Jueves de actualización, damas!
Aquí me tienen, dejándoles otro capítulo, no sin antes agradecerles el apoyo que me han dado. Agradezco sus comentarios y buena vibra a través de sus comentarios, en facebook y por el grupo de Whatsapp.¡Gracias!
La historia está pisando el ombligo de su trama y bueno... la próxima semana le voy a dar noticias sobre una encuestilla que se está haciendo en el grupo de facebook, sobre qué outtake prefiren para develar algo de la historia o de Esme o de Emmett. Ya hay una clara tendencia, pero esperaré a ver que pasa dentro de los próximos días.
Por cierto, gracias Cuchu, gracias Manu y gracias Gaby (te echo de menos) Son las mejores.
A leer ahora.
Besos y nos divisamos la otra semana.
Capítulo 19
Los días pasan rápido entre el trabajo, su casa y su relación con Edward, la que sigue afirmándose cada día más. Por eso mismo y porque con él se siente segura ―pese a todo―, decidió pasar por alto aquella extraña e inquietante sensación que dejó en ella la vez que encontró al hermano de Rosalie Hale, Emmett, acechándola con la mirada.
Los huesos se le helaron y los músculos de su cuerpo se paralizaron aquella vez, recuerda, pero quizás malinterpretó esa mirada, aunque era de inocente pensar ello, prefiriendo pasar por tonta. Se repitió que quizás fue imaginación suya, o quizás no se trataba de ese hombre que desde el principio le causó temor. En fin, prefirió inhalar profundo y hacer a un lado ese instante tan extraño por el que pasó, no contándoselo a Edward que ya suficientes preocupaciones tenía. Ni siquiera con su amiga Alice lo comentó, simplemente lo dejó pasar.
A pesar de todo, su buen ánimo estaba evidenciando ante el resto de las personas el buen momento de su vida por el que estaba pasando. Cuando su tío cura la veía, estrechaba sus ojos y negaba con la cabeza, mordiéndose la lengua. Incluso su madre, ciega y todo, supo darse cuenta y decía que el resplandor de su risa iluminaba su oscuridad a lo que Isabella simplemente se reía, hasta que una tarde sentadas en la familiar mesa de la cocina, decidió contarle cómo se estaban desarrollando las cosas con Edward y reconocer que era él quien la tenía así de contenta.
―Ejem… ―Isabella juguetea pasando el dedo índice por el borde del tazón de chocolate caliente que se ha preparado. Renée dejó su lectura en braille para atender al carraspeo de su hija que significaba que algo tenía que contarle. Cerró el grueso libro de poemas y giró su cara hacia donde estaba sentada su hija, justo a su lado.
―Estoy escuchándote, mi niña.
―Es que… quería contarte que ya Edward comenzó con los trámites de divorcio. ―Volvió a carraspear, mirando el contenido oscuro de su taza ―Ya salió de su casa, habló con su mujer y habló con su abogado para agilizar el asunto.
Renée pestañeó procesando la información. Aquella vez que conoció a Edward, la única vez que lo había visto, le había bastado para saber lo enamorado que ese hombre estaba de su hija, pero no quería poner las manos al fuego por él, sabía de un montón de historias como esas. Pero honestamente, saber que el músico ya estaba tramitando su separación la tomó por sorpresa.
― ¿Tan rápido?
― ¿Te parece? ―preguntó Isabella con ironía, bebiendo de su chocolate antes de continuar ―No era intención de él mantener engañada a su mujer. Prometió hablar con ella en cuanto estuviera lista, recuperada, y así lo hizo.
―Bueno… qué quieres que te diga… ―afirmó Renée los codos sobre la mesa y jugueteó con un anillo de plata que siempre llevaba en el dedo anular de su mano derecha. ―Por un lado me apena lo que la esposa de Edward deba estar pasando. Pero por otro, me alegro comprobar que Edward quiera hacer bien las cosas que se refieren a ti.
―Sí. De eso se trata, queremos ser felices pero queremos también hacer bien las cosas.
―Si uno no hace lo que debe, es muy difícil que sea feliz.
―Lo sé.
―De cualquier forma, en lo que dure el proceso, te aconsejo que te mantengas apartada de él, la distancia que seas capaz de mantener.
Isabella trago grueso y bebió una gran cantidad de chocolate mientras su madre estrechaba su mirada, como si en verdad la estuviese viendo con esos ojos escrutadores. Asintió como si el silencio de su hija le comprobara algo, cuando agregó:
―Porque te recuerdo que soy ciega, no tonta. Sé que no te has mantenido lejos de Edward y eso es peligroso, tanto para él como para ti. Eres mayor y eres responsable de tus actos, solo te pido que seas prudente y que no te expongas, ¿está bien?
―Sí, ma´ ―respondió ella con un tono de voz algo más agudo de lo normal. Renée sonrió y meneó la cabeza.
Justo en ese momento y mientras Isabella se craneaba qué excusa darle a su madre, planteándose incluso la idea de rebatirle e incluso mentirle, sonó el timbre, salvándola de meter la pata. Prefería cerrar la boca a mentirle sobre lo que estaba pasando. Su madre era astuta y la conocía mejor que nadie, y le alegraba al menos que diera su voto de confianza y que se contentara por ella, pese a todo.
Se levantó rápido a abrir la puerta sin preguntar quién era y al quedar frente a la visita, su piel se enfrió y los nervios hicieron un nudo en su estómago.
― ¡Sorpresa!
Frente a ella, Ángela Vulturi había llegado de sorpresa tomando la iniciativa después que un sinfín de veces le planteara la idea de salir y conversar, poniendo Isabella siempre un pretexto para evitarlo.
―Temía que pudieras haber cambiado tu domicilio… ―dijo la chica, mirando por sobre el hombro de Isabella al ver a la madre de esta asomarse por el pasillo. ― ¡Hazme pasar, Bella! Quiero darle un abrazo a tu madre.
Isabella se hizo a un lado, forzando con mucha dificultad una sonrisa, sobre todo cuando Ángela usó aquel apodo que ahora le era tan desagradable escuchar.
Cuando atinó a cerrar la puerta, su colega ya tenía abrazada a su madre, diciéndole lo bueno que era volver a verla y lo joven que se veía.
Renée tuvo que encargarse de invitar a Ángela a tomar asiento y ofrecerle algo de tomar, pues Isabella no salía de su asombro. Por nada se esperaba que ella apareciera ahí en su casa, mucho menos después de pasársela evitando encontrarse con ella siquiera en los pasillos del hospital.
―Su hija ha sido muy ingrata conmigo, señora Renée ―acusó Ángela medio en broma cuando Isabella atinó a sentarse en el salón con ellas. Se frotaba las manos y se obligaba a sonreír para no delatarse. ―Imagínese que trabajamos en el mismo hospital y ni siquiera en los horarios de colación es capaz de sentarse a hablar conmigo.
―Es que hay mucho trabajo en el hospital, seguro es por eso, ¿verdad hijita?
―Sí… claro, ma´.
―Cuando estudiábamos, te lo pasabas metida en mi casa…
Isabella dejó de oír las recriminaciones de Ángela, haciendo a un lado los recuerdos del por qué ella pasaba tanto tiempo en casa de ella y que ahora ni muerta volvería poner los pies en ese lugar.
Dejó que Ángela y su madre hablaran, contándole la invitada de las maravillas que vio en Italia donde residió cuando emigró allá, y lo rápido que se aburrió decidiendo regresar a su ciudad natal. Renée preguntaba cosas sobre ese hermoso país y Ángela le respondía con entusiasmo, mientras Isabella no esperaba la hora que ella se fuera de allí, no estaba preparada para hablar de nada con ella pues su incomodidad era más que evidente. Seguro su madre se había percatado de ello, por eso había sido ella la que tomó las riendas de la conversación.
―Averigüé tus horarios de trabajo ―le dijo Ángela a Isabella ―y me di cuenta que hoy entramos a la misma hora. ¿Te parece si salimos antes y pasamos por ahí a tomarnos un café? Me lo debes, Bella…
Y otra vez ese nombre que a ella no le traía más que malos recuerdos. Apretó sus dedos entrelazados y mordió la mejilla interna aguantándose el deseo de pedirle que se fuera, o mientras pensaba en una excusa que no pudo encontrar para pasar de ese momento. Y antes que pudiera decir algo, Renée volvió a tomar la palabra:
― ¡Claro que sí! Vayan tranquilas y conversen.
Lo había dicho sonriéndole a Ángela y enseguida volteando su cara hacia Isabella, como queriendo decirle que lo hiciera. Algo intuía Renée, algo de lo que tendrían que hablar cuando estuvieran solas otra vez.
―Está bien… ―asintió Isabella, levantándose del sillón. ―Dame unos minutos y nos vamos. Te dejo con mi madre.
―De aquí no me mueven ―contestó Ángela muy animada, dejando ir a su amiga que llegó hasta su cuarto a refugiarse. Al cerrar la puerta, afirmó su espalda sobre ésta y cerró los ojos pidiendo claridad para no cometer alguna tontería. Seguro Ángela iba a querer saber por qué se alejó tan drásticamente y por qué hasta ese día no había querido hablarle. ¿Qué iba a decirle ella? ¿Le diría la verdad que involucraba al padre de Ángela? No, porque no estaba preparada para hacerlo.
Caminó hasta la mesita de noche desde donde tomó su teléfono y escribió un rápido mensaje a Edward, diciéndole que no iba a poder verlo antes de entrar a trabajar porque se le había presentado un imprevisto. Cuando lo envió, tomó su uniforme de la silla que había a un costado y se cambió rápidamente. En ese momento oyó el tono de su móvil que indicaba una llamada entrante. Por supuesto el músico no se quedaría tranquilo con el mensaje.
― ¿Cariño, qué ocurrió, qué imprevisto es ese?
Isabella se sentó sobre la cama y suspiró. ―No sabes quién se apareció por aquí…
―Dímelo.
―Ángela… Ángela Vulturi.
Después de dos segundos de silencio, el músico, muy preocupado botó ruidosamente el aire de sus pulmones.
―Dios, Isabella… ¿y qué vas a hacer? ¿Hablarás con ella?
―No sé qué voy a inventarle, pero si no accedo a tomarme aunque sea un café con ella, no va a dejarme tranquila.
―Entiendo. Solo no le des información que pueda entregarle a su padre, ¿comprendes? Y ve a algún lugar público, por cualquier cosa…
―Me estás asustando, Edward…
―No hermosa, no es para que te asustes, es por ser precavidos. Cuando llegues a tu trabajo busca un momento para llamarme y contarme qué tal te fue, y cualquier cosa, me llamas enseguida, ¿está bien?
Ella mordió su labio y asintió en acuerdo a lo que Edward le pedía. Si algo extraño llegaba a pasar, o si alguien llegaba a aparecer, ella saldría sin pensárselo dos veces.
―Lo tengo, no te preocupes.
―Veré si puedo arrancarme para verte aunque sea unos minutos.
― ¿Te quedarás trabajando? ―preguntó, levantándose hasta el terrario donde habitaba Kal-El, inclinándose para acariciar el lomo de su mascota.
―Debería, pero Jane me llamó. Sonaba triste y me pidió que la visitara, creo que aprovecharé de ir a verla, pero no estaré mucho tiempo ahí, menos si Esme está cerca.
―Bueno, hablamos más tarde entonces.
―Ve tranquila, hermosa. Te mando un beso.
―Un beso también. Te amo.
―Te amo también Isabella.
Inhalando profundo y tomando confianza de las palabras de su amado, se calzó un abrigo azul marino, guardó el móvil en su bolsillo, se cruzó el morral de cuero artesanal y salió de su cuarto, oyendo las risas de su madre y de Ángela desde el salón.
"Dios" exclamó simplemente para ella, apareciendo en la sala, despidiéndose de su madre y saliendo de su apartamento con Ángela, que no paró de cotorrear sobre lo feliz que estaba de trabajar en el hospital de la ciudad, mientras Isabella rogaba que siguiera hablando de temas sencillos como esos porque con otros más complejos probablemente no podría enfrentarse todavía.
**oo**
Se paró frente a la puerta de esa casa a la que llegó casi contra de su voluntad, pensando que era por Jane que hacía ese sacrificio, pues de lo contrario y ahora que ya ni Carlisle estaba ahí, no volvería a pisar ese lugar nunca más.
Miró su teléfono, el que sacó de su bolsillo, para cerciorarse que Isabella no le hubiese llamado, antes de alzar la mano y tocar el timbre. Seguro Esme ya estaba al tanto que iría esa tarde porque después de hablar con Isabella, llamó a la pequeña para avisarle que iría a visitarla un momento esa tarde.
Y claro, fue la mismísima Esme quien abrió la puerta, vestida elegantemente como siempre, esbozando una sonrisa de felicidad, muy contraria a como el músico se sentía en ese momento.
―Bienvenido, querido ―dijo, sorprendiéndolo con un beso en la mejilla que Edward no vio venir. Arrugó su frente y sin decir nada, entró en la casa.
―Vine a ver a Jane. ―Se quedó de pie en el centro del salón, cruzado de brazos. Esme asintió y pasó de llamar a la niña, no sin antes tomarse unos momentos para hablar con él. Con su vestido rojo de cuello en V y sus zapatos negros de tacón, se situó frente a Edward jugueteando con su cadena de oro nerviosamente, usando un tono calmado.
―Estará aquí en unos momentos. Mejor dime, ¿por qué has pasado de responder mis llamadas? He estado muy preocupada por ti.
―No sé lo que tú y yo podamos hablar… ―dijo, mirando hacia cualquier otro lado, lejos del rostro de Esme.
Ante esa respuesta, ella no pudo sostener más el semblante calmado, hablando esta vez con un poco más de fuerza, dejando atrás su tono conciliador.
―No te hagas el desentendido, Edward. ―puso las manos sobre sus cadera y dio un paso adelante acercándose a Edward ―Sabes de lo que hablo, ¿o crees que no me preocupó saber que te habías ido de la casa, abandonando a tu mujer…?
Edward sintió su sangre burbujear de rabia, ¿cómo se atrevía? La miró, descruzando sus brazos y poniendo sus manos como puños a ambos lados de su cuerpo.
―No te metas en eso, Esme…
Instintivamente, Esmerald dio un paso atrás, lo que no significaba que dejaría de insistir. ― ¿Cómo no voy a meterme? Eres mi hi…
― ¡No! ― Edward alzó una mano y la detuvo con la imperativa negativa. Esa mujer lo estaba sacando de sus casillas en tiempo record ―No te permito que te metas en mis asuntos personales
Esme ignoró a Edward e ignoró también el sentimiento de amargura que le provocaba que él le hablara de esa forma. ¿Por qué no confiaba en ella?
―Rosalie está destruida, hijo. Después de todo lo que ha pasado, tú sales con algo como eso, de la noche a la mañana das por terminado tu matrimonio después de todos esos años.
Edward cerró los ojos y apretó los puños, a punto de perder el control.
― ¿Puedes dejar de meterte y llamar a Jane?
―No sin antes explicarme de qué va toda esta locura. ¿Se trata de otra mujer, verdad? No te atrevas a negármelo.
― ¡¿Por qué maldita razón crees que voy a darte explicaciones a ti?! ―gritó, debiendo tomarse un instante para controlarse. No debía olvidar que Jane andaba cerca. ―No te metas, Esmerald.
―Se trata de la enfermera esa, la niñita con la que te vi más de una vez en el hospital, a la misma que vi saliendo de tu departamento. ¿Te acostabas con ella mientras tu esposa estaba en la cama de un hospital?
Eso enfureció al músico, quien sin pensarlo se acercó a Esme. La miró con odio y con el resentimiento que venía albergando por ella desde hace ya muchos años, titubeando ella cuando vio el semblante furioso de Edward. Aun así no se movió de su lugar, simplemente se limitó a mirar su rostro enojado pero hermoso, el que anhelaba aunque fuese acariciar.
― ¿Me vas a dar cátedra de lo que es correcto y lo que no? ¿Me vas a hablar tú de decencia? ―preguntó en voz baja, ronca, destilando la rabia que sentía ―Nunca te he dado explicaciones de mi vida y no va a ser este el momento que voy a empezar a hacerlo, pero entérate de una buena vez que estoy enamorado de esa mujer, por la que soy capaz de dejarlo todo, por tanto si sé que la molestas o tan solo me entero que estás hablando mal de ella, vas a arrepentirte, ¿lo comprendes?
― ¿Por qué están peleando?
La voz dulce de la niña de siete años, sorprendió a Edward y a Esme que se giraron al unísono hacia el lugar desde donde provenía la asustada voz de Jane, que los miraba a uno y a otro.
―No te entrometas en las conversaciones de adultos, Jane ―la regañó Esmerald, llevándose una mirada de reproche de Edward.
El músico se apresuró a ir al encuentro con la niña, inclinándose para abrazarla y alzarla en sus brazos. Esmerald se quedó en su lugar, mordiéndose el labio, aun aturdida por la respuesta tan vehemente que le dio Edward y por la forma que reconoció su amor por esa chiquilla, como nunca antes lo había hecho con nadie.
―Edward, por qué se están gritando con mamá ―insistió la pequeña Jane. Edward intentó sonreír, pero la discusión que acababa de tener con Esmerald aun hacía eco en él.
―Porque los grandes discutimos muy seguido y alzamos la voz sin querer, pero no pasa nada ―explicó lo mejor que pudo. Le dio un beso sonoro en la mejilla e intentó relajarse ― ¿Dónde está ese rompecabezas que ibas a mostrarme?
―En el estudio ―respondió la niña, indicando con su dedo índice.
―Pues vamos allá.
Sin decir nada e ignorando a Esme, Edward salió con la niña hacia el estudio, donde sobre una mesa baja de vidrio, había un rompecabezas de Disney a medio armar. La niña se instaló frente a su trabajo a medio terminar y Edward la acompañó después que se quitara el abrigo negro y lo dejara sobre un sofá. Se arremangó la camisa y se concentró en buscar las piezas para ayudar a su hermanita mientras hablaban.
― ¿La escuela va bien? ¿El karate? ―preguntó Edward mirando de reojo a su hermana, que miraba cuidadosamente una pieza y otra. Sin quitar los ojos de su trabajo, contestó.
―Sí… aunque ya no me dan ganas de ir al karate…
Edward dejó a un lado las pequeñas piezas y se giró quedando frente a la niña, preocupado por el tono triste y desanimado que nada tenía que ver con ella, siempre alegre y animada. Y aunque sabía por qué Jane estaba así, quiso que ella misma se lo contara:
― ¿Y eso por qué?
―Echo de menos a mi papi… ―la voz de Jane se quebró al final, restregándose sus ojos que seguro picaban por las lágrimas que estaba evitando derramar.
― ¿Se lo has dicho a Esme? ―preguntó Edward, preocupado, acariciándole la cabellera. Ella se alzó de hombros mientras jugueteaba distraídamente con una de las piezas.
―Sí, pero ella me dijo que me tenía que acostumbrar porque él no iba a volver a la casa.
Edward arrugó un poco el entrecejo, preguntándose por qué Esmerald había sido tan tajante. ¿A caso no se ponía en los zapatos de Jane, que solo era una niña? No, por supuesto que no lo hacía.
Tomó entonces la carita de la niña entre sus manos y acarició sus pómulos carentes del color de siempre con sus dedos, mirándole a los ojos para que viera que estaba siendo sincero con ella.
―Pero tú puedes ir cuando quieras con él, ¿lo sabes verdad?
Una chispa iluminó los ojos tristes de la niña que hasta entonces habían estado apagados.
―Eh… no sabía eso. Yo solo espero que mi papi venga a verme.
―No es necesario, puedes llamarlo y decirle que venga por ti. No creo que Esme te niegue a pasar unos días con él, si es eso lo que quieres.
― ¡Sí que quiero! ―exclamó, alzando sus brazos. Pero la alegría de esa exclamación fue eclipsada por el recuerdo de la última conversación que su mami y su papi tuvieron con ella. ―Yo quería vivir para siempre con ellos, juntos en la casa. Pero ellos me dijeron que era lo mejor… y eso no lo entiendo.
Edward inspiró y dejó a un lado el armado del rompecabezas para acomodarse de frente a la niña a quien amaba como su verdadera hermana. Acarició sus rulos rubios y contempló sus ojos oscuros que lo miraban llenos de interrogantes.
―A veces ―comenzó a decir ―los adultos acaban llevándose mal por una u otra cosa, por eso es mejor que se alejen, porque si siguen juntos acabaran haciéndose daño el uno al otro y es eso lo que ellos no quieren. Ellos te siguen queriendo y eso no cambiará, nunca.
― ¿Eso es el divorcio? Oí que ellos hablaban de eso… ―Edward estrechó sus ojos y con su dedo índice golpeó la punta de la nariz de Jane.
―Divorcio… sí, eso es, más o menos…
―Y también oí que mi mami hablaba con alguien por teléfono y decía que era imposible que tú quisieras divorciarte de Rose… ¿también se llevan mal?
Edward rodó los ojos y apretó los dientes. Podría haber vuelto a levantarse para pedirle él explicaciones a Esme sobre por qué seguía metiéndose en sus asuntos, pero pensó que era mejor que su hermana supiera por su propia boca el asunto de su separación.
—Uhm… precisamente para no llevarnos mal es que vamos a separarnos. A veces se está mejor separados. Pero nena ―tomó la cara de Jane entre las suyas. Honestamente no estaba preparado para explicarle en un idioma que ella pudiera entender, por lo que esperaba que Carlisle le ayudara ―ni mi divorcio ni el de tus padres tiene que ver contigo, o influirá en la manera en que te amamos, quiero que lo comprendas.
Jane se quedó por dos segundos mirando a su hermano mientras procesaba su explicación, conformándose finalmente con ella. Mientras ni su madre, ni su padre ni su hermano dejaran de amarla, todo estaba bien. Por eso sonrió y asintió enérgicamente al final.
―Está bien.
―Cuando seas más grande, comprenderás un montón de cosas y verás que teníamos razón, ¿vale? ―besó su frente y acarició sus mejillas sonrojadas con la punta de sus dedos ―Ahora completemos este puzle de princesas Disney.
―Le tomaremos una foto y se lo mandaremos a papá. ¿Podemos?
―Claro que sí, preciosa.
Y ahí se quedaron ambos, uniendo una pieza con otra mientras Jane le enseñaba el último hit musical que había aprendido de su canal favorito.
**oo**
Isabella cerró la puerta del vestidor y dejó caer su espalda contra la muralla. Sentarse en aquel café con Ángela había resultado más tortuoso de lo que se imaginaba, oyéndola cómo hablaba de su amoroso padre que cumplió cada uno de sus caprichos y quien la había animado a volver, aunque a ella no le hacía falta que él la alentara porque de todo modos lo haría. Isabella se mordió la lengua antes de preguntar por el paradero de Aro, porque de alguna manera ella sabía que andaba cerca. También tuvo que tragarse las ganas de decirle la verdad acerca de su alejamiento cuando Ángela insistió en saberlo.
―No estaba pasando por un buen momento… ―le había dicho para excusarse, mezclando mentira con verdad ―Me alejé de mucha gente, me puse rebelde con mi madre… no era una buena compañía.
―Pero éramos amigas. Yo habría querido que confiaras en mí.
―Lo siento, Ángela.
―Vale…―había dicho ella, soltando un profundo suspiro. ―Solo prométeme que no me volverás a esquivar… te eché mucho de menos.
―Lo prometo.
Isabella no sabía si podía mantener esa promesa como Ángela quería. Sabía que ella no tenía nada que ver con lo ocurrido con su padre, pero sabía que tarde o temprano ella cuestionaría sus pretextos e insistiría en saber qué pasaba, e Isabella haría todo para que no se enterara. No podría con esa vergüenza.
Se dispuso a prepararse para tomar su turno, cuando Alice entró pisando fuerte, lanzando su bolso al suelo y derrumbándose sobre una de las bancas de madera que había allí. Ni siquiera reparó en la presencia de Isabella, simplemente se sentó allí, cubrió su rostro y se puso a llorar descontroladamente.
Isabella, preocupada, se acercó a ella y pasando la mano por su espalda, comenzó a preguntarle qué ocurría.
― ¿Alice? ¿Qué tienes, por qué estás llorando?
―Ay, Isa… ―lloriqueó, limpiándose la nariz con la manga de su abrigo ―Todo se acabó….
―Qué cosa…
―Jasper y yo… ¡Es un maldito desgraciado! ―exclamó con rabia, golpeando con su puño sobre su rodilla.
Isabella se sobresaltó sin comprender en primera instancia de qué estaba hablando su amiga.
― ¿Jasper? ¿Qué fue lo que te hizo?
Entonces Alice contó para su amiga el motivo de su llanto, de su rabia y su tristeza.
Había decidido pasar a ver a su novio antes de irse al trabajo, darle una sorpresa y decirle que la esperara con desayuno pues después del trabajo pasaría a verlo y dormiría allí con él.
Llegó al apartamento del dibujante y tan solo entrar se encontró con una imagen que jamás se hubiera imaginado, pensando en un primer instante que quizás se había equivocado y que no estaba en el lugar correcto, pero en cuanto vio a Jasper con una mujer de larga cabellera negra sentada prácticamente a horcajas de él, besándole como una posesa y lo peor, con las manos de él sujetándola la cintura, el mundo de esta enfermera cayó a sus pies, rompiéndose su corazón.
―Me preocupé de que le quedara bien claro que era un maldito desgraciado y que no se preocupara de terminar lo que tenía con esa mujer por mi culpa… ¡Maldito desgraciado, cómo fue capaz de engañarme así! Quizás hace cuánto tiempo… lleva engañándome…
―Dios… ―fue lo único que Isabella dijo, pensando que quizás había una explicación para ello, ¿pero qué podría explicar algo que su amiga vio con sus propios ojos?
La única explicación que había, era que Jasper no había podido controlar a la loca, a la que halló en su apartamento cuando él llegó después de una reunión en una editorial. Eso fue lo que le contó a Edward cuando éste llegó allí después de haber pasado un buen rato con su hermana, recibiendo el llamado de su amigo que no se oía nada de bien.
Cuando el músico entró al departamento, se encontró con un caos que no era propio del orden que Jasper se empeñaba en tener allí. Miró cojines en el suelo, una lámpara rota en el piso, un masetero hecho trizas y al mismísimo Jasper sentado en el sofá, con una botella de licor ámbar en las manos, bebiendo de allí mismo, con su ropa desgreñada igual que su cabello.
― ¿Qué pasó aquí? ―preguntó Edward, adentrándose en el salón con precaución de no pisar algún trozo de vidrio.
Jasper miró a su alrededor y llevó la botella hasta su boca tomando un buen sorbo, tragando y haciendo un mohín de desagrado.
―La loca de María…
―No me digas. ―Comentó, volviendo a mirar el caos a su alrededor, mientras desabotonaba su abrigo. Jasper asintió con la vista perdida en sus recuerdos.
―No me preguntes cómo entró, porque no tengo jodida idea. Simplemente sé que cuando llegué, ella estaba aquí esperándome. ¿Sabes a lo que vino? ―sin esperar que Edward le diera su teoría, él se adelantó en responder ―Vino a hacer planes de boda conmigo… ¡Planes de boda conmigo! ¿Lo puedes creer?
―Viniendo de ella, claro que lo creo.
―Cuando traté de hacerla entrar en razón, muy calmadamente, que entre ella y yo no había nada, que nuestra relación se había terminado hace tiempo ya, ella estalló, diciéndome que cómo era capaz de olvidar lo que teníamos. Le expliqué que este tema ya lo habíamos hablado antes de su viaje no sé a dónde, y que en este momento yo estaba comprometido con otra mujer… aunque ahora mismo eso es un cruel recuerdo…
Edward cubrió los ojos con la mano, negando con la cabeza e imaginándose por qué Jasper decía aquello.
―Mierda, Jasper… no me digas que Alice…
―Sí, el cruel destino… ―dijo Jasper, adivinando lo que Edward iba a decirle. ―Alice entró por esa puerta en el momento en que María se encaramó sobre mí y… no pude detenerla…
Edward lo miró estrechándole los ojos, incrédulo.
― ¿No pudiste detenerla? Joder, Jasper… no me vengas con esas…
―Justo en ese momento entró mi Alice para darme una sorpresa. Me gritó que era un maldito y que lo nuestro se había terminado.
―Podrías haberla detenido, lo sabes…
― ¡Pero no pude! ¡Tú sabes cómo es ella! Me tomó por sorpresa… me dijo que me haría recordar lo bien que lo pasábamos juntos.
― ¿Y lo hizo? ¿Te lo recordó? ―preguntó con ironía el músico.
Jasper, antes de Alice, era un hombre al que no le faltaba la compañía femenina. Constantemente estrenaba una nueva conquista, pero siempre, por alguna razón, acababa con María enredada en sus sábanas. Quizás, pensó con preocupación, esa forma de ser no había cambiado del todo.
―Necesito un cigarro… ―dijo Jasper, levantándose, aun con la botella en su mano y caminó hasta donde su chaqueta estaba tirada sobre el piso, sacando de su bolsillo su cajetilla de Lucky Strike. No demoró en poner un cigarrillo en su boca y encenderlo, inhalando profundo, volviendo a sentarse en el sofá junto a su amigo que no tenía mucho que decirle.
― ¿Y qué harás?
―Respecto a qué ―seguía hablando con voz monótona, de quien lo ha perdido todo.
―Alice es la prioridad, ¿no? Yo no dejaría pasar mucho tiempo antes de ir a aclarar todo con ella. ¿La has llamado al menos?
―La perseguí hasta el ascensor cuando salió corriendo de aquí. Insistí en llamarla, y cuando respondió, me dijo que me olvidara de ella y me mandó al demonio, diciéndome que no la buscara.
― ¿Y le harás caso? ¿No la buscarás?
―Ahora no querrá escucharme, Edward…
―Entiendo. ―Miró el gesto contrito de su amigo y sintió un poco de pena por él. Torció su boca y palmeó el hombro del dibujante, como dándole su contención como él la había tenido de su parte desde siempre. ―Nunca te había visto así por una mujer, antes simplemente te daba lo mismo, pero ahora…
―Estoy enamorado, Edward ―reconoció en voz baja ― ¿Pero de qué me sirve si ella no va a creerlo? ¿Me creerías tú si estuvieras en su lugar?
―Me costaría, pero quizás después de oír las explicaciones y después que tú demostraras cuánto es que me amas, y lo arrepentido que estás de no haberte sacado de encima a esa mujer como debiste haberlo hecho.
―Y lo voy a hacer. ―Se giró hacia su amigo y lo miró con ojos de súplica ―Tienes que ayudarme, tienes que decirle que la amo y que esto fue una estupidez de esa loca, tienes que decirle que es ella la mujer que yo quiero…
― ¡Tú eres el que tiene que decírselo!
― ¡Pero debes ayudarme! ―dejó la botella en el suelo y tomó por los hombros a Edward ― ¡Prométemelo, Edward!
―Vale, vale hombre, te ayudaré. ―le dijo, apartándolo. Se inclinó para tomar la botella y apartarla del lado de Jasper ―Ahora deja de beber y date una ducha. Te ayudaré a limpiar aquí…
Jasper sacudió la cabeza pues se le había ocurrido una mejor idea.
― ¿Por qué no llamas a Isabella? Ellas ya deben de haber hablado… ¡Anda, Edward, llámala!
―La llamaré, la llamaré ―respondió, tranquilizando a su amigo y sacando el teléfono de su bolsillo para marcarle a Isabella.
Ella contestó al segundo intento.
―Hola ―respondió con tono agitado. Él sonrió como siempre lo hacía cuando oía su voz.
― ¿Estás ocupada?
―A la carrera, como siempre. ¿Ya fuiste donde Jane?
―Sí, todo bien con ella. ¿A ti te fue bien con Ángela? ―Jasper le pegó en el hombro y le hizo una morisqueta para que le preguntara por lo que a él le apuraba saber. Edward le hizo un gesto con la mano para que se tranquilizara.
―Estuvo bien. ―Edward no quiso ahondar más en eso. Si algo malo hubiera pasado, Isabella se habría comunicado enseguida con ella. Prefirió seguir adelante con el motivo de su llamada.
―Oye… estoy aquí con Jasper y él…
― ¡Ni me hables de él! ―exclamó con fuerza, sorprendiendo a Edward que alzó sus cejas ―No te imaginas como llegó Alice a trabajar por su culpa!
― ¿Ella se ve muy mal? ―pregunto, torciendo la boca y mirando a Jasper que se mordisqueaba las uñas de los nervios.
―Si ya supiste lo que pasó, te imaginarás cómo se siente. Está destrozada. ¿Cómo fue capaz de hacerle eso, eh? ¿Tú no sabías?
―Mi amor, cálmate. ―le dijo Edward a su chica al oírla hablar con tanta rabia. Y no era para menos, pensó el músico ―Yo no solaparía a Jasper en nada de eso. Creo que ambos debes sentarse a hablar, ella debe dejar que Jasper le explique…
― ¿Que le explique, dices? ―interrumpió enérgicamente la enfermera, volviendo a sorprender al músico ― ¡No hay nada que explicar! ¿A caso lo estás defendiendo?
―No cariño, no se trata de eso. Mira, cálmate y trata de convencer a Alice de sentarse a hablar con Jasper, aunque sea por última vez.
―No creo que quiera, no sabes cómo es respecto a eso. Dijo que llamaría a su ex novio ya que a Jasper le parecían bien los reencuentros…
― ¿Ex novio, dices?
Jasper abrió los ojos desorbitadamente al oír eso e intentó quitarle el teléfono a su amigo, no consiguiéndolo. Edward se había puesto de pie y se había alejado del desesperado amigo suyo.
―Sí, para que se lo digas.
Edward suspiró y siguió hablando con tono conciliador, para tranquilizar a su chica que estaba hecha una fiera.
―Amor, trata de mantenerte al margen lo que más puedes y no alimentes la venganza en tu amiga, eso no está bien.
― ¡No estoy alimentando la venganza, Edward!
―Ey, calma, no te enojes conmigo. Mejor dime a qué hora sales para ir por ti. No nos hemos visto y te echo de menos…
Al parecer, eso logró aplacar a Isabella, que con tono más calmado le respondió:
―Salgo a las once, pero me voy a ir con Alice. ¿Te parece que nos veamos mañana?
Edward bufó y no le quedó otra que aceptar no de muy buena gana. Mientras se lo decía a ella, se giró para mirar a su amigo quien había alcanzado la botella que él le había quitado y se la estaba empinando, bebiendo un buen sorbo.
Cuando colgó, se quedó de pie mirando a su amigo, quien se había recostado sobre el sofá, cerrando los ojos y arrugando el entrecejo como si sintiera un dolor en el pecho, lugar donde tenía sus manos, justo sobre el corazón.
―No puedes rendirte, Jasper. Pero tienes que darle tiempo a que se tranquilice.
―Me muero si la pierdo, Edward. Me muero.
Edward torció la boca y sintió pena por su amigo, aunque pensaba que lo podía haber evitado, pero no sería él quien lo juzgara. Prefirió ponerse manos a la obra para ayudar a su amigo a sentirse mejor, como muchas veces él lo hizo.
**oo**
El sobre marrón se burlaba de ella, allí sobre la mesa de centro donde lo había tirado con desprecio. No tuvo necesidad de abrirlo para saber de qué se trataba, pues esa misma tarde había recibido un cortés correo electrónico de Carlisle, que le informaba que él sería el abogado de Edward en el proceso de divorcio. Le comentó que su "cliente" le había dejado claro los términos del proceso y que este sería justo al momento de dividir los bienes.
―Claro ―pensó Rosalie, leyendo el correo ―con tal de deshacerse de mí, es capaz de darme todo.
Indicó Carlisle que el contrato de divorcio estaba listo, y que esa misma tarde enviaría una copia para ella. Que se diera tiempo de leerla y hacerse asesorar con un abogado por cualquier duda.
Por último, esperaba que ella no guardara algún tipo de rencor por estar ayudando a Edward, pero no podía darle la espalda y que finalmente el divorcio iba a ser lo mejor para ambos, que tratara de verlo de esa forma, aunque bien sabía él lo doloroso que era el proceso, pero que después de lo que ella había pasado, era mejor mirar las cosas buenas que de ahí en adelante se venían para ella.
—Cosas buenas… sí, claro ―comentó con ironía a la vez que cerraba su cuenta de correo.
Y ahí estaba, descansado sobre su mesa de café, el infame sobre que contenía el contrato de divorcio.
Apenas ocho días habían pasado desde que Edward sacó sus cosas de casa, ocho días que a ella le parecían en realidad una eternidad, donde no había parado de llorar y lamentarse de su suerte, maldecir a Edward y a la puta que se lo robó.
Estaba segura que sus pares se burlarían de ella cuando todo eso saliera a la luz. Su popularidad caería en picada, sobre todo después de haber estado tanto tiempo alejada de su trabajo como escritora, donde se había acostumbrado ya a encabezar las listas de los best sellers. ¿Ahora, cómo iba a escribir aquellas historias románticas que la llevaron a la fama, cuando su vida amorosa era inexistente?
Salió de sus cavilaciones cuando la puerta principal se abrió y se cerró de un golpe seco. El único que tenía llave de la casa, fuera de ella, era Edward. La ilusión de volver a verlo la hizo olvidarse de todo lo que estaba pensando, poniéndose de pie de un salto y encaminándose hacia la entrada de la casa, donde vio a un hombre, que no era Edward.
― ¿Desde cuándo tienes llaves de mi casa Emmett?
―Por cómo tu sonrisa se esfumó de tu cara, presumo que creías que se trataba del músico.
―Contéstame lo que te pregunté.
―Tengo llaves desde que considero que necesitas de mí, y una puerta con cerradura no puede impedírmelo.
Rosalie rodó los ojos y le dio la espalda, caminando de regreso hacia la sala de estar, donde volvió asentarse sobre el sofá frente al televisor ahora apagado. Emmett la siguió y se sentó junto a ella, poniendo atención en el sobre marrón sobre la mesa. Se inclinó hacia él para levantarlo, pero Rosalie con un grito se lo impidió.
― ¡No tomes eso! No es de tu incumbencia.
― ¿De qué se trata?
―Ya te lo dije, no es de tu incumbencia.
―Bueno, ―dijo el empresario, sacando de su bolsillo interior un par de interesantes fotografías ―quizás esto si lo sea.
― ¿Y eso? ¿Qué es?
―Dale un vistazo…
Rosalie apretó los dientes cuando vio en las imágenes a Edward caminando de la mano con una mujer que no era ella, besando a una mujer que no era ella y mirándola con el amor con que nunca la miró a ella.
― ¿Y, qué opinas?
Se acomodó poniendo una mano a lo largo del respaldo del sofá, cruzando su tobillo sobre la pierna contraria, mirando a Rosalie que caía en un estado absorto mientras contemplaba esas fotografías, mirando fijamente a la mujer que no le parecía del todo desconocida.
―Yo… antes he visto a esta mujer…
―Es una de las enfermeras que te atendió mientras estabas hospitalizada. Así de infeliz es ese tipo, que no hizo ningún reparo para acostarse con una de tus enfermeras.
―No puede ser…
No se quedó tranquilo en su posición relajada, haciéndose hacia adelante, ganándose cerca de Rosalie para aprovechar de inhalar su perfume y acariciar los mechones que pelo dorado. Desde allí hablaba ronco, casi en susurro como para no sobresaltarla.
―Y se paseaba arriba y abajo con ella, de lo más normal, mientras tú te debatías entre la vida y la muerte.
―Ella lo empujó… ―balbuceaba con sus ojos puestos en la mujer de la fotografía ―ella lo convenció… Seguro ella… ella se encargó de…
― ¿La estás viendo? ―le susurró al oído, mientras ella tenía sus ojos furiosos sobre los retratos ― ¿Crees realmente que alguien tan poquita cosa como ella pueda empujar a un hombre a perder la cabeza? Ni siquiera es atractiva, mucho menos sexi… lo que me hace pensar en la teoría de que a tu marido le da igual con quien revolcarse, con tal que pueda follar a su gusto…
Rosalie se apartó violentamente, mirando a su hermano con rencor por atreverse a hablar así de Edward.
― ¡Deja de hablar así de Edward! ¡Tú no lo conoces!
― ¿Y tú a él, sí? ―preguntó con ironía. Levantó una de sus cejas y acercó su rostro al de ella, desafiándola ― ¿Y él, te conoce a ti?
Rosalie no supo qué decir, simplemente tragó grueso mientras miraba los ojos oscuros de Emmett, mordiéndose la lengua, apuñando sus manos.
― ¿Por qué disfrutas torturándome de esta manera?
―No estoy disfrutando ni torturándote, Rose, estoy abriéndote los ojos. ―Siguió Emmett hablándole despacio, sin alterarse, a la vez que alargaba una de su manos hasta su rostro para acariciárselo ―No quiero que ese tipo siga pisoteándote como lo ha hecho hasta ahora, cuando podrías tener a alguien que sea capaz de amarte y adorarte, besar el suelo que pisas…
―Lo quiero a él. ―dijo, un poco abrumada por las caricias de Emmett, que ahora le recorrían el cuello, sinuosamente. Él sonrió con malicia.
―Mentirosa.
― ¡Lo amo! ―exclamó con algo más de fuerza, sin Emmett llegárselo a creer.
― ¡Mentirosa! ―Y se lo comprobó, tomándola por sorpresa cuando abarcó su rostro con sus manos y estampó su boca en un furioso beso del que ella en un principio intentó resistirse, apartándolo por los hombros, pegándole en el pecho, hasta que dejó de pelear, dejando caer sus brazos y entregándose finalmente a ese beso que no era nada nuevo para ella, pues ya antes había probado de esos labios prohibidos.
Le demostraría Emmett a Rosalie que podía prescindir de Edward y que podían olvidarse de las prohibiciones que el mundo a su alrededor ponía para ambos, porque un amor tan profundo y arraigado como el suyo no hacía caso de reglas ni de impedimentos. Ya mucho tiempo los mantuvo a raya, ya mucho tiempo se conformó con sus sueños. Ahora era su momento, el de ambos, para estar juntos y ser felices, le gustara a quien le gustara.
**oo**
Cuando acabó el turno, Isabella fue a dejar una carpeta con exámenes al mesón de ingreso del piso. Allí la recibió una chica afroamericana que le contó que Alice se había retirado hacía una hora, pues no se sentía muy bien.
― ¿Tú la viste?
―Sí que la vi ―respondió la chica tras el mesón ―Y parecía un ánima. A mí nadie me saca de la cabeza que las penas de amor la tienen así. ¿Tú sabes algo?
―Algo de eso hay, pero no puedo contarte nada más. ―sacó de su bolsillo su teléfono, y lo volvió a guardar rápido al ver que no tenía ni mensajes ni llamadas perdidas. ―Querrá estar sola.
Caminó hasta el privado que tenían en el piso y miró por la ventana pensando en su amiga Alice, meditando en ir a su apartamento y acompañarla, pero honestamente estaba rendida que lo único que quería era llegar a su cama y dormir.
Eran pasadas las once de la noche y no llovía, cuestión que animó a Isabella a pasar de tomar un taxi para llegar a su casa, decidiendo sortear las calles hasta su casa a pie. Se coló los auriculares que conectó a su teléfono y comenzó a caminar por las calles a esa hora vacías de Leonilde.
Cualquier chica debería saber que las callejuelas oscuras son peligrosas, pero a la enfermera no le importaba pues iba tarareando una animada canción mientras atravesaba las calles húmedas por la lluvia que había caído durante la tarde. Quizás eso mismo, no la hicieron percatarse de dos sujetos que la siguieron desde que salió del hospital aquella noche, acercándose por detrás cada vez desde más cerca cuando Isabella se internaba en los atajos que la harían llegar más rápido a su casa, cosa que no ocurrió como lo presupuestó.
Uno de los hombres se abalanzó sobre ella por detrás, rodeándole por el cuello con el brazo y tapándole la boca con la mano, mientras el otro jaloneaba su morral de cuero y arrancaba de su bolsillo su teléfono. Isabella, que en un primer momento intentó gritar y sacudirse para sacarse de encima a los asaltante, se quedó quieta recordando en medio del pánico que sentía, que lo mejor era entregarle todo a esos tipos para evitar que se fueran con violencia en contra de ella, pero pese a que eso hizo, el hombre que la sujetaba por detrás la tiró al piso y sin titubear siquiera lanzó un puntapié justo en su rostro, mientras el otro hacía lo mismo directo en su estómago.
Isabella soltó llantos, alaridos y ruegos para que la dejaran en paz, sintiendo la histeria subir por su garganta cuando el mismo hombre que la golpeó en el estómago, abrió su abrigo y metió su mano por el cinturón de su pantalón de trabajo hasta su entrepierna.
― ¡No! ¡No, por favor! ―gritó, y después de esto sintió otro golpe más en su rostro, el que la noqueó, dejándola inconsciente.
El hombre que dio el último golpe, empujó por el hombro a su colega que quiso aprovecharse de la muchacha. Estaba drogado y costaba mantenerlo controlado, pero ahora eso no importaba puesto que ya tenían su botín.
―Anda, agarra el morral y el teléfono. Echemos a correr antes que alguien venga…
― ¿Y pretender que deje sin saborear a esta cosita?
― ¡Estás loco! Está prácticamente muerta ―lo jaloneó por la manga de su chaqueta de cuero para apartarlo de la muchacha ― ¡Movámonos! Ya tenemos lo que queríamos!
― ¿Un teléfono y una cartera? ¿A caso lleva dinero adentro? Por esta mierda me hiciste salir de mi cama
―Te voy a pagar bien y vamos a compartir el botín… ¡Muévete, maldita sea!
Se echaron a correr por el callejón a la vez que una leve llovizna comenzaba a caer sobre la ciudad y sobre el cuerpo inerte de Isabella.
A esa misma hora, Renée apagaba la radio y sentándose sobre la cama, se tomó el pecho después del extraño sobresalto y el dolor que se situó allí. No era primera vez pero ya hacía mucho tiempo que lo había dejado de sentir, atribuyéndole a ella un nombre a dicha sensación.
―Angustia... ―susurró, llevándose ahora la otra mano contra la garganta. Lo único que atinó a hacer en ese momento, fue a rezar pidiendo por su hija y por su hermano, para que la mano de Dios los protegiera, esperando que la puerta de su apartamento se abriera pronto para saber que si niña había llegado con bien y sin novedad. Sería la única manera de volver a tranquilizarse.
