Aquí estoy mis niñas con el capítulo estreno de la semana.
Gracias por seguir aquí acompañándome. Gracias a las que se han ido integrando hace poquito, a las que leen en silencio y a las que sin falta comentan cada vez que actualizo. ¡Las quiero mucho!
Espero les guste. Lo hice con mucho cariño pensando en ustedes.
Besos a todas y a leer.
Capítulo 31.
Isabella parpadeó y se removió, soltando un silbido sordo cuando movió el cuello, dándose cuenta que la postura en la que se había dormido sobre el sillón habían provocado una contractura o algo así. Cerró los ojos y se masajeó allí donde dolía, volviendo a abrirlos para percatarse de la figura sentada frente a ella, que parecía estarse refugiando en las sombras. Aun así, no necesitaba más luz para saber de quién se trataba.
―Edward…
Se reincorporó, extendiendo la mano hacia la mesita que había junto al sillón, encendiendo una lamparita que había sobre ésta. Cuando lo hizo, parpadeó al contacto con la luz, concentrándose en la figura masculina, que seguía sin moverse de su lugar.
― ¿Edward?
Entonces él se movió, sin decir una palabra. Sus ojos estaban cansados, igual que su postura, pero otras veces el cansancio no había sido excusa para su actitud lejana. Ni siquiera la había saludado, ni había salido a abrazarla después de estar todo el día sin tener noticias el uno del otro. Una sensación helada le recorrió la piel a Isabella, haciéndola estremecer de miedo. Algo sucedía y ella lo intuía.
― ¿Pasa algo? ―susurró con temor.
―Tenemos que hablar ―susurró también Edward, sin apartar sus ojos de ella. Isabella se sentó derecha, lentamente, peinándose el cabello nerviosamente.
― ¿Estás enojado conmigo por algo?
―No… yo… ―sacudió la cabeza, lentamente ―no estoy enojado.
― ¿Entonces? ¿Por qué estás ahí, como si quisieras mantener la distancia de mí? Dime, Edward.
El hombre tragó grueso y cerró los ojos, inspirando hondo, mientras ella apresaba sus manos entre sus muslos apretados para evitar que se le notara el temblor.
Edward había tomado una decisión mientras estuvo sentado en la penumbra, contemplándola dormir. Le diría lo que ocurría, no se lo escondería. Y así lo hizo, sin mediar una introducción o algo que no hiciera tan directo el golpe de sus palabras.
―Recibí un correo este mediodía. Adentro venia un video adjunto… un video tuyo… teniendo sexo con otro tres hombres.
Isabella se levantó de un salto, como si hubiera estado sentada sobre un resorte, y cubrió su boca con las manos, mordiéndose la lengua para ahogar el alarido que hubiera proferido de no hacerlo. Uno de sus miedos más grandes estaba cumpliéndose, que Edward se diera real cuenta de la magnitud de su depravación en el pasado y que la abandonara por eso.
―Pero… tú sabías… yo te conté…
―Lo sé y lo entiendo… solo ―cerró los ojos y se jaló el cabello, como si estuviera desesperado ―ponte en mi lugar, ¿qué hubiera pasado si la que recibe un video mío teniendo sexo con Rosalie hubieras sido tú? ¡Y no me digas que nada, porque eso no sería normal!
Otra vez, como por enésima vez en ese día, Isabella limpiaba las lágrimas silenciosas que ahora rodaban por sus mejillas, las que parecían arder y quemar a su paso. Su presente y su futuro con Edward se estaba derrumbando, todo por culpa de su pasado, del que se arrepentía.
―Hubiera sido… un golpe bajo, por supuesto ―respondió ella con voz ronca ―pero recordaría que es tu pasado.
Fue el momento que en que Edward se puso de pie también, levantando sus manos al cielo, de la pura frustración.
― ¡Tres hombres te estaban follando, por vida de Dios! ¡¿Cómo fuiste capaz de permitirlo?! ―exclamó, sin poder evitarlo.
Ella apretó sus manos hechas dos duros puños a los costados de su cuerpo. ¿A caso Edward la estaba juzgando, después de todo?
― ¡Te conté sobre mi pasado y de las barbaridades que hice, jamás sintiéndome orgullosa de eso! ―gritó furiosa.
― ¡Cristo! ―exclamó Edward, cubriéndose la cara con las manos, como si no supiera qué más hacer, mientras Isabella seguía hablando con voz fuerte, defendiéndose.
―Apenas tuve sexo consentido en situaciones como las que viste y lo hice apenas un par de veces para agradarle a él. Las otras veces el desgraciado de Aro me drogaba, por lo que no era consciente de lo que hacía. ¡No sabía lo que hacía!
Edward arrugó el entrecejo, escuchando por primera vez el asunto de las drogas. No estaba seguro de haberlo oído antes.
―No me dijiste que te drogaba…
―Apenas soy consciente de eso ―se pasó ambas manos por su cara limpiándola de las lágrimas. Ahora no solo estaba triste, sino que furiosa, por lo que no quería llorar más. ― ¡No fui una puta, Edward! Quería experimentar cosas nuevas con él, pero cuando me di cuenta, le pedí que no me llevara, pero él lo hacía de todas formas, diciéndome que tendríamos intimidad, ¡Y yo se lo creía, maldita sea! No sabía que podía haber cámaras ocultas o que en la bebida pondría algo que me aletargaría y que me dejaría a su merced.
―Pero cómo es que no recuerdas algo como eso… ―preguntó confundido, desanimado.
No ponía en duda las palabras de Isabella, solo le estaba costando asimilar todo más allá de lo que esperaba. Sin duda recibir el video, había sido un golpe más fuerte de lo que se imaginó,
― ¡Porque lo único que he deseado todos estos años, es olvidar aquello! ―gritó furiosa otra vez, causando aquello un dolor agudo dentro del pecho del músico. ―Me usaban, Edward.
No debería parecerle extraño, ya que noticias sobre violaciones sobre mujeres que han sido drogadas eran pan de cada día en los noticieros, pero en ese momento todo para Edward había sido brumoso. Pero ahora sabía que había reaccionado como un cretino, lo que trató de evitar retirándose para estar a solas un momento, lo que al parecer no surtió los efectos que él esperaba. Había arruinado todo.
―Yo… ―dio un par de pasos hacia ella, con la intención de abrazarla finalmente. ―Lo siento…
Pero ella se apartaba, rehuyendo de su abrazo, pese a que anhelaba recluirse ahí, e insistiendo en recordar y defenderse frente a alguien a quien jamás pensó necesitar hacer aquello.
―He tratado de olvidar cada momento de ese pasado. No me siento orgullosa de las decisiones que tomé entonces y que arrastraron todo esto, pero no todo es mi culpa. No soy consciente de los hombres que fueron ni lo que me hicieron, y de alguna manera lo agradezco, aunque eso me haga indigna de estar con alguien ahora, de estar contigo…
―No digas eso… ―suplicó él con voz quebrada, estirando sus brazos hacia ella con tal de alcanzarla. Pero ella seguía sin querer ser alcanzada.
― ¡Te avergüenzas de mí! ―le gritó, levantando su mano, apuntándole con ésta. Él negó fuertemente con la cabeza.
― ¡Eso no es cierto!
― ¡Claro que sí!
―Dios mío… solo te pido que te pongas en mi lugar… ―le pidió con voz emocionada y arrepentida, a punto de quebrarse del puro miedo a perderla, por estúpido. Pero ella hacía oídos sordos y vista gorda a la imagen arrepentida del músico. Seguía insistiendo en su punto con voz fuerte, rotunda.
Isabella se puso tras el sofá, de espalda al ventanal y junto al también triste árbol de navidad, que yacía olvidado sin ningún adorno que alegrara su existencia.
―Yo en tu lugar, hubiera tenido perfectamente claro que ese era el pasado que quieres borrar de tu memoria, a diferencia de lo que he vivido contigo, recuerdos imborrables de los que no quiero deshacerme… ¡Porque recuerdo cada vez que me has hecho el amor! ¡Nada de lo que he vivido contigo lo he olvidado, ni desearía hacerlo!
―Isabella… ―volvió a rogar Edward.
―Ahora voy a meter mis cosas dentro de mi bolso y me voy a ir para dejarte tranquilo. Ni tu ni nadie merece a alguien como yo a su lado…
― ¡No digas eso! ―exclamó, y presa del pánico se abalanzó sobre ella pillándola por sorpresa, alcanzándola finalmente y apresándola entre sus brazos, mientras ella trataba de escapar. Habló con desesperación, con sus labios pegados a su cabellera ―Yo te amo y no voy a dejar que te vayas…
― ¡No me amas! ―lloriqueó con rabia, empujándolo por el pecho.
― ¡No digas eso, te lo suplico, no digas eso! ―terció él, convirtiendo sus brazos en fuertes e indestructibles garras de hierro que la impidieron escapar ― ¿Por qué piensas que desaparecí casi toda la tarde? Me sentí aun maldito por no saber cómo enfrentarlo, es todo. Necesitaba espacio, ver eso fue un golpe duro para mí…
―Suéltame Edward ―suplicó ella, como haciendo oídos sordos a la explicación de Edward. Pero él insistía en que ella se diera cuenta de su arrepentimiento.
―No haré eso. ¡Escúchame!
― ¡¿Y para qué?! ¿Para que sigas sacándome en cara…?
Las protestas de Isabella quedaron silenciadas cuando Edward sujetó su rostro bañado en lágrimas para retenerla y besarla. Ella se resistió lo más que pudo, golpeando con sus puños el pecho duro de Edward, hasta que se cansó y dejó caer sus brazos. Había dejado de pelear bajando sus brazos agotados, demostrando el cansancio mental, emocional y corporal que sentía en ese momento.
Ese fue el momento en el que el músico sujetó su nuca con una mano y con la otra rodeó la cintura de la chica, apretándola lo que más pudo a su cuerpo, sin dejar de besarla.
Después de un rato, la intensidad de los besos de Edward declinó, dejando cortas y castas caricias sobre los labios de ella, con sus ojos abiertos para contemplar su rostro apenado. Jamás deseó hacerle daño, nunca se lo propuso, y saber que su pena la había provocado él, le dolía en el alma, y se lo hizo saber.
―Soy un idiota… y no he estado a la altura, pero te ruego me perdones… ―seguía dejando besos suaves sobre su boca, pero ella se mantenía con los ojos cerrados fuertemente, sin decir palabra. ―Cuando recibí el correo… no podía pensar con claridad y decidí apartarme. A pesar de conocer tu historia, ver eso… fue un duro golpe. Sentí y siento odio por los que te hicieron esto, y yo… yo no voy a dejarte sola. Solo apelo a que perdones este… comportamiento. Soy un imbécil, lo sé, pero perdóname…
Las palabras de Edward eran sentidas y reales. Verdaderamente se sentía como un hijo de puta, que en vez de alivia el dolor de la mujer que amaba, lo acrecentaba.
―Por favor, dime algo ―rogó Edward, aun con sus labios sobre los de Isabella.
Entonces ella, que hasta ese momento había mantenido una postura rígida, poco a poco relajó sus hombros y exhaló aire por entre sus labios semiabiertos. Esa simple señal le dio una esperanza a Edward que la aferró aún más fuerte contra sí.
―Háblame, cariño… ―pidió él suavemente una vez más.
―Lo único que quiero es olvidarme de todo esto… ―dijo ella con voz cansada, con sus ojos aun cerrados. ―Estoy tan cansada…
Claro que entendía la reacción de Edward y si él se hubiera mantenido impávido, como dijo, no hubiera sido normal. Aun así, le dolió escuchar y ver que una parte de él la juzgaba por lo que hizo.
―Abre los ojos, Isabella ―dijo él ―Por favor, abre los ojos y mírame.
―No puedo… saber que has visto ese video… me avergüenza mucho. Entiendo que te sientas asqueado, porque incluso yo lo estoy. No te culpo por querer tomar distancia de mí.
―Isabella, abre los ojos, ahora ―demandó, a lo que ella simplemente no pudo seguir negándose, alzando sus parpados poco a poco hasta que vio las orbes oscuras, cansadas y acuosas de Edward, que no mostraban vergüenza de ella, como había dicho.
―Siento vergüenza de mí mismo y de cómo reaccioné. Sabía que esto no podía escondértelo, pero no fue la manera de abordarlo. De verdad lo siento y espero me perdones y no me apartes de tu lado, porque honestamente no podría vivir sin ti. Perdóname por favor…
Necesitando la fuerza que había sentido a su lado en todo ese tiempo y olvidándose de esa reacción, fue ella la que ahora rodeó el cuello del músico y lo besó con verdadero anhelo, el mismo que había mantenido todo el día por él, el mismo que se aferraba a su corazón ahora tranquilo de saber que Edward decía la verdad. Sabía que él no eran un hombre perfecto, y que esa reacción podría haber sido mil veces peor, pero verlo arrepentido, sentirlo avergonzado le confirmaba que lo que sentía era verdadero y fuerte, que era lo único que en ese momento le importaba.
―Necesito que me hagas olvidar todo esto… ―susurro ella sobre sus labios, pegada al cuerpo de Edward, que la contemplaba con el mismo sentimiento de amor de siempre. Nada había cambiado en esa mirada, eso la llevó a exteriorizar la necesidad que de un momento a otro sintió en sus entrañas ―Necesito saber que vas a olvidar lo que viste en ese video también…
Entonces Edward supo lo que tenía que hacer, supo interpretar lo que ella estaba pidiéndole en ruegos suaves teñidas de pura necesidad. Iba a demostrarle a ella y al resto lo fuerte que eran sus sentimientos por esa mujer, lo fuerte que el amor los había unido.
La levantó sobre sus brazos, y con sus labios pegados a los de ella, la llevó hasta el dormitorio donde ni siquiera se detuvo a encender la luz. La tendió sobre la cama y se puso sobre ella, afirmando el peso de su cuerpo sobre sus antebrazos, besando sus labios con ansias. Isabella se sostenía el rostro por los costados y se perdía en las sensaciones de ese beso que siempre la hacían perderse. Con calma desvió sus manos hasta su cabello y su cuello, acariciándolos con parsimonia, mientras los labios de Edward abandonaban su boca y trazaban camino hacia su cuello, al mismo tiempo que sus manos buscaban su piel bajo la blusa. La calidez de los labios de Edward sobre su ya ardiente piel, estaban comenzando a hacer efecto en las entrañas, que estaban caldeándose a fuego lento, anhelando por más.
Isabella suspiró cuando las manos de Edward llegaron a sus pechos y los presionaron a la vez que sus dientes mordisqueaban la piel sensible justo bajo la oreja, suspirando ella de puro placer. A continuación gimió de frustración cuando él se apartó del todo para quitarse el suéter y quedar a torso desnudo frente a ella, antes de inclinarse sobre ella justo para desabotonar su pantalón y sacarlo despacio a través de sus piernas después de descalzar sus pies, los que comenzó a besar desde el empeine, ascendiendo por sus suaves y torneadas piernas a la vez que las acariciaba, llegando a colar sus dedos bajo el borde de sus bragas, haciéndola gemir apenas con ese roce. No demoró en quitarle la blusa antes de volver a caer sobre ella, esta vez sujetando una de sus piernas y enroscarla alrededor de su cintura, mientras que con la otra mano buscaba en su espalda el cierre de sujetador. Cuando la liberó de la prenda, la lanzó lejos al otro lado del dormitorio haciendo reír a Isabella. Se quedó quieto, con la punta de su nariz tocando la de ella, contemplando fijamente su mirada brillante que se debelaba incluso en la penumbra del dormitorio que los envolvía.
―Voy a amarte y no habrá más recuerdos que éstos, para ti y para mí ―bajó sus labios y dio un beso suave. ―Sentirás mis manos sobre tu piel incluso cuando no te esté tocando. Sentirás mis ojos puestos sobre ti adorando cada parte de cuerpo, contemplando con admiración los rasgos y las facciones de tu rostro… como en un principio, ¿lo recuerdas?
―Sí ―susurró Isabella apenas, rememorando aquella primera vez donde esas miradas eran aún prohibidas entre ambos.
Él sonrió recordando quizás lo mismo tras volver a besarla. Se removió sobre ella y el material grueso de sus jeans presionó justo en la unión de las piernas de Isabella que gimió, mordiéndose el labio fuertemente.
―Edward… ―gimió quejumbrosa.
―Voy a hacerte el amor justo ahora y sabrás cuánto es que te amo y te necesito. Me sentirás tan, tan dentro de ti, tan parte de ti, que no habrá manera de pensar en ambos como dos personas por separado, porque somos uno y siempre será así, pase lo que pase, siempre será así…
―Por favor, Edward… ―suplicó abiertamente, removiéndose con descaro bajo él a la vez que sus manos buscaban el botón y la cremallera del pantalón del músico.
Más que nunca necesitaba sentirlo, tan profundamente como él mismo se lo había descrito.
―Sí, cariño… ―asintió él, ocupándose de quitarse de encima el resto de la ropa que cubría su cuerpo y el de Isabella.
La necesidad lo llevó a hundirse dentro de ella de una sola vez, suspirando ambos al mismo tiempo cuando estuvieron irremediablemente unidos desde lo más íntimo.
Hicieron el amor despacio mientras se prometían amor una y otra vez, suspirando el uno por el otro, aferrándose fuerte al cuerpo del otro, lo más fuertemente posible mientras ambos cuerpos se movían lento y pausado, al unísono, besándose y llamándose por sus nombres, hasta que las palabras fueron reemplazadas por gemidos y exclamaciones ininteligibles justo cuando alcanzaron el clímax.
―Dios, cuanto te amo —dijo Edward, con su rostro escondido en el hueco de su cuello, recuperándose del orgasmo. Ella sonrió y acarició la espalda húmeda de sudor de Edward, relajada como una pluma. Ahora todo se veía diferente para ella, era capaz de afrontar cualquier cosa segura del hombre que tenía al lado.
Isabella estaba tendida sobre la cama sobre su estómago, afirmando el mentón sobre sus manos, a la vez que el músico junto de ella estaba de espalda y con sus brazos detrás de su cabeza, mirando el cielo raso de la habitación, relajado, después de canalizar la tensión y hacer las paces con Isabella, reafirmando que la conexión de ambos iba mucho más allá de lo sexual, y que nada tenía que ver con el pasado, ni de ella ni suyo.
―La persona que me envió ese video quería cerciorarse de que yo conozco esa parte de tu historia ―comentó con voz tranquila, sacando conclusiones.
―Se me hace un nudo en el estómago al pensar que otro como ese video pueden andar circulando por ahí.―Dijo Isabella torciendo la boca y escondiendo su rostro en las sábanas.
Edward giró su cabeza hacia ella y extendió su mano hasta su espalda, acariciándola con la punta del dedo índice por la columna, de arriba hacia abajo.
―Le pediré a Carlisle que tome cartas en el asunto. El correo que me envió puede servir como prueba de extorción indirecta, o algo así…
― ¿Sabes quién la envió? ―preguntó, sacando el rostro de su escondite.
―Resulta obvio, sobre todo por las dos líneas que acompañaron ―entornó los ojos y lo maldijo en silencio. ―Aro Vulturi lo hizo, estoy seguro.
―Vale… no quiero saber nada más ― dijo Isabella, tapándose los oídos. Oír de ese maldito parecía que ensuciaba el momento mágico que ambos habían mantenido.
Edward se recostó de lado y la abrazó pegada a su cuerpo, dejando besos sobre su frente mientras sus manos seguían paseándose por la espalda de Isabella, deleitándose en los hoyuelos que se formaban en su espalda baja.
―No tengas miedo, cariño, todo se resolverá. ¿No fue eso lo que dijeron los abogados?
Isabella asintió y se apretujó aún más al cuerpo desnudo de Edward, absorbiendo su calor.
― ¿Y no quieres saber sobre mi conversación con ellos?
―Claro que quiero, pero no ahora. Lo que quiero es seguir haciendo las pases contigo ―dijo, y se giró de tal manera, que el cuerpo de Isabella quedó bajó el suyo. ―Además, mañana llega tu madre, lo que significa que para pasar la noche contigo, tendré que colarme por tu venta o de plano raptarte…
―Me gusta que me raptes ―susurró, alzando su pelvis y sonriendo cuando el músico gruñó y volvió a devorar su boca con hambre, mientras sus manos no se sintieron conforme con los hoyuelos, ahora abarcando un poco más abajo por sus nalgas, apretándolas.
Después de ser un día emocionalmente agotador para ambos, Edward se planteó que esa sería una larga noche para ellos, pero en el mejor sentido de la palabra.
**oo**
Al mediodía del siguiente día, Edward llevó a Isabella hasta la estación de buses para ir a esperar a Renée, que llegaba después de unas buenas semanas de vacaciones, que inicialmente era solo un retiro espiritual.
No podía evitarlo, Isabella estaba feliz de saber que su madre estaba de regreso porque la había extrañado un montón, pero también estaba nerviosa porque sabía lo que tendría que enfrentar con ella. Pensaba en su reacción y su corazón se estrujaba de pena, deseando buscar la solución sin exponerla a ella a esa parte de su pasado, pero todos le decían que debía contárselo porque se lo debía y porque además tendría cubierta esa parte por si las cosas salían a la luz. No sería bueno que Renée se enterara por terceros.
―Ey, deja de retorcer tus dedos ―le pidió Edward, capturando sus manos cuando la vio en lo que parecía ser una batalla campal. ― ¿No te alegra que llegue?
―Sí que me alegra, pero sabes… sabes por qué estoy nerviosa ―admitió, soltando un largo suspiro. Edward torció su boca y sonrió con ternura, apretando el agarre de sus manos sobre las de Isabella.
―Lo entiendo, pero no hablarás con ella hoy mismo, y cuando lo hagas quiero estar ahí.
―Está bien, pero no quiero hacerlo hoy… No… mañana… mañana hablaré… ―entonces miró a Edward con súplica, ahora aferrándose a sus manos ― ¿Podemos simplemente dejarlo estar? No es necesario que lo sepa…
―Oye ―le tomó el rostro entre las manos y contempló sus ojos claros que se veían grandes en aquel rostro pálido y delgado ―Nadie te va a obligar a hacerlo, mucho menos yo, pero sabes que es lo mejor. No es necesario que le digas los detalles, solo que… solo que antes tomaste malas decisiones y que te involucraste con alguien que no era una buena compañía, y que se lo cuentas para que esté prevenida, porque ese hombre es peligroso, es todo.
―Tú no la conoces… va a querer saber detalles y va a pensar que es más delicado de lo que quiero hacerle creer.
―Isabella, ponte en su lugar. Si tuvieras una hija, te gustaría saber la verdad sobre ella, sobre todo en un asunto tan delicado como este, o si fuera al revés, no te gustaría que ella te escondiera algo así cuando tú podrías haber sido de ayuda para ella, ¿verdad?
―Lo entiendo. ―asintió, bajando su rostro hacia su regazo.
―Pero es tu decisión. Además, debes confiar en ella.
―Es verdad.
Edward entonces acercó su rostro al de ella y las besó, infundiéndole confianza, antes de animarla a salir del coche ye esperar en el andén la llegada del autobús que arribaría en un par de minutos.
En medio de otras personas que también esperaban a sus parientes, Isabella y Edward esperaron hasta que el autobús llegó al andén indicado. Apenas se detuvo, las puertas se abrieron y la primera en descender con la ayuda dl auxiliar, fue Renée, saliendo Isabella a su encuentro, abalanzándose sobre ella y abrazándola fuertemente en señal de lo mucho que la había extrañado.
― ¡Ah, bueno, alguien aquí me ha extrañado! ―exclamó la madre de Isabella con tono jocoso. Su cabello castaño venia tomado en su nuca de forma irregular, revelando su rostro relajado después de su viaje, que a simple vista le sentaron muy bien.
Edward se les acercó entre el gentío cuando Isabella la soltó finalmente, anunciándose al poner una mano sobre el hombro de la mujer.
―Renée, bienvenida. ―dijo Edward. Renée desvió su rostro hacia donde procedía la voz y sonrió encantada de oírlo.
―Gracias, Edward. ¿Has cuidado bien a mi niña?
―Por supuesto. No tendría que tener quejas de mí ―respondió ilusionado, metiéndose las manos a los bolsillos de su jeans negro.
―Entonces puedo volver a salir sin la preocupación de no saber si mi niña queda en buenas manos ―dijo, abrazando por la cintura a su hija, que no se había apartado de ella y que no había dicho mucho por el miedo de romper a llorar.
―No te detengas por nosotros ―respondió antes de ir por el equipaje de Renée.
Después de eso caminaron hacia el coche, no sin antes despedirse del resto de las acompañantes que había ido en el viaje también. De camino, Renée sentada en el asiento trasero del coche, preguntaba por su hermano Marcus y por su querido Kal-El.
―Nos hemos preocupado de ambos, mamá ―comentó Isabella, girándose hacia atrás desde el asiento del acompañante. ―ninguno ha pasado hambre, ya podrás comprobarlo.
― ¿Y Marcus por qué no los acompañó?
―Su coro de ángeles está ensayando y él debe estar presente. Pero aseguró que se reuniría con nosotros para almorzar.
―Ya veo. ¿Y tú entras justo hoy a trabajar, hijita?
Edward, que conducía hacia el apartamento de Renée, gruñó mirando de reojo a su chica, la que le sonrió con ternura, estirando una mano hacia su barbilla para acariciarlo.
―Entro al turno de las tres, y salgo a las once.
―Yo la iré a dejar y a buscar, así que usted no se preocupe ―intervino Edward, llevándose la aprobación de Renée.
―Estupendo. Entonces nos da tiempo de almorzar con calma y charlar un rato.
―Claro que sí, ma´. ―respondió Isabella, pensando con preocupación el tema que tendría que abordar con ella.
Al parecer, Kal-El estaba consciente de la llegada de Renée, pues ese día se encontraba más inquieto que otras veces. En general, era una mascotita muy tranquila, pero que si seguro hubiese sido un perro, hubiera saltado como loco cuando se percató de la llegada de la dueña de casa.
― ¡Oh, mi pequeño! ―dijo, recibiéndolo entre sus brazos cuando Isabella lo dejó ahí para ella ―También te extrañé…
Edward rodó los ojos ante la imagen tan tierna, pegándole Isabella un golpe en las costillas con el codo.
―Kal-El es sensible…
―Sí, por supuesto.
Poco después apareció Marcus para ver a su hermana, aprovechando todos de pedirle a la recién llegada los detalles de su viaje, que a simple vista le sentó muy bien. Aprovecharon de contarle además, sobre los planes que había hecho para la cena de navidad y que incluía a Carlisle, Jane, Alice, Jasper e incluso Peter. Renée no demoró en entusiasmarse, diciendo que sería la encargada del platillo de fondo y que buscaría una receta especial que seguro los dejaría a todos con la boca abierta.
Almorzaron los cuatro en la mesita de diario que había al centro de la cocina del apartamento el almuerzo que Edward e Isabella se encargaron de pedir a su restaurante favorito. Después de eso, Isabella se alistó para irse a trabajar, mientras que Marcus se quedaría acompañando a su hermana pues no tenía nada que cubrir en la iglesia sino hasta la noche.
―Edward me traerá cuando salga del trabajo ―le recordó Isabella a su madre cuando se despidió.
―Te esperaré despierta con tu vaso de leche tibia, como siempre, mi niña ―dijo Renée, dejando un beso de despedida en la mejilla de su hija.
Edward se despidió de la mamá de Isabella y de su tía, incluso palmeó el lomo de Kal-El que pareció gruñir al contacto, saliendo a continuación del apartamento, rumbo al hospital.
― ¿Qué vas a hacer esta tarde?
Edward tenia bien claro que lo iba a hacer, pero comentárselo a Isabella sería preocuparla y ponerla ansiosa, por lo que decidió omitir ese asunto importante que haría justo a continuación de dejarla en su trabajo.
―Bueno, tengo ensayo con los muchachos para la presentación de fin de año y quiero revisar la bibliografía para las clases de la universidad.
―No te aburrirás…
Edward hizo una mueca en respuesta, que a Isabella le pareció muy divertida. Al menos, pensó Edward, la discusión de la noche anterior era solo un recuerdo y no había dejado fisuras en la relación de ambos, al menos de eso se había asegurado que ella lo perdonara.
Cuando llegaron al estacionamiento, y después de una sesión de besos de despedida, se separaron para que ella pudiera entrar a su turno, prometiéndole Edward que estaría allí mismo esperando por ella esa noche. Tras un último y casto beso, Isabella salió del coche rumbo al elevador que la llevaría a su piso, poniendo Edward en marcha el vehículo en dirección a su próximo destino.
**oo**
Aro Vulturi veía las fotos que uno de sus informantes le hizo llegar a primera hora de la mañana y se preguntaba si ese hombre que había salido del edificio a toda velocidad, aparentemente golpeado, tenía que ver con Bella. La duda cayó sobre él cuando el hombre que siempre aparecía cerca de Edward, salió tras él sin poder alcanzarlo. ¿Tendría que dejarlo o ir tras la pista de ese hombre? Su intuición le decía que lo averiguara, y generalmente siempre le hacía caso, no siendo la excepción en ese momento.
Tecleó un corto mensaje electrónico a su informante y le pidió derechamente que averiguara si ese hombre de la fotografía, tenía algo que ver con Bella y que tuviera la información lo antes posible para tomar cartas en el asunto, si se daba el caso. Envió el texto sin pedir por favor ni despedida, deseando obtener información prontamente. Checó enseguida en el inicio de su bandeja de entrada si es que había alguna contestación al correo que había enviado a Edward con el revelador video, pero nada. Quizás no lo había abierto o lo había dejado pasar, pues el mismo informante que estaba como punto fijo en el edificio donde el músico vivía, le informó que esa mañana, Bella y Edward habían abandonado el edificio juntos.
―Tendré que pensar en algo más efectivo ―se dijo para sí mismo, desviando su atención al móvil que vibró con un mensaje entrante. Era de su hija Ángela que le decía que estaba saliendo del trabajo, pero que iría con algunos amigos del trabajo al centro comercial a comer comida chatarra y a comprar regalos de navidad.
Aro sonrió y en respuesta le envió un emoticón guiñándole un ojo y un corto mensaje donde le pedía que eligiera un lindo regalo para él.
Entonces, la puerta del despacho fue abierta por Luis luego de que con dos golpes se anunciara. Aro lo recibió con un asentimiento de cabeza y lo miró a la espera de lo que tenía que decirle.
―Edward Masen acaba de atravesar la reja de entrada.
El rostro de Aro se iluminó como si le estuvieran dando un regalo. ¿Edward, su hijo, estaba llegando a verlo? ¿Será que Esmerald había hablado con él? ¿O quizás el video que le envió fue recibido y visto por él y quería arreglar ese asunto? De cualquier modo, en breve lo sabría.
―Recíbelo tú mismo en la puerta y hazlo pasar a la sala…
―Señor, si me permite ―interrumpió Luis el entusiasta orden de Aro ― ¿No sería mejor recibirlo aquí? Lo digo porque cualquier sea el tema, tendrán que tratarlo en privado. La niña Ángela podría llegar y…
―Ángela no va a regresar hasta la tarde, pero aun así, creo que tienes razón. ¿Crees que sería mejor que yo mismo fuera por él? ―sin que Luis alcanzara a responderle, Aro se levantó y caminó hacia la puerta, dándose por enterado su hombre de confianza, de la decisión que había tomado.
Al bajar por las amplias escaleras de la casa, se encontró con que Marianne estaba haciendo pasar a la visita hasta la sala.
―Déjalo, Marianne ―interrumpió Aro, mirando a su asistenta y luego a Edward, que traía cara de pocos amigos. ―Bienvenido, Edward. Qué sorpresa que hayas venido.
Edward parecía estarse mordiendo la lengua y refrenando su impulso de saltarle encima para golpearlo, pero Aro se encargaría de hacerlo cambiar de parecer respecto a él. El músico se paró frente a él mirándolo fijamente. Aun, pese a su tensa postura, Aro intentó desplegar toda su hospitalidad.
― ¿Te apetece una copa?
―No, lo que quiero es hablar con usted de una vez por todas ―respondió en tono hosco, llevándose una mirada reprobatoria de Marianne, a quien le pareció un desatino del invitado que había sido tan bien recibido por el patrón.
―Por supuesto, pero eso no quita que nos tomemos un trago ―miró a Marianne y a Luis para ordenarles que estaría en su despacho con el señor Masen y que nadie podía interrumpirlos. A continuación señaló la gran escalera e invitó a Edward a que lo siguiera hacia su privado.
Al entrar, Aro invitó a Edward a sentarse en el enorme sillón de cuero, declinando el músico de acomodarse ahí.
―Edward, por favor, no hay necesidad de que estés tan tenso…
―No es esta una visita de cortesía, señor Vulturi ―dijo Edward, mirándolo con real animadversión.
Se había quedado de pie al centro del estudio, sin detenerse a contemplar la decoración o para admirar la completa colección de música que el hombre ostentaba.
―Pero antes que digas cualquier cosa, y te prometo te escucharé con mucha atención, déjame decirte que te pareces mucho a tu madre… y no hablo de Esmerald, por cierto.
Aro, con satisfacción, vio el rostro de Edward que pasó de la rabia contenida hacia la completa confusión. Aprovechó Aro de acercarse al bar y servir dos copas de Crown Royal Northen Harvest Rye, el mejor whisky del mundo, proveniente de una destilaría canadiense. El momento del encuentro con su hijo debía celebrarse con el mejor licor.
― ¿Qué sabe de mi madre? ―inquirió Edward en tono crispado, devolviéndose Aro y ofreciéndole una copa, tomándola el músico pero dejándola con un golpe seco en una mesita de centro.
―Bueno, que era una muchacha hermosa que vivía en medio de un campo, lejos de la mano de Dios. ―Levantó Aro la copa, como haciendo un salud por la memoria de Elizabeth ―Fue una suerte encontrarla en medio del bosque.
― ¿Cómo... cómo…? ―balbuceó Edward. ― ¿Cómo es que la conoció?
―Mi familia y la familia de Esmerald son amigos desde… tiempos inmemoriales ―comentó en tono de broma, sonriendo incluso ―y llegué a la parcela de la familia Platt por una invitación que la misma Esmerald me hizo. Paseamos por el sector sobre caballos pura sangre que el padre de Esme tenía en sus corrales, hasta que dimos con la casita del leñador.
Ahí Esmerald me comentó que vivía una buena amiga suya y me la presentó. Nuestra… atracción fue instantánea. Podría hacer pintar un cuadro con la intensidad de esa mirada, así de claro es esa imagen aun en mi cabeza.
―No puede ser… ―murmuraba Edward, con la mano pasándosela por el cabello una y otra ver, mirando sin mirar el diseño de la alfombra persa.
¿Podía ser cierto lo que Aro estaba dejando entrever? Pensaba Edward, mientras Aro contemplaba con orgullo a quien sabia era su heredero, en todo el sentido de la palabra, desde su sensibilidad artística que lo había llevado a ser uno de los mejores músicos de su edad, hasta su impronta de hombre atractivo. Ahí, parado frente a él, podía asegurar que Edward Masen llevaba sangre de su sangre en las venas.
―Volvía una y otra vez a ese lugar tan solo para verla. Ya no inventaba excusas, simplemente pasaba directo hacia la casita de Elizabeth. Lo pasábamos muy bien…
― ¿Qué tipo de relación tenían ella y usted? ―preguntó Edward, desviando su atención totalmente de la verdadera razón que lo había llevado hasta allí.
Entonces Aro suspiró antes de beber otra bocarada de whisky y mirar a Edward con una sonrisa en sus labios.
Probablemente el virtuoso músico se arrepentiría de haber hecho esa pregunta, y maldeciría haber llegado hasta ese lugar y haber coincidido en esta vida con ese hombre al que odiaba tanto.
―Si Elizabeth estuviera viva, sería hoy mi esposa ―indicó con la copa hacia él. ―Su carácter avasallador, exultante y seductor llamaron mi atención, profundamente. Hubiera sido una estupenda compañera. Pero como sabrás, las cosas no pudieron darse de ese modo.
A cambio de eso, y para sorpresa mía, dejó un hijo del que vine a enterarme hace tan poco, un hijo de ambos y que me hace sentir tan orgulloso…
― ¡¿Qué está tratando de decir?! ―inquirió Edward, como si estuviera a punto de perder la cordura, al contrario de Aro, que se veía muy tranquilo.
―Eso mismo que estás pensando, Edward, qué tú eres ese hijo.
La respiración de Edward se cortó por unos segundos después de oír aquello. Nunca pensó siquiera en al ir allí tendría que escuchar esa sarta de estupideces, porque no podía ser más que eso.
― ¡Usted está loco! ―murmuró el músico, meneando la cabeza. Aro esbozó una pequeña sonrisa y torció la cabeza, siempre mirando a Edward con ojos que parecían proyectar comprensión.
―No, hijo mío…
― ¡No me llame así! ―le gritó, levantando un dedo amenazador hacia él ―Usted no es mi padre, yo no podría llevar sangre de alguien… como usted. ¿A caso planeó esta estupidez con Esmerald? ¿Ella le dijo que sería buena idea decir eso para que me aleje de Isabella? ¿También fue idea suya lo de enviarme un video, o ir a increparla por su pasado?
―Sobre mi Bella… ―respondió tranquilamente, dejando la copa vacía sobre la mesita, junto a la que le ofreció a Edward y que él no tocó. Enderezó su espalda y levantó la barbilla para exponer su punto ―será mejor para ambos que te alejes de una vez de ella. Me pertenece y a mujeres como ellas, no las comparto con nadie, ni con mi propio hijo…
― ¡Cierra la boca, hijo de la grandísima puta! ―gritó Edward con fuerza, dando un paso hacia adelante, comenzando a tutearlo. No valía la pena seguir tratándolo con deferencia.―No volverás a acercarte a ella, eso te lo juro, así como juro no apartarme de ella, porque date por enterado que estoy al tanto de todo lo que ocurrió entre ella y tú en el pasado, donde abusaste de ella como quisiste, la extorsionaste, y la usaste para tus fetiches. Y el video que me enviaste, no hace más que confirmar que estás completamente loco, y te aseguro que todo lo que pasó no se quedará así, sin que recibas el castigo que te mereces.
―Edward, todo eso que dices de abuso y extorción, son solo… ―meneó la mano en el aire, mientras buscaba la palabra para quitarle importancia a los dichos de Edward ―malos entendidos. Sabrás que toda relación pasa por altos y bajos, y por más que yo quiera, Bella y yo no somos la excepción a eso, pero finalmente se superan cuando nos unen cosas fuertes e irrompibles.
― ¿Cómo el hijo que abortó por tú culpa? ―gruñó con rabia.
Edward vio una sombra que atravesó por fracción de segundos el rostro hasta ese momento impasible de Aro.
―Eso fue un accidente…
― ¡Cómo puedes decir eso, cuando ella no quería seguir viviendo, ni que si hijo viviera para evitar que se topara con alguien como tú en este mundo! ―apretó los puños y deseó poder acercarse a él y molerlo a golpes. Por cierto, lo haría si el desquiciado hombre lo provocaba ―La dañaste de todas las formas que un hombre puede dañar a una mujer. No te mereces nada de ella, así que déjala en paz de una vez.
Aro suspiró y apenas se sintió ofendido por lo que Edward lo acusaba tan fieramente. Lo único que lamentó es que tendría que disputar con su hijo por la que era su mujer.
―Volveré a tenerla a mi lado, tarde o temprano, aunque se la tenga que pelear a mi propio hijo…
― ¡Te dije que no me llamaras así! ―gritó Edward, fuera de control ―Mi único padre fue mi abuelo y Carlisle, no hay más.
―Terminarás por aceptarlo ―sonrió, mirando al furioso y tenso muchacho frente a él ―Terminarás por aceptar todo lo que digo, sobre nuestro lazo y sobre Bella, ya lo verás.
―Y tú arrepentirás de haber regresado. Se arrepentirá de estar sobre ella, amenazándola, porque ella ya no está sola y ya no es la chiquilla manipulable con la que usted jugó.
Dicho esto, y después de darle una amenazadora mirada, Edward enfiló hacia la puerta del jodido despacho, asqueado, deseando salir lo antes posible de allí, pero Aro no le haría tan fáciles las cosas.
― ¿Sabes por qué Bella me cautivo tanto? ―preguntó Aro, justo cuando Edward iba a tomar el pomo de la puerta.
Giró su cabeza y miró al viejo al centro del despacho por sobre su hombro. No debería haberlo hecho, pero lo hizo. Seguro después se arrepentiría.
―Me recordó a Elizabeth, a ese carácter distendido, alegre y seductor. ¿Te dijo Bella que fue ella la que me sedujo? Aquí mismo, entraba siempre pidiendo disculpas cuando sabía que yo estaba, excusándose que se había equivocado de puerta… hasta que una vez se me lanzó encima y se me ofreció. ―Miró hacia el viejo escritorio de roble frente al ventanal ― ¿Te dijo que sobre ese mimo escritorio me regaló su virginidad? Fue tan parecido a lo que pasó con tu madre… claro, ella ya no era virgen cuando la conocí, pero de la mano me llevó hacia un pajar, donde se comenzó a quitar la ropa para ofrecerse a mi…
―Cierra la boca, maldito hijo de puta y evita seguir intentando apartarme de Isabella con tus amenazas o con tus historias baratas, porque no te darán resultado.
Finalmente, Edward abrió la puerta y la cerró tras él con un golpe seco, atravesando un pasillo y bajando hacia la escalera con apuro de salir de una vez de ese lugar. La mujer que lo recibió apareció en la entrada en compañía del hombre que acompañaba a Aro cuando Edward llegó, al parecer dispuesto en ese momento de disuadirlo a salir tan rápido. Pero él no hizo caso, simplemente abrió la puerta y pasando por alto las palabras de despedida de la mujer, caminó hacia su auto, donde arrancó el motor y aceleró hacia la entrada, saliendo finalmente de ese infierno.
Unos kilómetros más allá, detuvo el coche al lado del camino. Abrió las ventanas y se agarró la cabeza entre las manos, tratando de poner orden en su cabeza que en ese momento era un caos.
No podía ser cierto… nada de lo que ese desquiciado dijo podía ser cierto. ¿Cómo era posible que su madre hubiera estado involucrada con alguien como él? seguro que con su postura de galán maduro le era fácil llamar la atención de las mujeres y colocarlas a sus pies para hacer lo que él solicitaba, tan solo con el afán de agradarle.
― ¡Mierda, mierda, mierda! ―exclamó, golpeando el volante con sus puños, llevándose a continuación sus manos otra vez a la cabeza, jalándose el cabello.
No podía creer que Isabella haya estado a merced de un tipo como ese, que a simple vista lo único que quiere es salirse con la suya. Él no ama a Isabella, él la quiere como un trofeo de algo que no tuvo en el pasado, si era del todo verdad lo que había dicho respecto a Elizabeth.
Maldijo cuando el nombre de una mujer se cruzó en su cabeza, como única opción para saber si la sarta de barbaridades que había dicho ese hombre, eran ciertas. No le apetecía nada ir a verla, pero tenía que aclarar sus dudas al respecto lo antes posible.
Inspirando hondo y haciendo girar su cuello para soltar las tenciones, y volvió a poner en marcha el coche, dirigiéndolo hacia la casa de Esmerald.
Casi cuarenta y cinco minutos demoró en llegar, saliendo a su encuentro una sonriente Esmerald que extendió sus manos hacia él con la idea de abrazarlo. Ciertamente ella era la última persona a la que él quería estrechar entre sus brazos, por lo que pasó de largo hacia el interior de la casa, hasta la sala, siguiéndole ella los talones.
―Sentí llegar un coche, y jamás me imaginé que fueras tú. ―dijo, ilusionada, regalándole como siempre la mejor de sus sonrisas ― ¡Es una lindo sorpresa tenerte aquí!
― ¿Dónde está Jane? ―preguntó, poniendo sus manos en jarras sobre sus caderas, mirando hacia la ventana o cualquier otro lugar que no fuera la mirada turbia de Esmerald, que se mordía el labio inferior y se mecía sobre esos zapatos de tacón que incluso usaba dentro de la casa.
Estaba vestida como para salir, con una falda de tubo negra y una blusa de manga corta, blanca. Edward no podía encontrar nada lindo en esa mujer, ni aun vestida con sus mejores trajes o maquillada tan exquisitamente como solía hacerlo, porque conocía su interior y para él ni el más perfecto atuendo podría esconder la fealdad que a él le había tocado conocer de ella.
―Jane se quedó en casa de una compañerita. Hoy no tenía prácticas ni de karate ni de violonchelo, así que aprovecharía de hacer tareas con ella.
―Me alegro.
― ¿Edward, qué sucede?
―Suceden un montón de cosas, Esmerald ―le dijo Edward con tono ronco y enojado, mirándola con desprecio.
Esmerald al instante llevó la mano hasta su cuello y nerviosa, jugueteó con su collar de perlas negras heredado de su abuela paterna.
―Sucede que me entero que has llegado hasta el edificio donde vivo para encarar a Isabella, que es algo sobre lo que no tienes derecho alguno.
―Ella no me gusta para ti, nunca me ha gustado, y ahora entiendo el motivo… ―dijo Esmerald, llevándose una mirada desdeñosa de Edward, que no demoró en repicar, a punto de perder la poca paciencia que le quedaba.
―Me importa una reverenda mierda que te guste o no para mí, pensé que lo tenías claro.
―Edward, por favor… ―suplicó Esmerald, pero como siempre, él la ignoró.
―Además, me entero que estás al tanto de su pasado por un viejo amigo tuyo: Aro Vulturi. Seguro él te fue con toda la historia, ¿me equivoco?
―No te equivocas ―respondió, con su barbilla alzada, desafiante. Eso enervó aún más a Edward, que dio un paso amenazador hacia ella.
― ¿Y fue idea tuya que dijera todo eso de mi madre? ¿Tú le propusiste esa genial idea de decir que yo soy su hijo, para con eso hacer que me aleje de Isabella?
― ¿A caso Isabella negó que todo eso es verdad? ―preguntó, estrechando su mirada hacia él ― ¡Ella se le ofreció a Aro! ¡Es una mujer de dudosa reputación que no se merece ir colgada de tu brazo!
― ¡Cierra la puta boca! ―gruñó entre dientes, con temor de quebrar sus piezas dentales ―Piénsalo antes de hablar mal de la mujer que amo, porque no voy a medirme en nada para defenderla, ¿me oyes? Mejor hazme un único y maldito favor en todo lo que llevo de vida y dime que lo que dijo ese hombre es mentira.
― ¿Sobre qué conoció a Elizabeth? Eso es cierto, la conoció a través de mí. ―Explicó, alzándose de hombros. El alma de Edward parecía estar cayendo en picada, porque no sabía si creerle o no ―Supe por ella misma que se reunían, que Aro incluso iba solo, directo hacia ella, sin pasarse a saludar por la casa patronal. Estaban muy entusiasmados el uno con el otro, incluso se proyectaban y hacán planes, hasta que Aro desapareció y tu madre apareció embarazada tiempo después.
―Estás mintiendo… ―repicó, incrédulo. La cabeza le comenzó a dar vueltas, teniendo que sentarse sobre el brazo alto de uno de los sofás.
Esmerald, por su parte, habló sin detenerse, sin siquiera titubear.
―Debo reconocer que se puso triste cuando Aro desapareció. Le pregunté qué había pasado entre ambos como para que Aro desapareciera, pero ella simplemente decía que las cosas no hubieran funcionado, dándome a entender que ella había sido la que acabó con la relación. Poco tiempo después me contó sobre su embarazo y a toda costa evitó decirme quien era el padre. Reconozco que nunca me confirmó que fuera Aro, pero es lo más lógico, ¿no?
―Lo más lógico… ―sonrió sin ganas, deseando patear los pulcros muebles de la sala. ― ¿Te parece lógico que pueda ser hijo de un tipo como ese?
Otra vez en respuesta, Esmerald se cruzó de brazos y se alzó de hombros, haciendo bufar a Edward.
―Tú no sabes nada —remató Edward, antes de dar por terminado ese diálogo tan poco esclarecedor para él.
Habían sido suficientes vivitas indeseadas para las pocas horas que habían pasado, decidiendo dejar hasta ahí el encuentro. Sin despedirse, caminó hacia la puerta pasando junto a Esme, que lo siguió hasta la puerta diciéndole que se quedara y que conversaran, que ella lo ayudaría.
― ¡¿Quieres ayudarme?! Pues deja de meterle estupideces a tu amigo Aro en la cabeza y deja de meterte en mis cosas.
― ¡Edward, apártate de esa mujer, no te conviene! Aro hará lo que sea para recuperarla, incluso podría hacerte daño a ti… ―intentó acercársele para cogerlo por el brazo y así evitar que se fuera.
―Bueno pues, tendrá que pasar por sobre mi cadáver para tener lo que quiere, y aun así no lograría conseguirlo.
―No digas eso, no te pongas en peligro por una mujer que no se lo merece. Edward por favor…
― ¡Suéltame, maldita sea!
Abrió la puerta y al igual que en el despacho de Vulturi, la cerró dando un fuerte golpe. Ésta volvió a abrirse con Esmerald saliendo detrás de él para impedir que se fuera, pero Edward ya estaba metiéndose al coche y no demoró ni siquiera un minuto en poner el motor en macha y salir de allí.
Su visita a Esmerald en nada había ayudado, simplemente hacía que su duda se hiciera más y más grande, igual que su frustración. Pero su determinación era una sola, y era inamovible: cuidaría de Isabella, procuraría que ese hombre se alejara a como diera lugar y se olvidaría de eso que dijo sobre… sobre… ni siquiera se atrevía a pensarlo.
Necesitaba distraerse, relajarse y estar con la mente fría cuando esa noche pusiera a Isabella al tanto, porque se lo diría, aunque eso causara más preocupación en ella. Lo afrontarían juntos como juró hacerlo. Por eso enfiló hacia el edificio de la sinfónica donde antes de dirigir el ensayo del concierto de final de temporada, se sentaría a solas frente a su piano y dejaría que la música, que siempre fue su vía de escape, lo alejara y lo recluyera al menos por un rato de toda la mierda que sentía, había caído sobre él.
Tocó el piano como un poseso algunas piezas musicales que se sabía de memoria, que eran bastantes. Dirigió el ensayo con desánimo y lo dio por terminado antes de tiempo. Su grupo estaba bien preparado y podían relajarse un poco, eso les dijo para excusar en terminar antes el ensayo, a lo que los músicos asintieron sin protestar. Volvió a sentarse frente al piano y tocó hasta que los dedos se le acalambraron, logrando quitarse parte de la ansiedad que la visita que le había hecho a Aro y a Esmerald se diluyera, más no se olvidara por completo.
Se alegró cuando vio que la hora había pasado rápido y el momento de ir a recoger a Isabella había llegado. Habría deseado tenerla al lado desde hace temprano, incluso pensó en llamarla o mandarle un mensaje para adelantarle algo, pero declinó. No quería preocuparla antes de tiempo, intentaría aminorar el asunto lo más posible. Pero se lo contaría, aunque esta vez tendría un poco más de tino al hacerlo.
Se subió al coche y se puso en marcha hacia el hospital, donde al llegar tuvo que esperar unos veinte minutos antes de recibir un mensaje de ella preguntándole donde estaba. Él sonrió y respondió con un mensaje que decía: "Esperándote, ¿dónde más? Apenas he podido tolerar la tarde sin ti, así que apresúrate".
Cuando Isabella llegó al estacionamiento del hospital, se encontró con su amado esperándola afirmando sobre la puerta del acompañante del auto. Sonrió y lo saludó desde la distancia con la mano, respondiéndole él al saludo. Corrió hacia él los últimos metros que lo separaban de él y aterrizó en sus brazos, hundiendo su nariz en el cuello del músico, que la abrazó fuertemente por la cintura.
Al apartarse para besarlo, vio cruzar una sombra de preocupación en el rostro de Edward, que la puso alerta al instante. Lo conocía lo suficiente como para saber que algo había sucedido.
― ¿Qué sucedió? ―preguntó ella con preocupación.
―Algo que no me esperaba ―respondió Edward tras un suspiro. Ella se mordió el labio y acarició el rostro de su hombre.
―Puedes contármelo…
―Lo haré, aunque preferiría no hacerte pasar por esto. Pero debo hacerlo ahora antes de llevarte a tu casa.
―Podemos ir a algún lugar, no estoy tan cansada…
―Claro que lo estas ―dijo él, sonriéndole con ternura y acariciándole el rostro con amor. ―Conversamos de camino a tu casa, pero debes prometer que mantendrás la calma, ¿entendido?
―Yo… lo intentaré.
Se subieron al coche y Edward salió del aparcamiento y tomó el camino largo que daba a la casa de Isabella, aprovechando el tiempo para contarle sobre las dos visitas que hizo esa tarde, mirándolo ella con más que asombro, como si se hubiera vuelto loco.
― ¡¿Fuiste a ver a Aro?! ¡¿Estás loco?! ¡Podría haberte hecho daño! ―exclamaba ella, mientras él dejaba que despotricara y aprovechaba de estacionar el carro bajo una farola del Parque Japonés, a una cuadra de su casa.
Cuando lo hizo, se acomodó de costado, mirando hacia ella. Hablaría con calma para tranquilizarla.
―No hizo nada, fue bastante… amable, demasiado diría yo hasta molestarme.
―Es su forma de poner a la gente de su lado… ―dijo, pensativa, quizás recordando esa vieja táctica de Vulturi ―Los engatusa para ganárselos, aunque no sé por qué tendría ese comportamiento contigo ahora.
Isabella se preguntaba, mordiéndose el dedo índice. Edward a miró en silencio por dos segundos y suspiró, antes de contarle la historia que acabaría de aclarar el por qué del comportamiento de Aro sobre él.
―Me recibió como si estuviera encantado de recibirme, porque tenía una historia que contarme. ―Carraspeó y tomó entre sus manos las de Isabella, jugueteando con ellas mientras hablaba ―Asegura ser muy amigo de Esmerald, lo que responde a nuestra pregunta de cómo ella supo sobre tu pasado.
ellos se conocen desde hace mucho, desde la época de juventud supongo… la misma época en que Esmerald se decía ser amiga de mi madre. Él dice haber llegado alguna vez de visita a la casa de campo de la familia Platt, donde Esmerald le presentó a mi madre.
Tragó saliva con la intención de aliviar su boca seca, mientras la enfermera lo miraba e iba atando cabos en su cabeza mientras lo escuchaba.
―Asegura que tuvieron un romance y que… ―el músico cerró los ojos y soltó las manos de Isabela para pasarlas por su rostro. Cuando estuvo preparado, lo dijo ―ejem… asegura que a raíz de ese romance, ella quedó embarazada, y que yo soy el fruto de ese embarazo.
Isabela ahogó una exclamación, cubriéndose la boca. Si había algo en esta vida que jamás se esperó, era oir esa historia, y de cómo los personajes de su presente se intercalaban con su pasado.
No daba crédito, era imposible… ¡Tenía que ser mentira!
―Debe ser una broma ―murmuró Isabella. No sabía si ponerse a llorar o darse de cabezazos contra la ventana del coche.
―Lo mismo pensé, incluso fui a visitar a Esme y a exigirle que desmintiera o confirmara lo que ese tipo dijo.
― ¿Y?
―Y nada. No podía asegurar nada. De lo único que da fe, es que mi madre y él se conocían, de que tuvieron ese romance, pero nada más. Cuando mi madre apareció embarazada, Aro parece ya había desaparecido.
―Esto es una locura…
―Le di vueltas toda la tarde, y llegué a la conclusión de que simplemente es una treta para conseguir apartarme de ti. así de simple.
―Pero…
Isabella iba a protestar sobre comenzar a averiguar si lo que decía Aro era cierto, pero Edward ya había decidido no tomar en cuenta eso que dijo el desquiciado ese, aunque le costara más de lo que aparentaba.
Tomó el rostro de su chica entre las manos y la miró fijamente a los ojos justo antes de repicar:
―Lo importante aquí eres tú. Le dejé en claro que no me apartaría de ti, y que de paso no estabas sola. No le tengo miedo y lo que dijo sobre mi madre y él, no aplacará en nada mi desprecio hacia él.
―Pero esto… también es importante ―insistió ella, imitando el gesto de Edward con sus manos sobre sus mejillas― ¿No quieres saber si lo que dice… sobre eso que es… ya sabes…?
―No hay problema, Isabella, puedes decirlo ―alargó su mano y apretó su rodilla sobre la tela del pantalón ―De cualquier forma también le dejé claro que mi único padre fue y será mi abuelo, incluso Carlisle. No voy a hacer caso de eso que dijo.
―Pero…
Edward la calló efectivamente con un beso decidido. No iba a darle en el gusto a ese tipo. Había sembrado la duda en él para seguramente distraerlo de Isabella, pero eso no iba a pasar.
―Mira, ahora mismo voy a centrarme en tu seguridad y en seguir adelante con lo que delinearon los abogados sobre el caso. Vamos a pillar desprevenido al tipo y a alejarlo de ti de una vez por todas. Despreocúpate de lo demás, ¿entendido?
―Pero no puedes decirme que no te pasó nada cuando él te dijo que era tu padre, cuando te lo aseguró incluso, eso fue lo que me dijiste.
Claro que causó un efecto indeseado en él, tanto o más de lo que ella se imaginaba, pero ni siquiera iba a decírselo para no preocuparla más. Saber si quiera que existía la mínima posibilidad que fuera hijo de ese hijo de puta, le enervaba y le asqueaba hasta la médula, pero debía mantenerse sereno por la tranquilidad de Isabella.
―Deja que yo maneje eso, por favor, y trata de olvidarlo. Yo haré lo mismo, te lo juro.
Isabella bufó y rodó los ojos, y se apartó de su agarre, cruzándose de brazos y mirándolo muy seria y para nada de acuerdo. La reaparición de Aro no dejaba de darle golpes, no solo a ella sino que a Edward también. ¿Será que ella tendría que intervenir para que Aro dejara en paz a Edward? Pensarlo le ponía la piel de gallina, pero no dudaría en hacerlo si era necesario.
