Mis niñas lindas, paso súper rápido a dejarles el capítulo. Espero les guste.

Mil gracias por los comentarios, y la buena onda como siempre. Las quiero mucho!

Gracias a mi super Gaby Madriz, a Maritza Maddox y Manu de Marte por ser un gran equipo y apoyo para mi. ¡Las adoro nenas!

Ahora a leer, señorita... y disfruten de los corazones, los arcoiris y las flores porque la otra semana empieza a llover... ejem...

Besos y abrazos!


Capítulo 27.

Tendida boca abajo sobre la cama de plumón lila y abrazada a la almohada que usaba Edward, Isabella suspiraba totalmente relajada mientras que su amado paseaba sus labios perezosamente a través de su espalda desnuda. Sonreía cuando el músico sacaba los dientes y mordía su piel, haciéndole cosquillas.

La noche anterior habían cenado con sus amigos, celebrando la reconciliación de ambos. Ellos se habían ido muy tarde y con las copas de más prefirieron llamar a un taxi, quedando el músico y la enfermera en casa, igual de mareados después de tantos brindis, tanto así que apenas alcanzaron a llegar a la cama, quedándose dormidos profundamente sobre esta.

Pero Edward quería su dosis de Isabella, la que le correspondía y la que no había tenido la noche anterior, por eso cuando despertaron, o más bien cuando él la despertó, lo hizo besando la curva de su cuello, colando sus manos bajo la ropa que no habían llegado a quitarse la noche anterior. Por supuesto, Isabella no tuvo reparos y aceptó encantada la manera en que Edward tuvo el placer de despertarla.

Disfrutaban de hacer el amor tanto como disfrutaban esos momentos posteriores, en que ambos estaban relajados después de haberlo entregado todo, después de haberse entregado por completo el uno al otro.

―Creo que debemos dignarnos a movernos de una vez ―murmuró él, siempre con sus labios sobre la piel suave de la espalda desnuda de Isabella, la que suspiró complacida, aferrándose aún más a la almohada, inhalando el perfume de Edward que quedó impregnado allí.

― ¿No nos podemos quedar? ―murmuró ella, con los ojos cerrados.

Edward se acomodó junto a ella y la envolvió por la espalda, acomodándola a su cuerpo. Ella lo hizo, soltando la almohada y dejando sus manos sobre los brazos fuertes que la rodeaban.

―El día está despejado y es perfecto para los planes que tengo hechos ―dijo él, con su rostro sobre el hombro de la chica, mirando fijo hacia la ventana donde hace rato se dejaba ver la luminosidad del día.

― ¿Tienes planes hechos, sin consultarme? ―reprendió ella en tono de broma. Él besó su cuello antes de responder.

―Es una sorpresa. ¿No se te antoja acompañarme?

―Por supuesto que sí —dijo Isabella, girando su cara para encontrar sus labios con los de Edward. Él se resistió a tomarla por segunda vez en esa mañana pues perderían mucho tiempo, aunque una ducha juntos ahorraría tiempo y quizás…

Tomaron la ducha juntos, demorándose un poco más de la cuenta. Fue el primero en salir del cuarto de baño para preparar todo lo indicado para su sorpresa, mientras ella acababa de lavarse el pelo, secarse y vestirse. Cuando Estuvo lista, se reunió con Edward quien vestido con jeans desgastados y una camiseta gris clara salía de la cocina cargando canasta para picnic.

― ¿Y eso? ―preguntó ella, indicando la cesta de comida que el músico dejó en el suelo.

―Esto es algo rápido que preparé para nuestro día de campo.

― ¿Día de campo? ―repitió ella, sorprendida y entusiasmada.

―Te llevaré allí donde nací, donde viví con mi abuelo ―le indicó Edward, acercándose hasta ella. Con jeans negros y una blusa deportiva roja bajo una chaqueta azul marino, Isabella estaba lista y totalmente dispuesta para ir a aquel lugar que sin duda deseaba conocer. ―No queda lejos de aquí.

― ¡Pues vamos entonces! ―exclamó Isabella.

Edward tomó la canasta e Isabella una manta de colores marrón y blanco entre sus brazos, bajaron hasta el estacionamiento donde tras montarse sobre el coche, emprendieron camino por la autopista sur hacia el sector cordillerano, mientras Isabella contaba chistes fomes riéndose Edward de cualquier modo. Tararearon una canción alegre que sonó por la emisora que iba dispuesta en la radio del auto, bromeando Edward sobre la buena elección que había sido la enfermería como trabajo porque con el canto no hubiese tenido futuro, comentario que le hizo recibir un potente golpe en el brazo derecho por la ofendida dama.

El coche se desvió de la carretera principal y se adentró por un camino estrecho de gravilla flanqueado por altos álamos, cuyo camino los fue acercando hasta el destino al que Edward estaba ansioso de llegar. Apenas desvió los ojos cuando pasaron por fuera de la casona patronal blanca, con tejados rojos y muchas ventanas. El jardín se veía descuidado, se alcanzó a percatar Isabella cuando se quedó mirando la casona cuando pasaron por allí.

Desvió sus ojos de la ventana y se mordió el labio, reteniendo su pregunta cuando vio el rostro tenso de Edward al pasar por allí. Entonces se arrepintió de preguntar, no quería arruinar el ánimo de Edward por su curiosidad. Por un momento se olvidó de la divina naturaleza que los rodeaba y sintió pena porque ese solo lugar albergaba recuerdos felices y tristes para Edward, y ella nada más quería verlo feliz.

―Ey ―la llamó Edward, extendiendo su mano hacia las de ella, que estaba retorciendo sin querer sobre sus piernas.

Isabella sacudió la cabeza y lo miró, pestañeando rápido.

― ¿Uhm?

―Qué sucede, a dónde te fuiste…

―A… a ningún lado. No pasa nada ―susurró, sonriéndole sin llegar a convencer al músico, quien tras suspirar, detuvo el coche a un costado del camino. Se giró hacia ella y tomó su rostro entre las manos.

―Dime qué sucede, por qué de pronto estás preocupada, retorciendo tus dedos.

―No pasa nada, de verdad.

―Isabella ―le dijo con tono de advertencia. Ella cerró los ojos y suspiró, volviendo a abrirlos para encontrarse con los ojos del músico puestos sobre ella, a la espera de una respuesta. No tenía caso escondérselo.

―La casona por la que pasamos hace un rato… es muy grande y seguro era hermosa. Es una lástima que esté así de descuidada.

―Es la casa patronal. Pertenece a la familia de Esmerald, y apenas vienen por aquí, por lo que sé.

―Vi que te pusiste tenso al pasar por allí, no quería que te disgustaras.

―No pasa nada, cariño. Ahora mismo nada podría arruinar mi día ―le dijo, recobrando su sonrisa y el gesto relajado en las facciones de su hermoso rostro. Entonces ella relajó sus hombros y le sonrió, dándole un beso en los labios, antes que el músico regresara a la carretera.

― ¿Y falta mucho?

―Solo un par de metros.

El vehículo quedó aparcado al otro lado de un pequeño puente de madera que pasaba por sobre un escaso riachuelo que rodeaba un claro amplio, ahora lleno de flores silvestres y pasto verde, pero que hace años albergaba el que fuera la casita donde nació Edward.

―Justo ahí ―indicó Edward con su mano hacia un sector del prado ―Justo ahí estaba la casita.

Caminó siguiendo la imagen de sus recuerdos hacia ese lugar, volviendo a recordar la pequeña casita de madera, que apenas contaba con lo básico para vivir. Recordaba la puerta de madera que había que cerrar con dificultad, o la ventana que siempre se abría en las noches de ventolera. La leñera donde su abuelo guardaba los troncos y sus herramientas, y el corral donde criaban gallinas y el gallo viejo que no los dejaba dormir. Recordó a su oveja que él solía pasear como si fuera un perro, y sobre todo recordaba los paseos interminables que daba con su abuelo, quien le enseñó a distinguir los sonidos que lo llevaron desde muy pequeño a albergar en la música su gran vía de escape.

Isabella no quiso interrumpir los recuerdos de Edward, que parece lo habían absorbido por la forma en que miraba su entorno, esbozando una pequeña sonrisa, hasta que después de unos minutos la buscó por la mirada, encontrándola a un par de metros lejos de él. Le extendió la mano para invitarla a acercarse, cuestión que Isabella hizo casi corriendo, abrazándose a él mientras disfrutaba del hermoso entorno.

― ¿Sabes lo que recuerdo? ―le preguntó Edward, dándole un beso sobre la cabeza ―Cuando trajeron el piano. Cuando mi abuelo regresaba de algún lugar o me llamaba a lo lejos, lo hacía silbando de una manera en particular.

Recuerdo que ese día yo estaba en casa haciendo tareas, y oí el silbido de mi viejo. Salí rápido de la casa, con el lápiz en la mano, y lo vi a él y a dos personas más atravesando ese mismo puente, con el piano a cuestas. ¡Dios! Mi abuelo me dijo que parecía un bacalao: abría y cerraba la boca sin poder creerme lo que estaba viendo.

― ¿Ya sabías tocar?

―Había aprendido en un teclado eléctrico que había en la escuela. Día por medio me quedaba practicando al menos dos horas… pero definitivamente un piano, un verdadero piano y en mi propia casa, es algo que solo estaba en mi imaginación.

―Tu abuelo… debe haber sido una persona maravillosa.

―Te hubiera adorado, eso no me cabe duda.

―Como dije, debe haber sido un hombre maravilloso.

—Descarada ―la besó, rodeándole por la cintura, con ella rodeándole con los brazos alrededor del cuello, disfrutando de la leve brisa del viento y el canto de las aves. ―Anda, enfermera, vamos por la manta y la comida, que me muero de hambre.

Sentados sobre la manta, comiendo emparedados de atún con mayonesa y bebiendo jugo natural de naranja ―el favorito de Isabella―, Edward rememoró en voz alta momentos como cuando a los cinco años, subió a la copa de un árbol en busca de un nido, aterrizando en el suelo con el nido y los huevos que él había subido a rescatar.

―"Están ahí por un motivo, Edward" me dijo mientras me ponía una toalla mojada sobre la cabeza donde me golpeé al caer. ―Contó, mirando hacia donde estaba el dichoso árbol ―Me preguntó si no había pensado en la mamá pájaro cuando fuera hasta allí y no los encontrara, de lo triste que se pondría. Así que me volví a encaramar para dejar el nido en su lugar…

Cerró los ojos cortando el recuerdo repentinamente, largándose a reír con mezcla de dulzura y vergüenza. Isabella lo miró, contagiada por las risas, y le empujó por el hombro.

― ¿Por qué te ríes?

―Porque volvía a aterrizar contra el suelo. Me fracturé un hombro, recuerdo. Me la pasaba cayendo, rasguñándome las rodillas y los codos, pero me daba igual, era muy feliz.

― ¿Tienes mas recuerdos de él? ¿Anécdotas?

―Dios, claro que sí… solo que no quiero aburrirte…

― ¡Oh, claro que no! Cuéntame más, quiero saber.

―Bueno, hay un recuerdo que viene a mí cada vez que subo al escenario, ya sea dirigiendo o tras el piano: puedo ver claramente el rostro empapado en lágrimas de mi abuelo la primera vez que me presenté como solista. Fue el primero que se levantó a aplaudir cuando acabé el concierto, y cuando lo llevaron a los bastidores, se abrazó a mí y lloró como un niño. No paraba de decir que estaba orgulloso de mí y de cómo había visto su sueño hecho realidad.

―Me lo puedo imaginar

Se quedaron en silencio cómodo por un momento, con Edward otra vez sumido en sus recuerdos más dulces mientras hacía girar el líquido naranja dentro del botellín, distraídamente. Pero ahí estaba otra vez la insistente curiosidad de Isabella que se moría por salir a flote. "No, Isabella, no preguntes nada que pueda aguar el estado de ánimo de Edward…"

― ¡Oye, te vas a hacer daño! ―exclamó Edward cuando la vio machacar con una cuchilla la manzana roja que tenía entre las manos. Se le acercó y se las quitó de las manos y la miró con preocupación ―En qué estás pensando, por qué tienes esa cara…

―Nada… estaba pensando en… lo que me dijiste.

―Si las historias que voy a contarte van a hacer que termines haciéndote una herida con el cuchillo…

―No, no, lo siento. Adoro que me hayas traído a este lugar, que estés compartiendo conmigo todas estas cosas.

― ¿Y con quien otra persona compartiría yo todo esto? Por eso, dime qué te preocupa.

―Nada, de verdad, solo que… me preguntaba acerca de cómo llego a aparecer Esmerald en la vida de ustedes, y cómo tu abuelo nunca se dio cuenta de… cuáles eran sus intenciones, o por qué regresaste tan sorpresivamente después de haberte ido de viaje con ella.

―Yo espero que nunca lo haya averiguado, porque me partiría el alma

― Pero él no era tonto… me refiero a que oía tu voz cuando lo llamabas, estabas triste y él te conocía mejor que nadie. Además, te confió a una mujer que de pronto te dejó regresar aun siendo menor de edad, ¿cómo es que no le pareció al menos raro?

―No lo sé. La verdad es que en aquel entonces, sentí tanto alivio de volver a mi hogar, lejos de Esmerald, que no me importó nada. Me preocupé de recuperar el tiempo perdido, de ponerme en marcha con mis estudios, tanto así que convencí a mi abuelo de irnos del campo, así yo estaría más cerca de la escuela de música, y más lejos de Esmerald. Nunca me preguntó nada, nunca preguntó qué era lo que había pasado, simplemente él parecía estar tan aliviado como yo de verme volver.

― ¿Murió tranquilo? Perdona la pregunta, pero en la mirada se les puede ver si se despiden de este mundo en paz o cargan alguna deuda...

―Qué filosófica es mi chica ―bromeó, torciendo su boca antes de darle un suave beso a la enfermera sonrojada. ―Estuve con él cuando expiró y puedo asegurar que se fue de este mundo en plena paz, sobre todo viéndome a mí, aunque lamentaba no haber cuidado mejor de mi madre.

―Pero su enfermedad no fue su culpa, en el campo la atención médica es más limitada.

―No sé si lo decía puntualmente por la enfermedad que la llevó a la muerte, o por su prematuro embarazo. Imagínate, joven, sin estudios, que seguro había sido seducida por algún hombre…

― ¿Nunca te preguntaste por quien era él? ¿Tu padre biológico, me refiero?

―No. Cuando fui un niño quizás me picó el bicho de la curiosidad, pero… nunca me interesó. Mi única figura paterna fue mi abuelo.

―A mí me pasó lo mismo ―comentó Isabella, dejándose caer de espalda contra la manta que habían extendido sobre la hierba del campo. Se quedó con sus ojos fijos mirando hacia el cielo celeste y algunas nubes blancas que rondaban sobre ella. ―Creo que fue una historia dolorosa para mi madre, así que nunca se lo pregunté. Mi tío Marcus hizo un buen trabajo, nunca tuve la necesidad de un padre, además mi madre supo suplir muy bien ambos roles. ¡Es la mejor mamá del mundo!

Edward inspiró al verla hablar con tanto orgullo de su madre, y sin pensarlo verbalizó la pregunta que nació de él tan natural y que tenía mucho que ver con ambos.

― ¿Y tú, como te ves de madre? ―le preguntó, poniendo una mano sobre el vientre plano de la enfermera, a quien parece se le habían escapado los colores del rostro, arrepintiéndose Edward al instante de ser tan impertinente.

Se le acercó y con cuidado puso su cuerpo sobre el de ella, sujetando el peso de este con los antebrazos, a los costados del cuerpo de Isabella, que parecía estar esquivando su mirada.

―Oye, no me rehúyas… habla conmigo de tus miedos, cualquiera sean estos.

―Bueno… ―admitió en un susurró casi inaudible, como si le avergonzara ―me aterra la idea de ser madre… además, no creo ser merecedora del regalo de la maternidad, no cuando antes…

―Las cosas fueron diferentes. Estabas desesperada

―No es excusa. Tendría que haber olvidado todo, tendría que haberme importado más el bebé que… lo demás. Pero pensé en mí, por eso intenté suicidarme, deseando llevarme conmigo ese bebé que no tenía la culpa de nada…

―Es suficiente ―se levantó para sentarse sobre la manta, tirándola contra él, envolviéndola contra su pecho con ambos brazos alrededor de su cintura. ―Perdona por haberte recordado eso que pasó, pero creo que es sano que lo hables, que lo hablemos, sobre todo cuando tenemos la intención de hacer planes a futuro, hijos incluidos.

―No quiero que te avergüences de mí.

― ¿Y cómo podría? Veo cómo tratas a mi hermana, que ha sido la única cercanía que he tenido con niños, pues antes ni siquiera lo pensé. Pero ahora, es diferente, tanto para ti como para mi… nos merecemos eso, nos merecemos concebir hijos y amarlos. Nos merecemos ser felices.

―Y quiero serlo, quiero todo lo que la vida pueda darme, contigo. Pero a veces pienso en todo lo pasado, en lo estúpida que fui, en lo fácil que me dejé llevar...

—Apenas estabas descubriendo cosas y te dejaste guiar por alguien que abusó de tu ingenuidad, que supo tocar los botones adecuados para que cedieras. No tienes por qué avergonzarte, ¿lo entiendes? Ni mucho menos tener miedo, porque ya no estás sola, nunca más.

― ¡Dios, Edward! Todos los días de mi vida voy a darle gracias Dios por haberte encontrado, y cuando llegue el momento, me esforzaré por ser la mejor madre que puedan tener tus hijos… nuestros hijos.

―Es lo único que quiero ―murmuró, tomando el rostro de Isabella y besándolo profundamente, inclinándola poco a poco hasta que ella quedó de regreso con su espalda sobre la manta. ―Ahora, deja de provocarme y dame de comer. No querrás que alguien nos vea en actos íntimos, ¿verdad?

Ella me mordió el labio y lo empujó contra el pecho, apartándolo de ella. Edward se carcajeó y la ayudó a incorporarse, sacando platos y cubiertos, dos copas para el vino blanco que acompañaría la comida que el músico dispuso para la ocasión: pastas blancas frías, con trozos de queso, albahaca, tomate cherri, arvejas y unas gotas de aceite de oliva. Había fruta de varios tipos que servirían de postre y en un termo el infaltable café que Edward bebía sagradamente después de cada comida.

— ¿Me puedes decir cuándo preparaste todo esto? ―preguntó ella, mirando maravillada su plato. Él alzó las cejas, y probó la comida que Isabella había puesto en su plato, bebiendo de su copa de vino blanco.

―Ayer se me ocurrió la idea, y le pedí a Noelia que se encargara.

― ¿Y si la lluvia nos hubiera aguado los planes?

―Ahora mismo tendríamos un picnic en la sala del apartamento, desnudos por supuesto.

Isabella bebió del vino blanco, mirando al músico por entre sus cejas quien a su vez le dedicaba una mirada tentadora.

Hablaron y cada uno recordó parajes de su niñez, la mayoría cuestiones que los hicieron carcajearse de la risa, como cuando Edward intentaba montar a su oveja como si fuera un poni, o cuando Isabella se comió una araña con tal de no perder una apuesta con sus amiguitos del barrio, esto cuando tenía seis o siete años.

Edward le ofreció dar un paseo a los alrededores del prado, donde recordaba había un huerto de manzanos que recién estaban floreciendo. Isabella suspiró, deseando haber podido probar del fruto de aquel árbol, pero Edward le prometió volver a llevarla cuando fuera el tiempo.

―Cuando fuimos a Galvarino con mis colegas del hospital, siempre me tomaba el tiempo de recorrer los campos. Era tan pacífico y yo en ese momento necesitaba tanto de esa tranquilidad para pensar…

―Recuerdo esas semanas ―dijo Edward, levantando las manos de la enfermera que iba entrelazada a la suya, la que besó firmemente. Isabella había aceptado ese viaje en el momento en que decidió apartarse de él, hasta que las cosas con su ahora ex mujer se solucionaran. ―Me pareció realmente una eternidad.

―Bueno, habrá momentos en que por trabajo, o tú o yo nos tengamos que ausentar, viajar fuera de la ciudad. ¿No tienes que salir con los muchachos en enero?

―Sí, la primera semana. Pero serán dos o tres días, lo justo y necesario, apenas lo que puedo aguantar lejos de ti.

Isabella se apartó, mirándolo y parpadeando rápido, poniendo las manos sobre su pecho, elevando la comisura de sus labios en una sonrisita.

― ¡Eres tan, tan dulce, que me llega a dar dolor de muelas! ―dijo, y se echó a correr por entre los árboles de manzanas. Entonces el músico negó con la cabeza y salió persiguiéndola.

― ¡Espera que te agarre y verás lo dulce que puedo llegar a ser!

Salió corriendo detrás de ella, logrando alcanzarla unos metros más allá, tomándola por la cintura y levantándola entre sus brazos, riéndose a coro con ella después que soltara un gritito de sorpresa, llevándola hasta uno de los arboles más viejos, donde la arrinconó contra el grueso tronco, donde sin soltarla la besó profunda e intensamente bajo la sombra de las ramas.

Nunca había compartido ese lugar con nadie más y haberlo hecho con ella le pareció la mejor idea que se le pudo ocurrir. En ese lugar rodeado de naturaleza había tanto de él, tanta alegría y tanto dolor que debelaba su interior y se sentía solo dispuesto a mostrárselo a Isabella.

Siguieron paseando y jugueteando por los prados aledaños, hasta que les pareció bien volver, pues él seguía teniendo sorpresas para su enfermera.

― ¿Más todavía? ―preguntó Isabella, afirmándose contra la parte trasera del coche después que él guardara la canasta con los restos del picnic y la manta. Él asintió en silencio y se acercó acariciando el mentón de la chica antes de darle un casto beso y llevarla al puesto del copiloto.

―Nos vamos de copas esta noche. Abrieron un bar en la terraza de un hotel del centro, así que iremos a ver qué tal. ¿No tienes problemas con ello, verdad? Alice y Jasper irán también, aunque tu amiga me recordó que no te gustan mucho los bares y…

―Contigo es diferente ―lo cortó, poniendo sus dedos sobre la boca del músico.

―Pongámonos en marcha entonces. Tendremos tiempo de descansar un rato antes de salir ―dijo, mirando el cielo y viendo que ya la tarde estaba avanzada y pronto comenzaría anochecer.

Isabella abrió la puerta y miró a Edward con sus ojos claros entornados, haciendo una mueca de burla.

―Descansar… sí, claro.

Edward rodeó el coche con una sonrisa en los labios manteniendo el buen ánimo y la alegría de haber pasado aquella tarde juntos, mismo ánimo que se mantuvo el resto del camino hasta llegar al apartamento donde lo de descansar quedó descartado, pues tuvieron la idea de ducharse juntos.

Se desvistieron el uno al otro, entre miraditas coqueta y sonrisitas, sin poder Edward estarse con las manos quietas cuando se trataba del cuerpo de la mujer que amaba, olvidándose del agua caliente de la ducha que corría llenando el ambiente con vapor, mientras él empotraba a Isabella contra la pared y le hacía el amor allí con tanta ansiedad que ella tuvo deseos de llorar del placer puro y duro que el músico le proporcionaba, en esa postura ya usada por ellos antes y que parecía pulirse con el tiempo.

Isabella jadeaba sin poder hilar coherentemente las palabras mientras él la penetraba profundo con estocadas profundas, mientras con una mano la sujetaba por el cuello y por la otra apretujaba una de sus nalgas, mientras que ella tensaba sus piernas alrededor de la cadera de Edward y son sus manos le jalaba el cabello, le arañaba la espalda o apretaba sus fuertes hombros. Cerraba los ojos y se concentraba en las sensaciones, deseando poder morderlo o lamer cada gota de sudor de su cuerpo delgado y atlético.

Sus bocas estaban unidas en un beso feroz cuando el orgasmo arrasó con Isabella después que suplicara a Edward de ir más rápido y más profundo. Sentía como su interior se fusionaba a la carne del hombre convirtiéndose en uno, sintiéndolo en cada célula de su cuerpo, desde la punta de su cabello hasta sus uñas. No podía pensar en nada más que no fuera él, no sabía de mundo ni de nada, solo sabía a quién le pertenecía.

―Nunca antes fui consciente que se podía amar de esta manera… ―susurró él, aun sosteniéndola contra la pared, mirando el rostro relajado de su amada quien no podía abrir los ojos todavía. Aun flotaba sobre la nube orgásmica, gentileza de Edward.

Él sonrió cuando ella murmuró algo que no alcanzó a entender, recordando lo que habían dejado pendiente antes de él ceder a sus provocaciones.

―Vamos a la ducha.

―Mis piernas… lanas... ―dijo Isabella, tragando grueso. Edward torció la boca y acarició sus labios con la punta de sus dedos y el parpado inferior de sus ojos invitando a abriros para él, accediendo ella con esos ojos claros que a él lo cautivaron desde el primer momento.

― ¿Qué decías? ―preguntó, divertido ―No te entiendo.

―No me sueltes. Siento mis piernas como dos tiras de lana, no sé si pueda sostenerme…

―Ni loco te suelto ―aseguró, antes de salir con cuidado de su interior y llevarla en brazos dentro de la ducha caliente, metiéndose a la vez bajo el grueso chorro de agua que cayó sobre ellos.

Él estaba pasándole a Isabella la esponja por la espalda mientras ella se pasaba las manos con jabón a lo largo de sus brazos cuando recordó que esa mañana ambos habían compartido esa misma práctica.

―Hasta antes de conocerte, no sabía que las duchas podían ser tan entretenidas.

―Entretenidas ―repitió él, acercando sus dientes hasta el hombro desnudo y mojado de la enfermera, el que mordisqueó haciéndola chillar. ―Las artes culinarias tampoco se nos dan mal. Lo hemos pasado bien sobre la encimera también, ¿lo olvidas?

― ¿Olvidarlo? ¿Estás loco?

Se carcajearon a la vez y se animaron a terminar con la ducha y salir de una vez de allí antes de no poder hacerlo. Tenían planes y debían de cumplirlos, además Alice y Jasper iban a estar esperando por ellos.

Aprovechando la tarde cálida, Isabella sobre su conjunto de lencería oscura que contrastaba con su piel clara, se puso un vestido de tirantes negro, corto, con detalles en pedrería en la zona del busto, y que se ajustaba perfectamente a su menudo cuerpo. Sonrió, pues cuando se lo compró, pensó que no tendría oportunidad de usarlo, pero con Edward seguro tendría que renovar su escaso guardarropa para estar a la altura cuando tuviera que acompañarlo.

Se pasó, ambas manos por el cabello corto y brillante, alcanzando el lápiz labial rojo que era el detalle que le estaba faltando. En eso la encontró Edward cuando entró al dormitorio y se quedó de pie contemplándola con admiración, suspirando como un bobo.

―Dios, qué suerte tengo ―murmuró recostándose sobre el quicio de la puerta, sin quitarle los ojos de encima.

Ella lo miró de reojo y sonrió con picardía, prestando atención a su reflejo en el espejo.

―Sí que la tienes.

―Tendré que llevar el espray pimienta si quiero evitar tener problemas esta noche ―dijo, acercándose hasta la mesita de noche.

Isabella lo miró por el espejo y negó con la cabeza, no pudiendo imaginarse a Edward envuelto en una pelea de chicos. Se quedó viendo su espalda ancha cubierta por la camisa negra metida dentro de los vaqueros del mismo color que le sentaban tan bien.

―Tienes un buen trasero… ―murmuró con voz demasiado audible, avergonzándose al instante, sobre todo cuando Edward se giró sobre sus talones y la miró con ojos desmesuradamente abiertos como si dicho comentario lo hubiera dejado pasmado, aunque en sus labios bailaba una sonrisa llena de diversión.

― ¿Qué dijiste? ―preguntó, aun con la nota de incredulidad y jovialidad en sus palabras, que de igual modo provocaron que ella se pusiera roja cual tomate.

―No dije nada, figuraciones tuyas.

Edward sin poder contenerse más, soltó una fuerte carcajada y se acercó hasta ella rodeándola por detrás. Ella miró la punta de sus pies descalzos y de a poco fue uniéndose a él en esa risa contagiosa que adoraba oír.

Salieron del apartamento cuando Jasper llamó a su amigo diciéndole que estaban en camino, reuniéndose ambas parejas en la puerta del hotel.

Brindaron con vino blanco y pidieron una tabla de sushi para que a las damas no se les fuera el vino a la cabeza como el día anterior y comentaron sobre lo animado que estaba el nuevo local, propiedad de un amigo de Jasper, que en un momento de la noche se acercó a saludar y a darles la bienvenida. Isabella tuvo que morderse la lengua cuando la descarada acompañante del dueño se acercó a Edward y le puso la mano sobre el brazo, enseñándole su desagradable escote. El músico sonreía tenso y asentía de vez en cuando a la vez que ella no dejaba de parlotear sobre lo fanática que era de ir al teatro sinfónico y de las muchas veces que había visto presentaciones bajo su dirección. Se reía coqueta y pestañeaba rápidamente moviendo sus cejas postizas, ignorándola a ella deliberadamente, esmerándose por ser el centro de atención del músico mientras su acompañante charlaba distendidamente con Jasper, ignorándola.

― ¿Por qué estás gruñendo? ―le preguntó Alice acercándose a su oído para hacerse oír sobre la música fuerte, situación que la desquiciante mujer estaba aprovechando para acercarse más de la cuenta al músico.

Alice siguió la mirada de reojo que dio su amiga hacia la descarada y torció la boca en un gesto de asco.

―No vamos a dejar que tetas postizas nos agüe la noche ―anunció Alice, tironeando a su amiga hasta la barra, con los ojos de Edward y Jasper sobre ellas, preguntándose ambos a dónde iban.

Había un escenario bajo y pequeño donde un hombre animaba a la gente a seguir la canciones y desenvolver su arte vocal al son del karaoke, atreviéndose solo personas que no se les daba muy bien cantar, aun así siendo aclamadas por los comensales que rodeaban el escenario. Entonces a Alice se le ocurrió una brillante idea… que a Isabella le causó pánico en vez de entusiasmo.

― ¡Vamos a cantar!

―Oh, no…

―Oh, sí.

―Ve tú y yo me quedo…

―No, iremos las dos. Punto.

Isabella quiso hacer un agujero en el piso y meterse dentro de él, pero por supuesto su amiga tan entusiasta siempre por sobresalir, no iba a permitirlo.

Roja como un tomate, Isabella oyó la canción que Alice pidió para cantar, buscando con la mirada el letrero de Salida para escabullirse antes que ella se diera cuenta, no llegando a lograrlo, por supuesto.

― ¡Me siento inspirada! ―exclamó Alice, pifiando al hombre que estaba terminando de cantar un tema rap que nadie al parecer conocía.

―Oye, de verdad, no quiero hacer esto ―insistió Isabella, oyéndose como un ruego que Alice intentaría pasar por alto. ―Alice, te hablo en serio, no quiero…

La amiga de Isabella bufó y la tomó por los hombros, mirándola muy de cerca.

―Está bien, pero te quedas aquí, yo saldré por las dos. Si me dejas sola, ya sabes lo que puede pasar. Estoy un poco bebida y…

―Aquí me quedo ―dijo Isabella, escondida todo lo que pudo al costado del pequeño escenario, mordiéndose las uñas y sonrojándose cuando varios de los varones de la mesa que rodeaba el proscenio comenzó a silbar cuando Alice apareció tan campante, como si fuera una verdadera estrella de rock, vestida con una camiseta de tirantes negra, al igual que sus ajustados pantalones de cuero, mientras a sus espaldas la pantalla se iluminaba con el nombre de la canción que cantaría.

El animador la presentó como la coqueta Alice, que sacudiría el pub con el éxito de Kiss, "Rock and Roll all night". A penas comenzaron a sonar los acordes característicos del tema, la gente se puso de pie y acompañó a Alice a corear la alegre y contagiosa canción de rock, mientras Isabella, no sabe por qué iba relajándose a medida que veía a todo el mundo relajado y pensándolo bien, sin darse cuenta que se había apartado unos pasos del costado escondido del escenario, y se había acercado a Alice, que aprovechó la oportunidad de hacer coro con ella, repitiendo una y otra vez el coro.

Varios metros más allá, dos hombres habían dejado de prestar atención a sus aburridos y parlanchines interlocutores, totalmente asombrados con la rockera puesta en escena que sus mujeres estaban desarrollando.

― ¿No te gustaría ir a otro lugar….? ―dijo la mujer a la que Edward ni siquiera había prestado atención al nombre, haciéndola a un lado con poca delicadeza cuando ella intentó restarle atención a Alice e Isabella. Pero él estaba totalmente extasiado y nada le importaban los acercamientos de esa mujer.

Cuando acabó la canción, el músico y el dibujante se unieron a los vítores del público, que aplaudía a rabiar a las dos enfermeras que hacían reverencias y agradecidas aceptaban la hora de barra libre que se llevaron por semejante espectáculo.

Al bajar, Alice salió disparada a los brazos de su orgulloso novio, igual que Isabella que se colgó del cuello del músico estampando sus labios contra los de él.

―Dios… ―suspiró contra los labios de la enfermera ―voy a premiarte toda la noche.

―Pensé que dijiste que no tenía futuro en el canto…

―Tú tienes futuro en lo que quieras.

―Y eso que accedí por aburrimiento, ya que te vi tan entretenido con tu amiga nueva… ¡la de las tetas postizas!

Edward alzó las cejas y abrió ampliamente los ojos antes de soltar una risotada y abrazar a su chica por la cintura para comenzar a moverse al ritmo de la melodía pegajosa de la canción que algún cantante amateur trataba de seguir con su desafinada voz.

Fue una noche entretenida que dejó al músico rendido, acostado bajo las sabanas de su cama en un sueño profundo, a diferencia de Isabella que no había podido quedarse dormida como él. Después de llegar y en la penumbra y el silencio de la noche, recordó el tema del que conversaron con Edward durante su tarde al aire libre: los hijos.

Isabella intentó acabar con su vida y con el embarazo que llevaba a cuestas y sostenía que alguien que había cometido semejante aberración no se merecía una segunda oportunidad, aunque ella en aquel momento no hubiera pensado en nada más que en su desdicha sin pararse a poner las cosas en perspectiva y pensar en el futuro, en el futuro que en ese momento jamás pensó tener con alguien como Edward.

Había sido una cobarde, así se sentía y le carcomía la piel el solo hecho de recordarlo.

Sentada sobre un banco del mesón de la cocina, haciendo girar un vaso de agua entre sus dedos delgados y fríos, fue donde la encontró Edward vestido solo con calzoncillos negros, que se había despertado solo, saliendo en busca de su chica sin pensárselo dos veces.

―Por qué me dejas durmiendo solo ―le dijo, con la voz ronca de quien acaba de despertarse. La abrazó por la espalda y puso sus brazos alrededor de la cintura de la enfermera, bajo la camiseta que usaba para dormir.

―Me estaba costando dormir, así que vine por un poco de agua.

― ¿Cuántos "Laguna azul" te tomaste?

―Solo uno ―respondió ella, rodando los ojos ―y una copa de vino blanco. Además comimos sushi.

―Eso es cierto ―le besó el cuello y la apretó un poco más fuerte contra su pecho. ― ¿Está todo bien? ¿Realmente viniste solo por agua?

Isabella se mordió el interior de su mejilla y se aguantó las ganas de hablarle de sus miedos a Edward, además en la tarde ya habían conversado y habían pasado un día estupendo, que no quería aguarlo con sus antiguos demonios. Ya habría otro momento para conversar de esos temas.

―Es todo, de verdad ―dijo, girando la cara y dejar un beso en la mejilla de Edward, regalándole una tranquila sonrisa.

―Entonces vamos a dormir ―anunció y la tomó sobre sus brazos para llevarla al dormitorio, donde durmieron acurrucados el resto de la noche.

**oo**

Acababa de llegar de una visita improvisada que le había hecho a su amiga Esmerald más temprano esa misma noche. No dejaría de insistir con el asunto de Edward, y si era necesario, desplegaría para ella todo su armamento de seducción para sacarle la verdad a esa mujer que se ponía tensa cada vez que él le pedía hablar del músico, a quien conoció un par de noches antes cuando decidió visitarlo en su lugar de trabajo y ver con sus propios ojos, o más bien oír de primera fuente lo buen músico que él era.

¿Por qué insistes en saber sobre Edward? ―le había preguntado Esme, alterada, cuando él tomó una fotografía que había sobre una mesa de la sala en casa de ella, y comenzó a preguntar por su relación con él.

Pues porque me interesa ―respondió él simplemente, como si fuera de lo más lógico―. Ese hombre podría ser mi hijo. Las fechas calzan y tu nerviosismo no hace más que confirmar mis sospechas.

―Lo que te he contado sobre Elizabeth y su embarazo es todo lo que sé…

Y te creo, simplemente quiero saber cómo fue tu relación con él. ¿Lo adoptaste, verdad?

―No, no lo hice ―respondió, evitando su mirada inquisidora ―Su abuelo, padre de Elizabeth, era su tutor legal y no había necesidad de darlo en adopción. Por mi amistad con su hija, permitió que me hiciera cargo de su educación, concediéndome él un permiso especial para llevarlo a estudiar fuera del país. Edward era un músico en potencia, que entre árboles y vacas no iba a triunfar…

O sea que Edward te debe de estar muy agradecido. Debe de quererte mucho ―sacó Aro por conclusión, aunque aquella obvia deducción se tambaleó cuando vio el nerviosismo en Esmerald, que se cruzaba y descruzaba de piernas. Entonces él, para calmarla y darle la confianza necesaria, extendió su mano y la puso sobre su rodilla―. Háblame, Esmerald, puedes confiar en mí.

Él… se reveló ―contó con tono dubitativo― la lejanía o el hecho que extrañaba a su abuelo lo convirtió en un chico rebelde, que lo único que quería era regresar a su casa de campo, y no pude negárselo.

Pero eso debe de ser normal para un adolecente, seguro que con el tiempo y siendo ya un hombre hecho y derecho, cambió su actitud.

―Nunca nos llevamos bien… creo que no le gustó que yo quisiera ser su madre.

Estaba mintiendo. De eso estuvo seguro Aro al ver el nerviosismo en su amiga, pese a que su historia era realmente posible. ¿Qué estaba escondiendo ella de esa historia?

Pasando de llamar a alguna mujer que le fuera a hacer compañía en la cama esa noche, se puso a contactar a sus investigadores para que debelaran el secreto que Esmerald escondía sobre Edward, porque sabía que algo ocultaba esa mujer. La palabra "culpable" la llevaba pegada en la frente cuando se trataba de Edward, y eso a él no le gustaba nada.

Recordó entonces los peculiares gustos de Esmerald, cada vez que se encontraban en el exclusivo club de intercambio sexual, donde todo mundo podía dejarse llevar con prácticas poco habituales, incluso sentarse a disfrutar de dichos actos, viendo a Esmerald muchas veces disfrutar con hombres claramente menores a los que disfrutaba controlar y dominar, prometiéndoles más placer de los que podían llegar a crear en sus mentes. ¿Acaso lo había intentado con Edward? A él le parecía del todo posible, sobre todo sabiendo que ella mantenía encuentros sexuales incluso con adolecentes en ebullición que buscaban desesperadamente nuevas experiencias. Seguro a Edward, si eso era lo que había pasado, no le había parecido en nada la idea de ser dominado sexualmente por ella, quizás eso lo llevó a rebelarse, como ella indicó.

―Ah, querida Esme ―dijo en voz alta, abriendo la pantalla de su ordenador y pinchando sobre el ícono de correo electrónico―. Voy a conocer esa historia tan interesante.

Mediante un corto mail, ordenó a su gente que investigara sobre la estadía de Esme en el extranjero, dándoles más o menos los años en que debe haber sido ese viaje con Edward, si pensaba que él era un adolecente. También le recordaba que al día siguiente quería tener sobre su escritorio el informe exhaustivo sobre la vida del músico, a quien ya sentía como hijo.

―Más temprano que tarde, todos los secretos me serán revelados ―dijo, enviando el corto correo, cerrando la tapa del ordenador personal.

Se puso de pie y caminó por su privado hasta un estante de gavetas pequeñas, sacando desde el interior de un cajón, la fotografía de la chica a quien había regresado a recuperar, decidiendo que ya era tiempo de presentarse frente a ella y recuperar el tiempo perdido.

―Mañana, mi Bella, mañana será el día propicio para nuestro encuentro ―concluyó, acariciando con el dedo índice el rostro de la chica en la foto, cuyo cabello caía largo y espeso sobre sus hombros, enmarcando su rostro sonriente y relajado, dejando el retrato en el interior del cajoncito, decidiendo irse a la cama con el recuerdo de aquella mujer, a la que pronto tendría de regreso en su vida.