Señoras y señoritas, ya estoy aquí.
No puedo hacer nada antes de darles las gracias por la buena onda de siempre.
Y ojo, las criticas en mala onda y anónimas no las tomo en cuenta, menos cuando a través de ellas está tratando de pseudo-analizarme. Las leo pero más nada. Si va a hacerme una critica, ningún problema, pero espero tener mi derecho a réplica.
Nenas, este es un capítulo corto... y debemos tomarlo como uno de transición, pues quienes han estado preguntando por Aro, invocándolo porque lo echaban de menos en la historia, pues prepárense... y nada de quejas.
Bueno, gracias a todas quienes gustan de leer esta locura, las que me han acompañado desde el principio y las que se han incorporado hace poco... ¡Mil gracias por vuestra compañía!
Gracias Manu, gracias Cuchu, son un gran apoyo para mi.
A leer entonces, y nos leemos la próxima semana.
Besos a todas.
Capítulo 23
Isabella tendría que haber estado disfrutando de su baño de tina. El agua estaba justo en su punto y las sales aromáticas que Alice había vertido dentro, tendría que estarla relajando… pero no estaba surtiendo efecto sobre ella.
Hizo un movimiento para reacomodarse y gimió bajito por el dolor que la estremeció justo en el costado, allí donde recibió un par de puntapiés de su agresor. Tomó la esponja y la sumergió en el agua, estrujándola sobre su hombro derecho, mientras se preguntaba qué fue lo que ocurrió con Edward.
El día anterior no se apareció por su casa, y apenas le dejó un mensaje cerca del mediodía avisándole que estaría enclaustrado en el trabajo y que no podría visitarla. Eso lo entendía, pero no entendía su frialdad. No preguntó cómo estaba ni cómo se sentía, simplemente le dejó ese mensaje que no era propio de él.
El miedo se instaló en el cuerpo de Isabella manifestándose en escalofríos pues estaba comenzando a pasarse todo tipo de ideas del por qué ese comportamiento tan extraño. Y es que no podía dejar de hilar la visita que Edward le hizo a Rosalie con su conducta. ¿Se habría arrepentido? ¿Habría llegado a la conclusión que separarse de su esposa no era la mejor decisión? ¿Habría descubierto que sí amaba a la escritora, y que ella había sido un desliz sin importancia?
Volvió a levantar la esponja empapada en agua, estaba vez poniéndola sobre su cabeza, estrujando el agua para que escurriera sobre su corta cabellera caoba. ¿Qué sería de ella si sus miedos eran ciertos? ¿Podría algún día volver a enamorarse y olvidar a Edward?
La puerta del baño ―el único del apartamento― se abrió de golpe y apareció Alice, sosteniendo el nuevo teléfono de Isabella en las manos.
―Renée me dijo que este aparatito no había sido regalo de Edward para reemplazar el anterior.
― ¿Uhm?... ―arrugó la frente y se concentró en lo que Alice estaba preguntándole. Pestañeó rápido y sacudió la cabeza ―No, no… Jasper me lo trajo.
―No puede ser… ―dijo con tono molesto, dejando el teléfono sobre una mesita de mimbre donde guardaban las toallas. ―Sabes que te conviertes en una potencial traidora al recibir ese regalo precisamente de ese hombre. ¿Lo sabes, verdad?
La traición, pensó Isabella, era algo de lo que ella conocía. La había traicionado muchas veces, y ella lo había hecho en nombre del amor, pensando en Edward para variar. Intentó entonces olvidarse por un momento de sus propios problemas y concentrarse en Alice, que la taladraba con esa penetrante mirada, mientras se afirmaba por un hombro contra uno de los muros muy cruzada de brazos.
―Alice, creo que tendría que sentarte a hablar con él…
― ¡No puedo creer que me digas eso! ―exclamó, alzando sus brazos, acercándose hasta el inodoro donde se sentó con la cabeza entre las manos ― ¡Me engañó! ¡Lo vi!
―Y no estoy justificando ese hecho. Él hizo mal y sabe que tendría que haber evitado a esa mujer, pero me explicó que ella está loca como una cabra, incluso Edward me lo confirmó…
―Por supuesto que Edward va a solapar todas las andanzas de su amigo.
―Alice, solo digo que te sientes a hablar con él y lo dejes explicarse. Ese hombre te ama…
―Yo… ―levantó su cabeza mirando al techo y soltando un suspiro ―pensé que finalmente había encontrado a alguien con quien proyectarme… pero al parecer, debo seguir buscando.
―No digas eso —Isabella deseó levantarse para abrazar a su amiga la que se encontraba realmente desdichada con todo lo que estaba ocurriendo con su vida sentimental. ―Solo plantéate la posibilidad de escucharlo…
―No sé… No puedo decirte eso ahora mismo….
Bueno, al menos que lo estuviera dudando ya era una buena señal. Isabella conocía a su amiga y sabía que antes de darle esa posibilidad, lo iba a hacer sufrir con su indiferencia, pero tenía la seguridad que finalmente iba a terminar perdonándolo. Eso esperaba ella, al menos para que acabe de sufrir adrede.
―Bueno, tu madre piensa que es momento de salirte de la tina y volver a la cama ―se puso de pie y caminó hacia la puerta ―traeré tu pijama y…
―No, no… no quiero acostarme ―dijo Isabella rápidamente. Alice se giró hacia ella sobre sus botines cafés ―Puedo estar en el sofá de la sala o en la cocina. No es necesario que esté acostada todo el día. No es que vaya a salir por ahí a hacer deporte extremo, ¿no crees?
―No me extrañaría que te escaparas para salir a chapotear bajo la lluvia. Pero creo que tienes razón, te traeré ropa ligera, te instalar en el sofá del salón, tomaremos té verde con durazno y hablaremos de lo que te tiene suspirando desde ayer.
Isabella iba a hacerse la desentendida, pero declinó de esa idea. Su amiga la conocía tanto que no valía la pena negárselo, incluso estaba segura que hasta su madre se había dado cuenta, pues ese té verde con durazno solía servirlo para aliviar los ánimos.
Cuando Alice regresó al baño la ayudó a salir de la bañera. La envolvió con una gran y suave toalla blanca, la secó con mucho cuidado y la vistió con ropa interior de algodón, con un pantalón de chándal gris claro, un grueso suéter negro y sus ridículas pantuflas de osos. La ayudó a ir con cuidado hacia la sala donde se acomodaron junto a Renée que ya tenía sobre la mesita de centro una bandeja con los humeantes y olorosos tazones de té verde y unas galletas de avena y chips de chocolate que eran una de las tantas especialidades de Renée.
―Entonces, Isabella ―comentó Alice, pasándole un tazón que Isabella sostuvo con ambas manos ― ¿Nos vas a contar porqué estás tan triste?
―No estoy triste ―respondió ella, mirando el interesante contenido de su tazón. Renée, que se había instalado en uno de los dos sillones individuales, sonrió con tristeza imaginándose la carita de su hija, mientras Alice la miraba con reproche.
―Eres una descarada tratando de engañarnos así. ¿Quieres mejor que adivine qué te tiene así?
―Alice, por favor…
―Cierto músico no se apareció ayer durante todo el día, y a cambio de su ausencia, te envió un mensaje escueto y nada romántico. Esa cabecita tuya está corriendo a toda velocidad mientras arma sus teorías sobre la ausencia de Edward, porque no le crees lo que te dijo, el asunto es… ¿por qué?
Isabella suspiró y odió la forma en que Alice la conocía, como si lograra ver más allá. El silencio de su madre, que no puso cara de estar sorprendida ni nada de eso, le indicó que ella también había llegado a la misma conclusión que Alice.
―es entendible que él tenga un día ajetreado, ―intervino Renée ―que le impida venir e incluso llamar, ¿no crees?
—Claro… ―respondió Isabella, alzándose de hombros, inhalando el aroma del té que sostenía entre las manos ―solo que…
—Solo que te has malacostumbrado a que él venga, que esté a tu lado…
―No se trata solo de eso, Alice.
― ¿Hay algo más? ¿Ocurrió algo que yo no sepa? ―intervino ahora Renée, esta vez con preocupación. Isabella, que no quería asustar a su madre, prefirió decirle que se trataba solo de sus miedos, los que siempre la había asaltado desde que asumió su amor prohibido hacia Edward.
―Es que… el último día que estuvo aquí se fue a la casa que compartía con su ex esposa, para hablar con ella… no sé… ―jugueteó con su dedo índice pasándolo por el borde del tazón, mordiéndose el labio para remitir los suspiros y el deseo de llorar.
― ¿Crees que se arrepintió? ¿Es eso? ―preguntó Alice, mirando a su amiga como si le hubiera salido una tercera cabeza. ― ¡¿Estás loca?! ¡¿No has visto cómo te mira?! ¿No te basta todo lo que ha hecho por ti?
―Lo sé… solo que… lo noté raro. Ese mensaje no es propio de él…
―Mi niña ―la voz tranquila y conciliadora de Renée llamó la atención de ambas enfermeras.
Se inclinó hacia adelante para dejar su taza sobre la mesita y se levantó, tanteando el espacio para llegar junto a su hija, sentándose a su lado. Tendió las manos para que Isabella saliera rápidamente al encuentro, y las tomó entre las suyas, apretándolas levemente.
―Edward todavía está casado ―dijo la mamá de la enfermera, con tono tranquilo pero crítico, pues parecía que todo mundo olvidaba ese detalle. ―Debe de resolver asuntos con su esposa…
―Ex esposa ―intervino Alice, pero Renée no hizo caso y siguió hablando.
―Me refiero a que si quieres un futuro tranquilo con Edward, debes dejar que finiquite sus asuntos, y no debes tener miedo, porque debo reconocer que ese hombre te ama. Si todas estas cosas pasan, pues tómalas como pruebas. Si realmente tus miedos tienen fundamentos, pues estarás a tiempo de tomar otro camino, y te darás cuenta que no has conocido al verdadero Edward, aunque creo que esa no es la opción.
―También lo creo.
― ¿Pero entonces por qué no me volvió a llamar? ¿Por qué me dejó preocupada, por qué no respondió mis llamadas?
―Quizás de verdad no pudo hacerlo, ¿por qué te pones siempre en el peor de los casos?
― ¿Y por qué no llamamos a su amigo? Él debe saber algo más, y tú misma te darás cuenta si te miente o te oculta algo.
Alice gruñó pero Isabella no hizo caso de eso, más sí al consejo de su madre. Llamaría a Jasper, dejaría un mensaje para Edward y confiaría en él. Sacó del bolsillo de su pantalón de chándal su teléfono y buscó en el directorio el número de Jasper, el que le atendió casi enseguida:
―Isabella, ¿cómo te encuentras?
―Todavía un poco adolorida, pero estoy mejor, gracias. ―Carraspeó y se reacomodó, ante el atento oído de su madre y los ojos de Alice que miraban de reojo ―Te llamaba para preguntar si has sabido algo de Edward… quedé preocupada. Ayer no vino y no sé cómo le iría con su encuentro con Rosalie.
―Bueno, honestamente creo que ese encuentro no fue como miel sobre hojuelas… ―dijo, un poco nervioso ―También intenté llamarlo, pero ese cretino no me respondió. Me respondió con un mensaje y me dijo que estaría en la sinfónica todo el día, ocupado, así que no insistí en ir hasta allí a verlo.
― ¿Sabes algo que yo no sepa?
― ¿Algo… algo como qué?
―No sé…
―Tranquila, Isabella. Ya verás que hoy lo tendrás merodeando por ahí… o dejo de llamarme Jasper.
―Vale, esperaré entonces. Si sabes algo más, ¿me dirías?
―Claro Isabella. No lo dudes.
Isabella se quedó más tranquila cuando colgó, aunque le quedó dando vueltas el tono un poco nervioso del dibujante amigo de Edward. Quizás las cosas no fueron bien con Rose, como él dijo, y quiso tomarse el día para calmarse, ¿era una opción, no?
Jasper, que en ese momento se encontraba a punto de entrar a una reunión por la publicación de su nuevo proyecto, suspiró esperando que Isabella no se hubiera enterado de la jodida entrevista que la escritora había dado a una revista de alto tiraje, aunque pensaba él que era muy probable que ella se enterara, pese a que Edward había procurado que nadie que la rodeara y que supiera la historia de ambos, le dijera.
**oo**
Vestido completamente de negro, el desaparecido músico apareció a mediodía en la puerta de la iglesia que diría el padre Marcus, a quien vio desde allí contemplando muy interesado el trabajo del especialista en restauración de instrumentos que él había buscado para cubrir el trabajo de limpiar el viejo piano de tubos que había llegado y que él en otro momento habría corrido para sentarse frente a aquel instrumento que era una verdadera joya, pero en ese momento no tenía ganas de nada, pese a que por un lado tendría que andar dando saltos de felicidad, pero no podía celebrar. No en esas condiciones.
No estaba muy seguro por qué había llegado a ese lugar, pues él nunca tuvo cercanía con la iglesia como para ir a recluirse allí. Quizás necesitaba conversar con alguien de confianza, pero que mirara todo desde un punto de vista crítico, ajeno, pues no podía siquiera pensar en hablarlo con Carlisle, ni siquiera con Jasper. Además, seguro que el padre Marcus tenía experiencia en lidiar con ese tipo de cosas.
Se decidió entonces a entrar, sujetando entre sus manos el sobre marrón que esa mañana le había entregado cuando llegó a su oficina de trabajo en la sinfónica. La había abierto con manos temblorosas, y leyó la carta de Rosalie escrita por su puño y letra una y otra vez, tratando de entenderla, de ponerse en su lugar, pero simplemente no podía porque no entendía. No ayudaba la imagen de ella y de Emmett que tenía clavada en su retina, ambos desnudos sobre la cama donde tantas noches él durmió y donde tantas veces tuvo también relaciones sexuales con ella.
El padre Marcus, que oía atentamente lo que el experto músico explicaba sobre ese instrumento, cuando vio atravesar el pasillo central de la iglesia a otro experto músico, que venía acercándose hacia ella. Cuando estuvo cerca, Marcus levantó la mano en señal de saludo, con su entusiasmo a flor de piel.
―Desearía que Dios me diera el don de la música para poder tocar este instrumento ―comentó entusiasta el padre Marcus cuando Edward estuvo junto a ellos. ― ¡Y es que este muchacho me ha dicho lo valioso que es! Además suena fenomenal…
―Si me permite, padrecito ―dijo el joven encargado de la restauración, tendiéndole la mano a Edward en señal de saludo ―No suena ni por asomo fenomenal como dice.
— ¿Está muy estropeado? ―preguntó Edward mirando el instrumento en algunas partes oxidado.
―Uhm… desafinado, habrá que cambiar algunas piezas, hacerle una limpieza profunda a los tubos, pero después de eso quedará como para acompañar a un coro de ángeles…
― ¡Oh sí! ―exclamó entusiasmado el padre, palmeando sus manos ―Estoy imaginándome un concierto de navidad con el coro de niños y esta maravilla, ¿crees que nos podrías ayudar con eso?
―Por qué no ―respondió Edward, apenas esbozando una débil sonrisa.
Entonces Marcus se percató que algo raro pasaba con el músico, que no había llegado allí para supervisar el trabajo del muchacho, sino por otro asunto. Reaccionó rápido, palmeando el hombro del joven e invitando a Edward a su privado para tomar una taza de té.
Cuando llegaron, Edward se instaló en una silla de madera al otro lado del escritorio viejo de madera, divagando sus ojos por los innumerables objetos eclesiásticos, imágenes de vírgenes y del Cristo crucificado que colgada justo en la pared frente a él. Había además sobre el verde agua de las paredes, diversos retratos y fotografías del padre, incluso uno con el Papa en la plaza del Vaticano. Vio también sobre el escritorio una fotografía de una niña pequeña sentada sobre el césped, sonriendo él con ternura cuando supo que se trataba de Isabella, por aquellos ojos grandes y expresivos de color claro que a él lo enamoraron, además de otro retrato donde salía ella vestida con su uniforme de enfermera y sosteniendo en sus manos su diploma de graduación de la universidad. Sin duda, el padre Marcus se sentía orgulloso de su sobrina, como si se tratara de su propia hija.
Miró al padre Marcus con agradecimiento cuando este dejó la taza frente a él, obligándose a dejar sobre la mesa el sobre marrón que había aferrado fuertemente entre sus manos, sobre que el sacerdote miró con curiosidad.
― ¿Qué es eso? ―Edward lo miró, miró el sobre y lanzó un suspiro largo.
―Es una larga historia… ―Bebió un poco de su té caliente para aclarar su garganta antes de soltar su historia ―Son los papeles de divorcio.
― ¿De divorcio? ¿De su divorcio, dice?
—Exacto.
― ¿Y ya…?
―Sí. ―respondió, adivinando la pregunta del cura ―Rosalie los firmó y los dejó en mi trabajo.
Marcus alzó sus cejas y bebió también de su té, preguntándose por qué si esos papeles ya estaban firmados, Edward cargaba con ese semblante de quien pareciera estar enfermo. Quizás lo estaba, pensó entonces.
― ¿Se siente bien?
―Uhm… yo… sí lo estoy.
Marcus meditó sobre la respuesta de Edward pero sobre todo sobre su actitud, topándose con un detalle que dejó pasar en un comienzo.
―¿Por qué al comienzo me dijo que era una larga historia, y por qué no se ve al menos contento de saber esos papeles firmados? ―preguntó, estrechando sus ojos hacia él ― ¿No era eso lo que quería?
Edward dejó la taza vacía sobre su plato y la hizo a un lado, afirmando sus codos sobre la base del escritorio, entrelazando los dedos de sus manos.
―Esto fue difícil para mí también. No porque haya sido yo el que tomó la iniciativa de separarme voy a estar saltando de la dicha. ―suspiró y se pasó las manos sobre su cabello ―Además, hay otras… cosas que me hacen sentir seguro de que la decisión que tomé sobre divorciarme de Rose, era la correcta.
― ¿Por qué tengo la impresión que es eso lo que lo trajo hasta aquí?
―Es usted muy perceptivo, padre Marcus ―dijo Edward, otra vez esbozando una sonrisa que no llegó a ser convincente para el sacerdote. Entonces, el músico sacó desde el sobre marrón una hoja de cuaderno doblada en cuatro partes, extendiéndosela al tío de Isabella, quien la tomó con extrañeza. ―Usted será la única persona fuera de mí, que tenga la posibilidad de leer esa carta que Rosalie me dejó antes de irse. Creo que se da a entender bien la situación de la que le hablé, pero si hay algo que no le calce, se lo explicaré. Quizás me sirva como catarsis, que es lo que busco.
El sacerdote desdobló el papel y comenzó a leerlo. A medida que lo hacía, sus ojos iban abriéndose más y de tanto en tanto, levantaba la cabeza y miraba a Edward con las cejas casi tocándole el inicio de la frente; Edward en tanto bebía de su té tranquilamente sin decir palabra.
Al cabo de unos minutos, el padre Marcus acabó de leer la carta, dejándola sobre el escritorio para luego echarse hacia atrás y soltar todo el aire que retuvo en sus pulmones durante lo que duró la lectura de esa carta.
― ¿Entendí bien? ―preguntó, absolutamente pasmado ―Ella… su esposa… ella…
Entonces Edward le explicó cómo sucedieron los hechos.
―Antes de ayer, me fui de casa de Isabella hasta casa de Rose para hablar con ella sobre los papeles de divorcio. Además, quería pedirle explicaciones acerca de una entrevista que dio para una revista donde habló pestes de mí.
― ¿Entrevista, dice? ―preguntó confundido el sacerdote.
―Sí, dio una entrevista donde no habla ni de su carrera como escritora ni de su recuperación. Lo que hace es ventilar detalles de nuestra separación.―dijo, alzándose de hombros, hablando tranquilamente ―Pero la verdad, no es algo que me importe ahora. Seguro lo hizo para vengarse o algo así.
―Entiendo. Continúe por favor.
―La cuestión es que al llegar esa noche a la casa que ambos compartíamos, me percaté de que no estaba sola, que estaba con un hombre… y sorpresa la mía cuando me di cuenta que el hombre con el que estaba teniendo sexo, era mi cuñado, su propio hermano.
― ¡Jesucristo! ―El padre Marcus se cubrió la boca, sin dejar de mirar con desmesura al músico mientras éste le explicaba.
―Fue… ―se tomó unos segundos para buscar la palabra correcta ―traumático, más que un simple shock. Si hubiera sido cualquier otro hombre no me hubiese importado, se lo aseguro.
La cuestión es que no pude quedarme allí y me fui a mi apartamento. Allí me recluí todo el día de ayer, porque honestamente la situación me hizo sentir enfermo. Intenté pensar y buscar una explicación, pero no llegaban a mí, porque ¿qué tipo de persona se permite enamorarse de su hermano… enamorarse o lo que sea que ellos sientan…?
―Aquí dice que se aman ―dijo el cura casi en voz baja, indicando con su mano el papel que descansaba sobre su mesa.
Edward sacudió la cabeza, como frustrado ― ¡Pero son hermanos, por vida de Dios!
Marcus, que tampoco podía creerlo, pues no le había tocado en toda su vida oír algo semejante, buscó rápidamente alguna justificación para darle sentido a eso.
― ¿Está seguro de eso? Quizás no lo son, hermanos de sangre me refiero. Quizás hay una historia familiar escondida que usted no sabe, porque de otra forma no entiendo que la naturaleza humana sea capaz de desvirtuar los designios lógicos de la vida a esta forma.
Edward bajó su rostro y movió la cabeza, alzando sus hombros.
―Eso no lo sé, pero ella me lo hubiera dicho al menos para tranquilizarme. Allí dice que simplemente se enamoró de su hermano y que él siente lo mismo, que se fueron lejos de aquí donde puedan vivir su amor libremente.
Marcus, como si se trataba de un problema que le atañía directamente, se pasó las manos por el rostro, aun incrédulo por lo que estaba oyendo. Sintió pena por esa mujer a la que una vez visitó en el hospital, y sintió pena por Edward, por estar cargando con los sentimientos que ese secreto podía acarrear si el músico no le daba un buen tratamiento, como el perdón por ejemplo.
―Su ex esposa está equivocada, nunca podrán ser libres, nunca, por mucho que traten de purificar esa relación poniendo como excusa el amor. Solo puedo pensar sobre carencias que estas dos personas pudieran haber tenido en su infancia para dejarse caer en semejante aberración. Espero en mi buen Dios que logren aclararse y que busquen el perdón divino, antes que sea tarde.
En este momento donde este mundo está destapándose ante hechos que antes eran impensados, una cosa como esta sigue siendo antinatural
Edward asintió distraído ante las palabras del cura, encontrándole toda la razón. Se puso a pensar, aprovechando que cada quien estaba abstraído pensando en el asunto, meditaba sobre la manera tan descarada en la que Emmett lo odió desde el primer día, y por supuesto si él había llegado a llevarse a Rosalie, su amor.
―Ahora entiendo la actitud de Emmett sobre ella, tan celoso y posesivo. Por eso me odiaba…
― ¿Y usted? ¿Los odia?
― ¿Yo? ―se quedó sorprendido con la pregunta del cura. Había estado preguntándose una y otra vez lo que sentía con todo esto. ¿Odio? Entonces inhaló profundo y meneó la cabeza ―No, Marcus, no los odio. Puedo estar resentido, incluso preocupado por Rosalie, pues pese a todo siento cariño por ella y me preocupa lo que le pueda pasar.
― ¿No pudiste hablar con ella?
―Se largó fuera del país, quién sabe dónde. Pero si no lo hubiese hecho, creo que no me siento preparado para enfrentarla con este tema, y creo que ella tampoco lo estaba, de lo contrario me hubiera buscado para excusarse de lo que vi, pero no lo hizo. ―explicó, pensativo ―A cambio me dejó este sobre con los papeles del divorcio firmados y esa carta.
Marcus asintió, pensando en que el actuar de Edward había sido el correcto. Cualquier otro hombre le hubiera importado un comido lo que hacía o no su ex mujer con tal de haber firmado los papeles del divorcio con tal de ser libre para comenzar su nueva vida; también hubiera develado su secreto como venganza por la entrevista de la que él no tenía idea que no quería ni preguntar si vinculaba a su sobrina.
Edward era un buen tipo y no podía negarlo. Por dentro se alegró que a su Isabella le tocara un hombre como él, que había cometido errores pero que había sabido reconocerlos y enfrentar las consecuencias.
Y hablando de enfrentar, sabía que Edward era quien debía hacerle frente a esa situación con su ahora ex esposa. Debía ayudarla, como compensación al menos por haberla engañado.
― ¿Pero sabes que llegará el momento que tendrás que hablar con ella, verdad? ―Edward levantó la cabeza y miró al padre Marcus con atención ―Por tu propia sanidad y por la sanidad de ella. Vivieron una vida juntos, compartieron como marido y mujer, que es la forma más profunda en la que se unifican. Deben hablar, debes convencerla de pensar mejor las cosas, darse cuenta que no está actuando con sensatez. Que más que el escarnio público que sufrirá si esto se sabe, es su propia alma la que está en peligro.
Edward miró hacia una pequeña ventana de madera que daba hacia el jardín interno de la capilla, que Isabella le había comentado alguna vez visitar. Pero más que pensar en ese jardín, pensaba en Isabella y que su alma noble seguro era en parte herencia, pues apostaba que si ella estuviera al tanto de la situación le diría lo mismo que su tío, le diría que trata de interceder con el fin de hacerle bien.
―Si está en mis manos lo haré, en su momento ―asintió, inclinándose hacia adelante y tomando la carta entre sus manos ―Espero que con el tiempo pueda darse cuenta de que la decisión que ha tomado no es sensata, ni mucho menos sana.
― ¿Alguien más de su familia lo sabe? ―le preguntó a Edward mientras doblaba la carta en cuatro partes.
Edward se quedó mirando el papel entre sus manos.
―Lo dudo. Esto mataría a sus padres. Y yo no se los diré, no me atrevo a develar algo tan delicado como esto, y siento que ya no me compete. Son ellos los que deben hablar sobre esto.
―Entiendo, además ella te pidió discreción sobre el tema…
―Usted ha sido el primero y la única persona con la que hablaré de esto, porque en realidad necesitaba hacerlo con alguien que pudiera mirar desde un punto de vista objetivo y que guardara el secreto.
Entonces, volvió a mirar el papel y lo rasgó en varios pedazos, levantándose hasta la papelera para arrojar allí los restos de la carta que debelaba uno de los secretos más pesados que le había tocado cargar. El padre Marcus asintió mirando a Edward y pensó que destruir esa carta que en manos de cualquier persona indiscreta, pudiera resultar peligrosa.
―Y así lo haré, Edward, no te preocupes. Cuenta con mi total discreción.
El músico asintió y desvió su vista hacia la fotografía enmarcada de Isabella luciendo su título profesional con orgullo. Se atrevió tomarla entre sus manos y mirar el rostro en aquel entonces un poco más redondeado con su cabello algo más largo, viéndose igual de hermosa.
Ahora iba a inspirar profundo y a ver las cosas buenas, cosas que involucraban a Isabella y un futuro cercano donde ambos finalmente podrías disfrutar abiertamente de su amor, sin que nadie les apuntara con el dedo.
**oo**
Frente a un gran espejo de marco grueso de madera lacada, Esmerald se contempla mientras abotona su abrigo de algodón blanco invierno mientras repasa en su cabeza todas las actividades que debe realizar ese día.
Cuando estuvo lista, tomó el juego de llaves que había sobre la mesa del recibidor bajo el espejo junto a la puerta donde guardaba los abrigos, también su cartera y caminó hacia la puerta, abriéndola y encontrándose con James quien estaba a punto de tocar el timbre.
El hombre rubio y con su sonrisa petulante de siempre, miró a Esmerad, celebrando su suerte por haberla encontrado antes que ella se le escapara. Había llegado allí con la intención de reclamar atención de su "ama" que lo estaba ignorando, porque decía, tenía asuntos importantes que atender y que requerían de todo su tiempo y su atención.
―Vi a Rosalie en la portada de la revista ―dijo al entrar, sin ser invitado, caminando por el recibidor hasta la luminosa sala, quedándose de pie justo en el centro, obligándose Esme a seguirlo después de soltar un respiro como de quien está harta. ―La vi y me acordé de ti. Ese titular fue como darte justo en el talón de Aquiles, ¿no? Pobrecito Edward.
El tono de burla de aquella última frase enervó a Esmerald, que de rabia arrojó su cartera al sofá y lo encaró, con sus manos sobre las caderas y sus ojos llenos de algo más que reproche.
―Dime qué haces aquí y lárgate de una vez
―Vine a verte yo, pues tú me has tenido abandonado… ―el sonido ronco de su voz no provocó en lo más mínimo a Esmerald, la que mantuvo el gesto de su rostro impasible cuando él se le acercó sin tocarla pero por escasos milímetros. ―Me tienes mal acostumbrado, nena.
Con la intención de besarla, la tomó por la cintura y la pegó a su cuerpo, pero ella no estaba para perder el tiempo calmando el lívido de ese hombre que parecía no tener nada que hacer. Por lo mismo, lo empujó con fuerza por el pecho, poniendo buena distancia entre ambos, mirándolo con desprecio desde sus botas cafés y sucias, subiendo por sus jeans rotos y desteñidos, pasando por la chaqueta de cuero café sobre una camiseta oscura, fijándose en su rostro enojado producto del rechazo.
―Primero que tono, no soy tu nena. Segundo, te prohíbo que vengas aquí sin avisar o sin que yo te lo ordene ―dijo con voz firme, alto y claro, tanto que James adoptó una postura sumisa, bajando su cabeza y fijándolos en los hermosos zapatos de charol negros de Esme mientras ella hablaba ―Tengo una serie de pendientes que resolver en este momento, y no quiero que me vengas a interrumpir mis planes. Ya veré cuando tengo tiempo de ir a verte, pero eso será cuando yo lo decida.
La postura de sumiso de James duró lo que Esmerald demoró en acabar con sus demandas y decisiones, pues enseguida el hombre levantó la cabeza y estrechó sus verdes ojos, dando un paso hacia ella, muy despacio.
―Dime una cosa, ¿todavía tienes esperanza de que Edward te haga caso como no lograste que lo hiciera cuando era un chiquillo? Ahora que todo el mundo sabe que abandonó a su esposa, ¿crees que pueda siquiera plantearse la idea de…?
― ¡¿Quién te crees?! ―gritó Esme ― ¡No digas estupideces!
―Estupideces ―repitió James en tono de burla, metiéndose las manos a los bolsillos ―Soñaste desde el momento que lo conociste cuando era un niño apenas en tenerlo para ti, con esa intención te lo llevaste fuera del país, y eso no es algo que haya inventado yo, es algo que tú misma reconociste frente a mí. Edward Masen en nada menos que el recordatorio de tu fracaso como dominatrix.
Esme abría los ojos y se arrepentía de haber abierto la boca de más aquella vez cuando le contó eso a James, después de vaciar dos botellas de vino y de después de haber follado de formas novedosas y delirantes.
Y mientras los adultos discutían a voz en cuello, una niña se había quedado estática después de oír los gritos de su madre. Había salido de una carrera de su dormitorio momentos después que su madre entrara allí para avisarle que saldría un par de horas, pero que por cualquier cosa la muchacha que atendía las labores domésticas estaba en su cuarto viendo la novela de la tarde. Jane no puso problema pues estaba concentrada coloreando un dibujo que se apresuró en terminar para mostrárselo a su mami antes que saliera. Con esa intención salió de su dormitorio momentos después, pero allí había quedado, asustada, sosteniéndolo contra su pecho, y con una palabra nueva pegada en su cabeza, extraña y pegajosa: "dominatrix".
Cuando las cosas se calmaron al otro lado del pasillo donde ella estaba recluida, salió y vio a su madre que le decía algo al hombre rubio mientras le apuntaba con el dedo justo a la altura de su nariz. Entonces, el hombre que estaba de frente a ella la vio y su gesto enojado cambió por una sonrisa, girándose al instante Esme y mirándola con ojos tan grandes como dos huevos fritos.
― ¿Y esta pequeña hermosura? ―James se hizo a un lado y caminó hacia Jane, hincándose frente a ella, siempre con la sonrisa que más que relajar a la niña, la incomodó. ―Eres Jane, ¿verdad?
Esme no dejó que su hija le contestara, y se apresuró a tomarle por el brazo apartándola de James. Se sentó en el sofá y la puso frente a ella, de espaldas a James.
―Qué haces aquí, Jane ―le susurró Esme, peinándole su cabello, observando algún gesto de miedo en su rostro, pero no había nada más que la inquietud natural de una niña frente a un adulto que no conoce, pensó Esme.
La niña, olvidándose de los gritos y del invitado que la había puesto un poco nerviosa con esa sonrisa, despegó el dibujo de su pecho y se lo mostró a su mami.
―Es un dibujo de la navidad. La maestra dijo que debíamos presentar uno justo antes de salir de vacaciones para presentarlo en la Feria Escolar de Navidad ―dijo, mientras Esme miraba el dibujo en acuarela, donde se veía a un Santa disfrutando en una playa soleada, con un vaso de limonada en la mano. ―Dijo que dibujáramos algo entretenido de nuestra navidad soñada. Recordé que una vez dijiste que en una parte del mundo celebraban navidad en pleno verano, y yo te dije que me gustaría conocer ese lugar.
Esmerald miró a Jane y deseó ser una mujer buena y dedicada completamente a ella, pero su pasado y algunas costumbres que no lograba hacer a un lado parecían llamarla desde el lado oscuro.
Esa niña, a la que había adoptado en sus primeros años de matrimonio, era el único punto luminoso de su vida.
―Y lo conocerás, te lo juro ―respondió Esme, besando la frente de Jane ―Cuando regrese de hacer los trámites de los que te hablé, dibujaremos algo juntas para la feria escolar. Ya verás, los dejaremos con la boca abierta.
La niña sonrió encantada, con un montón de ideas en su cabeza para estampar en ese dibujo que haría con su madre, mientras James no había apartado la vista del tierno dialogo entre madre e hija, algo que nunca había visto y que no era común en Esmerald, no como él la conocía.
―Mami… ―susurró la niña en voz bajita, acercándose a Esme y recordando al hombre que estaba a su espalda ― ¿Y ese caballero va a quedarse aquí?
―No cariño ―dijo Esme, en voz alta, levantándose y tomando a la niña de la mano ―Él vino a dejar una carta, pero ya se iba. ¿Te parece que te lleve al cuarto de Mary, para que veas la telenovela con ella?
― ¡Sí mami! Además, ella siempre tiene chocolates en su cuarto.
James fijó sus ojos resentidos en Esme, que ahora lo había disfrazado de cartero, nada menos, y volvía a ignorarlo como siempre lo hizo.
Entonces la dueña de casa lo miró con una sonrisa tirante en los labios, apuntando con su brazo hacia la puerta de salida, por donde lo haría desaparecer con la sutileza que siempre usaba.
―te acompañamos a la puerta ―dijo, sin decir su nombre para que Jane no lo recordara después.
James inspiró profundo y se tragó la rabia por respeto a la pobre niña, decidiendo a caminar sin rechistar hacia la puerta.
Miró a Esme cuando esta tiró del pomo de la puerta justo cuando se despedía y le daba las gracias, todo esto con la niña aferrada a su mano izquierda.
―Espero volvamos a vernos pronto, señora ―y recalcando aquella última palabra, miró primero a la niña a quien guiñó un ojo para luego miró a Esme con la amenaza de una nueva visita sorpresiva si es que ella no se dignaba a visitarlo y darle lo que él quería.
Después de eso salió y solo cuando cerró la puerta con James fuera de su casa, Esmerald se sintió en paz… al menos de momento.
Llevó a la niña al dormitorio de Mary, la mujer que atendía las labores domésticas de la casa, y le pidió que se quedara con la niña mientras ella salía. Allí dejó a su hija y a la mujer, pudiendo retomar ella los planes que tenía para ese momento.
Se metió dentro de su coche y una vez allí llamó nuevamente a Rosalie, quien para su frustración tenía su teléfono apagado. Pero conseguiría dar con ella para pedirle explicaciones por haber trapeado el piso con su hijo por medio de esa entrevista.
Y ya que no había podido dar con la escritora, se comunicaría con su madre. Antonieta debía darle razones de Rosalie y de dónde estaba escondida.
―Qué tal, Esme ―saludó Antonieta cuando Esmerald le llamó a su teléfono.
―Hola Antonieta. Te llamaba porque necesito hablar con Rosalie, y su teléfono suena apagado. Además ayer fui a su casa y no había nadie…
―Pensé que Edward te lo había comentado…
― ¿Comentarme qué? ―preguntó, arrugando la frente ― ¿Acaso… acaso volvieron?
―No, nada de eso ―se apresuró en responder la madre de la escritora ―Rosalie decidió marcharse de la ciudad. Siente que no hizo las cosas bien, además que necesita pensar y concentrarse en su trabajo.
― ¡¿Cómo que se fue?! ―exclamó en voz alta, sin poder creer lo que estaba oyendo ― ¡Tiene un matrimonio que arreglar!
―Lo arregló a su manera: le firmó a Edward los papeles de divorcio antes de irse. Por eso pensé que él te lo diría.
Esme cerró los ojos y apretó el manubrio con fuerza. No podía creer que Rosalie haya sido tan estúpida para darse por vencida tan pronto. Esme la había visto decidida a insistir con Edward hasta recuperarlo, pero al parecer decidió cambiar de opinión, ¡¿Pero por qué, maldita sea?!
― ¿Esme, Esme, sigues ahí?
―Sí… perdona Antonieta, tengo que colgar ―dijo rápidamente ―volveré a comunicarme contigo.
No esperó a que Antonieta se despidiera, pues simplemente colgó porque no soportaba oír más la voz de esa mujer. Lanzó el teléfono al asiento del acompañante, rebotando este y cayendo al suelo del coche, pero a ella le importaba bien poco que el aparato hubiese caído.
Cerró los ojos y apretó ahora con ambas manos el volante, como si intentara direccionar a través del fuerte agarre del volante toda su rabia y su frustración. Era imposible de creer que desde ahora en adelante, las cosas para Edward se le fueran a dar tan fáciles con esa mujercita; pensó que Rosalie se mantendría firme en la idea de insistir, pero tal parece que esa mujer era débil y sin determinación, muy diferente a como ella había pensado que era en un comienzo, y muy diferente de cómo era ella misma, fuerte y con convicciones firmes, determinada… si ella hubiese estado en los zapatos de Rosalie, jamás hubiera dejado que algo así ocurriera, hubiera hecho que Edward pisara el suelo por donde ella pisara, hubiese hecho todo para enamorarlo a tal extremo de no querer la vida lejos de ella, y ella sin duda hubiese retribuido todo ese amor y lo hubiese tratado y amado como nunca nadie lo habría hecho jamás… pero no podía.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó lentamente el aire desde su interior, abriendo los ojos y pensando en lo que debía de hacer ahora. Ella no iba a aceptar que Edward fuera libre de vivir el capricho ese con la enfermera que se interpuso en su vida, que seguro se había acercado a su Edward para aprovecharse de él.
Entonces no le quedaba más remedio que ir y encararla, advertirle que su imagen de mosquita muerta no era creíble, al menos no con ella, y que insistiría hasta que su hijo abriera los ojos y se diera cuenta de la clase de mujer que era.
―No tuve el amor de Edward como hubiese querido… nadie será libre de tenerlo entonces ―se dijo para sí misma, antes de meter las llaves en el contacto y poner en marcha su coche hasta su siguiente destino.
Miró el mensaje que Isabella le había dejado a mediodía y sonrió con ternura. Ella no protestaba por no haberse aparecido el día anterior ni pedía explicaciones, simplemente decía que lo amaba y que estaba ahí para él. Volvió a sonreír porque tenía suerte a pesar de todo, porque la vida le había sabido recompensar pese a no ser merecedor de ninguna, porque después de preguntarse tanto si llegaría para él ese amor profundo y arrebatador del que las piezas musicales que él conocía tan bien, hablaban.
Con los hombros menos cargados y su corazón más aliviado, salió de la parroquia del padre Marcus prometiéndole volver para probar el piano. Se metió al coche y de una carrera aparcó en el estacionamiento de un centro comercial donde se encontraba una joyería en donde había acompañado alguna vez a Jasper para buscarle un regalo a su madre.
Entró al lujoso local y saludó a una de las dependientas, explicándole lo que buscaba, trayéndole ella un par de opciones para el regalo con el que quería sorprender a su chica, hasta que dio con algo que llamó su atención. Tomó entre sus manos la delicada joya y sonrió pensando que era justo para Isabella.
Salió rápido de la tienda, apurado no por otra cosa sino ver a Isabella, y a toda velocidad condujo hasta el viejo edificio donde vivía con su madre, recibiéndolo en la puerta la mismísima Alice que alzó sus oscuras cejas cuando lo vio en el umbral.
― ¡Vaya! Pero si es el músico desaparecido.
―Alice ―la saludó, inclinando su cabeza, a la vez que entraba ― ¿Has estado bien?
― ¿Lo quieres saber para ir y contárselo al hijo de puta de tu amigo? ―preguntó la muchacha, poniendo sus manos sobre las caderas, mirándolo con una mueca de desprecio en su boca.
Edward apretó los labios conteniendo la sonrisa, y simplemente levantó las manos, sin agregar nada más. Simplemente se adelantó a pasar y se encontró con su amada tendida en el sofá de la sala, media dormida… media, porque abrió los ojos cuando Edward puso un pie en la sala, incorporándose de a poco para recibirlo.
― ¿Qué haces aquí, eh? ―le preguntó él, sentándose a su lado, llevando sus manos al rostro de Isabella, que aun cargaba rastros de los golpes que le propinaron, aunque para él resulta igual de hermosa que siempre.
Alice entonces apareció, y antes de presenciar una escena romántica que no estaba dispuesta a ver, carraspeó.
―Bueno, los dejo. Regreso mañana.
―Gracias Alice ―dijo Isabella, regalándole una sonrisa, y Edward a su vez la miraba y le levantaba la mano en señal de despedida. Cuando la amiga desapareció, Edward alzó sus cejas, soltando un suspiro.
―Parece que también me odia, todo por culpa de Jasper.
―Está dolida, es todo.
― ¿Y tú? ¿También lo estás, por haberme desaparecido ayer todo el día?
―No… ―susurró Isabella, mirándose los dedos de las manos que descansaban sobre su vientre ―solo estaba preocupada.
―Lo siento, no quise hacerlo.
Entonces se le acercó y besó tiernamente los labios de su chica, en los que encontraba el consuelo que había perdido por un momento, después de todo lo ocurrido.
―Dime cómo te has sentido, ¿te duele mucho?
―No... No tanto… estoy mejor. Pero los antiinflamatorios me dan mucho sueño…
―Está bien que descanses, aunque no sé qué tan cómoda puedas estar sobre este sofá.
―Estoy cómoda, no te preocupes… mejor dime tú que ha pasado.
Por supuesto, Edward no le diría la verdad, o mejor dicho, se limitaría a contarle lo que en verdad les interesaba a ambos. Entonces sin decir nada, abrió el cierre de su chaqueta negra y desde el bolsillo interno sacó un papel blanco doblado en dos de forma vertical, entregándoselos a Isabella.
Ella arrugó la frente y los recibió dubitativa, mirando aquellos papeles y a Edward alternadamente.
― ¿Y esto?
―Velo tú misma ―la animó.
Entonces Isabella se dispuso a abrir los papeles y abrió mucho sus ojos cuando vio el título en letras grandes y negras en la parte superior del documento.
― ¿Por qué quieres que lea esto? No me corresponde, yo…
―Isabella, no voy a hacer que leas el documento, no si no quieres, simplemente busca la última página…
Y fue lo que ella hizo, llegando hasta la tercera hoja, donde tras estar de acuerdo con lo expuesto en los párrafos del contrato de divorcio, ambas partes debían firmar, pestañeando rápido cuando vio que tanto el espacio que llevaba el nombre de Edward como el de Rosalie estaban firmado. Se quedó mirando por un par de segundos más hasta que levantó los ojos y vio el rostro de Edward observándole con atención, como esperando su reacción.
―Esto… esto significa… ―comenzó a balbucear ella, mientras una emoción inexplicable llenó sus ojos de lágrimas y su corazón latía con más rapidez que de costumbre. Edward esbozó una lenta sonrisa y se acercó un poco más a ella, tomando el rostro de Isabella entre sus manos con sumo cuidado.
―Esto significa que todo está listo para que tú y yo podemos ser libres de amarnos como hemos querido hacerlo siempre ―susurró, acariciándole la mejilla ―Extraoficialmente estoy divorciado.
―Oh, por Dios…
―Hay que presentarlo en tribunales y hacer una serie de cosas de las que Carlisle y el abogado de Rosalie se encargaran de hacer, pero ya está todo listo.
―Oh Dios ―volvió a repetir ella, cubriéndose la boca.
Entonces Edward pensó que todo valía la pena con tan de haber visto esa emoción en los ojos de su amada, ese brillo que es propio de quien ama, y que a él no le había tocado ver con tanta intensidad en ella como en ese momento, como si se hubiese estado conteniendo de aceptar toda la potencia de su amor, pues ahora era libre de hacerlo.
E impulsado por esa misma emoción que sintió, fue que la besó con tanto amor que gimió de gozo en su boca, deseando poder celebrar ese hito de otra manera, quizás a solas en el apartamento que compartirían en un futuro próximo, pues ahora que podía no pensaba demorar en llevarse con él a Isabella.
―Yo pensé… yo pensé ―tartamudeó ella cuando se hubieron separado para coger aire ―pensé que iba a demorar más... incluso pensé que tú podrías haberte arrepentido y que…
―Cómo me dices eso, si lo único que he deseado desde el mismo momento en que te conocí, fue poder estar contigo, sin ninguna atadura.
―También yo lo deseé…
―Lo sé, cariño. Pero ya no tendremos que ocultarnos más, podremos ser felices como lo deseamos siempre, sin nadie que nos pueda apuntar con el dedo.
―Sí… ―y fue ella quien volvió a eliminar la distancia entre sus labios y los de Edward, besándolo con adoración y con la emoción golpeándole en las venas, pasando sus manos por el cabello sedoso del músico a quien amaba como nunca amó a nadie y con quien deseaba comenzar a vivir esa vida que tantas veces anheló en sus sueños.
Isabella, que inconscientemente se había apretado al cuerpo de Edward quien la estaba rodeando por la cintura, gimió por un movimiento que hizo y que quemó en su costado, justo en sus costillas. Edward se apartó enseguida, preocupado y un poco arrepentido por haberse dejado llevar sin ser consciente de que ella estaba aún convaleciente.
―Lo siento… ¿te duele?
―No, Edward, en este momento no me duele nada… ―respondió con su sonrisa radiante iluminándole el rostro. Al músico no le quedó de otra que sonreír, recordando que había algo más que había llevado para ella.
Volvió entonces a apartarse para meter la mano en el bolsillo de su chaqueta, desde donde sacó una pequeña cajita plateada, adornada con un lazo rojo, extendiéndoselo a Isabella.
―Traje esto para ti.
― ¿Más regalos? ―preguntó ella, recibiendo la cajita rectangular, jalando uno de los extremos del lazo que ataba la caja, entusiasmada como niña pequeña.
Sus ojos volvieron a inundarse de lágrimas cuando al quitar la tapa, vio bajo el papel de seda, un hermoso colgante de oro blanco, que llevaba un corazón y una llave. Lo sacó con cuidado y lo observó con detenimiento el hermoso regalo que Edward le había llevado.
―Has tenido mi corazón desde el primer instante que te conocí ―dijo Edward, también emocionado ―pero lo has tenido que tener a escondidas de todo mundo. Ahora, quiero que lo lleves en tu pecho y que todo el mundo lo vea, y cuando te pregunten qué significa, digas que es mi corazón y su llave, del que ya eres dueña.
Isabella no pudo sino sonreír, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, sin poder encontrar palabras certeras que expresaran lo feliz que se estaba sintiendo justo en ese momento, por lo que simplemente abrió la delicada cadena y rodeó su cuello, dejando el colgante pendiendo sobre su pecho como Edward se lo pidió.
―Gracias ―dijo finalmente, con voz entrecortada ―no sabes lo valioso que es para mí, y no lo digo por la joya, que es hermosa, lo digo por lo que simboliza. Lo cuidaré con mi vida.
―Eso espero, porque sin ti simplemente me muero ―susurró, y sin poder contenerse, otra vez besó los labios de Isabella.
Finalmente Isabella y Edward iban a dar comienzo y dejar fluir libremente el amor que desde el principio se profesaron tan solo con las miradas, en secreto. Un amor fuerte que pese a todo había sabido mantenerse, y que se mantendría en el tiempo, vinieran las tormentas que vinieran para ambos, pues cualquier cosa que pasara ahora iban a enfrentarla juntos, jurándose cada uno en su fuero interno que nada ni nadie podría separarlos.
Absolutamente nadie.
