¡Jueves de actualización, damas!
Gracias por seguir acompañándome en esta locura que comienza a acercarse a la recta final. Pero todavía falta un buen tramo, así que no se asuste.
A leer entonces!
Besos y abrazos a todas.
Capítulo 30
Esmerald hizo una mueca de disgusto cuando vio el nombre de James en la pantalla de su teléfono. Eran más de las once de la noche y ella deseaba tener un sueño tranquilo y reparador después de todas las emociones del día, pero con James insistiendo al teléfono supo que no sería eso posible no atendía la maldita llamada, por lo que tuvo que contestarle, no preocupándose de impostar un tono amable al contestar.
―Qué es lo que quieres, James.
Se sentó contra el cabecero de su enorme cama y miró hacia el frente, justo hacia donde dos lamparitas de muralla alumbraban un retrato de ella cuando joven y que Carlisle puso allí poco después que se casaron.
―Sé que estás en tu casa, así que levántate y ábreme la puerta, Esme ―respondió el músico, con tono alterado. Ella hizo un mohín y flectó las piernas bajo las sábanas grises de su cama.
― ¿Sabes qué hora es? Además, mi hija está durmiendo…
―Más de una vez he entrado cuando la niña está durmiendo, y a ti no te ha importado ni eso ni la hora, no cuando estoy fallándote como una bestia sobre tu cama. Así que levántate y ábreme, antes que haga un escándalo.
―Maldita sea. ―Colgó la llamada y se levantó de la cama, colocándose una bata de seda negra, mismo color del camisón de dormir que llevaba puesto.
No estaba maquillada ni peinada, pero eso no significaba que la hermosura de esa mujer mermara. Tampoco se preocupó de lucir presentable para recibir a su indeseada visita, pues lo echaría a volar rápido, no estaba de humor para sus arranques.
Encendió las luces de la sala y del recibidor, desbloqueó el sistema de seguridad y abrió la puerta, a la vez que el portón de la entrada se abría para dar paso a la figura de James que se acercaba a la entrada de la casa a paso rápido, dando cuenta de su rostro furioso a medida que se acercaba a la mujer.
Cuando estuvo cerca de ella, la tomó por el brazo de forma ruda y la obligó a entrar. Una vez adentro acercó su rostro crispado al de Esmerald, revelando su hálito alcohólico después de beberse uno o dos tragos en un bar. Vestía de negro y su rostro estaba cubierto por una barba incipiente, "como la que suele usar Edward" pensó Esmerald, riéndose para sí de la forma tan estúpida en que James intentaba parecerse a su Edward.
―Habla rápido y lárgate de una vez, James. Estoy cansada.
La voz de Esme era dura y tajante. No le temía a esos arranques de James, más bien le causaban pereza y desagrado.
―¿Quién es el tipo a quien vi salir de aquí esta mañana? ¿Dormiste con él? ―quiso saber él, soltando las preguntas a través de su mandíbula tensa.
En honor a la verdad, Esmerald debía reconocer que fue una estupidez salir a despedir a su amigo Aro a la puerta de su casa, vestida en traje de dormir y para colmo dejándose besar por él. Cualquier persona podría haberlos visto, y aunque no tenía nada de malo pues era una mujer divorciada, debía irse con cuidado para no dar que hablar. Claro, jamás pensó que James estuviera haciéndole la guardia y tuviera ella la mala suerte de ser descubierta por este hombro sensible…
De todas maneras ella quiso hacerse la desentendida, y arrugó el entrecejo haciendo como si no entendiera de lo que él hablaba.
― ¡¿Qué?!
James soltó un gruñido antes de contestar. Esa mujer, como era habitual, estaba dejándolo como un estúpido.
― ¡Te vi, maldita sea! No te atrevas a negarlo. Ni siquiera procuraste vestirte antes de salir a despedirlo a la puerta, con un beso apasionado…
―Estás delirando…
― ¡Te vi! ―volvió a repetir, levantando la voz. Esmerald apretó los dientes y con el puño lo goleó sobre el pecho.
―Baja la voz.
— ¡¿Quién es?! ―insistió él, bajando un poco el tono de voz como Esmerald se lo ordenara, dejando ver a través de las luces tenues del recibidor, un gesto osco y de desagrado hacia él.
― ¿Por qué piensa que te debo explicaciones de quienes son los amigos que me visitan, o mis amantes?
― ¿Por ese tipo me has hecho a un lado? ¿Su dinero es lo que te lleva a revolcarte en tu cama con él? ¿Ya se lo presentaste a tu hijita?
―No tienes idea de lo que dices, James. ¿Para eso has venido?
― ¡Me hiciste a un lado, maldita sea! ―gruñó, acercando su frente a la de ella, con intención de besarla como deseaba hacerlo desde hace días ya.
¿Cómo es que ella no sentía él mismo ardor y deseo por él? ¿Cómo no la invadía la desesperación que lo atormentaba a él? como una mascota desesperada por tener la atención de su ama, así se sentía James, que sentía, era capaz de hacer cualquier cosa por llevarse aunque fuesen las sobras de esa mujer, que lo usaba y lo desechaba cuando quería.
―Dios, James ―murmuró, soltando un bufido, apartándose de él. ―Me han surgido… complicaciones. Y a quien viste esta mañana es un viejo conocido que se toma más atribuciones que las que le corresponde conmigo. Pero ahora es un aliado…
―Yo quiero ser tu aliado…
Esme sabía el poder que ejercía sobre ese hombre que la miraba con desesperación, esperando algo de afecto u atención. ¿Cómo podía servirle para sus propósitos y a la vez dejarlo conforme? Odiaba esos arranques de celos, pero debía pensar en algo rápido para aplacarlo y sacar provecho.
Entonces una idea cruzó en su cabeza, una petición que él le había hecho y que no había llegado a cumplir como ella deseaba. Ahora más que nunca debía ponerla en marcha otra vez.
―Hay algo que puedes hacer por mí. ―dijo entonces, cambiando su tono de voz a uno más conciliador, envolvente para los sentidos de James, que cayó enseguida en el embrujo de esta mujer.
―Dime qué… lo que sea, lo haré.
Inspiró hondo y esbozó una sonrisa aparentemente llena de ternura, que no era más que una actuación para manipular a su fiel mascota.
―Necesito que provoques a Isabella, para que se aparte de Edward…
― ¿Otra vez con eso? ―torció la boca en un gesto que advertía desagrado. Aun así ella insistió en obtener su ayuda.
―Es más delicado, una larga historia.
―Dímela.
Esme torció la boca y pensó que con esa información en las manos de James sería más fácil que se acercara a provocar a Isabella finalmente. Además, seguro él lograría sacar provecho de dicha información.
―Esa mujer participó en juegos sexuales en el pasado, en el sitio donde solíamos reunirnos. Quiero que te acerques a ella y la hagas revivir viejos tiempos, que ella sepa que estás enterado y que quieres disfrutar de lo que ella puede darte, a cambio de una buena suma de dinero. Ya sabes, esas mujeres acceden a ir a esos lugares y prestarse para esos juegos a cambio de dinero, y es lo que le ofrecerás.
― ¿Estamos hablando de la misma muchacha? ¿Esa enfermera…?
―La misma ―confirmó ella. ―Acércate y moléstala, insinúatele hasta que ella ceda, no puede ser de otra forma debido a su pasado.
― ¿Y acaso Edward sabe de esto que me estás contando? ¿No sería mejor ir y decírselo directamente? Porque con esto que me estas pidiendo, quieres que él se dé cuenta de la clase de mujer que tiene al lado, ¿o me equivoco?
―Pese a todo, eres perceptivo, querido James…
― ¿Y qué tiene que ver el tipo ese que te visitó?
―Él es el dueño de Isabella. Regresó después de una larga ausencia para recuperarla.
James parpadeó, tratando de comprender lo que Esme le decía, aunque parecía ser una locura. Aun así haría lo que ella le pedía, como siempre. De cualquier modo, si eso servía para molestar a Edward también, para él estaba bien.
― ¿Y él sabe de esto que me estás diciendo?
―Él la indujo a ese mundo ―explicó, a la vez que pasaba las manos sobre las solapas del abrigo negro que cubría al hombre. ― ¿Harás eso por mí? Ahora no es necesario que trates de acercarte a ella por las buenas. Simplemente hazle saber que sabes de su historia y que llegas a ella para confirmar los buenos comentarios que rondan respecto a su vieja actividad.
―Uhm… ―rodeó a Esme por la cintura, bajando sus manos hasta llegar a sus nalgas, las que apretó por sobre el material suave de su traje de dormir. ― ¿Y si cede, no tendrás problema con que me pegue un revolcón con esa mujer?
Esmerald soltó un bufido antes de llevar sus manos para acariciar la barba que se dejaba crecer James, pasando sus uñas afiladas por su rasposo mentón.
—Dudo que te haga sentir tan bien como cuando estás conmigo…
―Pero si ese hombre volvió para buscarla, es por algo… ―comentó, alzando sus cejas. Ella hizo una mueca de desprecio,
―Aro es un vejestorio que se conforma con cualquier cosa.
―¿Contigo no se conformó?
―No le di la oportunidad…. ―y lo besó para silenciarlo. Gruñó para sí misma quedando hasta allí su deseo de pasar una noche tranquila y sin actividad.
Deseaba poder acostarse y descansar para poder tener las ideas claras al día siguiente. Era preciso tomar cartas en el asunto que ocupaban su preocupación primordial. Conseguiría que Edward dejara a esa puta vestida de enfermera, y cuando eso sucediera… sería finalmente su momento.
**oo**
Edward se sentía como león enjaulado. Lo habían citado a una reunión esa misma mañana, la que no podía eludir. Para él no hubiese significado problema alguno si esa mañana Isabella no hubiese acordado una reunión con Peter, el hermano de Jasper, con quien Carlisle ya se había comunicado, llamando la noche anterior para confirmar la cita y hablar del tema de una vez. En primera instancia decidió llamar a sus superiores en la universidad para excusarse, pero Isabella por supuesto, le pidió que no lo hiciera, que continuara con sus actividades y que ella re reuniría con sus abogados. Además, Jasper sin saber muy bien por qué Isabella se reuniría con su hermano, ofreció su propio apartamento para dicha reunión.
―Pensé que no harías más esto… lo de dejarme a un lado ―dijo el músico con tono resentido en su voz, mientras ordenaba partituras.
Ella torció la boca con pena y se acercó a él, arrebatándole los papeles y dejándolos sobre la tapa del piano, para abrazarlo por la cintura y descansar su cabeza sobre el pecho.
―Debemos seguir adelante con nuestra vida normal ―dijo ella, con el oído pegado en el relajante sonido del constante golpeteo del corazón de su amado músico. ―Tú tienes una reunión importante que no puedes eludir, yo debo ir a reunirme con los abogados y enseguida ir al hospital, recuerda que retomo el trabajo…
―No me recuerdes eso ―se lamentó él, suspirando y devolviéndole el abrazo, mientras dejaba sus labios sobre la cabeza de su chica.
―Cuando termine, puedo ir a encontrarte a la universidad y podemos pasear por ahí, antes que me traigas aquí y me hagas el amor… como anoche…
―Estuviste excepcional, como siempre…
Después de que Edward degustara de la porción de Pollo a la mostaza que Marcus había enviado para él y mientras hablaban con Isabella de algo que no tuviera que ver con su fantasma que la acechaba, decidieron acomodarse frente al televisor y ver una película para relajarse, la que no alcanzaron a ver pues los ánimos se caldearon en el mejor sentido de la palabra, acabando Isabella, desnuda, bajo el cuerpo también desnudo de Edward mientras él la amaba con la intensidad de siempre y el amor que con el tiempo parecía elevarse exponencialmente. Además, ella estaba tan ansiosa de sentirlo que no le bastó con una sola vez, demandando como pocas veces, que él se ocupara de su cuerpo ansioso hasta que quedó relajada, sintiendo como si estuviese tendida sobre una cómoda y suave nube, como siempre después de los orgasmos, gentileza del músico.
―Esto de hablar con los abogados debo hacerlo yo, sin intermediarios…
―Lo entiendo, pero quería estar contigo. No quiero que atravieses por esto tú sola.
―En dos días llega mamá y… tendré que hablarlo también con ella. No será lo mismo, porque me da más miedo enfrentarme a su reacción que a la de los abogados…
―Sabrá entenderte, lo sé. No tengas miedo, finalmente ella será una más del batallón que te rodea para protegerte…
―Eso espero. ―Suspiró, se alzó sobre la punta de sus pies y besó suavemente los labios de Edward. ―Además, tengo que pasar por el hospital para recoger mis horarios… los dos tenemos cosas que hacer.
―Está bien, está bien ―le tomó el rostro y volvió a besarla, esta vez con algo más de intensidad. ―Después de la reunión en la universidad, iré a la sinfónica. Tengo que atender unos asuntos de administración, por lo que te esperaré allí.
―Oye... uhm… sobre Jasper… ―carraspeó nerviosa y miró a Edward a través de sus pestañas ― ¿le has comentado algo… de mi asunto… ya sabes?
―No, no le he dicho nada. No sé si Alice lo haya hecho…
―No, no lo hizo todavía, creo.
―Pues es tu decisión y si lo haces debes confiar en que él será parte de nuestro equipo, ya verás.
―Está bien, confiaré en él ―se rascó la cabellera y sonrió con algo de inquietud al agregar ―además, dentro de poco ese ya no será mi secreto mejor guardado, ¿verdad?
Edward torció la boca y le tomó las manos, besándoselas. Le sonrió para infundirle ánimo antes de tomarla por los hombros y llevarla a la recamara a recoger su chaqueta y llevarla al apartamento de Jasper, recordándole que le informara por teléfono cómo le había ido con los abogados, preguntándole una vez más si no se sentiría más tranquila con él a su lado mientras hablaba con ellos. Ella por supuesto que hubiera ayudado con su calma tenerlo al lado, pero no podía abusar de su tiempo y eso debía hacerlo ella con la seguridad que el mismo Edward le había infundido una y otra vez. Así que declinó de su ofrecimiento y lo besó en despedida antes de salir del coche y subir al apartamento de Jasper.
Al llegar, la enfermera fue recibida por el dueño de casa con un fuerte abrazo que duró un poco más de lo habitual. A ella le pareció un poco raro pues Jasper no solía tener esas demostraciones de cariño hacia su persona, aunque todo cobró sentido cuando el dibujante se apartó y le sonrió de tal manera como si fuera su intención infundirle ánimo y confianza.
― ¿Ya lo sabes, verdad?
Jasper se inclinó de hombros, sujetando a Isabella por los brazos, esperando quizás que ella no saliera corriendo.
―Oí por casualidad, y nada tuvo sentido hasta que Alice me lo explicó. Pero creo que no debes sentir vergüenza ni mucho menos. Fuiste una chica que quiso experimentar, es todo. Además creo que eso no es lo importante, sino la forma en que no se te respetó cuando dijiste "no más".
―Es lo que me repito cada noche.
Jasper cerró la puerta y la abrazó por los hombros acompañándola hasta la sala de su departamento de soltero, pulcro y muy bien decorado. Se sentaron en un sofá de tres cuerpos y él la sujetó por las manos, apretándolas levemente.
―Verás que ese tipo se va a arrepentir de seguir acosándote. Mi hermano odia a los tipos como esos y está listo para patear su adinerado culo y hundirlo, porque ¿entiendes que puede haber sometido a otras chicas como lo hizo contigo?
―No estoy segura… y ojalá no haya sido así.
―No vas a sentar un precedente, porque esto es más habitual de lo que crees, eso me explicó Peter, que por cierto está acabando de desayunar. Dijo que había trasnochado trabajando y que despertó tarde esta mañana.
―Les agradezco todo lo que están haciendo por mí. Sé que lo hacen por Edward y…
―Lo hacemos por ti, Isabella.
Entonces apareció por un un pasillo lateral la imagen atractiva del abogado, hermano de Jasper, que venía cargando un tazón en café en una de las manos. Fácilmente ese hombre tenía unos diez años más que Jasper, pero sin duda eso no mermaba en el atractivo que inspiraba a mirarlo. Su cabello era de un color rubio oscuro que peinaba hacia atrás, mientras que sus ojos de un extraño tono verde no dejaban de sonreírle con la mirada. Isabella recuerda que la primera vez que lo vio, cuando Edward le compró el apartamento donde ahora vive, no se detuvo a observarlo bien por temor de ser descubierta por el músico, pero ahora que estaba tomándose un poco más de tiempo debía reconocer que el abogado era muy atractivo.. Aunque no tanto como Edward lo era, pensó Isabella, sacudiendo la cabeza cuando Peter movió su mano abierta frente a sus ojos.
―Ho… hola Peter.
―Me alegro que hayas llegado y lamento que Edward no te pudiera acompañar.
―Seguro me harán sentir lo suficientemente cómoda para no necesitarlo al lado ―explicó, soltándose la bufanda ―Además, no quería que siguiera posponiendo sus compromisos por mí.
―Bueno ―intervino Jasper ―seguro hará llamadas cuando se cerciore de que Carlisle ha llegado y la reunión ha comenzado.
―Es cierto…
Entonces Peter, como buen hermano mayor, siempre con la intención de instruir a Jasper, su hermanito pequeño, lo golpeó en la nuca con la mano, desviando Jasper su mirada hacia el abogado que lo miraba como si quisiera regañarlo, siendo eso lo que hizo exactamente.
― ¡¿Y dónde demonios dejaste tus modales?! ¿Por qué Isabella aún no tiene una taza de café o siquiera un vaso de agua?
― ¡Está bien, pero no me pegues, maldita sea! ―le respondió con un gruñido, volviendo a mirar a Isabella, impostando hacia ella una sonrisa de disculpa ― ¿Café, té, jugo? Dime lo que se te apetece…
―Un jugo está bien…
―De naranja, acabo de exprimirlo yo mismo ―recomendó, poniéndose de pie y dejando a su hermano y a su invitada a solas en la sala.
Peter dejó el tazón sobre la mesa de vidrio color humo que dominaba el centro del espacio, y se pasó las manos sobre las piernas contra el material del jeans gastado que estaba usando.
―Carlisle me llamó ayer y me contó sobre tu caso. Edward también lo hizo y le aseguraré que te ayudaría, pero necesito que seas lo más exacta posible conmigo sobre los datos que vaya a preguntarte. Cualquier cosa puede ayudarnos para culpar a ese hombre por atosigamiento y extorción, ¿lo entiendes?
―Sí… sí lo entiendo… ―carraspeó repetidamente.
―Sé que quizás será duro recordar, pero es lo mejor. Además, recuerda eso que dicen sobre sacar fuera la mierda para poder vivir en paz.
―Es precisamente lo que quiero, vivir en paz y que se olvide de mi de una buena vez
―Si no lo hace por las buenas, lo hará por las malas, y eso no será nada bueno para su impronta de empresario famoso… ―comentó, alcanzando una Ipad que había dejado sobre la misma mesa de centro, la que desbloqueó para retomar la lectura sobre lo que había estado investigando.
―¿Crees que con esto vaya a dejarme libre finalmente?
―Eso debes respondértelo tú misma. Pasaste tiempo con él que seguro llegaste a conocerlo en algo, presumo. Sabes cómo reaccionaría.
―No tengo claro qué tipo de fijación tiene conmigo. Él dijo que me amaba pero… me dejó después que intenté suicidarme, porque los negocios lo requerían en otra parte.
―Personas como él no aman sino a ello mismos y toman partido de personas con las que pueden sacar provecho. No tienen amigos, solo aliados a los que no dudaría en sacrificar si su propia seguridad estuviera en juego, y creo que algo pasó entonces que lo hizo alejarse de ti. Quizás si descubrimos qué fue…
Entonces y mientras Peter seguía investigando con sus ojos fijos en la tableta, reapareció Jasper con un enorme vaso de jugo de naranja el que dejó sobre la mesita justo frente a Isabella. Al mismo tiempo, el timbre del interfono sonó, disculpándose para ir y atender, anunciando segundos más tarde que Carlisle ya había llegado.
Cuando el segundo abogado arribó, saludó primero a Isabella con un fuerte abrazo como solía hacerlo y enseguida saludó a Peter con un fuerte apretón de manos y unas palmadas en el hombro.
―Bueno, abogados, será mejor que los deje a solas con Isabella. Están en su casa y…
―No te vayas, Jasper ―intervino rápidamente Isabella, mirándolo como si intentara convencerlo a través de sus ojos que se quedara.
― ¿Les parece bien si me quedo? ―preguntó el dibujante a los dos abogados, quienes negaron con la cabeza.
―Si Isabella se siente más cómoda contigo aquí, no hay problema... aunque sigo sin entender como una mujer puede sentirse cómoda contigo ―se burló, soltando un suspiro que hizo sonreír a Isabella y Carlisle —Alice sin duda está bien loca.
―Muy bien niños ―dijo Carlisle, justo cuando Jasper iba a abalanzarse contra su hermano y darle un buen golpe. ―Tenemos cosas que hacer, así que en marcha.
Isabella agradeció el ambiente distendido que sin duda la ayudó a relatar su historia a la que tuvo que remontarse casi desde el principio. A pesar de todo, hubiera deseado que Edward hubiese estado allí, sujetándole la mano mientras ella hablaba de la parte más vergonzosa de su historia, historia que en primera instancia los abogados y el músico oyeron en silencio.
―Llegué a casa de Aro Vulturi cuando iba cursando el segundo año de universidad ―carraspeó para seguir adelante con su relato ―Me hice muy amiga de su hija, Ángela, quien se unió a mi grupo de estudio, proponiendo usar su casa como lugar de estudio.
No recuerdo si fue ese primer día cuando lo vi por primera vez, pero debo reconocer que… capturó mi atención. Era un hombre atractivo, seguro de sí mismo… tanto así que no hizo nada para seducirme, porque fui yo la que se le insinuó en primer lugar. Era descarada en mis acercamientos y él parecía estarse divirtiendo con ello, hasta que cedió y…
Guardó silencio cuando las imágenes de aquel entonces fueron tan claras en su cabeza. Pensaba en aquel entonces, que nunca había conocido a nadie tan atractivo como él, ni de su edad ni de ninguna otra, haciéndole eso mismo perder la cabeza. Además, la forma en que él luego comenzó a mirarla, como si fuera una criatura de otro planeta, "Una maravilla" le decía, cuestión que a ella le encantaba.
―Isabella, podemos hacer una pausa si no estás…
―No, no… lo siento. ―tomó el vaso de jugo y bebió un buen poco antes de continuar, ante la atenta y respetuosa mirada de los caballeros. ―Después que pasaron unas semanas desde que nos convertimos en amantes, él insinuó que había un lugar en el que adoraría verme. Yo le dije que iría donde él me lo pidiera, aunque una parte de mi se arrepintió cuando supo de qué se trataba.
― ¿Hablaba de un club de sexo? ¿Allí te llevó?
―Sí ―susurró, como si reconocer aquello le avergonzara. ―Un lugar muy exclusivo, de ingreso restringido solo para quienes figuraban como socios.
Jasper alzó las cejas y se cruzó de brazos echándose hacia atrás, en silencio respetuoso para seguir escuchando la historia, mientras la única mujer que había allí recordaba la inmensa casona blanca en medio de árboles en la colina al este de la ciudad, imponente aun en medio de tanta naturaleza, con sus grandes puertas de roble y vidrio catedral, sus ventanales amplios que dejaban entrar la luz hacia aquel lugar que parecía un centro de esparcimiento familiar.
― ¿Sabes cómo era la política de aceptación de socios? ―preguntó Carlisle suavemente, como si no quisiera asustarla ― ¿Aro te lo comentó?
Ella parpadeó rápido y recordó la respuesta a esa misma pregunta que alguna vez le hizo a Aro, quizás el mismo primer día que la llevó a ese club y que a ella le entusiasmó tanto la primera vez.
—Alguien del círculo, como lo llamaban, tenía que llevarte ―explicó Isabella, entrelazando sus dedos ―Además, los dueños se aseguraban que tuvieras suficiente dinero como para pagar por los servicios y todo lo que allí se ofrecía.
―Uhm… ―murmuró Peter, pensativo, tomando notas. ― ¿Recuerdas si había mujeres que practicaran la prostitución? Me refiero a que se les pagara a cambio de favores sexuales.
―No que yo sepa. Siempre se presentaban como amigas de alguno de los socios, u otras que iban solas y que pagaban su propia membresía.
―Bien. Ahora dime cómo se realizaban las "dinámicas" en ese lugar. ―Pidió Peter, usando el mismo tono suave pero profesional. No era por morbo que querían oír la historia, sino para conocer detalles que los ayudaran con la defensa.
Isabella tragó grueso y mirando fijo la alfombra, agradecía que Edward no hubiese estado presente para oír los detalles de la historia.
―Bueno… había para todos los gustos. Habitaciones privadas y comunitarias, donde todos… se mezclaban con todos. Había otros cuartos que llamaban "Acuarios", porque eran azules y dos de sus murallas eran completamente de vidrio. Allí se realizaba sexo en grupo, mientras al otro lado hombres y mujeres se masturbaban o follaban entre ellos mientras miraban.
― ¿Participaste de todas esas actividades bajo tu consentimiento?
―Yo… al principio debo reconocer que me excitaba. Quizás por eso cedí, pero después…
― ¿Después te obligaba?
―Recuerdo que me llevaba al club a pesar de que yo le pedía que nos quedáramos en su casa o que fuéramos a algún otro lugar privado. Él se excusaba diciendo que solo iríamos por unas copas, porque también había un bar, que dicho sea de paso era para conseguir ligue, nada más. ―Isabella parpadeó rápido, masajeándose la sien, obligándose a recordar aquello que había tenido escondido en lo más recóndito de su memoria. ―Pedía un trago dulce para mí y después… siempre acababa en alguna de las habitaciones.
― ¿No recuerdas como pasabas del bar hasta los otros sectores?
―No, no la verdad. Pero recuerdo que las palabras de Aro hacían que un mecanismo de obediencia se detonara, y terminaba haciendo todo lo que él me pedía.
― ¿Recuerdas cada una de las sesiones a las que él te llevaba? ―quiso saber Carlisle, con tono de preocupación. Isabella torció la boca en lo que trataba de recordar.
―Destellos de algunas… hasta que me negaba en banda a beber en el bar siquiera.
―Allí sin duda hubo uso de estupefacientes ―intervino Peter con mucha seguridad ―Ella no recuerda haber consentido ir por su propia voluntad.
―Seguro que la droga allí se mueve como agua… ―comentó entonces Jasper, justo antes que su hermano volviera a tomar la palabra.
―Ahora, Isabella, desde cuándo y cómo él comenzó a presionarte para hacer lo que te pedía.
―Me amenazaba diciéndome que era de su propiedad y que tenía fotografías y videos que haría llegar a cualquier persona cerca de mí si no accedía. Otras veces trataba de persuadirme de buena forma, sutilmente. Había ocasiones que no cedía ni de buena ni de mala manera, propinándome él golpes…
Cerró los ojos y se cubrió la boca, tragando grueso, como si deseara remitir el vómito que le provocaba todo aquello. Carlisle se apresuró en acercársele y pasar su mano por la espalda, preocupado de su reacción.
― ¿Estás bien, Isabella? Podemos detenernos y seguir cuando te encuentres mejor…
―Ve por un vaso de agua, Jasper ―le indicó en tanto Peter a su hermana, que había quedado mudo de la impresión. Si alguien lo hubiese contado que la mejor amiga de su novia había visitado esos lugares, jamás lo hubiera creído, nunca.
Mientras Jasper iba raudo a la cocina por lo que su hermano pidió, Peter dejó a un lado la tableta electrónica y se preocupó de la chica, que se veía claramente descompuesta. Sin duda ese hombre al que estaba dispuesta a acusar, había causado grandes estragos en su vida.
― ¿Isabella, lo dejamos hasta aquí?
―No… no quiero ―murmuró ella, mirando a Carlisle y a Peter. Cerró los ojos e inspiró hondo, infundiéndose la seguridad y la determinación que parecía se esfumaba a momentos. ―Tengo que hacerlo.
―Eres muy valiente, cariño…
―Eso es verdad ―dijo Peter, recibiendo el vaso de agua que Jasper había llevado y que pensó era para Isabella, pese a que ella tenía un vaso de jugo de naranja a medio beber.
Miró Jasper a su hermano con deseos de descuartizarlo por tratarlo como su mayordomo, pero no lo hizo pues ahí había algo más importante que tratar.
―Continuemos entonces ―dijo Carlisle, volviendo a tomar l bolígrafo y su carpeta entre las manos. ― ¿Hay alguien que sepa de tu historia con Aro? Me refiero a alguien a quien le hayas contado de lo que te sucedió en ese momento.
―Alice, ella se dio cuenta que algo me pasaba ―fijó sus ojos en un punto indefinido y se abrazó a si misma por el estómago. ―Y mi tío Marcus, que se enteró cuando una vez llegó al apartamento y vio fotografías mías colgadas en actitudes sexuales que a él le parecieron aberrantes.
― ¿Aro, ese hombre, colgó fotografías en tu apartamento para que las vieran?
―Jugaba con mi siquis. Mi madre era ciega y no se dio cuenta de eso, pero decía que así como mi tío se había enterado mirando esas fotografías, todo el resto del mundo se enteraría cuando él publicara fotos desde los periódicos hasta en las paletas de la carretera. Iba a hundirme si no cedía a ir con él.
—Maldito animal… ―gruñó Jasper. Peter lo miró de reojo y concordó en silencio con su hermano.
― ¿Es la misma forma en la que te amenazó ahora, cuando volvió a acercarse a ti?
―Sí… además de amenazar con hacer desaparecer a Edward cuando le dije que estaba con él… y es lo que más miedo me da. No soportaría que… ―se detuvo, volviendo a cubrir su boca con la mano, cerrando los ojos con fuerza, incapaz de verbalizar siquiera aquella idea de que Edward, que no tenía la culpa de nada, saliera lastimado por su culpa.
―Eso no va a pasar, linda ―la consoló Carlisle, remitiendo su propio miedo por el músico a quien quería como hijo de su propia sangre. Tenía que confiar que la demanda asustaría a Aro y que eso haría que la atención de las autoridades estuvieran sobre él en el caso que algo le pasara a Isabella o a cualquier de sus cercanos.
― ¿Continuamos? ―preguntó Peter a Isabella, poniendo la mano sobre su hombro. ―Insisto que podemos dejarlo hasta aquí y continuar después…
―Después que colgara las fotos… ―inspiró hondo y habló apresuradamente, manteniendo sus ojos cerrados ―Después que colgara las fotos en mi apartamento, y que mi tío y Alice las vieran, yo me di cuenta que no iba a dejarme en paz, que era mi culpa porque había sido yo la que lo había provocado, que me había entregado a él y que lo había reconocido a él como mi dueño… todo era mi culpa, o eso es lo que pensaba. Estaba a punto de perder mi carrera porque descuidé mis estudios, le mentía a mi madre diciéndole que estudiaría afuera toda la noche, que por eso no llegaba a dormir… y para colmo de males, mi tratamiento anticonceptivo falló, y quedé embarazada.
Hubo un silencio profundo, cada uno digiriendo lo que la chica acababa de contar y que los pilló del todo desprevenidos. ¿Había estado embarazada de ese canalla?
―Cuando supe del embarazo intenté suicidarme ―continuó ella con voz ronca y monótona ―pero resultó que solo el… mi hijo no logró sobrevivir. Aro casi se vuelve loco cuando supo que había abortado un hijo de ambos, y me lo hizo pagar por supuesto. Esa era una canallada que no se quedaría sin cobrar.
― ¿Cómo se enteró del aborto?
―Cuando preguntó por mí en el hospital al que Alice me llevó cuando me encontró desangrándome en la bañera.
―Dios mío…
―Me azotó con unas fustas de puntas de metal, tan fuerte que rasgaban mi carne, y me hacían sangrar. Dejó que otros también lo hicieran, a pesar de que yo le rogaba que no quería, parece que mi negativa lo motivaba aún más a seguir.
Volví a intentar suicidarme por segunda vez porque no quería más de eso, no quería seguir viviendo si ese hombre seguía en la misma tierra que yo, pero de nuevo no resultó —añadió. ―Después de eso, unos negocios hicieron que él se ausentara, incluso sacó a su hija de la universidad y desapareció, no sin antes prometer que volvería.
― ¿Eso desde hace cuánto? ―preguntó Peter.
―Cuatro años, un poco más quizás…
―Habrá que investigar qué sacó a Vulturi tan abruptamente de la ciudad…―comentó Carlisle, poniendo el lápiz contra su labio.
―Quizás hay alguien más intentando darle caza ―comentó Jasper en voz alta, haciendo que tres pares de ojos se lo quedaran mirando, no porque estuviera hablando estupideces, sino porque era una teoría aceptable.
―No eres tan tonto como pensaba, Jasper. ―dijo el abogado hermano del dibujante, tomando en cuenta esas palabras. ―Lo investigaremos. Ahora Isabella, necesitamos que nos des direcciones, nombres de personas cercanas a él, el rubro de su empresa, todo lo que esté ligado a ese hombre
―Lo has hecho muy bien, querida, eres muy valiente. ―dijo Carlisle a la chica, a quien le tomó una mano apretándola levemente, contacto que ella agradeció.
Ella habló de lugares y personas que Vulturi solía frecuentar, ahora un poco más tranquila después de haber echado de una vez y a grandes rasgos toda su historia. Aunque para ella quedaba lo más difícil, que sería contarle a su madre esa misma historia. Probablemente omitiría una buena cantidad de información que le avergonzaba siquiera pensar en decirle, y el momento de hacerlo estaba muy cerca pues su madre no tardaría en regresar.
Mientras tanto en otra parte de la ciudad, Edward miraba su teléfono que había dejado sobre la mesa, esperando que Jasper, Carlisle o la propia Isabella le enviaran para darle señas de cómo había andado todo, pero nada que el aparato le anunciaba un nuevo mensaje o una llamada entrante.
Hacía casi dos horas que había dejado a Isabella en el apartamento de Jasper, por tanto ya la reunión entre Isabella y los abogados tendría que haberse desarrollado, ¿por qué no tenía noticias? ¿Y por qué demonios había permitido que ella fuera sin su compañía? Podría haber pospuesto esa reunión y haberla acompañado, así podría haber estado más pendiente de lo que conversaban el director de la carrera y el decano de la facultad de arte con quienes aún estaba reunido, detallando algunos aspectos de la materia que impartiría.
―Estamos muy contentos de que regreses a las aulas de la universidad, Edward ―comentó el decano, que durante la reunión no había parado de elogiarlo, algo que tenía un poco incómodo al músico que no se llevaba muy bien con la excesiva zalamería.
La sala de reunión de la facultad era un lugar amplio y lleno de luz, con una mesa imponente de doce puestos, justo en el medio donde en ese momento se encontraban delineando el próximo trabajo de Edward como profesor.
―Estoy muy contento de volver, también ―dijo Edward, como para concluir la reunión de la que le urgía salir.
―Bueno, la maya curricular y los textos de estudio los tendrás en tu correo de la universidad dentro de un par de horas. Dales una vuelta y nos reunimos la próxima semana para comentarlos.
―Estupendo― respondió el músico al hombre robusto de tez oscura, decano de la facultad.
―También vamos a confirmar tus horarios de los cursos y todo eso―dijo ahora el director de la carrera, un hombre rubio de cabellera espesa, vestido con una camisa a cuadros y una pajarita pasada de moda. ―Los alumnos se entusiasmaros cuando volvieron a ver tu nombre entre los docentes de la carrera.
―Me alegro mucho…
Siguieron hablando, mientras Edward seguía mirando de reojo su teléfono, desbloqueándolo con la intención de no ser descubierto, tomando la iniciativa de enviar él un mensaje, pero fue interrumpido por uno de los caballeros que le preguntó sobre algo del delineamiento de las clases, obligándose a poner atención en lo que hablaba.
Al cabo de veinte minutos, se despidió apresuradamente de los señores y salió de la sala de reuniones, a la vez que pegaba su teléfono al oído después de haberle marcado a Isabella. Para su frustración, ella no contestó. Caminó directo hacia su coche a paso apresurado, marcándole entonces a Jasper, pero el muy cretino tampoco le hacía caso.
―Bueno, ¿qué les pasa? ―preguntó frustrado, metiéndose dentro del carro, deslizando sus dedos por las aplicaciones, llegando a abrir su casilla de correo electrónico, pensando que quizás Carlisle le había dejado algo allí, no encontrándose nada de él, pero sí un mensaje de un desconocido que llegó la noche anterior y cuyo asunto lo dejó intrigado. Decía "Abre los ojos" y tenía un archivo adjunto. Podría haber sido un virus o algo, pero de igual forma lo abrió movido por la curiosidad y por una punzada que sintió en la boca del estómago, encontrándose con un escueto mensaje que lo dejó helado:
Mi intención es que abras los ojos y te convenzas de que la mujer con la que estás, no te pertenece. Aquí está una minúscula prueba de lo que digo.
Entonces pinchó el link de video y su respiración se agitó cuando vio en la pantalla de su IPhone una reproducción audiovisual de apenas dos minutos, de corte pornográfico, cuyos protagonistas eran tres hombres y una mujer a disposición de ellos. Esa mujer era Isabella.
Estaba tendida sobre algo que parecía ser una mesa, mientras a su alrededor los hombres la follaban sujetando sus brazos y piernas, usando uno de ellos un látigo para azotarla, mientras ella no hacía nada por evitarlo, simplemente estaba ahí, con sus ojos cerrados, pareciendo estar disfrutando de que esos hombres la estuvieran poseyendo a su merced.
Cerró la aplicación, tiró el teléfono contra el asiento del copiloto y salió del coche con el estómago revuelto y con las imágenes de ese video taladrándole la cabeza. Nunca, ni en sus pesadillas, había imaginado ver a Isabella envuelta en una actitud como esa, ni siquiera después de que ella le contara su historia, y ciertamente no estaba preparado para ver algo como aquello, dejándole una sensación de confusión y malestar que le revolvió el estómago.
Claramente la persona que se lo envió seguro adivinó cuál sería su reacción, pero no tenía cabeza para pensar en el remitente, simplemente estaba intentando respirar el aire helado de diciembre para despejarse, pero las imágenes seguían latentes y nítidas en su cabeza, torturándolo.
―Dios mío… ―murmuró, sujetándose con ambas manos contra las rodillas, doblando su cuerpo hacia adelante. ¿En qué demonios había estado envuelta Isabella? ¿Qué tipo de relación había tenido con ese hombre? ¿Cuántas cosas más había accedido a hacer porque él se lo pedía… o porque ella quería?
Estuvo en esa posición por unos momentos más, murmurando maldiciones una y otra vez hasta que decidió salir de allí. Enderezando su cuerpo e intentando respirar hondo, volvió a meterse dentro del coche y olvidando su deseo de comunicarse con Isabella, encendió el motor y se alejó de allí en dirección desconocida, desechando la intención de comunicarse con ella. Ahora no estaba en condiciones para hablarle, necesitaba tranquilizarse antes de decir algo o reclamarle algo de lo que después se arrepentiría.
**oo**
Isabella miraba de reojo a Jasper, el que conducía en silencio su coche. Después de acabada la reunión con los abogados, se ofreció a llevarla al hospital donde ahora se dirigían. Ella iría en busca de sus horarios para reintegrarse al trabajo después de sus días libres y él aprovecharía de ver a Alice y almorzar con ella.
Tenía ganas de preguntarle qué pensaba después de oír todo lo que habló con los abogados, seguramente su apreciación sobre ella había cambiado, siempre estaba con ese temor encima, pero no se atrevía, sobre todo por la actitud tan extraña del dibujante que en otras circunstancias hubiera estado cotorreando con ella sobre una cosa u otra.
Suspiró, sacando su teléfono del bolso que llevaba, enviándole un mensaje a Edward para decirle que iba camino al hospital. Le pedía que la llamara para saber si alcanzarlo en la sinfónica o en el apartamento, pero él no contestó al instante como ella se lo esperaba, después de ver los mensajes que él le había enviado con signos de interrogación y que ella no había visto porque el teléfono estaba en silencio dentro de su bolso.
―Ejem… ¿Edward se comunicó contigo? ―preguntó Jasper finalmente, que la había visto de reojo toquetear su teléfono.
―Le dejé un mensaje pero no lo ha contestado. Quizás la reunión se alargó más de la cuenta…
―Si es así, seguro debe estar subiéndose por las murallas.
Isabella asintió, mordisqueándose el labio mientras miraba las calles de la ciudad que ya estaban del todo cubiertas con ornamentos navideños y las personas que caminaban por éstas parecían contagiadas por el aire de felicidad propio de la época. Deseó Isabella sentir igual que esas personas, que no tenían otra preocupación aparente que las fiestas navideñas.
― ¿No quieres preguntarme nada?
― ¿Preguntarte?
―Ya sabes de lo que te hablo…
―Lo dejaste todo muy claro, Isa, y ciertamente tienes mi absoluto apoyo en esto. Eres muy valiente tomando la decisión de enfrentarte a ese tipo.
―Lo único que quiero es que me deje en paz
―Conseguiremos eso ―aseguró él, alegrándose Isabella de cómo había dicho "conseguiremos", haciéndose parte de la causa. ―Además, mi hermano es experto en patear traseros, sobre todo de viejos que se creen semidioses.
―Ya creo que sí… ―murmuró ella, relajándose un poco mientras volvía a revisar su teléfono en busca de una respuesta de Edward, que no llegó.
Al llegar al hospital, Jasper avisó que se colaría hasta el piso donde trabajaba su chica y que intentaría raptársela para almorzar como había previsto. También dijo que insistiría con Edward a ver si se les unía en la hora de almuerzo, cuestión que ella agradeció.
Fue entonces hasta el sector de personal, saludó a las chicas y pidió su horario de trabajo para comenzar sus turnos al día siguiente, sentándose con ellas para hablar de una y otra cosa que había sucedido durante su ausencia y que era digno de comentarse.
Estaban en eso cuando apareció allí nada menos que el doctor Eleazar Ananías, provocando el suspiro de las secretarias y un par de colegas enfermeras amigas de Isabella. Vestido con pantalones azules y camisa celeste, sobre la cual usaba un delantal blanco, abierto, colgándose al cuello su fiel estetoscopio. Su cabello oscuro desordenado y sus ojos brillantes, acababan de completar su imagen de galán por la que buena parte de las chicas del hospital suspiraban.
― ¡Pero miren quien ha regresado de sus vacaciones! ―exclamó el doctor, saludando a las muchachas con una graciosa reverencia, concentrado su atención en Isabella, que le sonrió con verdadero cariño.
—Estoy a punto de regresar a la realidad…
―Así veo, porque te tienes que poner al día con los cursos para integrarte al área de cardiología, ¿o es que te arrepentiste?
―No, claro que no. Mañana revisaré mis horarios y me ordenaré con eso.
―Estupendo. ¿Edward está bien?
―Sí, también regresando a su trabajo.
―Ese novio tuyo, es un churro, Isa ―comentó una de las secretarias, sujetando el mentón sobre sus manos y con una actitud soñadora a la vez que hablaba de Edward, divirtiendo ese comentario tan expresivo a Isabella, que hizo nota mental de comentárselo al músico.
Momentos más tarde, Isabella se despidió de las chicas y salió en compañía del doctor, doblando su hoja de horarios y metiéndola dentro de su bolso.
― ¿Entonces vuelves mañana?
―Sí, en el turno de las tres.
― ¿Y ha estado todo bien contigo? Pareces… contrariada por algo…
— ¿Contrariada? ―preguntó, arrugando su entrecejo. ¿A caso tanto se le notaba la preocupación?
El doctor a Ananías asintió, no queriendo insistir mucho con ella, pero dándole a entender que él estaba ahí para ella, como su amigo, en el que cual podía confiar. Y aunque Isabella lo sabía, no podía contarle lo que le pasaba, aunque por otro lado deseaba que si él se enterara, lo hiciera por ella y no por comentarios maliciosos. Pero ese no era el momento.
―Supongo que Edward no te ha hecho llorar… ―comentó él, tanteando acerca de que si la preocupación de Isabella tenía que ver con el músico, a lo que ella negó fervientemente casi al instante.
―Edward es el mejor novio que una chica puede llegar a aspirar tener.
― ¡Auch! ―exclamó el doctor, sobándose el pecho como si aquella aseveración hubiese sido un golpe directo a su ego ― ¿Y dónde nos deja al resto de los mortales?
―Justo debajo de él ―respondió, sonriendo.
Se rieron por el dialogo en broma que mantuvieron, hasta que llegaron a la puerta del ascensor, donde Eleazar pulsó el botón para subir a su piso. El doctor se puso serio y torció su cabeza mirando a Isabella, cuyo rostro parecía iluminarse cuando se trataba de Edward.
―Me alegro que hayas encontrado finalmente a alguien a quien amar y que te ame. Yo sigo buscando…
―Llegará la persona, estoy segura.
―Por cierto, me alegra que lo que sea te preocupe no tenga que ver con él. De cualquier modo, recuerda que puedes contar conmigo para lo que sea que se te ofrezca. No lo olvides.
―Muchas gracias, es muy importante oír esas cosas justo en este momento
― ¿O sea que hay algo? ¿Ha estado todo bien?
―Yo… no puedo hablar ahora, pero buscaré el momento de contártelo.
―Cuando quieras, linda ―respondió el doctor, guiñándole el ojo antes de abarcar uno de sus hombros con la mano y apretarlo levemente. ―Debo irme, nos vemos mañana.
―Hasta mañana, Eleazar ―dijo, cuando las puertas del elevador se abrieron y entró el cardiólogo en el cubículo, levantando su mano hacia Isabella cuando las puertas del elevador volvieron a cerrarse.
La chica volvió a sacar su teléfono del bolsillo de su abrigo para ver si tenía respuesta de Edward, pero nada, por lo que decidió llamarlo. Quería contarle que estaba animada y confiada de que las cosas iban a salir bien y que deseaba mucho verlo, pero el músico no contestaba, sonando el tono hasta que salía la contestadora.
"Debe estar desesperado" pensó, asumiendo que Edward seguía en reuniones. Volvió a enviarle otro mensaje diciendo que almorzaría con Alice y Jasper algo rápido allí en la cafetería, ya que él no contestaba, pero que se podía unir a ellos en caso que viera el mensaje a tiempo. Volvió a pedir que se comunicara cuando viera el mensaje. Enseguida llamó a Alice, la que le dijo que recién había llegado a la cafetería del hospital, dirigiéndose Isabella hacia allí.
Cuando se encontró con sus amigos, Alice se apresuró en abrazarla con fuerza, después que su novio, a grandes rasgos, le contara cómo había estado la reunión con los abogados, sintiéndose orgullosa de ella.
―No estaría pasando por esto si no hubiera sido tan estúpida entonces ―murmuró, jugueteando con el servilletero de metal sobre la mesa. Alice torció la boca quitándole el objeto de entre las manos.
―Con un hombre como ese, cualquier chica se hubiera rendido a sus pies. Era un tipo con experiencia que sabía qué botones pulsar para provocar. Lo que no entiendo es por qué se obsesionó tanto contigo, si eras una más… ―se detuvo cuando vio el rostro descompuesto de su amiga, haciéndola sentir como una estúpida por hablar sin tino ―me refiero a que seguro como tú, había un montón, ¿entiendes lo que quiero decir verdad?
―Sí que lo entiendo ―asintió ella, mirando a Jasper que las había dejado solas para encargarse del pedido para almorzar: sándwich de salmón ahumado y queso para los tres y jugos naturales. ―Quizás el… embarazo…
Jasper se sentó junto a su chica, envolviéndola por los brazos, dando su teoría sobre lo que las damas estaban conversando.
―Hombres como él creo que evitan a toda costa la concepción mientras copulan. Pero quizás vio algo diferente, si ven películas, cosas así suelen suceder, donde hombres mayores, ricos y experimentados son seducidos por chicas inexpertas y carentes de afecto paterno. O quizás le recordaste a alguien de su pasado…
―La cosa es que tendrá que olvidarse y alejarse de ti antes de que sus sucias practicas salgan a la superficie…
―Y las mías, de paso…
Jasper se apresuró en sacudir la cabeza y extender una de sus manos sobre la mesa de linóleo blanco, para tomar las de Isabella que se retorcían con fuerza una contra la otra. La miró seriamente, como quien desea exponer un punto determinante con claridad.
―Las experiencias de una chica inexperta, mayor de edad, que aceptó tantear ese mundo, sí, pero que cuando se arrepintió y dijo no, no la respetaron, abusando de ella. No olvides esos detalles Isa, que marcan la diferencia.
―Creo que fácilmente, si hubo uso de estupefacientes, pueden acusar de violación a ese hombre y toda la panda de locos que frecuentaba el lugar aquel entonces, y que participó de… ya sabes. ―agregó Alice, a lo que Isabella simplemente atinó a cubrirse la cara con ambas manos y gemir para sí.
― ¡Dios! Lo único que quiero es que desaparezca y que me deje vivir en paz. No quiero más ―dijo, con voz lastimera, amortiguada por sus manos.
Jasper y Alice se miraron y comprendieron el deseo de Isabella de borrar toda esa historia, pero para eso tendría que enfrentarla y derrotar a esos demonios.
― ¡Bueno, bueno, damas! ―exclamó el dibujante, consiguiendo sobresaltar a Isabella ―Olvidémonos de cosas graves y centrémonos en lo que realmente importa. Hay una cena de navidad que el maestro Masen está decidido a dar, ¿por qué no hacemos una lista de las personas que estarán?
Alice aplaudió entusiasmada, mirando a su amiga a la vez que alzaba hacia ella sus cejas. A Isabella no le quedó de otra que hacer a un lado su preocupación y relajarse un rato con esos temas.
Isabella advirtió que seguro su madre iba a querer hacerse cargo de la cena, aunque Edward le había dicho que tendría que enfrentarse a Carlisle o compartir los honores de la cena con él. Invitarían al cura Marcus, por supuesto, a Jane si es que Esmerald se lo permitía, también incluyeron a Peter en la lista, descartando a los padres tanto de Alice como de Jasper pues ya habían hecho planes. No les quedaba mucho tiempo, por lo que comenzaron a repartirse los deberes, esperando que al músico le pareciera buena idea todo lo que habían planeado.
Dicho sea de paso, el maestro no dio señales durante lo que duró todo el almuerzo, cosa que preocupó a Isabella, quien al terminar de beberse su café, pensaba qué hacer. Se había quedado en la cafetería mientras Jasper iba a dejar a su novia al elevador para que continuara con su trabajo allí, y que se reunió con ella justo cuando le daba el último sorbo a su taza.
― ¿Nada del cretino todavía?
―No…
― ¿Te parece si vamos a buscarlo a la sinfónica? ―propuso Jasper ―Cuando lo agarra la musa inspiradora o el instrumentos de teclas, se le pasa el tiempo y se olvida del resto de la humanidad. Seguro eso pasó…
―No, si eso ocurrió está bien. Sé que tocar el piano lo relaja. Mejor será que lo espere en el apartamento. Seguro al terminar se va directo allá.
―Como quieras. Yo te llevo.
―No es necesario…
― ¡Sin protestar, señorita! Además, me gusta manejar.
Sonrió agradecida y se levantó, acompañando a Jasper al estacionamiento donde dejaron el auto nuevo que se compró de la pura felicidad justo el día después que volvió con Alice.
De camino al apartamento, Jasper le contó a Isabella que nunca le había tocado vivir un sentimiento tan fuerte, profundo y tan trascendente como el que sentía por Alice, que lo deslumbro con sus ojos coquetos desde el primer día que la vio rondar por los pasillos del hospital, en la misma época que Edward la había conocido a ella.
―Alice no lograba asentarse en una relación hasta que te conoció. Tuvo mucha suerte
―Claro que la tuvo ―comentó con socarronería, guiñando un ojo a su acompañante, la que no pudo evitar reír.
A pesar de todo, la charla con Jasper y con su amiga la había relajo, pensando que le haría bien regresar al trabajo, pues sin duda, mantener la mente ocupada le ayudaría a distraerse. Además, llegaría su madre dentro de dos días... aunque decir que eso le relajaba no era muy correcto, pero la extrañaba y la necesitaba a su lado.
― ¿Quieres que te acompañe arriba? Me gustaría esperar a Edward, seguro va a querer que le demos los detalles… si no te importa que lo espere, claro…
―Por supuesto que no me molesta. Puedes pasar.
―Bueno, entonces sube mientras yo aparco el coche. Te alcanzo arriba.
Salió Isabella del coche y entró al edificio, saludando al portero, avisándole que Jasper la alcanzaría dentro de unos momentos. Cogió el elevador y subió al piso, mientras rebuscaba las llaves dentro de su bolso. Al llegar, recorrió el pasillo hasta la puerta, metiendo la llave y abriéndola enseguida, cuando al instante, sintió un par de manos que la cogían brusco por la cintura, obligándola a entrar, soltando ella un grito de sorpresa y de miedo que se instaló al instante en la boca del estómago. Las manos de quien la tenía sujeta la hicieron girar y la presaron contra la pared, viendo la sonrisa maquiavélica en el rostro de su agresor.
―Tengo un montón de dinero en los bolsillos para que me hagas pasar un buen rato ―dijo James, acercando su boca al cuello de Isabella, mordisqueándolo, mientras los ojos de la chica se llenaban de lágrimas y su estómago se revolvía, a la vez que con sus manos intentaba apartar al tipo que no cedía.
― ¡Suéltame! ―gritó con voz en cuello.
― ¡¿Por qué te haces la difícil ahora?! ―preguntó, pegando la punta de su nariz a la de ella, hablando con voz ronca, soltando su aliento asqueroso sobre el rostro de ella ―Eres la putita de oro del club de sexo más lujoso de la ciudad… ¿crees que no lo sé?
― ¡Déjame tranquila!
―No creo que Edward se oponga, seguro él ha pagado una gran cantidad por tu exclusividad, como lo hicieron otros en su momento. ¿A caso te regaló este departamento a cambio de tus servicios?
Sin dejar que ella protestara, abarcó su boca rudamente, besándola con violencia y usando su asquerosa lengua, mientras sus manos rebuscaban bajo su abrigo con la intención de meterlas bajo su pantalón. Ella seguía resistiéndose e intentando apartarlo, pero el agarre del hombre era mucho más fuerte que el de ella, hasta que de pronto él ya no estaba sobre ella.
Alcanzó a darse cuenta que Jasper había llegado justo en ese momento, apartándolo de ella y propinándole una serie de golpes que lo dejaron tirado en el suelo, mientras lo maldecía y lo amenazaba con meterlo a la cárcel.
Isabella se hizo a un lado, sosteniendo siempre su espalda contra la muralla para no caerse, abrazándose a ella misma mientras lloraba en silencio, casi en estado de shock, mirando como
Jasper hacia oídos sordos a las quejas de James, que le rogaba lo soltara. Apenas se dio cuenta cuando el dibujante lo agarró del cuello del chaquetón y lo jalaba casi arrastrándolo al elevador, para sacarlo personalmente del lugar. Entonces no pudo más y se dejó caer al suelo, de rodillas, escondiendo su rostro tras sus manos, llorando por el ataque que James había propinado contra ella, imaginándose lo que podría haber pasado si Jasper no hubiese estado ahí para ayudarla.
No sabe cuento estuvo llorando allí, no percatándose cuando alguien llegó y la tomó por los hombros, sobresaltándola como si fuera un animalito asustado. Vio entonces el rostro preocupado de Jasper sobre ella, rompiendo a llorar ella desconsoladamente.
―Ya está bien, Isa… ―susurró él, acariciándole la espalda, como si no supiera qué otra cosa hacer. ― ¿Te hizo algo?
Ella frunció la boca y negó con la cabeza, sin poder detener su llanto. ¿Por qué le estaban pasando todas esas cosas a ella?
―El muy imbécil escapó cuando estaba increpando al portero, ¿cómo se le ocurre dejarlo entrar? ―se inclinándose frente a ella y con cuidado la tomó por el codo, animándola a levantarse ―Anda, vamos adentro para que puedas estar más cómoda. Anda Isa, todo está bien…
Pero no estaba todo bien y ella lo sabía. James había hecho mención sobre su pasado, o dicho aquello haciéndole saber que sabía de eso que le avergonzaba, ¿pero cómo?
Dejó que Jasper la ayudara a llegar a la sala, donde se dejó caer sobre el sofá, abrazándose a su torso, mirando fijo hacia un punto sobre el suelo, mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás.
Jasper en tanto murmuraba algo sobre dónde diablos se había metido Edward justo ahora, diciendo algo sobre lo que el músico haría contra su "colega" músico cuando se enterara. Entonces ella reaccionó y miró a su amigo con ojos de súplica.
―No, por favor, no le digas nada de esto…
―No puedes pedirme algo así. Él tiene que saberlo… ―protestó él, pasándose una mano sobre su espeso cabello.
― ¡No tiene que saberlo! Ya suficiente ha tenido…. Además, ¿qué sacaría?
―No me pidas eso… ―protestó con voz débil, rogándole con los ojos que no le hiciera esconder algo como eso ―Si él sabe que le escondí algo tan grave como esto, no me lo perdonaría.
―Por favor, Jasper… deja al menos que yo se lo diga cuando esté más tranquila. ―le prometió ella, secándose las lágrimas por enésima vez ese día.
Jasper puso sus manos sobre sus caderas, mirando a Isabella, meditando en la promesa. Si bien era cierto y él no podía esconderle lo ocurrido a Edward, debía respetar la decisión de Isabella de decírselo ella misma, por lo que cedió a la petición.
―Vale, dejaré que se lo digas, pero si no lo haces, lo haré yo. Ese hijo de puta no puede quedarse tan tranquilo después de lo que… intentó hacerte.
―Gracias… gracias por ayudarme. Yo no sé… ―hipeó ―no sé qué habría hecho si no hubieras estado aquí.
―No me des las gracias… ―dijo, sentándose junto a ella, pensando en cómo consolar a su amiga, para lo cual era un poco torpe, agradeciéndole el gesto Isabella de todas maneras.
Jasper se apresuró a preparar una infusión caliente para ella, que era la única manera que sabía podía tranquilizarla, aunque le había repetido durante los últimos cinco minutos que ya estaba mejor y que podía irse si lo deseaba, pero él no se quedaría tranquilo hasta saber al menos si el cretino del músico ya venía de camino, por eso mientras estaba en la cocina esperando que hirviera el agua, llamó a su amigo, insistiendo una y otra vez, hasta que finalmente él contestó:
― ¿Dónde estás, Edward? son casi seis…
―Perdona, Jasper ―respondió el músico cabizbajo, no pasándole el tono de voz por alto a Jasper, que arrugó el entrecejo.
― ¿Estás bien?
― ¿Dónde estás? ―preguntó Edward, pasando por alto la pregunta de su amigo, cuestión que extrañó a Jasper.
―En tu apartamento. Traje a Isabella después de llevarla al hospital, pero desde hace ya un buen rato estamos aquí.
―Vale… yo…
―Suelta de una vez qué demonios te pasa, Edward ―inquirió el dibujante, interrumpiendo el escueto diálogo del músico. Lo oyó suspirar y aclararse la garganta antes de contestar.
―No puedo hablar ahora…
― ¡Has estado desaparecido casi todo el día! ¿No te interesa saber cómo le fue a Isabella con los abogados, o si pasó algo después?
―Estoy de camino a casa ―respondió, soltando un suspiro largo. ―Perdón por desaparecer, pero lo necesitaba.
― ¿Qué demonios, Edward? ―preguntó, afirmándose con una mano contra la encimera de mármol.
―No puedo hablar por teléfono de esto, Jasper.
― ¿Ya llamaste a Isabella? También está preocupada por ti, por si te interesa saberlo…
―Dile que ya voy para allá, por favor. Hablamos luego ―Y sin más, colgó la llamada. Jasper se quedó con el móvil en la mano, mirándolo con el ceño fruncido después que oyera el tono cuando su amigo acabó con la conversación.
Edward debería estar ahí cuidando de Isabella, pensó Jasper mientras preparaba el té. No era que le molestara, muy por el contrario, pero ahora además de Isabella, estaba preocupado por su amigo. Algo importante debía haberle pasado como para necesitar espacio, cuestión que hacia cuando su cabeza era un lío y cuando la música no era suficiente remedio.
¡Joder! Exclamó para sí mismo, tomando el tazón azul entre sus manos para llevarlo a Isabella, a quien encontró dormida sobre el sillón. Al parecer, las emociones habían sido demasiadas para la chica, quien al menos se relajó hasta dormirse.
Se sentó en otro sofá y tomó él la infusión caliente, desbloqueando su teléfono, mirando una y otra cosa mientras los minutos pasaba, hasta que casi quince minutos más tarde oyó el sonido de la puerta abrirse, apresurándose a levantarse y salir al encuentro de Edward, a quien encontró justo dirigiéndose hacia la sala, con hombros caídos, su cabello más desordenado que de costumbre, y su ojos enrojecidos como si hubiera estado llorando
― ¿Qué pasó?
Edward suspiró, dejando las llaves del coche y del apartamento dentro de un bol que estaba sobre una mesita de la entrada.
―Recibí… una especie de paliza síquica ―trató de explicarse, pues eso sintió, mientras en medio del campo que lo vio nacer y donde se refugió, pensaba una y otra vez en el maldito video y en que si iba a tener la fuerza suficiente para hacerle frente a todo eso.
Jasper en tanto quedó más confundido pues la respuesta de su amigo no lo satisfacía en nada.
― ¿Qué?
―Lo siento, pero no puedo explicarte ahora ―dijo, quitándose el chaquetón negro. ― ¿Isabella dónde está?
―Ah, qué bueno que preguntes por ella, es muy considerado de tu parte… ―sarcásticamente respondió Jasper, poniendo sus manos como jarras sobre sus caderas.
Edward lo miró y sacudió su cabeza, usando para hablar un tono de súplica que se mezclaba con cansancio.
―Jasper, por favor…
Jasper rodó los ojos y respondió finalmente:
―Se quedó rendida sobre el sofá, esperándote.
―Diablos… ―dijo, frustrado, peinándose el cabello, soltando suspiros una y otra vez.
Jasper, sin poder seguir impostando esa postura irónica, meditó sobre lo que había dejado a su amigo en ese estado, tan cansado y con aspecto derrotado.
―La paliza esa… ―carraspeó, rascándose la nuca ―de la que hablas, ¿tiene que ver con ella?
―Más o menos ―admitió. Entonces Jasper suspiró, sin querer siquiera hacerse una idea. Ya cuando las cosas estuvieran calmadas, seguro Edward se lo contaría.
―Bueno, deja que descanse y que ella misma te cuente los detalles de la reunión de esta mañana… y de lo otro.
― ¿Lo otro?
―Ella te lo dirá. ―Pasó por su lado hacia la puerta y al hacerlo, palmeó su hombro ―No olvides que te necesita.
―No lo he olvidado, Jasper. Y gracias por todo.
―Cuando quieras, maestro ―dijo el dibujante, haciendo una señal con su mano a estilo militar, abriendo finalmente la puerta y desapareciendo detrás de ésta.
Fue el momento en que Edward caminó hacia la sala a medio iluminar, donde lo primero que vio fue a una hermosa mujer de cabello corto, recostada sobre el sofá, con sus rodillas dobladas bajo su cuerpo, abrazándose a sí misma, como si tuviera frío. Entonces, y frente a la figura durmiente y desvalida de Isabella, el músico sintió el peso de la culpa sobre su espalda, como pocas otras veces la había sentido. Tendría que haberla puesto en primer lugar a ella y después a su propio tormento, ¿pero hubiera sido correcto ir a reclamarle por el video que le habían hecho llegar?
Se sentó en el mismo lugar donde su amigo Jasper estuvo sentado hasta hace un momento atrás. Afirmó sus codos sobre sus rodillas, a la vez que sus manos pasaban por entre su cabello, pensando en cómo afrontar aquella situación, si contarle o no a Isabella. ¿Era necesario cargarla aún de más preocupación? Pero si no lo hacía, ella sabría que algo estaba escondiendo y eso agrietaría la relación de ambos, pues pese a todo, de una cosa estaba seguro y era del amor que sentía por la mujer que dormía frente a él… pero ¿era al amor suficiente para espantar esos demonios?
Esperó poder tener todo más claro para cuando ella despertara, pues en ese momento lo que él quería era cerrar los ojos y olvidarse de la mierda de una buena vez, remontarse a los momentos de su vida en los que no tenía grandes complicaciones y donde su única preocupación era conocer bien las partituras y practicar sobre las teclas de su viejo piano sin darse cuenta de cómo pasaban las horas. Eso quería… quizás con una pequeña alteración: que Isabella hubiese sido parte de esa parte de su historia, sin toda esa carga que llevaba a cuestas, carga que en ese momento no sabía bien si podría compartir con ella sin dañarla en el intento.
