Gracias, gracias, mil gracias por leer y por comentar a quienes lo hacen.

Va con mucho cariño para ustedes.

Y va mi agradecimiento especial a mi Cuchu Maritza por su ayuda invaluable para mi.

Ahora si. Que lo disfruten!


Capítulo 14

Esmerald en un principio se había negado a la tentación de ceder a las provocaciones de James, pero las sensaciones al contacto con un cuerpo más joven y enérgico, la hicieron claudicar y rendirse ante sus contantes incitaciones. Desde siempre le gustó tomar el control, el poder que con su experiencia ejercía sobre los jovencitos y la satisfacción de enseñarles y llevarlos por los parajes del placer que ella tanto disfrutaba, como aquel entonces lo hizo con James.

Siempre disfrutó de la sexualidad y de atravesar los límites de lo que se creía correcto en cuanto al lívido, pero desde que había conocido a Carlisle, esas cosas fueron quedando atrás para dedicarse única y exclusivamente a él, quien era un marido envidiable y enérgico amante sorprendiéndola incluso a ella, hasta que hace un tiempo se dio cuenta que los sentimientos de amor que creyó sentir en un principio no eran los mismo en ese momento. La relación se enfrió, las discusiones eran pan de cada día que ni siquiera en la cama lograban resolver, hasta que un día se sentaron a la mesa y coincidieron en que las cosas no podía seguir así, concluyendo ambos que la separación era algo inminente y que lo harían en los mejores términos por el bien de Jane, por quien había cambiado su forma de vida, y a quien Esmerald amaba como si se tratara de la hija de sus entrañas.

Entonces ahí estaba, desnuda sobre la cama, mientras James le brindaba toda clase de atenciones con sus manos, con su lengua, con su sexo, sin ella poder dedicarse un cien por ciento a disfrutarlas, pues había una preocupación que ocupaba su cabeza: Edward.

Mientras miraba la lámpara colgante de aquel cuarto de hotel y mientras sentía la boca de James morder y besar la parte interna de los muslos, pensaba en la enfermera que salió del apartamento de Edward y en la excusa que él le dio. Para ella hubiese sido una excusa viable si no hubiese sido testigo de al menos dos encuentros previos entre la chica y su Edward, la forma tan misteriosa en la que se hablaban, la postura de sus cuerpos y la forma de mirarse, asegurando ella que entre ambos había algo más.

Gimió involuntariamente y curvó su espalda cuando sintió la lengua de James hundirse en el recoveco de su intimidad, haciendo polvo por un instante su preocupación y centrándose en lo bien que ese joven la hacía sentir.

―Quién diría que fueras capaz de hacerme esto ―murmuró Esme, extendiendo su mano hasta encontrarse con la mata de pelo rubio de James, en el que hundió sus dedos y jaló fuertemente, oyéndolo gemir. ―Cuando te conocí eras un chiquillo de quince, ansioso por aprender.

James levantó su cabeza y la miró con ojos oscuros y una sonrisa traviesa ―Aprendí de la mejor maestra. Además arrebataste mi virginidad, eso lo marca a uno, ¿no crees?

―Seguro que sí… ―murmuró, lanzando un quejido cuando sintió los dientes de James morderle la parte más sensible de su cuerpo. Se incorporó y gateó hasta ponerse completamente sobre ella, con las piernas de la mujer a ambos lados de su cuerpo, ubicando su sexo justo en la entrada de la intimidad de Esme, donde se hundió sin más preámbulo. Ella se sujetó de los anchos hombros del músico y echó su cabeza hacía atrás, lanzando un suspiro profundo de placer. Él sonrió triunfante y comenzó a moverse lento, fijándose en las facciones del rostro perfecto de esa mujer de cuarenta y siete años, que para él era como una diosa a quien durante los años que estuvo lejos no hacía más que buscarla en sus otras amantes. Esa mujer lo había marcado de forma irrevocable, y no solo por las cicatrices de su cuerpo que dejó su paso por el lado oscuro del lívido cuando esa mujer era una verdadera dominatrix.

―Quiero pensar que tienes todos tus sentidos puestos en mí, y solo en mí ―acercó sus labios a los de ella y los jaló entre sus dientes antes de volver a hablar ―pero sé que no es así…

―Me encantan lo que me haces, James…

―Pero te gustaría más que Edward estuviera en mi lugar, ¿no es así?

Automáticamente Esmerald abrió sus ojos y vio los ojos curiosos de James, con una de sus cejas alzadas, seguro de haber dado en el clavo. Volvió a cerrarlos y formó una "O" con la boca cuando su amante hizo un movimiento rudo y profundo que la hizo tensarse por completo.

―No siempre se tiene lo que se desea…

―No quiero que te conformes conmigo ―rebatió molesto, abandonando el cuerpo de Esme, apartándose por completo. Ella suspiró y se lamió los labios, acomodándose de costado, mientras James se paseaba gloriosamente desnudo de un lado a otro por la habitación, peinándose hacia atrás su cabello rubio. ― ¡Maldita sea, no soy elemento de segunda para nadie!

―Claro que no…

― ¡Piensas en él cuando deberías estar pensando en mi, sobre todo cuando es mi verga la que está dentro de ti, maldita sea! ―rebatía con rabia, con sus manos sobre las caderas, mirándola de reojo.

―Eso no es cierto, James ―terció ella con voz serena y conciliadora, sentándose sobre la cama, sin preocuparse de cubrir su cuerpo. ―Nunca he tenido un amante como tú…

―Lo amantes somos platos de segunda. Seguro vas a llegar a tu casa y te vas a montar sobre la polla de tu estirado marido…

―No sabes lo que dices. Hace tiempo que con Carlisle no hago nada dentro de una cama que conlleve sexo, te lo dije.

―Puede ser, pero nunca has sido mujer de un solo hombre…

―Las cosas cambiaron para mí cuando lo conocí a él y cuando Jane llegó a mi vida…

― ¡Ja! ―exclamó, alzando las manos al cielo, mirando luego con rencor a la mujer sobre la cama ― ¡No me hagas reír!

― ¡Es suficiente, James! ―exclamó con autoridad, con voz ronca y potente que estremeció al mismo James y lo hizo retroceder varios años. Su estampa dominante se hacía presente y la forma innata en la que él reaccionó como lo hacía en el pasado. La vio levantarse de la cama y caminar con paso seguro y espalda recta hacia él, parándosele en frente con rostro serio y adusto, levantando una mano que fue a parar a su nuca, jalándole el cabello de allí. ―James, ahora mismo eres mi único amante. Si no quieres que la situación no sea así, deja de comportarte como un imbécil. Sabes que podría tener a cualquier otro hombre satisfaciéndome, pero no, estoy contigo, ¿lo entiendes? Pero no sigas poniendo en tela de juicio mi palabra, ni mis actos. Mi matrimonio y mi vida familiar es algo que no te incumbe en absoluto, por lo mismo te exijo te mantengas al margen.

―Me tienes en la palma de tu mano y abusas de mi nobleza, Esmerald…

Ella esbozó una lenta sonrisa y llevó una de sus manos al miembro semi erecto de James, apretándolo levemente. Él cerró los ojos y soltó un quejido, antes de volver a abrirlos y pegar su cuerpo al de la mujer que desde hacía tiempo le quitaba el sueño.

―Quiero seguir siendo el único para usted, ama… ―se inclinó y besó los ahora sonrientes labios de Esme, complacida cuando lo oyó llamarla de ese modo, como antaño ―Único en su cuerpo y en su cabeza, por eso me molesta saber que piensas en otro cuando estás conmigo.

―Estoy preocupada por Edward, es todo. Estoy segura que… hay alguien más ―murmuró cuando James estaba besando su cuello. Él suspiró y la abrazó por la cintura, estrechándola aún más a su cuerpo.

― ¿Una amante, eso es lo que quieres decirme?

―No lo sé… ―murmuró, abrazándose a él por los hombros. ― ¿Me ayudarás a averiguarlo? Ya lo habías prometido… eres su amigo…

James apartó la boca del cuello de Esme y la miró con una sonrisa ladeada, negando con la cabeza.

―Él no confiaría en mí con algo como eso. Jasper es su confidente…

―Pero puedes internarlo… quizás si te acercas a ella…

― ¿A ella? ―preguntó, haciéndose el desentendido, cuando él sabía perfectamente de quien hablaba Esme, la misma enfermera con quien vio a Edward en una actitud muy íntima confirmando las sospechas de Esme, decidiendo abordar él a la chica en una actitud de abierta coquetería con el solo hecho de molestar a Edward.

―Una de las enfermeras. Isabella es su nombre, es muy amiga de la actual novia de Jasper…

―Sé de quién me hablas.

― ¿Me ayudarás entonces?

Él sonrió, volviendo a morderle el labio a la mujer ― ¿Y cuándo he podido negarte algo, eh?

Soltó una carcajada cuando los brazos de James la levantaron por el aire y la dejó caer sobre la cama, para volver a concederle las atenciones que a ella le hacían perder la cabeza.

Horas más tarde, James dejó ir a Esme de regreso a su casa. Había llegado a su cuarto después de dejar a su hija en la escuela y ahora era momento de atender asuntos importantes. Él aprovechó de poner en marcha su plan de conquista hacia la famosa Isabella y con la excusa de ir a visitar a Rosalie, llegó al hospital casi cuando ya eran las once de la mañana.

En la sala de espera revisando algo en su teléfono vio a Alec, el hermano menor de Rosalie, a quienes acercó a saludar.

― ¿Me recuerdas? ―preguntó James, estirando su mano hacia el joven universitario, que lo miró primero arrugando la frente y luego alzando sus cejas cuando recordó al amigo de Edward. Le devolvió el saludo con la mano y asintió con la cabeza.

―Sí, claro. Eres James, amigo de Edward y de mi hermana. ―James afirmó con la cabeza y se sentó junto al joven, desabrochándose el cierre de su chaqueta de cuero.

― ¿Y dónde están todos?

―Edward y mis padres están en la habitación de Rose con el doctor… ayer la sometieron a los últimos exámenes para evaluar si está en condiciones de ser dada de alta.

―Aha… ¿eso es bueno, no?

―Claro que sí… aunque mi hermana últimamente parece una bruja.

― ¿Una bruja? ―preguntó James, sin esconder su diversión. Alec lo miró y se rio también, alzándose de hombros.

―Lo único que quiere es que Edward esté pegado a ella y cuando no lo está, se pone como un ogro…

―Me es imposible de imaginar a tu hermana como un ogro ―comentó divertido.

Entonces miró hacia el frente, donde se hallaba el mesón de informaciones del piso y vio a dos enfermeras, una de ella la chica que se había convertido en desafío personal. Le puso una mano en el brazo a Alec, disculpándose y se levantó apresuradamente caminando hasta la enfermera, que se reía por alguna broma que su compañera decía, sonrisa que se esfumó de su rostro cuando lo vio acercársele.

Agarró una carpeta que estaba sobre el mostrador y la aferró a su pecho como si desease que aquel elemento se convirtiera en un escudo protector. Eso lo hizo sonreír con gracias.

―Isabella ―la saludó él, inclinándose hacia ella, invadiendo su espacio personal ―Debo reconocer que vine con la idea de encontrarte por alguno de los pasillos.

― ¿A mí? ―preguntó ella, haciéndose hacia atrás ― ¿Y para qué?

―Para que aceptes bajar a tomar una taza de café conmigo.

― ¿Y por qué haría yo eso, si no lo conozco de nada?

―Esa es la idea, que nos conozcamos… ¿o acaso hay algún novio que se pondría celoso si aceptaras mi ofrecimiento?

―Eso no le incumbe en absoluto ―La enfermera enderezó su espalda, alzó su mentón y lo miró fijamente a los ojos con gesto decidido ―Y ciertamente no me interesa tomar ni una taza de café ni nada con usted, mucho menos conocerlo. Así que no se vuelva a acercar a mí, no me apetece su compañía.

Y dicho esto, la orgullosa enfermera se hizo a un lado y siguió su camino, dejando al hombre de pie totalmente sorprendido por la reacción de la chica. Lanzó una carcajada y miró a la mujer detrás del mesón que había sido testigo del corto diálogo y que intentaba esconder su sonrisa. James entonces suspiró como si sintiera pesar, aunque a él la situación le divertía tanto como a la mujer, y regresó a sentarse junto a Alec, que lo miraba también con diversión.

― ¿Buscando una cita?

―Algo así… pero la chica salió algo arisca.

―Así me percaté.

―Pero no significa que vaya a dejarlo estar. Soy un tipo perseverante…

―Bien por ti, amigo ―dijo el joven chocando su hombro con el del músico, antes de preguntarle qué era de su vida antes de reaparecer en ese lugar.

Mientras tanto, en el cuarto de Rose, el doctor Gerandy explicaba sobre los exámenes que habían sometido a la escritora el día anterior y lo que estos habían arrojado. Y mientras hablaba, Antonieta y Edward prestaban atención al profesional, en tanto Rose no le quitaba los ojos de encima a su marido. Después de la discusión que habían tenido la mañana del día anterior, él no había regresado sino hasta cerca de las ocho de la noche, quedándose solo un momento con ella, lo justo para decirle lo que había hecho durante la tarde y para informarle que pasaría de dormir en el sofá esa noche, optando por ir a descansar a su apartamento. Toda la conversación fue en tono distante, resentido, incluso se mantuvo apartado de ella todo el tiempo, apenas dejando un frio beso en su frente cuando volvió a irse.

Esa mañana cuando regresó, la saludó del mismo modo, apretándole una de sus manos la que ella intento aferrar, no consiguiéndolo. Apenas le había preguntado cómo se sentía y si tenía hambre, negando ella a eso ultimo con la cabeza. Lo que tenía eran unas profundas ganas de llorar y de suplicarle que la perdonara, pero que necesitaba de él incluso más que antes, pero Edward había construido un muro que lo distanciaba de ella, y eso la llenaba de miedo.

― ¿Entonces, doctor, podrá mi hija regresar a casa? ―preguntó Antonieta, ilusionada.

―No habría ningún problema, si se compromete a guardar reposo hasta que se lo ordene y a seguir con los tratamientos.

―Mi hija hará lo que usted le diga, ¿verdad, Rose?

Rose pestañeó y miró a su madre y luego al doctor, asintiendo con la cabeza. ―Haré lo que me diga. Solo deme el alta de una vez, que estoy ansiosa de retomar mi vida normal.

―Retomarás tu vida normal paulatinamente Rose ―rectificó el doctor, apretándole el hombro a la escritora ―. No quiero tenerte de vuelta aquí si no es por exámenes, ¿está bien?

―Lo prometo, doctor.

― ¿Y para cuándo estará lista el alta?

―Este viernes tendrá la autorización. ―respondió el doctor a Edward ―Eso sí, tendrás que pasar por administración a firmar unos documentos, pura burocracia, ya sabes.

―Ahora mismo haré eso…

El doctor se despidió y salió de la habitación con Edward siguiéndole los pasos, pero antes que este último alcanzara a atravesar la puerta, Rose lo llamó.

―Edward, ¿puedes quedarte un momento?

―Iré a por esos papeles y regresaré enseguida…

―Quiero decirte algo antes que vayas ―Rose miró a su madre, que estaba estirando las sábanas ―Madre, ¿puedes dejarnos solos a Edward y a mí por un momento?

―Uhm… seguro. Estaré afuera con tu hermano.

Cuando Antonieta salió cerrando la puerta, Edward se acercó a su esposa, sentándose al filo de la cama. Ella aprovechó de tomar las manos de su marido entre las suyas, sin poder evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.

― ¿Estás, bien? ¿Te pasa algo? ―preguntó el músico, preocupado por su esposa que lloraba al parecer de la nada.

―Estoy asustada…―susurró ella, apretándole las manos a su amado esposo. Él arrugó la frente y la miró sin entender a qué se refería. Ella carraspeó, aclarándose la garganta ―Sé que he sido una molestia durante todo este tiempo y que quizás estás ya cansado…

―Rose… ―trató de rebatir, pero ella no lo dejó.

―Pero Edward, tengo tanto miedo de que finalmente te aburras y me dejes… lo sé, siempre ese sido una mujer independiente, nunca he ido celándote o controlándote, pero después de lo que me pasó… yo solo siento que te necesito para estar mejor… no es mi intención coartarte ni mucho menos, pero…

―Lo sé, y te pido que me entiendas a mí también.

―Lo único que quiero, Edward, es que las cosas vuelvan a ser como antes… ¿recuerdas lo felices que éramos?

Edward tragó grueso y se quedó en silencio por más de un segundo, con su postura tensa, mordiéndose la lengua. ¿Había sido feliz con Rose? No podía negarlo, porque sí lo había sido. Vivía una vida tranquila con la mujer que él había escogido para vivir, pero ahora sabía que nunca lo había hecho plenamente, eso de vivir y mucho menos amar de la manera en que lo hacía ahora, que era capaz de dejarlo todo por ese amor… que precisamente era lo que haría dentro de un corto plazo.

Suspiró entonces y extendió su mano hasta el rostro de su esposa, limpiando las lágrimas que sin poder evitarlo, habían rodado por sus mejillas.

―Nada es como era antes, Rose ―dijo en tono bajo, casi en un susurro, bajando la vista y fijándola en sus manos apresadas entre las de Rose, porque así mismo se sentía, apresado y sin salida. Inspiró y miró a su esposa intentando esbozar una sonrisa ―Ahora concéntrate en recuperarte. Ya estas a punto de regresar a casa y poco a poco vas a retomar tu carrera y a terminar ese dichoso libro. Todo esto va a ser un lejano recuerdo.

―Sí… ―sonrió ella torciendo la cabeza ―Y prometo no ser tan demandante contigo. Solo te ruego que no dejes de quererme…

Él torció la boca y la acercó hasta la frente de su mujer, dejando un beso firme por el cual intentaba pedirle perdón por enésima vez y por adelantado por ser quien iba a romperle el corazón. Salió de la habitación dejando a su esposa de mejor humor y más animada, con la intención de ir hasta administración por los papeles que el doctor comentó, pero en vez de eso se refugió en un rincón apartado de la sala de espera donde de lejos vio a James hablando con Antonieta y Alec. Lo que él necesitaba era la contención de la mujer que amaba.

Sacó el teléfono y tuvo la intención de llamarla cuando el destino literalmente la puso en su camino: la vio salir a través de un par de puertas batientes, mientras revisaba distraídamente la etiqueta de una caja con medicamentos, cuando él sin pensarlo se puso en su camino, sobresaltándola.

Isabella puso una mano sobre su alterado corazón ―Dios, quieres matarme…

―No, no es lo que quiero… ―sonrió con tristeza, deseando poder al menos alzar su mano y abarcar su rostro ovalado para acariciar su tersa piel. Pero no podía, no delante de gente que iba y venía junto a ellos.

Isabella notó que algo raro pasaba por los ojos de Edward, olvidándose del susto que este le había dado para concentrarse en su gesto cabizbajo.

― ¿Pasa algo? ¿Sucedió algo con tu esposa?

―No… le dan el alta mañana. El doctor Gerandy asegura que puede terminar su convalecencia en casa, siguiendo sus instrucciones ―dijo, desabotonándose el abrigo negro que solía usar. Ella sonrío con complacencia, sujetando la caja entre ambas manos.

―Por supuesto, le hará bien verse rodeada de su hogar. Me alegro.

―Pasa la noche conmigo… esta noche ―pidió de repente, sintiéndose ansioso. Tuvo que meterse las manos en los bolsillos para retenerse de abrazarla. ―Por favor, te necesito.

La enfermera pestañeó por la propuesta tan intempestiva ―Yo… no sé… mañana es mi día libre y…

―Isabella, por favor. Te recogeré donde me pidas, cenaremos y nos relajaremos. Es todo.

―Edward, también muero de ganas de estar contigo, no tienes que convencerme ―mordió su labio, sin querer hacerse de rogar, pero le complicaba el hecho de tener que mentirle a su madre. Finalmente y sabiendo que no podía negarse, asintió con la cabeza, viendo que Edward relajaba sus hombros y soltaba el aire de sus pulmones. ―Dime a qué hora y estaré en tu apartamento…

―No, en mi apartamento no. No quiero que corras más riesgos después de lo que ocurrió con Esme…

― ¿Entonces?

―Deja que me ocupe. Te llamaré alrededor de las siete para recogerte en algún lugar discreto, ¿está bien?

―Lo que tú digas.

Desde el otro extremo del pasillo, se abrió uno de los elevadores y por este salió Esme, que se encontró de frente con la escena entre la enfermera y su hijo. No lo pensó dos veces y se acercó a ellos con paso firme y decidido, haciendo repicar sus tacones negros sobre el suelo de linóleo blanco. Ambos giraron la cabeza cuando oyeron el sonido sobre la baldosa, abriendo Isabella sus ojos ampliamente cuando vio el gesto de reproche que esa mujer.

Sin saludar a Edward, se interpuso entre ambos y cruzándose de brazos, disparó su contra la enfermera, que temblaba de miedo.

― Le digo que me exija qué hacía usted en el departamento de mi hijo.

― ¿Pe… perdone? ―tartamudeó ella en respuesta. Edward apretó los dientes y maldiciendo por lo bajo apretó el brazo de Esme con la intención de apartarla.

―Esme, qué haces ―terció Edward, pero Esme ni caso del tono molesto de Edward.

― ¡Déjame, Edward! No te metas en esto ―dijo, sin quitarle los ojos a la enfermera, que seguía temblando como una hojita. ― ¡Contésteme!

―Ejem… el señor Masen y yo… hablábamos de Alice. Estoy preocupada por…

― ¡Basta, Isabella, no tienes que darle explicaciones a ella! ―exclamó Edward, ahora poniéndose frente a la chica, que estaba más pálida que de costumbre, viéndose frágil como si se fuera a desmayar en cualquier momento. ―Lárgate ahora de aquí Esmerald, antes que te saque yo mismo.

― ¡¿Por qué ella está tan nerviosa si se supone que no ha hecho nada malo?! Quizás tú no veas sus intenciones, pero yo conozco al tipo de mujercitas como ella…

Las lágrimas de Isabella no pudieron esconderse después de semejante manera en que la señora Esme la enfrentaba. Bajó el rostro con deseos de salir corriendo pero sus estúpidos pies no respondían, sintiendo el calor furioso que manaba de los entornados ojos de la elegante mujer.

― ¿Isabella? ―La voz de cierto cardiólogo resonó en el aire, sorprendiéndola tanto a ella, como a Esme a y Edward que miraron al doctor alto de bata blanca que se acercó hasta la enfermera sin esperar para rodearla por los hombros.

Edward dio un paso atrás, abriendo la boca con la intención de protestar contra el doctor amigo de Isabella, que se estaba tomando esas atribuciones, pero prefirió guardar silencio. Esme en tanto se puso nerviosa y miró alternadamente a Isabella, tan nerviosa como ella, y al médico que no escondía su malestar contra suya.

―Quién es usted y porqué le está hablando así.

―Eleazar… ―medió la enfermera, poniendo una mano sobre el pecho del doctor ―ella…

―No, cariño ―dijo, besando la sien de la chica la que automáticamente miró a Edward que tampoco daba crédito a lo que estaba viendo. ―No puedo permitir que esta señora te hable de esta manera.

―Solo estábamos arreglando un asunto ―respondió ella, jugueteando nerviosa con los botones del abrigo blanco que la cubría.

―Lo comprendo, pero la próxima vez mida sus palabras ―dijo, y sin esperar empujó sutilmente a Isabella sacándola de allí, llevándose hasta entrar con ella por una puerta donde colgaba un aviso que decía "Solo personal autorizado".

Esme se quedó sin entender qué había sido eso, mucho menos Edward, que descargó su furia contra ella.

― ¿Estás contenta ahora? No haces más que avergonzarme, maldita sea ―y se alejó a paso raudo, metiéndose en el ascensor desde donde ella había aparecido.

Mientras Edward maldecía, caminando de un lado a otro por el elevador en ese momento vacío, masajeándose los ojos, Isabella lloraba con su rostro escondido en el pecho del doctor, quien de lejos fue testigo de cómo esa mujer le exigía respuestas a Isabella. No estaba seguro qué era lo que protestaba esa mujer en su contra, pero le hirvió la sangre cuando vio el gesto espantado y temeroso de Isabella. Para colmo, el hombre aquel, Edward, poco y nada estaba haciendo por defenderla, le pareció a él.

―Oye, no hagas caso a esa mujer…

― ¡Dios! Nunca me había sentido así… ―lloriqueó ella, apartándose de su amigo mientras se secaba el rostro ―ella me vio salir del apartamento de Edward… y estoy segura que sabe lo que tenemos él y yo… ¡No quería que esto pasara de esta manera…!

―Calma, Isabella, no te atormentes más. ¿A caso él no te defendió?

―Sí lo hizo, le dio un pretexto pero al parecer ella no lo creyó…

―Supuse que se trataba de eso. Espero que Edward haya entendido por qué hice lo que hice… y dije lo que dije. Si se molesta o se pone celoso, mándala a hablar conmigo…

―Lo entenderá. Además tú ya nos viste, no es que tenga que esconderlo… de cualquier manera gracias por sacarme de ahí. Sentía como si mis pies estuvieran clavados en el piso…

―Nada que agradecer, te ayudaré, te lo dije.

―Gracias, muchas gracias, Eleazar.

―Ahora ve adentro y cálmate antes de reintegrarte a tus labores. Si necesitas que te excuse para que te vayas a casa…

―No, no es necesario. Sería peor.

―Bueno pues. Ve, ahora. Yo tengo que ir por un colega para una reunión.

Isabella le hizo caso a su amigo doctor y se encerró en uno de los baños privados para calmarse, cuando decidió sacar su teléfono y enviarle un mensaje a Edward.

"Por favor, no te enfades. Lo hizo para protegerme. Esta noche conversamos. Estoy ansiosa de despertar mañana contigo"

Cuando Edward antes de entrar a área administrativa leyó el mensaje, sintió deseos de al menos besar la pantalla. Pensó que después de lo que había pasado ella no querría reunirse con él, pero respiró tranquilo cuando vio la confirmación en ese mensaje. Ya hablarían de las atribuciones que ese doctor se estaba tomando, y a pesar de que sintió celos no podía dejar de estarle agradecido por haberla sacado de allí. Quizás si Esmerald pensaba que Isabella tenía algo con ese doctor, se quedará tranquila.

"Pero más le vale al doctor ese no hacerse ilusiones" fue lo que le respondió a Isabella antes de entrar a la oficina.

**oo**

Al llegar a casa, Isabella dejó caer su bolso de cuero en el sofá del salón donde dejó también su abrigo rojo antes de dirigirse a la cocina donde encontró a su madre revolviendo una taza de té mientras oía una antiquísimo radioteatro basado en los antiguos libros de Corín Tellado.

―Ven mi niña ―dijo la madre, abriendo por instinto la silla que se encontraba junto a ella ―ahora viene la mejor parte.

Isabella rodó los ojos y se sentó, sacando del plato que había sobre la mesa una de las galletas caseras que su madre había hecho el día anterior.

― ¿Qué? ¿La protagonista ya descubrió que su tío es en realidad su padre?

―No, descubrió que el hombre al que ama, es su primo.

― ¡Ay, ma'! ―exclamó, pensando en que ya tenía suficiente drama en su vida para oír otros ajenos que para colmo eran ficción. No dijo nada, sino que esperó a que la radionovela terminara, oyendo la alegre voz de su madre comentársela. Le contó, como siempre, los detalles de la historia con mucho entusiasmo, viéndose ella de pronto cautivada por dicho drama.

― ¿Almorzaste bien mi niña? ¿Quieres que te caliente algo?

―Uhm… no ma. Almorcé con mis compañeras un contundente plato de pastas.

― ¡Delicioso! Y dime, ¿tienes planes para mañana? Es tu día libre, ¿no? ¿O piensas salir esta noche con Alice?

—Uhm… Alice tiene que trabajar esta noche, no coinciden nuestros turnos esta vez ―dijo, pensando que quizás sería buena excusa decirle que iba a salir de juerga con otros colegas, pero Renée sabía que con su fiel amiga Alice era con quien únicamente llegaba a salir cuando lo hacía. Tragó grueso y le pidió perdón mentalmente por volver a mentirle para pasar la noche con Edward. ―Esto… y yo esta noche voy a cubrir el turno de una colega.

―Pero si ya trabajaste… ―rebatió Renée, preocupada.

―Sí, pero me lo pidió… ella tiene un compromiso… pero mañana como es mi día libre, aprovecharé de dormir y en la tarde podemos salir a pasear, ¿te parece?

― ¡Ay mi niña! No trabajes tanto, puedes enfermarte…

―Estaré… estaré bien, mamá. Lo prometo. Además las cosas están tranquilas, seguro podré dormir un par de horas.

―Bien pues, mientras mañana te tomes tu día para descansar como corresponde, no tengo problema.

―Está bien, ma'.

Renée jugueteó con el borde de la taza vacía, pensando en hacerle o no una pregunta que hace tiempo iba rondándole su cabeza. Desde la llegada de su hija después de trabajar una semana en Galvarino, no había querido abordar el tema del músico pues la vio de buen ánimo y probablemente tocarlo sería poner el dedo sobre la llaga. Pero pensó con temor, que quizás el buen ánimo de sui hija se debía a que había tomado alguna decisión de la que no la había hecho a ella partícipe, y que tenía que ver con el músico en cuestión. ¿Sería capaz su hija de mantener una relación deshonesta con ese hombre? Lo amaba, ella lo sabía… ¿pero él a su hija?

―Cariño ―dijo finalmente, buscando la mano de Isabella sobre la mesa. Ella se apresuró a tomarla y apretarla levemente, esperando a que su madre continuara ―quería preguntarte… y espero no ser impertinente…

―Puedes preguntar lo que quieras, mamá.

―Bien. Quería saber qué ha pasado con la historia que me contaste, sobre ese músico y tú.

Isabella inhaló aire, habiéndose preguntado antes cuándo su madre sacaría ese tema a relucir. Pues parece que ese iba a ser el momento.

―Edward ―dijo, recordándole el nombre. Allá afirmó con un movimiento de cabeza.

―Sí, él. ¿Ha pasado algo? ¿Lo has visto? ¿Es por él que últimamente andas de buen humor?

―Él y yo hemos hablado mamá… y he decidido esperarlo hasta que resuelva su situación.

― ¡Mi Dios, hija! ―torció su gesto, sintiendo miedo ― ¿No es eso peligroso?

― ¿Peligroso por qué? ―susurró Isabella, soltándose de las manos de su madre y agarrando una servilleta de papel que había sobre la mesa, con la que comenzó a juguetear.

― ¿Qué sucede si él da marcha atrás y si finalmente decide no divorciase?

Era lo mismo que su tío había comentado, poniendo en duda la palabra de Edward que para ella valía más que un papel firmado ante notario. Ya se estaba poniendo en riesgo por ella, y sus ojos no podían mentir cuando le decía que la amaba y que estaría con ella en el futuro.

Miró hacia la pequeña ventana donde vio las nubes desplazarse por el cielo, cubriendo los débiles rayos de sol. Pensando en cómo hacer creíble para su madre las promesas del hombre que amaba. ¿Qué más justificación que el amor que sentía por ella?

―Edward me ama y yo confío en él ―dijo finalmente con seguridad ―de otra manera no sería tan ilusa de creer en la palabra de alguien así, de buenas a primeras.

―Mi niña no quiero que sufras, lo sabes, ¿verdad?

―Lo sé, ni yo quiero sufrir… solo que no seré feliz con nadie más que no sea él.

―Te estás coartando esa posibilidad cuando me dices que vas a esperarlo tranquilamente mientras él arregla su situación, como dices.

― ¡No mamá! ―exclamó, arrugando la servilleta, soltándola sobre la mesa y poniéndose de pie ― ¡Es él! Nunca me había enamorado así de nadie, y aunque traté de evitarlo cuando supe que… que era casado, simplemente ocurrió.

Renée se giró sobre la silla y pasó las manos sobre su falda a cuadros que llevaba, nerviosa y preocupada por su hija que le había entregado su corazón a un hombre que le pertenecía a otra mujer. Ella afirmaba, por la forma en que defendía su amor, que lo amaba honestamente y que confiaba ciegamente en aquel músico y sus promesas, ¿Pero y él? ¿Era honesto sobre lo que decía sentir por su hija?

Se puso de pie hasta que presintió el lugar donde estaba su hija de pie, afirmada contra el lavaplatos de la pequeña cocina. Buscó sus hombros y siguió el recorrido de sus manos hasta el rostro ovalado de su hija, único recuerdo que atesoraba en su memoria de aquella vez que la vio cuando aún tenía visión. Acarició sus pómulos tibios, intuyéndolos enrojecidos. Isabella soltó un suspiro y alzó sus manos poniéndolas sobre las tibias y suaves manos de su madre. Entendía su preocupación y la de su tío, pero aun así no dejaría que la posibilidad de amar escurriera por entre sus dedos.

― ¿Lo amas mucho, verdad?

—Sí, ma'. Mucho.

―Hija, y yo más que nadie deseo que el amor que sientes te haga brillar y ser feliz, simplemente quiero que no te ciegue y te haga hacer cosas de las que más tarde puedas arrepentirte. Tu conciencia es la única que te juzgará si no haces las cosas bien.

―Lo sé mamá ―respondió con remordimiento, pues su conciencia ya estaba pasándole la cuenta por su relación clandestina con Edward, por no haber tenido la fuerza suficiente para dejarlo hasta que todo se arreglara, pero no le diría eso a su madre, no quería decepcionarla ni entristecerla.

Renée sonrió y apretó las mejillas de su hija con ternura, acariciándole su corta cabellera antes de asegurarle con voz rotunda:

―Y si ese músico te hace llorar, le daré con el uslero en la cabeza… o le pondré cualquiera de sus instrumentos como sombrero, ¿de acuerdo?

―Se lo haré saber, ma' ―respondió divertida, abrazando a su madre, agradeciendo que dejara el tema hasta allí.

**oo**

Jasper abrió las gruesas cortinas de la sala para quedar frente a dos grandes ventanales que daban justo frente al mar de Leonilde, embravecido por el viento que corría en aquel sector costero, frente a la playa. Se giró y caminó hasta el centro de la sala divagando su vista por el entorno de aquel departamento, una de las tantas propiedades de su hermano mayor y que sin problema le había facilitado.

Le llamó la atención la cantidad de plantas de interior que se mantenían vivas, pues nadie había habitado ese sitio como para asegurarse de cuidarlas. Probablemente había pedido a alguien que se ocupara de ellas, además del aseo y conservación de los muebles que ni siquiera tenían rastro de polvo.

Se dejó caer sobre el cómodo sofá de tres cuerpos, tapizado en lino de un tono blanco invierno, muy elegante como el resto del mobiliario. Puso los pies sobre sofisticada mesa de centro hecha seguramente de alguna madera fina, sonriendo cuando se imaginó el rostro de su hermano mayor si lo encontraba en esa pose tan despreocupada. Pero no se preocupaba de eso pues sabía que él no se aparecería por allí pues sus constantes viajes lo tenían fuera de radar. Tampoco iba a enterarse para qué iba a ser ocupado, aunque quedó tranquilo cuando Jasper le dijo que Edward sería el ocupante "transitorio" de ese lugar.

El pobre músico se preocupó que Esme pudiera caer de sorpresa cuando estuviera con Isabella, como casi ocurre la última vez, según lo que su amigo le contó.

―Que se joda la bruja ―murmuró, sacando la cajetilla de cigarros de su bolsillo. Se incorporó para buscar un cenicero de plata ―nada más ni nada menos―, y encendió un cigarrillo, dándole una profunda calada, exquisita y relajante para él, botando el humo lentamente.

Jasper conocía la verdad de la historia que ocurrió entre Esme y Edward, por eso no tenía reparos en desearle las penas del infierno a esa mujer. Por eso estaba ayudando a Edward que finalmente había encontrado su amor, empujándolo a vivirlo pese a que todo se les pudiera ir en contra. Eso lo llevó a darle esa idea, de tomar una de las propiedades de su hermano y convertirlo en el "nido de amor de la enfermera y el músico".

Llevaba medio cigarro fumado cuando la puerta principal se abrió y oyó la voz del músico llamarle. Él gritó dando su ubicación y el músico apareció frente al él.

― ¡Vaya! ―exclamó, dejando la copia de las llaves sobre una mesa auxiliar de madera nativa, mirando el entorno elegante del apartamento sin esconder su sonrisa.

―El costo de esto te va a salir un ojo de la cara, maestro ―bromeó Jasper, apagando el cigarro en el cenicero.

Edward inspiró y caminó directamente hasta el ventanal y se quedó viendo el mar embravecido pensando que pagaría cualquier precio, el costo que fuera con tal de estar con Isabella. Volvió a inspirar profundo y se giró hacia su amigo, que jugueteaba distraídamente con su cajetilla de cigarros.

―Tu hermano va a patearte el trasero si sabe que estás fumando aquí…

―No lo hará, no tiene por qué enterarse ―le guiñó el ojo y se incorporó para mirarlo, apoyando su mentón sobre el respaldo del sofá ―Por cierto, dijo que dispusieras de este lugar por el tiempo que necesitaras. No me preguntó ni por qué ni para qué, así que estarás tranquilo.

―Vale. Lo llamaré para agradecérselo.

―Imagino que tomaste la decisión de salirte de tu departamento por lo ocurrido con Esmerald.

―Esta mañana increpó a Isabella…

― ¿Esme? ―preguntó abriendo mucho sus ojos y volviendo a sentarse frente a Edward ― ¿Acaso no se quedó tranquila con la explicación que le diste?

Edward se alzó de hombros y caminó hasta un sofá individual donde se sentó justo frente a su amigo. Cruzó su tobillo sobre el muslo y peinó su cabello hacia atrás, intentando relajarse.

―Al parecer no, y me preocupa. Por eso prefiero reunirme con ella en algún lugar donde sé que Esmerald ni nadie puede aparecer para fastidiarlo.

―Puede ser, pero la bruja no va a quedarse tranquila. Puede mandar a seguir a Isabella o volver a acorralarla cuando tu no estés cerca… la podría poner nerviosa hasta obtener alguna respuesta que la deje tranquila y la chica podría decirle la verdad.

Bufó sonoro y se pasó la mano por la creciente barba, pensando en esa opción, aunque sabía bien que Isabella nunca admitiría frente a Esme lo que ambos tenían.

―Si lo hace, soy incluso capaz de amenazarla, aunque eso me ponga la soga al cuello. Además, espero que esto no dure mucho, me refiero al hecho de tener que estarnos escondiendo.

―Por cierto, ¿qué ha ocurrido con Rose?

―Le dan el alta mañana viernes. Incluso pidió autorización para poder ir al cumpleaños de Jane este sábado.

―Lo que significa que por un tiempo tendrás que retomar tu vida hogareña. Ya no podrás aparecerte en el hospital para ver a Isabella. Tu mujer te hará problemas para salir de casa…

―Pondré un trabajo como excusa si es necesario, pero no dejaré de verla ―el músico se echó hacia atrás y miró el techo blanco del apartamento, con la sensación ya habitual sobre si de sentirse un hijo de puta por estar haciendo esas conjeturas cuando su mujer iba a estar en casa recuperándose. ―No quiero seguir con esto por mucho tiempo. Seguir engañando a mi esposa, me refiero… la sola idea de tener que… acostarme en la misma cama que ella, me llena de remordimiento.

―Y la idea de que ella se ponga cariñosa después de tanto tiempo sin "actividad"….ya sabes a lo que me refiero.

―Eso no pasará, no volveré a tocar a Rose de esa manera, y cuando la vea menos frágil, hablaré con ella. No voy a dar pie atrás.

―Por supuesto ―asintió con la cabeza Jasper, mirando la hora en su teléfono móvil ―Por cierto, ¿cómo es que Isabella llegará aquí?

―Sabe que no la llevaré a mi apartamento ―imitó a Jasper para mirar la hora en su reloj y vio que eran ya cerca de las ocho de la noche. Había pasado casi toda la tarde con Rose para que ella no protestara cuando él se fuera y no regresara hasta el día siguiente. Menos mal y no lo hizo. ―Es hora de ir por ella…

― ¡¿Estás loco?! ―se puso de pie de un salto, agarró el cenicero y caminó hasta el ventanal, abriéndolo para salir al balcón y dejar el recipiente sobre una mesa y evitar que la casa se pasara a ceniza y tabaco ―Envíale un mensaje y dile que en veinte minutos estoy en la puerta de su casa a por ella. Tú quédate aquí a esperarla, galán.

―Gracias, celestino ―le dijo Edward a su amigo antes que este despareciera por la puerta principal.

Aprovechó de quitarse el abrigo y dejarlo sobre el respaldo del sofá y se dispuso a recorrer el lugar, que como todas las propiedades de Peter, hermano de Jasper, no escatimaba en gastos para decorarlo con lo mejor.

Al otro lado de la sala, usando un arco de concreto como divisorio de los espacios, se hallaba una mesa para seis, de madera robusta y lacada, bajo una lámpara de techo que de seis luces. Sobre los muros blancos varias fotografías de espacios naturales que correspondían a los numerosos lugares que Peter había visitado a lo largo del mundo, además de réplicas de cuadros de Salvador Dalí, su pintor favorito.

Asomó la cabeza al otro lado de la puerta batiente en un rincón del comedor, soltando un silbido cuando vio la cocina, full equipada con lo más variados electrodomésticos de última generación, y un mesón de granito negro justo en el centro. Lanzó una maldición cuando recordó que prometió hacerse cargo de la cena, intruseando en las despensas y el refrigerador, también estos abastecidos con toda clase de alimentos, como si el hermano de su amigo lo hubiera dispuesto todo en un corto espacio de tiempo para recibirlo.

Tomó nota mental para agradecerle el gesto y sacó su teléfono, decidiendo marcar al restaurante donde solía pedir comida preparada, pues no le daría tiempo de cocinar… y para ser bien honesto, su gama de platillos no era muy variada, probablemente decepcionaría a Isabella en vez de sorprenderla.

Después que hizo el pedido, salió de la cocina, pasando por el comedor y la sala, adentrándose por un pasillo amplio, echándole un rápido vistazo a los cuadros que colgaban allí mientras pasaba, abriendo una puerta y otra, encontrándose con dos habitaciones pequeñas, una mediana y una más grande, que era la principal. Sonrió al ver la cama King de esta última, pues el cobertor de plumas que cubría la cama era de color lavanda pálido, recordándole a Isabella. Fuera de eso, el dormitorio estaba amoblado con lo justo: una mesa pequeña con un espejo que era el tocador, una cajonera mediana, un sofá del mismo color del cubrecama y las mesitas de noche a cada lado del colchón.

Le dio un miro al guardarropa, que en realidad era un walk in closet, y al baño del cuarto, de tonos claros y una tina ovalada para dos. Otra vez sonrió pensando en que ese sería un buen lugar para relajarse después de la cena con Isabella, pues ya había fantaseado muchas veces con ambos metidos dentro de una tina con espuma y sales aromáticas. Regresó al cuarto y se dejó caer de espaldas sobre el colchón, pensando que ese lugar que apenas iba conociendo, sería un buen lugar para recomenzar su vida junto a Isabella, allí junto a la playa. Suspiró complacido con la idea y cerró los ojos por unos momentos, volviendo a abrirlos de improviso quince minutos después, cuando oyó el timbre que simulaba el sonido de delicadas campanas.

Se levantó de un salto y pasándose la mano por la cara y el cabello, se acercó hasta la puerta pensando cómo se había quedado dormido sin darse cuenta, esfumándosele la modorra cuando vio el rostro ovalado y expectante de Isabella, que sonrió al tiempo que él lo hizo. Le abrió los brazos y ella acortó la distancia entre ambos refugiándose en el pecho del hombre que amaba, alzando su rostro enseguida para ofrecerle sus labios apenas pintados, los que él besó con el deseo que llevaba conteniendo desde el día anterior.

Se apartó de ella antes de dejarse llevar y empotrarla contra la pared para hacerle el amor allí mismo. Le tomó de la mano, cerró la puerta y la llevó hasta la sala, sonriendo con diversión cuando ella miró a su alrededor formando una O con su boca de la impresión.

―Es… increíble ―dijo finalmente, cuando Edward le quitó su grueso abrigo rojo y lo dejó sobre el suyo en el respaldo del sillón. ―Jasper me explicó que era de su hermano… ¡Dios, el mar! ―exclamó interrumpiéndose y caminando hacia el ventanal que daba frente a la playa. Edward la siguió y la abrazó por la cintura, compartiendo con ella la hermosa vista al otro lado de la ventana.

― ¿Te gusta la vista, eh?

― ¿Y a quién no? Es muy romántico…

― ¿Te gustaría entonces vivir en un lugar como este?

―Claro que me gustaría, pero me temo que no podría costeármelo. Es tan elegante… debe costar una fortuna.

―Bueno, estuve pensando y si estamos planeando un futuro juntos, debemos tener en cuenta que necesitaremos un lugar. Voy a querer comenzar a vivir contigo de inmediato y este me parece que sería un buen sitio…

Isabella dio un respingo y miró por sobre su hombro para ver el rostro del músico, que sonreía encantado. Ella no sabía si estaba bromeando o qué, pero si ella debía elegir un lugar para vivir con él, ese sería el que lo encabezaría.

― ¿De… de verdad?

―De verdad ―respondió Edward, dejando un beso sobre la mejilla de la enfermera, que miraba la postal marina con asombro después de lo que Edward acababa de decirle. ―Ven a recorrer el resto del lugar para que termines de convencerte…

―Me convenció la puerta de entrada, Edward, incluso las flores del jardín que hay allá abajo del edificio.

―Estupendo… ―comentó, guiñándole el ojo.

La llevó de la mano por el resto de los espacios y sonrió sin evitarlo cuando ella iba soltando una exclamación tras otra a la vez que descubría cada lugar, moviéndose como un colibrí de un sitio a otro mirando los cuadros u observando el resto de la ornamentación. Cuando la llevó al cuarto principal, exclamó otra vez como iba haciéndolo ya desde hace algún rato y sin poder evitarlo, se lanzó sobre la gran cama como si esta fuera una piscina, quedándose de cara sobre el colchón con piernas y brazos extendidos.

― ¿Y te gustó la cama, eh? ―apuntó Edward divertido, cruzándose de brazos y recostándose sobre el quicio de la puerta, mirando a la chica con diversión, la que se revolvió sobre esta y se sentó a de piernas cruzadas en estado de yoga. Iba a responderle cuando las campanillas volvieron a sonar, borrándosele del rostro la complacencia a Isabella, siendo reemplazada por el susto de que alguien pudiera haber llegado de improviso.

― ¿Podría ser Jasper?

―Más le vale que no. Debe ser la cena que mandé a pedir. Anda, vamos ―dijo, estirando la mano hacia ella para que la tomara. Ella corrió entusiasmada a su encuentro y fue con él a recibir precisamente la comida que el restaurante le hizo llegar. Luego de pagar, fueron a la cocina y buscaron lo necesario dentro de los estantes para disponerlo sobre la mesa y servirse la cena.

―Espero que no seas vegetariana ―dijo él poniendo frente a Isabella un buen trozo de carne en salsa de champiñones y ensaladas. Ella cerró los ojos e inhaló el aroma del exquisito plato, abriendo los ojos y negando con la cabeza.

―No lo soy.

Hablaron y rieron cuando contaron algunas anécdotas de sus vidas, Edward comentando entre otras cosas lo mucho que extrañaba sentarse frente al piano y crear, mientras Isabella se sentía una bendecida por trabajar en un lugar que ayudaba a salvar y cuidar vidas. Sin decirlo, ella sentía que de alguna manera purgaba sus culpas a través de ese trabajo. Entonces y ya que estaban hablando de algo relacionado con el hospital, Isabella recordó el altercado de aquella mañana.

―Pensé que te habías molestado por… lo que ocurrió esta mañana con Eleazar… ―dijo, tomando la copa de vino con tal de aclarar su garganta. Edward la miró a través de sus pestañas y limpió su boca con la servilleta de lino que mantenía sobre sus muslos.

―Me preocupó más que Esmerald pudiera insistir. ―Acomodó sus brazos a cada lado del plato casi vacío y sacó fuera una duda que le quedó dando vueltas ― Pero lo que no entiendo es por qué él intervino…

Isabella se arregló nerviosamente el cabello y jugueteó a continuación con una miga imaginaria sobre el mantel. Sin duda, sentía vergüenza de recordarlo, aun así se lo dijo:

―Porque… nos vio ayer, en el hospital, en el piso que están remodelando.

― ¿Se lo confirmaste? ―preguntó el músico con ojos desorbitados. ¿Podía usar dicha información aquel médico para sacar algo a su favor? Sacudió entonces su cabeza cuando vio el rostro compungido de Isabella.

―Ni siquiera podría habérselo negado. Incluso te reconoció… ―bajó la cara cuando vio el gesto enojado en el rostro de Edward ―Perdona, si pudiera haberlo evitado…

―Ey, no… ―se apresuró en cambiarse de sitio y sentarse en la silla junto a ella, tomándole el rostro entre las manos ―no eres la que tiene que pedir perdón. No debí haberte puesto en un aprieto de haber sido descubierta, pero te necesitaba…

Isabella miró los ojos claros de su amado y torció el resto, disfrutando del tacto de Edward sobre su rostro, que le ponía la piel de gallina.

―Entonces ninguno de los dos debe pedir perdón aquí. Y por Eleazar no te preocupes, lo hizo por ayudarnos. Podemos confiar en él.

Edward bufó y prefirió tomárselo con humor, pues el cardiólogo ese no tenía nada que hacer frente al amor que Isabella y él se tenían. Por eso en tono medio jocoso, comentó:

―Vi cómo te miraba, Isabella. No me voy a relajar con él cerca…

Isabella sonrió y esta vez fue ella quien llevó su mano hasta la barba espesa del músico, la que acarició con veneración.

―Estás loco… ―se acercó y dejó un beso suave sobre los labios del músico. Entonces recordó algo que sí encontraba importante decírselo a Edward ―Del que sí tienes que preocuparte es de ese amigo tuyo, James.

― ¿Por qué, volvió a acercarse? ―preguntó, arrugando la frente. La repentina aparición de James molestando a Isabella era algo que más que preocuparle a Edward, le incomodaba porque sabía cómo era con sus conquistas.

―Sí, haciéndose el lindo, ya sabes. No sé… ese amigo tuyo no me da confianza.

No iba a hacer caso omiso a la desconfianza que James provocaba en ella, pero le bajaría el perfil y lo hizo, comentando en tono despreocupado:

―Se aburrirá cuando vea que no saca nada acercándote a ti. Además, se le acabarán las excusas para acercarse al hospital y molestarte.

―Le dejé bien claro que no quiero nada con él.

―Esa es mi chica ―respondió con orgullo, sonriéndose. Unió sus labios a los de ella en un corto beso y dijo: ―No creo que debas preocuparte por él, es inofensivo.

―Bien.

―Ahora… ―se mordió el labio y se puso de pie sin decir nada ―he tenido una fantasía desde que llegué aquí.

― ¿Una fantasía?... ―preguntó divertida pero trató de ponerse seria cuando él la jaló de la mano y la sacó de la cocina, con ella tratando de resistirse ― ¡Edward, a dónde me llevas! Tenemos que limpiar esto y…

―Ya nos ocuparemos.

Edward arrastró a Isabella a lo largo del apartamento en penumbras oyéndola que no desistía en su plan de asear la cocina antes de distraerse en otras actividades, pero él hizo oídos sordos y se la llevó directamente hasta el baño de la recamara principal, donde tras encender las luces, se dirigió a la bañera y abrió el grifo de agua caliente para llenarla, regresando hacia la enfermera que miraba cada uno de los movimientos de músico, cruzada de piernas y mordiendo su labio. Inspiró cuando él tomó el óvalo de su rostro y acarició sinuosamente la piel de su cuello percatándose ella que sus ojos ahora estaban oscuros de deseo.

― ¿Tomarías un baño conmigo?

―Uhm… ―ella miró la tina por sobre el hombro del músico, como pensando en su respuesta, mientras Edward mordía el carrillo de su labio escondiendo su sonrisa. ― ¿Allí?

―Sí, justo allí. Agua tibia, en su punto, algunas sales aromáticas… ―se cercó y apresó entre sus dientes el labio que Isabella insistía en morder ―debes relajarte, mi amor, has trabajado mucho.

―Está bien, solo porque necesito relajarme…

Él sonrió y finalmente la besó con la misma ansiedad que le recorría el cuerpo cada vez que la tenía entre sus brazos, envolviéndola por la cintura y dejando que ella pasara sus brazos a través de sus hombros, apegándose a él y rindiéndose.

Edward se apartó para dedicarse a quitarle el chaleco negro sin mangas que usaba Isabella sobre un blusón blanco el cual desabotonó lentamente, mientras la miraba. Lamentaba no haber puesto algo de música pero le bastaba con el sonido de su respiración y el contante golpeteo de sus corazones. Era la mejor pieza musical que jamás haya escuchado. "Ah, pero sus gemidos son… de otra dimensión" pensó como buen experto en la materia.

Cuando ambas prendas aterrizaron en el suelo, la tomó por la cintura y la sentó sobre el lavado, tomando una de sus piernas para quitar una de sus largas botas negras con un pequeño tacón, y luego la otra, antes de desabrocharle ajustado pantalón también negro, alzando ella la pelvis para hacerle más fácil el trabajo. Sonrió de medio lado, viéndola tan sensual sentada allí sobre el lavado, nada más que son su sencillo conjunto de ropa interior negro.

La dejó ahí, satisfaciéndolo verla ansiosa y expectante, y se acercó hasta la tina cerrando la llave que con su potente chorro de agua había llenado la bañera. Tomó un frasco de sales e inhalando el aroma a vainilla lo roció sobre el agua, develando un perfume a vainilla que llenó el ambiente. Enseguida y de espalda a Isabella, se quitó la camiseta gris quedando a torso desnudo, girándose lentamente y extendiendo un brazo hacia ella.

―Qué esperas, ven aquí.

Ella dio un saltito y movida por la creciente excitación que burbujeaba en su cuerpo, se apresuró a quitarse el resto de ropa que le quedaba encima, hasta quedar absolutamente desnuda y caminar con toda la sensualidad que fue capaz de reunir, pasando por el lado del complacido músico, directo hasta meterse dentro de la tina. Se acomodó relajando su cuello y descansando su cabeza hacia atrás. Inhaló profundo y cerró los ojos sin poder esconder su sonrisita de los labios. Después de diez o quince segundo, se permitió abrir solo un ojo para ver a su músico, que seguía de pie junto a la bañera, contemplándola con una divertida sonrisa en sus labios, muy cruzados de brazos como su estuviera disfrutando de un espectáculo.

― ¿Y qué, te vas a quedar ahí? El agua está exquisita…

―Tentado estoy de quedarme aquí… incluso de traer una copa de vino mientras te observo.

―Pues allá tú ―se movió de hombros, indiferente, volviendo a suspirar ―No sabes lo que te pierdes.

Oyó la carcajada brotar del pecho de Edward, relajada y sincera, para sentir poco después que se le unía dentro de la tina suficientemente amplia para que ambos cupieran, él frente a ella. abrió Isabella los ojos cuando lo oyó carraspear, y cuando lo hizo se encontró con la imagen de un hombre feliz y atractivo que relajado mantenía sus brazos a través del contorno de la tina, con su cabello húmedo y peinado hacia atrás, formando en su hermoso rostro una media y arrebatadora sonrisita.

―Estarías más cómoda de este lado ―comentó él sin moverse imitándola al cerrar los ojos y dejar caer hacia atrás su cabeza.

Ella sin detener a meditarlo pues ese tipo de decisiones no necesitan meditación alguna, se apresuró a cambiarse de lugar, abriéndose espacio entre sus piernas, descansando su espalda sobre el torso mojado de su hombro, enseguida sintiendo sus brazos rodearle por el estómago. Suspirando afirmó su cabeza en el hombro de Edward y sonrió cuando él besó su cabeza.

―Esto es justo lo que quiero ―susurró Edward después de un rato ―Esta paz… este muro de contención que nos aparta del resto. Tenerte junto a mí, saber que serás la última persona a quien veré antes de dormir, y la primera al despertar.

―Esta noche es justo lo que tendremos, mi amor ―susurró ella bajito, con la idea de no sobresaltar el ambiente relajado que se había formado con ambos, sin propiciar de música suave o velas. ―Y aunque pase algún tiempo antes de volver a tenerlo, vendrá un momento en el futuro en que podamos disfrutarlo indefinidamente por el resto de nuestras vidas. Sin escondernos ni con el cargo de conciencia de que estamos haciendo mal las cosas…

―Es mi esperanza también, cariño. De lo contrario me volvería loco y no tendría nada por qué luchar ―murmuró justo en su oído, bajando su boca al cuello desnudo de su amada, el que besó y mordisqueó ligero, aumentando la presión de sus brazos alrededor de su cuerpo. Isabella se removió, excitada, y pasó sus manitas hacia arriba y hacia abajo por las piernas de Edward que la rodeaban.

―Es lo que estamos haciendo… ¿quién no sería capaz de luchar por su amor?

―Nadie que yo conozca ―dijo Edward, y tomándola por la nuca, guio su cara hacia la suya para besarla largo y profundo.

Fue un tiempo para ellos y para el amor que se demostraron con sus cuerpos mojados dentro de la bañera que conservaba la tibieza del agua tan solo por los cuerpos de los que manaba fuego. Ella había tomado la iniciativa y sentándose a horcajadas sobre Edward, dejando que él la poseyera justo en esa posición que parecía ser perfecta para acogerlo por completo en su interior.

―En toda mi vida… había sentido algo similar… ―murmuró Isabella, besando y mordisqueando el cuello de Edward, jalando su cabello a la vez que los movimientos que él propinaba desde su posición con su sexo dentro de ella, la llevaban y la elevaban poco a poco a la cima donde sabía, estallaría en mil pedazos.

Gemían, se susurraban palabras de amor, se besaban largo y profundo y volvían a amarse incluso más allá de lo que ellos creían poder aguantar, ya sea dentro de la bañera, en la cama o en la mesita de centro que se vio despojada de toda su lujosa ornamentación para que Edward dejara justo a su merced el cuerpo de su Isabella, que se vio comprobando el buen material del que estaban hechos los muebles de ese apartamento, cuando a mitad de la noche a ella la atacó un repentina hambre, levantándose ambos para preparar algo rápido con lo que encontrasen a mano en el refrigerador.

― ¿En qué estás pensando? ―preguntó ella descansando sobre el pecho de Edward, esta vez tendidos sobre el cómodo sofá, relajados, con la sala iluminada a media luz y la lluvia nocturna cayendo habitualmente sobre la ciudad.

―Me pregunto cómo diablos voy a hacer para meter un piano aquí…

― ¿De verdad? ―preguntó ella, alzando su rostro iluminado con su propia sonrisa ―Me refiero a que… ¿de verdad te estás planteando vivir aquí?

― Sí, ya te lo dije... sé que es una estupidez cuando apenas hemos estado unas cuentas horas pero ya me parece que es nuestro.

― ¿Y tu apartamento?

Su viejo apartamento, donde vivió tantas cosas desde que lo adquirió hasta hacía poco, donde incluso llevó a Isabella que parecía haber marcado también aquel pequeño y viejo lugar como suyo, impregnándolo por todas partes con su estela aromática y su presencia omnisciente. Su viejo lugar, donde se encontraba su gran tesoro y única herencia material que su abuelo le legó: su viejo piano. Como sea, y con el dolor que le iba a causar, tendría que alejarse de ese espacio y no podía contar con él para vivir cuando se fuera de casa. Iba a necesitar un lugar de acceso limitado donde poder estar tranquilo, un lugar que poca gente conociera. Un lugar nuevo para comenzar a vivir y que llenaría de su amada y de él, convirtiéndolo en su hogar.

― No creo que pueda vivir allí tranquilo. No sé, supongo que lo rentaré. Pero no me desharé de él, no puedo…

―Te entiendo. ―se reacomodó en el pecho aun desnudo del músico e involuntariamente soltó un bostezo. Edward apretó levemente su hombro y besó el tope de su cabeza.

― ¿Vamos a dormir?

―No tengo sueño.

―Acabas de bostezar, Isabella.

―Soy completamente capaz de estar despierta toda la noche por mi trabajo, señor músico. Allá usted si no tiene la misma capacidad…

―Dame un respiro, señorita. No soy un adolecente con híper lívido ―soltó un quejido y mirando hacia el cielo con tono extenuado dijo ― ¡Dios mío, esta mujer va a dejarme seco…!

Isabella se carcajeó y le hizo cosquillas, adorando oírlo reírse a carcajadas y adorando también la forma en que pedía un poco de piedad. Cuando se compadeció del pobre Edward, volvió a recostarse sobre su pecho, retomando Edward las caricias a lo largo de la espalda de Isabella.

―Entonces estábamos hablando del piano.

― ¿Y dónde pondremos el terrario de Kal – El?

― ¿Superman también viene? —no necesitó que ella le contestara, pues de reojo vio como ella alzó la cabeza y le dio una furibunda mirada ―Por supuesto que viene… Ya veremos donde lo acomodamos, hay tres dormitorios a su disposición.

―Vale… ―aceptó ella, feliz de estar haciendo planes, pensando en el entusiasmo que pondría cuando comenzaran a planear cambiar los colores de las murallas o los muebles, o poner fotografías de ambos. Todo para un futuro juntos que se impondría pese a todo y a todos, que se alzaría como prometedor.

**OO**

Cuando estaba a punto de irse a dormir, recorrió el apartamento como cada noche con Kal – El sobre sus brazos, asegurando ventanas y puertas, mientras tarareaba una alegre canción. No pudo evitar sobresaltarse cuando oyó el timbre de la puerta, preguntándose quien podría ser a esa hora cuando ya nadie hacia visitas de cortesía. Se acercó a la puerta, sin soltar a la mascota, y alzó la voz para preguntar quién era.

Una voz profunda y masculina respondió al otro lado de la puerta cerrada.

―Señora, usted no me conoce. Soy… o más bien fui paciente de Isabella, su hija, y bueno, he venido a dejarle un regalo en agradecimiento…

―Ella no se encuentra, está trabajando. ―dijo, pero se arrepintió enseguida de estar dándole información a un desconocido.

―Me lo temía… ―respondió el hombre que Renée apostó debía tener unos cincuenta y tantos y por la forma de hablar aseguró que era extranjero, italiano quizás ―Salgo mañana muy temprano de viaje y antes de irme quería dejarle el regalo a su hija, ¿me haría usted el favor de recibirlo?

Renée pestañeó como sopesando la alternativa, concluyendo que nada le confirmaba si lo que decía ese hombre era cierto, por lo que declinó a la idea de abrirle la puerta.

―Lo siento, pero no voy a abrirle. Si gusta deja el regalo en el negocio de abajo, y el casero lo traerá…

―Mejor se lo dejo aquí en la puerta, y puede llamarlo para que sea él quien se lo entregue cuando me haya ido

―Como guste, y perdone que sea tan desconfiada, pero…

―No, está bien, señora. Como están las cosas en estos tiempos, es mejor desconfiar.

―Me alegro que lo entienda.

―Bueno, era todo. Que tenga usted una buena noche, Renée.

― ¿Y quién le digo a mi hija que la buscaba? ―preguntó sin obtener respuesta del otro lado, deduciendo que el visitante ya se había marchado, y no pasándole por alto que se había despedido de ella llamándola por su nombre, el que nunca se lo dijo.

"Seguro mi niña se lo dijo" concluyó, sin darle más vueltas al asunto. Se dirigió hasta la cocina y desde allí levantó el auricular del teléfono, pulsando el número cuatro que la comunicaba con el negocio de don Nicola, quien le hizo el favor de subir y entregarle la misteriosa caja, liviana y que no era más grande que una de zapatos, envuelta en papel celofán con un enorme moño, donde no había ninguna tarjeta, por lo que dijo el dueño del negocio.

Lo dejó sobre la cama de su hija, la que seguro develaría el contenido de la caja al otro día cuando llegara de su trabajo.

―La deben de querer mucho si sus pacientes estaba trayéndole regalos a la casa, ¿no crees, Kal- El? ―preguntó ella, saliendo de la habitación de su hija, con la iguana en brazos, no sabiendo Renée cuánta razón tenía en aquella aseveración.