Hola niñas! Ya estoy aquí para dejarles un nuevo capítulo de esta locura, agradeciendoles que sigan acompañandome cada semana. A las nuevas lectoras que se siguen sumando, pues bienvenidas. Espero que disfruten de este viaje.

Gracias totales a mi querida Maritza, invaluable apoyo en esta locura.

La otra semana un capítulo con tonos muy navideños, con regalos de todo tipo para nuestros protagonistas. Así que ahí nos reencontramos!

Besos a todas y a leer damas!


Capítulo 33

Aquella no sería la mejor mañana para Esmerald Platt, eso lo supo cuando recibió a su ex marido en la sala de la casa que ambos compartían y que él había comprado, pero que decidió ceder para que los trámites del divorcio se firmaran con mayor rapidez.

Se arregló el blazer blanco y se pasó las manos por la falda de tuvo gris antes de presentarse frente al abogado, que miraba fijo la fotografía de Edward y Jane que había sobre una mesita.

―Buenos días, Carlisle. ¿Vienes por Jane? Pues te recuerdo que ella está en el colegio y…

Lentamente Carlisle se dio la vuelta y miró a la mujer con el resentimiento que nunca antes había sentido por ella.

—Sé que mi hija está en el colegio. No soy tan estúpido como piensas.

La voz cortante y severa de Carlisle sorprendió a Esme, que se puso en guardia. La postura tensa y la mirada llena de reproche que el abogado estaba propinándole en ese momento, no auguraba nada bueno para ella.

― ¿Por qué… por qué me lo dices así?

Carlisle, herido después de oír la historia de Edward, meneó la cabeza sin dejar de preguntarse cómo pudo estar junto a esa mujer por tanto tiempo, haberse enamorado de ella incluso hasta llegara a besar el suelo por donde caminaba, sin llegar a conocerla realmente como era.

―Voy a presentar una demanda para obtener la custodia completa de Jane.

Esmerald arrugó su entrecejo y miró a su ex marido sin entender verdaderamente lo que estaba diciendo, o si había oído bien.

― ¿Qué? ¿Por qué ibas a querer hacer algo así?

―Porque no confío que una mujer como tú tenga la custodia de mi hija ―respondió con voz oscura y tensa, descolocando aún más a Esmerald.

― ¿A qué te refieres?

―Lo sé todo, sobre tu… pasado ―cerró los ojos cuando lo dijo, sintiendo asco de las palabras ―Sobre ese gusto tan peculiar que tenías... o tienes con jovencitos.

Esmerald abrió los ojos tan grandes como dos huevos fritos, poniendo la mano sobre su pecho agitado. ¿Quién se había atrevido a hablar? ¿Aro? ¿James?

―Edward me lo contó… ―agregó Carlisle, mirando atentamente la reacción de su ex mujer.

Las rodillas flaquearon y Esmerald necesitó sentarse para sujetar su cuerpo después de aquella aseveración que la dejó helada. ¿Por qué Edward iba a querer traer a colación esos recuerdos? Siempre juró que se llevaría "esa parte de su vida" a la tumba, no por salvaguardarla a ella por supuesto, aunque claro, había roto la promesa mucho antes cuando se atrevió a contarle a Isabella toda la historia, ¿y ahora Carlisle? ¿Pero por qué?

―No sé de lo que hablas… ―murmuró Esme, mirando fijo hacia un punto lejos de la mirada severa y llena de rencor con la que el abogado vestido de traje y corbata, la miraba.

Carlisle soltó una maldición y se cubrió la cara con ambas manos, desesperado. Por supuesto, Esmerald iba a tratar de negar todo, como Jasper lo dijo el día anterior cuando Edward le contó su historia.

―Tu único pretexto para sacar a Edward del país cuando era un niño, fue para… ganártelo y manejarlo a tu antojo, para tus propósitos. Querías que para él fuera normal que su tutora se metiera a su cama cada noche y lo obligara a estarse quieto mientras tú… mientras tú… mientras tú tratabas de saciar tus sucios placeres con un niño, abusando de él, de su soledad y del agradecimiento que pudiera sentir por ti.

La voz de Carlisle se había quebrado al volver a repetir en voz alta lo que Edward le había dicho el día anterior. Recordó a su hijo relatando su pasado con Esmerald con la cabeza gacha, como si estuviera avergonzado de algo que él no tuvo la culpa, muy por el contrario, tuvo la suficiente valentía para pararse y enfrentarla pese a su edad.

―Edward… estaba confundido… ―dijo ella para defenderse, aunque su tono titubeó y no demostró la seguridad que hubiese querido.

El abogado apretó los puños y dio un paso hacia ella con el deseo de olvidarse que estaba frente a una mujer, porque de haber sido un hombre, probablemente se le hubiera lanzado sobre ella y le hubiera molido la cara a golpes sin pensárselo dos veces. ¿Se atrevía a negar lo que Edward había dicho? ¿Lo que ella había hecho?

Conteniéndose, le apuntó con el dedo índice y habló apretando los dientes, mientras ella seguía con la vista fija en una pared.

―Edward recuerda perfectamente el día que llegó al lugar donde ambos vivían, antes de la hora indicada, y te vio follando a dos jovencitos en la sala de la casa ―aludió con asco, agregando con un grito sordo a continuación ― ¡Estas follándote a dos niños, Esmerald! ¡¿Qué clase de mujer eres?! ¡¿Qué tan enferma estás?!

Entonces la careta de Esmerald cayó al piso. Se puso de pie frente a su ex marido, alzando su mentón como quien no tiene nada de lo que avergonzarse, nada que esconder.

―Mi pasado es mi pasado.

― ¡Eres una abusadora de menores! ―gritó él, perdiendo la paciencia.

―No lo soy. No cuando los jóvenes con quienes estuve dieron su consentimiento. Es algo privado y no te permito inmiscuirte en eso.

―Agradezco a Dios que Edward no haya caído en tus redes, que se haya revelado… ―cerró los ojos pensando en su valiente muchacho ―pero odié que me lo haya ocultado a mí. Ahora él ya es mayor, ha hecho su vida y es un buen hombre gracias a la educación que su abuelo le dio. Lamento en el alma el daño que le has hecho y no voy a dejar a tu merced a mi hija.

―No vas a quitarme a la niña… ―se atrevió a rebatirle ella en tono de amenazas, lo que encendió la ira de Carlisle aún más.

―Escúchame, Esmerald. Mañana vendré a buscar a la niña y la tendrás lista, con sus maletas hechas. Le dirás que pasará las fiestas de fin de año conmigo y yo me encargaré de hablar con ella. La próxima vez que la veas será con alguien custodiándote, y haré que un profesional la revise… y si sé que le has puesto un dedo encima o que has causado algún trauma en ella, te meteré en la cárcel, no sin antes exponerte a la sociedad a la que siempre estás pendiente de agradar.

―No serás capaz…

Ah, pero Esmerald no sabía lo que Carlisle estaba dispuesto a hacer por sus hijos, tanto por Jane como por Edward.

―Pruébame, Esmerald, pruébame y ya verás lo que pasará ―advirtió severa y peligrosamente. ―Traeré los papeles de la custodia y los firmarás sin chistar. Y que no sepa que le has metido a mi hija alguna cosa en la cabeza sobre esto, porque te lo haré pagar.

Esmerald nunca había visto tan furioso a Carlisle, ni tan decidido de algo que fuera en contra de ella, por lo que no sabía muy bien cómo reaccionar, pensando muy rápido en que lo mejor era buscarle por el lado amable y no enfrentarlo como había pensado hacerlo. Así que automáticamente cambió el gesto duro de su rostro, relajándolo y poniendo ojos mansos, apelando al lado caritativo del abogado. Intentó acercarse a él, pero el abogado dio un paso atrás, alejándose de esa mujer como si sintiera asco de ella.

―No puedes hacerme esto… yo amo a Jane y me mataría que la alejaras de mi lado…

―Lo hubieras pensando antes…

―Mi pasado… mi pasado es algo de lo que me avergüenzo ―mintió ella, mirándolo a través de sus largas pestañas ―y jamás se me hubiera ocurrido… hacerle daño a mi niña. Ella y tú me hicieron mejor persona… Antes, antes hice cosas sin pensar, pero nunca llegue a ponerle un dedo encima a Edward, yo…

―No llegaste a abusar de él porque el mismo Edward te lo impidió, no porque no lo hayas intentado.

― ¿Él te contó todo eso?

―Lo oí hablando con Jasper, y no pudo negarlo cuando le pedí que me lo explicara, así que no intentes dar vuelta la situación o decirme que está loco. No te permito que subestimes mi inteligencia ni la de Edward haciéndonos pensar algo a tu conveniencia. Y no creas que no sé que estás hablándome de esta manera para manipularme, porque te repito, no soy estúpido.

La miró de pies a cabeza y dio dos pasos atrás, deseando poder mantener la mayor distancia posible entre ambos.

―Ahora me voy, no soporto seguir en este lugar. Ya sabes, mañana vendré por la niña a las diez y traeré los papeles de la sesión de la custodia para que los firmes.

Saber que sus palabras suaves de arrepentimiento no habían causado el efecto deseado en Carlisle, terminó por fastidiar a Esmerald, que volvió a exasperarse y dejar ver su verdadera naturaleza vengativa y obsesiva.

― ¡No harás eso, Carlisle! ¿O crees que si mi vida privada sale a la luz, no te involucrarían?

―Esmerald ―dijo con voz oscura ―no me amenaces, porque te aseguro que lo que piensen de mí por haber estado casado con una mujer como tú, es lo que menos me importa.

Y sin soportar más, salió de la casa con paso apresurado, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que retumbó en toda la casa, dejando a una ex esposa sola en la amplia y lujosa sala de la casa, furiosa, elevando maldiciones y jurando que eso no iba a quedarse así.

**OO**

Edward aprovechó de raptarse a Isabella a la hora del desayuno cuando la noche anterior le avisó a Renée que Jasper estaría en la puerta del apartamento esa mañana para ponerse a su disposición por el tema de las compras. El dibujante, cuando Edward se lo propuso, estuvo encantando de acompañarla, además estaba seguro que podría aprender algunas maravillas culinarias de la mano de Renée. Entonces cuando Renée le dijo a su hija que ella podría acompañarlos, Edward saltó interponiéndose antes que su chica aceptara la invitación de su madre.

―Yo… mañana esperaba poder llevar a comprar a Isabella algunas… cosas… ―le dijo Edward a Renée, tratando de mantener a raya su ansiedad. —Además, la cena de navidad se realizará en mi apartamento y el árbol aún está sin decorar.

Renée alzó sus delineadas cejas y palmeó en acuerdo del plan de Edward.

―Ustedes entonces se encargan de decorar y nosotros con Jasper de comprar lo necesario.

―Estupendo —respondió Edward mirando a Isabella con una sonrisa de triunfo en sus labios.

De haber pasado cada noche durmiendo con la mujer que amaba entre los brazos, ahora tenía que buscar una excusa para estar con ella. ¡No eran adolescentes, por vida de Dios! Por eso aquella mañana había llegado a primera hora para recoger a su chica y llevársela de una buena vez.

Iban de camino al apartamento cuando sintió la mano de su enfermera apoyarse sobre su brazo extendido contra el volante del coche.

―Donde andas, Edward…

El músico sacudió la cabeza y desvió sus ojos a Isabella, que lo miraba con el rostro torcido. Necesitaban estar a solas después de todo lo que había pasado el día anterior. Ninguno de los dos había escondido los hechos ocurridos y que los había involucrado a cada uno por su lado.

Edward le contó como Carlisle se enteró de la verdad de Esmerald y de cómo había tenido que contarle su historia. Odió el dolor que le provocó al abogado y la rabia que sintió, el dolor que lo embargó y el miedo de saber a su pequeña hija al lado de esa mujer en la que ya no confiaba y a la que despreciaba.

Y como broche de oro, Edward había tenido que oír de boca de Isabella aquello de que el desalmado de Vulturi se había presentado en el hospital, con la intención de acorralarla. El músico estuvo a punto de subir por las paredes cuando ella se lo dijo la noche anterior cuando fue por ella al trabajo.

Pese a que ella le aseguro que apenas estuvo unos minutos a solas con él antes de que el doctor Ananías apareciera, le dejó ver a Edward, orgullosa de sí misma, lo segura que se había visto frente al indeseado y lo firme que hizo tronar su voz al decirle que no le tenía miedo y que jamás iba a ceder a lo que él quería, por mucho que inventara barbaridades como las que le había dicho, sobre eso de que era el padre de Edward.

― ¿Y si no hubiera llegado el doctor? ―rebatió Edward, molesto. Cada vez que recordaba el altercado, se enfadaba. ― ¡Dios, Isabella…!

Ella carraspeó y se le acercó, dándole un beso delicado y suave en su mejilla, a ver si con eso lo tranquilizaba. Él bufó y agradeció el toque de Isabella, que lograba aplacarlo un poco.

―Si no hubiera llegado, yo hubiese gritado y alguien hubiese entrado. Hubiera alertado que Aro entró para acosarme y hubieran puesto alertas sobre él…

―Tan fácil, ¿verdad?

―Edward, por favor… ―protestó, contemplado la playa frente al edificio cuando Edward llegó allí ― ¿Vas a perder el tiempo regañándome? Tenemos que ir arriba a terminar de arreglar el árbol y…

―No estoy de ánimos para sacar a relucir mis dotes de decorador ―dijo, metiéndose al estacionamiento subterráneo. Cuando llegó a su lugar, detuvo el auto y sacó la llave del contacto, bajándose en silencio, mientras Isabella lo miraba sin saber cómo reaccionar.

El músico rodeó el carro y llegó hasta la puerta del acompañante por donde ella estaba saliendo, ayudándola, cerrando la puerta, bloqueando el auto y levantando en sus brazos a Isabella, llevándola rumbo al elevador.

Ella primero lanzó un gritito de sorpresa y luego, rodeó el cuello del músico y le mordió el carrillo del labio para esconder su risita al ver el rostro de enfado en su novio… que lo hacía verse muy sexy, la verdad.

― ¿Entonces no quieres ser decorador? ―preguntó, casi en un ronroneo, pasando la punta de su nariz por la mejilla del músico ―Pensé que para eso me habías traído…

― ¿Quieres que sea tu decorador? ―apretó el botón del elevador y tras abrirse las puertas se metió dentro, dejando a la chica con los pies en el suelo, justo antes de arrinconarla en un extremo del cubículo. La tomó por la cintura y la apretó a su cuerpo fuertemente, mirándola a los ojos ―Si quieres que me convierta en decorador, así lo haré. Voy a decorar tu cuerpo con mis besos… y va a ser hermoso.

Habló con su boca pegada a la de ella, así como lo estaba el resto de su cuerpo, mientras ella acariciaba su cuello y su nuca, apretando sus muslos, a punto de lanzársele encima y rogarle que la tomara en ese lugar, no le importaba.

Edward la metió al apartamento, agradeciendo que su ayudante no fuera ese día, lo que le daba libertad plena de llegar hasta el sofá de la sala y tomarla allí en primer lugar, porque seguro no sería el único. Esa mañana iba a disfrutarla y a expresarle con sus ansias, la desazón que sintió desde que se fue de regreso a su apartamento con su madre y lo había dejado solo, triste y abandonado.

― ¿No me extrañas, nena? ―preguntó Edward, besándole el cuello, metiendo sus manos bajo el suéter de hilo color rosa que ella usaba bajo la chaqueta de mezclilla.

Isabella gimió y apretó al músico por la cintura con sus piernas, dándole a entender que sí que lo extrañaba, que extrañaba sus brazos alrededor de ella justo antes de dormirse, como el hecho de hacer el amor como primera cosa en la mañana después de abrir sus ojos. Extrañaba cada hábito que había conseguido con Edward en esos días y no estaba segura por cuanto tiempo iba a aguantar lejos de él.

Edward ni siquiera pensó en llevarla hasta el dormitorio, sino que simplemente alcanzaron a alcanzar el sofá de la sala, sentándose y dejando a su mujer sentada a horcajadas sobre él, con sus manos bajo el suéter de Isabella que escondía la piel aterciopelada de su espalda, mientras ella lo sujetaba por el cabello de su nuca, jalando ligero mientras se saqueaban la boca el uno al otro, con el hambre y la ansiedad de siempre, la pasión y el amor verdadero que movía todos aquellos sentimientos.

Cuando para el músico, la ropa que cubría el cuerpo de Isabella representaba demasiado fastidio, se apartó lo suficiente para arrancárselo por la cabeza y lanzarlo bien lejos, donde ya no pudiera estorbar, justo para que sus labios bajaran por el cuello delgado y elegante de la mujer, que jadeó moviéndose sobre el regazo de Edward, exponiendo su cuello de tal manera que él pudiera acceder a él sin restricciones. Algo en sus entrañas, más allá del mero deseo, gritaba por Edward con desesperación como si fuera un volcán a punto de estallar. Estaba más allá de la excitación y eso que Edward apenas la había besado y acariciado.

Edward detuvo la expedición de su boca y sus manos cuando sintió las manitos inquietas de su chica buscar desesperada los botones de su camisa mientras incesantemente se movía buscando fricción allí justo entre sus piernas.

―Por todos los cielos, mujer… ―murmuró, echando su cabeza hacia atrás mientras ahora era ella la que besaba y mordía su cuello.

Gruñó cuando Isabella se apartó del todo, poniéndose de pie, desabotonándose sus pantalones blancos y quitándose con la punta de los pies los botines marrones con tanto apuro como si éstos le quemaran. Edward se acomodó como si estuviera presenciando el mejor de los espectáculos, hasta que ella, apenas en ropa interior, se le acercó como gata en celo, y se ocupó de la hebilla de su cinturón, la que desató justo antes de vérselas con el broche y la cremallera. Cuando lo hizo, lo miró a través de sus pestañas, con un color fiero refulgiendo en sus ojos que acabó de calentar la sangre del músico.

― ¿No vas a ayudarme? ―murmuró ella, arrastrando sus uñas desde el pecho al estómago del músico, tentándolo.

Y eso fue todo lo que él necesitó para tomar las riendas y demostrarle lo interesado que estaba en ayudarla en lo que ella quisiera.

Con un movimiento rápido hizo desaparecer sus pantalones, su camisa y sus boxers, quedando completamente desnudo, justo como quería para arrastrar a Isabella de regreso a su regazo, sentándola otra vez a horcajadas sobre él, desabrochando y quitando de una vez el sujetador, jalando el material de encaje de su tanguita, haciéndolo añicos.

No hubo más preámbulos antes que Edward guiara su miembro erecto y dispuesto justo entre los muslos de Isabella, sujetándola por las caderas.

―Baja despacio cariño ―murmuró, guiándola y adentrándose poco a poco en ella, dejando Isabella escapar el aire de sus pulmones. Echó la cabeza hacia atrás y se sujetó de los hombros de Edward cuando lo sintió completamente llenándola.

― ¡Edward!

― ¡Mierda! ―gruñó él ―Es increíble… estás tan excitada, cariño…

Pero ella parece que no oía, estaba absolutamente perdida, aferrando a su amado con todas sus fuerzas desde las entrañas, sintiéndolo en lo más hondo de ella. Era simplemente maravilloso.

Edward, que se había mantenido quieto, comenzó a moverse, haciéndose hacia adelante y buscando con su boca los labios, el cuello o cualquier espacio de piel que él pudiera besar, lamer, e incluso morder.

Isabella soltó un gemido grave y sensual cuando él aumentó los movimientos, los que volvía a declinar para hacer durar el momento.

―Me encantan los sonidos que haces… ―dijo él, provocándola con movimientos circulares con las caderas, haciéndola gritar, ardiendo en deseo.

Entonces Edward levantó la cabeza y aferrándola desde la nuca con una mano, la tiró hacia adelante, chocando su nariz con la de ella.

―No sabes cuánto te amo ―le dijo, besándola con la misma fiereza y adoración con la que le estaba haciendo el amor. ― ¿Lo sientes, cariño? ¿Sientes lo mucho que te amo?

Las palabras que Edward dijo sobre sus labios, parecieron encender a Isabella aún más, afirmando con la cabeza, justo antes de morder el labio del músico y hundir su lengua en su boca de nuevo, presionando su cuerpo contra él, sintiendo Isabella punzadas de deseo en el centro de placer de su sexo, señal inequívoca de que un orgasmo de los grandes estaba cerca.

Lo besaba con desesperación, de igual forma que lo agarraba por su cabello, moviéndose con el fin de buscar su liberación.

―Oye… con calma… ―dijo él, pero ella no podía, simplemente lo necesitaba. Él intentó detenerse, pero ella gruñó cuando lo hizo, haciéndolo sonreír, mordiendo su hombro.

―Edward… por favor… ―suplicó, escondiendo su rostro en el cuello de Edward.

―Mírame, Isabella.

Cuando ella lo hizo, él atendió el ruego implícito de Isabella y volvió a agilizar sus movimientos, hasta que ella no pudo más, y levantando la cabeza profirió un grito dando paso a su liberación, siguiéndolo él a continuación con su propia explosión en éxtasis.

Edward hubiera deseado que durara más, pero al parecer su chica estaba más ansiosa de lo que aparentaba, en lo que por supuesto él no reparó.

Después que ambos recobraron un poco el aliento, él la reacomodó aun sobre su cuerpo desnudo, abrazándola y apretándola a su cuerpo.

―Dios, mujer, sí que me extrañas… ―murmuró Edward con su boca contra su cuello.

Isabella había estado más ansiosa que otras veces, deseosa y desesperada por él, tanto que en un momento el músico pensó que iba a perder la razón.

― ¿A caso tú no?

―Cada maldito minuto del día, Isabella. ―se apartó de su cuello y la miró, acariciando con sus dedos sus pómulos enrojecidos. ―Dijimos que hablaríamos con tu madre entre Navidad y año nuevo, y si tengo que poner mi rodilla contra el suelo y ponerte el anillo en el dedo para conseguirlo, lo haré sin chistar.

―No quiero que lo hagas por obligación ―dijo ella, sonando dolida y deseando apartarse de las manos y el cuerpo de Edward.

Tuvo deseos de llorar de repente, sintiéndose estúpida, al punto que Edward lo notó.

―Oye, qué haces…

―Quiero ir al baño… ―dijo ella sin dejar de removerse para que él la soltara, pero ni caso que Edward le hacía con su excusa poco creíble.

―Isabella, cariño, qué pasa, dime la verdad ―insistió él, levantándole el mentón con los dedos para que lo mirara. ―Amor, perdóname, fue una pésima broma, pero quizás tu madre espera que dejes tu casa del brazo de tu marido… ¡¿Oye, pero por qué estas llorando?!

― ¡No estoy llorando!

― ¡Amor! ―reaccionó él, volviendo a arroparla entre sus brazos cuando ella se lo impedía y mientras de sus ojos caían gruesas lágrimas. ― ¡Oye, por qué lloras!

―No estoy llorando ―gimoteó ella, claudicando finalmente y volviendo a envolver sus brazos alrededor del cuerpo de su amado. ―Soy una tonta, no sé qué me pasa… estas fechas siempre me ponen así.

―Dime la verdad… ―insistió él, sin creer en sus excusas. Ella movió sus hombros, apenada.

―Es la verdad… ando muy sensible.

― ¿No me estás escondiendo nada, verdad?

― ¿Quién, yo? No… ―respondió rápidamente, escondiendo su rostro en el cuello de Edward, dejándose perder por su aroma.

―Bueno pues, mi chica es sensible por el espíritu de la navidad.

―Pues sí. ―Respondió ella a la burlona apreciación del músico. No le quedaba de otra. Un poco más aliviada, suspiró y se salió de su escondite, mirando a Edward y pensando en su futuro con él… ―No estoy segura de cuando tiempo ha pasado, pero ¿no crees que ya es hora de irnos moviendo?

Poco a poco, la sonrisa lobuna de Edward apareció en su rostro.

― ¿Quieres seguir moviéndote?

― ¡Ya sabes de lo que hablo, Edward! ¡No seas tonto!

El músico soltó una carcajada y asintió, besando los labios de su chica. Entonces miró de reojo el árbol de navidad que había comprado con su hermana y que ahí seguía, a medio adornar.

―Le voy a pedir a Noemí que se encargue de terminar de decorar el árbol. Me lo ofreció, pero pensé que podíamos tener tiempo tú y yo para hacerlo…

―Podríamos, si no nos hubiéramos entretenido con otras… cosas.

―Prioridades son prioridades, Isabella.

Ella soltó una carcajada alegre, que espantó la repentina pena que la había azorado. Edward se contagió con la alegría de su amada, agradeciendo estos momentos donde podían olvidarse de todo.

―Por eso mismo, debes soltarme y dejar que tome una ducha mientras tú me preparas un rico almuerzo. Tu y yo tenemos trabajo, ¿no me dijiste que tenías un ensayo importante hoy?

―Es verdad… ―suspiró y volvió a besarla ―Ve a tomar ese baño mientras yo reviso en la cocina qué dejó Noelia para nosotros.

Ella asintió sonriendo, levantándose del regazo de Edward y saliendo así desnuda como estaba hacia el baño. El músico suspiró encantado después de semejante momento con ella, pensando en lo importante de su ensayo, que tenía que ver con el regalo que estaba preparando para ella. Iba a procurar que ese regalo no lo olvidara por el resto de su vida.

**oo**

La visita de Carlisle había dejado a Esmerald fuera de control. Si había alguien en quien jamás hubiera pensando para ponerse en su contra, ese habría sido Carlisle, incluso después del divorcio. Pero para mala fortuna suya, el abogado oyó algo que en nada le incumbía y ahora ella encabeza su lista de indeseables.

Ahora, para no arriesgarse, tendría que hacer lo que él le había pedido y aunque nadie se lo creyera, sentía un profundo dolor por tener que apartarse de lo único bueno que había tenido en este mundo, su hijita Jane.

Estaba arreglando su maleta después de haber hablado con la pequeña y haberle inventado una excusa de su sorpresivo cambio al apartamento de su papá, porque ella tendría que salir de viaje y no sabría cuando regresaría.

― ¿O sea que no te voy a volver a ver? ―susurró la niña con voz quebrada. En sus siete añitos algo raro temía, sobre todo cuando vio en el rostro de su mamá, sobre todo en sus ojos, lágrimas acumuladas que cristalizaban su mirada. ― ¿Mami?

― ¡Claro que sí, cariño! ―exclamó emocionada Esmerald, abrazando a su hija. No se atrevió a darle la cara para continuar hablándole ―Solo que tendré que ausentarme por unos días. Pasarás la navidad con papá y pasaremos juntas el fin de año para compensarlo, ¿te parece?

― ¿Me llevarás a ver los fuegos artificiales al muelle?

―Por supuesto cariño. Lo pasaremos increíble.―Se apartó y le dio un beso en la mejilla muy fuerte ―Ahora ve a la cocina y que las muchachas te preparen algo para comer mientras yo arreglo tu maleta.

— ¡Sí, porque tengo mucha hambre! ―exclamó la niña y desapareció corriendo hacia la cocina. Probablemente se instalaría con una de las mujeres del servicio a ver la telenovela, lo que la mantendría distraída.

Estaba metiendo la ropa de su hija en la maleta cuando su móvil que había dejado sobre la cómoda de la niña sonó. Se acercó para tomarlo e inspiró con frustración antes de responder:

―Aro, habla rápido que no estoy de humor y además estoy muy ocupada…

Tampoco estoy de humor, así que no me provoques ―soltó Aro, pasando por alto su siempre buena educación, sin detenerse en saludarla o preguntar cómo estaba. ―Mejor sale al jardín, porque necesito hablar contigo. Sé que tu hija está adentro y no quiero que se asuste con mi presencia, dudo mucho que pueda mantener mi voz bajo control.

― ¿Estás en el jardín? Nadie me avisó, además llegan en pésimo momento porque estoy ocupada…

Sal ahora o iré por ti. Y despreocúpate que mi visita no será larga.

Entonces cortó y Esmerald se quedó con el teléfono en la mano, rabiando por el entrometido de Aro, que siempre aparecía en el peor momento, pasando por encima de cualquiera. Pero era mejor no provocarlo ni hacerlo esperar, así se iba de una vez.

Dejó su trabajo a medio hacer y salió hacia el jardín donde vio el coche de Aro aparcado, desde donde precisamente descendió el hombre cuando Esmerald apareció en escena. Con un impecable traje de tres piezas gris marengo y una camisa blanca deslumbrante, cerró la puerta del coche con un golpe seco. Esmerald se aprontó para aguantar su mal humor, caminando con su espalda recta y su mentón levantado, con paso firme para reunirse con él.

Se detuvo cuando estuvo a un metro de distancia y lo miró directamente a los ojos enfadados del empresario italiano.

― ¿Qué necesitas? ―preguntó cruzándose de brazos. Él la imitó, afirmándose contra su coche y cruzándose de brazos sobre su pecho.

—Advertirte, como le advertí al iluso de tu amiguito James.

"Lo que faltaba" pensó Esmerald, intentando no delatarse. Si Aro había dado con James y sabiendo lo cobarde que era, seguro había hablado para que el empresario le perdonara la vida, ¿pero por qué? Así que de la mejor manera que pudo, arrugó su frente y puso cara de desentendida, su especialidad.

― ¿Perdona?

―No estoy para tus estupideces, Esmerald ―advirtió Aro como primera cosa, en tono severo. ―Convenciste a ese mequetrefe para que molestara a mi mujer y te advertí que te abstuvieras de molestarla de cualquier manera, y no me hiciste caso. Así que he venido para recordarte que no estás autorizada para acercártele, mucho menos para molestarla, menos aun mandando a alguien tan estúpido como ese amante que tienes, ¿comprendes?

Sabía que no debía meter en esos asuntos a James, pero tenía que dejarlo tranquilo y sacarle al menos un poco de provecho y por lo que Aro daba a entender, al menos había logrado acercarse a esa putita y molestarla.

―Tengo que agotar todas las posibilidades para que esa… ―alcanzó a detenerse y rectificar de lo que iba a decir. Mujerzuela no sería una forma que a Aro le agradaría, tratasen a su mujer ―para que tú mujer se aparte de mi hijo.

―Te recuerdo que ese cuento de la madre preocupada no me lo trago. Sé cuáles son tus intenciones con Edward y sé de antemano que fracasarás con ellas, pero allá tú. Nada más te recuerdo que si te interpones en mis planes para recuperar a mi mujer y a mi hijo, tomaré medidas drásticas con respecto a ti.

―No puedo creer que estés perdiendo tiempo en esperar que ella decida por su propio pie volver a ti, cuando eso no ocurrirá. ¿Por qué no haces una cosa bien de una vez por todas, la tomas y te la llevas lejos?

Aro sonrió divertido, mirando a Esmerald como si ésta fuera ilusa o como si él fuera estúpido. Ella no tenía idea de los planes que había trazado para hacer claudicar a Isabella frente a él.

―Esmerald, querida, ocúpate de tus asuntos y apártate de los míos, es todo lo que te pido, y eso involucra a Isabella y a Edward, por supuesto. ―Le guiñó el ojo y se preparó para meterse dentro del coche, no sin antes recordarle sobre esta visita ―Toma esta segunda advertencia como muestra de mi buena voluntad por la amistad que nos une.

Que tengas un buen día, querida Esmerald.

Y se metió a la parte trasera del coche, el que segundos más tarde se dio la vuelta y salió por el camino principal, abandonando la propiedad.

Esmerald en tanto se quedó de pie mirando hacia el lugar donde el coche había desaparecido, gruñendo en su interior, maldiciendo a Aro, a James, a Carlisle, a Isabella e incluso a Edward, este último por nunca haber tenido ojos para ella.

**oo**

Edward había dejado a su chica en la puerta de su trabajo después de haber pasado una mañana lo mar de entretenida con ella, había llegado muy entusiasmado al ensayo general del que sería uno de los conciertos más importantes para él bajo su dirección. Fuera del hecho que la obra había sido compuesta íntegramente por él, la hacía especial el hecho que la musa que la inspiró había sido Isabella. Desde el mismo día que la conoció, la melodía como por obra de magia había tocado su hombro y se había escrito prácticamente por obra de magia. Los músicos y algunos colegas que habían oído algo de dicha pieza, habían alabado a Edward por su sensibilidad pues era una obra maestra, por lo que el pianista y maestro pensó que sería un regalo perfecto para Isabella.

Había pensado en hacer una presentación a puertas cerradas, donde la única asistente fuera ella, pero de pronto pensó que tenía que hacerlo diametralmente diferente a esa primera idea. Se imaginaba a su amada en el palco principal, acompañado de su madre, su tío, sus amigos, como los invitados de honor, y el resto del teatro lleno de personas que gustaban de asistir a eventos como ese y que sirvieran de testigos del inmenso e intenso amor que a través de la música estaba demostrándole.

Quería que todo saliera impecable, que cada músico tuviera claridad sobre su partitura, por lo que en ese momento estaba concentrándose en un compás que no estaba saliendo de la manera que él esperaba.

Frente al podio de cara a los músicos, Edward miraba hacia los violines y les indicaba sobre repasar un extracto en particular hasta que saliera perfecto, apareciendo Jasper en ese momento que ingresó al auditorio pequeño donde se encontraban. Caminó por el pasillo central y subió hasta el escenario, ganándose la extraña mirada tanto de los músicos como el de Edward, cuando lo agarró por la manga de su suéter arrastrándolo tras bambalinas.

― ¡Cinco minutos de descanso! ―alcanzó a gritar Edward cuando estaba siendo arrastrado por su amigo, a quien ahorcaría ahora que estuvieran fuera de la vista de los testigos. Se soltó agitando su brazo y lo miró con disgusto. ― ¡¿Y a ti qué te pasa, eh?! ¡¿Por qué diablos me sacas así del ensayo?!

Estaba a punto de darle una buena reprimenda, pero vio el rostro pálido de Jasper y sus ojos abiertos y asustados, mirándolo fijamente. Eso hizo remitir su enojo y hablar con cautela.

― ¿Qué sucedió?

Jasper dio un paso atrás y se apretó el puente de la nariz, por dos segundos antes de inspirar profundo y soltar el aire dentro de sus pulmones, como ejercicio para relajarse.

―Yo estaba… ya sabes… ―hablaba mirando fijo en un punto sobre el hombro de su amigo, moviendo sus manos en el aire mientras se explicaba ―buscando algo en los cajones, un lápiz que ocupo para dibujar… no es cualquier lápiz, es un lápiz de tinta profesional que es especial para trazar líneas sobre el…

― ¡Jasper! ―exclamó Edward, evitando que se desviara del asunto importante.

Jasper reaccionó, pestañeando rápidamente, levantando sus manos frente a su amigo en señal de disculpa.

—Sí… decía que estaba abriendo y cerrando cajones en busca de mi lápiz, cuando recordé que Alice suele agarrarlos para completar puzles, por lo que fui a buscarlo entre sus cosas. Por alguna razón llegué al cajón de su ropa interior, donde guarda sus braguitas que ya están comenzando a escasear, pero que repondré para la navidad…

― ¡Jasper, maldita sea! ¡Me sacas de un ensayo para contarme que anduviste de metiche en el cajón de la ropa interior de Alice! ¿Crees que me importa?

― ¡Escúchame! Lo que pasa… ―se tapó los ojos con la mano, como desesperado, levantando la cara al cielo, mientras Edward estaba comenzando a contar antes de golpearlo para que hablara de una buena vez ―Se trata de lo que encontré en ese cajón…

―Jasper… ―dijo con tono amenazador Edward, mirando a su amigo con las cejas bien alzadas.

—Bien, okay… estaba buscando el lápiz, cuando al final del cajón encontré… otra cosa. Y tuve que ponerme a averiguar por internet lo que significaba, porque yo no sé de esas cosas y…

Edward rodó los ojos y meneó la cabeza.

―Bien muchacho, me alegro ―palmeó el pecho de su amigo y se dispuso a volver al ensayo ―Ahora sigue con tus averiguaciones y déjame trabajar, ¿sí?

― ¡Edward, maldita sea, era un test de embarazo!

Poco a poco, Edward abrió su boca llegando a formar una O con sus labios, mientras miraba a su amigo que estaba a punto de subirse por las paredes.

― ¿Un test de embarazo? ―repitió el músico, como un tonto, a lo que Jasper asintió con la cabeza vehementemente.

―Lo que dije. Y estaba usado… me refiero a que ya lo habían sacado de la caja y… ya sabes…

― ¡¿Entonces?!

Jasper se quedó unos segundos en silencio, mirando al músico que ansioso esperaba una respuesta, la que él le dio prácticamente en un susurro lleno de emoción:

―El test daba positivo… Parece que voy a ser papá.

Edward se cubrió la boca para esconder su risa, mientras su amigo, aun como un bobo, le tomaba el peso a las palabras que acababa de decir en voz alta. Iba a ser papá, y la madre de su hijo sería la mujer, la única mujer de la que se había enamorado perdidamente y por la que había sido capaz de hacer más de una estupidez. Entonces el dibujante imitó a Edward, y en sus labios se dibujó una sonrisa amplia que cruzó su cara, a la vez que alzaba sus manos y se ponía a dar saltos de júbilo.

― ¡Voy a ser papá! ¡Voy a ser papá! ―comenzó a gritar, abalanzándose sobre Edward, prácticamente montándose sobre él.

Al músico no le quedó de otra que sujetarlo y celebrar la dicha con su amigo del alma, con su hermano, y acompañarlo en celebrar lo que era la mejor noticia que un hombre enamorado podría recibir.

Después de esa noticia, a Edward le costó retomar el rumbo del ensayo. Jasper le había pedido, o más bien le había exigido que le compusiera una canción de cuna y que se la grabara con toda la sinfónica de Leonilde, la que él usaría para hacer dormir a su bebé cuando éste no lo dejara dormir. También le dijo que el título de padrinos lo tenían Isabella y él, por lo que tenía que pensar en regalarle los mejores juguetes, como debía de ser. Estaba totalmente ansioso y ansiaba correr a contarle a todo mundo, pero debía guardar la calma hasta que Alice se lo contara. Aguardaría hasta la navidad, justo en la cena que habían preparado, para anunciar la noticia.

― ¡Así que prepare la champaña, maestro! ―gritó cuando se iba, justo cuando estaba caminando hacia la salida del auditorio por el pasillo central. Los músicos que aguardaban el reinicio del ensayo, miraron al loco que iba saliendo y luego a Edward, como en busca de una explicación.

Edward se alzó de hombros a modo de explicación.

—Se enteró que va a ser papá ―explicó y los músicos hicieron encajar todo.

Después de eso, se concentró y retomó su trabajo, dándose por satisfecho por el resultado del ensayo, justo cuando revisó su teléfono y vio un mensaje de su padre, que le pedía se encontraran en su viejo apartamento del barrio universitario. Envió un rápido texto a su padre para confirmarle que en ese instante iría para allá y enseguida le marcó a Isabella con la intención de oírla, pero el dichoso aparato saltó al buzón de voz. Bufó frustrado y ordenando sus cosas, se preparó para marcharse.

Al llegar, lo encontró sentado en el viejo mesón que separaba la cocina de la sala, bebiendo lo que parecía un vaso de whiskey. El abogado desvió su mirada hacia la puerta cuando vio a su hijo entrar, regalándole una media sonrisa que no llegó hasta sus ojos.

― ¿Todo bien, Carlisle?

Carlisle suspiró y se pasó la mano por su cabellera, siempre tan ordenada pero en ese momento un verdadero caos, como lo era su cabeza en ese momento.

―No soporté más y fui esta mañana a hablar con Esmerald. Le dijo que redactaría los papeles para que me cediera la custodia de Jane… ―cerró los ojos al pensar en su niña. Edward torció la boca y le apretó el hombro con su mano. El abogado arrugó la frente con dolor, aguantando de no derramar lágrimas, pero era demasiada la desazón que sentía.

― ¿Carlisle? ―preguntó Edward, muy preocupado.

―Me muero si sé que… esa mujer le puso a mi hija una mano encima. Me muero, pero antes de eso, soy capaz de matarla con mis propias manos…

―No digas eso. Me aseguré que Esme nunca tocara a Jane. ―dijo Edward, tratando de darle a Carlisle un poco de tranquilidad ―Ella me juró que esa fue una época de su vida que dejó atrás, además me aseguré que Jane me dijera si algo raro pasaba. Siempre estuve pidiéndole que me contara sobre la relación que tiene con Esmerald, y puedo asegurarte que nunca le hizo nada.

―No voy a estar tranquilo hasta que una profesional la vea.

―Jane tiene siete años, y ya se da cuenta de algunas cosas. Comenzará a preguntar por qué la llevas con un psicólogo, ¿entonces qué le dirás? También tienes que explicarle por qué comenzará a vivir contigo, y pienso que por el bien de ella, Esmerald y tú deben ponerse de acuerdo y hacerlo en buenos términos.

― ¡Dios, Edward! Pero justo ahora no puedo siquiera pensar en sentarme con ella tan tranquilamente, no cuando acabo de enterarme de quien es realmente ―dijo, aferrando la cabeza entre las manos. ―Fui un estúpido todo este tiempo.

Carlisle había vivido creyendo que Esme era un ángel venido a esta tierra, de quien se había enamorado. Podía entender su dolor, aunque le costaba ponerse en sus zapatos. Definitivamente había tenido suerte con Isabella. Recordó entonces el "secretito" de su ex esposa, con el que se tendría que ir a la tumba, poniéndosele la piel de gallina y preguntándose qué había sido de ella, pues hasta ese momento ninguna noticia había tenido sobre la escritora.

―Bueno, Carlisle, ya todo está hecho. Ahora debes seguir adelante por el bien de Jane. Ella no se merece saber este tipo de cosas…

Carlisle sonrió con ternura al músico, haciendo a un lado el vaso de licor. Sin duda, la vida le había dado un rudo golpe con lo acontecido con Esme, pero por otro lado le había regalado la oportunidad de sentirse padre primero de un muchacho al que conoció en su juventud y de quien se encariñó desde el primer momento. Después conoció a su pequeña Jane, la niña de sus ojos, por quien era capaz de dar la vida. Sin duda, seguro había ganado más de lo que había perdido.

―Tienes razón, tienes razón ―sonrió, levantándose y caminando al otro lado de la isla en dirección a la cocina. Repentinamente se le había abierto el apetito. ―Mejor dime, cuéntame cómo van tus cosas. ¿Alguna novedad?

―Bueno, todo está en marcha para la cena de navidad. Estoy además revisando los ensayos para el último concierto que será muy especial para mí…

― ¿Y qué tiene este de especial?

―Será mi regalo para Isabella. Compuse una sinfonía para ella que se va a estrenar la semana de navidad.

― ¡Tú y tus regalos, eh! ―exclamó, abriendo un armario revisando qué había para cocinar. ―Por cierto, voy a implementar la habitación pequeña para Jane. Había pensado en irme a otro lugar, pero este pequeño espacio lo siento perfecto al menos para empezar, si es que no tienes reparos…

―Por supuesto que no, además a Jane le encanta este lugar. Pero deberás buscar algo más grande, además eres un abogado de los de prestigio, no puedes estar viviendo en este cuchitril ―comentó divertido, sintiendo una repentina gana de devorar helado de tres leches. ― ¿Tienes helado?

Se levantó del taburete y caminó hasta la cocina, abriendo el refrigerador en busca del helado. Carlisle lo miró y se carcajeó, negando con la cabeza.

―Pareces un niño chiquito. ―se acercó a él y lo apartó del refrigerador, cerrando la ´puerta de ésta. ―Vamos a cenar antes de ponernos con el postre, ¿lo has entendido?

Edward rodó los ojos y se cruzó de brazos, como si fuera un niño pequeño y amurrado.

―Como digas…

Entonces el abogado y el músico se miraron y se largaron a reír con la soltura y el relajo, como hace ya tiempo no sentían.