Damas, ya estoy aquí.
Como siempre, gracias a todas por darse el tiempito de leer y comentar, ya saben que me hacen muy feliz.
Comenzamos la segunda parte de la historia, donde veremos aparecer un par de personajes nuevos... y algunos por los que estaban preguntándose. Ya veremos qué pasa.
Gracias a mis niñas colaboradoras que son parte de esta locura: Doña Maritza Maddox, Gaby Madriz y Manu de Marte. ¡Gracias!
A leer entonces mis niñas, y ya saben, nos reencontramos la próxima semana.
Capítulo 24
El chofer, salió rápidamente del Jaguar XJ L y se apresuró para abrir la puerta trasera para que descendiera su jefe, quien con un asentimiento de cabeza le agradeció el gesto, caminando con pasos tranquilos hacia la entrada de la mansión en la que vivió de forma estable hasta hace unos cuantos años atrás.
Le sonrió a la vieja ama de llave que lo recibió en la entrada y le dio la bienvenida, dejándolo pasar hasta el recibidor lujoso, donde al entrar inspiró el aroma a sándalo que flotaba en el ambiente, llevándolo hacia algún momento de su pasado.
Volvió a sonreír en dirección a la mujer que esperaba que se quitara el abrigo y los guantes negros que siempre usaba por costumbre para guardarlos en el ropero.
― ¿Tuvo usted buen viaje, señor?
―Sí, Marianne, gracias por preguntar ―dijo, entregándole los guantes y el abrigo negro―. ¿Y mi hija, está en casa?
―Sí señor. Estuvo gran parte del día en la cocina, preparando su platillo favorito para la cena. Está muy contenta por su llegada.
―Me alegro ―respondió con su voz ronca, profunda, caminando hacia el interior, oyendo desde lejos el sonido de una canción alegre, de las que precisamente su hija gustaba de oír, la misma chica que apareció corriendo mientras preguntaba por él.
― ¡¿Papá, eres tú?! ―dijo, hasta que apareció ataviada con un delantal de cocina, corriendo hacia él hasta encaramársele encima como un chimpancé, abrazándolo por el cuello, feliz de su llegada.
―Qué entusiasta recibimiento.
― ¿Y qué esperabas? ―preguntó ella, rodeándolo con las piernas y los brazos mientras él la sostenía desde la cintura y le sonreía con cariño―. Has estado saliendo y entrando de aquí, y me hizo muy feliz saber que finalmente te quedarías por una larga temporada… porque eso fue lo que me prometiste.
El reproche de Ángela hizo sonreír Aro más que avergonzarlo. Había estado entrando y saliendo de esa casa desde que regresó meses atrás, por diferentes asuntos, y había prometido en la última conversación que tuvieron vía telefónica, que finalmente tomaría un tiempo de descanso para la época navideña que estaba pronta a vivir su pleno apogeo.
Entonces por el sector del recibidor apareció Luis, el chofer de Aro Vulturi, cargando dos maletas grandes, sonriendo con discreción cuando vio aquella muestra de cariño entre su patrón y su hija. Ángela, que todavía estaba colgada de su padre, lo vio y agitó su mano hacia él, siempre sonriendo.
―Bienvenido también, Luis ―saludó la enfermera al hombre alto y canoso, chofer y mano derecha de su padre, a quien ella conocía desde que era pequeña.
El hombre le hizo un saludo militar y desapareció enfilando hacia la escala con el fin de subir el equipaje de su jefe.
―Por fin le diste un descanso a ese pobre hombre, que te sigue a todos lados como tu sombra
―Le pago para eso, mi pequeño ángel. ―Aro besó la mejilla de su hija y la dejó en el suelo. A sus casi cincuenta y cinco años y después de un largo viaje, no se sentía en condiciones de sostener a su hija como lo hacía cuando era pequeña, pese al menudo cuerpo de Ángela, que parecía nunca engordar.
La rodeó por los hombros y caminó con ella hasta la sala principal, un lugar digno de cualquier castillo o museo, pues todo allí era una obra de arte, desde los sillones hasta las lámparas, pasando por los cuadros y las esculturas que ornamentaban el lugar.
―Dianne me ha dicho que has estado cocinando, ¿acaso estás preparando una cena especial para presentarme finalmente a tu novio?
―No te apresures ―respondió ella, mordiéndose el labio― no hay nada de novios formales todavía.
―Pues aun así me gustaría conocerlo.
―Ya tendremos tiempo ―respondió, ruborizándose un poco. No solía hablar de novios ni nada por el estilo con su padre. Su única confidente en esos asuntos era Dianne, quien prácticamente la había criado.
―Entonces mejor cuéntame cuántas vidas has salvado en ese increíble trabajo que tienes.
El entusiasmo volvió a hacerse presente en el rostro de la joven, que se acomodó de costado sobre su pierna doblada, mirando a su padre, que había cruzado una pierna sobre su muslo, en una postura cómoda, relajada. Deseaba oír las historias de su hija en ese hospital, más de lo que la misma Ángela imaginaba.
―Estoy corriendo de un lado a otro, y me encanta ―comentó entusiasmada, atándose su cabello negro en una moña baja― y he conocido un montón de gente con las que he hecho una buena amistad. Siempre salimos por ahí a distenderlos, ya sabes…
―Bares, discotecas ―dijo Aro, estrechando sus ojos hacia ella—; verdaderos antros de perdición…
―Como quieras llamarlo. Y fuera de eso, me he reencontrado con viejas amistades de la universidad.
―No me digas… ―apuntó Aro, alzando sus cejas negras. Volvió a reacomodarse sobre el sofá de respaldo alto color musgo.
―Sí… ¿recuerdas por ejemplo a Alice? ¿A Isabella?
Automáticamente, Aro pasó la lengua sutilmente sobre su labio inferior, inspirando profundo al oír aquel ultimo nombre.
―Claro que las recuerdo ―respondió muy tranquilo, tamborileando los dedos sobre sus rodillas, poniéndole atención a lo que su hija le contaba con mucho entusiasmo.
― ¡Pues están trabajando en el mismo lugar que yo!
―No me digas… ―mintió con descaro, como si él no estuviera al tanto de esa información―. ¿Y cómo estuvo ese reencuentro?
―Extraño al principio, pero se ha ido relajando con el tiempo. No somos las inseparables que éramos cuando estudiábamos, pero algo es algo. Las he invitado infinidad de veces a la casa para hacer fiestas de pijama como aquel entonces, pero siempre tiene una excusa para no venir.
― ¿Y qué excusa pueden presentar?
―Alice siempre tiene algo que hacer, e Isabella dice que sencillamente prefiere ―la chica se rascó la barbilla, ausente, recordando o pensando en lo que podía hacer que aquella amiga de universidad declinara de su invitación―. Bueno, Isabella está haciendo un curso para ascender a cardiología, y además su tiempo libre lo pasa con su novio, que es todo un galán.
Imperceptiblemente, Aro apretó la mano que tenía sobre su muslo, pues esa información sí que lo había tomado por sorpresa, sorpresa que no fue nada de su agrado. Aun así, se propuso no mostrar interés evidente en Isabella frente a su hija, solo dejaría que ella hablara, pues ella sería una fluida fuente de información para él.
―Bueno, personalmente no lo conozco ―continuó diciendo Ángela, ignorando la reacción de su padre― pero lo he visto de lejos y es muy guapo. Si tuviera un novio como él, también pasaría todo el tiempo libre a su lado. Sé que es músico y que están juntos hace un par de meses, pero parece que es algo muy serio.
―Cualquier chica a tu edad, no tendría que estar pensando aún en noviazgos serio ―comentó Aro, restándole importancia, mientras jugueteaba distraídamente con una pelusa sobre su pantalón de vestir negro.
Ángela lo miró y soltó una carcajada, meneando la cabeza, incrédula a las palabras de su padre.
― ¿Olvidas cuantos años tengo? ―preguntó, divertida―. Tengo veinticinco, y no quince como sigues pensando. Hay mujeres que a mi edad que ya están casadas…
―Esas serán otras mujeres, no mi hijita, mi pequeño ángel ―dijo, acariciando con verdadera ternura la barbilla de su hija.
Dejaría el tema de conversación hasta allí, pues a partir de esa información retomaría su tarea recabar datos sobre Isabella, su Isabella y sobre quién era aquel hombre, al que seguramente tendría que hacer desaparecer de la vida de ella.
Sonrió entonces y se descruzó de piernas, palmeando con las manos sobre sus muslos antes de levantarse de un salto y desabotonarse el chaleco de tela negro que llevaba bajo la chaqueta del mismo color.
―No sé si es hora de cena, pero estoy hambriento ―Se arremangó las mangas de la camisa y puso las manos sobre su estómago―. Sabes que odio la comida de los aviones por muy primera clase que sean, y estoy deseando probar esa exquisitez que estás preparando.
―Seguro Dianne se apresuró y se adelantó, estropeando mi sorpresa, ¿verdad?
―Me dijo que había preparado mi platillo favorito, por lo que presumo que me tienes un increíble risotto, ¿verdad?
Ángela bufó y se puso de pie, pasándose las manos sobre el delantal que Dianne le obligó a ponerse para proteger su ropa.
―Quería que fuera una sorpresa ―protestó, haciendo una mueca como niña pequeña.
―Siempre me sorprendes, así que no te preocupes por eso. Ahora, vamos allá a probar ese platillo digno de cualquier chef ―la animó su padre, tendiéndole la mano que ella recibió, caminando hacia el ala derecha de la casa rumbo a la cocina donde aún se estaba preparando el famoso platillo favorito de Aro Vulturi.
**OO**
Isabella cerró su casillero con llave y enseguida puso alrededor de su cuello la bufanda granate que su madre había tejido para ella. Se miró al espejo y arregló con sus dedos su cabello castaño que había crecido un poco las últimas semanas, pensando en que antes de las fiestas navideñas visitaría la peluquería para que se lo recortaran y lo dejaran de la forma que ella se había acostumbrado a usarlo en esos últimos años.
Sonrió cuando notó el destello brillante sobre su pecho, tomando en sus dedos el dije con forma de corazón y la pequeña llave que colgaba del mismo collar, recordando la vez que Edward se lo regaló cuando hace casi cuatro semanas se recuperaba del asalto que había sufrido una noche después de cubrir uno de sus turnos en el hospital.
Ahora, ya del todo recuperada y disfrutando del amor del dueño que aquel corazón, se disponía precisamente a alcanzarlo en la sinfónica donde estaba ensayando, para ir luego con él a su apartamento y disfrutar de una buena cena hindú como se lo prometió. Pero antes, Alice había dicho que la esperara porque la acompañaría a la sinfónica. No quiso preguntar por qué, pues lo sabía. Sabía que su amiga estaba tratando de pasar de Jasper, incluso frente a las diferentes y más novedosas formas en que el dibujante le pidió perdón: colgando grandes letreros desde lo más alto de algún edificio cercano al hospital o al apartamento de Alice, desde donde se leía: "TE AMO ALICE, PERDÓNAME"; también arrendó avionetas cuyo único trabajo era sobrevolar por una hora el recinto hospitalario con un cartel con el mismo rezo de siempre —"TE AMO ALICE, PERDONAME"—; contrató los servicios de una florería que entregaba a diario ramos de flores para ella; le pidió a un amigo poeta que escribiera un pequeño libro de poemas inéditos dedicados a ella exclusivamente, y la novedad del día había sido un coro de niños que había llevado serenata para ella y que había hecho llorar a todas las personas que los oyeron… menos a Alice, que oyó a los niños cantar una romántica canción ―una de sus favoritas―, y los felicitó pero no hizo ademán de perdonar al mentor de dicha idea, quien ya se estaba dando por vencido.
Isabella bufó y negó con la cabeza, colocándose el abrigo negro, cuando precisamente su mejor amiga entró corriendo, mientras se quitaba la chaquetita, las zapatillas con la punta de los pies y los pantalones rápidamente, mirando a Isabella con un gesto de disculpa.
―Tres minutos y nos vamos.
―Oye, Alice ―se mordió el labio y jugueteó con sus dedos entrelazados― ¿en serio vas a seguir con esto adelante?
―¿Con qué cosa? ―preguntó la amiga, detrás del biombo donde se estaba cambiando de ropa. Isabella rodó los ojos y se cruzó de brazos, afirmando su espalda sobre el muro junto a la puerta―. ¿Lo dices por Bryan? Fue culpa tuya que lo conociera, por si lo olvidas…
―No fue culpa mía… ―protestó Isabella cuando Alice hizo mención del músico a quien conoció en uno de los ensayos a los que ella la acompañó.
― Edward dijo que era un buen tipo… ―añadió como explicación, como si fuera suficiente. Pero Isabella pensaba que ya era suficiente sufrimiento el que le estaba provocando a Jasper, que seguía insistiendo solamente para que Alice la escuchara.
―Jasper también lo es, y está haciendo todo para que lo perdones.
―No me importa que siga derrochando dinero y tiempo en esas cosas, no lo voy a perdona, al menos no tan fácilmente…
―¿Te vas a meter con ese chico de la sinfónica por molestar a Jasper?
―Bryan me gusta, y es el primer violín―asomó su cabeza por el lado guiñándole con picardía un ojo a su amiga―, habrá que ver si es tan diestro en otro tipo de artes, ya sabes.
―¡Dios, Alice! ―despegó su espalda del muro y caminó hasta donde su amiga estaba terminando de cambiarse―. No hagas una tontería, tú estás enamorada de Jasper, ¿por qué simplemente no te sientas a hablar con él?
―No le voy a poner las cosas tan fáciles. Ni siquiera sé si voy a perdonarlo.
―Pensé que habías encontrado finalmente a tu hombre definitivo…
Alice lanzó su chaqueta de trabajo dentro de su locker como si fuera un proyectil, y se giró para mirar a su amiga con ojos enojados, como cada vez que le pasaba cuando tocaban el tema de Jasper.
―También pensé que lo había encontrado, hasta que lo vi con una mujer sentada sobre sus piernas, restregándosele sin él poner mucha resistencia.
Isabela torció la boca y prefirió no seguir adelante con su insistencia, pese a que Jasper le había rogado que intercediera tan solo a que Alice lo escuchara, pero su amiga era terca como mula, llevada a sus ideas.
Cambiaron de tema mientras salían del recinto, Isabella comentándole del curso de capacitación al que había postulado para trabajar en el área de uci cardiológica, después que su amigo, el doctor Ananías, le había enumerado los beneficios que tendría si aceptaba, entusiasmándose ella sin poder evitarlo.
―¿Será el doctor Ananías tu jefe? ¿Está Edward de acuerdo? ―preguntó, conduciendo su coche hasta el sector donde se emplazaba el edificio de la sinfónica de Leonilde.
―Sí, Eleazar es el jefe de la UCI cardiológica y a Edward le agrada la idea, dice que confía en él ―dijo, arreglándose el cinturón de seguridad―. Además, me ha visto tan entusiasmada que terminé contagiándolo, supongo.
―Y hablando de Edward, ¿su madre ha vuelto a visitarte?
Isabella tragó grueso, porque desde que se hizo efectivo el divorcio, Esmerald Platt no dudó un segundo en visitarla, expresándole su malestar por la situación de divorcio de su hijo, culpándola a ella por entrometerse en un matrimonio que estaba tan bien cimentado. Isabella, con mucha paciencia, dejó que Esmerald le dijera todo lo que llevaba atorado: que ella no se merecía a su hijo, que ella nunca la aceptaría en la familia, que nunca podría pisar el suelo de su casa familiar, y que ella conocía tan bien a Edward, que estaba segura que eso duraría muy poco, y eso último se lo decía a modo de consejo para que no se ilusionara.
Cuando acabó, fue el turno de Isabella: lo primero que le dijo, o más bien lo primero que le recordó, fue que ella no era su madre y que por lo mismo le importaba bien poco la opinión que tuviera respecto a la relación que mantenían con Edward, pues a Edward tampoco le importaba, por lo tanto no replicaría a sus ataques gratuitos, añadiendo con voz firme y muy clara, sin darle oportunidad de verla titubeante o nerviosa, que no se atreviera a volver a visitarla, mucho menos para amenazarla ni amedrentarla, porque no tenía poder para hacerlo. Enseguida de eso, recuerda Isabella que se dio media vuelta y volvió a su trabajo, pues la mujer que se decía madre de Edward la había hecho una visita al hospital, recibiéndola Isabella en la puerta principal del recinto, mientras las personas entraban y salían.
¿Qué pensaba esa mujer, que Isabella se pondría llorar o le suplicaría perdón, encontrándole toda la razón? Pues no, no haría eso. Y claro, la forma tan indiferente con que Isabella la trató causó tal impacto en Esmerald que ni siquiera pudo responderle, pues no pensaba que se encontraría con que Isabella fuera tan segura de su misma, y eso que la enfermera se mordió la lengua para no seguir atacándola verbalmente. No valía la pena.
―Esa mujer no es su madre, y no, no ha vuelto a visitarme.
―¿La asustaste, verdad? ―preguntó Alice con picardía, sabiendo cómo se ponía su amiga cuando la provocaban.
Isabella la miró, volviendo a mirar por su ventana, alzándose de hombros.
―Simplemente le dije que no nos importaba lo que ella pensara de nuestra relación, sea como sea que se hayan dado las cosas. No es de su incumbencia.
―¡Así se habla! ―Exclamó Alice, alzando su mano izquierda, tocando la rodilla de su amiga a continuación―. Y si vuelva a aparecer, avísame para patearle el culo yo también.
―Encantada ―respondió Isabella, colocando su mano sobre la de su amiga, mirándole mientras le sonreía.
Y así como la relación con Esmerald era tan desagradable, la historia con Carlisle y con la pequeña Jane era otra cosa. La niña se había encariñado mucho con la novia de su hermano, igual que Carlisle, que desde el primer momento le había ofrecido todo su apoyo, expresándole lo feliz que se encontraba por Edward, a quien nunca había visto tan enamorado y feliz como cuando estaba con ella. Habían cenado lo cuatro unas cuentas veces en el nuevo apartamento de Carlisle y en donde Edward ahora vivía, frente a la costa de la ciudad, donde ambos pensaban comenzar a vivir cuando llegara el momento.
Las dos chicas llegaron a la sinfónica, donde un simpático portero les abrió la puerta haciéndoles una graciosa reverencia. Isabella ya lo conocía después que el mismo Edward se la presentara, indicando a la señorita que el maestro Masen se encontraba dirigiendo el ensayo en el primer escenario.
Al llegar, las muchachas se sentaron en la penúltima fila para disfrutar la última parte del ensayo que esta vez, contaba con la novedad de una solista de voz suave que completaba los sonidos de los instrumentos que Edward dirigía.
A Isabella le encantaba verlo frente a los músicos, dirigiéndolos. Le gustaba ver su entusiasmo y la pasión que ponía dirigiendo, o la forma en que se abstraía cuando estaba frente al piano, ejecutando o componiendo. Amaba la forma en que se desenvolvía en su trabajo que para Edward era mucho más que eso, era su pasión. Todos lo respetaban, era un músico destacado con mucho talento y desde la universidad fue un brillante ejecutante en su instrumento.
¡Dios, estaba tan orgullosa del hombre que amaba!
Ahogó un gritito cuando Alice le pegó con el codo, justo cuando Edward elevaba sus brazos y los dejaba caer, cerrando de forma magistral la pieza. Mientras se pasaba la mano sobre el lugar donde Alice le pegó, vio como la solista se ponía de pie y aplaudía a los músicos, acercándosele a Edward para poner una mano sobre su hombro, mirándolo como… como si quisiera lamerlo.
De repente a Isabella ya no le pareció que esa coqueta mujer cantara tan bien, y quiso correr al escenario a estrangularle las afinadas cuerdas vocales, pero no fue necesario porque el maestro, con mucha delicadeza, se apartó e ignoró sus atenciones, prestándole atención a uno de los chelistas.
Las luces del teatro se encendieron entonces y fueron conscientes que durante el ensayo no eran las únicas que estaban disfrutando de esa especie de concierto. Entonces Alice se puso de pie, justo cuando el primer violín dejó a un lado su instrumento y haciéndole una señal a Edward, bajó del escenario y se puso a correr en dirección a la enfermera, que comenzó a agitarle la mano al violinista en señal de saludo mientras él se acercaba.
―Hola, Isa ―saludó Bryan a Isabella, antes de dedicarle su atención por completo a Alice, abrazándola confianzudamente por la cintura y besando la comisura de sus labios, mientras Isa los miraba con ojos desorbitados.
Parece que las cosas entre ambos iban más adelantadas de las que ella pensaba.
Por otro lado, Edward estaba dando por terminada la jornada de ensayo e intentando quitarse de encima a la vocalista, que estaba dejándole clara sus intenciones, coqueteándole y haciéndole ojitos. Apenas la había conocido hacía un par de semanas y ni siquiera estaba seguro de cómo se llamaba. Solo quería acabar cuanto antes e ir a casa, con Isabella a comer comida hindú.
Miró entonces por sobre su hombro, y vio a su chica observando hacia donde él se encontraba, dedicándole Edward, una sonrisa torcida que supo, ella había visto muy bien pese a los metros de distancia.
―¿Es tu novia? ―preguntó la vocalista… ¿Kristy? ¿Kristel? No recordaba bien.
Edward la miró, y miró a Isabella que estaba mirando como anonadada a Bryan y a su amiga, enseguida volvió a ordenar los papeles que habían sobre el atril, mientras le respondía a la chica de cabello rojo.
—Sí, es mi chica ―respondió con orgullo, fuerte y claro.
―Qué suerte la de ella ―ronroneó la vocalista, mordiéndose el labio, cuestión que Edward ignoró, pues lo único que quería era acabar para irse con Isabella de una buena vez.
Sintió entonces el teléfono vibrar en su bolsillo, sacándolo y viendo un mensaje de Jasper que decía que estaba entrando al teatro. No le pareció extraño… aunque enseguida volvió su vista hacia atrás y vio a Alice con Bryan, el violinista que coqueteaba con ella y al instante se imaginó la catástrofe que iba a desarrollarse allí si Jasper llegaba y…
Muy tarde. Pues Jasper acababa de entrar y estaba mirando la escenita donde el violinista al parecer le contaba un buen chiste a Alice en el oído, y ella se carcajeaba con coquetería.
―Nos reunimos mañana a las nueve en punto ―dijo Edward apresuradamente, y salió disparado hacia el final de la platea central. Su amigo Jasper estaba a punto de perder los estribos.
Al llegar, besó la sien de Isabella y se acercó hasta su amigo justo cuando Alice se percataba de la presencia del dibujante. Aun así, no se apartó de los brazos de Bryan, aunque sí la vio titubear.
―Soy un maldito estúpido ―dijo Jasper, mirando a Alice y a Bryan mientras Edward lo sostenía por el pecho e Isabella lo miraba atenta a cualquier cosa que pudiera disponerse ahí, mientras Jasper respiraba pesado y su rostro estaba rojo de rabia, levantando una mano y apuntando con su dedo índice a Alice―. He hecho de todo para que siquiera me escuches, pero tú jodidamente no me has dado la posibilidad. Te haces la ofendida conmigo, siendo que no eres malditamente mejor que yo…
―Cálmate Jasper ―le pidió Edward, pero el dibujante no lo escuchaba, estaba sordo de rabia. Alice en tanto, había comenzado a morder su labio, nerviosamente.
―Soy un imbécil, cómo no me di cuenta de tu jueguito… pero ya estuvo bueno, esto lo dejo hasta aquí ―se apartó de la mano de Edward que lo sujetaba, arreglándose la solapa de su chaquetón gris con dignidad―. No voy a seguir rogándole a una mujer que no tiene ningún interés en mí.
―¡Me engañaste! ―gritó Alice como único pretexto, con sus ojos grandes llenos de lágrimas.
Jasper se río con amargura, mirando a cualquier lado menos a quien lo acusaba, ignorando la cantidad de ojos que ya estaba sobre esa discusión.
―Piensa lo que quieras ―dijo con voz ronca y decepcionada―. Te pedí que me escucharas, pero me ignoraste. Ahora es tarde… puedes seguir adelante con tu romance de turno.
Y sin añadir nada más, se dio media vuelta y salió con paso rápido y firme en dirección a la salida. Alice se quedó muda, impresionada y dolida, pues hasta ese momento se daba cuenta lo intransigente que había sido, pese a que muchos le había aconsejado que si de verdad quería a Jasper, que le diera la oportunidad de explicarse, pero ella no lo hizo. Dejaría que siguiera suplicando, hasta que ella se decidiera perdonarlo. Pero parece que ya era tarde, pues Jasper se había ido y la había dejado allí, como la villana.
―Nena, ¿quién es ese tipo? ―preguntó Bryan, que no había entendido nada de ese pequeño diálogo tan intenso.
Alice se percató que aun el muchacho la tenía sujeta por la cintura, apartándose de él como si repentinamente se sintiera incómoda en brazos de ese desconocido. Él la miró sin entender nada.
―¿Nena? ―volvió a preguntar Bryan.
―No me digas nena. No soy tu nena ―y también ella salió disparada del teatro, sin decir nada más, quedándose Bryan, Edward e Isabella sin hacer ningún comentario al respecto, hasta que Edward le habló al violinista.
―Bryan, recoge tu instrumento ―ordenó Edward al músico.
―Pero…
―Muévete, Bryan ―replicó Edward, antes lo que el muchacho obedeció sin chistar en dirección al grupo de curiosos instrumentistas que aún estaban pululando por el escenario dispuestos a obtener información de primera fuente.
Isabella, que se había quedado mirando hacia el sector por donde Alice desapareció, se sobresaltó cuando sintió dos manos tomándole la cintura, pero enseguida se relajó contra el pecho de Edward, quien dejó un beso sobre su frente.
―Eso no salió muy bien, ¿verdad? ―comentó Isabella, poniendo sus manos sobre el pecho de Edward, cubierto por una camisa celeste.
―Podría haber sido peor. ―Edward torció la boca y se alzó de hombros. Conocía a su amigo y vio lo controlado que estaba como para no haberle caído encima al violinista.
―Quizás con esto finalmente Alice le dará la oportunidad a Jasper de…
―Cuando Jasper dice "basta", difícilmente cambia de opinión. Nunca lo he visto rogarle a una mujer como lo ha hecho con Alice, y ella dañó su orgullo, lo hizo sentirse como un tonto.
―¿Crees que es tarde para ellos?
―Al menos yo puedo dar fe que Jasper ama a la loca de tu amiga, pero es orgulloso. Las cosas podrán salir bien para ambos si se dan la oportunidad.
―Es verdad… ―Isabella suspiró e hizo una mueca de disgusto al recordar la cantidad de veces que le había pedido a su amiga que le diera tan solo una oportunidad de hablar a Jasper―. ¡Y Alice es una tonta! ¡Se lo dije!
―Bueno, bueno ―acarició Edward la nariz de Isabella con la suya, llamando su atención. Enseguida dejó un casto beso sobre sus labios y se dedicó a contemplar esos ojos claros y profundos que lo habían enamorado―. ¿Tú no tienes nada que reclamarme?
Estrechó los parpados y arrugó sus labios, pensando que quizás sí había algo sobre lo cual protestar:
―La chica esa de cabello rojo, la cantante… esa que estaba a punto de lamerte…
Edward arrugó su frente y enseguida soltó una carcajada, abrazando a su amada. Las cosas entre ambos no podrían ir mejor, al menos eso era lo que él sentía.
―Anda, mujer celosa, vámonos de una vez que me muero de hambre ―se apartó y tomándola de la mano caminó con ella hacia el escenario.
―Prometiste comida hindú.
―Y es lo que te daré.
Al regresar al escenario en compañía de su chica, varios de los músicos que seguía allí saludaron a Isabella, a quien ya conocía, llevándose desde el primer momento la simpatía de todos, tratándola como si la conocieran desde hace mucho tiempo, con naturalidad, sin que Edward se los pidiera como favor.
Le preguntaron si asistirían a la fiesta que daba la sociedad cultural a la que pertenecían, adelantándose Isabella en contestar que estarían felices de ir. Edward, pese a ser solista y más tarde director, nunca había asistido a una, pero ahora era diferente, pues si a Isabella le animaba y se entusiasmaba con la idea, él no sería quien cortara dicho entusiasmo.
Una vez fuera del teatro y mientras iban camino al apartamento, Edward miró de reojo a Isabella que había sacado su teléfono y tecleaba rápidamente un mensaje, el que envió y por el que esperaba una respuesta.
― ¿A quién le escribes?
—A Alice ―respondió, bloqueando la pantalla del móvil―. ¿No piensas llamar a Jasper?
―Si se mantiene firme en lo que dijo, no va a querer compañía. Mañana me ocuparé de él ―extendió una mano y atrapó la de Isabella, llevándola consigo hasta ponerla sobre su pecho―. Mejor dime cómo estuvo tu día.
Lo primero que Isabella le contó fue sobre la penúltima etapa del proceso de selección para acceder a los cursos de perfeccionamiento para trabajar en el área de cardiología, algo que la tenía muy entusiasmada. A Edward le gustaba la idea tanto como a Isabella, pues no tendría que estar tomando turnos de noche, y las especializaciones siempre iban bien para cualquier profesional, sobre todo del área de la salud. Isabella sentía verdadero amor por su trabajo, por conocer más al respecto, que no dudaba en tomar cursos por pequeños que estos fueran y eso lo llenaba de orgullo. Era probable que si algún día ella le dijera que quería ir a curar a enfermos a África, él no dudaría en apoyarla y en acompañarla, por supuesto.
Cuando llegaron al apartamento, los recibió Noelia, la mujer que Jasper recomendó para ayudar a Edward con las labores de la casa. Ella había recibido el pedido de comida exótica que Edward había mandado a pedir para ambos, preguntándole con preocupación si eso no era demasiado fuerte para el estómago de la señorita Isabella, quien ya había ido a la cocina a echar un vistazo a dicha cena.
―No se preocupe, Noelia ―le dijo Edward, quitándose la chaqueta que la mujer recibió para guardar en su lugar―. Isabella es enfermera y sabrá qué hacer si algo nos cae mal.
―Como usted diga. Entonces me retiro y regreso mañana por la tarde.
―Muchas gracias Noelia. Y por la mañana, de una vuelta por el apartamento de Jasper, quizás él si vaya a necesitar.
―¿Penas de amor?
―Es así.
―Soy una experta en eso, para que lo vaya sabiendo.
―Gracias ―dijo él, antes de dejarla en la puerta e ir a encontrarse con Isabella en la cocina. La abrazó por detrás justo cuando ella estaba abriendo la cubierta de uno de los recipientes de comida para darle una probadita al plato.
―¡Wow! ―Exclamó, girándose en los brazos de Edward para quedar frente a él―. El sabor de este plato es muy intenso.
―Intensa en cómo me gusta a mí. ―Y entonces la besó, con la intensidad de la que había hecho alusión.
Isabella se abrazó a él por el cuello y se dejó llevar como siempre lo hacía en los brazos del músico, pensando que quizás sería buena idea dejar la cena para más tarde, sobre todo en ese momento que Edward estaba agarrando fuertemente su cintura, pegándola a su cuerpo firme sin intención de detenerse.
―Se me quitó el hambre de comida hindú… ―comentó el músico con voz ronca, cuando despegó sus labios de los de Isabella para vagar con estos por la piel de su cuello, inhalando profundo su aroma a lavanda que lo volvía loco, en todos los sentidos.
A la enfermera también se le había espantado el hambre con aquellos besos de Edward que sabían mejor que cualquier cena de primera clase, y con los que sentía era capaz de sobrevivir con ellos como su único alimento. Porque la boca de Edward era el mejor deleite que ella había vivido, sus manos vagando por su cuerpo era una experiencia que siempre le hacía vivir cosas nuevas, y cuando le hacía el amor… eso sí que era de otro mundo. La pasión y el afecto mezclado y desbordante, era la forma perfecta en que ambos cuerpos se mimetizaban en uno solo, se elevaban hasta más allá de las estrellas y explotaba en diminutas partículas, con la sensación en todo su cuerpo de nada más que no fuera Edward.
Soltó un gritito cuando él la levantó por la cintura y la sentó sobre la encimera de mármol negro en el centro de la cocina, mirándola con aquellos ojos verde pardo, en ese momento, oscurecidos de puro deseo.
―Ni siquiera te voy a hacer elegir entre la comida hindú o yo ―dijo él mientras desabotonaba con lentitud su abrigo.
Isabella, muda de deseo, lo ayudó a deshacerse de la prenda, lanzándola al suelo de linóleo blanco sin perder de vista la mirada de su amado. Enseguida tomó el dobladillo de su suéter de hilo y lo sacó por sobre la cabeza de la chica, quedando con el torso apenas cubierto por su sujetador negro y el colgante de oro blanco que él le había regalado.
―¿Voy a ser tu cena? ―susurró ella, mordiéndose el labio cuando el músico se ocupó de desabrocharles los jeans azules antes de quitarles las botas que cayeron sin ningún miramiento por ahí.
La miró y le regaló esa sonrisa torcida y sensual para volver a acercársele y morder ese delicioso labio, asintiendo enseguida a la pregunta de Isabella.
―Serás mi banquete.
―Pues no puedo esperar…
Entonces Edward no perdió mucho más tiempo y demoró pocos minutos en terminar de arrancarle los jeans a su chica y las braguitas, deshacerse de su camisa y bajarse sus pantalones arrastrando su ropa interior.
La sujetó por la cadera firmemente y la pegó a su cuerpo desnudo y ansioso de ella, besándole y mordisqueándole la piel de su cuello a la vez que ella se retorcía y jalaba su cabello o arañaba su espalda pidiendo más, pidiendo que la inundara como solo él sabía hacerlo.
Cuando Edward la penetró, ambos estaban jadeando y mirándose fijamente a los ojos, ambas orbes oscuras de deseo con la sensación de plenitud que los embargaba como si fuera la primera vez que la sentían, como si fuera de esa conexión tan profunda, no hubiese nada mejor a qué aspirar en esa vida.
No fue necesaria velas, ni música incitadora, mucho menos una cama, para ellos la cocina aquella era el escenario perfecto, sobre todo la encimera que quedaba tan perfectamente alineada para ambos en aquel festín erótico.
―Dios… cómo te amo… ―murmuró Edward con voz ronca, mientras la sujetaba por la espalda baja con una mano mientras la otra sujetaba su cabeza.
Isabella alzó la cabeza y emitió un gemido hondo y ronco, desde lo más profundo de sus entrañas, cerrando los ojos y sintiendo la dureza y la firmeza de su hombre tocándole lo más profundo y sensible de su interior.
Se sujetó a él por los hombros, hundiendo sus uñas y aferrándose a la cadera estrecha del músico para acercarlo aún más a ella, si eso era posible.
Se besaron con hambre y anhelo, sin detener a danza erótica; Isabella se echó hacia atrás, sujetándose con sus manos sobre la encimera mientras los dientes del músico jalaban su erecto y sensible pezón, deseando ella poder aullar de placer, porque lo que él le hacía sentir era lo máximo y no encontraba suficientes formas de expresar dicha plenitud.
―Edward… Edward... ¡Por Dios! ―gritó, aferrándose ahora a su cuello, moviéndose al compás del ritmo que el especialista indicaba, cerrando fuerte los ojos y apretando bien firme los dientes cuando no pudo más y sintió que la bola de fuego que se formaba en su interior, se agrandaba hasta que no fue capaz de detenerla antes de que esta estallara en mil pedazos, soltando Isabella aun grito que fue acompañado por la liberación de Edward, que se perdió en el interior de la mujer a la que adoraba, sin ser consiente ni de donde estaba, ni de la hora, ni siquiera de su nombre, pues lo único que hacía era repetir Isabella, una y otra vez.
Esa fue la primera parada de la pareja, antes de que Edward, tomara la iniciativa de alzarla sosteniéndola por las nalgas, aun metido en su interior, y caminara hasta la sala donde la sentó sobre él, y otra vez comenzaran con la segunda parte del banquete erótico allí en medio de la sala iluminada apenas por la luz tenue de las lámparas.
Sencillamente, no podían tener las manos quietas cuando estaban uno junto al otro, siempre deseando tocarse, acariciarse, como si fuera una cuestión de necesidad más que suplir una cuestión netamente sexual, ¿y acaso no se trataba de eso lo que llamaban hacer el amor?
Isabella probó por primera vez el Kabbabs de pollo con crema de castañas de cajun y un tradicional plato indio de pollo con salsa de curry y masala, además de darle una probadita al plato de Edward que se trataba de cordero magallánico en salsa de cebolla con jengibre rallado, todo acompañado con un excelente vino tinto, ambos instalados en sobre la gruesa alfombra de la sala, usando la mesita de centro como apoyo para los distintos platos que habían puesto allí.
Isabella, cruzada de piernas y vestida apenas con sus braguitas y la camisa de Edward, cerraba los ojos y exclamaba de placer por los sabores del plato que Edward pidió para ella y que nunca antes había degustado.
―Esto está delicioso ―comentó con la boca medio llena, mirando a Edward que a su vez bebía del vino que él mismo eligió para la ocasión―. ¿Es siempre parte de tu dieta este tipo de platillos?
―Va por temporadas… ―comentó dejando el vaso de vino sobre la mesita, extendiendo su mano hacia el cabello de Isabella, que acarició con verdadero amor―. Algún día te daré a probar la comida vietnamita… es toda una experiencia.
Ella lo miró y no pudo evitar sonreír y sonrojarse al mismo tiempo, porque si pensaba en experiencias, la de hace apenas unos momentos atrás sobre la barra de la cocina, encabeza su lista de "experiencias", pensando en que no podría evitar recordar la de cosas que hizo con Edward sobre esa encimera cuando entrara allí.
―Deja de pensar en eso, o dejaremos la cena hasta aquí…
Isabella lo miró con sus ojos bien abiertos, desviando su vista hacia el plato y comenzando a comer a toda carrera, mientras sentía que el rubor de sus mejillas se intensificaba. ¿Y cómo no iba a estarlo, si Edward estaba allí sentado junto a ella, con su torso desnudo, recordándole la forma en que la tomó…?
―Segunda advertencia, Isabella ―volvió a decir Edward, con su voz ronca e incitadora. Esta vez Isabella ni siquiera lo miró, se concentró en la comida y trató de pensar en cualquier otra cosa… unicornios, por ejemplo―. Mejor cuéntame cómo van los preparativos del viaje de tu madre.
Isabella se limpió la boca con la servilleta de lino y lo miró con la sonrisa que siempre ponía cada vez que hablaba de su loca madre, que no dejaba de moverse de un lado a otro, sin que su invidencia fuera un verdadero impedimento que le impidiera salir y conocer otros lugar "a su manera" como la misma Renée decía: se concentraba en los sonidos, en los aromas y sobre todo en cómo la piel se le erizaba al imaginarse los parajes que alguien más de su grupo describía para ella.
―Bueno, estará afuera siete días en un complejo turístico no lejos de aquí ―tomó su vaso de vino y bebió un poco antes de continuar― son una termas o algo así. Incluso comentaron que habría clases de yoga y deportes extremos.
―¿Deportes extremos?
—Sí. ¿No te conté que mi mamá ya saltó en bungee una vez?
―Estás bromeando…
―Para nada. A mi tío y a mi casi nos da un ataque al corazón, pero ella dijo que había sido increíble, y que lo volvería a hacer sin pensárselo dos veces.
―Dios, tu madre es increíble ―comentó Edward, totalmente sorprendido porque Renée no dejaba de sorprenderlo. Igual que su hija, por cierto―. ¿Entonces, te tendré bajo mi cuidado por siete días, eh?
―A Kal- El y a mí, no lo olvides.
―Como olvidarlo… ―comentó en un hilo de voz, recordando al reptil quien cada vez que lo veía, parecía querer comérselo. Si hubiera sido un perro, seguro ya lo hubiera mordido.
Pero no podía negarlo, le encantaba incluso la familiar disputa que mantenía con la mascota de Isabella, le gustaba esa sensación de familiaridad que rondaba a esa familia que lo había acogido tan bien. Incluso el padre Marcus había dejado de ser tan suspicaz con él, sobre todo después que le contara, como en secreto de confesión, lo ocurrido con Rosalie… Rosalie, por quien no dejaba de preguntarse dónde y cómo estaría, pese a que Tanya siempre le había saber que estaba tranquila y bien, que no debía preocuparse por ella.
―¿Y puedo saber yo ahora, en qué estás pensando?
Edward sacudió la cabeza y se la quedó mirando, haciendo a un lado a su ex esposa. Torció su boca en una sonrisa ladita y le guiñó un ojo a Isabella, quien se había vuelto a sonrojar.
―Apuesto que puedes adivinarlo…
―Eres un libidinoso, Edward ―lo reprendió, o esa fue su intención, haciendo reír a Edward.
Cuando acabaron de cenar, limpiaron los platos y los cubiertos antes de meterlos en el lavavajillas, para enseguida dirigirse al baño del cuarto principal, donde decidieron darse un relajante baño de tina.
Edward tenía a Isabella recostada sobre su pecho desnudo y mojado por el agua tibia que llenaba la bañera, pasándole perezosamente los dedos a lo largo de sus brazos desnudos, dejando de vez en cuando besos suaves sobre la piel de su cuello.
―¿Sabes que dentro de poco, no me conformaré con tenerte aquí solo de paso o por unas cuentas noches, verdad? ―Isabella suspiró y acarició la rodilla flectada del músico.
Sabía a lo que se refería, y honestamente ella también estaba ansiosa de irse a vivir allí, con él y comenzar de una vez su vida junto a Edward.
―También estoy ansiosa… solo que siento que debemos dejar pasar otro poco de tiempo. Acabas de divorciarte y…
―No pongas eso como excusa.
Isabella torció su cabeza para mirar el rostro ahora serio de Edward, acercando su boca al mentón del hombre que besó antes de contestarle.
―¿A caso no quieres disfrutar un poco de tu soltería?
―Pues no.
Isabella sonrió por la respuesta rápida y seria que Edward le dio, que sonó como a la de un ansioso niño pequeño. Entonces pensó en ponerle una fecha para comenzar a hacer planes, hablar con su madre y con su tío sobre la idea de irse a vivir juntos, y pese a que Edward no había pronunciado la palabra "matrimonio". Pero no serían la primera pareja que se fuera a convivir juntos sin estar casados, ¿verdad? Aunque podía imaginarse el rostro de su tío, que seguro no estaría nada contento con la idea, ¿y cómo iba a estarlo si era cura?
―Uhm… te propongo que hablemos con mi mamá para la cena de año nuevo, recuerda que te invitó a cenar a la casa…
―¿Año nuevo? ¡Falta casi un mes, Isabella!
―Oye, no me voy a ir a ninguna parte, solo que quiero hacer bien las cosas. Quiero venir a vivir aquí, pero me costará dejar sola a mamá en casa.
―Ella puede venir también, hay espacio suficiente.
―Edward ―se giró y lo miró seriamente, manteniendo su voz firme―. No hagas un problema de esto, por favor. También quiero estar todo el tiempo contigo, pero no podemos llegar hacer las cosas sin haberlas planeado y sin haberlas conversado al menos con la gente que es importante para mí.
―Vale… ―susurró, arrugando su frente y bajando el rostro como si estuviera avergonzado. Isabella entonces torció la boca y en un gesto tierno tomó el rostro del músico entre sus manos mojadas, acercando sus labios a los de él.
―Te amo, Edward Masen, y me tendrás viviendo a tu lado dentro de muy poco… a Kal-El y a mi ―agregó eso ultimo con picardía. Él estrechó sus ojos verde pardo hacia ella y soltó un suspiró, abrazándola y volviéndola a besar esta vez con más ahínco, profundamente.
Esa iba a ser una noche en la que Edward aprovecharía al máximo para convencer a Isabella sobre las bondades de vivir y dormir juntos cada noche. Le demostraría la de veces que le haría el amor, al anocheces y antes de comenzar el día; le prometería que cada semana la sorprendería con algún platillo típico de algún país exótico y le regalaría serenatas compuestas especialmente para ella, con el grupo sinfónico completo si ella lo quería. Pero lo más importante, le juraría de rodillas que la amaría, la adoraría y la respetaría hasta el último de sus alientos.
**oo**
En el despacho privado que mantenía en el segundo piso de su casa, Aro Vulturi bebía whiskys mientras contemplaba las luces nocturnas al otro lado del ventanal que daba al amplio jardín. Miraba la oscuridad que se cernía sobre el espacio abierto y pensaba en ella, su querida y añorada Bella, decidiendo cuales serían sus pasos a seguir para comenzar su acercamiento, para finalmente volver a persuadirla de quedarse a su lado, como debía ser. Tenía en su cabeza la clara intención de llevarla a vivir allí como ama y señora de su reino… y como su fiel sumisa, lo que siempre intentó inculcar en ella, y que según su parecer, se le daba tan bien.
"Sí, Aro… lo que tú digas, Aro… lo que tú quieras, Aro… soy tuya, Aro…"
Esbozó una pequeña sonrisa torcida al recordar que sobre el mismo y viejo escritorio le había enseñado las cosas buenas de la vida, sensaciones que la hacían perder la cabeza y rogarle por más. Recordó la sangre que fluyó entre sus muslos cuando la penetró por primera vez, entregándole ella su virginidad en ese mismo despacho, mientras "El ocaso de los Dioses" de Wagner sonaba por los altoparlantes de alta fidelidad.
―Volveré a tenerte sobre este escritorio, Bella mía… ―susurró como un juramento, antes de beberse el resto de licor que quedaba en su copa.
Oyó entonces los golpes en la puerta de roble de su privado y se giró a la vez que Luis ingresaba con su parsimonia habitual, haciendo un leve asentimiento con la cabeza, como pidiendo permiso para entrar y hablar.
―La niña acaba de marcharse, señor.
―Junta con amigos, me lo dijo.
―Y el coche de su invitada acaba de aparcar.
―Mi invitada… ―murmuró, soltando un profundo suspiro. Dejó la copa vacía sobre la mesa de roble y levantó la carpeta que había sobre ésta, abriéndola y releyendo la información que habían detallado para él los investigadores privados, cuyos vacíos lograría llenar precisamente con la información que lograra sacarle a la mujer que acababa de llegar.
―Bien. ―levantó la vista de los documentos y cerró la carpeta de cuero negro con un golpe seco, manteniéndola entre sus largos dedos―. Hazla pasar a la sala y ofrécele algo mientras me reúno con ella.
Luis asintió una vez más y se giró sobre sus talones para salir del despacho, cerrando la puerta detrás de él. Aro en tanto, se sentó al filo del escritorio, pasándole los dedos por el mentón al recordar el nombre de Elizabeth Masen. Recordaba con claridad a esa mujer de campo que había logrado sacarlo de quicio como ninguna otra mujer lo hizo. Su desfachatez y la sensualidad de la que no era consciente y que manaba de ella como un elixir para él. La forma en que lo desafió con su negativa inicial de liarse con él y la forma en que se resistió hasta último momento antes que él la tomara en una estrecha cama de una plaza, que crujía al compás de los movimientos de ambos cuerpos perdidos en la pasión.
Nunca la olvidó, Dios era testigo de eso, pero no iba a dejar su brillante futuro por un amor de paso con una campesina hermosa, y ella lo sabía, no poniendo ningún pero a su decisión.
Saber de su muerte fue algo que lo golpeó no sabe bien por qué… y saber que Esmerald había sacado a relucir su lado humanitario para hacerse cargo del hijo que ella tuvo, era algo que no le cuadraba. Hijo que no tenía claridad si era suyo también, pues si algo recordaba bien, era que Elizabeth no era virgen cuando él folló con ella, entonces la teoría de la paternidad no podía centrarse en él, pero sí que era una opción.
¿Lo sería? ¿Sería el padre de ese hombre que había crecido bajo el alero de Esmerald Platt, la invitada que ese momento estaba esperándole en la sala?
Lo averiguaría, y si confirmaba sus sospechas… no estaba seguro de lo que haría.
