N/A: Este cap. también va sin beta. Pasó por el ojo corrector de mi novio y por el mío (que no es nada confiable, por obvios motivos), pero aun así puede (y hasta es seguro) que aparezcan fallas, errores de dedo, y frases que no se comprendan bien. Por favor, avisen si ven uno.

Por otro lado... Hago un llamado, casi desesperado, para que alguien se ofrezca como beta (cof, cof, Karunebulous, cof, cof) de este fic. Espero que ese alguien se apiade de mí y me conceda algo de su tiempo cuando esté disponible.

Fin de los comunicados de la fecha xD.


Capítulo 4


A menudo Soyo era la compañera predilecta para ser consultada, no sólo en temas escolares, sino también en cuestiones personales. Su objetivo punto de vista, junto con el dulzor de sus palabras, y su persistencia por inmiscuirse en temas ajenos eran los ingredientes perfectos para hacer de ella la candidata ideal a Concejera —no oficial— de todo el colegio. Incluso chicas de grados mayores acudían a ella, en busca de asesoramiento no profesional y en estricto carácter de confidencia. De hecho, en una ocasión, convocó una sesión grupal —en una de las salas del club de teatro— para deliberar sobre una típica disputa entre compañeras, que tenía el nombre de un chico entremetido en el problema.

Pero también había oportunidades en las que sólo le tocaba hacer de oyente; sobre todo con su paciente más problemática. Y aquélla tarde de otoño, después de clases, era uno de esos tantos días en el que tenía el deber de interpretar dicho papel.

—¡Ese maldito idiota! ¡Me está tomando el pelo, ¿cierto?! ¡Lo hace a propósito! ¡Malnacido, infeliz! ¡Voy a darle su merecido, no creas que no! ¡¿Cómo puede ser tan estúpido?!

Soyo juraría que podía ver la personificación de la ira en su propio cuarto, despellejando su puff favorito. Lo golpeaba sin parar, haciendo que el relleno se saliera de a montones por toda la habitación.

—Es un estúpido, ¿ya te lo había dicho? No sé por qué no me dejaste darle una paliza. Debí patearlo en sus partes bajas, sí, eso le dolería mucho. Vaya, pero qué idiota. ¿Qué pasa con él, acaso se le atrofió el cerebro? ¿Es estúpido por decisión o es que ya vino mal de fábrica? Imbécil, desgraciado.

Cuando finalmente se cansó de aporrear todo tipo objetos blandos que encontraba a su paso, "la cólera humana" se dedicó a caminar de un lado a otro, murmurando insultos e improperios al aire.

Soyo simplemente dejó que se desahogara todo lo que quisiese, y, luego de dos horas de berrinche, decidió que era hora de sacar su Arma Secreta Contra Malos Días: Comida. La comida siempre lograba aplacar los malos pensamientos de su amiga. Una buena cantidad de ello y el problema del momento quedaría rápidamente en el pasado.

—¿Por qué no comes algo, Kagura? Debes tener hambre —le sugirió cuando un tercero entró a la habitación, trayendo consigo un carrito a ruedas con la merienda.

No necesitó repetirlo más de una vez, en cuanto el "espectro" se volvió hacia la pequeña mesa cuadrada de caoba, repleta hasta en las esquinas de dulces y confituras, su mal humor comenzó a descender velozmente. Y su única y más grande preocupación era si podía pedir más crema para las galletas. (Este era uno de los motivos principales por los cuales solían reunirse en su casa: la comida era deliciosa.)

Atrás quedó la imagen de una muchacha convertida en furia y de la cual, en más de una ocasión, su ama de llaves había confundido con una joven poseída por un demonio. Aun cuando Soyo le explicaba que esa clase de comportamientos abruptos eran normales en su amiga, ella nunca dejó de sospechar que algún espíritu maligno intentaba apoderarse de ella. Incluso, llevaba un crucifijo —y un poco de agua bendita, en un frasquito— cada vez que la joven iba a visitar a la señorita Tokugawa.

ooOoo

Al cabo de una hora, cuando ya todo estaba en calma, Soyo decidió que era el momento para dedicarle un exhaustivo análisis a la situación.

—¿Por qué habrá dicho ese nombre? —Su pregunta había sido tan espontánea, y tan repentina, que sin querer activó de nuevo las mitigadas alarmas de su acompañante.

—Porque tiene m***** en la cabeza —respondió ésta, sin inmutarse siquiera por el ama de llave que había vuelto para renovar la dotación de panecillos. Aun cuando notó la mirada incrédula y espantada que la señora le dedicó al escuchar tal grosería, Kagura continuó con su amplio repertorio de insultos—. ¡Ese capullo infeliz sólo tiene neuronas para fastidiarme! Le he dado una pista más que suficiente, y aún así me suelta el nombre de esa lunática por las rosquillas. Lo han bautizado con lavandina, ¿verdad?

—Momento —la detuvo—. Pensemos. Él pertenece al club de kendo, ¿no?

—¿Y?

—Y ella también, ¿no?

—Creo que sí. No, en realidad no. O tal vez sí. O quizás no. Bah, qué voy a saber yo de lo que hace esa tipa.

—Bueno, pues…

—¿Le traigo otro té, niña Soyo? —la interrumpió Roberta, la empleada extranjera de la familia.

—No, gracias. Así estoy bien. —Y de nuevo, dirigiéndose a su amiga, continuó—. Tiene algo de lógica, ¿no? Piénsalo.

—Roberta, ¿puedes traernos más pastelillos con chocolate? Se están acabando. —Incluso después de haber devorado una docena entera, ella sola, el barril sin fondo, que era su estómago, aún tenía espacio para un poco más.

El ama de llaves miró a Soyo de reojo y ella asintió con una sonrisa, dándole a entender que podía permitirle otra generosa dotación de bocadillos. Después de todo, estaban en una de esas Reuniones de Consolación en las que sólo el consumo excesivo de azúcar podía aliviar.

—Pero —dijo, tratando de recobrar la atención, una vez que la señora se marchó—, si los dos pertenecen al club de kendo, ¿no sería normal suponer que quizás se enfrenten a menudo? Hasta donde yo recuerdo…

—Demonios, olvidé decirle a Roberta que también traiga un poco más de jugo de manzana —declaró la chica, ensimismada en la merienda.

—Hasta donde recuerdo —intentó proseguir de nuevo con su explicación—, hay una chica muy buena en el equipo femenino. Es la mejor del colegio. Creo que es ella. Sí, sin duda se trata de Nobume.

No hubo respuesta satisfactoria del lado de su interlocutor, quien seguía muy concentrada en saborear un pie de frutilla con crema.

—¿Entiendes? Es por es por eso que la nombró a ella, interpretó otro tipo de enfrentamiento como pelea —insistió, obstinada. Pero en la habitación, no había señal más clara de interés en la conversación que la de su propia persona.

Pregunto una vez más, corroborando aquello que ya sospechaba desde hace un buen rato

—¡Kagura!

—¿Qué? ¿Qué pasa? —contestó la chica, distraída.

—¿Entiendes? ¿Me estás oyendo?

—Sí, ya. Lo golpeo y después me voy. Está todo claro.

—No, no. ¿Acaso no escuchaste todo lo que dije?

—Por eso mismo; lo voy a golpear por entender todo mal, ese inecto.

—Querrás decir "inepto".

—Sí, sí, eso. Si esa loca gustara de él ya se lo habría dicho.

La respuesta sorprendió enormemente a Soyo. ¿Cómo había llegado a la conclusión de que Nobume ya se hubiera confesado, de ser ese el caso? Quizás previó que, siendo ella de un grado mayor y presidente de la clase (porque de esa forma se aseguraría de poder reservarse su dotación semanal de rosquillas, haciendo abuso de de su poder —y con la ayuda de una espada de madera—), tendría la madurez suficiente para declarar su amor. O quizás calculó que Nobume reflexionó que Okita pensaría, que le gustan las chicas fuertes. O tal vez…

—Esa loca no es buena mintiendo. Seguramente se lo diría sin tapujos.

Bueno, quizás Soyo había sobrestimado un poco la capacidad de deducción de su amiga. Aunque admitía que su propuesta también era muy viable.

—Creo que tienes razón —acordó, finalmente—. Bueno, pero de todas maneras, desde su punto de vista, tiene sentido que haya pensado en ella, ¿no lo crees?

—Yo creo que es un idiota, Soyo. Eso es lo que pienso. Además, es un bastardo de primera. Tendré que darle más pistas, y así sabrá que se trata de mí.

— Pero es que ese es el objetivo del juego, ¿no?

—Pero… tampoco quiero ser tan directa. No quiero que lo descubra tan fácil.

El Espíritu pleno de la Indignación cayó sobre la anfitriona de la casa y ésta se preguntó seriamente si su amiga no tendría el IQ más bajo de toda la escuela.

ooOoo

Al día siguiente, la insistencia de Soyo pudo más que la terquedad de su amiga. Y la convenció para que no golpeara de nuevo al chico, y ampliara un poco más la pista anteriormente dada.

¿Y ahora qué demonios quieres? —preguntó el muchacho, irritado.

Soyo aún podía ver claras marcas de su encuentro del día anterior.

¿Cómo que "qué quiero"? Tienes que darme otro maldito nombre, bastardo.

¿Acaso no acerté ayer? —Soyo podía notar con claridad las facciones relajadas (y desinteresadas) del muchacho, y el tono monótono de su voz. Pero también captó un brillo especial en sus ojos.

Aunque le era difícil ver a través del diminuto agujero de su enorme caja[1] —en el que estaba contenida—, se las ingeniaba para identificar cada pequeño detalle de la situación.

¡Pues no, estúpido! Así que tienes que darme otro nombre.

Aunque sería una lástima que no fuera ella. En realidad me resulta interesante. Es buena con la espada.

Sí, bueno. Qué mal. Tienes que…

Podría pensármelo si fuera ella. Tiene buenas curvas, además.

Ajá. Sí, qué interesante. Ahora…

También tiene buenos pechos.

Oye, concéntrate, ¿quieres? Tengo que darte otra maldita pista porque eres un…

Y también tiene unas lindas piernas. Femeninas y contorneadas.

Ey, ¿estás en la tierra, rata apestosa?

¿Segura que no es ella? —insistió el muchacho. Y esa nueva pregunta fue el puntapié inevitable que condujo a su amiga a propiciar otro round de golpes y moretones.

ooOoo

Generalmente, las contiendas entre ellos siempre solían ser parejas. Aun sin una espada de madera, Sougo sabía defenderse muy bien, y Soyo no podía evitar pensar que el puesto de policía (como había declarado él, como su futura carrera a seguir, después de la preparatoria), le quedaría a medida.

Sin embargo, ese mediodía soleado, de un miércoles, en su lugar de encuentro con su amiga, no era el caso.

ooOoo

—Si sigues golpeándolo así, no quedará nada de él, Kagura.

De nada le servía reprenderla por haber usado al muchacho como saco de boxeo. La chica caminaba a paso tranquilo, con expresión de muerte, hacia el salón de gimnasio, dispuesta a cobrar venganza por el maltrato a su herido orgullo de mujer. Le quedaba claro que su intensión era herirlo a él, en el mismo sentido. Pero no le parecía correcto el método que su amiga estaba adoptando.

—¿Sabes que te castigarán por esto, no? —Ella asintió, sin siquiera voltear a verla. Su mirada estaba fija en su destino de llegada. —Sabrán que fuiste tú, eso es seguro. —No hubo respuestas. Soyo hubiera querido hacer cualquier cosa para impedir la futura suspensión, que sabría que obtendría cuando los rectores se enteraran de la travesura. Pero con su amiga en tal estado, era evidente que nada podría hacer. Así que sólo se dedicó a seguirla, para asegurarse de que no incitaría el "suicidio involuntario" de alumno de tercero de preparatoria.

Cuando al fin llegaron al salón, la chica atravesó la cancha de básquet en grandes zancadas, y el reluciente suelo de madera barnizada reflejó cómo su silueta llevaba arrastrando lo que ella llamaba "el costal de estiércol".

—Este es el lugar, sí.

—¿Estás segura? Es tu oportunidad para dejarlo. El brazo dislocado es suficiente castigo para un solo día, ¿no crees? Esto sería un poco…demasiado —objetó Soyo, pero sabía que en el fondo, no lograría persuadirla de lo que tenía en mente. Se encontraba muy disgustada.

—No. Nunca es suficiente o demasiado, tratándose de él. Con esto aprenderá a no tomarme el pelo nunca más.

Y así lo hizo.

ooOoo

No pasó mucho tiempo antes de que la noticia llegara a oídos de todo el colegio. Estudiantes y profesores acudieron en tropel hacia el lugar de los hechos, expectantes y ávidos de curiosidad.

A medida que la gente llegaba, la expresión de sorpresa iba cambiando lentamente por una de estupefacción, luego horror, y finalmente, compasión.

Soyo se mantenía al margen de la situación, sintiendo sólo lástima, en todo momento.

El bullicio y los comentarios aumentaban cada vez más, hasta que el director del colegio se hizo presente en la escena. Entonces todas las voces se acallaron de pronto. Se abrió paso entre el tumulto de gente hasta que por fin arribó a la primera fila para el espectáculo.

La joven Tokugawa observó el rostro impresionado y hastiado del director. No era la primera vez que encontraba in fraganti a su amiga, haciendo de las suyas. Pero en esa ocasión, observar cómo el muchacho Okita colgaba del aro de básquet, con el brazo salido de lugar, todo magullado y con moretones, amenazando con desprender la pieza de hierro en cualquier instante, fue la gota que rebalsó el vaso.


Aclaraciones:

[1] Pequeño guiño a Metal Gear.


Reviews: Cap. 3:

I love okikagu: ¡Tal cual, mejor pista que esa imposible! xD. Este chico tiene la cabeza en cualquier lado xD.
Gracias a ti por leer las ocurrencias de esta humilde fangirl del Okikagu, eres un amor n_n. Millones y millones de gracias por tus hermosas palabras. Me llenan de emoción

Yanna: Ajaja, me mató tu comentario xD. No odies a Okita, él es como es. Le gusta fastidiar a Kagura.
No aparecerá alguien que le baje los humos, pero sí una persona que lo enfrentará.
Muchas gracias por leer y comentar :}

Mi-chan: Mil gracias por leer y comentar. Me alegro de que te guste el fic. Le pongo mucho empeño, aunque no se note demasiado, porque me cuesta mucho este tipo de narraciones. Gracias por el apoyo =}

N/A:

Me tardé un poco, lo siento.

¡Hasta la próxima! =}