Ya estoy aquí!

Perdón por no haber podido actualizar la semana que pasó, pero me fue muy difícil. ¿Me disculpan, verdad?

Bueno, ya tenéis aquí un nuevo capítulo. Gracias a quienes siguen adelante leyendo esta locura; gracias por sus comentarios, su compañía es un gran aliciente para mi.

Les dejo un beso y ya nos estamos viendo muy prontito.


Capítulo 18

Isabella miraba a Edward con ojos de horror, mientras los golpes en la puerta seguía resonando insistentemente a la vez que la voz de Rose lo llamaba por su nombre. El músico, no sabe bien si por la sorpresa de saber a Rose ahí o por susto, quedó paralizado imaginándose lo peor: que en un descuido él haya dejado la puerta sin seguro y el pomo hubiese cedido, encontrándose Rose con la imagen aquella, terminando de hundirle la daga en el corazón y exponiendo a Isabella de la peor forma. Pero para su suerte, aquello era solo un mal sueño, pues cuando reaccionó, agarró su móvil que estaba sobre el mesón donde Isabella seguía sentada y con dedos ágiles, envió un mensaje a Seth, ordenándole que urgentemente sacara a Rose de ahí y que le asegurara que él había dejado el teatro apenas acabada la presentación.

El fiel Seth llegó al cabo de dos minutos después de enviado el mensaje, disuadiendo a Rose con su voz serena de que el maestro en verdad no estaba en su camerino, sino que se había marchado casi inmediatamente cuando acabó la presentación. Ella, que le costaba creerlo, miró por la rendija inferior de la puerta la luz que se filtraba por ahí, preguntándole al muchacho por qué si Edward se había marchado, la luz estaba encendida, y Seth simplemente contestó que quizás la dejó encendida por descuido y que no podía entrar a apagarla porque solo Edward tenía llave de su privado.

Amablemente, Seth se ofreció para llevarla hacia la salida, agradeciendo Edward desde el otro lado de la puerta donde oyó todo el diálogo entre Rose y Seth, que nadie hubiese llegado antes advirtiendo su presencia ahí, escondido.

Cuando supo que Rose ya no estaba, se giró y vio a Isabella sobresaltada, aferrándose con los brazos a su estómago, con el rostro compungido, sintiéndose un imbécil por provocar eso, apresurándose en acercársele y con cautela, rodearle con sus brazos. Ella soltó el aire que mantuvo retenido en sus pulmones cuando sintió los brazos de Edward rodearla y relajó su postura, agradeciendo su suerte, aunque eso no la hacía sentir mejor, no la hacía sentirse diferente a lo que pensó se sentía una amante promedio.

―Perdóname, Isabella… ―susurró con voz contrita, cerrando sus ojos y escondiendo su rostro en el hueco del cuello de ella ―Esto es mi culpa… No debí…

―No, Edward. ―Se apartó y tomó el rostro del músico entre sus manos, acariciando la barba ligera que solía él usa. Le sonrió torciendo su boca y suspiró a la vez que contemplaba su mirada cristalina ―Ambos somos culpables. No está bien… si bien es cierto y hablaste con ella, le debemos respeto. No voy a volver a proponer alejarme de ti mientras eso sucede porque no podría, pero… no puedo evitar sentirme mal… aun así, te amo y no te culpo de nada, así como te pido no me culpes a mí de haber venido hasta aquí, exponiéndonos…

―Dios, Isabella… ―susurró otra vez, pegando sus labios a la frente de ella ―Pero esta culpa se acabará y seremos libres de pasearnos de la mano frente a todo el mundo, mi amor.

―Claro que sí, Edward.

Isabella alzó su rostro y ofreció sus labios ávidos al músico, que respondió como si los labios de ella le dieran el alivio que su alma necesitaba, olvidándose ambos por esos segundos en lo que acababan de pasar.

Quien no lo olvidaba y no se convencía que Seth le hubiera dicho la verdad era Rose, que entró al coche de su hermano Alec, cerrando la puerta con un fuerte golpe producto de la frustración.

Había aprovechado la visita de su hermanito menor, pidiéndole que la llevara a la sinfónica con la intención de encontrar a Edward después del estreno, como otras veces antes lo hizo, e intentar hacerlo entrar en razón de que pensara mejor las cosas, al menos convencerlo de que fuera a casa a dormir porque ella se sentía sola, necesitando de su compañía.

― ¿No te dejaron verlo? ―preguntó el joven Alce, botando la colilla de su cigarro por la rendija del vidrio.

―Me lo negaron, estoy segura ―dijo, agitando la cabeza y mirando atentamente a las personas que salían del teatro ―Su ayudante trató de convencerme que ya se había ido, pero yo sé que sigue ahí adentro…

Alec suspiró rodando sus azules ojos. No estaba de acuerdo con la postura que estaba tomando su hermana. Entendía que ella amara a Edward, pero lo hostigó y eso aburre a cualquiera, sobre todo con la clase de relación que llevaban ambos, donde claramente el músico cuñado suyo no se veía perdido de amor por Rose. Alec nunca se atrevió a decirlo, pero desde siempre le vio fecha de caducidad a esa relación.

―Rose, ya sabes lo que opino… ―comentó mirando el reloj de salpicadero ―si yo fuera Edward también me escaparía…

Rose giró bruscamente el rostro hacia su hermano y lo fulminó con la mirada.

― ¡¿Oyes lo que estás diciendo?! ¡Soy tu hermana, deberías apoyarme! ―Alec alzó las manos y sacudió la cabeza, despejándose del grito atronador de su hermana.

―Soy tu hermano y creo que hiciste las cosas mal con Edward. No lo culpo de haberse aburrido, si de pronto quieres saber incluso a qué hora se mete al baño.

― ¡Alec! ―volvió a protestar Rose, pero aun así el hermano siguió con su punto.

―Es cierto. Estuvo todo el tiempo junto a tu cama de hospital, dejando todo de lado por ti. Deberías agradecérselo en vez de sacarle en cara que es lo que debía hacer. Y ahora que tendrías que darle tiempo, sigues asechándolo.

― ¡Tiempo es lo que no debo dejar pasar! ―rebatió la rubia, apretando las manos como puños sobre sus piernas.

― ¿No te dijo que iría mañana a verte?

―Tengo miedo de esa visita… ― murmuró Rose volviendo a mirar por la ventana. Alec entonces volvió a girar los ojos, sabiendo que no sacaba nada con seguir insistiendo.

―Joder, Rose…

Entonces giró la llave del coche haciendo ronronear el motor de su coche deportivo con la intención de salir de ahí, reaccionando Rosalie a la acción de su hermano.

― ¿Qué estás haciendo? Nos vamos a quedar aquí hasta que él salga.

― ¡Te dijeron que ya se había ido! ¿Además, crees que saldrá por la puerta principal? Si tiene su coche, saldrá por el subterráneo, que tiene salida por el otro lado de la cuadra.

― ¡Entonces vamos allá!

Alec negó tranquilamente con la cabeza, y salió del lugar con las protestas de su hermana en los oídos.

―No Rose. Te quiero, lo sabes, pero no voy a alimentar esa obsesión que tienes. ¿Dónde dejas tu amor propio? ¿Vas a arrastrarte?

― ¡Voy a salvar mi matrimonio! ―gritó, golpeando el brazo de su hermano, ignorándola. ―Va más allá del amor propio, porque si Edward quiso antes estar conmigo, tengo que conseguir que ese deseo vuelva.

"No es la mejor forma, Rose" pensó Alec, haciendo oídos sordos a los gritos de su hermana y sus protestas.

Y mientras ellos salían por la calle principal, tal como lo auguró el hermano menor de los Hale, Isabella y Edward salieron del estacionamiento subterráneo rumbo al apartamento de la costa. Había planeado un fin de semana para ellos, aprovechando que Renée con su alma gitana, se ausentaría con un grupo de amigas de la parroquia a un retiro espiritual en Galvarino, en tanto su tío Marcus había sido mandado a llamar de la diócesis principal a una reunión en una ciudad en la otra punta del país.

Y a pesar de que la presencia imprevista de Rose los había dejado un tanto nerviosos, decidieron olvidarlo y aprovechar la noche, llegando al apartamento donde les esperaba una cena cortesía de Jasper y una excelente botella de champaña para celebrar el estreno exitoso de Edward en su concierto.

Cenaron a la luz de las velas en una mesa redonda junto al ventanal, hablando Edward de lo bien que a su parecer había estado la presentación y oyendo a Isabella hablar entusiasmada sobre cada sensación que la recorrió mientras el concierto se desarrollaba, que para el músico era la mejor paga, que la música lograra atravesar el alma y el cuerpo de alguien y que lo trastocara como le había pasado a su Isabella.

Después de la cena se acomodaron sobre el sofá con la botella de champaña y dos copas, donde Edward sostuvo a Isabella entre sus brazos, acariciando distraídamente su cabello mientras la suave voz de Enya mientras ella reposaba su cabeza contra su pecho. Sonrió con ternura cuando la oyó inspirar hondo y soltar un suspiro, mientras él pensaba en lo ansioso que estaba de poder tener aquella especie de intimidad cada día.

―Me estoy acostumbrando rápido a esto… estar así contigo. Así que vas a tener que plantearte la idea de venir a vivir rápido aquí conmigo.

Sonriendo y pensando en esa idea, se quedó esperando la respuesta de Isabella que no llegó con la rapidez que él pensaba, ni con el ánimo con el que lo expuso.

―Pues no creo que sea buena idea que nos acostumbremos tan rápido ―tragó grueso y cerró los ojos manteniendo su cabeza oculta bajo la barbilla de Edward ―No cuando… no cuando las cosas aún no están resueltas.

―Isabella ―se reincorporó rápidamente, tomándola por el mentón para obligarle a mirarla. ― ¿Qué sucede, por qué dices eso? Ya me fui del lado de Rose y no hay vuelta atrás. ¿Estás asustada aun por lo que pasó en el teatro?

Isabella pestañeó rápido y dos lágrimas rodaron desde sus ojos, deslizándose por sus sonrojadas mejillas.

―No quiero volver a sentir vergüenza ni culpa… ―susurró con voz quebrada ―no cuando se trate de nosotros, nunca más. Ya arrastro esos sentimientos desde el pasado y no quiero más…

―No habrá más de eso… ―acercó el músico su rostro al de Isabella y rozó sus labios delicadamente, sin dejar de ver sus ojos claros y cristalinos ―nunca más. Y no hay vuelta atrás, ni con la decisión que tomé respecto a Rose ni con mis sentimientos por ti.

Te pertenezco ―agregó, acariciando los labios de Isabella con el pulgar, suaves y delicados. Ella absorbe la verdad que sale de los labios de Edward, verdad que siempre ha mantenido y por la que ha luchado, calmando a su corazón desbocado, descansando en la ilusión que hasta hace poco se negaba a creer a ojos cerrados.

Fue ella la que quitó la distancia entre sus labios, besando al hombre que amaba, despacio y sin prisas, acariciando la piel de su cuello y él la aferraba por la cintura, con una de sus manos colándose bajo el vestido negro de Isabella, vestido que desapareció cuando ambos llegaron a la habitación apenas iluminada por la luz cálida de las lámparas sobre cada mesita de noche.

―Te amo, soy tuyo… ―repetía Edward una y otra vez mientras besaba cada rincón de su cuerpo, perezosamente, sin apuros. Isabella suspiraba de placer y amor balbuceando el nombre de Edward, declarándole su amor.

Nunca, ni Edward ni Isabella, se sintieron tan plenos en medio de una relación sexual en donde volcaban no solo el deseo carnal, sino también sus sentimientos puros de amor. Y es que nunca antes habían amado, por eso es que no les importaba dejarlo todo con tal de estar juntos, atravesar peligros con tal de ser libres para amarse.

Nada les importaba, nada mientras estuvieran juntos.

Cuando Edward abrió los ojos esa mañana estaba solo en la cama. Pestañeó y se reincorporó poniendo en marcha su cabeza, preguntándose dónde se había metido su enfermera personal, cuando precisamente por la puerta del cuarto apareció ella, cargando una bandeja de desayuno. Edward, muy complacido, le regaló una sonrisa y pensó en lo deseable que se veía esa mujer –su mujer― con su camisa blanca como único atuendo que cubría su cuerpo.

― ¿Estás tratando de adivinar lo que traigo en la bandeja? ―preguntó aun desde la puerta del dormitorio. Él mordió el labio y negó con la cabeza, sentándose sobre la cama, afirmándose en el respaldo de ésta.

―Imagino lo que llevas debajo de mi camisa, la verdad…

―Pues no llevo nada ―respondió ella muy bajito, encaminándose a la cama.

―Por eso mismo ―acotó el músico, recibiendo la bandeja que ella le entregó, la que traía dos tazones de café y tostadas de pan integral untadas en mantequilla y mermelada de frambuesa.

Inhaló el aroma del desayuno abriéndosele el apetito, pero antes de comer tenía otra cosa en mente. Dejó la bandeja sobre su mesa de noche, tomando a Isabella por sorpresa cuando la sujetó por las caderas y la sentó a horcajadas sobre él, subiendo el faldón de su camisa para escurrir sus manos bajo ésta.

―No pienso tomar café helado, señor Masen ―advirtió ella con voz de reproche al ver la mirada ardiente del músico.

―Un beso por ahora ―y finalmente la besó profundo, aferrándola por las nalgas, apretándola a su cuerpo. ¡Dios, cómo adoraba empezar así el día!

Cuando se apartó, Isabella se metió bajo la colcha de color lavanda y tomó su tazón de café cuando Edward puso la bandeja sobre su regazo. Le contó que saldría a comprar lo necesario para preparar el almuerzo y de paso iría a ver a Kal-El. Prometió tener la comida lista para cuando él volviera de su encuentro con Rosalie.

―Te llamaré cuando venga en camino. ―le dio un mordisco a su tostada y disfrutó del sabor de la mermelada favorita de Isabella ―Uhm… ¿cogerás un taxi para ir? ¿Quieres que te lleve?

―Oh, no. Tú no tardarás en salir, recuerda que me dijiste que antes debes pasar por la sinfónica…

―Es cierto…

―Yo me daré un exquisito baño de espuma y después me pondré en marcha. No tengo apuro.

― ¿Un baño de espuma? ¿Tú sola?

―No tendrás tiempo para eso, maestro.

― ¿Ah, no? ―entonces, volviendo a dejar la bandeja con el desayuno a medio tomar, se levantó exponiendo su hermoso cuerpo desnudo y cargó a Isabella sobre su hombro. Ella soltó un gritito y casi se atraganta con la risa contagiosa que la dominó mientras Edward la llevaba al baño.

―¡Qué haces! ¡Hay que preparar la tina!

―Seguro me entretengo en algo mientras se llena.

La sentó sobre la encimera y luego de ponerle el tapón a tina, abrió el grifo de agua caliente, vertió un poco de aceite y regresó hasta donde dejó a su chica, comenzando a desabotonarle la camisa mientras la besaba, listo para ocupar su tiempo de espera en hacerle el amor allí, mientras se llenaba la bañera.

La dicha de haber pasado una noche entera con su amor entre los brazos y encontrarle un nuevo sentido a los baños de espuma junto a ella acompañó a Edward durante toda la mañana, o hasta que aparcó el coche en el garaje de la casa que hasta hacía poco compartió con Rosalie.

Inspiró hondo y se preparó para lo que se venía. Se bajó del coche y caminó por el camino de piedra hasta la puerta principal, abriéndose ésta antes que él metiera la llave en la cerradura, apareciendo Rose con ojos ilusionados a su encuentro.

―Edward…

―Hola, Rose.

Ella le tomó la mano y lo llevó hasta el interior de la casa. Él se percató que la rubia mujer se arregló como no la veía hacerlo desde antes de caer en el hospital, incluso sintió el olor característico de su perfume, el que sintió tan poco familiar. Vestía un blusón rojo que combinaba con sus zapatos de tacón alto, y sus pantalones capri blancos que le sentaban muy bien.

Se sentaron en el sofá blanco de la sala de estar, uno junto al otro con Rosalie aun aferrándose a sus manos. Se veía nerviosa o ansiosa seguro por lo que Edward iba a decirle, pero antes que él pudiera decir algo, ella comenzó a hablar.

―Supongo que pensaste mejor las cosas, ¿verdad?―carraspeó para afirmar su tono de voz que tendía a quebrársele mientras hablaba. ―Las cosas entre nosotros no pueden terminar así, no por algo tan pequeño… tan insignificante como una discusión.

―Rosalie, no es solo por una discusión ―dijo él, tratando de mantener su tono tranquilo ―Se trata de mis sentimientos y del respeto y el cariño que te tengo…

Rosalie soltó una sonrisa irónica e incrédula, mirando al músico como si éste se hubiese vuelto loco.

― ¿Cariño? ¿Respeto? ¿Eso es todo lo que sientes por mí, después de todo lo que te he dado?

―No puedes hacerte la desentendida después de todo este tiempo, no cuando desde siempre has sabido que mis sentimientos por ti no son suficientemente fuertes.

― ¡Y me conformé con eso! ―exclamó, golpeando sus piernas con las manos. Edward la miró, abriendo mucho sus ojos.

― ¡Y yo también lo hice, pero ya no más! ¡No puedo seguir engañándote ni engañándome a mí mismo! Sería peor, te haría daño y es lo que no quiero hacer.

Rosalie arrugó su rostro y puso una mano sobre su pecho, como si doliera en ese lugar.

―Pues me estás haciendo daño… mucho daño, Edward.

―Y me duele, Rose. Pero… es mejor dejarlo ahora.

― ¿Hay otra persona, verdad? ―preguntó ahora, desafiando a una respuesta, dejando atrás el tono de mujer herida ― ¿Tienes una amante? ¿Desde cuándo?

―Dios, Rose… ―exclamó él, cansado.

―Esas cosas son pasajeras. Si es por eso que quieres terminar conmigo, pues puedo perdonártelo ahora mismo, pero no me dejes, Edward. Sabes que soy capaz de darte lo que ella te da y mucho más… lo que tú quieras, cariño.

―No, Rosalie.

― ¡¿Por qué no?!

― ¡Porque me enamoré! ―exclamó y se puso de pie, necesitando espacio de ella. ―Yo… la vi por primera vez y lo supe. Nunca antes me había sentido así… pensé que lo que sentía por ti sería todo lo que yo podía experimentar por otra persona, pero me equivoqué.

―No puedes… no puedes decirme esas cosas.

―Querías la verdad, Rosalie, y esa es la verdad. No puedo seguir engañándote o pensando que será pasajero, porque pasan los días y mi amor por ella se hace más grande y más fuerte.

― ¿Quién es? ¿Quién es esa mujer? ¡Dímelo!

―No haré eso, Rose.

― ¡Me lo debes! ―gritó, apuntándole con el dedo. Edward levantó sus manos al aire, como dándose por vencido.

―Basta. Esto se acabó Rose, y lo único que puedo hacer ahora es pedirte perdón por el daño que puedo estar haciéndote, pero si no lo hago ahora, en el futuro será peor. No hay vuelta atrás, yo ya he tomado mi decisión.

Y sin poder soportar más estar frente a ella, camina hacia el dormitorio principal y tras sacar una maleta, sin orden mete su ropa dentro de ésta, mientras ella le sigue los pasos y sigue rogándole que no la deje, prometiéndole que puede vivir incluso con él teniendo una amante, que no le importa, pero él simplemente la ignora, deseando acabar pronto y salir lo más rápido posible de allí.

―Tú y yo somos personas conocidas, ¿sabes lo que va a decir todo el mundo cuando sepa que me has abandonado? ―cuestionaba para provocarlo ― ¿La de burlas que van a caer sobre mi cuando sepan que el hombre en quien me he inspirado para crear a mis personajes literarios, no es más que una ilusión?

―Dios, Rose, no puedo creer que eso te importe.

Cuando metió todo lo que pudo dentro de la gran maleta, cerró la cremallera de ésta. Sacó del closet otro bolso pequeño y dentro de él metió sus documentos importantes que guardaba en el cajón de su mesita de noche. Arrastró la maleta y caminó hacia su estudio, suspirando mientras miraba el desorden y el caos que allí había, seguro de que Rosalie en su furia había sido la culpable. Sus libros y sus discos estaban en el suelo, los retratos rotos en el piso, igual que su equipo de música y una guitarra. Miró el piano, que gracias a Dios no se las había tenido que ver con ella, caminando hacia su escritorio, abriendo los cajones de allí y sacando carpetas y más papeles, mientras oía los sollozos de Rosalie desde la puerta mezcladas con sus recriminaciones.

―Esme no estará de acuerdo con esto y nunca va a aceptar a esa mujer en su familia… ―apostó ella, secándose furiosa las lágrimas de sus mejillas y Edward sonrió sin un ápice de gracia

―Me importa un comino lo que ella pueda pensar.

Rosalie, herida como se sentía, seguía sin piedad lanzándole maldiciones a su marido mientras él la ignoraba deliberadamente, contando los segundos para salir de allí mientras metía sus últimos papeles importantes en el bolso de mano. Se mordió la lengua para no responderle a Rose, pero se giró rabioso cuando la oyó decir que "seguro se trata de una puta interesada…"

―La próxima vez que regrese aquí será para traer los papeles de divorcio. El lunes hablaré con Carlisle para que me represente como mi abogado y…

― ¡Carlisle no querrá ser tu abogado! ¡Él jamás estaría de acuerdo con esto que estás haciendo!―le gritó. Enseguida sonrió con ironía, cruzando sus brazos ―Aunque claro, pensándolo mejor, él también se separó de su esposa como si se tratara de cualquier cosa…

Edward la ignoró, y siguió hablando con toda la calma que fue posible reunir: ―Le pediré que haga el acuerdo de divorcio lo más justo para ambos y lo traeré personalmente.

Cerró la cremallera del bolso y lo colgó en su hombro dirigiéndose hacia la puerta. No quiso mirar a Rose que se mordía el puño ahogando su llanto, pero no se detendría a consolarla, no podría y si lo hacía, ella ocuparía esa instancia para insistir y él no cambiaría de opinión. Simplemente no quería seguir alargando ese momento, que aunque Rose no lo creyera, también era duro para él.

De camino tomó la maleta de viaje y la arrastró hasta la salida, abriendo la puerta y cerrándola antes que Rose pudiera darle alcance y siguiera suplicándole.

Abrió el maletero del auto y metió la valija y el bolso, cerrándolo de un fuerte golpe para meterse detrás del volante del coche y ponerse en marcha, una vez más ignorando la rubia y curvilínea figura de Rosalie en la puerta, que lo contemplaba con el llanto desbordándole, sobre lo que Edward se sintió culpable, pues lo era.

Llegando a la esquina, detuvo el vehículo y dejó caer su cara contra el volante, cerrando los ojos, deseando que Rose algún día pudiera perdonarlo por no haber podido corresponderle a su amor, porque su amor era total y absoluto para Isabella, con quien pasaría el resto de su vida profesándole su amor.

Miró la hora en el reloj del coche y calculó que le daba tiempo de ir a hablar con Carlisle antes de ir a casa, pues Isabella había advertido en un correo que se había demorado más de lo planeado y que demoraría en tener el almuerzo, por lo que decidió darle tiempo e ir al barrio universitario donde tenía su viejo apartamento y donde ahora estaba alojando. Se sorprendió ver que el portón de acceso estaba arreglado debidamente limitando en acceso, pensando mientras pulsaba el número de su apartamento en el citófono, que quizás Carlisle había tenido que ver con aquella mejora.

― ¿Diga?

―Soy yo.

Edward, puedes subir.

Sorteó las escaleras y fue recibido por Carlisle en la puerta a quien saludó con un apretón de manos. Se sentaron en el viejo sofá de la sala, preocupándose Edward por las ojeras y el aspecto cansado que tenía el abogado.

― ¿Está todo bien contigo?

―Sí… no… ―se apretó el puente de la nariz, sacudiendo ligero su cabeza ―más o menos…

― ¿Puedo preguntar qué sucede?

Carlisle suspiró y sonrió triste a la vez que pasaba su dedo índice por su frente.

―Sucede que… me di cuenta que lo que sentía por Esme era más fuerte de lo que pensaba. Fui a ver a Jane y de paso hablar con ella para, no sé, invitarla a cenar y ver si podíamos arreglar lo nuestro ―alzó sus hombros, mirando el suelo del lugar ―me frenó enseguida y se negó a cenar o a cualquier acercamiento conmigo. Me dijo que no había vuelta atrás y que ya estaba saliendo con alguien más… ¿te das cuenta? Soy un imbécil, quizás desde hace cuánto me ha estado engañando… me pregunto si ha tenido el descaro de llevarlo a la casa estando mi niña allí…

―No sé qué decirte… ―admitió Edward, preocupado por eso último ―aunque honestamente creo que fue lo mejor, pero me preocupa que Jane haya quedado en casa con ella, sobre todo con lo que me cuentas.

― También he pensado en eso, y no sé cómo se vaya a tomar Esme que pelee con ella la custodia de la niña.

― ¿Ella ha estado mejor? Después que le contaras lo de la separación.

―Sorprendentemente para mi, entendió perfectamente la situación y aunque lloró de pena cuando saqué el resto de mis cosas, me dijo que igual yo siempre sería su papá… ―en esa última parte, la voz del abogado se quebró y tuvo que cubrirse los ojos con la mano para parar el llanto que la picazón en sus ojos advertía. Extrañaba la vida en familia junto a Esme pero sobre todo extrañaba a su pequeña hija.

―Lo siento…

―Espero que Esme lo entienda y no ponga problemas, es todo ―sonrió sin que el gesto abarcara su mirada cansada ― ¿Y tú qué me cuentas? ¿Vienes a ver en qué estado tengo tu apartamento?

Edward miró alrededor, inspirando hondo. Seguía sintiéndose acogido por los muros viejos del apartamento que desde siempre sintió como su verdadero y único hogar, hasta ahora que comenzaría una vida junto a Isabella en un lugar que haría suyo, junto a la playa.

―Entre otras cosas… ―lo miró torciendo su boca. Carlisle sonrió y palmeó la espalda de quien consideraba su hijo. ―La verdad es que los divorcios al parecer están a la orden del día. Vengo de casa… digo, de donde vivía con Rose y saqué mis cosas. Se acabó.

― ¿Ya? ¿Tan rápido? ―reaccionó asombrado el abogado, que tenía muy claro a qué se debía el apuro de Edward.

― ¿Rápido? ―Edward suspiró y sonrió pese a que el asunto no tenía nada de gracioso. Se hizo hacia adelante, afirmando los codos sobre las rodillas y jugueteando con sus dedos ―Siento que he esperado demasiado y no era justo, ni para ella ni para mí.

―Ya veo… no voy a preguntar cómo se lo tomó porque me lo imagino.

―Dios… no quería hacerla pasar por esto.

Carlisle miró a su hijo y torció la boca. En adelante se le harían las cosas más difíciles a Edward, con Rose y con Esme, estaba seguro.

―Un divorcio es un divorcio Edward, es difícil que se lo tomara de otra manera…

―Lo sé… lo sé… yo tampoco quedé saltando en un pie, pero me liberó, ya sabes…

―Te entiendo.

Edward se levantó del sillón y caminó hacia el piano de pared, y pasó la mano sobre la madera lacada que le traía tantos recuerdos. Sus ojos dieron con el retrato de su abuelo, a quien extrañaba y al que le hubiera gustado que conociera a Isabella, seguro se hubiera prendado de ella como él lo hizo. Suspiró y levantando el retrato, lo aferró entre sus manos y a través de éste le pidió contención para afrontar lo que se le venía encima.

―"Nunca bajes la cabeza, hijo"― le había aconsejado alguna vez ―"Enfrenta la vida con orgullo y valentía, nunca te escondas como lo hacen los cobardes, lucha por lo que quieres, no te rindas…"

Esos consejos ahora cobraban tanta validez, que no pudo evitar sentir cómo sus ojos picaban y su garganta se cerraba por la emoción. Apretó entonces el retrato contra su pecho y suspirando, se volvió hacia Carlisle, que en silencio había respetado su introspección.

―Por cierto, le hablé de los papeles de divorcio y no sé si te parece demasiado pedirte que seas mi abogado.

― ¿Demasiado? ¡Tonterías! ― Carlisle arrugó la frente y soltó un bufido, relajándose y echándose hacia atrás contra el respaldo del sofá, son sus manos tras la cabeza. ―Claro que seré tu abogado, no me ofendas.

―Gracias… no quería meterte en medio de esto.

― No me des las gracias. ―le sonrió y volvió a reincorporarse ― ¿Nos tomamos un café mientras hablamos de los detalles?

Edward asintió sonriendo y el abogado se levantó para ambos caminar hacia la cocina y sentarse en la barra a tomar café y delinear los asuntos técnicos del contrato de divorcio.

**oo**

Tambaleándose, vestido apenas con su prenda de ropa interior James se levantó de la cama y restregándose el cabello se acercó a la puerta y sonrió cuando vio a Esmerald entrar completamente vestida de negro, con su actitud soberbia, pasando junto a él sin saludar ni mucho menos pedir permiso.

Eso claro, causaba gracia más que susto en James, que cerró la puerta despacio y afirmó su espalda sobre ésta, cruzando sus brazos torneados contra su pecho, alzando una de sus cejas cuando ella lo miró de pies a cabeza, sin ocultar su disgusto.

―No has hecho nada de lo que te pedí.

― ¿A qué se refiere su majestad? Que yo sepa, siempre estoy haciendo lo que tú dices: James, más duro; James más rápido; James, usa tu lengua…

―No hablo de eso. ―también se cruzó de brazos en actitud defensiva ―Hablo de Edward. ¿Sabías que abandonó a Rosalie? Y no lo hubiera hecho si no existiera otra mujer más importante.

― ¿Y eso te duele, no? Te duele no ser tú por la que Edward sea capaz de abandonar a su esposa, ¿verdad? Ni siquiera como su madrastra te valora un poco…

― ¡Cállate, puto imbécil!

―Puto quizás sí, pero imbécil no.

―No puedo creer que no hayas conseguido nada durante este tiempo… ―lo miró con desprecio de pies a cabeza ―y me refiero a nada. ¿Crees que no me he dado cuenta? Siempre te has estado comparando con Edward, porque él ha sido un hombre exitoso que ha logrado sobresaltar en todo. ¿No viste los periódicos esta mañana? sobresaltaban su vuelta a los escenarios y lo llamaron el gran maestro, alabando su oído absoluto y su facilidad de interpretar y dirigir... ¿cuántos titulares te han nombrado a ti?

―Basta Esmerald ―el humor de James había desaparecido con las provocaciones de ella, que sabía bien donde clavar el puñal. No era estúpida y sabía que la envidia y los celos era lo que provocaba a James a saber y seguir a Edward.

―He tenido un sinfín de amantes y ni siquiera en esa larga lista destacas. Me divertí contigo, es cierto, lo reconozco pero… estoy aburrida.

― ¿Entonces qué haces aquí?

―Vine a ver si eras bueno para algo, pero veo que no, porque te pedí que hicieras algo que tendría que haber resultado fácil, pero no, veo que no.

―Eso es lo que crees.

―Habla entonces.

―No. Me aburrí de ser tu maldito perro…

―James ―ronroneó el nombre del tipo a quien dominaba a la perfección. Se acercó hasta donde él estaba, y pasó sus uñas largas sobre sus pectorales desnudos ―bebé, habla conmigo y dime lo que sabes.

James sujetó a Esme por las muñecas y la miró con rencor. Que ella lo comparara con Edward había sido un golpe bajo para él, y sabía que ella lo había hecho a propósito. Odiaba que esa mujer lo dominara a tal punto de estar tras ella, recogiendo las migajas que le daba.

―Por qué maldita razón no puedes mirarme como miras al ingrato de Edward, por qué no te interesas por mí como lo haces por él…

―Qué dices, por qué haces esa comparación... no es justo, son cosas diferentes. Tú eres mi amante, el único, el mejor…

―Estás contradiciéndote con lo que acabas de… ―la frase quedó suspendida cuando cerró la boca y apretó los dientes al sentir la mano de Esme rodearle su miembro bajo sus calzoncillos. Ella sonrió arrogante y acercó su rostro al del hombre, centrándose en sus labios, los que lamió con su lengua.

―James… ―ronroneó otra vez con voz sensual, incitante, moviendo la mano que mantenía bajo el bóxer de James, arriba y abajo ―dame lo que quiero y te daré lo que quieres…

―Una… ―tragó grueso, hipnotizado con los ojos claros de la mujer ―una enfermera.

Fue todo lo que Esmerald necesitó para confirmar sus sospechas. Desde el primer momento que vio a Edward frente a esa muchachita de cabello corto, supo que algo pasaba entre ellos. ¿A caso había sido capaz Edward de acabar con su matrimonio por ella? si así era, significaba que era más importante de lo que ninguna otra mujer lo fue para él.

Mientras James la acorralaba contra la muralla y su cuerpo desnudo, y mientras desabotonaba su abrigo y alzaba su falda a la vez que atacaba su cuello con los labios, Esme pensaba en lo tranquila que estuvo todos esos años porque sabía que Rosalie no era lo suficientemente importante para Edward, pese a haber contraído matrimonio.

Ahora, la idea de acercarse a él y lograr que bajara sus muros que era lo que siempre había querido en verdad se veía lejano con la llegada de esa enfermera… a la que ella sacaría de juego muy pronto.

**oo**

Isabella recibió a Edward con un abrazo fuerte y un beso suave en los labios, acariciando su cabello mientras contemplaba sus ojos que denotaban lo mal que se sintió después de haber salido de casa de Rosalie y luego de haber delineado con Carlisle los asuntos legales respecto al divorcio.

Mientras almorzaban, Isabella le tomaba la mano dándole su contención mientras el músico le hablaba de lo mal que se había sentido, repitiéndose una y otra vez que era lo mejor para Rosalie.

―Voy a volver a preguntártelo… ejem ―Isabella carraspeó y se limpió la boca en la servilleta de tela, mirando los dedos de su mano y la de Edward entrelazados sobre la mesa ― ¿Estás… estás seguro?

Edward apretó un poco el agarre en la mano de Isabella, haciendo que ella lo mirara. Su entrecejo estaba arrugado y su cabeza torcida, como si le costara entender lo que su chica decía.

― ¿Tienes dudas de lo que siento por ti?

―No, Edward, no es eso… yo simplemente…

―No estoy acabando con un matrimonio por una simple aventura. Y pese a que estaba sosteniendo esa relación con sentimientos nada profundos, siempre le fui fiel a Rosalie, porque no te había encontrado. ―inspiró y levantó las manos alzadas, besando la de Isabella, mirándola con todo el amor que sentía por ella y torciendo su boca en una sonrisita traviesa ―Agradece que no soy sacerdote, el escándalo hubiese sido peor: "Cura deja sus hábitos por una hermosa enfermera de la que se enamoró a primera vista"

― ¡Oh, cierra la boca Edward!

―Ahora, mejor, pensemos en cómo voy a meter un piano de cola aquí será mejor…

Retozaron mientras veían una vieja película en la televisión antes de ponerse en marcha para recibir a Alice y Jasper que anunciaron visita para esa tarde. No les dio tiempo de preparar una cena como era debido, por lo que recurrieron al restaurante favorito de Edward para pedir una cena para cuatro.

― ¡Oh, Dios mío, es increíble! ―exclamó Alice, mirando hacia todos lados, dejándose guiar por Isabella que le mostró el resto de las habitaciones, mientras los caballeros se sentaban en el salón a beber una copa.

―No vamos a hablar de divorcios… ―dijo Jasper, viendo el teléfono de Edward iluminarse sobre la mesa de centro con una llamada entrante con el nombre de Esme destellando en éste ―ni de mujeres enfermas. Vamos a relajarnos, maestro.

―Lo necesito.

―Pero antes que regresen las chicas, tienes que ayudarme ―se tomó el contenido del vaso de una vez y se sentó de costado mirando a su amigo músico, que lo miró con interés. ―María está de regreso…

―Oh, Dios.

―Llamó a mi hermano pidiéndole mi número. Le dijo que había traído el vestido de novia… ―se inclinó hacia la mesita, vertiendo otro poco de brandy en su copa, bebiéndose un buen poco de una sola vez ― ¡Un vestido de novia! ¿Te das cuenta?

Edward trató de disimular su sonrisa, pero no pudo. Nunca entendió por qué Jasper sobre por qué se había metido con esa mujer, María, que él catalogó como loca desde la primera vez que la vio. Desde ese momento, la hija de un importante político del país, había dado a entender su deseo de casarse, planeando desde que conoció a Jasper su boda con él.

Jasper siempre hacía algo para alejarla, pero María siempre lo perdonaba y seguía adelante con sus planes de una vida junto a Jasper, las que eran unilaterales. Hasta que el dibujante se aburrió y se marchó del país dejándole una carta de despedida, donde daba por acabada la relación. La pena de la hija del político por el abandono de Whitlock salió en varios periódicos y en revistas de cotilleo, decidiendo marcharse del país, momento en que Jasper regresó de su exilio, respirando tranquilo después de espantar a la loca.

― ¿Lo sabe Alice?

― ¡¿Estás loco?! Si esas dos fieras se llegan a encontrar, no quiero ni pensar…

―Tu integridad está en juego ―se burló Edward, haciendo girar el líquido dentro de su copa. ―Creo que lo mejor sería que se lo contaras a Alice, ¿no quieres que María la tome de sorpresa? ¿verdad?

Jasper miró al cielo y exhaló mientras se mordía el labio, pensando en cómo su vida había cambiado desde que conoció a la pequeña y loca enfermera.

―Si hay una chica con la que me echaría la soga del matrimonio al cuello, sería con Alice. No quiero perderla, me derrito por ella… ―comentó pensativo a la vez que Edward lo miraba y sonreía.

―Se te nota.

― ¿Y tú has hablado de matrimonio con Isabella? ―Edward pestañeó y arrugó su entrecejo. A pregunta de su amigo lo pilló por sorpresa.

― ¿Te estás oyendo? Estoy comenzando mis trámites de divorcio, no puedo pensar aún en matrimonio, sería una locura.

― ¿Y locura no es lo que has hecho desde que conociste a Isabella? ―metió la mano dentro del bolsillo interno de su chaqueta desde donde saco su cajetilla de cigarros ―No sé si sabes, pero es obvio que ella no va a salir de casa de su madre a no ser que sea casada, sobre todo su tiene un tío que es cura… ¡Y después vendrán los hijos!

―Jasper, pon el freno. Cuando llegue el momento, podré el anillo en el dedo de Isabella y será ella la madre de mis hijos, pero antes tengo que acabar con mi actual matrimonio y darle a ella una relación de pareja normal, sin escondernos, ¿lo entiendes?

―Lo capto, maestro, lo capto. ―lo apuntó con el cigarro que había sacado de la cajetilla, arrancándoselo Edward de las manos, pues esta vez no fumaría en la sala de su apartamento.

Mientras tanto, Alice e Isabella estaban sentadas en la gran cama del dormitorio principal, se ofreció ayudarla a redecorar el apartamento, aunque ambas coincidieron en que así como estaba, el apartamento se veía hermoso y muy elegante.

―Edward quiere que haya un toque nuestro en este lugar, pero… yo antes de hacer cualquier cosa, preferiría esperar. ―comentó, pasando la mano sobre el enredón lila de la cama.

― ¿Sigues dudando?

―No, no dudo de nada respecto a él, Alice. ―se tiró las mangas de su chaleco azul eléctrico y escondió sus manos dentro de ellas, como si necesitara calor ―Simplemente quiero que cierre el "ciclo"… ya sabes a lo que me refiero.

Alice suspiró y relajó sus hombros. Los miedos de su amiga eran naturales, pero debían ser aplacados porque Edward le estaba demostrando con hechos que la amaba profundamente, tanto como para dejarlo todo por ella.

—Pero el hombre ya ha comenzado con eso. Fue a su casa, sacó sus cosas y habló con Rosalie, que es lo más importante. Ahora debes estar a su lado, sin presionarlo.

―Es lo que haré ―sonrió animada, esperanzada, enderezando su columna, pasando a otro tema ―Ahora, necesito que me hagas un favor… yo quería ir de compras.

El rostro de Alice se iluminó, como cada vez que debía pasearse por tiendas y centros comerciales. Aun con más razón cuando su mejor amiga era la que tomaba la iniciativa.

―Y yo voy a acompañarte, por supuesto.

―Sí… ―Isabella se removió en su sitio, jugueteando esta vez con pelusas imaginarias sobre la colcha ― pasa que quiero ir a comprar… algunas cosas…

Alice levantó una ceja, divertida, al ver lo nerviosa que se veía su amiga. Podía imaginar de lo que se trataba.

―Comprar algunas cosas, por supuesto, ¿pero qué tipo de cosas?

―Uhm… yo… ejem… hace tiempo ya que ni compro lencería…

La colega amiga de Isabella abrió los ojos como si estuviera pasmada, aunque le divertía ver la reacción de Isabella. ― ¿Lencería, eh? ¿A caso el hombre te las rompe que te estás quedando sin piezas de ropa interior?

― ¡Alice! ―la golpeó en el brazo y miró hacia la puerta, esperando que ni Edward ni Jasper estuvieran cerca ― ¿Cómo dices esas cosas?

―Bah! No es raro, Jasper lo hace…

― ¡No quiero saberlo!

―Pues yo sí, cuéntame. ―Isabella cubrió su cara roja cual tomate y negó con ésta vigorosamente. Alice sonreía e insistía ― ¡Anda, cuéntame! ¿Se porta bien el hombre en la cama? ¿Es imaginativo? ¿Cuántos orgasmos suman ya, eh?

— ¡Oh Dios! ―exclamó no pudiendo dejar de reírse, porque si ella tuviera que ponerle nota a Edward por sus pericias en la cama, le pondría sin duda la nota máxima. Y sobre los orgasmos… pues no llevaba la cuenta, pero eran muchos y muy intensos.

― ¡Te estás acordando de cosas sucias, eh! ―la molestó su amiga, haciéndole cosquillas.

―Alice, no voy a contarte mis intimidades con Edward… limítate a saber que es muy, pero muy bueno.

Ambas amigas se rieron pensando en lo mismo, sorprendiéndolas Edward así. Ambas lo miraron y estallaron en otra risa, afirmándose el músico contra el quicio de la puerta con una sonrisa divertida en sus labios.

―Ustedes dos, ¿qué están haciendo que se ríen de esa manera?

―Hablábamos ―indicó Isabella cuando fue capaz de hablar. Edward alzó las cejas sin dejar su actitud entretenida.

―Ya veo… Por cierto, hay que alimentar a Jasper o va a comenzar a comerse las plantas de interior. Está hambriento.

―Allá vamos.

Las dos chicas saltaron de la cama, adelantándose Alice a ver a su hombre y aprovechando Edward de tomar a Isabella por la cintura y darle un beso.

―Me encanta verte reír, ¿lo sabes?

―Lo sé.

―Y voy a procurar que a menudo sea así.

Esta vez fue Isabella la que se irguió sobre la punta de sus pies y besó los labios de su amado músico, antes de tomarlo de la mano y llevarlo a la sala donde lo esperaban sus amigos.

**oo**

El lunes a primera hora, Emmett recibió al moreno investigador privado Sam Uley, que cargaba un sobre con la información que el señor Hale le pidió y sus bolsillos listos para recibir el resto de su cuantiosa paga.

― ¿Tiene lo que le pedí?

―Por supuesto, señor. Aquí está todo ―dijo Sam, extendiéndole el sobre que Emmett no se demoró en abrir. Mientras los hojeaba, Sam le explicaba lo que allí encontraría ―Está el nombre completo de la muchacha en cuestión, su domicilio, su lugar de trabajo, además de unas fotografías…

Y precisamente en ese momento, Emmett reconoció el rostro de la enfermera e inconscientemente apretó las manos que sostenían las fotografías donde la mujer aparecía subiéndose a un taxi desde un pequeño edificio.

― ¿Cómo dio con ella?

―Comencé siguiéndole la pista a su cuñado… digo, al señor Masen. Vi que en los periódicos anunciaba una presentación que haría en la sinfónica y desde allí le seguí los pasos. Lo vi en los estacionamientos privados del teatro subir con la señorita de la foto.

Y era exactamente la fotografía que Emmett estaba viendo. La cámara había captado cómo ambos, cogidos de la mano, subían al vehículo del músico. Incluso una de ellas captaba cómo el cretino besaba a la mujer antes de partir.

―Incluso vi a su hermana rondando el teatro.

― ¿A Rosalie? ―soltó una maldición, dejando las fotografías y los demás documentos sobre el escritorio. No era necesario preguntarle a lo que había ido, seguro se había rebajado a ir allí y rogarle a ese mal nacido que le diera una nueva oportunidad al matrimonio.

―Espero que la información le fuera útil, señor. Usted me dirá qué debo hacer a partir de ahora.

―Nada. No debe hacer nada ―dijo, abriendo un gabinete de su escritorio desde donde sacó un cheque que le extendió a Sam. Toda compostura del investigador se desarmó cuando le vio la cantidad de ceros al documento que acababa de entregarle el estirado empresario, porque era sin duda mucho más de lo que esperaba recibir por sus servicios. Ojalá y todos sus clientes pagaran tan bien como el señor Hale.

―Ejem… gracias señor.

―Lo único que hará será mantener la boca cerrada. Nunca le pedí esta información, ¿me explico? Si sé que lo ha comentado con alguien, lo lamentará.

―Mi boca está sellada, señor Hale.

―Eso es todo ―concluyó Emmett la corta reunión, poniéndose de pie y extendiendo la mano hacia Sam, que se apuró en levantarse y apretar la mano de su cliente, mientras con la otra guardaba el cuantioso cheque en el bolsillo de su americana.

Cuando estuvo solo, Emmett levantó una de las fotografías donde aparecía el imbécil de Edward con la putita vestida de enfermera. Honestamente no entendía como Edward podía haber cambiado a una despampanante mujer como Rosalie por una chiquilla tan poquita cosa como la que se veía en la fotografía.

―Qué me sorprende ―murmuró mirando otra de las fotografías donde ella aparecía con un gorro de lana y un abrigo rojo que cubría hasta sus rodillas, jeans azules y unas Converse desgastadas. ―Son tal para cual.

Levantó el auricular y le ordenó a su asistente que reagendara sus reuniones de esa mañana, pues tenía que salir de urgencia. Sin más, guardó la información que Sam recabó para él y se levantó de su escritorio caminando hacia la percha desde donde descolgó su abrigo gris marengo. Se lo puso y salió de la oficina, anunciando que regresaría a mediodía.

Salió a toda velocidad dentro de su BMW directo hacia el hospital. Según la información que el investigador le había entregado, la muchacha debería estar trabajando. Quería verla de cerca, que ella lo viera y le temiera, porque él se encargaría de hacerla pagar por hacer sufrir a su hermana. No se ensuciaría las manos con el músico, porque la verdad es que le sentaba bien que estuviera fuera de juego, aunque al menos una paliza se merecía por haber engañado a una mujer como Rosalie, ¿pero qué sacaría? ¿Poner a Rose en su contra por haber tocado a su querido Edward?

Afirmado en una columna de concreto del piso tres que visitó por al menos un mes, Emmett miraba el ir y venir de los funcionarios, reconociendo a uno y a otro que no lo vieron o simplemente no se detuvieron a saludarlo. Y honestamente a él no le importaba el saludo de nadie ni que nadie reparara en su presencia, salvo una sola persona, a quien vio aparecer muchas veces, corriendo de un lado a otro como el resto de los trabajadores, hasta que por un movimiento de cabeza reparó en su presencia.

Por como su rostro palideció supo que él estaba allí para acecharla. Lo llenó de satisfacción ver el miedo en su rostro, como si ella, una débil presa, estuviera frente a su depredador. Con su postura amenazante, la obligó a permanecer con sus ojos asustados durante los segundos que él consideró pertinentes, antes de esbozar una sonrisa torcida, triunfadora, para girarse lentamente y desaparecer de su vista.

―Ya volverás a saber de mi, Isabella ―dijo, antes de meterse al ascensor vacío y salir de ese lugar que tan malos recuerdos le causaba.