Finalmente niñas.

Aquí dejo nuevo capítulo, esperando que lo disfruten.

Gracias a todas quienes siguen la historia, la leen y a quienes comentan mi sincero agradecimiento.

Gracias desde el fondo de mi corazón a Gaby Madriz por ayuda en la edición, a mi Cuchu Maritza Maddox y a doña Manu de Marte. ¡Las quiero nenas!

A leer entonces.

Besos a todas y nos leemos muy prontito.


Capítulo 26

Alice miraba de reojo a su amiga Isabella que con una sonrisita ladina tecleaba vigorosamente mensajes en su teléfono móvil, recibiendo respuestas que la hacían reírse y ponerse colorada. No había duda que se trataba de mensajería de alto calibre erótico entre el músico y ella, sintiendo una punzada de envidia en su estómago.

Bajó el rostro y con sus manos sobre su regazo, lanzo un trémulo suspiro, bajando sus hombros y pensando en el hombre que se aburrió de sus desplantes, el único hombre que en mucho tiempo había logrado calar hondo en su corazón. Y ahora, que quería acercársele, él la ignoraba… aunque una parte de ella no dejaba de recordar el momento aquel cuando vio a otra mujer sobre él en una actitud muy comprometedora.

Volvió a suspirar profundo y miró a Isabella cuando esta le tocó el brazo y con una mirada de preocupación.

― ¿Quieres que hagamos algo hoy? Ir por una copa, relajarnos un rato… ―propuso Isabella, guardando el móvil en el bolsillo de su chaqueta de trabajo.

Alice alzó sus cejas y torció la boca en un intento de sonrisa.

― ¿Tú invitándome a ir por una copa? Eso sí que es raro…

―Sé que te he dejado un poco de lado, sobre todo ahora y te pido disculpas por eso, pero quiero que recuerdes que aquí estoy para ti en cualquier momento y para cualquier cosa que necesites.

―Gracias, Isa, pero ahora no tengo ganas de salir por ahí. Quizás pida unos días y vaya a visitar a mis padres… me apetece alejarme un poco.

― ¿Y no crees que lo mejor sería enfrentar el problema de una vez?

― ¿De verdad? ―respondió Alice, arrugando su entrecejo con un poco de enojo―. Me lo dices como si no lo hubiera intentado. Jasper simplemente no responde mis llamadas, y por lo que supe, no le ha costado nada olvidarme.

―Eso no es cierto. Edward asegura que Jasper es muy bueno escondiendo lo que siente. Está herido, es cierto, pero te ama, y ese amor no se puede haber esfumado de un momento a otro. Vuelve a intentarlo así como él lo hizo, si quieres darle una oportunidad a esto, no dejes de intentarlo.

― ¿Y qué propones?

―Pues que dejes de llamarlo, que vayas a su casa o a su trabajo si es preciso. Uhm… ―se quedó pensando en algo que Edward que había dicho y se le ocurrió una idea para sorprender al herido y esquivo dibujante―. Sé que va a presentar con sus editores un adelanto de su próximo trabajo frente a la prensa. Ve allí y encáralo, no podrá negarse.

―Eso ya lo he visto en una película… ―comentó Alice, mirando a su amiga sin convencerse del todo por aquella idea. Isabella sonrió y se alzó de hombros con gesto culpable. Adoraba las películas románticas y esa idea precisamente la sacó de una de ellas―. Además, no sé sí…

― ¡Hagámoslo! Puedo pedirle a Edward que nos ayude, que consiga pases si es con acreditación, Jasper no se las negará a él. ¿Qué dices? ¿Lo llamo ahora?

―No sé…

― ¡Hay que hacerlo! ―Exclamó, volviendo a sacar su teléfono, marcando el número de Edward. Ella era feliz en el amor y quería que sus cercanos también lo fueran, por eso no dudo en darle una ayudadita a su mejor amiga.

Se pegó el teléfono al oído esperando que Edward contestara. En ese momento ya debía de haberse levantado, pues los mensajes cachondos que comenzó a enviarle esa mañana los hizo justo al despertarse, alegando que había dormido mal por su culpa y que la iba a hacer pagar precisamente sobre esa cama, con ella desnuda durante toda la noche.

Alice en tanto lo miraba rascándose el cabello, aun sin acabar de convencerse de esa idea tan loca de su amiga.

Con que no te acabas de conformar con los mensajes, ¿eh? ―dijo Edward al contestar. Su voz era ronca como de recién levantado pero su timbre era una mezcla de diversión y lujuria que provocó en Isabella un pinchazo placentero en su estómago―. ¿Quieres sexo telefónico, cariño?

― ¡No seas tonto, Edward! ―Exclamó ella, ruborizada―. ¿Recuerdas que me dijiste que Jasper tenía una presentación con la prensa o algo así?

Sí, esta mañana… ¿pero qué tiene que ver ese cretino con lo que tú y yo…?

―No tiene nada que ver, pero necesito que me ayudes con algo. Alice y yo queremos ir allí y darle una sorpresa. ¿Puedes conseguir que nos dejen entrar?

No soy parte de la editorial ni de la prensa especializada, cariño.

―Pero eres su amigo… ¡Anda Edward! Es por una buena obra…

― ¿Me recompensarás?

―De una forma que ni te imaginas…

― ¡Dios mío! ―Exclamó extasiado―. Dame diez minutos y vuelvo a llamarte.

―Gracias.

Colgaron y con sonrisa de satisfacción, Isabella miró a su amiga y chocó su hombro con el de ella, animándola a confiar y a atreverse de una buena vez a revertir su situación con Jasper, o al menos a intentarlo con la vehemencia que él lo hizo en un comienzo.

― ¿Y si me echa? O peor aún, si me reclama delante de todos…

―Oh, no se va a atrever a hacer eso, ya lo verás ―la animó Isabella, rodeándola por los hombros para darle ánimo, pero Alice que en general era espontánea y llevada a sus ideas, esta vez tenía mucho miedo.

―Tú lo das por hecho y ni siquiera sabemos si podremos entrar…

El entusiasmo por la recompensa hizo a Edward acelerar las gestiones para el plan que Isabella estaba tramando y del que él no estaba del todo enterado, intuyendo eso sí hacia donde iba: Alice sorprendería a Jasper frente a la prensa, y como era de loca le diría todo lo que tenía que decirle delante de todo el mundo y dejaría a su amigo con la boca abierta, sin saber cómo reaccionar.

Jasper no entendió muy bien para qué quería Edward los pases, pero cuando el músico mintió diciéndole que era para un par de alumnos suyos que querían conocerlo, el dibujante de comics no tuvo problemas. Lo comunicó con su editor que le dio las señas del lugar y la hora, sin problemas para que el músico entrara con sus acompañantes.

Isabella entusiasta le dio la buena noticia a su amiga, de que Edward lo había arreglado todo para que ellas pudieran ir. Que a las once de la mañana comenzaría la actividad, por lo que las recogería en el apartamento de Alice un poco antes de la hora. Tenían al menos un par de horas para correr al apartamento a tomar una ducha y cambiarse antes de ir. Y así lo hicieron.

Aunque Isabella pensó que Alice tomaría alguno de sus trajes sugerentes para la ocasión, agarró atuendos negros de su guardarropa y se vistió con ellos: jeans muy ajustados, una camiseta sin mangas, una blusa abierta sobre esta y una chaqueta de cuero. Ah, y unos muy altos y puntiagudos tacones de siete centímetros por si era necesario patearle el culo al dibujante ese.

Cuando Edward la vio, miró a Isabella con sus cejas alzadas un poco sorprendido por el atuendo tan… atemorizante que ella llevaba, por decirlo de alguna manera, con su cabello suelto sobre los hombros y sus ojos delineados con tonos oscuros.

―No digas nada, ¿está bien? ―susurró Isabella cuando salió a recibirlo, dejando un beso en sus labios. Alice pasó frente a él después de cerrar la puerta de su apartamento y se adelantó tomando la cabeza del grupo hacia el ascensor.

―Uhm… ¿están seguras de lo que van a hacer? ―Preguntó con precaución el músico mientras esperaban que las puertas del elevador se abrieran. Entonces Alice se giró y lo miró con decisión. Edward dio un paso atrás y carraspeó arreglándose la solapa de su chaqueta con una mano mientras que con la otra aferraba la mano de su chica.

―Voy a hacer que el cretino de tu amigo me escuche, y si se pone difícil le patearé el trasero ―levantó un pie para que el músico viera las armas que calzaban sus pies― y lo haré con estas maravillas.

―Lo tengo ―asintió Edward, sonriéndole. Isabella tuvo que morderse el labio porque por alguna razón aquella le causaba mucha gracia, ver a Alice tan decidida y peligrosa, causando ese efecto en Edward que no tenía nada que ver.

El músico, tratando de no llevarle la contraria a la peligrosa Alice, condujo prudente y rápidamente hacia el centro de convenciones del hotel del centro donde se desarrollaría la actividad que tenía a Jasper como atracción principal y donde mostraría un adelanto de sus "dibujitos", como Edward los llamaba.

La cuestión es que llegaron un poco tarde por un accidente que los demoró en el camino, por lo que la conferencia ya había comenzado. Un salón para unas cincuenta personas con periodistas y fanáticos del trabajo de Jasper estaban ahí oyéndolo responder las preguntas cuando ellos entraron, quedándose Isabella y Edward en la puerta de acceso, no dándose cuenta cuando Alice siguió caminando y se ubicó en las sillas de en medio sin que Jasper se diera cuenta de su aparición.

Fue cuando el editor, sentado junto al dibujante dio la palabra, cuando Alice no se conformó con ponerse de pie y decidió montarse sobre una silla. Todos la miraron como si estuviera loca, incluso Jasper que en primera instancia no sabía cómo administrar su asombro, tornándose ello en una rabia fiera que provocó que su respiración se agitara y que inconscientemente arrugara los papeles que había sobre el mesón.

― ¡Yo voy a hacer la próxima pregunta! ―Dijo Alice ya sobre la silla, con los ojos de todos los presentes sobre ella.

―No es necesario que se suba sobre la silla... ―estaba explicándole el moderador, pero ella con su actitud desafiante, se cruzó de brazos y miró despectivamente el hombre.

―Sí que lo es ―reafirmó.

Entonces miró al dibujante, quien sentado en su sitio parecía toro bufando de esa manera, cuestión que a ella no le importó. Por supuesto, todo el mundo allí está murmurando y tomando nota de todo lo que acontecía. Nunca una rueda de prensa de bajo perfil como lo era esa, había mostrado tintes tan sabrosos como se veía venir en esta.

―Adelante ―intervino el modelador― díganos su nombre y…

― ¿Puedo preguntarle al famoso dibujante de cómics, qué es lo que sabe él del amor? ―Preguntó la furiosa chica, mirando al dibujante en cuestión, quien gruñó y apretó los dientes.

¿Esa mujer lo estaba provocando, quería avergonzarlo delante de todos allí? Pues no le daría en el gusto, pensó Jasper, levantándose lentamente de su asiento, afirmando sus puños sobre la mesa, echando su cuerpo hacia adelante como fiera a punto de atacar.

El editor sentado junto a Jasper, trató de tironearlo desde el brazo para que volviera a su sitio, pero Jasper ni caso.

―Ejem, señorita, creo que se equivocó de conferencia… ―dijo el moderador, quien otra vez fue interrumpido por la respuesta del también furioso dibujante, que miraba a la chica sobre la silla como si quisiera estrangularla.

―De amor no he conocido mucho, pero últimamente parezco haber sacado un doctorado en desamor. Con lo que al amor respecta, soy un iluso, un pobre imbécil que creyó alguna vez que ese sentimiento existía para él.

En resumen, el tono del diálogo entre la chica sobre la silla y el dibujante dejaba entrever que ambos se estaban sacando en cara ciertas cuestiones personales que hubiera sido ideal hablarlas en privado, pero en ese momento ante la furia del momento, olvidaron que estaban rodeados de al menos cincuenta personas que los observaban, entre ellos Isabella y Edward que miraban atentamente como si estuvieran viendo una increíble película de acción, amor, e incluso de terror.

Alice lo apuntaba con el dedo, recordándole que había sido él quien había metido a una mujer a su casa y la había sentado sobre sus piernas para besuquearla y quién sabe qué más. Jasper miraba al cielo pidiendo clemencia, y también con voz en cuello le recordaba las veces que se arrastró y le suplicó que lo escuchara, de todas las formas en que le pidió perdón, pero ¿ella qué hizo? se buscó a otro para vengarse de él.

―¡Bonita forma de amar! ¿No te parece? ―Remató Jasper con ironía.

Entonces la ardiente ira del dibujante se heló justo cuando vio el rostro contrito y avergonzado de Alice, que lentamente se bajó de la silla.

―Esto no fue una buena idea ―susurró mirando sus zapatos, pasando entre las personas que la miraban como si fuera una criatura de otro planeta. La chica deseaba salir corriendo de allí y meterse ojalá dentro de un agujero profundo donde nadie la encontrara, pues ya nada le importaba, para ella y su amor era demasiado tarde, todo por su terquedad―. Lamento haber interrumpido.

― ¡¿O sea que te vas?! ¡¿Así de simple?! ―insistió Jasper detrás de ella―. ¿Expones toda nuestra mierda de este modo y te vas?

―Vine para obligarte a escucharme ―explicó con voz triste, apenas mirándolo, como si de pronto sintiera vergüenza― lo hice, ¿pero qué saqué? Confirmar que me sigues odiando por ser una zorra, cuando yo… cuando yo no he amado a nadie más que a ti.

Flash, el superhéroe de las historietas, se encarnó en los caros zapatos del dibujante, que eliminó en décimas de segundos a distancia entre ambos, la tomó por la cintura, la empotró contra la pared de la sala de conferencia y basó allí frente a los mirones que no daban crédito a lo que veían, y quienes al cabo de dos segundos rompieron en aplausos y vítores contra la pareja que recién en ese momento logró percatarse que no estaban solos.

Alice con su pómulos rojos y sus labios hinchados, rio como una colegiala escondiéndose en el pecho de Jasper que la abrazaba fieramente por la cintura, y quien no atinaba a nada más que a levantar la mano mientras la gente seguía aplaudiendo. Entonces paseó si vista por la sala de conferencias y vio a su amigo y a su chica parados en el umbral de la puerta, mirándolo con gesto de diversión en el rostro, levantando una de sus manos para hacerle señas.

Jasper estrechó la mirada hacia él y asintió quedadito, pensando en su venganza contra el músico… ¿o quizás tendría que darle un regalo en agradecimiento?

―Bueno, creo que hemos cumplido nuestra misión ―susurró Edward a Isabella, cuando Jasper regresó a su lugar en la mesa central, dejando a su Alice sentada en la primera fila, para reanudar su conferencia.

Isabella levantó la mirada y miró a Edward complacida, asintiendo con él. Salieron entonces comentando la locura que se había desarrollado dentro de ese salón en solo diez minutos, concordando que sin duda Alice y Jasper eran tal para cual. De cualquier modo, ambos estaban contentos por el desenlace y esperaban que la parejita pudiera arreglar sus asuntos finalmente.

La enfermera miraba por la venta recordando la anterior anécdota cuando arrugó el entrecejo al ver que Edward enfilaba el vehículo hacia el sector contrario de donde se encontraba su casa. Se giró y lo miró con el entrecejo fruncido.

― ¿Tienes que ir a algún lado? Si estabas ocupado me hubiese dicho, hubiera tomado un taxi…

―Vamos por mi gratificación ―respondió serio, mirando hacia el frente.

Isabella abrió los ojos y la boca, sin poder creérselo. Aunque la idea, debía reconocer, no le parecía del todo mala.

― ¿Tu qué?

―Prometiste una cuantiosa recompensa si te ayudaba con la loca de tu amiga, y fue lo que hice ―dijo, señalizando hacia la derecha, tomando la autopista que llevaba hasta el departamento de la playa―. Ahora quiero lo que me corresponde.

― ¡¿Ahora?! —Exclamó la enfermera―. Edward, debo ir a casa, mi mamá se va de viaje y…

El músico levantó la mano izquierda para detener a la parlanchina novia suya. Él ya tenía todo calculado.

―Se va de viaje a las cuatro, no nos atrasaremos ―seguía hablando con tono bajo, áspero, provocador―. Pondré una alarma para no pasarnos de esa hora.

Isabella mordió su labio y agitó la cabeza. Suspiró y estiró la mano hasta tocar el hombro del músico, tratando de aplacarlo con tono suave.

―Cariño voy a darte todo lo que quieras pero desde esta tarde…

―Oh, sí que lo harás ―la miró de reojo y se reacomodó en su asiento― pero quiero mi gratificación. Ahora.

Isabella rodó los ojos y se cruzó de brazos, otra vez intentando esconder su risita, mordiéndose el carrillo de la boca.

― ¡Eres como un niño, Edward! ―Exclamó, cruzándose de brazos y desviando sus ojos hacia su ventanilla. Edward la miró y lanzó una carcajada divertida.

―No te hagas la molesta, porque te provoca igual que a mí.

Ella intentó esconder su risita pero ni pudo, pues Edward tenía razón. Eso sí, lo hizo prometer que cubrirían todos los compromisos que tenían para esa tarde: ir a despedir a Renée al terminal de buses y acompañar a su tío Marcus a la iglesia para ver el ensayo del coro de niños que estaba preparándose para una presentación de navidad, donde utilizarían el piano a tubos que había sido refaccionado por gente de la sinfónica. Todo eso haría con tal de tener a Isabella para él y sin que nadie los molestara.

Isabella entró al apartamento corriendo y riéndose a carcajadas, mientras Edward la correteaba con tal de darle alcance. La enfermera estaba tratando de hacerlo entrara en razón de que mejor la dejara ir a casa, mientras ponía el sofá de la sala como escudo entre ella y el músico, este último negando con la cabeza, decidido a no claudicar.

― ¡¿A caso no tienes trabajo que hacer?! ―preguntaba ella, corriendo ahora a refugiarse tras el piano de cola que habían logrado meter allí.

Él levantó una ceja y se quitó la chaqueta, lanzándola sobre el sofá antes de seguir a su escurridiza enfermera.

―Lo tengo, y ahora mismo está siendo muy escurridizo.

Edward hizo un movimiento en falso y la despistó, dándole alcance finalmente, envolviéndola por la cintura mientras las carcajadas de la chica resonaban en el amplio apartamento, risas que fueron extinguiéndose a medida que él la provocaba con sus labios y con sus manos, susurrándole al oído sobre todo aquello que iba a hacerle como parte de su gratificación.

Lo primero que hizo fue quitarle la ropa y lanzarla sin miramientos a cualquier lugar: primero su abrigo, luego su suéter de cuello alto de color lila de angora, pasando la punta de sus dedos por el sostén de encaje blanco, deslizándolos por su estómago plano hasta el botón de su pantalón que soltó, levantando sus ojos de pupilas dilatadas hacia la mirada ansiosa y excitada de Isabella, que respiraba trabajosamente por la boca.

―Te voy a tomar contra la pared ―susurró, bajándole la cremallera, deslizando el pantalón por la cinturilla, muy lentamente, inclinándose y pasando la punta de su nariz por el dorso suave del cuerpo de la enfermera, que gimió sin reparos al sentir la boca de Edward justo sobre el pubis cubierto por la tanga que ella deseaba arrancársela a tirones.

Edward le hizo levantar los pies, uno a la vez, para descalzarla de sus botines y quitarle los pantalones, los que lanzó hacia atrás, cayendo estos olvidados sobre el piso de la sala y como el resto de la ropa de la enfermera, la que aferrada al muro detrás de ella alzaba la cabeza y con los ojos cerrados se concentraba en las manos del músico que se paseaban por sus piernas desnudas y sobre todo en su boca, que besaba y mordisqueaba suave como si quisiera devorársela.

Lanzó un grito cuando él puso las manos en sus nalgas y las apretó a la vez que sus dientes jalaban la tanguita húmeda, lencería que se las tuvo que ver con las ansias del músico cuando las destruyó para darse libre acceso a la entrepierna de la muchacha, que devoró con su boca.

Isabella llegó a su primer orgasmo del día justo de esa manera, gritando el nombre de Edward, jadeando y gimiendo sin control, pudiendo haber caído al piso si el músico no se hubiera apresurado en levantarse y tomarla por la cintura para seguir con su trabajito.

―Tu ropa… ―dijo ella, jadeante, envolviendo a Edward con los brazos por el cuello y con las piernas alrededor de sus caderas―. Sigues llevando tu ropa…

―Cariño, si me quito la ropa ―susurró sobre sus labio, provocándola ahora con el dedo índice hundiéndolo en su vagina acuosa― no saldríamos de aquí en todo el día.

Isabella levantó la cabeza y gimió diciendo algo ininteligible. Edward sonrió maliciosamente y quitó su dedo, oyéndose las protestas de la enfermera.

―Edward, por favor…

―Calma, mi amor… ―Empotrada contra la pared, con una mano la sujetaba por la nalga y con la otra se desabrochaba la hebilla del cinturón y los botones del pantalón, justo para aflojarlo y liberar su miembro, el que hundió sin más dentro de Isabella.

Ambos soltaron un suspiro cuando sintieron la conexión, así como ambos gimieron sin control cuando Edward empezó a moverse, adentro y afuera, con movimientos decididos mientras su boca no dejaba la de Isabella quien estaba completamente perdida en las destrezas del hombre a quien amaba y a quien le rogaba por más, y por más, hasta que no pudo soportar el fuego que le quemaba las entrañas y que se extendía por cada terminación de su cuerpo, consiente únicamente de Edward, repitiendo una y otra vez su nombre, hasta que le fue imposible soportar más y aferrada a sus hombros firmes, gritó su orgasmo segura de que algún vecino había sido capaz de oírla, u oírlo a él que la siguió segundos después alcanzando su propia liberación.

Ni siquiera Edward fue capaz de mantenerse en pie, buscando soporte en el suelo, con la chica sentada sobre él, semidesnuda, apenas con el sujetador y el colgante que él le regaló y que siempre llevaba consigo.

― ¿Estás conforme con la paga de tu trabajito? ―murmuró Isabella después de un rato, con su cabeza afirmada contra el hombro de su amado.

Edward meneó la cabeza, pasando distraídamente su mano por la espalda suave de su chica.

―Ni por asomo, pero me tomará tiempo, así que tendré que dosificar la paga por mis servicios.

―Oh, Dios ―exclamó ella, largándose a reirá, contagiándolo a él―. Si es así como vas a cobrarme los favores, he de pedírtelos más seguido.

―Estoy para servirla, señorita Isabella.

Después de que ambos recobraran el aliento y antes que la tentación fuera demasiada, se vistieron ―debiendo Isabella tomar bragas nuevas del cajón con ropa que manejaba allí― y enfilaron hacia el apartamento de Renée, donde Edward la dejó prometiendo regresar a tiempo para llevar a su madre al terminal de bus.

Isabella en tanto ayudaba a su mamá a meter lo último dentro de la valija que llevaría al viaje, todos los detalles de la reconciliación entre Alice y Jasper, prometiendo Isa que buscaría en los periódicos por si aparecía algo sobre la aparición de esa loca miaga suya en la rueda de prensa del connotado dibujante de comics.

―Debe haber sido muy romántico ―comentó Renée, envolviéndose el cuello con una pañoleta que su hija eligió para ella.

Isa sonrió recordando el momento.

―Fue increíble.

Edward llegó a la hora indicada y ayudó a Renée guiándola hacia la calle tomada de su brazo, arrastrando con la mano desocupada la maleta, mientras Isabella iba unos pasos adelante hablando por teléfono con su amiga Alice.

― ¿Cuidará de mi niña y su iguana durante estos días? ―Preguntó ella al músico, que no demoró en contestar sin dudarlo.

―Seré como un ángel guardián, Renée. Despreocúpese y disfrute su viaje, que su hija estará en buenas manos.

―Mi hija y su iguana ―recordó ella, golpeando el brazo del músico, el que rodó los ojos ante el recordatorio.

―Y Kal-El por supuesto.

Había planeado todo perfectamente para esos días, desde el mismo momento en que el bus de Renée tomara su rumbo desde la terminal con su grupo de amigas. Edward desocupó su agenda e Isabella pidió algunos días libres que le correspondían y que debía tomar antes de perderlos. Iban a aprovechar todo ese tiempo para estar juntos y sería perfecto.

Cumpliendo su promesa, Isabella y Edward fueron a la iglesia donde se encontraron en pleno al coro ensayando los típicos villancicos navideños en conjunto de las notas del piano que estaba siendo ejecutado por un novato de la sinfónica que Edward recomendó y que estaba encantado. Marcus estaba ansioso en que alguien de la talla profesional de Edward diera su parecer a ese grupo de niños cantores tan amateur que parecía estar poniendo su mejor esfuerzo en aquel ensayo.

― ¡¿Y?! ―Preguntó el sacerdote sentado junto a Edward en la primera banca de la iglesia, justo cuando acabó la última canción.

―Bueno ―dijo Edward― no soy experto en coros, pero creo que son muy entonados todos, aunque si se hiciera una buena medición de tonos se aprovecharía mejor y habría más variedad… uhm, no sonaría tan plano, a eso me refiero.

Marcus asintió pensativo.

― ¿Y quién puede ayudarnos en eso?

―El mismo pianista. Él sabe cómo hacerlo.

El cura se puso de pie de un salto, entusiasmado.

―Pues vamos a hablar con él. Debemos impresionar, además vienen visitas importante ―agarró al maestro del brazo y lo empujó hacia el sector donde estaba el pianista, pidiéndole a Edward que le explicara en términos técnicos lo que le había querido decir hace un momento.

Isabella en tanto, estaba asombrada mirando el piano de tubos tan extraño que por cierto Edward no se resistió a tocar.

Cuando acabaron con ese compromiso, cubrieron el primer plan que tenían delineado para esos días que pasarían juntos. Lo primero que hicieron tras llegar al apartamento de la playa, fue comer comida china y abrir la laptop de Edward y comprar regalos de navidad. Lo habían decidido así porque no perderían el tiempo en los centros comerciales que en esas fechas estaban atestados de gente. Además el internet era más expedito y cómodo, de otro modo no podrían estar sentados en la sala, con los pies descalzos sobre la mesa de centro y comiendo las delicias de la comida china.

― ¿De verdad vas a regalarle a Jane una violonchelo? ―le preguntó Isabella al ver que Edward navegaba en una página donde vendían instrumentos musicales.

―Voy a regalarle el mejor violonchelo para principiantes que se haya fabricado ―dijo, buscando las características adecuadas para el instrumento que buscaba. Isabella rodó los ojos y se acomodó, sabiendo que el maestro iba a tomarse su tiempo en encontrar el regalo.

Y por la noche no se dedicaron a otra cosa, sino a amarse. Y no se trataba solo de sexo sino de una conexión mucho más profunda que iba más allá de los placeres del cuerpo.

―No dejas de asombrarme… ―murmuró Edward, besando la piel del hombro desnudo de la enfermera, que recostada contra su pecho recobraba el aliento que él insistía en robarle cada vez.

―Por qué lo dices.

―Debería saber a qué debo atenerme cada vez que te tengo, cada vez que te hago el amor, pero las sensaciones son siempre… diferentes, sorpresivas, y cada vez más intensas. Y no hablo solo del placer que siente mi cuerpo…

―Sé de lo que hablas… ―admitió con voz tranquila―. El amor se manifiesta cada vez de diferente forma entre nosotros, aquí dentro del pecho ―dijo, poniéndose la mano en el centro de su pecho desnudo.

Deseaba encontrar palabras precisas que describieran lo que sentía cada vez que él se dedicaba a amarla de esa forma, aunque debería tener una fuente de recursos literarios amplia, pues como había dicho Edward, cada vez era diferente, cobrando siempre más intensidad.

Edward la instó a que se girara y se sentara sobre él. Adoraba mirarle el rostro y esos ojos luminosos cada vez que entraba en ella, como en ese momento, habiendo dejado la luz del dormitorio encendida. No requerían de la oscuridad ni la intimidad que la poca luz pudiera surtir para amarse bien.

―Adoro la forma en que me amas, Edward ―murmuró sobre sus labios, tomándolo por ambos lados de su rostro anguloso―. No me atrevo a pensar lo que sería de mi si es que tu no…

―No pienses en eso, te lo prohíbo ―la cortó él―. De cualquier forma, en cualquier momento íbamos a encontrarnos, lo sé.

Y la besó, reafirmando sus palabras mientras comenzaba a moverse dentro de ella, provocando la deliciosa fricción de su carne deslizándose dentro de ella, llenándola, completándola. Así, una y otra vez hasta que cayeron dormidos envueltos en los brazos del otro.

A la mañana siguiente, Carlisle apareció en el apartamento en compañía de Jane. Desayunaron juntos antes que el abogado tuviera que dejarlos para ir a su despacho.

―Me pilló por sorpresa la llamada de Esme ―le comentó Carlisle a Edward cuando este lo acompañó a la puerta―. No me explicó donde era que iba, pero necesitaba que me quedara con Jane que precisamente hoy no tiene clases. No podía decirle que no, a pesar de que mi día hoy será una completa locura. Lamento si les agüé los planes a Isabella y a ti.

―No digas eso. Saldremos de paseo con Jane aprovechando el buen día y la llevaremos a tu despacho a la hora que digas.

―A eso de las tres sería perfecto ―dijo, abotonándose el abrigo―. Gracias, hijo.

―No hay problema ―aseguró y despidió a Carlisle antes de regresar con las damas.

Volvió hasta la sala, donde el pez dentro de su pecera era la atracción para la niña y la enfermera, que miraban como el animalito nadaba en su tan estrecho hábitat.

―Entonces, señoritas, ¿ya pensaron en lo que quieren hacer?

― ¡Síp! ―Exclamó la niña, alzando sus brazos―. Iremos a alimentar a Kal-El, después daremos un paseo por el zoológico, y almorzaremos comida chatarra.

―Vaya, tienen todo planeado ―dijo en tono divertido, mirándola a una y a la otra, desviando su mirada a la pecera redonda sobre la mesa―. Por cierto, ¿no es esa pecera muy pequeña para ese inofensivo animalito?

―También lo creo… ―concordó Isabella.

― ¿Podemos ver algo más grande para él? ―Le preguntó la niña a su hermano, poniendo esos ojos de corderito. El músico estrechó sus ojos hacia ella y luego hacia Isabella, la que hacia causa común con la niña.

―Ya veremos.

Después de visitar a Kal-El y darle de comer, enfilaron hacia el zoológico donde varios como ellos habían llegado a visitar a los osos panda recién nacidos que se habían convertido en la atracción del momento.

En un momento, Edward tuvo que apartarse para coger una llamada telefónica, las miró desde delos y otra vez el tema de la paternidad vino hasta su cabeza. La manera en que Isabella y Jane interactuaban hacía que su deseo de tener un hijo con ella se reafirmara aún más en él, porque eso era lo que quería, tener algo que fuera parte de ambos, algo que los uniera irremediablemente incluso más que un compromiso sellado por el matrimonio.

Sonrió con ternura cuando mientras le hablaba, Isabella peinaba el cabello de Jane y le sonreía. Suspiró y pensó que para él no habría nada mejor, volviendo a sonreír al recordar el dialogo que había tenido con Carlisle hace unos días atrás, cuando él lo sorprendió con el tema de los hijos.

Durante el almuerzo, Jane cotorreó sobre sus clases de violoncelo y sobre lo feliz que se sintió cuando su mamá le comentó que se había reunido con el profesor Laurent para coordinar los horarios de las clases, que serían dos veces por semana.

―Mamá dice que puedo ser tan buena como Edward.

—Tú serás mucho mejor que Edward ―comentó Isabella, llevándose un pellizco del músico en la cadera mientras estaban sentados en la mesa del restaurante que en su menú no tenía muchos alimentos de la pirámide saludable.

― ¿Crees que pueda tocar pronto en el grupo del profesor?

―Tendrás que tener paciencia, Jane ―explicó Edward―. Las primeras semanas serán teóricas. Tendrás que tomar clases de teoría y solfeo y eso lleva tiempo.

―Voy a aprender y me irás a ver a mi primer concierto.

―Voy a estar en la primera fila del teatro cuando eso pase, te lo juro ―prometió Edward con su voz emocionada. Isabella lo miró y alargó su mano para tomar la de su músico, sonriendo y diciéndole con la mirada que ella estaría sentada justo a su lado.

Después del postre ―un helado de dos pisos bañado en chocolate― llevaron a la niña al despacho de Carlisle, quien ya había atendido todos los pendientes y estaba listo para llevar a pasear a su hija. Se despidieron y la pareja enfiló hacia el sector del apartamento, ocurriéndosele a Edward una idea cuando vio el sol resplandecer en aquella ciudad donde era habitual la lluvia y las nubes.

― ¡Donde me llevas! ―preguntó la enfermera, que tomada de la mano de Edward lo seguía camino hasta la playa.

―Eres muy poco observadora, ¿no? ―se burló Edward, bajando hasta la arena blanca de la playa―. Nunca hemos dado un paseo por la orilla, ¿no se te antoja?

―Claro que sí ―respondió la chica, abrazándose al torso de él.

Mientras caminaban por la orilla con lentitud de quien tiene todo el tiempo del mundo, mientras hablaban de una cosa y otra, algunas triviales y otras realmente importantes, como lo era Jane estando bajo la tutela de Esmerald.

―No me gusta… ―admitió el músico, mirando hacia el horizonte― antes estaba tranquilo porque Carlisle estaba allí, pero ahora.

― ¿No confías en ella?

―Ni un poco.

―Tendrías que hablar con Carlisle.

Edward hizo una mueca de disgusto.

―Dios, no puedo hacer eso. Me preguntaría por qué mi insistencia, y yo no tendría excusas válidas. Además, él ahora está viviendo solo, se la pasa todo el día fuera del apartamento y quizás sería complicado para él hacerse cargo de la niña justo ahora.

― ¿Y si tú hablas con Esmerald? Si tú se lo pies quizás acceda a darle la custodia a Carlisle.

Hablar con Esmerald para accediera sería usar amenazas, no podía pensarlo de otra manera. Además, Jane amaba a su madre y ya se había tenido que acostumbrar a que su padre no viviera más en casa, quizás era demasiado pronto para provocar otro cambio, viendo a su madre solo unos cuantos días a la semana… en eso meditaba Edward mientras suspiraba pensando en cuál sería la mejor solución.

―Bueno, ya veré lo que hago respecto a eso ―puntualizó Edward, dejando el tema hasta allí.

Se detuvo y se paró frente a Isabella, sosteniendo el rostro de la chica entre sus manos, acariciando su cabello corto y oscuro que se movía con la brisa del viento marino. Sus pómulos estaban sonrojados y la hacían verse relajada y adorable, con el semblante tranquilo y en paz como a él le gustaba.

― ¿Qué? ―preguntó ella al ver los ojos de Edward luminosos divagar por su rostro. Él sonrió y acercó sus labios a los de ella, besándola muy suavemente. Ella se acercó y lo rodeó por el cuello, intensificando el beso.

No necesitaban decirse nada, las miradas, la forma en cómo se acariciaban, cómo se besaban parecía decir todo por ellos, sobre todo en esos momentos tan pacíficos que habían perseguido durante tanto tiempo, durante todo el tiempo que tuvieron que esconderse sin aquella libertad de poder salir y pasear de la mano sin el miedo a que alguien los descubriera.

La pareja se quedó contemplando la postal romántica del atardecer frente al mar, decidiendo regresar al edificio del que se habían alejado al menos dos kilómetros. Además, el estómago de Isabella estaba gruñendo a pesar de haber devorado una buena cantidad de comida chatarra, por lo que no demoraron más tiempo en regresar, caminando tomados de la mano mientras ella le contaba alguna divertida situación de la que ambos venían riéndose, cuando en la entrada del edificio vieron a una pareja de tortolitos que al verlos, levantaron la mano y la sacudieron con entusiasmo en señal de saludo.

― ¿Lo que hay sobre la cabeza de Jasper son corazones? ―preguntó Isabella en broma, uniéndose Edward a las risas de Isabella por su propia broma.

― ¡Maestro! ―exclamó Jasper, con una sonrisa en el rostro como hace tiempo no se le veía. A su lado y fuertemente aferrada a su mano estaba Alice, también sonriente.

Ambas parejas se saludaron y subieron hasta el apartamento, con la intención de pasar una velada juntos, los cuatro, como pocas veces antes compartieron.

Edward y Jasper dejaron a las chicas en la sala y se dispusieron a ponerse manos a la obra en la cocina. Y mientras ellas se ponían al día, o más bien mientras Alice la ponía al día con todo lo ocurrido con Jasper después de la conferencia, el músico y el dibujante hicieron lo propio en la cocina, mientras bebían una copa de vino blanco.

―Te veo muy sonriente, eh ―comentó Edward, sacando un buen trozo de carne del refrigerador. Jasper asintió, afirmado sobre la encimera de la cocina.

―Me siento… ―miró el vaso de vino, buscando la palabra. Cuando la halló, sonrió alzando su copa ― ¡Exultante! Esa es la palabra.

Edward lo miró, meneando la cabeza y uniéndose a él en el brindis propuesto por el dibujante, chocando su copa con la suya.

― ¿Fue idea tuya llevarla a la conferencia?

―Honestamente, no ―comentó Edward, poniendo el trozo de carne sobre una tabla de picar, en lo que Jasper sacaba de los estantes un won y vertía sobre él un chorro de aceite. ―Fue idea de Isabella. A mí jamás se me hubiera ocurrido.

―Mi agente estaba hiperventilado, dice que aparecí en todos los portales de noticias por el escándalo con Alice ―comentó, sosteniendo su sonrisa en los labios y con su tono de buen humor.

― ¿Quiere decir que eres parte noticia en la prensa rosa?

―Eso parece ―respondió, soltando una carcajada a la que Edward no pudo evitar unírsele. Su amigo estaba de buen humor y ese estado de ánimo era contagioso. Además, él mismo estaba en un muy buen momento donde todo parecía sonreírle.

Jasper sacó cebollas, papas y zanahorias y empezó a trabajar en una improvisada pero nutritivo acompañamiento a base de verduras para la carne que el maestro Masen se disponía a preparar. Mientras tanto, Jasper relató sin mucho detalle, lo que había sido la reconciliación, del duro golpe en el rostro que Alice le había propinado por el asunto de la loca María y él por cierto volvió a pedirle perdón, asumiendo que debería haberla detenido, pero le explicó cómo era esa mujer y le juró por las canas tinturadas de su madre que nunca más iba a permitirlo, porque la amaba y no deseaba que ninguna otra mujer fuera de ella, se restregara contra él.

―Eres muy romántico, Jasper ―comentó Edward irónicamente, vigilando la carne.

―No eres el único artista aquí, maestro.

Desde la sala se oyó un fuerte estallido de carcajadas precisamente de las damas. Edward y Jasper se miraron, dejando por un segundo el trabajo de chef para ir a ver qué sucedía en la sala.

Ambas mujeres cuchicheaban entre sí y mientras lo hacían, sostenían un vaso de coctel con el contenido rojo dentro de este. Edward supo enseguida de lo que se trataba.

―Isabella se ha hecho una admiradora de los Cosmopolitan últimamente ―dijo, mirándolas desde la puerta de la cocina, con Jasper asomando la cabeza sobre su hombro.

―Ya veo…

Después de haber probado aquella dulce bebida alcohólica, había buscado en YouTube cómo se preparaba y había comprado ella misma lo necesario para intentarlo, llegando a encontrar el punto del sabor de aquel coctel luego de cuatro o cinco intentos que la dejaron un poco mareada. Después de eso, tenía las medidas en la cabeza y siempre que pasaba la noche allí se preparaba una porción para disfrutar de la velada.

―Bueno, será mejor que nos apuremos, o esos cocteles se multiplicarán…

—Y no queremos nenas borrachas en tu apartamento, lo tengo ―terminó Jasper la frase, regresando ambos hombres a la cocina para acabar con el trabajo.

Todo estaba donde tenía que estar, eso sentía Edward y lo pensaba mientras después de un rato la cena estuvo lista y veía como su mujer, su mejor amiga y su amigo se reían, felices de la vida. Él nunca sintió esa sensación de confort de la forma tan arraigada como la sentía en ese momento. No vivía con el pesar de estar viviendo una vida ajena sobre sus hombros, sentía que estaba viviendo justamente la vida que él quería, con las personas que quería, disfrutando de todo el tiempo necesario, sin apuros, porque había tiempo.

Sin evitarlo, sonreía al mirar a la mujer que amaba y a quien podría no haber tenido si las circunstancias se hubieran dado de otra manera. Sabía que una sombra del pasado seguía merodeando alrededor de ellos, pero se sentía listo y seguro para afrontar cualquier cosa con tal de salvaguardad la integridad de Isabella, incluso poniendo en riesgo su propia vida si era necesario.

― ¿Será que brindamos? ―dijo Jasper levantando su copa de vino, uniéndoseles las tres personas restantes en la mesa, bajo la luz blanca de la lámpara en forma de araña que se sostenía sobre sus cabezas.

― ¿Y por qué vamos a brindar? ―preguntó Alice, tomando Edward la palabra, justo a la vez que tomaba la mano de Isabella que estaba sentada a su lado.

―Brindemos porque estamos donde queremos estar y con quien queremos estar; brindemos porque somos felices por ello.

El "salud" sonó al unísono después que el maestro dijera aquellas tan cortas pero sentidas palabras, que reflejaban más allá de lo que él mismo estaba sintiendo.

Miró hacia su derecha y vio a Isabella contemplándolo con una sonrisa llena de orgullo, y con aquellos ojos claros que le gritaban cuanto lo amaba, de la misma forma que los suyos le gritaban a ella lo perdidamente enamorado que él estaba.

Cenaron hablando de planes y bromeando acerca de Alice comprando un vestido de novia y lanzándole el lazo al cuello al pobre Jasper que llegó a atragantarse con la comida.

Definitivamente fue una larga noche para estas parejas que se quedaron hablando y brindando hasta pasada la medianoche, con el ánimo exultante, como había dicho Jasper. Y es que no podía ser de otra manera, el amor estaba haciendo de las suyas, afatándose, empoderándose, el amor del que hasta hace algún tiempo estos cuatro amigos sabían tan poco.