Jueves de actualización chicas!
Gracias a todas por seguir esta locura, gracias por sus comentarios y por su buena onda. Lo hago con mucho cariño para ustedes.
Gracias Cuchu Maritza por ayudarme.
Gracias, gracias!
A leer damas
Capítulo 20
Desde hace rato, Rosalie Hale en completo silencio, mantenía su vista fija en el techo mientras sujetaba fuertemente con sus dedos el borde de las sábanas blancas que cubrían su cuerpo desnudo. No quería cerrar los ojos, porque de lo contrario recordaría la noche anterior y honestamente si pudiera borrarla, lo haría. Porque la insensatez se apoderó de ella, y quizás también la rabia y la frustración, moviéndola a cometer semejante locura… otra vez.
Inevitablemente inhaló profundo y cerró sus párpados por un momento, estremeciéndose al recordar las manos del hombre que recorrieron su cuerpo por completo, hombre que no era su marido, pero quien sí fuera su primer amante, el hombre a quien una vez le entregó su virginidad cuando era una jovencita inexperta.
"Una aberración" había gritado una voz en su cabeza que se parecía a la de Antonieta, su madre, su pobre madre que se moriría de un ataque si supiera que ella y su hermano eran protagonistas de semejante atropello a la moral, y no solo una vez.
Sonrió con tristeza al recordar cuánto había gritado la pasada noche de puro deseo o lo bien que se sentían las manos hábiles de Emmett sobre su cuerpo ávido por atenciones que él suplió a la perfección. Varias veces pensó que iba a volverse loca de placer, dejándose llevar por la locura de meterse a la cama con Emmett, a quien había dejado de ver como su hermano protector.
Para Emmett resultó morbosamente triunfal estar follándola precisamente en esa cama matrimonial que un sinfín de noches compartió con Edward, a quien olvidó por completo mientras él arremetía una y otra vez en su cuerpo, haciéndola suplicar por más, como una mujer hambrienta. Y es que así se sentía, y no se dio cuenta hasta que él comenzó a provocarla, susurrándole al oído, tocándola sinuosamente sobre la ropa y bajo esta, no recordando cómo fue que ella quedó sentada a horcajadas sobre él, jalándole su espesa cabellera negra a la vez que demandaba de sus labios y de su lengua, con la que suplicó, remediara el ardor entre sus piernas.
Se durmió a altas horas de la noche, adolorida y saciada, en brazos de su amante, mientras éste le susurraba aseveraciones como que ahora ella le pertenecía y que desde ahí no había vuelta atrás. Se lo recordó esa mañana, cuando ella despertó con el cuerpo de Emmett sobre el suyo, envistiéndola cuidadosamente, besándola con propiedad hasta que ella por pura necesidad, sacó sus manos y rodeó a Emmett por el cuello, dejándose llevar otra vez por él.
―Nos vemos esta noche ―le dijo antes de irse, besándola en la boca como si fuera lo más normal del mundo.
¿Qué sería de ella ahora? Emmett no la dejaría en paz, querría seguir adelante con esa locura, ¿pero ella, lo quería? Ella adoraba a Edward, de eso al menos estuvo segura hasta hace un día antes, y poner la frustración de la separación como excusa de ello sería probablemente una buena coartada, pero Emmett la conocía, y como ya había reconocido, no era primera vez que ambos se encontraban en una situación como esa. Además, ella no podía engañarse, no podía hacer oídos sordos a lo que en realidad sentía por él, aunque no sabía si esos extraños sentimientos eran suficientes para dejarlo todo y dejarse llevar para siempre con él. Además, esta su familia, sus amigos, los seguidores de su trabajo, que la verían como a una loca si supieran, pues en esa sociedad una relación como esa no era permitida.
―Es una aberración ―dijo ahora en voz alta, causándole una especie de amargura.
Se sentó, sujetando las sábanas sobre su pecho y alargó la mano hacia la mesa de noche, alcanzando su móvil donde vio un mensaje de Tanya, pidiéndole que la llamara. Su amiga había servido como paño de lágrimas en todo el doloroso proceso de separación
Soltó una sonrisa irónica y carente de toda gracia, imaginándose a la pobre Tanya escandalizándose al oír su tórrido y sucio secreto que usaría como trama de su próxima historia. "¿Por qué no?" pensó, llevándose el móvil al oído después de haber marcado el número de su editora a la espera que contestara. Había mucho trabajo que hacer y muchas decisiones que tomar, pensó, recordando el infame sobre café que el abogado de su marido había hecho llegar para ella.
―Qué harás, Rosalie… ―se dijo en voz alta, justo antes que Tanya respondiera y la saluda entusiastamente, poniéndola al día con la agenda y los compromisos que debía cubrir.
**oo**
Estaba tratando de concentrarse en la lectura del periódico mientras bebía una taza de café, aunque de tanto en tanto miraba su IPhone que había dejado a un lado. Había llamado repetidas veces a Isabella no pudiendo comunicarse con ella pues su teléfono se mantenía apagado.
Le echaba la culpa a las penas de amor de Alice, con quien dijo pasaría la noche. Quizás se les ocurrió beber para pasar las penas de la enfermera amiga de Isabella, o simplemente se había desconectado del resto para atender a su amiga, aunque hubiese agradecido que le dejara un mensaje que advirtiera que estaba bien y que no podía atenderlo porque estaba ocupándose de su amiga.
Pero algo lo hacía estar intranquilo. Esa mañana había vuelto a marcarle y ella seguía con el teléfono apagado. ¿Tendría problemas con la batería de su teléfono? Decidió entonces dejar a un lado el periódico y tomar su teléfono, volviendo a insistir al móvil de Isabella, que no cambió de estado. Enseguida, y armándose de valor, marcó al número de su casa, pensando en una rápida excusa por si su madre atendía, aunque según lo que Isabella le había dicho, le contaría el estado actual de su situación, por lo que presumió él, no tendría problema en preguntar abiertamente por ella. Lamentablemente, allí nadie contestó después de mucho rato esperar. Eso le pareció aún más extraño.
―Quizás le ocurrió algo a su mamá ―dijo para sí, marcando esta vez el número de Alice, quien contestó al cuarto intento.
― ¡¿Edward?! Oh, por Dios…
Extrañamente y después de haber oído el tono preocupado de Alice, un nudo se instaló en el estómago del músico. Sintió una especie de viento soplar sobre su espalda, entumeciéndolo. Automáticamente y no sabe bien por qué, se levantó del banco sobre la mesa de desayuno, colocando sus pies descalzos sobre el frío suelo de la cocina, poniéndose como en guardia a la espera de que Alice le dijera algo, cualquier cosa.
―Esto… Hola Alice. Yo desde anoche estoy tratando de comunicarme con Isabella, pero su teléfono está apagado. Me dijo que ella y tú estaría…
―Edward, escúchame por favor.
"No, Dios mío".
Algo lo hizo rogar aquello cuando la chica lo interrumpió, apretando fuertemente el teléfono entre sus mano, con la otra sujetándose contra la barra de desayuno.
―Edward, anoche… anoche ocurrió algo… ―continuó diciendo muy nerviosa, mientras Edward la oía mudo, incrédulo, dominado totalmente por el miedo.
Lo que Alice le contó fue lo ocurrido la noche anterior.
A media noche, unos hombres que recogían basura en los callejones encontraron a la chica tendida sobre el piso mojado, sobresaltándose al creer que era un pobre cadáver que había sido cobrada por la naciente ola de crímenes que estaba azotando a la tranquila Leonilde.
Por el uniforme que ella llevaba bajo el abrigo, ambos concordaron que seguro la muchacha trabajaba en el hospital, o al menos allí alguien debía conocerla, decidiendo rápidamente llevarla cuando advirtieron signos vitales en ella.
Sin esperar más, la cargaron cobre el carro donde juntaban cartones, echándose a correr hasta el recinto hospitalario antes que la muerte pillara a la pobre niña la cual se veía muy golpeada.
―Y quizás quien sabe qué otra cosa le hicieron― comentó el hombre que conducía el carrito a pedales, mientras su compañero le sostenía la cabeza para evitar que esta se zangoloteara durante el trayecto.
En tiempo record llegó hasta las puertas de la sala de urgencia, donde entraron con la muchacha gritando "¡Auxilio!". Una de las paramédicas se acercó a ellos, y se cubrió la boca ahogando una exclamación cuando reconoció el rostro de Isabella.
La pusieron rápidamente saber una camilla y la ingresaron para hacerle exámenes y comprobar en qué estado se encontraba.
Los dos hombres se quedaron sentados en la sala de espera, intranquilos, hasta que casi media hora más tarde una enfermera se les acercó a preguntarles dónde la habían encontrado, detallando éstos con lujo de detalles el hecho. Estaban en eso cuando por la puerta principal apareció un padrecito con una mujer tomada de su brazo, que se veía desesperada.
― ¡¿Mi niña, dónde está mi niña?!
La enfermera que hablaba con los hombres se excusó con ellos y se acercó hasta la mujer que preguntaba a viva voz por su niña, poniéndole las manos sobre los hombros para calmarla mientras le explicaban qué había sucedido.
La pobre Renée, mientras oía el relato de la enfermera explicándole lo ocurrido, se cubría la boca y cerraba los ojos mientras éstos no dejaban de llorar, a la vez que el cura apretaba la mandíbula y mantenía a la mujer abrazada por los hombros.
Los dos hombres que llegaron con Isabella se pusieron de pie cuando la angustiada mujer y el cura se les acercaron cuando la enfermera los hubo dejado, siendo uno de los hombres el primero en hablar.
― ¿Ustedes son parientes de la enfermera que trajimos? ―preguntaron al cura, sin este tener tiempo de responder cuando su angustiada hermana lo interrumpió.
― ¿Ustedes trajeron a mi niña? ―quiso saber Renée, fijando su vista en el frente, reparando ambos hombres que la dama era ciega.
―Sí, señora ―carraspeó uno de ellos ―Soy Math y éste es mi colega John. Trabajamos recogiendo cartones… y haciendo la recolección de la noche fue que pillamos a su hijita. La trajimos tan rápido como pudimos. Esperamos que haya servido…
―Math… ―Renée, con la voz quebrada de pena y emoción, alargó sus manos con la intención de alcanzar las del aludido, quien por instinto se las tomó. ―Gracias por haberle salvado la vida a mi niña. Voy a estar en deuda con usted y su amigo el resto de mi vida.
―No diga eso, señora ―habló ahora John, que estrujaba su gorro de lana nerviosamente entre sus manos, mirando al curita y a la mujer alternadamente. ―Hicimos lo que cualquier cristiano debía haber hecho.
―Dios los bendiga ―dijo ahora Marcus, que se había mantenido en silencio simplemente porque la emoción no lo había dejado. Pero no pudo quedarse callado frente al actuar honesto y desinteresado de ese par de hombres de buen corazón.
Momentos más tarde, subieron a Isabella hasta la sala de cuidados intermedios, donde estaría siendo monitoreada y donde la encontró Alice cuando llegó después que una de sus colegas le avisara que Isabella había ingresado, pero como paciente. También lo hizo Edward, luego que Alice le resumiera lo ocurrido, sin importarle quien pudiera verlo o a quien tuviera que enfrentarse para verla.
Se vistió lo más rápido que pudo y salió del edificio rumbo al hospital con la rapidez, saltándose señales de tránsito y sobrepasando peligrosamente la velocidad máxima permitida. Nada le importaba, ni siquiera poner en riesgo su propia vida, cuando se trataba de la mujer que amaba.
Apareció por el pasillo del segundo piso del hospital, muy similar al piso donde antes divagó por más de un mes en una situación que podría haber definido como similar, pero donde no sintió la angustia que lo embargó cuando supo lo ocurrido con Isabella.
Cuando Marcus lo vio aparecer, se puso de pie y se apartó de su hermana saliendo al encuentro del músico, interponiéndose en su camino. Edward lo miró con desesperación y trató de hacerse a un lado para pasar, pero él se lo impidió. Ciertamente el músico malinterpretó el actuar del cura.
― ¡No se atreva a detenerme! ―siseó Edward entre dientes. ―Voy a entrar ahí y voy a obligar que me dejen verla.
― ¡Un momento, Edward!
― ¡¿Me lo va a impedir?! ―exclamó alterado. Marcus negó y alzó su mano pidiéndole que se calmara.
―Escúcheme, por favor. Solo le voy a pedir que intente mantener a raya ansiedad, ya bastante nos ha costado mantener a mi hermana serena. Si lo nota a usted desesperado, se va a poner mal o va pensar que algo le estamos escondiendo.
― ¡Dios mío! ―exclamó el músico, frustrado, pasándose las manos por la cabellera. Más allá del pasillo vio a Alice sosteniendo las manos de Renée, encontrándole toda la razón al cura. Entonces inspiró profundo y miró al hombre frente a él, temiendo a lo que le pudiera decir. ―Dígame la verdad, ¿Cómo está ella?
—Aparentemente fue un asalto ―explicó Marcus a media voz, apartándose con Edward a un rincón, viendo el ir y venir de los funcionarios. ―Le quitaron su cartera y su teléfono. Lo que no entendemos son los golpes que le propinaron…
Marcus tuvo que cerrar los ojos y callarse por unos momentos. Le costaba decir eso en voz alta, sobre todo después de haberla visto, tan malherida y lo peor, en estado inconsciente. Edward no se sentía mejor.
― ¿Usted… usted cree que…? ―se agarró el puente de la nariz, nervioso con tan solo pensarlo, susurrando la temida pregunta. ― ¿Pudieron… pudieron haber abusado…?
―Le hicieron esos exámenes tan solo ingresar, y cualquier tipo de abuso sexual fue descartado…
―Gracias a Dios…
―Pero se ensañaron con ella… no entiendo. Recibió golpes de pie en el estómago, en el rostro y la cabeza. Le están realizando exámenes para ver si hay alguna fractura producto de esos golpes…
―Jodidos malnacidos… ―se tapó la boca con la mano hecha puño, deseando mordérsela para de alguna manera contener la rabia y la preocupación ― ¿Estuvo consciente? ¿Lograron hablar con ella?
―Los hombres que la trajeron lo hicieron estando ella inconsciente. Desde entonces no ha despertado, probablemente producto de los golpes…
―No puede ser… ―se agarró el cabello levantando su vista al techo del pasillo hospitalario ―me muero si le pasa algo…
―Alice ha estado entrando y saliendo para darnos alguna noticia, o algo que nos haga estar más tranquilo.
― ¿Y? ¿Sabe algo?
―Hasta primera hora de la mañana no pudieron someterla a análisis, por eso aún no sabemos nada.
Entonces apareció un doctor bajito y regordete vestido con un delantal blanco y un en compañía del doctor Ananías, acercándose el cura y el músico automáticamente hasta ellos.
― ¿Doctor, cómo está mi sobrina? ―preguntó el cura, sentándose junto a su hermana a la vez que le tomaba las manos, a la vez que Alice se ponía de pie y miraba primero a Edward y luego a los doctores.
Eleazar Ananías tenía sus brazos cruzados, con su vista fija en la punta de sus zapatos italianos, intentando ocultar su preocupación de la que Alice y Edward pudieron percatarse.
―La chica tiene varias costillas rotas y hematomas importantes en varias partes de su estómago y espalda. Lo mismo en el rostro que ahora está hinchado producto de lo mismo. Todo esto se normalizará con el pasar de los días, no es nada de gravedad.
― ¿Y el resultado del escáner? ―quiso saber Alice. El doctor la miró y respondió con tono muy profesional:
―Quisimos asegurarnos no solo con el escáner cerebral, sino con una resonancia magnética, que es más específica. Los muchachos tuvieron los resultados rápidamente y se pudo ver un leve traumatismo encéfalo craneano, que está siendo monitoreado y puesto en tratamiento.
― ¿Es grave? ―preguntó Renée ― ¿Mi niña tendrá secuelas?
―No hay secuelas importantes para el nivel que se ha observado, así que no hay de qué preocuparse. Despertará en un par de horas, y a lo más tendrá mareos y dolores de cabeza, fuera de los dolores corporales por los otros golpes que recibió.
― ¿O sea que está bien? ―aventuró a decir el cura, a pesar de que decir que estaba bien no era del todo cierto cuando aún estaba en una cama de hospital, recuperándose.
El doctor le sonrió relajadamente, dándoles un poco de tranquilidad después de estar una noche en vela.
―Está bajo cuidado, pero no es tan grave como parece. Lo que más impresiona y hace pensar que es grave, son los golpes en el rostro, pero con antibióticos su rostro se desinflamará y los hematomas remitirán. Así que pueden estar tranquilos.
―Gracias a Dios…
― ¿Puedo entrar a verla? ―Renée preguntó ansiosa, poniéndose de pie ―Quiero tomarle la mano y que sepa que estoy aquí.
―Seguro. Una enfermera los llevará hasta allí ―anunció el doctor dándoles paso al cura y su hermana para que lo siguieran al interior de los pasillos de ingreso restringido.
Afuera, Alice, Edward y Eleazar se quedaron, aprovechando Edward de hablar con él. No estaba tranquilo con su postura preocupada, tenía la impresión de que algo estaba escondiendo.
― ¿Puedo saber si sucede algo más?
Eleazar levantó la vista y miró al músico, pensando en su respuesta. Inspiró profundo y enderezó sus hombros, relajándose un poco.
―No, Edward, puedes estar tranquilo. Simplemente… ―meneó la cabeza, como tratando de borrar algunas imágenes de su cabeza ―fue solo la impresión de verla tan… malherida. No entiendo quién podría hacerle daño a una chica como ella.
―Fue un asalto. ―Les recordó Alice, mirando al doctor y al músico alternadamente, quienes por alguna razón se miraron entre ellos. ― ¡Qué! ¿Hay algo más? ¿Algo que no sepa?
―Puede sonar crudo, Alice ―comenzó a decir Eleazar con mucha calma, exponiendo su teoría ―, pero si dos hombres se encuentran con una mujer en un callejón, no van a lanzarla al piso a golpearla porque sí. Vale, podría ser un asalto, pero con el tiempo que tuvieron, pudieron haber abusado de ella, pero se ensañaron, golpeándola, a pesar de haberle quitado la cartera y el teléfono.
―Isabella no pelearía con asaltantes ―intervino Edward, coincidiendo con el cardiólogo ―Simplemente les entregaría lo que tiene para que se fueran sin hacerle daño. ¿Entonces, por qué golpearla, para qué?
Alice arrugó el ceño y volvió a mirarlos, confundida, sin poder creérselo.
― ¿Están tratando de decirme que esto no fue un asalto?
―Yo no puedo asegurarlo, ―dijo Edward, metiéndose las manos en los bolsillos de su abrigo ―pero no me voy a quedar tranquilo hasta no averiguarlo.
― ¿Vas a hacer la denuncia? ―preguntó la enfermera a Edward, abriendo ampliamente sus ojos. Él asintió y la determinación dominó la mirada del preocupado músico.
―Por supuesto.
―Pero…
―Creo que es lo correcto hacer, Alice. ―Dijo ahora el doctor Ananías, cerrando la cremallera de su chaqueta de cuero. ―Y honestamente, espero que sea algo no premeditado porque de lo contrario, Isabella estaría en peligro.
―Jodida mierda…
El doctor Ananías se fue, avisando que volvería antes de comenzar con su turno para, ojalá, ver a Isabella ya despierta, dejando a Edward y Alice sentados en las sillas del pasillo. Mientras ella enviaba mensajes a alguien, Edward afirmaba su espalda en el incómodo respaldo de aquella sillas plásticas azul, levantando su vista hacia el techo, agradeciendo por un lado que a su amada no le hubiera pasado nada más que esos golpes y magulladuras, pero por otro lado sorteando los pasos a seguir de aquello que le había ocurrido, porque algo dentro de él advertía que estuviera atento. De pronto y mientras pensaba, un nombre se le cruzó en la mente, como haciéndolo reaccionar.
― ¿Crees que Vulturi puede haber hecho algo como esto para darle un susto?
Alice lo miró estupefacta, dejando el mensaje inconcluso. Abrió un poco la boca y pestañeó rápido, sopesando esa alternativa. Finalmente sacudió la cabeza, poniendo sus ideas en perspectiva.
―No, no es su estilo. ―Agarró un mechón de su cabello negro y jugueteó distraídamente con él mientras pensaba en voz alta ―El dolor y el placer van de la mano para alguien como Aro, o como todos aquellos que incurren en esas… prácticas sexuales. Ya sabes.
La caja de regalo con ropita de bebé es de su estilo, sutilezas, ya sabes. Aunque claro, algunas veces la sutileza se le fue de las manos… pero no creo que esto sea cosa suya. Ya sabes.
Edward se quedó pensando en lo que Alice explicó, mientras ella se levantaba para atender una llamada. ¿Si no se trataba de Vulturi, entonces de quién? No entendía qué otra persona pudiese hacerle esto, y para qué.
"Quizás en verdad solo fue un asalto fortuito…" pensó finalmente, aun así no dejaría de hacer la denuncia.
Se quitó la bufanda de alpaca azul que rodeaba su cuello y desabrochó los botones de su abrigo cuando por el pasillo vio aparecer a varias enfermeras que se acercaron a Alice y le preguntaron qué había pasado con Isabella. Algunas miraron de reojo a Edward, probablemente reconociéndolo, prefiriendo este levantarse de ahí a un sitio más apartado.
Hizo una llamada a su asistente en la sinfónica, Seth, y le informó que ese día no se aparecería por ahí, que le pidiera a su suplente tomar el mando del ensayo general de ese día, prometiendo que iría al siguiente día sin falta. Tenían que volver a presentar dos fechas más y no podía ausentarse, aunque si era necesario y si la salud de Isabella así lo demandaba, él lo haría.
Estuvo vario rato paseándose de un lado para otro, ignorando las llamadas de Esmerald, que no sabía él para qué lo llamaba. Entonces, y sin la intención de responder al pensar que era ella, vio la pantalla de su teléfono y se apresuró en darle al ícono verde cuando vio que en realidad se trataba de Carlisle.
―Qué hay, Carlisle.
―Novedades: ayer envié el contrato de divorcio con las cláusulas tal y como las habíamos conversado. Lo recibió la misma Rosalie, eso me dijo el ministro de fe. Además, tuve la deferencia de enviarle un correo a Rose, explicándole y pidiéndole que no tomara a mal que yo estuviera representándote.
―Supongo que no te contestó.
―No, no lo hizo. ¿A ti no te ha llamado?
―No todavía, pero voy a tener que ir si no tenemos noticias de ella y tratar de convencerla de que es lo mejor. Yo no voy a dar mi brazo a torcer.
Afirmó Edward su hombro contra la muralla y se restregó los ojos. Al menos ya había salido de eso, aunque intuía que faltaba la parte más difícil: hacer que Rosalie firmara.
―Entiendo… Uhm… ¿Tú estás bien? Te oyes cansado…
―Estoy en el hospital…
― ¡¿En el hospital?! ¡¿Te ocurrió algo?!
Ahí Edward le contó lo que había sucedido la noche anterior y señaló cuáles eran sus aprehensiones, poniéndose el abogado a disposición suyo para ayudarlo en lo que fuera necesario. Le pidió le diera saludos a Isabella cuando la viera, agradeciendo Edward ese detalle.
Después de un rato cortó y regresó a sentarse a las sillitas azules de plástico, sin la intención de moverse de ese lugar hasta que pudiera entrar a ver a Isabella.
**oo**
―No estás concentrada en tu trabajo, Rose ―con tono frustrado comentó Tanya, amiga y editora de la escritora que en ese momento, en vez de estar pensando en continuar con su trabajo, lo único que hacía era maldecir a Edward o suspirar por él y por la mala suerte que tuvo de que otra se cruzara en su camino y rompiera con el que fue su feliz matrimonio.
La rubia y joven editora de treinta y tres años fue la primera que creyó en el talento de Rosalie Hale cuando nadie daba un centavo por ella. La ayudó a pulirse y tras egresar ambas de la universidad, la alentó a seguir cursos de escritura y atreverse a escribir su primera novela, que en aquel entonces fue todo un éxito. Desde entonces no dejó de sacar una novela tras otra, recibiendo siempre buenos comentarios por su trabajo, hasta que aquel problema de salud la tuvo fuera de las pistas hasta ese día, donde no lograba centrarse en retomar su carrera como escritora.
―Rosalie, por favor ―insistió Tanya, poniendo los brazos sobre la mesa donde ambas se encontraban bebiendo café en la cocina ―La casa editorial está presionando. A estas alturas, el libro ya debería estar saliendo de la imprenta, cuando ni siquiera has abierto el último borrador. Le falta un tercio a la historia, ¿no podría simplemente abrir tu laptop y acabarla de una vez?
― ¿Crees que tengo cabeza? ―la miró la rubia escritora con reproche en sus ojos, apretando sus puños sobre la mesa de madera ―Mi matrimonio está prácticamente acabado porque a mi marido se le ocurrió meterse con esa tipeja… Además, si no lo recuerdas, estuve metida en un hospital cerca de un mes, ¿acaso tus jefes no entienden eso?
―Lo entienden y por lo mismo han sido muy respetuosos. Pero ya ha pasado tiempo desde que fuiste dada de alta y al menos, ya deberíamos haber presentado el borrador final…
― ¡Pues termina tú la jodida historia, Tanya! ―gritó, sobresaltando a Tanya ― ¡Mi marido me abandonó! ¿Cómo esperas que me sienta?
―Rosalie… ―la editora torció la cabeza, apenada y frustrada. ―Basta ya con el tema de Edward. ¡Te envió los papeles de divorcio, qué más pruebas quieres de que él ya no quiere estar contigo! No sacarás nada insistiendo…
Pero Rosalie no la oía, simplemente en voz alta le hacía ver el caos en su cabeza que tenían a su marido ―porque todavía era su marido― como protagonista.
―Lo único que tengo en la cabeza es a Edward, no puedo pensar en otra cosa. Me pregunto… me pregunto cómo fue capaz de engañarme después de saber lo mucho que lo amo. ¡Esa tipa no será capaz de darle lo que yo, estoy segura! Pero… ―hablaba rápido, con la vista fija en la ventana que daba hacia el patio trasero, sucio y descuidado ―Pero creo que él va a volver, cuando se canse de ella, va a volver a mí. Él es músico, está siempre bajo la mira de los periódicos… cuando estos se enteren, va a ver tan enlodada su carrera y su vida, que querrá regresar…
Ante la mirada confusa de Tanya, Rosalie cavilaba en voz alta, presa de la desesperación, cuando de pronto tuvo claridad sobre lo que debía de hacer para hacerlo regresar a su lado. Se quedó un rato en silencio, pensando y tomando decisiones mientras su editora seguía observándola ahora con un dejo de pena. Cualquiera que haya visto a Rose antes y ahora, lamentaría la forma en que su personalidad fuerte e independiente quedó desplazada por esta mujer que al parecer, necesitaba de un hombre para salir adelante. Pero no dejaba de tener razón en algo: era una mujer a la que se la había roto el corazón, quizás debería pensar en eso antes de seguir insistiendo.
― ¿Me dijiste antes que hay una revista que quiere una entrevista, no?
Tanya pestañeó ante el cambio tan abrupto de tema, pero se ilusionó creyendo que Rosalie había entrado en razón, al menos con su trabajo.
―Bueno, sí. La revista "Mujer" quiere hacerte una entrevista. Públicamente se sabe que estás de alta y fuera de peligro, pero no has concedido ninguna entrevista, ni nada. Pensamos que puede ser bueno, además aprovecharías de hablar de tu próximo trabajo…
―Y de mi vida privada…
La sonrisa de Tanya se congeló en sus labios, y su entrecejo se frunció cuando oyó la interrupción de Rosalie. Estaba confundida, probablemente ese tiempo en el hospital había dejado secuelas en la escritora, porque de otra forma no entendía su forma de actuar, ni mucho menos su forma de pensar.
―Nunca has hablado de tu vida privada en alguna entrevista.
―Pues siempre hay una primera vez. ―Rosalie miró a Tanya, la que negaba con la cabeza, mirando las hojas de su agenda, la que había abierto para buscar el número de la periodista ―Llama a la periodista y dile que se reúna conmigo lo antes posible, ojalá hoy mismo. Responderé lo que quiera y le daré además una buena historia, de las primicias que a ellos les gusta recibir.
― ¿Puedo saber puntualmente lo que hablarás con la periodista?
―Ya te enterarás, mi querida Tanya. ―inspiró conforme, y extendió la mano hasta tocar el brazo de su preocupada editora, regalándole una sonrisa con el fin de tranquilizarla ―Y deja ya de preocuparte por la dichosa novela. Está toda en mi cabeza, y prometo tenerla lista cuanto antes, comenzaré a trabajar en ello.
Tanya la observó, aún incrédula y se alzó de hombros simplemente.
―Lo que tú digas, Rose.
El teléfono de la escritora que estaba sobre la mesa, vibró anunciando que tenía un mensaje entrante, el que abrió tentativamente al ver que se trataba de Emmett, mientras Tanya hablaba con la periodista que se encargaría de su entrevista.
"Llevaré comida china para cenar esta noche. Tú y yo. Solos"
No era una petición, era una orden como las solía dar Emmett en todo ámbito de su vida. Tragó grueso y cerró el ícono de mensaje, apartando el teléfono de su alcance, tratando de pensar en cualquier otra cosa que no fuera la noche anterior con Emmett en su cama. No podía permitirse el aturdimiento que esos recuerdos dejaban en ella y el súbito calor de su cuerpo al recordar las pericias de la noche anterior.
―La periodista dice que está libre esta tarde a las tres.
―Perfecto. Aquí la espero.
Rosalie se disculpó cuando el timbre de la puerta principal sonó, llenando el ambiente. Se apresuró en ir a atender, encontrándose a su madre en el umbral de la puerta, regalándole como siempre su mejor sonrisa en aquel rostro tranquilo y lozano pese a la edad, que era enmarcado por el tono rubio oscuro de su cabello.
Llevaba un hermoso abrigo blanco sobre un pantalón de tela gris y una blusa de seda turquesa, siempre tan elegante y hermosa, y tan contrastante con la imagen de ella en ese momento: una polera el doble de su talla que escondía su cuerpo menudo y unos pantalones viejos de chándal, que nada tenían que ver con su estilo habitual de vestir.
La abrazó y se estremeció al imaginarse qué sería de su pobre madre si se enterara de la aberración a la que había caído, como si fuera una trampa que ella habría sabido esquivar muy bien, pero que honestamente no quiso evitar.
―Hola madre.
― ¿Estás ocupada? ―preguntó, cuando Rose la hizo entrar, invitándola a seguirla hasta la cocina donde se encontraba Tanya tomando algunos apuntes. La joven editora y la madre de Rose se saludaron cordialmente, sentándose Antonieta junto a ella.
Rosalie, como buena anfitriona, sacó un tazón del armario y lo llenó con café de grano recién hecho, dejándolo frente a su madre y sentándose a la mesa con ellas.
―Estamos con Tanya revisando algunos compromisos.
―Me alegro que estés ocupando su cabeza en el trabajo ―respondió Antonieta, sonriéndole. Tanya en tanto quiso rodar los ojos. Ojalá su madre la hiciera entrar en razón.
―Es lo que estoy tratando de hacer, aunque es difícil sobre todo después que Edward se apresuró en enviarme el contrato de divorcio ―se puso de pie y corrió hasta la sala de televisión, donde había dejado el maldito papel, el que le llevó a su madre para que lo leyera.
―Esto… es muy pronto. Pensé que iba a pasar un tiempo antes de… ―se quedó en silencio, leyendo algunos puntos del contrato que la hicieron arrugar su frente.
Rosalie seguía hablando, ahora con dureza. No iba a estar tranquila hasta que las cosas no salieran como ella quería.
―Bueno, por mi parte va a tener que esperar un buen tiempo antes que vea mi firma en esos papeles. Porque no me convenzo de que esto sea definitivo, creo que él está confundido.
― ¿Te está dejando el setenta por ciento de los bienes adquiridos en el matrimonio? ―preguntó sorprendida, mirando a su hija que al parecer no le importaban esas cláusulas.
Tanya alzó las cejas pues eso no se lo esperaba. Si Edward había pactado eso, dándole más de lo que por ley se merecía, era porque estaba apurado en desvincularse de Rose, pero no hizo el comentario en voz alta, no quería ver caer la ira de Rose sobre ella.
―Yo lo quiero todo, a Edward incluido. ―sentenció, arrebatándole los papeles a su madre y volviendo a meterlos en el maldito sobre marrón. Inspiró y se olvidó por un instante de ese asunto, volcando la atención de su madre hacia otro lugar ― ¿Tienes tiempo para ayudarme? Esta tarde vendrá una periodista a entrevistarme y no creo que sea buena idea recibirla en estas fachas.
― ¡Estaré feliz de ayudarte! ―estiró Antonieta su mano y alcanzó la de su hija, apretándola mientras le sonreía entusiastamente. ―Pero dime, de qué se trata, qué revista es…
Allí Rosalie se explayó hablando de la revista y de lo entusiasmados que estaban de darle incluso la portada, haciendo Tanya oídos sordos a las maravillas que Rose le contaba a su madre, la que no tenía idea que su hija usaría aquella entrevista como arma contra Edward. Lo que probablemente Rosalie no se había detenido a pensar, era que esa arma podría ser más peligrosa de lo que ella deseaba cuando se convirtiera en un arma de doble filo.
**oo**
Cuando atardecía, la madre de Isabella seguía sentada tercamente en la silla de la sala de espera, incluso después de haber entrado a verla y saber a su hija despierta. No puedo evitar derramar lágrimas cuando la oyó tan adolorida y aun sobresaltada con lo ocurrido la noche anterior, como si se tratara de un mal sueño del que no podía despertar todavía. Renée, pese a su propio dolor y pena, tomó fuerzas y le dio ánimo a su hijita, diciéndole que debía agradecerle a Dios porque no pasó nada más grave. Le contó de los dos hombres que se habían encargado de llevarla a Urgencias cuando la encontraron, deseando Isabella poder verlos para agradecerles personalmente.
Por supuesto, Isabella estaba ansiosa de saber si en particular una persona estaba entre quienes esperaban un espacio para poder pasar a verla, sonriendo Renée con ternura cuando comprendió que su niña quería saber puntualmente por Edward.
―Llegó esta mañana como un loco y no se ha movido de allí. Está muy preocupado y no se quedará tranquilo hasta que no pueda verte ―le había dicho Renée, que supo percatarse de la angustia conmovedora que caía sobre Edward, a quien sentía como si estuviera con las manos atadas, sin poder hacer nada más.
Salió para darle espacio a Marcus de quedarse a solas con su hija, pues la familia eran los únicos autorizados en entrar a ver a Isabella, lo que por cierto frustraba a Edward, pero que no se iba a dar por vencido, y como había dicho Renée, no se movería de ahí hasta que no pudiera entrar a verla.
Más tarde, los analgésicos hicieron sucumbir a Isabella y la dejaron profundamente dormida. Aun así, la madre de la enfermera no quiso apartarse, pese a que Alice, Marcus e incluso Edward se lo dijeron.
― ¡¿Sabe lo que voy a hacer?! Voy a ir a buscar a un doctor y le voy a pedir que le inyecte un relajante para llevarla a la fuerza a la casa ―amenazó Alice, pero Renée muy cruzada de brazos, la ignoraba, firme en su postura de quedarse.
― ¡¿Y si mi niña me necesita?!
―La va a necesitar fuerte, descansada. Apenas ha comido, ¿cómo cree que va a sentirse Isa cuando lo sepa?
― ¡Pero quiero estar aquí!
―Señora ―intervino Edward, sentándose a su lado ―deje que Alice la lleve a su casa, al menos a descansar un rato. Después puede regresar y hacernos relevo. Nosotros no nos moveremos de aquí.
―Anda, hermana ―terció Marcus, insistente ―Vete con Alice, ella se quedará todo el tiempo contigo y te traerá de regreso. Edward y yo nos quedaremos por si se ofrece algo.
Renée movió la cara hacia donde sintió la voz de su hermano, soltando un bufido de quien se da por vencido. Se puso de pie y abotonó su chaqueta de lana apresuradamente.
―Estaré de regreso a penas me sienta descansada. Y cualquier cosa me llamas, ¿entendido?
―A la orden.
Alice sonrió y se despidió de los varones, llevándose a Renée quien seguía refunfuñando acerca de haber tenido que ceder, pese a que ella querría haberse quedado todo el tiempo con su hija, por si algo se ofrecía. Pero contra la insistencia de su hermano, de Alice e incluso con la de Edward, no pudo.
Los caballeros en tanto, se acomodaron en las ya familiares sillas azules de la sala de espera, uno al lado del otro. Edward miraba fijo hacia la pared de enfrente mientras que el sacerdote lo observaba de reojo y en silencio, hasta que no pudo más, siendo el primero en hablar.
―Ya se está acostumbrando a este sitio, ¿no?
Edward arrugó el entrecejo antes de girar la cabeza muy lentamente hacia el sacerdote, quien al parecer, apenas en ese instante cayó en cuenta que esa había sido una broma de pésimo gusto.
"Perdóname, Dios mío"
Sacudió la cabeza, cerrando sus parpados fuertemente, ofreciéndole enseguida una sincera disculpa.
―Soy un tonto. Perdóneme por favor.
―No se disculpe… ―se removió y afirmó su espalda en el respaldo mientras se cruzaba de brazos ―Además, sí que me estoy acostumbrando. Ya no encuentro tan incómodas estas sillas, así que supongo que está bien.
El padre Marcus sonrió, un poco más tranquilo de no haber herido al músico. Tuvo que reconocer que su compañía no le era incómoda y que debía de reconocer también que lo había visto muy preocupado desde la mañana, apenas relajándose cuando supo que Isabella ya estaba despierta. Aun así, tenía un par de preguntas que estaban en ese momento, a punto de escapar de su boca y que no eran con un fin curioso sino más bien porque se trataba de su sobrina y esa relación que ambos habían sostenido desde hace ya varias semanas.
―Quiero preguntarle, sin ser impertinente, sobre su situación con su esposa. Entenderá que me preocupa, por Isabella.
Edward se giró hacia el padre Marcus, mirando los ojos cansados del sacerdote después de una noche en vela en aquel lugar. Habló mientras por el pasillo, doctores y enfermeras entraban y salían de las habitaciones.
―Los papeles de divorcio ya están en su poder. Quisiera que los firmara con rapidez, pero ni ella ni su abogado se han pronunciado.
―Quizás para ella fue demasiado rápido, seguramente por eso es que se está tomando su tiempo. El proceso de separación suele ser… traumático, al menos doloroso.
Edward asintió pensando en la amargura de aquel día cuando salió de la casa que compartió con Rosalie. Si todos pensaban que él iba a estar saltando en un pie después que se atreviera a decirle la verdad a quien iba a ser su ex esposa, pues estaban equivocados. Está bien, no actuó correctamente sosteniendo una relación extramarital con Isabella, pero su única excusa era que sencillamente no podía estar lejos de ella, tanto así que no pensó en su estado civil y se arriesgó con ella.
―Y no crea que para ha sido menos doloroso, pero quiero terminar lo antes posible con esto. No es mi intención seguir dañándola, y es lo que iba a hacer si sostenía esa relación por más tiempo. Le hablé con la verdad y salí de la casa. No hay vuelta atrás.
― ¿Y después?
― ¿Después?
―Su divorcio se concretará tarde o temprano…
―Y podré tener una relación normal con Isabella, una relación por la que no deba esconderse. Mi vida la trazaré junto a ella… así que prepárese porque me verá seguido, y al final terminaremos siendo de la misma familia.
―Oh, vale… ―el sacerdote alzó las manos a la vez que alzaba las cejas, sorprendido. Edward torció la boca al ver el rostro asombrado del padre Marcus ― ¿No es muy pronto para hablar de eso?
―Lo es. Solo me permito aclarárselo para que no haya malos entendidos.
― ¿Y su familia? ¿Cómo va a tomar esto? Me refiero a su relación con Isabella…
―Mi familia… ―suspiró y afirmó los codos sobre sus rodillas, mirándose la punta de sus zapatos ―Jasper, Carlisle y Jane son mi única familia, y ellos me apoyan con esto.
― ¿Y su madre?
― ¿Habla de Esmerald? Esa mujer no es mi madre…
―Pero ella siempre…
―Lo siento, no quiero hablar de esto ahora. En algún momento me sinceraré con usted respecto a eso, pero ahora… no me apetece. Además, mi única preocupación es la salud de Isabella.
―Por supuesto, respeto eso.
Ambos caballeros levantaron la cabeza cuando una enfermera del área salía del cuarto donde tenían interna a Isabella, esperando que ella diera luz verde para que Marcus, su único familiar ahí, pudiera entrar y acompañar a la chica. Cuando la enfermera se perdió por el pasillo, Marcus se giró hacia Edward y actuó con generosidad hacia el músico.
―Tengo hambre, ¿sabe? Espero que no le moleste entrar al cuarto de mi sobrina por mí y cuidarla mientras yo me tomo mi tiempo alimentándome.
Edward abrió su boca y miró al cura parpadeando rápidamente. El gesto del padre Marcus lo tomó por sorpresa, pese a que durante todo el día había estado esperando una instancia para colarse al cuarto de su amada.
― ¿De verdad? ¿Puedo…?
―Hágalo antes que me arrepienta.
No fue necesario decir nada más, el músico desapareció detrás de las puertas de cristal donde colgaba un cartel que autorizaba el ingreso solo a personas autorizadas. Se enfrentó a un pasillo donde había cuatro puertas, leyendo en la primera a la derecha el apellido de Isabella, puerta que abrió despacio.
Su corazón se paralizó cuando vio el rostro de su amada. Tuvo que quedarse apartado de la cama, afirmando su espalda al muro frente a la cama donde ahora dormía Isabella, con intravenosas que se sujetaban a uno de sus antebrazos y al dorso de su mano derecha, además de su rostro pálido que ahora se veía hinchado y amoratado. No podía creer, no entendía como alguien podía arremeter de esa forma contra alguien como ella, que nunca le había hecho mal a nadie.
Inspirando profundo como para darse coraje, caminó lento hasta quedar junto a ella. Se mordió el puño ahogando el deseo de gritar, obligándose finalmente a mantener la calma pues al menos ella estaba a salvo… "¿Pero por cuánto?" preguntó una vocecilla dentro de su cabeza, la que se obligó acallar de momento. Ahora solo le importaba que ella estuviera allí, fuera de peligro, junto a él.
Con la punta de sus dedos recorrió la frente de la enfermera con movimientos delicados para no despertarla, aun que para él sería un gran consuelo verla abrir sus párpados y fijar sus profundos y hermosos ojos verde agua en él.
Después de un rato contemplando el rostro golpeado de Isabella, pero que para él seguía siendo tan hermoso como siempre, se percató del movimiento bajo sus párpados. Esperó ansioso hasta que poco a poco ella abrió los ojos, parpadeando y mirando a uno y a otro lado. Cuando fijó su vista en Edward la emoción se desbordó de ella, procurando él mantener la calma aunque le era muy difícil pues cuando vio la mirada cristalina de la mujer que amaba, sintió probablemente los mismos deseos de ella de ponerse a llorar.
―Hola… ―susurró Edward, sonriéndola para relajarla.
―Estás aquí... ―murmuró Isabella aun emocionada. Él se acercó y juntó sus labios a los de ella en un beso suave pero que transmitía todos sus sentimientos por ella.
― ¿Y en qué otra parte estaría? ―respondió él cuando se hubo apartado de ella. Isabella cerró los ojos por dos segundos y volvió a abrirlos, confirmando que la presencia de Edward allí no era un sueño. ― ¿Te sientes bien, te duele algo?
―Estoy… estoy bien… ―Isabella se obligó a sonreír ―aunque debo verme peor de lo que en realidad me siento.
Él la oyó y estrechó sus ojos hacia ella, y con la punta del dedo índice golpeó la punta de su nariz.
―No trates de hacerte la fuerte conmigo. Si te duele algo, o si simplemente tienes miedo, dímelo, ¿está bien?
Ella tragó grueso y agradeció no tener que aparentar frente a Edward.
―Tuve mucho miedo… ―susurró, evitando recordar su encuentro con los "asaltantes". ― Lamentablemente soy una víctima más del crimen de esta ciudad.
―Pero ya pasó. ―Edward besó su frente y pasó por alto plantear su teoría acerca de ese "asalto" ―Ahora nos concentraremos en tu recuperación para que regreses pronto a casa.
―Estoy ansiosa de volver allí.
―Pronto, hermosa ―y otra vez, eliminó el espacio entre sus labios y los de Isabella, dejando un suave beso en sus labios suaves.
**oo**
― ¿Te vestiste así para recibirme? ―preguntó Emmett, afirmado contra el quicio de la puerta de la cocina.
El empresario venía llegando de un día lleno de trabajo en su oficina, día que enfrentó con el mejor recuerdo de la noche anterior en su cabeza. Se alegró cuando vio la hora en su reloj y percatarse que ya era hora de acabar con el trabajo para ir al encuentro con Rose. Pasaría a comprar comida para llevar al mejor restaurante chino de la ciudad y disfrutaría de la deliciosa comida mientras hacía planes con Rose, porque la noche anterior todo cambió para él. Su futuro estaba trazándose junto a ella, y no mirándola como su hermana, sino como su mujer, porque lo era. Rose era suya. Completamente.
Alzó una de sus cejas mirando a la atractiva escritora, que se hallaba de pie junto al mesón, leyendo unas hojas. Su cabello rubio iba peinado impecablemente suelto, luciendo sus ondas perfectas que alcanzaban a cubrir hasta la mitad de su espalda. Su rostro iba maquillado con colores que hacían resaltar sus ojos oscuros y su cuerpo perfectamente cubierto con una falda tubo negra y una blusa blanca semitransparente que le venía muy bien, completando su atuendo con unos tacones de infarto negros, tan altos como los que ella siempre solía llevar.
De espalda hacia la puerta donde relajadamente estaba recostado Emmett, se giró para enfrentarse a él, dejando el documento que leía sobre la mesa. Enseguida se miró y volvió a mirar a Emmett, alzándose de hombros.
―Estuve con una periodista durante la tarde. Hace poco se fue ―explicó, desviando avergonzada sus ojos hacia cualquier otra parte que no fuera la intensa mirada del hombre, el que parecía estar a punto de saltarle encima para arrancarle la ropa y tomarla sobre la encimera de esa cocina.
― ¿Una periodista? ―preguntó extrañado, entrando finalmente a la cocina, dejando las bolsas sobre la mesa del centro.
Allí vio el sobre marrón que Rosalie había ignorado, levantándolo y arrugando su entrecejo cuando vio el timbre de un bufete de abogados, con el nombre de Cullen en el remitente. Con el sobre en la mano alzándolo un poco, miró a Rosalie, que se había puesto algo nerviosa.
―Sí… ya sabes, debo retomar mis asuntos y…
― ¿Por qué recibiste un sobre de Carlisle? ―preguntó, interrumpiéndola ― ¿De qué se trata?
―Nada importante. ―insistió ella, con sus ojos fijos en la corbata azul que él llevaba.
Pero por supuesto, Emmett no se quedaría tranquilo, por lo que insistió en saber.
― ¿Y esos papeles que estabas leyendo?
―Asuntos personales.
―Rose… ―advirtió. Él la conocía y sabía que algo estaba escondiendo. Caminó hasta ella y sin quitarle los ojos de encima, agarró los documentos que ella había dejado en el mesón, bastándole leer solo el título de éste.
—Dame eso, Emmett ―pidió Rose, tratando de quitarle los papeles a Emmett de la mano, pero este lo impedía, apartándose de su alcanza, pasando hasta el final de la tercera hoja, donde ella debería estampar su firma.
― ¿Cuándo te hizo llegar esto? ―preguntó él, refiriéndose a Edward. ― ¿Y por qué no lo has firmado aún? ¿No estás conforme?
―No voy a firmarlo.
Emmett torció la cabeza y volvió a mirar los papeles. Algo dentro de él le decía que no se trataba con alguna clausula sobre la que ella no estuviera de acuerdo. Era algo más.
―No vas a firmarlo… ¿hay algo que no te parezca bien, es por eso?
Entonces Rose alzó su mentón, envalentonándose y mirando a Emmett fijamente, con seguridad fingida. Estar frente a él discutiendo esas cosas no era fácil, pero tenía que hacerle entender a su hermano que así es como debían ser las cosas… aunque ni ella estuviera segura de eso.
―No le haré las cosas tan fáciles a Edward. No voy a dejar de luchar por mi matrimonio.
― ¡Mierda, Rosalie! ―exclamó Emmett, lanzando el documento sobre la mesa donde lo encontró. Miró con ira a la rubia mujer, apretando sus puños a los costados de su tenso cuerpo. ― ¡¿Por qué?! ¿Lo de anoche no significó nada?
― ¡¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo?! ―respondió ella, con igual vehemencia, alzando sus manos ―Lo nuestro no puede ser. No sé por qué lo hice y te aseguro que no volveré a hacerlo… ¡Somos hermanos!
― ¡Cállate! ―exclamó, negándose a oír esa verdad que lo carcomía. Estrechó sus ojos y dio un paso hacia ella, hablando esta vez en tono bajo, lento, provocador ―No te importó nuestro lazo sanguíneo cuando estaba moviéndome dentro de ti, cuando estabas totalmente pérdida rogándome que no me detuviera.
―Basta, Emmett, no sigas con esto. ―Apartó el rostro acalorado con las imágenes de la noche anterior con Emmett y ella sobre su cama. Se pasó nerviosamente la mano sobre su cabello y agregó con voz quedada ―Sabes que no vamos hacia ningún lado, sabes que esto es imposible.
― ¡¿Por qué?! ―gritó, rojo de furia. ― ¡¿Por qué la gente lo dice?! ¡Yo te amo!
Rosalie lo miró y torció su cabeza, llevándose una mano a su garganta, la que sintió apretada de la emoción. ―Emmett…
―Y tú me amas, lo sé ―aseguró él ―Lo que no entiendo es por qué insistes en rogarle a un hombre que te ame cuando sabes que no significas nada para él. ¡Te dejó por una muchachita insignificante!
―Eso es algo pasajero. Se acabará, se arrepentirá y volverá conmigo…
― ¿Sabes por qué lo excusas? Porque con él logras esconder lo que en verdad sientes por mí. Porque soy yo al que amas, es a mí a quien deseas. El tipo ese no es más que una tapadera, porque a una mujer como tú le conviene estar con un hombre como él…. tú no lo amas…
―No sabes lo que dices… ―dijo con voz apenas audible, sacudiendo ligero su cabeza.
Entonces Emmett arrugó su frente y la miró con hostilidad. Él estaba dispuesto a dejarlo todo por ella, le importaba poco con tal de vivir su amor con ella, pero Rose simplemente se negaba a aceptar la verdad, y eso lo llenaba de rabia y frustración. Pero él era el maldito Emmett Hale, y nunca se arrastraría tras una mujer, porque la ecuación era al revés, y por mucho que quisiera a la rubia, no se pondría de rodillas frente a ella.
―Sí que lo sé. Y tan seguro estoy de esta verdad, la única verdad, como que esta noche voy a follar con una mujer, una y otra vez, para olvidarme de ti, porque yo, a diferencia tuya, no tengo que andarle rogando a ninguna para que haga lo que quiero. Tú en cambio estarás acá, no pensando en Edward, no preocupada por quien pueda estar haciéndole compañía, sino por mí, preguntándote quien es la mujer que se revolcará en mis sabanas… y estarás sola, sola porque no quieres reconocer que lo que sientes por mí es tan fuerte pero tan vergonzoso para ti. Así que quédate con tus recuerdos, con el anhelo de ver volver al hombre que te dejó por otra y quédate pensando en la mujer que te reemplazará esta noche en mi cama, que es donde tú deberías estar.
Muda, sobresaltada y triste, Rosalie vio como Emmett la miró por última vez de pies a cabeza antes de girarse sobre sus talones y salir con paso firme hacia la puerta de calle, cerrando este con un golpe duro que advertía cómo esta que se sentía en ese momento.
Se permitió llorar cuando oyó el golpe de la puerta, dejándose caer hasta el suelo. La herida que dejaron las crudas palabras de Emmett dolieron más que la noche aquella cuando Edward la abandonó. Sintió rabia aquella vez y algo de dolor, pero no la profunda desazón que ahora carcomía su pecho y que pareció estallar cuando oyó la puerta golpearse al cerrar detrás de él.
Su vida había estado marcada por ese hombre, a quien en secreto miraba con otros ojos, no como lo miraría una hermana, sino como lo haría una mujer enamorada.
