Hey, ya estoy aquí. Gracias a todas quienes siguen la historia, me alegro que les guste. Gracias por dedicar tiempo a leerla y a sus comentarios que me llenan de alegría.
Gracias, gracias a todas!
Capítulo 15
Eran las ocho de la mañana y hacía al menos cinco minutos que el músico y la enfermera estaban abrazados en la puerta, ella completamente vestida, lista para irse, pero la despedida se había prolongado porque verdaderamente, tanto como para Edward como para Isabella, era una tortura. Ella tendría que regresar a su casa a dormir como si en realidad hubiese estado trabajando, y él tendría que ir al hospital y estar al tanto de todo lo concerniente al alta que ese día le daban a Rose, lo que significaba que ambos tendría que romper la burbuja en la que se habían refugiado desde la tarde anterior y durante toda la noche en la que aprovecharon cada momento, tomándose apenas algunos espacios de tiempo para dormir. El resto lo aprovecharon tanto como les fue posible, y no fue solo sexo lo que disfrutaron, sino que hablaron mucho y siguieron conociendo hasta en los detalles que parecían más insignificantes.
―Hoy es tu día libre, ¿crees que haya un espacio para que podamos vernos? ―preguntó Edward, con sus labios sobre los de Isabella, mientras la rodeaba por la cintura y se preparaba para el adiós que lo hacía sufrir como si fuera un adolecente.
―Yo no tendría problema, pero recuerda que estarás ocupado con… con lo de Rose. No creo que sea buena idea que desaparezcas justo el día que ella vuelve a casa.
―La casa precisamente va a estar llena de gente. Además será solo un instante… por favor.
―No puedo negarme a verte, Edward.
Y se besaron, ella sujetándolo con ambas manos desde la nuca, pegándose a su cuerpo tanto como le era posible, absorbiendo hasta lo último de aquel beso, como si se tratase del último adiós.
Después de ruegos y besos cortos, Isabella logró deshacerse de los brazos de Edward que como hierro la sujetaban, se despidió de él dejándolo triste como un niño pequeño, vestido solo con sus jeans negros. Cuando quedó a solas en el elevador, afirmó su espalda contra el frío muro cerrando sus ojos y recordando la maravillosa noche que pasó con Edward y todos los planes que se atrevieron a hacer, pensando ya en el futuro que vivirían en ese lugar que a ella le encantó. Quizás era una ilusa haciendo planes sobre las nubes sobretodo así como estaban las cosas, pero no podía evitarlo, porque dentro de su pecho había algo que le decía que su vida la haría junto a ese hombre, sorteando todos los obstáculos. Se amaban, y ese amor era suficiente.
Al llegar a casa, silbando una graciosa canción, caminó directo a la cocina donde vio a su querida madre sonriendo divertida por la forma tan poco diestra con que su hija silbaba, pero feliz por la dicha que irradiaba su niña.
― ¡Mi niña ha llegado y parece un gorrión cantarín…! ―dijo, carcajeándose cuando Isabella la rodeó y le besó una y otra vez el cuello haciéndole cosquillas. Cuando por fin su hija se apiadó de ella, retomó sus labores sobre la cocina donde estaba haciendo café mientras ella se sentaba frente a la mesa y pellizcó el pan caliente que seguro don Nicola había llevado esa mañana.
― ¿Y estuvo bien ese turno de noche?
―Pues sí ―respondió Isabella, mordiéndose el labio. Estaba obligada a mentirle a su madre y eso opacaba su felicidad ―Bastante relajado la verdad.
―Me alegro.
Hablaron sobre algunas cosas, comentaron las noticias y algunas cotillas del barrio que el dueño de la panadería del barrio le contó. Ambas estaban hablando sobre la fiesta de cumpleaños cuando ella recordó la extraña visita de la noche anterior.
― ¡Casi lo olvido! Alguien vino anoche buscándote.
― ¿Alguien? ―preguntó Isabella, extrañada. Renée asintió mientras se acomodaba el tirante de su delantal de cocina.
―Dijo que había sido paciente tuyo y que se iba de la ciudad, pero antes quería dejarte un presente.
― ¿Y qué cosa es esa? ―preguntó con curiosidad la enfermera, metiéndose otro trocito de pan en la boca, mirando a su madre con extrañeza. Nunca, ningún paciente había llegado a su casa a dejar algún regalo. Quizás con uno u otro se haya encontrado alrededor del barrio, pero eso había sido pura casualidad, y honestamente no sabía de algún paciente con el que haya formado algún tipo de amistad, pues últimamente sus pacientes en su mayoría se lo pasaban inconscientes. Quizás, meditó, algún familiar, pero aun así le parecía raro.
―No tengo idea. Dejé el paquete en tu habitación, sobre la cama. Ya me contarás de qué se trata tan misterioso regalo.
―Lo veré cuando me vaya a la cama. Por cierto, ¿no le preguntaste el nombre?
―Cuando lo hice ya se había ido. Lo atendí desde el otro lado de la puerta, no quise abrirle, ya sabes cómo están las cosas de peligrosas en estos últimos días, por lo que no voy a dejar entrar a alguien que no conozca a mi casa.
―Me parece muy bien, ma'. ―Dejó pasar el asunto y siguió preguntando sobre otros asuntos, como por ejemplo sobre su tío Marcus, o del curso aquel de tejido al que había comenzado a asistir desde hacía poco. Estaba ansiosa por que le tejiera una de esos chalecos muy gruesas que ella adoraba usar.
―Bueno, señorita, está bien de tanta cháchara. Debes ir a descansar. No quiero ser la culpable de que te quedes dormida de pie…
―Es mi día libre, puedo dormir todo lo que quiera… ―respondió Isabella mientras veía a su madre ponerse en pie y salir de la cocina para regresar al cabo de varios minutos sin su delantal, pero con su abrigo ya puesto y la cartera entre la manos. Iba bien peinada como siempre, con su melena castaña clara brillante, apenas ornamentada con un cintillo que lo sujetaba, y su rostro apenas maquillado con un poco de rubor y lápiz labial. Su atuendo era un abrigo granate que cubría su suéter abotonado y sus pantalones a cuadrillé en colores oscuros y unas botas altas negras que iban sobre estos. Renée disimulaba perfectamente sus cincuenta y cinco años con aquellos atuendos sencillos pero bien cuidados, nunca pasados de moda.
― Tengo que ponerme en marcha. No tengo el día libre como tú.
Isabella alzó sus cejas y se echó hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos, divertida por el desenfreno de su madre y su siempre buen ánimo y disposición que la habían ayudado a valerse por sí misma
― ¿Puedo saber dónde irás? ¡No paras en casa, ma'!
― ¡Bah! Tengo asuntos que hacer con mis amigas ―se acomodó el cuello de su abrigo y la bufanda de lana gris claro tejida por ella misma ―Tú mientras dormirás o te relajarás. Regresaré para la hora de almorzar.
― ¡¿O sea que ya te vas?! ―exclamó Isabella, divertida. Renée asintió una vez cuando estuvo lista para marcharse.
―Voy atrasada, son casi las diez, lo oí en la radio. ―Renée se acercó hasta donde sabía estaba sentada su hija y besó el tope de su cabeza, acariciándole su corto cabello ― Nos vemos mi niña.
La dejó sola bebiéndose la segunda taza de café mientras le enviaba un mensaje a su amiga Alice, advirtiéndole que tenía un montón de cosas que contarle, que se pasara por casa ese día. Agregó que su madre había hecho pastel de fruta que Alice adoraba comer, sabiendo que eso sería suficiente para tentar a su amiga de visitarla. Sonrió cuando tras enviarlo, vio que había un mensaje de Edward que decía que ya la extrañaba y que esperaba verla a la hora que ella dispusiera, que él ya se las arreglaría.
Sonriendo como lo hacían las enamoradas, lavó la loza que había ensuciado para caminar hasta su recamara, donde lo primero que hizo fue rendirle atenciones a Kal–El a quien sacó de su terrario para depositarlo sobre su cama. Le preguntó que si le gustaría vivir justo frente a la playa, riéndose de ella misma por ese diálogo tan gracioso, cuando divisó la misteriosa cajita rectangular envuelta en un llamativo papel de celofán. Arrugó el entrecejo y se incorporó para ir por la caja y volvió a su cama, sentándose sobre esta con las piernas cruzadas y la caja entre sus manos.
La sacudió levemente y le pareció raro que se sintiera liviana como si estuviera vacía, apresurándose en quitar el papel para develar su contenido. Cuando alzó la tapa de la caja ya desenvuelta, miró el contenido que no tenía mucho sentido para ella, pensando en qué tipo de broma le estaban jugando… cuando repentinamente comenzó a sudar helado, atando cabos en su cabeza. Con sus manos temblando, sacó muy lentamente el pequeño chalequito blanco de bebé, enseguida los pantaloncitos y las zapatillas, todo del mismo tono, quedando sus ojos puestos en una tarjeta que se dejaba ver al fondo, la que extrajo con titubeo.
Ahogó un gemido y sus ojos al instante rebosaron de lágrimas de terror cuando vio la letra cursiva de las dos líneas que rezaban en aquel trozo de cartulina, soltándola de pronto como si el trozo de papel quemara entre sus dedos.
"Este será el atuendo que usará nuestro futuro hijo, mi amada Bella"
"Bella"…
La forma en que la nombraba y el sello de agua con el escudo familiar confirmaron sus horribles sospechas, llevándose una mano a la boca para sofocar su grito, manoteando la caja y su contenido hasta hacerlo caer al suelo con histeria. Se dobló sobre su estómago y cubriendo su rostro ahora bañado en lágrimas, lloró desconsolada, confirmando sus más profundos miedos: ese hombre, Aro Vulturi estaba de regreso y había vuelto por ella.
Soltando bocanadas apretó su vientre por unos segundos y sin poder aguantarlo más, corrió hasta el cuarto de baño, abriendo la tapa del excusado y vomitando dentro de este todo el contenido de su estómago, mientras seguía llorando y lamentándose de su infame destino.
**oo**
―No puedo creer que vaya a estar de vuelta en casa ―dijo Rose con tono alegre, mirando a su marido que la ayudaba a bajarse de la cama para sentarla en la silla de ruedas. No era que lo necesitara, pero eran políticas del hospital, eso le dijo el doctor cuando entró a la habitación arrastrando la silla. ―Ya no vas a sentirte más solito allí…
Edward intentaba sonreír, y si pensaba en la noche anterior tenía más que motivos para hacerlo, motivos que no tenían que ver nada con la mujer a quien sacaría de ese hospital finalmente. Estaba contento porque Rose había salido prácticamente ilesa de lo que la llevó al coma, contento por su entusiasmo de querer recuperarse y retomar su vida, vida a la que ella estaba involucrándolo y de la que él ansiaba salir.
― ¿Hay alguna duda que tengas antes de marcharte, Rose? ―preguntó el doctor, mientras le entregaba a Edward la carpeta que contenía el alta de la paciente. Metió las manos dentro de los bolsillos de su bata blanca y esperó a que la esposa del músico expusiera sus inquietudes.
―Quiero saber si habrá algún problema cuando quiera quedar embarazada.
La carpeta casi se cae de las manos de Edward cuando oyó la pregunta que salió tan natural de los labios de Rose, como si llevara toda la vida planeándoselo, cuando en realidad los hijos eran un tema que nunca había sido prioritario para ella. Pero en ese momento cuando la vio mirarle a él como esperando una confirmación, se dio cuenta que el tema de un hijo se había convertido en punto en lo más alto de su escala de prioridades.
―Me temo, Rosalie, que tendrás que esperar un poco. Aún estás convaleciente, y te envío a casa con el compromiso de que hagas reposo absoluto ―el buen doctor miró a Edward, mudo de la sorpresa y luego a Rose que sonreía entusiasta, y puntualizó: ―Nada de actividad sexual hasta que yo dé luz verde, Rose.
Edward quería hacer un agujero y meterse dentro de él mientras su esposa seguía riéndose, levemente ruborizada.
―Está bien… ―asintió, alzando su mano cuando recordó su compromiso del día siguiente: ―Recuerde que mañana tengo una fiesta y usted me dijo que podría asistir.
―Ajá, el cumpleaños de la hermana de Edward… nada de agitarse y con el compromiso de regresar temprano a casa.
―Me ocuparé de que así sea, doctor ―dijo finalmente Edward, cuando la conmoción se esfumó. ―Y le pondré vigilancia las veinticuatro horas al día para que siga a los pies de la letra sus instrucciones.
―Gracias Edward. Y no olviden sus chequeos ni tus citas con el kinesiólogo y con psicólogo, por favor, Rose.
―Como ordene, doctor.
Vestida con ropa deportiva, salió del piso sobre la silla de ruedas, agradeciéndoles a cada enfermera que tuvo la gentileza de atenderla, lamentándose no ver a su "nueva amiga" Alice entre ellas. Edward hizo lo mismo y pensó sin remedio en cierta enfermera la que últimamente llenaba sus pensamientos.
En el elevador, Rose miró a su marido y tomando su mano helada la apretó levemente y le sonrió deseando obtener la misma sonrisa de regreso. Lo amaba tanto… tanto que anhelaba más que otra cosa volver a refugiarse en sus brazos, retomar la vida tranquila que llevaban y ponerse en campaña para agrandar la familia con un niño al que Rose ya imaginaba igual a su padre.
― ¿Qué? ―preguntó Edward divertido por la forma tan rara con que Rose lo miraba. Ella suspiró y sonrió justo cuando respondió:
―Eres tan guapo…
― ¡Oh, anda ya, Rose!
―Es la verdad. No sé cómo no me ha tocado lidiar con otra mujer que quiera arrebatarme de tu lado.
"No sabes lo que dices, Rosalie" pensó él, bajando la cabeza y negando con esta.
―Soy una chica con suerte ―admitió aún con su sonrisa colgando de sus labios ―Y creo que le pediré a mi musa inspiradora que me ayude a escribir una historia de amor que sea nuestra historia, ¿te gustaría?
― ¿Tengo que volver arriba y meterte de nuevo en esa cama? Porque estás diciendo cosas sin sentido…
―No te burles de mis ideas… ―se carcajeó ella, guardando para sí la idea de escribir una historia de amor entre una novelista y un músico ―Mejor dime, qué hiciste ayer. Me tuviste mucho tiempo abandonada, además no dormiste aquí. Quiero saberlo… ―comentó con voz ronroneante, apegándose al brazo de su marido y descansando su cabeza sobre este, el que llevaba cogido fuertemente.
Edward cerró los ojos y levantó la cara al cielo… "No, Rose, la verdad es que no querrás saberlo"
―Ya te lo dije, trabajo acumulado, eso en resumen ―respondió con tono despreocupado ―Me dejó rendido que no sé cómo me quedé dormido.
― ¿Dormiste en casa? ―preguntó ella, levantando el rostro hacia su marido.
―No… ya te dije que no me gustaba mucho ir allí. Me quedé en el apartamento, pero esta mañana antes de venir aquí, pasé para ver que todo estuviera en orden. Nina puso flores amarillas como sabe que te gustas ―agregó, refiriéndose a la muchacha que los ayudaba con las cosas de la casa.
Rose sonrió pensando en que Edward hubiera recordado aquel detalle, no sabiendo ella que la iniciativa en realidad la tuvo Nina, que siempre le daba en el gusto.
Llegaron hasta el estacionamiento y al salir, no puso evitar emocionarse por estar ya fuera de ese hospital, pensando en que retomaría poco a poco sus actividades normales. La misma emoción la embargó cuando pisó su casa y fue recibida por la comitiva de bienvenida: sus padres, sus hermanos y sus suegros, incluso Nina. Se abrazó a su marido y no pudo evitar derramar lágrimas de emoción.
La llevaron hasta la sala y allí se sentaron a conversar de lo feliz que estaban todos de que ella regresara por fin a casa, aprovechando Edward de escabullirse a su estudio, o su santuario, esto bajo la mirada de Esme que no le perdía la pista. Deseó seguirlo pero Antonieta le preguntó algo en ese momento y no le quedó de otra que quedarse allí.
Pasaron las horas hablando de temas animados, dando gracias Edward de ver cada vez más cerca a la habitual Rosalie que había quedado desplazada luego de su estadía en el hospital, pero que poco a poco estaba retomando su lugar, eso al menos le pareció al verla con la soltura y chispa cotidiana mientras compartía con su familia.
Compartieron un almuerzo de bienvenida, que en verdad parecía un banquete del que Nina se lució para atender a su patrona, quien comentó que no dejaba de ir a la casa a diario como si ella o el señor Edward estuvieran allí, pensaba que eso la traería pronto de regreso y según lo que pensaba, sí dio resultado.
―Echo de menos cómo aporrea usted las teclas de su computadora, señora Rose ―comentó Nina con la emoción subiéndole por la garganta… ―incluso volví a leer dos de sus novelas… ¡Le juro que no le fui infiel con nadie más!
―Uhm… ¿y ese libro de Isabel Allende que llevabas el otro día…? ―intervino Edward, mirando a la fiel Nina con sus ojos entornados y voz acusatoria pero divertida, abriendo ella los ojos ampliamente negando con la cabeza para desmentir a su otro patrón delante de su esposa, la que se reía encantada con la situación.
De tanto en tanto, mientras la animada conversación bullía en la mesa, Edward miraba su teléfono en espera de una respuesta por parte de Isabella, la que no llegó, sino hasta que Jasper se dignó a aparecer cuando ellos estaban compartiendo el café en la sala de estar, cerca de las cuatro de la tarde.
― ¿Y por qué vienes solo? ―preguntó Rose, tomándole la mano a su marido quien estaba sentado a su lado.
― ¿Hablas de mi Alice? Bueno, tenía intención de traerla pero recibió una llamada de último momento de una de sus mejores amigas ―dijo mirando furtivamente y por fracción de segundos a Edward ―Ya sabes… las amigas por sobre el novio…
―Oh, pues, tráela l domingo para cenar… ¿te parece, Edward?
Pero Edward estaba más ocupado de armar en su cabeza alguna teoría sobre lo que Jasper había dicho, sabiendo él que la amiga de la que hablaba se trataba de Isabella. ¿Pero enferma? ¿Por qué? Las alarmas de preocupación comenzaron a sonar dentro de su cabeza a la vez que una puntada aguda molestaba justo en el centro de su pecho, imaginándose que algo malo podría pasarle y él ahí, sin poder correr a su lado como desearía.
― ¿Edward?
―Oh, perdona… ―miró a Rose, torciendo su boca ―estaba recordando que debo hacer una llamada urgente…
― ¿Vas a dejar sola a Rosalie, para variar? ―preguntó Emmett, haciendo con su comentario mordaz acto de presencia, y como era habitual cuando lo hacía, se llevó la reprimenda de Antonieta su madre y de Rose. Edward simplemente lo ignoraba, cuestión que enfurecía aun más a Emmett, tanto como cuando tenía que ser testigo de las muestras de cariño que Rosalie le brindaba a Edward, como en ese momento cuando él se levantó y dejó un beso en la sien de ella antes de retirarse por un momento a su estudio en compañía de Jasper, su perro faldero.
Caminaron rápido por los pasillos amplios de la casa hasta el cuarto privado de Edward, donde apenas cruzar la puerta y cerrarla, el músico sacó otra vez su teléfono e insistió llamando a Isabella.
―Habla Jasper ―dijo, mientras esperaba a que ella atendiera. El dibujante se alzó de hombros y caminó hasta el banquillo del piano de cola donde se sentó, abriendo la tapa de éste y pulsando una tecla y otra con el dedo índice.
―Alice llamó a Isabella cuando la fui a buscar al hospital, parece que ella le había dejado un mensaje o algo así. Mi nena se puso nerviosa y me pidió que la llevara a casa de Isa porque no se oía bien.
― ¿No te dijo qué le pasaba? ―preguntó, con el nervio aumentándole de forma alterante, volviendo a marcarle a Isabella por segunda vez ―He intentado ponerme en contacto con ella, pero no responde.
―Dame un segundo y déjame ver si Alice atiende… ―Dejó a un lado las teclas del piano y sacó el teléfono de su bolsillo marcándole a su chica. Puso el teléfono en el oído y esperó a que contestara, pero el tono de llamada sonó una y otra vez hasta que se dio por vencido. Bufó y volvió a marcarle, obteniendo el mismo resultado ―Pues no maestro, a mí tampoco me responden. Quizás está pasando por esos días femeninos, ya sabes…
―No lo creo… ―respondió con preocupación mientras le tecleaba un mensaje a Isabella pidiéndole que diera señales de vida. ―Qué habrá pasado…
―Yo dejé a Alice en el edificio donde vive Isabella justo antes de venir aquí. Así que nos tocará esperar… ―dijo con tono calmo ―Por cierto, mi hermano regresa mañana a la ciudad. Después pasará una temporada con mis padres y quiere saber si te gustó el apartamento.
―Sí, claro que nos gustó… ―suspiró, sentándose en el sofá a unos dos metros del piano. Tenía el IPhone en las manos por si Isabella se comunicaba con él.
Jasper arrugó su entrecejo y reparó en algo de la respuesta de su amigo.
― ¿Nos gustó?
―Hablo de Isabella y de mí. Es en ese lugar donde comenzaremos nuestras vidas juntas…
― ¡Pues, hombre, y dónde está la champaña para brindar! ―exclamó Jasper en broma, llevándose una mirada reprobatoria de Edward, que relajó su postura y se hizo hacia atrás, pasándose una y otra vez la mano sobre el cabello.
―Muy gracioso… ¿crees que puedo celebrarlo cuando tendré que hablar con Rose y acabar con este matrimonio? ¿Cuándo ella acaba de regresar de pasar una temporada en el hospital?
Jasper alzó las manos, como si se estuviera dando por vencido de bromear con el maestro en ese momento. Se levantó del banco y se ubicó junto a él en el sofá.
―Cálmate maestro. Quedamos que era el precio que tenías que pagar… y hablando de precio, presumo que vas a querer rentar el apartamento.
―No, no rentarlo. Voy a comprarlo.
Jasper sonrió, frotándose las manos y pensando en la suculenta gratificación que le obligaría a darle a su hermano por servir de conexión con el negocio que cerraría.
―Bueno, no he oído que lo tenga en venta, pero ya que casi no lo ha rentado últimamente y tratándose de ti, no creo que ponga objeción, salvo por la cantidad de ceros que acompañará la cifra que te pedirá por el lugar.
―Estoy preparado para pagarlo. ―respondió seriamente, mirando fijo hacia la pared del frente que estaba llena de fotografías. Se sobresaltó cuando sintió el puño de su amigo golpearle justo n el brazo, y lo vio sonriéndole con socarronería.
―Seguro lo estás, eres el maldito mejor músico que pisa esta parte del globo terráqueo, seguro estas nadando en dinero…
―Muy gracioso, Jasper… ―respondió aprovechando de devolverle el golpe, esta vez con un poco más de fuerza, agarrándose el dibujante el brazo y doblándose hacia adelante como si sintiera dolor, aunque se reía como si aquello le provocara risa. Edward lo miró, rodó los ojos y volvió a acomodarse contra el respaldo del sofá.
Cuando su amigo se calmó, imitó su postura y sacó del bolsillo interno de su chaqueta la cajetilla de sus Lucky Strike, sacando un cigarrillo par aponerlo entre sus labios.
―Le pediré que aparte un día a la hora de almuerzo quizás para que hablen de negocios, ¿te parece? ―y encendió el cilindro de nicotina. No era primera vez que lo hacía dentro de aquel santuario lleno de adminículos que tenían directa relación con la música, por lo que no perdió tiempo en preguntarle si podía hacerlo allí.
―Suena estupendo.
Por enésima vez, Edward miró la pantalla de su teléfono y bufó con frustración cuando no vio ningún tipo de respuesta.
― ¿Sigues preocupado por Isa? ―preguntó Jasper, botando el humo de la primera y honda calada ―Quizás no sea nada…
―Quizás ―susurró Edward, exasperado ―pero no voy a estar tranquilo hasta que ella misma me afirme que está bien y que Alice no hizo sino exagerar. Voy a…
La conversación quedó hasta allí cuando Rosalie entró al privado sin golpear, mirando a los dos amigos, poniendo sus manos sobre las caderas.
―Suficiente cuchicheo, chicos. Jane acaba de llegar y está preguntando por su hermano.
―No queríamos movernos hasta que Jasper acabara su cigarro.
―Puedo apagarlo, no hay problema ―dijo Jasper, levantándose y apagando el cigarro en un cenicero de acero. Edward se levantó a continuación y tomó la mano de su esposa que extendió precisamente para que él se la tomara, empujándolo de regreso hacia la sala, donde se encontró con su hermana contando los pormenores de su fiesta de cumpleaños que se realizaría al día siguiente.
Todo el resto del día estuvo pendiente de su teléfono, siendo descubierto por Rosalie quien lo vio preocupado mirando la pantalla del móvil cuando ya de noche ella estaba acostada en su cama marital.
― ¿Sucede algo? Te ves angustiado…
―Esto… ―Edward carraspeó nervioso ―Un accidente donde uno de los chicos de la sinfónica salió muy mal herido.
Se reprendió por estar mintiendo con tanta facilidad, usando la noticia de la que había sido puesto al tanto el día anterior, cuando un correo notificaba de un cambio en el equipo pues uno de los violinistas había sufrido un accidente.
― ¿Y es muy grave?
―Pues… no lo sé. Hay que hacer modificaciones justo ahora que vamos a estrenar el ciclo de conciertos…
―Pero siempre cuentan con reservas, ¿no?
―Sí… solo que… no es lo mismo. Pero ya lo resolveré…
―Sí, ahora ven aquí ―palmeó el lado vacío junto a ella que solía usar Edward para dormir, lado que el músico hubiera deseado no volver a usar en compañía de su esposa, pero no podía presentar excusas para evitarlo, no es su primer día. Así que puso el teléfono en silencio y lo dejó sobre el velador, y se acomodó sobre las colchas, aprovechando Rose de rodearlo por la cintura y descansar sobre su pecho la cabeza que después de tan ajetreado día, parece que le daba vueltas.
― ¿Te sientes bien? ―preguntó Edward, agrazándola por los hombros. Ella asintió despacio, inhalando profundo el aroma del perfume de su marido.
―No sabes cuánto deseaba esto… volver a mi casa, y más puntualmente este momento del día, cuando solo somos tu y yo.
Edward sonrió con tristeza de pensar que él también añoraba esa parte del día, pero con el cuerpo de otra mujer pegado al suyo. Le dolía saber que le rompería el corazón a Rose, pero si bien él buscaba su felicidad junto a Isabella, no deseaba que Rose viviera esperando el amor que él no se sentía dispuesto a darle, pues el amor que le entregó durante esos cinco años junto a ella era apenas comparable con el amor que sentía por Isabella que lo hacía capaz de dejarlo todo por ella, como lo haría dentro de poco.
― ¿Sabes que te quiero mucho, verdad? ―se atrevió a preguntar Edward, a lo que Rose automáticamente alzó su rostro y sonrió encantada.
―Claro que lo sé ―dijo, y tomándolo por sorpresa, puso sus labios sobre los de Edward.
Lo besó con todo el amor que ella sentía por él, acomodándose y poniendo sus manos alrededor del cuello de Edward con la intención de profundizar el beso, beso que no hizo sino entristecerlo pues pese a responderle, no sintió ni por asomo lo que sentía cuando Isabella lo besaba. No sentía palpitar su corazón con la fuerza atronadora que retumbaba en sus oídos, ni el calor abrazador en su pecho que se extendía al resto de su cuerpo que anhelaba el contacto con la enfermera a quien reconocía como dueña.
―Estoy ansiosa de que el doctor nos dé luz verde…
― ¿Luz verde?
―Quiero que me hagas el amor. Te deseo…. Deseo lo que tú y yo compartimos en la intimidad y deseo darte hijos… ¿sabes la ilusión que me da verte tan cariñoso con Jane?
Edward no sonrió y procuró no demostrar ningún sentimiento contrario ante los dichos de su esposa. Simplemente se mantuvo inalterable en sus facciones, instándola a acomodarse de regreso en su pecho, con tal de evitar esa mirada de Rose llena de amor e ilusión.
―Ocúpate de tu recuperación antes de pensar en lo demás.
―Lo haré, lo haré ―respondió con fastidio, quedándose finalmente en silencio hasta que Edward se percató, momentos más tarde, que la respiración de Rose era acompasada.
Se movió con sigilo cuando la acomodó sobre las almohadas para no despertarla. Él aprovechó de ir a cambiarse y regresar a la cama, metiéndose bajo las colchas, agarrando su teléfono de paso para ver si finalmente tenía mensaje de respuesta, pero nada.
Con el sentimiento de frustración y la preocupación de no saber qué ocurría, se durmió dándole la espalda a Rose y soñando con su futuro junto a la mujer que no era la que en ese momento compartía la cama con él.
La mañana del sábado, Rosalie recibió en su casa la visita de dos altos ejecutivos de la casa editorial con la que trabajaba, que llegaron a verla en compañía de Tanya para brindarles todo su apoyo y cuanto pudieran brindarle en su proceso de recuperación, al igual que como lo hicieron con Edward cuando se enteraron de lo ocurrido y lo visitaron en el hospital. Debían ser cordiales y preocupados con una de las autoras que les brindaba suculentas ganancias, había comentado Jasper aquella primera vez que visitaron a Rosalie en el hospital.
Cerca de mediodía salieron de casa rumbo a casa de Esme y Carlisle, la que en ese momento era un verdadero castillo digno de una princesa, con toda la ornamentación adecuada para una fiesta con tintes nobles, como la pequeña hermana de Edward lo había dispuesto. La pequeña se había despertado muy temprano y había sido el capataz, pidiendo esto y aquello cuando los encargados de la decoración comenzaron con su trabajo.
―Agradece que no pidió disfrazarnos ―comentó Carlisle palmeándole la espalda a Edward cuando ambos merodeaban por la casa dispuesta para la fiesta de su majestad, Jane Cullen. Edward sonrió pero dejaba entrever su preocupación de la que Carlisle supo percatarse.
― ¿Sucede algo?
― ¿Por qué… por qué lo dices?
―Porque te noto tenso, preocupado…
Edward miró a su alrededor, como percatándose que Rose no estuviera cerca, para finalmente decirle la verdad a su padre. En voz baja, Edward le explicó que estaba preocupado por Isabella, después que desde el día anterior no tuviera noticias de ella, cuando Alice, la novia de Jasper y mejor amiga de ella, fuera a verla porque no se encontraba bien.
―No responde mis mensajes. Si no pasara nada, ya me los habría respondido. Y yo estoy aquí, de manos atadas, sin tener la libertad de poder ir a ver qué ocurre con ella ―murmuró, metiéndose las manos dentro de los bolsillos de su cazadora de cuero, apretándolos fuertemente.
Carlisle suspiró y movió la cabeza afirmativamente, como entendiendo lo que ocurría con su hijo.
―Si quieres puedes ir y yo trato de cubrirte. Jane va a entender…
―No lo digo solo por la fiesta de Jane, lo digo por Rose, por todo. Me molesta no ser libre para ella, no poder estar a su lado como deseo hacerlo.
―Vale, hijo, no te tortures más ―lo aconsejó el abogado, poniendo una mano sobre su hombro, como una forma de darle contención ―Ahora no es el momento. Me dijiste que la novia de Jasper es su amiga, quizás ella se comunicó con él y sabe algo…
―Lo llamé antes de salir y dice que Alice no le adelantó nada por teléfono, que hablarían después que ella saliera de su turno. Lo único que me dijo es que Alice presentó en el hospital una licencia médica porque Isabella no se presentó a trabajar esta mañana y eso me dejó más preocupado.
―Vaya… ¿piensas ir? A verla, me refiero
― ¡¿Y con qué pretexto?! ―exclamó un poco más alto, pero enseguida se controló cuando vio a la mujer que ayudaba en la casa yendo de un lado para otro con Jane pisándole los talones, además de la mirada de Esmerald y Rosalie que sentía a lo lejos sobre él. ―No vive sola, vive con su madre. Ella sabe lo que sentimos el uno por el otro, pero… no quiero que mi presencia ahí le traiga problemas a Isabella con su madre. Se supone que solo hablamos… ante el resto somos dos enamorados que se miran desde lejos y esperan su momento de estar juntos.
―En cuanto te sea posible, habla con la verdad, Edward. No es correcto lo que están haciendo, pero debo reconocer que nunca te había visto así de enamorado, por lo que creo debes luchar por ese amor. Y si ella te necesita ahora mismo, tu única opción ahora es ir a su casa, presentarte ante su madre y hablarle con la verdad, que ella sepa que amas a su hija a pesar de todo.
Edward miró a Carlisle y agradeció tenerlo como apoyo en ese momento en que cualquier le daría la espalda después de lapidarlo. No estaba de acuerdo, se lo dijo, pero le dijo también que luchara y eso es lo que haría.
―Lo haré ―inspiró profundo y miró a lo lejos a su hermana, jalándole la falda a Esme que hablaba con la decoradora, para llamar su atención ―Iré después de aquí porque estoy desesperado, y si ella no me deja entrar, pues me meteré por la ventana, pero la veré y me cercioraré personalmente de su estado.
―Como digas ―sonrió con tristeza, mirando a James como saltaba de emoción viendo como su casa tomaba forma para su fiesta de cumpleaños deseada. Era una niña feliz, y su padre iba a procurar que lo siguiera siendo por el resto de sus días.
Edward lo miró y arrugó la frente, haciendo a un lado por un momento de sus propias preocupaciones. No podía olvidar que al hombre a quien había aprendido a querer como a un padre, tenía sus propios tormentos y así como lo había hecho con él, Edward debía prestarle ayuda.
― ¿Qué sucede? Te ves… melancólico.
―Lo estoy un poco ―suspiró, dejando de mirar a su hija para dirigirse a Edward ―Hice las maletas. Esta noche me voy de casa.
― ¡¿Esta noche?! ―exclamó el músico, a quien la noticia lo había tomado por sorpresa ―Mierda, Carlisle, ¿no podías elegir otro día? ¡Es el cumpleaños de Jane!
―Esta mañana cuando fui a despertarla y a darle su regalo, le dije que salía de viaje, y ella pareció entenderlo. Me iré a un hotel mientras encuentro algo…
―Pero por qué te vas así de repente, ¿tuvieron alguna discusión?
―Más o menos ―contestó con pesadumbre, mirándose la punta de sus zapatillas ―Pero por lo mismo, para no seguir peleando es que me voy. Era algo que iba a suceder tarde o temprano, así no dilataré más el asunto del divorcio.
― ¿Y la custodia de Jane?
―Será compartida, por supuesto.
Edward no confiaba en que Esmerald tuviera viviendo a Jane con ella sin que Carlisle habitara la misma casa, ¿pero cómo iba a planteárselo a Carlisle sin que él sospechara nada? tendría que hablar con la mujer que ayudaba en casa de Esmerald para que tuviera los ojos bien abiertos, y hablaría también con su hermana.
―Por cierto, mi departamento está vacío. No es necesario que vayas a un hotel, puedes quedarte allí sin problemas.
― ¿De verdad? Te lo agradezco, pues odio los hoteles. Estaré ahí hasta que encuentre algo propio, no te preocupes.
―No te apures por dejarlo. Estoy más tranquilo sabiendo que estás ahí…
―¡Edward! ―gritó la cumpleañera, arrastrando la última palabra mientras corría hacia su hermano, quien se preparó para agarrarla y tomarla en sus brazos. ― ¿Ya viste lo linda que va a quedar la casa para mi fiesta?
― ¡Es como tu propio reino, princesa!
― ¡Y eso que no has visto mi vestido! ¡¿Quieres verlo?!
― ¡Dios, claro que quiero!
Entonces Jane le tiró un beso a su padre y le ordenó a su hermano que la llevara cargando hasta su dormitorio para que viera el vestido de princesa que su mami le había regalado.
Y así estuvo Edward, de un lado a otro bajo las ordenes de la princesa del lugar, saludando a sus amiguitos, posando con ella para las fotos, en fin, todo bajo la mirada tierna de Carlisle, la emoción de Esme y la reticencia de Rose, pues prácticamente la había ignorado desde que había llegado a esa casa. Por lo mismo fue que ardió en ira cuando él se le acercó para informarle que debía retirarse de la fiesta porque algo de último momento se había presentado.
― ¡¿Me estás diciendo que te vas?! ―le preguntó, cruzándose de brazos. Edward pestañeó y abrochó el cierre de su chaqueta, metiendo las manos a sus bolsillos para tantear las llaves del coche.
―Sí, lo siento, pero…
Rosalie apretó los dientes y dio un paso adelante, mirando con resentimiento a Edward. ―Me has ignorado durante toda la maldita tarde por estar detrás de esa ridícula niñita que te maneja con su dedo meñique…
― ¡¿Perdona?! ―exclamó Edward, irritado, dando un paso atrás. Lo que Rose acababa de decir no se lo esperaba. ― ¿Qué es lo que acabas de decir?
Rosalie pestañó, sin bajar la guardia ni relajar su postura, simplemente esperaba que Edward claudicara y se quedara con ella, que le encontrara la razón, que le pidiera disculpas, pero al parecer el músico no tenía eso es mente, eso le molestó a ella sobremanera. Y eso mismo la hacía decir ese tipo de cosas.
―Yo… ¡No sé lo que digo!
―Dios, Rosalie, no pensé que alguna vez te oiría hablar así de mi hermana ―dijo, espantado, dando otro paso atrás mientras a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y su barbilla temblaba inevitablemente.
Esme, que había sido testigo de ese encuentro, no demoró en aparecer.
― ¿Sucede algo? ―preguntó, mirando primero a Rose y luego a Edward ― ¿Por qué tu esposa está así?
Edward le respondió sin quitar sus ojos enojados y ofendidos de Rosalie.
―Déjame decirte que en este mismo momento la desconozco, por lo que no tengo idea qué es lo que le pasa.
―Pero por qué… ―insistió Esme, pero no recibió más explicaciones.
―No tengo tiempo, debo irme ―dijo, mirando a Esme ―te agradecería que te encargaras de dejar a Rose en casa.
―Seguro.
―Edward, por favor… ―rogó Rosalie, pero Edward la ignoró, girándose sobre sus talones para desaparecer del salón ornamentado en tonos lila y rosa.
Esme entonces se giró hacia Rose, y arrugó sus perfectas cejas, cuestionando qué era lo que la rubia escritora había dicho o hecho para enfadar tanto a su hijo.
―Dime qué sucedió, Rosalie ―demandó saber, poniendo sus manos como jarras sobre sus caderas. Rosalie sacudió la cabeza y levantó la mano hacia donde Edward había desaparecido.
― ¿Es que acaso no lo viste con tus propios ojos, Esme? ¡Todo es más importante que yo!
―Lo que acabo de ver es a una mujer que no comprende a su marido y que con su actitud nada más conseguirá alejarlo para siempre de su lado ―expuso su punto con claridad hacia su nuera, por quien siempre albergó antipatía ―Te lo estoy diciendo ahora para que no andes llorando más adelante, Rose: comienza a comportarte como la mujer a la que mi hijo eligió, y no en la histérica y demandante esposa en la que te estás convirtiendo…
― ¡Esme!
―Sé que vienes saliendo de algo complicado, y lo entiendo, pero eso mismo debería bastarte para tomar otra actitud.
Y sin más, Esmerald se fue hasta el rincón donde un grupo de padres que habían acompañado a sus hijos e hijas a la fiesta para socializar con ellos, mientras Rose se quedaba allí ardiendo de rabia, deseando escapar e ir detrás de su marido.
Edward subió corriendo por los escalones hasta el piso donde estaba el apartamento de Isabella. Llegó allí pasándose varias señales de tránsito, esto después de que en plena fiesta su amigo Jasper le enviara un texto donde le contaba que lo único que Alice le había dicho era que Isa estaba mal por el regreso del demonio que la atormentó en el pasado. Edward supo enseguida de quien se trataba y sin más se acercó a su hermana a explicarle que debía irse, y luego lo hizo con Esme y Carlisle, saliendo tras aquella discusión con su esposa de la casa de la cumpleañera.
Respirando pesado se detuvo frente a la puerta y golpeó esperando que le abrieran. No había ensayado lo que le diría a Renée cuando le abriera, simplemente se dijo que debía ser lo más honesto que pudiera con ella, que sabía sería la única forma en que ella lo dejara pasar.
― ¿Quién? ―oyó que alguien dijo desde adentro. Por supuesto, Renée en calidad de no vidente, no se iba a arriesgar a abrirle a puerta a cualquiera, medida que a él le pareció correcta.
―Este… señora, me llamo Edward Masen y vengo a ver a su hija. Le suplico me lo permita entrar, por favor…
Después de dos segundos, la puerta se abrió lentamente y frente a Edward apareció una mujer de estatura mediana y rostro que guardaba semejanza con el de Isabella. Por las fotografías que vio la vez anterior que estuvo en ese apartamento supo que era Renée, madre de Isabella, la que en ese momento accedió a abrirle dejándose llevar por el tono ansioso y desesperado que el músico usó cuando avisó de su presencia.
―De todos, la única presencia que no me esperaba era la suya…
―Entiendo por qué lo dices. Estoy preocupado, Alice dijo algo sobre Isabella, que estaba enferma…
―Sí, algo que comió que le revolvió el estómago, y como esta niña es tan debilucha, le afectó hasta con fiebre, pero con los antibióticos que Alice le trajo, seguro mejorará.
Renée por supuesto no estaba al tanto de nada respecto a Aro, pues seguramente el impacto de volver a saber de ese tipo bajó las defensas biológicas de Isabella, provocándole todo aquello que disfrazó tan bien la enfermera detrás de excusas viables.
―Oh, pero qué descortés soy, no se quede ahí, pase ―abrió la puerta y le dio la pasada a Edward, indicándole con la mano a que siguiera hacia la salita. Si Edward no estuviera al tanto de la limitación visual de Renée, no hubiera puesto en duda que esta mujer lo observaba detenidamente, y quizás lo hacía, quizás lo evaluaba a través de sus palabras y a la entonación que daba a estas.
―Quizás como dice, puede ser una simple gripa o algo que cayó mal en su estómago, pero aun así me preocupa. No he sabido nada de ella y…
―Relájese, mi niña está bien. Solo necesita descansar y recuperarse. Es un enfriamiento al estómago, con hidratación y reposo se le pasará.
Edward soltó el aire de sus pulmones y cerró los ojos, llamando a la calma. Si la señora creía que su hija solo estaba enferma con algo de poca importancia, probablemente estaba en lo cierto pero no sabía lo que lo había desencadenado, por ello debía calmarse. Aunque saber que estaba frente a ella, exponiendo sus sentimientos, lo ponía nerviosa, tal y como lo hacía cuando un chico iba por primera vez a casa de su chica y recibía la evaluación exhaustiva de sus padres. Así de nervioso se sentía él.
Después de un par de minutos de silencio algo incómodo y mientras Edward no apartaba sus ojos del pasillo que sabía llevaban hasta el dormitorio de Isabella, Renée fue quien primero habló sin mediar más preámbulos.
―Estoy al tanto de los sentimientos que mi niña tiene hacia usted. Nunca los ha escondido y los ha defendido, diciéndole que es su esperanza, lo que la llevará a un futuro a su lado.
―Y deje que le corrobore que sus sentimientos hacia mí son igual de retribuidos, porque yo a su hija la amo y no voy a vivir mi vida junto a otra que no sea ella.
―Pero ya lo hace… usted es casado.
―Lo soy ―suspiró profundo y exhaló, haciendo notar su frustración ―Nunca estuve enamorado de mi esposa, y si me pregunta por qué me casé entonces, le diría que por estúpido, porque pensé que así debía de ser. Porque de haber sabido que su hija iba a aparecer en mi vida, le aseguro que la hubiese esperado. Pero aun así, mi estado civil no me detiene y no lo hará.
Entonces Renée torció la cabeza y no tuvo ninguna duda de lo que ese hombre sentía por su hija, porque para ella quien aprendió a notar la sinceridad de las personas a través de sus palabras, aseguraba que ese hombre decía la verdad, además de dejar ver su dolor y el padecimiento de no poder ser libre para Isabella.
―Se debe sentir feo encontrar el amor cuando ya está atado a alguien más.
―Así es, pero esas ataduras no son eternas. Más temprano que tarde me liberaré de ellas para estar finalmente con Isabella.
―Le ruego que sean cautos y que no hagan estupideces ―aconsejó Renée, quien presentía que entre su hija y el músico había algo más que simples diálogos. Pero no dijo nada más, ambos eran adultos responsables de sus actos.
Lo torturó por un rato con preguntas y no era necesario ver para saber que estaba nervioso y que seguro estaba restregándose las manos o intentando controlar el temblor de su pierna para así aguantarse los deseos de ponerse de pie y correr en busca de Isabella, por lo que dejó de atormentarlo, poniéndose de pie e invitándolo a seguirla hasta el cuarto de su hija.
Abrió la puerta muy lentamente y dejó ver el cuarto que estaba en absoluto silencio, viendo Edward nada más que el cuerpo de Isabella dormida justo al centro de su cama, cubierto por un enredón de lana de muchos colores.
Sin preguntar ni pedir permiso, Edward se precipitó hacia la cama y se sentó en la orilla de esta, sin poder aguantar la tentación de extender la mano y acariciarle su cabello y su rostro. Detrás de él, Renée intuyó que iban a necesitar un tiempo a solas, saliendo discretamente de la habitación, tomando la precaución de no cerrar la puerta.
Al parecer, Edward sintió que su alma retornó al cuerpo cuando finalmente pudo estar allí con ella, con Isabella, aunque fuese por unos momentos. Ella en tanto, se removió y poco a poco comenzó a abrir los ojos, como si su inconsciente le advirtiera de la presencia de Edward, aunque tuvo que pestañear varias veces para convencerse de que no estaba soñando y que Edward realmente estaba allí con ella. Cuando estuvo convencida, se incorporó y se abrazó a Edward por el cuello, abrazándola él por la cintura, acariciándole la espalda.
―Me asustaste, Isabella ―susurró él, sin dejar de acariciarla ― ¿Qué sucedió?
Isabella se apartó un poco y lo miró, arrugando su frente ― ¿Cómo fue que entraste?
―Pues por la ventana. ―Cuando ella abrió los ojos lista para protestar, él negó con la cabeza y rectificó su respuesta ―Me presenté ante tu madre, le hablé con la verdad y después de someterme al tercer grado con sus preguntas, me dejó pasar a verte.
―Tenía ganas de conocerte ―dijo ella, esbozando una sonrisa torcida sobre aquel tan pálido rostro, pero que para él seguía siendo tan hermoso.
―Mejor dime qué fue lo que pasó. Algo dijo Alice que me dejó inquieto
El rostro de Isabella se ensombreció al recordar lo que la había llevado a ese estrepitoso estado de salud. Volvió a temblar en los brazos de Edward, recostando su cabeza en el hombro del músico que la acaricio tiernamente, animándola a hablar. Sin duda hacerlo iba a ser más fácil pues se encontraba rodeado de los brazos del hombre que amaba y allí se sentía valiente, dispuesta a enfrentar cualquier cosa.
El músico oyó atentamente cómo es que ese tipo se hizo presente otra vez, maldiciéndolo y deseando encontrarse con él cara a cara de una buena vez.
―Quizás… si me fuera un tiempo de aquí, se aburriría y…
―No vas a hacer tal cosa, Isabella. Le haremos frente y nos aseguraremos de que no te siga molestando, ¿está bien?
―Deja que yo lo solucione, no quiero que te metas en líos…
―Ni por asomo voy a quedarme al margen y ver como ese tipo ahuyenta a la mujer que amo. Que se entere que no estás sola.
―Pero…
―Pero nada ―la tomó por ambos lados de su rostro y habló con toda convicción ―Hablaremos con un abogado de confianza y le contaremos todo. Él nos dirá que pasos seguir, si dejar algún tipo de constancia sobre sus amenazas, tanto esta como las que sufriste antes, eso debe servir de prueba, igual que a los testigos… pero te aseguro que esta vez no logrará amedrentarte como lo hizo antes.
― ¡Ay, Edward! ―lloriqueó, volviendo a abrazarse a su cuello. ― ¿Y si mi mamá se entera de todo? ¿Si por alguna razón llega a sus oídos o él mismo se encarga de decírselo?
―Para evitarle la sorpresa, sería mejor que hablaras con ella y le contaras ―susurró dejando un beso sobre el cabello de su amada ―Quizás no es necesario que detalles los hechos, simplemente le hagas saber que en el pasado no hiciste las cosas bien y que alguien de aquel entonces insiste en llevarte allí de regreso.
―Voy a defraudarla… a decepcionarla…
―No lo harás. Ella deberá entender que antes tomaste decisiones inmaduramente, por curiosidad, y no por maldad. Además, ella te conoce mejor que nadie, ella no te juzgará, ya lo verás.
Isabella sonrió y se apretó al cuerpo de Edward, respirando tranquila. Era increíble como él había logrado calmarla incluso sintiéndose mejor de sus males corporales, aunque Edward temía secretamente que ese hombre a quien no conocía, consiguiera acercarse a ella y lastimarla. Pero eso no lo permitiría, no lo haría
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La casa de Esmerald quedó silenciosa y vacía Cuando los gritos de los niños y sus jugarretas se han extinguido regresando a sus casas muy contentos y agradecidos por lo bien que lo han pasado. Pese a estar cansada por el ajetreo de la preparación de una fiesta infantil y estar pendiente de absolutamente todo, no puede evitar sentirse satisfecha por el resultado y feliz por el rostro de su hija, que no podía más de la dicha por su fiesta de cumpleaños. Todo salió como ella lo soñó, eso se lo dijo cuando la abrazó justo antes de cubrirse con las colchas de su cama a la hora de dormir.
―Lo único malo es que papi se fue a ese viaje, ¿sabes cuánto va a demorar en regresar?
―No lo sé, cariño ―respondió Esme, acariciando el cabello rubio de su hijita. Aquella noche oficialmente comenzaba su proceso de separación después que él creyera conveniente salirse de la casa para evitar enfrentamientos que perjudicaran precisamente a Jane, aunque sabían que el divorcio en sí mismo la resentiría.
A solas en la sala, se sirvió un vaso de licor y se puso a pensar en lo que fue su vida junto a aquel abogado quien le arrebató el aliento cuando lo conoció. ¿Cómo es que toda esa pasión se esfumó tan pronto? Precisamente, pensó con pesar, porque la pasión enceguecida fue lo que sustentó este matrimonio y no el amor que es perenne a cualquier circunstancia. Carlisle era un hombre bueno, que había hecho cuanto pudo por salvar la relación, pero finalmente nada le ganó al deseo de independencia de Esmerald y sus viejas costumbres que a esas alturas de su vida estaban comenzando nuevamente a inquietarla por salir a flote desde donde estaban escondidas. Por algo no se hizo mucho de rogar cuando James apareció, con su aspecto y su cuerpo de adulto joven, no como aquel adolecente asustadizo que casi se larga a llorar cuando sintió su primer orgasmo con ella. Entonces no sabía nada de seducción en cambio ahora desplegaba una sensualidad a la que pocas mujeres eran inmunes, sabía eso ella.
Pensaba en esos tiempos y en la idea de decirle a James que la visitara cuando el timbre de la puerta sonó, sorprendiendo a Esme que miró la hora en su reloj de pulsera de oro blanco.
"¿Quién hace visitas a las diez y media de la noche?" pensó, levantándose y caminando hacia la entrada de su casa. Miró por la ventana y vio estacionado un coche negro que no reconoció, entonces pensó que James había llegado a hacerle una visita y a mostrarle el coche nuevo que dijo quería comprarse. Más relajada y arreglándose la falda de tubo y su blanca y ajustada blusa, abrió la puerta, congelándosele la sonrisa en el rostro, pues no era su amante quien estaba de pie al otro lado.
―Me preguntaba si una vieja amiga estaría dispuesta a tomarse una copa de Bourbon conmigo y recordar viejos tiempo ―dijo con aquella sonrisa enigmática de siempre, divertido por la sorpresa que le dio a su amiga, quien al salir de su estupefacción arrugó la frente y lo miró, reconociéndolo después de tantos años sin saber nada de él.
―¿Aro Vulturi?
