Mis lindas niñas! Aquí me tienen lista para dejarles el capítulo de la semana, contándoles que falta poquito para el final.

Gracias a todas por seguir leyendo y por sus entusiasmo para con esta historia. De verdad me hacen muy feliz.

Bueno, ahora las dejo con un poco de lo que pasa por la cabeza de Aro, ya que la semana pasada fue el turno de Mami Esme... espero les guste.

Un abrazo a todas, a mi Cuchu Maritza por ayudarme con esta locura y a todas quienes siguen acompañándome.

Nos leemos prontito mis nenas.


Capítulo 37

―Dios, no puedo creerlo… ―murmuraba Edward, mientras caminaba de un lado a otro por la sala del apartamento, mientras Renée, Isabella, Peter y Kal-El miraban su ir y venir. Se pasaba una y otra vez las manos por el cabello cobre oscuro mientras su pecho subía y bajaba con fuerza bajo su camisa blanca. Maldecía una y otra vez la suerte que tuvo de que esa maldita mujer se cruzara en su camino y que no lo dejara vivir en paz.

Aquel día, cuando llegó a su apartamento, le preguntó a Isabella sobre cómo había estado el día, cuando vio una sombra atravesar su mirada, lo que le sirvió como certeza absoluta para saber que algo había ocurrido. Ella por supuesto, hubiese preferido ocultárselo, pero Edward insistió, mirando a Renée y a Peter, quien carraspeó y se alzó de hombros.

―Creo que Edward debe saberlo… ―sentenció el abogado, quien miró a Renée.

Edward inspiró profundo y estrechó sus ojos hacia la enfermera que insistía en hacerse la indiferente, mirándose la punta de sus botines.

―¿Isabella?

Entonces suspiró y supo que Edward insistiría hasta que ella le dijera lo que había ocurrido, por lo que se levantó del sofá, se puso frente a Edward y se lo dijo.

―No pasó nada, ¿Vale? Para que lo sepas antes que empieces a hiperventilar. Esmerald fue a verme al apartamento y ya sabes, lanzó todo su veneno contra mí y… ―bajó su mirada y sus manos fueron a parar a su vientre plano, sintiendo más preocupación por su hijito que por ella misma, si a esa mujer o a Aro se le ocurría trazar algún plan ofensivo.

El día anterior, Edward había tenido que soportar la irrupción de esa mujer en su trabajo y para colmo oír la sarta de barbaridades con las que ella salió, cosas que de solo recordarlas a él le provocaban tanta o más repulsión que sus recuerdos de niñez donde ella estaba presente. Se mordió la lengua para no contárselo a Isabella y preocuparla por nada, pero que hubiera llegado hasta Isabella era algo que no iba a aguantarle.

― ¡Es suficiente! ―sacudió las manos, como espantando el espectro de maldad de Esmerald ―Voy a ir hasta allí y recordarle que ella no es nadie para inmiscuirse.

Entonces Peter carraspeó y se puso de pie, acercándose al enfadado músico. Le tocó el hombro y torció su boca sin poder evitar recordar la notable actuación de la madre de Isabella.

―Creo que no será necesario, porque Renée se lo dejó bastante claro.

― ¿Eh?

Entonces Peter e Isabella le contaron cómo mamá Renée, cual fiera había saltado sobre la yugular de Esme para defender a su niña, mientras la susodicha acariciaba el cuerpo del reptil como si no estuvieran hablando de ella.

Edward pestañeó varias veces mientras oía con lujo de detalle el encuentro y se lo trataba de imaginar ―sobre todo aquella parte cuando Renée trató a Esmerald de "vieja"―, deseando celebrar la actitud de su suegra, aunque no era muy prudente hacerlo, ya que esa "vieja" tenía un aliado con el que se tenían que ir cuidadosamente.

―Seguro ella misma fue a decírselo. ―dijo Edward, mirar al abogado ― ¿Qué sucede con la demanda contra Vulturi?

―En estos días debería salir el recurso y la demanda junto a la orden de alejamiento tomaría su curso. Estamos recabando más información para hacerlo efectivo y…

Peter siguió contándole a Edward sobre la demanda que interpondrían contra Aro, no estando Isabella muy segura de que eso surtiera efecto para mantenerlo alejado. Se apartó hacia la ventana a contemplar el mar, pensando en qué podría hacer ella para que ese hombre obsesionado con ella la dejara en paz. ¿Y si lo enfrentaba directamente? ¿Si se sentaba a hablar con él y lo hacía entrar en razón por las buenas? La piel se le erizaba por completo imaginando a ese hombre levantando su venganza contra su hijo y contra Edward, porque cuando supiera de la demanda, seguro eso haría, prepararía algo para salir él como triunfador, no iba a dejar que alguien que no fuera él se quedara con la última palabra.

Se sobresaltó cuando unas fuertes manos sujetaron sus hombros por detrás, relajándose casi al instante cuando reconoció la calidez del cuerpo contra el que se dejó caer, soltando un largo suspiro.

―¿Estás bien? ―le preguntó Edward al oído, rodeándole por la cintura y descansando sus manos justo en el estómago de ella. Isabella puso las suyas sobre las de Edward, sin quitar la vista del horizonte y evocar la calma de la vista.

―Lo estoy. Solo me preocupa lo que él pueda hacer… ya sabes.

―No podrá hacer nada, tendrá que pasar por sobre mi cadáver.

―No quiero que pase sobre tu cadáver o sobre el de nadie.

—Es solo un decir… eso no pasará, así que tranquilízate.

Se mordió el labio con fuerza y se giró para ver el rostro de su amado, que intentaba esconder su preocupación.

―Y si… —carraspeó y puso sus manos sobre el pecho de Edward, mirándolo a los ojos ―y si yo trato de hablar con él, no sé…

― ¡Jamás! ―exclamó Edward con vehemencia, sacudiendo la cabeza y mirando a la loca mujer que aún mantenía envuelta entre sus brazos con furia ―No vas a hacer eso, tienes que jurármelo.

―Pero…

― ¡Pero nada! ―insistió Edward, a punto de perder la calma ―Soy capaz de matarlo si te pone la mano encima, y no estoy hablando en el sentido figurado, Isabella, así es que si no me quieres ver en la cárcel, debes prometer que no vas a hacer ninguna barbaridad, ¿entendido?

Estaba enojado. Esa es la conclusión que sacó Isabella, por lo que decidió no seguir insistiendo.

—Está bien ―susurró ella, bajando la cabeza.

Edward chaqueó la lengua y la apretó a su cuerpo, hundiendo su nariz en el hueco de su cuello, inhalando el delicioso perfume a lavanda que lo volvía loco en el fulgor de la pasión y lo calmaba cuando se sentía desesperado, como ese momento.

Decidió entonces olvidarse del asunto de momento y preocuparse de lo realmente importante:

―Mejor dime si hiciste la cita con el ginecólogo. Ya quiero una foto de mi hijo…

Eso hizo refulgir una linda sonrisa en Isabella que contagió al músico, adorando éste la ilusión que era para ambos la noticia y lo entusiasmados que estaban con la idea de que ese niño o niña llegara a sus vidas.

―Es muy pequeñito para una foto, como le dices. La ecografía mostrará solo un porotito…

Edward soltó una carcajada al nombre que ella le dio a su pequeño hijo.

―Porotito o lo que sea, yo sé que ahí está mi hijo y quiero tener una foto de él en mi billetera.

Isabella entonces asintió y pasó de arriba abajo sus manos por los brazos firmes de su amado por sobre la tela de la camisa.

―La cita está hecha para finales de esta semana. Ahí me harán una ecografía y podrás tener la foto de nuestro porotito.

―Oh, sí… ―sonrió, besando los labios de su mujer, deseoso de ver el crecimiento de su hijo y oír el latido de su corazón.

Dejaron a Renée arreglando su ropa en el cuarto que ella ocuparía después de que despidiera a Peter, agradeciéndole su gesto de acompañarla hasta su apartamento, prometiendo que iría al despacho de Carlisle para agilizar los asuntos de la demanda y obtener protección para Isabella.

La pareja en tanto se fue a descansar mientras él le contaba cómo había estado su día en el trabajo y lo entusiasmado que se sentía de regresar a enseñar a las aulas de la universidad. No se dio cuenta, pero mientras se le contaba, Isabella se fue relajando hasta el punto de quedarse profundamente dormida. Había trabajado, corriendo de un lado a otro y después había ido a su viejo apartamento a buscar ropa, atravesando por un mal momento. Pero ahí había estado, afrontando ese momento con valentía, y todo eso le había pasado la cuenta, agitando su cuerpo. Pensó en despertarla mientras la veía dormir plácidamente, afirmada contra su hombro, pues no había cenado, pero le daba pena, pensando en que era mejor dejarla dormir un rato, mientras él y Renée se hacían cargo de la cena. Probablemente para Isabella resultaba igual de pacífico que para Edward, dormirse abrazado a él, sentir su pequeño cuerpo adecuarse tan bien al suyo, enfrentando el día viendo como primera cosa en la mañana, el rostro de su amado. Eso al menos le pasaba al músico, que llegaba cada mañana lleno de fuerza, con la imagen de su Isabella en la mente y el corazón, listo para ponerse en marcha con su trabajo en la universidad.

Lo primero que hizo fue saludar a un par de colegas a quienes no veía desde la última vez que estuvo impartiendo clases allí, justo antes de que su ex esposa cayera en el hospital, por lo que la llegada del maestro tenía a los docentes y sobre todo a sus alumnos muy entusiasmados.

Vestido de negro y ante las protestas de Isabella que decían que llegaría el primer día a amedrentar a sus alumnos, respondiendo él con altanería que "Así debía de ser". Ella le dio un pellizco en el brazo, pero enseguida le rodeó el cuello con los brazos y dejó un beso de buena suerte en su primer día de regreso en la universidad.

Para relajarse y después de dejar el pequeño despacho de la facultad que antes siempre ocupó ahí, se dirigió hasta uno de los auditorios donde sabía había un piano, pensando que sería una buena manera para concentrarse. Los auditorios de música allí tenían una buena acústica, pues la madera predominaba en las construcción de éstas, siendo un buen lugar para practicar, y ya que aquella era una universidad pública, los auditorios generalmente estaban abiertos a cualquier persona que deseara entrar a practicar con los instrumentos, con una autorización previa por supuesto, por eso que al músico no le extrañó que las teclas del piano sonaran una a una, como si algún principiante estuviera conociendo el instrumento por primera vez.

Se acercó despacio por los pasillos estrechos rodeados de algunas sillas e instrumentos dispersos aquí y allá, hasta que tuvo una visión completa del lugar donde estaba el piano, parándose en seco cuando vio el perfil de la persona que estaba sentado frente al instrumento. Éste, como advirtiendo la presencia del maestro, detuvo su ejercicio con el dedo índice contra las teclas blancas y miró justo hacia donde él estaba de pie, mirándolo. No era necesario que estuviera más cerca para darse cuenta de la tensión que estaba comenzando a dominar al profesor, que lo miraba sin ocultar su furia.

Le sonrió, esta vez no con la soltura que lo hacía siempre, pues la noticia que recibió el día anterior lo hizo sumirse primero en una profunda furia que no logró aplacar con las horas de gimnasio, golpeando su saco de boxeo ni con la larga ducha helada que tomó a continuación. Tuvieron que pasar muchas horas para pensar que aquella noticia no era del todo mala, sino una oportunidad para él y su Bella.

―Supongo que no esperabas mi visita ―dijo Aro, poniéndose en pie y caminando lentamente hacia donde Edward se encontraba.

Aprovechó de observarlo y reafirmar que ese hombre era su hijo, por su postura segura y dominante, como si no le tuviera miedo a nada. Podía verse él mismo en ese treintañero, cuando tenía él la misma edad. Y como broma del destino, ambos ese día habían elegido el negro para vestirse, ¿no era acaso esa una señal?

Edward en tanto no podía encontrar nada ligeramente familiar en ese hombre que siquiera antes de conocer, ya odiaba.

―Supones mal ―respondió el músico a la pregunta del hombre, mientras se cruzaba de brazos ―esperaba que aparecieras, ya no creo en milagros como para pensar que ibas a dejarnos en paz de una maldita vez.

―Los milagros existen, eso al menos piensa Esme, tu madre… ―dijo Aro, sonriendo como una hiena. La respuesta de Edward no tardó en llegar llena de resentimiento:

―Esa mujer no es mi madre.

―Pero te crio como si lo fueras.

―¡Basta ya! ―explotó Edward, harto de tanta cháchara ―Dime a lo que has venido y lárgate de una vez.

Aro metió las manos a los bolsillos de su pantalón e inspiró profundo, pensando en la mejor forma de enfrentar la situación con su hijo.

―Creo que debemos llegar a un consenso para evitar los épicos y literarios enfrentamientos que se dan en los libros, donde el padre y el hijo se disputan el amor de una mujer…

―¡Por Dios! ―Edward no podía creer que ese hombre hablara tanta estupidez y no podía creer tampoco que él estuviera dispuesto a escucharlo.

―No quiero hacerte daño, muy por el contrario, quiero ganarme tu afecto, quiero que conozcas a tu hermana ―Edward rodaba los ojos y bufaba mientras Aro hablaba con esa segura naturalidad que a él lo enervaba ―ella está ansiosa por saber quién eres.

―No puedo creer que estés hablando tanta barbaridad junta ―dijo el músico, caminando y pasando por su lado con afán de apartarse. Aro sonrió y se giró, caminando detrás de él.

―¿No te hace ilusión tener una hermana?

Edward se giró sobre sus talones y lo enfrentó, deseando acercársele y romperle la cara a golpes, pero antes de hacer realidad esa ilusión, Aro volvió a tomar la palabra:

―Pero por supuesto, antes de conocer a Ángela, debemos arreglar nuestra situación con Isabella.

―No tenemos ninguna situación que arreglar tú y yo, mucho menos que involucre a mi mujer…

Antes que Edward pudiera seguir hablando, Aro lo detuvo, intuyendo lo que iba a decir.

―No hables de tu mujer, cuando en realidad no lo es. Ella, años atrás, hizo un pacto de sangre conmigo, y ese tipo de pactos no se rompen tan fácilmente.

Y la primera erupción de rabia estalló en Edward, que no demoró en exclamar con la rabia que estaba comenzando a dominarlo.

―¡¿Pacto de sangre?! ¡De qué mierda estás hablando! ¿Crees que no sé cómo actúan los hombres como tú? Te aprovechaste de la vulnerabilidad de una chica, y la llevaste a tu maldito y oscuro mundo de degradación, la empujaste, y la obligaste cuando ella dijo no, extorsionándola. ¡La empujaste a dos malditos intentos de suicidio y a un aborto!

Aro apretó los dientes y respiró fuertemente por la nariz. Lo que Edward decía resumía la historia de Isabella, equivocándose el empresario al pensar que el músico no estaba al tanto de todo con tanto detalle.

―Ella tenía miedo y quería apartarse, cuando lo único que yo quería era que se quedara a mi lado…

― ¿Y te largaste dejándola sola cuando peor estaba? Los hombres como tú, se aburren de las sumisas que lloran y se quejan por todo, que empiezan a revelarse, eso es lo que te pasó, la abandonaste, ¡¿por qué maldita razón no la dejas en paz?!

―La única manera que ella esté en paz será a mi lado. Le daré la estabilidad que nadie nunca podrá darle, y seré el padre del hijo que espera…

― ¡Sobre mi cadáver! ―gritó Edward.

El tono amable se esfumó de Aro, sacando a flote su verdadera naturaleza oscura y vengativa, que pasaba sobre cualquier que se interpusiera en su camino. Incluso del hombre que él aseguraba, era su hijo.

―Entonces no me provoques Edward, y hazte a un lado por las buenas, o me olvidaré que eres mi hijo y pasaré encima de ti, tomaré a mi mujer y a mi hijo y desapareceré con ellos donde nunca puedas encontrarnos…

Eso fue suficiente. El músico, que por naturaleza no era violento, no soportó más y en dos segundos tuvo su puño golpeando el mentón del hombre a quien pilló desprevenido, desestabilizando y haciéndolo trastabillar hacia atrás. Nadie nunca se atrevió a gritarle al gran Aro Vulturi, mucho menos levantarle la mano, pero Edward tenía la suficiente valentía como para enfrentarse a ese demente y poner su propia vida en riesgo para defender a la mujer que amaba y a su hijo.

Aro, con su mano contra el lugar donde Edward le había lanzado el fuerte derechazo, lo miraba respirando pesado a punto de devolverle la mano, pero algo lo detuvo, no el miedo ni el temor a ser visto en una pelea. ¿Sería acaso la sangre que corría por sus venas furiosamente, recordándole que el hombre furioso frente a él, era su hijo?

―Vete tú y tu mierda demente lejos de nosotros, o vas a lamentarlo, Aro Vulturi ―amenazó Edward con voz ronca y oscura, mirando con desprecio antes de caminar hacia la salida con paso firme, sin siquiera darle la oportunidad a Vulturi de reclamar, no era merecedor de ese lujo.

Giró su cabeza bruscamente, viendo la espalda del músico alejarse por el pasillo hasta desaparecer, quedándose él allí con la furia burbujeándole en las venas.

Esperó un momento para tranquilizarte antes de salir del auditorio, cruzándose con un par de jóvenes que iban ingresando seguro a ensayar, chocando con ellos y sin detenerse a disculparse, llevándose miradas y exclamaciones de desaprobación por parte de los estudiantes, cuestión que a él no podía importarle menos.

Se metió en su coche y le pidió a Luis que lo llevara a casa, donde de caminó pensaba en su próximo paso, el que sería definitivo. Estaba harto de mantenerse al margen por el bien de crear una relación con su hijo a quien hace poco descubrió, relación que en nada había avanzado. Él mantenía la idea de tener a su hijo Edward y a su mujer de su lado, ya que no acostumbraba a renunciar a nada, ¿pero qué podía hacer, cuando Edward no estaba poniendo nada de su parte?

Pensó y pensó mientras seguía sintiendo el ardor justo en el lugar de su cara donde Edward lo había golpeado, pensando en hacerle muy pronto una visita a Isabella y convencerla, como ya lo había hecho un montón de otras veces antes, que lo mejor para ella era que ambos estuvieran juntos, porque así debían ser las cosas, o quizás hacerle una visita a su trabajo como lo había hecho antes… pero debía actuar rápido y prepararlo todo para salir de ese lugar, pero esta vez acompañado por ella.

Bajó rápidamente del coche sin la ceremonia habitual, caminando rápido hasta el interior de su casa, oyendo a Luis seguirle los pasos.

―Consígueme algo para ponerme en la cara ―le dijo a su hombre de confianza por sobre el hombro, dirigiéndose hacia la sala a tomarse una copa del licor más fuerte que encontrase. Al llegar, se encontró con su ama de casa sirviéndole una taza de café a Charles Spark, su abogado.

El hombre delgado de metro noventa de estatura, agradeció a la mujer y se puso de pie, extendiéndole su blanca y fría mano a su más importante cliente. Aro observó al canoso abogado con preocupación, pues intuía que su visita no era de cortesía, y si había llegado allí sin una cita previa, era porque rozaba lo urgente.

Marianne, la asistente de Aro, preguntó a su jefe si necesitaba algo, declinando él a su ofrecimiento, pidiendo que los dejara solos. A los pocos segundos que la mujer desapareció, Luis apareció con una compresa helada para su jefe, saludando al abogado con un movimiento de cabeza, no demorándose en dejarlos a solas.

―¿A qué debo tu visita, Charles?

―Me temo que no son buenas noticias las que traigo.

Aro soltó un suspiro cansado, sentándose en el sofá, con la compresa helada contra el rostro, pensando en el día de mierda que le esperaba. En tanto, el abogado ya mayor y con vasta experiencia, que conocía desde hacía muchos años a Aro, se preparó para darle los detalles de la noticia que había llegado hasta él.

―Tengo información de primera fuente sobre una demanda que se está preparando en tu contra.

―¿Una demanda?

Charles carraspeó incomodo, removiéndose sobre el sillón.

―Isabella Swan. Una orden de alejamiento en tu contra como medida cautelar por tus constantes asedios, además de… algunos asuntos del pasado que está sacando a la luz.

―Explícate

―La información que tengo es de primera fuente, pero informal. Sobre lo que he podido averiguar, ella se hizo asesorar por abogados y les contó sobre… sobre su historia contigo, dejando entrever que tú… que tú habías abusado de ella, la habrías extorsionado, y que ahora habrías regresado para asediarla.

―¡Esto es una mierda! ―gritó ofuscado, lanzando lejos la compresa y levantándose, porque no se podía estar quieto.

¿Cómo era posible que ella pudiera ser capaz de decir semejante barbaridad? ¿Qué pretendía? Mucho tiempo había dejado pasar, el suficiente para que ella se revelara y pretendiera olvidar lo que había entre ambos.

―Creo que deberíamos concretar una reunión con esos abogados y tratar de llegar a un acuerdo, de lo contrario la historia de esa chica saldría a la luz pública, y es muy probable que así sea.

―Si eso pasa, se estaría violando mi vida privada…

―Para los jueces, tu vida deja de ser privada cuando te ves inmerso en un caso como el que esa chica está develando…

―No es posible…

Dejó que su abogado siguiera hablando sobre las posibles estrategias para enfrentar la demanda y sopesando la idea de guardar silencio o hablar si esto llegaba a ser de dominio público. Él simplemente no dijo nada, no estaba para tomar decisiones, no cuando la rabia amenazaba con dominarlo.

Cuando despachó a Charles de su casa, se encerró en su despacho y se puso a pensar, mientras seguía sintiendo el ardor punzante en su barbilla, recuerdo de la demostración de rabia de su hijo hacia él.

"Mi hijo" pensó, sintiendo una punzada de orgullo en el estómago. Desde su pasión hasta su impronta de galán era algo que sin duda había heredado de él.

Inspiró profundo, se quitó la chaqueta oscura y se sirvió un vaso de brandy sentándose a continuación en su sillón de cuero negro. Necesitaba relajarse para tomar decisiones con la cabeza fría… entonces no sabe cómo, su mente viajó hacia el pasado, repasando como lo hacía una y otra vez, el momento en que conoció a esa chica que ahora era el motivo de disputa entre él y su hijo.

Recuerda perfectamente cuando la puerta de ese mismo despacho se abrió lentamente, dejándose ver el rostro pálido con forma de corazón de una chiquilla, cuyos brillantes ojos verde agua captaron su atención. Ella esbozó una sonrisa de disculpa a la vez que sus pómulos se tiñeron de rosa, desapareciendo con rapidez y dejándolo a él con el saludo en la boca. Se quedó con los ojos fijos en la puerta cerrada, con la intención de levantarse y salir tras ella, pero una llamada telefónica volvió a llevarlo al mundo de los negocios donde absorto, estaba trabajando.

Para su suerte, no fue esa la primera vez que veía a la misma chica asomar su cabeza por la puerta, saludarlo con una sonrisa ladina, disculparse por su error y salir, sin decir nada, hasta que una de esas veces la detuvo, pidiéndole que entrara.

El cabello color chocolate aquel entonces caía largo sobre los hombros de Isabella y su menuda silueta iba cubierta por un vestidito liviano, lleno de flores. Aro recuerda que la boca se le hizo agua al ver la misma mirada curiosa y algo ladina, mientras sus piernas desnudas estaban cruzadas y sus manos se sujetaban una con la otra al parecer con fuerza. Él sonrió y se levantó despacio para acercársele y presentarse como era debido. Entonces supo que no iba a pasar mucho tiempo, no iba a pasar de ese día que no averiguara qué tan afectada estaba esa chiquilla que insistía en mirarlo a hurtadillas.

―¿Eres amiga de mi Ángela? ―preguntó en tono divertido, siempre con su sonrisa en los labios, esa misma que lograba bajar la guardia de cualquier mujer.

Sí, señor.

Sonrió ante la respuesta sin querer. Muchas de sus amantes lo trataban de señor por una disposición suya, pero esta vez quería oír su nombre en el delicado tono de voz de esa chiquilla que lo cautivó apenas con una mirada.

―Soy Aro, no es necesario que me trates de usted.

Bella sonrió y descruzando sus piernas, comenzó a balancearse hacia adelante y hacia atrás, como relajándose poco a poco ante la presencia imponente del padre de su amiga.

Está bien ―respondió ella sin dejar de sonreír, salvoconducto que Aro usó para acercarse aún más a la niña y atreverse a acariciarle el rostro sonrojado y cerrando ella los ojos por un instantes al contacto de la mano de Aro contra su piel.

―No me has dicho tu nombre aun…

La chica abrió sus ojos y Aro pudo ver la forma en que éstos se habían oscurecido. Usó un tono suave y casi inaudible para darle la respuesta:

―Bella…

―Bella, qué lindo nombre… muy italiano, como a mí me gusta ―la elogió, todavía con su mano en la piel del cuello de ella, que parecía disfrutar del todo de su toque, pues nada había hecho para apartarse.

Entonces recordó la colección de piedras preciosas que le habían llevado esa mañana a su despacho. Una colección de un alto valor comercial que hombres como Aro se daban el lujo de tener en su casa.

― ¿Quieres ver algo? ―le preguntó guiándola por el codo hacia donde se encontraba la colección que estaba asentada en un costado del despacho, protegida por una pecera de vidrio. La puso frente a esta y él aprovechó de ganarse justo detrás, sujetándola por los hombros. Desde ahí comenzó a contarle de qué tipo de piedras se trataba: ―Es una colección de piedras preciosas que tiene su valor por los lugares desde donde las han traído, además del costo que por defecto cada una tiene. Ese es el zafiro, una esmeralda, un rubí…

Y siguió contándole acerca de las rocas que a ella parecía no causarle tanta admiración como a cualquier otra mujer. Sintió en cambio el temblor de su cuerpo mientras él le hablaba prácticamente al oído y se dispuso a seguir tentándola, no necesitando de más esfuerzo porque para su sorpresa, la chica en un acto de valentía o total descontrol, se giró, lo miró a los ojos, se abrazó a su cuello y estampó sus carnosos labios contra los suyos.

Sin duda esa forma de dejarse llevar fue lo que a Aro lo cautivo de esta niña que lo buscaba y que parecía hervir en deseo. Ella no se lo dijo nunca, pero al momento que ella asomó su cara por la puerta, supo que era virgen, pese a la forma descarada con la que ella se le insinuaba a partir de ese momento, ofreciéndole no solo su boca para ser besada.

A pesar de todo, a Aro no debió de haberle sorprendido la tarde en la que ella llegó de sorpresa mientras él trabajaba en su despacho, vistiendo un sencillo vestido blanco y virginal, con su cabello brillante y suelto sobre sus hombros como él le pedía siempre que lo llevara. Su hermosa niña esbozó una sensual sonrisa con esos labios cubiertos de lápiz labial rojo que encendió el cuerpo de Aro.

Pero mira a quien tenemos aquí… ―dijo, complacido al verla, mirándola con la misma hambre carnal del primer día. Se había aguantado de llevarla a su dormitorio y arrancarle la ropa a jirones para follarla como llevaba soñándolo desde el mismo día que la vio, pero mantenía a raya sus deseos para no espantar a su niña.

La chica entró y caminó despacio hasta quedar frente al escritorio donde Aro estaba trabajando. Desde ahí le lanzó un besó y coquetamente le dijo a lo que había ido.

―Vine a darte un regalo.

Aro alzó las cejas y se acomodó en su cómoda silla de trabajo.

― ¿Me traes un regalo? ¿Puedo saber de qué se trata?

Entonces ella, lentamente, levantó un poco su vestidito y frente a él con movimientos sinuosos se quitó las braguitas de algodón, jugueteando con ellas entre sus dedos, sin apartar nunca su mirada lasciva de los ojos oscuros de Aro.

El empresario pudo sentir la forma en que su miembro endurecía allí bajo sus pantalones, y como su boca se secaba. Esa niñita estaba tentándolo y debía reconocer que con muy buenos resultados, pese a no tener experiencia en el arte del sexo que hasta ese momento él insistía en conocer tan bien, hasta que Bella se apareció ante él y lo sedujo con sensualidad innata que se entremezclaba con la ingenuidad que la hacía inconsciente de lo que provocaba en él.

― ¿Me vas a dar tus braguitas para que las guarde en mi cajón, y las huela cuando te eche de menos? ―preguntó, torciendo su boca, lleno de gracia.

Si quieres, pero no es todo ―caminó a tiempo que él echaba su silla hacia atrás y dejaba espacio entre él y su escritorio, lugar donde ella se sentó de un salto.

Sin buscar aprobación o permiso, Aro deslizó sus manos grandes por las piernas desnudas de su Bella, hasta los muslos, de arriba abajo, apretando levemente. Ella se removió, suspirando y mordiendo su labio fuertemente, estirando sus manos hacia él, enredando sus dedos en su cabello suave.

Dime qué vas a darme, Bella mía.

Quiero que me tomes sobre este escritorio… ―susurró llena de lascivia ―Ya he esperado suficiente, y ahora mismo sé que no habrá nadie más que tú en mi vida a quien me quiera entregar. Ya sabes que en las noches busco complacerme pensando en ti, pero no es suficiente… yo quiero más.

La sonrisa de Aro no demoró en partir su rostro en dos, recordando la pasada noche cuando ella lo llamó y le contó la de cosas sucias que había hecho escondida en su cuarto mientras pensaba en él.

Que ella hubiese llegado a ofrecérsele de semejante manera avivó el fuego de su lívido como pocas veces antes, sintiendo que estaba a punto de perder la cabeza por apenas una niña que bien podría ser su hija por los años de edad en la que diferían. Pero ese detalle de la edad le importó un reverendo pepino, y al parecer a ella también por la forma en que disfrutó cuando el empresario, después de levantarse a cerrar con llave la puerta de su despacho, le quitó el vestido blanco por sobre la cabeza, extendiéndola sobre su mesa de trabajo, lugar exacto donde ella le dio su virginidad.

Vas a ser solo tú… por el resto de mi vida ―juraba ella jadeando, mientras él saciaba su sed con su boca absorbiendo los jugos ácidos de la entrepierna viscosa y caliente de su niña virgen.

Si ahora cerraba los ojos, podía oír con total claridad los gemidos de la antesala al momento en que él bajó sus pantalones, dejó escapar su miembro erecto y la penetró sin miramientos. Isabella soltó un grito de dolor que dijo parecía partirle el cuerpo en dos, agarrándose fuerte a los hombros de su amante buscando sustento, mientras él le pedía que aguantara el dolor, que eso pasaría. Cuando la sintió lista, comenzó a moverse dentro del prieto y caliente interior de su chiquilla, que lo apretaba con fuerza. No tardó Aro en alcanzar su liberación y no se detuvo hasta que su Bella alcanzó su primer gran orgasmo, esto cuando el dolor remitió al placer puro y duro que él le mostró.

Desde allí las cosas no se detuvieron. Cada día la follaba en los lugares y en posturas que en un principio para ella eran "inadecuadas", pero sobre las que él le demostró alcanzaría otros niveles de placer.

Mesas, alfombras, sillones, camas, puertas, capos de autos, césped, agua…en fin, todos esos lugares fueron testigos de la forma animal con la que esta pareja lograba acallar el deseo que sentía el uno por el otro.

Yo te amo Aro ― decía Bella una y otra vez, en cada ocasión que él le hacía el amor, porque Aro le asegurara que por muy duro que la follara, la estaba amando, y eso no tenía que dudarlo. Ella en respuesta se apretaba a él y lo besaba como si su vida dependiera de eso. ―Te amor, eres mi dueño y soy capaz de todo por ti…

Esos eran los juramentos que hasta ese día Aro usaba para reclamar su propiedad sobre la rebelde Bella, que en aquel entonces fue capaz de darle todo lo que él le pidió, dejando a un lado sus propios temores y el miedo a lo desconocido.

―Bella, voy a llevarte a un lugar donde te enseñaré una nueva forma de complacernos mutuamente ―le dijo el día en que la llevó por primera vez al club de sexo. Ella lo observó, pestañeando lento y asintió a los deseos de quien ella misma había proclamado como su dueño.

Cuando Isabella conoció el lugar, no podía negar que después de la sorpresa inicial de estar en un lugar como ese, donde abiertamente hombres y mujeres se acercaban y se retiraban a los dormitorios en la parte superior para follar, ya sea en privado, en grupo o dentro de lo que llamaban las peceras, entendiendo por qué los llamaban así a esos últimos lugares.

Aro la llevó por cada lugar, aferrándola de la mano, mostrándole un pasillo oscuro donde había puertas de madera oscura, que él indicó eran las habitaciones privadas. Abrió la puerta de una y ella ahogó una exclamación al ver la cantidad de adminículos que el hombre le explicó, estaban ahí para experimentar con el dolor como medio para llegar al placer.

Usaron esa habitación aquel día, enseñándole Aro el arte de la sumisión que parecía a ella le iba tan bien, porque decía confiaba ciegamente en él. No vio problema en que la atara, le cubriera los ojos e incluso la golpeara con una fusta, pues lo que sintió a continuación del leve dolor, fue un placer indescriptible como nunca antes lo había sentido. A partir de eso se vio dispuesta a aguantar flagelos que la llevaron incluso a arañarle el cuerpo hasta hacerla sangrar, o soportar que él derramara cera caliente sobre zonas específicas de su cuerpo que la quemaban, pero que para su sorpresa la excitaban.

―Mi niña, mi linda Bella… me haces muy feliz… ―decía Aro, totalmente complacido, pegado al cuerpo de su chica, que después de los orgasmos arrasadores que él le daba, quedaba como suspendida sobre una nube, toda despeina y sonrosada, muy sexy, pareciendo todo una mujer.

Era indescriptible la sensación de poder que esta chica le hacía sentir, pero más indescriptible era el sentimiento tan poco familiar que estaba naciendo por ella. No le gustaba lo que estaba sintiendo pues su padre siempre le inculcó que el amor era una pérdida de tiempo que los volvía débiles y estúpidos. Probablemente por eso nunca conoció a su madre, pues su padre decía, había formado ese poderoso imperio pensando fríamente dejando todo lo que fuera una distracción de lado, como el amor.

La cosa es que con el pasar de los meses, Aro comenzó a hacer cosas que lo apartaran un poco de esta niña: la folló un par de veces sin el preludio de las caricias o las palabras susurradas en el oído de la muchacha y que ella tanto disfrutaba. Sabía que a ella le dolía que le pidiera que se fuera después de tener sexo, sin decir nada, como si se tratara de un mero trámite. La llevaba además con más frecuencia al club de sexo, donde al llegar, pedía a otras mujeres entrar en lo que él llamada "el juego", esto sin antes consultárselo a Bella, que se vio indispuesta y poco dada a disfrutar cuando esto ocurrió. Se plantó definitivamente cuando Aro invitó a uno de sus amigos para que disfrutara de Isabella, como si ella fuera una puta de planta del club. Recuerda Aro que esa vez se vistió rápidamente y salió hecha una fiera del cuarto, esperando que él la alcanzara y se disculpara, pero nada de eso ocurría.

Y es que para él era como tenían que ser las cosas. Estaba dispuesto a darle lo que quisiera a esa chica con tal de mantenerse a su lado, pero la forma en que ella lo miraba mientras él la penetraba era una forma muy inquietante para él, como si con esas miraditas se fuera adueñando de su corazón.

Después de esos arranques de rebeldía, Aro dejaba pasar un tiempo, tres o cinco días antes de volver a ponerse en contacto con ella. Le pedía disculpas y ella las aceptaba a ojos cerrados, rogándole que no la hiciera pasar más por eso, que ella quería darle placer a él y solo a él, no en compañía de nade más.

― ¿Y si te pidiera que entraras en la pecera?

― ¿En la pecera? ―preguntaba ella, pensando que Aro se estaba burlando de ella ― ¡No soy un maldito pez, Aro!

El empresario meneaba su cabeza y obligaba a la chiquilla de cuerpo menudo a sentarse sobre sus piernas, acariciándolas a la vez que le explicaba:

―¿Recuerdas los cuartos comunitarios que hay en el club? Algunos son grupos cerrados, muchas personas practicando sexo a puertas cerradas, pero las peceras en cambio son habitaciones cuyas paredes son vidrios donde del otro lado hombres o mujeres disfrutan de los actos y se integran en la medida que lo desean.

―¡¿Me estás pidiendo que entre en esa sala y tenga sexo en grupo con personas que no conozco, y que para colmo tenga que estar mostrándome como si fuera una pieza tras vitrina?!

―Me complacerías haciéndolo. Además, más de alguien te ha visto llegar conmigo al club, y te encuentran hermosa… desearían poder disfrutar contigo también…

―Estás loco, nunca vas a llevarme allí.

―Dijiste que harías lo que sea por mí, y quiero esto…

―Pues eso no lo haré. ¿Cómo puede complacerte que alguien más tenga sexo conmigo?

Si lo vivieras lo entenderías. Para mí sería diez veces más excitante que ver una buena película porno…

―Pero yo no soy una actriz porno. Ya suficiente he cedido a tus fetiches, y en esto no voy a transar.

―Está bien, está bien mi Bella, no te sulfures ―trataba de calmarla él y persuadirla una y otra vez, pero nada resultaba.

Insistió un par de veces después pero ella seguía negándose, hasta que una vez lo dejó plantado y no llegó a la cita en el club.

Allí comenzaron los problemas.

Si bien era cierto quería mantener una distancia autoimpuesta por su propio bien, no quería alejarla del todo. Lo enervaba que ella se negara a hablarle y mucho menos a reunirse con él, hasta que una vez la encontró saliendo de la biblioteca de la universidad, muy tarde por la noche, interceptándola allí. Ella se trató de zafar de su agarre, pero éste no se dejó, metiéndola dentro de su coche y llevándola a su casa.

―Alice ya nos descubrió, ¿quieres que alguien más lo haga?

―Me importa una mierda, Bella. ―Respondió dándole una mirada reprobatoria ―No te pondrías en riesgo si hicieras caso de mis llamadas. La próxima vez me plantaré en tu casa y me encontraras tomando el té con tu madre en la sala, hablando de todo lo que tú y yo hemos hecho.

―No serías capaz…

―No me presiones si no quieres averiguarlo.

Esa amenaza pareció surtir efecto, pues ella accedió a acompañarlo, aunque Aro sentía no era lo mismo que al principio. Él se mordía la lengua para no soltar palabras cariñosas mientras le hacía el amor, y ella hacía lo propio para no declararle su amor eterno como solía siempre hacerlo.

Una noche cuando fue solo al club, uno de sus conocidos se le acercó y se sentó a la mesa donde él estaba bebiéndose un trago y le preguntó por la chica que siempre lo acompañaba.

―¿Es tu novia? ¿Se ha hecho el milagro que una joven y atractiva mujer ha cautivado tu corazón de hielo?

Aro miró al burlista hombre que bebía vino a su lado, deseando dejarle claro que no se metiera en sus asunto y que quitara su interés en su mujer... pero decir eso lo pondría en evidencia sobre lo acertadas que habían estado las apreciaciones del hombre. No quería admitirlo, pero sí, esa niña a la que él convirtió en mujer estaba cautivándolo más allá de lo que él mismo quería reconocer, tanto así que no pensaba en nadie más. Su concentración en los negocios ya no era la misma y eso no era bueno, no para él.

―Es una más… ―respondía entonces al conocido, casi con indiferencia, a la vez que observaba fijamente a una mujer en la barra al otro lado del baro, que hacía rato coqueteaba con él descaradamente. ―Es una chica joven que está aprendiendo, pero esas cosas ya luego aburren… no soy profesor como para ir enseñándole nada a nadie.

―¿La puedes traer para mi entonces? Dile que mi billetera no es tan grande como la tuya, pero puedo darle cosas lindas, y hacerla pasar un buen rato. Es más, adoraría verla en uno de los actos de la pecera.

―No le gusta ahí…

―Pues tráela y yo me encargo de convencerla…

Fue encantes que la llevó casi en contra de la voluntad de ella y de la suya propia, presentándosela a ese canalla, que la invitó a un trago que él mismo trajo desde la barra, derramando dentro de la bebida una buena dosis de droga que la inhibió de tomar el control de su cuerpo, usando ese instante para llevarla él mismo hasta la pecera, desnudarla y ponerla sobre una cama de madera. Él mismo la ató y se hizo el indiferente a las suplicas de Bella, que le rogaba le dijera lo que estaba pasando y que la sacara de ahí.

Vio como varios hombres la follaban al mismo tiempo y lejos de excitarse, sintió una rabia tremenda recorriéndole el cuerpo, deseando meterse y sacar a su niña de allí… pero no podía.

"Me delataría y expondría mi debilidad" pensaba él, mordiéndose el puño, desviando la mirada del acto sexual que tenía como principal novedad a su niña, a su linda Bella.

Desde ese momento el amor que Bella profesaba hacia Aro se convirtió en odio, cuando poco después supo lo que había pasado.

―¡Me violaron y tú no hiciste nada! ―le gritó en las narices un día que él la encontró sola en su apartamento, donde llegó persiguiéndola ―¡Tú mismo me violaste…! Dios, cómo fuiste capaz…

―Fuiste a ese lugar por voluntad propia ―le recordó Aro con frialdad ―No se vale llorar ahora como una niña pequeña…

Pero ella ya no era una niña pequeña como él decía, e iba a demostrárselo.

―Escúchame una cosa, Aro Vulturi, esta es la última vez que sabes de mí. Nunca más quiero ver que te acercas a mi… nunca… me has degradado hasta lo más profundo… perdí mi voluntad de decidir y estoy perdiendo mi carrera por tu culpa… ya no voy a seguir perdiendo, así que déjame en paz.

Pero lejos de dejarla en paz y respetar su sentencia, él insistía y trataba de provocarla por las buenas, pero ella simplemente lo echaba y le decía que lo detestaba, que era lo peor que le había pasado en esa vida, casi después de un año de relación clandestina entre ambos.

Su apego por esa chica era tal que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para mantenerla a su lado, echándole mano a unas fotografías y videos que se grabaron en los encuentros sexuales que ella sostuvo, tanto con él como con otros hombres aquella vez que la drogaron. Con eso la extorsionó llegando al punto de invadir su departamento y colgar fotos suyas follando, amenazándola de mostrárselas a los suyos si no cambiaba de opinión y regresaba con él.

Ya tuviste lo que querías de mi… ―decía ella llorando, mirando las fotografías colgadas en las paredes que gracias al cielo su madre nunca vio. ―¿Por qué demonios no me dejas en paz?

―¡Soy yo el que decide cuando se termina esto! ―la aferró duro por el brazo y la pegó a su cuerpo, hablándole casi pegado a su boca ―¿Olvidaste las veces que me juraste que tus sentimientos por mí, eran para siempre? No te creo una chiquilla tan voluble como para cambiar tan rápidamente de parecer…

Entonces la besó con la fiereza de su desesperación por mantenerla a como diera lugar a su lado, anhelando volver a oírle decir a su hermosa Bella su nombre entre susurros y jadeos, o lo mucho que lo adoraba. Pero nada, ella se negaba y se mantenía estoica en su decisión.

Así fue que la encontró el cura tío de ella, que se lanzó sobre él cuando se dio cuenta por las fotografías colgadas lo que había entre los dos.

El hombre vestido de cuello clerical lo agarró de las solapas y lo echó de la casa, amenazándolo con denunciarlo a la policía si volvía a verlo. Pero un desconocido no le diría lo que tenía que hacer, por lo que insistió amenazando a Isabella, enviándole videos y fotografías, dándole la oportunidad de ir hasta él, pero nada. Hasta que supo del primer intento de suicidio. Su hija, quien era compañera de Isabella le contó de lo preocupada que estaba, que desde un tiempo a esta parte la actitud de su amiga era muy rara, fuera de estar peligrando su carrera universitaria.

―¿Y cómo lo supiste?

― Alice la encontró desangrándose en la bañera de su casa ―explicó Ángela mientras estaban ambos sentados a la mesa para cenar. Aro debió ahogar un gemido y mantenerse estoico mientras su hija hablaba. ―Con su tío Marcus la llevaron al hospital… su pobre mamá no sabía lo que estaba pasando. Alice nos pidió que no dijéramos nada del intento de suicidio, que habláramos de un accidente de tráfico.

Aro se tomó toda el agua que había en el vaso, hidratando su boca que drásticamente se había secado.

―¿O sea que pocos saben que fue un intento… un intento de suicidio?

―Alice, su tío, yo y un amigo de confianza. Todos los demás saben que fue un accidente.

―Vaya… ―Aro apretaba la servilleta en sus piernas, intentando controla su respiración después de lo que su hija con tanto pesar le contara.

Envió a Luis a averiguar por ella al hospital y traerle los detalles, incluso en qué habitación estaba, qué médico la había atendido y cuales habían sido su diagnóstico. Cuando su mano derecha regresó con la información completa detallada en una hoja dentro de una carpeta marrón, pareció que el piso bajo los caros zapatos del empresario desapareció: Bella había cortado el interior de su antebrazo muchas veces de considerada gravedad hasta perder mucha sangre, lo que la llevó a desvanecerse y hundirse en la bañera llena de agua desde donde una amiga la sacó casi sin respiración. Además de eso y tras múltiples exámenes, la mujer de casi veinte años sufrió un aborto por las complicaciones producidas por el intento de suicidio. Se dejaría a la paciente bajo tratamiento sicológico y en observación al menos por quince días.

―Cómo… cómo que aborto… ―decía Aro, mirando la hoja llena de palabras que no entendía.

―Lo supe de primera fuente, señor. Además, no es éste su primer intento, sino el segundo. Y sobre lo del embarazo… me temo que ella no sabía del embarazo…

Aro arrugó el papel y se dejó caer contra una silla, gritándole a Luis que lo dejara solo. Cuando éste lo hizo, Aro escondió su rostro detrás de la palma de sus manos y sintió casi por primera vez en su vida el ardor en sus ojos producto de lágrimas que se acumularon ahí.

Su Bella había intentado acabar con su vida y de paso con la vida de ese hijo…su hijo, el hijo de ambos.

No puede ser… ―se repetía una y otra vez, mientras que todo dentro de su cabeza y en su pecho era un completo caos.

¡¿En qué estaba pensando esa niña cuando hizo lo que hizo?! ¡¿Por qué no lo buscó?! Él hubiese estado dispuesto a ceder, a darle lo que quería… pero al parecer a ella ya no le importaba, y no lo supo por el intento que la tenía entonces en el hospital, sino por la forma en como sus ojos eran opacos y ya no brillaban cuando lo veía. Lo que ella decía sobre el amor que alguna vez sintió por él parecía ser real, pero él se negaba a creerlo. Ella no podía dejar de amarlo, no podía porque él de forma infantil y estúpida se enamoró de ella, de una chiquilla casi treinta años menor que él.

Estaba perdiendo la cordura por una chiquilla que hace meses decía adorarlo y que ahora lo aborrecía a tal punto de desear acabar con su vida.

―Qué es lo que tienes que hacer, Aro… qué es lo que tienes que hacer ―se preguntaba, caminando de un lado a otro… hasta que lo supo. Tenía que optar por lo que era mejor para él y para ella.

Debía abandonarla.

Pero no para siempre.

Por eso antes de irse de Leonilde, la buscó y la acorraló en una sala privada de estudio de la biblioteca de la universidad, meses después cuando ella estuvo bien para retomar sus estudios.

Él dejó en claro que esa no era una despedida definitiva. Que cuando madurara, él volvería a buscarla y retomarían lo que había entre ambos…

Porque el peso de tus palabras está escrito a fuego en mi piel, Isabella ―habló bajo, con tono ronco, oscuro, con su cuerpo apartado de ella tanto como le daba espacio la pequeña sala de cinco metros cuadrados. Él tenía su espalda afirmada en la puerta del lugar, y ella al otro lado se aferraba al filo de la mesa de madera que había en el centro de la sala. ―Te entregaste a mí, me proclamaste como tu dueño pero te rebelaste y jugaste con lo nuestro como una niña mimada, inmadura, que no sabe bien lo que quiere.

―Esos juramentos tras esas palabras están destruidas. ―Ella hablaba con voz quebrada, también baja, y temblaba entera, evitando a toda costa mirarlo a los ojos ―Cuando yo decía amarte no sabía nada de la vida, no sabía nada de ti… en verdad no era amor…

―Sé que intentas lastimarme, mi niña cruel, pero te conozco. Así que tomate este tiempo en recuperarte, en ponerte bien, porque cuando yo esté listo también, volveré por ti, a reclamarte, y desde ahí no habrá vuelta atrás.

Entonces abrió esa puerta y desapareció de la vida de Isabella por largos cinco años, nunca quitándole atención a su niña de ojos verde agua y rostro angelical, siempre soñando con una vida a su lado, volviendo a engendrar un hijo con ella, que sería su mayor premio y la forma en la que ambos estarías unidos para siempre, como debía de ser.

Ahora que lo pensaba, nunca se detuvo a hacer las comparaciones, pero le recordó a aquella muchacha de campo con la que dio largos paseos, la misma que un día de sol se le montó a horcajadas sobre sus piernas y saqueó su boca con anhelo desmedido, empujándolo para quedar recostado sobre la hierba sonde estaban, removiéndose contra él, provocándolo.

―Qué graciosa es la vida… ―pensaba Aro después de mucho recordar, levantándose del sillón para mirar por la ventana.

Su Bella lo había buscado inconscientemente en otro hombre, que para nada coincidente resultó ser su hijo, por que quien mejor que su propia sangre para recordarle a ella el mejor de sus tiempos. Lo lamentaba por su hijo, pero sabía que a la larga lo entendería. Lo convencería de que Bella no lo amaba, sino que lo buscaba como sustituto…

―Y ningún Vulturi está para ser sustituto de nadie, hijo mío ―pensaba, dirigiéndose hacia la puerta de su despacho, a fin de llegar a la cocina y dejar que su ama de llave le diera algo para el dolor del golpe que su primogénito dejó en su rostro, de que irónicamente muy orgulloso se sentía.

Ahora tenía que ponerse en marcho con un plan que aplacara la rabia infantil de su Bella, y convencerla que desistiera de esa estúpida demanda.

Si ya una vez la convenció, seguro ahora no sería la excepción, por mucha resistencia que ella estuviera poniendo.