Capítulo 27 –La armería

-Ethan… -le dijo Liz, detrás de él

Estaban en medio de un parque cercano, y frente a él se encontraban nueve tumbas, aunque había una que estaba separada de las otras: nunca el impacto de tener que enterrar a un ser querido podría disminuir, y eso era lo que pensaba mientras veía la tabla de madera que había usado para marcar esa tumba, la cual exhibía un colgante metálico, con un número, y un nombre: John King.

-Somos un número –dijo entonces –como miembro de algo más grande que nosotros… pero a la vez tenemos un nombre porque somos nosotros…

Liz sólo lo miraba desde atrás, con una mirada angustiada, intentando comprender qué pasaba por la mente de su compañero, su amigo.

-Si algo he aprendido –dijo entonces, sin voltearse para mirarla –es que nadie merece morir… pero si hay alguien que realmente no lo merecía, era él

Pero ella no podía dejar que él cayera de nuevo: sentía el impulso de levantarlo, como en el pasado; no podía permitirse verlo nuevamente derrumbarse por sus propios ataques a sí mismo.

-No es tu culpa… -le dijo entonces ella, delicadamente

-Ambos sabemos que eso no es verdad… yo los trae conmigo… yo…

-¡No! –Le gritó ella, agitada como nunca antes, liberando quizá cuántas noches retenidas, con los ojos humedecidos -¡Tú lo único que nos has entregado directamente es esperanza! ¡Incluso mientras se estaba muriendo John no hizo sino agradecerte y decirte que no eres cómo crees que eres! ¡Si hay algo que nos caracterizó a todos, es que cuando nos encontraste todos estábamos sin esperanzas de llegar más allá del día! ¡Pero tú fuiste quién nos extendió la mano y nos dio un hogar! Mierda… olvida la basura que dije antes… ¡Tú eres quien realmente ha puesto más de sí mismo en todo esto y no eres capaz de darte cuenta porque estás demasiado ocupado tratando de culparte por cosas que estaban fuera de tu alcance! ¡Y detesto verte de ese modo! ¡Me llena de rabia! ¡Me harta!

Fue entonces que se dio cuenta de que no sólo ella estaba jadeando y respirando agitadamente, llegando a temblar, viéndolo fijamente sin separar en ningún momento sus ojos de él, sino que también lágrimas caían de sus ojos.

-Qué sabes tú de cómo soy… -respondió Ethan, viendo hacia el suelo –qué sabe cualquiera de cómo soy… soy un asesino, soy alguien que solamente sabe cometer errores, uno tras otro… soy un inútil… he robado al indefenso… he matado al inocente, y he hecho que otros mueran por mí

-John te dijo un millón de veces que no era así, incluso en sus últimos momentos ¿y sólo puedes responder eso? ¿Así es como respondes a…?

-¡John no estaba pensando razonablemente! –Lo interrumpió rápidamente Ethan, agitando su mano hacia el lado -¡John se aferró a una idea falsa, pensando que yo era una buena persona, cuando no era más que el vestigio de lo que alguna vez fui!... ¡No!... ¡Jamás fui una persona!... ¡Él quería creer que era así!... ¡Para poder creer que gente como su hermano seguía viva! ¡Quería… quería… quería reemplazarlo conmigo así como yo te usé como reemplazo de mi hermana muerta!

Fue entonces que, agitado tanto como ella había estado hacía sólo segundos, se dio cuenta con horror de lo que acaba de decirle. Ella sólo lo veía todavía jadeando un poco, sin decir palabra alguna, con los ojos abiertos, todavía con las lágrimas de segundos antes en sus mejillas.

Bajó la mirada, y vio sus manos que había levantado, las cuales mantenía con la palma abierta, notando el dedo que le faltaba, para luego cubrirse la cara con ellas, notando que sus ojos se estaban humedeciendo rápidamente.

No lo merecía, no lo merecía, y jamás lo había merecido, desde el momento en que le había ofrecido comida en aquella armería: no merecía nada.

No merecía el cariño de Liz.

Fue entonces que empezó a retroceder, primero lentamente, para luego empezar a correr gradualmente hacia atrás, mientras de sus ojos caían lágrimas que eran lanzadas al aire mientras corría.

Pero entonces sintió que algo lo tomó por el brazo derecho, para retenerlo, luchando contra su paso, luego sintió otra cosa que lo tomaba del brazo, para continuar empujando para detenerlo.

Era ella, quien estaba corriendo tan rápido como él, para poder detenerlo.

-¡No dejaré… -gritaba ella, mientras lo sujetaba, siendo arrastrada por él –que te sigas lastimando de esta forma!

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué luchaba por intentar hacerle cambiar de opinión, después de todo lo que había pasado, después de todas las veces en que los hechos le habían dejado claro lo que él había ocasionado? No podía entenderlo; no podía entender qué impulsaba a esa muchacha a perseguirlo una y otra vez, aun cuando no hiciera efecto, y siempre tuviera que hacerlo de nuevo.

Notó entonces que, de alguna forma, lo estaba empujando hacia atrás cada vez con mayor fuerza, empezando a dificultar sus pasos: lo estaba deteniendo, lo estaba deteniendo.

-¡Deja… -gritó, cuando se dio cuenta de que iba a caer hacia atrás en cuestión de segundos –de perseguirme siempre!

-¡Entonces deja de huir… –le gritó ella, justo cuando ambos cayeron al suelo –de ti mismo!

Pudo ver cómo su mundo se movió, pasando del cielo soleado de la tarde, para luego darle un duro golpe en la cabeza al caer, notando que el lado izquierdo de su cuerpo había caído sobre Liz.

¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba pasando?

Se sentó en el suelo, sin la suficiente voluntad como para ponerse de pie nuevamente, sin saber bien qué tenía que hacer, si es que había algo así en esa situación: sólo sabía que Liz se levantó y se paró a su lado, aunque él no se atrevía a mirarla.

-¿Por qué… Liz? –preguntó entonces, sin mover si mirada del piso frente a él -¿por qué sigo vivo?

Entonces notó que Liz se agachó, y se sentó en el suelo, a su izquierda, para extender su mano y con ella tomar la de Ethan: la mano en donde le faltaba el dedo.

-Porque muy dentro de ti –le dijo ella, con un tono más calmado, que casi lo tranquilizaba –sabes que no eres como dices ser

-¿Cómo puedes saber eso? –le preguntó Ethan, pero sin rabia como antes, sino implorando saber qué la convencía de eso; qué era lo que ella veía y él no

-Por esto –le respondió ella, acariciando su mano –porque estamos acá… porque aun cuando creías que merecías ser castigado por el resto de tu vida, y morir solo y olvidado como el monstruo que dices ser… en vez de recluirte, nos encontraste y nos salvaste… mientras creías que eras una causa perdida, por dentro sabías que no era así, y que todavía podrías continuar adelante, y fue esa luz la que vimos en ti: no escuchamos lo que decías, porque sabíamos que era mentira; John lo vio, yo lo vi… todos lo vieron… has sufrido mucho, pero acá estás, y aunque no te des cuenta, en este mismo momento también estás luchando por continuar, y no soy yo quien te empuja para poder levantarte… eres tú quién casi imperceptiblemente está ahora mismo cargando todo ese peso, y quiero que deje de ser así

-Liz…

-No te quiero ver sufrir más, Ethan… no quiero verte sufrir sólo por ser como eres… quiero que dejes atrás todo eso… no quiero que te castigues más

Recordó las palabras de John: "así es como eres", y no pudo sino conmoverse al ver a Liz luchando precisamente contra eso, hallándose ahora sola en esa cruda batalla; no lo hacía por ella, sino que lo hacía enteramente por él, siempre pensando en él, tal y como todas las veces en que ella había curado sus heridas en los tiroteos, las heridas de su cuerpo; las heridas exteriores: ahora estaba intentando curar las heridas que residían dentro de él, en lo más profundo de su persona, quería que esas heridas cicatrizaran y que pudieran dejar de causarle daño, mientras que él lo único que hacía era abrirlas siempre, cada vez más, haciendo que todos sus esfuerzos en vano.

Y él nunca había visto eso, nunca antes había podido ver eso en las intenciones de Liz, en todos esos meses: ella siempre lo había sabido, siempre; desde el momento en que él se había puesto a llorar frente a ella, desesperado, pensando en que sería un cazador por siempre.

Entonces se dio cuenta: ésa había sido la verdadera razón por la cual Liz había vuelto a abrazarlo, en vez de huir de él: todo ese tiempo ése había sido el verdadero motivo.

Todos esos meses de sonrisas, gestos graciosos, charlas de todos los temas: no eran por ella; tras cada sonrisa suya había una persona excepcional que estaba luchando desesperadamente por hacerle ver la causa de su sufrimiento, y a pesar de todos esos meses en donde no había visto mayor avance, si es que había habido alguno, jamás se había rendido, siempre continuando su lucha.

Y él nunca lo había visto.

-Liz… -dijo, empezando a notar que su voz se interrumpía entre los sollozos que ésta vez eran por ella –perdóname… perdóname por favor –su voz se ahogó completamente en esas tres últimas palabras –yo no sabía…

No pudo evitar volverse hacia ella y abrazarla como pocas veces había hecho en su vida, con su cuerpo temblando mientras lloraba, apoyando su cabeza en el hombro de ella, sintiendo la rigidez del chaleco antibalas de Anna, pero eso lo calmaba mucho más. Esa chica de unos veinte años había sobrevivido a todo el dolor que había sufrido, mientras a la vez, durante casi un año, también se preocupaba por él, día a día, palabra a palabra, gesto a gesto.

Nunca en la vida podría pagarle lo que había hecho; jamás podría compensar esa entrega incondicional de cariño y dedicación que ella le había entregado.

Siempre había pensado en que era él quien la protegía, llevándola sólo a tiroteos en donde era realmente necesaria, dándole el chaleco antibalas, preocupándose de que no corriera mayor peligro, pero en el fondo ella era la que siempre lo había cuidado, nunca rindiéndose, a pesar de que el enemigo que ella enfrentaba era todavía peor que el que enfrentaba Ethan en los tiroteos.

-Te perdono –le dijo entonces ella, con su voz dulce, abrazándolo fuertemente –te perdono, Ethan

Ya no sería igual: ya no volvería a dejar a Liz luchando contra algo invencible, y cambiaría, porque si en el mundo existía una persona que creía firmemente en él, incluso después de todo lo que había pasado, a tal punto de dedicarse de esa forma a pelear por él, entonces valía la pena demostrarle que su lucha no había sido en vano: que podía curarse, y que podría dejar de lastimarse a sí mismo, por él, y por ella.

Porque ya no sabía sólo que pasaba, sino que sabía el porqué.

Sabía que alguien estaría ahí para él para cuando él cayera, aun cuando él mismo no quisiera ayuda: la mano seguiría extendida, sin importar lo que él hiciera.

Porque había alguien que lo cuidaba.