Nenas, perdón por el retraso... pero ya estoy aquí.
Gracias, gracias como siempre por vuestro apoyo y por su tiempo en seguir esta locura. Está dedicado para todas ustedes. Mil abrazos.
Gracias a mi equipo mágico con el que cuento. Gracias nenas!
Ahora a leer... Nos encontramos la próxima semana.
Besos!
Capítulo 17
Despertó en la misma posición fetal en la que se había quedado dormida después de llorar, gritar, reclamar y pedir piedad para su corazón. Abrió los ojos con dificultad y pestañeó repetidas veces, sujetando con fuerza el suéter gris claro de su marido con el que había dormido aferrado entre sus brazos, quedándose con el aroma de su perfume que se impregnó en la suave lana y que era su único consuelo. Al abrir los ojos y después de dos segundos de recordar por qué se había quedado dormida allí, suplicó que lo vivido la noche anterior no hubiera sido más que una pesadilla, pero a medida que pasaban lo segundos, recordaba con cruda nitidez el golpe que sufrió su alma la noche anterior.
"Lo siento, Rose, pero tu amor ya no es suficiente para mantener este matrimonio como lo fue antes…"
Hasta antes, ella fue capaz de entender la mesura del amor que su esposo le daba, intentando no cuestionarse mucho el hecho de que nunca le hubiera dicho que la amaba de forma espontánea, como ella solía decírselo, y estaba tranquila porque sabía que esa era la única manera que Edward tenía que amar y que ella era y sería la única mujer que experimentaría ese tipo de amor, apostando que ese amor hacia ella no tenía fecha de caducidad. Pero al parecer, falló en ese vaticinio.
Siempre se preocupó de ser ella la que lo sorprendía y la que demostraba una y otra vez cuánto lo amaba, recibiendo como recompensa una sonrisa ladeada y ojos cariñosos que le daban las gracias por ese amor, nunca un "yo también te amo". Los "te quiero", en cambio, eran las palabras de afecto que recibía por parte de su marido, entendiendo ella que era la forma en que en realidad Edward tenia para decir "te amo". Pero siempre fueron excusas, porque en su fuero interno, siempre supo que el amor que sentía por Edward no era recíproco, pero nunca le importó… hasta ese momento, en que su miedo más profundo se había materializado.
¿No debió haberlo previsto? Pues debió hacerlo y haberlo evitado. Quizás, con la presencia de un hijo, Edward se hubiera negado a dar por terminado tan radicalmente con el matrimonio, como le dio a entender la noche anterior, cuando estalló diciendo que ya no podía más con "eso".
―No puede ser… ―lloró, otra vez, hundiendo su rostro en el suéter de su marido, cerrando los ojos y tratando de no imaginarse el por qué de su migración. Porque ella lo percibía, y podía llamarlo intuición femenina, pero ella sabía que su marido había cambiado, que algo le había pasado… algo a lo que ella atribuyó como la presencia de otra mujer.
No dejó de pensarlo la noche anterior mientras azotaba jarrones, marcos de fotografía y cualquier otra cosa contra la muralla, meditando en ir al privado de su marido y con martillo en mano, arrasar con todo en ese "santuario musical" donde él pasaba tanto tiempo.
El televisor de pantalla plana de la sala de estar donde durmió aquella noche, también se las vio con ella, lanzándolo al piso y rompiéndolo en varios pedazos, antes de salir a recorrer la casa en busca de alcohol, pero cualquier rastro de éste había desaparecido.
¡Dios! Pero necesitaba tanto algo con lo que consolarse… se sentía tan sola, tan desvalida, que se cuestionaba el hecho de haber despertado después de ese fastidioso estado de coma, trascurso de tiempo en que su marido había cambiado.
Se sobresaltó cuando su teléfono, que había quedado en la rústica mesita de madera que había en el centro de aquella sala, sonó con su característico tono. Se apresuró en tomarlo con la esperanza que finalmente Edward le devolviera el sin fin de llamadas que ella le hizo luego que se marchara, pero no se trataba de Edward, sino de su madre.
Sacó el aire de sus pulmones como globo desinflándose y pensó que lo mejor en ese momento sería estar acompañada, por lo que aceptó la llamada de su madre, que le saludó con un enérgico "Bueno días, mi cielo". La alegría en la voz de Antonieta se esfumó cuando oyó a Rosalie, que le decía que no estaba nada bien.
― ¡¿Te sientes bien, mi niña?! ―preguntó angustiada, oyendo Rose la voz imponente de su hermano Emmett que se alarmó cuando vio y oyó a su madre hablarle. ― ¡¿Estás sola?!
―Ay mamá… ven, por favor…
Por supuesto, Antonieta llegó al cabo de diez minutos, reduciendo a la mitad el tiempo que regularmente demoraba en llegar desde su casa hasta la de su hija. Había accedido a que Emmett la llevara, quien condujo como si se tratara de la Formula 1, pasándose varias señales de tránsito. Por supuesto, él no se iba a quedar en casa de su madre acabándose el desayuno, iría con ella a ver qué ocurría con Rose.
A Emmett se le partió el corazón cuando la vio abrir la puerta de entrada y refugiarse en los brazos de su madre mientras lloraba desconsoladamente, balbuceando que todo había acabado para ella.
― ¡¿A qué te refieres, cariño?! ―preguntó Antonieta, una vez adentro de la casa, viendo desconcertada y preocupada el desastre en el living y la salita de estar.
Emmett en tanto, miraba hacia todos lados, preguntándose dónde diablos estaba el imbécil de Edward… o mejor dicho, qué mierda había hecho ese tipo, porque una corazonada le dijo que el músico de quinta ese, tenía que ver con el estado de su Rose.
Rose, con dificultad, le contó a su madre la extraña discusión que Edward y ella tuvieron la noche anterior, y como de un momento a otro él dio por finalizada la relación entre ambos.
― ¡Ya no me ama, mamá! ―lloró, abrazada a ella, pasando por alto en su relato, la forma continua e insistente en que ella exigía saber cada paso que él daba fuera de casa. "Eso a cualquiera lo cansa" hubiera dicho su padre, en defensa de Edward.
―Mi niña… ―Antonieta peinó la cabellera despeinada de su hija para tranquilizarla, mientras hablaba en tono calmado ―él ha pasado por semanas de gran tensión mientras estabas en el hospital. Quizás a eso se deba que su temperamento esté tan susceptible. Quizás tuvo un mal día…
―No llegó a dormir, mamá.
―Dale tiempo de pensar las cosas, hija mía. Seguro que dentro de poco regresará arrepentido, pidiéndote perdón. Edward no te abandonaría en este momento…
Emmett en tanto, miraba a su madre envolver a Rose mientras le consolaba y para colmo, dónde excusaba el comportamiento de Edward. Él podría haber salido en busca de ese imbécil y pedirle explicaciones obligándolo a regresar a pedirle perdón de rodillas a Rose por haberla hecho llorar, pero para él era primordial estar con ella y cerciorarse de que estuviera bien emocionalmente antes de encargarse del tipo ese, a quien ya buscaría.
―Emmett, quédate con tu hermana. Me comunicaré con Esme a ver si sabe algo.
Antonieta desapareció de la sala y dejó a Emmett a cargo de Rose, viéndola abrazarse a sí misma envuelta en ese chaleco que por su tamaño sabía, era de Edward. Hizo una mueca de disgusto y se le acercó, sentándose a su lado. Pasó la mano por su espalda, hacia arriba y hacia abajo sin quitar sus ojos del rostro compungido de su Rose, que parecía estarse obligando a normalizar su respiración.
―Voy a darle una paliza cuando lo encuentre… ―susurró amenazante, haciendo reaccionar a Rose, que levantó los ojos rojos de tanto llorar hacia él y lo miró con gesto de reproche.
―No harás eso. Te lo prohíbo.
― ¿Y vas a defenderlo? ―preguntó entre diente, abrazando el rostro de Rose con ambas manos por las mejillas, acercándose un poco más de lo normal a su rostro ― ¡Te abandonó, maldita sea!
―Pero porque algo pasó… ―cerró los ojos involuntariamente cuando Emmett masajeó su nuca con la punta de los dedos. Inspiró y volvió a abrirlos, divisando la intensidad en los ojos de Emmett, obligándose a mirar hacia otro lado.
― ¿Algo como qué?
―Otra mujer.
Emmett torció la cabeza y lentamente se apartó de Rose. Dejó un espacio de dos o tres segundos para procesar la información, pues las sospechas de Rose hasta a él le parecían poco probables, aunque después de todo, ¿por qué otra razón un hombre iba a abandonar a su esposa si no era por otra mujer? Cuando se asentó la idea en su cabeza, la ira contra el músico de quinta creció en su pecho de forma violenta. Apretó sus puños y sus dientes.
― ¿Me estás diciendo que ese imbécil te ha sido infiel?
―Solo se trata de una intuición. ―Pestañeó y sopesó por dos segundos una idea, antes de arrepentirse ― ¿Me ayudarías a averiguar si es cierto o no?
―Te dije desde un principio que ese hombre no te merecía…
―Según tú, ningún hombre me merecía, Emmett ―rebatió, masajeándose la sien. Emmett alargó la mano y masajeó la rodilla de la rubia mujer a la vez que con un susurro decía:
―Solo un hombre sería capaz de pisar el suelo que pisas…
― ¡Basta, Emmett! ―se apartó y se levantó, pasándose la manga del suéter por el rostro, secándose los rastros de lágrimas. Se abrazó a su torso y miró a su hermano, que la observaba aun sentado en el sofá con gesto reticente. ― ¿Vas a ayudarme? ¿Puedo contar contigo para averiguar qué sucede con Edward?
―Por supuesto.
―Si tienes información, no hagas nada hasta que yo te lo pida. Prométemelo.
Lentamente, se puso de pie, caminando y acortando la distancia entre Rose y él. Por supuesto que seguiría los pasos de ese tipo, y quien sabe y el destino le permitía sacar provecho de eso, por lo que afirmó una sola vez con la cabeza, ganándose una sonrisa triste y los brazos de Rose abrazándose a él por su cintura.
**oo**
Jasper entró a la habitación y negó con la cabeza cuando vio el cuerpo casi inerte de su amigo Edward tendido sobre la cama. Tal parece que el músico se conformó con haber llegado hasta allí, pues ni siquiera los zapatos fue capaz de sacarse. Mayúscula fue su sorpresa cuando entró a la sala del apartamento y vio la mesa de centro con una botella de whisky casi vacía y un vaso a medio servir. Alzó las cejas y sintió pena por el maestro y por el dolor de cabeza que iba a aporrearle la cabeza cuando despertara.
Se quitó su abrigo y lo lanzó sobre uno de los sofás antes de dirigirse a la cocina para ponerse manos a la obra. Su amigo iba a necesitar una cuota doble o triple de café bien cargado, que él se encargaría de preparar. Edward lo había atendido cuando a él, un par de veces antes, se le había pasado la mano con los tragos, por lo que debía devolverle la mano.
Cuando estuvo listo, caminó directo al cuarto principal cuya puerta estaba abierta. Se detuvo en el umbral y torció la boca cuando lo vio sobre la cama. Entonces entró, dejó el jarro de café cargado sobre la mesita de noche, miró la hora en su reloj de pulsera y se dispuso a despertar a su amigo. Si no hubiera sido porque tenía estreno con la sinfónica al día siguiente y debía presentarse allí para ultimar los detalles. Eso le había comentado el mismísimo Edward la noche anterior, antes de su diálogo telefónico con Isabella que lo dejó mal, la misma que pasadas las once de la noche lo llamó y le pidió que acudiera a ayudar a Edward, que lo había llamado y le había contado que finalmente había dejado a Rose. La primera intención de Jasper fue salir en auxilio del músico, pero enseguida pensó que lo que su amigo necesitaba era estar solo, desahogarse. Por eso lo dejó en paz, acudiendo a él recién esa mañana.
― ¡Hora de despertar, Romeo! ―exclamó, abriendo los ventanales y aplaudiendo una y otra vez. Vio a su amigo arrugar el entrecejo y quejarse, removiéndose sobre la cama. El músico estaba reaccionando. ― ¡Los violines no sonarán al menos que des la orden, maestro! ¡Arriba!
―Basta, Jasper… ―el músico graznó y se cubrió la cabeza con la almohada.
Jasper, a quien no le iba muy bien cuando lo ignoraban, caminó hasta la cama y se paró junto a su amigo. Si su amigo no reaccionaba con su siguiente alerta, pondría en los altavoces lo más duro de Iron Miden que encontrara y con eso lo haría reaccionar.
―Isabella me llamó muy preocupada…
Y como por arte de magia, el músico quitó lentamente la almohada de sobre su cabeza y miró a Jasper con preocupación. Su rostro se contrajo con dolor cuando sintió el dolor atravesando su cráneo. Debía aprender que el 100 Pipers no era una buena opción para embriagarse.
―Mierda… ―se sentó despacio en la cama, poniendo una mano sobre su frente. Jasper se apresuró a tomar el tazón de café y entregárselo el que Edward le agradeció con un quejido.
― ¿Es cierto lo que me contó? ¿Qué te saliste de casa anoche?
―Sí… ―le dio un largo sorbo al café cargado, arrugando el entrecejo. Se tomó dos segundos para recordar lo que había pasado la noche anterior, lo que lo había llevado a embriagarse como lo hizo. ―No aguanté más. Las recriminaciones de Rose, y yo sin ánimo de darle explicaciones… además de los miedo y las dudas de Isabella. No soy capaz de seguir así.
― ¿Le dijiste a Rose sobre… sobre Isabella?
―No, por supuesto que no. No fui capaz de hacerlo.
― ¿Sabes que se enterará tarde o temprano, verdad?
―Pretendo que se entere por mí. No voy a mentirle, pero no podía decirle de buenas a primeras que estoy enamorado de otra mujer, no fui capaz ―bufó y dejó el tazón de café en la mesita de noche. Miró la hora en el reloj de pared que había colgado en el dormitorio y maldijo, pasándose las manos por el cabello. ―Me sentí un maldito. No pensé que fuera a ser así…
―Bueno, para cualquier otro hubiera sido una liberación, pero tú eres diferente, mi amigo, tu situación es diferente.
―Lo sé, pero aun así no me siento orgulloso de ello.
―Bueno, maestro, te admiro por ser valiente y atreverte ―se puso de pie y pasó las manos por sus pectorales, estirando su elegante camisa blanca ―y te admiro porque vas a tener que ser capaz de soportar a una orquesta, sobre todo con ese dolor de cabeza que debe estar martillándote, ¿no?
―Mierda…
El músico, con los tambores mayores de la orquesta resonando dentro de su cráneo –eso al menos sentía él- se puso de pie lentamente, poniendo las manos sobre su cabeza. Recordó que a mediodía comenzaban los ensayos generales y gimió. No había sido una buena idea embriagarse.
―Oh, sí. Mañana estrenas, maestro. Debes ponerte en marcha ―volvió a recordarle Jasper, como disfrutando de torturar a su amigo, o más bien con la intención de levantarle el ánimo.
Edward asintió y levantó su IPhone, que estaba tirado en el suelo, a los pies de la cama. Vio la cantidad de llamadas perdidas y los mensajes no solo de Rose, sino que también de Esme y de Carlisle, pensando en devolverle más tarde la llamada a éste último. El único mensaje que abrió fue el de Isabella que había recibido antes de las ocho de la mañana.
"Desperté pensando en ti, como siempre. Hazme saber que estás bien en cuanto despiertes, estoy preocupada. No olvides que te amo".
Las palabras de Isabella aliviaron un poco sus dolencias, sintiéndose capaz de teclear una respuesta rápida:
"También te amo, tampoco lo olvides".
―Te apartaré invitaciones para que vayas con Alice ―se quitó el suéter y lo dejó caer al suelo, antes de enfilar hacia el baño, con un poco de mejor ánimo.
Jasper bufó y se metió las manos a los bolsillos, pensando en una buena excusa para evitar el concierto aquel. No era fans de los conciertos sinfónicos, y Edward lo sabía pues ya en varios se había quedado dormido.
―Yupi… ―murmuró con ironía, caminando hacia la cocina. Ahora él también necesitaba un café.
El dolor de cabeza desapareció después de la ducha, una segunda dosis de café muy cargado y dos ibuprofeno. Dejó el apartamento media hora antes de mediodía, y de camino a la sinfónica, le llamó a Carlisle prometiéndole almorzar con él después del estreno.
Las siguientes tres horas se abstrajo, dejándose llevar por los sonidos de la obra "Cadaques", de la autoría de un buen amigo suyo, compositor y violinista español que había compuesto esas sonatas en honor a su pueblo natal, y que cautivó a Edward desde la primera vez que la oyó, no dudando en hacerse cargo de la dirección. Los sesenta músicos que darían vida a la obra también estaban ansiosos de estrenar lo que auguraron sería un éxito, además todos estaban deseosos de ver al maestro Edward Masen sentado frente al piano después de tanto tiempo sin hacerlo, quien lo haría a lo largo de la obra en tres oportunidades como músico principal.
― ¡Estrenamos a tablero vuelto, maestro! ―exclamó su ayudante, cuando el ensayo general hubo terminado. ―Todo está listo para el estreno. Las siguientes fechas están dispuestas en su agenda y esperan confirmación luego que usted las apruebe.
―Gracias Seth. Veré cuánto estoy de retrasado con mis alumnos básicos antes de confirmar las fechas.
―Los diamantes en bruto, ¿no?
―Exacto.
Seth, joven guitarrista y mano derecha de Edward, se encargaba de llevar todo respecto a la agenda y presentaciones de Edward, a cambio de una beca que el mismo Edward le dio luego que lo oyó por primera vez ejecutar su instrumento.
Seth, ahora de veintidós años, es oriundo del sector menos acomodado de la ciudad, donde Edward lo encontró cuando tenía quince años. Fue el primer año que Edward dictaba clases básicas en esa escuelita con riesgo social cuando lo conoció, decidiendo ayudarlo pues la situación socioeconómica del muchacho ni siquiera le daba para comprarse un instrumento decente. Desde aquella vez, Seth se le pegó a Edward como una sombra, movido por el agradecimiento que le tenía al maestro que le dio una mano cuando nadie a su alrededor apostaba por él.
Y así como lo había hecho cuando Seth era un chiquillo, Edward no había dejado de dictar clases en esa escuelita, cuatro horas por semana para encontrar a algún talento escondido al cual ayudar. Aunque últimamente y con todo lo que había ocurrido, había tenido que delegar en uno de sus colegas esa tarea, pero pensando que ya era hora de retomarla.
―Seth, te daré indicaciones para mañana, ah, y necesito que apartes tres invitaciones preferenciales. Además, me gustaría que limitaras el acceso a bastidores después de la presentación.
― ¿Alguien en particular a quien no quiera ver? ―miró su block de notas, apuntando las indicaciones de Edward.
Edward podría haberle dado una lista, pero para no tener que dar muchas explicaciones, simplemente advirtió:
―No, en realidad me gustaría que me consultaras antes de hacerlos pasar, si se trata de mí, por supuesto.
Seth acabó de anotar y levantó su rostro hacia el maestro, asintiendo obedientemente.
―Así se hará, profesor.
Después de darle instrucciones a Seth, salió de la sinfónica para dirigirse al hospital, pero para su desgracia, vio en la puerta de entrada a Esmerald, paseándose de un lado a otro, esperándolo. Enfundada en azul eléctrico, la vio pasearse de un lado a otro sobre sus tacones altos, mirando con preocupación el suelo, perdida en sus pensamientos.
Edward apretó las manos y pensó en salir por una de las puertas laterales pero antes que eso pudiera suceder, ella miró hacia el interior del lobby y lo vio. Entonces Edward inspiró profundo y expiró, retomando su camino. Esme, intuyendo su presencia, miró hacia el interior y se enderezó, poniendo las manos sobre sus caderas.
― ¿Por qué no contestabas mis llamadas? ―le recriminó apenas él puso un pie en el exterior del teatro ― ¡He estado muy preocupada!
—Estoy bien ―respondió tajante, abrochando los botones de su chaquetón negro ―Ahora voy apurado, no puedo hablar contigo.
El músico tuvo la intención de pasar de esa conversación, pero para Esme evitarlo, lo agarró del brazo deteniéndolo. Él sacudió como si el toque le quemara, o le asqueara, mirándola con reprobación.
―No creo que estés bien, cuando anoche abandonaste a tu mujer cuando apenas le dieron el alta médica.
―Lo siento, pero mis problemas con Rosalie no son de tu incumbencia ni la de nadie. Ahora, si me disculpas…
― ¡Claro que lo son!
―Perdona, pero no me he inmiscuido en tus problemas matrimoniales con Carlisle, así que te rogaría que tuvieras la misma gentileza conmigo.
Aquello tambaleó la postura enfadada de Esme, quien en esas semanas había tenido que lidiar con los inicios de los trámites del divorcio, además de responder las preguntas de Jane que no terminaba de aceptar que ahora su papá ya no viviera en casa. Aun así, y siendo cierto que Edward no había preguntado ni comentado nada respecto a eso con ella, no dejó de exponer su "preocupación" respecto al fallido matrimonio de Edward.
― ¡No tenías motivos para dejarla! ¡¿Por qué lo hiciste?! ―preguntó, a lo que Edward miró al cielo, harto de la situación ―Antonieta me llamó desesperada esta mañana, preguntándome si sabía algo. No sabía de qué me estaba hablando hasta que me lo explicó… ¡Cómo te atreviste a abandonarla!
―Suficiente. No tengo tiempo ni ganas de darte explicaciones que no te mereces. Ahora debo irme.
Retomó su camino hacia el estacionamiento, con Esme pisándole los talones, insistiendo en saber.
― ¿A dónde vas?
―No es de tu incumbencia ―respondió girando la cabeza por sobre su hombro.
Fue suficiente para dejar ahí a Esme, frustrada y molesta, jurándose averiguar qué pasaba con su hijo y qué era lo que lo había empujado a abandonar a su mujer, aunque ella tuviera sospechas del por qué, iba a comprobarlo con sus propios ojos.
Frustrado, se encontró que Isabella tenía su teléfono apagado, comunicándose con Alice a quien le pidió que llevara a Isabella a los estacionamientos subterráneos del hospital, donde la esperaría. Hacía allí enfiló, llegando al lugar de encuentro al cabo de quince minutos. Salió del coche, en busca de señal para su teléfono, cuando oyó una voz masculina por detrás, que lo llamaba por su nombre.
― ¿Edward Masen?
El aludido se giró y reconoció al cardiólogo, amigo de Isabella que venía caminando hacia él, con una sonrisa complaciente en los labios. Edward torció la cabeza y metió el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, enderezando su espalda. El hombre alto de tez morena no dejó de sonreír durante el corto trayecto desde su coche hasta el músico, con la cordialidad con que siempre se ganaba al resto de las personas.
―Soy Eleazar Ananías ―dijo, extendiendo su mano ―Creo que no hemos sido presentados formalmente.
Edward tomó la mano del doctor y la apretó en respuesta a su saludo, asintiendo con la cabeza.
―Mucho gusto.
―Lo conocí años atrás, cuando se abrió el edificio de la sinfónica para hacer visitas guiadas a estudiantes. Usted ensayaba con un grupo de adolescentes… no sé bien qué obra.
―Recuerdo eso ―respondió y sonrió el músico, relajando su postura.
―Mi hijo mayor practica el cello desde entonces.
―Pues me alegro.
―Esto… quien se alegra de tener un momento para conversar con usted, soy yo. Se trata de Isabella…
La postura relajada quedó atrás cuando el médico nombró a Isabella. Edward tomó aire y enderezó aún más su espalda, quedando a la misma altura que el doctor, poniéndose en guardia.
― ¿Qué pasa con ella?
―Se trata del tipo que vino a buscarla la última vez. Él dijo que era su amigo…
―James.
―Sí, él. Lo he visto rondar a menudo por aquí después de la última vez y creo estar seguro que le está siguiendo los pasos a Isabella. Y por ella es por quien me preocupo. Sé que no debería inmiscuirme, pero no quiero que le hagan daño, y ese tipo no es de fiar. Además, Isabella quedó muy preocupada después de eso… se lo digo porque simplemente espero no le hagan daño. No es mi intención interferir entre lo que Isabella y usted tienen, pero me preocupo por ella, es todo.
A Edward le extrañaba lo que el doctor le comentaba, pues hace tiempo que no veía al supuesto amigo suyo de quien el doctor hacía mención, y ciertamente no le gustaba nada que aún anduviese rondando. Tendría que tomar cartas en el asunto y hablar directamente con él, ahora que podía hacerlo, a pesar que no entendía la insistencia de James por Isabella, pues no era el tipo de mujer con las que él solía involucrarse.
―No sabía que él siguiera dando vueltas por aquí. Le agradezco que me lo cuente y le ruego no le comente esto a Isabella, sería preocuparla, yo me entenderé con él. Por cierto, le agradezco que haya estado cerca para protegerla.
Eleazar hizo un gesto con la mano, quitándole importancia, afirmándose contra el coche de Edward.
―Le tengo mucho cariño. Cuídela por favor, es una chica frágil. Entiendo que lo de ustedes es… complicado, pero no estoy en posición de juzgarlo, simplemente me pongo en su lugar. Ella lo ama, y no me gustaría verla herida a causa de esto, por nadie.
―Procuraré que así sea.
―Y pueden contar conmigo, para lo que sea.
―Yo… se lo agradezco.
―Y tenga cuidado con ese tipo, por favor, sobre todo por Isabella.
―Estaré pendiente.
Eleazar entonces miró por encima del hombro del músico y sonrió, haciendo que Edward se girara y viera a Alice y a Isabella caminar hacia ellos.
Desde la noche anterior había estado desesperado por verla, por lo que olvidó la preocupación por la información que el doctor le había entregado, para dar paso al alivio que no disimuló al salir al encuentro de Isabella y sin reparar que estuvieran en un espacio público, la envolvió con sus brazos soltando un suspiro. Besó el tope de su cabeza y se apartó para tomar el rostro de la chica entre sus manos, que lo miraba con el mismo amor de la primera vez, quedándose por unos instantes en silencio mirándose el uno al otro.
―Sí, hola también a ti, Edward.
Él reaccionó, apartando sus ojos de Isabella y mirando a Alice, que continuaba junto a ellos. Edward torció la boca y abrazó a Isabella por los hombros a la vez que inclinaba la cabeza hacia Alice en señal de saludo.
―Bueno ―dijo el doctor Ananías tras ellos ―yo ya me despedí de las damas arriba y tuve la suerte de cruzar palabras con el señor Masen, así que me retiro.
Volvió a extender su mano hacia el músico y la apretó con fuerza antes de enfilar hasta su coche. Alice en tanto se cruzó de brazos y miró a Edward con gesto divertido.
― ¿Nos habremos perdido de alguna lucha de testosterona?
―Alice ―le reclamó Isabella, un poco tensa por la forma en que Edward la abrazaba. No era que le disgustara que lo hiciera, pero el que lo estuviera haciendo en un estacionamiento, donde la gente iba y venía y donde más de alguien podía reconocerlos, la ponía nerviosa.
―No, nada de luchas ―respondió Edward, besando una vez más la cabeza de Isabella ―Por cierto, Alice, Jasper y tú tienes invitaciones para la sinfónica mañana. No sé si es de tu gusto ir a esos conciertos, pero…
―La primera vez que fui a uno, fue con mi padre. "El bolero de Ravel", jamás lo olvidaré. Desde entonces cargo música clásica en mi Ipod.
―Vaya… pues me alegra. Me gustará verles allí entonces.
―Seguro. Ahora me voy. Tenemos esa dichosa cena con sus amigos, y no quiero retrasarme.
Edward no entendió como una mujer podía retrasarse para una cena que era a las ocho de la noche, cuando recién eran las cuatro de la tarde, pero aun así no comentó nada al respecto. Aceptó el beso que ella le dio en la mejilla y se apartó cuando abrazó a Isabella antes de correr a su coche, estacionado unos metros más allá.
Cuando estuvieron solos, Edward se puso frente a Isabella, volviendo a tomar su hermoso rostro entre las manos, divagando sus ojos sobre éste, reparando en las leves ojeras que se dejaban ver bajos sus ojos.
― ¿Estás bien?
―Soy yo la que tendría que preguntar eso.
―Sí, estoy bien. Pero…
―Edward ―lo interrumpió ella, quitándole las manos del rostro, apretándola entre las suyas ―salgamos de aquí, no me siento cómoda. Podrían vernos.
―Está bien ―suspiró, y la tomó de la mano, llevándola hasta su coche. Quitó el seguro y abrió la puerta del acompañante para ella, y antes de Isabella meterse, él llevó su mano hasta la boca ―Dentro de poco ya no tendremos que escondernos.
Isabella sonrió y alzó la mano desocupada para acariciarle el rostro a Edward con ternura. Con ese simple gesto le decía que creía en él, que confiaba en él y en las promesas que le hacía.
**oo**
En el penúltimo piso de uno de los edificios más altos de la ciudad tenía Emmett su elegante y lujosa oficina, muy acorde con el alto cargo que mantenía en esa empresa multinacional.
No estaba tranquilo ni podía concentrarse en su trabajo después de la visita que le hizo a Rose esa mañana, y fue inevitable para él no sentir un cierto grado de satisfacción al saber que ese matrimonio estaba prácticamente disuelto. Odiaba ver sufrir a Rosalie, y él mismo haría pagar a Edward todo ese sufrimiento, pero por otro lado sería ese el momento propicio de tomar terreno y convencer a Rosalie de dar un paso adelante con él, convencerla de que se dejara llevar. Y aunque al grueso de las personas le pudieran parecer una aberración sus sentimientos hacia ella, para él no lo era, pues simplemente él era un hombre que amaba a una mujer, por la que lucharía como cualquier hombre lo haría.
Se giró en su sillón de cuero, y quedó frente al ventanal a espaldas de su escritorio, contemplando la ciudad más no prestándole atención. Pensaba más bien en la cantidad de mujeres con las que había compartido su cama en busca de alguna que se asemejara a Rosalie, no consiguiéndolo nunca, buscando una oportunidad de amar a otro cuando ella eligió al músico ese, diciendo que se había enamorado irrevocablemente, rompiéndole el corazón a él.
Pasando el dedo índice por su frente, pensando en las veces en que ella le dio a entender que a ella no le parecía del todo una aberración. La forma en cómo lo miraba, o cómo reaccionaba a sus caricias cuando estaban solos… recordando las dos veces en que ella no pudo contenerse, sucumbiendo a la pasión.
Su boca se secó recordando esos momentos, pero no pudo seguir adelante rememorando pues el sonido de su teléfono lo sacó de sus cavilaciones. Se giró alzando el auricular, avisándole su asistente que su cita había llegado. Le ordenó que lo hiciera pasar y que mientras estaban reunidos no le pasara llamadas.
Allí fue que un investigador de confianza llegó después que ese mediodía lo citara de forma urgente. Un hombre alto y corpulento, de tez morena y rostro cuadrado entró saludando a Emmett con un asentimiento de cabeza, no extrañándole que el empresario ni siquiera se levantara de su asiento para recibirlo. Ya antes había trabajado con ese hombre de carácter complicado y sabía que era mejor no cuestionar nada respecto a él.
―Usted dirá para qué soy bueno ―dijo el hombre de ojos oscuros, sentándose frente al escritorio de vidrio templado, poniéndose a disposición de Emmett.
Sam Uley acudía sin chistar cada vez que era requerido por el empresario pues sin duda la paga que entregaba el empresario era de las mejores que había recibido. Era su mejor cliente.
—Necesito que les sigas los pasos a alguien ―dijo Emmett, tomando una carpeta marrón que había sobre su escritorio y extendiéndosela al investigador, en cuyo interior se encontraba un perfil completo de Edward, junto a una fotografía, además de los lugares que solía frecuentar. Incluso la placa patente de su vehículo y su número de teléfono estaban apuntados, con lo que seguirle la pista a través de ese aparato podía resultar más fácil y rápido.
Uley alzó sus cejas espesas y miró a Emmett, sacando una pluma de la cartera interior de su americana.
― ¿Es el esposo de su hermana, no? ―Emmett asintió una vez, mirando seriamente al investigador ― ¿Algo puntual que necesita que averigüe?
―Una amante ―puntualizó con voz ronca ―Una vez que logres cazarlo y dar con ella, averigua también todo lo referente de esa mujer y me lo entregas.
― ¿Es urgente?
―Muy urgente.
Sam Uley asintió una vez y anotó algo al margen de los documentos que el señor Hale le había entregado. Carraspeó y volvió a mirar a Emmett, que no lo perdía de vista con su siempre adusta mirada.
― ¿Tiene alguna idea de quien pueda ser?
―Para eso te mandé a llamar ―respondió hosco, mirando la hora en su reloj de muñeca ―Además, no tengo tiempo para perderlo siguiéndole los pasos.
―Entiendo. Será algo fácil, no creo que me lleve mucho tiempo averiguar algo sustancial que pueda servirle de ayuda.
Emmett afirmó sus brazos sobre la mesa e hizo su cuerpo hacia adelante, estrechando sus ojos hacia el investigador, a quien hizo ponerse algo tenso con su actitud.
― ¿Está de más decir que necesito tu total discreción en esto, verdad?
Sam carraspeó nervioso y se removió sobre su asiento, dándole una tensa sonrisa al empresario ―Usted sabe cómo hago mi trabajo, nunca lo he dejado mal.
Lentamente, Emmett relajó su postura, afirmando la espalda contra el respaldo de su sillón. No tenía duda de la calidad del trabajo de aquel hombre, pero aun así debía recordárselo, pues esta vez no estaba siguiendo a algún empresario de la competencia, ahora el asunto era un tema personal.
―Por eso acudí a ti. Cualquier información relevante, me la haces llegar de inmediato.
―En cuarenta y ocho horas tendrá un informe preliminar de lo que lleve averiguado. Puede confiar en mí.
―Estupendo. ―Giró levemente la silla de su escritorio y se puso frente al ordenador, donde tecleó antes, mientras Sam Uley se animaba a comentar el asunto de su paga.
―Por cierto, sobre mis honorarios…
Emmett lo miró de reojo ―Ya hay en tu cuenta corriente un primer pago por este trabajo.
―Oh. Pues muchas gracias. Ahora mismo me pondré manos a la obra con esto.
―Puedes retirarte entonces.
―Buenas tardes ―dijo, levantándose Uley de su asiento y estirando la mano hacia Emmett, quien lo ignoró, poniendo atención en la pantalla de su ordenador. Sam alzó levemente sus cejas y sin decir nada más, salió de la oficina, chequeando a través de su teléfono la cantidad que el señor Hale había transferido por su trabajo.
Emmett, que se quedó solo en la oficina, sacó su móvil del bolsillo de su pantalón y le marcó a Rose, la que respondió casi enseguida.
― ¿Emmett?
― ¿Cómo te encuentras? ―preguntó, inclinándose hacia atrás ― ¿Estás sola?
―Mamá está aún conmigo. Tanya y Alec llegaron hace poco.
A Emmett no le pasó por alto que ella no respondiera respecto a cómo se sentía, aun así no hizo referencia a eso.
―Pasaré a verte cuando acabe mi trabajo aquí. ¿Quieres que te lleve algo? ¿Comida china quizás?
―No quiero nada… ―murmuró desanimado. ― ¿Has… averiguado algo de lo que te pedí?
―Estoy trabajando en ello ―dijo, suspirando. ―Supongo que ese imbécil no se ha aparecido por ahí…
―Lo he llamado, pero no me responde. Apenas me dejó un mensaje y me dijo que hablaríamos este sábado, cuando ambos estemos más tranquilos.
Apretó las manos con rabia, imaginándose a Rose recibiendo a ese cretino, con los brazos abiertos y olvidándose de todo.
― ¡¿Supongo que no vas a perdonarlo, verdad?!
Después de oírla suspirar, Rosalie reconoció con voz contrita ―Me siento capaz de rogarle que se quede conmigo…
― ¡No te atrevas a rebajarte, Rosalie! ¡Te lo prohíbo!
―No me puedes prohibir nada, además no es de tu incumbencia. Ahora regresa a tu trabajo. Nos vemos más tarde.
Y sin más, Rosalie colgó, provocando la rabia de su hermano, quien dejó su móvil sobre el escritorio con un poco más de fuerza, mordiéndose el puño y conteniéndose de ir en busca de Edward y romperle la cara después de hacerlo jurar que no regresaría con Rosalie a hacerle falsas promesas.
―Pero ya encontraré la forma de darte donde más te duela, maldito músico de quinta… ―murmuró, con su vista perdida en alguna parte, imaginándose toda clase de torturas contra ese tipo que osó dañar a Rose.
**oo**
El camino desde el hospital hacia el apartamento de la costa lo hizo Edward en silencio, aferrando durante todo el camino la mano de Isabella, que lo miraba agradeciendo la suerte de haberse enamorado de ese hombre tan atractivo, que la amaba y que había sido capaz de cambiar su habitual vida para estar con ella.
Se metieron en el estacionamiento subterráneo del edificio y desde el elevador hasta el piso del apartamento, Edward la abrazó y escondió su rostro en el hueco de su cuello, perfumado de lavanda que lo llenó de la calma que había extrañado desde la última vez que estuvo con ella, con las manos de Isabella acariciando el cabello por la nuca, pensando en lo fácil que era acostumbrarse a ella y lo difícil o imposible que sería ahora plantearse una vida sin ella.
Al entrar al apartamento, siempre en silencio, Edward la llevó de la mano por el pasillo hacia la habitación principal. Isabella se dejó arrastrar hasta allí, pero al entrar se detuvo justo en la puerta, haciendo que él la mirara por sobre el hombro.
―Pensé que íbamos a hablar. Ayer sucedieron muchas cosas y…
―Y hablaremos, lo haremos ―se acercó a ella y tomó su rostro, acercando su boca a la de ella, mirándolo codiciosos. El músico claramente, tenía otros planes. Antes que ella aludiera una protesta débil, Edward la rodeó por la cintura y la pegó del todo a su cuerpo, demostrándole lo que en verdad necesitaba.
Desde el día anterior estuvo anhelando su presencia más allá de una intención meramente sexual: se trataba de la conexión tan profunda que resultaba entre ambos y que los lograba apaciguar, pese al caos que los rondaba.
Despacio le quitó el abrigo blanco con el que parecía un ángel y lo dejó sobre un sofá que había allí. Él hizo lo mismo con su chaquetón y su camiseta negra de manga larga que se arrancó por sobre la cabeza, lanzándola a cualquier lado. Ella no disimuló el espectáculo del torso desnudo de Edward, mordiéndose el interior de su mejilla, deseosa de pasar sus manos por su cuerpo.
―Soy tuyo, Isabella ―susurró Edward, acercando sus labios a la piel de su cuello que el suéter de hilo azul dejaba al descubierto. ―Nunca he sido de nadie más, solo tuyo, así que no me sueltes.
La enfermera suspiró y levantó sus manos hasta dejarlas sobre los hombros firmes del músico, inclinando su cabeza con la intención de darle mejor acceso a la boca de Edward, que vagaba perezosa y sin apuro, a la vez que sus manos se colaban bajo su ropa con la intención de sentir contra sus palmas la suavidad de su piel, estremeciéndose ella con las atenciones de este hombre que parecía estarla adorando con sus atenciones.
Sin apuros acabaron de desnudarse entre besos voraces, caricias robadas y palabras de amor que más bien eran juramento, y la cama de sábanas suaves recibió a esta pareja de amantes que cayeron rendidos al anhelo ardiente de sus cuerpos.
Isabella estaba boca arriba, con sus brazos por sobre la cabeza y su cuerpo expeliendo una mezcla de lavanda y sexo que al músico parecía lo segaba de placer. Él apoyado encima de ella, disfrutaba del sabor de su cuerpo, besándole los labios, el cuello, la clavícula, rindiéndole un poco más de atención a sus justos pechos.
―Edward… Edward…. ―no paraba de decir Isabella cuando la boca del músico se desplazó hacia abajo, por su vientre, besándole despacio la cara interna de sus muslos, impulsado por los dedos de la chica que arañaba y jalaba su cabello.
―Sabes tan dulce… ―susurra él, hundiendo su boca en su dulce surco, adorándola ―están tan húmeda… tan caliente…
Isabella soltó un gemido profundo, aferrándose a las almohadas, torciendo su espalda y volviendo a llevar sus manos al cabello sedoso y húmedo de Edward, gritando y gimiendo a la vez, hasta que no puede más y se deja llevar. Edward vuelve a incorporarse y se posa sobre ella, hundiéndose y moviéndose a un ritmo acompasado cuando ella aún está perdida en ese primer orgasmo.
―Te amo… te amo tanto… ―susurra él sobre sus labios, mordisqueándolos ―estoy ciego por ti, loco por ti… te adoro… ¿lo sabes, verdad?
―Sí… Edward, sí…
Edward se mueve más rápido, más duro, aferrándola por el cuello y la espalda, bebiendo de su boca, buscando su cuello, perdiéndose también en el placer y el amor que tan bien se conjugan cuando está con ella, perdiendo la capacidad de pensar en nada más que no sea ella, perdiendo incluso la capacidad de hablar pues de su boca solo escapan gemidos roncos y ardientes que recorren su cuerpo poderosamente, dominándolo… dominándolo ella con su amor, con su entrega y con la pasión que solo en ella ha encontrado, hasta que no puede más y casi al unísono se elevan y se dejan caer en una explosión candente que los deja exhaustos y perdidos, para finalmente sentir esa paz que la unión aquella, que va más allá de los cuerpos, les entrega y les reconforta.
Isabella, de costado mirando hacia el ventanal, se sentía ligera, como si estuviera tendida sobre una nube, con el amor de su vida rodeándole por detrás abrazado a su cintura con la sensación de sus caricias aun recorriéndole su piel.
―Quiero que me prometas una cosa ―susurró Edward, dejando suaves besos sobre la piel de su nuca. Isabella cerró los ojos e inspiró hondo, siendo capaz de jurarle cualquier cosa a él en ese momento. ―Quiero que nunca más me hagas pasar por el terror de oírte decir que necesitas espacio de mí, como si buscaras que yo pensara mejor las cosas y me arrepintiera de amarte, porque eso no va a pasar.
―No es fácil para mí…. ―se giró con tal de quedar recostada frente a él. Levantó sus manos y recorrió su rostro atractivo, con la sensación de su barba de tres días picándole la punta de sus dedos. ―Alice me contó lo enamorada que vio a Rose de ti y… ya sabes, pensé en que debía cuestionarme si debía pelear por mi felicidad a costa del sufrimiento de otros.
Edward tomó la mano de Isabella y la besó, apretándola a continuación sobre su pecho, justo sobre su corazón.
― ¿Lo sientes? ―preguntó Edward, y ella le regaló una discreta sonrisa.
―Se oye como un tambor ―susurró, relajándose al compás del corazón de Edward que se oía firme, seguro y tranquilo.
―Y nunca se oyó así antes, y nunca se oirá así si me dejas, ¿lo entiendes?
Isabella asintió, pegándose al cuerpo desnudo de Edward, colocando ahora su oído sobre el golpeteo relajante de su corazón. Él la rodeó por los hombros y recostándose sobre su espalda la mantuvo pegada a él, acariciando perezosamente la suave piel de su espalda.
―Háblame de lo que pasó ayer. No quiero los detalles porque esos son privados entre Rosalie y tú… pero te oías tan mal.
Edward, con los ojos pegados en el techo blanco del dormitorio, recordó el rostro suplicante de Rose, rogándole que no se fuera, que no dejara de amarla, cuando eso ya era demasiado tarde.
―Ella estaba construyendo castillos sobre el aire y yo no podía permitir que siguiera ilusionándose con algo que no iba a pasar. Ella se merece un hombre que se vuelva loco de amor por ella y que retribuya de la misma manera su pasión y su amor arrebatado, conmigo simplemente lo desperdiciaría. Además, este último tiempo su carácter se tornó ahogante para mí y no estoy acostumbrado a eso. Entiendo que todo lo que pasó con ella la puede tener así, y me odio por no haber sido más paciente con ella, pero me superó y no aguanté, por lo que exploté finalmente.
Isabella se había mantenido en silencio durante el corto relato que resumió el quiebre del matrimonio de Edward y su pelea de la noche anterior. Fue respetuosa por el dolor de Edward y por el de Rosalie, no alegrándose, aunque no podía negar una sensación de alivio. Se sintió orgullosa que Edward no hubiera saltado de la dicha o se hubiese embriagado para celebrar, pues eso hablaba bien de él y de sus sentimientos.
― ¿Volverás a hablar con ella? ¿Le dirás sobre… sobre lo nuestro?
―Le debo una conversación tranquila. Me ha llamado desde anoche pero he pasado de contestarle porque sé que es muy pronto, pero lo haré, no dejaré pasar mucho tiempo. Quizás este sábado… no sé. ―Suspiró y besó la cabeza de la chica, acariciando su corto y sedoso cabello ―Y seré lo más honesto posible con ella, sin ponerte en riesgo.
―Bueno, bien merecido me tendría que al menos me cacheteara por haberme metido en medio de su matrimonio…
―No digas eso.
―Lo siento.
Se quedaron en silencio, cada uno dejándose llevar por sus pensamientos sobre lo ocurrido, ambos permitiéndose ahora con más firmeza, ilusionarse con una vida juntos, como una pareja de verdad que no tenía nada por qué esconderse.
― ¿Así que… invitaste a Alice y a Jasper al concierto de mañana? ―preguntó ella de pronto, recordando el corto diálogo entre él y su amiga. Por supuesto que ella estaba al tanto de la presentación de Edward y le hacía ilusión ir, pero él nada le había dicho al respecto.
―Sí, es una buena forma de torturar a Jasper…
―Ejem… y… me preguntaba… ―nerviosa, apretaba con la punta de su dedo índice sobre el torso desnudo de Edward, mientras se animaba a preguntar, no pudiendo ver la sonrisita graciosa que provocaba en el músico en ese momento. ―Me preguntaba si… si no tienes problema claro, si yo pudiera ir. Vería la presentación desde una esquina escondida si eso te hace sentir mejor sin que nadie me viera.
La sonrisa iluminó el rostro de Edward y no pudo ahogar sus carcajadas por la ternura que esa mujer le provocaba. La apretó más fuerte entre sus brazos y con un ágil movimiento se giró, dejándola tendida bajo su cuerpo, sobre aquel mar de sábanas azul cielo.
―Tu invitación está marcada con un sello dorado, que para que te enteres, es para invitados de lujo, en el sector preferencial. Así que nada de estar escondida en una esquina. Además, te quiero en bastidores después de mi presentación. Se estila regalarle un buqué de flores al maestro después de cada presentación…
― ¿Flores? ―preguntó ella, mordiéndose el labio a la vez que movía su pelvis sinuosamente, provocándolo ― ¿Y qué tipo de flores quiere el maestro?
―Uhm… lavandas… ―dijo, antes de besar apasionadamente a la chica, bajando su mano por el costado desnudo de su cuerpo, hasta su pierna, la que tomó y levantó para que lo rodeara con este.
El músico y la enfermera estaban listos para hacer el amor… otra vez.
Y fue precisamente que llegó ese día al Teatro Municipal de Leonilde, enfundada en un vestido negro de cuello en pico, medias transparentes y tacones altos. Sabía que para ese tipo de presentaciones se debía uno ataviar con lo mejor de su closet, desconociéndose a sí misma cuando Alice acabó de maquillarla y peinarla de alguna forma que saliera de su peinado habitual, aunque en su cabello corto no había mucho con lo que innovar. Se colocó un abrigo azul marino entallado hasta la rodilla de cuello alto que había comprado aquella misma tarde, y que le pareció que no desentonaba con el vestido que llevaba debajo.
― ¿Y ese ramo de lavandas? ―preguntó Alice, cuando ella aferró entre ambas manos el ramo de flores, después de colgarse una cartera de charol negra en su hombro.
―Un regalo para Edward. Dice que después de las presentaciones suele recibir ramos de flores.
― ¿Y no encontraste rosas? Son más elegantes que esas lavandas.
―Son a petición del maestro, Alice.
―Ah, bueno ―se alzó de hombros y se cubrió su vestido esmeralda con un abrigo blanco invierno, para después salir ambas rumbo al teatro, donde en la entrada un inquieto Jasper las esperaba. Alice se apresuró en correr hasta él y rodearlo por los hombros, dejando un beso sonoro en sus labios, mientras el resto de las personas que ingresaba en ese momento al lugar, los miraba de reojo y comentaba por lo bajo.
― ¿Y, valió la espera? ―preguntó Alice, apartándose y girándose sobre sus talones para que Jasper la viera y asintiera como un bobo encandilado por esa mujer con aspecto de hermoso duende, mientras unos pasos más atrás, Isabella los miraba y sonreía.
―También te ves increíble, Isa. ¿Tu peinado es diferente, no?
―Alice se entretuvo con él… ―dijo, llevándose una mano a su cabeza.
―Bueno, damas, entremos de una vez. El maestro está nervioso porque no llegaban, no ha parado de mirar a hurtadillas si hemos llegado ―dijo, dirigiéndolas hacia el interior del teatro, donde en la entrada un hombre les solicitó sus invitaciones, las que como Edward le había dicho la noche anterior, estaban estampadas con un sello dorado.
Siguiendo las indicaciones del recepcionista, subieron por unos escalones hasta el segundo piso, donde se ubicaron en una especie de balcón a un costado del escenario, sin duda una vista privilegiada para disfrutar el espectáculo, el cual era uno de los más esperados dentro del ámbito musical clásico, por eso probablemente fue que el teatro se llenó con tanta rapidez.
El concierto comenzó puntualmente a las ocho de la noche, después que los músicos se cercioraran de que sus instrumentos estuviesen afinados. La luz del teatro bajó su nivel y en cambio la del escenario se acrecentó, levantándose los músicos al unísono, cuando el maestro apareció, vestido con un impecable esmoquin negro por el sector derecho del escenario, haciendo una reverencia al público cuando este comenzó a aplaudir entusiasta.
A Isabella se le apretó el pecho de emoción, encorvando los dedos de los pies cuando lo vio mirar hacia donde ella estaba sentada y esbozar una diminuta sonrisa, antes de darle la espalda al público y ponerse frente a sus músicos sobre un atril, alzar sus manos y con un movimiento súbito dar inicio al concierto.
Varias veces Isabella se vio secándose un par de lágrimas, y era un poco ridículo pues los compases eran generalmente alegres, fuera de algunos momentos en que la música evocaba añoranza, o cuando Edward se sentó frente al piano y ejecutó una hermosa y suave melodía. Por lo que Edward mismo le había contado, un maestro era en general un excelente ejecutante en algún instrumento solista, y Edward sin duda lo era.
Con una ovación cerrada el público asistente agradeció al grupo de músicos, quienes se levantaron de sus sitios e hicieron reverencias antes que en orden abandonaran el escenario.
― ¡Fue increíble! ¿No creen? ―preguntó Alice mirando a Jasper que simplemente se alzó de hombros, cubriéndose la boca para ahogar un bostezo, golpeando ella su brazo con fuerza para reprenderlo. Enseguida miró a Isabella, que se había puesto de pie, y miraba hacia el escenario con la esperanza de volver a verlo, con el ramo de lavandas siempre aferrado en sus manos. Alice le dio un codazo a Jasper, quien reaccionó, recordando las indicaciones que el maestro le había dado.
― ¡Ah, sí! Isabella, acompáñame!
― ¿Quién, yo? ¿A dónde? ―preguntó sorprendida. Él hizo un movimiento de cabeza, indicando el ramo de flores que Isabella llevaba entre sus manos.
―Vamos a llevar ese ramo de… de…
—Lavandas ―aclaró Alice.
―Eso. Vamos a entregar ese ramo de lavandas antes que se marchiten. Anda, movámonos.
Las dos señoritas siguieron a Jasper por las escaleras y luego por unos pasillos internos del teatro, donde en una de las entradas restringidas se encontró con un chico menudo que sonrió al verlo. Se dieron la mano, haciendo Jasper las presentaciones.
―Él es Seth, discípulo directo del maestro Masen.
—Ese soy yo ―dijo el muchacho, haciendo una gracioso reverencia hacia las damas. Isabella sonrió e hizo un asentimiento al joven, que de postura muy estoica, se puso a disposición de Jasper, quien le pidió muy amablemente:
―Seth, si fueras tan amable de llevar a la señorita Swan con Edward, él la está esperando.
― ¡Seguro! ―asintió, mirando a Isabella con una sonrisa ―Sígame, por favor.
Isabella se despidió de sus amigos y siguió al joven por un laberinto iluminado donde se oían voces alegres y jóvenes ir y venir a su paso, hasta llegar a un sector donde había puertas a un lado y a otro con placas que indicaban un número y el nombre. Seth se paró frente a la número dos que llevaba el nombre de Edward y golpeó dos veces, abriendo el maestro la puerta.
―Su amigo Jasper me pidió que trajera a la señorita ―dijo Seth. Edward lo miró y sonrió, asintiendo una vez.
―Sí, muchas gracias, Seth.
El joven vestido también muy elegante como la mayoría allí hizo una nueva reverencia para despedirse y desapareció a tiempo que Edward agarraba por la mano a Isabella y la empujaba hacia el interior de su privado, cerrando la puerta de una patada, pues sus brazos y manos ya estaban ocupados en abrazar a la chica.
―Te traje lo que me pediste ―dijo ella, alzando la mano con las que tenía sujetas el ramo de lavandas, el que Edward recibió, inhalando profundo el aroma de su ahora flor favorita, apartándose de la chica para dejarlos dentro de un jarrón vacío.
Isabella aprovechó de mirar el entorno pequeño y acogedor de ese lugar de muros marrones, donde había un mesón largo sobre el cual había dispersos un montón de papeles y algunas otras cosas. También vio el espejo y un pizarrón de corcho donde había colgadas varias tarjetas de felicitaciones, al parecer de personas que habían sido importantes para Edward en su carrera. Sonrió cuando vio una foto en blanco y negro de un hombre ya mayor posando orgulloso con un hacha, pensando en que seguro él era el abuelo de Edward.
Había un sofá marrón pequeño junto a una mesa auxiliar donde había un par de tazas y una cafetera con el recipiente a medio llenar. Además un pequeño frigorífico, y en una esquina junta a la puerta del baño, una percha.
― ¿Y?
Isabella se sobresaltó después de estar concentrada mirando el lugar. Se giró y vio a Edward con el corbatín desatado rodeando su cuello, aun con el chaleco del traje puesto y sus manos metidas en los bolsillos, muy relajado. Era simplemente el hombre más hermoso que había conocido.
―Estuvo bien ―dijo, alzándose de hombros. Edward alzó las cejas y llenó sus pulmones, torciendo su cabeza, fulminando a Isabella con sus ojos, aunque su sonrisa advertía más bien que le parecía divertido lo que ella había dicho.
― ¿Solo bien? ― incrédulo y divertido volvió a preguntar. ―Agradece que el resto de los muchachos no te oyó decir eso, porque tendrías que vértelas con sesenta molestos y ofendidos músicos.
―Oh, bueno… ―puso el dedo índice sobre sus labios, alzando la vista y pensando ―Estuvo simplemente fenomenal.
―Eso está mejor ―admitió Edward, dirigiéndose a la puerta la que cerró con pestillo, devolviéndose enseguida hacia Isabella a quien tomó por la cintura y de un movimiento sentó sobre el mesón.
Apartó las solapas del abrigo y metió sus manos bajo este, alrededor de la cintura de Isabella, quien envolvió automáticamente la cadera del músico con sus piernas y su cuello con los brazos, quedando prácticamente pegados.
―Me alegro mucho que te haya gustado. Así me sentiré con el derecho de pedir una recompensa por mi honesto trabajo.
―No tienes que pedir, simplemente tomar de mi lo que quieras.
Eso bastó para que Edward dejara brotar su pasión, besando a Isabella con el anhelo con que llevaba queriéndolo hacer desde la noche anterior, cuando la dejó marchar de su apartamento. Su boca era un manjar dulce que lo calmaba, tanto como su aroma que en ese momento inundaba el pequeño cuarto, gracias a las aromáticas flores que destacaban sobre el mesón.
La pasión que nacía desde las entrañas de esta pareja estaba comenzando a ganar terreno, cuando ambos se dieron cuenta que sus respiraciones eran ya trabajosas y cuando les pareció que la ropa que cubría sus cuerpos pesaba y molestaba demasiado, y seguro era que a ninguno de los dos pudiera reparos en aliviar el ardor que en ese momento hizo soltar un gemido suave a Isabella.
Edward, con toda intención y sin dejar su boca, apartó una mano y la metió bajo la falda del vestido de Isabella, cuando varios golpes en la puerta lo sobresaltaron, soltando él una maldición. Se apartó un poco con la intención de decirle eso a Isabella, cuando una voz llamándolo desde el otro lado lo paralizó:
― ¡¿Edward?! ¡¿Estás ahí?! ¡Ábreme la puerta, por favor!
Isabella se puso pálida al igual que Edward, quien reconoció enseguida la voz de Rosalie llamando al músico y golpeando la puerta insistentemente, mirando ambos hacia la puerta cuando la manilla empezó a moverse, como si ella del otro lado estuviera forzándola para abrirse.
― ¡Oh, Dios mío! ―susurró Isabella, cubriéndose la cara con las manos, mientras Edward se pasaba las manos por el pelo, nervioso y sin saber muy bien qué hacer. Muchas de las personas que aun pasaba por el pasillo conocían a Rosalie y no sería difícil que alguien pidiera que le abriera la puerta para cerciorarse que él no estaba.
Si era descubierto con Isabella allí, no se lo perdonaría. Caerían como ave de rapiña sobre ella y eso no lo permitiría. A él podían maldecirlo y desearle las penas del infierno por abandonarla, pero por salvarla a ella era capaz de todo.
― ¡Edward! ¡Edward! ―insistía ella del otro lado ― ¡Ábreme la puerta, por favor! ¡Sé que estás ahí!
"Joder, qué hago…"
