Bueno mis niñas, aquí estoy, en vísperas de Navidad, tiempo que uno regala cariño a los que quiere, y esta es mi forma de demostrárselos.

Gracias como cada semana por estar aquí y tomarse un tiempo para leer, ya saben lo feliz que me hacen.

Gracias a mi amiga Maritza que ha estado acompañándome y ayudándome, y a mi Manu, que loca como está, no deja de prestarme su ayuda.

Gracias, gracias a todas! Y pasen una feliz navidad junto a los suyos. ¡Besos!


Capítulo 34

Lo primero que hizo tras despertar, fue estirarse y removerse sobre las suaves sábanas de su cama, agradecida de haber tenido una magnifica noche de descanso. Sonrió cuando a lo lejos oyó a Elvis Presley cantando villancicos navideños, sonriendo al imaginarse a su madre cantando a coro con el legendario artista ya muerto. Seguro la emoción la habían hecho madrugar más que de costumbre, pensó Isabella sentándose sobre la cama y mirando hacia su izquierda para encontrarse con Kal-El que aún seguía preso del sueño. Desvió su vista hasta la mesita de noche del mismo lado y alcanzó el sobre blanco que en el frontis llevaba escrito su nombre con letra cursiva, muy elegante. El corazón le taladró con fuerza cuando por enésima vez volvió a leer la tarjeta de invitación que había adentro, sonriendo muy emocionada:

"La Orquesta Sinfónica de Leonilde le invita a participar de su último concierto anual de cámara, compuesta y dirigida por el maestro Edward Masen, y que es dedicada íntegramente a su novia, la señorita Isabella Swan, invitada de honor al evento".

La primera vez que la leyó, hacía un par de días atrás, miró a Edward con sus grandes ojos llenos de sorpresa de leer su nombre impreso en esa invitación. Intentaba hilar palabras pero nada coherente escapaba de sus labios, tanto así que Edward simuló impacientarse a que ella dijera algo, metiendo sus manos en los bolsillos, cruzándose de piernas y afirmando su espalda contra el muro mientras esperaba que ella se dignara a reaccionar.

―Yo… yo no sé… uhm… ―miraba la tarjeta y lo miraba a él, todavía presa de la sorpresa.

―Es uno de mis regalos para tí.

―Dios, Edward ―exclamó, apresando la tarjeta en su pecho ―jamás imaginé que nadie dedicara ni un concierto ni mucho menos una sinfonía en mi nombre… yo…

Entonces el músico sonrió, incorporándose y acercándosele para abrazarla por la cintura, dejando un beso bajo su oreja.

―Desde que te conocí, no has hecho más que inspirarme. Podría hacer una temporada de conciertos completa en honor a ti. Eres mi musa ahora…

Entonces los ojos de la chica se llenaron de lágrimas, abrazándose finalmente al cuello del músico, aferrándolo fuertemente en agradecimiento. Deseaba decirle tantas cosas en agradecimientos, pero nada, ninguna palabra reflejaría fielmente lo que sentía en ese momento. Ni siquiera decir gracias bastaba. Pero el músico entendía perfectamente lo que a ella le pasaba, sintiéndose feliz porque a su chica le hubiese gustado su primer regalo.

―Pero no era necesario que pusieras mi nombre en la invitación… ―murmuró ella cuando se apartó, pasándole los dedos por el rostro a su atractivo novio.

―Habitualmente no se reparten invitaciones, a no ser que sean presentaciones privadas o exclusivas. Admito que pensé en hacerlo así, hacer un concierto contigo como única asistente, pero luego pensé y recordé que ya por mucho tiempo escondí lo que sentía por ti, porque no era correcto en aquel entonces. Pero ahora es diferente, quiero que todos lo sepan, quiero gritarle a los cuatro vientos lo mucho que te amo, y esta es mi forma de hacerlo.

A esas alturas de la explicación, la chica ya estaba llorando muy emocionada. Si Edward quería estampar su nombre con su cara en los carteles de difusión, pues que lo hiciera. Ella iba a permitirle absolutamente todo.

―Pero no llores, cariño… ―le pidió él, limpiándole las mejillas por donde habían caído un par de lágrimas.

Ella sacudió la cabeza quedadito y sonrió para no provocar que el músico tergiversara su llanto, que no era por otra cosa sino por la emoción y el puro amor.

―No lloro…

Edward le devolvió la sonrisa y la besó, abarcando su rostro con ambas manos. A continuación se apartó y le tocó la punta de la nariz con el dedo índice.

―Despreocúpate, que solo se repartieron unas pocas invitaciones así para nuestros cercanos. El resto tendrá que comprar su entrada como regularmente se hace.

―Me parece perfecto ―admitió ella, muy sonriente, empinándose sobre la punta de sus pies para dejar un beso sobre los labios de su novio, al que amaba cada día más.

Ciertamente una de las invitaciones había sido impresa en idioma braille para Renée, que se emocionó tanto o más que la hija. Abrazó a Edward, agradecida por la invitación y de lo deseosa que estaba de oír las composiciones que escribió en honor a su hija. Además, nunca había estado en un concierto como ese, y no estaba segura de cómo debía vestirse.

―Con jeans y zapatillas está bien, Renée ―explicó el músico, sin darle importancia al atuendo.

Pero por supuesto que ni Renée ni Isabella asistirían a semejante velada con cualquier harapo, decidiendo sortear el gentío que sobreabundaba en las tiendas, sobre todo en esas fechas, y buscar el atuendo perfecto, que encontraron bajo la colaboración de Alice, que no dudó en decir "sí" cuando Isabella se lo propuso.

― ¿Ya hablaste con Jasper? ―le había preguntado Isabella, mientras su madre se probaba un hermoso vestido largo.

La amiga miró a Isabella con ojos nerviosos y negó con la cabeza. Isabella suspiró y la abrazó por los hombros.

―No se lo he dicho, porque no he decidido nada al respecto… ya sabes…

―Decidirás lo que sea mejor para ambos.

― ¿Sabes qué es lo peor? Que ese cretino ya me conoce tan bien, que ayer me encontró nerviosa y derechamente me preguntó si había algo de lo que tuviera que hablar con él…

― ¡¿Y no se lo dijiste?! ¿Por qué no aprovechaste de hacerlo?

―Ya te lo dije, no estoy segura…

Renée había salido del vestidor con la ayuda de la dependienta, pasándose las manos por el raso del vestido azul rey, que caía recto hasta sus tobillos. En la parte superior tenía un discreto escote en V, mangas tres cuartos y aplicaciones en delicada pedrería. Alice lanzó un silbido e Isabella se apresuró hacia ella para mirarla más de cerca y decirle que se veía como una veinteañera.

― ¿No creen que es mucho? ―preguntó Renée, pasándose las manos por sobre el vestido, que destacaba sus bien cuidadas curvas que podrían ser la envidia de cualquier muchachita.

― ¡Claro que no! ―saltó Alice, rodeándola para verla desde todos los ángulo. Era imposible que una mujer que pisaba la mitad de sus cincuenta, luciera tan despampanante. Y eso que faltaba el maquillaje y el peinado ―Es perfecto, muy elegante. ¡Te ves sensacional, Renée! Y aprovechando, creo que deberías buscarte algo para la cena de navidad también, ¿no crees, Isa?

―Es una buena idea, además hace tiempo que no te compras ropa linda… ―respondió la hija, mirando a su madre, que en ese momento bien podría parecer su hermana.

― ¡Tienen razón! ―exclamó entonces la madre de Isabella, sin hacerse mucho del rogar.

Le pidió a la gentil dependienta que la ayudara a meterse de regreso al probador, mientras Isa y su amiga buscaban algo perfecto para que Renée luciera en la cena de navidad.

―Y hablando de secretitos… ¿hablaste con Edward?

Isabella apretó los dientes y sin mirar a su amiga, siguió buscando un vestido entre los colgadores, pasando por alto la pregunta, deseando que su amiga se diera por vencida con el tema. Aunque claro, pensar que Alice haría eso se diría que alguien que no la conociera, pues la amiga insistió por obtener una respuesta.

― ¿Isa?

―Hemos hablado… ―susurró ―pero no de lo que… ya sabes.

― ¿Pero…?

―No ahora, por favor ―la paró Isabella, mirándola con suplica. ―Lo haré, pero no todavía.

Alice suspiró y respetó la petición de su amiga, como ella había respetado la suya. Se detrajeron probándose uno y otro traje, pidiéndole a Renée que también lo hiciera con los que ellas habían apartado para ellas, mientras le describían la forma y los colores, imaginándoselos Renée y quedándose con aquellos que las chicas decían, hacían verla más joven.

"Puedo ser vieja, ciega, pero no fea" exclamó feliz de la vida, cuando salió con sus bolsas de compras.

Pasaron una buena tarde, pese a que ese día había sido el primero de Isabella en el área de cardiología. Había aprobado los cursos y la habían admitido en el área que dirigía el doctor Ananías, el que se vio feliz de tenerla finalmente como parte de su equipo. Trabajar con él significaba tener un horario fijo, de ocho de la mañana u ocho de la noche, dejando los turnos de noche que eran el doble de agotadores. Estaba tan entusiasmada, que aquel primer día no había dudado de ir a las tiendas después del trabajo, aprovechando que los horarios de atención en el comercio, se extendía por época navideña.

Fuera de eso, habían pasado días sin saber de Aro, y eso aminoraba su ansiedad y su miedo, pensando en que quizás el hombre aquel se había dado por vencido… cosa de la que no quería ilusionarse. Aro no abandonaría su labor por reconquistarla tan fácilmente.

Se obligó a no pensar en él cuando los aires navideños se apoderaban del ambiente, llenándolo de armonía, esperanza y paz, sentimientos en los que ella quería sumergirse para pensar sobre su vida, sobre su futuro con claridad.

Se levantó entonces, aun con Elvis cantándole a la navidad azul, abriendo su puerta y caminando hasta la recamara de su madre, la que cantaba todavía al son del rey del rock and roll. Encontró la cama ya tendida, sobre la cual estaba el vestido azul que usaría esa noche en el concierto y sus zapatos de charol negro en el suelo. Sonrió y la miró, parada frente a la ventana mientras se cepillaba el cabello a la vez que seguía cantando, feliz de la vida.

―Buenos días ―dijo Renée, sintiendo la presencia de su hija a sus espaldas. Isabella se le acercó y la rodeó por detrás, descansando su mentón en el hombro de su madre.

―Te levantaste muy contenta, ¿no? ―le dijo Isabella, dejando un sonoro beso en su mejilla.

― ¡Es un gran día! ¿A caso no lo crees? ―exclamó Renée, sonriendo.

A Renée le gustaba pararse frente a la ventana cuando iluminaba el sol y sentir la claridad del sol como ese día, dejando las nubes refulgir al astro rey aquella maña de diciembre.

Isabella sonrió, impregnándose del buen ánimo de su mamá.

―Claro que sí. Hoy es el concierto y mañana la cena de navidad.

―Es una suerte que tu nuevo jefe te haya dado estos día libres.

―Suerte que Eleazar sea mi amigo, pero no quiero abusar de eso.

―Eso está muy bien. ―se giró y tomó el rostro de su hija, acariciándolo ― ¿Dormiste bien? ¿Tienes hambre?

―Dormí muy bien y ahora que lo dices, tengo mucha hambre, pero… ―se tocó la barriga e hizo una mueca ―tengo el estómago un poco revuelto…

―Pero si con todo lo que comieron anoche tú y Alice ―dijo Renée en tono divertido, apretándole el pómulo a su hija ―asaltaron un local de comida rápida y después llegaron aquí a devorarse el pastel de arándanos. No le dejaron nada al pobre Jasper…

Isabella se rio cuando recordó la cara de frustración de Jasper al ver solo migas del famoso pastel. Gruñó y le llamó la atención a Alice por no pensar en él, aunque después se retractó, diciéndole que lo mejor era que se alimentara. Le había parecido raro el comentario, pero Renée dijo que era posible, con lo delgada que estaban las dos.

Se lo comentó a Edward cuando esa misma noche la había llamado, como lo había hecho a lo largo del día. Le había comentado que últimamente a Jasper se le abría el apetito de la nada y acababa comiéndose todo lo que tenía a la mano, que no era muy raro en Jasper, "como si tuviera antojos" le había dicho. Ella simplemente se carcajeó, sin darle importancia a ese último comentario de su novio.

Importante era lo mucho que lo había echado de menos en esos días. No habían podido verse porque estaba cubriendo los últimos ensayos y algunos detalles de la presentación, algo habitual en esos casos, había dicho él, pero que en ese momento deseó pasar por alto para arrancarse a verla. Ese día tampoco se verían, sino hasta la hora del concierto, pidiéndole que no se atrasaran, comentándole que había pedido a un subordinado de confianza para que fuera por ellas a recogerla un poco antes de la hora.

Madre e hija, aun vestida con ropas de dormir, se dirigieron a la cocina para preparar el desayuno y sentarse a hablar mientras lo hacían. Les entusiasmaba el concierto de esa noche al que incluso Marcus, hermano de Renée, estaba invitado. Después de contar con la presencia de Edward al concierto que sus angelitos de la iglesia brindaron para estrenar el famoso piano de tubos que le regalaron a la iglesia. Haber oído del mismo Edward, un maestro a toda ley de la sinfónica, decirles que había estado "muy bueno", elevó hacia los cielos al buen cura, que brindó con sus muchachos terminado el evento con una limonada y un trozo del pastel que su hermana había llevado.

―Quizás deberíamos decirle a tu tío que se venga aquí, y así irnos los tres juntos al concierto.

―Se lo dije, pero insistió en encontrarnos allá.

― ¿Le dijiste que en esta ocasión sería bueno que se quitara la sotana y usara uno de sus trajes?

―También se lo dije, ma', aunque no creo que se halle cómodo sin su cuello clerical. ―Mordió un trozo de pan de anís que recién había dejado en la panera. ―Y recuerda que nos quedaremos estas dos noches en el apartamento de Edward…

―Oh, es tan grande ese lugar, y tan espacioso ―comentó con tono de ensueño, sentándose en su sitio de siempre en aquella pequeña mesa cuadrada. Lo había conocido meses atrás, cuando el divorcio del músico fue un hecho, teniendo su hija y él libertad absoluta para estar juntos. ―Y lo mejor de todo, es que está frente al mar… ¿crees que nos dé tiempo para caminar un ratito por la playa?

―Procuraré que así sea.

Siguieron comentando sobre una cosa y la otra, haciendo una evaluación de cómo había ido ese año para ambas, admitiendo Isabella que su vida sin duda, había cambiado por completo, que de pensar en vivir una vida sola sin la dicha de un amor que la correspondiera, ahora no podía imaginarse un futuro sin Edward. Además de todo lo que había ocurrido en su pasado, que precisamente ese año había salido a flote, exponiendo una de sus grandes vergüenzas.

Renée extendió la mano por sobre la mesa en busca de la de su hija, que salió al encuentro de la de su madre, apretándola firmemente.

―Debo admitir que enterarme… de lo que pasó, fue un duro golpe ―carraspeó, ahuyentando la desazón que sintió en el momento que se enteró de lo que le ocurrió a su hijita. ―Entiendo que actuaste movida por la curiosidad, las hormonas, o qué se yo. Entiendo también que eras mayor de edad, pero lo que te hizo después… y lo que ese hombre espera conseguir ahora es despreciable. Espero que los abogados lo refundan en la cárcel, porque lo que hizo se llama abuso y es un delito.

Lo último lo agregó con voz ronca, llena de rencor, apretando de paso la mano con un poco más de fuerza. Isabella suspiró y con la mano desocupada acarició el rostro lozano de su madre.

―Lo siento, mamá. Ya sabes que estoy tan arrepentida. Yo…

―Hijita, ya hablamos de eso y zanjamos en tema. Te perdoné lo que tenía que perdonarte, y ahora procuraremos seguir adelante, con el rostro bien alto. Lo único que te pido es que nunca más me escondas algo así de importante. Puedes confiar ciegamente en mí, siempre.

Isabella mordía su labio furiosamente y pensaba en lo que su madre le había pedido y la opresión que estaba molestándole en el pecho, por lo que daría un primera paso y confiaría en ella con lo que le estaba pasando en ese momento.

―Bueno… ejem… sobre eso de no guardarte secretos… —carraspeó dos o tres veces, reacomodándose en la silla, buscando la mejor postura para abrirse a su madre con ese secreto que tenía atorado en la garganta.

― ¿Tienes algo que decirme?

―Eso parece ma' ―respondió y bebió su chocolate para aclararse la garganta y darse ánimo. Dejó el tazón sobre la mesa e inspiró profundo, antes de contarle a su madre lo que le estaba pasando, lo que en ese momento le tenía los nervios de punta.

**OO**

Tu hermana está saltando en un pie de contenta ―le comentó Carlisle a Edward, cuando esa tarde le habló por teléfono. ―Dice que estará muy atenta, porque así serán sus conciertos cuando sea grande.

Edward sonrió pensando que él estaría en primera fila el día que su hermana se parara sobre un escenario e interpretara cualquier tipo de estilo musical con su violoncello, que dicho sea de paso iba dominando con mucha soltura, sobresaliendo del resto del grupo. El maestro de la niña y amigo suyo, había comentado que si él no supiera que la niña y él no eran hermanos de sangre, diría que es una cuestión de genes eso de poseer dominio musical con algún instrumento. Sin duda él pensaría lo mismo. Mientras tanto, estaría al pendiente de alimentar esa habilidad en su pequeña hermana, ahora que podría estar más cerca de ella.

― ¿Ha tomado bien el cambio de casa? ―preguntó Edward, sosteniendo el teléfono entre su hombro y su oreja, mientras ordenaba unas partituras que había dejado esparcidas sobre su piano de cola ― ¿No le parece un lugar muy pequeño el apartamento?

― ¡Está feliz! ―hizo una pausa para reírse de buena gana ―Se siente como una pequeña dueña de casa. Anda dando órdenes y pensando en sacar o mover tus muebles. Sobre el cambio, al menos de momento la he visto bien, y he procurado hablar con ella lo más honestamente que he podido, y siento que ella me comprende muy bien.

Edward salió del escenario principal donde hasta hace una media hora atrás habían estado ensayando sus músicos y él, para dirigirse a su camerino, donde su fiel ayudante había dispuesto de todo lo que él necesitaba, como cada vez.

―Me alegro que se sienta cómoda en el departamento, y por cierto pueden mover o cambiar lo que sea. Y sobre lo otro, me parece que haces lo correcto hablando con ella tan sinceramente como sea posible.

Oyó el suspiro del abogado al otro lado de la línea, justo cuando entró en su privado, soltando las partituras sobre su mesa y dejándose caer él sobre una silla. Abrió una botella de agua mineral mientras oía a quien consideraba su padre. Al menos ahora se oía tranquilo, como si se hubiera sacado un gran peso de encima.

―Esmerald me pidió pasar el año nuevo con ella. La llevará a la fiesta de los fuegos artificiales en el muelle, y la niña está entusiasmada, no pude negarme. Me invitó a mí también, pero no creo ser capaz de pasar una fiesta con Esme, después de… tu sabes.

―Entiendo y me parece que haces lo correcto.

―Vaya… yo aquí habla y habla, seguro tú debes estar corriendo de un lado a otro…

―No, tranquilo, me estoy tomando un descanso. Pensaba arrancarme a ver a Isabella, ya hace dos días que no la veo.

―Seguro estás subiéndote por las paredes

—Algo así ―asintió sonriendo, mirando la fotografía de su chica, que tiempo atrás había pegado en el espejo frente al cual estaba sentado.

Entonces ve por ella, no te quito más tiempo. Nos vemos esta noche, hijo mío.

―Estaré feliz de verte aquí en el concierto.

Terminó la llamada y bloqueó el teléfono, jugueteando con él distraídamente por unos segundos antes de volver a desbloquearlo para marcarle a Isabella, la que no contestó, frustrando un poco al músico, que desistió de arrancarse a verla pues apenas le quedaría tiempo para decir hola, antes de regresar al teatro para el próximo ensayo.

Optó por dejarle un mensaje, diciéndole que ojalá tuviera una buena excusa para no responder sus llamadas y que más le valía fuera puntual esa noche porque el maestro era un ogro cuando se atrasaba el horario de inicio.

Dejó el teléfono sobre la mesa y giró en dirección a la puerta cuando por ésta entró Seth, con un guardatrajes doblado sobre un brazo y en la otra una bandeja con comida para él.

―Almuerzo liviano como pidió y su atuendo para esta noche.

―Gracias, Seth ―dijo, abriendo la tapa de la bandeja, que traía un colorido mix de ensaladas, tal como a él le gustaban. Se le hizo agua la boca, aunque deseó poder acompañar su comida con un buen trozo de carne en punto medio.

― ¿Todo bien con la comida, profesor?

―Sí, perfecto, como siempre Seth.

―Me alegro. ―abrió su tableta electrónica y deslizó su dedo por sobre la pantalla, alzándose de cejas al checar la información. ―Estamos a tablero vuelto, señor. Algunos se lamentaron que fuera solo una presentación. Quizás podría pensar en repetir después de las fiestas.

―No habría problemas, pero desde enero tendré más actividad por el inicio del ciclo de clases en la universidad. Pero podremos revisarlo después con más calma.

—Seguro. ¿Necesita algo más?

―Nada, Seth, gracias. Puedes ir y descasar. Retomamos ensayo en cuarenta minutos.

―A su orden, maestro ―y haciendo un saludo militar, salió del privado del maestro, dejándolo devorarse con real hambre su delicioso plato hipocalórico.

Como cada vez que tenía una presentación, tuvo que correr de un lado a otro entre arreglos de último momento, ensayos para pulir algunas partes de la composición, hasta que llegó el momento de dejar la sala.

Una hora más tarde, estaba frente al espejo de su camerino, atándose la pajarita negra alrededor del cuello de su camisa blanca, cuando golpeó Seth la puerta, con un enorme ramo lavandas y flores silvestres que venían embutidos en cuenco redondo de cristal, ramo cuyo aroma inundó al instante el pequeño espacio privado del maestro. No necesitó leer la tarjeta, pues el aroma de la flor lavanda se lo dijo.

Sonrió agradeciendo a su asistente, dejando el arreglo sobre la mesa frente a él. ¿Era posible sentirse más y más enamorado con el correr de los días? Sí que lo era, sí que era posible, y se lo demostraría. La sinfonía que había compuesto estaba llena de su amor por Isabella, y tal como lo iba a hacer esa tarde, le gritaría cada día lo mucho que la amaba y lo imposible que sería vivir sin ella, pensó inhalando el aroma a lavanda de una de las florecitas que arrancó, llevándosela directamente a la nariz antes de meterla en el bolsillo de su pantalón.

A la hora acordada, Seth golpeó la puerta del camerino de Edward.

―Los músicos están en posición, y ya hicieron la primera prueba. Lo esperan solo a usted.

―Allá voy ―dijo, tomando las partituras, saliendo detrás de su ayudante.

Cuando entró al escenario, un foco de luz blanca lo iluminó y fue el momento en que el público aplaudió, haciendo el maestro una reverencia en agradecimiento de aquel aplauso que cualquier músico como él entendía, era el puntapié que ellos necesitaban, la confirmación que tanto los asistentes como ellos estaban listos para comenzar.

Se hizo silencio cuando Edward tomó lugar frente a los músicos, que estuvieron atentos al primer movimiento, que dio inicio a una sinfónica que desde el comienzo sonó delicada como el nombre de esa composición que él sin más llamó "Isabella", porque no podía ser de otra manera.

El sonido de clarinetes y violines se entremezclaban y sobresalían gloriosos sobre el resto de los instrumentos que en su conjunto inundaban con sobrecogedoras notas cada rincón de la nave principal del teatro sinfónico de Leonilde, sobre todo en los momentos en que Edward se sentaba tras el hermoso y brillante piano de cola donde parecía abstraerse de absolutamente todo y dejar escapar su declaración de amor al son de las notas musicales, declaración que caló hondo y profundo en el corazón de Isabella, en cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo, y por cada rincón de su ser. Parecía que el músculo cardíaco iba a salírsele en cualquier momento con aquel regalo del que jamás pensó ser merecedora, emocionándola y haciendo perdérsele la cuenta de cuántas veces se secó las lágrimas que corrieron dulces por sus mejillas.

Todos los asistentes parecían comprender la potencia sentimental de la composición compuesta y dirigida por el maestro Edward Masen, la que culminó con potentes y estruendosos sonidos de los instrumentos que sostenían los cincuenta músicos que ayudaban a dar vida a la que fue una de las mejores presentaciones a cargo del maestro Masen, que recibió efusivos aplausos al cabo de la hora y media que duró el concierto, levantándose los asistentes de sus asientos a la vez que le aplaudían y vitoreaban como pocas veces se veían en ese tipo de conciertos.

Tras bambalinas, los músicos se abrazaban unos con otros, felicitándose por el buen trabajo en equipo, y como era habitual tras una presentación tan exitosa, brindaron abriendo un par de botellas de champaña que el director de la sinfónica había hecho llegar para ellos como regalo.

―Bueno muchachos ―dijo Edward a sus colaboradores que lo rodearon en un gran círculo ―No me queda más que agradecerles el haber puesto sus virtuosas manos en esta composición que es muy importante para mí. Me alegra saber que cuento con un buen equipo con el que espero seguir haciendo cosas increíbles.

Aplaudieron todos, asegurándole a Edward que podía contar con ellos como siempre lo había hecho, eso sí, después de las vacaciones de fin de año que cada uno se merecía.

Se despidieron unos de otros, todos tratando de tener su momentos para estrechar en un caluroso abrazo al maestro Masen y desearle felices fiestas, antes de éste retirarse a su camerino.

Para su sorpresa, adentro lo esperaba nada menos que una ninfa de cabello corto y oscuro, vestida con un traje negro de tirantes, lleno de piedritas tornasol pegados al material que se adhería sobre el torso y que iluminaba el vestido, el cual caía hasta los tobillos de la joven en capas holgadas, muy elegantes. Sobre este, ella llevaba un chal también negro que envolvía parte de sus brazos, y una carterita pequeña negra que en ese momento aferraba fuertemente con ambas manos. Su maquillaje, pese a todas las lágrimas que derramó durante el concierto, permanecía intacto en tonos humo que dejaban que los ojos verde agua de la chica sobresalieran con su brillo natural.

El músico, sin quitarle los ojos de encima, cerró muy despacio la puerta, afirmándose en ésta como si necesitara del apoyo en su espalda para no caerse tras tan divina sorpresa.

―Hola… ―murmuró ella bajito, como si no quisiera entorpecer el silencio tibio que cayó sobre ambos.

Él levantó la comisura de su labio y soltó un suspiro, relajándose del todo. Verla allí en su privado, era la forma perfecta de cómo debía terminar aquel concierto tan especial.

― ¿Cómo fue que te escabulliste aquí sin darme cuenta? ―quiso saber él, preguntando con un dejo de humor en sus palabras.

Isabella se alzó de hombros, pensando en Seth, mano derecha de Edward, que la ayudó a llegar hasta allí sin ser descubierta por el maestro.

―Adivina… ―dijo ella, en cambio, abrazándose a sí misma. Edward sonrió abiertamente y se cruzó de brazos, sin moverse de donde estaba.

― ¿Qué?

―Soy la mujer más enamorada sobre la faz de la tierra.

―No me digas ―respondió Edward, alzando sus cejas ― ¿Y puedo saber qué hizo ese cretino para tener semejante suerte?

―Me acaba de dar la mejor serenata que una chica como yo jamás había imaginado tener.

Entonces al músico le pareció suficiente tiempo que llevaba separado de ella, apartando su espalda de la puerta y caminando un par de pasos hasta llegar a ella, rodearle por la cintura y estampar un beso profundo en sus labios. Isabella no tardó en rodearle con los brazos por el cuello y pegarse a él para acoplarse a ese beso, después de dos días sin verse y de aquel regalo tan valioso que atesoraría en su corazón por el resto de sus días.

―No puedo creer que alguien sea capaz de escribir música tan mágica como la que acabas de presentar.

―Como nunca, las notas surgieron casi por sí solas ―explicó, apartándose y pasando sus dedos por el rostro delgado y hermoso de su chica ―No significaron gran esfuerzo, y es que estaba muy inspirado…

― ¿De verdad?

―De verdad. Por cierto, te vez... increíble, hermosa. ―volvió a darle un beso antes de suspirar, acariciando la piel de su espalda, que bajo el chal quedaba al descubierto. ―Ahora, creo que deberíamos salir de aquí antes que mi fuerza de voluntad flaqueé y nos encierre aquí a los dos bajo llave, sabe Dios quizás hasta qué hora.

―Vamos entonces, amor mío, que mi madre está ansiosa por darte un abrazo. ―Lo tironeó hasta la puerta, saliendo con él tomado de su mano, atravesando el pasillo que aún seguía con personas pululando de aquí para allá.

Precisamente en el hall del teatro, Renée, Carlisle y Jane lo esperaban, siendo la niña la primera que corrió al encuentro de su hermano, encaramándose y aferrándose a él como un monito. Edward le dio un fuerte abrazo en la mejilla y la dejó en el suelo, acabando de acercarse al grupo, recibiendo la felicitación de todos y el abrazo de Renée, que parecía tan emocionada como su hija.

―Edward, el concierto fue maravilloso. Gracias por la invitación.

―Dios, Renée, si te ves fabulosa, como tu hija.

―Tenía que vestirme para la ocasión.

―Y la ocasión amerita ―intervino Carlisle ―la cena en el restaurante de lujo al que iremos ahora.

― ¿Restaurante de lujo? ―preguntó Renée, sorprendida. ―Nunca fui a un lugar así.

―Pues siempre hay una primera vez. ―respondió Edward, haciendo que la madre de la mujer que amaba lo tomara del brazo, mientras que Carlisle le ofrecía el brazo a Isabella y a su hija.

Pasaron una velada maravillosa en un restaurante del cual Renée dijo que se sentía en el aire la sofisticación, absorbiendo cada una de las sensaciones que podía, a través de los sentidos como el oído, el olfato, el tacto y el gusto, que le funcionaban decía ella, a la perfección. Y no estaba exagerando al describir el ambiente, pues el elegante lugar estaba emplazado en el piso diez de un moderno edificio, lleno de mesas redondas cubiertas con radiantes manteles blancos, sobre las cuales pendían lámparas colgantes. Desde las puertas de caoba hasta los platos también blancos, pasando por la música y los garzones, todo allí era refinado.

Sin duda era una de los restaurantes más elegantes de Leonilde, donde Carlisle como Edward concordaron para celebrar el concierto y la víspera de las fiestas, cuyas celebraciones comenzarían al día siguiente.

Tarde llegaron al apartamento de la costa Isabella, Renée y su madre, que se sacó los zapatos soltando un suspiro de descanso.

―Después de no sé cuántas horas, cualquier zapato de tacón se convierte en un grano en el trasero ―exclamó, dejándose caer en el sofá. Solo con un par de visitas que Renée hizo a ese apartamento, supo dónde estaba cada cosa, agradeciendo que Edward no hubiera movido nada de su lugar por comprensión a ella.

Isabella meneó la cabeza y se dejó caer junto a su madre, deshaciéndose también de sus zapatos de tacón. Edward las miró mientras se quitaba la chaqueta y la corbatilla, y sonreía al ver a madre e hija tan contentas.

―Ha sido un día… increíble ―dijo Renée, extendiendo la mano hacia arriba, llamando a Edward para que la tomara. Cuando él lo hizo se la apretó fuertemente, esbozando una franca sonrisa. ―Gracias por todo esto, Edward. Has coronado mi día, y eso que la serenata ni siquiera era para mí, pero has hecho feliz a mi hija que es mi mayor tesoro y esa es mi recompensa.

―Ni que lo diga, Renée. ―Miró el músico a su chica, quien a su vez lo miraba a él, guiñándole el ojo y regalándole una sonrisita torcida ―El placer de hacerlas feliz a ambas es todo mío.

Abrió entonces Renée la boca sin poder evitar el bostezo, después del cual se carcajeó divertida uniéndoseles su hija y Edward, quien la ayudó a levantarse para retirarse a la habitación que habían dispuesta para ella.

―Bueno niños, yo me voy a descansar. Ha sido un día de muchas emociones y mañana se viene un día muy ajetreado, no quiero que nada salga mal.

―Te acompaño a tu cuarto, ma' ―se ofreció Isabella, levantando los zapatos que su madre se había quitado, antes de ponerse de pie y llevarla al dormitorio.

Renée se despidió de Edward con un fuerte beso en la mejilla y se retiró a descansar del brazo de su hija. Entonces fue el músico el que esta vez se dejó caer sobre el sofá, extendiendo sus brazos a lo largo del respaldo y echando su cabeza hacia atrás, cerró los ojos y sintió satisfacción de su trabajo, pese a lo cansado que estaba. Pero el cansancio no era nada comparado a toda la felicidad que le llenaba el pecho y que lo hacía querer reírse mientras caminaba por la vida, haciendo a un lado todas preocupaciones que habían llegado a molestarlos hace algunos días. Pero no se iba a dar el lujo de pensar en eso, no iba a dejar que nadie ni nada arruinara sus días con las chicas, pensó, sonriendo al recordar a la madre y la hija, esta última ayudando a su madre a alistarse para dormir.

Ronroneó encantado cuando al cabo de unos minutos, sintió unos suaves labios vagar por su cuello y su barbilla. Sonrió cuando esa descarada boca llegó hasta el lóbulo de su oreja la que jaló con los dientes.

― ¿Me está provocando usted, señorita? ―murmuró Edward, sin moverse de su cómodo sitio. ― ¿Justo ahora que está tu madre en el cuartito de invitados?

—Mi madre estaba tan agotada que ni aunque pasara un tren de carga por la misma habitación la despertaría ―explicó, sin detenerse de dejar besos a lo largo de la mandíbula de su músico. ―Además, podemos ir a su habitación, maestro, y cerrar la puerta. Me podría ayudar usted a quitarme este vestido que me…

Soltó un chillido cuando el músico se levantó, tomándola en sus brazos para llevarla hasta el cuarto, donde la dejó caer sin tanta reverencia, carcajeándose ella muy divertida. Se desabotonó su camisa y la tiró al suelo antes de acercársele para hacerla girar y desabotonar los tres broches que sujetaban el vestido por la poca tela que cubría la espalda de ese vestido. La volvió a girar de espalda sobre el colchón y bajó el vestido ayudado por ella, que se alzó de pelvis para que él pudiera hacerlo sin arruinar el traje tan lindo.

El músico tragó grueso cuando vio el torso desnudo de su chica y la pequeña tanguita de encaje que llevaba.

―Tú sí que sabes cómo sorprenderme, mujer ―dijo, bajando sus labios hasta la boca de su mujer, la que besó con la adoración de siempre.

La forma en la que Edward le hizo el amor a Isabella esa noche fue sosegada, sin apuros, tomándose el tiempo ambos de tocarse con caricias suaves y besos profundos, hablándose al oído con palabras llenas de sentimientos, además de las promesas de una vida juntos y el amor eterno que los mantendría unidos como un frente sólido e inquebrantable.

Edward recorrió el cuerpo de Isabella con las manos, como si se tratara de una obra de arte, mientras contemplaba sus cuervas delicadas y perfectas, y ella intentaba no dejar de mirar el rostro serio del músico mientras lo hacía, pero en ocasiones las sensaciones eran tan fuertes que no le quedaba otra que cerrar los ojos y exclamar de placer.

Isabella tembló descontroladamente, entonces él deseando poder sentirla completamente, se colocó sobre ella y empujó con fuerza hacia dentro, gimiendo los dos al mismo tiempo y mirándose a los ojos.

Edward le rozó los labios con los suyos, explorándoselos de una forma que despertó de nuevo sus sentidos. Él tenía una boca increíblemente sensual y era tan hábil que la hizo olvidarse de quién era, cómo se llamaba, incluso donde estaba, como siempre solía ocurrir cuando él le hacía el amor.

Gimió otra vez Isabella cuando Edward bajo la cabeza hasta sus senos y le tomó un pezón entre los dientes y luego empezó a chupárselo antes de dedicarle las mismas atenciones al otro.

Edward notó que ella apretaba los músculos a su alrededor y se salió un poco; luego, la oyó tragar saliva cuando empujó otro poco, lentamente, y ella empezó a seguir su ritmo.

Poco después, la hizo que le rodeara la cintura con las piernas y siguió moviéndose hasta que lo hicieron al unísono. Edward la llevó hasta el borde y luego la mantuvo allí un momento antes de hacerla estallar en mil partículas de placer, atrapando con la boca sus gritos de placer.

Cuando terminaron y recobraron el aliento, él le apartó el cabello del rostro y sonrió, girándose de tal manera de que Isabella quedara tendida sobre su cuerpo. Le acarició el cabello lentamente, mientras ella pasaba sus dedos delgados por el pecho del músico cubierto por una capa de vello.

―Agradezco al cielo que tu madre tenga el sueño tan profundo, o ya se hubiera levantado preocupada por tus gritos… ¡Auch! ―exclamó cuando la diabla novia suya le jaló el vello en protesta.

―Mejor agradece que no se pusiera en plan de hacerme dormir con ella.

― ¡Ja! ¿Crees que lo hubiera permitido? ―le besó el tope de la cabeza y la rodeó por los hombros con un brazo, mientras que con el otro acariciaba la espalda baja. ―Si lo único que quiero es dormirme contigo entre mis brazos…

Isabella se quedó en silencio tras un profundo suspiro que hizo reír a Edward.

―Y así será… ―dijo ella con voz soñolienta ―estaremos unidos por algo inquebrantable, por el resto de que nos queda de vida.

El músico sonrió, sin sacar profundas conclusiones respecto a esas últimas palabras de Isabella. Simplemente se limitó a relajarse con el sonido de la respiración de su chica, que había caído rendida.

Al día siguiente, Edward despertó solo. Miró hacia la ventana que dejaba ver un cielo completamente celeste, con el sol lo suficientemente alto como para que Edward supiera que ya era bastante tarde. Miró hasta la mesita de noche y se precipitó a salir de la cama cuando vio el reloj digital indicar que serían pronto las once de la mañana.

Apareció en la cocina vestido con un pantalón de chándal negro y una camiseta gris, justo donde Renée y Carlisle, que parecía haber llegado hace poco, revisaban la receta con la que prepararían la cena de esa noche.

Hablaron de los preparativos mientras Edward tomaba café, cuando apareció Isabella por la puerta, en compañía de Jane, cargando ambas bolsas de supermercado.

― ¡Menos mal despertaste! ―exclamó Isabella, dejando las bolsas sobre la encimera y acercándose a su novio, el que la rodeó por la cintura. ―Estaba a punto de llamar al equipo de rescate para cerciorarnos de que estás vivo.

―Muy graciosa ―respondió él, apretándole la cintura con los dedos ―Estaba rendido debo reconocer.

La mañana pasó rápidamente y decidieron almorzar algo liviano a mediodía. Tuvieron tiempo de pasear por la playa, donde varias otras personas disfrutaban también del buen clima. Más tarde regresaron al apartamento para terminar con los quehaceres para esa noche, la que llegó rápidamente.

Isabella se encargó de ayudar a Jane a vestirse y luego corrió hasta la ducha, donde vio que Edward acababa de salir. Él trató de persuadirla para distraerse por unos minutos, pero ella lo empujó lejos, básicamente porque no quería caer en la tentación. Se tomó su tiempo bajo la regadera, para luego secarse el pelo, y calarse el vestido que había elegido para esa noche: un traje gris perla, corto, asimétrico que cubría un solo hombro, con bordados en hilo blanco y la falda que cubría sus piernas hasta un poco más arriba de la rodilla.

Estaba acabando de peinarse, colocando unas pinzas en su cabello cuando apareció el músico, vestido con un pantalón negro de tela y una reluciente camisa blanca, prescindiendo de la corbata. Soltó un silbido y se le acercó por detrás, ayudándola a ponerse el collar que él le regaló y que siempre llevaba alrededor del cuello. Le besó el hombro y le rodeó por la cintura, dejando su mentón apoyado sobre el hombro, mirándose a ambos en el reflejo del espejo.

―Dios, mujer, no dejas de sorprenderme, cada día te ves más hermosa.

―Gracias.

―Y ya quisiera yo que nos quedáramos aquí, pero Alice, Jasper y Peter ya están aquí y preguntan por ti.

―Vamos entonces ―dijo Isabella, girándose, dejando un beso sobre sus labios y tomándole de una mano para salir de allí.

―Estoy ansioso que llegue el momento que me entregues mi regalo… ―dijo él desde atrás. Ella lo miró hacia atrás por sobre el hombro, ruborizándose.

―Solo espero que te guste ―murmuró, continuando su camino hasta la sala, donde se reunieron con los demás.

Se saludaron y se halagaron unos a otros por los elegantes atuendos, quedando Isabella un poco descolocada por la reacción de Peter, el hermano de Jasper, cuando le presentaron a su madre. Edward y Jasper se miraron y se alzaron de cejas, escondiendo lo gracioso que les parecía el comportamiento del abogado.

Se sentaron a hablar mientras bebían aperitivos y llegaba la hora de sentarse a la mesa, en un ambiente muy ameno y cómodo para todos.

Después de un rato en el que Edward hablaba con su padre y con Alice, el músico vio a su amigo levantarse en silencio y salir al balcón, seguro a fumar un cigarrillo, decidiendo él hacerle compañía, por lo que salió detrás del dibujante, al que encontró muy nervioso mientras fumaba su cigarrillo.

― ¿No tendrías que estar pensando en dejar el vicio?

Jasper penas lo miró, botando el humo del tabaco y mirando hacia el horizonte que a esas horas estaba cubierto por estrellas que se habían dejado ver después que las nubes hubiesen remitido. Edward afirmó sus manos en la baranda de hierro a contemplar el panorama nocturno, cuando un estruendo de risas se oyó desde la sala, desviando él su cabeza por sobre su hombre y percatarse de lo bromista que andaba Peter, hermano de Jasper, que no había dejado de halagar y coquetear con Renée. Eran ellos en compañía de Alice y su hermana Jane quienes reían por alguna ocurrencia seguramente de la más pequeña del grupo.

― ¿Ya viste a tu hermano? ―preguntó Edward, volviendo su vista al frente, metiendo las manos en sus pantalones de tela negra ―No ha parado de coquetear con Renée.

Jasper soltó una risa y miró hacia la sala a su espalda, viendo a su hermano desplegar todos sus encantos que en general causaban estragos en el sexo opuesto.

―Desde anoche no ha dejado de preguntarme quién es y cuando le dije que era la madre de Isabella, pensó que estaba bromeando.

―Hay que decir que mi suegra se conserva estupendamente para sus cincuenta y pocos…

―Coincido con eso. Además, es de esas mujeres que te cautiva desde el primer momento, me refiero a su forma de ser ―apagó la colilla de cigarro en el cenicero y se cruzó de brazos ―No me parece raro que haya atrapado a mi escurridizo hermano sin proponérselo.

― ¿Crees que vaya en serio? Me refiero a tu hermano y su plan de galán con Renée…

―Oye, maestro, acaban de conocerse, dales tiempo. No todas las parejas van a hacer descarga eléctrica desde el primer instante como te ocurrió a ti con Isa…

―Es verdad ―admitió Edward riéndose. Después de un momento pensando en qué le parecería a Isabella saber a su madre con una pareja diez años mayor que ella, recordó el embrollo misterioso en el que estaba envuelto su amigo. ―Por cierto, ¿Alice aun no te ha dicho nada?

Jasper soltó aire ruidosamente y se giró de tal manera que afirmó la cadera contra la baranda, quedando de frente a su amigo.

―Nada… ―admitió con pesar. —De verdad… a veces pienso que el test de embarazo que encontré fue parte de mi imaginación… ¡Además no tiene ningún síntoma! ¿No debería estar mareada, con antojos, o vomitando todo lo que come? No está más fogosa de lo normal en la cama, ni llora por cualquier cosa.

―Según sé, esos síntomas varían según la mujer ―intervino Edward, imitando la posición de su amigo ―A veces incluso le pasan a los hombres, ya sabes, los mareos, los antojos…

―Pues yo no tengo más hambre que la habitual, ni me siento diferente. Pero de hoy no paso de saber si es cierto o no. ―Estaba explicándose cuando la misma Alice se asomó por el ventanal, llamándolos porque la cena estaba por servirse. Jasper fue el primero en obedecer entrándose enseguida, mientras Edward se quedó fuera por unos momentos, pensando.

Eso que él mismo había dicho, sobre los síntomas de las mujeres embarazadas, comenzaron a girar en su cabeza. Arrugaba el entrecejo y se pasaba el dedo índice por el mentón mientras evaluaba la posibilidad…

"No…" murmuró para sí mismo, descartando la posibilidad. ¿No había andado su mujer más sensible que otras oportunidades? Y qué decir de los últimos encuentros sexuales que lo habían dejado extasiado porque parecía que ella no encontraba el control necesario para acallar su fuego –y para nada eso era una queja, claro que no―. ¿Y qué hay de sus antojos, como la pizza hawaiana que mandó a pedir en el intermedio de un ensayo y que se devoró solo?

¿Y qué si efectivamente ese test que Jasper encontró en las cosas de Alice, no era de ella?

"Ay, Dios"

― ¡Edward! ―exclamó Alice, asomándose por segunda vez a la terraza ―Te estamos esperando.

―Voy… ―respondió el músico, saliendo de su cuestionamiento el cual hizo que su corazón repicara con más rapidez de lo habitual.

Sacudió la cabeza y siguió a la enfermera hacia el interior, recibiendo de manos de Carlisle una copa de champan, que serviría para hacer el primer brindis navideño.

Isabella no demoró en ganarse a su lado ni él rodearle con el brazo por la cintura, dejando un beso en la sien, a la que ella retribuyó con una sonrisa radiante, tanto como sus ojos que brillaban más que otras veces. Se miraron a los ojos antes que el abogado patriarca alzara la voz, llamando la atención de todos.

―Creo que me toca hacer el primer brindis, ya que soy el mayor del grupo ―dijo Carlisle, con su voz tranquila de siempre y su sonrisa bien puesta en los labios. El resto del grupo soltó una carcajadita y se preparó para oír al abogado. ―Estamos a punto de culminar un año que para todos los que estamos aquí ha estado lleno de cambios, que a veces nos hicieron llorar y otras reír. Y es bueno que esto pase, que las circunstancias de la vida nos den un remezón porque nos ayuda a recordar que estamos vivos y que debemos agradecer por ello.

Y para agradecer es que nos reunimos, para expresarnos el uno a otro, que pese a todo, no estamos solos, y que frente a cualquier sobresalto que atravesemos, podemos contar con gente que está a nuestro lado y que nos ama incondicionalmente. ¡Así es que salud, mis amigos!

El "salud" de respuesta se oyó fuerte y entusiasta, y en lo que Edward hubiera calificado como un hermoso coro, alzando sus copas de champaña y jugo de manzana para acompañar el brindis.

Entre más brindis y conversaciones previas a la cena, la única niña miraba embobada el árbol de navidad que orgullosamente ella ayudó a elegir, pensando en el gran regalo que había allí y que destacaba por sobre el resto, mordiéndose el labio y pensando en echarle una ojeada, pero le había prometido a su padre no asomar la nariz hasta el momento indicado… ¡pero ella estaba ansiosa, pues los niños esperaban la llegada de la navidad no para brindar, ni comer, ni nada de eso, sino para abrir regalos!

Carlisle, que mientras hablaba con Rosalie y Peter, había visto a su hija divagar alrededor del árbol, sonrió llamándole la atención.

― ¡Jane! Cariño, estamos listos para pasar a la mesa y cenar.

― ¡No tengo hambre, papá! Lo que quiero es abrir los regalos ―reclamó y miró a su hermano mayor, pidiendo apoyo. ― ¿Podemos abrir los regalos antes de la cena?

―Uhm… ―dijo pensativo, rascándose la cabeza ―No sé…

Jasper, que había encontrado muy emotivo el discurso de Carlisle, estaba ansioso y deseaba ponerse a patalear pues él también deseaba abrir sus regalos. Entonces, motivado por las protestas de Jane y quizás la champaña y el resto de los aperitivos que ya se había tomado, decidió hacer causa común con la niña en voz alta. Dio un paso adelante y miró a todos alrededor.

―Yo creo que deberíamos cambiar el esquema de la navidad y entregar los regalos antes de la cena ―exclamó en voz alta, girándose para ver a Alice, que se reía igual que el resto. ― ¿No te parece nena?

―Yo creo que…

― ¡Comencemos contigo entonces! ¿Qué tienes para darme, eh? Porque hace semanas que estás nerviosa, como si me estuvieras escondiendo algo, como por ejemplo un test de embarazo escondido en el cajón de tu ropa interior…

Parece que todo el mundo allí retuvo el aire de sus pulmones, totalmente atónitos con aquella declaración. Súbitamente la sala quedó en silencio de cualquier ruido, excepto la voz de Eric Clapton que salía por los altoparlantes del equipo de música de alta definición que Edward tenía allí.

La quijada de los abogados había llegado al suelo, literalmente hablando; Renée tenía una perfecta O dibujada en la boca. Jane miraba a los adultos, mientras procesaba lo que Jasper había dicho. Edward a su vez exclamó internamente un fuerte "Ah, mierda", mientras que Isabella súbitamente se había puesto roja… y parece que estaba a punto de desmayarse. De eso al menos se dio cuenta Edward, quien oyó en su cabeza un "click", y otra vez la exclamación se oyó fuerte en su cabeza. "Oh, por Dios". Entonces el músico tomó la palabra, sin dejar que Alice se explicara.

―Ese test de embarazado no es de Alice ―afirmó rotundamente, mirando primero a su amigo, que seguía respirando agitadamente, para enseguida girarse hacia Isabella, quien ya tenía sus ojos llenos de lágrimas. No necesitaba confirmación verbal, porque en la mirada de la mujer que amaba, estaba la ratificación que necesitaba.

Aun así, ella mordió su labio y asintió con la cabeza, cuyo movimiento provocó en el músico, que sus ojos se llenaran de lágrimas también.

La quijada de los abogados seguía en el suelo, mientras Renée se unía al llanto de su hija, y Jasper miraba a Alice, Isabella y Edward como si a los tres les hubiera salido una segunda cabeza. Entonces reaccionó a lo que su amigo había dicho. El test que Alice guardaba no era suyo, sino de su amiga, lo que significaba que Isa y su amigo Edward iban a ser padres.

―Bien ―dijo Jasper, relajándose un poco, aunque cruzándole dentro del pecho un atisbo de decepción ―O sea que no me va a tocar cambiar pañales.

―Yo no estaría tan segura… ―rebatió Alice, llevándose la mirada absorta de su novio que se unió al estado de shock que a su amigo el músico lo dominó en ese momento.