Aquí estoy niñas, adelantando la actualización, pues voy a apartarme de la laptop hasta el domingo... y se han portado tan bien conmigo que no quiero dejarlas sin su capítulo.

Como siempre gracias por estar aquí, por seguir esta locura que se acerca a su final. ¡GRACIAS!

Gracias a mi cuchu Maritza por tu invaluable ayuda y colaboración en este capítulo.

Ahora a leer damas... y ya saben, nos reencontramos la otra semana.

Besos a todas. Os quiero!


Capítulo 32.

Isabella se encontraba en su cuarto, mirándose al espejo. Sus dientes no han tenido piedad con su labio, que ha mordido incansablemente de los puros nervios, y qué decir de sus dedos que a esas alturas perfectamente podrían estar quebrados después de retorcerlos durante mucho, mucho rato mientras le daba vueltas una y otra vez a todo lo que estaba pasándole. Tenía más de un motivo para estar nerviosa… realmente nerviosa. Situaciones que debía enfrentar, algunas que venía arrastrando desde hace tiempo y otras de las que acababa de enterarse. Su vida estaba siendo una locura por completo. Esperaba ser lo suficientemente fuerte para enfrentarlas todas.

En lo inmediato le esperaba una conversación con su madre, que la pondría al tanto de todo lo que estaba pasando con Aro. Había decidido que era lo mejor por si a ese desquiciado se le ocurría acercársele con la amenaza de contarle lo ocurrido y matarle de un susto… aunque ahora no le parecía una buena idea.

Edward ya había llegado después que a la misma Renée se le ocurriera invitarlo a desayunar esa mañana, decidiendo entre ambos que ese sería el momento propicio, dejando Edward en claro que ni por asomo pensara en dejarlo fuera. Él estaría presente, aunque entendía que la conversación era entre ambas. Se conformaba con estar ahí y mantenerse callado, pero junto a ella para apoyarla y darle seguridad, la que sabía que necesitaría.

Suspiró profundo, dándose una última mirada a su atuendo oscuro de pantalones entubados azul marino y un suéter de cuello alto negro, sobre el cual refulgía el corazón y la llave de oro blanco que colgaba alrededor de su cuello cubierto.

― ¡Hija! ―exclamó Renée al otro lado de la puerta, haciéndola sobresaltar ―Edward está a punto de comerse a Kal-El. ¿Por qué demoras tanto?

―Ya… ya salgo, ma' ―respondió Isabella en voz alta, peinándose el cabello corto con los dedos ―Y aleja a Kal-El de Edward, no vaya a ser cosa que Edward vaya a servir como su desayuno y no al revés.

Oyó reír a su madre mientras se alejaba de la puerta, cerrando Isabella los ojos y deseando que no fuera ella la culpable de extinguir esa risa que adoraba escuchar.

Cuando se atrevió a salir del cuarto, caminó hacia la cocina y lo primero que vio fue a Edward masticando un trozo de pan de queso que él mismo había llevado desde el negocio del italiano Don Nicola y que Renée solía comprar. Suspiró desde la puerta sin poderse creer la suerte que había tenido que semejante hombre la tomara en cuenta… tan atractivo con su cabello cobre oscuro siempre revuelto y su barba ligera que ella adoraba acariciar. Soberbio como pocos, esa mañana el músico llevaba una americana gris gruesa sobre una camisa celeste, que hacia juego perfectamente con sus jeans oscuros.

¡Dios! Podía pasarse la vida mirándolo y suspirando por él.

― ¡Mi niña, deja de suspirar y ayúdame con el desayuno! ―exclamó su madre, que con su oído biónico, la había escuchado perfectamente.

Por el rostro divertido de Edward, al parecer él también se había percatado de su presencia y de sus suspiros de mujer irremediablemente enamorada.

―Sí, mamá ―respondió, acercándose a Edward para saludarlo con un casto besito en los labios. ―Buenos días ―susurró sobre sus labios, antes de apartarse y ser bendecida por una sonrisa y un guiño de esos que a ella la derretían.

―Hola, cariño.

Isabella comenzó a moverse de un lado a otro en la cocina, mientras oía la charla que al parecer su novio y ella habían estado manteniendo en su ausencia. Tenía que ver con la celebración de navidad que a Edward se le había ocurrido y que a su madre la había entusiasmado desde el primer momento.

―Entonces deja que me encargue de las compras y de preparar la cena…

― ¡No voy a dejar que lo haga usted sola! ―exclamó Edward, cortando con sus dedos otro trozo de pan ―Habrá que comprar una buena cantidad de comida, ¿acaso no sabe cómo es que come Jasper? Además, Peter su hermano estará también y entre los dos podrían comerse un ganado completo…

―No digamos que tú comes menos que ellos, Edward ―comentó burlista Isabella, dejando platitos sobre la mesa. Edward la miró estrechándole aquellos ojazos verde pardo, advirtiéndole que después se cobraría de ese comentario.

―Es normal que los hombres coman así. ¿No has visto a tu tío Marcus? ―salió Renée en defensa del género masculino y su apetito, dejando un cuenco de fruta y yogurt sobre la mesa.

―En resumen ―dijo Edward, sosteniendo el hervidor con agua caliente cuando las damas se sentaron en sus sitios y sirviéndoles a cada una ―habrá que comprar un montón de comida. No sé si el tiempo me dé para acompañarla personalmente, pero Jasper en general está más desocupado que yo, no tendrá reparo en ir con usted.

―No quiero abusar de ese muchacho, puedo hacerlo sola… ―dijo Renée pero Edward se apresuró en reafirmar sus dichos.

―Abuse de ese cretino todo lo que quiera. Además, estará encantado.

Siguieron hablando de menú, postres, bebidas y repasando la lista de invitados por un buen rato, mientras Isabella seguía muda, jugueteando con la cucharita de té, sin aportar nada a la conversación. Estaba realmente nerviosa que estaba pensando incluso en echarse para atrás con eso de hablar con Renée. Arruinaría su ánimo y seguro la confianza que hasta ese momento tenía hacia ella.

Edward por supuesto se dio cuenta del estado de ánimo de su enfermera y estiró la mano hacia ella, tomándosela y apretándosela levemente, infundiéndole ánimo y dándole a entender que la apoyaría en lo que ella decidiera hacer.

Pero Renée, aunque ciega, no era tonta y también supo medir en el ambiente que algo raro pasaba con su hija.

―Ahora, mi niña, ¿puedes decirme qué es lo que te tiene tan nerviosa? No has abierto la boca en todo este rato.

Isabella automáticamente miró a Edward y él le dio otro apretón de manos, dándole ánimo. Ella suspiró y tragó saliva antes de hablar.

―Tengo… ejem… tengo algo que contarte, ma'…

―Adelante, puedes hablar con confianza ―la animo Renée con su tono de voz siempre sereno, mirando justo hacia donde ella estaba.

―Yo… se trata de algo… de algo que ocurrió hace años atrás… algo que te escondí ―se mordió el labio haciendo una pausa para ordenar sus ideas. ―No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero debes saberlo… por si las cosas se ponen feas…

―No me asustes, hija…

―Se trata de una… de una relación que tuve cuando estaba estudiando en la universidad. Una relación con un hombre mayor… mucho mayor que yo. Él es el padre de una de mis compañeras de curso en aquel entonces… Bueno, yo pensé que estaba enamorada y…

― ¿Te hizo daño ese hombre? ¡Por qué no me lo dijiste entonces!

―No podía… hubo un tiempo en que él me dominaba por completo y me advirtió que llevar lo nuestro en privado sería lo mejor, porque tú no lo aprobarías, así que le hice caso. Y así como le hice caso en eso, también hice… otras cosas que él me pidió hacer.

― ¿Te obligó a estar con él? ¿Eso hizo?

―No… no al principio. A mí me gustaba todo lo que estaba descubriendo con él, estaba descubriendo cosas… acerca de mí… de mi sexualidad que…

―Dios mío… ―Renée se puso la mano sobre la frente, como imaginándose lo que entre líneas su hija estaba tratando de contarle con mucha dificultad.

―No voy a darte detalles, porque ahora no vienen al caso, pero…

― ¡Tendrías que darme todos los detalles! ¡Soy tu madre y es en mí en quien tendrías que haber confiado!

―Lo siento, ma' ―lloriqueó ella, apretando la mano de Edward que hasta ese momento se había mantenido en respetuoso silencio. ―No te haría pasar por esto si no supiera que es necesario hacerlo.

― ¿Por qué dices eso?

―Bueno, como te dije, todo al principio me parecía bien, hasta que conocí algunos aspectos de su personalidad… que me llevaron a alejarme. Él estaba poniéndose cada vez más exigente, y yo cada vez estaba menos convencida de querer ceder… ¡Dios, esto es tan difícil!

― ¿Por qué me lo cuentas ahora? ¿Qué es lo que tengo que saber?

―Cuando decidí apartarme, él conseguía mantenerme a su lado… a base de amenazas de todo tipo. Incluso… incluso él usó drogas para someterme… sexualmente hablando.

― ¡¿Me estás diciendo que ese hombre te violó?! ―exclamó Renée con el dolor reflejándose en su voz quejumbrosa. ― ¡Dios mío, como fuiste capaz de esconderme algo como eso!

― ¡No quería herirte!

― ¡Eres mi hija! ¡Podría haberte ayudado! ―estiró sus brazos hacia donde su hija se encontraba sentada y dio con sus hombros, lo que sacudió a la vez que le exigía le diera todos los detalles ― ¡Dime todo lo que ese mal nacido te hizo!

―Renée, por favor… ―medió Edward cuando Isabella estaba mordiéndose la lengua y sus ojos inundados de lágrimas daban cuenta de lo mal que se sentía. ―No es necesario que lo sepa todo. Los detalles le harían más daño, y no es lo que queremos. Isabella en ese tiempo era inmadura y tomó malas decisiones, ella lo sabe y se avergüenza.

― ¡Una violación no es algo de lo que una mujer tendría que avergonzarse! ―exclamó Renée, alterada ― ¡Ella debería habérmelo contado, Edward!

―No se trata solo de la violación, mamá, se trata de todo lo que hice con ese hombre… ¡Tuve relaciones sexuales con ese hombre en las formas y los lugares que tú no te imaginas! Y él usaba todo eso para obligarme a estar con él… me llevaba a lugares donde sus gustos sexuales eran compartidos por más personas y…

Estaba hablando más de la cuenta, de eso se dio cuenta la chica cuando vio el rostro consternado de su madre.

― ¿Lugares donde se comparten esos gustos? ¿Qué estás tratando de decirme?

―Renée, por favor, eso no es necesario… ―volvió a insistir Edward, pero Renée no estaba de acuerdo con eso.

― ¡Sí que lo es!

―Un club de sexo… ―soltó finalmente Isabella.

Renée soltó los hombros de Isabella y se cubrió la boca, negando una y otra vez con la cabeza, mientras no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Parecía que no conocía a su hija para nada, o no como ella pensaba.

―Dios mío… no… mi hija no sería capaz de hacer algo como eso…

―Mamá, por favor…

―Isabella dijo que no pero ese maldito la obligó, amenazándola con fotografías y videos que gravó sin su consentimiento ―intervino rápidamente Edward, acercándose a la aturdida madre para sujetarla por los antebrazos. ―Ella se dio cuenta de que no estaba haciendo bien las cosas y trató de apartarse, pero él se lo impedía una y otra vez.

― ¡¿Y cómo es que tú sabes esto?! ¡¿Quién más lo sabe?!

―Lo sé porque ese hombre volvió a aparecer e insiste en acercarse a Isabella a base de amenazas. Lo más probable es que quiera acercarse a usted para provocar a Isabella, contándole su versión de la historia.

― ¡¿Y por qué no lo han denunciado?!

―No hay pruebas. Él puede decir que lo que hicieron fue con consentimiento de ambos, lo que al principio fue así…

―Es algo de lo que siento profunda vergüenza, mamá, y hubiera deseado nunca contártelo, pero saber que él puede acercarse a mí a través de ti…

―Isabella habló con Carlisle y Peter, que son abogados, y ellos dijeron que la extorción es un delito, pero debemos tener pruebas. Ese hombre es poderoso y no sabemos lo que puede llegar a hacer para conseguir lo que quiere.

― ¡Dios mío, Isabela, con qué tipo de gente te metiste!

―Perdóname mamá… ―rogó Isabella entre llanto, tratando de acercarse a su madre para abrazarla, pero ella por primera vez en su vida evitó el contacto, soltándose a su vez de las manos de Edward que la sostenían.

Se puso de pie y sacudió la cabeza, caminando hacia donde sabia se encontraba la salida, tambaleándose.

―Lo siento… yo… necesito estar a solas… ―dijo sin detenerse, justo antes de desaparecer por la puerta de la cocina, y encerrarse en su habitación.

Isabella rompió en llanto cubriéndose la cara y Edward no demoró en tomarla y sentarla sobre su regazo, arropándola en sus brazos mientras le acariciaba la espala y la mecía, dejando que se desahogara. Había sido muy valiente, pese a que no había dicho detalles y había omitido varias partes de la historia que no venían al caso que Renée supiera, como el embarazo, el intento de suicidio y el posterior aborto.

―La decepcioné… no va a perdonarme ―lloraba ella en el pecho de Edward, aferrándose a él ―nunca va a perdonarme…

―No digas eso, cariño. Su reacción ha sido de lo más normal y debemos darle tiempo para que se tranquilice. Volverás a hablar con ella cuando se haya tranquilizado y verás cómo te perdona y acepta que cometiste un error al no contárselo cuando fue el momento.

― ¿Y si no lo hace?

― ¿Tan poco la conoces? Esa mujer tiene un corazón inmenso y lo más importante es que te conoce.

―Nunca voy a perdonarme esto…

―Ya, cariño…

Se quedaron un buen tiempo en la cocina, pasando Edward por alto las veces que sintió su teléfono en silencio vibrar dentro del bolsillo de su americana. En ese momento nada era más importante que estar junto a la mujer que amaba.

Renée se sentó al filo de la cama y lloró mirando hacia el cielo. No lloraba por lo que su hija había sido capaz de hacer con ese hombre mayor, sino cómo lo enfrentó sola sin darse cuenta ella de lo que estaba pasando frente a sus narices. Por primera vez maldijo su ceguera que le impedía darse cuenta de las cosas… ¿cómo es que no se percató de lo que le estaba pasando a su hija? ¿Cuántas veces más le había escondido situaciones? ¿Por qué no había confiado en ella? se sentía un estorbo más que una ayuda, quizás por eso su hija no había acudido a ella en primer lugar, y eso le dolió en el alma.

Para ella su niña era lo más valioso que tenía en esta vida y saber que alguien mancilló su preciado tesoro le provocaba en el corazón un dolor como nunca antes lo sintió.

Trató, en medio de la pena, de recordar ese tiempo cuando su niña cursaba los primeros años de universidad, tratando de encontrar algo que ella hubiese pasado por alto. Lo único que recordó fue el tiempo que Isabella desarrolló una especie de depresión, la que en ese momento ella aludió a cansancio por los estudios. Casi nunca estaba en casa entendiendo ella que los estudios la mantenían encerrada en la biblioteca, incluso por las noches… Golpeó el cochón cuando se dio cuenta que esa depresión no era por los estudios, sino por lo que su hija estaba sufriendo en silencio.

¡Dios! ¿Y dónde había estado ella? ¿Qué clase de madre era?

Secándose las lágrimas con las mangas de su blusa blanca fue que Edward la encontró cuando entró a la habitación después de golpear suavemente. Había dejado más tranquila a Isabella, la que se quedó ordenando la cocina entre suspiros mientras que él se encargaba de llevarle a Renée una taza de té de menta.

Renée levantó el rostro hacia la puerta donde Edward pudo ver tanto las lágrimas como la mirada de ansiedad, no rencor ni enojo. Era imposible que Renée, por muy dolida que estuviera, malgastara el tiempo en recriminaciones.

―Soy yo ―dijo Edward, cerrando la puerta tras de sí, sentándose a su lado de la cama. ―Traje un delicioso té de menta que mi abuelo decía, sirve para curar las penas.

―Gracias Edward ―dijo, recibiendo la taza que Edward dejó a su alcance en las manos ―pero ningún té de menta, por más delicioso que huela, podrá apagar esta pena tan grande que siento.

― ¿Podría ayudar yo? Soy bueno oyendo…

Renée hundió sus hombros y bajó la cabeza, jugueteando con el dedo índice alrededor del borde de la taza.

―Me siento tan… impotente. Una madre debe de estar atenta a esas señales… ¡A mi niñita la violaron, por vida de Dios! Y yo no me di cuenta… y lo peor es que ella ni siquiera confió en mí para decírmelo.

―No quería causarte daño, era todo. ―Edward la rodeó por los hombros dándole apoyo ―Está arrepentida de las decisiones que tomó y que la empujaron a eso. Se siente culpable, pero ahora está intentando hacer las cosas bien.

―Yo no voy a juzgarla por… las cosas que hizo bajo su consentimiento. Era mayor de edad y bueno… tampoco soy tonta, sé cómo pueden llegar a reaccionar las hormonas de una mujer cuando las provoca alguien con experiencia… ¡Pero a una mujer se le respeta cuando dice que no!

Esto último lo exclamó tan vehemente que el músico se sobresaltó, incluso pensó que Isabella desde la cocina debe de haber oído a su madre.

―Y vamos a hacerlo pagar por eso ―aseguró Edward, comprometiéndose con ella y con Isabella, que era lo que más le importaba. ―La drogó y la extorsionó para obligarla, y te juro que no voy a dejarlo pasar, pero ella necesita saberse apoyada porque lo que ha hecho no ha sido fácil, ¿no crees?

―Mi niña es muy valiente.

―Claro que lo es, pero ahora anda ahí afuera suspirando y necesitando un abrazo de su madre, y yo tengo que irme, ¿será que las puedo dejar solas sin que tenga que mediar la iguana entre ustedes?

Renée sonrió después de no hacerlo desde hace un buen rato, agradeciendo que en medio de todo Isabella pudiera contar con un hombre como él.

―Ve tranquilo, y gracias por estar aquí. ―Renée subió su mano hasta el rostro de Edward, pasándole la mano por la mejilla rasposa por la barba. ―Vales tu peso en oro, querido.

Edward sonrió, agradecido, y tomó la mano desocupada de su suegra y la besó con reverencia, antes de levantarse y retirarse de la habitación.

Isabella lo esperaba justo frente a la puerta de la habitación de su madre, ansiosa por lo que Edward había logrado con ella. Cuando lo vio sonreír, se le abalanzó encima rodeándolo por el cuello, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello. Él no le había dicho lo que había conseguido, pero Isabella sabía que había sido algo que aliviaría su pena y su vergüenza.

En ese momento lo amó más, si es que eso era posible.

Después de un rato, Edward se apartó para mirarla a los ojos. Ella seguía teniendo sus ojos cristalinos y un poco hinchados después de tanto llorar, pero había una especie de calma hace rato no advertía en ella.

―Ahora ve ahí adentro y habla con ella, estoy segura que está tan ansiosa como tú ―se acercó a su boca y dejó un beso, que de haber sido otro momento, hubiera profundizado como previa de otra cosa. Pero debía controlarse y recordar donde estaba. Seguro esa noche encontraría la manera de colarse en la habitación de ella. Ya la extrañaba demasiado.

― ¿Ya te vas?

―Sí, el decano de la facultad me espera para una reunión, después debo pasar por la sinfónica por unas carpetas y más tarde tengo un almuerzo con Carlisle y Jasper.

―Alice vendrá a almorzar. Estaba preocupada por cómo se iban a dar las cosas con mi mamá.

―Está bien. Esta noche voy por ti al hospital, ¿está bien? ¿No quieres que venga y te lleve al hospital para ir a trabajar?

―No, me voy con Alice.

Isabella lo dejó en la puerta del apartamento, y después de despedirse, inspiró profundo y se dirigió al cuarto de su madre, donde entró sin golpear. La encontró de pie junto a su tocador, dejando la taza que Edward había llevado y que parece ella se había tomado en tiempo record.

Cuando Renée supo que su hija era la que había entrado, giró su cuerpo hacia allá y levantó los brazos invitándola a acercársele, pues lo que necesitaba era abrazar a su hija y hacerle saber que ella estaba allí, incondicionalmente siempre para lo que ella necesitara.

La enfermera, muy emocionada, corrió a refugiarse a los brazos de su madre, llorando contra su hombro y pidiendo perdón una y otra vez, mientras Renée le acariciaba la cabeza y la espalda, diciéndole que todo estaba bien ahora, que no estaba sola y que no debía preocuparse, que ella ya la había perdonado.

―No quería… ―Isabella hipeaba, tratando de hablar ―No quería avergonzarte. ¡Te lo juro! Estoy tan avergonzada…

―Basta, hija, basta ―se hizo hacia atrás y la tomó por las mejillas, acariciándoselas con amor ―No somos perfectas, no tomamos siempre las decisiones adecuadas, pero la fortaleza está en reconocer nuestros errores y remediarlos si está en nuestra mano.

Nadie tiene derecho a coartar tu voluntad, tu libertad de decidir ¿lo entiendes? Y debes prometerme que nunca, nadie, volverá a hacerlo. Prométemelo hija, es lo único que te pido.

―Te lo juro, ma'. ―susurró ella, inclinando su cara hacia un lado, absorbiendo la caricia tierna de ella.

―Está bien, está bien mi niña, ya todo pasó…

―Gracias mamá.

―Ahora, vamos a la cocina a olvidarnos de esto un rato, ¿no me dijiste que venía Alice a almorzar?

―Sí, sí ―asintió ella, secándose las lágrimas, agradeciendo que su madre la hubiese perdonado. No hubiera podido seguir adelante si no contara con su apoyo, y jamás tendría que haber dudado de que así iba a ser.

Ahora, iba a prepararse para recibir a su amiga, y contarle sobre el otro asuntito que la tenía al borde del ataque de nervios.

**oo**

James apareció por el pasillo de su dormitorio hacia la puerta de su apartamento, después que el timbre sonara. Con una camiseta negra y sus boxers del mismo color, abrió la puerta y apenas tuvo ocasión de reaccionar, cuando dos mastodontes lo agarraron y lo sacaron de ahí, cubriéndole la boca para evitar que gritara.

"¡¿Qué demonio estaba pasando?! ¿Acaso me están raptando? ¿Y a quien le pedirían la recompensa? ¿A Esme?"

Lo maniataron, le pegaron una banda adhesiva en la boca y lo metieron dentro del coche y lo sacaron rápidamente desde el estacionamiento subterráneo del edificio, sin que nadie se diese cuenta.

Los dos gorilas sentados en los asientos delanteros, lo miraban de tanto en tanto por encima del hombro, mientras que este músico en decadencia miraba por la ventana, mirando el camino hacia donde se dirigían, sorprendiéndose cuando el coche ingresó a una propiedad digna de un rey.

Pasaron de largo por un camino de gravilla hasta la parte trasera del castillo. Se detuvieron a un costado de una casita pequeña, como una cabaña, donde lo metieron después de hacerlo bajar del coche sin ninguna delicadeza, metiéndolo dentro y haciéndolo bajar por una escalera hacia un subterráneo oscuro, apenas iluminado por una lámpara. Allí vio a un hombre cruzado de brazos que lo esperaba y a quien reconoció como el amante de turno de Esme.

"Mierda"

Le hizo una señal a uno de los gorilas, que arrancó la cinta de su boca. James lo miró con ojos asesinos antes de levantar orgulloso su mentón hacia el hombre que había torcido su boca como si su presencia le causara gracia, después que lo mirara de pies a cabeza y advirtiera que lo habían sacado de la cama sin darle la oportunidad de vestirse siquiera.

― ¿Qué hago aquí? ―preguntó James, mirando muy desafiante al hombre, que descruzó los brazos y metió las manos dentro de los bolsillos.

―Viniste a responder unas preguntitas.

―No vine, me trajeron en contra de mi voluntad, lo que es delito.

―Mis disculpa si los muchachos no te trataron bien en el camino… ―dijo Aro, torciendo la cabeza como si en verdad estuviera arrepentido. ―Ahora dime, ¿por qué has estado molestado a Isabella?

Entonces James recordó la historia que su amante le había contado sobre la historia entre la enfermera y ese hombre frente a él. Algo en su estómago lo hizo advertir que las cosas no estaban bien para él.

―Ejem… no la he estado molestando. Ella… ella y yo somos conocidos, amigos para ser más exactos.

― ¿Así que amigos?

―Sí, muy amigos. ―Carraspeó dos veces y movió sus hombros para relajarse un poco. Lo mejor sería usar un tono ligero ―Usted sabe… ella es una chica que… le gusta disfrutar de la vida y del sexo, a cambio de regalitos, por supuesto…

Apenas vio cuando el hombre dio unos cuantos pasos hacia él y le cruzó la cara de un golpe con la mano abierta.

―Esto es apenas una muestra de lo que te va a pasar por haberte acercado a ella, ¿logras comprenderlo?

― ¡Pues déjame decirte que fue idea de tu amiga Esmerald! Ella me pidió que me acercara a Isabella y la provocara. Odia que esa chica sea la pareja de Edward y está haciendo lo imposible por separarlos. Que tú aparecieras fue un alivio para ella.

―Qué dices…

―Esmerald tiene una obsesión por Edward. Siempre quiso ponerle la mano encima y convencerlo de ser su amante, incluso se hizo cargo de él cuando fue niño para ganárselo, pero Edward se le plantó en la negativa. Eso ha arrastrado la frustración en Esme desde aquel entonces.

Aro apretó los dientes después de confirmar algo que él había estado pensando que podría haber ocurrido entre Esmerald y su hijo.

Mientras tanto, James aprovechó que Aro estaba sumido en sus pensamientos, continuando con su verborrea sobre Isabella, la chica fácil como dijo en algún momento y el bueno para nada de Edward, un mojigato sabelotodo. El músico un tanto tonto, no sabía que ambos comentarios sobre su Bella y Edward le molestaban por igual. Estaba hablando de su mujer y de su heredero, pero por supuesto James no tenía como saber eso último.

―Tenía pensando volarte la tapa de los sesos por atreverte a molestar a mi mujer, pero…

― ¡Por favor, no lo haga, se lo suplico! ―lloriqueó con pánico en la voz ―No le hice nada, se lo juro. Y si me acerqué fue porque Esme me lo pidió. Además, debería centrarse en apartar a Edward del camino. Yo podría ayudarlo con eso…

Aro arrugó la frente y lo apuntó con el dedo.

― ¿Ayudarme tú? Si eres un bueno para nada, mediocre, que no le llega ni a los talones a Edward, que dicho sea de paso debe ser mil veces más inteligente que tú, cuya capacidad mental puede apenas ser comparada con un niño de primaria…

James iba a alzar la boca para protestar y decirle unas cuantas cosas a ese gánster salido de una mala película italiana, pero estaba en desventaja, por lo que prefirió callar tragándose su orgullo. Él era tan o más músico que Edward, un verdadero artista de tomo y lomo que no gustaba de figurar como el imbécil de Masen, ¿pero qué iba a entender el hombre de negro frente a él, que lo miraba pensativo, como decidiendo qué iba a hacer con él?

―Pensé que eras más peligroso, pero honestamente has sido una pérdida de tiempo. Te dejaremos marchar, no sin antes asegurarnos que has entendido todas las condiciones para que puedas salir de aquí vivo y no encerrado en un ataúd, ¿lo comprendes?

―Haré lo que diga.

―Te voy a hacer un favor pidiéndote que te alejes de Esme. Ella te trata como un perro y tú ni cuenta te das. Está bien, entiendo que el juego sexual de la ama y el sumiso es atractivo a veces, pero aburre a la larga, así que ten un poco más de amor propio y aléjate de ella. Ni siquiera sexualmente la satisfaces, de lo contrario no buscaría a otros amantes.

―Pero ella y yo tenemos una relación que…

―No hay tal relación. Olvídate de eso. Seguro que ella ha sido la mujer que te descubrió sexualmente, por eso estás tan prendado de ella, pero déjame decirte que ya es tiempo que te sueltes de su falda y traces tu propio camino. Deja de hacer lo que dice, de obedecerle por un poco de atención en la cama, es… molesto, te lo digo a modo de consejo. Además, estorbas, así que esfúmate de cualquier lugar donde ella esté. Deja de seguirla, de llamarla… y si llego a enterarme que lo has hecho a escondidas, mis amigos volverán a ir por ti y ellos mismo atravesaran una bala en tu cráneo, ¿lo comprendes?

James estaba tan sobresaltado y aterrado que solo le quedó asentir. Ese hombre le daba miedo, tanto que era capaz de hacer todo lo que él le pidiera, incluso apartarse de Esme, la mujer que adoraba, a la cual sería capaz de besarle una y otra vez los pies.

―Sobre Isabella es lo mismo. Lejos de ella, lejos de su camino. Si vuelves a acercártele con intenciones sucias, lo sabré y te mataré. Con ella no debes meterte nunca más. Es mi mujer, y deberías saber que solo la comparto con quien a mí se me antoja por el tiempo que se me pega la gana, ¿entendido?

― ¿Cómo Edward, por ejemplo?

―Sobre Edward… ―Aro se puso el dedo indico sobre los labios, mirando fijamente a James, que a simple viste se veía que sufría una profunda envidia respecto a su hijo, seguro por lo que Edward despertaba en Esme. Era probable que James haya decidido ser músico para parecerse lo más posible a él, pero eso era imposible. Era una cosa de sangre, de estirpe, que hacía a Edward mucho mejor que James, mucho mejor que cualquiera.

―Sobre Edward… ―reiteró Aro ―Ni siquiera puedo pedirte que te alejes de él, porque no significas una amenaza en lo absoluto para su persona. Eres menos que nada comparado con él…

― ¡¿Puede decirme por qué habla de esa forma del hombre que ahora mismo se está follando a la que llama su mujer?!

Por segunda vez en menos de una hora, James no vio venir el golpe que le atravesó el rostro, dejándole la mejilla ardiendo y la cabeza más confundida que nunca.

― ¡Mide tus palabras acerca de cómo hablas de mi hijo!

― ¡¿Perdone?!

―Así que ya sabes. Te quiero lejos de Esmerald y de Isabella... si sé que has vuelto a acércate a cualquiera de las dos, date por muerto en ese mismo momento, ¿lo entiendes?

― ¿Y no me va a decir nada sobre Edward?

Aro lo miró girando el rostro por sobre el hombro, observándolo con desdén desde los pies desnudos hasta la cabeza. Sus ojos reflejaban un profundo desprecio que no se molestó en disimular.

―Si piensas que alguien como yo te debe explicaciones, es porque eres más estúpido de lo que pensaba.

Volvió a retomar su camino, no sin antes darle una mirada a uno de los gorilas, el jefe de éstos, dándole la partida para que sus hombres le dieran un recordatorio de su visita a ese lugar antes de sacarlo del bunker.

Luis, que caminaba al costado de Aro, carraspeó antes de hablar.

― ¿Saldrá usted esta mañana, señor?

―Tendría que ir ahora mismo a arreglar el asunto con Esmerald, pero no puedo. Debo atender unos pendientes en mi despacho. Ya por la tarde me encargaré de darle una visita a mi querida Esmerald y arreglar cuentas con ella.

Suficiente paciencia le había tenido a esa mujer a la que decía su amiga. Mucho de sus desplantes había pasado por alto, sobre todo con Isabella, pero ahora, saber que había intentado abusar de su hijo había caído sobre él como golpe al estómago, aunque conociendo su estilo de vida, sus fetiches y todo eso, no debería haberle sorprendido. Pero lo hizo, sobre todo después de que ella era la única que siempre supo que Edward era su hijo, y nunca se lo dijo. Esa era una deuda que iba a cobrarse con intereses y todo cuando fuera el momento.

― ¿Sigue la vigilancia sobre Isabella y mi hijo?

―Sí señor, esta mañana su hijo llegó temprano a casa de la señorita Isabella, y anoche la dejó en la puerta de su edificio muy tarde por la noche.

―Lo que significa que no pasaron la noche juntos…

―Uhm… me temo que no, señor.

―Quizás está surtiendo efecto retardado el video que le envié a Edward…

―O quizás están tratando de ser respetuosos con el arribo de la madre de la señorita.

―Ya veo. Mantengan la vigilancia sobre ambos, mientras voy tomando decisiones más drásticas. Estoy comenzando a hartarme de esta situación.

―Como diga, señor.

― ¿Y Ángela?

―La niña Ángela está durmiendo. Llegó de madrugada de su turno de noche en el hospital.

―Mi niña. Que la despierten para la hora de almuerzo. Hace tiempo que no comemos juntos.

—A su orden, señor. ―Luis hizo una reverencia y se apartó del lado de su jefe para encargarse de sus asuntos, mientras Aro ingresaba a la casa, inspirando hondo y pensando en los pasos a seguir. Le urgía recuperar a Isabella y comenzar su proceso para recuperar el tiempo perdido con su hijo, aunque una vocecita dentro del él le decía que era muy difícil armonizar con ambas relaciones, debiendo quizás prescindir de una de ellas por el bien de la otra. Si era fuera ese el caso, ¿cuál elegiría?

"Imposible" se dijo para sí. Nadie nunca lo había puesto entre la espada y la pared, y esta no sería la ocasión para hacerlo. Él no lo permitiría. Se daría el lujo, como siempre, de tener todo lo que deseaba.

**oo**

―Me alegro que arreglaras tus malos entendidos con Isa ―dijo Jasper, acomodándose en el sofá de la sala del apartamento de Edward, esperando a que Carlisle apareciera con los aperitivos que estaba preparando en la cocina.

Edward lo observó de reojo, con algo de enojo, cuando sus feos zapatos descansaron sobre la base de su mesa de centro sin ningún miramiento.

―Todo está arreglado. Esta mañana habló con Renée sobre lo ocurrido y por lo que me cuenta ahora, se siente mucho más tranquila.

―Me alegro. Ese día te veías muy extraño…

―No era para menos. Pero le dejé en claro a ese demente que haga lo que haga, no logrará apartarme de ella.

― ¡Dios, pobre Isa! Con lo que tiene que lidiar, contigo primero que todos, después con el desquiciado del tipo ese que ahora anda diciendo que es tu padre, y para rematar con James, que no deja de molestarla…

― ¿Perdona? ¿Qué pasó con James?

Jasper parpadeó y miró a Edward durante unos segundos, pensando en cómo arreglar la metedura de pata que acababa de provocar. Según él, para esas alturas, Isabella ya debería haberle contado lo que ocurrió con James el día que él llegó como en estado de shock. Al parecer, Isabella había pasado por alto contárselo.

― ¿Con James? ―repicó Jasper como un estúpido.

Edward lanzó el iPhone a un lado y lo agarró por la camisa.

―No te hagas el estúpido, Jasper. Dime qué sucedió con James. ¿Otra vez volvió a molestar a Isabella?

Complicado, tragando saliva una y otra vez, decidió decirle la verdad antes que la veta de boxeador dominara el cuerpo del músico y se pusiera a practicar con él como saco de boxeo. Se rascó la nuca un poco nervioso, mirando al enojado músico con una estúpida sonrisita de disculpas.

―Verás, el día que habló con Carlisle y con mi hermano en mi apartamento, nos fuimos a almorzar al hospital después de eso para que se relajara… te imaginarás como salió después, aunque no digamos que la comida del casino del hospital es muy buena, peor…

― ¡Jasper, maldita sea! ―exclamó Edward, comenzando a perder la paciencia. Jasper levantó las manos en señal de rendimiento.

―Ya, vale... tranquilo, maestro. ―Inspiró y soltó la información ―Cuando vine a dejar a Isabella, ella se adelantó en subir, cuando la alcancé momentos después, me encontré con James sobre ella… ya sabes.

― ¡Puta mierda! ―soltó la camisa de su amigo y se dio de puños contra las rodillas ― ¡Maldito hijo de puta!

―Oye, cálmate. ―Intentó tranquilizarlo Jasper sin mucho éxito ―Lo golpeé hasta que me cansé, e iba a llevarlo directo a la comisaría, pero el muy cretino se arrancó. No quise salir persiguiéndolo porque me preocupé más por Isabella…

― ¡¿Y por qué demonios vengo a saber recién hoy?! ―Se puso de pie, poniendo sus manos sobre su cintura, levantó el rostro al cielo y tomando grandes bocanadas de aire. Jasper lo imitó levantándose y poniéndose frente a él.

―Isabella me pidió ese día que guardara el secreto. No estuve de acuerdo y le dije que respetaría que fuese ella la que te lo contara, de lo contrario lo haría yo. Pensé que ya te lo había dicho, me prometió que lo haría.

― ¡Dios! ―se pasó las manos por el cabello, frustrado ―Primero Aro y después este maldito… ¿no le quedó claro después de la visita que le hice?

―Uhm… ¿Cuándo le reclamaste de su idilio con Esmerald? ―preguntó Jasper, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón negro de vestir.

―No le reclamé por eso, pero le advertí que si seguía ayudándola a alejarme de Isabella, lo iba a lamentar, y lo que hizo es pasarse de la raya.

Sí, porque sabía que James era lo suficientemente estúpido como hacer ese tipo de favores a cambio de… qué sabe Dios qué cosas le habrá ofrecido Esmerald.

― ¿Crees que la bruja le pidió que lo hiciera? Se me pone la piel de gallina de pensar que Isa podría haber estado sola ese día…

―James es tan asqueroso como Esme. ―murmuró Edward, poniendo una mano sobre su frente ―Ambos están cortados con la misma tijera. James no hubiera dudado en ponerle las manos encima a Isabella porque Esmerald se lo pidió. ¡No puedo creer cómo ese tipo es capaz de seguirle el juego a una abusadora como Esmerald!

―Ninguno de los dos tiene decencia, maestro. Si Esmerald fue capaz de intentar abusar de ti cuando eras niño y cuando se supone que se había hecho cargo de ti para cuidarte como a un hijo…

― ¿Qué acabas de decir? ―preguntó alguien que no era ni Edward ni Jasper.

Edward y Jasper miraron hacia donde Carlisle se encontraba, a un metro lejos de ellos, sosteniendo una bandeja y tres copas que podría haber soltado después de haber oído semejante aberración. Antes de hacerlo, dejó la bandeja sobre la mesa de centro, sin quitarle los ojos de encima a Edward, esperando que dijera algo, cualquier cosa, para disculpar a su amigo que hablaba tanta estupidez… aunque él no era estúpido y había oído perfectamente bien.

Se puso una mano sobre el pecho, cuando un dolor punzante se alojó en ese sector. Sentía como si su corazón acabara de trisarse, y cuando Edward vio el gesto de dolor en su rostro, sintió que el suyo también se había quebrajado.

―Edward dime qué es eso que acabas de decir ―preguntó en un murmuro Carlisle, mirando fijamente a quien amaba como a su propio hijo. Le parecía increíble lo que acababa de oír.

"Ah, mierda" pensó Jasper, soltando aire, mientras Edward miraba al abogado con gesto de disculpa.

―Perdóname… no hubiera querido nunca que te enteraras de este modo…

―Cómo… ¿cómo es posible que te hayas callado algo tan delicado como esto? ―hablaba en voz baja, como si le diera vergüenza decirlo en voz alta ― ¡Dios! Si algo me decía que no era normal la forma en que se trataban.

Edward se acercó a Carlisle y le tomó por el hombro. Lo miró torciendo su cabeza, con la pena reflejada en su rostro.

―Carlisle, nunca dejé que me tocara…

―Pero era una abusadora, ¿eso es lo que estaban diciendo, verdad? ―murmuró, cubriéndose la boca y llenándosele los ojos de lágrimas ―Con quién diablos me casé…

―Carlisle, por favor…

― ¡Dios mío! ―exclamó de repente, en voz alta, apartándose de Edward, mirándolo como si estuviera camino a perder el juicio ―Dios mío, Jane… Jane está con ella… ¡Jane está con ella!

Entonces como presa del pánico, salió como un loco hacia la puerta, repitiendo que su hijita Jane estaba con ella, alcanzándolo Edward y Jasper en la puerta.

― ¡Ey! Cálmate Carlisle, cálmate.

Pero el abogado, que hasta este momento siempre había sido un tipo calmado, miraba a Edward como si estuviera desquiciado.

― ¡¿Cómo me pides que me calme cuando mi hija ha estado conviviendo todo este tiempo con una abusadora de menores?! ―gritó fuera de sí.

―Ella nunca le ha puesto un dedo encima a Jane, te lo juro…

Con voz tranquila Edward trataba de convencerlo de que esa había una de sus preocupaciones, que jamás hubiera dejado a su hermanita con Esmerald si antes no se hubiera asegurado de que no correría peligro, pero Carlisle parecía no convencerse de las aseveraciones de Edward.

― ¡¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso?! ¡Dímelo! —se agarró la cabeza con ambas manos como si tuviera miedo de que le fuera a explotar ―Si le ha hecho algo… no se de lo que soy capaz…

―He estado al pendiente, te lo juro.

―Aun así, no me voy a quedar tranquilo sabiendo que mi niña está viviendo con ella.

― ¿Y qué vas a hacer? ―preguntó Jasper, poniéndose entre la puerta y Carlisle. ―Creo que debes calmarte y escuchar la historia de Edward. Eso te ayudará a hacer que legalmente la bruj… Esmerald, digo, te de la custodia de la niña. Tendrás pruebas y testigos si es necesario.

Carlisle inspiró, cerró los ojos y se pasó la mano por el pelo, intentando recobrar la calma.

―Tienes razón, tienes razón, pero no va a pasar de hoy que no vaya y hable con Esmerald. Como sea, pero mi hija no seguirá durmiendo bajo el mismo techo que esa mujer.

―Me sacas un peso de encima, Carlisle ―dijo Edward.

Entonces Carlisle miró a Edward y tomándolo por sorpresa, lo abrazó fuertemente, deseando llorar por todo lo que Edward había tenido que aguantar.

―Siento mucho que hayas tenido que pasar por eso…

―No me tocó… al menos no de la forma que imaginas ―le dijo aun abrazado a Carlisle. Entonces el abogado se apartó y lo miró torciendo su cabeza.

―Como sea. Ni tú ni ningún niño tendría que lidiar con víboras como… como Esmerald.

Jasper lanzó un silbido, jamás habiéndose imaginado que el pulcro Carlisle tratara en esos términos a la mujer de la que estuvo perdidamente enamorado alguna vez. A Edward también le costaba creerlo, pero entendía su rabia.

―Mejor vamos adentro ―agregó Carlisle, indicando con un gesto hacia la sala ―Quiero que me cuentes todo lo que pasó, desde que eras niño, y sobre todo qué tiene que ver ella con la historia de Isabella.

Edward miró a Jasper y soltó aire de sus pulmones, preparándose mentalmente para contarle su historia a Carlisle. Parece que para el músico esa sería una larga tarde de revelaciones.

**oo**

Alice estaba con la vista clavada en la pared, en absoluto estado de shock mientras Isabella la miraba desde la otra esquina de la sala de descanso del hospital, mordiéndose las uñas. Había sido una tarde reveladora para ambas, y parece que a su mejor amiga le estaba pasando la cuenta.

― ¿Alice?

―Dame un segundo, Isa… estoy pensando.

―Está bien… ―murmuró Isabella.

Se cruzaba y descruzaba de piernas, se rascaba la nariz, miraba la hora en su teléfono para no impacientarse, o para retener sus ansias de ir hasta donde su amiga y darle unas palmadas para sacarla de ese estado de introspección.

Alice suspiró y se puso de pie del banquillo de madera donde estaba sentada, caminando de un lado a otro mientras se miraba la punta de las zapatillas que usaba para trabajar.

―Joder, Isabella.

―Al menos lo de mi mamá salió mejor de lo que esperaba.

―Y que dudaras que iba a reaccionar de una forma diferente, pues me extraña, si Renée es una santa…

―Lo es. ―Miró al techo blanco de la sala y soltó un suspiro largo, pensando en la llamada telefónica que había recibido de Edward, donde le contaba a grandes rasgos lo que ocurrió con Carlisle y de la manera que se enteró de lo sucedido con él y Esmerald, la bruja ex esposa suya. Pensó que todo estaba saliendo a la luz y de algún modo sintió que era lo mejor. Se sentía más valiente, valentía que la llevó a tomar una decisión.

Caminó hasta pararse frente a su amiga y le dijo lo que tenía en mente hacer. Esperaba que le guardara el secreto con esto ―también―, y que la apoyara.

―Iré a ver a Aro.

Alice abrió los ojos mirando a su amiga como si hubiese perdido la razón.

― ¡¿Estás loca?!

―No. Pero siento que tengo que enfrentarlo, que sepa que no le tengo miedo…

―Ah, pues, ¡Te felicito! ―exclamó, irónicamente, alzando los brazos al cielo ― ¡Te has puesto muy temeraria! ¡Seguro Edward va a llorar de la felicidad cuando lo sepa! ¡Va a ponerse feliz!

―Edward… ―carraspeó, mordiéndose el labios ―Edward no tiene por qué enterarse… ya suficientes problemas le he causado, y….

―Escúchame bien, Isabella ―le apuntó con el amenazador dedo índice ―si sigues así con esta idea estúpida de ir a presentarte delante de ese demente, no demoraré en decírselo a Edward.

Isabella abrió los ojos y la boca, sorprendida por la fiereza con que Alice exponía su punto. Resulta que ahora su amiga era más cómplice de Edward que de ella.

― ¡Pero Alice!

―Así que ya sabes…. ―estrechó sus ojos acusadores hacia Isabella ―si sigues adelante con esta locura, Edward lo sabrá al instante. Si sé que vas a escondidas, lo mismo… porque estaré vigilando tus pasos, Isabella.

— ¡Quiero hablar con Aro precisamente para ayudar a Edward!

― ¡Pues olvídalo! ―Alice estaba a punto de estallar ―No vas a ayudarlo con esa idea. Además, tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos…

Isabella tragó grueso y asintió en silencio. Sí que había cosas más importantes de qué preocuparse y de las que no había sido consciente todavía, las que no había asimilado…

―Prométeme que no harás locuras ―Alice se acercó a ella y le tomó las manos, mirándola ahora con más calma —no necesitamos más complicaciones. Prométemelo.

Isabella la miró y soltó lentamente el aire de sus pulmones, declinando de su idea de ir a encarar a Vulturi. Su amiga tenía razón, ya suficiente tenía y no necesitaban más complicaciones, como Alice lo dijo.

―Te lo prometo.

Alice le sonrió y la abrazó fuerte, entregándose ambas la contención que necesitaban. Cuando Alice la apretó más fuerte y soltó un sollozo, Isabella torció el gesto y pensó en su amiga, que también en ese momento necesitaba de ella.

Pero Aro, al parecer, había podido oír desde lejos el deseo de Isabella, o su Bella, de ir a encararlo, tomando él la iniciativa y llegando al hospital donde ella trabajaba. Con sus encantos y su devastadora manera de ser con la que conseguía que todos se rindieran a sus pies, logró subir sin problemas hasta el piso donde trabajaba Isabella, al sector de acceso limitado solo para personal autorizado, encontrándola justo donde hace instantes había estado hablando con Alice.

Isabella estaba de espalda, pendiente de algo en su casillero cuando Aro entró ahí, y no se sobresaltó al oír la puerta abrir y cerrarse, porque podría haber sido cualquiera de sus compañeros. Lo que la sobresaltó fue el saludo que él profirió desde la puerta, con su característica y profunda voz rasposa, que alguna vez a ella la desarmaba por completo y la hacía ponerse bajo su voluntad.

―Qué placer verte, mi Bella…

El aire escapó de los pulmones de la muchacha, que se giró y pegó su espalda contra los casilleros justo junto al suyo, mirando a Aro con ojos desorbitados y temerosos, mientras él torcía su boca y la miraba con ojos oscuros, flectando sus dedos cubiertos por esos guantes negros de cuero que solía usar y que terminaban de completar su atuendo también todo negro.

―Me gusta saber que sigo causando este tipo de reacciones, que sigo… sobresaltándote.

― ¡Y qué esperas si me has dado un susto de muerte! ―dijo ella, pasándose las manos por la chaquetilla de su uniforme, mirándolo con desprecio ― ¿Me puedes decir qué haces así?

No podía exponer su verdadero temor hacia el hombre que la miraba como si fuera su presa, su alimento. Debía mantener a raya su temor y demostrarle que no le afectaba de esa manera ni de ninguna, fuera del asco y la rabia que la embargaba cuando estaba cerca, aunque claro, esa postura desafiante no provocaba que él retrocediera, sino que siguiera avanzando.

―Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi ―dijo él, mirándola de pies a cabeza. ― Estoy comenzando a hartarme de echarte de menos, así que vengo a exigir que me des una respuesta…

―Antes que te de tu respuesta ―se cruzó de brazos, muy segura de sí misma, y lo miró desafiante, alzando su mentón ― ¿Me puedes decir qué es toda esa mierda de decirle a Edward que eres su padre? ¿A caso a Esmerald y a ti no se les ocurrió inventar nada más estúpido para alejarlo de mí?

―Veo que te preocupas por el músico.

―Por supuesto, me preocupo por el hombre que amo…

―Esa es una estupidez ―puntualizó. ―Él es mi hijo, tú eres mi mujer, y…

― ¡¿Tú mujer?! ¡¿Estás loco?! ―elevó la voz y alzó las manos, exasperada. Aro se enderezó y le incomodó que su Bella alzara la voz de esa manera. Levantó sus manos hacia ella, un poco nervioso como pocas veces en su vida, y trató de hacerla entrar en razón.

―Baja la voz cielo, o te van a oír…

Pero Isabella ni caso. Había decidido hablar, no quedarse callada y no demostrarle a ese monstruo que tenía en frente que podía dominarla como antes, porque eso no era así. La valentía que se había repetido debía tener, se había apoderado de ella en ese momento, y nada ni nadie más le importaban.

― ¡Y que me oigan! ¡Qué oigan de una vez y que sepan la clase de hombre que eres, y que has venido a acosarme y a obligarme a hacer las barbaridades a las que me sometía!

― ¡Yo no te sometía, Bella!―le recordó en voz amenazante, apretando su mandíbula. ―te recuerdo que te lanzaste sobre mí, te abriste de piernas y me ofreciste tu…

― ¡Cállate, maldito cerdo! Eso es algo de lo que me voy a arrepentir por el resto de mis días, y sí, fue algo que yo hice, asumo mi error, pero lo que hiciste conmigo después, es despreciable y se llama violación.

― ¡No te pases! ―le reprendió en tono amenazante.

― ¡Entonces lárgate de una vez y déjame en paz!

Alterado y con intención de hacerla callar a su manera, Aro alcanzó a dar dos pasos hacia ella cuando la puerta de la sala de descanso del personal se abrió, y como superhéroe apareció por ésta el doctor Eleazar Ananías, que se encontró con Alice en uno de los pasillos, la que le dijo que Isabella estaba en ese lugar tomando unos minutos de descanso.

― ¿Sucede algo? ―preguntó, mirando con el ceño fruncido al hombre y enseguida a Isabella, que otra vez había dejado caer su espalda contra las puertas de los compartimentos, mirando con profundo agradecimiento a su amigo. ― ¿Isabella, estás bien?

Ella carraspeó, se pasó las manos por la corta cabellera y asintió en dirección al doctor.

―El caballero se equivocó al entrar aquí ―respondió ella después de un par de segundos, arrepintiéndose de estar justificando la presencia de Aro, el que se paró en su metro ochenta y seis de estatura y se quedó mirando al hombre vestido con su pulcro delantal blanco, el que a su vez le devolvía la mirada severa.

Algo en ese hombre que miraba a Isabella como de su propiedad, terminó por poner en alerta al doctor Ananías, por lo que se giró completamente hacia él y muy seriamente le indicó la puerta con una de sus manos.

―Le voy a pedir que abandone este lugar, por favor, o va a meterse en problemas.

―Difícilmente alguien como yo pueda meterme en algún problema…

―Señor, por favor ―el doctor se acercó a la puerta y la abrió, indicándole con la mano el camino hacia afuera que el hombre debía de seguir.

Maldiciendo para sus adentros y dándole una mirada de advertencia a Isabella, que se abrazó a ella misma y agradeció la llegada de Eleazar, que con mucha delicadeza lo sacó de allí, murmurando maldiciones en italiano que el médico no prestó atención.

Cuando cerró la puerta dejando fuera al hombre de negro, se acercó a Isabella y la tomó por los hombros. Ella seguía mirando hacia el frente, mordiéndose el labio furiosamente, hasta que él le tomó con los dedos la barbilla y se la levantó para hacer que lo mirara.

― ¿Estás bien?

—Yo… sí… ―trató de sonreír, pero no le estaba saliendo muy bien ―ya te dije… él entró por error aquí y…

Eleazar estrechó sus ojos color avellana hacia la muchacha, como clara muestra que no le creía el cuento del hombre despistado que había entrado ahí sin querer.

―A otro con ese cuento, Isabella.

Entonces ella soltó aire de sus pulmones y cerró los ojos, asintiendo despacio.

―Es una larga historia.

―Pues aquí tienes a tu amigo. ¡Soy todo oídos!

Ella sonrió y asintió, pensando que sería mejor contarle ella misma lo ocurrido, antes que se enterara por terceros.

―Vale... ―suspiró y se sentó en la banqueta de madera, palmeando a su lado para que el doctor se sentara junto a ella. ―Resumiré la historia para ti.

El cardiólogo miró su teléfono y vio que tenía tiempo para escuchar la historia de Isabella, por lo que se ubicó a su lado y esperó a oír lo que ella tenía que contarle.