Mis niñas lindas, aquí les dejo un nuevo capítulo dedicado a mami Esme, ya que varias lo pidieron! Mantengan la calma y recen por el alma de esta mujer, que cuando muera se irá derechito al infierno...

Gracias a todas las que han seguido la historia, a las que comentan cada capítulo y a las que lo hacen de tanto en tanto. A las que leen en silencio también gracias... en fin, gracias por estar aquí.

Cada capítulo está dedicado a cada una de ustedes.

A mis nenas del grupo de WhatsApp (¡Las adoro!) A las nenas del grupo en facebook, a mi Manu de marte y a mi super Cuchu Maritza, ¡DIOS SABE CUÁNTO LAS ADORO!

Bueno pues, a leer, que ya va faltando poco para el final... y dar paso a lo nuevito que espero estrenar pronto.

Mil besos a cada una y nos reencontramos la otra semana.

Os quiero: Cata!


Capítulo 36.

La fiesta de fin de año se había arruinado para Esmerald Platt, la que no podía sacar de su cabeza la noticia que su hija pequeña tiró sobre ella como una bomba nuclear. ¿La puta enfermera embarazada de su hijo? ¡Si ya lo sabía ella que esa mujer iba a resultar embarazada! ¿No era esa la forma de cazar a los hombres como su Edward?

Tenía tanta rabia que aquella noche donde todo debía ser celebración, ella no hizo más que lamentarse por su mala suerte. Pasó por alto la hermosa y elegante decoración del salón de eventos dispuesto en el club de yates de exclusivo acceso, y a sus amistades de la alta alcurnia de la ciudad. Nada le importaba, solo retumbaba la tortuosa noticia en su cabeza. Además, alguien más de su familia había tenido que hacerse cargo de su hija porque ella había abusado del champagne, el vino y los destilados fuertes. Apenas tocó la cena y no se preocupó de abrazar a sus parientes y amigos cuando campanas anunciaron que ya era medianoche y que un nuevo año llegaba, dando paso a los fuegos artificiales.

Siguió abusando del alcohol los siguientes días, roturándose con la idea de que esa puta vestida de enfermera y su hijo habían engendrado una criatura. Nunca se preocupó de eso cuando su Edward estuvo casado con Rosalie, porque los hijos no fueron tema para el matrimonio que estaba preocupado de sus propias carreras, y ella nunca los había alentado como quizás lo había hecho Antonieta, madre de Rosalie. Nunca le tuvo fe al amor que Edward decía sentir por la escritora, y honestamente prefería eso antes que su corazón fuera presa de un verdadero amor que lo terminara de apartar del todo de ella, pues nunca perdió las esperanzas. Pero esta vez era diferente… y tendría ella que hacer algo para remediar la situación.

Pero antes, sentía la necesidad de ir donde Edward y hablarle, decirle que el tema de la paternidad era apresurado y que esa mujer no era la que él necesitaba…

¿Y quién sí lo era?

¡Ella, maldita sea, ella!

Ella era la única mujer que lo conocía y que podía sacar lo mejor de él, que podía ser en todo sentido, la mujer que él necesitaba.

Tenía que decírselo, necesitaba sacarle la venda de los ojos, apartar lo que sea que tuviera esa puta que lo estaba encandilando y que se diera cuenta que esa mujer tenía dueño y que no la iba a dejar en paz nunca, jamás, y que él finalmente se aburriría de las peleas con Vulturi y que sin duda acabaría perdiendo. Aro tenía más poder y recursos para aplastarlo y apartarlo de la mujercita esa. Seguro todo ese poder acabaría convenciendo a la enfermera de volver con Vulturi, sin duda.

Sin pensarlo y pasando por alto la cantidad de alcohol que corría por su sangre, se puso un provocativo traje rojo pasión que se ajustaba a las curvas de su cuerpo bien cuidado, escotado en V que revelaba generosamente el inicio de sus senos y que caía hasta sus rodillas, completando el atuendo con un costoso par de tacones Manolo Blahnik negros. Su cabello iba furiosamente suelto y caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Usaba un maquilla que intensificaba el furioso color de sus ojos claros, y un toque de perfume J'adore.

Así se apareció en la sinfónica de Leonilde, donde demandó hablar con su hijo, el director de orquesta Edward Masen, que en ese momento y para suerte suya, se encontraba en las instalaciones del teatro, en su oficina, revisando la bibliografía para comenzar las clases que dictaría en la universidad dentro de muy poco.

Cuando una secretaria del lugar le avisó que su madre estaba en ese lugar, Edward dejó el lápiz con fuerza sobre el libro y bufó hastiado. Antes que le dijera a la secretaria que le negara el paso a Esmerald, la chica ya había colgado, odiando Edward que Seth su fiel asistente, hubiese estado de vacaciones pues él hubiese impedido el ingreso de la mujer, que en ese momento abría la puerta e irrumpía en su oficina.

"Linda forma de comenzar el año" pensó el músico con ironía.

Cuando Esme entró, Edward no ocultó su malestar, quedándose sentado en su butaca mirándola con abierta antipatía, mientras ella parada frente a él se quitaba el abrigo negro y develaba su atuendo seductor, elegido especialmente para él. ¿A caso la puta enfermera era capaz de vestirse de ese modo para ella? ¡Jamás podría igualarla! El garbo de Esmerald Platt era único. Una niñata como ella jamás podría llegarle ni siquiera a los talones… y se lo demostraría a Edward.

―Estoy ocupado… ―dijo el músico sin mediar saludo, regresando sus ojos molestos hacia los papeles que tenía frente a él sobre el escritorio.

Esme torció su boca y se acercó al escritorio, afirmando sus manos sobre el filo de la mesa, usando un tono suave y persuasivo para hacerse notar. Su ropa casual le daba un aire juvenil que a ella la hacía vibrar: una simple camiseta gris de mangas largas que se pegaba a sus justos músculos y unos jeans gastados que alcanzaba a ver desde la posición en la que se encontraba. Su cabello siempre desordenado que ella añoraba acariciar y jalar en medio del éxtasis de un orgasmo.

"Sí, Dios… un orgasmo de Edward…"

―Me debes un minuto de tu tiempo ―demandó ella con voz serena pero firme. El músico alzó las cejas y negó con la cabeza con incredulidad.

―¿Te debo? ―preguntó Edward levantando la voz, volviendo a mirarla con la mirada entornada ―¡No te debo nada, maldita sea!

―¿Qué es esa estupidez de que la enfermera esa está embarazada?

Edward abrió los ojos ampliamente y antes de demandarle a Esme sobre quien le había dicho, pensó que seguro Jane, en su inocencia, le había contado la noticia a Esmerald. Podría haberle advertido a su hermanita que guardara el secreto, ¿pero qué caso tenía, si de cualquier modo iba a enterarse ella… y todo mundo? Aun así no le dio el gusto de darle explicaciones y se lo hizo saber.

― ¿Por qué diablos piensas que te debo explicaciones?

―Por lo que significó para ti. Por lo que significas para mí… ―respondió con vehemencia, rodeando el escritorio para acercársele, levantándose Edward para apartarse de ella. Podía ver los ojos dilatados en ella, sus claras intenciones que en él provocaron asco rotundo, debiendo caminar varios pasos lejos, pero ella no se daba por vencida.

―Lo que significas para mi… ―murmuró Edward con incredulidad, soltando una risotada llena de ironía y amargura.

―Alguna vez me quisiste.

Y eso hizo estallar al músico, que parecía un animal furioso a punto de saltar sobre su víctima. ¿Cómo se atrevía esa loca a soltar esa sarta de barbaridades?

―¡De qué mierda estás hablando, Esmerald! Si estás hablando de cuando yo era un niño, puedo asegurarte que ese cariño ya no existe porque tú te encargaste de que te odiara ―le enrostró en un grito que paralizó a Esme, cuyos ojos se inundaron de lágrimas. Pero el músico no tuvo compasión y siguió enrostrándole su odio y repulsión. ―Abusaste de lo que sentía por ti, del agradecimiento que mi abuelo sentía por ti y me apartaste de su lado para llevarme lejos y depravarme, porque esas eran tus intenciones, ¿lo olvidas?

―Era tan joven entonces… ―susurró con añorada ensoñación, pero el músico no estaba para eso. Esa mujer había ido allí para provocarlo y el resultado de eso era lo que Esmerald se llevaría.

―Esa no es una excusa. Seguiste adelante con tus… asquerosos juegos con adolecentes, y nunca te arrepentiste. Me obligaste a quedarme quieto mientras tú… ―cerró los ojos y jaló su cabello con rabia de solo recordar ese oscuro momento de su vida… pero debía sacarlo fuera, por su propio bien… ―Me tocabas y me provocabas, diciendo que era algo normal, que estaba aprendiendo. Dejé que lo hicieras por miedo, hasta que no di más y me revelé, pero esa parte ya la conoces.

―No es así como pasaron las cosas….

―¡No me tomes por estúpido! ―rebatió el músico con rabia, apuntándole con su dedo índice acusador. Fuera de las estúpidas aseveraciones de Esmerald, lo enervaba la forma tan sumisa, como si fuera la pobre víctima en todo esto. ―Mi memoria de aquel entonces está intacta, más de lo que yo quisiera… ¡abusaste sexualmente de mí, maldita sea!

Esmerald se abrazó a sí misma y bajó el rostro cuando oyó la declaración rotunda y furiosa de Edward.

―No uses esas palabras conmigo…

―¡¿Y cómo quieres que llame a lo que hiciste conmigo?! ―gritó, golpeando su puño contra la muralla de la pequeña oficina celeste.

Pero Esmerald parecía no ser consciente de lo que Edward estaba enrostrándole, pues en lo único que ella pensaba era en el pánico de perder al músico sin antes saber lo que en verdad ella sentía por él. Y para eso estaba allí, para abrirle los ojos y develarle la verdad.

―Yo te amo, Edward… ―murmuró con voz quebrada, tratando de salvar el espacio entre ambos. Caminó como ciega hasta él y lo alcanzó, tomándolo por el rostro con la intención que le mirara, pero el músico tenía sus párpados fieramente cerrados y respiraba pesado. Parecía que el toque de esa mujer lo quemaba y lo llevaba hasta lo más oscuro de sus recuerdos.

Como pudo, Edward reaccionó y de un manotazo apartó las sucias manos de esa mujer de su rostro, volviendo a alejarse de ella.

―Edward, yo te amo ―repitió Esme, ―te amo como una mujer ama a un hombre, y esto lo siento desde hace tanto tiempo…

―Dios mío, debes de estar loca…

Pero Esme no hacía caso a las negativas de Edward, se concentraba en sus hermosos recuerdos y en los sentimientos que el chico albergaba por ella aquel entonces.

―Te vi crecer, convertirte en un joven atractivo, noble e inteligente ―recordó con ternura ― ¿A caso no se me tiene permitido amar a un hombre porque es menor que yo?

―No tergiverses la situación aquí, Esmerald. Me importa una mierda tu amor mal sano, y por si no te has dado cuenta de las señales que te he enviado, lo que siento por ti es lo opuesto al amor.

―No quiero perderte… esa mujer te está apartando de mi lado…

― ¡¿Estás escuchándote?! ―el músico levantaba las manos y las dejaba caer, azotándola con fuerza contra su costado ― ¡¿Dices que no quieres perderme?! ¡Nunca me has tenido, maldita sea!

―No digas eso… olvidas todos nuestros lindos momentos juntos cuando eras un niño…

―Los olvidé absolutamente todos, porque tu depravación eclipsó esos momentos de mi infancia ―gruñó entre dientes, pero ella parecía no oírlo ni ver la ira de Edward.

―Deberías agradecer al menos lo que hice por ti…

― ¡No te agradezco nada, maldita loca, porque nada hiciste por mí! ―gritó como un energúmeno, rojo de ira. Levantó la mano e indicó con su dedo la puerta de salida para dejar bien en claro sus deseos. ―Ahora lárgate y no vuelvas a buscarme, nunca más, ni a mí ni muchos menos a mi mujer, porque no sabes de lo que soy capaz por defenderla.

―Edward, por favor… no me hagas esto, no me saques de tu vida…

―Honestamente, Esmerald, nunca estuviste en mi vida.

―Eso no es cierto… ¡No es cierto! ―y volvió a sorprender a Edward con sus movimientos, corriendo hacia él y colgándosele prácticamente del cuello, estampando su boca pintada de rojo contra los labios del músico, mientras éste sacudí a su cabeza y quitaba los brazos de la loca de su cuello.

Cuando logró apartarla, la agarró por el antebrazo y la arrastró hacia la puerta, tirándola prácticamente al otro lado, lanzándole desde adentro el abrigo negro y la cartera que había dejado sobre la silla. Agradeció Edward que afuera no hubiera nadie que pudiera disfrutar del espectáculo, y si lo hubiera habido a él le hubiera importado un pepino.

―Me das asco y te odio profundamente, Esmerald. Así es que no vuelvas a acercarte a mí nunca más, de lo contrario atente a las consecuencias.

Sin más, Edward cerró con violencia la puerta y afirmó su espalda contra el muro, mirando hacia el techo a la vez que recuperaba el aire y la calma, pasándose el dorso de la mano por la boca donde Esme se atrevió a besarlo. Sentía asco a la vez que su estómago se revolvía violentamente, debiendo correr hasta el baño privado donde se inclinó contra el inodoro y vomitó con espasmos hasta que nada quedó en su estómago.

Afuera en tanto, Esme con el orgullo herido, colocó sobre su cuerpo helado el abrigo que poco servía en ese momento para entibiarlo, y caminó con paso tambaleante por los pasillos de la sinfónica, bajando los peldaños de la escalera de madera y granito hasta el piso inferior, no levantando la mirada del suelo. En lo único que pensaba era en las dolorosas palabras de Edward y en el sabor que sus labios reacios dejaron sobre los suyos.

Se encerró en su cuarto, se quitó el abrigo, los zapatos y el vestido, y quedando solo vestida con su fino conjunto de lencería, se sentó sobre el suelo con una botella de vodka, donde lloró la pérdida de quien consideraba el amor de su vida.

Bebió directamente de la botella mientras su mente viajaba al pasado, cuando alguna vez el Edward niño y lleno de ilusiones, la miraba con ojitos llenos de amor. Daría cualquier cosa por volver a ver esa mirada en este Edward convertido en hombre, pero después del encuentro de aquel día, sabía que era eso imposible.

Dejó que el ardor del destilado recorriera su esófago, mientras que un ardor similar al de la bebida quemaba en su memoria, atormentándola cruelmente. Afirmó su espalda contra la cama y miró hacia el techo, fijando sus ojos en la luz de la lámpara de lágrimas de cristal que allí colgaba. Añoraba vibrar bajo las suaves sabanas de su cama con el cuerpo joven del único hombre que desde hace años había añorado y que sabía no tendría para ella nunca.

**oo**

Debe reconocer que desde siempre miró con ojos codiciosos a Edward, que creció idolatrando a su abuelo, un hombre dispuesto a dar la vida por el único recuerdo viviente de su hija muerta por una enfermedad a la que no logró hacerle frente.

Elizabeth Masen era una mujer de carácter fuerte, rebelde y seductor, que congenió desde muy pequeña con el carácter de Esmerald, a quien conoció cuando la familia Platt adquirió el terreno donde vivían los Masen, cuyo padre Richard era el leñador del sector, conocido por su tenacidad, lealtad y fuertes valores, que lo llevaron a permanecer en los terrenos de la finca hasta prácticamente su muerte.

Secretamente envidiaba la forma en que esta joven de campo, hermosa y fresca, con una brillante cabellera castaña clara que caía en ondas sobre su espalda, su rostro delgado y pálido que parecía brillar al igual que sus ojos verdes, los que Edward heredara de ella. Menuda de cuerpo y lejos de los atavíos que las mujeres usaban para embellecerse, esta chica de campo parecía refulgir por sí misma, llamando siempre la atención de quienes la rodeaban. Cautivaba a los hombres sin proponérselo, como ocurrió con el amigo de la familia Platt, Aro Vulturi, quien se vio encandilado por la fuerza de carácter de esta muchacha que muchas veces le dijo "no" ante las persistentes invitaciones de Aro, antes de ceder a los encantos del italiano.

Este hombre podría poner el mundo a mis pies ―dijo alguna vez Elizabeth a Esme, mientras sentada sobre la hierba alta del campo, pensaba en sus encuentros con el citadino que la tenía encantada, aunque no enamorada, pensaba Esme.

Tiempo después que la relación de Aro y Elizabeth se terminara, la chica de campo resultó embarazada, jamás revelando el nombre del padre de su hijo a quien llamó Edward después de su enamoramiento por el personaje principal de la novela de Charlotte Brönte. Y pese a la explosiva relación que el italiano tuvo con Elizabeth, Esmerald no podía asegurar en un cien por cien que fuera Edward hijo de ese hombre, pues ella no era la típica chiquilla campesina a la que cualquier hombre podía pasar a llevar, y eso podía asegurarlo pues en cuanto Aro daba la vuelta para devolverse a la ciudad, Elizabeth ya tenía su sustituto quitándole las bragas, su amor de siempre, lista para follar como la zorra que era. Así era que Esme pensaba en su "amiga".

No podía negar Esme que Elizabeth amó el corto tiempo que estuvo con su hijo antes que la muerte se la llevara, y que por el bien de su príncipe fue que hizo prometer a Esme que cuidaría de él si algún día ella llegaba a faltar, presintiendo quizás su final a temprana edad antes de verlo crecer. Y fue eso lo que Esmerald hizo, decidiendo viajar desde la ciudad al campo con más regularidad de lo habitual, con el solo fin de ver a su pequeño Edward y llevarle ropa o comida, cualquier cosa que pudiera faltarle a él o a Richard, que siempre agradeció la buena voluntad de la señorita de la casa grande, pese a que él se desvivía por cuidar que a su nietecito no le faltara nunca nada.

―Nunca voy a terminar de agradecerle lo que ha hecho por mi niño ―le dijo Richard Masen una vez, cuando ambos contemplaban al pequeño Edward dormir en la cuna que él mismo había construido para su nieto.

La vida me impide tener hijos propios, pero me ha permitido ser aunque sea una sustituta de este niño al que amaré como mío ―respondió Esme, ganándose una cariñosa sonrisa del viejo, que creía en ella a ojos cerrados.

El tiempo pasó para Esme, y aquel anhelo por la maternidad vedada se convirtió en otra cosa… algo más oscuro y retorcido que poco a poco fue descubriendo. Un mundo nuevo y estimulante se abrió ante ella cuando seguida por sus instintos, se vio compartiendo la cama con un muchacho adolecente, varios años menor que ella, que estaba descubriendo su sexualidad. Se ofreció a ayudarlo en ese descubrimiento, enseñándole cosas que ella misma había aprendido de la mano de hombres más viejos y experimentados que ella que disfrutaban del control y la excitación que esto les provocaba, esto cuando fue por primera vez al club de sexo donde varias veces se topó con Aro Vulturi, antes que éste desapareciera de la ciudad por un largo tiempo.

Miraba las prácticas sadomasoquistas del otro lado de la ventana y se preguntaba por qué el hombre era siempre el dominante, decidiendo revertir el juego, poniéndose ella a la cabeza con el plus de ocupar a jovencitos sedientos de placer para alimentar sus hambrientas hormonas.

Así comenzó todo. La sensación de bienestar y poder que adquirió mediante el control que los adolescentes le entregaban cuando buscaban en ella, una joven adiestrada de veinticinco años, sensaciones de placer que jamás hubieran podido experimentar con alguien de su misma edad, siendo capaces de poner a merced de Esme toda su voluntad, dejándose llevar por las prácticas que ella estaba comenzando a hacer habituales en el sexo: placer a través del dolor.

Látigos, cadenas, fuego… dolor y pasión fueron habituales en los juegos de Esmerald que parecía llevar muy bien el nombre de dominatrix entre el círculo del club de sexo donde regularmente iba con sus nuevos perros como solía llamarlos. Nunca estaba sola y siempre había muchachitos listos para llamar su atención y ponerse a sus pies.

Fue dueña del placer de estos chiquillos inexpertos a quienes llevaba por caminos oscuros y dolorosos, pero llenos de placer y erotismo en niveles casi insoportables. Eso la hizo poderosa y segura de sí misma, tanto que pensó en un niño de ojos verdes al que criaría según sus propósitos y que con el tiempo besaría el suelo que ella pisaba, como el resto de los adolescentes con los que había estado y a quienes había marcado.

Cuando abandonaba la ciudad e iba al campo se olvidaba de toda la perversión y gozaba con el hecho de ver al pequeño Edward, entonces de ocho años, corriendo a campo traviesa para llegar hasta ella y colgarse de su cuello, para darle muchos besos en la mejilla y contarle apresuradamente sobre lo que había ocurrido mientras ella no estaba.

Siempre se iban de la mano a caminar por el bosque a recoger moras que le llevaban a la cocinera de la casa patronal que las convertía en una deliciosa mermelada. Y mientras recorrían las sendas, el pequeño Edward le contaba a tía Esme lo que había ocurrido con él.

¡En la escuela dicen que soy el mejor en la clase de música y eso es lo que quiero hacer! ―le contaba el pequeño Edward lleno de entusiasmo. Ella sonreía y peinaba con ternura su cabellera mientras lo escuchaba.

Y seguro serás el mejor cuando seas todo un profesional…

― ¡Sí! ―saltaba él en medio del campo con sus viejos y rasgados pantalones que adoraba usar y que se negaba a tirar. ― ¿Y sabes lo que me regaló mi abuelito? ¡Un piano, un piano de verdad! ¡Ahora puedo practicar en la casa y avanzar mucho!

― ¡Eso es fabuloso! ―exclamó ella, inclinándose para ponerse a la altura del hermoso niño de ojos verdes.

Pensando en eso y en el viaje a Londres que debía realizar, Esmerald sostuvo una conversación con Richard, sobre el futuro de Edward. Un plan que venía urdiendo hace tiempo y que deseaba poner en marcha prontamente.

―Richard, si el maestro de Edward dijo que tenía talento para la música, tú y yo sabemos que aquí no lograría. Debemos pensar en él, en su futuro…

Sí, bueno… ―decía el hombre, sentado sobre un viejo tronco a un costado de la pequeña casita que era su hogar, miraba su entorno y sabía que era capaz de dejarlo todo por la felicidad de su niño adorado, por eso coincidía con la joven Esme, que siempre había estado ahí para ellos como un hada madrina. ―He estado pensando en buscar algún trabajo en la ciudad… quizás le podría pedir ayuda a su padre. Así mi niño podría recibir la educación que necesita para…

―Richard, admiro tu determinación, pero las mejores escuelas de música no están en la ciudad. La mejor de todas está en Londres, donde pienso ir por un tiempo… y donde he pensado que Edward podría adquirir la enseñanza que necesita.

Richard la miraba y sonreía nervioso por la propuesta implícita en esa declaración. No estaba preparado para dejar a su niño. ¿Pero sería capaz de sacrificarse por él? el leñador tenía muy clara la respuesta a esa pregunta, y Esmerald también, por eso pensó que sería la mejor idea sacarle partido a eso.

Niña Esme, aprecio su generosidad pero no creo que ahora eso sea una buena idea. Mi niño tiene ocho años, es un bebé aún y… es lo único que tengo…

―No voy a irme mañana, Richard ―exclamó ella, riéndose para relajar al hombre que la miraba con nerviosismo. ―Un viaje como el que haré, requiere tiempo de preparación. Al menos un año o más, en ese tiempo podemos hablar con Edward y contarle sobre la idea de que tiene la posibilidad de ser un gran músico…

― ¿Pero a qué costo? ¿Apartándolo de mí? ―preguntaba conteniendo las lágrimas.

―No será para siempre… y debes de saber mejor que nadie que cumplir metas como las que nos proponemos para Edward, requieren de grandes esfuerzos, no solo para él.

Logró convencer al viejo Richard, que con el corazón roto habló con Edward y lo preparó para lo inevitable, diciéndole que por un tiempo él se iría con Esme a otro país, donde le enseñarían lo que un músico de categoría necesita para ser el mejor, y que no lo encontraría en esa ciudad, ni siquiera en ese país alejado de la mano de Dios.

Al principio a Edward le pareció una idea fabulosa. Tenía casi nueve años y pensar que se montaría en un avión y saldría a otro país le encantaba, aunque con el paso del tiempo y cuando el momento de preparar las maletas se acercaba, Edward iba entendiendo lo que debía dejar para convertirse en el mejor. Para su edad era muy maduro y aceptó estoicamente el sacrificio como su abuelo, agradeciendo con todo su corazón a Esme que también se había sacrificado por él y su abuelo.

Así llegó el momento en que Esme tomó el control de la vida del pequeño Edward, desde el momento en que tomó su pequeña mano y atravesó el aeropuerto hacia la sala de embarque, dejando a sus espaldas a un abuelo sumido en lágrimas de penas por ver partir a su nieto, del mismo modo en que el niño hipeaba después de haberse despedido del hombre a quien amaba más sobre esta tierra.

Te escribiré cartas todas los días, abuelito ―lloraba Edward, sacudiendo la mano a su abuelo en señal de despedida ―y aprenderé canciones para tocártelas en el piano que me regalaste.

―Sí mi niño, serás el mejor ―lloraba él, llorando igual que su nietecito.

Así llegaron a Londres cuando Edward cumplió los diez años, con Esme aferrando el papel que Richard firmó con su consentimiento para que Esmerald se hiciera cargo de la educación de su niño y lo sacara del país.

Esta nueva etapa en la vida de Esme no había hecho que sus peculiares gustos sexuales cambiaran, todo lo contrario. Ser la madre sustituta de Edward no la había apartado del lado oscuro del sexo, muy por el contrario, había anidado aún más deseo de poder y control sobre hombres más débiles que la seguían y le rogaban por un poco de atención para llevarlos al descubrimiento del placer más animal del que todos quienes habían estado con ella daban fe de haber vivido algo increíble en el inicio de sus experiencias sexuales.

En Londres conoció chicos que iban a lugares como los que ella solía frecuentar con anhelos fervientes de placer extremo que ella acostumbraba a dar a sus jóvenes amantes, mientras veía a Edward crecer y desarrollarse y mirarla como si fuera su heroína, mientras le contaba de sus avances en la escuela de música. Esmerald lo miraba y pensaba en lo rápido que ese joven reemplazaría al resto de sus perros para convertirlo en su amante cuando fuera el momento…

Comenzó a llevar a los perros a su apartamento cuando Edward no estaba, y empezó a experimentar con drogas y al parecer eso hacía aún más excitantes sus encuentros, que se sumaban al poder y estilo propio al de las demás mujeres dominantes. Ella no necesitaba pagar para poseer indefinidamente a los chiquillos que quería pues ellos eran capaz de pagarle a ella para que les tomara en cuenta. Los clubes de sexo los usaba para ocupar las instalaciones y los adminículos para estimular a sus perros, pero le gustaba eso de estar en su propio lugar.

Así conoció a James Whiterland, el joven de catorce años que llegó un día en compañía de un joven un poco mayor que él, que lo había invitado a presenciar los encuentros con Esme por el puro placer de ver. Pero Esme no quiso que el también prospecto de músico disfrutara un poco y le regaló su primer orgasmo que impulsó en él con su mano y movimientos desenfrenados en su miembro virgen y con una buena cantidad de cocaína en su organismo.

Así era que Esmerald se convertía en dominatrix cuando Edward estaba en la escuela o en casa de su nuevo mejor amigo, y el resto del tiempo era madre sustituta casi de tiempo completo dejando a un lado su trabajo de decoración. Se sentaban a hablar en la mesa de la cocina del apartamento después de las clases y mientras lo hacía, Esme se convencía más y más acerca del futuro que uniría a ese niño con ella por la forma en cómo él la miraba.

Pero el brillo en los ojos de Edward desapareció transformándose en confusión y miedo después que una tarde, el chico que entonces once años llegó más temprano de lo acostumbrado después que suspendieran dos clases. No pudo quedarse en casa de Jasper y se fue directo al apartamento, pensando el muchacho en ocupar su tiempo en ensayar y escribirle a su abuelito, cuando al entrar a la sala se encontró con lo que tiempo después supo que podría ser una película pornográfica: Esme desnuda golpeando con una correa de cuero a dos muchachos alternadamente mientras éstos se masturbaban con un adminiculo atado alrededor del sus miembros erectos, jadeando y gimiendo, rogándole algo, no sabía Edward qué.

Cuando Esme lo vio, abrió los ojos con pavor y detuvo el movimiento de la correa sobre el cuerpo desnudo de los chicos. Se puso de pie, soltó la correa y caminó hacia el niño, que siguiendo su instinto de protección, salió disparado hacia su dormitorio, donde se encerró.

―¡¿Edward, cariño?! ¿Puedes abrirme? ―pedía ella, golpeando la puerta del cuarto del muchacho, pero él nada que respondía.

Demandó a sus perros a vestirse y salir rápido de su casa, prometiendo que los llamaría pronto, pero que ahora debía resolver un asunto importante. Los despachó, se puso una bata de seda negra sobre su cuerpo desnudo y volvió a insistir contra la puerta de su Edward.

―Por favor, mi cielo, ¿puedes abrirme la puerta para que podamos conversar?

―Déjame solo.

Pero la insistencia era una característica en Esmerald, que consiguió casi una hora más tarde que el niño le abriera y la mirara con ese miedo que vio en los ojos de Edward esa tarde por primera vez. Entró al dormitorio y lo tomó por la cara, acariciándole las mejillas sonrojadas a la vez que los ojos del chico se abrían con pavor ante el toque. Eso nunca antes había pasado y no debería pasar para los planes que ella tenía para él… para ambos.

― ¿Por qué llegaste antes?

―Una… una clase se suspendió… ―respondió en un susurro, debiendo carraspear para aclarar su garganta. ―Te llamaron y no respondías… y la madre de Jasper se ofreció a traerme. El portero del edificio confirmó a la señora Whitlock que tú estabas aquí antes de dejarme subir.

―Está bien mi cielo, todo está bien…

― ¿Qué era eso que estaba pasando allí afuera?

―Mi niño hermoso, algo de lo más natural… ¿quieres que te enseñe?

El niño abrió sus asustados ojos verdes y miró a tía Esme como si a ésta le hubiese salido una segunda cabeza.

―Les estabas castigando… ―dijo con cautela, como recordándole lo que él había visto ― ¡¿Por qué lo hacías? ¿Y por qué estaban desnudos?

―Deja que te enseñe…

―No, no… no Esme, por favor, no quiero… ―el instinto le gritaba a Edward que se protegiera, que se apartara de ella, pero Esmerald era una serpiente y su labor era seducir a ese niño y recobrar sus ojos llenos de amor con los que apenas esa mañana el niño la miraba.

Pero presionarlo justo en ese momento sería un error, meditó la mujer, que cedió al ruego de Edward a quien besó sobre la frente, dejándolo solo en su habitación para que se relajara y bajara su ansiedad.

Pero la ansiedad a ella le estaba jugando una mala pasada y le exigía resolver el "asunto" con Edward. Él cada día que pasaba se alejaba más de ella y levantaba un muro para protegerse de ella. Desaparecía día con día esa mirada de amor que él profesaba por ella y su entusiasmo por que ella supiera cada cosa que hacía. Muchas veces ella intentó tocar el tema, pero él simplemente decía no, se levantaba y se encerraba en su habitación. Una de las noches, después que ella intentara hablarle, fue a su cuarto, preocupada por algo que había cruzado en su cabeza.

―Mi cielo, ¿le… le contaste a tu abuelito Richard de… de lo que viste la otra vez?

―No, no… ―se sentó en la cama y agarró las sabanas aferrando sus manitos en ellas, mientras miraba con verdadero pavor a Esme, que se había sentado junto a él en la cama ―Juro que no lo haré…

Eso está bien ―acotó ella, guiñándole el ojo. Para alentarse, había bebido casi media botella de Pinot e inhalado una línea de cocaína, lo que además de su abstinencia por varios días fuera de su papel de dominatrix, la alentó a tomar la decisión de comenzar con su trabajo de persuadir a su muchacho.

Se acomodó junto a él y jaló las sabanas que Edward mantenía aferradas a sus manos, las que consiguió que él soltara. Cuando lo hizo, lo abrazó por los hombros con una mano, mientras que la otra se metía bajo las sábanas en busca de la entrepierna del muchacho, que pegó un respingo y comenzó a transpirar helado. Fijó sus ojos pavorosos justo en la pared del enfrente a la vez que su respiración se hacía irregular y un sorpresivo deseo de llorar le quemaba el pecho.

El miedo del muchacho que Esme sentía en el aire, era un aliciente que generalmente la provocaba cada vez que un chico virgen y sin experiencia llegaba a ella. Edward tenía casi doce años y su cuerpo estaba comenzando a experimentar cambios… su cuerpo iba a formarse, iba a adquirir porte y fuerza, y su mente ahora ingenua también comenzaría a comprender las cosas de la vida, donde el sexo tenía un lugar determinante, y nadie podía negar eso. Entonces ella estaría ahí para enseñarle esas cosas.

Mi Edward, niño hermoso ―le susurró al oído, mientras su mano encontraba la cintura del pantalón de dormir y se adentraba en busca de lo que ella llamaba su tesoro. Él apretaba los dientes y abría los ojos, quedándose quieto como una estatua, con el miedo arañándole la garganta. ―Amo tus ojos que brillan cuando me miran… amo tu rostro y sus facciones que poco a poco van definiéndose. Amo tu inteligencia y tus manos virtuosas… ¿te amo, lo sabes?

Pero él no escuchaba porque un zumbido bloqueaba sus oídos, zumbido provocado por el pavor.

"Abuelito, abuelito… qué está pasando… sácame de aquí, sácame de aquí…" rogaba el niño, mientras ella seguía con su mano apretando el pene del niño.

Tu cuerpo está cambiando y tendrá necesidades, mi cielo, y yo como siempre las supliré todas… ―besó su mejilla por largos minutos ―y yo me convertiré en una de tus necesidades.

Eso era lo que ella quería, que él la necesitara, que con el tiempo ese amor creciera y se convirtiera para él en una necesidad vital, pensaba mientras su mano hurgaba bajo su pantalón y apresaba entre sus dedos el miembro de Edward, moviendo de arriba abajo, provocándolo y así explicarle que esas sensaciones eran algo maravilloso que ella le enseñaría a disfrutar.

―No es nada malo, mi vida… ―le susurraba al oído una y otra vez, cada vez que logró entrar al cuarto del asustado niño, esto hasta que el niño en cuestión abrió los ojos ante la realidad.

Esmerald estaba segura que poco a poco Edward cedería a los placeres que ella prometía darle, pero contrario a eso, el chico decidió hacerle caso a su intuición y acabó por levantar ese muro entre ambos, el que nunca más pudo derribar. Se convirtió en un chico desconfiado y hermético con ella, revelándose a medida que pasaba el tiempo y la madurez iba arrebatándole los últimos vestigios de la niñez enlodada por los abusos de Esmerald que lo obligaron a crecer de un sopetón.

Tuvo que lidiar con un adolecente rebelde y malhumorado por cerca de cuatro años, quien que cada vez que podía le enrostraba en la cara lo desgraciado que era de vivir allí con ella, y de lo mucho que la odiaba después de entender que lo que ella le había hecho era un delito. A veces pasaba meses viviendo en casa de su amigo Jasper, amistad que había forjado en ese país e hijo de un importante matrimonio de diplomático que no cuestionaban mucho el hecho que el joven músico pasara tanto tiempo en casa de ellos. Cuando Esmerald le reclamaba ese hecho, él le recordaba sobre sus abusos y amenazaba con contar la verdad, por lo que ella callaba y lo dejaba.

Sus planes con Edward se habían ido por el inodoro y su rabia por ello la canalizaba a través de los encuentros sexuales con sus perros, sobre quienes desataba su rabia, usando variados elementos que dejaba caer con fuerza sobre el cuerpo de éstos hasta hacerlos sangrar. Ellos no rechistaban en nada porque sabían cuál sería el premio por soportar el dolor…

"El dolor es directamente proporcional al placer: mientras más dolor soporten, más placer serán capaces de disfrutar…" les enseñaba ella, como la maestra que decía ser.

Una tarde, mientras ella bebía una copa de vino en la mesa cuadrada del comedor del apartamento, apareció Edward entrando al lujoso apartamento decorado con muebles Luis XV, azotando la puerta de entrada y caminando directo hasta donde ella se encontraba. Lo miró arrugando el entrecejo cuando el mucho de entonces dieciséis años dejó caer sobre la mesa frente a ella un sobre amarillo.

― ¿Qué es esto? ―preguntó Esme a la vez que develaba su contenido, convirtiéndose ella en presa del pánico mientras observaba fotografías y fichas personales de varios jovencitos, al menos cinco, con quienes había estado durante ese tiempo.

―Eso es lo que van a recibir cuando haga la denuncia…

― ¿Denuncia?

Entonces el maduro adolecente que ya había adquirido altura y los rastros de su rostro lo estaban haciéndose ver en un atractivo jovencito, la miró desafiante desde donde se encontraba, dejando caer esta vez una carpeta color marrón, que Esme se apresuró en abrir también.

Es lo que vas a firmar a cambio de mantener mi boca cerrada. Es una autorización que redactó un abogado para salir del país y regresar con mi abuelo…

― ¿Qué abogado hizo esto?―miró a Edward, temblando por imaginar lo que él podría haber dicho ― ¿Qué fue lo que le contaste?

―No te importa. Fírmalo de una vez.

Esmerald tiró la carpeta de regreso contra la mesa y miró con enojo al joven sobre que la miraba con enojo contenido. No iba a permitir que ese adolecente enojado la dominara, por mucho que lo amara.

―No haré tal cosa, ¿cómo se te ocurre que voy a dejarte ir solo de regreso? ¡Además no tienes dinero…!

― ¿No firmarás? ―alzó las cejas como asombrándose por la respuesta de la mujer ―Entonces prepárate porque llevaré esas fotografías de tus asquerosos abusos sexuales a la policía y además se los enseñaré al padre de Jasper, que te recuerdo es diplomático, y a quien le pediré que asegure tu permanencia en la cárcel hasta que te pudras allí adentro

―Pero hijo…

― ¡No soy tu hijo, ladita sea! ―golpeó con su puño sobre la mesa de lacada madera ― ¡Y firma de una vez antes que me arrepienta de quedarme callado!

Esmerald tenía aquel entonces treinta y tres años y sostenía sobre sus hombros el abolengo de la familia Platt que ni con sus "incomprendidas" prácticas sexuales y privadas había logrado opacar, por lo que una demanda con esas pruébelas sería el acabose para ella y su familia, no por que fueran a encarcelarla sino por las habladurías y la dudas que recaerían sobre ella.

Supo entonces que no tenía más remedio que ceder a las demandas del adolecente que de pie frente a ella la miraba con actitud desafiante y llena de rencor que nunca lo abandonó. Así es que presa del pánico firmó el maldito permiso que liberó a Edward Masen, entonces de dieciséis años, permiso del que el entonces futuro músico hizo uso casi inmediatamente.

Apenas guardó sus pertenencias más importantes en una mochila azul, su identificación, partida de nacimiento y dinero que logró ahorrar de trabajos esporádicos y otro buen poco que el hermano mayor de Jasper había dado para él, con lo que logró comprar el boleto de avión y regresarse donde su abuelo.

Cuando eso ocurrió, cuando se vio sola ya en medio de ese apartamento vacío, Esmerald lloraba como si hubiera perdido al gran amor de su vida, a su obsesión más grande, su anhelado futuro, su enfermo deseo por ese cuerpo, mente y voluntad juvenil. Se olvidó de todo cuanto era, encerrándose en el apartamento sola y deprimida, ni siquiera haciendo caso a las interminables llamadas de sus amantes que le rogaban un poco de atención, hasta que un día, al menos diez días después de la ida de Edward, el molesto e incesante sonido del timbre la hizo levantarse y abrir la puerta, encontrándose frente a ella con un joven de entonces veintiséis años que ella conocía muy bien.

Soy Peter Whitlock, hermano de Jasper…

Sé quién eres ―respondió cortante la mujer, olvidándose de las buenas costumbres que había aprendido a lo largo de su vida, dejándolo en la puerta y volviéndose hacia el interior del apartamento.

Oyó que el invitado de cabello rubio oscuro y desordenado cerró la puerta tras él y la siguió hasta la sala. Se sentó en un sofá a su costado y cruzó su tobillo sobre la rodilla, acomodándose para hablar.

Mi visita es breve y es para informarle que Edward se comunicó con Jasper y que dice que está bien, con su abuelo.

"Gracias a Dios" pensó la mujer, cerrando los ojos como si la noticia le doliera. El recién titulado abogado en tanto, no hizo caso de ese gesto y siguió hablando. No iba a dejar de decir lo que tenía atragantado en la garganta y que le hacía hervir la sangre de rabia.

Hace un mes, él y mi hermano llegaron a mí para pedir que redactara un permiso que según ellos, era para una tarea de escuela. No soy tonto y ciertamente no creí ese cuento, por lo que Jasper tuvo que contarme todo y por qué a Edward le urgía salir de aquí…

Esme lo miró tratando de simular indiferencia, cruzando los dedos de los pies hasta el dolor, evocando mesura ante lo que el joven profesional de las leyes sabía.

No puedo creer que usted haya sido tan irresponsable de creer lo que un par de adolecentes rebeldes inventaron…

Le repito, señora Platt, no soy estúpido ―entonces desde el bolsillo interno de su chaqueta, sacó una de las fotografías tomadas en una de las sesiones sexuales que Esme tantas veces mantuvo en la sala de su casa mientras el niño se encerraba en el cuarto. Era una de las fotografías que el chico había metido en el sobre que presentaría si Esme se negaba a firmar el poder, fotografías que el mismo chico había tomado después de labrar un plan con su amigo.

"Le tomas muchas fotos, y las publicamos. ¡Todo el mundo, incluido tu abuelo va a saber lo que esa vieja te hizo y sigue haciendo con otros!" había dicho Jasper a su amigo, quien en un principio estaba dispuesto a todo eso, pero probablemente el hecho de que su abuelo tuviera que enterarse de la degradación de Esmerald sobre él fue lo que lo detuvo. No iba a causarle esa pena que sabía el joven prospecto de músico, llevaría a su abuelo a la muerte. Por eso decidió tomar las fotos y guardarlas para extorsionar a su carcelera. Sería la única manera de conseguir su libertad. No le importaba que otros desquiciados y sucios jóvenes le siguieran el juego a Esmerald, él simplemente quería salir de allí.

Esme quiso morirse en ese mismo momento, cuando Peter con ojos acusatorios la miró enseñándole la fotografía. Podía haber rebatido que esa era su vida privada y que mientras ella y el hombre con quien estuviera hubiera aceptado libremente, no había nada malo, pero olvidaba que "los hombres" con los que había estado eran menores de edad, lo que constituía el delito, y al parecer Peter Whitlock lo sabía muy bien.

―Edward no sabe que mi hermano me contó todo esto. Me hizo jurar por nuestra madre no voy a denunciarla y ese juramente no me hubiese detenido ni me detendría en hacerlo. Pero sé que no tengo pruebas suficientes, que ni el mismo Edward estaría dispuesto a dar su testimonio y que el resto de los adolescentes tampoco lo estarían. No habría testigos y esas fotografías no serían suficientes para asegurar su estadía en la cárcel.

—Edward está confundido. No sabe lo que dice… Esto es un mal entendido...

Peter, molesto por la actitud de Esmerald, se puso de pie, volviendo a guardar la fotografía en su bolsillo. Esme lo miró entendiendo que el abogado no había creído en ella, prefiriendo dejar de rebatir y negar lo innegable.

―Sé por mis padres que usted se hizo cargo de la educación de Edward y que además no puede tener hijos. Quiero decirle que eso me alegra profundamente, porque mujeres como usted no se les puede permitir la bendición de concebir algo hermoso que se ocupa de entiendo qué tipo de incentivo le entrega usted a esos muchachos que acceden ser tratados como perros a cambio de un orgasmo, pero lamento que sus mentes y sus espíritus estés ya profanados y continúen siendo abusados de alguien tan… asquerosa como usted.

Usted no sabe qué tipo de daño le ha hecho a Edward, y espero que alguna vez la vida se encargue de hacerla pagar por lo que le hizo, aunque estoy segura que él mismo se encargará de hacerla pagar donde a usted más le duele.

La soledad es algo que se ha ganado a pulso y que en algún momento caerá sobre usted irremediablemente.

Después de su corto y contundente discurso, caminó hacia donde estaba la puerta de entrada, pero antes de desaparecer del todo, miró a la mujer de treinta y tantos con quien muchas veces vio a sus padres compartir en una cena o almuerzo, que siempre llamaba la atención por lucir su cuerpo esbelto y su rostro hermoso enmarcado en aquel cabello caoba claro y muy brillante… descripción de la mujer que estaba lejos de parecerse a quien había enfrentado y ahora le parecía tan fea y grotesca.

―Espero que el peso de la culpa no la deje vivir, que ese sea su castigo, ya que una denuncia sin pruebas válidas sería una pérdida de tiempo y muy poco escarnio para alguien como usted. Que tenga buena tarde… o lo que sea.

Y sin más desapareció y dejó a Esmerald envuelta en una nebulosa fría que le caló hasta los huesos y que la hizo llorar amargamente por lo que había provocado… porque había dejado ir a lo más hermoso que la vida le había podido dar: los ojos llenos de amor de un niño que en un momento la quiso como su madre y que ya nunca más la miraría de esa manera.

**oo**

Apenas alcanzó a ser consiente de cómo había subido a la cama después de haber desenterrado los recuerdos en compañía solo del vodka y sobre la alfombra de la habitación. Al menos no se había dormido sobre el suelo, lo que no hubiese resultado nada de raro después de haber bebido casi por completo la botella de destilado. Había pasado de largo durante la mañana pues al ver el reloj sobre la mesita de noche vio que eran pasadas las dos de la tarde.

―Mierda ―masculló sentándose sobre la cama, pasándose la mano por el cabello.

Se sentía con el cuerpo pesado y un dolor que partía la cabeza, pero pese a todo tenía muy claro qué es lo que debía de hacer, pues era ella una mujer de recursos y no escatimaría en gastos ni en riesgos para sacar a la puta enfermera del medio. No había manera de dejar que otra disfrutara de lo que a ella se le había negado: el amor de Edward y el gozo de la maternidad.

Antes de meterse a la ducha intentó comunicarse con James, pero el teléfono de éste sonaba fuera de servicio. Desde hace bastante que nada sabía de ese hombre y le pareció extraño pues James no dejaba pasar muchos días sin asediarla por un poco de migajas de su atención. En ese momento podría servirle de mucho contar con su fiel disposición, pero al parecer el rubio músico olvidado por la crítica había decidido hacer un viaje sin consultárselo… entonces recordó Esmerald una visita que Aro le hizo, amenazándola con tomar medidas drásticas si James volvía a acercarse a su mujer. Seguro James quedó temblando de miedo de lo que sea le haya hecho Aro y por eso decidió desaparecer. Bueno, que agradeciera que el empresario le había perdonado la vida al menos…

Por lo que tuvo que hacer por su propio medio su primer acercamiento con la correspondiente amenazante a la puta enfermera. Quería que supiera que ella estaba al tanto del embarazo si es que Edward había decidido mantenerlo en secreto para no sobresaltarla.

Comió algo liviano ante las discretas miradas de su sirvienta, que miraba con profunda preocupación la severa palidez de su patrona, que ni con maquillaje había logrado disimular.

―Ejem… señora, el señor Cullen avisó que vendría por el resto de las cosas de la niña Jane…

―Espéralo y que saque lo que necesita.

―Pero vendrá con la niña, ¿usted no estará para verla?

―Lo siento, tengo cosas importantes que atender ―respondió, dejando el plato a medio comer, levantándose y desapareciendo del pequeño comedor diario ante la triste y reprobatoria mirada de su ayudante, que negaba con la cabeza y se preguntaba cómo una niña tan amorosa como Jane podría tener una madre tan despreocupada como esa mujer, que anteponía cualquier cosa antes de ver a su pequeña niña.

―Menos mal y don Carlisle se la llevó… ―comentó para sí en voz bajita, levantando el plato de la mesa.

Esmerald conoció a Carlisle tiempo después que regresara de Londres, abogado de profesión y que para ironía de la vida, trabajaba en la Corporación por la Protección de la Infancia. Esmerald había dejado de lado su juego con adolecentes y las actividades sado, que tanta desazón causó entre los jovencitos que la seguían como perritos falderos y que rogaban incesantemente por sus atenciones. Tenía que calmarse si no quería que su vida privada saliera a la luz y fuera usada para destruirla.

Vio en el abogado de apellido Cullen una oportunidad de comenzar una nueva vida. Era atractivo y decía haberla amado desde el primer momento que la vio en una fiesta familiar donde ambos coincidieron. Además, no podía negar que ese hombre bonachón la hacía sentirse querida, como muy poca veces, sin esperar nada a cambio, simplemente el amor con el que esperaba ser retribuido por esta mujer que no tardó en darle el sí, cuando le propuso pasar la vida juntos.

Saber que su Esmerald no podía concebir hijos no significó para Carlisle un motivo para dejar de amarla, muy por el contrario, vio una oportunidad de unir el deseo de ambos por ser padres y convertirse en un frente unido.

Incesantes fueros los intentos de Esmerald de volver a acercarse a Edward, a quien volvió a ver justo después de haberse casado. Cuando se reencontró con él ya convertido en todo un adulto atractivo y exitoso, sus sentimientos se reavivaron y surgió el deseo por estar cerca de él. Pero la animadversión de Edward hacia ella seguía latente y tan o más fuertes como cuando era un adolecente, sumado a que su abuelo había ya fallecido.

―No entiendo qué haces buscándome… ―dijo Edward, mirándola con la furia de siempre un día que llegó al lugar donde vivía. Ni siquiera le preguntó cómo había dado con él. ― ¿No entiendes que te quiero lejos?

Esmerald, haciendo oídos sordos y con esa nueva vida que llegaba a asentarla, llegó hasta él con la idea que compartiera Edward su felicidad, como si entre ellos no hubiese pasado nada.

Me casé y quisiera que conocieras a mi marido. Cuando te dije que había cambiado, lo dije enserio.

No te creo ―respondió Edward, cruzado de brazos, manteniendo las distancias. Ella parpadeaba y juntaba sus manos como en un ruego, evocando los sentimientos que alguna vez él tuvo por ella.

Dale aunque sea a él una oportunidad de conocerte. No he parado de hablarle de ti y de la amistad que me unía a tu madre…

― ¿Le contaste que olvidaste esa amistad cuando me…?

―No sigas por ahí, hijo…

Edward hizo una mueca de disgusto y apretó sus dientes por la furia que sentía cuando esa mujer lo llamaba así.

No me llames hijo, porque no lo soy.

Pero ella seguía hablando como si Edward nada le hubiera dicho:

Se llama Carlisle… al menos dale una oportunidad de conocerte.

Casi contra de su voluntad tuvo Edward que recibir al abogado con quien tuvo una conexión casi inmediata. El abogado esposo de Esme invitó al músico quien estaba comenzando a labrarse una carrera, a tomar una copa y hablar de la vida. Esme nunca supo de lo que hablaron, simplemente se percató de la relación estrecha que ambos forjaron desde ese día, dejándola a ella fuera de la ecuación.

Esperaron algo de tiempo después de casarse antes de comenzar con los trámites de adopción, saltando sobre Edward la noticia como una alarma en su cabeza. Esa fue una de las pocas veces en que él por voluntad propia fue hasta la casa del matrimonio y se enfrentó a la mujer que tanto daño le hizo en su infancia.

Carlisle me dijo que habían admitido los papeles de adopción.

―Así es, después de casi un año…―estaba por contarle a Edward la ilusión que esto le hacía, cuando él la detuvo.

Escúchame una cosa, Esmerald ―Edward pasó por alto el entusiasmo de Esme y su aparente deseo de ser madre. Para él había otro asunto importante que dejarle claro a la mujer. ―Voy a estar sobre ti y sobre ese niño o niña, y si me entero que le has puesto las manos encima…

― ¡¿Por qué dices esas cosas?! ¡Ella será mi hija! ―exclamó Esmerald, como si Edward hubiera dicho alguna locura.

También decías quererme como a un hijo, maldita sea, así que no me vengas con esas cosas. Voy a estar cerca de esa niña y voy a protegerla, incluso voy a proteger a Carlisle de ti si es necesario, si vuelves a tus oscuras andanzas no tendré piedad contigo, ¿lo entiendes?

Esa fue la única oportunidad en que Edward se arrepintió de no haber denunciado lo ocurrido, al menos para que se investigara. Ni por asomo confiaba en que esa mujer estuviera cerca de ningún niño.

Así es que Edward se vio obligado a estar cerca del matrimonio, ganándose la pequeña Jane el corazón del músico, adoptándola a la pequeña como su hermana, mientras no veía objeción en que Carlisle lo llamara hijo, mientras ella nunca tuvo ese privilegio.

**oo**

Pasada la tarde y cuando el malestar por el abuso de vodka desapareció del organismo de Esmerald, salió de su casa como le había dicho a su ayudante y se dirigió al hospital en su coche, donde iba dispuesta a encontrar a la puta enfermera y enfrentársele para que tuviera miedo y se atuviera a las consecuencias de haber amarrado a su Edward, un hombre de buen corazón, con esa tan vieja excusa del embarazo.

Bajó del coche y caminó hasta el primer piso del hospital, y en el mesón de informaciones pidió le indicaran si la enfermera Swan se encontraba en el lugar. Allí sin dificultad le advirtieron que la chica estaba a punto de salir, por lo que decidió esperarla y enfrentarla en ese mismo lugar. Se sentó en un lugar estratégico en la sala de espera, donde no pudiera ser vista, pero donde alcanzara a tener la suficiente visual para verla aparecer.

Cuando eso sucedió, se puso de pie pero enseguida se sentó al darse cuenta que la maldita no iba sola, sino flanqueada por su amiga de siempre y el doctor con quien una vez ella se enfrentó.

De todas formas decidió caminar sigilosamente tras ellos y se montó en su coche a esperar seguirle los pasos. Las vio a su amiga y a ella quedarse a hablar en la acera mientras el doctor desaparecía. Pensó Esmerald si era ese un buen momento, pero entonces un coche lujoso apareció, subiéndose las dos mujeres dentro. Automáticamente Esmerald puso en marcha su coche y comenzó a seguirlos.

Se alegró cuando el coche se detuvo fuera de un edificio de departamentos y vio descender únicamente a la puta enfermera, deduciendo Esmerald que ese era el lugar donde ella vivía. Sonrió y aparcó el coche en un lugar no habilitado, importándole un rábano si la multaban, y caminó detrás de la chica, con la suficiente distancia para no ser vista.

La vio entrar en un departamento y cerrar la puerta, no demorándose ella en golpearla y ver a Isabella aparecer al otro lado. Por su rostro sonriente parecía esperar a alguien más, sobre todo por la forma en que sus rastros poco agraciados ―según Esmerald― se contraían.

―Qué hace usted aquí ―dijo ella, tratando de emplear un tono firme de voz, que parece no resultó muy bien.

Esmerald miró a Isabella de pies a cabeza antes de entrar al sin permiso dentro del pequeño e insignificante apartamento, mirando con desprecio el entorno antes de plantarse frente a la chica con toda la prepotencia que la caracterizaba.

―Vine a advertirte sobre las consecuencias de haber enredado a mi hijo y hacerle creer que el hijo que esperas es suyo.

Los ojos de Isabella se abrieron y el pecho de Esmerald se hinchó al ver el miedo en el rostro de la muchacha. Sonrió triunfante y continuó con la advertencia, elevando la voz a medida que sentía ganaba terreno y veía como el temor empequeñecía aún más a la putita:

―Lo tuviste en la mira desde la primera vez, cuando era un hombre felizmente casado, matrimonio que tú arruinaste por si lo has olvidado…

―No le permito que...

― ¡Cállate! Vine aquí para que me oyeras y no para oír tú balbuceo. Aléjate de mi hijo ahora que es tiempo, antes que Aro se aburra de esperar y venga por ti, arrasando con todo lo demás.

Al nombre de Aro, Isabella pegó un respingo y se abrazó cubriendo su vientre. Podría sentir las nauseas y el sudor helado correr por su columna vertebral. La enfermera había olvidado el nombre de Vulturi en esos días, donde la felicidad, la esperanza y todo eso había inundado su mundo, pero ahora que esa mujer reaparecía trayendo consigo amenazas e incluyendo el nombre de Aro, parecía sentirse enferma.

La chica estaba a punto de desmayarse mientras Esmerald seguía teniendo el control de la situación allí, levantando la voz y evocando una serie de maldiciones para la chica, alzando sus brazos para darle más teatralidad al asunto, no intuyendo que una verdadera fiera venia acercándose por el pasillo hacia ese mismo lugar… porque una verdadera madre es una fiera a la hora de defender a sus hijos, y eso le demostró Renée cuando apareció por la puerta, acompañada ni más ni menos por el mismísimo Peter Whitlock, que tras el cuerpo enervado de Renée, se cruzó de brazos y miró con enfado a la mujer a la que nunca más hubiese deseado ver. Por la forma en que Esme efectivamente guardó silencio y por cómo lo miró, recordó que ese abogado conocía su verdad.

― ¿Quién es esta vieja? ―gritó Renée, levantando la barbilla y tomando ahora ella el control de la situación.

Renée había alcanzado a oír suficiente para saber que esa vieja, como la llamó, estaba maltratando verbalmente a su hija y eso ni por asomo lo permitiría. Podría ser ciega y faltarle todo el recorrido que a una mujer de abolengo como sabía lo tenia esa mujer, pero ella ahí era la dueña de casa y como se dijo, no permitiría que nadie en ninguna parte y bajo ninguna circunstancias le gritara a su niña.

Mientras Renée se preparaba para la ofensiva, en la cabeza de Esme seguía retumbando el apelativo "vieja" que esa mujer había usado para referirse a ella.

―No… ―titubeó Esmerald, evitando mirar al abogado que no le quitaba los ojos de encima ―No le permito que me llame así…

― ¿Y yo no le permito que trate así a mi hija! ―respondió Renèe rugiendo como mamá leona, defendiendo a su hija. ― ¿Esto le enseñaron en los colegios caros donde estudió? ¿Tratar así a las personas, bajo amenaza, como si fuera una matona? ¿O es que en verdad lo es? Yo diría que sí por su forma tan villana de hablar… con razón Edward no la quiere cerca…

―Usted no sabe…

Intentó tomar la palabra Esme, aunque ya no con la misma potencia de hace un rato, pero Renèe simplemente no la dejaba. Intuía cosas muy feas de esa mujer, mas allá de lo que alcanzó a oír desde el pasillo.

― ¡Usted es la que no sabe ubicarse! Su hijo ya es adulto, igual que mi hija, lo mejor sería es que los dejara en paz vivir la vida que ellos eligieron. ¿O qué se cree?

La madre de Isabella era un poco más pequeña en estatura que Esmerald, pero en ese momento parecía haber crecido tanto que podía sentir hablando sobre la mujer a quien sabía ahora muy nerviosa por sus palabras que no dejaban de salir de su boca. Ni siquiera la ceguera fue algo que jugara en contra suya, pues en ese momento se sentía tan fuerte, que parecía era capaz de echar abajo el edificio con sus duras pero certeras palabras.

Ni siquiera Peter había tomado partido por Renèe porque supo que no lo necesitaba. Lo que si hizo fue acercarse hasta Isabella y tomarla por los hombros, mientras la chica alucinaba observando a su madre, una verdadera guerrera de tomo y lomo, desenvainar su espada y defenderla de la bruja, a la que logró acallar con el poder de sus palabras, o más bien con la potencia de sus rugidos. Se atrevió incluso a mirar a Esmerald, que tenía una mano en su cuello y observaba a Renèe con ojos ofendidos, haciendo el papel de víctima que a ella le encantaba pero que en ese lugar nadie creía.

―Espero que le haya quedado claro primero que mi hija no está sola, y segundo que usted no es bienvenida en ninguna parte donde nosotros estemos. Y le advierto que si hay una próxima vez, olvidaré mis modales de señora educada así como usted ha olvidado los suyos.

―Usted debería estar de mi parte, ¿O acaso su hija no le ha contado como es que ella atrapó a mi hijo…?

Iba Isabella a protestar, pero su madre tomó la palabra en su defensa como fue la tónica durante esos últimos e interminables minutos.

― ¡Vaya a otro con ese cuento! Esa es historia vieja y por supuesto que estoy al tanto, pero sepa usted que ellos pagaron por ello, no fue fácil para ninguno de los dos. Ahora están juntos como debe de ser y será mejor que se olvide de ellos si va a seguir fastidiándolos… ¿o será que es otra cosa la que le molesta a usted?

Isabella dio un respingo y Peter alzó sus cejas, no sabiendo si Renèe sabía el sucio secreto de Esme como para decir aquello, lo que lo hacia concluir que la madre de la enfermera era una mujer muy intuitiva… y por Dios que le encantaba eso.

― ¡Ahora lárguese de mi casa o aténgase a ser corrida a punta de escobazos! ¡Largo de aquí!

Esmerald no demoró en optar por salir por sus propios pasos de ese indigno lugar, no sin antes lanzarle una mirada de repudio a Isabella, evitando ciertamente mirar al abogado que nunca le quitó los acusadores ojos de encima.

Cuando desapareció, el único hombre cerró la puerta mientras Renèe extendía los brazos en busca de su hija, la que corrió a su encuentro refugiándose en su regazo. Ambas habían llegado allí para recoger a Kal-El y algo más de ropa, coordinando en encontrarse después que Isabella saliera del trabajo. Renèe en tanto había recibido la sorpresiva vivita de Peter, cuya presencia desde la celebración de la fiesta de Navidad, se estaba haciendo más que habitual.

―Mi niña, ¿estás bien? ―preguntó Renèe algo preocupada, acariciando el corto y suave cabello de su niña.

Isabella en tanto asentí y parpadeaba, totalmente anonadada, mirando a su madre como si fuera una criatura de otro planeta.

―Sí… ¡Dios, mamá, eso fue increíble!

― ¡Bah! ¿Tú crees que me iba a quedar de brazos cruzados sin defender a mi niña?

―Esa mujer habla por hablar, porque no le queda de otra. Lo único que me da miedo es que… ella urda con Aro algún plan para…

―Isabella ―intervino el abogado, conmovido por el amor de madre e hija ―estás protegida y estaremos al tanto de lo movimientos de ese hombre. Además dentro de poco se le hará llegar una orden de alejamiento. Si incumple esa norma vamos a caer sobre él como ave de rapiña y va a arrepentirse de haberlo hecho. Su nombre saldrá a la palestra con todo su historial y eso no es bueno para alguien que cuida tanto su perfil.

Renèe sonrío contagiada por la seguridad que su amigo abogado expresaba a través de sus palabras. Ese hombre pagaría por lo que le había hecho a su hija, el mismo Peter se lo había prometido después de hablar ambos del asunto, y ella estaba ansiosa por ver eso. Si tenia la oportunidad, también le diría unas cuantas verdades a ese tipo…

―Mamá, gracias por defenderme ―Isabella besó la mejilla de su madre y pasó sus dedos por ésta, antes de mirar a Peter y sonreírle también en agradecimiento. ―Gracias.

―Estoy a sus ordenes, damas ―respondió el varón, haciendo una señal militar con su mano sobre su frente.

En tanto Esme, iracunda, se metía a su coche y lanzaba maldiciones a la ciega maldita que se atrevió a hablarle de esa manera y decirle vieja sobretodo. ¿A caso no sabía quien era ella? Ah, pero cuando hablara Con Aro y éste finalmente tomara cartas en el asunto, le iba a bajar el espíritu guerrillero a esa vieja y a la puta de su hija…

Por eso que dirigió su coche al sector más exclusivo de la ciudad, donde se encontraba la mansión de Aro Vulturi. Estaba ansiosa de hablar con él y verle la cara cuando le contara la noticia que a ella la dejó helada.

La recibió la ama de llave de la enorme mansión y la hizo pasar a la sala, advirtiéndole que el señor Vulturi se reuniría con ella en unos momentos. Le ofreció algo para beber, declinando Esmerald.

Como siempre, Aro apareció luciendo una resplandeciente sonrisa que ella haría desaparecer de una sola vez cuando le dijera el motivo de su visita.

Usando un pantalón de vestir negro y una camisa azul cielo fue que recibió Aro a su invitada, pareciéndole curioso que hubiera llegado sin anunciarse. ¿Sería que la buena Esme venía a él por su regalo?

―Mi querida Esmerald, siempre es un placer verte ―se inclinó tomó su mano y besó el dorso de esta, sin quitarle sus ojos de encima a al mujer que adoraba ese tipo de empalagosas palabras hacia ella. ― ¿Ya te ofrecieron algo de tomar?

―Sí, pero no quise nada, estoy bien así.

Aro tomó ubicación junto a ella, dejando su mano confianzudamente sobre la rodilla de la mujer, que se estremeció un poco ante el ardiente toque de la mano del hombre sobre ella.

―Y dime, querida, ¿es esta una visita de cortesía?

―Me temo que no… y lamento ser yo quien vaya a hacer esfumar tu buen humor con lo que tengo que decirte.

Aro alzó las cejas e inclinó su cuerpo hacia ella, estrechando sus ojos a la espera de lo que ella tuviera que decirle.

―Soy todo oídos, querida mía.

Esmerald inspiró y soltó la bomba:

―Isabella está embarazada.