Perdón a todas por desaparecer la semana que pasó, pero ni se imaginan... el trabajo (¿Quién lo habrá inventado?)
Como siempre, gracias a todas quienes siguen la historia, las que se han acoplado a esta locura en el último tiempo y las que han estado conmigo desde el principio. ¡Gracias!
Aquí les dejo el capítulo y espero que les guste.
Besos a todas y una vez gracias por leer.
Nos reencontramos muy pronto.
Capítulo 28
―No puedo creer que vayas a dejarme solo.
La voz, o más bien el reclamo de Edward, sonó como si se tratase de un niño amurrado reclamando porque le han quitado su juguete. Estaba sentado en su piano después de haber desayunado con Isabella, que fue cuando él le comentó que se sentaría frente a su instrumento para repasar unas partituras, aprovechando ella para dejar solo y tranquilo mientras se daba una vuelta por su apartamento. Su madre seguía de viaje, recordándole en su llamado de esa misma mañana muy temprano, que no se olvidara del pobre Kal-El quien debe de estarla extrañando.
―No te vas a quedar solo ―le dijo ella, mientras se acomodaba la bufanda de lana roja que puso alrededor de su cuello. ―El pez de Jane te hará compañía, y recuerda que ella vendrá esta tarde con Carlisle.
― ¿O sea que no vas a volver hasta la tarde? ―preguntó incrédulo, con voz de quien inquiere a alguien por alguna barbaridad. Eso hizo sonreír a Isabella, aunque no tanto para evitar ofender al pianista.
―Quiero ir a visitar a mi tío Marcus también, y darme una vuelta por el hospital…
―¡No es justo! ―exclamó, poniendo sus manos sobre las caderas ―Son tus días libres…
―Edward, tienes que trabajar ―le dijo, indicándole el montón de partituras dispersas sobre el piano. ―Aprovecha y haz lo que tengas que hacer. En cuanto me desocupe, regresaré.
Edward bufó y miró las partituras que tenía frente a él.
―Me abandonas por una iguana, un cura y un hospital…
Ella torció la boca y se acercó hasta él, sentándose sobre sus piernas, rodeándole por el cuello con ambos brazos y dejando sobre su boca una serie de besos cortos para tranquilizarlo.
―Eres como un niño, Edward ―murmuró, pasando los dedos por la aspereza de su barba que ella adoraba sentir entre sus dedos… y en otras partes de su cuerpo.
Entonces él la miró y puso esos ojos de ruego para intentar hacerla cambiar de opinión, a la vez que su tono de voz era como el de un niño pidiendo amor.
―Quédate conmigo…
―Regresaré tan pronto que no te darás cuenta que me he ido ―besó sus labios para evitar las protestas del músico, el mismo que aprovechó de tomarla fuerte entre sus brazos para evitar que se escapara, en tanto sus labios le decían lo mucho que podían hacer en durante esas horas en las que ella se ausentaría.
Pero la determinación de la enfermera fue más fuerte, apartándose de su amante, antes que el cuerpo fuera más fuerte que su compromiso con su madre y Kal-El. Alisó su blusa blanca antes de colocarse el abrigo que había dejado sobre el sofá.
Edward volvió a bufar, agarrando un lápiz grafito y una hoja, tragándose su repentino mal humor. Aun así no se quedó callado:
―Pronto regresará Renée y tendré que conformarme con pasar apenas unas horas contigo. Además entrarás a trabajar y tendremos aún menos tiempo…
― ¿Acaso no te ha parecido que hemos aprovechado muy bien estos días que hemos estado solos?
―No es suficiente para mí, Isabella. Te quiero todo el tiempo a mi lado. ―La observó serio, sin ápice de humor, porque lo que decía iba en serio.
Él quería vivir con Isabella, no pasar unas horas al día con ella, quería dormirse y despertar con ella durante todo lo que le quedara de vida. Había estado sin ella durante mucho tiempo, conformándose con lo que le había tocado vivir.
Entonces ella soltó todo el aire de sus pulmones y volvió a acercársele, obligando a apartarse de las teclas para situarse ella entre sus rodillas. Edward al instante soltó las hojas y volvió a abrazar la cintura de Isabella mientras reposaba su cabeza casi a la altura de su corazón.
―No pensé que te molestara tanto, pero me comprometí con mamá…
―Lo sé, lo sé… no sé por qué me molesta. Lo siento.
―Regresaré pronto, lo prometo.
― ¿Y sobre lo otro?
―También quiero eso, Edward, pero no vivo sola y dejar a mamá sola es algo que juré nunca hacer.
―No te estoy pidiendo eso.
―Lo sé, cariño, pero es algo que tengo que hablarlo con ella también. Sé que no se opondrá y que nos bendecirá, pero no quiero hacerlo sin hablar antes con ella, no quiero pasarla a llevar.
―Tienes razón. Hablaremos con ella pero no dejaré que pase mucho tiempo de eso, ¿entendido?
―Claro que sí.
Hablar con Renée sobre la idea de vivir juntos, significaba muchas cosas. En eso iba pensando Isabella dentro del taxi que la llevó hasta el centro de la ciudad, cerca del viejo edificio donde vivía. Una vida en pareja era algo con lo que ella se limitaba a soñar, algo que veía muy lejano por todas las heridas del pasado, pero que con la aparición de Edward fueron algo que estaba al alcance de la mano, a punto de suceder. Sabía que tarde o temprano iba a salir de su casa para comenzar una vida con Edward, ¿pero como su esposa? Habían hablado de hijos, un tema delicado para ella, pero no habían hablado de matrimonio, ¿sería que Edward, después de su pasada experiencia, quería obviar ese paso? ¿Y qué quería ella?
Le pagó al taxista y se bajó en el Parque Japonés, a unas cuadras de su casa, caminando por las calles bien conocidas para ella, pensando y admitiendo, que cualquiera sea la forma de su futuro seria perfecta porque Edward iba a estar a su lado. De eso estaba segura.
Animada pasó frente al negocio de don Nicola Anconetani, haciéndose señas antes de adentrarse en el viejo edificio, subir los cuatro pisos y entrar al que aún era su hogar.
Se quitó el morral de cuero que llevaba cruzado y lo lanzó sobre el sofá, quitándose también su abrigo antes de salir en busca de Kal-El al que encontró en su terrario. Tomó al animalito áspero al tacto, pero que para ella era suave como un gatito, comenzando a preguntarle si había ido su tío Marcus a alimentarlo. Se acordó de las pobres plantas del apartamento que seguro estaban secándose por falta de agua, dejando a la iguana sobre la cama para ir a ocuparse de las pobres y sedientes plantas de interior.
Había puesto un recipiente bajo el chorro de agua cuando se oyeron dos golpes en la puerta. Isabella cerró la llave y como si nada se acercó hasta allí, confiada que se trataría de don Nicola, el dependiente de la tienda de abarrotes, que al verla iba a ponerla al día de todo lo sucedido por allí y preguntarle por el paradero de su madre. Por eso abrió la puerta sin preguntar quién era, esperando ver al italiano al otro lado, pero sus aseveraciones se fueron a piso cuando vio a un hombre de sangre italiana allí frente a ella, no el dueño del almacén, sino a otro hombre adulto, imponente y aristócrata que la miraba con determinación.
Ahogó un grito y dio dos pasos atrás, chocando con una mesita auxiliar que se tambaleó al impacto. Isabella cubrió su boca con la mano mientras las lágrimas anegaban sus ojos por el miedo y el terror, porque los recuerdos de la parte más oscura de su pasado estaba allí, frente a ella.
―Mi Bella… ―susurró el hombre, entrando a la casa y acercándosele hasta poner una de sus manos enguantadas contra la mejilla, provocando en la enfermera una ola de pánico que la inmovilizaba.
La vio temblar y ahogar sollozos contra su mano, pareciéndole a él de lo más extraña dicha reacción.
―Por qué tienes tanto miedo, mi amor ―le susurró despacio, con la intención de calmarla, sin dejar de acariciar su rostro―no voy a hacerte daño, todo lo contrario. Ya sabe cómo te quiero…
Sintió asco de él y de sí misma por haber besado alguna vez el suelo por donde él pisaba, por haber creído adorarlo y amarlo, por haber sucumbido ante su oscuridad.
Aro tomó el rostro de Isabella entre ambas manos con la intención de besarla después de haberlo esperado por tanto tiempo, pero ella al ver la cercanía se desesperó, por fin atinando a apartarse de él, empujándolo por el pecho con tal fuerza que incluso al hombre logró sorprenderle.
Corrió hasta el centro de la sala, respirando pesado y secándose furiosamente las lágrimas. No iba a permitir que ese maldito la viera débil y manipulable como la conoció. Maldijo cuando él cerró la puerta con prudencia, acercándose a ella despacio como si fuera una animalito enajenado.
―Bella…
― ¡No me llames así, maldita sea! ―le gritó. Él la miró con extrañeza.
― ¿Por qué estás gritándome, cariño?
― ¡¿Qué mierda haces aquí?!
―Me parece que la respuesta a esa pregunta es más que obvia. Sabías que regresaría por ti…
― ¡Y una mierda! ―le gritó con voz en cuello, esperando que algún vecino la oyera ― ¡Destruiste mi vida denigrándome, me amenazaste, y ahora estás acosándome, maldito enfermo!
―Detente. Ahora.
La forma en que lo dijo, con tono autoritario y rotundo, mirándola con ojos penetrantes y enojados. El aire abandonó el cuerpo de Isabella y se tensó, imaginándose lo peor.
Aro, seguro de sí mismo, volvió a acercarse a ella, mirando detenidamente su rostro que tan bien recordaba pero que con el tiempo había definidos sus rasgos que ahora eran de todo una mujer, no de la mezcla entre jovencita recién ingresada a la universidad que él había conocido. Extrañó la extensa y espesa cabellera castaña que entonces caía hasta su cintura y el él adoraba jalar, eso es lo que más le extraño.
―Qué le hiciste a tu cabellera ―susurró, poniendo la mano sobre la nuca de la chica, cuya determinación de hace un momento había desaparecido. Ahora de nuevo temblaba, estática, rogando que ello fuera una terrible pesadilla. ―Sabes lo mucho que amaba tu cabello, por qué te lo cortaste…
Aro cerró los ojos y acercó su nariz al cuello de la muchacha, inhalando el perfume que él no reconocía.
―Es lavanda… ―murmuró, pasándose la lengua por los labios ―Lavanda y tú, suena perfecto.
―Déjame en paz… ―atinó a suplicar ella en apenas un susurro. Él la miró extrañado, arrugando su entrecejo a la vez que su mano cubierta todavía por el guante de cuero negro recorría el contorno del rostro de la enfermera, que se sentía enferma frente a él.
―Mi hermoso bebé, mi niña, soy yo, no tienes que tenerme miedo. No he vuelto para hacerte daño.
―Entonces déjame en paz…
―Tenemos una historia pendiente, no creas que lo he olvidado. Por eso volví, para que podamos estar juntos como querías, ¿lo recuerdo?
―Todo es diferente… y te has olvidado de una buena parte de nuestra historia ―se envalentonó en decir ella, recordando la segunda parte de esa historia que Aro estaba recordándole, la parte donde ella abría los ojos y se daba cuenta lo que ese hombre estaba haciendo con ella, abusando de lo que sentía por él, cuando la retuvo contra de su voluntad y la obligó a hacer cosas que ella no quería.
―Nada he olvidado, mi Bella ―le tomó firme el rostro entre sus manos, cerrando Isabella los ojos y apretando los dientes. No soportaba tenerlo tan cerca, la hacía sentirse enferma. ― ¿Quieres paz? Pues concédenos esta oportunidad, donde todo está a nuestro favor. Deja de mirarme como si fuera un monstruo y cede a mis deseos.
Isabella tragó grueso y lentamente abrió los ojos, mirando directamente a la oscura y temible mirada de Aro, tomándose de los rastros de valentía que quedaban en ella y que habían elegido ese momento para salir corriendo.
―No lo haré. Una vez cedí y me destruiste, abusaste de mí en todos los sentidos ―le recordó con voz tensa, furiosa ―y no dejaré que eso vuelva a pasar. Vete a ese club de sexo donde adorabas ir y búscate una sumisa que esté dispuesta a darte todo lo que quieras, pero olvídate de mí. Mi corazón y mi cuerpo tienen dueño, un hombre que me ama y me respeta, tanto como yo lo amo a él.
Aro hizo un gesto de desagrado, no había contado con esa actitud tan temeraria de su Bella ni mucho menos con esa proclamación que lo enervó por dentro.
Apartó sus manos del rostro de la enfermera y con fuerza la tomó por uno de los antebrazos, aplicando una fuerte presión, acercándola a su cuerpo.
―Relación que tiene fecha de caducidad. Cuando él sepa del vínculo que hay entre tú y yo…
― ¡No hay tal vínculo!
― ¡Deja de negar lo innegable! ―pegó su nariz a la de ella, aun ejerciendo presión sobre el brazo de Isabella ―Procura que esa relación termine pronto, y por las buenas, o me veré en la obligación de hacerlo a mi manera.
― ¿Qué vas a hacer? No te atrevas a hacerle daño…
―Entonces no me provoques. ―Aro no se resistió y besó rudamente los labios de Isabella, odiando la forma en que ella lo rechazaba y cómo ponía todo de ella para apartarse de él, empujándolo por el pecho. Finalmente se apartó, soltándola del brazo, dando por terminado ese encuentro. ―De momento, mantén este encuentro en secreto. No quiero que tu amiga o el cura tío tuyo me persiga pidiéndome cuentas. Hazlo, y no me hagas enojar… ya sabes cómo me pongo cuando eso pasa.
Se atrevió a guiñarle un ojo, como si toda esa amenaza fuera divertida, antes de desaparecer de la sala, cerrando la puerta con un fuerte golpe que retumbó en el pecho de Isabella, desmoronándose contra el piso, cubriéndose la cara con ambas manos, mientras lloraba con amargura preguntándose por qué había vuelto ese hombre y qué haría para apartarlo.
Aro Vulturi no era un hombre que hacía amenazas porque sí. Él cumplía lo que prometía… ¿significaba eso que iba a tener que quedarse callada y hacer como si nada hubiese pasado? Pensaba en su madre, en Alice, en su tío Marcus y sobre todo en Edward, quien estaba propenso en primera línea a recibir el ataque de Aro.
¿Será que iba a tener que ceder a él y olvidarse de su historia con Edward, para evitar que Aro le hiciera daño al hombre que ella amaba?
―Dios mío… ―sollozó ella, de rodillas llorando sobre el piso con su rostro escondido tras la palma de sus manos, como si quisiese esconder su vergüenza, olvidándose por completo de lo que había llegado a hacer ahí.
**oo**
Edward saluda de un fuerte apretón de manos a su buen asistente, Seth cuando llega al edificio de la sinfónica, después de haber tenido una video conferencia con los decanos de la escuela de arte y música de la universidad, donde dejó de hacer clases cuando su ex esposa Rosalie calló al hospital. Debía retomar el segundo siclo de la carrera de interpretación musical a mediados de enero y no pudo negar que tenía muchas ganas de regresar a enseñar a las aulas de la universidad, por lo que no puso reparo. Por eso fue hasta la sinfónica, aprovechando que Isabella andaba afuera, para revisar la agenda de conciertos para que no toparan con el horario de la universidad.
Además, ese día su hermanita Jane estaba en ese mismo lugar en sus clases de violonchelo con Laurent, según lo que Carlisle le había dicho. Edward aprovecharía de esperarla y llevarla al apartamento hasta que el abogado fuera por ella, además hablaría con su colega a cargo de enseñarle a su hermana para que le contara de los avances de la pequeña en el poco tiempo que llevaba entusiasmada practicando el instrumento.
―El maestro Laurent está un una sala en el segundo piso, por si quiere ir hasta allí ―comentó Seth, entrando detrás de Edward hasta el pequeño despacho que el músico mantenía en ese lugar.
―Iré después que repasemos mi agenda.
―Como ordene ―dijo el muchacho, instalándose al otro lado del escritorio para ayudar a Edward con los compromisos que tenía que cubrir en diciembre y para el primer trimestre del año siguiente.
Estuvieron concentrados en eso hasta que todo quedó coordinado, retirándose Seth a su ensayo y Edward hacia el piso de arriba a la sala en la que el muchacho le indicó estaba Laurent con sus pequeños alumnos.
Se quedó de pie en la puerta de la sala justo en la parte de atrás, mirando hacia la pizarra donde había una partitura básica que los pequeños alumnos estaban aprendiendo a leer. Sonrió cuando uno de los niños preguntó si pronto podría estar dando un concierto, respondiéndole Laurent que eso dependía de lo mucho que él practicara.
―Y si no me creen ―dijo Laurent, extendiendo la mano hacia donde estaba Edward ―pueden preguntarle al maestro Edward Masen.
Edward volvió a sonreír y caminó hasta el frontis de la sala, poniéndose frente a todos los niños, guiñándole un ojo a su hermana que entusiasmada le hizo señas con la mano cuando lo vio.
―¿Le parece, profesor Laurent, si le hago un pequeño examen a sus alumnos?
Laurent le hizo una reverencia para que siguiera adelante, pidiéndole Edward a los niños que identificaran partes del instrumento y que le dieran el nombre que recibía cada cuerda. Ninguno tuvo problemas en hacerlo, ni siquiera cuando él dibujó sobre el pentagrama de la pizarra cuatro notas que ellos supieron identificar muy bien. No tuvo más que felicitarlos y alentarlos a seguir practicando, que a ese ritmo pronto estarían dando un concierto.
Los niños salieron, entusiasmados porque un director de orquesta en persona los había felicitado, acercándose Jane hasta él y abrazándolo por la cintura, muy contenta.
―Ya no tendrás que pedirle a Santa que me traiga un violonchelo, porque mi mamá me compró uno muy bonito. Además, una niña de la universidad va a hacerme clases a la casa, todos los domingos y miércoles.
Laurent alzó los ojos por el entusiasmo de la niña, sonriéndole Edward a su hermana, agradeciendo que Esmerald al menos no coartara el deseo de la niña en aprender ese instrumento.
―Eso está muy bien ―dijo Edward, pellizcando con ternura la barbilla de la pequeña ― Ahora ve a ordenar tus cosas, que tenemos que irnos.
―Ya voy.
Salió disparada a ordenar sus cuadernos y lápices, mientras su hermano se quedaba hablando con su profesor.
―No sé si es porque es tu hermana, pero ella tiene un oído muy desarrollado ―dijo el maestro, caminando con Edward hacia el escritorio a recoger sus cosas.
Edward no pudo evitar sonreír con orgullo.
―No he inferido en nada.
―Estoy muy entusiasmado, aquí hay un semillero de talentos. Dentro de poco vas a estar dirigiéndolo, ya verás.
―Te creo. Tienes muy buen ojo reclutando alumnos.
Hablaron un rato más, hasta que Edward y Jane salieron de la sala, ella hablándole sin parar de todo lo que había aprendido. Pasaron por el lobby del edificio para salir por la puerta principal, quedándose Jane admirada por el inmenso árbol de navidad que estaban poniendo justo en la entrada y todos los demás ornamentos que estaba comenzando a adornar el edificio.
― ¿Ya pusiste tu árbol de navidad?
Edward miró a su hermana, pensando que no se había preocupado de nada de ello, haciendo una mueca pues Isabella hace unos días había reparado en lo mismo.
―Fíjate que no. ¿Me ayudarías tú a conseguir uno?
― ¿Cuándo?
―Justo ahora. Carlisle irá por ti a mi apartamento esta tarde, así que tenemos tiempo.
― ¡Sí, vamos! ―aplaudió entusiasmada, cuando Edward estaba abriendo la puerta trasera del coche para que se metiera. ―Hay que comprar un árbol muy grande, y muchos adornos. También hay que comprar botas para llenarlas de dulces, y luces también…
―Muy bien, muy bien, vamos por ello.
Se metieron al centro comercial que estaba plagado de gente comprando obsequios para la fecha, consiguiendo ellos un árbol de navidad de fantasía verde casi de dos metros de alto, además de un montón de luces y adornos de todos los estilos y colores. En tanto hacían las compras, Edward había intentado llamar a Isabella dos o tres veces, extrañado de que ella no le contestara. Pensó que quizás estaba ocupada, así que no le dio importancia. Prefirió llevar a su hermana a almorzar en un restaurante dentro del mismo centro comercial, antes de ir a casa.
― ¿Comenzaremos a adornar el árbol hoy mismo?
―Debemos armarlo primero… no sé si alcancemos hoy a hacerlo. Además a Isabella le gustará participar también y tú debes volver a casa, mañana tienes escuela.
―Ya se… ―torció la boca, como culpando las clases en el colegio de quitarle la diversión de adornar el árbol.
En tanto degustaban un buen plato de comida china, y jugo natural de frambuesa, Edward volvió a sacar su teléfono para tratar de comunicarse con Isabella, decidiendo dejarle un mensaje que le advertía ir con rescatistas en su búsqueda si no le devolvía pronto las llamadas. Eran más de las dos de la tarde y en toda la mañana no había tenido noticias de ella. Estaba en eso cuando Jane, de forma muy natural, le hizo una pregunta que lo dejó helado:
― ¿Qué es una… domina… dominatrix?
Edward dejó a un lado el teléfono y miró a su hermana con una rara sensación apretó su estómago.
― ¿De dónde sacaste eso? ―preguntó, con voz de espanto.
Jane torció su boquita y rascó su cabeza, recordando de dónde había sacado esa palabra.
―Lo escuché.
― ¿Dónde? ―insistió Edward, muy preocupado. La niña succionó la pajita de su vaso de jugo, haciendo memoria, hasta que recordó al hombre rubio que no le cayó nada bien.
―Uhm… ese día que el caballero que vimos en la sinfónica, el rubio, el que fue a entregar la carta a la casa… ―explicó.
"¡Mierda!"
―James ―dijo él, esperando que ella lo confirmara… o que no. Apretó los dientes cuando la niña sí lo hizo:
―Sí, él. No entendí bien, pero estaban hablando fuerte y él dijo eso a mamá. No entendí…
Edward cerró los ojos e inhaló profundo, tragándose los improperios que deseaba emitir a ese imbécil. No quería sacar conclusiones apresuradas, pero lo averiguaría. Que james y Esmerald tuvieran un lío sexual no sería algo que debía extrañarle, conociéndola a ella, pero no le parecía sano ni justo para Jane tener que oír sus discusiones, mucho menos del calibre en el que haya salido a la luz esa naturaleza de Esmerald que a él le asqueaba.
Intentó calmarse, en pro de no asustar a Jane, que ya lo estaba mirando con ojos temerosos, consiguiendo él esbozar una tensa sonrisa y extender su mano hasta la mejilla de la pequeña.
― ¿Es algo malo? ¿Estás enojado conmigo? ―susurró la niña al ver el rostro contrariado de su hermano. No quería hacerlo enojar.
El músico pestañeó rápido y se apresuró en negar para tranquilizarla, intentando esbozar una sonrisa para tranquilizarla.
―Por supuesto que no hiciste nada malo ―le pellizcó la barbilla con ternura, guiñándole el ojo ―Y sobre lo que preguntaste… bueno, es algo que a tu edad no deberías escuchar. Explicártelo ahora es complicado, y no es nada de lo que tengas que preocuparte, ¿entendido?
―Lo oí sin querer… ―se apresuró en excusarse.
―Lo sé, preciosa. No tienes que sentirte culpable, no es culpa tuya, pero a veces lo adultos hablamos cosas que los niños no deberían escuchar, como eso.
―Solo me acordé de la palabra porque era muy rara…
Edward sacudió la cabeza y bebió un poco del contenido de su vaso de jugo natural para aclararse las ideas y remitir la rabia.
―Lo sé, nena. Pero ahora te pido que la olvides. ¿Se lo comentaste ya a papá?
―No, no me había acordado.
― ¿Entonces, mantenemos el secreto?
― ¿Papá se va a enojar con mi mamá si sabe que oí esa palabra? ―insistió en preguntar la niña, como si quisiera saber todos los detalles antes de darle su palabra a Edward.
―Un poco, porque es un descuido importante de su parte hablar de eso estando tú cerca, ¿lo entiendes?
―No muy bien, pero si tú lo dices…
―Simplemente olvídalo. Por favor ―insistió el músico fervientemente.
La niña lo miró, pero luego agachó la cabeza y arrugó el entrecejo, jugando con migas imaginarias sobre la mesa.
―Está bien… no quise hacerlo…
― ¡Ey! No te pongas así… ―se apartó de la mesa, echando su silla hacia atrás, tirando a su hermana de la mano para sentarla sobre su regazo. Besó su coronilla y acarició su cabello rubio ―No tienes de qué preocuparte. Cuando seas más grande vas a entenderlo.
Consiguió hacer que ella olvidara el asunto, cambiando de tema y hablando sobre las clases de violonchelo, pensando que quizás, ahora que ya tenía su propio instrumento, podía pedirle a Santa que le llevara un acuario más grande para el pobre pececito que ya estaba aburrido de nadar en círculos dentro de esa pequeña pecera. Eso iluminó la mirada de la niña, que enseguida comenzó a pensar en cómo quería que fuera el mundo submarino para su amigo pez, y lo feliz que él sería conviviendo con otros de su especie.
Al menos Jane olvidó el tema, pero Edward quedó con ello dando vueltas en la cabeza. Ya había preguntado a Esmerald sobre James la vez pasada, cuando él se presentó en la sinfónica y Jane se puso tan nerviosa al verlo. Entonces tuvo un presentimiento extraño, otra vez el miedo que su hermana viviera en casa con Esmerald lo dominó. ¿Cómo podía convencer a Carlisle de pelear por la custodia total de la niña? ¿Tendría que decirle la verdad?
Horas más tarde, ya estaban en casa con el árbol de navidad montado junto a la ventana. Edward sin saber cómo, se vio entusiasmado como nunca antes con esas festividades y con la idea de adornar su casa. Planeó de improviso, esperando que Isabella lo apoyara, a hacer la cena de navidad allí e invitar a Carlisle, Renée y el cura Marcus. Ideal sería que Jane los acompañara, incluso le extendería la invitación a Jasper y Alice. Sería su primera navidad en ese lugar, la primera que disfrutaría después de muchos años y quería celebrarlo en grande.
La llegada de Carlisle que iba a buscar a Jane, los pilló de sorpresa, esto por estar desplegando todo el espíritu de decoradores. Aunque en realidad la sala del apartamento era un verdadero caos con la cantidad de paquetes y adornos y papeles que sobreabundaban allí.
―Entonces tendremos que echarle mano a mi receta familiar de cómo hacer un buen pavo ―comentó Carlisle después que Edward le diera su idea de pasar la fiesta juntos.
―Tengo la intención de invitar a Renée y al padre Marcus también, así que si vas a dártelas de chef, espero que no hagas que me avergüence.
―Bah! La cocina es mi pasión oculta. No soy solo un exitoso abogado.
Finalmente Jane y Carlisle se fueron del apartamento después de las cuatro de la tarde, cuando Edward volvió a tomar su teléfono, un poco impaciente por no tener noticias de Isabella, calmando un poco cuando había un corto mensaje de ella que decía que estaría con su tío y con Alice, que más tarde regresaría. Le extrañó el tono del mensaje tan escueto, sin despedirse con un beso o un te amo, pero no quiso darle más vueltas, sino más bien aprovechó que era temprano todavía y no dejar pasar el asunto del que su hermana Jane le había dado luces, respecto a James y Esmerald, y no dejaría pasar más tiempo antes de hablar con él.
Le llamó rápidamente a Seth para que hiciera averiguaciones sobre donde paraba James, seguro esa información debía estar en la base de datos de la sinfónica, poniéndose el muchacho a trabajar al instante en lo que su maestro le pedía. Al cabo de diez minutos volvió a llamar y Seth ya tenía para él la información que una atenta secretaria le entregó, saliendo enseguida Edward en su búsqueda.
Llegó a un edificio de apartamentos pequeños en uno de los sectores periféricos de la ciudad, anunciándose con el portero, quien lo dejó subir sin mayores complicaciones cuando Edward se presentó como un colega de James que venía de la sinfónica de la ciudad a entregarle una información importante.
― ¡Esta sí que es sorpresa! ―comentó James tras abrir la puerta y encontrarse con la figura seria de Edward frente a él.
―Mi visita no será larga.
― ¿Es por trabajo? ―preguntó James, abriendo un poco más la puerta para hacerlo pasar. El apartamento era de dos ambientes de muros blancos y mobiliario escaso que Edward no se detuvo a escudriñar, ni mucho menos reparar en que pese a la hora, James aun vestía ropa de dormir.
―No es por trabajo ―respondió, quedándose de pie, mientras James se acercaba al mini bar y se servía una copa de whisky sin ofrecerle uno a su visita sorpresa. ―Quiero que me digas qué tipo de relación tienes con Esmerald.
― ¿Perdona?
―No te hagas el estúpido. Jane los escuchó discutir a ella y a ti en casa, y cuando se lo pregunté se puso muy nerviosa.
James dejó el vaso de un golpe sobre la mesita de vidrio y lo enfrentó, alzando el mentón y cruzándose de brazos.
― ¿Qué es lo que quieres saber, Edward? ¿Si ella y yo somos amantes?
―Si lo son, es algo que no me importa. Lo que me molesta es que hay una niña viviendo en esa casa, que oyó cosas que a su edad no es sano que oiga.
―Hemos procurado no meter mucho ruido…
Edward apretó los puños y la mandíbula, dando un paso amenazante hacia él.
―Escúchame, Imbécil, que te folles a Esmerald no es mi problema, simplemente evita ir a gritar a esa casa. Mi hermana no tiene por qué ser testigo de sus encuentros. Si vuelvo a saber que ella ha oído alguna conversación entre ambos o cualquier otra cosa que no es propia de su edad…
― ¿Me estás amenazando? ―preguntó, incrédulo y divertido, soltando una risa seca, burlona ― ¿Acaso estás celoso?
Eso acabó con la compostura contenida de Edward, que se acercó a él, agarrándolo con los puños por la camiseta.
―Para mí no es ninguna novedad el tipo de gustos que tiene Esmerald, y ciertamente no tengo tan poca calaña como tú para aceptar sus acercamientos. Pero te lo digo, y no es una amenaza, busca otro lugar para tus encuentros con ella y aléjate de esa casa, que es donde vive mi hermana pequeña.
Le dio un empujón, haciéndolo trastrabillar hacia atrás, cayendo James sobre el respaldo de un pequeño sillón, alcanzando a sujetarse para no caer. Furioso caminó hacia Edward, pues ese maldito significaba el recordatorio de todas sus frustraciones, en muchos sentidos.
― ¡No tienes ningún derecho de reclamarme! Ella y yo somos adultos. Si tu hermana anda oyendo detrás de las puertas, debes enseñarle que eso no se hace, o hablar directamente con Esmerald, no conmigo.
―Y lo haré.
Sin soportar más tiempo en ese lugar, le dio la última mirada despectiva de pies a cabeza y se giró para salir de ese lugar que le asqueaba por el solo hecho de que James viviera en él, cerrando de un portazo y dejando al decadente músico a solas con su estallido de furia. Sabía que si Edward hablaba con Esmerald, ella para darle en el gusto, dejaría de verlo.
― ¡Maldita sea! ―gritó, haciendo estallar contra la pared el vaso que había ocupado para beber whisky.
Si por culpa del imbécil que acababa de irse Esme lo abandonaba, se arrepentiría hasta los tuétanos de haberse metido en su camino.
**oo**
Alice abrió la puerta del apartamento de Isabella con la llave que Renée le había dado cuando su amiga tuvo el accidente que la dejó con unas cuentas costillas rotas.
Se alteró leer el mensaje que su amiga le envió, pidiéndole que fuera lo antes posible hasta allí. Que la necesitaba porque algo malo había ocurrido. Ella se imaginaba alguna pelea con Edward, aunque le parecía poco improbable… aunque la manera en como la vio hecha un ovillo sobre la cama, con la iguana vigilándola a escasos centímetros de ella.
― ¿Isa? ―La aludida alzó la cara y de a poco se reincorporó, pasándose la mano por el cabello. ―Dios, qué tienes… ―agregó, sentándose junto a ella en la cama doble de su amiga enfermera.
―Él… vino…
― ¿Él? ―preguntó, frunciendo sus cejas ― ¿Quién?
―Aro…
Alice ahogo un grito cubriendo su boca, mirando a su amiga con ojos desorbitados. Entonces supo por qué la actitud de Isabella era de derrota. Había pasado tiempo que él no había dado señales, ilusionándose que quizás finalmente había decidido dejarla en paz, pero parece que el muy maldito había elegido el momento más pleno de su amiga para reaparecer.
―Dios, Isa… ―le tomó las manos y las apretó con fuerza ― ¿Estabas sola? ¿Por qué no viniste con Edward?
―Edward se quedó en su apartamento. Tenía cosas que hacer y yo aprovecharía de venir a darle una vuelta a Kal-El y visitar a mi tío.
Entonces relató para ella cómo había llegado esa mañana, como si hubiera estado esperándola a que apareciera por allí, como si supiera cada paso que daba, causándole un estremecimiento que le helaba hasta los huesos.
― ¡No va a dejarme tranquila! ―exclamó entre el llanto que no había podido ahogar. ―Y lo que más miedo me da es que pueda hacerle daño a Edward…
―Me gustaría decirte que no será capaz de hacer eso, pero…
― ¿Qué voy a hacer? ―preguntó Isabella, frustrada, llena de miedo ― ¿Voy a tener que ceder hasta que se aburra de mí?
― ¡No, Isabella! ¡No harás eso! Debes poner en alerta a Edward, él no va a acobardarse y seguro tendrá un plan…
Isabella sabía cuál era el plan de Edward frente a la situación con Aro. Edward quería que ella alzara la voz y que diera a conocer lo que había pasado con ella y ese hombre en el pasado, la manera en que él la denigró y la obligó; de cómo la chantajeó y la amenazó para que siguiera haciendo las asquerosidades a las que él la sometía. ¿Pero cómo iba a decir eso? Tendría que reconocer que al principio fue ella la que lo persiguió, la que se le ofreció y que aceptó en primera instancia ceder a esas cosas nuevas y oscuras que él le ofreció… algo que ahora le avergonzaba, y que le avergonzó en su momento, tanto que cuando dijo "no más", él no la dejó y la amenazó que debía seguir adelante, "porque así debía de ser…", eso fue lo que le dijo.
Imaginaba el rostro de decepción de su madre si llegaba a saberlo, algo a lo que le temía más que nada. podría incluso haber vivido con el rechazo de Edward si esa hubiera sido su opción, pero vivir con el constante recordatorio de la desilusión que sentía hacia ella por no haberse respetado y por haberle escondido algo tan importante como un embarazo, un posterior aborto y un malogrado intento de suicidio.
―No sé qué hacer… ―reconoció, escondiendo su rostro tras sus manos ―quiero meterme bajo las colchas de esta cama y dormir… dormir hasta que todo esto haya pasado.
―No es una buena idea. ―Alice la obligó a mirarla, sacándola del escondite tras las manos. Torció la boca y con cariño peinó el cabello corto y oscuro que Isabella eligió llevar después de lo ocurrido con Aro, a quien precisamente no le agradó mucho el cambio de apariencia de su Bella.
―Entonces, ¿qué hago?
―Levantarte, lavarte el rostro y ponerte en marcha hacia tu refugio, el verdadero refugio que encontraste, y no hablo del escondite bajo las mantas, hablo de Edward. Ve y dile lo que ocurrió, no hagas lo que ese maldito de Aro te está pidiendo, no le des ese poder de decisión sobre ti, demuéstrale que tienes el control de ti misma, que tomas tus propias decisiones, y que sobretodo no estás sola.
― ¿Crees que esto… espante a Edward? ―preguntó, susurrando, como si tuviera miedo de la respuesta.
―No lo creo, y si tú estás poniendo en duda de lo que él siente por ti justo cuando las cosas se ponen difíciles, es porque en realidad no le crees cuando te dice que te ama.
Isabella asintió en silencio, pensando en las palabras de su amiga. Edward había renunciado a su vida ya establecida para estar con ella y conocía ese pasado que a ella tanta vergüenza le daba, y aun así seguía a su lado, profesándole su amor. Por lo tanto, su amiga tenía razón, él era su refugio más seguro, y era allí donde debía de refugiarse.
Se levantó entonces y se dirigió hasta el baño donde se lavó la cara y peinó su cabello. Cuando salió, Alice le había preparado una humeante taza de café con chocolate, lo que ella agradeció pues no había probado bocado durante todo el rato que estuvo allí. Cuando acabó de tomarlo, Envió un mensaje a Edward avisándole que iba de camino al apartamento, ofreciéndole Alice a llevarla hasta allí.
―Habla con él, ¿de acuerdo? ―le dijo Alice cuando aparcó en la entrada del edificio frente a la playa. Isabella la miró y asintió con la cabeza. ―Estaré esperando que me envíes un mensaje y me cuentes a qué conclusión llegaron, ¿está bien?
―Está bien.
Isabella se desabrochó el cinturón de seguridad y se acercó hasta su mejor amiga para abrazarla fuerte, con todo el amor y el agradecimiento que sentía por ella, por su amistad incondicional y por el apoyo que le había prestado desde siempre en los momentos más difíciles, no siendo esta la excepción.
―Gracias, Alice, por todo.
―Siempre, amiga.
Se bajó del coche e ingresó al edificio, metiéndose a la cabina del ascensor, mientras pensaba en cómo abordar con Edward lo ocurrido esa mañana. Seguro él le reclamaría por no habérselo contado enseguida, por no haberlo llamada para acompañarla, pero necesitaba estar sola… aunque la verdad no se atrevía a hablarle a nadie.
Inspiró hondo y abrió la puerta del apartamento con su llave, cerrando tras de ella y caminando despacio hasta la sala, encontrándose con algo que la hizo arrugar su frente. Edward estaba de espalda a ella, intentando sin mucho éxito, colocar unas luces navideñas en el árbol que apareció allí y del que ella no tenía idea. Seguro se trataba de eso la sorpresa que Edward dijo, le tenía.
―Oh…
El músico se giró y le regaló una de sus hermosas sonrisas, levantando las manos hacia el árbol estratégicamente puesto junto a la ventana, como si se sintiera orgulloso del adminículo navideño.
― ¡Sorpresa!
Isabella sonrió, quitándose el bolso primero, dejándolo sobre el sofá, siguiéndole su abrigo y la bufanda.
―Bien, sé que te tendría que haber esperado para comprarlo, pero fue idea de Jane sobre sorprenderte con esto ―explicó el músico, acercándose hasta ella, rodeándole con los brazos por la cintura para acercarla a él, poniendo su frente justo contra la de ella, mirando esos hermosos ojos claros con los que soñaba cada noche.
Isabella inevitablemente se relajó un poco en los brazos de su amado y le regaló una pequeña sonrisa a la vez que sus manos rodeaban a Edward por el cuello.
―Es perfecto ―susurró ella.
―Más vale, porque Jane lo eligió, al igual que todos los adornos y las luces que estaba intentando poner…
―No tienes mucha experticia en eso, al parecer… ―murmuró mirando las titilantes luces que brillaban sobre el árbol y que contrastaban con la oscuridad que estaba cerniéndose sobre la ciudad al otro lado de los ventanales.
―Seguro que tú, enfermera, tienes mucho más sensibilidad decorativa que yo…
―Es probable…
―… te eché de menos ―murmuró Edward, acercando ahora su boca a la de Isabella, la que en verdad había extrañado durante todo el largo día.
Ella respondió a ese beso, cerrando los ojos y dejándose inundar por los labios del músico, por la intensidad de sus labios y de su lengua, por la forma tan posesiva que sus manos aferraban su cintura, apretándola contra su cuerpo ansioso de ella.
― ¿Hiciste todo lo que tenías que hacer? ―preguntó Edward, sin dejar de rozar los labios de Isabella.
―Digamos que sí…
― ¿Y estuvo todo bien? ¿Alguna novedad?
Eso la regresó a la realidad, y le recordó el tema de suma importancia que debía tratar con él, pese a que deseaba no hacerlo. La determinación que Alice le había inculcado parecía estarse desvaneciendo, dando paso a la duda. Quizás lo mejor sería guardar el secreto hasta tenerlo todo bajo control…
Se apartó de los brazos del músico y evitó mirarlo a los ojos, prestando atención a las bolsas y los adornos que estaban dispersos por todo el lugar.
― ¿Isabella?
Edward no era tonto, y por sobre todo conocía a su chica. Que no se hubiera comunicado con él durante todo el día, y cuando lo hizo tan escuetamente por mensaje de texto apenas dos veces le avisó de algo que en ese momento estaba, y justo en ese momento donde el comportamiento de Isabella cambió radicalmente, no hizo sino encender las alarmas en su cabeza.
― ¿Isabella? ―reiteró, acercándose a ella. ― ¿Está todo bien?
―Uhm… ―lo miró de reojo, poniendo atención a un juego de campanas blancas y brillantes que sostenía entre las manos ―Sí… sí, todo está bien.
―No te creo.
Se inclinó frente a ella y le quitó los ornamentos a los que tanta atención les estaba poniendo, aparentemente. Le tomó el rostro entre las manos y la obligó a mirarle. Trató de buscar en su mirada algún signo que le diera luces de lo ocurrido, viendo un dejo de nerviosismo que acabó poniéndolo alerta.
―Dime lo que sucedió ―exigió, murmurándole con preocupación.
Isabella cerro los ojos y arrugó la frente como si hablar le provocara dolor, contagiándole su preocupación a Edward, que esperó ansioso que se lo dijera. Se imaginó a James abordándola en venganza de su visita, incluso a Esmerald, pero no esperaba oír lo que ella a continuación le dijo y con mucha dificultad.
―Él… regresó.
Fue todo lo que Edward necesitó escuchar para saber de qué se trataba el miedo que de pronto inundó los ojos de la enfermera, y los temblores que dominaron su cuerpo. Apretó los dientes y a lo único que atinó, fue a abrazar fuertemente a Isabella.
Ahora él también temblaba, pero no de miedo, sino que de puro odio por ese hombre que parecía no querer darse por vencido. Pocas veces había sentido esa clase de odio, que siempre habían sido dirigidos hacia una persona en particular, Esmerald, y odiaba ese sentimiento que lo hacía sentirse impotente. No lo conocía personalmente y sabía que eso no demoraría en cambiar. Si ese tipo estaba tras ella, seguro estaba al tanto de la relación que él mantenía con Isabella.
Se apresuró a tomarla en brazos y en absoluto silencio la llevó hasta el dormitorio, acomodándose contra la cabecera de la cama, con ella sentada sobre sus piernas. Le peinó el cabello y secó el surco de lágrimas que se marcaban en sus pómulos.
―Cuéntame todo lo que pasó. Absolutamente todo.
Entonces ella, armándose del valor que le daba la presencia de Edward, repitió para él la forma en la que Aro había llegado a su apartamento, como si hubiera estado aguardando su llegada. Trató de decirle exactamente cómo la amenazó entre palabras suaves, incluso cómo le aconsejó que pusiera fin a lo que ella y el músico tenían, antes que él interfiriera a su manera, algo que la aterró y la hizo dudar.
Edward mientras la escuchaba, sentía la ira burbujear en su sangre y su deseo de justicia acumularse en su boca como bilis amarga que desaparecería cuando ese hombre lo hiciera, cuando Isabella finalmente viviera en paz sin el miedo a que ese hombre apareciera a amargarle la existencia.
―Tengo miedo, Edward… ―reconoció, hundiendo su rostro mojado en el pecho de Edward, abrazándose a él por la cintura, con mucha fuerza.
El músico hizo ejercicios de respiración para tranquilizarse y no espantar aún más a Isabella, porque lo que él en ese momento necesita, era gritar de rabia y maldecir a ese maldito, ¿pero qué sacaría?
―El miedo nos paraliza, Isabella ―murmuró finalmente, acariciando la espalda de ella ―y le da poder a ese hombre sobre ti, de manipularte como lo hizo antes.
―Alice me dijo algo como eso…
― ¿Alice estaba contigo? ―quiso saber Edward.
―Llegó más tarde. Yo le pedí que fuera.
― ¡¿Y por qué no me llamaste?! ―preguntó, alterado, sobresaltando a la chica, que se apartó asustada de su regazo. ― ¿Pensabas escondérmelo?
―Él me amenazó con hacerte daño… ―explicó con la idea de que él la entendiera. Pero el hombre estaba molesto porque intuyó cuál era la idea de la enfermera.
― ¡Mierda, Isabella!
―Perdona… perdóname Edward… ―se movió con la intención de bajarse de la cama y refugiarse en el baño a llorar, pero Edward volvió a sujetarla, apretándola otra vez contra de sí.
El músico cayó en cuenta que su reacción no fue la mejor, pese a que le molestaba que ella en un comienzo haya querido esconderlo de él. Pero estaba asustada y él no tenía ningún derecho a empeorar su estado.
―No, perdóname tú… soy un imbécil… pero no me puedes esconder pensar algo como esto, nunca, ¿lo entiendes? ―le tomó el rostro mojado de lágrima entre las manos ―No le des a entender que eres la misma niña que cedió ante él en el pasado, porque no lo eres.
―Yo lo único que quiero es que se aburra y se olvide de mí, ¿es muy difícil acaso? ―preguntó con frustración. Él suspiró e intentó encontrar una respuesta para eso.
―A hombres como esos no les gusta recibir una negativa a sus deseos, eso tú misma me lo dijiste una vez, y la rebeldía seguro los cautiva… como un domador que no se queda en paz hasta dominar a la fiera a su voluntad, someterla.
―Vi como las mujeres lo siguen y le rinden pleitesía, ofreciéndoseles a cambio de un poco de atención. Puede tener a la que quiera, no sé qué le pasa conmigo.
―Haremos que se dé media vuelta y se olvide de nosotros ―dejó un suave beso sobre sus labios, acariciando con los dedos sus mejillas sonrojadas ―Le demostraremos que tú y yo somos fuertes e inseparables, tanto que ni sus maquinaciones conseguirán separarnos. Ya lo verás, todo se arreglará.
Esbozó una sonrisa pequeña, sin dejar de contemplar los ojos de su amada, que estaba empapándose de la seguridad en las palabras de Edward, de las que se estaba aferrando como si su vida dependiera de ello, como si fuese su tabla de salvación.
Asintió, esbozando también una débil sonrisa, siendo ella esta vez la que salvó la distancia entre ambos labios, besándolo, relajando sus hombros. Todo estaba bien cuando los brazos de Edward loa rodeaban.
― ¿Y tú? ―preguntó Isabella, jugueteando las motitas invisible en el suéter de Edward ― ¿Tienes algo que contarme? ¿Estuvo bien tu día?
La visita que le hizo a James fue lo primero que se le cruzó. Estaba pidiéndole a Isabella que fuera sincera con él, que no le escondiera nada, ¿cómo entonces iba él a ocultarle eso? No la involucraba a ella directamente, pero la mente de ese tipo era tan retorcida que seguro para molestarlo volvería a acercarse a Isabella, por lo que debía ponerla en alerta. No era algo de lo que debiera preocuparse, porque pese a todo, James era estúpido y por lo mismo inofensivo. Pero de cualquier modo, era mejor decírselo… ¿pero justo en ese momento?
―Bueno, una niña me obligó ir a un centro comercial a comprar un árbol y una cantidad desmesurada de adornos ―comentó, sonriendo. ―Puse a prueba mi espíritu decorador, lo que no resultó muy bien.
―Lo haremos juntos ―acordó ella, torciendo la boca en una sonrisa divertida.
―Es lo que quería oír.
― ¿Es todo? ―insistió ella, a lo que Edward negó con la cabeza y se movió para bajarse de la cama, jalando a Isabella con él.
―Uhm… regresaré a hacer clases en la universidad en enero… y hay algo más, que te contaré mientras comemos.
― ¿Algo malo? ―preguntó, preocupada, a lo que él se apresuró a negar con la cabeza, sacando a su chica del cuarto.
―No, malo no. Así que no te preocupes ―le besó la cabeza mientras caminaba con ella sujetándola por la cintura de camino a la cocina.
No iba a permitir que el desquiciado ese de Aro Vulturi, ni el imbécil de James, ni mucho menos Esmerald arruinara su vida y la de Isabella. Iban a tener que estar preparados, porque él estaba dispuesto absolutamente a todo para salvaguardar la seguridad de la mujer que amaba, y no escatimaría en gastos ni costos de ningún tipo.
Con esa determinación, siguieron hasta la cocina, pasando por el caos que él y su hermanita Jane habían dejado en la sala, mirando Isabella y negando con la cabeza pero con una sonrisa divertida en los labios. Eso hizo sonreír a Edward, a quien le tranquilizó que ella se olvidara al menos de momento del mal rato que había vivido y del miedo que la había dominado.
**oo**
Aro encendió la lámpara de escritorio y se sentó frente a su mesa dejando caer el sobre marrón sobre la base de ésta, a la vez que sus manos desataban el nudo de su corbata gris oscura, con movimientos cansados, después de un muy ajetreado día. Destacaba y celebrara los cuantiosos negocios que celebró ese día y que no harían sino aumentar su patrimonio y el de sus hijos, el patrimonio y la fortuna que en breve disfrutaría de la mujer a quien volvió a ver cara a cara esa misma mañana, después de uno de sus informantes le avisara de su arribo al apartamento que más de una vez, él había visitado.
Estaba tan hermosa, y tan mujer que con solo cruzar su mirada con la de ella, el hambre por lívido se abrió en sus entrañas y la sangre se le calentó de deseo por ella, el que tuvo que mantener a raya con esa mujer que a simple vista no quería nada con él, pese a que estaba seguro que era un simple arrebato de mujer herida y despechada. No demoraría en poner en marcha su plan de reconquista hacia ella, y ella ciertamente no demoraría en caer otra vez en sus brazos.
Con esa seguridad, Vulturi abrió el informe que detalla explícitamente todo con respecto a otro asunto que lo tenía intrigado, y era la existencia de este hijo de quien vino a saber por casualidad. Esmerald había insistido en que ella no sabía nada sobre su teoría, que Elizabeth nunca aseguró que Edward era hijo suyo. Pero él no necesitaba ni mucho menos dependía de esa mujer para alcanzar sus objetivos; si ella no le decía la verdad, él lo averiguaría.
Se acomodó en su sillón de cuero, leyendo extractos relevantes del informe detallado sobre la vida de Edward Masen, músico de profesión de treinta y cuatro años de edad, recientemente divorciado de la famosa escritora de novelas Rosalie Hale, quien estuvo internada algo más de un mes por un problema neurológico que desarrolló. Hablaba de su madre y su abuelo, muertos ambos, este último cuando el músico tenia veintidós años de edad.
― ¿Qué es esto? ―susurró, leyendo que en la actualidad, el músico se encontraba manteniendo una relación sentimental seria con una enfermera de veinticuatro años.
Dejó a un lado en informe escrito y revisó una a una las fotografías que el investigador había logrado reunir para él, algunas antiguas de la infancia y adolescencia del músico, y otras más actuales como su última presentación al frente de la sinfónica de Leonilde… y como un pase por la playa, muy romántico, tomado de la mano de su pareja, la enfermera de la que hablaba el informe.
―Esto tiene que ser una broma ―admitió, mirando con ojos desorbitados la fotografía donde Edward rodeaba por la cintura a una menuda chica de cabello corto, castaño, y que le sonreía mostrando su blanca y perfecta dentadura.
Esa mujer, no era ni más ni menos que Bella, su Bella.
― ¡Mierda!
Soltó la fotografía y se pasó la mano por el rostro, cerrando los ojos y bufando como toro enojado, gruñendo por el hecho de que el gracioso destino estaba jodiéndolo como nunca antes lo hizo. Su mujer y su hijo, juntos.
―Mierda ―repitió, levantándose de su ya no tan confortable sillón, caminando de un lado a otro dentro de su privado, pensando en cuál era la forma más acertada de apartarlos.
Esa misma mañana había amenazado a Isabella con intervenir él mismo en la relación que ella actualmente tenía si no le ponía fin y se dejaba de estupideces con quien quiera que estuviera. Ahora que lo sabía, entendía que tenía que intervenir, pero con sutileza y no del modo que él había pensado, poniendo en riesgo la vida de su primogénito, porque no necesitaba de exámenes ni confirmación biológica alguna para saber que efectivamente Edward era su hijo.
Todo se estaba complicando. Edward y Bella juntos, algo que jamás se hubiera imaginado… pero algo que acabaría pronto, porque él se encargaría de hacerles ver que no era natural, que Bella era suya y que esta vez no estaba dispuesto a compartirla con nadie, ni siquiera con su hijo.
―Lo siento, hijo ―dijo, mirando hacia el jardín oscuro ―pero esa mujer me pertenece y ni siquiera tú podrá arrebatármela.
Ahí se quedó Aro Vulturi, pensando y tomando decisiones acerca de cómo proceder respecto a este problema que se presentaba y que ni por asomo se imaginó presenciar, pero del que estuvo seguro resolvería a su favor, como solía hacerlo siempre.
