…

Entraron al pequeño despacho del cura, repleto de imágenes sagradas que a Edward le pareció estaban observándolo con ojos escrutadores. Quiso reírse ante ese pensamiento tan ridículo pero guardó silencio, sentándose en una estrecha silla de madera frente a un escritorio pequeño del mismo material, llamando la atención del músico una fotografía de Isabella abrazada a una mujer que supuso él era su madre.

Desvió su vista del retrato cuando el cura carraspeó sentado ya frente a él con sus brazos cruzados sobre el escritorio.

―Acabo de almorzar con mi sobrina.

―Me alegra ―respondió Edward muy tranquilo, desabrochándose su abrigo y reacomodándose en la silla.

―Y me contó… que usted y ella, han estado hablando.

"Hablando" pensó Edward, pensando que eso era una alegoría de lo que en verdad habían estado haciendo. Pero el padre Marcus no tenía por qué saberlo, al menos en eso habían quedado Isabella y él.

―Sí. Le dije que no me iba a dar por vencido con respecto a ella y me tranquilizó saber que ella esperaría a que tuviera todo resuelto.

—Está usted hablando con mucha seguridad, si me permite decírselo. ¿Realmente cree que su esposa va a tomarse bien que usted quiera terminar con el matrimonio? Según supe por esa vez que la visité, su mujer lo ama y ambos llevaban una buena vida juntos.

―Una buena vida... ―asintió Edward pensativo ―Padre, lo que siento por Isabella no es algo que vaya a olvidar de la noche a la mañana, ni siquiera si me lo propusiera. La amo y quiero que mi vida sea una vida feliz, donde pueda decir con toda seguridad que amo a la mujer que tengo al lado. Le expliqué mi situación con Rose, le expliqué cuáles eran mis sentimientos por ella que no se pueden comparar a lo que siento por su sobrina.

―Lo sé, lo recuerdo ―dijo, rememorando la anterior conversación que ambos tuvieron, sentados en una de las bancas de la iglesia. ―Y yo no sé si recuerda lo que le dije entonces, sobre no querer que le hagan daño a Isabella.

―No voy a permitir que nadie le haga daño. Eso mismo me ha hecho hoy venir hasta aquí.

―Usted dirá.

―Isabella me habló de Aro Vulturi.

A pesar de que el tema no le tomaba desprevenido, Marcus hizo una mueca de dolor y se levantó de su silla, comenzando a caminar de un lado hacia otro. Edward entendió la preocupación que se dejaba ver del el hombre, pues él había sido testigo de lo que Isabella había tenido que vivir con ese tipo.

Edward no se quiso quedar sentado y se levantó también interponiéndose frente al cura, que levantó los ojos que había mantenido fijos en el suelo.

―Quiero que sepa que si ese tipo vuelve a aparecer, como ella tanto teme que lo haga, no me voy a quedar de brazos cruzados. De ser preciso voy a recurrir a la justicia si insiste en extorsionarla.

Lentamente el padre Marcus levantó su cabeza y sonrió con tristeza.

―Fue lo que le dije también, pero ella está reticente a eso. Dice que sería como provocarlo. Además, yo no sé si usted sabe, pero él es un tipo con contactos, muy poderoso.

―Bueno, seguramente no querrá verse envuelto en un escándalo como el que voy a hacer si se atreve acercársele otra vez.

―No queremos escándalos ―repuso el cura con un gesto de dolor, poniendo la mano sobre su pecho ― Si mi hermana sabe lo que pasó… se moriría. Sabrá que por el bien de mi hermana, tuvimos que mantener oculto de ella todo lo sucedido, aunque ella se percató de que su hija no estaba bien. Mi hermana podrá ser ciega pero le aseguro que tiene los demás sentidos muy bien desarrollados.

―Lo entiendo y estoy al tanto.

―Además, Isabella piensa que nos estamos precipitando, quizás él ni siquiera vuelva…

Honestamente, Edward deseaba no llegar a conocer nunca al tipo que le desdichó a Isabella una parte de su vida y que ahora estaba amenazándola indirectamente. También deseaba pensar que ponerse a la defensiva era una exageración después de tantos años, pero él sabía que era mejor tener claridad de todos los escenarios y ponerse en el peor de ellos

―Pues yo prefiero ponerme en todos los casos y el peor de ellos sería que regresara a molestarla, y eso no lo voy a permitir.

―Usted no puede verse involucrado con algo como eso, mucho menos en la situación…

―Por mí no se preocupe. Solo le pido que cualquier cosa extraña que vea, me lo haga saber. Yo estaré pendiente de cualquier forma y espero, como usted e Isabella, que la aparición de la hija de ese tipo no sea sino una falsa alarma.

Marcus asintió mirando a Edward con su genuina preocupación por su sobrina, cuestión que tuvo que agradecerle.

―Pese a todo esto… a no estar de acuerdo con la relación que mi sobrina y usted sostienen, porque entérese que no soy tonto ―Edward arrugó el entrecejo y bajó la cabeza. Al parecer no habían podido esconder su relación frente al cura ―Pero como le decía, le agradezco que defienda tan fieramente a Isabella, pese a que su integridad se vea amenazada.

―La amo y voy a defenderla tanto como me sea posible hacerlo.

―Gracias, muchas gracias Edward.

**oo**

Isabella casi se atragantó cuando recibió un mensaje de Edward, diciéndole que le había dado una visita a su tío Marcus. Cuando ella le preguntó primero si estaba loco y segundo sobre lo que habían hablado, Edward dijo que las respuestas se las iba a dar cuando se reunieran y pasaran un rato juntos, pero que le podía adelantar que sí estaba loco, pero por ella. Isabella bloqueó el teléfono con una sonrisa en la cara, sonrisa que se esfumó cuando vio que el doctor Ananías la miraba con aquellos ojos color avellana, tan intensos y en ese momento, escrutadores.

Al terminar su turno, él le había llamado diciéndole que estaba saliendo de su consulta rumbo al estacionamiento, que la esperaba allí para ir a la cafetería. Isabella se apresuró en cambiarse el uniforme y encontrarse con su amigo en el lugar acordado para salir rumbo al lugar que volverían a visitar, aquel café tan acogedor, propiedad de una familia amiga del doctor Ananías.

Durante el trayecto, él habló con entusiasmo de su última intervención que se había tratado de un trasplante de corazón a un niño que encabezaba la lista de prioridad. Ella poco a poco se fue entusiasmando con el tema cuando se vio haciéndole una pregunta tras otra, incluso pensando en tomar los cursos de capacitación para trabajar en el área que dirigía Eleazar. Así se olvidó del encuentro que ella tuvo con el doctor en el elevador donde él le dio a entender que la había visto en el piso que estaban remodelando, mientras estaba con Edward, hasta que lo vio observarla después que leyera el mensaje de Edward, que la dejó sonriendo pese a todo.

― ¿Puedo intuir que el amor que hace unas semanas era algo complicado para ti, ahora ya no lo es tanto?

―Ejem… hemos aclarado las cosas.

― ¿Y puedo saber por qué se escondían? ―preguntó como si nada, afirmando los brazos sobre la mesa, notándosele los musculosos brazos bajo el suéter de lana negro que se pegaba a su atlético y bien trabajado cuerpo ― ¿Por qué estabas en horario de trabajo?

―Por eso y…

―Y porque se trata de un hombre casado. ―puntualizó, sin modificar el tono tranquilo de su voz. Isabella abrió los ojos como dos huevos fritos y comenzó a sudar helado. Ya su tío la había descubierto, Esme sospechaba, y ahora Eleazar. De pronto sintió la boca seca y se tomó de una vez el resto del delicioso café Premium con aroma a caramelo y frutos rojos que la mismísima dueña del local les había recomendado. En tanto el doctor Ananías siguió hablando: ―Debo reconocer que el rostro del hombre me resultó familiar pese a que no lo pude ver con precisión, hasta que finalmente recordé que se trataba del esposo de una de las pacientes que se hallaba en coma hasta hace dos semanas o algo así y que despertó, ¿no es así?

―Por favor… no sigas…

―Isabella, cálmate. ¿Qué crees, que voy a juzgarte? ¡Dios, no haré eso! Ni siquiera aunque se tratara de una relación pasajera, que no creo que sea así. ―extendió los brazos sobre la mesa cuadrada y sujetó las temblorosas manos de la enfermera ―Solo voy a reafirmar lo que te dije entonces, aunque vaya en contra de lo que es políticamente correcto: si se aman deben luchar por lo vuestro, se interponga quien se interponga. No dejes que su situación te retenga, no cuando él te ame realmente. Defiende el amor y no lo dejes escapar o vas a ser infeliz el resto de tu vida.

―Es… es lo que estamos tratando de hacer. Solo que como entenderás las cosas ahora son complicadas: fuera de estar casado, su mujer está hospitalizada y su proceso de recuperación puede ser largo, no pensando solo en el aspecto físico… es lo que más me atormenta, pero después recuerdo cómo me mira cuando me dice que me ama o como me lo hace saber mientras me besa, y mi pecho se llena de esperanzas.

Dijo aquello con tal anhelo que sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras de fondo sonaba Eric Clapton con una de sus canciones en acústico que hablaba de "ir corriendo tras la fe… cuando el amor caiga sobre ti", y mientras el doctor la contemplaba con su cabeza torcida, sobrecogido con el amor que fluía de la chica, preguntándose él cuándo es que llegaría su turno de amar y ser amado de esa manera.

―Ya sabes lo de la repetitiva pero muy cierta frase: "la esperanza es lo último que se pierde". Lo único que voy a pedirte es que tengas cuidado, cualquier otra persona podría haber estado en mi lugar y te podría haber visto, ¿lo entiendes, verdad?

―Lo sé…

―Ahora, si necesitan un lugar privado y lejos de ojos curiosos para encontrarse en el hospital, pues mi consulta está a vuestra disposición ―le guiñó el ojo con diversión y el rostro de la chica se puso rojo como un tomate. No pudo él evitar carcajearse y relajar un poco el ambiente que se cernió sobre Isabella, la que finalmente sonrió. ―Pero fuera de broma, cuentas conmigo para cualquier cosa, ¿está bien?

―Gracias, muchas gracias.

―Y traten de que la clandestinidad no se extienda en el tiempo. A veces a los hombres nos gusta este juego de andarnos escondiendo, así que si sale con alargar la situación, ponte en guardia…

―Lo que más quiere Edward es dejar de escondernos. En realidad es lo que más queremos los dos, disfrutar de nuestro amor libremente.

―Estoy seguro que vendrá ese momento para ustedes.

―Gracias por no juzgarme.

―Para eso estamos los amigos, Isabella.

La enfermera se quedó más tranquila con contar con la amistad de ese hombre, a quien al principio prejuzgó de mala manera, y en el cual después encontró alguien confiable de buenos sentimientos.

Suspiró y se relajó, sonriendo cuando Eleazar alzó su mano a una de las mesaras, para pedir una segunda ronda de cafés y dos trozos más de pastel de arándanos, mientras retomaban el tema de los trasplantes y los corazones artificiales.