N/A: Este capítulo (y los que le siguen) va(n) sin Beta. Así que avísenme de cualquier error, incoherencia o frase que no se entienda bien.

Quiero agradecer a mi hermana, Marisa, por ayudarme con algunas correcciones. Mil gracias.


Capítulo 3


Una vez enunciados los términos del juego, Soyo creyó que las cosas marcharían exitosamente, y hasta de forma natural, con respecto al descubrimiento de la "admiradora secreta". Pero pronto se daría cuenta de que su bien elaborado plan, no sería llevado a cabo de la manera que ella había proyectado.

Tienes que darme un nombre, tonto. Un nombre de persona, no de animal. ¿Qué, acaso no fui clara?

¿Estás diciendo que los animales no tienen sentimientos? Penny los tiene.

Penny —como le había puesto de nombre un grupo de segundo año, el día que la vieron por primera vez— es un travieso y adorable perro callejero que, de vez en cuando, se infiltraba en el patio del colegio, en busca de limosnas con sabor a pollo o, si estaba de suerte, de carne.

Pero yo dije…

Penny es un nombre y es de mujer. Me insultaste ayer porque mencioné a tu amigo cuatro-ojos.

Eso no tiene nada que ver. Esto es esto, y aquello es aquello[1].

Penny me ama. ¿Lo ves? señalaba con la mirada, mientras le rascaba detrás de la oreja y el perro se regodeaba. Gané el juego.

¡Que no, idiota! Ahora por eso, tendrás que cumplir un castigo. Estúpido.

Acostada sobre el césped, y detrás de unas densas ramas de arbusto (que tuvieron que ser sacrificadas, por una "justa causa"), Soyo observaba la escena con lujo de detalle desde una distancia segura y discreta.

En una mano sostenía un precario sandwich de huevo y arroz al que, de tanto en tanto, le daba unos buenos mordiscos sin prestarle del todo atención. En la otra mano llevaba unos binoculares de alta tecnología que hasta poseían visión nocturna. Y frente a ella, sobre el suelo, a pocos centímetros, tenía un estrafalario aparato conectado a unos auriculares cuyo fin era captar todos los sonidos cercanos, en un radio de noventa metros[2]. De esa manera, no se perdería de ningún detalle de la absurda conversación que mantenía su mejor amiga con su querido "amado".

Tenía, incluso, unas finas marcas verdosas en las mejillas, como un vago intento de camuflaje.

"Demonios, esto no está yendo nada bien —pensaba una y otra vez—. Tendré que hablar con ella muy seriamente. ¡Le quita todo el romance al asunto! —se quejaba, indignada por lo que lograba oír".

Oh, qué tragedia. ¿Y cuál es tu maldito castigo? —inquiría el chico, sin mucho interés.

Bueno, tendrás que comprarme algo como… una tira de sukonbu —respondió su amiga, con rapidez. Se quedó en silencio un instante, con aire pensativa, y luego se corrigió—. No, mejor aún, ¡una caja entera!

Así que te funciona el cerebro, después de todo. Creí que lo tenías averiado.

¿Acaso el tuyo funciona? —contraatacó—. ¿No llevas cuatro intentos fallidos, grandísimo idiota?

No es mi culpa que le des tantas vueltas al asunto. ¿No dijiste que ibas a darme pistas?

Ahora no. —La vio sacar su pequeño anotador del bolsillo y ajetrear con prisa las minúsculas páginas—. A ver… eso tendrá que ser… más adelante. Cuando falles en tu segunda ronda.

¿Lo llevas todo anotado ahí?

Soyo tragó en seco y sus ojos casi traspasan el vidrio de los binoculares, queriendo descifrar la expresión neutra del chico.

Se me olvidaría si no fuera así —contestó la adolecente de lo más tranquila. Pocas cosas lograban perturbarla, a excepción de las veces en las que se le extraviaba "por casualidad" su almuerzo, o cuando se daba cuenta de que le faltaban algunas pertenencias y sabía que el culpable había sido un muchacho de un grado mayor.

¿No me digas que las reglas del juego fueron inventadas por ti?

A Soyo le pareció que se le caía el alma a los pies, y una gota de sudor le rodó copiosamente sobre la sien. Estaba segura de que sabía algo.

Qué pregunta. Mira que me pasé toda una noche pensando estas estúpidas reglas para… para que averigües eso que tienes que averiguar. ¿Por qué tienes que ser tan idiota? Date cuenta de una vez, así terminamos con esto.

Entonces dime quién es.

Se supone que ese es tu trabajo —dijo ella, y se cruzó de brazos, en clara señal de molestia.

Aun desde lejos, la joven "espía" podía ver el rubor de sus mejillas encendidas. Aquel panorama le parecía tan tierno, que incluso le daban ganas de estrujar esos pompones entre sus pequeñas manos. Sin embargo, no podía ver con claridad el rostro del chico, que se mantenía inclinado, mientras le daba una última caricia al perro que se había ganado el cariño de todos los alumnos. Al ponerse finalmente de pie notó que su amiga le daba la espalda y juraría que se trataba de una táctica para que él no se percatara del aumento de color en su rostro.

Bueno, ya. Me debes una caja de Sukonbu, y lo quiero para mañana —sentenció, decidida y con firmeza. Sin darle tiempo a que su acompañante rechistara, añadió: —Y no quiero quejas. Este es tu castigo por hacer de idiota. —Y se fue sin decir nada más, dejando a una solitaria figura en medio de un rincón olvidado.

La escena transcurrió tan de prisa que apenas tuvo tiempo de levantar sus cosas del suelo, en busca de su disgustada compañera.

Cuando al fin la halló, después de haber recorrido medio colegio, aún encontraba vestigios de enfado en el rostro y, al negarse a hablar sobre el tema, comprendió que lo mejor era esperar hasta otro momento.

ooOoo

Para la mañana siguiente, la expectativa de un presente comprado por el mismísimo Sougo Okita —para quien Soyo creía que sería el futuro amor de su vida— era tan grande que apenas si se podía mantener lúcida durante las primeras horas de clase. Su mente no dejaba de divagar sobre incontables frases que había oído en telenovelas, paseos bajo la escasa luz del Sol, picnics a la sombra de un gran cerezo y miradas que podían atravesar como una espada láser.

Más de una vez, tuvo que ser devuelta a la realidad por uno que otro compañero para trabajar en las actividades del día o para ser consultada por un ejercicio del cual no estaba ni enterada; o a veces hasta del propio docente de la clase, quien podía identificar claramente la ausencia mental de su alumna.

Su ensoñación era tanta que apenas notó el sonido de la campanilla que anunciaba el ambicionado pase hacia unas pizcas de libertad. Y junto con él, uno de los protagonistas de su "novela" personal.

—¡China! —oyó de pronto. El llamado provenía directamente desde el umbral de la puerta. La sorprendió tanto a ella como al resto de la clase, y, también, a la aludida en cuestión. Solo que la sorpresa de dicha joven se concentraba más en el voluminoso paquete que el recién llegado traía en su mano.

Si bien no era habitual que la pesadilla del rector Hijikata se presentara en un aula, dos años menor al suyo —y por eso el asombro de la clase—, tampoco representaba un hecho "extraordinario" para Kagura, quien apenas se había inmutado por su entrometida presencia.

No hizo falta mediación de palabras; estaba todo dicho entre ellos. Él sólo le arrojó el paquete a la chica sentada en medio del salón y desapareció en el pasillo como una burbuja en el aire.

Automáticamente, Soyo se giró ciento ochenta grados hacia su amiga (quien estaba sentada justo detrás de ella) y la miró conmocionada, disgustada por el pobre sketch[3] que acababa de presenciar.

—¿Pe-pero qué ha pasado aquí? ¿Y el romance? ¿Y el suspenso dónde quedó? —preguntaba ella, desilusionada.

—¿De qué demonios hablas? —cuestionaba Kagura, abstraída en el abultado objeto que habían capturado sus manos. Le daba vueltas a todo el paquete. Soyo imaginaba que estaría preguntándose si realmente encontraría dentro a su querido precioso. Después de todo, no sería una locura creer que el contenido podría haber sido sustituido, a modo de broma; y más teniendo en cuenta de quién provenía.

—¿Pero eso es todo? —Soyo aún continuaba en estado de shock. Ni siquiera se acercó para dártelo. Creí que te citaría en el jardín, a solas, y te lo entregaría después de platicar un poco, mientras caminan alrededor de un árbol y…

—Vamos… ¿En qué andas pensando? Te dije que dejaras ese dorama de las doce. No es apto para todo público —le recriminó, mientras conseguía sacar una de las tiras (comprobando que eran reales), para luego llevárselo a la boca.

—Es a las diez, y sí es apto para todo público. Lo ponen a esa hora porque hay más audiencia —reprochaba, haciendo un puchero—. Pero esa no es la cuestión aquí…

—La cuestión es que él cumplió con lo que debía. Diablos, no me imaginé que cediera tan fácil. ¿Qué podría pedir para la próxima? De ser así, le daré pistas falsas para que falle. ¡Hasta podría pedir un Iphone!

—¡Kagura!

—Espera —la detuvo, consultando el reloj de su móvil—, tenemos sólo catorce minutos para disfrutar del receso. ¿Quieres pasarlo aquí o en el patio?

Soyo reflexionó tan apresuradamente como se lo permitían. Echó un rápido vistazo a su atestado alrededor y decidió que lo mejor sería encontrar un lugar para hablar a solas.

Al salir, el comentario bullicioso sobre el apuesto muchacho —según lo que lograba oír— que acababa de irrumpir en el salón, también afectó a varias compañeras de clases, que soltaban suspiros sentimentales cuando pasaban a su lado.

—Será mejor que te des prisa. A este paso, alguien podría robártelo, amiga. No dejes que ninguna te venza —advertía, preocupada, cuando llegaron a destino.

—Soyo, amiga, no lo conoces como yo. Sólo le gusta divertirse con la primera idiota que muestra señales de "fiebre rosa" por él. Se dedica a maltratarlas con sus juegos sádicos. Ah, pero se equivoca si piensa que funcionará conmigo. No a mí, maldita sabandija. Lo haré pedazos en cuanto…

—Kagura —la interrumpió, reprochante. Con ello consiguió captar su atención, y prefirió aprovechar aquellos breves segundos, antes de que perdiera el hilo de la conversación otra vez—. Tenemos un trato para asegurarnos de que no lo intente. Por otro lado, el objetivo del juego es otro, ¿lo recuerdas? —Habló de forma lenta y pausada, con la esperanza de que sus palabras le hicieran comprender el porqué de todo ese embrollo.

Ella dudó. Se metió otra tira de alga en la boca y miró al suelo, como queriendo descifrar un enigma difícil de resolver.

—Bien, tienes razón. Mañana seguiré con ese tema.

—No —se escandalizó de pronto—. Debes ir hoy, durante la hora del almuerzo.

Pero ni con súplicas pudo convencer a su testadura amiga, ya que había decidido deleitarse todo el día con su preciado tesoro.

ooOoo

—Bueno, repasemos. ¿Qué harás hoy, Kagura?

—Golpear a ese idiota hasta que se desmaye. —Sin que pudiera evitarlo, la palma de la mano derecha de Soyo fue a estrecharse estrepitosamente contra su propia frente, dejándole una rosada marca temporal como recompensa.

—No, no. Eso no es lo que acordamos. Vamos, concéntrate.

Oyó el enérgico suspiro de su acompañante, exasperada por su próximo encuentro.

—Le daré una pista y le pediré que me tire otro nombre, ¿sí? Ya lo entendí; pero aun así lo golpearé.

—Bueno, pero que no sea muy duro, ¿eh?

ooOoo

Es hora de "jugar", idiota. Dime otro nombre.

Kagura se encontraba de pie, con las manos en la cintura, en un rincón solitario del colegio que pronto comenzaba a convertirse en el centro de reunión habitual con su rival. Delante de ella, una figura desplomada sobre el césped la miraba con el ceño fruncido y con una flamante hinchazón en una mejilla izquierda.

¿A qué demonios vino eso? —interrogó el muchacho que comenzaba a ponerse de pie.

Un saludo, claro. Por cierto, la próxima vez que quieras hacer de estrella de cine, no me involucres, ¿entendiste?

Una delgada línea curveada se dibujó en los labios del chico.

¿Acaso no te gustó ser la envidia de la clase? —El sarcasmo y los desaires eran la principal fuente de alimento para su creciente ego. O eso es lo que su amiga siempre le decía a Soyo, y esta no podía evitar estar un poco de acuerdo con esa teoría.

¿Envidia? No te creas tanto, muchas estarán ciegas pero no subestimes a todo el circo.

Soyo estuvo a punto de caerse de la rama de un árbol al tratar de reprimir una risilla ahogada. Tenía puestos los auriculares que conectaban al aparato en forma de pistola con cono en una mano, mientras que con la otra se cubría con una pequeña manta, que intentaba pasar de camuflaje entre las ramas.

Le parecía contradictorio que su amiga continuara manteniendo una distancia emocional con sus compañeras, cuando en realidad, ella también había caído en la misma telaraña.

Antes de que el chico pudiera replicar algo más, Kagura se apresuró a salir del tema e ir directamente al grano.

Bueno, no tengo todo el maldito día para andar con esto, y como no eres más que un estúpido idiota, te daré una pista. Aquí va.

Tomó aire, exhaló con fuerza y luego, con todo el valor del que era capaz de juntar en esos pocos segundos, soltó:

Es alguien con quien peleas a menudo.

La respiración de Soyo pareció haberse paralizado por un instante. Prescindiendo de los estorbosos pestañeos, se dedicó a observar cada pequeño detalle de la situación, esperando no perderse de nada.

Y estas fueron sus apreciaciones mentales:

El rostro inexpresivo del muchacho. Su amiga tratando de disimular sus nervios. La tensión viciada en el aire. Una mosca aterrizando sobre su frente y aleteando por todo su rostro. El rostro inexpresivo del muchacho. El silencio tajante entre ambos. La respiración silbante de Kagura, producto de un pequeño resfriado. Los finos cabellos castaños cayendo sobre la frente de Sougo. El viento meciendo los pliegues de la falda escolar. El rostro inexpresivo del muchacho. Los nudillos apretados de su amiga. La varonil mano en el bolsillo del pantalón negro. La creciente vena a punto de explotar en la sien de su compañera. La relajada expresión del chico. El ceño fruncido de su amiga. La mirada ausente de Okita. El puño derecho de la adolescente (el más fuerte) cerrándose con fuerza. Las lágrimas amenazando con salir a borbotones de los ojos de Soyo. El brazo de Kagura levantado con el puño en alto. La boca de él abriéndose para hablar.

Y entonces el chico dijo:

Nobume.

Soyo cayó en picada hacia el tosco y nada esponjoso suelo de tierra firme. Su parte trasera, y codos, sufrieron la peor parte de la caída.

Pero, incluso en el piso y desde la considerable distancia de diez metros, oía los "estruendos" del alboroto. Se incorporó como pudo, todavía recuperándose del descolgamiento, y se ocultó como pudo detrás del casi esquelético árbol, llevándose consigo lo que quedaba del costoso aparato de espionaje. Logró escuchar unos pocos insultos antes de que el dispositivo dejase de funcionar, y luego vio partir a un Sougo con las dos mejillas enrojecidas y convertidas en un enorme moratón.


Aclaraciones:

[1] Frase utilizada en por Yuko de XXX Holic, en el animé, en su versión español latino.

[2] El aparato en cuestión existe de verdad. Pueden buscar en Amazon como Orbitor Electronic Listening Device.

[3] Haciendo alusión a la frase "novela personal".


Reviews: Cap. 2:

I love okikagu: Muchas gracias por tus hermosas palabras, y por continuar leyéndome. Me pone muy contenta saber de ello. Eso me incentiva a seguir escribiendo. Gracias, en verdad n_n. Y con respecto a lo de Sougo, jo jo. Ya veremos qué pasa xD. De nuevo, gracias por leer. Actualizaré tan pronto como pueda. ¡Saludos! n_n/

Maru Melli: Yo me divertí mucho haciendo este el capítulo, las ideas me brotaban tan fácilmente de la cabeza. Ahora me cuesta mucho. Pero lo quiero terminar como sea. Eso seguro. ¿Errores de dedo? Mierda, y eso que lo leí como veinte veces xD. Ya lo arreglo. Gracias por decirme :). Las cuatro oportunidades no tienen límites de día ni hora. Si falla cuatro veces tiene una prenda. Te voy a dar un curso se escritura, tu ortografía es fatal xD. Nos vemos, el cuatro ya está en camino. Besos :)