¡Capítulo sorpresa, damas!

Lo prometido es deuda... un poco de la historia de Emmett y Rosalie para aclarar en entuerto (espero).

Gracias a todas por leer y comentar =)


Capítulo 22

Outtake Emmett -Rosalie

Se sentó en la barra del sector vip del bar donde solía ir regularmente, soltándose el nudo de la corbata de seda con movimientos cansados, haciendo a su vez una seña al barman que siempre lo atendía para pedirle que le sirviera el mismo trago de siempre. Miró a un lado y a otro, pasando sus ojos negros por los comensales que revoloteaban en el lugar sin ningún interés, aun así percatándose de la mujer al final de la barra que le sonrió con coquetería cuando sus miradas se cruzaron. La ignoró y extendiendo sus manos sobre la barra de madera oscura y lustrosa, fijando su vista sobre el reflejo de las luces que colgaban sobre ella, y pensando en lo infeliz que se sentía.

Ni siquiera miró al hombre tras la barra que dejó frente a él el vaso de whisky, el que bebió sin levantar cabeza, gruñendo por las risas que se colaban por sus oídos de las personas alrededor, y la música pop de moda que resonaba por lo altoparlantes, pues él no estaba ni para risas ni mucho menos para el ritmo contagioso de esas melodías. ¿Y cómo podía estarlo, después que la esperanza de haber alcanzado su felicidad finalmente, se hiciera agua entre sus dedos?

Con un golpe seco dejó la copa sobre el mesón, pasándose las manos por su negro y espeso cabello una y otra vez, pensando en cómo la mujer que amaba prefería caer de rodillas a suplicar amor a un hombre que no la amaba, cuando él podría ser ese hombre, si ella fuese lo suficientemente valiente para aceptar que lo que había entre ambos eras una cuestión inevitable, un amor que estaba saliéndose de control después de mucho tiempo reteniéndolo.

Oyó un insistente carraspeó femenino justo a su lado, lo que lo hizo girar apenas su cabeza hacia el molesto ruido justo a su derecha en donde estaba la mujer a la que momentos atrás vio al final de la barra. En silencio la miró de pies a cabeza con la intención de encontrar algo en ella a la única mujer a quien amaría hasta la muerte, como siempre lo hacía cada vez que iba de ligue a algún bar como ese, pero nada, esta mujer fuera del color de cabello que se asemejaba un poco al de su Rose, no se le parecía en nada.

La dama jugueteó coqueta con su cabello rubio oscuro, mordiéndose el labio pintado de rosa mientras alentada por la mirada de Emmett, se le acercó poniéndole una mano sobre el fuerte muslo al empresario que sintió como una bofetada en su rostro el aroma del perfume que la mujer usaba, demasiado dulce para su gusto y en demasiada cantidad.

―Soy Lisa ―se presentó la mujer con un tono de voz seductor, llevándose apenas un asentimientos de cabeza por parte del empresario que después de haber evaluado su atuendo ajustado y negro, nada fuera de lo común, regresó con su mirada al frente alzando su copa vacía hacia el mismo hombre que hace momentos atrás lo había atendido, para que volviera a llenarla.

―No es primera vez que te veo por aquí… y debo admitir que desde la primera vez llamaste mi atención…

―No me digas… ―murmuró apenas, arrugando el entrecejo y pensado en la única mujer a la que él quería llamar su atención, pero la que lo ignoraba adrede pese a lo que sentían en uno por el otro.

Mientras oía a Lisa hablar de su interesante vida como modelo fotográfica, Emmett pensaba en su maldita vida, en el dejo amargo que la frustración había dejado en él, desde que fue apenas un adolecente.

Tiene recuerdos vívidos de su niñez con la pequeña Rosalie pisándole siempre los talones, siguiéndolo de un lado a otro, pidiéndole una y otra cosa que él siempre conseguía para ella. Con el paso de los años, y pensando que se trataba de los gajes de adolecente, miraba con resentimiento a esa niña de cabello en ondas color oro que lo miraba como si él fuera su héroe… o su príncipe azul. En ese momento no tenía explicación para eso.

No le gustaba cuando su madre los presentaba a los demás como hermanos y a veces, cuando peleaba con sus padres por algún acto de rebeldía propio de la edad, remataba en gritos diciendo que él no quería ser parte de esa familia, que no quería que ellos fueran sus padres y que no quería que Rosalie fuera su hermana.

Emmett se sentía fuera de lugar siempre, tanto que incluso buscó pruebas que confirmaran su teoría de que él era efectivamente adoptado como pensaba, aunque Antonieta y todo aquel que lo conocía no dejaba de decir lo mucho que se parecía a Germán su padre.

Recuerda claramente el momento cuando llegó a preguntárselos abiertamente, abriendo ambos padres los ojos desmesuradamente, tomándoles por sorpresa esta pregunta del mayor de sus hijos.

¡Por supuesto que no!― respondió Antonieta tajante ― ¿De dónde sacas esa locura, Emmett!

Germán, siempre con la calma a flor de piel, intercedió entre la alterada madre y su hijo, igual de alterado, pero contenido, como lo habían notar sus manos hechas puños colgando a los costados de su cuerpo.

Emmett, si fueras adoptado, no tendríamos reparo en decírtelo, no es nada por lo cual sentirse avergonzado ―explicó, poniendo una mano sobre el tenso hombro de su hijo adolecente ―Rose, Alec y tú nacieron de nosotros, tenemos la misma sangre. Nadie aquí es adoptado.

Esa aseveración de Germán no calmó a Emmett, muy por el contrario, exacerbó su temperamento combativo, siempre a la defensiva, convirtiéndolo en un chiquillo de mal carácter, carácter que se mantuvo en el tiempo cuando más adelante consiguiera confirmar a través de exámenes la veracidad de las palabras de sus padres, sobre el hecho de que Rosalie y él sí eran hermanos.

¿Pero desde cuándo sintió Emmett este amor "enfermo" por su hermana Rose?

Recuerda que en cierta ocasión, un día cualquiera después de sus clases, caminó por el pasillo hasta su habitación pasando por el cuarto de su hermana Rose a quien vio recostada sobre su cama, abrazada a su oso de felpa, oso con quien siguió durmiendo entre los brazos incluso cuando cursaba cumplió los catorce años, teniendo él diecisiete, momento de su vida en que él fue consciente de que el amor que sentía por su hermana traspasaba los límites sanguíneos propios de la relación.

Entró a la habitación sin hacer ruido, y se sentó al filo de la cama de la chica, apartándole el rubio cabello que le cubría la cara, dándose cuenta en ese momento que la mujer con quien solía soñar y que regularmente aparecía de espalda o con el rosto tapado, era ella. Lo supo en ese instante como supo la respuesta del por qué le molestaba tanto que dijeran que ella era su hermana: porque la amaba, la amaba como mujer y no como a una hermana.

― ¡Me estoy volviendo loco! ―se decía, mirándose al espejo y jalándose su cabello, sintiendo como si en cualquier momento estallara la locura por ese hecho, por esos sentimientos "insanos" que estaba sintiendo cuando la veía.

Rose se estaba convirtiendo en una chica atractiva que se llevaba las miradas de sus amigos que le regalaban flores, peluches y otro tipo de estupideces que ella agradecía con una sonrisita, o a veces con un beso en la mejilla de su pretendiente, y Emmett recordaba puntalmente ese momento porque fue la primera vez que saltó sobre ese chiquillo. Si hubiera sido un simple beso él se hubiera contenido, pero vio las intenciones en ese niño cuando puso una mano sobre las nalgas de su hermana.

― ¡No toques así a mi hermana, imbécil! ―le había gritado, dándole un empujón tan fuerte que lo dejó sentado sobre el césped del parque donde los encontró, mirándolo el niño como si él fuera un monstruo en vez de ser el hermano mayor de Rose.

Rose salió en defensa de su amigo y protestó cuando su hermano mayor que se comportaba como un gorila, la arrastró hasta la casa y encerrándola en su habitación, advirtiéndole que no aguantaría que algún niñito la tratara de esa forma y que ella debía evitar esos comportamientos y portarse como la señorita que era.

― ¡Él me gusta! ―protesta la rubia hermana de Emmett, golpeándole sobre el pecho ― ¡Y no estaba haciendo nada malo!

Emmett se obligó a detenerla sujetándola por los antebrazos manteniéndola quieta hasta que su respiración se calmó, deslizando sus manos hacia abajo y hacia arriba por los delicados brazos de Rose, mirándole esos ojos negros tras expresivos que él amaba, literalmente.

Todo lo que hago, lo hago porque te quiero ―dijo con voz calmada y sin apartar sus ojos de ella, quien al final asintió en silencio, como abstraída por la mirada de su hermano y sus manos firmes recorriéndole los brazos de esa forma.

Años después, cuando cursaba el segundo año de universidad, el tormento de lo que siempre temió se hizo realidad, cuando Rose llevó a su primer novio a casa. Recuerda cómo odió a ese cretino cuando en más de una oportunidad lo sorprendió sobre el sofá de la sala de la casa, comiéndosela a besos y con sus manos perdidas bajo la falda de su hermana.

Otra vez, como aquella vez que apartó al niño que le tocó las nalgas a su hermana, se abalanzó sobre el cabrón ese y le amenazó con romperle los huesos de su cuerpo si no se limitaba a respetar a su hermana…. Y otra vez, Rosalie salió en defensa de su novio, protestando frente a Emmett, quien en aquella oportunidad la tomó por sorpresa cuando no pudo frenar su deseo animal y le exigió saber si ya se había acostado con ese cretino.

Esa vez fue la primera en que Emmett pudo ver algo diferente a lo habitual en como ella lo miraba; es como si en ese momento ella se hubiese percatado de algo mientras él sujetando su rostro con ambas manos le rogaba que le respondiera.

―Es algo privado… ―respondió Rosalie entonces, cuando él le preguntó esta vez con más calma si es que amaba a ese tipejo y que si ya se había entregado a él.

Ayúdame, Rose. Ayúdame a no perder la cordura y respóndeme, por favor…

Ella se mordió la mejilla por dentro y quedadito negó con la cabeza, sin quitarle los ojos de encima a su celoso hermano.

―No, Emmett, no amo a Thomas y no me he acostado con él.

¿Habrá sido ese el momento en que ella se enamoró de Emmett? Probablemente, porque días después su hermana se metió en su recamara en medio de la noche, haciéndose un espacio en la cama de su hermana, abrazándose a él, entrelazando sus piernas con las suyas, buscando el cuello de Emmett con sus labios delgados, subiendo por la barbilla hasta que ambos labios se rozaron sin decir una palabra.

Ese fue el momento en que ambos se dejaron llevar, advirtiendo Emmett que los sentimientos que siempre escondió por su hermana no eran del todo indiferentes, que ella padecía la misma confusión que a él lo atormentaba desde que fue consciente del tipo de amor que le profesaba a Rosalie.

Manos colándose bajo la ropa, besos ansiosos, labios hambrientos y el cuerpo bulléndoles a alta temperatura fue la antesala al primer encuentro sexual entre ambos, el primero para ella, quien no dudó en entregarle su virginidad a Emmett en esa noche en que él la trató con la delicadeza que una chica se merecía en su primera vez.

La mañana siguiente amaneció radiante para Emmett, pero todo brillo desapareció cuando Rose evitaba cruzar miradas con él, viéndose avergonzada mientras le ponía aparente atención al televisor de la cocina que transmitía una vieja telenovela.

― ¡¿Por qué estás ignorándome de esta forma?!―inquirió Emmett a Rosalie cuando la ama de casa desapareció de la cocina, dejándolos solos. ― ¡¿Te arrepientes acaso?!

―Sí, Emmett… ―respondió con voz casi inaudible ―No sé qué me pasó, no debería haberlo hecho… lo siento…

― ¡Te prohíbo que digas eso! ―exclamó él, levantando la voz y golpeando la mesa de desayuno con su furioso puño.

―No sé lo que me pasó… ―movió la cabeza y las lágrimas escaparon de sus ojos cristalinos ―estaba… confundida.

―Yo te amo, Rose… ―lo dijo como un ruego, poniéndose una mano sobre el pecho, pero al parecer eso espantó más a la chica que se puso de pie, agitando ahora furiosamente la cabeza, mirándolo con horror.

― ¡No, Emmett, no! ―gritó ella, entendiendo perfectamente al tipo de amor que su hermano se refería.

Salió corriendo de la cocina, dejando su taza de chocolate a medio tomar, no volviendo a tocar nunca más el tema de esa noche que pasaron juntos, marcando siempre una distancia con su hermano mayor que la observaba desde lejos con la angustia propio de un chico que ama a una chica y que no es retribuido, sabiendo que si las circunstancias fueran otras, se amarían y estarían juntos sin remedio, porque no podía ser de otra forma.

―No me estás prestando atención… ―se quejó de pronto la mujer a la que había olvidado se había sentado junto a él en la barra de aquel bar, sacándolo de sus cavilaciones del pasado.

―Lo siento ―respiró, inspirando frustrado ―No tengo ganas de hablar ni de oír tus historias.

―Y… ¿tendrás ganas de arrancarte al baño conmigo?― propuso, apretando sus uñas pintadas de rojo sobre el muslo de Emmett y enseguida subiendo un poco más su mano, la mujer volvió a morder su labio en un gesto que quizás consideraba sexi pero que para él era simplemente una mala costumbre.

No era la primera vez que una mujer se le abalanzaba encima con intenciones de ser follada por él, y ciertamente nunca dejaba pasar una invitación así, aunque honestamente ese día no tenía ganas de nada, mucho menos de estar con otra mujer que no fuera Rose, aunque por otro lado hacerlo sería una forma de castigarla y mantener las palabras que le restregó justo unas horas antes, cuando salió de su casa después que ella lo rechazara, otra vez, interponiendo su obsesión por el maldito músico al que odiaba con todas sus fuerzas.

"…esta noche voy a follar con una mujer, una y otra vez, para olvidarme de ti, porque yo, a diferencia tuya, no tengo que andarle rogando a ninguna para que haga lo que quiero."

Apartó el vaso vacío, sacó del bolsillo un billete grande y lo dejó sobre el mesón, agarrando por el brazo a la mujer que soltó un gritito cuando se vio siendo arrastrada hacia el sector de los baños por aquel sexi gorila.

Gritó por segunda vez cuando él de un tirón le bajó los pantalones de cuero y las tangas diminutas, empotrándola a continuación contra el muro del pequeño cubículo, con una mano sujetándola por el culo y con la otra metida entre sus piernas, con su dedo índice entrando y saliendo de su entrepierna mientras devoraba su boca como si allí intentara saciar el hambre y la sed que tenia de sentir algo, cualquier cosa, pero que reemplazara la carencia y la amargura que sentía.

Mientras hacía gemir a la mujer, de quien había olvidado el nombre, pensaba el su frustración. Había sentido en la palma de las manos la felicidad finalmente, cuando el matrimonio de Rose se vino a pique.

Se fue de casa de sus padres unos años más tarde, justo antes de egresar de la universidad. Solía visitarlos con regularidad y para ver a sus hermanos, sobre todo a Rose que estaba comenzando a sentir aquel deseo por las letras, que la llevó a escribir su primera novela cuando aún no egresaba de la universidad, decidiendo también migrar de casa. Durante ese tiempo poco se vieron a no ser que se reunieran en casa de sus padres a alguna reunión familiar que Antonieta insistía en hacer para no perder la unidad familiar.

Fue en una de esas reuniones, un domingo para ser más exactos, cuando Rosalie llegó de la mano de un hombre, a quien presentó como el hombre de su vida.

Siempre odió a Edward, siempre. Odió la forma que lo miraba, como si el tal Edward fuera capaz de caminar sobre las aguas, suspirando por él como una tonta, como si nada más le importara salvo lo que Edward decía, o lo que Edward pedía… ¡Dios, cómo lo odiaba!, y sobre todo porque él no la miraba de la misma forma, por eso lo odiaba. No suspiraba por ella, no le decía lo hermosa que era ni dijo lo mucho que la amaba como ella lo hizo, clavándole a él una daga directo en su corazón, daga que volvió a clavar profundo en él cuando anunció su boda con el maldito músico.

A diferencia de Rose, él nunca había llevado a alguna novia a la casa, pues nunca las había tenido, no al menos de forma permanente como para presentarla ante sus padres, sabiendo que todo el mundo allí se preguntaba si era gay o algo por el estilo, hasta que pensando en que ese sería su mejor contraataque, llevó a una chica de la facultad con la ya llevaba follando por cerca de un mes, siendo esta su relación más duradera por así decirlo.

Tuvo que soportar la insoportable manera tierna en la que ella se comportaba con él en público, sabiéndose satisfecho cuando en más de una oportunidad vio a Rosalie apretar los dientes cuando su amiga Dianne le hacía cosquillas, o le mordía el cuello, siguiéndole él el juego. Se besaban frente a ella o cuando él sabía que Rose lo miraba a hurtadillas, o se hablaban al oído cosas sucias que a ambos los hacía reír, enojando esto a Rose, que no compartía la misma dinámica con el músico.

―A lo lejos se nota que es… una puta ―le dijo Rose una vez estando los dos solos en la cocina de la casa familiar. Entonces él se giró hacia ella con gesto adusto, mirándola con enojo.

―Y a ti qué más te da ―rebatió Emmett, sin prestarle mucha atención. Ella entonces se le acercó y tomó su brazo con suavidad, impostando una voz conciliadora.

―Me importa con quien te metes, Emmett, y esa mujer no es para ti…

Emmett sacudió el brazo y se apartó de ella, mirándola con enfado.

―Cierra la boca, Rosalie, y déjame en paz.

―Pero Emmett…

La apuntó con el dedo, acusatoriamente ― ¡Tú lo quisiste así, Rosalie!

La buena relación entre Dianne y Emmett acabó el mismo día que Rosalie y Edward se casaron, el mismo día que él se embriagó hasta la inconsciencia, debiendo ser llevado a un servicio de urgencia para desintoxicarlo.

Quiso gritar cuando el cura advirtió sobre si alguien se oponía al enlace, diciendo a voz en cuello que ella no podía casarse porque en realidad no amaba a ese hombre, sino a él. Pero no lo hizo, y no porque no se atreviera, a esas alturas ya todo le daba lo mismo, lo hizo porque vio el ruego, la súplica en los ojos de Rose que desde el altar lo observaron pidiéndole que guardara el secreto. Por ella se calló y sufrió en silencio, hasta que ese matrimonio se malogró, viendo Emmett una nueva oportunidad para ambos.

Finalmente Rosalie estaba libre y había aceptado de cierta forma cuáles eran sus sentimientos hacia él y lo mucho que lo deseaba. Eso le demostró cuando desnudos en su cama hicieron el amor una y otra vez durante la noche en que él le demostró con hechos que el maldito de Edward tenía otra mujer de la que él mismo se hizo cargo cuando pagó porque la abordaran y se ensañaran con ella haciendo que todo pareciera un triste asalto. Había jurado que haría pagar al músico por hacer sufrir a Rose, pero mandarlo a golpear directamente a él quizás sería demasiado obvio, pensando que la mejor manera de infringirle dolor sería por medio de la mujercita esa por la que había dejado a Rose. Esperaba que estuviera sufriendo tanto como él lo hizo cuando su Rose estuvo sobre esa cama de hospital, inconsciente, y mientras él seguramente se follaba a esa puta vestida de enfermera.

Algo había cambiado entre ambos esa noche. Lo que antes los reprimía se había esfumado al calor de la pasión. Ella le hizo juramentos que él había sido el único con quien había sentido eso, ese amor y esa pasión contenida. Él le dijo que era capaz de todo por ella, y se lo demostraría más allá de las pericias sexuales en la cama.

A la mañana siguiente, firmó un acuerdo para hacerse cargo de una filial de la empresa que dirigía en un país lejos de allí, donde comenzaría a vivir una nueva vida con su Rose, tranquilos y lejos de las miradas acusatorias que caerían sobre ellos si los descubrían allí. No podrían quedarse, lo sabía, y había pensado en todo para vivir tranquilo con ella, deseando que llegara otra vez el momento de verla aquella noche para contárselo, mientras comían comida china que a ella tanto le gustaba.

Pero otra vez, toda la ilusión se fue a suelo cuando Rose le dijo que no firmaría los papeles de divorcio porque quería recuperar su matrimonio. Eso lo hizo estallar, dándose por vencido y saliendo de esa casa para después llegar allí donde estaba, en el cubículo de un baño follando con una desconocida que aullaba y jalaba su cabello como una posesa.

No tuvo piedad con la rubia, enterrándose en ella limitándose apenas a desabrochar la hebilla de su cinturón, el botón y la cremallera de su pantalón, ayudándolo ella a ponerse un preservativo que sacó de su cartera antes de permitirle clavársele hondo, que fue cuando gimió ronco y profundo hasta que tuvo que morder el hombro sobre el chaleco del traje que Emmett aun llevaba puesto.

―Dios… ―dijo ella, extasiada ―eres una verdadera bestia.

―Ya… ―dijo él, saliéndose de ella, sacándose el condón y botándolo al papelero para luego arreglarse los pantalones con movimientos bruscos mientras ella lo miraba como si aún no tuviera suficiente.

― ¿Por qué no me invitas a tu apartamento y lo hacemos toda la noche? Puedes cogerme en la postura que quieras, incluso podríamos…

―No hagas planes conmigo, maldita sea. ―Y se giró descorriendo el pestillo de la puerta, cuando la mujer se le puso delante, impidiendo su salida.

Le pasó las manos sobre el pecho e hincó sus uñas de gata al notar lo duro de sus pectorales. Él la miró con fastidio, no sintiendo ni una pisca de deseo por seguir adelante con esa mujer.

―Es imposible que un caballero como tú me deje aquí, solita, después de haberme follado como una bestia contra el muro, haciéndome desear mucho más. No puedes hacerlo…

― ¿Ah, no? ―preguntó y a continuación la empujó haciéndola a un lado, trastabillando con sus pantalones que no se alcanzó a quitar del todo con la premura del momento.

La oyó maldecirlo a su espalda, pero poco le importaba lo que esa mujer pensara de él. Honestamente nada le importaba.

Siguió adelante con sus planes de irse del país, llamó incluso a su madre para contarle la noticia, debiendo cerrar la boca para no soltar alguna pesadez cuando Antonieta se puso a llorar al otro lado del teléfono. Amaba a su madre y odiaba verla sufrir por él, sobre todo cuando imaginaba que ella se enteraba de sus sentimientos por Rose, cuestión que no llegaría a pasar porque se había dado por vencido. Se iría de esa ciudad, de ese país y se obligaría a conocer a alguien más, incluso a ir al psicólogo si era necesario para que lo ayudara, pero lejos, muy lejos de ahí.

Pasaron días sin saber de ella, tratando de no pensar en ella usando la vorágine de no dejar pendientes en la oficina antes de marcharse, hasta que su asistente le avisó que su hermana había estado allí y que había dejado un recado concluyente para él:

―Dijo textualmente: "que lo espero a las siete en mi casa. Que de su visita depende lo que pase de aquí en adelante. ―explicó la asistente alzándose de hombros y no le dio mayor importancia pensando que se trataba de algo entre hermanos.

Emmett debió reconocer que fue toda una sorpresa ese recadito, pero no iba a hacerse ilusiones pues ya tenía planes y no daría pie atrás… a no estar seguro de que Rose se iba a comportar con la valentía frente a lo que sentía, y que dejaría de arrastrase tras Edward.

Iría a la cita, pero a la hora que él quisiera, no le daría el gusto a su rubia hermana de tratarlo como un títeres después de lo que lo hizo padecer durante esos días.

Su tarde fue muy productiva y se le pasó volando, hasta que su secretaria personal se presentó en su oficina para cerciorarse de que él no necesitara nada más para retirarse a su casa. Allí se dio cuenta de la hora, decidiendo ponerse en marcha hacia la cita con Rosalie.

Al llegar se dio el lujo de aparcar el auto en el espacio del estacionamiento que Edward dejó desocupado, incluso no dudó en usar la copia de la llave de esa casa que le robó a su madre y entrar como si se tratara de su propia casa. Tan solo al entrar se dio cuenta de la presencia de Rosalie que lo estaba esperando, y nada lo preparó para la impresión que sufrió de verla tan hermosa, vestida de rojo como el adoraba verla, como si se hubiera preparado para recibirlo. Aun así, con toda la conmoción que eso provocó, guardó las apariencias y se quedó de pie guardando la distancia.

Lo primero que ella hizo fue protestar por ignorarla durante esos días, respondiéndole él que no quería entorpecer sus planes de reconquista para con Edward. Ella pasó de ese comentario, preguntándole ahora por ese viaje, haciéndole saber él que ese tema no era de su incumbencia. Entre protestas, Emmett miró su reloj y le pidió que se apresurara por una cita que tenía más tarde, que era del todo mentira, perdiendo la compostura cuando ella le preguntó con quién.

― ¡Basta, Rosalie! No me vengas a exigir saber nada de mí cuando ya tomaste tu decisión…

― ¡Ponte en mi lugar! ―exclamó ella, entre llanto y pánico, como lo haría alguien que no sabe qué hacer ― ¿Crees que no dudaría si las cosas… fueran diferentes entre nosotros? ¡Se supone que somos hermanos, maldita sea!... ¿Por qué lo somos, verdad? ¿O no?

―Me gustaría decirte que no lo somos, pero…

Sintió pena de él mismo, por desear alguna vez no llevar la sangre de sus padres, ni el parentesco que lo ligaba y lo alejaba al mismo tiempo de la mujer que amaba.

La desazón cayó sobre sus hombros cansados, haciendo a un lado su imposta dura y altiva para hundirse en la tristeza que solo se permitía en soledad. Quiso morir en ese momento, morir por no poder ser feliz con la libertad que él se merecía.

Entonces y sin darse cuenta sintió el cuerpo de Rosalie junto al suyo, la que se colgó de su cuello, apretándose a él con su rostro hundido en su cuello. Ella también lo estaba pasando mal.

―No sé qué hacer, Emmett… ―le susurró ella, cerrando Emmett los ojos fuertemente para darle una opción:

―Elígeme, Rose. Elígenos y dejémoslo todo atrás. Pero ya basta de estar separados. Olvidémonos de los prejuicios, de lo que es bueno y lo que es malo… Porque, ¿cómo un amor como el que yo siento por ti ha de ser condenable? ¡No lo permito!

Y eso fue todo. Ese fue el momento en que vio caer las barreras que obligaba a rose a apartarse de él, ese fue el momento en que lo eligió, en el que eligió aventurarse con él, haciéndolo feliz por primer vez en su vida.

Ella se había esmerado en preparar una cena para él, pero más que urgencia por comer, lo que tenía era apremio por amarla a modo de celebración. Después irían a la cocina y mientras cenaban conversarían y él le contaría de sus planes los que en ese momento tenían todo que ver con ella.

Le arrancó la ropa y la tendió sobre la cama, poniendo atención en su lencería y en el aroma del perfume que esa noche usaba, que supo había comprado exclusivamente para él, como en adelante sería todo respecto a ella, toda exclusivamente para él.

Se perdieron en la pasión desatada que los abdujo a ambos a amarse sin tapujos, desnudos sobre esa cama en la que aún se sentía un intruso. Pero eso ya acabaría cuando la nueva vida de ambos comenzara.

Ya se sabe que la pasión abrazadora hace que uno pierda los sentidos respecto a lo que pasa alrededor… y eso fue lo que a Emmett y a Rosalie les ocurrió, cuando en pleno acto se vieron sorprendidos por una visita que jamás pensaron llegaría: nada más y nada menos que el mismísimo Edward Masen los miraba desde la entrada con ojos desbordantes, como si estuviera a punto de perder el juicio, saliendo de allí sin decir palabra alguna.

―Dios mío… estamos perdidos…

―Puta mierda… ―resopló frustrado, agarrando con fuerza el cojín con el que atinó a cubrirse cuando Edward los sorprendió, mientras Rosalie se ponía de pie y se paseaba de un lado a otro, abrazándose a sí misma, todavía sin poder creer lo que había pasado.

Entonces él se levantó y caminó hacia ella, tomándola por la cintura y guareciéndola en su pecho, sintiendo las lágrimas que la penumbra de la habitación a media luz había escondido.

―Cálmate cariño.

―No me pidas eso… ¡Edward nos descubrió!

― ¿Y? Ya no le debes explicaciones, maldita sea.

―No se trata de eso, se trata…se trata… de lo que ya sabes. Estoy segura que si tu hubieras sido cualquier otro hombre, a él no le hubiera importado… pero… pero tú y yo somos…

―Demonios, Rose, no lo digas. ―Pidió él con tono frustrado, agarrándose el cabello.

― ¿Qué vamos a hacer si va a hablar con nuestros padres? ¿O le cuenta a alguien esto?

―No tendrán tiempo de decirnos nada, porque cuando él se aliente a decírselo a alguien, si es que lo hace, nosotros ya no estaremos aquí.

― ¿Qué quieres decir?

―Nos vamos. No seremos capaces de vivir en paz en este sitio, debemos irnos.

― ¿Y qué le vamos a decir a mamá? ―preguntó, sin rebatir la idea de Emmett de largarse de ahí. Sabía ella que era la única solución.

―Ella ya está al tanto de mi viaje, sabe que es definitivo. Tú puedes decir que también te vas, y no será difícil de creer cuando acabas de divorciarte… ―le tomó la cara entre las manos y la miró directo a los ojos, allí de pie junto a la ventana. Acarició con sus dedos las cejas y los pómulos antes de darle un beso suave sobre sus labios. ― ¿Pero entiendes que debemos marcharnos, verdad? ¿No darás pie atrás?

Ella negó con la cabeza al momento que él le hacia la pregunta, no dejando entrever duda alguna de su decisión de estar con él y hacer a un lado los prejuicios.

―No lo haré… pero le debo una explicación a él… a Edward, por respeto al menos.

―Lo que digas… ―respondió en un suspira, volviendo a abrazarla, esta vez dejando sus labios sobre la frente de ella, mientras pensaba en la vorágine de los hechos de aquel día, sobre todo de la última media hora.

Rato más tarde, Emmett se vistió y ella se cubrió con un albornoz para ir a la cocina y calentar la cena que había quedado desplazada. Allí, sentados a la mesa, Emmett le contó el lugar donde irían por tiempo indefinido.

―Creo que lo mejor sería que hicieras tus maletas ahora, esta noche. No me sentiría cómodo pasando la noche aquí.

―Yo tampoco.

―Antes de irte, te reunirás con mamá y le dirás que tomarás distancia para pensar, sanarte y comenzar tu nuevo libro. Vendrás a visitarla regularmente para que no dude, o para que no te extrañe…

― ¿Y tú?

―Se supone que yo estaré más lejos, por eso vendría a verla con menos regularidad que tú, ¿lo entiendes?

―Espero que no se dé cuenta… me muero si se entera ―cuando estaba diciendo eso, vio la mueca en el rostro de Emmett, apresurándose a extender sus manos sobre la mesa y tomar las del hombre, para explicarse con claridad. ―No lo digo porque me avergüence lo que siento por ti, sino por todo lo que nos rodea, todo lo que dice que lo nuestro es imposible. Aun así eres a quien quiero y con quien quiero estar, le guste a quien le guste, tenga que esconderme por el tiempo que sea necesario.

Emmett se apartó de la mesa y abrió sus brazos ―Ven aquí, Rose.

Ella se levantó y dejó que Emmett la envolviera, descansando su cabeza sobre su duro pecho, suspirando profundo, sintiéndose contenida después de mucho tiempo en el que anduvo detrás de esa sensación de seguridad que él le brindaba.

―Anda, comencemos a movernos. Empacaremos tus cosas y las llevaremos a mi apartamento.

―Está bien ―respondió ella, levantando su cabeza y ofreciéndole sus labios al hombre que amaba, al hombre al que siempre amó verdaderamente.

Se apresuraron en ordenar todo, meter la ropa de Rosalie en dos grades valijas, además de otras cosas personales que debía llevar, entre ellos los documentos de divorcio todavía sin firmar. Se cercioraron de dejar todo muy bien cerrado y salieron de esa casa, dejando Rosalie atrás su vida en ese lugar.

Aun con la seguridad de que había hecho lo que su corazón le decía, no dejaba de sentirse abatida por la forma en que Edward se enteró de lo que sucedía entre Emmett y ella. Hubiera deseado que nunca se enterara, como deseaba que nunca nadie que los conocía lo hiciera, pues seguro ahora el músico estaba pensando en lo abominable de la situación, pensando en ella seguramente como una mujer enferma, porque para el mundo en general aquello era algo prohibido, algo enfermo, pero no para ella, no para Emmett.

―Todo saldrá bien, Rose ―le dijo Emmett mientras conducía, entendiendo su mano derecha para ponerla sobre su muslo y darle un suave apretón. Ella lo miró y trató de sonreír, tratando de calmarse. De momento, saber a Emmett a su lado era todo cuanto necesitaba.

Llegaron al apartamento de Emmett, el que se encontraba en uno de los edificios más exclusivos de la ciudad, cuyo piso estaba equipado con todo el lujo y el confort que a un hombre como él gustaba disfrutar.

―Voy a preparar la tina para darnos un baño. Lo necesitas para relajarte ―dijo él, acercándosele para darle un beso en los labios ―Ya sabes dónde está la cocina, puedes tomar lo que desees.

―Gracias ―murmuró ella y él desapareció por el pasillo rumbo al cuarto de baño principal.

La mujer deambuló por el apartamento que muchas veces visitó, acercándose a una mesita de teca negra donde había varios retratos de la familia, tomando el que mostraba a sus padres abrazados y sonriendo para la cámara, retrato que recordó ella misma tomó y enmarcó para regalárselo a Emmett para un cumpleaños.

Con la foto de ellos entre las manos, se permitió derramar lágrimas en silencio mientras les pedía perdón por no poder ser de otra manera, por tener que concurrir a las mentiras para ella poder ser feliz con Emmett.

―Perdónenme… ―susurró, pasando sus dedos por las caras sonrientes de Antonieta y Germán. También vio una foto donde aparecía Alec, su hermano menor, ella y Emmett a quien obligaron a posar para esa fotografía, la noche de algún año nuevo que pasaron todos juntos. Sonrió al ver la alegría de su hermanito menor que traspasaba la fotografía y deseó que siguiera siendo feliz, viviendo relajado y agradecido con lo que la vida le había dado y con lo que él a sus cortos veintitrés años había logrado conseguir.

Dejó el retrato en su lugar y se acercó al sofá negro del centro de la sala, sentándose allí a la vez que acercaba su maletín donde había guardado varios documentos, sacando un cuaderno, un lápiz y el sobre marrón que había ignorado deliberadamente.

Supo entonces lo que debía hacer.

Abrió el cuaderno y buscó una hoja en blanco, donde escribió una carta para su ex marido, volcando todos sus sentimientos, esperando poder explicarse lo mejor posible de forma tal que él al menos la perdonara. No buscaba que la entendiera, porque sabía que eso no lo haría, ni él ni nadie, simplemente estaba dándole la explicación que él se merecía, de la misma forma que él lo hizo cuando le dijo que ya no quería seguir adelante con ese matrimonio. Debía reconocerlo, él había sido valiente en admitir su amor por otra mujer, y más valiente aun dejándolo todo por ella, pues Rosalie desde siempre supo que Edward no la amaba y que en cualquier momento la dejaría por otra, doliéndole eso cuando se auto convenció de que ella sí lo amaba, a pesar de que en su fuero interno sabía que ese amor no era más que una tapadera que la ayudaba a negar, alejarse y tratar de olvidar hacia quien estaban dirigidos sus verdaderos sentimientos de amor.

Cuando Emmett apareció por el pasillo descalzo y con su camisa desabrochada, la vio sentada en el sillón escribiendo muy concentrada algo sobre el cuaderno, sin percatarse de su presencia allí. Se quedó un rato contemplándola, agradeciendo la suerte de que ella finalmente haya aceptado lo que había entre ambos, cuyos planes se había precipitado después que Edward los sorprendiera.

Y estaba tranquilo porque sabía que la decisión de Rosalie de irse con él no había sido motivada por ser sorprendida por el músico, sino que había sido una decisión que antes habían tomado. Eso le dio la suficiente seguridad para darle espacio a Rosalie de despedirse a su manera del hombre que estuvo a su lado durante esos últimos años, hombre a quien ella había dicho, le debía algo de respeto.

Se dio la vuelta y caminó hasta el cuarto de baño, donde acabó de desnudarse para meterse en la bañera llena de agua tibia, donde esperaría a su Rose.

Al cabo de unos quince minutos ella apareció y se quedó en la puerta mirándolo con sus brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa complaciente en sus labios mientras lo miraba. Él estaba con sus ojos cerrados y su cabeza recostada hacia atrás, respirando acompasado como si se hubiera dormido, pero en realidad no lo estaba. Abrió un ojo y sonrió, extendiendo su mano hacia ella.

―Estoy harto de darme baños de tina solo, así que ven aquí de una vez.

Ella no dijo nada, simplemente se acercó y se comenzó a sacar el vestido rojo que estrenó aquella noche para él ante la atenta mirada del hombre que disfrutaba del espectáculo que era ver desnudarse a la mujer que amaba. Sonrió con malicia cuando ella se desabrochó el sujetador, dejando sus pechos expuestos, inclinándose para quitarse luego la tanga antes de sacudirse el cabello y meterse finalmente en la tina, sentándose a horcajadas sobre él, porque en ese momento más que un tranquilo baño de tina lo que ella necesitaba era sentirlo tan profundamente hasta hacerla perder la conciencia.

Gimió complacida cuando sintió a Emmett hundirse en ella, aferrándola por la cintura mientras ella se sujetaba a él por su nuca, respirando en la boca del otro, besándose con adoración, acariciándose tanto como les era posible, mientras él tomaba el mando del ritmo, moviéndose adentro y afuera, despacio y sin prisas.

Pasó sus grandes manos por la piel tersa de la espalda de la mujer que sentada sobre él absorbía todo el placer que era capaz de proveerle, mientras besaba su cuello a la vez que ella mordía su hombro mojado y jalaba su cabello.

Todo iba a valer la pena, el alejarse de su familia y empezar una vida nueva lejos de cualquier que pudiera apuntarlos con el dedo si al final del día iban a tenerse el uno al otro de esa manera tan íntima y tan absoluta, como los dos amantes que eran.

Con la sensación de que todo saldría bien, ambos salieron de la tina cuya agua se había enfriado pese a lo ardiente que ambos se sentían, y desnudos se metieron bajo las colchas negras de la cama que durante tanto tiempo Emmett habitó solo, sumidos en el sopor y con la esperanza de que en adelante todo para ellos sería mejor, juntos, amándose.

**oo**

Al día siguiente, Emmett se despidió de Rose con un suave beso en los labios antes de retirarse a su oficina. Le dijo que coordinaría todo para su viaje, que lo mejor sería que partiera antes que él, por lo que debía de ocuparse ese día en hablar con su madre, con su editora mientras él preparaba todo.

Una de las primeras cosas que ella hizo fue llamar a su madre esa misma mañana e invitarla a almorzar pues tenía una noticia que darle. También llamó a Tanya para pedirle que se reunieran durante la tarde para ponerla al tanto de su decisión y gestionarlo de la mejor manera posible. Todo tendría que hacerlo con delicadeza, sin dejar cabos sueltos que pudieran entorpecer sus planes y los de Emmett.

Pero por supuesto, había algo importante que debía hacer a primera hora antes de reunirse con su madre y con su editora. Aferrando en sus brazos un sobre marrón, llegó hasta la sinfónica donde Edward trabajaba y en la portería dejó el encargo para que fuese entregado al señor Masen en cuanto llegara. Se subió al coche que Emmett había dejado para ella algo más tranquila por saber que al menos eso lo estaba haciendo bien.

Antes de la hora de almorzar con Antonieta, compró algunas cosas que necesitaría para el viaje cuando Emmett le envió por correo una copia de los tickets aéreos, ella saliendo de la ciudad con cinco días de anticipación que él. Se sintió en paz con la decisión que estaba tomando, porque después de todo ese tiempo, finalmente iba a atreverse a amar a Emmett, porque lo que sentía por él era verdadero, y no un amor artificial como el que había construido hacia Edward. Lo que Rosalie sentía por Emmett, y lo que Emmett sentía por ella, no hacía el menor caso de reproches de la conciencia.

Vio a su madre sentada en la mesa del restaurante, levantando la mano hacia ella, acercándosele Rose con su vista fija en la mujer a quien extrañaría.

―Oye, me tienes ansiosa, ¿qué es esa decisión que has tomado?

―Me voy. ―anunció sin más. Antonieta se la quedó mirando, torciendo su cara con un gesto tierno y una media sonrisa que le llegó al alma a Rosalie.

―Acabas de llegar…

―No, mamá ―sonrió por la broma de su madre ―Me refiero a que… me voy de la ciudad.

―Pero… mi niña ―estiró la mano hasta alcanzar a acariciar su cabello ― ¿no será esa una decisión apresurada? ¿Te vas sola? ¿Edward lo sabe?

―Después de la entrevista que se publicó donde lo dejé como un mal hombre, dudo que le interese saberlo ―respondió con pena, arrepentida de ese arranque de venganza que la llevó a hablar tan mal de él, pensando que Edward estaría en todo su derecho de develar lo que vio la noche anterior.

Antonieta tomó la mano de su hija y se la apretó fuerte, sonriéndole.

―Estás dolida, y si le explicas que lo hiciste sin pensar y que estas arrepentida, él podría entenderte. Edward no es una mala persona, además sabrá ponerse en tu lugar.

―Eso espero. Aun así, voy a tomar distancia. Además, me hará bien para comenzar a trabajar en mi próximo libro.

― ¿Y dónde? ¿Te vas sola?

Rosalie mintió sobre el lugar donde se refugiaría, y mintió también diciendo que estaría sola, que sería como una especie de retiro espiritual. No le dijo que su estadía fuera de la ciudad era definitiva, se lo diría con el pasar de las semanas, o de los meses, cuando ella y su padre se hubieran hecho una idea de su ausencia.

Antonieta insistió en que se reunieran esa noche en casa para cenar antes de su viaje, y aunque era un viaje corto, como pensaba Antonieta, no les vendría nada de mal una reunión familiar, ya que en poco tiempo más Emmett también se iría.

―Espero que ese viaje le haga bien a tu hermano… quiero verlo feliz, igual que a ti, mi niña ―volvió a acariciarle el rostro a su única hija, con tanta ternura que Rose sintió deseos de llorar. Pero se retuvo, hacerlo sería preocupar a su madre y eso era lo que menos quería.

Pasó un buen rato con ella, incluso después de almuerzo de pasearon por algunas tiendas donde compraron un par de vestidos que estrenarían esa misma noche. Durante el paseo con su hija, Antonieta le envió un mensaje a Emmett y a Alec para asegurarse que no hicieran planes para esa noche pues tendrían cena familiar en casa, a lo que ambos respondieron que allí estarían sin falta.

Durante la tarde, y continuando con su lista de pendientes por resolver, se reunió en un café literario donde su amiga y editora Tanya la esperaba. La saludó con un beso y se sentó frente a ella, desatándose el cinturón del abrigo azul que llevaba puesto. Los días estaban empezando a tornarse algo más soleados, pero en Leonilde nadie podía asegurar que en cualquier momento caería un fuerte chaparrón. Emmett le había dicho que de esos detalles no se deberían preocupar allí donde iban, pues el sol y el calor eran algo habitual, cualquiera fuera la estación, al contrario de lo que pasaba allí en Leonilde.

―Antes que me digas nada ―comenzó a decir Tanya ―déjame decirte que leí el final de la historia que dejaste pendiente antes de caer en el hospital, y es… uf… ¡Impresionante! Muy sorpresivo. Tus lectores van a amarte.

Rosalie sonrió porque era lo que ella esperaba en sus historias, sorprender a sus lectores pero darles siempre lo que ellos buscaban: romance. Y le era satisfactorio cuando lograba llegar a eso, llevándose una buena crítica del medio especializado y de sus lectores.

―Eso espero. Y me alegra que te haya gustado.

―No te darás ni cuenta cuando hagamos el lanzamiento. ―aplaudió entusiasmada, mientras Rosalie la miraba absorbiendo ese buen ánimo. ―Pero dime, Rose, por qué me pediste que nos juntáramos aquí.

―Tomé una decisión: me voy fuera de la ciudad.

― ¿Y por cuánto tiempo? ―preguntó la rubia editora, restándole importancia.

―Es… indefinido. Dudo mucho que vuelva aquí, a no ser que sea para visitar a mis padres o por algún compromiso con la casa editorial.

Tanya abrió los ojos, pues aquella noticia caía sobre ella como un balde de agua fría. Al principio no se asustó porque los escritores solían apartarse cuando iban a comenzar algún nuevo trabajo, pero siempre por uno o dos meses. Entonces que Rose le dijera que su ese viaje sería definitivo y que no iba a regresar, la dejó tambaleándose.

―Seguiré trabajando, seguirás siendo mi editora, mi mano derecha… pero no puedo seguir aquí. No me hace bien. Quiero vivir en paz, tranquila, empezar una nueva vida.

― ¿Y no puedes hacerlo aquí?

―No… No Tanya… ―sonrió con tristeza, pasando su dedo por sobre la vieja mesa de madera ―La gente se la pasaría apuntándome con el dedo.

― ¿Por qué dices eso? ¿Por lo de la entrevista? ¿Y qué va a pasar con eso de convencer a Edward de volver contigo?

―Olvídate de eso. Él no lo hará, ni aunque le rogara de rodillas. Seguro ahora mismo siente repulsión hacia mí.

—Dios, Rose, por qué dices eso… ―susurró, no entendiendo por qué Rose estaba siendo tan pesimista.

Rose sentía que ese secreto iba a estallar dentro de ella si no le contaba a alguien, entonces apostó a la amistad que desde hace tanto la unía a la Tanya y se lo dijo. Le contó sobre la relación que tenía con Emmett, sobre los sentimientos que desde su juventud venían confundiéndola, y de cómo se había dado por vencida, decidiendo vivir ese amor. Mientras Rose le relataba la historia, Tanya abría los ojos y la boca, totalmente sorprendida, sin dar crédito a lo que la escritora decía.

― ¿Esa es la trama de tu próximo libro? ¿De eso se trata, que estás tanteando conmigo si va a tener arrastre o…?

―No, Tanya, no es una historia… bueno, sí lo es, es mi historia.

― ¡Dios del cielo Rosalie! ¿Y quién más lo sabe?

―Edward… nos descubrió la otra noche cuando Emmett y yo estábamos en la cama.

―Oh, por Dios ―exclamó, cubriéndose la boca con ambas manos, imaginándose la escena aquella. Rosalie miró la cubierta de la mesa, esperando la reacción de Tanya, imaginándose que en cualquier momento se levantaría después de tratarla de loca y la dejaría sola. Así se quedaría sin amigas en absoluto.

―Bueno ―suspiró, mirando hacia las estanterías de suelo a techo que había en el café, el que se pavoneaba de tener joyas literarias en sus primeras ediciones. ―Supongo que ahora entenderás por qué me voy… así como yo voy a entender que tú no quieras saber nada de mí…

― ¿Por qué dices eso? ¡Somos amigas! ―exclamó esto último mirando a Rose como si esta se hubiera vuelto loca. ―Además, esta historia es más común de lo que tú crees. Por otro lado, no soy nadie para juzgarte, solo te pido que tengas cuidado y que si estás segura de amarlo y de que él te ama, pues adelante.

―Gracias Tanya ―susurró con voz quebrada de la emoción, extendiendo sus manos sobre la mesa y tomando las de su amiga, en cuyos ojos claros se podía vislumbrar la emoción. ―Nadie más que tú sabe esto, fuera de Edward, por supuesto. A Emmett, que para no alterarlo, le ahorraré de saber que te conté nuestra historia.

―Entiendo. Solo debes saber que estoy aquí y sigo siendo tu amiga incondicional por siempre.

―Gracias otra vez, Tanya. Eres la mejor.

Se relajaron y pidieron el ya famoso café de vainilla, mientras conversaban de cómo Rosalie gestionaría con sus padres su estadía afuera, le contó sobre el lugar en el que residiría y finalmente de los planes de trabajo, sobre sus nuevas ideas que la llevarían a escribir su próxima novela.

En la noche, llegó a casa de sus padres como había acordado con su madre y donde Emmett ya se encontraba. Todos allí la apoyaron respecto a su decisión, aludiendo que si eso significaba que ella iba a sanar después de todo lo ocurrido, iban a tener todo el apoyo que ella necesitaba. Eso emocionó a la rubia escritora, quien por debajo de la mesa donde estaban sentados cenando, sintió la mano de Emmett apretarle la rodilla y regalarle una sonrisa tranquilizadora.

Finalmente todo estaba listo para comenzar su viaje que la llevaría a vivir su nueva vida, junto al hombre que amaba, el mismo que seguía aferrando su rodilla bajo la mesa.

Fue Emmett quien al día siguiente la dejó en el aeropuerto, justo en la puerta de embarque, mientras la gente a su alrededor pasaba sin reparar en la presencia de ambos.

― ¿Estás lista? ―le preguntó él, tomándola por los hombros.

―Sí lo estoy.

―Ya sabes que habrá alguien esperándote. No olvides avisarme en cuanto llegues. Y por sobre todo no olvides que me reuniré contigo en un par de días.

―Te estaré esperando, Emmett ―dijo, aferrándolo por las solapas de su chaqueta. Él asintió una sola vez, mirándola con la serenidad que pocas veces había visto en su mirada, antes de besar su frente por largos segundos.

―Te amo, Rosalie.

―Te amo, Emmett.

Y eso fue lo que se dijeron, antes que Rosalie tomara su bolso de mano y caminara hacia el otro lado de las puertas de vidrio que la separaban de su antigua vida y que la llevarían a vivir una nueva con el hombre que seguía al otro lado de las puertas, regalándole una hermosa sonrisa.

Tranquila y confiada, olvidándose de los prejuicios, fue que Rosalie Hale embarcó el vuelo inspirando hondo y haciendo a un lado las culpas. Todo iba a ir bien para ella y para Emmett desde ese momento en adelante.

**oo**

Edward:

Conoces ahora mi más grande secreto, este que mantuve bajo llave desde que fui una adolecente. El que a toda costa intenté olvidar, pero que fue más fuerte que yo.

¿Sientes asco por mí? ¿Repudio? ¿Piensas que estoy enferma? También pensaba eso de mi misma, porque ¿de qué otra manera se puede explicar el hecho de que ame a mi propio hermano?

Estoy segura que entiendes el hecho de que nadie puede dirigir al corazón, nadie puede hacer oídos sordos cuando él decide a quien debes amar sin hacer caso de las circunstancias. Cuando intentas negarte a ese amor, pero parece que el muy cabrón se hace más fuerte hasta que terminas dándote por vencido ante él. Bueno, eso me ocurrió a mí.

No voy a detallar la historia secreta de este amor, porque tendría que remontarme a mi adolescencia, y honestamente no tengo muy claro el momento, solo quiero decirte que siempre lo mantuve a raya mientras estuve a tu lado, solapándome bajo los sentimientos que me obligué a sentir hacia ti.

Vivimos todo este tiempo ambos en una mentira, ninguno de los dos amando al otro como decíamos hacerlo, pero quiero que tengas claro que te quiero como estoy segura que tú me quieres a mí, por eso siento que te debía esta explicación. Jamás hubiera deseado que te enteraras de esa forma tan burda, y para ser sincera, hubiera deseado que nunca te enteraras. Ahora siempre viviré con la incertidumbre de saber si me has perdonado, no por estar enamorada de mi hermano, sino porque no fui lo suficientemente valiente para decírtelo, cuando tú si lo fuiste al enfrentarme y decirme lo que estaba pasando contigo.

Siempre has dicho que soy más fuerte y más valiente e independiente que tú, pero ya ves que no tenías razón. Tú eres mucho más fuerte y más valiente y te respeto por ello.

Por todo esto y por el cariño que construimos el uno por el otro en todos estos años juntos, te ruego que me perdones. Ahora tomaremos tu ejemplo y nos iremos lejos a vivir nuestra historia, lejos de los dedos acusatorios que nos apuntarían si supieran mi historia con Emmett.

Espero que seas feliz Edward Masen, y te agradezco todo lo que me diste durante estos años, cuyos recuerdos anidaré en lo más profundo de mi corazón. Para siempre.

Espero algún día podamos sentarnos a hablar. Espero algún día ser lo suficientemente valiente de mirarte a la cara y decirte todo esto… espero el día en que me permitas hacerlo.

De momento, espero que sepas guardar mi secreto, cuestión que hago principalmente por mis padres a quienes odiaría romperles el corazón.

Me despido llevándome tus melodías en mi cabeza y en mi corazón, con las que recordaré los mejores momentos que vivimos juntos. Espero que tú hagas lo mismo y acabes perdonándome, porque con tu odio y tu repulsión me costaría sobrevivir.

Hasta siempre Edward.

Rosalie.