Estimadas todas: ya traigo para ustedes un capítulo. Espero sea de su agrado.

Gracias infinitas como siempre a todas las que siguen la historia, muchas gracias por darse el tiempo de leer y de comentar. Ya saben lo feliz que me hacen.

A mi equipo de siempre, gracias. Maritza, Gaby y Manu, son las mejores.

Ahora a leer damas.

Besos a todas!


Capítulo 16

Era incapaz de estarse tranquila después de la sorpresa inicial de ver delante de su puerta y luego de tantos años a su viejo conocido Aro Vulturi, que no sabe ella bien por qué, llegó hasta allí con la excusa de visitarla. ¿Cómo había dado con su dirección? Daba igual preguntar eso, pues averiguar una dirección para Aro era algo tan fácil e intrascendente que apenas ocupaba uno o dos minutos del tiempo de sus asesores, ni siquiera su propio y valioso tiempo.

El hombre de buen aspecto no inspiraba tener los cincuenta y tantos con los que cargaba, pues se mantenía con la vitalidad y la impronta que ya cualquier adulto joven de treinta se la quisiera. Además, sus genes europeos ayudaban a exacerbar sus atractivos rasgos y el acento extranjero que se dejaba oír en su voz, lo hacía aún más atractivo. Alto, atlético, de piel bronceada y ojos claros, de cabello negro con una que otra cana asomándose, siempre vistiendo trajes de alta costura, con aquel tono de voz cadencioso y profundo, todo aquello lograba arrancar suspiros a las mujeres de todas las edades que tenía la suerte de codearse con él.

Esme, siempre con su buena educación por delante, lo hizo pasar hasta su sala y compartió con él el mejor destilado que guardaba en su bar, mientras charlaban de una y otra cosa. Incómoda ella vio cómo su invitado paseaba con interés los ojos por su sala y se detenía en observar las fotografías que ella exhibía sobre una mesa junto a un gran ventanal. Vio como él se puso de pie y caminó hasta allí, tomando cada marco y observando los retratos donde se dejaban ver sus padres, un par de fotos de su matrimonio y por supuesto de sus hijos, cautivando estos últimos el interés de Vulturi.

― ¿Son tus hijos? ―preguntó sosteniendo un marco de plata que ornamentaba la fotografía de Jane y Edward que se tomaron hacía un año atrás, para el pasado cumpleaños de la pequeña.

―Sí ―asintió levantándose y parándose junto a Aro. ―Son Jane y Edward.

―Él se ve bastante mayor. ―Dejó el marco de plata sobre la mesa y se giró hacia ella, notando su repentino nerviosismo ― ¿Lo tuviste fuera del matrimonio?

―Yo… me hice cargo de él antes de casarme. Nunca pude concebir hijos propios.

―Oh, qué pena ―comentó en tono monocorde, volviendo a sentarse en el sillón blanco invierno, de suave textura, siguiéndole ella los pasos mientras apretaba sus manos una contra otra, rogando que él no le hiciera más preguntas sobre sus hijos, mucho menos sobre Edward.

―Nos dejamos de ver hace mucho tiempo, justo después que te fuiste tan intempestivamente a Londres. Antes de eso compartíamos tanto… ―hizo un silencio recordando aquello tiempos ―Recuerdo nuestros viajes a la casa de campo de tus padres. Dime, qué fue de ese lugar.

―Llevo muchos años sin ir ―respondió ella, rápida y nerviosamente. Aquel viaje a Londres lo tenía claro en su memoria, pues fue aquella vez que se llevó a Edward con ella cuando él era aún un niño.

―Tengo tan buenos recuerdos de ese lugar… No he olvidado aquella vez que conocí a la muchachita, la hija del cuidador… ¿Elizabeth es su nombre, verdad?

Esme tragó grueso, afirmando con la cabeza, pasando sus manos algo sudadas sobre su falda, mientras él muy relajado, cruzaba su tobillo sobre el muslo, moviendo lentamente su vaso de licor en círculos, observando a su vieja conocida con atención.

―Sí, ese era su nombre ―respondió ella tras carraspear. Aro en tanto alzó una de sus cejas con extrañeza.

― ¿Era?

―Murió tres o cuatro años luego que la conociste.

Aro alzó sus cejas, realmente sorprendido por la noticia. Ahora que la recordaba hubiera deseado ir a ese lugar para volver a verla y ver si mantenía la belleza natural de la chiquilla que conoció aquel entonces. Torció la boca y soltó un suspiro, dándole un trago a su licor, recordando lo enamorada que resultó esa muchacha de campo y lo fácil que se le entregó. Para él fue todo un placer, en todo el sentido de la palabra, conocer tan íntimamente a esa mujer, por lo que lamentaba su tan temprana partida de este mundo.

―Vaya, qué pena.

―Era muy enfermiza. Un virus fulminante acabó con su vida.

―Uhm… ―pensativo, pasó su dedo índice por la barbilla, dándole tiempo a Esme de salir de aquel tema de conversación tan peligroso, por lo que decidió dar respuesta a su pregunta de por qué Aro Vulturi había llegado tan de improviso a saludarla.

― ¿Y qué te trajo por estos lados? ―preguntó con seguridad, olvidándose del nerviosismo del tema anterior ―Debo admitir que sigo sorprendida de tenerte aquí. Tanto tiempo viviendo en la misma ciudad que pensé que nos habías desterrado a mis padres y a mí de tu círculo de amistades.

Aro sonrió y alzó su mano en el aire, restándole importancia. Enseguida se pasó la mano desocupada sobre su abrigo gris, mientras que con la otra seguía haciendo girar su vaso de licor.

―Pura dejación. Negocios, viajes, mi hija…

― ¿Tu hija?

Justo cuando la conversación se tornó hacia la vida de Aro, puntualmente cuando hablaron de Ángela, los ojos de este hombre se tornaron tiernos y se llenaron de un brillo muy propio de un padre orgulloso. Se explayó hablando de su hija enfermera, la mejor de su generación y sobre sus innumerables trabajos en los mejores hospitales de la región italiana, decidiendo regresar a su ciudad natal, Leonilde, para asentarse, decidiendo él seguirla y tomar su ejemplo de asentarse en ese lugar, donde regresaría a socializar con sus amistades, Esme entre ellas, además de otras cosas inconclusas que debía solucionar.

Pasaron unos cuarenta y cinco minutos hablando de la vida y obra de Aro Vulturi, hasta que él se percató de lo tarde que era. Miró su reloj de pulsera y alzó sus cejas negras, mirando a Esme con gesto de disculpa.

― ¿No tendrás problemas con tu marido por haberme recibido tan tarde aquí en casa?

―Mi marido no vendrá esta noche, no te preocupes.

Lo acompañó hasta la puerta y permitió que Aro la besara en el dorso de las manos, comprometiéndola para una cena dentro de los próximos días, a lo que ella aceptó encantada. Después de dejarlo marchar, se quedó de pie, con su espalda apoyada contra la puerta, preguntándose si las intenciones de Aro respecto a ella eran sinceras y desinteresadas, concluyendo que solo el tiempo lo diría, aunque se iría con cuidado. Estaba segura que él no había llegado a ella para pedir explicaciones sobre el pasado, puntualmente del momento que Elizabeth Masen aún vivía, de lo contrario las habría pedido sin chistar. Entonces ella debía procurar que él siguiera ignorando esa parte de la historia, no desenterraría esa parte del pasado.

Esa misma noche, Edward salió del apartamento de Isabella después de asegurarse que ella comiera el consomé que Renée le había preparado. Aparentemente quedó más tranquilo, pero seguía pensando en lo que la atormentó hasta el punto de hacerla caer enferma, y olvidándose completamente de Rose, apagando el teléfono para evitar interrupciones. Definitivamente, él era un maldito desgraciado por estar provocando el quiebre de su matrimonio. ¿Qué lo hacía diferente de otros hombres que sostenían una relación extramarital? Pues su única excusa era que amaba a Isabella y que no la estaba usando como vía de escape ni por alguna otra frivolidad, simplemente deseaba verse libre para vivir con ella. No quería engañar a Rose y no lo hubiera hecho si las circunstancias respecto a su salud hubiesen sido otras.

Atravesó su casa en silencio hasta que llegó a su cuarto, donde vio a Rose dormida al lado de su cama, aferrada a su almohada. El músico afirmó la cabeza en el quicio de la puerta y se la quedó observando, esperando que su esposa no lo odiara tanto cuando llegara el momento de enfrentar el asunto que lo atormentaba. Suspiró, cerrando la puerta del cuarto despacio para no despertar a Rosalie y caminó hasta su privado, donde tras quitarse los zapatos y el abrigo, se acomodó en el viejo pero cómodo sofá cubriéndose con una manta de cachemira, donde durmió aquella noche, y donde Rosalie lo encontró la mañana siguiente.

Fue lo primero que Edward vio al despertar, sentada en un brazo del sofá, observándolo, con sus brazos cruzados, su pelo atado descuidadamente en la nuca, vestida con un chaleco de lana negro de cuello alto y unos pantalones de yoga del mismo tono.

― ¿Tan tarde llegaste que no quisiste dormir conmigo para no despertarme? ―Con tono ligero pero claramente acusatorio preguntó Rose, cuando Edward ya se hubo incorporado y despertado del todo.

―Algo así, lo siento ―respondió, evitando los ojos acusadores de Rose.

― ¿Lo sientes? ¿Eso es todo?

Edward bufó y se levantó de la silla, pasando sus manos por su ya despeinado cabello. Ella también se levantó, esperando una respuesta.

― ¡Dime algo Edward! ―exclamó cuando él no tuvo intención de decir nada. ― ¡Donde demonios estuviste!

― ¿Dónde crees que estuve, Rose? ―preguntó en tono calmado, sintiéndose una vez más como un maldito desgraciado, pues Rose seguro apostaba que él había estado encerrado ensayando o cubriendo cualquier asunto que tuviera que ver con su trabajo.

Extendió los brazos sobre su cabeza y caminó hacia la ventana, por supuesto sintiendo a su esposa seguirle los pasos hacia allí.

―Saliste en medio de la fiesta de cumpleaños de tu hermana y no regresaste a casa no sé hasta qué hora. Te olvidaste de que ahora mismo estoy saliendo de algo jodido y que te necesito, pero no haces más que desaparecer…

Él creía que iba a ser capaz de aguantar junto a Rosalie, pero sentía que en cualquier momento iba a olvidar todo y a perder los estribos. En tanto, ella seguía reclamando.

―He estado a tu lado tanto como he podido, y me parece recordar que dijiste que estarías bien aquí y que aceptarías que me preocupara de los asuntos que he dejado de lado… ―siguió usando un tono calmado, aunque más bien cansado.

― ¡Por mi culpa, lo sé! No es necesario que me los saques en cara…

Cerró los ojos, inspirando hondo, y se giró hacia ella, mostrándole también su disgusto:

―No es ni ha sido esa nunca mi intención, pero con esta actitud, que honestamente desconozco, haces que parezca imposible. Nunca tuviste problema que estuviera todo el día fuera de casa, pero justo ahora que necesito que seas comprensiva, protestas. Además, alegaste que necesitabas de regreso tu independencia cuando insististe que te dieran el alta, si es así, ¿qué significa esto entonces?

Edward, dentro de su pecho, quería que un agujero negro se abriera bajo sus pies y lo tragara con tal de dejar ahí esa discusión, pues sus puntos para defenderse de las protestas de Rosalie eran sucias, y aunque la actitud de rose era muy diferente a la actitud que tenía ella antes de caer en coma, no podía culparla. Ella necesitaba aferrarse a la realidad de la que había estado ausente y eso lo conseguiría sujeta a sus afectos.

―No quiero ahogarte… ―susurró ella, dando un paso hacia él. Alcanzó a poner las manos sobre sus fuertes pectorales antes que él diera un paso atrás.

―Por cierto, no he olvidado el comentario que hiciste respecto a Jane. Me duele saber lo que piensas de ella, sabiendo lo que significa para mí…

―Veo que significa más de lo que yo.

―Es suficiente ―Edward movió las manos en el aire, como tratando de esfumar la estela tensa de aquella corta conversación ―Voy a dejar esta discusión hasta aquí.

Salió rápidamente de su estudio y se dirigió hasta su cuarto dejando tras él a su esposa, confusa, frustrada, triste, dolida.

En adelante, al pasar de las semanas, eran esas discusiones algo habitual y aunque cualquiera de los dos siempre intentaba ponerle paños fríos a las situaciones, siempre cualquier cosa los hacía discutir, sobre todo por las constantes demandas de Rosalie para saber dónde estaba Edward, con quién y a qué hora regresaría.

El músico no solía ausentarse más de lo normal, pero pese a ser de ese modo, a Rose le parecía demasiado. Probablemente su instinto de mujer advertía que algo raro pasaba con su esquivo marido que apenas accedía a abrazarla o a besarle la frente, muy por el contrario a las muestras de rotundo amor que le brindaba a Isabella a quien le dedicaba algunas horas de su día, precisamente cuando Rose pensaba que él estaba en la sinfónica o dictando sus cátedras en la universidad. Antes, Edward siempre puso su amor por la música por sobre su matrimonio y Rose lo supo entender muy bien, lo que ahora no hacía cuando se refería a Isabella. Ella era quien lo empujaba a componer melodías suaves, una tras otra, que de a poco se las iba enseñando, esperando una recompensa a cambio que solo ella sabía darle.

Procuraba que se relajara a su lado y se olvidara de aquel mensaje que Aro Vulturi le dejó y de quien no tuvo más noticias, aunque ella siempre le decía que se sentía vigilada, por lo que el temor de encontrárselo en cualquier lugar seguía amedrentándola. Logró olvidarse de todo eso cuando uno de esos días, Edward y ella se encontraron en el apartamento frente a la playa. Él la esperaba bebiendo un café bien cargado sentado a la mesa del espacio que se usaba como comedor, con un sobre marrón sobre ésta.

― ¿Qué es eso? ―preguntó con curiosidad ella mientras se quitaba su abrigo, y lo dejaba en el respaldo de una de las sillas. Edward dejó la taza sobre su respectivo plato y la miró con una sonrisa engreída.

―Un contrato preliminar de compra y venta.

― ¿De compra y venta? ¿De qué? ―se sentó a la mesa y sin que Edward se lo dijera, tomó el sobre entre sus manos y lo abrió mientras él sonreía.

― Descúbrelo tú misma. Lo único que te digo es que tendrás que ayudarme a meter un piano de cola aquí.

― ¿Por qué…?

La pregunta de Isabella quedó en el aire cuando cuál era la cuestión que envolvía ese documento. En éste, se decía que Peter Whitlock trazaba las estipulaciones necesarias para venderle a Edward Masen el inmueble aquel, a concretarse en un plazo de sesenta días y además convenía que el futuro comprador podía habitar el apartamento desde el momento de firmado aquel preacuerdo. Cuando Isabella levantó los ojos del documento, éstos estaban llenos de lágrimas pues sabía lo que la compra de ese apartamento significaba, además era para ella la forma en que Edward estaba comenzando a cumplir sus promesas. No le alegraba saber que iba a tener que pasar por el duro proceso del divorcio, no tanto para él, sino por Rosalie, y aunque cualquiera que no la conociera creería que esas palabras eran superficiales, ella en verdad sentía ese dolor silencioso por ser, de alguna forma, la causante de ese rompimiento. ¿Pero si Edward no era feliz con su esposa, por qué iba a tener que quedarse con ella por siempre? Con eso se consolaba cuando los tormentos la aquejaban.

Y hablando de tormentos, por decirlo de alguna manera, era la presencia de James Whiterland rondando la vida de Isabella. El hombre, más por iniciativa propia que por seguir las demandas de Esmerald, había seguido perseverando en sus acercamientos hacia ella. A veces llegaba de la nada hasta el hospital preguntando por ella e incluso había veces que la esperaba y la abordaba con la intención de que ella finalmente accediera a tener una cita con él.

"Una cita conmigo, unas cuantas horas en mi cama, y perderás todo el entusiasmo por Edward" pensaba James, que se había propuesto molestarla más por provocar a Edward, quien desde hace años era su mayor rival. Desde siempre se presentó ante él como un buen amigo, aunque a sus espaldas le deseaba no precisamente lo que un amigo, sino por el contrario, siempre esperaba ver su caída, todo esto provocado por el vínculo entre Edward y Esme.

James siempre supo la fascinación que Esme tenía sobre a quién llamaba "su hijo", pero por quien sentía cosas que solo una madre enferma sentiría por su retoño. ¿Cuántas veces mientras mantenía sexo con Esme, sabía James que ella pensaba no en él, sino en Edward, imaginándoselo a él en su lugar? Eso lo hacía arder en rabia contra Edward y sabía que la mejor forma de fastidiarlo era a través de esta chiquilla que había llegado a captar su atención.

Un día, mientras esperaba dentro de su coche a las afueras del hospital, la vio salir y aguardar bajo el alero de la entrada mientras miraba su teléfono. No lo pensó dos veces y salió rápidamente del coche, corriendo hasta ella, quien se sobresaltó cuando él la llamó por su nombre cuando estuvo cerca.

―Sabía que un día de estos iba a pillarte desocupada ―dijo con la naturalidad de quien le habla a una amiga. Isabella se tensó y dio un paso atrás, pero él se lo impidió, tomándola por el brazo ―Isabella, me miras como si me tuvieras miedo…

―No le tengo miedo ―respondió con voz firme, sacudiendo su brazo para soltarse. Levantó la barbilla y procuró mostrarse segura ―Lo que pasa es que no sé en qué idioma voy a tener que hablarle: no quiero salir con usted.

―Isabella, dame una oportunidad de ser tu amigo… ―volviendo a tomarla por el brazo, volviendo ella a sacudirlo fuertemente, mostrándose enfadada para que no cupiera duda a James. Alzó las cejas con asombro cuando vio su respuesta y ahogo una risa de diversión.

―No quiero. No soy estúpida, ¿sabe? Sé lo que tipos como usted pretende, por lo que no estoy interesada en sus jueguecitos, así que aléjese de una vez.

― ¿Por qué, eh? ―insistió, dando un paso adelante, acercándose a ella ― ¿Habrá alguien por ahí que se pondría celoso?

Se puso roja y apretó sus manos, buscando una buena respuesta para darle, pero esto no fue necesario, porque desde el interior del recinto apareció el doctor Ananías, que se había quedado escondido detrás de un pilar espiando, poniéndose en guardia al ver la actitud de ese tipejo. Ni siquiera se cuestionó salir en su ayuda, como ya antes lo había hecho.

― ¡Claro que me pondría celoso! ―exclamó, sobresaltando tanto al músico como a la enfermera. Le gustó ver el titubeo en la actitud del tipo que había llegado a importunar a Isabella, al menos de eso se percató cuando la vio tan incómoda. ― ¿Acaso usted no se pondría así si tuviera una novia como Isabella?

James miró al doctor como si en vez de un hombre hubiera aparecido un extraterrestre. Pestañeó repetidas veces e intentó recomponer su postura.

―Oh… yo no sabía que ella y usted…

―No lo sabía, porque usted no es su amigo, ni siquiera un conocido ―dijo el doctor, abrazando a Isabella por los hombros, besando respetuosamente su cabeza, ante los aún sorprendidos ojos de James y la sorpresa también de Isabella, quien no dijo nada. Solo agradecía que, otra vez, este buen amigo suyo saliera en su defensa.

James entonces inspiró profundo y puso sus hombros rectos, pero aun así no lograba alcanzar la estatura de metro noventa de la que gozaba el doctor, ni su impronta dominante. Miró a Isabella, que jugueteaba con sus dedos y evitaba su mirada, apostando él el nerviosismo de la chica por su postura y sus pómulos sonrosados.

Entonces, esbozando una sonrisa torcida, miró al doctor con mirada desafiante, pensando en comprobar si lo que decía este hombre, era cierto:

― ¿Y usted conoce a todos los amigos de su novia? Pues déjeme decirle que tengo un amigo y colega, también músico, que es muy cercano a Isabella…

― ¿Me está hablando de Edward? ―lo interrumpió Eleazar incluso con una sonrisa relajada, pero a pesar de eso, Isabella no pudo evitar tensarse. Si James hacía mención de Edward, era porque algo sabía. Aun así, sintiendo Eleazar la tensión en los brazos de Isabella, continuó: ― Claro que lo conozco y claro que sé que son amigos. Él es un buen hombre, pero honestamente no sé por qué le puede importar eso a usted…

Isabella estaba a punto de hiperventilar, podría incluso haberse desmayado, pero eso arruinaría la puesta en escena de Eleazar, que por lo demás había sido creíble, lo pudo comprobar por el rostro de James cuyo aire cínico se esfumó tras la seguridad con la que el doctor Ananías hablaba.

―Ahora, si nos disculpa, vamos retrasados ―dio dos pasos para pasar y alejarse del músico, que se quedó mudo al igual que Isabella, pero antes quiso asegurarse que el molestoso hombre tuviera claro un punto ―Por cierto, espero no volver a verte cerca de Isabella ni saber que la has estado molestando, porque entonces no seré tan cordial como ahora.

Y sin decir más, la enfermera y el médico caminaron hacia el costado del edificio y cuando estuvieron a salvo de la mirada de James, Isabella se apartó del brazo de Eleazar y dejó caer su espalda sobre el muro, levantando su rostro para que el aire helado de aquella tarde la ayudara a recomponerse. El doctor torció su boca con una sonrisa triste y se acercó para masajear los hombros aun tensos de la chica.

―Oye, no pasó nada. Logramos espantar al tipo ese…

―Él sabe algo… ―interrumpió ella, meneando la cabeza, desesperada ―sabe algo sobre Edward y yo, estoy segura…

― No lo creo ¿Acaso no le viste la cara? Ese tipo se tragó que tú eras mi chica… ―el médico le guiñó un ojo con ánimo de relajarla y esbozó una risa endiablada ―aunque eso me lleve a encabezar la lista negra de Edward.

Isabella suspiró y olvidó su miedo por un momento, dedicándole una verdadera sonrisa de agradecimiento al músico.

―Él está agradecido. Sabe que me respetas, que somos amigos, así que puedes descansar, no estás en su lista negra.

―Pues me alegro… ―dijo, tomándola del brazo e invitándola a seguir hasta el estacionamiento. Ella comenzó a caminar a su lado, un poco más tranquila ―Por cierto, espero que ya no tengan que sustentar esta farsa por mucho tiempo más, es peligroso, sobre todo para ti.

―Esperaré hasta que sea el momento, el tiempo que Edward necesite. No voy a presionarlo…

―Claro que no lo harás.

Pocos minutos después, apareció Alice a quien Isabella estaba esperando en la entrada del hospital. Se preocupó al no verla donde habían quedado, por lo que el instinto, decía ella, la llevó a mirar hacia el estacionamiento lateral del hospital, donde vio a su amiga y al guapo doctor hablando. Después que se despidieran, Alice llevó a su amiga a un café del centro en su nuevo coche color cielo, contándole con entusiasmo sobre sus planes con Jasper.

Le contó que se irían a vivir juntos dentro de poco, a un edificio de departamento muy cerca del que Edward había adquirido precisamente de su cuñado. Se veía entusiasta, incluso asistiría con su novio a una fiesta de unos amigos dentro de dos noches, lo que la llevaría a recorrer las tiendas para encontrar un atuendo adecuado.

Isabella encontraba en Alice un apoyo inigualable, como si fuera en realidad su hermana. Desde siempre le prestó su apoyo y nunca le dio la espalda, ni siquiera cuando tomó decisiones erradas, aquellas que le avergonzaban y que habían regresado desde el pasado a atormentarle.

―Ayer estuvimos en casa de Edward, visitando a Rosalie…

Isabella levantó los ojos de su taza de café con leche. Arrugó su frente y Alice abrió sus ojos ampliamente, confundiendo el gesto en el rostro de su amiga, que la miraba con el ceño arrugado.

―Ella invitó a Jasper, y créeme cuando te digo que puede ser insistente porque hace semanas ha estado cargoseándonos con la dichosa cena, por lo que decidimos aceptar de una vez. Edward no se veía para nada cómodo, a pesar de que no era primera vez que compartían una cena, y no creo que se sintiera así por mi presencia allí.

Ella estaba al tanto de ese compromiso porque Edward se lo había comentado, y quizás para él fue una sorpresa ver a Jasper junto a Alice allí, por eso no se lo dijo. De cualquier modo no iba a hacerle una escena por eso, ni por nada en realidad.

― ¿Y ella…. cómo se ve? Edward me ha comentado que está cada vez más recuperada.

―Honestamente se ve como si nunca hubiese estado hospitalizada en coma, aunque Jasper asegura que es diferente, en su actitud quiero decir.

― ¿A qué te refieres?

―Fue lo mismo que le pregunté, y me dijo que antes ella era una mujer independiente, fuerte. Ahora por el contrario se ve… frágil, y no me refiero a su salud, sino a su actitud. Además sigue a Edward con los ojos cada vez que se mueve, lo mira y suspira, totalmente dependiente de él. Siempre busca que la mire, o que le haga cariño, busca su aprobación…

Isabella había dejado de mirar a su amiga. La desazón estaba comenzando a quemar en su pecho y las dudas empezaban a martirizarle como pocas veces antes, al menos con esa intensidad. ¿Cómo era posible que ella esperara su oportunidad con un hombre que no le pertenecía? ¿Cómo iba a ser capaz de anidar felicidad cuando otra mujer iba a sufrir por su corazón roto? ¿Cómo había sido capaz de hacer planes de un futuro que estaba apostado sobre nubes?

"Pero Edward no la ama"

"Edward se enamoró por primera vez cuando te conoció"

"Edward no quiere un futuro junto a nadie más que no seas tú"

Esos eran sus consuelos, pero ahora que oía a Alice, parecían no ser suficientes.

― ¿Isa?

Alice cerró la boca cuando vio la actitud de su amiga, dándose de coscorrones en la cabeza por haberle contado eso.

― ¿Isa? ―volvió a llamarla, alzando Isabella su rostro, debelando sus ojos anegados de lágrimas.

―No me siento bien. Quiero irme a casa.

― ¿Te pusiste así por lo que te dije? ¡Dios, Isa, perdón! Pero no pasa nada, Edward te ama…

Se puso de pie y sacó el abrigo rojo del respaldo de su silla para ponérselo. ―Y yo lo amo, Alice, no sabes cuánto, ¿pero si para estar juntos se necesita algo más que solo amor? Porque cada vez que pienso en la posibilidad, me siento culpable, y el amor no debe sentirse así.

Alice sacudió su cabeza con frustración.

― ¿Estás teniendo dudas ahora? ¡No puedes, no cuando él está a punto de…!

―Quizás ella lo necesita más que yo… ¡Dios, no sé! Necesito pensar, estar un tiempo solas…

― ¿Vas a tu casa? ―preguntó, con la intensión de ponerse de pie ―Deja que te lleve…

―No voy a casa… voy a caminar por ahí ―la tomó por el hombro para que se quedara en su sitio y besó el tope de la cabeza de su amiga y salió rápidamente del concurrido café de aquel centro comercial, dejando a su amiga sola y preocupada, culpándose por no mantener la boca cerrada.

Isabella en tanto caminó dos cuadras hasta el Parque Botánico, uno de los grandes pulmones de la ciudad y bajo el débil sol paseó por los senderos, mirando las flores que habían logrado acostumbrarse al clima frio de Leonilde y los arboles cuya antigüedad databa de la llegada de los colonizadores a la ciudad. Pero Isabella no pensaba en eso, sino más bien en su vida y en su amor que en ese preciso momento sentía pendiendo de un hilo, no porque no hubiera suficiente, sino porque dicho amor cayó sobre ambos inesperada y rotunda, sin importarle nada.

Divisó a una pareja que venía hacia ella, caminando por el mismo sendero tomados de la mano, lanzándose miradas furtivas las que probablemente decían mucho más que palabras. Envidió entonces la libertad de esa pareja de pasear por espacios abiertos cogidos de la mano sin que nadie los apuntara con el dedo. Envió la oportunidad de estos amantes de mostrar ante el resto lo mucho que se amaban y lo compenetrados que estaban.

¿Acaso iba a tener ella esa oportunidad algún día? y si eso pasaba ¿la sombra del pasado la iba a dejar vivir en paz? ¿Se arrepentiría Edward?

―Dios mío ―susurró cubriéndose la mano con la frente, mirándose los zapatos cuando pasó junto a la pareja.

Hace tiempo que no padecía de esos cuestionamientos pues había decidido ya esperar y amar, porque ambos elementos eran más fuertes que cualquier otra cosa. ¿Pero y si no era siempre así?

Caminó hasta un lago, el cual era atravesado por un puente de concreto con barandas de hierro, caminando sobre este y parándose justo en el medio, en el punto más alto. Se acomodó la bufanda de cachemira gris y su morral de cuero antes de abrazarse a sí misma con la vista perdida entre la increíble variedad de especies botánicas , recordando que siempre solía pasar por esos lados de la mano de su tío, mientras ambos degustaban un helado de tres sabores. Por ese tiempo su historia con Aro había quedado atrás y solo se preocupaba de acabar sus estudios y procurar el bienestar de su madre. Ahora las cosas habían cambiado, si bien era cierto y su trabajo le entregaba una estabilidad económica con la que podía relajarse sin verse apurada, ya no sentía la ligereza de aquel entonces, pues ahora rogaba cada noche que Aro Vulturi se esfumara y la dejara en paz como lo hizo durante esos años, y que finalmente Edward y ella pudieran ser libres de amarse sin restricciones. ¿Oiría Dios las peticiones de una pecadora como ella?

Cuarenta minutos después, llegó a su casa contándole a su madre que después del trabajo había ido con Alice a tomar un café y que por eso se había demorado. Renée se alegró por un lado que saliera con Alice, pero lamentó que no estuviera ahí para oír el final de su radionovela, que había estado "de lo más lacrimógena" dijo con expresión triste, pasándose las manos bajo los ojos como quien seca sus lágrimas. Isabella sonrió y se quedó con ella allí, acompañándola mientras preparaba una tarta de duraznos que le llevaría a su hermano Marcus el día siguiente.

Durante todo ese rato ignoró su teléfono, el que había puesto en silencio y escondido al fondo de su cartera, y lo continuó haciendo mientras le brindaba atenciones a Kal-El, perdiéndose en su textura rugosa y sus colores verdes en todos los tonos, que a ella le impresionaba y le causaba ternura como si se tratara de un conejillo. Hasta que no pudo contenerse por más tiempo, rebuscando dentro de su morral el teléfono donde vio varios mensajes de Alice y de Edward, además de un par de llamadas perdidas de éste último. Se sobresaltó cuando justo en ese momento la pantalla se iluminó, mostrándole precisamente una llamada entrante del músico.

Le contestó tras inspirar hondo.

No me digas que Alice no dejaba que contestaras el teléfono ―bromeó él del otro lado, sabiendo que ambas amigas iban a tener una tarde de chicas. Pero Edward no podía estar más alejado de la realidad.

―Uhm… algo así. ¿Estás en tu casa?

―No. Terminamos un ensayo general para el estreno de este viernes y pasé por mi oficina a revisar unas partituras y cuando me iba a ir a casa, Jasper vino a raptarme. Estamos tomándonos un café arábico que trajo Peter ―le contó muy animado, oyendo a Jasper desde el fondo saludándole con un grito ― ¿Tú estás bien cariño?

―Sí… me duele un poco la cabeza, es todo. Ahora iba a ponerme el pijama y tratar de dormir

― ¿No quieres que te visite antes que te duermas? Podría entrar por la ventana.

La voz de Edward se oyó coqueta e insinuante, y aunque Isabella le hubiera dicho que sí con los ojos cerrados, se resistió.

―No… en realidad… yo necesito un tiempo a solas… para pensar.

Hubo unos segundos de silencio, donde parecía que Edward estaba tomándole el verdadero peso a los dichos de Isabella.

― ¿Un tiempo a solas? ¿Isabella, pasó algo?

―Creo que deberías ir donde tu esposa y pasar tiempo con ella ―tragó grueso y continuó hablando con dificultad ―Te necesita… te necesita más que yo. Lamento que si de alguna manera te presioné para que estuvieras conmigo, cuando en realidad ella te necesita tanto…

Isabella, por qué dices eso…

―Creo que deberíamos alejarnos un tiempo ―seguía diciendo sin prestarle atención a Edward ―Esto no está bien.

― ¡No te entiendo! ―exclamó el músico, desesperado al otro lado del teléfono ― ¡¿Por qué me dices esto justo ahora?!

―Necesito un tiempo, Edward. ―siguió insistiendo, cerrando los ojos y conteniendo el llanto y manteniéndose firme ―Estar sola, tranquila… pensar.

¡¿Pensar?! ¡¿Pensar en qué?!

Isabella cerró los ojos, sintiendo el dolor que el grito de Edward destilaba, porque era también su dolor, el dolor de la confusión que la estaba haciendo detenerse y pensar en todo. Pero debía hacerlo, por su bien y por el bien de Edward.

―Lo siento, Edward.

― ¡Isabella!

Pero antes de seguir oyendo las protestas de Edward, colgó el teléfono y finalmente pudo llorar, con el rostro hundido en la colcha de su cama, con Kal-El como único compañero.

Mientras tanto, Edward había dejado atrás el ambiente distendido con Jasper, sintiéndose confundido por ese tan extraño diálogo con Isabella. ¿Qué había pasado? ¿Por qué ella estaba diciendo esas cosas? Pero de una cosa estaba seguro: no iba a dejar pasar tiempo, eso al menos pensó cuando se puso de pie, agarrando su chaqueta para alistarse y salir rumbo a casa de Isabella, pero Jasper lo tomó por el hombro para que se detuviera.

― ¿Qué pasó, maestro?

― ¡Pues no lo sé! ―exclamó, levantando las manos ―Dice que necesita un tiempo a solas, que me ocupe de Rose, que es ella la que me necesita.

―Mujeres…

―No, Jasper, esto no se trata de un simple arranque. Algo pasó… y no voy a dejar pasar más tiempo para saberlo…

Edward caminó hacia la puerta de salida con la idea fija de ver a Isabella, pero Jasper se apresuró y se interpuso entre el músico y la puerta para impedir su salida.

― ¡Ey maestro! ¡Momento! ¿No la oíste? ¡Necesita espacio!

― ¡¿Y para qué maldita cosa necesita espacio, o tiempo?! ¡¿Para arrepentirse de lo nuestro?!

Jasper meneó la cabeza e intentó tranquilizar a su amigo, que estaba a punto de explotar, o de tener un ataque de histeria. Nunca lo había visto así de desesperado por una mujer, y es que claramente, nunca había sentido nada por una antes de conocer a Isabella. Siempre fue un tipo mesurado, correcto, que no se alteraba con nada, pero ahora todo era diferente.

―Oye, no te digo que le des tanto espacio, sino el necesario para que ella medite y se calme. Si vas ahora, primero no podrás verla porque está su madre y esta vez Isabella no está enferma como para que eso te sirva de excusa y te deje pasar como un invitado más.

Pero las palabras que buscaban tranquilizar a Edward no estaban dando resultados, pues el músico estaba a punto de hacer a un lado a Jasper y echarse a correr hacia Isabella. Respiraba pesado y sentía una violencia que pocas veces antes experimentó.

―No me importa ―rebatió, con sus puños y su mandíbula apretada ―insistiré y tendrá que dejarme verla.

―Eres jodidamente terco, Edward ―Volvió a negar con la cabeza y se apresuró en poner una mano sobre el hombro de su amigo, hablándole con la calma que buscaba transmitirle ―Deja que duerma, que descanse y ya mañana con más calma intentas hablar con ella.

―No voy a poder esperar hasta mañana, Jasper ―siguió rebatiendo el músico, que estaba sintiendo la desesperanza arañarle el pecho, otra vez. Pero finalmente, dándole crédito a las palabras de Jasper, dejó de insistir.

Bajó la cabeza, flectando su cuello que sintió adolorido por la tensión y expulsando el aire que acumuló en sus pulmones, dejando a Jasper que lo guiara de regreso.

―Pues tendrás que poder, galán. Tendrás que darle su espacio, al menos por esta noche.

― ¡Mierda!

―Ahora, tomate este café que preparé con tanto cariño para ti y después te vas a casa, no olvides que allí está Rose…

Al músico no le quedó de otra que hacerle caso a su amigo, instalándose en las bancas de la barra de desayuno a tomar el café, esta vez con una actitud tensa y confusa, pensando en toda clase de teorías que habían llevado a Isabella a decirle eso. Quizás, pensó poniéndose en el peor de los casos, Aro Vulturi había vuelto a hacerse presente. No iba a perder más tiempo y al día siguiente iba a hablar con su padre, para que él como abogado lo guiara sobre lo que era bueno hacer.

"Creo que deberíamos alejarnos un tiempo. Esto no está bien" Eso le había dicho… ¿pero por qué? ¿Le había dicho algo alguien? ¿Su tío quizás, o su madre? ¡Quizás estaba aburrida de tener que estarse escondiendo! ¿Podía culparla?

―Edward, por vida de Dios, deja ya ese semblante de derrota ―le recriminó Jasper después de verlo meditar con ese semblante de quien está a punto de perder su vida en la horca. El músico apenas lo miró y suspiró hondo, alzándose de hombros.

―Y qué quieres que haga, si la mujer que amo me dice que necesita un tiempo…

―Todas las mujeres en una parte de la relación de pareja, dicen eso, es un clásico.

―No en este caso, Jasper.

Levantó la taza y sorbió el café, que en otra oportunidad le hubiera parecido magnifico. En ese momento nada lo era. Mientras, Jasper siguió buscando motivos para animarlo:

―Bueno, deja que mañana te lo explique, y deja que medite. Seguro mañana te darás cuenta que ha sido un susto, que ella estaba pasando por esos momentos en que las mujeres se ponen a pensar en todo. Ya sabes…

Pero Edward no sabía, y eso lo desesperaba.

Su ánimo no mejoró, sino más bien empeoró cuando nadie atendió el teléfono en su casa ni mucho menos ella contestó su teléfono celular. Le dejó un mensaje rogándole que lo atendiera, pero ella nada. Todo empeoró cuando llegó a su casa y se encontró con Rose, sentada en el sofá de la sala de televisión esperándolo.

―Ven a sentarte conmigo a ver esta película.

―Lo siento, pero estoy cansado… ―dijo, quitándose el abrigo con movimientos lentos, lanzándolo sobre el brazo del sillón donde ella estaba.

Rose se mordió el labio, como mordiéndose la pregunta que finalmente salió de sus labios:

― ¿Vienes de la sinfónica?

―Del apartamento de Jasper ―respondió con tono monótono, mirando la pantalla del televisor sin prestar realmente atención. Metió las manos dentro de los bolsillos de su pantalón negro de vestir, rogando en silencio que Rose dejara hasta allí las recriminaciones.

―Ah… pues podrías haberme llamado. Saliste antes de almorzar y no he sabido nada de ti.

― ¡Dios, Rose, ahora no por favor! ―Edward se cubrió los ojos con la palma de la mano, pasándosela enseguida por el cabello una y otra vez, contando hasta diez mientras su esposa comenzaba a reprocharlo, como siempre.

― ¡Pero qué quieres que haga si desapareces todo el día, cada día, sin decirme dónde vas!

Pero el músico estaba sobrepasando su límite, eso al menos dio a entender cuando le respondió, mirándole con enojo.

― ¡¿Y desde cuando tengo que darte explicaciones de cada maldito paso que doy?! ¡Joder!

Rose se levantó, haciendo a un lado la manta con la que se había cubierto. Caminó y se puso delante de él mientras la película en la televisión seguía su curso. Puso las manos sobre sus caderas en forma de jarras y levantó la barbilla, desafiándole.

― ¿Te molesta que te pregunte?

― ¡Joder, claro que me molesta!

― ¡Pues perdona por preocuparme por mi marido! ―alzó la voz casi en grito, moviendo sus manos en el aire ― ¡Perdona por preocuparme de no saber dónde está la mayor parte del tiempo!

Entonces el músico no pudo seguir aguantando, siendo ese el momento en que finalmente y después de tanto tiempo explotó:

― ¡Pues yo estoy harto, harto de todo esto! ¡Estoy hasta arriba de llegar cada maldito día aquí y encontrarme con esta actitud tuya!

― ¡Pues haz algo para evitarlo! ―gritó ella de regreso. Edward asintió tenso y se explicó:

―Y lo haré Rosalie, claro que lo haré, porque honestamente no puedo seguir así. No puedo seguir… sosteniendo esta situación, no quiero seguir adelante temiendo hacerte más daño…

Entonces la furia de Rose quedó remitida a la incomprensión, porque no estaba entendiendo por qué su marido estaba diciendo esas cosas, y estaba segura que no iban a gustarle cuando las comprendiera… o las admitiera.

― De qué… de qué hablas… ―susurró temerosa.

Edward inspiró hondo, y con los ojos cerrados trató de aclararlo.

―No es sano, ni para ti ni para mí. Lo siento, pero no puedo seguir con esto…

― ¿Con esto? ―preguntó con pasmo, abriendo mucho sus ojos. El músico se atrevió a abrir los ojos, hondeando su mano entre Rose y él.

― ¡Con nosotros! ¡¿No te das cuenta?! Las cosas… las cosas ya no son como antes, nuestra relación no es como era antes, y ahora no puedo seguir sosteniéndola por más tiempo. ―tomó dos segundos para calmarse y con voz entrecortada, le pidió perdón a su mujer ―Dios, Rose, perdóname.

―No te entiendo ―admitió con miedo.

Edward se atrevió a acercársele y la sujetó, sintiendo la suave lana de su chaleco bajo sus manos al sujetar sus delgados brazos, y se sintió un maldito cuando vio en sus ojos el cumulo de lágrimas que iban en breve a comenzar a caer.

―Me entenderás más adelante cuando el tiempo haya pasado, y seguro llegará un momento en que me lo agradecerás.

― ¡¿Vas a dejarme?! ―exclamó, apretó entre sus manos el suéter azul marino que él estaba usando a la altura de su pecho. Estaba desesperada. ― ¡Edward, no puedes hacerlo! ¡Yo te amo! ¡Te amo! ¿Quieres que te prometa que cambiaré mi actitud? ¡Pues te lo prometo, te lo juro, pero por Dios no vayas a dejarme!

―Lo siento, Rose… pero tu amor ya no es suficiente para mantener este matrimonio como lo fue antes…

― ¿Ya… ya no me amas?

Para dolor de Rose, no respondió lo que ella deseaba, aunque desde siempre supo que esa era la verdad:

―Te quiero, Rose, lo sabes, siempre lo has sabido, y por eso mismo es que tengo que hacer esto, aunque ahora me odies por hacerlo.

Apartó con cuidado las manos de Rose que seguían aferrando su ropa con desesperación. Ella meneó la cabeza insistentemente, negándose a la decisión que había tomado su marido.

―No, por Dios…

―Lo siento… ―tomó el abrigo que había dejado sobre el brazo del sillón, sintiendo una solitaria lágrima caer por su rostro, evitando en cambio el rostro empapado de Rosalie, que lloraba y le rogaba que no la abandonara. ―De verdad lo siento y espero algún día logres comprenderme y perdonarme.

Dicho esto, se dio la vuelta y con paso rápido salió de la sala, oyendo a sus espaldas los gritos de su esposa que lo llamaban y que le rogaban que no se fuera, pero él de cualquier forma lo hizo, porque era lo que tenía que hacer. No quería seguir engañándola, y si seguía allí oyendo sus recriminaciones, él iba a decirle la verdad de una forma que después se arrepentiría, y eso la destruiría, y por nada quería dañarla más de lo que ya lo había hecho.

Le dolía, realmente le dolía haberse marchado de esa forma, pero era la única manera. Él sabía que Rose iba a suplicarle que no la dejara, pero eso no iba a convencerlo para que diera marcha atrás a una decisión que ya hacía tiempo había tomado. Quizás, pasados los días, podría hablar con ella con más calma y decirle la verdad. Rosalie siempre fue una mujer sensata, aunque sabía que en ese momento era frágil después de lo que le ocurrió, pero se estaba recuperando por lo que él esperanzando sabía que ella retomaría su fuerza, su sensatez y lo entendería. Al menos eso era lo que él deseaba.

"Perdóname, Rosalie" pensó, cuando en su auto tomó la avenida que daba hacia la costa, dirigiéndose hacia su nuevo apartamento a pasar su dolor a solas, seguramente con uno o dos vasos de whisky.

Pero esos dos vasos se convirtieron en seis o siete que se bebió echado sobre el sofá, a oscuras, oyendo el fuerte oleaje golpear sobre la arena de la playa al otro lado del su ventana. Pero en realidad no estaba prestando atención en las olas, sino que en las recriminaciones y en el llanto de Rose que seguía retumbando en su cabeza.

"Eres una mujer fuerte, Rose, podrás superarlo" pensaba él, mientras tragaba el amargo licor, y mientras se maldecía por hacer sufrir a esa mujer que no había hecho otra cosa que quererlo, pero él, insensato, había olvidado ese amor cuando conoció en carne propia ese sentimiento que lo abrumó y lo sacudió de su realidad. Entonces recordó el último diálogo con Isabella y supo que su voz seria lo único que en ese momento lo consolaría.

Tomó el teléfono que dejó sobre la mesa de centro y buscó el número de la enfermera, llevándose el aparato a la oreja con una mano, mientras que con la otra se volvía a llenar el vaso ya vació, otra vez. Esperó y esperó a que ella contestara, pero nada.

―Sé que estás despierta, Isabella. ¡Contéstame! ―acabó gritándole al aparato, colgando y volviendo a insistir, llevándose la misma respuesta. Con dificultad, abrió la aplicación de mensajes y tecleó un texto con el que esperó que ella reaccionara y finalmente le contestara.

"Dejé a Rosalie. No estoy bien y necesito oír tu voz. Contéstame"

Al cabo de tres minutos, el IPhone se iluminó con el nombre de Isabella parpadeando en el aparato. Edward contestó al instante.

― ¿Edward? ―preguntó Isabella, muy preocupada. Quizás otra podría haber saltado de la dicha, pero ella no.

El músico en tanto sintió un alivio indescriptible dentro de su pecho. Se puso de pie, tambaleante y caminó hacia la ventana, siempre con su vaso de licor en la mano.

―Gracias a Dios… mi amor, necesitaba escucharte… dime que todo va a estar bien…

― ¿Edward, dónde estás?

―Estoy solo… estoy completamente solo… en nuestro apartamento.

― ¿Estás bebiendo?

―No podía hacer otra cosa ―miró su vaso y le dio un sorbo, cerrando los ojos mientras Isabella le hablaba con voz quedada y tranquila por el teléfono.

Deja de beber, Edward, por favor. Descansa, ya mañana hablaremos…

― ¿Leíste lo que te escribí? Por fin lo hice… pero me siento un desgraciado… no pensé que sería así…

Isabella inspiró hondo antes de contestar ―Lo… lo siento… No sé qué decir…

―Dime que mañana estarás conmigo, que dejarás de pensar en que necesitas un espacio lejos de mí, porque no puedo, no puedo dejarte ir cuando después de tanto tiempo te encontré…―afirmó su mano hecha puño contra el vidrio de la ventana y cerró los ojos con fuerza ―Isabella, no me dejes… sé que me merezco el dolor de sentir el abandono, como yo se lo hice sentir a Rose, pero no soy tan fuerte como ella… ya no podría seguir adelante si no te tengo… porque yo te amo, te amo tanto que soy capaz de dejarlo todo, todo por ti, mi amor…

Por Dios, Edward… ―lloraba ella al otro lado del teléfono ―También te amo mi amor, y estaré ahí para ti.

― ¡Júramelo, júramelo Isabella!

―Te lo juro, Edward…

El músico se giró y afirmó su espalda contra el ventanal, llenando su alma atormentada con el juramento de su amada.

―Yo te defenderé de los monstruos que están acechándote, no dejaré que te molesten…

Edward, escúchame por favor…

Pero él siguió hablando porque necesitaba que ella lo escuchara, que confiara en que ahora él estaría completamente para ella.

―Haré lo que tú quieras que haga…

Entonces dejarás de beber y te irás a dormir, ¿está bien?

Puso su mano sobre sus ojos y reafirmó con la cabeza a la vez que le contestaba ―No, no está bien cuando voy a dormir solo, sin ti… pero lo haré, mi amor.

―Tómate un café y vete a dormir, Edward. Mañana nos veremos y hablaremos.

―Prométemelo, Isabella. Prométeme que mañana te veré y que todo estará bien…

Te lo prometo. Ahora obedece y haz lo que te pedí, por favor.

―Lo haré… lo haré…

Y lo haría por ella. Se refugiaría en esa cama grande y vacía y descansaría pensando en el futuro con la mujer que amaba, si es que el dolor de sentirse un desgraciado lo dejaba, porque en ese momento era así como se sentía, un desgraciado. Pero valía la pena atravesar ese dolor y enfrentar las consecuencias de sus actos con tal de recibir la recompensa de estar con Isabella, aunque en ese momento no se sintiera merecedor de ello.